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Hacedlo vosotros con ellos

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos preparando en la parroquia el campamento de los niños de este verano. Llevamos trabajando varios meses como conseguir los objetivos que nos hemos propuesto: que aprendan las bienaventuranzas y las tengan como manual de su vida. Parece algo obvio en una parroquia y con niños de los grupos de catequesis. Pero, la realidad es que muchos cristianos no conocen las bienaventuranzas, ni lo importantes que son y, ni mucho menos, son el manual de su vida.

Nos lamentamos del egoísmo de las personas que esta llevando a un individualismo creciente en nuestra sociedad. Pero, no nos interesamos por escuchar a Jesús y profundizar más en el Evangelio, como lo más importante para aprender como vivir. El que dirán, la televisión, mi imagen en las redes sociales, los nuevos ídolos, etc, son a los que escuchamos, los que nos interesan para aprender como vivir. Quizás, ¿no será que nuestro corazón este demasiado pendiente de nosotros mismos?

El lema que hemos puesto en el campamento es “Ciudadanos del Reino”. Cada vez es más importante dejar que el Señor transforme nuestro corazón para salir de nosotros mismos y acabar con este egoísmo que no deja de crecer. Si no somos conscientes que nuestra meta es ser ciudadanos del Reino, del Reino de Dios, estamos perdidos y de nada nos sirve lamentarnos. Para ello, hoy Jesús nos ayuda con uno de los mejores consejos: todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Este es el antídoto al egoísmo. Los ciudadanos del Reino, nosotros, los que seguimos a Cristo, los cristianos, lo intentamos vivir y esto está cambiando nuestra vida y la de los demás.

Abraham lo vivió y vemos como en la primera lectura de hoy del Génesis, le ayuda a seguir la voluntad de Dios y resolver los problemas del día a día. Es justo que seamos los primeros en hacer las cosas bien y en dar ejemplo, que empecemos por cambiar nosotros; lamentarse y juzgar a los demás es una equivocación y no va a cambiar nada. Lo contrario, lo está estropeando todo. El salmo 14 nos da más pistas para vivir este consejo evangélico como ciudadanos del Reino.

¿Estás dispuesto a seguir haciéndolo con ellos? ¿No lo estas haciendo? ¿No te convence, crees que es imposible, que no funciona? ¿En quién crees? ¿En quien confías? Confía en el Señor, se fiel, no te rindas y verás lo que sucede.

Esperar en su misericordia

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Comentando un día en una de las comunidades de adultos de mi parroquia, hablábamos de los problemas de relación entre las personas, en las familias, en el matrimonio, entre los amigos, en los que formamos la parroquia. Nos dábamos cuenta de que la mayoría de los malentendidos, los enfrentamientos y las situaciones que crean mal ambiente, se producen por la manía o el vicio que tenemos de compararnos.

El problema es que cuando nos comparamos con los demás surgen los juicios, las envidias, los desprecios, los prejuicios, los enfrentamientos, etc. Esto sólo puede venir del maligno, no de Dios. Jesús nos dice en el pasaje del evangelio de hoy claramente que no juzguemos, porque no nos corresponde a nosotros. Es un error compararnos entre nosotros. La experiencia de elección de Abraham que le lleva a abandonar su tierra es la de descubrir que él es único para Dios y se ha fijado en él por quien es. Le ama y le ha elegido para ser el padre de un pueblo que cambiará el curso de la humanidad. Esta experiencia transformó por completo la vida de Abraham y en la primera lectura lo constatamos.

¿Tú te has sentido así alguna vez en tu vida? Necesitamos darnos cuenta que hemos sido elegidos por Dios, que nos ha hecho sus hijos, que nos ama, y que para Él somos únicos, y realmente lo somos. Hasta desde el punto de vista biológico o genético, no hay dos personas en el mundo que sean exactamente iguales. No te digo de espíritu, manera de ser, etc. Entonces, ¿cómo es posible que nos comparemos? El Señor no lo hace.

Para evitar los comparaciones o que estemos todo el día juzgando a las personas, necesitamos que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros. Tenemos que pedir y formar un corazón tan “mísero”, tan pobre en el buen sentido de la palabra, que se ponga en el lugar del otro y lo acoja, lo acepte tal y como es, para poderlo amar como Jesús nos ama. Ya se que no es fácil, pero no es imposible. Incluso, es el camino para madurar en nuestra fe, para quitarnos “la viga del ojo” que no vemos. Por ello, continuamente acogemos el evangelio en nuestra vida para imitarlo y vivirlo, para que el Señor transforme nuestro corazón y acojamos a los demás con misericordia.

Prueba y no pierdas más el tiempo, porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. Espera en su misericordia y no juzgues.

Resucitado

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Siempre en nuestra vida tenemos experiencias y recuerdos que nos llenan de alegría y que guardamos con gran interés y cariño por la satisfacción y la fuerza que nos dan. Algunos son tan importantes que cambiaron y cambian nuestra vida al revivirlos. Hoy estamos ante la experiencia determinante y gozosa que cambió la vida de los apóstoles y los discípulos, que cambió el rumbo de la humanidad y que la ha transformado, y la sigue transformando en nuestros días. Estamos hablando de la resurrección, del encuentro con el Resucitado. Jesucristo, el Viviente, cambió la vida de estas personas y ha cambiado las nuestras.

Tras la meditación y la vivencia del misterio del sepulcro donde permaneció el Señor y su descenso a los infiernos, recuperamos su presencia con la celebración de la impresionante y gozosa Vigilia Pascual. Los personajes que aparecen en el Evangelio de Juan también la recuperan, pero no la que conocían, sino a Jesús transformado. Es la presencia del Resucitado, del que ha vencido a la muerte y se muestra tal cual es, en toda su divinidad y perfección humana como fuente de vida y salvación. Es el que provoca la experiencia fundante que transforma tu vida para bien y la alimenta para ser plena.

Es la experiencia que todo creyente tiene que tener, al menos, una vez en su vida. El otro discípulo y Pedro vieron y creyeron, y a partir de ese momento nada fue lo mismo, su vida estaba transformándose, su fe ha comenzado a madurar. Hay demasiado cristianos de inercia, tradición familiar o costumbre, pero que nunca se han encontrado con el Señor resucitado y, la falta de esta experiencia, hace que su fe sea realmente una serie de ideas superficiales y vagas. Por ello, no pueden dar testimonio, lo viven desde la tibieza  y su fe débil está siempre en riesgo de desaparecer. San Pedro habla en el pasaje de los Hechos desde su propia experiencia dando su testimonio, que es fuerza transformadora de Cristo para los que lo escuchamos, leemos y acogemos.

A veces no caemos en ello, pero es tan vital esta experiencia que nos jugamos nuestra fe, nos jugamos el no perderla y fortalecerla. Hasta que no la experimentamos, “no sabemos lo que hacemos” realmente (hasta entonces no habían entendido la Escritura). A partir de ella vivimos una vida “de resucitados”, una vida nueva, en la que aspiramos a los bienes de arriba, no a los de la tierra. ¿Cuales son estos bienes? Tu lo sabes muy bien: todo lo que Dios nos ofrece y lo que quiere su Voluntad. Pero, ¿a qué aspiras realmente en tu vida?, ¿cuales son para ti tus bienes?

Hay que desear y pedir encontrarnos con Jesús vivo, todos lo necesitamos. Tenemos la certeza del sepulcro vacío y el testimonio de unas piadosas mujeres que lo anunciaron a los apóstoles. Tenemos el testimonio de sus sucesores en la Iglesia y de todos los cristianos de todos los tiempos que han visto y creído desde la fe, muchos de ellos seguro que cercanos a ti. No dudemos Cristo vive, ha resucitado y todos los que somos testigos de ello resucitaremos con Él. Ya vivimos la nueva vida de los redimidos como “resucitados”. Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Ausencia

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Nos encontramos ante el único día en todo el año litúrgico en el que pedagógicamente la Iglesia experimente lo que significa la ausencia de Cristo en nuestra vida. Conmemoramos su estancia en el sepulcro antes de su resurrección, y lo hacemos con las iglesias cerradas y la total ausencia de sacramentos. La Iglesia permanecemos junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección. Es un día del silencio: callan las campanas y los instrumentos, se ensaya el aleluya, pero en voz baja, el altar está despojado, sin vestiduras, el sagrario, abierto y vacío. Es día para profundizar, para contemplar.

Hoy Sábado Santo, estamos en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte de ayer, Viernes Santo, y la resurrección de mañana, Domingo, nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Hoy podemos aprovechar para meditar estos misterios y profundizar en el estado de nuestra vida de fe. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero. Paz que hoy nosotros podemos experimentar si estamos siguiendo su camino. ¿Valoramos lo que tenemos?; ¿lo que se nos ha dado gratuitamente? ¿Estamos jugando con nuestra fe, con nuestra fidelidad a ella? ¿Estamos jugando con “fuego?

No podríamos vivir el día de hoy si no tuviéramos la esperanza que nos ha sido dada con el desenlace final de este Plan. Esta noche se celebra la más importante de todas las celebraciones cristianas, la que conmemora la resurrección de Jesucristo. La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo es la celebración del cumplimiento de todas las profecías y la recuperación vital de la vida de Jesús para no morir jamás, de la cual nosotros participamos como discípulos, hijos e hijas de Dios en Cristo.

La Vigilia, que significa pasar “una noche en vela”, cobra un sentido especial en la víspera pascual porque recuerda el pasaje bíblico (Mc 16, 01) en el que un grupo de mujeres llegan al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús, pero no encuentran su cuerpo. Luego, un ángel se aparece y les dice: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado. Decidles a sus discípulos que vayan a Galilea y allí lo veréis” (Mt 28, 6). Nuestra vida es un continuo viaje a “Galilea” para ver al Señor Vivo de nuestras vidas. ¿Todavía no lo has visto? ¿A que esperas? Déjate llevar por el Espíritu Santo, obedece lo que te indica su Palabra y acaba con su “ausencia” en tu vida, para vivir la vida nueva de los amigos del Resucitado.

Fruto

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Nos impresiona la actitud de Jesús en el desenlace final de su vida, de su misión. Sus palabras son penetrantes, concisas,  no deja de insistir en su mensaje, de reafirmarse en su misión. No se deja llevar pasivamente por los acontecimientos. Sus silencios son tremendamente comunicativos y esclarecedores de la verdad de lo que esta pasando. La Pasión según San Juan es apasionante. La primera lectura de hoy, de Isaías, nos ayuda a comprender el valor redentor de la pasión y al acercamiento al misterio del plan salvífico de Dios.

Se necesita mucha confianza para dejarle actuar a Dios y ponerse en sus manos. Jesús muere fiel al proyecto del Padre, confirma lo que ha sido su vida entera: confianza total en Dios. En la cruz, Padre e Hijo, están unidos por un mismo Amor, no buscan violencia, ni sangre, ni muerte, sino mostrar el amor insondable por sus criaturas. En la carta a los Hebreos, San Pablo destaca que por medio de la pasión el Señor comprende nuestros padecimientos y se compadece de nuestras debilidades. Así, nos ha salvado, ya que esto nos ayuda a acercarnos a Él, a dejarle acercarse a nosotros y a no desconfiar de su gracia que tanto necesitamos. Es una tranquilidad saber que el Señor conoce nuestro corazón, esta al tanto de lo que nos pasa y siempre nos acoge con misericordia. No podemos desperdiciar esto que contemplamos hoy para convertirnos y crecer en el amor.

La dureza de los acontecimientos que celebramos no debe alejarnos o apartarnos de la contemplación de los mismos. No miremos a otro lado, aunque sea nuestra costumbre. Muchas personas en nuestra sociedad están recorriendo, como víctimas inocentes, un viacrucis de forzada explotación y marginación, que se asemeja de alguna forma, al que padeció Jesús. Reflexiona, decide y no dejes de dar fruto en tu vida con tu compromiso activo en obras personales.

El Árbol de la Cruz es fruto de salvación. EL ha hecho brillar su rostro sobre nosotros para que conozcamos como salvar nuestras vidas del egoísmo, de la desesperanza, del vacío de la nada, del abandono de los amigos, del desamor, de la soberbia de la autosuficiencia, del hedonismo de cánones sociales y modas llenas de apariencias. La Cruz nos hace fuertes y valientes de corazón, porque nos enseña a esperar en el Señor. Creo en el amor, fruto de la fe

Postrémonos ante la Cruz, adorémosla de corazón y con obras. Acojámosla sin dudar y con fe para llevarla como fuerza y escuela de vida. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

Amaos

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Nos encontramos en una época en la que la depresión y la angustia son las enfermedades más graves de la sociedad, donde las utopías y grandes ideales han caído.  Vivimos en una época en la que se tiene mucho miedo a perder lo que tenemos, a perder a los que queremos. La inmadurez afectiva y el vacío de valores permanentes, sólidos, es la constante en muchas personas. Las crisis, la CRISIS, nos agobia, nos oprime, nos estresa, porque la entendemos como un momento de cambios negativos, de desastre, de derrotas.

En medio de estos momentos se nos presenta de nuevo la celebración del Triduo Pascual. Cristo redimió al género humano y dio perfecta gloria a Dios principalmente a través de su misterio pascual: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. El Triduo Pascual de la pasión y resurrección de Cristo es, por tanto, la culminación de todo el año litúrgico. Este comienza con la misa vespertina del jueves santo, alcanza su cima con la vigilia pascual y concluye con la oración de vísperas del domingo de pascua; estos tres días forman una unidad, y como tal deben ser considerados. La Palabra de Dios de esta celebración de la Cena del Señor con la que comenzamos el triduo, nos sitúa en el Misterio que transforma la vida de las personas que vivimos en esta época.

Si nos fijamos en la primera lectura leemos: “Y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer”. Según el evangelio de Juan, Jesús murió en el momento en que se sacrificaban los corderos para la cena de Pascua. Tras su muerte, la primera comunidad nos ha legado la interpretación que el mismo Jesús dio a su entrega, comprendida desde el ritual de la cena pascual que hemos escuchado en la primera lectura. Jesús ocupa el lugar del cordero pascual ¿Por qué? Para transformar el mayor acto de iniquidad, la conspiración y ejecución del inocente, en el mayor acto de amor. Para decir la palabra definitiva sobre cómo es Dios, quién es el ser humano y lo que está llamado a ser.

Jesús nos ama hasta el extremo, no con cualquier amor, sino con el amor con el que Dios nos Ama. Esto es muy importante. No podemos comprender todo lo que esta pasando y lo que va a pasar, si no lo vemos desde el amor de Dios. Jesús supera los rituales judíos de la pascua y se ciñe para servir a los apóstoles. El Señor nos ama desde el servicio a nosotros, sirviéndonos. ¿La gente de hoy ama así?¿Nosotros amamos sirviendo a los que amamos?

Su amor “extremista” hace que se entregue totalmente hasta quedarse Él en el pan y el vino, que lo convierten en su Cuerpo y en su Sangre; San Pablo relata ese momento en la carta a los Corintios según la tradición de la comunidad cristiana. No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Amigo que le ha traicionado, amigos que le van a dejar sólo, le van a negar, que huyen y se desdicen muertos de miedo. Así es la humanidad y Jesús, nos ama, ama a la humanidad a la que quiere salvar. No se si somos conscientes de las dimensiones infinitas de este amor y sus consecuencias para nosotros. Es un misterio cuya postura ante el solo puede ser la de acogerlo y vivirlo con fe.

El Señor en medio de todo esto nos dice “amaos como yo os he amado”. Nuestro mundo necesita que nosotros vivamos este amor de servicio, misericordioso, fraternal, que entrega la vida. Necesita que nosotros, nuestras comunidades, con nuestro testimonio les ayudemos a darse cuenta de que tenemos la gracia y la capacidad de reaccionar ante el pecado, la incoherencia y la desproporción como lo hicieron aquellos que le fallaron al Señor en su noche más oscura, recapacitando. La humanidad agraciada por Cristo puede levantarse de sus caídas, reconocer sus errores y ser capaz de lo mejor. Vivamos su voluntad: Amaos.

Triste

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Uno de los aspectos que parece que más esta creciendo en las relaciones humanas es la mentira. El relativismo que se ha instalado en la vida cotidiana y en la visión sobre la vida que tiene la gente, está fomentando que las personas mientan y se vea cada vez más como algo normal y justificado. Lo que antes se justificaba con “mentiras piadosas”, como si fueran correctamente morales, ha dado paso a que “es mentira según como lo veas, quien lo vea, o para lo que te interese”. Es como si la mentira no existiese o fuera una invención de las ideas religiosas trasnochadas. Muchas personas están instaladas en una amoralidad o decadencia ética.

Los cristianos corremos el peligro de entrar en esta dinámica y diluirnos en el ambiente, cayendo en el fondo en esta justificación de la mentira. En estos últimos momentos que Jesús vive antes de su pasión, aparece en el Evangelio este diálogo con los apóstoles mientras preparan la pascua. Una conversación en la que Judas no duda en mentir para ocultar su traición; él la justificaba en su corazón porque Jesús no cumplía sus expectativas políticas y se sentía decepcionado. No quiere recordar que Jesús les dijo que Él es el camino, la verdad y la vida, que es el Hijo de Dios, etc. Y es muy triste que intente engañar a quien es la Verdad, poniéndole incluso a prueba: ¿Soy yo acaso, Maestro?

¿Cuantas veces nosotros nos autoengañamos, o permitimos que nos engañen, y pretendemos engañar al Señor? Es triste esta situación para los apóstoles, para Jesús, para nosotros. No intentes nunca engañar a Dios, es absurdo y es uno de los daños más grandes que te puedes hacer. Tampoco te alejes de Él, como si pudieras ocultarte de Él, o apartar la luz de tu vida para no ver la verdad. La mentira siempre se desvela, siempre se pilla, tarde o temprano. A la larga nunca beneficia realmente, ni provoca un bien definitivo. Lo bueno que tiene, estar cerca del Señor, es que su luz lo alumbra todo y puedes ver sin confusión. Puede liberarte para poder avanzar o cambiar, o resolver todo, y hacer las cosas bien, ser feliz. Isaías no solo profetiza sobre la suerte de Cristo o como lo va a afrontar, sino que también nos describe los beneficios de su redención que nos ayudará a no vivir en la mentira y a no participar de ellas.

Aprendamos del Maestro y, aunque nos podamos jugar nuestra vida, revelémonos siempre contra la mentira, y esforcémonos en la lucha por la verdad en nuestra vida, en nuestros ambientes, en la sociedad. Que no tengamos que entristecernos porque nuestra vida se sujeta en las mentiras o estamos traicionando a la Verdad, al Señor.

Traición

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Todos hemos sido llamados por el Señor para una misión en nuestra vida. Esto es lo que se llama tener una vocación. Así lo expresa Isaías en la primera lectura, Dios lo llamó para ser profeta en su pueblo. Judas, Simon, Juan, etc, también los llamó Jesús para ser apóstoles, testigos del Evangelio, para formar la primera comunidad cristiana. El llama, pero nosotros tenemos que escuchar, reconocer y responder a su llamada. Así viviremos una vida cristiana auténtica: la vida como vocación.

El problema de hoy es que muchos no saben esto, ni siquiera se dan cuenta de ello, y por tanto no se vive la vida como una vocación. Tú, ¿cómo la vives? Esta experiencia vital es la que te manifiesta el amor de Dios por nosotros, que es anterior incluso a nuestro nacimiento, desde el seno materno. El nos ha creado, nos da la vida, nos conoce y sabe lo que podemos llegar a ser; nuestro potencial que  ha depositado en nosotros con los dones que nos ha regalado. Pero nosotros, ¿los conocemos, los aceptamos?, ¿los empleamos y desarrollamos? ¿Cómo respondemos?

Todos los personajes que aparecen hoy en las lecturas respondieron a la llamada de Dios y siguieron su vocación, el camino que Él les ofreció. Pero, nos sorprende la conversación en la última Cena de Jesús con Judas Iscariote y Pedro. Los dos van a traicionar su vocación, van a traicionar el seguimiento de Jesús, a Él. De una forma u otra le van a negar; Judas entregándole al Sanedrín y Pedro dejándole solo en la Pasión. Incluso Juan que aparecerá dando la cara ante la Cruz, huirá en el prendimiento. Esto nos muestra que nuestro seguimiento de Jesús tiene sus altibajos y siempre corremos el riesgo de abandonar nuestra vocación, e incluso, de llegar a negarle o abandonarle o traicionarle en nuestra vida.

El Señor lo sabe, y además, que no todos somos iguales, y que a unos les cuesta más que a otros seguirle, vivir la vocación. Conoce nuestra fragilidad y nuestra pobreza de corazón. Por ello, siempre esta dispuesto a ayudarnos y a levantarnos, a buscarnos cuando nos perdemos, y se adelanta a nuestras necesidades y carencias.

Judas no se arrepintió de su traición y se cerró a acoger a Cristo, a ser fiel a su llamada, con lo que lo perdió todo, hasta la vida. Pedro, en cambio, se arrepintió, abriéndose a la gracia redentora de Jesucristo, acogiéndole sin “peros”, y salvó su vida, convirtiéndose en el primer Papa de la Iglesia, llevando su misión hasta su completa realización, según la voluntad de Dios.

El testimonio de Pedro es nuestra esperanza para superar nuestras “traiciones” y no dejar de convertirnos. Ser fiel al Señor durante toda nuestra vida y en todos los momentos necesita de su ayuda con: su Palabra, los sacramentos y la oración. Repitamos hoy una y otra vez el salmo 70 en nuestro interior para superar caídas, mantenernos fieles a su llamada y no dejar de madurar en nuestra vocación.

Mirad

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Ha comenzado la Semana Santa  y estamos en la recta final de la Cuaresma. Celebramos los misterios centrales y fundamentales de nuestra fe. La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos ha cambiado la vida y es el desenlace que nos salva. La liturgia en estos días nos presenta los últimos días de la vida de Cristo, su última semana, para que nos preparemos para el Triduo Pascual. Son muy importantes  los pasajes que vamos a escuchar o leer durante estos días porque van a ir desvelando la figura y profundidad de la misión del Salvador.

Hoy, Jesús está en casa de sus amigos donde siempre ha acudido para descansar, reponer fuerzas y disfrutar de su compañía; un paréntesis para seguir adelante el camino de su misión. María, como una premonición, sin saberlo,  prepara el cuerpo de Jesús para ser entregado y sacrificado; lo unge con perfume carísimo que el Señor lo  justifica porque algo así sólo podía guardarse para su sepultura. María, la hermana de Marta y Lázaro, no deja de admirar, de contemplar y escuchar a Jesús, a la Palabra hecha carne, y es para ella el más importante, mostrándolo con el gesto de hoy. Para nosotros, es la invitación a que sea el más importante de nuestra vida, a adorar al que es nuestro único Señor, el que libera de sufrimientos, pesos, culpas y complicaciones nuestra vida pecadora con su oferta salvadora de conversión: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.

Cristo es el Siervo de Yahvé que describe proféticamente Isaias en la primera lectura. El nos trae la justicia, la verdad. Es la respuesta a nuestras plegarias y el cumplimiento de la promesa de Dios a su pueblo. El Señor nos cuida y conoce nuestra fragilidad. Por ello, la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Por muy perdidos o apartados que nos sintamos, o si lo estamos pasando mal, el Señor está con nosotros y sabe como ayudarnos. No tenemos que resistirnos, ni tener miedo, no nos quebrantará, ni hará nada que nos perjudique. Así lo creían y sentían los hermanos de Betania. Estar con Jesús, y en estos días que vivimos los cristianos, es llenarse de perfume tan agradable y de tan buen olor en nuestra vida como se lleno la casa de Betania. Este perfume son nuestra fe, nuestra confianza, traducida en buenos pensamientos, palabras y, sobre todo, obras, buenas obras que transforman todo a mejor.

No se si esta cuaresma te ha servido de algo, pero tus sacrificios, decisiones correctas y tu trabajo en buenas acciones por ser cada día más la persona que Dios ama, eso es lo que vale. Vociferar, destacar, o llamar la atención con locuras y utilizando lo que sea, no te va ayudar en tu vida, ni va a salvarte de nada. Mira al que sabe lo que es la vida de verdad, al que nunca te va a engañar, al que te quiere bien de verdad, al que no te abandona, al que ha dado la vida por ti. Mirad, el Señor es mi luz y mi salvación.

Manual

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Comiendo con unos amigos de mis padres en una ocasión, surgía en ellos hablar de su vida religiosa y sus ideas sobre la misma. Siempre que las personas que se dicen creyentes quieren justificar su vida poco o más cristiana, lo hacen diciendo que intentan cumplir los mandamientos y les resulta muy difícil, “es posible sólo para los santos”, o que cumplen los mandamientos porque no matan, ni roban, ni… Para ellos, ser religioso se reduce a una conducta más o menos moral conforme a unas normas que son los mandamientos y ya está.

Pero, podemos afirmar que el llamado “Sermón de la Montaña”, y dentro de él las “Bienaventuranzas”, son el meollo, la médula espinal de todo el Evangelio. Los mandamientos de la Ley de Dios son como “el suelo” por donde caminamos para no “caernos”, lo más básico para vivir moralmente. Ahora, para vivir nuestra fe, la “guía” para caminar en nuestras vidas, para seguir a Jesús y aprender a vivir lo que nos propone, son las Bienaventuranzas.

Ellas, por sí solo, comprimen la Buena Noticia que Jesús ha venido a traer al mundo. Constituyen la línea revolucionaria que trae Dios a la tierra. Las Bienaventuranzas son la norma suprema de conducta del cristiano, seguidor de Jesús. No están redactadas como leyes o mandamientos a manera de imperativo. Son invitación e indicativo de una oferta de transformación en el amor. Son la gran propuesta revolucionaria a la libertad del hombre que, si la acepta, va transformándole en el ideal de persona que Dios proyectó desde su providente plan antes de la creación del mundo. Recordemos aquella cita evangélica que jamás debemos cansarnos de recordar: “por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Efesios 1,4). Para eso hemos sido creados… ¡para nada más!

Las Bienaventuranzas son Evangelio, buena noticia, y por tanto invitación a la alegría. Bienaventurados, dichosos, felices, alegres…Parece que a Jesús se le llena la boca y el corazón de gozo al anunciarlas después de vivirlas Él.

Leyéndolas hoy comprendemos las palabras de San Pablo a los Corintios: lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. La vida cristiana no se trata de vivir normas por las normas, ni de complicarnos la vida. Se trata de hacerse un corazón de pobre, consciente de su vacío que Dios solo puede llenar. Un corazón que no busca poseer sino darse; que se apoya solo en Dios, se pone en sus manos y vive como peregrino, desprendido de lo que no tiene valor absoluto y disfrutando con lo que recibe de Él. Así lo destaca el salmo 145. El corazón de pobre no es orgulloso ni testarudo, ni se hace el centro de nada ni se cree el ombligo del mundo. Dios nos invita a ser pobre de corazón porque este es humilde, sencillo, amable, abierto a los demás y generoso. En mi experiencia, gente así es feliz porque su bondad atrae la simpatía de los demás y recibe lo que da.

Nosotros somos parte de la Iglesia y esta es pueblo de las Bienaventuranzas. Únicamente en ella pueden estas nacer y desarrollarse. Porque en ella Jesús ha puesto los medios necesarios: su Palabra, su presencia real, los Sacramentos, el Magisterio, la Tradición, los santos. No perdamos más tiempo, y en nuestro camino de conversión, pongámonos manos a la obra y utilicemos como guía vital todas y cada una de las Bienaventuranzas.

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