El pasaje del Evangelio de hoy es como un pozo sin fondo. Leído y meditado de la mano del Espíritu Santo nos descubre siempre aspectos nuevos del amor misericordioso de Dios Padre, de su paciencia, de la seriedad de nuestros pecados, de la grandeza de ser hijos y la pobreza a que nos arroja el pecado. Me parece que primero hemos de poner el foco en lo que nos dice sobre cómo es Dios y su relación con nosotros. Por supuesto también debemos detenernos en considerar la marcha del hijo y el abandono del padre.

Qué tiene que suceder para que un hijo le diga a su padre quiero irme lejos de ti para poder ser verdaderamente libre y feliz. No quiero vivir contigo ¡Y un padre bueno!: le da lo que no le corresponde porque la herencia es después de la muerte. Un padre que le da todo: “todo lo mío es tuyo”.  La decisión de abandonar la casa del Padre no se improvisa. “A una decisión de ese género no se llega de repente: que esto no se nos olvide. Ya antes habría consentido pensamientos solapados de rebeldía, de crítica contra su padre, de celos hacia su hermano, soñando con ‘liberarse’, con ser ‘autónomo’.” San Juan Pablo II, Exhortación Reconciliación y penitencia, 17). Y cada uno debemos estar atentos a esas insinuaciones, no pocas veces consentidas, para no dejarnos embaucar por el enemigo, que está siempre detrás del pecado. Benedicto XVI en su Viaje al Líbano en 2012 nos advertía: “debemos ser muy conscientes de que el mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo de modo impersonal o determinista. El mal, el demonio, pasa por la libertad humana, por el uso de nuestra libertad. Busca un aliado, el hombre. El mal necesita de él para desarrollarse” ¡Mal compañero de viaje! No se puede entender el misterio de la iniquidad sin la intervención del demonio.

Hoy hemos desvinculado el pecado de Dios, ya sólo es un error, un descuido, una limitación, … Por ello no hay más que pecados contra el prójimo, los tres primeros de la Tabla no existen. La secularización del pecado (reducido al ámbito de la conciencia individual, entendida en clave subjetivista), lleva a la pérdida del sentido del pecado, reducido a sentimiento subjetivo de culpa: “no siento que esté en pecado”. Entonces, la “superación” del pecado es quitar el sentimiento de culpa: “ceremonias” que ayuden a esto, por ejemplo, quemar los papeles con mis pecados en lugar de la confesión. Esto se vuelve contra el hombre: a solas con sus fuerzas, prescinde de la gracia que sana, transforma y por eso perdona. La misericordia reducida a sentimiento. Trampa mortal, porque los sentimientos van y vienen. Se puede pasar del perdón al no perdón en un momento.

Es la bondad del Padre lo que hace posible la “vuelta” no el hecho de “haber recapacitado” del hijo. El pecado no tiene la última palabra (Cf. Ratzinger, Misa antes del Cónclave, 21-IV-2005) ¡Cómo iba a tener la última palabra el demonio o nuestra miseria! ¡Dios es más grande que nuestro pecado! “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Como nos recordaba San Juan Pablo II,  “la misericordia de Dios ha puesto un límite al mal” (Memoria e identidad). Es como Dios dijera al mal ¡Hasta aquí llega tu poder!

Danos, Madre nuestra verdadera aversión al pecado, un dolor de amor que repare el corazón de tu Hijo y el daño que nos infringimos con nuestros pecados.