Una de las afirmaciones más comunes entre las personas mayores que yo escucho cuando hablamos de la confesión es “para qué confesarme, yo no tengo pecados; no mato, no robo, no salgo de casa…”. Es curiosa esta afirmación y triste en muchos casos de cristianos que van a Misa todos los domingos.

Hoy es Miércoles de Ceniza y comenzamos la Cuaresma con la imposición de la ceniza. La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo. Y es que somos pecadores y, en la medida que vamos creciendo y madurando en nuestra fe nos damos más cuenta.

El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal.

La profecía de Joel en la primera lectura apunta a buscar la verdad de nuestro actos, de lo que estamos viviendo. Con honestidad y mirándonos a nosotros mismos hay que rasgar nuestros corazones, no nuestros vestidos. Cambiar o dejarnos cambiar por el Señor no puede ser una mera apariencia o un mero deseo. Así nos enseña Jesús en el evangelio de hoy.

Tenemos una nueva oportunidad de dejar de ser unos ciegos y ver. No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor. Escuchar la voz del Señor hará que vayamos viendo la verdad poco a poco y tengamos un corazón nuevo. San Pablo nos llama a reconciliarnos con Dios a acercarnos más a Él, es tiempo favorable. Toda la Iglesia universal nos ponemos ante la misericordia de Dios en este tiempo, conscientes de que tenemos que evitar pecar y que hemos caído, hasta en lo más tonto y pequeñas faltas. Pero sus consecuencias para los demás y para nosotros tenemos que repararlas y aprender a no causarlas. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, este es nuestro deseo.

Tenemos por delante un camino de cuarenta días, no nos engañemos, ni nos creamos que podemos hacerlo con Dios. Aprovechemos el momento, Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.