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Domingo 19 de febrero Domingo VII semana del tiempo ordinario (ciclo A

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La Palabra de Dios hoy nos habla de perfección, de santidad. Pero lo hace en imperativo, no sólo como indicación o consejo: “Sed perfectos”. Es un Evangelio radical: Cristo manifiesta una novedad total y revela en forma de llamada el camino que tenemos que recorrer. No hay medias tintas, ni lugar a dudas. Rompe de raíz con las normas judías, pero también manifiesta la hondura de un modo totalmente novedoso de relacionarnos con Dios y con los demás. De hecho, no es radical, sino super-radical, revolucionario: no hacer frente a quien nos agravia, ofrecer la otra mejilla, magnanimidad con el que te denuncia, generosidad con quien te pide acompañarle, amar al enemigo.

La clave de esta novedad la señala Cristo: veracidad. Si hay novedad de vida no podemos luego comportarnos del mismo modo que el resto. La gracia de Dios, la llamada a ser hijos de Dios nos introduce en un nuevo modo de relacionarnos con Dios y con los demás. Si nos portamos igual que los demás, con las mismas costumbres y criterios morales, no habrá ninguna novedad. Si un cristiano no aporta nada nuevo a otras personas, quizá es porque, como dice el Papa Francisco, está mundanizado. Es como el resto, piensa como el resto, vive como el resto.

Lo propio del cristianismo es aportar lo que no hay. Y en nuestra cultura actual Cristo tiene muchísimo que aportar a nuestras vidas. Viene como luz, como camino, como maestro y guía, como hermano y redentor. Necesitamos mucho amor, mucha misericordia, mucho perdón, pero en una medida rebosante, no calculada. Sólo así se redime el corazón, con una sobreabundancia de amor, perdón y misericordia. No bastan medidas “normales”.

Y por eso, la respuesta divina a nuestra condición humana es desbordante, colmada: el primero que ha ido más allá es el mismo Señor. No se conforma con haberse encarnado, ni siquiera con darnos buen ejemplo o dejarnos su Palabra escrita. Conoce nuestra condición humana y sabe que sin Él no podemos hacer nada. Su proyecto para cada hombre no tiene medidas normales, sino sobreabundantes: es la santidad propia de Dios que se derrama en el hombre. “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy Santo”, dice a Moisés.

Un proyecto así requiere medidas extraordinarias: el Señor ha decidido plantar su cuartel general en nuestro propio corazón. Desde en interior de nuestra alma le será más fácil tirar de nosotros y configurarnos a Él. Cristo nos ha constituido a cada bautizado en templo de Dios, en morada de Dios. San Pablo lo explica hoy de modo muy gráfico: igual que una iglesia es consagrada a Dios, la iglesia más importante para Él es cada alma, cada corazón, que ha sido consagrado como casa de Dios, como templo de Dios. Sólo obrando Él en nosotros podrá ser realidad la sobreabundancia que nos pide. Un obra santa, que refleje la santidad y perfección de Dios, sólo podrá llevarla a cabo el mismo Autor.

El lenguaje de la santidad, de la perfección, da miedo. Quizá porque con el paso de los años y la experiencia acumulada somos más conscientes de lo que cuesta, y experimentamos una tendencia a no luchar como debemos. Nos vamos acostumbrando quizá a ir tirando, y sin muchas esperanzas de cambiar excesivamente. Esto no pasa en la juventud: es el momento de los ideales, de la creatividad, de la fogosidad; pero también de la imprudencia y de los líos que provoca la inmadurez.

Estas dos facetas, juventud y madurez, son complementarias y no obstaculizan la obra de la gracia de Dios. En el centro de nuestras vidas inhabita Dios, para obrar como Él obra, no con nuestra medida. Basta un poco de buena voluntad, y un deseo auténtico, un “querer de verdad”. Quizá el problema que nos impide crecer al ritmo de Dios es que muchas veces en realidad “no queremos querer”. Decimos que queremos, pero en el fondo del corazón, la respuesta es “mañana”, otro día, cuando mejoren las circunstancias, etc. Y de este modo justificamos nuestro modo de obrar.

Y el Señor, que está dentro del alma, se queda pensativo y con cara de interrogante, esperando que le prestemos más atención y le permitamos un margen de acción mayor.

Un cristiano lleva a Dios dentro. No es una imagen. Es la radical novedad que nos trae el Evangelio. Es la fuente del cristiano, de su moral, de su querer. Cristo nos pide ser perfectos porque ya tenemos lo que nos pide: tenemos al Perfecto. Ahora sólo hace falta que cada día vivamos de eso, y no de tantas tonterías que despistan nuestro corazón.

Sábado 18 de febrero VI semana del tiempo ordinario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El Catecismo de la Iglesia Católica, uno de los mejores regalos de San Juan Pablo II, explica la fe de un modo exhaustivo pero a la vez muy pedagógico. Especialmente los resúmenes que aparecen al final de todas las secciones nos indican las afirmaciones más relevantes. Años más tarde Benedicto XVI nos regaló el resumen del resumen: el Compendio del Catecismo.

La primera lectura de hoy es un compendio, un resumen de los episodios del Génesis que hemos visto estos días: la creación, Caín y Abel, Noé. El autor de la carta a los Hebreos nos habla de la fe e ilustra la explicación poniendo ejemplos que de forma plástica nos permitan comprender mejor su exposición.

La fe no sólo es creer, sino también un modo de “ver” a Dios. Como es un don de Dios y no sólo un esfuerzo humano por eso se dice que es una virtud teologal, esto es, depende de la gracia divina y de la correspondencia humana que acoge ese don maravilloso.

Adán y Eva veían a Dios cara a cara. ¡Qué leguaje tan cercano a nosotros! ¡El vis a vis es el encuentro propio de las personas! El pecado original ocultó el bello rostro del Creador y desde entonces nos resulta muy difícil verlo y tratarlo. Sobre todo porque nuestros ojos se corrompieron y arrastramos desde entonces un “mal de ojo”: la vista nublada.

El episodio del Evangelio, la Transfiguración, evidencia este mal: Dios se manifiesta en su poder y gloria a los Apóstoles, pero sus ojos enfermos no lo pueden soportar.

Pero el don de Dios no cesa nunca y su misericordia le lleva a tener paciencia con nosotros y a guiarnos como hace un perro guía con los ciegos. Esa ayuda inestimable nos la ofrece Dios con hombres de fe, especialmente los santos. Personas que han luchado y vencido contra ese mal de ojo, y llevados de la gracia han aprendido a ver mejor al Señor.

Señor: purifica nuestra mirada para que podamos verte mejor. Ayúdanos a ser conscientes de nuestra enfermedad ocular y acudir a los mejores ejemplos de luz que hay a nuestro alrededor: los hombres de fe.

 

Viernes 17 de febrero

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La historia de la torre de Babel la recordamos especialmente cuando intentamos aprender un idioma. Algunas personas cuentan con una gran facilidad para ello, pero por norma general, nos cuesta a todos un montón. Dicen que los españoles tenemos la tarea pendiente de hablar bien el inglés, aunque algunos deberían aprender primero el español.

La lengua y los conceptos son importantes porque en ellos nos comunicamos. Decía santa Teresa de Calcuta: “la primera necesidad, comunicarse”. La comunicación es esencial para no vivir en soledad, y por esa razón Adán recibe de Dios alguien diferente a él, Eva, para que hubiera una relación personal, no sólo entre el hombre y el resto de la creación. La relación entre personas es la relación propia de todos los hombres.

Las personas necesitamos comunicarnos porque somos imagen de un Dios que es comunión y comunicación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esas relaciones subsistentes en el “interior” de Dios nos ayudan a comprender nuestra vocación a la comunión, no a la soledad. Y nos indica por qué la soledad nos hace tanto daño, y también que si el hombre corta su relación con Dios, la soberbia y el egoísmo le dañan en lo más íntimo.

La historia de Babel es como la historia del Titanic: una erupción de prepotencia y autosuficiencia que convierte al hombre, por su capacidad técnica, en un aparente dios. Pero al chocar contra el iceberg de la realidad, se hunde, se confunde y se dispersa.

La diversidad de lenguas que se realiza en el episodio de Babel, imagen de la soberbia, encuentra su opuesto en la fiesta de Pentecostés, cuando la venida del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego permite hablar a la humanidad un único idioma: el idioma de Dios, es decir, el idioma en que el hombre puede comunicarse mejor y le permite no tergiversar la realidad, ni ser conducido por el orgullo.

El idioma del Amor de Dios se considera la lengua propia del Espíritu Santo, pues Él es el mismo Amor de Dios que se nos da en la efusión de gracia que acontece desde hace más de dos milenios, especialmente en la vida sacramental.

Para aprender ese nuevo idioma y que crezca siempre el Señor, nosotros hemos de disminuir. Bueno, en realidad no nosotros, sino nuestro orgullo. Para ahogar la soberbia es necesario negarnos a nosotros mismos, como dice Cristo en el Evangelio. Pero negarse no es aniquilarse, sino todo lo contrario: negamos nuestra autosuficiencia para que sea la generosidad de Dios la que gane en nuestro corazón. El Señor nos muestra el camino del auténtico crecimiento, el de la vida interior, cuando aprendemos el idioma del Espíritu Santo y aprendemos a comunicarnos con esa lengua nativa del hombre.

Hoy le pedimos al Paráclito que nos de el don de lenguas para hablar ese lenguaje universal que nos permite entrar en comunión con todos los hombres. Así nos resultará más fácil arrastrarlos en el seguimiento de Cristo Jesús. ¡Ven, Espíritu Santo!

Jueves 16 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

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Después del diluvio universal, la tierra está vacía. Por eso “Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra»”. ¡Llenad la tierra de vida, porque la vida es imagen de Dios! Pero de modo especial, esa imagen radica en el hombre.

El mandato de llenar la tierra hoy entra en conflicto con las discusiones sobre la sostenibilidad planetaria. Las corrientes más influyentes presionan para que se ejerza un estricto control de la natalidad, o bien se legisle favorablemente sobre la eutanasia. En primer plano se habla de si hay recursos suficientes en el planeta o del impacto negativo que tiene el hombre sobre la naturaleza. La bandera del ecologismo hoy día es intocable. Pero, como denuncia el Papa en “Laudato si”, el fondo del problema en la mayoría de planteamientos es el peligro del sistema del bienestar, que destapa un mundo de codicias e intereses creados. El problema no son los recursos, sino su recta administración y distribución. Aquí se muestra en primer plano hasta qué punto el egoísmo hace al hombre propietario y creador, y de este modo, ocupando un lugar que no le corresponde, se vuelve fratricida, insensible y ególatra. Se crea los dioses a su medida, y de este modo piensa en salvar su vida: el dinero, el placer, el bienestar, el consumismo…

Lo recuerda la Escritura casi en todas sus páginas: el hombre no es propietario ni creador, sólo administrador. Y sin duda, cuenta con los recursos y tecnología suficientes para que este precioso planeta siga girando —con nosotros dentro— durante muchísimos siglos.

Tenemos mucho que agradecer a los papas de la era moderna porque han puesto el dedo en la llaga respecto a los problemas sociales de la superpoblación. No se han callado cuando tenían que denunciar alguno de los perversos planteamientos de fondo. Han sido valientes, claros, concisos y al mismo tiempo, han señalado soluciones y se han mostrado conciliadores, punto de comunión para los hombres de buena voluntad.

Pasa lo mismo respecto a los peligros de ciertas concepciones acerca del ser humano, como por ejemplo la ideología de género. En el libro del Génesis aparece el arco iris como la señal del pacto que hace Dios con la criatura; en cambio, la criatura, ha elegido la bandera multicolor para “re-crear” un hombre que Dios no ha creado, y “re-diseñarlo” al arbitrio de sus pasiones. Es verdad que existe una diferencia entre el arco iris y la “bandera multicolor”: el primero tiene siete colores, y el segundo seis (falta el violeta o el morado).

Muchas de las ideas que encontramos en el ambiente social y cultural, vacías de Dios y llenas de egoísmo y autosuficiencia, requieren una respuesta contundente, como la del Señor en el evangelio de hoy: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Pero deberíamos siempre pronunciarla con el mismo tacto e intención con que las pronuncia Cristo: denunciando el pecado, salvando al pecador. Siempre hay diferencia entre el pecado y el pecador.

Miércoles 15 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

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Aunque siguen los intentos por encontrarla, el arca de Noé sigue sin aparecer. En todo caso, el relato del libro del Génesis acerca de lo que pasó tras el diluvio es una bocanada de esperanza para la humanidad. Recordemos que el diluvio universal era un “borrón y cuenta nueva” respecto del proyecto creador de Dios: se arrepiente de la creación del hombre, pues la criatura, de espaldas al Creador, se arrastra por los caminos de la maldad.

La misión de Noé fue rescatar lo imprescindible del género humano y también de los animales. Sobre las plantas no se dice nada, pero como son más resistentes al agua, no suponía un problema. Este relato del arca de la alianza le gusta especialmente a los niños, pues les parece una especie de zoo flotante.

El arca se llenó justo a tiempo, antes de que el diluvio borrara a los hombres y sus maldades de la faz de la tierra. Este modo de actuar de Dios manifiesta la gran vocación para la que ha sido creado el ser humano, y de lo terrible que es la maldad, que desfigura y disgusta al Señor, pues la criatura, cayendo en el pecado, rechaza su propia belleza y se envilece. El diamante prefiere ser un mero trozo de carbón. Un hombre así no sirve: dice poco de sí mismo y de Dios.

Noé y su familia son agradables a Dios, y le adoran con rectitud. Son personas de fe. Cuando las aguas vuelven a su cauce, Noé ofrece a Dios un sacrificio de animales. Teniendo en cuenta los pocos que había sobre la faz de la tierra, este sacrificio tiene un valor inmenso. Pero el sacrificio más agradable a Dios fue el corazón adorante de Noé, lleno de gratitud por haber “salvado el pellejo”. Esto conmueve al Señor y se arrepiente del exterminio que ha provocado sobre la humanidad.

La humanidad hoy, como nunca antes, podría estar al borde del exterminio. No sólo por la capacidad nuclear —los aires vienen revueltos desde norteamérica—, sino sobre todo por el abandono de Dios. Él es quien siembra la rectitud, quien sana las heridas de la maldad y da la verdadera paz. Sin Él, lo que el hombre construye, tarde o temprano acaba sucumbiendo.

Dios se arrepiente y jura “no volver a matar a los vivientes” como lo ha hecho. Pero el arrepentimiento del hombre es más volátil. El final de la II Guerra Mundial fue un gran zarandeo de la conciencia planetaria que la llevó a recapacitar. Culminó con un acto de arrepentimiento respecto del uso de la bomba nuclear, los campos de exterminio y la falta de unidad. Se creó la ONU y se firmó la Declaración universal de los derechos humanos. Recemos y ofrezcamos sacrificios como Noé para que el arrepentimiento de los hombres dure tanto como el de Dios.

Martes 14 de febrero. Stos Cirilo y Metodio, patronos de Europa. Fiesta

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San Juan Pablo II nombró a San Cirilo (+869) y San Metodio (+885) como patronos de Europa. Estos dos hermanos de sangre hicieron una laboriosa evangelización de los pueblos eslavos. Llegaron a crear una lengua para traducir la Biblia al contexto cultural de aquellos pueblos.

La creatividad misionera de la Iglesia a lo largo de la historia le ha permitido inculturar el Evangelio en lugares muy diversos, acomodando costumbres acordes con la fe, y superando, transformando o incluso suprimiendo otras que se manifestaban contrarias a la vida nueva que nos trae el Señor.

Son momentos de innovación misionera. Europa se define a sí misma como postcristiana, ha abdicado de la fe. Las legislaciones de casi todo el continente comienzan a señalar como delitos algunas verdades de fe reveladas por nuestro Señor, como la igualdad y diversidad entre hombre y mujer, o la naturaleza del matrimonio. Son tiempos de persecución “de guante blanco”, es decir, con una legislación aparentemente democrática en la mano.

Por otro lado, las costumbres de vida, salvando las infinitas diferencias entre una alemán y un griego, o un español y un islandés, se enmarcan excesivamente en el estado de bienestar, con una nueva divinidad o religión como telón de fondo: la salud y el placer.

Además, nuestra civilización avanza excesivamente rápido y los cambios generacionales son cada vez más cortos a causa de las tecnologías. Una década hoy día son como cincuenta años de antes. De este modo, la transmisión de valores que pasa de generación en generación —un proceso habitualmente lento—, se acelera cada vez más, y con las prisas, se van perdiendo datos importantes.

Este panorama nos tiene que llevar a afianzarnos más en la gracia de nuestro Señor, y a creer firmemente en los soplos del Espíritu Santo, que suscita en cada momento de la historia aquello que hace falta. En el siglo IX fueron San Cirilo y San Metodio, que tradujeron la Biblia para los pueblos eslavos. Hoy día también hay mucha gente trabajando por difundir el Evangelio en la Universidad, en el cine y el teatro, en los centros financieros, en las cárceles, en las redes sociales e internet.

Cristo en el Evangelio de hoy envía a 46 parejas de discípulos a esparcir su semilla. Hoy Cristo cuenta con la mayor red de difusión mediática de la historia, de la que nos beneficiamos todos. Internet, Facebook, YouTube, WhatsApp, el comentario del Evangelio de Archimadrid… Podemos hacer mucho bien a mucha gente. Seamos creativos. Que San Cirilo y San Metodio nos ayuden. Si hace falta, creemos una legua nueva.

Lunes 13 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

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El Génesis narra la historia del primer asesinato fratricida. Caín, enfurecido y abatido porque “Dios no se fijó en su ofrenda”, sino en la de Abel, mató a su hermano corroído por la envidia y la ira. Este episodio lamentable, acontecido en los orígenes del género humano, señala el drama que desde entonces acompaña a una humanidad que conoce el pecado y se arrastra por sus pasiones.

La envidia está detrás de innumerables crímenes que se cometen en el mundo. No hace falta que sean crímenes de sangre, pues Cristo mismo alerta de los movimientos internos del corazón, donde se gestan primero las maldades que luego se comenten al exterior. En los juicios internos que hacemos de los demás, si van llenos de envidia, se comete ya un crimen que nos afecta interiormente mucho, y que tiene repercusión en nuestra forma de tratar a las personas. La envidia es una esclavitud del juicio y una falta de libertad interior que nubla el juicio y distorsiona la realidad. Es como el motor secreto que muchas veces no se confiesa en público, pero que se puede intuir.

Al hilo de las lecturas de hoy es bueno que recemos y nos examinemos delante de Dios acerca de nuestras envidias. Quizá descubramos alguna en la que no habíamos caído. Puede tratarse de las cosas que tienen otras personas cercanas, o de algunas cualidades buenas de algún conocido, o un gesto de cariño que algún familiar ha tenido con otros y no contigo, o el reconocimiento laboral a otra persona que trabaja lo mismo que tu, etc.

Algunas lenguas dicen que el crimen se cometió con una quijada de burro. La Escritura no dice nada al respecto, pero ese detalle resulta insignificante al lado de lo macabro de la escena. No obstante, aprovechamos la idea para pedirle al Señor que no hagamos burradas, como Caín: que luchemos por borrar inmediatamente cualquier atisbo de envidia que se presente en nuestro corazón y que lo pongamos a buen recaudo con oración y, si persiste la tentación, con algún sacrificio. Y, por supuesto, ponerlo en la confesión si hemos caído. Nuestro corazón andará más ligero si evitamos que vayan introduciéndose las pesadas piedras de la envidia que van restando capacidad de amar.

 

Domingo 4 de diciembre. II de Adviento (A)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La oración colecta de la misa de hoy dice así: “Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida”. Llama la atención la expresión “cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo”, pues quizá el lenguaje más cotidiano del adviento —al menos en la mayoría de homilías— le da más protagonismo a la venida de Cristo que a nuestro ir hacia Él.

Claro que no se trata sólo de esperar: un cristiano tiene también como tarea ir hacia Cristo. Para movernos hacia Él quizá hayan sido importantes en nuestra historia personal algunas exhortaciones de sacerdotes, catequistas o amigos que nos han motivado. De esto queremos tratar hoy.

En el mundo deportivo, un elemento fundamental para la victoria es la motivación que da el entrenador o el capitán, levantando los ánimos en caso de circunstancias adversas, o bien, evitando el relax cuando se está venciendo. También en situaciones tensas, como por ejemplo una batalla, nada mejor que una charla de motivación del general a sus soldados. Una buena exhortación levanta corazones, vence perezas, agudiza el ingenio, une a los dispersos, evapora el derrotismo. Saca lo mejor de cada uno.

San Juan Bautista dirige hoy una exhortación peculiar. A más de uno le parecerá que el profeta vestido de camello no tenía un buen día y estaba hecho todo una furia que descarga sobre fariseos y saduceos. Les dice a la cara “¡Raza de víboras!”. Todo un jarro de agua fría para quienes esperan de un hombre de Dios paños calientes y halagos. Además, es fácil imaginar que esa exhortación no la hizo en voz baja a los que estaban a su lado, sino a pleno grito, en público, para que se enterara todo el mundo. Es el celo de Dios lo que llena de furia al Bautista, como pasará con Jesús con los cambistas del templo.

El Bautista tiene una misión: preparar al pueblo para la llegada del reino de los cielos exigiendo una conversión, un cambio de vida. Para ello, se han de remover en el interior de las personas muchas cosas. ¡Se ha de hacer luz en tanta oscuridad! No es nada fácil romper con la rutina consentida, la superficialidad que abandona tener metas altas, el apego al status conseguido en la sociedad, una vida llena de lujos y desenfrenos, la búsqueda del reconocimiento explícito, el servirse de los demás, etc. Sabemos por experiencia que no sólo afectaban estos males a los fariseos de la época, sino que también nos afecta a nosotros.

Para vencer esos enemigos nada mejor que una exhortación que nos ponga en nuestro sitio, nos ayude a ver lo que no queremos ver, y a mejorar lo que no deseamos cambiar. Cuando un hombre de Dios como el Bautista dice lo que dice, es que la cosa está muy mal. Los dirigentes del Pueblo de Dios están a por uvas. Y eso afecta al rebaño entero.

Pero a veces, unas palabras fuertes dichas a tiempo, con oyentes dispuestos, puede arrancar una conversión. No podemos tener miedo a romper con el pasado, a romper apegos dañinos. Cristo siempre busca nuestro bien, y prepara nuestra vida para servir mejor a los demás. Quizá a veces nos corrija con cierta brusquedad, pero quizá si lo hace suavemente no nos enteramos de nada. Eso es bastante habitual en el género humano.

En este II domingo de Adviento, Juan el Bautista grita en nombre de Dios. Seguro que nos conmueve y nos motiva en nuestro compromiso evangélico.

 

Sábado 3 de diciembre. S. Francisco Javier

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El evangelio de hoy viene muy al dedo para hablar de S. Francisco Javier, uno de los más insignes misioneros de la historia, cuya memoria celebra la Iglesia. Se tomó muy en serio el mandato de Cristo: “Id”. Él fue. Recorrió unas distancias heroicas para aquellos momentos en que los grandes viajes eran agotadores y con frecuencia muy arriesgados.

Cristo nos pide a cada uno lo mismo que les pidió a sus discípulos: salir, hablar de Él y de este modo, que la gente pueda conocerle. Además, en el evangelio no sólo se habla de predicar, “proclamar que el reino de los cielos está cerca”. También encontramos imperativos imposibles si no es con la fuerza de Dios a nuestro lado: “curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios”. ¡Vaya tareas! En un primer momento a los apóstoles se les quedaría cara de póker. ¡Y a quién no! Pero llevados por la fe en el Maestro, apoyados en la gran seguridad que inspira su autoridad y su amor por todos, salieron a realizar todas esas tareas.

Tareas que en lenguaje teológico se comprenden como ministerios. Son diversas funciones que se realizan en la Iglesia al servicio de todo el pueblo de Dios, dependiendo de los carismas y talentos que el Espíritu Santo suscita. Al comienzo de la vida de la Iglesia esas acciones milagrosas fueron bastante comunes, como constatamos en los Hechos de los Apóstoles. Son señales inequívocas de la presencia del poder de Dios que pasa a través de la vida de sus discípulos. Hoy quizá sean menos abundantes, pero no son menos reales, pues el poder de Dios no ha menguado. Sobre todo en el plano espiritual, Cristo a través del ministerio de la Iglesia sigue curando, sanando, resucitando.

Lo hace con cada uno de nosotros: cura la enfermedad de nuestra soberbia, resucita la muerte de nuestros odios y egoísmos, limpia la impureza de nuestra carne, ahuyenta la influencia del Enemigo en nuestras vidas. Todo esto es profundamente real, y es fruto exclusivo de la grandeza y misericordia de Dios, que nos llega a través del ministerio de la Iglesia, nuestra Madre.

Quizá es un día para pensar despacito en tantos momentos de nuestra vida en los que Cristo nos ha curado, resucitado, limpiado, etc. Brotará sin duda una oración intensa de acción de gracias por tantos beneficios. Y por otro lado, nos dispondrá mejor a valorar qué es lo que debemos ofrecer a nuestros conciudadanos cuando nos envían a evangelizar. Se trata de dar gratis lo que recibimos gratis. Hoy le pedimos al Señor que acreciente en nosotros el espíritu misionero de S. Francisco Javier, y que nos otorgue dar aquello que hemos recibido con aquel mismo celo que otorgó a tan insigne misionero.

Viernes 2 de diciembre

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Encontramos en el evangelio de hoy algunos detalles peculiares que nos pueden servir para afianzar nuestra vida de oración e intimidad con Cristo.

En primer lugar, los ciegos sólo piden compasión a Jesús, no piden explícitamente que les devuelva la vista. En otros pasajes del evangelio, la gente pide cosas muy concretas a Cristo, como la mujer cananea o el centurión del lunes pasado. Hoy el Señor ha de interpretar lo que quieren: es una petición que depende luego de la intuición del Señor. La suerte de los ciegos es que quien les está preguntando conoce no sólo su petición, sino que conoce su vida al dedillo, le pertenece porque es el Kyrios, el Señor creador, Señor de la historia. Ellos no lo saben, pero es así. De este detalle quizá podamos sacar un propósito para nuestra oración personal: Señor, ayúdame a pedirte siempre explícitamente lo que llevo en mi corazón; que no me ande con rodeos, o que no me falte sencillez y sinceridad a la hora de pedírtelo, que no sobreentienda que ya lo sabes.

En segundo lugar, el Señor pone una condición realmente arriesgada para que se obre el milagro de dar la visión a los ciegos: «Que os suceda conforme a vuestra fe». Por fortuna, salió bien y pudieron celebrarlo luego sin necesidad de lazarillo. Estos ciegos no conocían la naturaleza divina de Cristo tal y como nosotros lo encontramos reflejado en el Credo. Pero al menos sabemos que en el momento de la curación obran con una fe grande, quizá sostenida por su urgente necesidad. Le pedimos al Señor que nos de una fe firme y fuerte en su presencia real, en su poder, en su misericordia, en su grandeza. De esta fe, cada vez más profunda y sobrenatural, irá saliendo una petición más a la medida del corazón de Cristo, y de este modo no sólo tendremos ojos para pedir por nuestras necesidades, sino por las del mundo entero, como las ve el Señor.

En último lugar, los ciegos ahora videntes lo primero que hacen es desobedecer clamorosamente a Cristo. Rompen el sigilo que el Médico les ha impuesto como tratamiento a su ceguera espiritual. Y por su indiscreción, algo que podría haberles conducido a afianzar su relación con Dios, se diluye en un búsqueda de reconocimiento por parte de la gente. De este modo, la vanidad del mundo les acaba seduciendo más que la grandeza de Cristo. Esa grandeza se descubre con el tiempo, si vamos afianzando nuestra oración, nuestra intimidad con el Señor. Poco a poco, en obediencia al Maestro, Él nos irá contando más cosas, abriendo más nuestros ojos del alma para contemplarle: “Mirad, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos”. Pero si somos frívolos a la hora de contar nuestra intimidad con Dios, hablando con cualquier persona de cosas íntimas a destiempo, o con personas que no corresponde hablar de esos temas, al final, tantos milagros como Dios hace en la vida de cada alma, pueden acabar diluidos por culpa de la vanidad o la superficialidad. Por eso, le pedimos al Señor que nos de un auténtico espíritu de obediencia en nuestra vida de oración con Él, abriendo sólo a quien corresponde el conocimiento de los milagros divinos que esconde nuestro corazón.

Marzo 2017
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