La elección de Matías nos deja una importante lección. Después de la Ascensión de nuestro Señor a los cielos, los Apóstoles, no sin la intervención del Espíritu Santo, entienden que deben recomponer el número de los Doce tras la deserción de Judas, que dejo “una vacante”. Es llamativo el modo de obrar. “Propusieron dos: José́, llamado Basabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando dijeron: «Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto». Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles”. ¡Lo echan a suertes! Y lo hacen así porque saben que Dios es quien elige, quien gobierna todas las cosas y las dispone con sabiduría. Nosotros tantas veces no razonamos con esa misma lógica y consideramos los acontecimientos como fruto del azar o la casualidad. Aquellos Doce sabían ya muy bien que habían convivido con el Señor de la Historia y se saben en sus manos. Necesitamos reconsiderar muchas veces que detrás de cuanto acontece en nuestra vida está gobernado por Dios para nuestro bien. Como nos recuerda el Apóstol San Pablo, “pues sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, los que según su designio son llamados” (Rm 8,28).

Dios en su Providencia ya había elegido a Matías. Dios siempre se nos anticipa. Su amor y elección nos precede. También cada uno de nosotros hemos sido elegidos gratuitamente para hacernos objeto de su amor. Dios ama primero. Por esto, en el fondo el mandamiento del amor que nos dejó, y que recoge San Juan en el Evangelio, es antes que un mandamiento la invitación a dejarse ganar por el amor incondicional de Dios por cada uno de nosotros. Él nos amó primero. Esta es la razón por la que podemos amar, porque antes hemos sido “habitados” por el Amor, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rm 5,5). Como consecuencia de saberse amado así, surge en nuestro como corazón como una exigencia interior, de corresponder. Esto es lo que nos pide el Señor en el Evangelio de hoy: “como el Padre me ha amado, así́ os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.

En este mes de mayo, volvamos una vez más nuestra mirada a la Virgen Madre, para dejarnos acompañar por ella y permanecer en el amor de su Hijo.