“En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen”. El Señor previene a sus discípulos contra los escribas y fariseos, que se habían sentado en la cátedra de Moisés y enseñaban al pueblo las Escrituras, pero su vida estaba muy lejos de lo que enseñaban.

Algo similar nos puede suceder a nosotros, que nuestra vida y nuestras palabras estén lejos de sintonizar. Situación especialmente grave en las personas que están llamados a ser luz y fermento. Pensemos en la relación de los padres con los hijos o los maestros con sus alumnos. También, y esto afecta ya a más: entre sus compañeros de trabajo o de estudios,… que están esperando de nosotros un ejemplo y una luz. La mayor autoridad es fruto de la coherencia de vida. Como nuestro Señor, que todo lo hizo bien (Cf. Mc 5,37). Particularmente hoy hacen más falta testigos que predicadores. Decía el Beato Pablo VI, preconizado ya santo: “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o, si escucha a los maestros, lo hace porque son testigos” (“Evangelii nuntiandi”, n. 41).

Uno se curte en la verdad y se degrada en la mentira. El mundo de la mentira es contagioso. Estamos llamados a ser un revulsivo contra el doble criterio de medir: uno para lo que se dice y otro para lo que se hace. No temer a ir contracorriente, a ser piedras de contraste. En este tiempo de conversión examinemos cada uno nuestra conciencia para descubrir las dobleces y pedir al Señor una más profunda unidad de vida, porque el divorcio entre la fe y la vida es uno de los más graves errores de nuestra época (Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes 43).

Particularmente importante es la unidad que debe darse entre nuestra vida ordinaria, entre nuestro trabajo, entre nuestras relaciones personales y el Evangelio anunciado por Jesucristo. San Juan Pablo II nos hace tomar conciencia de esto: “la unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo (…) Los fieles laicos – deben – superar en ellos mismos la factura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” (Exhortación “Fieles cristianos” 17 y 34). Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría (Cf. Conferencia Episcopal Española, “Los católicos en la vida pública”).

Pidamos a nuestra Madre que nuestra vida camine cada día más por la misma senda que nos muestra nuestra fe.