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Andemos en una vida nueva

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Haciendo deporte con una persona que nos hemos conocido hace unos meses, me comentó que una de las cosas que llamó la atención cuando hablamos la primera vez era la paz que transmitía. Me preguntaba porque era cristiano y cómo había encontrado mi fe. Yo le respondí que a quien había encontrado era a Jesucristo y que había cambiado mi vida, de tal forma, que no puedo imaginármela de otra manera. Vivo una vida nueva que crece desde mi interior cada día más y produce esa paz interior que el percibe.

San Pablo en la segunda lectura nos recuerda la fe que tenemos, que nos está salvando, y por la cual tenemos que andar en una vida nueva. Esta es la vida en la que yo me siento y he caminado desde que el Señor tocó mi corazón hace tantos años. Seguro que tú también compartes estas impresiones desde tu experiencia personal. Cuando nos surge la alabanza que describe el salmo 88 en nuestro ser, hemos dado el paso que nos está transformando y estamos viviendo esta vida nueva que viene del Señor ¿Por qué sucede esto? Porque hemos sido bautizados y por tanto sepultados con Cristo en la muerte, para que el mismo Cristo nos resucite a una vida nueva.

Esta semana hemos ido recorriendo en las lecturas de la Misa aspectos y acciones de Dios en los que, a través de la fe, nos van transformando y llevando a una vida auténtica y plena, una vida nueva. Poco a poco, yo voy tomando conciencia de ello y profundizo, y no dejo de caminar en esta vida ¿Tú también lo haces?

Eliseo caminaba en una vida nueva como profeta de Dios y así lo percibió esta mujer principal de Sunén que se convirtió y dio un giro fructífero su vida. Esta vida nueva nos convierte en enviados de Dios por el don y la misión recibidas; el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. No podemos olvidar que también somos testimonio para muchos otros que no viven una vida nueva, sino vieja. Una vida de “pasados”, de perdidos, de vacío, de sin sentido y con hambre atroz de verdad y paz interior.

Nuestra vida es oportunidad, orientación y luz para otros que recibirán su recompensa igual que nosotros la estamos recibiendo. No le demos más vueltas, ni nos quedemos parados o acomodados. Andemos en una vida nueva.

Que suceda según has creído

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hace unos días tuve que llevar el coche al taller para su revisión del año. Como es una herramienta para ayudarme en mi tarea, su uso frecuente le produce el desgaste consecuente. Cuando fui a pagar para recogerlo me sucedió algo imprevisto que nunca me había sucedido antes. Como la factura era de un importe considerable fui a pagar con la tarjeta como de costumbre y no pude, porque ,aunque tenía el dinero, por un error del banco la rechazaba al sobrepasar su límite de pagos. Me encontré sin palabras e imposibilitado para solucionarlo al ser ya muy tarde.

Los empleados del taller me ayudaron en todo momento con las gestiones del banco para poder subsanar el error. Al no poder arreglarlo, me dieron mi coche con la promesa de pagarles lo antes posible. Así pude volver a mi parroquia para celebrar la Eucaristía y continuar mi tarea pastoral. El acto de fe y confianza en mi persona de estas personas hizo que se solucionara una situación muy difícil y embarazosa. Por supuesto, cumplí mi promesa en cuanto pude.

La fe del centurión en Jesús curo a su criado, la fe de Abraham hizo que tuviera descendencia. La fe de Pedro hace que sus suegra se cure. La fe nos lleva a que el Señor actúe en nuestras vidas y que desaparezcan nuestros males y adversidades. La fe transforma nuestras vidas para bien, transformando el mundo para bien. El problema es que esto no sucede cuando nos falta fe y la desconfianza, los reproches y la desesperanza se adueña de nuestra vida. En el Evangelio de hoy de San Mateo, Jesús queda impresionado de la fe de este romano, un pagano que no es del pueblo elegido, de los hijos del reino. Dios quiere siempre actuar en nuestras vidas para curarnos, para ayudarnos para que el bien prevalezca sobre el mal, para acabar con el sufrimiento. Pero requiere que nosotros le dejemos actuar, confiemos en Él y no impidamos o fastidiemos su acción.

Doy gracias a Dios porque hay gente como estos empleados de un servicio oficial de mantenimiento de una conocida marca de coches que confían en los demás, en las personas, y sus actos de fe ayudan a otras personas en los problemas de sus vidas. No están lejos del Reino.

Quiero, queda limpio

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En una ocasión, hablando con un joven que no veía futuro en su vida, le comenté que para nosotros hay muchas dificultades insalvables y empresas irrealizables, pero que para Dios no hay nada imposible. El me compartía que estaba a punto de tirar la toalla con su vida. Aunque se esforzaba y lo había intentado todo, siempre volvía a caer en los mismos errores que habían destrozado su vida y a las personas que quería. Estaba perdiendo la esperanza y, con lo joven que era, ya estaba cansado de todo.

Yo me pregunté en mi interior que le podía decir a este pobre muchacho, derrotado en aquel banco. Me di cuenta que había perdido la fe, no sólo en si mismo, sino en Dios ¿Hasta que punto nos damos cuenta de lo importante y vital que es para nosotros tener nuestra fe? Decidí volverme a encontrar con él y acompañarle en una búsqueda tranquila y sincera del Señor en su vida para recuperar la esperanza.

El leproso de Mateo no había perdido la esperanza porque encontró la fe. Tenía una fe en Cristo que fue por lo que el Señor obró el milagro y le curó. Dicen que la esperanza es lo último que se tiene que perder, pero creo que es la fe porque es la que sostiene nuestra esperanza. Nuestra fe es la que puede impulsar nuestra vida, la que puede transformarla y la que nos da fuerzas para superar todas las dificultades y adversidades. No hay que dejar de crecer en la fe y acercarnos al Señor con la humildad y la confianza del leproso de hoy, porque Él siempre quiere lo mejor para nosotros. Esta persona no sólo quedó limpia de la lepra, de una enfermedad física. Sino más, de una enfermedad espiritual que es más preocupante y determinante. El pecado daña nuestra persona y acaba con ella si no ponemos remedio.

Es de nuevo la salvación, el empeño de Dios y el sentido de su revelación. Salvarnos del mal para que domine en nosotros el bien. Salvarnos del pecado para que domine en nosotros la gracia. Toda una historia de salvación que se muestra hoy en dos momentos significativos: la fecundidad de Abraham, padre de los creyentes y la curación por Jesús de este leproso.

¿Acudes a Jesús con esta fe? ¿Te relacionas con Él con esta confianza?¿Te sientes parte de una historia de salvación?¿Como te ha salvado o te está salvando el Señor?

¿Quién decis que soy yo?

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A lo largo de nuestra vida nos hacen muchas preguntas. Muchas de ellas quizás son sólo operativas de la vida cotidiana y nos afectan poco, las respondemos lo mejor que podemos y algunas con la naturalidad casi automática. Pero hay algunas preguntas que nos afectan de una manera muy importante. Incluso, nos sorprenden radicalmente o pueden producir una revolución o hasta la parálisis de nuestra vida por su oportunidad, profundidad o importancia.

Hoy Jesús hace una pregunta a los apóstoles nada fácil y que no les deja indiferentes. Es una pregunta que ellos deben responder en su vida como también lo debemos hacer todos nosotros: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

“Decir de alguién” es conocer quien es, y en la situación de los apóstoles con Jesús, es responder ante Él y los demás si saben lo que están haciendo en su vida, si son conscientes y han interiorizado lo que implica la respuesta que dieron al Señor cuando les llamó, si conocen al que siguen. Hay momentos en nuestra vida y hay cristianos que no son conscientes que nuestra fe es personal y seguimos a Alguien, a una Persona. Para seguir a Cristo, para vivir cristianamente, para ser sus discípulos,  hay que responder a su llamada y sólo es posible si le conoces. Y para conocerle hay que buscarle, tratar con Él, aprender de sus testigos, vivir su Iglesia y no dejar de pedir que aumente nuestra fe.

Claramente vemos en las lecturas de hoy quienes responden a esta pregunta de Jesucristo: Pedro y Pablo. El primero en el evangelio. El segundo en la segunda carta a Timoteo cuando hace balance de su vida y ministerio desde su conversión y como la ha entregado a la misión que Jesús le ha encomendado.

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Sólo con la ayuda de Dios en el Espíritu Santo podemos llegar a profesar semejante fe, hacer esta afirmación, porque solo Él hace posible que conozcamos al Señor y nos acerquemos al misterio que es. Es el Señor quien además de hacernos esta pregunta nos ayuda a a dar la respuesta. Y esta solo puede ser con nuestra vida, porque al conocerle descubrimos que es el Señor de nuestras vidas y debemos convertirnos, crecer y madurar para que se haga realidad día a día, elección tras elección, experiencia tras experiencia.

A través de San Pedro y San Pablo hemos recibido los medios que nos ayudan a conocer a Jesucristo y poder seguirlo. Ellos sirvieron a la Iglesia naciente y fueron instrumentos eficaces del Espíritu. Hoy nos acordamos especialmente de su sucesor como cabeza de la Iglesia y piedra sobre la que Dios la construye a través de los siglos: el Papa. Unidos en comunión y en la caridad damos gracias a Dios y pedimos por el Papa Francisco para que siga guiando a la Iglesia en esta gran solemnidad de los dos principales apóstoles.

Por sus frutos los conoceréis

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Desde pequeños, nuestros padres nos han enseñado que es muy importante saber escoger nuestros amigos y evitar las malas compañías. Es verdad que esto es muy bueno cuando nos estamos formando y no somos adultos, para poder formarnos como personas bien y hasta tener una personalidad propia y fuerte. Cuando nos hemos hecho mayores, también hemos descubierto que tenemos que estar con todos para poder ayudar a los demás, especialmente a los que no saben diferenciar el bien del mal o son demasiado débiles para optar por ello, para que elijan el bien.

Jesús enseña a los discípulos a saber conocer la verdad de las personas, a saber distinguir lo bueno de la malo en ellas y poder conocerlas mejor para poder proponerles la salvación. Les enseña a discernir sus obras para ver si son de Dios, del bien, o no. Igualmente, es una buena enseñanza para no dejarnos llevar por nadie que no sea el Señor o sus instrumentos. La vida no es blanco o negro y siempre que juzgamos a las personas nos equivocamos. Jesús lo sabe y nos enseña a discernir a través de sus obras, las personas que están cerca de Él de las que no y actúan al contrario.

Pero, no nos confundamos. Es importantísimo estar lo más alejados que se pueda del mal y, sobre todo, de los que actúan con malas obras. Porque el árbol dañado da frutos malos y por mucho que nos empeñemos o nos queramos hacer ideas ilusorias y caigamos en un buenismo vacío y temerario, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Esto es de sentido común y no hay que perder el tiempo en autoengañarnos y actuar en consecuencia.

Esto es válido para todos los ámbitos de la vida y hay que tenerlo en cuenta cuando tomamos decisiones y en nuestras elecciones en la vida cotidiana. También en las circunstancias más complicadas o nada claras, en las que es muy difícil ver la verdad con claridad y actuar, nos ayudará fijarnos en sus frutos por los cuales los conoceremos.

Hacedlo vosotros con ellos

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Estamos preparando en la parroquia el campamento de los niños de este verano. Llevamos trabajando varios meses como conseguir los objetivos que nos hemos propuesto: que aprendan las bienaventuranzas y las tengan como manual de su vida. Parece algo obvio en una parroquia y con niños de los grupos de catequesis. Pero, la realidad es que muchos cristianos no conocen las bienaventuranzas, ni lo importantes que son y, ni mucho menos, son el manual de su vida.

Nos lamentamos del egoísmo de las personas que esta llevando a un individualismo creciente en nuestra sociedad. Pero, no nos interesamos por escuchar a Jesús y profundizar más en el Evangelio, como lo más importante para aprender como vivir. El que dirán, la televisión, mi imagen en las redes sociales, los nuevos ídolos, etc, son a los que escuchamos, los que nos interesan para aprender como vivir. Quizás, ¿no será que nuestro corazón este demasiado pendiente de nosotros mismos?

El lema que hemos puesto en el campamento es “Ciudadanos del Reino”. Cada vez es más importante dejar que el Señor transforme nuestro corazón para salir de nosotros mismos y acabar con este egoísmo que no deja de crecer. Si no somos conscientes que nuestra meta es ser ciudadanos del Reino, del Reino de Dios, estamos perdidos y de nada nos sirve lamentarnos. Para ello, hoy Jesús nos ayuda con uno de los mejores consejos: todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. Este es el antídoto al egoísmo. Los ciudadanos del Reino, nosotros, los que seguimos a Cristo, los cristianos, lo intentamos vivir y esto está cambiando nuestra vida y la de los demás.

Abraham lo vivió y vemos como en la primera lectura de hoy del Génesis, le ayuda a seguir la voluntad de Dios y resolver los problemas del día a día. Es justo que seamos los primeros en hacer las cosas bien y en dar ejemplo, que empecemos por cambiar nosotros; lamentarse y juzgar a los demás es una equivocación y no va a cambiar nada. Lo contrario, lo está estropeando todo. El salmo 14 nos da más pistas para vivir este consejo evangélico como ciudadanos del Reino.

¿Estás dispuesto a seguir haciéndolo con ellos? ¿No lo estas haciendo? ¿No te convence, crees que es imposible, que no funciona? ¿En quién crees? ¿En quien confías? Confía en el Señor, se fiel, no te rindas y verás lo que sucede.

Esperar en su misericordia

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Comentando un día en una de las comunidades de adultos de mi parroquia, hablábamos de los problemas de relación entre las personas, en las familias, en el matrimonio, entre los amigos, en los que formamos la parroquia. Nos dábamos cuenta de que la mayoría de los malentendidos, los enfrentamientos y las situaciones que crean mal ambiente, se producen por la manía o el vicio que tenemos de compararnos.

El problema es que cuando nos comparamos con los demás surgen los juicios, las envidias, los desprecios, los prejuicios, los enfrentamientos, etc. Esto sólo puede venir del maligno, no de Dios. Jesús nos dice en el pasaje del evangelio de hoy claramente que no juzguemos, porque no nos corresponde a nosotros. Es un error compararnos entre nosotros. La experiencia de elección de Abraham que le lleva a abandonar su tierra es la de descubrir que él es único para Dios y se ha fijado en él por quien es. Le ama y le ha elegido para ser el padre de un pueblo que cambiará el curso de la humanidad. Esta experiencia transformó por completo la vida de Abraham y en la primera lectura lo constatamos.

¿Tú te has sentido así alguna vez en tu vida? Necesitamos darnos cuenta que hemos sido elegidos por Dios, que nos ha hecho sus hijos, que nos ama, y que para Él somos únicos, y realmente lo somos. Hasta desde el punto de vista biológico o genético, no hay dos personas en el mundo que sean exactamente iguales. No te digo de espíritu, manera de ser, etc. Entonces, ¿cómo es posible que nos comparemos? El Señor no lo hace.

Para evitar los comparaciones o que estemos todo el día juzgando a las personas, necesitamos que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros. Tenemos que pedir y formar un corazón tan “mísero”, tan pobre en el buen sentido de la palabra, que se ponga en el lugar del otro y lo acoja, lo acepte tal y como es, para poderlo amar como Jesús nos ama. Ya se que no es fácil, pero no es imposible. Incluso, es el camino para madurar en nuestra fe, para quitarnos “la viga del ojo” que no vemos. Por ello, continuamente acogemos el evangelio en nuestra vida para imitarlo y vivirlo, para que el Señor transforme nuestro corazón y acojamos a los demás con misericordia.

Prueba y no pierdas más el tiempo, porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. Espera en su misericordia y no juzgues.

Resucitado

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Siempre en nuestra vida tenemos experiencias y recuerdos que nos llenan de alegría y que guardamos con gran interés y cariño por la satisfacción y la fuerza que nos dan. Algunos son tan importantes que cambiaron y cambian nuestra vida al revivirlos. Hoy estamos ante la experiencia determinante y gozosa que cambió la vida de los apóstoles y los discípulos, que cambió el rumbo de la humanidad y que la ha transformado, y la sigue transformando en nuestros días. Estamos hablando de la resurrección, del encuentro con el Resucitado. Jesucristo, el Viviente, cambió la vida de estas personas y ha cambiado las nuestras.

Tras la meditación y la vivencia del misterio del sepulcro donde permaneció el Señor y su descenso a los infiernos, recuperamos su presencia con la celebración de la impresionante y gozosa Vigilia Pascual. Los personajes que aparecen en el Evangelio de Juan también la recuperan, pero no la que conocían, sino a Jesús transformado. Es la presencia del Resucitado, del que ha vencido a la muerte y se muestra tal cual es, en toda su divinidad y perfección humana como fuente de vida y salvación. Es el que provoca la experiencia fundante que transforma tu vida para bien y la alimenta para ser plena.

Es la experiencia que todo creyente tiene que tener, al menos, una vez en su vida. El otro discípulo y Pedro vieron y creyeron, y a partir de ese momento nada fue lo mismo, su vida estaba transformándose, su fe ha comenzado a madurar. Hay demasiado cristianos de inercia, tradición familiar o costumbre, pero que nunca se han encontrado con el Señor resucitado y, la falta de esta experiencia, hace que su fe sea realmente una serie de ideas superficiales y vagas. Por ello, no pueden dar testimonio, lo viven desde la tibieza  y su fe débil está siempre en riesgo de desaparecer. San Pedro habla en el pasaje de los Hechos desde su propia experiencia dando su testimonio, que es fuerza transformadora de Cristo para los que lo escuchamos, leemos y acogemos.

A veces no caemos en ello, pero es tan vital esta experiencia que nos jugamos nuestra fe, nos jugamos el no perderla y fortalecerla. Hasta que no la experimentamos, “no sabemos lo que hacemos” realmente (hasta entonces no habían entendido la Escritura). A partir de ella vivimos una vida “de resucitados”, una vida nueva, en la que aspiramos a los bienes de arriba, no a los de la tierra. ¿Cuales son estos bienes? Tu lo sabes muy bien: todo lo que Dios nos ofrece y lo que quiere su Voluntad. Pero, ¿a qué aspiras realmente en tu vida?, ¿cuales son para ti tus bienes?

Hay que desear y pedir encontrarnos con Jesús vivo, todos lo necesitamos. Tenemos la certeza del sepulcro vacío y el testimonio de unas piadosas mujeres que lo anunciaron a los apóstoles. Tenemos el testimonio de sus sucesores en la Iglesia y de todos los cristianos de todos los tiempos que han visto y creído desde la fe, muchos de ellos seguro que cercanos a ti. No dudemos Cristo vive, ha resucitado y todos los que somos testigos de ello resucitaremos con Él. Ya vivimos la nueva vida de los redimidos como “resucitados”. Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Ausencia

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Nos encontramos ante el único día en todo el año litúrgico en el que pedagógicamente la Iglesia experimente lo que significa la ausencia de Cristo en nuestra vida. Conmemoramos su estancia en el sepulcro antes de su resurrección, y lo hacemos con las iglesias cerradas y la total ausencia de sacramentos. La Iglesia permanecemos junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección. Es un día del silencio: callan las campanas y los instrumentos, se ensaya el aleluya, pero en voz baja, el altar está despojado, sin vestiduras, el sagrario, abierto y vacío. Es día para profundizar, para contemplar.

Hoy Sábado Santo, estamos en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte de ayer, Viernes Santo, y la resurrección de mañana, Domingo, nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Hoy podemos aprovechar para meditar estos misterios y profundizar en el estado de nuestra vida de fe. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero. Paz que hoy nosotros podemos experimentar si estamos siguiendo su camino. ¿Valoramos lo que tenemos?; ¿lo que se nos ha dado gratuitamente? ¿Estamos jugando con nuestra fe, con nuestra fidelidad a ella? ¿Estamos jugando con “fuego?

No podríamos vivir el día de hoy si no tuviéramos la esperanza que nos ha sido dada con el desenlace final de este Plan. Esta noche se celebra la más importante de todas las celebraciones cristianas, la que conmemora la resurrección de Jesucristo. La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo es la celebración del cumplimiento de todas las profecías y la recuperación vital de la vida de Jesús para no morir jamás, de la cual nosotros participamos como discípulos, hijos e hijas de Dios en Cristo.

La Vigilia, que significa pasar “una noche en vela”, cobra un sentido especial en la víspera pascual porque recuerda el pasaje bíblico (Mc 16, 01) en el que un grupo de mujeres llegan al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús, pero no encuentran su cuerpo. Luego, un ángel se aparece y les dice: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno? No está aquí. Ha resucitado. Decidles a sus discípulos que vayan a Galilea y allí lo veréis” (Mt 28, 6). Nuestra vida es un continuo viaje a “Galilea” para ver al Señor Vivo de nuestras vidas. ¿Todavía no lo has visto? ¿A que esperas? Déjate llevar por el Espíritu Santo, obedece lo que te indica su Palabra y acaba con su “ausencia” en tu vida, para vivir la vida nueva de los amigos del Resucitado.

Fruto

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Nos impresiona la actitud de Jesús en el desenlace final de su vida, de su misión. Sus palabras son penetrantes, concisas,  no deja de insistir en su mensaje, de reafirmarse en su misión. No se deja llevar pasivamente por los acontecimientos. Sus silencios son tremendamente comunicativos y esclarecedores de la verdad de lo que esta pasando. La Pasión según San Juan es apasionante. La primera lectura de hoy, de Isaías, nos ayuda a comprender el valor redentor de la pasión y al acercamiento al misterio del plan salvífico de Dios.

Se necesita mucha confianza para dejarle actuar a Dios y ponerse en sus manos. Jesús muere fiel al proyecto del Padre, confirma lo que ha sido su vida entera: confianza total en Dios. En la cruz, Padre e Hijo, están unidos por un mismo Amor, no buscan violencia, ni sangre, ni muerte, sino mostrar el amor insondable por sus criaturas. En la carta a los Hebreos, San Pablo destaca que por medio de la pasión el Señor comprende nuestros padecimientos y se compadece de nuestras debilidades. Así, nos ha salvado, ya que esto nos ayuda a acercarnos a Él, a dejarle acercarse a nosotros y a no desconfiar de su gracia que tanto necesitamos. Es una tranquilidad saber que el Señor conoce nuestro corazón, esta al tanto de lo que nos pasa y siempre nos acoge con misericordia. No podemos desperdiciar esto que contemplamos hoy para convertirnos y crecer en el amor.

La dureza de los acontecimientos que celebramos no debe alejarnos o apartarnos de la contemplación de los mismos. No miremos a otro lado, aunque sea nuestra costumbre. Muchas personas en nuestra sociedad están recorriendo, como víctimas inocentes, un viacrucis de forzada explotación y marginación, que se asemeja de alguna forma, al que padeció Jesús. Reflexiona, decide y no dejes de dar fruto en tu vida con tu compromiso activo en obras personales.

El Árbol de la Cruz es fruto de salvación. EL ha hecho brillar su rostro sobre nosotros para que conozcamos como salvar nuestras vidas del egoísmo, de la desesperanza, del vacío de la nada, del abandono de los amigos, del desamor, de la soberbia de la autosuficiencia, del hedonismo de cánones sociales y modas llenas de apariencias. La Cruz nos hace fuertes y valientes de corazón, porque nos enseña a esperar en el Señor. Creo en el amor, fruto de la fe

Postrémonos ante la Cruz, adorémosla de corazón y con obras. Acojámosla sin dudar y con fe para llevarla como fuerza y escuela de vida. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás.

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