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Domingo 7 de mayo. Domingo IV de pascua, del Buen Pastor

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En los Hechos de los Apóstoles hoy aparecen las dos condiciones necesarias para entrar en la Iglesia como discípulos de Cristo: “Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

La conversión y el bautismo, esto es, la profesión de fe y el rito sacramental de las aguas bautismales, son la puerta para entrar en el Reino de Dios, el Reino de Cristo. Ambos elementos son fruto de la predicación del Evangelio, que mueve los corazones de los que escuchan hacia una vida más llena de Dios. Muchas personas no se entregan más y mejor a la causa de Cristo porque quizá no hay buenos “predicadores” del Evangelio en sus ambientes, o tienden a la mediocridad, a la simplonería.

La falta de “enganche” de la Iglesia en muchos ambientes manifiesta que el mensaje salvífico —ansiado por muchos corazones— no lo está comunicando bien, que los cristianos no somos buenos transmisores de la Buena Nueva que salva la humanidad: nos falta autenticidad. Las culturas cambian y cambia el tipo de “sujeto” (los modos de vida, valores, costumbres, ideas); por eso el modo de comunicar el mensaje salvífico también ha de cambiar si se pretende llegar a los hombres de cada época. De ahí el empeño de los papas por la creatividad en la tarea de esta nueva evangelización de nuestra querida Europa. Cada vez surgen más carismas y caminos nuevos de testimonio.

El ansia misionera de dar a conocer al Señor ha caracterizado la buena salud de la Iglesia. No hay santo que no haya sido un gran “catequista” por el testimonio de su propia vida y haya llevado a otros a creer y bautizarse. En los procesos de canonización, al menos en los más actuales, se recogen testimonios de los que han vivido junto al canonizando, personas que se han beneficiado de la acción del Espíritu Santo en una persona singular que ha inundado de luz y color la vida de muchos. El Evangelio entra por los ojos cuando alguien lo vive de veras, entregando día a día la propia vida, desgastándose por servir al Señor y a los demás. En el cristiano se refleja la grandeza de Cristo.

La Iglesia se ha visto a sí misma como un rebaño. La imagen la explica Cristo en el evangelio de hoy: Él es el Buen Pastor que guía al rebaño “caminando delante”, lo custodia, lo alimenta. La comunidad eclesial, y cada cristiano en particular, alcanza su identidad más profunda cuando es parte de Cristo, vive de Él y vive por Él. Cuando el Señor es quien pastorea la vida de cada cristiano, se refleja más la grandeza de vida que nos da.

En este domingo del Buen Pastor la Iglesia pide por la abundancia de las vocaciones sacerdotales, y también por aquellos que hemos sido llamados a pastorear la grey del Señor. Sobre todo pedimos calidad, aunque si también nos conceden cantidad, mejor para todos: el Reino de Dios aumentará en número. ¡Que muchos crean y se bauticen!

 

Sábado 6 de mayo. III semana de pascua

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hace pocas semanas empezamos a celebrar la Eucaristía con la tercera edición del Misal Romano. El cambio más evidente es la consagración del vino. Jesús, en el relato del evangelio dice “Sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28). El Papa Benedicto XVI explicó en su día que el sentido salvífico de Cristo es universal, se dirige a todos los hombres, y en ese “muchos”, en realidad caben “todos los hombres”. La intención de Cristo es clara: busca la vida eterna para todos, y entrega su vida por la humanidad entera, no sólo por unos pocos.

Pero viendo lo que pasa en el Evangelio de hoy entendemos mejor porqué no se puede decir que todos estamos salvados automáticamente porque Cristo lo haya querido. Encontramos una de las páginas más tristes del Evangelio: Cristo habla del pan de vida, de la Comunión, de la participación en la vida divina, de estar con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, de la vida —conceptos todos relevantes en el evangelio de san Juan—, y muchos oyentes acaban criticando sus palabras, poniéndolas en duda: “Este modo de hablar es duro”. Y termina aun peor: “Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. ¡Qué pena! No quieren oír hablar al Señor, no les gusta lo que dice. Tienen que cambiar demasiadas cosas y quizá prefieren no complicarse la vida, seguir siendo uno más del pueblo, con los mismos comportamientos de la gente “corriente”. Quizá se gana tranquilidad, cierto reconocimiento, la vida rutinaria sigue siendo igual, sin demasiadas novedades; pero sin saberlo, se está perdiendo la vida.

El Evangelio es para todos, pero no todos están dispuestos a pasar por el evangelio. La flagrante deserción de hoy muestra a las claras que el seguimiento del Señor es para valientes. No sirven las medias tintas, ni poner una vela a Dios y otra al diablo. Quien acoge a Cristo quizá complique su vida, pero encuentra el Camino para recorrerla. Se pueden perder ciertos ambientes o comportamientos sociales, pero encuentras la familia de la Iglesia. Puedo convertirme en alguien a quien señalar porque no dice la opinión común o mayoritaria, pero te afianzas en la Verdad. Las pérdidas no se equiparan ni de lejos a las ganancias.

El que sigue a Cristo ha de cortar cosas. Luego recuperas otras más importantes, pero quizá esa separación del principio es la que más cuesta. Pidamos al Señor que renovemos en nuestra oración personal la entrega a Él y a los demás, y que ilumine qué cosas nos estorban para ser cada día más suyo.

Viernes 5 de mayo. III semana de pascua

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El Señor dice en el evangelio de hoy: “el que me come vivirá por mí”. Está explicando Jesús el misterio del pan de la eucaristía, que es el corazón de la vida de la Iglesia, donde vivimos del permanente don de Dios. Queremos hacer varias consideraciones apoyados en varios significados que podemos darle a la preposición “por”.

1) Vivir por la vida que da el Señor. “Yo soy la vida”, no sólo el origen de la vida, sino aquello que la sostiene. El latir de mi corazón y el respirar de mis pulmones se lo debo al Verbo, a cuya imagen he sido creado por el Padre. Por eso damos gracias a Dios por el misterio de la vida natural. Pero más allá de lo natural está la vida de los hijos de Dios, la vida nueva propia del Evangelio, donde Cristo nos hace partícipes de su intimidad con el Padre, y de la sobreabundancia de Amor que los une (el Espíritu Santo). Ese calor del amor de Dios es lo que da vida al hombre; el pecado y el mal congelan la vida, apagan la llama. Gracias, Señor, por darnos la vida divina de la gracia.

2) Vivir a través de Cristo, con sus mismos sentimientos. Es compartir la mirada de Dios, tal y como aparece en los Evangelios. Su mirada nos habla de sus intenciones, que dan razón de sus obras: la misericordia, la paciencia, la mansedumbre, la fortaleza, la sabiduría, la ternura, la magnanimidad… Son un cuadro de facetas que nos llaman constantemente a la conversión, pues descubrimos que en muchas ocasiones no reflejamos la grandeza del Corazón de Cristo, a través del cual ojalá vivamos y amemos siempre.

3) Vivir entregando la vida por amor a Cristo y a los hermanos. Vivir enamorados por el Amor de nuestra vida. Nada más fuerte en el mundo que el amor de Dios, que cautiva la vida, la transforma y la llena de sentido. Vivimos para satisfacer al Amado, complacerle y renovar todos los días nuestra entrega. Y fruto de esa entrega al Amado, brotará espontánea, sin apenas buscarla, una entrega decidida a los demás y un compromiso constante por servir y ayudar.

Jueves 4 de mayo. S. José María Rubio (memoria en Madrid)

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En Madrid celebramos hoy la memoria de san José María Rubio, canonizado por san Juan Pablo II en su última estancia en España (2003). Celebró su primera Misa en la Colegiata de San Isidro; fue coadjutor en Chinchón y párroco de Estremera. El ingreso en la orden de los Jesuítas la realizó a los 55 años. Destacó por ser un gran confesor y por su dedicación a los pobres. A su muerte, el arzobispo de Madrid, Eijo y Garay le denominó “apóstol de Madrid”, y le puso como modelo para los sacerdotes de la diócesis.

El P. Rubio solía repetir que el camino hacia la santidad es “hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Hacer y querer. Dos verbos preciosos que orientan la vida hacia el Señor.

Pero ese movimiento hacia Dios, en realidad es en realidad como nos mueve Él hacia sí: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. La atracción y moción divina, el mover Dios nuestra vida hacia Él, se explica por el misterio de la gracia y los dones del Espíritu Santo, que nos permite pensar como Jesús y obrar como Él, con sus mismos sentimientos.

Para la santidad de vida no se necesitan doctorados ni hacer un máster, aunque estos ayuden. Hay santos que vivieron rodeados por gente muy brillante humanamente hablando, con una preparación intelectual y humana de alto nivel. Dicen del P. Rubio que su oratoria no brillaba como la de otros hermanos con los que vivía. Quizá una homilía preparada en el fondo y en la forma de modo “profesional” no mueva tanto las almas como un predicador lleno de amor de Dios que es cauce de la gracia para muchos corazones.

La iglesia nos insiste a los sacerdotes que no es importante sólo la forma y el fondo de las homilías, sino sobre todo su alma. La homilía brota de la oración, como un icono brota de la contemplación de Dios.

Pidamos por todos los que en la iglesia tienen la misión de anunciar el evangelio a través de las homilías, las catequesis, las clases, etc., para que en primer lugar nos encomendemos a la gracia de Dios, pidamos ser instrumentos dóciles que comuniquen la gracia de Dios a los hermanos. Se lo pedimos especialmente a S. José María Rubio.

Miércoles 3 de mayo. Stos. Felipe y Santiago, Ap. Fiesta

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La petición que hace Felipe al Señor está llena de un aparente sentido común: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. El deseo de ver a Dios, de conocerle cara a cara, ciertamente es loable y por lo tanto pedirlo con esa sencillez de Felipe tendría que ser petición aceptada. El problema es que justo antes Jesús se define a sí mismo como el camino que lleva al Padre, revelando así el modo como Dios se hace presente en el mundo. Veámoslo.

1) El deseo de ver a Dios lo llevamos dentro del corazón. Por deficiencia de nuestra débil naturaleza, solemos pintarle como los niños: en el cielo, rodeado de nubes. Así aparece siempre en Los Simpson. En el subconsciente podemos tratar al Señor como alguien muy, muy lejano. Y por esta razón, pensamos que para ver a Dios hay que ir más allá. Ese momento suele ser la muerte, cuando nos encontraremos con Dios. Y así explicamos la muerte a los niños: “el abuelo se ha ido con Jesús”.

Es precisamente Jesús quien ilumina esta búsqueda de Dios, y sobre todo quiere romper definitivamente esa lejanía. Las palabras del evangelio de hoy revelan la naturaleza pontifical de Cristo: es pontífice, es decir, puente entre Dios y los hombres. Por eso dice “yo soy el camino”. Y acude a un verbo de movimiento: “ir al Padre”. Cristo es el camino sobre un largo puente que acerca al Padre a cada hombre. Quien conoce a Jesucristo conoce también a su Padre, y por supuesto al Espíritu Santo, del que no se habla hoy en el evangelio.

2) La petición de Felipe encierra otra objeción también muy difundida: Dios es perfecto, y por lo tanto, cualquier cosa creada, por ser criatura imperfecta, no puede manifestar a Dios tal cual es. Para encontrarme con Dios, he de salir del mundo mediante alguna experiencia mística, o algún fenómeno similar. Y por eso está tan difundida la mentalidad que opone Dios y mundo.

Jesús de Nazaret es un hombre, una criatura, y en Él se nos manifiesta plenamente Dios al modo humano, accesible, a quien podemos escuchar y comprender. La novedad es que no lo hace como nosotros queremos, sino como nosotros necesitamos. Ya sabemos por experiencia que no siempre lo que queremos es lo que realmente necesitamos. Necesitamos ver y tocar a Dios, y por eso, sin abandonar su divinidad, se encarna para hacerse caminante en nuestra historia. Él es el camino que conduce al Padre, pero también es caminante con nosotros, peregrino con cada persona.

3) Creer en Dios es creer en Cristo, y ver a Cristo es ver a Dios. Quizá esto es una de las cosas más complicadas de comprender. A veces se afirma “el Dios de Jesucristo”, como si hubiera “el Dios de los judíos” o “el Dios de los mormones”. Está claro que no puede haber muchos dioses, y que en todo caso, dicha variedad no corresponde a Dios, sino a nuestro polifacético modo de comprender las cosas.

Jesucristo habla con claridad: “Yo estoy en el Padre, y el Padre en mi”. De modo directo se refiere a su naturaleza divina y a su eterna comunión con el Padre. El cristiano no cree en una “versión 2.4”, o “3.1” de Dios, sino que recibe la fe como un don que le permite conocer el misterio insondable de Dios que se revela plenamente en Jesucristo. Él no es “un” rostro de Dios, sino el único rostro de Dios en el mundo. No dice “yo soy un camino”, sino “el” camino. De ahí que en otras partes del evangelio Cristo sea tan explícito al unir salvación y fe: sólo el que crea se salvará.

Martes 2 de mayo. S. Atanasio, ob y dr.

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“Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad”. Allí apedrearon luego a Esteban.

A quien molesta, le arrojan a las tinieblas exteriores, le quitan de en medio. Todo vale cuando se trata de apagar la voz de la verdad.

Le sucedió a Cristo mismo, a Esteban, y a otros muchos santos de la historia. Hoy hacemos memoria de uno de los santos Padres más importantes: San Atanasio. Fue desterrado cinco veces. Y no hubo más ocasión, porque el pobre se murió del disgusto.

Pese a una vida muy dura, su obra escrita es prolija. Dedicó muchos esfuerzos a reconducir los errores arrianos hacia la verdad del Evangelio. Estaba en duda la naturaleza divina de Cristo, y por lo tanto, el corazón mismo de su obra salvífica. Si Cristo no es Dios, no puede darnos lo que no es: no podría darnos vida divina, y la redención sería pura pantomima, pues quedaría todo reducido a un barniz externo al hombre. El Concilio de Nicea se nutre mucho de la clara doctrina de San Atanasio al respecto.

Los errores arrianos cundieron por gran parte de la cristiandad y fueron muy difundidos, especialmente a través de canciones populares que todos tenían en la cabeza. Y de la cabeza pasa al corazón, y de tanto repetirlo, acaba uno creyéndose cualquier cosa. Es una llamada de atención a los educadores: no vale que los niños escuchen cualquier cosa, como tampoco vale que vean cualquier cosa.

La divinidad de Cristo es el dato original del cristianismo. Él es Dios encarnado, no una criatura que dice ser un dios. Tampoco es Dios que toma forma aparentemente humana. Es cien por cien Dios y cien por cien hombre. Las dos naturalezas a la vez unidas por la encarnación de la Persona del Verbo eterno de Dios.

La celebración de la Eucaristía es una obra divina, una acción sagrada, mediante la cual el Señor sigue hablándonos como Palabra eterna, y en cuanto Mesías, sigue redimiéndonos, ofreciendo su propia vida en sacrificio. La gloria de su resurrección nos levanta y nos fortalece de nuestras debilidades.

La eucaristía es nuestra fortaleza porque recibimos la Fortaleza misma; es nuestra luz porque nos ilumina la Luz misma. La Santa Misa, la Eucaristía, es nuestro alimento, nuestro pan de cada día, porque en ella recibimos el Pan de la vida. ¡Qué buena petición para el día de hoy: «Señor, danos siempre de este pan»! Que Cristo sea Dios es el gran consuelo del cristiano, además de una verdad de fe.

San Atanasio nos haga defensores de la divinidad de Jesucristo y amantes del Pan de la eucaristía.

 

1 de mayo. San José Obrero

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Es bueno trabajar. Trabajar mucho y bien nos hace imagen de Dios, que es el primer trabajador de la historia. Él nunca deja de hacer el bien, de bendecir con sus creaciones, de amar sin medida.

No le hacía falta este mundo, pero en cambio, como hábil arquitecto y diseñador, lo ha construido y lo mantiene en el ser. Lo cuida constantemente como buen administrador de la finca, y procura su crecimiento como el mejor de los jardineros. Está atento no sólo a las fachadas, sino a los entresijos del amplio mundo del mantenimiento.

Dios es también el mejor pintor, que con una sutil delicadeza engalana a las mariposas con sus hermosísimas alas, viste las más bellas flores y se entretiene con el movimiento creativo de las auroras boreales. Su pericia como escultor la contemplamos en los anillos de Saturno son una buena muestra.

Como dramaturgo, el guión de Dios Padre es sin duda el mejor libreto de la historia; de hecho su obra maestra es designada como “Historia de la Salvación”, en cuya representación entran todos los hombres. Hay de todo en esta obra cumbre: risas y llantos, derrotas y victorias; fidelidad e infidelidad… Refleja fielmente la compleja vida de las personas. Es cierto que el personaje principal es su Hijo, pero nos ha hecho partícipes de su mismo papel mediante la efusión y moción del Espíritu Santo. Todos entramos en escena por voluntad de Dios en este “gran teatro” del mundo creado y salvado.

Como economista, administra, guarda y distribuye los bienes más preciados para la humanidad, y de los que a veces ésta carece un poco: el amor, la paz, el bien, la generosidad… Y para su administración creó el mejor de los bancos, denominado “Economía de Salvación”. Lo primero en él sí son las personas —de verdad de la buena—. Es a la vez macro-economía, pues atañe a todos los hombres y a la creación entera, pero al mismo tiempo micro-economía, pues el bien más preciado es la gracia que se derrama en cada corazón.

Respecto a los medios de comunicación, Dios no tiene rival en el manejo de la Palabra, pues Él mismo es el emisor y el mensaje. Y cuenta con la mejor red de comunicación global: la gracia del Espíritu Santo, que llega con señal plena a todos los corazones que abren su vida a Dios. Nunca se cuelga, ni es poca su intensidad. La contraseña es la libertad de cada persona, mediante la cual, cada uno se puede unir a esta gran red de contenidos salvíficos.

En cuanto a su faceta de rey y político, gobierna con mano de hierro cuando se trata de defender la vida, la verdad y la belleza, y le planta cara a sus enemigos con el ejército de los ángeles. Con los débiles se presenta comprensivo; con los corruptos, firme; con los pecadores, misericordioso. Con todos, dispuesto a escuchar —de verdad de la buena— todos los problemas reales de los ciudadanos.

En cuanto al trabajo doméstico, hay un reparto equitativo de las tareas entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en constante obediencia filial del Hijo a la voluntad del Padre, en unión del Espíritu. La comunicación siempre es cordial, y no se tergiversa nunca, ni nada se pierde. Siempre se escuchan. El amor es la unión y el calor ese gran Hogar que es Dios mismo.

Podríamos tomar todos y cada uno de los trabajos de este mundo, y de todos ellos encontramos un reflejo del quehacer constante de Dios. ¡Es un genio!

Los hombres no trabajamos en todo a la vez: sólo el Señor puede hacerlo. Pero cada trabajo guarda un reflejo de Dios. Somos más cuanto más reflejamos la grandeza y belleza de Dios trabajador. Y con la constante labor de tantos tipos de trabajo de la sociedad. Ninguno es más importante que otros: son más o menos visibles, pero esenciales todos.

San José obrero es un modelo de cómo ofrecer a Dios un trabajo bien hecho. Que él nos ayude a trabajar mucho y bien en todas las facetas que componen nuestra vida de trabajo. El truco es descubrir que todo es un constante “hacer”: no sólo el trabajo remunerado, sino también las tareas de la casa, el cuidado de la familia, los hobbies, la diversión o el descanso (“al séptimo día descansó”).

Domingo 19 de febrero Domingo VII semana del tiempo ordinario (ciclo A

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La Palabra de Dios hoy nos habla de perfección, de santidad. Pero lo hace en imperativo, no sólo como indicación o consejo: “Sed perfectos”. Es un Evangelio radical: Cristo manifiesta una novedad total y revela en forma de llamada el camino que tenemos que recorrer. No hay medias tintas, ni lugar a dudas. Rompe de raíz con las normas judías, pero también manifiesta la hondura de un modo totalmente novedoso de relacionarnos con Dios y con los demás. De hecho, no es radical, sino super-radical, revolucionario: no hacer frente a quien nos agravia, ofrecer la otra mejilla, magnanimidad con el que te denuncia, generosidad con quien te pide acompañarle, amar al enemigo.

La clave de esta novedad la señala Cristo: veracidad. Si hay novedad de vida no podemos luego comportarnos del mismo modo que el resto. La gracia de Dios, la llamada a ser hijos de Dios nos introduce en un nuevo modo de relacionarnos con Dios y con los demás. Si nos portamos igual que los demás, con las mismas costumbres y criterios morales, no habrá ninguna novedad. Si un cristiano no aporta nada nuevo a otras personas, quizá es porque, como dice el Papa Francisco, está mundanizado. Es como el resto, piensa como el resto, vive como el resto.

Lo propio del cristianismo es aportar lo que no hay. Y en nuestra cultura actual Cristo tiene muchísimo que aportar a nuestras vidas. Viene como luz, como camino, como maestro y guía, como hermano y redentor. Necesitamos mucho amor, mucha misericordia, mucho perdón, pero en una medida rebosante, no calculada. Sólo así se redime el corazón, con una sobreabundancia de amor, perdón y misericordia. No bastan medidas “normales”.

Y por eso, la respuesta divina a nuestra condición humana es desbordante, colmada: el primero que ha ido más allá es el mismo Señor. No se conforma con haberse encarnado, ni siquiera con darnos buen ejemplo o dejarnos su Palabra escrita. Conoce nuestra condición humana y sabe que sin Él no podemos hacer nada. Su proyecto para cada hombre no tiene medidas normales, sino sobreabundantes: es la santidad propia de Dios que se derrama en el hombre. “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy Santo”, dice a Moisés.

Un proyecto así requiere medidas extraordinarias: el Señor ha decidido plantar su cuartel general en nuestro propio corazón. Desde en interior de nuestra alma le será más fácil tirar de nosotros y configurarnos a Él. Cristo nos ha constituido a cada bautizado en templo de Dios, en morada de Dios. San Pablo lo explica hoy de modo muy gráfico: igual que una iglesia es consagrada a Dios, la iglesia más importante para Él es cada alma, cada corazón, que ha sido consagrado como casa de Dios, como templo de Dios. Sólo obrando Él en nosotros podrá ser realidad la sobreabundancia que nos pide. Un obra santa, que refleje la santidad y perfección de Dios, sólo podrá llevarla a cabo el mismo Autor.

El lenguaje de la santidad, de la perfección, da miedo. Quizá porque con el paso de los años y la experiencia acumulada somos más conscientes de lo que cuesta, y experimentamos una tendencia a no luchar como debemos. Nos vamos acostumbrando quizá a ir tirando, y sin muchas esperanzas de cambiar excesivamente. Esto no pasa en la juventud: es el momento de los ideales, de la creatividad, de la fogosidad; pero también de la imprudencia y de los líos que provoca la inmadurez.

Estas dos facetas, juventud y madurez, son complementarias y no obstaculizan la obra de la gracia de Dios. En el centro de nuestras vidas inhabita Dios, para obrar como Él obra, no con nuestra medida. Basta un poco de buena voluntad, y un deseo auténtico, un “querer de verdad”. Quizá el problema que nos impide crecer al ritmo de Dios es que muchas veces en realidad “no queremos querer”. Decimos que queremos, pero en el fondo del corazón, la respuesta es “mañana”, otro día, cuando mejoren las circunstancias, etc. Y de este modo justificamos nuestro modo de obrar.

Y el Señor, que está dentro del alma, se queda pensativo y con cara de interrogante, esperando que le prestemos más atención y le permitamos un margen de acción mayor.

Un cristiano lleva a Dios dentro. No es una imagen. Es la radical novedad que nos trae el Evangelio. Es la fuente del cristiano, de su moral, de su querer. Cristo nos pide ser perfectos porque ya tenemos lo que nos pide: tenemos al Perfecto. Ahora sólo hace falta que cada día vivamos de eso, y no de tantas tonterías que despistan nuestro corazón.

Sábado 18 de febrero VI semana del tiempo ordinario

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El Catecismo de la Iglesia Católica, uno de los mejores regalos de San Juan Pablo II, explica la fe de un modo exhaustivo pero a la vez muy pedagógico. Especialmente los resúmenes que aparecen al final de todas las secciones nos indican las afirmaciones más relevantes. Años más tarde Benedicto XVI nos regaló el resumen del resumen: el Compendio del Catecismo.

La primera lectura de hoy es un compendio, un resumen de los episodios del Génesis que hemos visto estos días: la creación, Caín y Abel, Noé. El autor de la carta a los Hebreos nos habla de la fe e ilustra la explicación poniendo ejemplos que de forma plástica nos permitan comprender mejor su exposición.

La fe no sólo es creer, sino también un modo de “ver” a Dios. Como es un don de Dios y no sólo un esfuerzo humano por eso se dice que es una virtud teologal, esto es, depende de la gracia divina y de la correspondencia humana que acoge ese don maravilloso.

Adán y Eva veían a Dios cara a cara. ¡Qué leguaje tan cercano a nosotros! ¡El vis a vis es el encuentro propio de las personas! El pecado original ocultó el bello rostro del Creador y desde entonces nos resulta muy difícil verlo y tratarlo. Sobre todo porque nuestros ojos se corrompieron y arrastramos desde entonces un “mal de ojo”: la vista nublada.

El episodio del Evangelio, la Transfiguración, evidencia este mal: Dios se manifiesta en su poder y gloria a los Apóstoles, pero sus ojos enfermos no lo pueden soportar.

Pero el don de Dios no cesa nunca y su misericordia le lleva a tener paciencia con nosotros y a guiarnos como hace un perro guía con los ciegos. Esa ayuda inestimable nos la ofrece Dios con hombres de fe, especialmente los santos. Personas que han luchado y vencido contra ese mal de ojo, y llevados de la gracia han aprendido a ver mejor al Señor.

Señor: purifica nuestra mirada para que podamos verte mejor. Ayúdanos a ser conscientes de nuestra enfermedad ocular y acudir a los mejores ejemplos de luz que hay a nuestro alrededor: los hombres de fe.

 

Viernes 17 de febrero

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La historia de la torre de Babel la recordamos especialmente cuando intentamos aprender un idioma. Algunas personas cuentan con una gran facilidad para ello, pero por norma general, nos cuesta a todos un montón. Dicen que los españoles tenemos la tarea pendiente de hablar bien el inglés, aunque algunos deberían aprender primero el español.

La lengua y los conceptos son importantes porque en ellos nos comunicamos. Decía santa Teresa de Calcuta: “la primera necesidad, comunicarse”. La comunicación es esencial para no vivir en soledad, y por esa razón Adán recibe de Dios alguien diferente a él, Eva, para que hubiera una relación personal, no sólo entre el hombre y el resto de la creación. La relación entre personas es la relación propia de todos los hombres.

Las personas necesitamos comunicarnos porque somos imagen de un Dios que es comunión y comunicación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esas relaciones subsistentes en el “interior” de Dios nos ayudan a comprender nuestra vocación a la comunión, no a la soledad. Y nos indica por qué la soledad nos hace tanto daño, y también que si el hombre corta su relación con Dios, la soberbia y el egoísmo le dañan en lo más íntimo.

La historia de Babel es como la historia del Titanic: una erupción de prepotencia y autosuficiencia que convierte al hombre, por su capacidad técnica, en un aparente dios. Pero al chocar contra el iceberg de la realidad, se hunde, se confunde y se dispersa.

La diversidad de lenguas que se realiza en el episodio de Babel, imagen de la soberbia, encuentra su opuesto en la fiesta de Pentecostés, cuando la venida del Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego permite hablar a la humanidad un único idioma: el idioma de Dios, es decir, el idioma en que el hombre puede comunicarse mejor y le permite no tergiversar la realidad, ni ser conducido por el orgullo.

El idioma del Amor de Dios se considera la lengua propia del Espíritu Santo, pues Él es el mismo Amor de Dios que se nos da en la efusión de gracia que acontece desde hace más de dos milenios, especialmente en la vida sacramental.

Para aprender ese nuevo idioma y que crezca siempre el Señor, nosotros hemos de disminuir. Bueno, en realidad no nosotros, sino nuestro orgullo. Para ahogar la soberbia es necesario negarnos a nosotros mismos, como dice Cristo en el Evangelio. Pero negarse no es aniquilarse, sino todo lo contrario: negamos nuestra autosuficiencia para que sea la generosidad de Dios la que gane en nuestro corazón. El Señor nos muestra el camino del auténtico crecimiento, el de la vida interior, cuando aprendemos el idioma del Espíritu Santo y aprendemos a comunicarnos con esa lengua nativa del hombre.

Hoy le pedimos al Paráclito que nos de el don de lenguas para hablar ese lenguaje universal que nos permite entrar en comunión con todos los hombres. Así nos resultará más fácil arrastrarlos en el seguimiento de Cristo Jesús. ¡Ven, Espíritu Santo!

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