Archiv para 6 diciembre, 2017

Como el hacha en el mar congelado

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La lectura del Evangelio es una empresa arriesgada. Si las palabras del Señor no producen sacudida en la voluntad y los afectos, mala cosa, es que se las ha utilizado como entretenimiento espiritual. De por sí, toda lectura de un buen texto debería provocar la sacudida emocional que se produjo en Henry Miller cuando leyó a Dostoievski por primera vez, “fue un acontecimiento de absoluta trascendencia en mi vida, el primer acto consciente que tuvo sentido para mí. Fue mi primer vislumbre del alma del hombre, ¿o debería decir que Dostoievski fue el primer hombre que me reveló su alma?”. Si hasta ese extremo revelador llega a tener fuerza la ficción, como para quedarnos quietos y no comernos las palabras que salieron de los labios del Señor. Los textos de la Escritura son carne para digerir, trotan como becerros en la plaza, no se quedan quietas en el papel. Es la inocencia misma de Dios batiendo con sus puños de niño todas las puertas del barrio, a ver quién le abre.

Hoy dice el Señor que no es de recibo leer y no cumplir, es decir, no vale saltarse la vida. Elogia a quien ha escuchado las palabras que acababa de pronunciar y las pone en práctica. Porque las suyas no tienen la misión de ir al mármol o permanecer pintadas en la cenefa de una bóveda. Tienen la misma vocación de la carne, que no se queda quieta hasta que no anida en otra carne que le promete una vida para siempre. El encuentro esponsal habla perfectamente de lo que es la lectura de la Escritura y su puesta en marcha. Cuando se acaba de hacer la proclamación del Evangelio en la celebración de la eucaristía, y oímos al sacerdote decir “Palabra del Señor”, respondemos” “gloria a ti Señor Jesús”. Pero la glorificación se hace con la vida, no con las palabras, qué fácil sería responder y sentarse. El esposo glorifica a su mujer cuando la escucha con meticulosidad y experimenta con ella la complicidad de una vida compartida. Hoy no podemos oír con “corazón extraviado” al sacerdote, porque todo cuanto está escrito en ese Leccionario rojo nos pone en marcha hacia la Navidad.

Te dejo una frase feliz de Kafka que le viene al pelo a esa provocación perpetua que es la Palabra de Dios, “necesitamos libros que surtan sobre nosotros el efecto de una desgracia muy dolorosa, como la muerte de alguien al que queríamos más que a nosotros, como un destierro en bosques alejados de todo ser humano. Un libro ha de ser un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros”.

Nicolás de Bari, obispo (275-345 ?)

Escrito por webmaster el . Posteado en Santoral

Santos: Nicolás, Brecán, obispos; Apolinar, Dionisia, Dativa, Leoncia, Tercio, Gerardo, Pedro Pascual, Policronio, Leoncio, Bonifacio, Emiliano, Mayorico, mártires; Asela, virgen; Gertrudis, Basa, abadesas.

El otro milagro

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En torno a Él se daban cita hombres y mujeres heridos en su propia existencia, los que se experimentaban a medio hacer, los lisiados, cojos, ciegos, aquellos que veían el mundo como un panorama sombrío donde aguantarse los dolores. Porque el que sufre sin remedio, la vida es un irremediable dolor. Sólo les quedaba el recurso ultimísimo de ponerse cerca de aquel Hombre cuya presencia podía curarlos. La del Señor no era magia de curandero, sino una manifestación de la propia autoridad. La fuerza no llegaba del conjuro, sino de su mano; no era una fórmula, sino su voluntad. No debe extrañarnos que ante los milagros que hacía, como la tempestad calmada, los suyos se preguntaran “¿quién es éste…?”. El interrogante no recaía en el método que usaba para imponerse a la naturaleza, sino en su persona.

Pero el milagro de una pierna nueva no es la respuesta que el hombre necesita de Dios, porque lo que necesita es una nueva actitud para entender la propia existencia. Aunque vayas tuerto por la vida, si el Señor te concede el milagro de la conversión, verás con nitidez de una vez por todas, y los prójimos serán próximos de verdad. Aquella ciega octogenaria, vecina de casa, me decía con frecuencia “no necesito ver aquello que me da la felicidad”. Había llegado a una comprensión más amplia del sentido de la vista sin buscar otros ojos.

Quizá andemos torpes a la hora de entender la providencia de Dios. Creemos que Dios se manifiesta providente cuando nos provee de cuanto le solicitamos. Más que buscar un Dios providente, buscamos una cuenta bancaria de la que sacar fondos sin límite. La providencia de Dios se produce en toda circunstancia de nuestra vida cuando le dejamos dilatar nuestro deseo de Él. Hoy he tenido la suerte de dar la unción a un moribundo cuya oración ha querido expresarla en voz alta, “Señor, me voy a morir y tengo miedo. Te quiero, pero no me abandones ahora. Has sido tan bueno siempre conmigo…” Y así estuvo un buen rato. He de subrayar que no hablaba de un historial de milagros, sino de amistad. Me puse muy cerca de su oído derecho, porque había perdido la audición del otro, y le dije “calma, calma, no pienses ahora en nada. Estás en las manos de Aquél que tanto te ha acompañado, nada va a cambiar de ahora en adelante”. Y para agradecerme las palabras, me abrazó con la hermosa debilidad de los que están a punto de morirse.

Por eso el Evangelio de hoy no trata de “milagrosos milagros”, sino del otro milagro, el de la Eucaristía. Nuestro Señor no multiplicó los panes y los peces para solucionar el hambre en el mundo, sino para anunciar que Él mismo se multiplicaría en alimento para todo creyente. Porque cuando uno ve saciada su hambre, sigue con las mismas preguntas existenciales de siempre. Pero cuando es Dios quien sacia con la Eucaristía, sobreviene un primer apunte de eternidad.

06/12/2017 – Miércoles de la 1ª semana de Adviento

Escrito por el . Posteado en Lecturas de Misa

PRIMERA LECTURA
El Señor invita a su festín y enjuga las lágrimas de todos los rostros
Lectura del libro de Isaías 25, 6-10a

En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo – lo ha dicho el Señor -.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor ».Palabra de Dios

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6
R. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.

Aleluya
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Mirad que llega el señor, para salvar a su pueblo;
bienaventurados los que están preparados para salir a su encuentro.

EVANGELIO
Jesús cura a muchos y multiplica los panes
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 29-37

En aquel tiempo, Jesús se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.

Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.

La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».

Los discípulos le dijeron:

«¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».

Jesús les dijo:

«¿Cuántos panes tenéis?».

Ellos contestaron:

«Siete y algunos peces».

Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.

Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.

Palabra del Señor

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