En la segunda lectura San Pablo nos propone que nos revistamos “de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios”. Hemos sido configurados con Cristo por el bautismo y estamos llamados a vivir la vida misma de Cristo; de tal manera que Cristo sea para nosotros criterio de verdad, más aún la Verdad misma, y por tanto norma de nuestro actuar. Porque “la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor” (San Juan Pablo II, Encíclica “Veritatis splendor”, 1). San Pablo nos exhorta a que no andemos “ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios”.Es decir que acomodan la verdad a sus apetencias, apartándose de Dios fuente y origen de toda verdad y cayendo en la esclavitud del individualismo y del hombre viejo “corrompido por sus apetencias seductoras”.

Una dificultad para superar esa esclavitud del individualismo es la resistencia en la aceptación de la verdad, de una verdad sobre el hombre, sobre su bien y su destino. No es algo de hoy. El Evangelio nos muestra a Pilatos ante la misma Verdad hecha carne y de permite la ironía de preguntarse en alto, sin esperar en el fondo una respuesta: ¿y qué es la verdad? La cultura dominante de nuestro tiempo también ironiza con sarcasmo sobre la verdad, para en el fondo imponer su propia verdad pequeña al resto ¡y en nombre de la tolerancia y de los valores democráticos! Mientras opines (no quiero poner “pienses” porque de esto hace mucho que se ha abdicado con el pensamiento líquido y débil) como ellos, mientras seas políticamente correcto. Pero sólo hay una verdad, no muchas, sobre el hombre y el mundo, sobre el bien y la auténtica libertad. Y esta verdad está en Dios y no en el parecer del hombre ¡El hombre no crea la verdad, la descubre! Para ser más exactos le es descubierta. Se hace así imprescindible la humildad. Sin ella no alcanzaremos nunca la verdad.

Cuando olvidamos esto Dios es sustituido por el hombre, que decide lo que está bien y lo que está mal. Y lo decide ¡un hombre marcado por la desobediencia del pecado original! Nuestras apetencias se absolutizan y aprisionamos la verdad en la injusticia (cf. Rm 1,18). Y acabamos justificando lo injustificable. Entre ellas el aborto, con inversiones multimillonarias para extenderlo como práctica anticonceptiva (más de 40 millones al año, casi la población de España ¡cada año!). En el afán de dominar la vida ajena el hombre que se erige en “dios” también quiere imponerse en el final de la vida y se constituye en juez para eliminar las vidas dependientes o que, según su criterio, no merecen la pena ser vividas. Y muchos otros atentados contra la dignidad humana. Cuando esto sucede hay vidas que valen una más que otras, porque la verdad sobre esas vidas cambia según mi parecer en cada situación, dependiendo de cómo me afecta la vida de los demás. Cuando el hombre anda en lavaciedad de sus criterios, se olvida de Dios y lo que parece “una liberación” se convierte en la tiranía del hombre contra el hombre. Por esto debemos permanecer fieles a las palabras del Apóstol: “renovaos en la mente y en el espírituy revestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios”.

Dios no nos deja solos en hacer de su Vida nuestra vida. Nos da el “Pan del cielo”, nos regala su cuerpo y su sangre como alimento para recorrer ese camino que conduce hacia la consumación en la vida del Cielo.

Pidamos a nuestra Madre del Cielo abrir nuestra mente y nuestro corazón a la Verdad.