“Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará”. Si cualquiera de nosotros le dijera esto a un amigo, que vamos a morir de esa manera, y su respuesta fuera preguntarnos: entonces, después de tu muerte, tus cosas… ¿a quién se vas a dejar? A mí me encantaría que me dejases tu casa de la playa, el coche deportivo y un pequeño porcentaje de la cuenta corriente. Seguramente, desde ese momento dejaríamos de tenerle entre nuestros amigos. Eso es lo que le sucedió al Señor con sus amigos íntimos, y no sólo una vez. Y sin embargo, no deja de confiar en ellos, de convertirles en pilares de su Iglesia.

Con nosotros le puede suceder otro tanto: él nos habla de su cruz, nos invita a unirnos en su destino y nosotros pidiendo que pase de cada uno esa enfermedad, ese sufrimiento, esa contradicción, esa persecución y juicio de los demás por causa de la justicia. Y pidiéndole que nos dé ya parte de esa herencia de felicidad que es la vida eterna. Es verdad, podemos alegar en nuestro descargo, que hemos sido creados para la alegría, para el gozo pleno y definitivo sin mezcla de mal alguno. En una palabra, hemos sido creados para la gloria y eso está en nuestra más profunda “genética¨, está en nuestra naturaleza. Y, por tanto, tenemos un natural rechazo a todo cuanto suponga carencia, dolor o sufrimiento de cualquier tipo. Esto es verdad. Ahí no nos equivocamos. El error está en haber olvidado que todos aquello para lo que fuimos creados, todo ese regalo, lo rechazamos con el pecado. Y Con nuestro deseo de autosuficiencia, de ser creadores de nosotros mismos, de apartarnos del Creador, cambian las cosas: la relación con Dios, con el mundo, con nosotros y entre nosotros. Sí, desgraciadamente, hemos perdido la conciencia de pecado, de lo supone para el hombre, uno de los males más graves de nuestro tiempo como explico con gran fuerza y claridad San Juan Pablo II en la Exhortación “Reconciliación y penitencia”. Cuando el hombre abandona a Dios, se queda a solas consigo mismo y con todas las limitaciones de su ser. Por esto nos cuesta entender que Dios esté esperando nuestra conversión, el reconocimiento de nuestro pecado y que Él nos perdone, nos sane y nos salve. Por eso no queremos ni oír hablar de Cruz, de penitencia, de reparación al mal que nos infligimos a nosotros mismos con el pecado. Nosotros estamos focalizados en lo que pedía la madre de los Zebedeo, y que ellos consienten, estar uno a la derecha y otro a la izquierda. Queremos los honores, el triunfo, sin el mérito, sin la lucha.

Jesús, con una paciencia eterna, no deja de invitarnos a participar en el misterio de nuestra redención, a aceptar nuestra condición de pecado y que él nos salve. La Cruz de Cristo es la solución, no el problema. Su Cruz es lo que hemos de abrazar y no los honores. En la práctica supone, en primer lugar, dejarnos reconciliar por él. “Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5, 19-20). Abracemos, pues la Cruz redentora por el perdón y la penitencia y nos abriremos así a la gloria para la que hemos sido creados.

Que María, Madre del Amor hermoso nos descubra la sublimidad del corazón de su Hijo y eso nos haga perder el miedo a unirnos a su Cruz Salvadora.