En su destierro el pueblo de Israel no deja de quejarse porque le parece que Yahvé se ha olvidado de su pueblo, que no hay futuro ni salvación posible para ellos. Dios por medio del profeta Isaías le reprocha a su pueblo: “¿Por qué andas diciendo, Jacob, y porque murmuras, Israel: al Señor no le importa mi destino mi Dios pasa por alto mis derechos?” y le da una respuesta, que en el fondo, es una invitación a “alzar los ojos a lo alto y mirar: ¿quien creó todo esto? Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre. Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada”. Una invitación, en el fondo, al volver nuestra mirada al Cielo, de donde Dios nos enviará al Salvador. No sólo intervendrá en la historia de su pueblo, hará mucho más, pues nos envía a su propio Hijo. Éste es la garantía del compromiso de Dios con los hombres, con cada uno. Como rezamos en el Prefacio VII de los domingos del Tiempo Ordinario, “porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado, para así amar en nosotros lo que amabas en El”. Así Dios se ha comprometido de manera irrevocable con todo hombre, con cada hombre, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes 22).

Esta es también la historia de cada uno de nosotros. Ante las dificultades de la vida, los sufrimientos, los fracasos repetidos en la lucha personal, podemos dejarnos ganar por un cierto desánimo y llevarnos a pensar que Dios se olvidado de nosotros, que está allí en lo alto en el cielo, pero no está pendiente de cada uno de nosotros. No pocas veces nos gana la fe de los racionalistas: Dios existe, ha creado el mundo con sus leyes propias y, después, se ha desentendido de los hombres. Por medio de la Iglesia, Dios nos invita de nuevo a mirar al poder “que viene de lo alto” (Jn 3, 31) y a recuperar la confianza en el poder de Dios y “descargar en él vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7). La prueba de su amor, nos la da San Pablo: “el que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con El?” (Rm 8,32).

Contaba un filósofo converso del budismo: si un hombre cae en un hoyo del que no puede salir y se lo encontrara Confucio se limitaría a decirle que asumiera la consecuencia de sus actos, que fue un torpe; si fuera Buda le daría muchos consejos para que aprenda a vivir con su desgracia y a tener paciencia. Si Cristo se lo encontrara no le diría nada ¡se metería en hoyo con él y le sacaría! Esta es la esperanza a la que nos llama este tiempo de gracia, de preparación para conmemorar un año más el misterio de la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. La clave para recorrer este camino de esperanza nos la da el Señor en el Evangelio de hoy: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. El secreto está en ir a Cristo, tomar su yugo y ser humildes de corazón. Todo un programa para este Adviento.

Que María, Madre de la Esperanza, nos acompañe en este camino de regreso a su Hijo, de confiado abandono en el amor de Dios que se nos manifestado en su Hijo.