Archiv para 25 noviembre, 2017

Miremos hacia arriba…

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Nos acercamos a la fiesta de Cristo Rey y con ella terminaremos un año litúrgico y con el Adviento comenzaremos un nuevo año. Las lecturas de estos días, sobre todo la de los domingos, nos hacen mirar a las realidades últimas: el cielo, la muerte, el infierno…

Poco se habla hoy de estas cosas porque tenemos una mirada muy cortita. Vivimos mirando hacia abajo, hacia lo más concreto de nuestra historia. El Señor en este evangelio nos cambia la mirada, nos invita a mirar hacia arriba, hacia el cielo.

A estos saduceos no les interesa para nada la Resurrección, de hecho no creen en ella. Pero se acercan a Jesús para dejarle en evidencia, le preguntar para “pillarle”. ¡Qué gran maestro es el Señor! No solo no le pillan sino que consiguen que nos de una explicación sobre el final de los tiempos y sobre todo nos muestra como es Dios, nuestro Dios. Además se nos resitúa el misterio de la muerte.

La muerte no es una meta sino una puerta. Lo propio de la puerta es comunicar dos estancias. Y la muerte es precisamente eso: lo que comunica la vida terrena con la vida eterna. La muerte no tiene la última palabra porque Cristo la venció. La muerte es, por tanto, un paso a algo grande: a la comunión eterna con Dios. ¡Que bello, me decía una persona ante de morir, será el encuentro con el Padre de la Misericordia! Y para ello hay que pasar por esa puerta.

Lo que asegura esa vida eterna es precisamente la definición que hace Jesús acerca de Dios, no es un Dios de muertos sino de vivos. Porque como dice el Señor: porque para él todos están vivos.

Hoy celebramos también la Fiesta de la Presentación de la Virgen María en el Templo. Ella sí que creyó en la palabra de Jesús y ya goza de la misma gloria de Dios. Le pedimos a ella que nos conceda la gracia de mirar hacia arriba donde nos espera ella para introducirnos en el banquete del Reino celestial.

25/11/2017 – Sábado de la 33ª semana de Tiempo Ordinario.

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
Por las desgracias que hice en Jerusalén, muero de tristeza
Lectura del primer libro de los Macabeos 6, 1-13

En aquellos días, el rey Antíoco recorría las provincias del norte cuando se enteró de que había en Persia una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas depositadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, primer rey de los griegos.

Antioco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle.

Antioco tuvo que huir y emprendió apesadumbrado el viaje de vuelta a Babilonia,.

Cuando él se encontraba todavía en Persia, llegó un mensajero con la noticia de que la expedición militar contra Judea había fracasado y que Lisias, que en un primer momento se había presentado como caudillo de un poderoso ejército, había huido ante los judíos; estos, sintiéndose fuertes con las armas, pertrechos y el enorme botín de los campamentos saqueados, habían derribado la abominación de la desolación construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y habían hecho lo mismo en Bet Sur, ciudad que pertenecía al rey.

Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó de tal forma que cayó en cama y enfermó de tristeza, porque no le habían salido las cosas como quería.

Allí pasó muchos días, cada vez más triste. Pensó que se moría, llamó a todos sus Amigos y les dijo:

«El sueño ha huido de mis ojos y estoy abrumado por las preocupaciones y me digo: “¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, que era feliz y querido cuando era poderoso! Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando todo el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase sin motivo a los habitantes de Judea. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera”».

Palabra de Dios.

Sal 9, 2-3. 4 y 6. 16 y 19
R. Gozaré con tu salvación, Señor.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo. R.

Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido. R.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá. R.

Aleluya Cf. 2 Tim 1, 10
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Nuestro Salvador, Crsito Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R

EVANGELIO
No es Dios de muertos, sino de vivos.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 20, 27-40

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:

«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo:

«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos:porque para él todos están vivos».

Intervinieron unos escribas:

«Bien dicho, Maestro».

Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

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