“Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas”. El mendigo muere y es llevado al seno de Abrahán, mientras el hombre rico, del que San Lucas no nos deja el nombre, queda excluido. La causa de esta exclusión no fueron las riquezas, sino desentenderse de las necesidades de Lázaro, a quien tenía al lado (“estaba echado en su portal”). La parábola es una seria advertencia del riesgo de cerrar nuestro corazón hasta el olvido del otro, hasta la incapacidad de amar. El Papa Francisco nos recuerda muchas del riesgo de instalarnos en una actitud de indiferencia, que “ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia”, y nos lo propone como “uno de los desafíos más urgentes” sobre los que quiere llamar nuestra atención. No hay verdadera conversión si no nos abrimos a los hermanos, si no salimos al encuentro de sus necesidades.

“¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a la realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre, y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos mis pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” (San Juan Crisóstomo, Homilía 50). No podemos olvidar que la caridad tiene contenidos concretos: “tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (Mt 25, 35-36). Las obras de misericordia son un camino seguro de conversión, un fruto saludable de caridad y señal de la transformación obrada en nosotros y con nosotros. Verdaderamente, muchas veces constatamos que no está a nuestro alcance ayudar a resolver las situaciones que hacen sufrir a los hombres, pero siempre estará a nuestro alcance visitar a los enfermos, dar limosna (cuando menos de nuestro tiempo y de cariño), acoger sin juzgar al hermano (que no significa estar de acuerdo y aprobar lo que piensa o cómo vive),… Y otros muchos caminos que se nos pueden ocurrir. El amor es creativo y capaz de encontrar siempre una solución o un modo de suavizar el sufrimiento de los demás. Pero es necesario dejarse enseñar a amar.

Para ello es preciso dejarse “mover a compasión”. Ponerse en el lugar del otro (se movió a compasión, “padecer con”). “En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. Se sentirán acompañados, acogidos” (Benedicto XVI, Spes salvi 38).

María, Madre de todos los hombres, abra nuestro corazón a las necesidades de nuestros hermanos.