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Domingo 8 de octubre. Domingo XXVII semana del TO

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jesús acaba de anunciar algo terrible a los sumos sacerdotes y a los ancianos de Israel: los va a desheredar. Han rechazado la piedra angular y el edificio amenaza con caerse por su negligencia y necedad. No cabe mayor humillación para un judío, un hijo de Moisés y Abraham, que ser expulsado de las promesas mesiánicas y rebajarle por lo tanto a la condición de gentil, apartado del pueblo de la Alianza. Pues eso es lo que acaba de hacer Jesús con los principales del pueblo. Y para terminar de rizar el rizo, entrega el reino a los gentiles.

Hoy no toca hacer amigos.

Ya lo profetizó Isaías con el cántico de la viña y así lo leyeron los judíos durante siglos, pero cuando llega el momento, no saben interpretarlo. El Evangelio y la primera lectura denuncian la infidelidad y negligencia del pueblo, contrastado con la recta intención salvífica de Dios que, con paciencia infinita, hace lo posible por salvar los muebles.

San Pablo pone el contrapunto en medio de esas dos lecturas estremecedoras: para evitar cerrar los ojos y los oídos a Dios, nos exhorta vivir delante del Señor en constante oración, petición y acciones de gracias. Así se mantiene nuestro espíritu en forma para evitar lesiones.

El espíritu fofo de los responsables espirituales de Israel corrompe su mirada, y cegados de orgullo, no ponen remedio, se abandonan en el sofá viviendo de costumbres, según lo políticamente correcto, o lo conveniente en cada momento de cara a la gente, que ellos mismos van determinando a voluntad. Cualquier intento de buscar de verdad la voluntad de Dios, escudriñando la Escritura y empapándose del Espíritu divino les provoca lesiones y daños. Por eso lo evitan. No hay voluntad de cambiar.

San Pablo nos presenta como remedio a este tétrico cuadro un elenco de virtud que contrarreste ese lamentable estado: la oración constante quizá sea el principal. Es vigía del corazón y la cabeza, es decir, el entendimiento y la voluntad. Nos mantiene en forma y alertas para las cosas del espíritu, valorando lo que es noble, recto, virtuoso.

Que luchemos por ser fieles a Cristo dando buenos frutos. Y cuando demos agrazones, que lo pasemos por el altar de la misericordia para que nos sirva al menos de penitencia. Finalmente, constantes en la oración, perseveremos en las buenas obras para que la paz de Dios se haga presente entre nosotros.

Sábado 7 de octubre. Bienaventurada Virgen María del Rosario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hace 10 día estuvimos con la parroquia en Lepanto, en Grecia. Allí entablaron batalla en 1571 la flota de la Santa Alianza contra la del Imperio otomano. Tal día como hoy, la victoria de la primera puso fin a los ímpetus conquistadores que amenazaban a toda Europa.

Para que la empresa llegara a buen fin y la cristiandad pudiera seguir su propia historia, el Papa pidió que se rezara el rosario. Una vez alcanzada la victoria, Pio V instituyó en agradecimiento la memoria de hoy: la Bienaventurada Virgen María del Rosario.

En las apariciones de Fátima, nuestra Señora nos pidió que rezáramos el rosario para el perdón y la reconciliación entre los hombres. El anuncio de la segunda guerra mundial fue un aldabonazo de la Virgen que urgía a rezar más concienzudamente el rosario pidiendo la paz. Finalmente la guerra llegó. No obstante, su mensaje sigue teniendo una gran actualidad. Tenemos que rezar mucho para que haya una auténtica paz y no sólo un equilibrio malabarista de miedos. El salmo dice: “Es Señor escucha a sus pobres”. Oremos con pobreza de espíritu para que el llueva una paz y una reconciliación duraderas. Hace falta en muchos lugares del mundo.

Hay quien dice que el rosario es oración de viejas. Ciertamente no ayudan los soniquetes monótonos, acelerados y a veces cómicos con que alguna viejecita dirige el rosario en nuestras parroquias. ¡Qué se le va a hacer! Pero en realidad es una oración muy seria. San Juan Pablo II nos regaló una explicación preciosa del rosario en su carta “Rosarium Virginis Mariae”. Quizá estos días pueda ser bueno releerla para afianzar nuestra devoción y renovar el modo en que rezamos el rosario. Además, añadió los misterios luminosos para contemplar cinco acontecimientos en la vida pública de Cristo.

Los santos Francisco y Jacinta, y la venerable Lucía, recibieron la visita de la Virgen porque eran sencillos de corazón. Cristo se llena de alegría en el Evangelio de hoy dando gracias al Padre por haber revelado los tesoros de las grandezas divinas a los sencillos. Y con esos deseos de ser sencillos y como niños delante de Dios, le pedimos a María que recemos el rosario sin cesar, pidiendo la paz y la reconciliación. Falta hace.

 

 

Viernes 6 de octubre. S. Bruno

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Las lecturas de hoy son de aquellas que muchos quitarían de la Escritura. No nos gusta que nos hablen de la desobediencia, el castigo y la dureza del corazón (los tres temas de hoy). Pero son realidades crueles que contemplamos permanentemente en la vida real de las personas y los pueblos. El que no quiera verlo, que se lo haga mirar. Quizá para muchos el Evangelio tiene que presentar siempre el lado dulce, paciente, tierno, mieloso y adulcorado de Cristo; pero nos guste o no, esto no es una novela rosa: es la historia de la redención y para ello se ha de hacer una lectura realista del estado del corazón de las almas y los pueblos. De la mano del Señor será una lectura esperanzada (como el arrepentimiento de la primera lectura), pero nunca adulcorada: hay desobediencia, hay mucho pecado y hay mucha ceguera y sordera. Y las quejas de Cristo, los famosos “ayes” o como se diga, están más que justificados y no pierden actualidad. Por eso se convocó el año de la misericordia, para indicar que existe el camino del perdón y la reconciliación, y que sólo así, puede haber auténtica paz entre los hombres. Un corazón arrepentido y perdonado es un corazón sanado, con mayor capacidad para ver el bien y el mal, y por lo tanto, un corazón que va creciendo en los valores espirituales.

En la memoria de San Bruno, fundador de la Cartuja, nos fijamos especialmente en lo que hace referencia a la sordera de los valores del espíritu, que como aparece en el Evangelio de hoy, un rechazo de Cristo.

Nos falta silencio. Lo dicen los pedagogos, los psicólogos, los sociólogos… La pantalla amenaza con arruinar la capacidad contemplativa, tan característica del espíritu humano. A través de la contemplación y con el tiempo necesario vamos interiorizando experiencias, aprendemos de nuestros errores, proyectamos iniciativas, creamos arte y cultura, crecemos en el amor. En resumen: la contemplación y el silencio nos hacen sabios. Algo esencial para que la vida de cada uno adquiera un sentido y le de una orientación.

Por otro lado, están de moda las denominadas técnicas de relajación, que para muchos dan consistencia a la vida espiritual. Con el paso del tiempo, tampoco llegan a cumplir plenamente su fin y muchos van de flor en flor esperando encontrar la jalea real que llene su vida.

En realidad no es el silencio lo que nos hace contemplativos; es sólo el medio para que en un corazón bien dispuesto, se realice el milagro de una relación con Dios de tú a Tú, experimentando lo profundo de una paternidad que salva porque llena, que abraza sin medida y que ensancha hasta el infinito nuestro espíritu. El silencio es el medio para el fin: contemplar a Dios dentro de nosotros mismos, y enamorados y llenos de la gracia divina, mirar al mundo y a nuestros hermanos. ¡Cuántas lágrimas de alegría derrama la gente cuando descubren esta grandeza!: ¡Dios dentro de mi!

Bendita oración, benditos ratos que pasamos ante Jesús Eucaristía, benditas vigilias que nos hacen orar por el mundo entero. El fruto de la oración cristiana, aquella que es genuina del Evangelio, es la unión con Dios, quien en realidad ora dentro de nosotros. Por eso, ninguna técnica de relajación puede alcanzar jamás su meta: no tiene a Dios, ni persigue relación con Él.

Que San Bruno nos ayude en el camino de nuestra intimidad con Dios. Que elevemos súplicas y peticiones por nuestros pecados y por los de la humanidad para que, arrepentidos, seamos fieles a las mociones divinas y nos dispongamos a servir más fielmente a Cristo y a nuestros hermanos.

 

Jueves 5 de octubre. Témporas de acción de gracias

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La feria mayor de “Témporas de acción de gracias y petición” está muy vinculada con la vida en el campo, cuando tras el verano, se elevaba el corazón agradecido al divino Hacedor por los bienes de la cosecha, y se pedía por la futura. Universalizando el sentido y dándole un sentido más espiritual y litúrgico, se puso a comienzos de curso una memoria en tres partes: el día primero para dar gracias, el segundo como día penitencial (preferentemente el viernes) y un tercero para pedir ayuda divina en el desarrollo de la actividad humana.

Hoy día, en la mayoría de lugares sólo se celebra un día con los tres sentidos: acción de gracias, perdón y petición. Es lo que tratan sucesivamente las tres lecturas de hoy.

La tradición judía ha estado siempre muy vinculada a la promesa de la tierra, lo que ahora llamamos Tierra Santa. Es el tema que aparece en la primera lectura: la promesa que hace Dios a través de Moisés de una tierra buena, fértil, un auténtico hogar para un pueblo exhausto de la esclavitud y del éxodo por el desierto. Quien escribe este comentario no ha estado nunca en Israel, pero quienes han ido apuntan que quizá haya lugares más plácidos para vivir, especialmente en verano. No nos pondríamos nunca de acuerdo en cuál es el mejor lugar del mundo para establecer nuestra morada. Está claro que la promesa de la tierra en el Deuteronomio apunta a la promesa de un cielo y tierra nuevos que nos trae Cristo, cuya bondad universal está fuera de cualquier discusión regional.

Aunque esperamos ese cielo y tierra nuevos, la actual creación en la que vivimos nos da motivos sobrados para elevar el corazón en acción de gracias por tantos beneficios recibidos, comenzando por los materiales, como la salud, los alimentos, la industria y la tecnología, y por los bienes espirituales, como los sacramentos, la educación, la cultura y el conocimiento. En este día se suele cantar algo que a muchos nos retrotrae a la infancia: Hoy, Señor, te damos gracias por la vida, la tierra y el sol; hoy, Señor, queremos cantar las grandezas de tu amor.

En segundo lugar, hacemos pública confesión de nuestros pecados ante la misericordia de Cristo redentor. San Pablo lo recuerda en su carta: Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Existe el perdón de los pecados y la reconciliación perfecta por el misterio pascual de Cristo, que se actualiza en la vida sacramental por el ministerio de la Iglesia. Nuestros pecados retardan y obstaculizan el designio del Señor, entorpecen la dilatación del corazón y genera división y miseria. Por eso, nos disponemos a pasar por las manos generosas y abiertas de Cristo en la cruz, reconociendo humildemente nuestros pecados, para que pueda sanarlos y curarlos.

Por último, pedimos ayuda a Dios. Nuestra oración confiada y perseverante se dirige a tantas y tantas necesidades personales y universales. Cuanto más amemos, más ayuda pediremos, porque tendremos ojos para ver lo que muchos no ven. Las peticiones en la misa de hoy son excepcionales. Quizá podamos cogerlas en otros momentos del año en nuestra oración personal para elevar súplicas al Padre de todos.

Miércoles 4 de octubre. S. Francisco de Asís

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“El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Jesucristo no tenía propiedades de bienes muebles, aunque es el propietario de todo el universo, su diseñador y su mantenedor. Esta contradicción de ser rico y pobre a la vez está en el corazón del Reino de Dios y da origen a todos los carismas en la Iglesia, en cuanto son caminos para imitar al Maestro.

En esta memoria de San Francisco de Asís encontramos una vuelta a la pobreza evangélica en momentos de gran crisis espiritual de la cristiandad. La tendencia a lo terreno, a lo que vemos, tenemos y gozamos, puede desencadenar un aburguesamiento espiritual que nos aleje de la vida divina, nos haga mediocres cuando no personas que generan escándalo. Esta situación removió el espíritu de San Francisco, que consciente de la tentación permanente de lo terreno y muy tocado del carisma del Espíritu Santo, promovió en la Iglesia un camino de riqueza espiritual.

Algunos son llamados por Dios a vivirlo de un modo propio, como es el caso de aquellos que abrazan la vida consagrada. Es posible vivir en el mundo anticipando ya los apegos propios de la eternidad: todo para Dios, por Dios y con Dios. La vida franciscana nació así, como instrumento para enseñar la verdadera riqueza humana del Evangelio, viviendo el apego a Dios por encima de todas las criaturas y llevándolo a todas las personas del mundo.

Como virtud evangélica, la pobreza implica un desprendimiento de los bienes creados para disponer el espíritu a amar más intensamente los bienes eternos, es decir, Dios mismo. Es vocación universal vivirlo así. Está en el corazón de los mandamientos, que empiezan por ordenar nuestro amor a Dios. La primera bienaventuranza es la pobreza espiritual, que señala por el contrario el primero de los desórdenes: el orgullo, la soberbia, el apego a uno mismo, el egoísmo. Está detrás de nuestras idolatrías, codicias y desenfrenos. Por eso, Cristo mismo nos señala el camino de la humildad, que es la pobreza espiritual. Primer paso para entrar en el Reino de Dios: no podemos servir a dos señores, no podemos compartir nuestro amor a Dios con otros amores en igualdad de condiciones. El apego a Cristo ha de ser propio del amor esponsal: exclusivo, fiel, indisoluble. Así es su amor por nosotros, y así ha de ser nuestro amor por Él.

Pero en este planteamiento nunca se suprimen los bienes terrenos. Los necesitamos para vivir (alimento, cobijo, vestido…) y para desarrollar nuestra vida (transporte, escuelas, templos, teatros, universidades…). Se trata de ordenar el apego a los bienes materiales, no de suprimirlos, pues es imposible.

Acerca de la pobreza evangélica se oyen a veces razonamientos que se pueden quedar un poco cortos. Por ejemplo, identificar la pobreza evangélica con un estado sociológico: ser pobre es ser indigente o vivir en un país del tercer mundo. Parece que se salva sólo el pobre y se condena el rico. Pero ¿qué pasa, cuando un empresario rico lo ha perdido todo en la crisis económica que hemos padecido? ¿Cuando ha perdido sus propiedades y vuelve a casa de sus padres arruinado con el rabo entre las piernas, entonces entra en el Reino de Dios? El hecho de tener más o menos bienes materiales no determina (aunque puede condicionarlo) el hecho de ser orgulloso o soberbio. Hay “pobres” tremendamente orgullosos y otros son humildes; hay “ricos” orgullosos y otros son humildes. La división sociológica entre ricos y pobres, tan real por otro lado en el mundo en que vivimos, no es un criterio para determinar la llamada a vivir la pobreza en la vida cristiana. El hecho de tener o no tener bienes materiales o económicos no nos habla directamente de cómo es el corazón de las personas. Y es esto lo que Cristo busca: salvar e iluminar la interioridad del hombre, sanarlo desde dentro.

Otro error es confundir la pobreza con el hecho de poseer o no bienes materiales. El que no posee es pobre y el que posee es rico. De este modo, también se puede hacer una división artificial, ajena a lo que Cristo viene a traer a los hombre. Por ejemplo: ¿dónde estaría la barrera que separa la riqueza y la pobreza? ¿Un mileurista es rico o pobre? ¿Alguien que tenga casa y coche en propiedad puede entrar en el reino de Dios? ¿Una familia ha de vender su vivienda para entrar en el Cielo? Hemos dicho que la pobreza, como virtud y como disposición del corazón, es una vocación universal, porque Cristo vivió así. Pero no todos en la Iglesia están llamados a vivirlo de igual modo en el ejercicio práctico de esta virtud.

Algunos, como los franciscanos, renuncian a la posesión personal. Otros muchos carismas viven la pobreza como un auténtico “no poseer” bienes materiales. Las Misioneras de la Caridad sólo pueden “tener” como propio lo que cabe en una caja de zapatos. Es una renuncia real. Pero el hecho de “no tener nada” no implica inmediatamente que haya una entrega completa a Dios en alma y cuerpo. La pobreza de espíritu, la humildad, es un camino constante de crecimiento interior al que ayuda el hecho de no estar ocupado en los bienes materiales. El carisma y la gracia del Espíritu Santo elevan al alma hasta esos ideales maravillosos. Este descuido de la pobreza del corazón, la humildad y sobre todo un auténtico apego a Cristo es lo que ha provocado que en muchos lugares la vida consagrada haya dejado de tener la fuerza de los comienzos de su carisma fundacional: se ha prestado mayor atención al aspecto externo, como si la pobreza fuera en primer término el mero hecho de no tener externamente nada, o vivir de modo indigente. En realidad se trata de poseerlo todo, uniéndose a Cristo mismo.  En muchos lugares se ha descuidado la vida espiritual, la oración como camino de llenar el corazón de Cristo. Ya pasaba en tiempos de San Francisco de Asís, quien buscó llenar esos vacíos; ha pasado, pasa y pasará. Pero las crisis nos ayudan a crecer cuando sabemos enmendar y aprender de los errores. Los santos nos ayudan en esa tarea: son las alarmas, los campanazos que necesitamos escuchar par alertar de nuestra blandenguería.

Hoy pedimos especialmente por la orden franciscana y tantos carismas que han nacido de aquella siembra que hicieron San Francisco de Asís y Santa Clara. Fueron momentos de crisis espiritual iluminados por un gran don para la Iglesia. Y pedimos para que todos los consagrados sean siempre testimonio vivo del apego más bello que podemos tener: entregar nuestra vida al Amor de los amores, al Esposo de la Iglesia. ¡Que vivamos pobres para ser ricos como Cristo!

Martes 3 de octubre. S. Francisco de Borja (ml)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El salmo de hoy reza: “Dios está con nosotros”. Los extranjeros venidos a Jerusalén dicen a los judíos en la profecía de Zacarías: “Dios está con vosotros”. La alianza de Yahveh con el pueblo se manifiesta en esta característica propia: su presencia real y permanente al lado del pueblo.

Hace una semana, estuvimos en peregrinación por Grecia. Tuvimos la suerte de tener un gran guía conocedor no sólo de la parte meramente turística, sino también de historia, arqueología, filosofía y teología. Recorriendo los diferentes lugares emblemáticos como la acrópolis de Atenas (el partenón), Olimpia y Delfos, nos daba pinceladas de la cultura y la religión que permite entender aquellas preciosas reliquias pétreas. Al hilo de la explicación mitológica de las hazañas de los dioses, semidioses, titanes y héroes que dan razón de ser de muchos monumentos, se tiene la sensación de estar ante relatos más parecidos a las actuales telenovelas que ante una presencia divina salvífica, eterna, poderosa en términos absolutos. Los grandes filósofos griegos criticaron precisamente esto: los dioses experimentan las mismas pasiones de los hombres y comenten a veces los mismos crímenes. Ante unos dioses así, la incertidumbre es grande, pues no sabes si Zeus o Apolo o el que sea, por un ataque de celos va a acabar con la vida de alguien, o va a nacer un hijo suyo porque no se aguanta el calentón. No obstante, los relatos mitológicos hablan mucho del corazón humano, y de la necesidad de redención. Los griegos, a decir de los descubrimientos arqueológicos, eran personas muy religiosas, temerosas de mantener un culto permanente a sus divinidades para acercar a los buenos dioses y alejar a los malos. Y los dioses estaban con ellos, se aparecían, luchaban en batallas a favor de los griegos, incluso tenían hijos con ellos. El relato mitológico se compone muchas veces a partir de hechos históricos como batallas o desastres naturales que se inmortalizan de ese modo.

Estas pinceladas del politeísmo griego nos hablan de la necesidad de tener cerca a la divinidad. Pero están compuestas de abajo arriba: el modo de ser del hombre se proyecta como modelo y plantilla del ser de los dioses. Son proyecciones del espíritu humano, muy dado a la trascendencia y con no pocos aciertos en sus intuiciones. Dibujan un cuadro polifacético y muy humano del mundo divino, en su constante relación con los hombres y la historia. Pero el atropomorfismo de los dioses es quizá su gran debilidad: ellos también son pecadores y entre ellos también se tienen que redimir y enmendar sus propios errores, pecados y desgracias. ¿Cómo pueden entonces ser salvadores de la humanidad? ¿Quién les salva a ellos?

La Historia de la Salvación, en cambio, está dibujada de arriba abajo. El modelo del que se parte no es el hombre, sino Dios, que plasma su imagen y semejanza en el hombre: le da conocimiento y voluntad. El pecado deteriora esa semejanza divina y necesita de redención, de perdón y misericordia para restaurar el daño cometido para recuperar el esplendor de la gloria propia del hombre. Por este motivo, el Señor se hace presente en la historia de los hombres, camina con nosotros, comparte con nosotros las preocupaciones de cada día. Nos ama incondicionalmente y busca para nosotros la redención del mejor modo: su presencia salvífica dista mucho de la presencia de los dioses griegos. Se va revelando poco a poco, desde los orígenes del mundo, pasando por los patriarcas y profetas hasta llegar a Jesucristo, donde se manifiesta en plenitud su Persona, su rostro, su designio salvífico.

El Señor también tiene pasiones, pero nunca cae en el pecado como los dioses griegos. Hoy aparece en el evangelio un ejemplo claro de templanza por parte de Jesús: en un pueblo de Samaria le dan con la puerta en las narices. La ira de los apóstoles “hijos del trueno” (“boanerges”) es contrarrestada y reconducida por la reprensión templada del Maestro, que prefiere marchar a otro sitio. Una segunda oportunidad para esa aldea. Y también para los dos apóstoles encendidos.

Nos quedamos con un detalle: “Él se volvió y los regañó”. El Señor regaña a los suyos cuando se dejan llevar de las malas pasiones. ¿Cómo lo haría, en qué términos? Esta pincelada del evangelio ilumina mucho la preocupación de Dios por sacar la miseria del corazón y corregirla. Lo hace al modo humano, regañando con energía, pero al mismo tiempo con ternura, evitando generar culpabilidad en el oyente advirtiendo al mismo tiempo del error cometido para que se enmiende. Un auténtico arte que le pedimos hoy a Jesús: enséñame a “regañar” bien cuando debo hacerlo. Y también a “ser regañado” cuando yerro y aceptarlo con humildad. Eso cuesta y mucho. Pero son cosas del todo necesarias: necesitamos que nos reconduzcan de nuestras malas pasiones y errores; y también somos instrumentos en manos del Maestro para ayudar a otros en ese proceso de aprendizaje y madurez. No siempre lo haremos bien, pero con la ayuda y ejemplo de Cristo, iremos perfeccionando la “técnica”.

Dios está con nosotros, se preocupa de nosotros, desea nuestra santidad y perfección, está siempre cercano y dispuesto. Y guía y corrige nuestras malas pasiones, como hizo con Santiago y Juan. ¡Gracias, Señor, por ayudarnos a ser siempre mejores! ¡Gracias por iluminar nuestra oscuridad y pecado! ¡Gracias por corregirnos con inmenso amor y ternura! ¡No estamos nunca solos!

2 de octubre. Santos Ángeles custodios

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La memoria de hoy, los santos ángeles custodios, nos permite contemplar no sólo que la creación es inmensamente bella y rica en seres de todo tipo (desde los inanimados hasta el más complejo, el hombre, pasando por los espíritus puros, que son los ángeles), sino que existe una Providencia que relaciona las criaturas entre ellas y, de ese modo, con el Creador. Dios es Padre de todo lo que existe y no necesita de la ayuda de nadie para mantener el universo. Pero su grandeza y su amor expansivo ha querido plasmar su imagen en las cosas creadas, haciendo un mundo bello y libre, como es Él. Los filósofos le dan muchas vueltas a esta cuestión, pero ahora nos daría dolor de cabeza tratarlas.

Centramos nuestra atención en un aspecto: el Creador desea que también las criaturas compartan la responsabilidad del cuidado de otros seres. Ese deseo y mandato de Dios nos permite pensar más acertadamente qué es, por ejemplo, la paternidad y el significado de la autoridad como reflejos y proyecciones del ser de Dios. En el caso de hoy, nos hace valorar mejor el ministerio de los ángeles custodios. ¡Qué gran cuidado y ternura tiene el divino Hacedor! ¡El Señor nos ha puesto un centinela para guiar nuestros pasos!: “A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos” (Salmo 90,11). La imagen clásica con que se ha representado al ángel custodio es guiando a un niño, símbolo de la inocencia de nuestras almas, o al menos, la inocencia que deberíamos tener.

Los santos han tenido gran devoción a los ángeles y nos han enseñado a tratar al custodio propio e incluso ponerle nombre, cosa que ayuda un montón para mantener una relación viva con el. No es algo, sino alguien, puesto que son seres personales, como nosotros, pero sin cuerpo. Son nuestros guardaespaldas, y es de justicia que tengamos conversaciones con quien está tanto tiempo a nuestro lado. Puede ser un momento iluminador echar la imaginación al vuelo y repensar acontecimientos de nuestra vida al hilo del trabajo concienzudo y quizá espectacular de nuestro guardaespaldas particular: en muchos casos, habrá sido instrumento para evitar caídas, emprender senderos tortuosos o evitar desgracias mayores; nos señala los puntos débiles del enemigo, estimula el deseo de estar con los amigos y el cuidado esmerado de nuestra pobre oración. Su “mano” —en sentido simbólico, pues son espíritus puros— ha parado muchos goles, hace nuestra vida más segura en el sentido salvífico de la expresión.

Ya sabemos que los ángeles son conocidos y nombrados por su ministerio. En la nueva traducción del Misal Romano aparecen en los prefacios no sólo los ángeles y arcángeles, sino los tronos, dominaciones, serafines, virtudes, potestades… Más de uno se ha extrañado de estas expresiones. La angeología, la ciencia que se dedica a su estudio, nos habla de ellos según aparece en la Sagrada Escritura. Es un campo de conocimiento muy curioso.

Hablando de guardaespaldas, hoy muchos cuerpos de seguridad, entre ellos la Policía Nacional, celebran a sus santos patronos. Estos días han tenido trabajo extra en España. Esperemos que cuando leas este comentario, nuestro gran país siga de una pieza.

 

PD: hoy pido muchas oraciones por este comentarista, que hace justo un año entró como párroco novato. Por cierto, aprovecho para decir que no todos los comentaristas de esta sección somos sacerdotes, todos ellos varones como es lógico. Aunque las mujeres comentaristas son minoría, su calidad es “premium”. ¡Gracias!

Domingo 23 de julio. Domingo XVI semana del TO

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo”. Estas palabras del Señor hacen del mundo y de la historia un lugar hermoso. Dios no deja de bendecirnos, de cuidarnos, de exhortarnos. Siembra incesantemente. Aunque muchas personas desesperen contemplando el mal en el mundo, en realidad se siembra mucho más bien, aunque su acción no sea tan evidente. En la primera lectura leemos: “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. También en el salmo exclamamos: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”.

Estas palabras del Señor hacen del mundo y de la historia el lugar hermoso. Dios no deja de bendecirnos, de cuidarnos, de exhortarnos. Siembra incesantemente. Aunque muchas personas desesperen contemplando el mal en el mundo, en realidad se siembra mucho más bien. En la primera lectura leemos: “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”. También en el salmo exclamamos: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”.

Cristo ha vencido al maligno, le ha sometido instaurando el reino de los cielos, donde sólo Uno puede reinar. Algún día lo veremos con evidencia total en el cielo nuevo y la tierra nueva. Mientras tanto, nos toca esperar. O mejor dicho, vivir de la gran virtud teologal de la esperanza. No esperamos la victoria de Cristo, pues ha vencido ya por su muerte y resurrección; esperamos que esa victoria se manifieste en su plenitud y esplendor.

La virtud propia del sembrador es la esperanza. La hierba no crece rápido, y mucho menos los árboles. En el episodio de Astérix “La residencia de los dioses”, el druida Panorámix inventa unas semillas de crecimiento instantáneo para evitar que los romanos, talando árboles, construyan sus edificaciones. En ese cuento, basta plantar la semilla mágica para que crezca un árbol completo en décimas de segundo, para regocijo de Idéfix. Fuera de los cuentos, el crecimiento vegetal requiere de mucho tiempo.

También el enemigo sabe luchar a largo plazo, aunque no tiene tanta paciencia como el Señor. La cizaña estropea la calidad de la buena semilla y pone en peligro la cosecha de trigo. No pertenece a la cosecha buena, pero la afecta completamente, pues crecen juntas. Así es el pecado: no pertenece a la naturaleza humana —imagen y semejanza de Dios—, pero la afecta completamente.

En la vida real, nos encontramos muchas veces con situaciones similares: un campo en que junto al buen trigo, encontramos cizaña. Por ejemplo, en muchas situaciones familiares o de amistad, cuando hay problemas y pretendemos solucionarlos, corremos el riesgo de arrancar no sólo la cizaña (la envidia, el orgullo, la codicia), sino también la buena voluntad o la rectitud de intención salvable en las personas. Cuántas veces pensamos en “decirle a fulano esto y esto”, “cantarle las cuarenta” o “ponerle en su sitio”. No todo es cizaña, no todo es perverso: con una frecuencia mucho mayor de lo que pensamos, siempre hay algo que salvar. El Señor nos enseña a tener paciencia para salvar lo salvable, fomentarlo y afianzarlo. Quizá acompaña siempre la cizaña, pero al final, todo se cortará y se pondrá en su justo lugar.

La impaciencia, cuando se trata de avanzar en el bien, no es cosa buena. Tampoco en la vida interior, donde el campo del buen trigo tiene la cizaña del pecado. No podemos bastarnos a nosotros mismos, sino que con humildad, tenemos que reconocer que es Otro quien nos salva, cortando y separando lo bueno de lo malo. San Pablo lo dice con gran ternura: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”.

Hoy es un buen día para pedir dos cosas. En primer lugar, esperanza en la victoria definitiva del bien. La segunda, saber distinguir siempre bien el trigo y la cizaña. Esto último es también don del Paráclito: ilumina los corazones y las mentes para movernos hacia la santidad, abandonando el pecado y la muerte. Sin duda, una de las mayores victorias del enemigo es el relativismo moral que impide distinguir el bien del mal, haciendo que muchos coetáneos nuestros anden como vagabundos por la vida, desorientados, faltos de una luz que guíe su existencia.

Señor, ¡no dejes de sembrar el buen trigo en nuestros corazones! ¡Ilumina nuestras vidas, multiplica los dones de tu gracia, para que encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveremos fielmente en el cumplimiento de tu ley!

Sábado 22 de julio. XV semana del TO. Sta. María Magdalena (F)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

2017 es año de estrenos litúrgicos. Hoy estrenamos fiesta y prefacio. El Papa Francisco, a través de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos decretó el 3 de junio de 2016 que la “memoria obligatoria” de Santa María Magdalena fuera elevada al grado de “fiesta” en el Calendario Romano.

San Juan Pablo II dedicó una gran atención al papel especial de María de Magdala como la primera testigo que vio al Resucitado y la primera mensajera que anunció la resurrección del Señor a los apóstoles. Santa María Magdalena es ejemplo de una verdadera y auténtica evangelizadora, es decir, de una evangelista que anuncia el mensaje de la Pascua. Así dice el prefacio:

 

El cual (Jesucristo) se apareció visiblemente en el huerto

a María Magdalena,

pues ella lo había amado en vida,

lo había visto morir en la cruz,

lo buscaba yacente en el sepulcro,

y fue la primera en adorarlo

resucitado de entre los muertos;

y él la honró ante los apóstoles

con el oficio del apostolado

para que la buena noticia de la vida nueva

llegase hasta los confines del mundo.

 

En la tradición occidental suele identificarse a María Magdalena con la mujer que derramó el perfume en casa de Simón, el fariseo, y también con la hermana de Lázaro y Marta. Lo que es cierto es que María Magdalena formó parte del grupo de discípulas de Jesús, le acompañó a los pies de la cruz y, en el jardín donde se encontraba el sepulcro, fue la primera testigo de la divina misericordia. En el evangelio de hoy, san Juan relata que María Magdalena lloraba porque no había encontrado el cuerpo del Señor; y Jesús tuvo misericordia de ella, y se dio a conocer como su Maestro, transformando sus lágrimas en gozo pascual.

Es la primera testigo de la resurrección, cuyo encuentro tuvo lugar en el jardín o huerto donde estaba el sepulcro. San Gregorio Magno pone en paralelo a Eva y María Magdalena: ambas se encuentran en el jardín del paraíso la primera, y en el jardín de la resurrección la segunda. La primera, difundió muerte donde había vida; la segunda, anunció la Vida desde un sepulcro, lugar de muerte.

El nuevo prefacio se titula “De apostolorum apostola”, es decir, “apóstol de los apóstoles”. Esta expresión se consolida sobre todo a través de Rábano Mauro y Santo Tomás de Aquino. Se indica con ello que María Magdalena es testigo de Cristo Resucitado y anuncia el mensaje de la resurrección del Señor como el resto de los Apóstoles. Por eso, el Papa ha querido dar a la celebración litúrgica de esta mujer el mismo grado de fiesta que se da a la celebración de los apóstoles: quiere destacar la especial misión de esta mujer, ejemplo y modelo de toda mujer en la Iglesia.

Viernes 21 de julio. XV semana del TO

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El judaísmo y el cristianismo no pueden comprenderse sin hacer alusión a la Pascua, el paso del Señor. La primera Pascua se describe hoy en la primera lectura. Se trata de la liberación de la esclavitud y la opresión de Egipto, obrada con gran poder del Señor y por manos del ángel exterminador, y cuyo signo es la sangre del cordero sacrificado untada en las casas de los elegidos, el pueblo de Israel. El alimento que da fuerzas para ponerse en camino se compone de la misma carne del cordero sacrificado, de pan sin levadura y de verduras amargas. En el salmo responsorial aparece la referencia a la copa de la salvación, donde se recoge la sangre del cordero para ser untada en las casas.

La libertad del pueblo requiere la sangre derramada del cordero. Este signo es anticipo de la nueva y definitiva Pascua, que también queda sellada con la sangre de un cordero. En la nueva Alianza, Dios mismo provee el cordero para el sacrificio: Jesucristo, el Hijo de Dios, es el nuevo y definitivo Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La liberación del pueblo no hace referencia a un reino terreno, como era Egipto: se trata de algo mucho más trascendente, algo de cuya liberación sólo puede encargarse el Señor y no los hombres. Se trata de liberar al pueblo de las ataduras del reino del pecado, el dolor y la muerte. El Cordero es sacrificado en la Cruz y su sangre derramada es untada en las almas bautizadas, convertidas en casas de Dios, en templos suyos.

La Iglesia vive de este sacrificio salvador y redentor, y encuentra en Él su fuente y su culmen. En los sacramentos el cristiano encuentra la fuerza de la acción de Dios, su paso salvador, que nos hace salir de las tinieblas a la luz, nos rescata de la muerte para ir a la vida. Aunque todos los sacramentos se fundan en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, especialmente se realiza esto en la Eucaristía: es el memorial, la actualización constante del paso del Señor, de la Pascua, mediante la cual Cristo sigue derramando su sangre y señalando nuestras casas para que los enemigos de Dios no entren en ella y hagan estragos.

 El sacrificio de Cristo es al mismo tiempo la ofrenda que la Iglesia ofrece al Padre. La eucaristía tiene valor infinito no por lo que cada uno ofrece, sino por lo que la Iglesia ofrece: el Cordero de Dios, sacrificado el altar de la cruz. Esta ofrenda es agradable a Dios porque no sólo es un sacrificio de sangre, sino también un sacrificio espiritual, agradable a Dios. La entrega y sacrificio de Cristo se realiza con misericordia, mirando a la humanidad perdida y ofreciendo la vida por ella.

En el evangelio de hoy, Jesucristo afirma, recordando la Escritura: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Está indicando que no sólo tenemos que fijarnos en los aspectos externos del ritual del sacrificio, sino entregarnos nosotros mismos, convertirnos en ofrenda agradable a Dios por nuestra misericordia, que nos lleva a mirar a los demás como Cristo les mira.

 

Encontramos así un aliciente más para cuidar especialmente nuestra asistencia a la Santa Misa. No se trata de “ir” a Misa, de ofrecer el sacrificio; se trata de “vivir, celebrar” la Misa, entrando por el pórtico de la misericordia, el corazón de todo el sacrificio. Así será fructífero siempre el paso del Señor por nuestra vida cotidiana, e iremos imitando cada vez más al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

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