De una primera lectura rápida de la liturgia de la Palabra de este domingo uno saca una conclusión, casi a vuela pluma, Jesús con su muerte y resurrección vence al pecado. Veamos progresivamente como se nos presenta:

En la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, S. Lucas nos trasmite uno de los discursos de S. Pedro, en el que se recoge el proceso de abandono del hombre. Pedro afirma por un lado que los judíos han rechazado al Santo, resuena en nuestro subconsciente el Prólogo de Juan, cuando afirma que la luz vino este mundo y los suyos la rechazaron. Sí, Jesucristo sale a nuestro encuentro en nuestra vida y nosotros no le reconocemos y muchas veces incluso le rechazamos. Sin embargo Pedro en su discurso no sigue con castigos ni amenazas, lo que no sería de extrañar en la experiencia humana, sino que comprende a los judíos, afirma que lo han hecho porque les faltaba conocimiento y les ofrece una última oportunidad la de la conversión. El discurso de Pedro resuena en nuestros oídos como una nueva esperanza para salir de nuestras tinieblas, pues Dios, se ha empeñado en salvarnos y nos persigue insistentemente.

La segunda lectura que nos ofrece un fragmento de la primera carta del apóstol San Juan el nos encontramos con algo similar. Juan escribe a los cristianos por lo que ya en las primeras comunidades el pecado personal desafiaba la Fe de los discípulos, y es que la resurrección y el amor de Dios no fuerzan nuestra voluntad. Por ello Juan le dice “no pequéis”, y les muestra continuación el camino para no pecar: tardar sus mandamientos. Para cualquiera de nosotros conocer a alguien significa escucharle, ¿podríamos afirmar que verdaderamente conocemos a alguien con quien nunca hemos hablado? y si esto lo trasladamos a Jesús la escucha lleva a la obediencia, porque cuando sus palabras de Amor acarician tu corazón algo se remueve por dentro. Es cierto que somos inconstantes en el amor, por eso el pecado se nos cuela por las rendijas de la vida, pero de nuevo Juan nos recuerda que Dios está siempre ahí, está siempre esperando, está siempre como defensor nuestro, como salvador nuestro.

Finalmente el fragmento del evangelio de Lucas que nos propone la liturgia este domingo continúa el relato de los dos discípulos de Emaús que leímos el domingo pasado. Los apóstoles se encuentran con algunos otros discípulos, entre ellos los protagonistas del domingo pasado, que estaban contando su encuentro con el Resucitado, es muy peculiar que pese al entusiasmo con el que debían estar narrando cómo le habían reconocido, que les había dicho… cuando Jesús se presenta en medio de ellos no le reconocen. Los Apóstoles conocían ha Jesús, estaban escuchando hablar de Él con entusiasmo, querían creer, pero en el primer momento, justo cuando Jesús aparecen en medio de ellos… no lo reconocen. Jesús tiene que mostrar sus heridas, Jesús tiene que comer delante de ellos, para que el miedo y la euforia no se apodere de sus corazones de sus corazones y sean capaces de creer.

Una lectura muy recomendable para un cristiano es el libro “Oscar y mamie Rose” de Eric-Enmanuel Schmitt, los protagonistas son un niños enfermo de cáncer, Oscar, y una voluntaria católica, mamie Rose, que tienen una entrañable relación de amistad. Al ver a Jesús enseñando sus heridas en el evangelio de este domingo me ha venido a la mente una escena del libro en la que mamie Rose lleva a Oscar a la capilla y le enseña un crucificado, ante las primeras quejas del niños, ella le pregunta en quien es más fácil creer, en este Dios con sufre como tú, o en un Dios todo poderoso alejado de nuestra experiencia, y él responde en un Dios que sufre como yo. Las heridas de Cristo en el la cruz son el testimonio poderoso de que Dios sabe muy bien qué es ser hombre, que le angustia, que es el sufrimiento… y Jesús nos ofrece la salvación desde dentro, desde la propia raíz de la experiencia humana, ¿no esta la mejor invitación a creer apasionadamente?.