El Evangelio de hoy se presta al chiste de Eugenio de los años ochenta, “dentro de poco, ya no me veréis, y poco después, me volveréis a ver”, y responden los discípulos, “Maestro, cada día te queremos mas por lo bien que te explicas”. Pero no es chiste fácil, es que los doce responden exactamente así, “entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: “¿Qué significa esto que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis, y poco después, me volveréis a ver’?. ¿Y que significa: ‘Yo me voy al Padre’?”.

Hoy mismo una chica joven me ha comentado ¿por qué es tan difícil ver a Dios o comprender lo que quiere de mí?, ¿por qué no me lo dice con claridad?, ¿por qué si habla lo hace tan bajo o en un idioma que no entiendo? Evidentemente, para las grandes cuestiones no tenemos una respuesta clara, ojalá la vida espiritual fuera tan fácil como desplegar las instrucciones de un armario de IKEA. Pero hay algo que nos puede ayudar. El primero en sorprenderse de nuestra incapacidad era el mismo Señor. A lo largo y ancho del Evangelio hay momentos en los que se queda perplejo ante la falta de fe de los suyos, se asombraba de su torpeza para entender. Es decir, que la primera pista que tenemos para acallar ese presunto ruido entre nuestro Señor y nosotros, es que somos nosotros mismos los que ponemos trabas al diálogo. Un ejemplo, el Señor se pasaba gran parte de su tiempo en intimidad visible con su Padre, los apóstoles lo veían retirado, a veces noches enteras. El Amado en intimidad amorosa con el Padre del Amor. Si nosotros nos pasamos la jornada fuera de nosotros mismos, soltando nuestra estela de pasiones en el trabajo, volcados en escaparates de todo tipo, siendo solicitados por todos los sentidos, con el móvil en permanente posición de reclamo, entonces, ¿cómo vamos a entender el lenguaje de Dios?

El asunto del móvil no es baladí, la situación de dependencia a la que hemos llegado imprime un estado vital centrífugo. El corazón se pega a la solicitud de mensajes que llegan a la docena de grupos de WhatsUp. Un joven me decía esta mañana, “voy a intentar estudiar dos horas sin mirar el móvil”, ¡parece el grito de un preso que vive en estado de condena y pide libertad! Se cumple en nuestros días el mito de Sísifo, cuando Hermes se lo lleva al reino de Hades y es condenado a subir una enorme roca a lo alto de una colina, y cuando está arriba se cae. El destino de Sísifo es repetir una y otra vez lo mismo durante la eternidad. ¿Hace falta entrar en comparaciones con el móvil?

Lo difícil no es oír a Dios, sino salir de las esclavitudes que cada día fabricamos con nuestras propias manos, los castigos que nos procuramos con nuestras propias sentencias. Así no hay quien distinga las luces de Dios.