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Amaos

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Nos encontramos en una época en la que la depresión y la angustia son las enfermedades más graves de la sociedad, donde las utopías y grandes ideales han caído.  Vivimos en una época en la que se tiene mucho miedo a perder lo que tenemos, a perder a los que queremos. La inmadurez afectiva y el vacío de valores permanentes, sólidos, es la constante en muchas personas. Las crisis, la CRISIS, nos agobia, nos oprime, nos estresa, porque la entendemos como un momento de cambios negativos, de desastre, de derrotas.

En medio de estos momentos se nos presenta de nuevo la celebración del Triduo Pascual. Cristo redimió al género humano y dio perfecta gloria a Dios principalmente a través de su misterio pascual: muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. El Triduo Pascual de la pasión y resurrección de Cristo es, por tanto, la culminación de todo el año litúrgico. Este comienza con la misa vespertina del jueves santo, alcanza su cima con la vigilia pascual y concluye con la oración de vísperas del domingo de pascua; estos tres días forman una unidad, y como tal deben ser considerados. La Palabra de Dios de esta celebración de la Cena del Señor con la que comenzamos el triduo, nos sitúa en el Misterio que transforma la vida de las personas que vivimos en esta época.

Si nos fijamos en la primera lectura leemos: “Y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer”. Según el evangelio de Juan, Jesús murió en el momento en que se sacrificaban los corderos para la cena de Pascua. Tras su muerte, la primera comunidad nos ha legado la interpretación que el mismo Jesús dio a su entrega, comprendida desde el ritual de la cena pascual que hemos escuchado en la primera lectura. Jesús ocupa el lugar del cordero pascual ¿Por qué? Para transformar el mayor acto de iniquidad, la conspiración y ejecución del inocente, en el mayor acto de amor. Para decir la palabra definitiva sobre cómo es Dios, quién es el ser humano y lo que está llamado a ser.

Jesús nos ama hasta el extremo, no con cualquier amor, sino con el amor con el que Dios nos Ama. Esto es muy importante. No podemos comprender todo lo que esta pasando y lo que va a pasar, si no lo vemos desde el amor de Dios. Jesús supera los rituales judíos de la pascua y se ciñe para servir a los apóstoles. El Señor nos ama desde el servicio a nosotros, sirviéndonos. ¿La gente de hoy ama así?¿Nosotros amamos sirviendo a los que amamos?

Su amor “extremista” hace que se entregue totalmente hasta quedarse Él en el pan y el vino, que lo convierten en su Cuerpo y en su Sangre; San Pablo relata ese momento en la carta a los Corintios según la tradición de la comunidad cristiana. No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Amigo que le ha traicionado, amigos que le van a dejar sólo, le van a negar, que huyen y se desdicen muertos de miedo. Así es la humanidad y Jesús, nos ama, ama a la humanidad a la que quiere salvar. No se si somos conscientes de las dimensiones infinitas de este amor y sus consecuencias para nosotros. Es un misterio cuya postura ante el solo puede ser la de acogerlo y vivirlo con fe.

El Señor en medio de todo esto nos dice “amaos como yo os he amado”. Nuestro mundo necesita que nosotros vivamos este amor de servicio, misericordioso, fraternal, que entrega la vida. Necesita que nosotros, nuestras comunidades, con nuestro testimonio les ayudemos a darse cuenta de que tenemos la gracia y la capacidad de reaccionar ante el pecado, la incoherencia y la desproporción como lo hicieron aquellos que le fallaron al Señor en su noche más oscura, recapacitando. La humanidad agraciada por Cristo puede levantarse de sus caídas, reconocer sus errores y ser capaz de lo mejor. Vivamos su voluntad: Amaos.

Triste

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Uno de los aspectos que parece que más esta creciendo en las relaciones humanas es la mentira. El relativismo que se ha instalado en la vida cotidiana y en la visión sobre la vida que tiene la gente, está fomentando que las personas mientan y se vea cada vez más como algo normal y justificado. Lo que antes se justificaba con “mentiras piadosas”, como si fueran correctamente morales, ha dado paso a que “es mentira según como lo veas, quien lo vea, o para lo que te interese”. Es como si la mentira no existiese o fuera una invención de las ideas religiosas trasnochadas. Muchas personas están instaladas en una amoralidad o decadencia ética.

Los cristianos corremos el peligro de entrar en esta dinámica y diluirnos en el ambiente, cayendo en el fondo en esta justificación de la mentira. En estos últimos momentos que Jesús vive antes de su pasión, aparece en el Evangelio este diálogo con los apóstoles mientras preparan la pascua. Una conversación en la que Judas no duda en mentir para ocultar su traición; él la justificaba en su corazón porque Jesús no cumplía sus expectativas políticas y se sentía decepcionado. No quiere recordar que Jesús les dijo que Él es el camino, la verdad y la vida, que es el Hijo de Dios, etc. Y es muy triste que intente engañar a quien es la Verdad, poniéndole incluso a prueba: ¿Soy yo acaso, Maestro?

¿Cuantas veces nosotros nos autoengañamos, o permitimos que nos engañen, y pretendemos engañar al Señor? Es triste esta situación para los apóstoles, para Jesús, para nosotros. No intentes nunca engañar a Dios, es absurdo y es uno de los daños más grandes que te puedes hacer. Tampoco te alejes de Él, como si pudieras ocultarte de Él, o apartar la luz de tu vida para no ver la verdad. La mentira siempre se desvela, siempre se pilla, tarde o temprano. A la larga nunca beneficia realmente, ni provoca un bien definitivo. Lo bueno que tiene, estar cerca del Señor, es que su luz lo alumbra todo y puedes ver sin confusión. Puede liberarte para poder avanzar o cambiar, o resolver todo, y hacer las cosas bien, ser feliz. Isaías no solo profetiza sobre la suerte de Cristo o como lo va a afrontar, sino que también nos describe los beneficios de su redención que nos ayudará a no vivir en la mentira y a no participar de ellas.

Aprendamos del Maestro y, aunque nos podamos jugar nuestra vida, revelémonos siempre contra la mentira, y esforcémonos en la lucha por la verdad en nuestra vida, en nuestros ambientes, en la sociedad. Que no tengamos que entristecernos porque nuestra vida se sujeta en las mentiras o estamos traicionando a la Verdad, al Señor.

Traición

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Todos hemos sido llamados por el Señor para una misión en nuestra vida. Esto es lo que se llama tener una vocación. Así lo expresa Isaías en la primera lectura, Dios lo llamó para ser profeta en su pueblo. Judas, Simon, Juan, etc, también los llamó Jesús para ser apóstoles, testigos del Evangelio, para formar la primera comunidad cristiana. El llama, pero nosotros tenemos que escuchar, reconocer y responder a su llamada. Así viviremos una vida cristiana auténtica: la vida como vocación.

El problema de hoy es que muchos no saben esto, ni siquiera se dan cuenta de ello, y por tanto no se vive la vida como una vocación. Tú, ¿cómo la vives? Esta experiencia vital es la que te manifiesta el amor de Dios por nosotros, que es anterior incluso a nuestro nacimiento, desde el seno materno. El nos ha creado, nos da la vida, nos conoce y sabe lo que podemos llegar a ser; nuestro potencial que  ha depositado en nosotros con los dones que nos ha regalado. Pero nosotros, ¿los conocemos, los aceptamos?, ¿los empleamos y desarrollamos? ¿Cómo respondemos?

Todos los personajes que aparecen hoy en las lecturas respondieron a la llamada de Dios y siguieron su vocación, el camino que Él les ofreció. Pero, nos sorprende la conversación en la última Cena de Jesús con Judas Iscariote y Pedro. Los dos van a traicionar su vocación, van a traicionar el seguimiento de Jesús, a Él. De una forma u otra le van a negar; Judas entregándole al Sanedrín y Pedro dejándole solo en la Pasión. Incluso Juan que aparecerá dando la cara ante la Cruz, huirá en el prendimiento. Esto nos muestra que nuestro seguimiento de Jesús tiene sus altibajos y siempre corremos el riesgo de abandonar nuestra vocación, e incluso, de llegar a negarle o abandonarle o traicionarle en nuestra vida.

El Señor lo sabe, y además, que no todos somos iguales, y que a unos les cuesta más que a otros seguirle, vivir la vocación. Conoce nuestra fragilidad y nuestra pobreza de corazón. Por ello, siempre esta dispuesto a ayudarnos y a levantarnos, a buscarnos cuando nos perdemos, y se adelanta a nuestras necesidades y carencias.

Judas no se arrepintió de su traición y se cerró a acoger a Cristo, a ser fiel a su llamada, con lo que lo perdió todo, hasta la vida. Pedro, en cambio, se arrepintió, abriéndose a la gracia redentora de Jesucristo, acogiéndole sin “peros”, y salvó su vida, convirtiéndose en el primer Papa de la Iglesia, llevando su misión hasta su completa realización, según la voluntad de Dios.

El testimonio de Pedro es nuestra esperanza para superar nuestras “traiciones” y no dejar de convertirnos. Ser fiel al Señor durante toda nuestra vida y en todos los momentos necesita de su ayuda con: su Palabra, los sacramentos y la oración. Repitamos hoy una y otra vez el salmo 70 en nuestro interior para superar caídas, mantenernos fieles a su llamada y no dejar de madurar en nuestra vocación.

Mirad

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Ha comenzado la Semana Santa  y estamos en la recta final de la Cuaresma. Celebramos los misterios centrales y fundamentales de nuestra fe. La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos ha cambiado la vida y es el desenlace que nos salva. La liturgia en estos días nos presenta los últimos días de la vida de Cristo, su última semana, para que nos preparemos para el Triduo Pascual. Son muy importantes  los pasajes que vamos a escuchar o leer durante estos días porque van a ir desvelando la figura y profundidad de la misión del Salvador.

Hoy, Jesús está en casa de sus amigos donde siempre ha acudido para descansar, reponer fuerzas y disfrutar de su compañía; un paréntesis para seguir adelante el camino de su misión. María, como una premonición, sin saberlo,  prepara el cuerpo de Jesús para ser entregado y sacrificado; lo unge con perfume carísimo que el Señor lo  justifica porque algo así sólo podía guardarse para su sepultura. María, la hermana de Marta y Lázaro, no deja de admirar, de contemplar y escuchar a Jesús, a la Palabra hecha carne, y es para ella el más importante, mostrándolo con el gesto de hoy. Para nosotros, es la invitación a que sea el más importante de nuestra vida, a adorar al que es nuestro único Señor, el que libera de sufrimientos, pesos, culpas y complicaciones nuestra vida pecadora con su oferta salvadora de conversión: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.

Cristo es el Siervo de Yahvé que describe proféticamente Isaias en la primera lectura. El nos trae la justicia, la verdad. Es la respuesta a nuestras plegarias y el cumplimiento de la promesa de Dios a su pueblo. El Señor nos cuida y conoce nuestra fragilidad. Por ello, la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Por muy perdidos o apartados que nos sintamos, o si lo estamos pasando mal, el Señor está con nosotros y sabe como ayudarnos. No tenemos que resistirnos, ni tener miedo, no nos quebrantará, ni hará nada que nos perjudique. Así lo creían y sentían los hermanos de Betania. Estar con Jesús, y en estos días que vivimos los cristianos, es llenarse de perfume tan agradable y de tan buen olor en nuestra vida como se lleno la casa de Betania. Este perfume son nuestra fe, nuestra confianza, traducida en buenos pensamientos, palabras y, sobre todo, obras, buenas obras que transforman todo a mejor.

No se si esta cuaresma te ha servido de algo, pero tus sacrificios, decisiones correctas y tu trabajo en buenas acciones por ser cada día más la persona que Dios ama, eso es lo que vale. Vociferar, destacar, o llamar la atención con locuras y utilizando lo que sea, no te va ayudar en tu vida, ni va a salvarte de nada. Mira al que sabe lo que es la vida de verdad, al que nunca te va a engañar, al que te quiere bien de verdad, al que no te abandona, al que ha dado la vida por ti. Mirad, el Señor es mi luz y mi salvación.

Manual

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Comiendo con unos amigos de mis padres en una ocasión, surgía en ellos hablar de su vida religiosa y sus ideas sobre la misma. Siempre que las personas que se dicen creyentes quieren justificar su vida poco o más cristiana, lo hacen diciendo que intentan cumplir los mandamientos y les resulta muy difícil, “es posible sólo para los santos”, o que cumplen los mandamientos porque no matan, ni roban, ni… Para ellos, ser religioso se reduce a una conducta más o menos moral conforme a unas normas que son los mandamientos y ya está.

Pero, podemos afirmar que el llamado “Sermón de la Montaña”, y dentro de él las “Bienaventuranzas”, son el meollo, la médula espinal de todo el Evangelio. Los mandamientos de la Ley de Dios son como “el suelo” por donde caminamos para no “caernos”, lo más básico para vivir moralmente. Ahora, para vivir nuestra fe, la “guía” para caminar en nuestras vidas, para seguir a Jesús y aprender a vivir lo que nos propone, son las Bienaventuranzas.

Ellas, por sí solo, comprimen la Buena Noticia que Jesús ha venido a traer al mundo. Constituyen la línea revolucionaria que trae Dios a la tierra. Las Bienaventuranzas son la norma suprema de conducta del cristiano, seguidor de Jesús. No están redactadas como leyes o mandamientos a manera de imperativo. Son invitación e indicativo de una oferta de transformación en el amor. Son la gran propuesta revolucionaria a la libertad del hombre que, si la acepta, va transformándole en el ideal de persona que Dios proyectó desde su providente plan antes de la creación del mundo. Recordemos aquella cita evangélica que jamás debemos cansarnos de recordar: “por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Efesios 1,4). Para eso hemos sido creados… ¡para nada más!

Las Bienaventuranzas son Evangelio, buena noticia, y por tanto invitación a la alegría. Bienaventurados, dichosos, felices, alegres…Parece que a Jesús se le llena la boca y el corazón de gozo al anunciarlas después de vivirlas Él.

Leyéndolas hoy comprendemos las palabras de San Pablo a los Corintios: lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. La vida cristiana no se trata de vivir normas por las normas, ni de complicarnos la vida. Se trata de hacerse un corazón de pobre, consciente de su vacío que Dios solo puede llenar. Un corazón que no busca poseer sino darse; que se apoya solo en Dios, se pone en sus manos y vive como peregrino, desprendido de lo que no tiene valor absoluto y disfrutando con lo que recibe de Él. Así lo destaca el salmo 145. El corazón de pobre no es orgulloso ni testarudo, ni se hace el centro de nada ni se cree el ombligo del mundo. Dios nos invita a ser pobre de corazón porque este es humilde, sencillo, amable, abierto a los demás y generoso. En mi experiencia, gente así es feliz porque su bondad atrae la simpatía de los demás y recibe lo que da.

Nosotros somos parte de la Iglesia y esta es pueblo de las Bienaventuranzas. Únicamente en ella pueden estas nacer y desarrollarse. Porque en ella Jesús ha puesto los medios necesarios: su Palabra, su presencia real, los Sacramentos, el Magisterio, la Tradición, los santos. No perdamos más tiempo, y en nuestro camino de conversión, pongámonos manos a la obra y utilicemos como guía vital todas y cada una de las Bienaventuranzas.

Autoridad

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¿A quién escuchamos?¿A quien hacemos caso?¿De quién aprendemos?.. Habitualmente cualquier persona lo hace de aquellas personas que tienen autoridad para ella, ya sea por quien es, por el testimonio de su vida, por algo importante que ha hecho, por los vínculos afectivos fuertes que les une, etc.

Nos solemos quejar de nuestra falta de fe, de que no tenemos certeza de que nos preste atención y no vemos que el Señor haga algo. A veces no lo decimos, pero lo pensamos en nuestro interior. Nos cuesta escucharle y aunque en el fondo y detrás de mucha palabrería y justificaciones inconsistentes, sabemos lo que tenemos que hacer. En las lecturas de la liturgia de hoy nos presentan varias personas que reconocen la autoridad, el poder de Dios y tuvieron fe en Él. Por ello, le escucharon, le hicieron caso, le obedecieron y en su vida ocurrieron maravillas, hechos extraordinarias, cosas buenas, acontecimientos importantes que determinaron su vida para bien.

La gente quería escuchar a Jesús, le seguía y acudía a Él. Era tanto y tantos que el Señor pide a los apóstoles que le lleven a la otra orilla para descansar. La verdad es que ante la fe de esta gente por la autoridad que reconocen en Él contrasta la falta de fe de los apóstoles en la barca, su miedo. ¿Con quién te identificas? ¿Cuál es el personaje que más te define? Reflexiona, mira el contexto en el que se encontró en su vida, como se comporta y como responde al final al Señor.

« ¿Pero quién es este? .. » Hasta que no reconozcamos de verdad su poder, su autoridad no podremos convertirnos, no podremos seguirle. La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.

Encomienda

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Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará; estamos viendo estos días como tenemos que convertirnos constantemente y dar testimonio de vida. La fe nos lleva a la confianza en el Señor y confiar nos ayuda a fortalecer nuestra fe. El salmo de hoy nos invita a tener paciencia y descubrir que el tiempo puede estar a nuestro favor, cuando se le deja actuar a Dios.

La paciencia no es solo un don del Espíritu, sino una virtud que adquirimos por ejercerla de forma asidua en los avatares de nuestra vida cotidiana. Hay que tener voluntad de ser pacientes y eso requiere reflexionar sobre nuestra fe y vivirla con entera confianza y abandono convencido en las manos del Señor.

¿Cómo? Como nos lo enseña la parábola que cuenta el Maestro de Vida, Jesús, en el evangelio de hoy. Las parábolas del reino son también una auténtica escuela de sabiduría para la vida. El sembrador no sabe cómo pero pasa el tiempo y haciendo la voluntad de Dios la semilla va creciendo, germinando y da fruto. Lo mismo sucede en nuestra vida, en nuestro proceso de conversión personal. Tenemos que darnos tiempo y unas veces dejar reposar las cosas y otras afrontarlas sin tardar. Lo que determinará este actuar será nuestro discernimiento de las mismas, preguntarle al Señor como lo ve, que piensa de ello, orarlo y dejarnos aconsejar por Él. Es todo un arte que se aprende con la práctica y la voluntad de querer hacerlo.

Es muy importante ser conscientes y aceptar que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y la humildad ante ello y nuestra paciencia serán nuestras poderosas aliadas. Por ello, encomiéndate siempre al Señor y vivir conforme a esta encomienda, El siempre actúa tarde o temprano, en el momento adecuado. Leamos el salmo 36 una y otra vez, nos ayudará.

Testimonio

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos viviendo en una sociedad que cada día vive más al margen de la existencia de Jesucristo. Cada vez más el ambiente general es más indiferente a la fe cristiana.  Todos lo estamos viviendo y experimentamos lo difícil que es ser natural en medio de este ambiente, hablar de nuestra fe y vivir conforme a lo que nos enseña. Uno de los peligros que corremos es camuflarnos en la masa e intentar pasar desapercibidos, llegando a renunciar incluso a nuestros principios cristianos y convertir nuestra fe en un conjunto de ideas vacías y buenos propósitos.

Cuando hablamos de ello en la parroquia, frecuentemente me comentan que al final es como si vivieras una doble vida o múltiples vidas, según con las personas que estés: en el trabajo, en el colegio, con los vecinos, con amigos, en la familia, en la parroquia en casa, etc.

Hoy más que nunca hay que crecer y madurar en la fe hasta niveles que otros puedan decir de nosotros lo que Pablo escribe a Timoteo del testimonio de su fe y de la de su abuela y su madre. No nos damos cuenta a veces, pero Timoteo ha crecido y se ha convertido de esta manera a Cristo,  gracias a la ayuda del testimonio de su familia, de su abuela y su madre. El testimonio de nuestra fe no solo nos beneficia a nosotros, sino también, a los que comparten nuestra vida. Si dejamos de vivir la fe y de hacerlo con coherencia y naturalidad en todos los ámbitos de nuestra vida, pronto no habra ni abuela, ni madre, ni padre…, que de un testimonio que ayude a tantos que no conocen al Señor o que se tienen que iniciar cristianamente.

Jesús hoy nos enseña cual es la actitud con la que tenemos que vivir. Tenemos que ser tierra buena. En esta parábola nos ayuda a comprender la importancia de la Palabra de Dios y cómo nos tenemos que situar ante ella: escuchar, aceptar y dar fruto. El resultado de esta actitud ante su Palabra es una vida de conversión que es testimonio para los demás. Párate hoy a reflexionar sobre ello. Nos estamos jugando mucho  y nuestra persona puede estar en la actitud de “otros terrenos” y la Palabra de Dios no puede arraigar en nosotros, no avanzamos. Incluso, nos podemos estar enfriando y alejando, luchando inútilmente y viviendo una vida esquizofrénica. Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, todo lo contrario, nos ha dado un espíritu de energía, amor y buen juicioNo te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.

Conversión

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El comienzo de un nuevo año es un momento en el que generalmente todos tenemos nuevos propósitos con los cuales queremos mejorar nuestras vidas. Después de la intensa y entrañable celebración de la Navidad, parece que el cambio de año nos trae nuevas energías y una oportunidad de mejorar como personas o cambiar algo que no nos gusta. Los gimnasios se llenan, las matriculaciones en cursos de formación se multiplican, muchos se ponen a dieta, otros hacen planes para ponerse manos a la obra en algún proyecto que llevan mucho tiempo queriendo empezar.

Todos queremos cambiar algo de nuestra persona o vida para mejorar. Somos seres en cambio constante, a medida que el tiempo pasa. La Palabra de Dios nos habla hoy de cambio. San Pablo nos comparte en la primera lectura su experiencia de fe que cambió radicalmente su vida. El evangelio nos habla de conversión, un cambio o un conjunto de cambios que salvan la vida de una persona.

El camino de la vida de fe es un camino de conversión, un proceso constante de cambio que transforma nuestra vida; algo necesario para todo aquel que quiera realmente seguir a Cristo, ser discípulo suyo. Jesús envía a los apóstoles con este mandato: ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. Les envía a provocar y proponer esta conversión a todos sin escepción. Esta es la voluntad de Dios que busca la participación de nuestra voluntad para acoger la llamada y responder libremente a ella, algo que tiene consecuencias: El que crea y se bautice se salvará.

Así se siente Pablo y lo experimenta a lo largo de su vida de fe, acogiendo la voluntad de Dios y llevando adelante su misión como testigo ante todos los hombres, de lo que ha visto y oído. Hoy nos podemos preguntar cuál ha sido nuestra experiencia de fe y cual es nuestra experiencia de conversión. Si acogemos con libertad y apertura de corazón este proceso de cambio continuo o nos cerramos en nosotros mismos y en lo que no nos terminamos de decidir para cambiar.

En este primer mes del año, aprovechamos para dar un impulso a nuestra propia conversión a Cristo. Hay que seguir madurando en la fe dando pasos para que cada día lo vivamos más cristianamente, más según Su voluntad. No dejes de convertirte, de dejar que Él te transforme dentro y fuera. Pero, no podemos olvidarnos que caminamos al lado de otros que también quieren cambiar o están cambiando y quizás quieren convertirse. Comparte este camino, ayudémonos los unos a los otros.

Lo importante

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Que es lo más importante para vivir cristianamente? Esta es la pregunta que me hicieron una vez en la reunión de una comunidad de adultos de mi parroquia. La respuesta la puse en manos del grupo y, en un dialogo participativo, unos dijeron que cumplir los mandamientos, otros que celebrar los sacramentos, otros que ir a Misa, etc. La respuesta la da el mismo Jesús hoy en el evangelio: El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. Esto es lo más importante para un cristiano, es lo propio de los hijos de Dios. Todo lo demás nos ayuda a conocer esta voluntad y a vivirla en nuestra vida.

La verdad es que hay cristianos que se empeñan en hacer cosas muy raras o lo más complicado del mundo para vivir la fe. Otros se enredan en sacrificios físicos tabulados para realizar supuestas fórmulas. Otros lo interpretan de un modo reduccionista, viviéndolo solo desde la moral, o desde la piedad, o desde lo social-caritativo, o desde lo sacramentalista, etc. Pero, no es así.

«He aquí que vengo para hacer tu voluntad», así lo aprendieron los apóstoles y lo enseña San Pablo en su carta a los hebreos. Es la tarea fundamental de todo discípulo de Cristo y para ello Dios nos ha dado a través de su Iglesia todos los medios necesarios para poder hacerla. Nos ayuda a conocer su voluntad: escuchar, leer, meditar, interiorizar… la Palabra de Dios, hacer oración, acudir a los sacramentos, participar de la vida parroquial (compartir la fe en comunidad, formarnos en la fe, hacer revisión de vida en nuestro grupo cristiano de referencia, ayudar como agente de pastoral, etc).

Todos estamos llamados a la santidad porque es la meta de todo el que quiere seguir a Jesucristo, la forma más plena de vivir la vida cristiana; es nuestra vocación universal: Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre ¿Por qué nos perdemos por las ramas o nos empeñamos en complicarnos la vida? ¿Por qué nos cuesta tanto buscar la voluntad de Dios y cumplirla? Quizás porque es más fácil o menos comprometido cumplir ritos o normas a nuestra manera. Quizás porque queremos hacer nuestra voluntad y nos cuesta renunciar a ella. Hay que salir de nosotros mismos y encontrarnos con Él, buscarle, conocerle. Tenemos que repetirnos mucho más y poner voluntad en ello: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

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