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Domingo 23 de julio. Domingo XVI semana del TO

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo”. Estas palabras del Señor hacen del mundo y de la historia un lugar hermoso. Dios no deja de bendecirnos, de cuidarnos, de exhortarnos. Siembra incesantemente. Aunque muchas personas desesperen contemplando el mal en el mundo, en realidad se siembra mucho más bien, aunque su acción no sea tan evidente. En la primera lectura leemos: “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. También en el salmo exclamamos: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”.

Estas palabras del Señor hacen del mundo y de la historia el lugar hermoso. Dios no deja de bendecirnos, de cuidarnos, de exhortarnos. Siembra incesantemente. Aunque muchas personas desesperen contemplando el mal en el mundo, en realidad se siembra mucho más bien. En la primera lectura leemos: “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. También en el salmo exclamamos: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”.

Cristo ha vencido al maligno, le ha sometido instaurando el reino de los cielos, donde sólo Uno puede reinar. Algún día lo veremos con evidencia total en el cielo nuevo y la tierra nueva. Mientras tanto, nos toca esperar. O mejor dicho, vivir de la gran virtud teologal de la esperanza. No esperamos la victoria de Cristo, pues ha vencido ya por su muerte y resurrección; esperamos que esa victoria se manifieste en su plenitud y esplendor.

La virtud propia del sembrador es la esperanza. La hierba no crece rápido, y mucho menos los árboles. En el episodio de Astérix “La residencia de los dioses”, el druida Panorámix inventa unas semillas de crecimiento instantáneo para evitar que los romanos, talando árboles, construyan sus edificaciones. En ese cuento, basta plantar la semilla mágica para que crezca un árbol completo en décimas de segundo, para regocijo de Idéfix. Fuera de los cuentos, el crecimiento vegetal requiere de mucho tiempo.

También el enemigo sabe luchar a largo plazo, aunque no tiene tanta paciencia como el Señor. La cizaña estropea la calidad de la buena semilla y pone en peligro la cosecha de trigo. No pertenece a la cosecha buena, pero la afecta completamente, pues crecen juntas. Así es el pecado: no pertenece a la naturaleza humana —imagen y semejanza de Dios—, pero la afecta completamente.

En la vida real, nos encontramos muchas veces con situaciones similares: un campo en que junto al buen trigo, encontramos cizaña. Por ejemplo, en muchas situaciones familiares o de amistad, cuando hay problemas y pretendemos solucionarlos, corremos el riesgo de arrancar no sólo la cizaña (la envidia, el orgullo, la codicia), sino también la buena voluntad o la rectitud de intención salvable en las personas. Cuántas veces pensamos en “decirle a fulano esto y esto”, “cantarle las cuarenta” o “ponerle en su sitio”. No todo es cizaña, no todo es perverso: con una frecuencia mucho mayor de lo que pensamos, siempre hay algo que salvar. El Señor nos enseña a tener paciencia para salvar lo salvable, fomentarlo y afianzarlo. Quizá acompaña siempre la cizaña, pero al final, todo se cortará y se pondrá en su justo lugar.

La impaciencia, cuando se trata de avanzar en el bien, no es cosa buena. Tampoco en la vida interior, donde el campo del buen trigo tiene la cizaña del pecado. No podemos bastarnos a nosotros mismos, sino que con humildad, tenemos que reconocer que es Otro quien nos salva, cortando y separando lo bueno de lo malo. San Pablo lo dice con gran ternura: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”.

Hoy es un buen día para pedir dos cosas. En primer lugar, esperanza en la victoria definitiva del bien. La segunda, saber distinguir siempre bien el trigo y la cizaña. Esto último es también don del Paráclito: ilumina los corazones y las mentes para movernos hacia la santidad, abandonando el pecado y la muerte. Sin duda, una de las mayores victorias del enemigo es el relativismo moral que impide distinguir el bien del mal, haciendo que muchos coetáneos nuestros anden como vagabundos por la vida, desorientados, faltos de una luz que guíe su existencia.

Señor, ¡no dejes de sembrar el buen trigo en nuestros corazones! ¡Ilumina nuestras vidas, multiplica los dones de tu gracia, para que encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveremos fielmente en el cumplimiento de tu ley!

Sábado 22 de julio. XV semana del TO. Sta. María Magdalena (F)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

2017 es año de estrenos litúrgicos. Hoy estrenamos fiesta y prefacio. El Papa Francisco, a través de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos decretó el 3 de junio de 2016 que la “memoria obligatoria” de Santa María Magdalena fuera elevada al grado de “fiesta” en el Calendario Romano.

San Juan Pablo II dedicó una gran atención al papel especial de María de Magdala como la primera testigo que vio al Resucitado y la primera mensajera que anunció la resurrección del Señor a los apóstoles. Santa María Magdalena es ejemplo de una verdadera y auténtica evangelizadora, es decir, de una evangelista que anuncia el mensaje de la Pascua. Así dice el prefacio:

 

El cual (Jesucristo) se apareció visiblemente en el huerto

a María Magdalena,

pues ella lo había amado en vida,

lo había visto morir en la cruz,

lo buscaba yacente en el sepulcro,

y fue la primera en adorarlo

resucitado de entre los muertos;

y él la honró ante los apóstoles

con el oficio del apostolado

para que la buena noticia de la vida nueva

llegase hasta los confines del mundo.

 

En la tradición occidental suele identificarse a María Magdalena con la mujer que derramó el perfume en casa de Simón, el fariseo, y también con la hermana de Lázaro y Marta. Lo que es cierto es que María Magdalena formó parte del grupo de discípulas de Jesús, le acompañó a los pies de la cruz y, en el jardín donde se encontraba el sepulcro, fue la primera testigo de la divina misericordia. En el evangelio de hoy, san Juan relata que María Magdalena lloraba porque no había encontrado el cuerpo del Señor; y Jesús tuvo misericordia de ella, y se dio a conocer como su Maestro, transformando sus lágrimas en gozo pascual.

Es la primera testigo de la resurrección, cuyo encuentro tuvo lugar en el jardín o huerto donde estaba el sepulcro. San Gregorio Magno pone en paralelo a Eva y María Magdalena: ambas se encuentran en el jardín del paraíso la primera, y en el jardín de la resurrección la segunda. La primera, difundió muerte donde había vida; la segunda, anunció la Vida desde un sepulcro, lugar de muerte.

El nuevo prefacio se titula “De apostolorum apostola”, es decir, “apóstol de los apóstoles”. Esta expresión se consolida sobre todo a través de Rábano Mauro y Santo Tomás de Aquino. Se indica con ello que María Magdalena es testigo de Cristo Resucitado y anuncia el mensaje de la resurrección del Señor como el resto de los Apóstoles. Por eso, el Papa ha querido dar a la celebración litúrgica de esta mujer el mismo grado de fiesta que se da a la celebración de los apóstoles: quiere destacar la especial misión de esta mujer, ejemplo y modelo de toda mujer en la Iglesia.

Viernes 21 de julio. XV semana del TO

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El judaísmo y el cristianismo no pueden comprenderse sin hacer alusión a la Pascua, el paso del Señor. La primera Pascua se describe hoy en la primera lectura. Se trata de la liberación de la esclavitud y la opresión de Egipto, obrada con gran poder del Señor y por manos del ángel exterminador, y cuyo signo es la sangre del cordero sacrificado untada en las casas de los elegidos, el pueblo de Israel. El alimento que da fuerzas para ponerse en camino se compone de la misma carne del cordero sacrificado, de pan sin levadura y de verduras amargas. En el salmo responsorial aparece la referencia a la copa de la salvación, donde se recoge la sangre del cordero para ser untada en las casas.

La libertad del pueblo requiere la sangre derramada del cordero. Este signo es anticipo de la nueva y definitiva Pascua, que también queda sellada con la sangre de un cordero. En la nueva Alianza, Dios mismo provee el cordero para el sacrificio: Jesucristo, el Hijo de Dios, es el nuevo y definitivo Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La liberación del pueblo no hace referencia a un reino terreno, como era Egipto: se trata de algo mucho más trascendente, algo de cuya liberación sólo puede encargarse el Señor y no los hombres. Se trata de liberar al pueblo de las ataduras del reino del pecado, el dolor y la muerte. El Cordero es sacrificado en la Cruz y su sangre derramada es untada en las almas bautizadas, convertidas en casas de Dios, en templos suyos.

La Iglesia vive de este sacrificio salvador y redentor, y encuentra en Él su fuente y su culmen. En los sacramentos el cristiano encuentra la fuerza de la acción de Dios, su paso salvador, que nos hace salir de las tinieblas a la luz, nos rescata de la muerte para ir a la vida. Aunque todos los sacramentos se fundan en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, especialmente se realiza esto en la Eucaristía: es el memorial, la actualización constante del paso del Señor, de la Pascua, mediante la cual Cristo sigue derramando su sangre y señalando nuestras casas para que los enemigos de Dios no entren en ella y hagan estragos.

 El sacrificio de Cristo es al mismo tiempo la ofrenda que la Iglesia ofrece al Padre. La eucaristía tiene valor infinito no por lo que cada uno ofrece, sino por lo que la Iglesia ofrece: el Cordero de Dios, sacrificado el altar de la cruz. Esta ofrenda es agradable a Dios porque no sólo es un sacrificio de sangre, sino también un sacrificio espiritual, agradable a Dios. La entrega y sacrificio de Cristo se realiza con misericordia, mirando a la humanidad perdida y ofreciendo la vida por ella.

En el evangelio de hoy, Jesucristo afirma, recordando la Escritura: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Está indicando que no sólo tenemos que fijarnos en los aspectos externos del ritual del sacrificio, sino entregarnos nosotros mismos, convertirnos en ofrenda agradable a Dios por nuestra misericordia, que nos lleva a mirar a los demás como Cristo les mira.

 

Encontramos así un aliciente más para cuidar especialmente nuestra asistencia a la Santa Misa. No se trata de “ir” a Misa, de ofrecer el sacrificio; se trata de “vivir, celebrar” la Misa, entrando por el pórtico de la misericordia, el corazón de todo el sacrificio. Así será fructífero siempre el paso del Señor por nuestra vida cotidiana, e iremos imitando cada vez más al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jueves 20 de julio. XV semana del TO. Mártires Hnas. de la Caridad del SºCorazón de J. (Madrid, ml)

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“El Señor se acuerda de su alianza eternamente”, canta el salmo responsorial. Se trata de una alianza de salvación y de presencia permanente en medio del pueblo, obrando prodigios. Continua el salmo: “Envió a Moisés, su siervo, y a Aarón, su escogido”. Ambos guiarán al pueblo entero en esta pascua, en este paso de la esclavitud a la libertad, del destierro a la propiedad de la tierra prometida, de la oscuridad del pecado a la libertad de la adoración divina.

En el marco de la alianza, se hace referencia a este culto y adoración del Señor. Yahveh indica a Moisés lo que tiene que decir al faraón: “Tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor, nuestro Dios”.

Desde el relato de Caín y Abel que aparece en el libro del Génesis, los actos de culto a Dios se realizan mediante la ofrenda y el sacrificio, esto es, mediante el ofrecimiento al Señor de los dones que tenemos, de los que nos privamos para entregárselos a él. De este modo se simboliza también la entrega de la propia vida: en los dones que ofrezco, me ofrezco yo mismo. Este ritual evoluciona en el pueblo de Israel, pero siempre guarda unas características comunes.

La primera, el sacrificio de la sangre de animales. Algo muy preciado en una cultura nómada —en el caso del Éxodo—, pues el pueblo se alimenta del ganado. Es algo de mucho valor que se ofrece a Dios, y que es un sacrificio, una renuncia para los fieles.

La ofrenda pretende mostrar la adoración a Dios, su reconocimiento como el único Señor, soberano del mundo. Pero esta adoración no se produce por el mero hecho de sacrificar un toro o un cordero. Ha de ser un acto interno del corazón, algo que ve sólo Dios. En el caso de Caín y Abel queda en evidencia que el sacrificio más agradable al Señor, y por lo tanto, el culto que Dios pide, no se realiza por meros actos exteriores: la ofrenda de Abel va acompañada de rectitud de corazón, mientras que la de Caín no.

La alabanza y culto al Señor la realizamos con el ofrecimiento de nuestro corazón y de nuestra vida. En ese caso, el ofrecimiento de las cosas que tenemos tendrá su efecto. A lo largo de los próximos días, vamos a ver al pueblo de Israel dudando en numerosas ocasiones de Yahveh y de Moisés. Aparecerá una definición nada positiva de los israelitas: “pueblo de dura cerviz”. Y Dios se quejará de lo lejos que están de Él. Ofrecerán sacrificios a regañadientes, por obligación, pero sin corazón.

De hecho, en la historia de la salvación, sólo ha habido un corazón que haya realizado un culto verdadero y pleno. Sólo Jesús de Nazaret, como el nuevo Moisés, ofrecerá a Dios Padre el culto que se merece, con un sacrificio externo —la muerte en Cruz—, acompañado de una obediencia y ofrecimiento completo de sí mismo que da plenitud interna al propio sacrificio. Es lo que celebramos cada día en la liturgia de la eucaristía. Nos unimos a este sacrificio santo y puro que hace Jesús de sí mismo por toda la humanidad, de modo especial por los que participamos en ese momento en la Santa Misa.

Cristo es “manso y humilde de corazón”, y nos muestra así el camino de una verdadera adoración a Dios. Una vida santa, en presencia de Dios, con permanente lucha por corregir nuestros males, servir al Señor y a los demás. Este es el verdadero culto que aparece ya indicado en la historia del Éxodo.

Miércoles 19 de julio. XV semana del TO

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La meditación de hoy también abarca la primera lectura de mañana jueves, en la que Dios revela su nombre a Moisés en el monte Horeb. El episodio, un hito en la historia de la salvación, queda envuelto en el misterio de la zarza ardiente a través de la cual se establece el diálogo de los dos personajes protagonistas. Se está preparando la Pascua judía, el paso del Mar Rojo, imagen de la que será siglos más adelante la Pascua definitiva: el paso de la muerte a la vida que realizará Cristo, el nuevo Moisés, para toda la humanidad.

Dios se denomina a sí mismo como “Yo soy el que soy”, o más abreviado “Yo soy”. E indica a Moisés: “Así me llamaréis de generación en generación”. Por vez primera revela su nombre en la historia de la salvación. En hebreo son cuatro letras, el tetragránmaton YHWH, a la que se colocan vocales, que dan como resultado Yahveh o Yehowah (Geová), y que se traduce comúnmente como “el Señor”.

Desde ese día, contamos con un nombre —“el” nombre— con el que que dirigirnos a Dios, alguien que ya no es un desconocido, y cuya voluntad empezamos a conocer. Todavía no revela su rostro y por eso aparece en la zarza ardiente, pero está preparando su manifestación definitiva en el Cristo, su Ungido, en quien Yahveh no sólo nos da un nombre al que dirigirnos, sino alguien a quien mirar cara a cara, con quien podamos hablar. Esto es algo característico de la comunicación humana: necesitamos mirar a los ojos del interlocutor para conocerle más y que el diálogo nos lleve a amarlo más. El lenguaje no sólo ha de ser racional y conceptual; también es necesario que sea visual y emocional. Las comunicaciones tecnológicas —advierten los profesionales de la materia—están perjudicando una auténtica comunicación personal en las familias, en las amistades.

Este mirar a los ojos a Cristo es lo que la Iglesia busca fomentar cuando nos pide que en la medida de lo posible, hagamos nuestra oración en la presencia de Jesús Eucaristía, y cultivemos la adoración frecuente. Es verdad que Dios está en todas partes, pero por el misterio de la Encarnación, tenemos un lugar en que el Señor nos mira y nosotros le miramos a Él. Esto ocurre sobre todo en la exposición del Santísimo, cuando el pan eucarístico es mostrado al pueblo por tiempo prolongado, quitando la barrera habitual del breve tiempo de la Misa o las puertas del sagrario.

Tanto en la celebración de la Eucaristía, como en la presencia en el sagrario o la exposición, se produce esta mirada de tú a Tú. Necesitamos mirar y que nos miren. Mucho. Y también escuchar y ser escuchados.

Este es el secreto de los tesoros de Cristo: no los ha revelado a los sabios y entendidos de este mundo, tantas veces autosuficientes y orgullosos de sus conquistas, y tan dados a cuidar que su “status” no se vea socavado o puesto en evidencia. No: lo ha revelado a la gente sencilla, que necesita, que depende de otros, que es consciente de su debilidad y no lo oculta. Gente que, como tú y como yo, necesitamos ser mirados, escuchados, perdonados, consolados.

Qué ternura nos espera cada vez que acudimos a la mirada del Señor. Nada nos protege más, ni nos puede dar más seguridad. Nos aporta el descanso a las fatigas de la vida.

 

No perdamos nunca la sencillez del corazón para que el Señor siempre quiera revelarse a nuestra vida: “nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Martes 18 de julio. XV semana del TO

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La hija del Faraón se encuentra a un niño en el Nilo y lo llama Moisés, es decir “el que es salvado de las aguas”. Anuncia la Sagrada Escritura que va a ser un personaje excepcional, cuya vida es compleja y al mismo tiempo muy simbólica desde el día de su nacimiento.

El Nilo es un río muy peligroso por los animales que se crían en él, sobre todo los temidos cocodrilos más grandes del reino animal. Moisés tendrá una vida apasionante, dramática, llena de matices, de luchas y sobre todo, de presencia de Dios: en apenas 15 versículos encontramos el miedo de una madre desesperada; un providencial baño real; el providencial cuidado fraterno que devuelve el niño a la madre; un asesinato; un secreto a voces; el destierro voluntario. Una vida trepidante que corre río abajo.

A esto último alude el salmo responsorial: “Me arrastra la corriente”. De modo simbólico y en un sentido contrario a lo que afirma el salmo responsorial, podemos contemplar nuestra vida como ese canastillo en que nuestra vida se encuentra, que es arrastrado por la providencia divina rio abajo, con destino al mar de la eternidad. Nada ocurre por casualidad. El canastillo, dócil a la corriente, busca los lugares más fáciles para avanzar.

Pero existen peligros, como la vegetación que impide avanzar. Esos obstáculos impiden a la corriente de la providencia divina conducir nuestra vida. Es lo que le pasa a Jesús en el evangelio de hoy: le ponen obstáculos. Las palabras y milagros del Señor tienen sus frutos de conversión en todos los lugares a los que ha ido; pero no siempre encuentra disposición en los corazones a ser arrastrados por la Palabra de Dios y el soplo del Espíritu. De ahí la serias advertencias que hace a la conversión sobre Corazaín y Betsaida.

Es la denuncia del pecado social, esto es, cuando en el ambiente ciudadano se vive con valores y costumbres alejadas del bien. El magisterio de la Iglesia acuña el término “estructuras de pecado”, aludiendo a la atmósfera que se respira en una sociedad entera, más allá de las conciencias individuales. La globalización y la información instantánea nos permite detectar claramente estas estructuras de pecado, que no son en sí mismas el sujeto del pecado —siempre lo son las personas singulares— pero su influencia es tal sobre las personas que no dejan otras alternativas para actuar moralmente bien.

Las estructuras de pecado más evidentes en estos momentos son las que amenazan a la familia y ponen en peligro el ejercicio de derechos fundamentales, tras los que se esconden los más valiosos bienes morales: el derecho a la vida, el derecho a la educación de los hijos, el derecho al matrimonio según los designio divinos, el derecho a una vivienda, el derecho a un salario justo, el derecho a compatibilizar trabajo y familia, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a la propiedad, el derecho a morir con dignidad (bíblicamente hablando, no me refiero a la eutanasia).

 

Pedimos al Señor que nuestros esfuerzos y sacrificios cotidianos por vivir según la providencia de Dios y no los mandatos arbitrarios de los hombres y las estructuras de pecado, ayuden a nuestra ciudad a que el Señor nos mire con más benevolencia que a Corazaín y Betsaida. Señor, ten piedad de Madrid: mira nuestra lucha por ser fieles a ti, a tu Iglesia.

Lunes 17 de julio. XV semana del TO

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Subió al trono de Egipto un Faraón nuevo, que no había conocido a José”. Otra versión de lo que aparece hoy en el libro del Éxodo es: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Los cambios en el gobierno implican normalmente un borrón y cuenta nueva con respecto a los modos de hacer anteriores, con el consiguiente desbarajuste que se produce en muchos corazones. A veces los cambios son claramente a peor: los israelitas lo padecieron en sus propias carnes, llegando incluso al sacrificio de sus niños recién nacidos. Tremendo.

Pero también hay cambios a mejor. Y por eso el Papa Francisco insiste una y otra vez en superar el criterio de “esto se ha hecho siempre así”. Cuando se trata de dar pasos hacia delante, la innovación es casi como una ley. Si algo funciona bien, déjalo; pero si puede funcionar mejor y hacer un mejor servicio, evoluciona, cámbialo. Sin duda ese cambio se ha de hacer con cabeza, con prudencia. Pero también con firmeza.

Es una llamada constante de atención para que pensemos en la razón y el bien que se esconden detrás de las cosas que hacemos en nuestra vida cristiana, en nuestras comunidades y parroquias. No vale simplemente hacer por hacer, sino que es necesario comprender porqué se hacen las cosas así. Es un signo evidente de madurez saber explicar la razón de lo que se hace, argumentándolo bien, exponiendo perspectivas diversas; como es un signo evidente de inmadurez soltar un “siempre se ha hecho así”. Ciertamente no todo el mundo está en condiciones de dar razones exhaustivas, pero aunque sean pocas, siempre se agradecen.

En la Iglesia, como en el resto de grupos sociales, nos sucede lo mismo. Cuando cambia el obispo, o entra un nuevo párroco, o cambia el superior, o el responsable de catequistas o de Cáritas, normalmente se hacen cambios. Y la persona que recibe por ministerio la autoridad para gobernar escucha con frecuencia: “esto se ha hecho siempre así”, sin más razones. Craso error. Entonces se muestra del todo evidente que es necesario cambiar, evolucionar a mejor.

El clericalismo, la rutina, la mundanidad, la tibieza, utilizan siempre el argumento de la comodidad: siempre se ha hecho así. La respuesta de este tipo de personas a los cambios buenos es el enfado, la crítica, la murmuración, la calumnia, el despecho, la envidia. Una manifestación de soberbia, terquedad, pequeñez de corazón y cortedad de miras que no ayuda a crecer y que a veces dinamita comunidades enteras. Una verdadera lástima.

Cuando el pastor o quien hace cabeza busca con rectitud y sabiduría, con prudencia y ecuanimidad la santidad propia y la ajena, es decir, cuando el amor de Dios está detrás de las decisiones, hacemos bien en recibir los cambios con docilidad, aunque nos cueste desprendernos de un modo determinado de hacer.

El amor a la Iglesia se funda en el amor a Cristo. Es por Él que debemos servir a la Iglesia, y de ahí que nuestro corazón no se deba asentar sólo en un modo determinado de hacer las cosas, sino sobre todo en el amor de Dios que las fundamenta. De este modo seremos más dóciles a los cambios propios de los modos de hacer. Cambiará la forma, pero no el fondo. Así ha evolucionado la santidad en la vida de la Iglesia: con la aparición histórica de nuevos caminos y modos de ser santos. El Espíritu de Dios sopla y cambia modos de actuar, pero siempre es Él quien sopla y llena nuestras vidas. Lo dice el salmo: “Nuestro auxilio es el nombre del Señor”, no unas normas y leyes humanas.

Jesucristo lo explica muy bien entrando en los hogares: el amor de Dios tiene prioridad respecto a los amores humanos de familia, y por lo tanto a las costumbres humanas. Romper con ellas por amor de Dios es algo que fortalece nuestra vida espiritual.

“He venido a enemistar”. Esta dura expresión de Cristo la comprobamos en la Iglesia cuando aparecen bandos, facciones, luchas de poder. Todo movido por la pequeñez humana vacía de amor de Dios.

Que amemos mucho a la Iglesia, al Papa, los obispos, sacerdotes y responsables. Pero que lo hagamos por amor de Dios, no por amores humanos. Si no, vendrán los líos.

Domingo 7 de mayo. Domingo IV de pascua, del Buen Pastor

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En los Hechos de los Apóstoles hoy aparecen las dos condiciones necesarias para entrar en la Iglesia como discípulos de Cristo: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

La conversión y el bautismo, esto es, la profesión de fe y el rito sacramental de las aguas bautismales, son la puerta para entrar en el Reino de Dios, el Reino de Cristo. Ambos elementos son fruto de la predicación del Evangelio, que mueve los corazones de los que escuchan hacia una vida más llena de Dios. Muchas personas no se entregan más y mejor a la causa de Cristo porque quizá no hay buenos “predicadores” del Evangelio en sus ambientes, o tienden a la mediocridad, a la simplonería.

La falta de “enganche” de la Iglesia en muchos ambientes manifiesta que el mensaje salvífico —ansiado por muchos corazones— no lo está comunicando bien, que los cristianos no somos buenos transmisores de la Buena Nueva que salva la humanidad: nos falta autenticidad. Las culturas cambian y cambia el tipo de “sujeto” (los modos de vida, valores, costumbres, ideas); por eso el modo de comunicar el mensaje salvífico también ha de cambiar si se pretende llegar a los hombres de cada época. De ahí el empeño de los papas por la creatividad en la tarea de esta nueva evangelización de nuestra querida Europa. Cada vez surgen más carismas y caminos nuevos de testimonio.

El ansia misionera de dar a conocer al Señor ha caracterizado la buena salud de la Iglesia. No hay santo que no haya sido un gran “catequista” por el testimonio de su propia vida y haya llevado a otros a creer y bautizarse. En los procesos de canonización, al menos en los más actuales, se recogen testimonios de los que han vivido junto al canonizando, personas que se han beneficiado de la acción del Espíritu Santo en una persona singular que ha inundado de luz y color la vida de muchos. El Evangelio entra por los ojos cuando alguien lo vive de veras, entregando día a día la propia vida, desgastándose por servir al Señor y a los demás. En el cristiano se refleja la grandeza de Cristo.

La Iglesia se ha visto a sí misma como un rebaño. La imagen la explica Cristo en el evangelio de hoy: Él es el Buen Pastor que guía al rebaño “caminando delante”, lo custodia, lo alimenta. La comunidad eclesial, y cada cristiano en particular, alcanza su identidad más profunda cuando es parte de Cristo, vive de Él y vive por Él. Cuando el Señor es quien pastorea la vida de cada cristiano, se refleja más la grandeza de vida que nos da.

En este domingo del Buen Pastor la Iglesia pide por la abundancia de las vocaciones sacerdotales, y también por aquellos que hemos sido llamados a pastorear la grey del Señor. Sobre todo pedimos calidad, aunque si también nos conceden cantidad, mejor para todos: el Reino de Dios aumentará en número. ¡Que muchos crean y se bauticen!

 

Sábado 6 de mayo. III semana de pascua

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Hace pocas semanas empezamos a celebrar la Eucaristía con la tercera edición del Misal Romano. El cambio más evidente es la consagración del vino. Jesús, en el relato del evangelio dice “Sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28). El Papa Benedicto XVI explicó en su día que el sentido salvífico de Cristo es universal, se dirige a todos los hombres, y en ese “muchos”, en realidad caben “todos los hombres”. La intención de Cristo es clara: busca la vida eterna para todos, y entrega su vida por la humanidad entera, no sólo por unos pocos.

Pero viendo lo que pasa en el Evangelio de hoy entendemos mejor porqué no se puede decir que todos estamos salvados automáticamente porque Cristo lo haya querido. Encontramos una de las páginas más tristes del Evangelio: Cristo habla del pan de vida, de la Comunión, de la participación en la vida divina, de estar con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, de la vida —conceptos todos relevantes en el evangelio de san Juan—, y muchos oyentes acaban criticando sus palabras, poniéndolas en duda: “Este modo de hablar es duro”. Y termina aun peor: “Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. ¡Qué pena! No quieren oír hablar al Señor, no les gusta lo que dice. Tienen que cambiar demasiadas cosas y quizá prefieren no complicarse la vida, seguir siendo uno más del pueblo, con los mismos comportamientos de la gente “corriente”. Quizá se gana tranquilidad, cierto reconocimiento, la vida rutinaria sigue siendo igual, sin demasiadas novedades; pero sin saberlo, se está perdiendo la vida.

El Evangelio es para todos, pero no todos están dispuestos a pasar por el evangelio. La flagrante deserción de hoy muestra a las claras que el seguimiento del Señor es para valientes. No sirven las medias tintas, ni poner una vela a Dios y otra al diablo. Quien acoge a Cristo quizá complique su vida, pero encuentra el Camino para recorrerla. Se pueden perder ciertos ambientes o comportamientos sociales, pero encuentras la familia de la Iglesia. Puedo convertirme en alguien a quien señalar porque no dice la opinión común o mayoritaria, pero te afianzas en la Verdad. Las pérdidas no se equiparan ni de lejos a las ganancias.

El que sigue a Cristo ha de cortar cosas. Luego recuperas otras más importantes, pero quizá esa separación del principio es la que más cuesta. Pidamos al Señor que renovemos en nuestra oración personal la entrega a Él y a los demás, y que ilumine qué cosas nos estorban para ser cada día más suyo.

Viernes 5 de mayo. III semana de pascua

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El Señor dice en el evangelio de hoy: “el que me come vivirá por mí”. Está explicando Jesús el misterio del pan de la eucaristía, que es el corazón de la vida de la Iglesia, donde vivimos del permanente don de Dios. Queremos hacer varias consideraciones apoyados en varios significados que podemos darle a la preposición “por”.

1) Vivir por la vida que da el Señor. “Yo soy la vida”, no sólo el origen de la vida, sino aquello que la sostiene. El latir de mi corazón y el respirar de mis pulmones se lo debo al Verbo, a cuya imagen he sido creado por el Padre. Por eso damos gracias a Dios por el misterio de la vida natural. Pero más allá de lo natural está la vida de los hijos de Dios, la vida nueva propia del Evangelio, donde Cristo nos hace partícipes de su intimidad con el Padre, y de la sobreabundancia de Amor que los une (el Espíritu Santo). Ese calor del amor de Dios es lo que da vida al hombre; el pecado y el mal congelan la vida, apagan la llama. Gracias, Señor, por darnos la vida divina de la gracia.

2) Vivir a través de Cristo, con sus mismos sentimientos. Es compartir la mirada de Dios, tal y como aparece en los Evangelios. Su mirada nos habla de sus intenciones, que dan razón de sus obras: la misericordia, la paciencia, la mansedumbre, la fortaleza, la sabiduría, la ternura, la magnanimidad… Son un cuadro de facetas que nos llaman constantemente a la conversión, pues descubrimos que en muchas ocasiones no reflejamos la grandeza del Corazón de Cristo, a través del cual ojalá vivamos y amemos siempre.

3) Vivir entregando la vida por amor a Cristo y a los hermanos. Vivir enamorados por el Amor de nuestra vida. Nada más fuerte en el mundo que el amor de Dios, que cautiva la vida, la transforma y la llena de sentido. Vivimos para satisfacer al Amado, complacerle y renovar todos los días nuestra entrega. Y fruto de esa entrega al Amado, brotará espontánea, sin apenas buscarla, una entrega decidida a los demás y un compromiso constante por servir y ayudar.

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