La primera lectura que la liturgia nos propone para este Martes sigue teniendo al Rey David como protagonista. En este caso encontramos que tras la conquista de Jerusalén, David decide llevar el Arca de la Alianza a la ciudad santa. La lectura tiene un marcado carácter festivo, de hecho el texto señala que el Rey iba danzando delante del arca, sin embargo el Pueblo de Israel no confunde el carácter festivo con la ausencia de lo religioso, no en vano, durante el traslado y al llegar a Jerusalén David realiza sacrificios en honor de Dios. El festejo encuentra su sentido no sólo en la victoria, sino en la presencia de Dios en medio de su Pueblo, y en su “llegada” a Jerusalén, símbolo de la identidad y de la fe de Israel.

Apenas han pasado unos días del fin de las fiestas de Navidad, por lo que podemos mirar atrás con cierto espíritu de progreso y preguntarnos: ¿en medio de la fiesta, las luces, los cantos, los bailes, los bailes… he perdido el centro de la celebración? ¿se me ha olvidado este año que Dios está en medio de nosotros? No es extraño a nuestra cultura celebrar sin saber porqué, ojalá los cristianos nos resistamos a olvidar el verdadero sentido de nuestras celebraciones.

En el Evangelio del día encontramos un texto que siempre nos resulta de difícil comprensión; aquel en el que Jesús señala quienes son su verdaderamente su madre y sus hermanos.  En el mensaje de Jesús aparece una nueva categoría, la Iglesia, que tiene su reflejo en el Pueblo de Israel, pero que va más allá. Concretamente en este Evangelio se nos presenta a la Iglesia como la verdadera familia, como una nueva familia, en la cual se superan los poderosos lazos de la sangre, y se forjan unos nuevos vínculos que son de mayor profundidad, con una mayor consistencia y que se construyen desde la Fe.

Esta propuesta que resulta completamente novedosa, tanto en tiempo de Jesús, donde la familia era no sólo el lugar de referencia afectiva, sino que era incluso la unidad económica básica, el que no tenía familia carecía de identidad y de recursos, como en nuestros días, en los que el concepto de familia se ve tan desdibujado.

Los que cumplen la Voluntad de Dios, se convierte en hermanos, hijos de Dios Padre, y esta nueva fraternidad cambia nuestra forma de ser y estar en el mundo. En su encíclica Laudado Si el cuidado de la casa común que propone el Papa como criterio de relación con el mundo y la naturaleza, está íntimamente unido a esta forma de entender la Iglesia como familia.

Y tal vez, la prueba más sangrante de que la Iglesia es de hecho familia, es contemplar la división de los cristianos, cuantas veces hemos encontrado familias rotas y divididas en nuestros días, pues así la única familia de Cristo, los hijos en el Hijo, nos encontramos divididos, pero en camino de reconciliación, pidámosle pues a Dios Padre que nos conceda el don de la unidad, por la que pedimos insistentemente en esta Semana de Oración.