La escena que nos trae el Evangelio de hoy: la expulsión de los mercaderes del Templo, desconcierta porque Jesús es el “Cordero manso” del que nos hablan los profetas no podemos imaginarle ejerciendo ningún tipo de violencia. Pero esta violencia no es fruto de la ira; sino del “celo por la casa de su Padre”. Es fruto del amor y reconocimiento de su Santidad, que estos hombres habían olvidado y a veces nosotros también. Igualmente es expresión de amor hacia aquellos hombres, porque estaban en una situación particularmente grave. El no reconocimiento de la santidad de Dios trae consecuencias muy serias para el hombre. Cuando un hijo hace algo mal le regañamos por su bien, para que aprenda que lo que ha hecho está mal, para que aprenda. Si la falta ha sido especialmente grave, la regañina tiene un tono más serio, más severo. Y los padres lo hacen así no porque quieran asustar, o tratar con dureza a su hijo, sino para que comprenda lo especialmente grave del error. Esto es lo que hace Cristo en esta ocasión. Como el mal está muy metido, no tomar a Dios en serio, que es peor que negarle, la lección ha de ser chocante para que reaccionen. No reconocer y respetar la santidad de Dios nos imposibilita para reconocerle como tal, como Salvador.

Según considero de importantes las cosas o las personas así las trato. Las formas son expresión de nuestro cariño. Aquellos hombres trataban el Templo, lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo, como un mercado. Es verdad que todo se inicia para facilitar las ofrendas y sacrificios que debía ofrecer el pueblo al Señor, pero terminó siendo un negocio. Al hilo de este evangelio podemos preguntarnos nosotros: ¿cómo tratamos las cosas de Dios? Nuestras celebraciones ¿expresan verdaderamente nuestra fe? En el modo en que recibimos a Jesús en la Eucaristía ¿se trasluce que creemos estar recibiendo el Cuerpo glorioso de nuestro Señor Jesucristo, que de verdad creemos lo que celebramos?

Nos puede parecer que las formas no son importantes, pero sí lo son. Las formas no dan igual. En las relaciones cotidianas con los demás, no son secundarias las normas de educación y cortesía: nos ayudan a recordar la dignidad de los demás, a manifestar el cariño y el respeto. También en las grandes ocasiones. Pensemos en las ceremonias civiles: un campeonato de futbol, la ceremonia de la entrega de los Oscar de cine, las recepciones oficiales, … Son toda una liturgia en la que los modos ayudan a darnos cuenta de la importancia de la situación que estamos viviendo. El “protocolo” no es necesariamente superficial e innecesario. Si esto es importante en la vida ordinaria, en el lugar que es signo de la presencia de Dios ¿cómo debería ser nuestra conducta en los templos cristianos donde está realmente presente Jesús en el Sagrario, en las acciones litúrgicas, especialmente en la celebración de la Santa Misa, que son acción divina, donde se actualiza el misterio pascual de Cristo? Si un no creyente entrara en nuestras iglesias en la celebración de la Misa dominical ¿podría asombrarse de nuestro recogimiento? ¿podría concluir por nuestra actitud y conducta que creemos estar en un lugar sagrado, que Dios está actuando en medio de nosotros a través de esa celebración? Las manifestaciones exteriores son expresión de nuestra fe, de nuestro cariño. Hay personas que se ha convertido presenciando una celebración litúrgica como Pascal.

Miremos a María, madre nuestra y Madre de Dios, Ella acogió en su corazón el misterio santo de la Encarnación y pidámosle que nos ayude a cuidar como ella el Cuerpo de su Hijo.