Si a un niño pequeño le regalan un gran juguete y apenas a abierto el regalo dirige toda su atención al juguete del niño que tiene al lado, podríamos pensar que no le ha hecho mucha ilusión su juguete o no aprecia todo el valor que tiene su juguete. Algo similar parece haberle sucedido a San Pedro le pregunta a Jesús: “Señor, y éste ¿qué? – refiriéndose a San Juan – Jesús le contesta: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. Parece que San Pedro está como con cierta envidia o celos respecto a los planes de Dios respecto a San Juan. Quizás sea porque San Pedro no es muy consciente del gran regalo que acaba de hacerle el Maestro: ¡le encomienda el pastoreo de sus ovejas! También nosotros podemos, mucha veces, no ser muy conscientes de los dones recibidos de Dios. Quizás deberíamos considerar con más frecuencia cuantos regalos hemos recibido de Dios a lo largo de nuestra vida, hacer memoria de ellos. Entretenernos en reconocerlos para tomar conciencia de cómo nos mira y quiere Dios y agradecerlos. Mirar más a nuestro “juguete” y dar las gracias. La primera acción de gracias es valorar lo recibido. Si nos regalan algo y terminamos por guardarlo en un cajón perdido, es señal de pico aprecio. Dios cada día nos regala su presencia, su cercanía, la vida de cada día ¿Sabemos valorarlo? ¿Le damos gracias? ¿Ponemos en juego todos los dones recibidos? Con frecuencia, seguramente, recibimos a Jesucristo en la Eucaristía y podemos no darle mayor importancia, cuando desde el cielo los Ángeles no dejan de asombrarse ¿sabemos agradecerlo? ¿Cuidamos estar un tiempo a solas con el Señor, que se ha hecho alimento para mí? A todos nos regala la invitación a participar de su gloria, de la vida eterna, y no pocas veces nos falta la alegría de sabernos creados para la gloria. En este sentido, la primera manifestación de agradecimiento es, como nos dice San Pablo “estar alegres”. Pidamos a la Virgen no dejar de reconocer los dones que nos llegan por su Hijo y agradecerlos con alegría.