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Confía

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En una conversación el otro día con los catequistas de jóvenes de la parroquia, hablábamos de lo que más valoran los jóvenes de hoy. Coincidimos que varias de las cosas que más valoran son: alguien en quien poder confiar, la honestidad y la sinceridad. Todos aprendimos de pequeños que “Jesús es el amigo que nunca falla”. Esto que es obvio en nuestra fe y que aprendimos sin reticencias de pequeños, hoy es muy difícil. La mentalidad científica, empírica que predomina en los jóvenes les impide aceptar esta certeza de fe, porque no es comprobable en un laboratorio, ni medible por ningún aparato técnico.

Quizás a nosotros también nos esté pasando lo mismo. Es muy importante poder confiar en Alguien que no te falle, que no te engañe, que sea sincero y honesto. Alguien en quien poder confiar. Por ello, en el evangelio de hoy, Jesús nos asegura que el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Y así ha sido, es y será. Jesús es el único que es y puede ser esta clase de amigo. Esta es la fuerza del mensaje salvador de Cristo; El es el que nunca te va a fallar porque es fiel hasta la eternidad, y sus palabras están en la Verdad, en el Amor. Lo comprobamos cada vez que hacemos una lectura creyente de la historia y de las experiencias de nuestras vidas.

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza: caminan de baluarte en baluarte. Encontrar a Cristo supone vivir esta historia de amistad verdadera en la que encuentras un apoyo inamovible, una protección y seguridad para nuestra existencia, que te guía por el camino adecuado en medio de la tremenda y complicada lucha entre el bien y el mal, entre “el trigo y la cizaña” en el mundo. Son sus palabras unidas a sus obras las que nos enseñan y alientan en medio de esta lucha para triunfar. Tenemos también la certeza de que Jesucristo ha vencido al mal y que nosotros venceremos con Él. Así nos va transformando como discípulos suyos; las buenas compañías siempre nos ayudan para nuestro bien.

¿Has encontrado a Cristo?¿Le conoces?¿Hasta donde confías en Él?¿Respondes a semejante lealtad en esta amistad personal con Él?¿Cómo?¿Cuáles son tus seguridades/baluartes? No pierdas más tiempo, está cerca el reino de Dios.

Alzad

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Repetimos mucho del refranero español el refrán: “Las apariencias engañan”. Y es verdad. Muchos se mueven en su vida por las apariencias, porque para ellos “el fin justifica los medios”. Ayer, cenando con un amigo, fui testigo de un intento de estafa a mi amigo por parte de una persona que le había comprado su coche. Son estos que ponen propagando en los parabrisas con la publicidad “Te compro tu coche al contado”. Mi amigo se lo vendió y ahora intentaba recuperar lo que le dio y quedarse con el coche, argumentando que le había engañado y lo había dejado tirado. En la conversación por teléfono con él, fui testigo de las artimañas y “malas artes” que estaba utilizando esta persona para engañar a mi amigo. Todo un juego psicológico en el que todo valía, empezando por la mentira sin límites. Y ello por dinero. Gracias a que mi amigo es honesto, sereno e inteligente, con respeto y mansedumbre, fue llevando la conversación y desmontando todos los argumentos del estafador hasta llevarle a un callejón sin salida.

Ahora entiendo el pasaje del evangelio de hoy. Todas estas personas que viven de las apariencias, de mentir, de estafar… son los que desfallecerán por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, los que están muertos de pánico por la llegada final del Señor, los que temen este desenlace que nos presenta la Sagrada Escritura como tremendo. Todo lo contrario de lo que viven las personas que como mi amigo, intentan seguir fielmente al Señor como discípulos. A estos Jesús les dice: cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.

No nos queremos convencer. Todo lo que va en contra del plan de Dios, del amor, desaparecerá, será aniquilado definitivamente; el mal, el sufrimiento, la mentira, la ofensa, el dolor, etc, desaparecerán al final, hasta la muerte. Eso es esperanzador, quien de nosotros no desea que se haga realidad. Los que buscan el Reino de Dios y luchan por vivirlo ya, el alcanzarlo es una auténtica liberación. Tú ¿en que grupo estás? ¿En los que tienen mucho que temer? ¿O en los que no hay nada que ocultar ni temer? La vida nos va a poner a todos en su sitio porque la Verdad sigue el plan de Dios que tendrá su desenlace final. Por lo que creemos y somos, debemos alegrarnos y alzar la cabeza. Todo va a tener un final muy feliz en el Señor, ¿que temes?

Recibido

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Un día en la radio oía una entrevista a una persona con una enfermedad terminal, que daba su testimonio de esperanza, valentía y lucha contra esta enfermedad. Decía que ahora comprendía porqué el Señor le había dado tantos dones, tenía sus principios, le había hecho fuerte en la vida y había recibido tanto. Era para esta etapa final de su vida; tenía que mantenerse fiel, fuerte y aceptar todo lo que le estaba sucediendo sin rendirse, hasta el final.

En el evangelio de hoy Jesús nos garantiza que con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas, que es salvar a la persona, salvarnos en nuestra vida. La verdad es que solemos ser unos “quejicas” o nos lamentamos fácilmente de nuestras desgracias o padecimientos, sin pararnos a analizar lo que hemos recibido para afrontarlos y superarlos. Nuestro Padre es bueno y justo y, como nos enseña la Escritura, no nos pide ni nos permite afrontar más de lo que podemos o nos ha preparado antes para ello. Quizás nuestro problema es de pararnos a pensar y discernir las cosas de nuestra vida, de pararnos a profundizar en nuestra propia existencia, a leer nuestra historia confiando en Él, teniendo fe. No nos paramos, no hacemos suficiente oración, ni escuchamos al Espíritu que habita en nosotros.

De verdad, yo me estoy dando cuenta que el Señor me ha ido preparando, y me prepara para lo que ha de venir. Y no solo para lo malo o adverso,también para lo bueno y ventajoso. Grandes y maravillosas son tus obras, es la admiración que nos causa el descubrir el desarrollo de este plan de Dios en nosotros. Él nos lleva siempre la delantera. Va a infinitos pasos por delante. Y cuando nosotros entramos en un momento, Él ya lo sabía, nos ha dado todo para vivirlo (nos ha preparado), lo vive con nosotros y esta en el resultado de la vivencia: meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Pero, no se nos olvide, para ver esto hay que discernir constantemente en la vida ¿Por qué? Porque no es sólo para nosotros o en nosotros, es también para los demás y en los demás. El Señor abre una ocasión para dar testimonio, para colaborar misteriosamente en este plan de amor, en su Plan de Salvación. Por ello, es necesario también nuestro esfuerzo, nuestra laboriosidad para trabajar lo recibido en nosotros y hacerlo fructificar. No hay que vivir de las rentas, ni dejarse llevar por una fe “del carbonero” sin madurarla, ni ponerla en práctica.

Además, ser conscientes que todo es provisional en este mundo que conocemos y que sólo Cristo permanece. Por ello, nos tenemos que esforzar para no perder energías y tiempo o perdernos en caer en la tentación de agarrarnos a personas, ideas, cosas, etc, como nuestras seguridades para vivir. Porque vendrán todas las naciones y se postrarán ante ti.

Llega

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Una de las conversaciones que menos nos gustan es la de hablar de la muerte. Tanto es así, que la mayoría, no lo hacemos nunca, incluso, cambiamos de tema cuando surge. Parece que sólo tocan este tema los ancianos enfermos o imposibilitados y, a veces, para desearla. Nuestra sociedad oculta la muerte en tanatorios y crematorios, dejándola en lo meramente circunstancial, que pase rápido. Incluso, nos estamos dejando influir por unas costumbres culturales y ajenas a nuestras raíces de fiestas que se ríen de la muerte, banalizándola. Es como si fuera algo optativo o que pudiéramos hacerlo desaparecer o cambiarlo.

No se tú, pero yo soy joven y me doy cuenta que es bueno hablar de la muerte y prepararse para ello, porque es una realidad que nunca cambiaremos y la vivimos todos. Hoy la Palabra de Dios nos habla de ello. El Señor llega a regir la tierra; ha llegado la hora de la siega. La muerte sabemos que es solo un paso, un trance inevitable que tenemos que afrontar todos al final de esta vida. Pero, lo que nos anuncia hoy estas lecturas es que el auténtico final viene detrás de la muerte y es muy bueno, esperanzador y más de lo que podemos imaginarnos. Esperar que el Señor regirá la tierra y todo lo que existe con rectitud y justicia, que Él por fin le convertiremos en Señor de nuestras vidas de verdad y que todos disfrutaremos de su reinado, es afirmar con fe y confianza que todo lo que es contrario a Dios desaparecerá; que todo lo que es contrario al bien, al amor, a la salud, a la Vida, desaparecerá. Esto es impresionante, ¿cómo será? Apenas podemos acercarnos a esta experiencia aquí, en lo que conocemos.

Hay que hablar de la muerte como puerta al cielo, al Reino de Dios pleno. Esto es lo que nos ayuda a vivir ahora nuestra vida, a vivirla desde la fe. A ponernos manos a la obra para empezar a construir ya este Reino. Para que llegue el Señor a regir la tierra, los pueblos con fidelidad. También, va unido a lo poco que hablamos del cielo, de nuestra resurrección. Hay que hablar, pensar, soñar, desear, anunciar, compartir esta esperanza que nace de la promesa que Jesús nos ha hecho.

No se puede seguir a Jesús, vivir cristianamente, sin afrontar personalmente este tema con fe. Lo necesitamos. Por ello, en el evangelio de hoy Jesús les ayuda a los que estaban con Él a “pisar tierra” en la vida, a afrontarlo y mirar al futuro con buenos consejos y empezar ya a construir el Reino que El nos trae. Escúchale, hazle caso, adelante, no tardes más, no huyas, no tengas miedo, Él llega.

Compartir

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Normalmente todos somos sensibles con los más necesitados. Cuando vemos un mendigo por la calle, cuando nos piden o venden algo en los semáforos, cada vez que hay una colecta para Cáritas o ONGs serias que trabajan ayudando a los más necesitados solemos contribuir con algo de dinero o lo que nos piden. En conversaciones con muchas personas, siempre ha surgido en este tema la pregunta: ¿cuanto es lo adecuado que tenemos que dar para contribuir a ayudar a los necesitados o para compartir los bienes en nuestra comunidad cristiana, en nuestra parroquia?

Seguro que tú también te lo preguntas. En la respuesta lo importante no es la cantidad, así nos lo muestra Jesús en el evangelio de hoy con el ejemplo de las personas que depositan donativos en el Templo. Lo importante es “la calidad”. Me explico; el salmo 23 nos dice que del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes, o sea, que todo lo que tenemos, o podamos tener, es del Señor, hasta la vida. Y Él nos lo da para que lo hagamos fructificar y para que lo administremos según su voluntad, según su plan, . Por lo que todo lo que tenemos esta al servicio de la construcción del Reino, que es la misión que tiene la Iglesia y todos los que la formamos. Tenemos que estar dispuestos a compartir todo lo que tenemos a vivir la comunión de los bienes, no solo lo material, sino también lo inmaterial (tiempo, ilusiones, esperanzas, proyectos, conocimientos…). La viudoa echó lo que tenía para vivir, compartió su vida.

Compartir es más que un valor, que un hecho, es una actitud de vida permanente que no se puede desligar de nuestro seguimiento como discípulos de Cristo. Es consecuencia y parte de la liberación que la fe nos trae a nuestra vida: ser desprendido y no esclavo del “tener”. ¿Lo tienes claro? Dar de lo que te sobra no es “el compartir” que tu crees, es solo ser menos egoísta y un primer paso, un “tranquilaconciencias”. Lo generoso, lo de un cristiano, ciudadano del reino, lo que Dios quiere, es poner a disposición de la comunidad cristiana nuestra vida con todo lo que tenemos, la comunión de bienes. ¿Te lo has planteado? ¿Lo vives así? ¿Estás dispuesto? Ése recibirá la bendición del Señor.

Interés

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Habitualmente observo que las personas se mueven por intereses de variada naturaleza y finalidad. Estos pueden ser buenos o malos, según las mismas. Tengamos en cuenta que un interés es un valor o utilidad que en sí tiene una cosa, o un provecho o bien buscado por una persona. El problema es si ese valor o provecho es realmente un bien para la persona, justo, que no perjudica a otros y que es querido por el Señor.

Jesús advierte en el evangelio de este domingo sobre la conducta de los que invitan a un banquete esperando algún beneficio egoísta (intereses malos), doy algo para que me des algo, te invito para que después me invites tú, que suele ser frecuente. Jesús pide algo más a los que le seguimos, pide un cambio de mentalidad que consiste en la gratuidad del amor “desinteresado” de ese tipo de interés, tal como él lo practicó en su vida y lo predicó cuando señalaba las bases del Reino de Dios que había que construir.

Sabemos que la palabra “interés” proviene del latín interesse que significa “importar” y ahí esta la cuestión de fondo en la que entra el Señor: qué es lo que nos importa cuando hacemos algo. Nos habla de tener otro tipo de interés (intereses buenos, los que quiere Dios): el de acercarnos al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las almas de los justos que han llegado a la perfección; el de acercarnos al Mediador de la nueva alianza, a Él, según reza la segunda lectura.

Para ello, la primera lectura del Antiguo Testamento nos da los consejos oportunos: «Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.» En el cristiano al hablar de humildad, de humillarse, es adoptar la actitud que enseña el Maestro en sus palabras: «El que quiera ganar la vida la perderá, pero el que está dispuesto a perderla por mi causa la ganará». Perder para ganar, esta es la disposición última del que ha entendido la necesidad de hacerse pequeño para entender el mensaje de Cristo. No es la negación del “yo”; la humildad no niega la autoestima, sino que la enriquece, la completa, pues nos hace conscientes de que todo proviene de Dios, de que dependemos de Él. Todo lo que somos se sustenta en ese lazo invisible, pero real, con nuestro creador, porque todo se nos ha dado. El humilde toma consciencia de su valor y de su pequeñez ante la obra divina. En consecuencia, la humildad ayuda a aceptar los planes de Dios sobre nosotros y a estar dispuestos a servir, sobre todo a los más necesitados.

El Señor nos quiere enseñar hoy que la salvación será para aquellos que en su vida han prestado atención a las necesidades y carencias ajenas. Para aquellos que han compartido “el interés” de Dios que nace de y nos lleva a su Amor. Así, nuestro interés fundamental, como vimos en otro domingo, tiene que ser atesorar tesoros en el cielo, que los necesitaremos en la resurrección de los justos. Ahí es donde nos pagarán los necesitados a los que hemos servido.

Trabajarse

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No se si conoces alguna persona que va siempre por la vida de víctima. Yo si. Hay personas que, no se sabe por qué, siempre les pasa algo malo o negativo y parece que no es por su culpa, sino que son víctimas. Son personas que van lamentándose con todo el mundo y siempre que tienen ocasión cuentan estas penas a todo el que les escucha. Es cierto que puede ocurrir en algún período del tiempo una situación de infortunios seguidos, pero que esto sea algo permanente mosquea un poco.

La verdad es que mi corta experiencia me dice que estas personas no son siempre las víctimas, y que los males que padecen los exageran la mayoría de las veces o son consecuencia de su negligencia. El evangelio de hoy nos habla de que Dios nos ha dado la vida para que la administremos y lo hagamos bien. Para ello, nos da todo lo que necesitamos para vivir. No se refiere a dar directamente dinero, propiedades, comida… como si cayeran del cielo. Se refiere a que Dios provee de talentos (dones), habilidades, “potencial”, para que las personas, sus hijos, podamos vivir, o sea, salir adelante. La parábola de hoy describe como es esta dinámica de la vida y resalta la necesidad de que nosotros colaboremos en el plan de Dios. Repito: somos administradores de nuestra vida porque es de Dios. Nuestro papel es el de ser buenos “siervos” (administradores) y cojamos lo que nos da y lo empleemos bien, lo trabajemos personalmente y comunitariamente, hasta sacarle el máximo rendimiento posible.

Los talentos que tenemos cada uno hay que descubrirlos primero. Después desarrollarlos para que cada día nos sirvan mejor y nos ayuden. Luego ponerlos al servicio de Dios y de los demás, y aprovechar sus frutos para el bien común; para nosotros y para compartir con otros. Esto implica esforzarse, sacrificarse y levantarse una y otro vez, superando las dificultades. Si Dios nos los ha dado, hay que buscar su voluntad porque sabe como son, como desarrollarlos y como emplear estos talentos. Por ello, hay que trabajarse una relación de amistad con el Señor que a través de la oración, nos ayuda a madurar en el discipulado, en la fe, para poder dar los pasos mencionados.

Si somos unos caras, unos vagos, unos cobardes o unos mediocres, corremos el peligro de refugiarnos en el victimismo para justificar que no hemos hecho nada con nuestros talentos, como el «empleado negligente y holgazán» de la parábola. Somos miembros del «pueblo que el Señor se escogió como heredad» que ha escogido lo necio y lo débil del mundo para salvarnos y mostrar su gloria. Seamos conscientes humildemente de ello y alegrémonos porque Él pone nuestra vida en nuestras manos y las herramientas para hacerlo bien, para triunfar de verdad.

Lo que vale cuesta y hay que trabajárselo y cuando lo hacemos recibimos la recompensa de los frutos de nuestros talentos y estos al ponerlos a trabajar se multiplican continuamente hasta la plenitud. ¿Todavía no te has dado cuenta? ¿A que esperas? No pierdas el tiempo y no huyas de tu tarea.

Prudentes

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Un joven que conozco me comentaba impactado que escribió un mensaje de whatsapp a una amiga que hacía tiempo que no hablaba con ella y sabe que tiene problemas, para felicitarla por su santo, y le ponía una referencia con las virtudes cristianas de la santa y cuando vivió, por si la ayudaba. Le dio una fría respuesta agradeciendo la “lección de historia”, ya que seguro que no conocía que ese día era su santo.

Este joven no pretendía demostrar una sabiduría de palabras o conocimiento, sino destacar las cualidades cristianas que nos ayudan, aprovechar un acontecimiento nacido de la fe para ayudar a su amiga. Y le animé, comentándole que hizo una buena obra y coherente con lo que cree. Dice Pablo que nosotros predicamos a Cristo, «un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios», algo que solo nos damos cuenta los que somos prudentes y tenemos nuestra alcuza llena de aceite, o sea, los que intentamos seguir a Cristo coherentemente, crecer en nuestra fe, formándonos, celebrando y actuando conforme a sus enseñanzas, como lo intenta vivir este joven.

Hay muchos que se encuentran en su vida como las doncellas del evangelio con la alcuza vacía, ya que no están en vela, buscando “sabidurías humanas” de la vida (como en los programas del corazón de la televisión, en las revistas o ciertos libros de autoayuda), creyéndose cualquier cotilleo, superstición, o siguiendo lo que hacen los demás o lo que hace la mayoría. Personas que, aunque son bautizadas, viven un cristianismo mediocre o muy alejados de Dios, preocupados por las cosas materiales o de la fama personal o de sus necesidades. Es como si la cruz fuera para ellos necedad e, incluso, les escandalizara. Se creen, o aparentan, ser sabios de la vida, con una religión o conjunto de creencias a su manera, “customizado”. Como las doncellas imprudentes se creen que todo se consigue con dinero, que se soluciona comprando, hasta la felicidad o la salvación.

El salmo 32 nos da algunos consejos de cómo tener “la alcuza llena” ante el Dios. Nos invita a la confianza en sus planes que son «proyectos de su corazón» que nos llevarán a la salvación, a la felicidad, a la plenitud con Él. Esto es lo que hacen las “doncellas prudentes” del evangelio, personas que piensan acerca de los riesgos posibles que conllevan ciertos acontecimientos o actividades, y adecuan o modifican la conducta para no recibir o producir perjuicios innecesarios, por eso están siempre preparadas para la llegada “del esposo”. Nosotros también tenemos que estarlo, para que cuando nos llegue el momento que tengamos que pasar a la Vida entremos con Él. «Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

Preparados

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El otro día veía un capítulo de una serie de televisión de humor conocida. En el mostraban irónicamente la actitud de unos padres ante la directora del colegio de su hijo. Esta les había llamado para hablar sobre su hijo y estos se preguntaban para qué, porque no tenían ningún interés en acudir a la cita. Estaban demasiado ocupados y ya tenían demasiados problemas para perder el tiempo.

El problema es que su hijo llevaba sin ir a clase tres meses y ni se habían dado cuenta. El episodio era bastante sorprendente por la actitud sui géneris de los personajes: todos intentan eludir su responsabilidad ante los hechos, especialmente los padres que no están ejerciendo su misión. El hijo y los padres han sido pillados por la directora cuando menos se lo esperaban y se enfrenta a una expulsión del colegio.

Esta advertencia que Jesús hace en el pasaje del evangelio de hoy para evitar abandonar la misión que tenemos en nuestra vida, nuestras responsabilidades. San Pablo nos ayuda a caer en la cuenta en la primera lectura de quienes somos, de la misión y sentido de nuestras vidas, como de todo lo que hemos recibido y recibimos para llevarlo a cabo. Es una pena que nos dejemos engañar por el egoísmo, lo fácil y lo inmediato, y nos dejemos llevar por estas actitudes, abandonando nuestras tareas más importantes, y sobre todo, nuestras responsabilidades. Y lo peor de todo es que cuando nos pillan, la soberbia y la cobardía nos llevan a la infantilidad de echarle la culpa al “otro”. Es tremendo, pero cierto. Lo vemos todos los días en la televisión, en los famosos, en los gobernantes, en el trabajo, en la familia, en nuestro alrededor, quizás, en nosotros.

Jesús nos llama a la responsabilidad de administrar nuestra vida conforme a la voluntad de Dios y no a la de otros. De amar a Dios con nuestra vida, obedeciéndole, y llevar a cabo la misión que se nos encomienda con entrega plena, alegría y sin bajar la guardia. No debemos dejar al mal que meta baza y no debemos abandonar en ningún momento nuestras responsabilidades. El Señor nos ayuda, enseñándonos a ser personas, maduras y adultas, cada uno con nuestro lugar en el mundo, con nuestra misión dada por Dios, que no se nos olvide, y que es importante para su plan de salvación. Esto es estar preparados, siendo “criados fieles y prudentes”. Así nos realizamos y avanzamos hacia la felicidad , porque como dice el Señor «bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así».

Honestidad

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Jesús encuentra hoy una persona honesta en la que no hay engaño. Llevamos unos días escuchando al Señor denunciar la hipocresía, la falsedad. Frecuentemente, pensamos que todo estaba mal en nosotros, que solo se ve lo malo, y seguimos como norma de vida el refrán “piensa mal y acertarás”. ¡Que error!

Dios nos conoce mucho mejor que nosotros mismos y ve lo bueno y auténtico que hay en nosotros. Jesucristo nos ayuda a encontrarlo y, sobretodo, a valorarlo y confiar en nosotros mismos. Cada vez que creemos más el Él, creemos más en nosotros mismos, porque Él entra más en nuestro corazón y lo va llenando, transformándolo. Así le pasó a Natanael, que identificamos tradicionalmente con san Bartolomé Apóstol, como comprobamos en este pasaje del evangelio.

La verdad que a medida que maduramos en el camino de la vida cristiana nos damos cuenta de la cantidad de bien que hay en el mundo, del bien que hacen las personas. Yo lo experimento cada día y me lo comparten en la parroquia muchos otros. La liberación que Cristo opera en nuestra vida. Esta hace que seamos más sensibles en la caridad y que veamos con finura espiritual las acciones de los demás, apreciando con amor el bien que hacen hasta los más pequeños detalles que pasan desapercibidos. La fe nos ayuda a ver nuestro entorno con realismo, sin el daño que el pecado hace a nuestra vista y entendimiento, sin engaño.

Como el ángel en la primera lectura lleva a la visión de la Jerusalén celeste radiante y luminosa, ciudad de Dios futura de plenitud del reino para nosotros, el camino de la fe nos va abriendo el corazón, el alma y el entendimiento para vivir ya el reino de Dios en nuestras vidas. La honestidad es signo de su ciudadanía. Pero, ¿nosotros somos honestos? ¿Puede decir Jesús lo mismo de nosotros que de Natanael que luego fue su apóstol?

Cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente experimenta el salmista en el salmo 144. No es tan difícil. Creo que es seguir a Cristo como lo hicieron los apóstoles. Es no tener miedo a avanzar en nuestra fe, no tener miedo a hablar de Él. Es ser valiente y esforzarte para crecer más y más en el don que has recibido. Es dejarte transformar por el Espíritu. No dejes de invocarlo, de confiar en Él, de “abandonarte” en Él. Verás como la liberación de la honestidad te mostrará que ese refrán de los hombres es falso, no vale, ni en tu vida y en la de la mayoría. Seamos honestos.

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