Archiv para 22 noviembre, 2017

El Señor se fía de nosotros.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Cómo negocio con los dones que el Señor me da? La parábola nos ayuda a entender que nuestra vida sólo se entiende en relación al Señor. El nos confía dones, tareas, misiones en su Iglesia. Lo importante es no perder de vista que el Señor se fía de nosotros y nos invita a trabajar con Él y colaborar en la construcción del Reino de Dios.

Por tanto lo primero que ha de nacer en nosotros es la gratitud al Señor que se fía de nosotros. San Pablo es el hombre de la confianza y curiosamente nos habla de ella escribiéndole a Timoteo en el mismo capítulo y mismo versículo en las dos cartas.

En la primera dice a aquel obispo querido: Doy gracias a Cristo Jesús Señor nuestro, que me dio fuerzas, se fio de mí poniéndome en el ministerio; a mí, que primero fui un blasfemo, y un perseguidor, y un insolente… (1Tim1, 12)

El la segunda, en cambio, nos habla de la confianza en la otra dirección: Se bien de quién me he fiado y estoy cierto que Él es poderoso para guardar mi depósito… (2Tim1, 12)

San Pablo se fía del Señor y le da gracias por fiarse de Él. Pues bien, lo que hacen los hombres de la parábola de hoy es precisamente lo contrario. No agradecen porque no se fían. En cambio el hombre noble que fue en busca del título de rey sí se fía de ellos y les encomienda un trabajo.

La confianza genera la gratitud mientras que la desconfianza la ingratitud. Y la ingratitud genera pereza y holgazanería.

¿Dónde pone el Señor la importancia en esta parábola? En lo pequeño hecho con fidelidad: Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia… ¡Ser fiel en lo pequeño! Soñamos muchas veces con ser santo a base de cosas extraordinarias y como nunca llegan se nos escapa la santidad. En cambio el Señor nos quiere santo en lo pequeño.

La clave está en no olvidar jamás que el Señor se fía de nosotros porque nos quiere. ¿Me fio yo de Él? Perdemos mucho tiempo lamentándonos por lo que no tenemos y en cambio se nos escapa el agradecer lo que sí tenemos.

San Ignacio de Loyola al final de sus Ejercicios invita al ejercitante a hacer una petición que puede ayudarnos a repetir hoy ante el Señor: Concédeme Señor conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad.

Que María, la mujer de la confianza, nos introduzca en su escuela del Fiat.

Pedro Esqueda Ramírez, sacerdote y mártir (1887-1927)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Cecilia, virgen y mártir; Filemón, Apfías, Columbano, Ultán, confesores; Agapión, Sisinio, Agapio, Julián, Ulberto, Marcos, Esteban, Mauro, mártires; Pedro Esqueda Ramírez, sacerdote y mártir; Pragmacio, obispo; Daniel, Sabiniano, abades; Eugenia, Trigida, abadesa de Oña.

Cecilia, virgen y mártir (s. III)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Cecilia, virgen y mártir; Filemón, Apfías, Columbano, Ultán, confesores; Agapión, Sisinio, Agapio, Julián, Ulberto, Marcos, Esteban, Mauro, mártires; Pedro Esqueda Ramírez, sacerdote y mártir; Pragmacio, obispo; Daniel, Sabiniano, abades; Eugenia, Trigida, abadesa de Oña.

22/11/2017 – Miércoles de la 33ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
El Creador del universo os devolverá el aliento y la vida
Lectura del segundo libro de los Macabeos 7, 1. 20-31

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.

En extremo admirable y digno de recuerdo fue la madre, quien, viendo morir a sus siete hijos en el espacio de un día, lo soportó con entereza, esperando en el Señor. Con noble actitud, uniendo un temple viril a la ternura femenina, fue animando a cada uno, y les decía en su lengua patria:

«Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, os devolverá el aliento y la vida, si ahora os sacrificáis por su ley».

Antíoco creyó que la mujer lo despreciaba, y sospechó que lo estaba insultando.

Todavía quedaba el más pequeño, y el rey intentaba persuadirlo; más aún, le juraba que si renegaba de sus tradiciones lo haría rico y feliz, lo tendría por Amigo y le daría algún cargo.

Pero como el muchacho no le hacía ningún el menor caso, el rey llamó a la madre y le rogaba que aconsejase al chiquillo para su bien.

Tanto le insistió, que la madre accedió a persuadir al hijo; se inclinó hacia él y, riéndose del cruel tirano, habló así en su idioma patrio:

«¡Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y crié durante tres años y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos».

Estaba todavía hablando, cuando el muchacho dijo:

«¿Qué esperáis? No obedezco el mandato del rey; obedezco el mandato de la ley dada a nuestros padres por medio de Moisés. Pero tú, que eres el causante de todas las desgracias de los hebreos, no escaparás de las manos de Dios».

Palabra de Dios.

Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15
R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

Aleluya Cf. Jn 15, 16
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Yo os he elegido del mundo – dice el Señor -,
para que vayáis y deis fruto,
y vuestro fruto permanezca. R

EVANGELIO
¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.

Dijo, pues:

«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.

Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:

“Negociad mientras vuelvo”.

Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo:

“No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.

Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.

El primero se presentó y dijo:

“Señor, tu mina ha producido diez”.

Él le dijo:

“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.

El segundo llegó y dijo:

“Tu mina, señor, ha rendido cinco”.

A ese le dijo también:

“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.

El otro llegó y dijo:

“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, porque eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”.

Él le dijo:

“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.

Entonces dijo a los presentes:

“Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez minas”.

Le dijeron:

“Señor, si ya tiene diez minas”.

“Os digo: al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”».

Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor.

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