“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.

Cada uno de nosotros somos esa viña que el Señor ha plantado con sus propias manos, y que cuida primorosamente. Somos, por tanto, obra de sus manos, no fruto del azar o la casualidad, sino obra del deseo amoroso de Dios, que ha querido “ponernos” en el mundo para comunicarnos su propia vida divina. Esta es nuestra grandeza. A esto hemos de convertirnos una y otra vez, superando toda autosuficiencia. Somos criaturas y en consecuencia dependientes de Dios. Sin Él no somos nada. En consecuencia, lo único que nos hace felices, que nos realiza, es dejarnos cuidar por Él, fiarnos de Él. Somos un pensamiento viviente de Dios. No somos los dueños de nuestra vida, sólo administradores. No está en nuestra mano el nacer y tampoco el conservar la vida cuando se acaba. Todo es puro don y gratuidad. Y a veces queremos ser los dueños de nuestra propia vida. “En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el gran ausente y en su puesto se han colocado muchos ídolos, el primero, él mismo. También los notables y positivos progresos de la ciencia y de la técnica han llevado al hombre a una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, a la vez que un creciente egocentrismo ha creado no pocos desequilibrios en las relaciones interpersonales y en los comportamientos sociales” (Benedicto XVI, Catequesis sobre el Credo, 23-I-2013).

Cada uno de nosotros esa niña somos también esos labradores que deben cuidar la viña y dar al Señor de la viña los frutos a sus tiempos. Nos ha hecho pastores de nosotros mismos. Esta es nuestra responsabilidad: lo que hagamos con nosotros está en nuestras propias manos. Y el Señor tiene derecho a esperar que cada uno de nosotros demos sus frutos. El gran reto de nuestra libertad es que ha dejado en nuestras manos que se cumpla o no ese ese designio de comunicarnos su propia vida divina, de aceptar la invitación a entrar en la intimidad de Dios, en lo escondido de su morada (cf. Salmo 26). Se entiende así, como el camino de la obediencia a Dios no es distinto al de la libertad, ni la afirmación de Dios supone una merma de nuestra libertad. San Agustín lo expresa con gran claridad y fuerza en los Comentarios al Evangelio de San Juan”: “La libertad primera consiste en estar exentos de crímenes … como el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, … Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta. (…) ¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque ‘siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón’ … Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador? … Más, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos.” – San Agustín, In Iohanis Evangelium Tractatus, 41, 9 -10: CCl 36,363 -.

Pidamos a nuestra Madre que también nosotros nos convirtamos en los esclavos del Señor para alcanzar esa plena libertad del amor.