“¿Qué es más fácil: decir tus pecados quedan perdonados, o decir levántate y anda”. El señor quiere hacerles ver que hay más poder en el perdón que trae él, que hacer que un paralítico vuelva andar. También a nosotros nos puede pasar como esos hombres, podemos estar acostumbrados al perdón de Dios y ya no nos asombra un Dios que perdona, cuando es mucho más asombroso el perdón de los pecados que la curación inmediata de un paralítico. Debemos volver nuestra mirada sobre lo que acontece en el sacramento de la reconciliación y recuperar el asombro por el milagro que Dios obra en nosotros al recibir este sacramento, Porque hemos perdido de vista que se trata de un encuentro real con Cristo. El cardenal Mauro Piacenza, les decía a los penitenciarios de las Basílicas Papales de Roma: “la confesión no hace ruido pero sí milagros” (Carta a los penitenciarios de las basílicas papales, 3 de diciembre de 2017). En este tiempo de preparación para la Navidad hemos de volver con renovada confianza en la gracia, al “trono de la gracia para que alcancemos misericordia” (Hb 5,16) y revivir con esperanza el perdón de Dios y la renovación que supone.

Es importante que en este tiempo de Adviento repasemos los actos del penitente. Nos será de gran ayuda releer y meditar los números del Catecismo de la Iglesia Católica del 1450 al 1460 para mejorar en lo que hemos de poner de nuestra parte. Sin embargo, no debemos perder de vista que lo determinante en la confesión no es tanto lo que nosotros hacemos, cuanto lo que hace Dios en el sacramento. No es que Dios “cierre los ojos”, se haga el “despistado”, o cubra con un manto nuestros pecados para no verlos – eso lo decía Lutero, que desconoce el poder de la gracia de Dios -. El perdón de Dios es como un acto creador, pero al revés: es hacer que donde ya hay algo, un mal, deje de existir, de tal forma que el pecado perdonado sólo existe en nuestra memoria o en los hábitos que haya dejado en nosotros, pero no tiene una existencia real. Esto sólo puede hacerlo Dios. Una madre no se conforma con no ver los defectos de su hijo, querría – y lo haría si pudiera – transformarle, sanarle. Si fuera un drogadicto, no se conformaría con cerrar los ojos ante la “enfermedad” de su hijo. La misericordia y el poder de Dios sí pueden curar. En la confesión, no se limita a cerrar los ojos, su gracia nos cura. La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte – de pecador y rebelde – en siervo bueno y fiel (cf. Mt 25, 21)

Dejemos que el Señor nos perdone nuestros pecados. No es algo tan sencillo inicialmente porque nuestra autosuficiencia, nuestra soberbia nos impiden dejar, sencillamente, en sus manos nuestro pecado para que El lo destruya. “Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación y de penitencia? La respuesta fue: tampoco me basta. ¿Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo” (Cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16).

Que nuestra Madre, auxilio de los cristianos nos alcance la gracia de no estorbar la acción del Espíritu Santo en nuestras almas y nos dejemos sanar y perdonar siempre.