En el Evangelio de hoy nos propone el Señor todo un camino de conversión para este tiempo especial de gracia de Cuaresma. Un camino de transformación del corazón a la medida del corazón de Cristo: ser misericordiosos, no juzgar ni condenar, perdonar, ser generosos en nuestra limosna. Si no buscamos ese cambio, corremos el riesgo de vivir este tiempo como un periodo en el que únicamente cambiamos algunas “rutinas”, pero al final nuestro corazón puede salir “intacto”.

Pedir tener entrañas de misericordia, una misericordia que está hecha de perdón, de dar no sólo algo nuestro sino a nosotros mismos. El camino para hacer vida esto es mirar a Cristo, quien nos muestra el verdadero rostro de Dios. Mirar a Cristo y dejarnos mirar por Él. Es siempre un camino eficaz para q. mueva nuestro corazón. “La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre; el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia” – San Juan Pablo II, Encíclica Dives in mesicordia, 13 -.

Reconocer nuestros pecados nos ayudará a reconocer que no somos mejores que los demás, que también a nosotros tienen que perdonarnos muchas veces (¡y muchas veces en los mismos asuntos!) Saber que no somos perfectos nos ayudará a no juzgar nuestros hermanos. No somos mejores que los demás. Cada uno estamos necesitados de perdón, más aún, como recordaba el Papa Francisco en su reciente viaje a Chile, con conciencia de perdonados, y esa es la fuente de nuestra alegría. Sabernos perdonados por Dios de modo incondicional nos llevará a recorrer nosotros el camino de perdonar a nuestro prójimo. Si vivimos este tiempo como una oferta especial del perdón de Dios, si nos dejamos perdonar por él descubriremos también la alegría de perdonar. Donde hay perdón no hay rencores ni tristezas, podrá haber sufrimiento, pero no desánimo ni desesperanza, porque donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (cf. Rm 5, 20). “Éste es el momento para decirle a Jesucristo: Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores” – Papa Francisco, “Evangelii Gaudium.” 3-.

Hagamos en este tiempo la experiencia de sentirnos perdonados y renovados en profundidad por Dios y así podamos proclamar con María que el Señor ha hecho en nosotros cosas grandes.