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Salvados

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No nos hemos parado a pensar lo increíble que era para los discípulos creer a unas mujeres que habían visto a unos ángeles o personas con vestiduras relucientes que les habían dicho que Jesús había resucitado. Lo que a ellas les costó creérselo, ya que lo que pensaban era que habían robado el cuerpo de Jesús. Es sólo cuando se encuentran personalmente con el Resucitado, cuando acaban convenciéndose; lo mismo les pasa a los discípulos de Emaus. Su escepticismo es lógico. Es un acontecimiento que escapa al control humano; rompe el molde de lo estrictamente histórico; no pueden aducirse pruebas que nos lleven a la evidencia racional. La resurrección de Jesús es aceptable únicamente desde la revelación sobrenatural.

Y así ocurre. Hoy celebramos Pentecostés. Jesús resucitado no solo se les aparece a los apóstoles, sino que les trae, tal y como lo había prometido, el Espíritu Santo que se derrama sobre ellos en abundancia y les transforma hasta acabar con su incredulidad y sus miedos. Es el Espíritu que da la paz, la fuerza y el consuelo del Señor. El Espíritu que va a impulsar sus vidas y hablara por sus bocas para que anuncien la Buena Noticia de la salvación. Es el que trae el perdón de los pecados que, en el nombre de Cristo vivo, van a impartir a todo el que se confiese arrepentido. Es la Iglesia naciente, obra de Dios para el mundo.

Empieza una nueva etapa de la acción de Dios, la definitiva en la historia de la salvación, relatada con una amplia escenografía por Lucas en los Hechos, primera lectura de hoy. Se inaugura la comunidad de los salvados que hacen presente y visible la presencia divina en el mundo. A esta perteneces tú o puedes pertenecer ¿Has pensado detenidamente esto?

El Espíritu constituye al grupo de los discípulos en testigos ante todos los pueblos porque la salvación no tiene fronteras, todos estamos destinados a ella, la deseamos, tenemos la posibilidad de ella y es una realidad presente. Por ello, la salvación es entendida por todos, cada uno en su lengua. Así sucede en nosotros; somos testigos que vivimos como y llevamos la salvación a los demás, gracias al Espíritu que dejamos habitar en nosotros ¿Le dejas? ¿Lo pides? ¿Te cuidas para no echarlo?

En este contexto, es muy importante la dimensión comunitaria que se refleja en los pasajes de las lecturas de hoy. Un grupo recibe el Espíritu; un grupo lo anuncia y crea, a su vez, una comunidad de convertidos; un grupo hemos sido bautizados y hay diversidad de miembros y ministerios. Este grupo es la Iglesia, nuevo Israel que se hace misionero al recibir el don del Espíritu Santo y que forma un solo cuerpo con muchos miembros. Nadie puede vivir su fe apartado de este “cuerpo” sin la acción del Espíritu en su vida. Así lo quiere Dios y así nos lo muestra el Señor en su Palabra, en la historia de tantas personas.

El Espíritu permanece derramándose y actuando en las personas sólo en el seno de la comunidad eclesial, como les pasa a los apóstoles y a los discípulos. No funciona y no te salva mantener que “yo creo en Dios pero no en la Iglesia” porque te excluyes y te apartas de la gracia salvífica, del Señor que te salva. El individualismo, la soberbia o el egoísmo lo único que hacen es acabar con la fe, acabar con la persona, acabar con la vida. Con la meditación de la secuencia que hoy se nos proclama en la liturgia, pidamos y bebamos del mismo Espíritu que sigue actuando en la comunidad cristiana, en la Iglesia y no seamos testarudos en planteamientos que no son de Dios.

Tensiones

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

A veces me comentan miembros de la comunidad parroquial que hay tensiones entre unos y otros, entre los grupos o en un grupo, y me lo dicen con mucha preocupación e, incluso, con tristeza o escándalo, como si fuera la primera vez o algo imposible en la Iglesia. Hoy leemos en este evangelio las tensiones ya entre Pedro y el discípulo amado, entre algunas comunidades de la Iglesia naciente. Con lo cual, comprobamos que esto es algo normal que acontece desde el principio.

La Iglesia la formamos personas y todos somos muy distintos entre nosotros con una amplia variedad de visiones, pensamientos y percepciones como de experiencias de fe. Dios es tan inmenso, tan inabarcable que el Espíritu Santo suscita innumerables carismas para impulsar su Iglesia. El seguimiento de Cristo es personal y, por tanto, muy rico en matices según somos cada uno. Esto, vivido humanamente, provoca lógicamente tensiones con las que misteriosamente Dios va “escribiendo recto en renglones torcidos”, construyendo la Iglesia. Lo importante es lo que defiende Jesús en este pasaje: el camino seguido por el discípulo amado y sus carismas específicos. A Pedro le indica que él debe preocuparse fundamentalmente de ser fiel a su misión: seguir el camino de la entrega por el rebaño de Jesús.

Esta indicación del Señor es también para nosotros. Hay que salir de nosotros mismos, de nuestras ideas y sentimientos para conocer al otro, respetarle y acoger la riqueza de su experiencia de fe, de su vivencia del seguimiento de Cristo. Ahí está la acción del Espíritu Santo que edifica la Iglesia. Compartir lo mismo, coincidir en las características, visiones, matices o experiencias, no debe llevarnos al reduccionismo de la fe o de la manera de vivirla. Tampoco debemos caer en la tentación de empobrecer o reducir la Iglesia a un carisma específico o a un planteamiento ideológico antisistema o anárquico.

Jesús nos indica que seamos dóciles a su voluntad, humildes para reconocer la acción del Espíritu en nuestros hermanos, valorarles y respetarles, siendo uno con ellos para llevar a cabo la evangelización. Esto ocurre cuanto estamos preocupados fundamentalmente y centrados en ser fieles a nuestra misión que el Señor nos ha dado en la Iglesia. Así lo vive Pablo y por eso en la primera lectura de hoy aprovecha el tiempo de arresto domiciliario en Roma para predicar a todos el reino de Dios y enseñar con toda libertad interior, sin distracciones, ni pérdida de ilusión o energías en comparaciones, disputas, complejos o imposición a los demás de uniformidades superficiales y absurdas.

¿Cual es tu principal preocupación religiosa? ¿Cuál es tu esperanza fundamental en tu vida, tu meta? ¿Cómo vives la Iglesia y tu participación en su misión? ¿Obsesionándote porque todos piensen lo mismo que tú o hagan y vivan exactamente lo que tu vives? ¿Juzgando a todo el mundo y buscándoles cinco pies al gato para justificarte o censurarles? O ¿has descubierto que no sabes nada, que te queda tanto por descubrir de Jesucristo, de nuestra fe, de la Iglesia, que quieres aprender, experimentar y dejarte sorprender por la acción del Espíritu que la crea y la extiende y que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio?

No pierdas más el tiempo, alejándote del camino. Sigue tu proceso permanente conversión, se fiel, aplica el sentido común y no pierdas la esperanza, porque los buenos verán tu rostro, Señor.

Valientes

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Es muy bueno el informe que leemos hoy en la primera lectura de los Hechos de un funcionario romano, como es Festo, a quien gobierna Galilea: Herodes Agripa II. Es un resumen sobrio, desapasionado y con un tono de lejanía y desinterés (son cosas de judíos, podría haber dicho). Pero nos muestra un paralelismo entre el proceso de Jesús y el de Pablo en la inocencia de ambos ante las leyes del imperio. Así debieron ser casi todas las reacciones oficiales de las autoridades paganas ante el cristianismo naciente. Lo bueno es que viendo clara su inocencia no hicieron nada por aplicar justicia y velar para que la verdad triunfara. Intentaron mantenerse al margen, velando por sus intereses personales o, en el mejor de los casos, por los del Imperio.

Esto nos revela la mediocridad, la cobardía, la incoherencia y el “bajo perfil” humano que suelen tener los poderes de este mundo, embarcados en el “todo vale”, en el “fin justifica los medios” o en el “populismo” y que no es de extrañar que sean fáciles de corromper. Todos estamos expuestos a ello y así nos damos cuenta con esta Palabra de hoy que podemos dejarnos llevar y caer, si no lo hemos hecho ya. El Señor conoce esta realidad y nuestra debilidad, por ello viene a salvarnos.

Jesús se aparece a los discípulos en este pasaje de Juan para reparar la triple negación de Pedro, para sacar fuerza de su debilidad, confiriéndole la misión más importante de la Iglesia. Con la triple confesión de amor de Pedro al Señor, le levanta, restablece la confianza en si mismo al mostrarle la confianza de Dios en él, de verdad. Lo demuestra con el encargo que le hace del cuidado supremo del rebaño, la comunidad pospascual, con un pastoreo que debe asemejarse al de Cristo, que entregó su vida por las ovejas. Esto transformó a Pedro de tal manera que afrontó sus debilidades, su pecado, transformando su vida a mejor hasta llevar su misión a la plenitud, dando la vida hasta el martirio.

Así nos ama el Señor, nos ofrece su perdón si estamos arrepentidos y nos levanta de nuestra debilidad para hacernos fuertes. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos, nos dice el salmo de hoy. El toma siempre la iniciativa, pero tú tienes que acogerla en tu persona y responder con un amor sincero, con un deseo de conversión sincero, con un arrepentimiento auténtico. Para ello, hay que ser valientes, arriesgarse, “pringarse”, esforzarte por vivir coherentemente, y no “ponerte de perfil” ante las injusticias o ante la verdad ¿Cómo? Jesús dice: «sígueme».

Lo hemos recibido

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Alguna vez te has preguntado por qué tienes fe o quién te la ha transmitido o desde cuándo te sientes parte de la Iglesia y por qué. Seguro que sí. Si vas profundizando en el sentido de tu vida y en el conocimiento de uno mismo, van surgiendo estas preguntas fundamentales que es importante encontrar su respuesta auténtica. Buscar en la historia personal de nuestra vida y hacerlo con deseo de verdad, no solo es saludable, sino necesario para cualquier persona. Esto es posible si lo haces contando con el Señor, buscando los dos juntos.

El evangelio de hoy continúa con la oración sacerdotal de Jesús. Jesús pide por los futuros creyentes, por nosotros, por nuestra misión, por la unidad de la Iglesia y que en el futuro participemos en la comunión de la gloria con Cristo. Las manifestaciones que hace son como un informe para que la actividad reveladora y evangelizadora que ha hecho sea continuada por sus discípulos. Los que ahora le hemos conocido, debemos nuestra fe a la predicación de estos que Él envió (los que crean en mi por la palabra de ellos).

Hemos recibido en nuestras vidas el testimonio de fe de muchas personas, unos más importantes que otros. Y su fuerza ha venido por su unidad, una unidad que ha consistido en mantenerse fieles a la palabra de Dios revelada por Jesucristo. Esta unidad de los creyentes ente sí que es fiel reflejo de la unidad del Padre y del Hijo, tiene que ser así para que sea auténtica.

Ahora, ¿te has preguntado alguna vez qué testimonio de fe estás dando tú o si eres fiel a la Palabra revelada, si la vives, si eres coherente, o si te esfuerzas por transmitir nuestra fe a los demás? San Pablo, en la primera lectura de hoy, afronta los retos más difíciles por ser fiel a la palabra revelada de Jesucristo, con inteligencia y lucidez, teniendo claro que posee un tesoro que lo ha recibido, que no es sólo para él y que a su vez tiene la misión de compartirlo con los demás. Así lo tenemos que vivir nosotros.

Pablo no está sólo, recibe la misión del Señor y este está con él para que la lleve a cabo. Tú tampoco estás sólo: el Señor intercede por ti ante el Padre, está contigo y tú estarás con él en su gloria. Además, en su Iglesia está contigo. Somos tantos en este mundo que caminamos juntos con la misión. Participa o sigue participando en la Iglesia. Acude a tu parroquia, a la Familia de los cristianos y siéntete parte de ella. Verás la fuerza con la que transmitirás el tesoro de la fe. Este domingo, celebramos en mi parroquia los escrutinios de adultos y jóvenes que han vuelto a participar en la Iglesia y se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación y algunos, también, el de la Eucaristía. En sus rostros pude contemplar la fuerza transformadora de la Palabra de Dios que los ilumina y les hace fuertes. Todos oramos por ellos e invocamos al Espíritu Santo para que les ayude en el camino de la fe; estábamos emocionados. Es impresionante comprobar la diferencia de estos rostros con los que contemplé hace dos años, que estaban cansados, preocupados, débiles y algo tristes.

Busca un rato a solas, o de camino al trabajo o a clase, repite el salmo de hoy en tu mente, en tu corazón y responde a tus interrogantes.

Unidad

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Seguimos con la oración de Jesús al Padre por todos nosotros, sus hijos. Ahora, pide el Señor por otro aspecto importante para nuestra vida y de la Iglesia: la unidad. La unidad es la única manera de ser fuertes ante las dificultades y es como se puede vencer al mal. Esta unidad no la creamos los hombres, nos la da Dios si permanecemos con Él. Cuando hacemos caso a su Palabra, le obedecemos, vivimos en la verdad y luchamos por ella, rompemos los muros que nos separan y evitamos lo que nos puede alejar y dividir. Al ser la Verdad una, como Dios es Uno, nosotros vamos siendo uno en la comunidad cristiana, en la Iglesia.

Pero, en la primera lectura, Pablo habla de lobos feroces que se meterán entre vosotros. Son las personas que siembran la discordia, la duda, la mentira, deformando la verdad, utilizando la fe para sus intereses egoístas, para que el mal se produzca en nuestras vidas: para que la Iglesia se divida. He sido testigo en varias ocasiones de esto en las parroquias y comunidades eclesiales. Pablo nos advierte que estemos alerta, que nos pongamos en manos de Dios y, de nuevo, que escuchemos y vivamos la Palabra con la que podemos construir la unidad. Que el amor sea una realidad de obras en nuestras vidas, no de meras palabras o intenciones. Los discípulos constantemente luchamos contra el mal, porque queremos e intentamos hacer el bien. Es muy importante ser conscientes que tenemos todas las de ganar, porque Jesucristo ha vencido al mal para mostrarnos cómo hacerlo nosotros; dice el salmo de hoy que el poder de Dios actúa a favor nuestro.

Es verdad que los católicos somos los que más luchamos por la unidad y damos ejemplo de unidad en el mundo, a pesar de nuestras debilidades y pecados. La unidad, como nota de la Iglesia, es imprescindible entre nosotros para poder llevar a cabo nuestra misión, la que el Señor ha encomendado a su Iglesia, para salvarnos. Y, además, es una consecuencia de vivir auténticamente nuestra fe. Por tanto, no podemos perder el tiempo en mediocridades y en dejarnos llevar por los enfrentamientos y divisiones humanas de este mundo, alentadas por los lobos, como si perteneciéramos a el. Tenemos que abrir los ojos, confiar, convertirnos, ceder y no dejar de construir espacios para alcanzar la unidad, para reparar y salvar las diferencias en nuestras comunidades cristianas, en nuestras diócesis.

Siendo realistas, no nacimos ayer, y llevamos toda la historia trabajando entre nosotros por la unidad. Hoy, en este pasaje del evangelio, la pide el Señor por nosotros, siendo consciente de todo lo que hemos hablado. Pero, sin la ayuda de Dios-Espíritu Santo no podremos alcanzarla aquellos a los que me has dado. No dejes de aportar tu granito, busca y vive la unidad.

Alcanzar la gloria

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A Jesús no se le escapa detalle y está en todo, porque nos ama e intercede por nosotros. En la oración al Padre del evangelio de hoy, Jesús ruega por todos nosotros y pide por lo que verdaderamente necesitamos. Necesitamos estar unidos con Él y entre nosotros. Por ello, su unión con el Padre la hace extensible a todos los creyentes y el punto esencial de referencia es la “glorificación” ¿Te has parado alguna vez a pensar o meditar sobre ello?

La “gloria” es lo más divino de Dios en su actividad salvadora. Participar en ello, vivir esta atmósfera, aceptar su manifestación concreta en Jesús, significa participar en Dios mismo. Y esto lo pide Jesús para sí mismo y para los suyos. Ha llegado su “hora”, como nos llegará a todos ¿Qué hora? La misma que le llega a San Pablo en la primera lectura de hoy: la de completar su “carrera”, la de cumplir hasta el final el encargo que le dio el Padre Dios. El Señor nos da una misión para cumplir en nuestra vida. Realizar esta “obra” es el sentido de esta vida y el camino de nuestra realización como personas. Para ello, nos envía al mundo como lo hizo con Jesucristo y con San Pablo, se nos da a conocer y nos enseña la Verdad para que vivamos y podamos alcanzar la meta de esta “carrera”-misión-vida.

Y queremos alcanzar la meta, conseguir realizar esta obra, esta misión, para llegar a la vida eterna. Cuantas veces no nos preguntamos que es la vida eterna. Realmente no tenemos experiencia de ello, ni nadie que conozcamos la tiene. Pero, Jesús si, y nos da testimonio de ello. Lo pide Jesús al Padre, que dé la vida eterna a los que le confió, a nosotros. Y además, nos dice que es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Estamos toda nuestra vida, gracias a la fe, don del Espíritu Santo, avanzando en la “carrera” hacia la vida eterna, hacia la “gloria”.

¡Qué impresionante es vivir esto! Cuanto cambia las cosas. Pero, ¿todos lo vivimos? Te invito a que te unas hoy al salmo 67 y resuene en tu interior. Piensa en mi humilde aportación que comparto contigo en estas palabras y no dudes en cumplir la misión que el Señor te ha dado, dándolo todo hasta el final. Juntos, el Espíritu Santo y tú, venceréis.

Tú puedes

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El encuentro de San Pablo con estos discípulos en Éfeso no nos sorprende para nada. Son personas que se han quedado en el principio del camino en la fe. Habían recibido el bautismo de conversión, el primer paso, de Juan el Bautista, pero no habían recibido el kerigma, no conocían la fe en Jesucristo, ni habían recibido el bautismo cristiano. En definitiva, no tenían el Espíritu Santo, no conocían a Jesús: no conocían a Dios. Pero ellos querían creer y buscaban.

Así están la mayoría de las personas que conocemos. Lo preocupante es que también muchos de nuestros hermanos en la fe, que están bautizados, les pasa lo mismo. Muchos se quedaron en la catequesis que recibieron de pequeños para la primera comunión. Ahora que son adultos, buscan respuestas que necesitan para dar sentido a sus vidas y buscan creer en algo, en alguien, porque no han madurado en la fe que recibieron y la están perdiendo. Aunque nos parezca difícil de creer, todas estas personas nunca se han encontrado personalmente con el Señor. Por ello, no conocen a Cristo y ¿cómo pueden tener fe? Sus vidas no están transformadas, no han cambiado y no se diferencian en nada a la del resto de los mortales. Sabemos que ser discípulo de Jesucristo no consiste en tener un título, ponerse una pegatina, tener un conjunto de ideas, cumplir una serie de normas morales o seguir la inercia de costumbres o de otras personas.

Cuando estás en esta situación te parece muy difícil vivir la fe, te sientes alejado, excluido de la Iglesia, no sabes que hacer y tienes miedo a todo. Al final optas por dejarte llevar por los demás, sobre todo por lo que llamamos “el mundo”, la masa, la moda, lo políticamente correcto, lo que hace “todo el mundo”, intentando en el mejor de los casos hacerte una religión a tu medida. Esto provoca una incoherencia, una falta de sentido en la vida que desemboca en un vacío y una tristeza que poco a poco te desgasta y acaba con la belleza y la esperanza de tu existencia. ¿Quién puede vivir asi? Por ello, estas personas buscan salir de esta situación, salvarse, llenar el vacío, alguien que les ayude.

Jesús nos dice en el evangelio de hoy “yo he vencido al mundo”. Nos lo ha demostrado con su vida, con su resurrección. Si Él lo ha transformado todo en su existencia, en la de los apóstoles, en la de Pablo, en la de María y la de tantos y tantos, como no va a poder transformar tu vida. Es lo que les pasó a estos discípulos en Éfeso, cuando San Pablo les anuncia a Cristo resucitado, vivo y presente gracias al Espíritu Santo. Ellos dieron el siguiente paso y recibieron el Espíritu Santo mediante el bautismo cristiano que les cambió la vida. Ahora nadie les podía parar, ya no hay miedo, sus límites y debilidades ya no son un impedimento para nada, gracias al don de la fe en Cristo con la fuerza del Espíritu pueden vencer al mundo, acabar con sus obstáculos y barreras, hasta las de la comunicación entre las personas. Es el pequeño pentecostés que tiene que acontecer en todos nosotros.

¿Te encuentras en esta situación? ¿Recuerdas cuando te encontraste con Jesús?¿Qué vives? Todos estos años, ¿has seguido formándote cristianamente para madurar en tu fe? ¿Has recibido el sacramento de la Confirmación? Nunca debemos dejar de pedir que venga a nosotros y a nuestras comunidades el Espíritu Santo, de abrirnos y confiar para que actúe y nos transforme, así venceremos al mundo. En Él tú puedes; nadie te quitará la alegría, ni podrá impedir que seas feliz.

Jesús, lugar de encuentro del hombre con Dios

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Todos conocemos a personas que buscan en su vida o en la de los demás, hechos extraordinarios o increíbles. Quizás buscan acontecimientos y sucesos que sean milagros y nunca fruto de la casualidad, sino, causado por “Alguien”: supuestas apariciones, revelaciones misteriosas, curaciones imposibles, sucesos inexplicables y prodigiosos; un lugar, una persona, un día, etc, algo tangible que pueda ver, oír o tocar. Fórmulas “casi mágicas”, palabras o procedimientos que me lleven al misterio, como si fuera una ciencia oculta revelada a unos pocos. ¿Es un camino adecuado para buscar a Dios?

Otras personas, se dan cuenta de esto, y de lo divino, descubren que pueden sacar un partido muy mundano. Esta vía “espiritual” de búsqueda necesita de lo material y eso es oportunidad de negocio. Esta es la situación que Jesús se encuentra en el templo y que aclara en el pasaje del evangelio de hoy: quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

La Palabra de Dios nos centra en el principio de lo importante para el creyente. El decálogo que hoy leemos en la lectura del Éxodo es el “código” de la alianza entre Dios y su pueblo, nosotros. Este establece todas las relaciones que el hombre precisa para realizarse como individuo, ser social y sujeto religioso; por tanto con Dios, con la comunidad y con todos los hombres. Los mandamientos son normas que impiden que tanto el individuo como la comunidad se degraden y vuelvan a la esclavitud, adorando a ídolos, destruyendo la fraternidad, amenazando la vida o la libertad de los demás, impidiéndoles una existencia feliz ¿A qué situación de corrupción e hipocresía había llegado la casta sacerdotal, los fariseos y el templo? No vivían la ley de Moisés.

El templo antiguo, con todo lo necesario para que pudiese cumplir su función sacrificial es sustituido por el nuevo templo: Jesús. Él es el lugar de encuentro del hombre con Dios. Ya no necesitamos intermediarios. Siempre será muy precaria una fe que necesita de los milagros como soporte de la misma (Jn 7,31; 10,42), que se queda en las mediaciones sin madurar, y será “carne de cañón” para estafas y engaños. La bienaventuranza de la fe va dirigida a aquellos que creen sin haber visto (Jn 20,29) que se fían de la palabra o el testimonio de los apóstoles y sus sucesores. Al final del pasaje de hoy de Juan, Jesús no se fía de aquellos que apoyan su fe en obras extraordinarias porque conoce lo que hay en su interior.

Nosotros seguimos a un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Jesús no es solo un profeta reformador, es el Hijo de Dios (designa al templo como la casa de mi Padre). Es el Señor, el Señor de nuestras vidas, en el que esta puesta nuestra fe y nuestra esperanza, y hace que realmente vivamos en el Amor. Creemos y predicamos al Crucificado, pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y Jesús, nuevo templo, resucitó a los tres dias. Él es el cúlmen de la revelación de Dios, todo está dicho y hecho. Señor, tu tienes palabras de vida eterna. Entonces, nada queda por revelar para nuestra salvación, de parte de Dios “no hay nada nuevo bajo el sol”.

Tenemos un Padre bondadoso

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Sabemos muy bien la bondad de Dios para con nosotros, como es un Padre capaz de olvidar todo lo que hemos hecho contra Él. Quizás por propia experiencia o por lo que vemos en la parábola del evangelio de hoy. Pero, no todo el mundo es consciente de esto. Cuantos conocidos viven alejados de Dios, al margen, por los errores de su vida, por creer que Dios no quiere saber nada con ellos, por algo que hicieron o por lo que no han hecho. En el día a día, nos encontramos con muchas personas que sufren y quieren ser indiferentes ante la cuestión de la fe, porque creen que Dios les rechaza o les ha expulsado de su lado, les juzga y les condena.

Creo que hay mucha gente que prefiere creer que Dios no existe porque no soporta la culpa de sus malas acciones o no soporta aceptar que el camino que han elegido en su vida ha sido un error. La no existencia de quien lo sabe y tenía razón o la indeferencia ante la cuestión, puede ser una liberación momentánea, que les trae un pequeño alivio temporal a su carga. Es una lástima que estas personas no conozcan al Señor. Es terrible que se autodestierren a vivir en estas circunstancias de vida, como le paso a aquel hijo pródigo en el país lejano, hambrientos de sentido, de amor que les llene, de esperanza…

Estas personas necesitan nuestra misericordia y nuestra solicitud para salir a su encuentro. Yo he sido testigo de varios casos que buscan, deseosos de que alguien les comprenda y les perdone por sus errores, de que les mostremos el rostro misericordioso de Dios, un Padre que se adelanta, sin saber nada del cambio de actitud de su hijo y, lleno de emoción, le abraza y le perdona.

Mas, creo que parte de la culpa la tenemos los propios cristianos, porque en algunas ocasiones o circunstancias hemos mostrado lo contrario de lo que es nuestro Dios, le hemos ocultado detrás de un rigorismo humano, de una especie de clasismo de falsos perfectos. Nos hemos podido comportar como el hermano mayor de la parábola (que en ella representa a los escribas y fariseos). No comprende la bondad del Padre y no quiere participar de la alegría por la conversión del que se había perdido. Es la “justicia” estricta de los hombres, la que solemos aplicar. Esta no es la “justicia” de Dios. El es «compasivo y misericordioso» dice el salmo 102, se complace en ello, perdona el pecado, extingue nuestras culpas y arroja a lo hondo del mar todos nuestros delitos, dice la primera lectura.

Dejemos de juzgarnos a nosotros mismos y de juzgar a la gente. Contagiémonos de la alegría del Padre que muestra el evangelio. El estilo de vida de Jesús es el de la misericordia y el perdón. Los que se encuentran con Él, el de sentirse perdonados y agradecidos. Es Cuaresma, puedes cambiar, lo puedes intentar, prueba y verás.

La Iglesia, nuevo pueblo de Dios

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La escena descrita en la parábola del evangelio de hoy no era desconocida para los oyentes de Jesús. Las familias de campesinos que tenían arrendadas las tierras a la élite de los latifundistas, apenas les quedaba para su sustento después de pagar a los dueños y los impuestos de los romanos. Esto provocó una gran inestabilidad social. Pero en esta escena los viñadores se atreven a matar al hijo del dueño. Esto era ir demasiado lejos.

Jesús expresa el presentimiento de un final trágico en su misión, semejante al de otros enviados por Dios. Es rechazado por Israel, el pueblo elegido, y el reino se le entregará a la Iglesia. Los viñadores son los jefes del pueblo y se obstinan en no dar los frutos a su tiempo. El dueño de la viña, Dios Padre, le resucitará y nacerá la Iglesia cristiana como respuesta a este rechazo. Aquí entendemos el envío de los discípulos a todos los pueblos con la misión de anunciar la buena noticia de la salvación entregándole el reino a este nuevo pueblo mesiánico.

José es también rechazado por sus hermanos por envidia a lo que Dios hace en él y tienen intención de matarlo. Pero el Señor no deja que fracase su plan de salvación y no permite la muerte de José. El salmo 104 invita a recordar que la mano de Dios acompaña a sus siervos y a su pueblo protegiéndoles y salvándoles.

Nosotros también somos discípulos de Jesús, miembros de la Iglesia, herederos del reino, y tenemos la misión de anunciarlo a todos nuestros coetáneos. Participamos en su plan salvífico y, observar las leyes y los mandamientos del Señor, es la manera de vivir este reino, que respalda este anuncio desde la coherencia de vida con nuestra fe. Además, debe nacer en nosotros como respuesta agradecida a la fidelidad histórica de Dios y a lo que ha hecho y hace por nosotros, aún en riesgo de perder la vida. ¿Te has planteado esto? ¿Lo vives así?

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