El salmo de hoy —Glorifica al Señor, Jerusalén— es uno de los cantos sagrados que más me gustan. En latín dice así: “Lauda, Ierusalem, Dominum. Lauda Deum tuum, Sion”. Se usa con frecuencia como cántico de entrada en grandes celebraciones, y cuando está bien cantado, se te pone la piel de gallina. Así será la eterna gloria en el cielo, donde estaremos cantando a Dios en la nueva Jerusalén.

Gracias a Dios, hemos ido normalizando poco a poco algunas costumbres que hacían de nuestras eucaristías una especie de espectáculo donde lo esencial de la celebración quedaba como sepultado por las cosas visibles: explicación y representación de símbolos, procesiones eternas de ofrendas, intervenciones de todo tipo por parte de casi todos, moniciones a discreción, el rito de la paz como el recreo de la misa, invención de oraciones en la plegaria eucarística…

El sentido común ha hecho que vayamos normalizando la celebración para que no sea lo exterior lo más importante, sino lo interior. Si entramos en la iglesia y no encontramos a Dios, ¡ya me diréis dónde podremos encontrarlo! Creo que la eucaristía es sobre todo eso: un encuentro con Dios en la Iglesia (el cuerpo de Cristo, no el templo de piedra). Al mismo tiempo, es un lugar en que Dios también nos encuentra a nosotros.

He tenido la suerte de estar rodeado de grandes sacerdotes que me han enseñado los entresijos de la historia de la salvación que acontecen en la divina liturgia, en cada Misa. Si además uno tiene la suerte de leer a teólogos y liturgos (Benedicto XVI tiene un tomo dedicado por entero a la liturgia; también me están ayudando mucho las catequesis del Papa Francisco), la capacidad de aprovechar la celebración diaria de la eucarístía aumenta hasta niveles insospechados. Cuando uno se quiere encontrar con Dios y pone los medios, el Señor te encuentra.

Lo dicho hasta ahora viene al hilo de lo que aparece en la primera lectura y el Evangelio respecto a cuestiones “legales”. Existen muchos cristianos que le tienen pavor a las palabras “ley”, “norma”, “cumplimiento”, etc. Quizá porque generaciones anteriores tiraron mucho de esos términos haciendo que la vida cristiana se basara más en el “deber” que en el “vivir”. Ciertamente el peligro del legalismo es real, y también se encuentra uno con gente rectilínea, que sólo sabe hacer lo mandado y respetar lo escrito, pero sin comprender el espíritu de ambas cosas. Pero si la ley la entiendo como un yugo que debo quitarme, aparece otro extremo igualmente dañino: ni ley, ni norma, ni autoridad. Se podría describir como un laxismo. Esta presencia y dicotomía entre legalismo y laxismo no acabará nunca. Somos así. Ahora quizá esté más de moda la desobediencia a lo mandado, el rechazo a la autoridad y la libertad espontánea.

Aterrizo en la idea que quería considerar. Quizá levante ampollas. El cumplimiento de las normas litúrgicas ha de ser, por parte de los sacerdotes, una auténtica disposición de realizar en la eucaristía lo que la Iglesia quiere celebrar. No es rigorismo seguir el Misal, sino la conciencia clara de que esos textos y esas indicaciones para celebrar la eucaristía responden al mismo designio de Dios, es el acto salvífico de Cristo, el memorial de la Pascua que la Iglesia recibe como don: no es la misa de tal o cual cura. Es la única Misa, la que realiza Jesus en la Última Cena, en el Calvario y en el Sepulcro. Me cuesta entender que los sacerdotes hagamos de nuestra capa un sayo. Es como si también decidimos qué sueldo tener, o quién es mi obispo o superior, o elegir mi parroquia preferida. Nada de eso podemos hacer, y todo lo recibimos como un don, algo que no depende de nuestra voluntad, sino que nos es “regalado” por la Iglesia. Pero cuando llega la celebración, de vez en cuando nos da por inventar cosas. Gracias a Dios, no he encontrado nunca mala intención en ello: de hecho, aunque se hicieran innovaciones, se buscaba una pedagogía para los niños, o un simbolismo que acerque a los mayores tal o cual mensaje, o resaltar el aspecto comunitario de la celebración eucarística. Eso es lógico hasta cierto punto. Pero, aun admitiendo algunas cosas, nunca se debe cambiar lo esencial, lo que la Iglesia nos ha entregado, porque es lo que ha recibido del mismo Cristo. Me refiero sobre todo a la plegaria eucarística. Cambiarlo es como decirle a Jesús que no sabe hacer bien las cosas, que no es buen pedagogo, que no sabe comprender la mentalidad de las personas de nuestro tiempo.

Un ejemplo nada relevante, pero que manifiesta algo. Muchos sacerdotes concluyen la eucaristía diciendo “Podemos ir en paz”. Me acerqué un día a un sacerdote conocido y le dije: “¡Un cura de “Podemos”!”. Entre carcajadas y con amabilidad le expliqué el contenido de la frase y parte de los razonamientos que expongo aquí. Evidentemente no sirvió de mucho, pero al menos, nos reimos un rato.

En cambio, cuando leo el Evangelio de hoy, me quedo algo triste por esas cosas. Los sacerdotes tenemos que ser instrumentos útiles y fieles para enseñar no sólo lo grande, sino también lo más pequeño. Aquello que Jesús quiere, aunque sean nimiedades, es importatísimo para nosotros por ser el Señor mismo el origen: ha “mandado” muchas cosas. El Evangelio está lleno de “imperativos” que no dejan lugar a dudas lo que es relevante para Dios. Pero teniendo en su origen el amor grande y misericordioso de Cristo, se convierten en “yugo suave y carga ligera”, en verdades que sanan el alma y la ayudan a vivir vida divina, alejada de las complicaciones del egoísmo y el orgullo, que son la fuente de nuestros rigorismos y laxismos.

Hoy pedimos al Señor que los sacerdotes respetemos y enseñemos bien hasta los “preceptos más pequeños” de aquello que la Iglesia puso en nuestras manos el día de nuestra ordenación sacerdotal: la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Es la divina liturgia. Y sobre todo, que consideremos lo que realizamos e imitemos lo que conmemoramos, conformando nuestra vida con el misterio de la Cruz del Señor. Los cristianos participamos del Misterio, no lo inventamos: la eucaristía es obra de Cristo, y de nadie más.