30/5/2018 – Miércoles de la 8a semana de Tiempo Ordinario.

¿Estáis dispuestos a beber el cáliz que voy a beber? Lo primero que pensamos al leer este evangelio es en la suerte de los discípulos que, tras los apóstoles, han tenido que beber el cáliz que bebió Jesús: el cáliz de la pasión. A través de la entrega de su vida, de la incomprensión del mundo, de las pruebas de la fe, o del martirio. Pero solemos olvidarnos de la suerte de aquellos a los que Jesús se dirigió: no sólo a todos los apóstoles, sino de modo más directo y particular, a los hijos del Zebedeo:

Hermanos hijos del Zebedeo que, junto a Pedro, forman el grupo de los tres discípulos que compartieron con Jesús los momentos más importantes de su vida, como en la Transfiguración y la Oración en el huerto de los Olivos (Getsemaní).

Nos dice Benedicto XVI que de Santiago podemos aprender muchas cosas: la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la “barca” de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo. Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio.

Juan es “el discípulo predilecto”, que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena, se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado. Nos dice también Benedicto XVI que, como con Juan, el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por esto, Jesús dijo un día: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (…) No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

Unos cristianos se parecen más a Santiago (impetuoso, valiente, diligente), y otros más a Juan (inteligente, sensible, contemplativo). ¿A cuál de los dos te pareces tú?