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Fiesta de la Sagrada Familia

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y muchas veces nuestra reflexión pasa a centrarse en la “crisis de la familia cristiana actual” más que en la contemplación del Misterio de la Navidad, pues estamos a punto de concluir la Octava de la Solemnidad. La Fiesta de la Sagrada Familia se celebra en estos días porque se nos quiere hacer entender que todas las “instituciones” humanas han sido asumidas por el Hijo, que quiso ser en todo semejante a nosotros excepto en el pecado. Por eso debemos dirigir nuestra mirada a Jesús, a María y a José y contemplar, como nos invita el papa Pablo VI, la enseñanza de la Familia de Nazaret en la lectura que nos ofrece hoy el oficio de Lectura, su alocución en la visita a Nazaret en 1964.

En la vida familiar oculta en Nazaret, Jesús comienza a entender su misión, allí se inicia el conocimiento de su Evangelio. Allí se aprende a “observar, escuchar, a meditar” cómo Dios se manifiesta a los hombres. Allí se aprende, como nos dice el papa, a comprender la importancia que tiene el ambiente que rodeó la infancia y adolescencia de Jesús para entender su mensaje, su modo de orar, de dirigirse a los hombres. Allí entendemos lo importante que es, también hoy, el contexto en el que se educan los niños y adolescentes; María y José iniciaron a Jesús en la relación con su Padre Dios y aquí encontramos un primer modelo a imitar.

Pero Jesús aprendió también la “disciplina espiritual” de los discípulos de Cristo, cuya primera lección es el silencio; este “hábito del espíritu” es imprescindible para escuchar la voz de Dios que nos guía en medio del tumulto de la vida moderna. Otra lección es la del trabajo que “no es un fin en sí mismo” sino un medio que nos hace comprender la gran altura de la dignidad humana. Y la lección, por último –dice Pablo VI-, de la vida familiar que es “comunión de amor”.

Una bellísima promesa que hace el Señor a cada una de nuestras familias. No nos fijemos hoy en lo que nos falta, sino en el gran don que Dios concede a los discípulos de su Hijo. Bellísima celebración la de hoy.

Episodio de la profetisa Ana

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Con el episodio de la profetisa Ana, Lucas cierra el ciclo del Nacimiento de Jesús. Efectivamente, al final del Evangelio proclamado se afirma que después de cumplir con todo lo que prescribía la Ley, regresaron a Nazaret. Hay varios elementos sobre los que se puede reflexionar en este día:

El primero es tratar de saciar nuestra curiosidad acerca de la cronología de los acontecimientos. Si Lucas nos dice que después de la Presentación en el Templo, es decir, a los cuarenta días, regresaron a Nazaret, ¿dónde se sitúa la huida a Egipto de la que nos habla Mateo? Hay que tener en cuenta que en los relatos de la Infancia de Jesús no importa tanto la cronología si no la narración de los acontecimientos. A Mateo le interesaba remarcar el hecho de que Jesús, como prototipo de Israel, también vivió en Egipto y de este modo, señalar que la profecía “de Egipto llamé a mi Hijo” (cf. Os 11,1) estaba sobradamente cumplida. Lucas insiste, sin embargo, en el cumplimiento de la Ley y de los preceptos rituales y no se preocupa de relatar otros hechos de la Infancia de Jesús; no es que no los conozca, no sabemos si se los contaron, pero aunque los supiese, no los contó porque contó sólo lo que quiso contar. Todos los evangelistas hicieron lo mismo porque no pretendían hacer una biografía de Jesús, sino contar aquello que era necesario para la salvación (cf. Jn 20, 31).

El relato de hoy se centra, en cambio, en una mujer anciana, Ana, llamada profetisa, en la que se concentran todas las esperanzas de Israel. Podríamos decir que ella es una de las que forman el “Resto de Israel” término que acuño el profeta Sofonías al referirse al grupo de gente humilde y pobre llenos de fidelidad hacia Dios, un pequeño grupo que mantendrá firme y vigente la alianza y permanecerá firme en la comunión con Dios. A este pequeño grupo pertenecían María y José y otros justos.

La profetisa Ana nos invita también hoy a nosotros a que mantengamos viva la esperanza de la Salvación, a que, formando un nuevo “resto” anunciemos con nuestra vida y nuestras palabras y obras que el Señor está cerca de nosotros.

Presentación en el Templo

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Hoy se proclama en el evangelio el Misterio de la Presentación en el Templo del Niño de Belén y la Purificación de su Madre la Virgen María. El relato comienza en el versículo 22 del capítulo segundo del evangelio de Lucas, evitando proclamar el versículo 21 que nos habla de la Circuncisión y la imposición del nombre (celebrada en el Calendario anterior el día 1 de enero, justo a los ocho días de la Natividad). En el texto que nos ocupa se hace referencia al cumplimiento de los días, pues según la Ley, el día 40 del nacimiento, todo varón primogénito debía ser rescatado y su madre purificada.

La ofrenda por la purificación es de un par de tórtolas o dos pichones. Esta era la ofrenda de los pobres; quizá este es un detalle programático de la vida de Jesús: el Señor se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9).

Lo que resulta más interesante es que fuera las prescripciones de la Ley, Jesús es también “presentado” en el Templo. Se produce aquí una de las muchas paradojas que se sucederán en la vida de Jesús: los primogénitos eran pertenencia exclusiva de Dios (cf. Ex 13,2.12-13.15) por eso había que rescatarlos, pero aquí en vez de rescatar al primogénito y que vuelva a sus padres no se habla nada del rescate sino del ofrecimiento; Jesús recién nacido “pertenece” a Dios y en esto consistirá toda su vida, en volver al lugar de donde había venido (cf. Jn 16,28), pero en esta ocasión llevando cautivos (cf. Ef 4,8).

Jueves 28 de diciembre. Fiesta de los Santos Inocentes.

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La celebración de la fiesta de los Inocentes está desde siempre ligada a la Octava de Navidad y aunque su ubicación nos sitúa en el plano histórico, los formularios presentan un tinte teológico. En efecto, nos narra el evangelio de Mateo que el rey Herodes, advertido del nacimiento de un Rey para los judíos, mandó ejecutar a los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. Los historiadores nos cuentan que Herodes pensaba que querían arrebatarle el reino, incluso sospechaba de sus hijos llegando, de hecho, a ejecutar a alguno de ellos. El nacimiento de un pretendiente al trono era una amenaza para él.

Pero el hecho histórico que nos relata el Evangelio, se convierte en la celebración de la fiesta en un compendio de la “teología del martirio”. En efecto, lo que las oraciones de la Misa proclaman es que el martirio es siempre, como se manifiesta en este caso, más que una ofrenda del hombre a Dios, una gracia de Dios al hombre. Los niños no pueden dar testimonio de palabra, ni defenderse con los miembros, es la entrega de su vida y el derramamiento de su sangre lo que habla por ellos.

La victoria de los Inocentes no es originalmente fruto de su entrega si no don de Dios, que como afirma Juan en su primera carta: “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”.

Miércoles 27 de diciembre. Fiesta de san Juan Evangelista

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San Juan, identificado con el discípulo amado, el que en la última Cena se recostó sobre el pecho del Señor, es el evangelista que nos pone en contacto con la intimidad de Jesús. De hecho es uno de los elegidos que participó y por eso fue testigo de acontecimientos como la Transfiguración, la resurrección de la hija de Jairo, la Agonía en Getsemaní, fue el único que estuvo presente en la Crucifixión y el que, Junto con Pedro, halló el Sepulcro vacío. Todo esto, justo con otras muchas cosas que no nos narran los evangelios, porque lo que se ha consignado se ha hecho para que tengamos vida (cf. Jn 20,31), formaría parte de la memoria cotidiana del Apóstol, hasta que finalmente lo puso por escrito en su Evangelio, en las tres Cartas y en el libro del Apocalipsis.

Juan nos ha regalado en el Prólogo de su evangelio la reflexión más elevada del Misterio de la Navidad que escuchamos reiteradamente en estos días, pero también comenzamos a escuchar hoy y lo haremos durante todo este tiempo de forma casi continua en la Primera lectura de la Misa, sus tres cartas.

Dos o tres son las ideas centrales de sus escritos que aparecen ya en las lecturas de hoy: Dios es Amor, Cristo lo ha manifestado y este es su “testamento” para sus discípulos; Jesús y su mensaje no son un conjunto de historias bonitas que recordamos en las celebraciones Eclesiales, es Alguien real, “lo que hemos visto y oído, lo que tocaron nuestras manos”, un Hombre real, no una serie de mandamientos que hay que cumplir o una serie de actitudes que debemos procurar en nuestra vida; y, por último, lo que vemos y oímos, lo que tocamos cotidianamente del Verbo de la Vida, nos conduce a la fe, (“vio y creyó”), y de esto es de lo que hablamos, acerca de lo cual damos testimonio.

Martes 26 de diciembre. Fiesta de san Esteban Protomártir.

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Nos puede sorprender que en la Octava de Navidad se celebren diversas fiestas que parecen interrumpir el gozo natalicio transformándolo en lamentos por la celebración del martirio, pero hay que comprender que la Fiesta de Navidad, aunque celebra un hecho histórico, lo hace desde un punto de vista teológico. De hecho, la fiesta de san Esteban, el primero de los mártires, celebrada en toda la Iglesia desde muy antiguo en la Octava de Navidad, pone de relieve el destino o la finalidad para la que el Hijo de Dios se hace carne: nobis natus- nobis datus (cf. Himno Pange lingua) nace para entregarse, es Amor en el pesebre y sufrimiento en la Cruz, nace para morir y de este modo testimoniar el Amor del Padre.

Así la fiesta de san Esteban es el correlato de la Navidad. El relato del martirio del primero que rubricó con su sangre el ser seguidor de Jesús, nacido en Belén, que escuchamos en la primera lectura, está construido con la “plantilla” de la Pasión de Cristo y cumple la profecía de Jesús en el Evangelio que se proclama en la celebración Eucarística.

No es necesario huir de lo entrañable que resulta la celebración de la Natividad del Señor; es, de hecho, el signo más caritativo y misericordioso de Dios para con el hombre, pero tenemos que dejar a un lado el sentimentalismo barato al que estamos acostumbrados a empaparnos en Navidad. La cosa es mucho más seria. El Señor se hace hombre para amarnos hasta el extremo, y nos invita a que, como san Esteban, le sigamos en su vida y en su muerte, dando testimonio, así, del amor que Dios nos tiene.

Lunes 25 de diciembre. Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

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Celebramos el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué significa esto? Esta es una pregunta que ha ocupado la vida de Juan el Evangelista de cuyo Evangelio hemos escuchado parte del primer capítulo, el Prólogo. Este “himno” que es como el culmen de la meditación de toda la existencia del Apóstol, se nos propone hoy a nosotros para que nos introduzcamos en el Misterio que celebramos: la Encarnación del Verbo y la Manifestación de su Gloria.

El que nace en Belén, al que los pastores encuentran envuelto en pañales recostado junto a su Madre, es el Verbo eterno de Dios, que ha asumido nuestra naturaleza pecadora hecha de polvo y que debe retornar a la tierra. Es el que estaba desde el “principio” junto al Padre y que comparte su Naturaleza Divina. Aquel por el que todo fue hecho, el “Modelo” de la Creación especialmente de la del hombre, la fuente de todo lo que existe. Se hace hombre porque el hombre, hecho a su imagen, vivía en la tiniebla, porque a lo largo de la historia (de Salvación) había rechazado la Luz manifestada en la Obra de Dios y proclamada por los Profetas. Viene para ser acogido, para dar una nueva oportunidad al hombre, más aún, para que pueda llegar a ser hijo de Dios (cf. Jn 1,12).

Nunca jamás Dios se ha hecho tan cercano al hombre, por eso este Misterio que atraviesa el tiempo se pone año tras año delante de nuestros ojos para que con mirada contemplativa nos adentremos en esta verdad fundamental; el mundo, nuestra vida sólo cambiará si fijamos nuestra mirada en la Luz de la Encarnación, en la realidad de Dios que se hace carne, que viene a buscarnos a cada uno en nuestra tiniebla, a levantarnos de nuestras caídas, a sanar nuestras enfermedades y dolencias, a perdonar nuestros pecados y a ofrecernos una nueva vida de cuya plenitud ni ojo vio, ni oído escuchó, ni nadie puede imaginar ni esperar jamás.

Por esto hoy nos saludamos con entusiasmo diciendo Feliz Navidad, porque no podemos callar lo que hemos visto y oído, aquello que se nos ha revelado. Hoy más que nunca el mundo desea amanecer con este saludo, con esta noticia: “hoy en Belén de Judá, ha nacido el Mesías, el Señor”.

Domingo XVII del Tiempo Ordinario.

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Al escuchar las Lecturas que nos propone hoy la Liturgia no podemos dejar de preguntarnos cuál es nuestro tesoro, cuál es la perla por la que somos capaces de venderlo todo, de dejarlo todo. Todos tenemos un tesoro y una perla: unos son los bienes materiales, otros la fama, otros uno mismo… pero hay tesoros y perlas que se disfrazan de bien y que no nos dejan elegir, como Salomón, al Señor; éstos son muchas veces nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestra familia, nuestros hijos, incluso nuestra parroquia, asociación o movimiento. Es necesario recordar las palabras de Jesús: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” y “el que deja casa, padre, madre y hermanos por el Reino de los cielos, recibirá el ciento por uno”.

Nos pueden parecer unas palabras muy radicales… está bien dedicar un rato a la semana al Señor, cuando nos vamos haciendo mayores, está bien dedicarle, incluso, un rato al día… Si somos muy generosos y altruistas podemos involucrarnos más en las tareas parroquiales y sociales, podemos ir todos los días a Misa y rezar. Algunos pueden dedicar su vida al Señor, pero yo… Podemos hacer mil cosas buenas, que nuestras prioridades sean lícitas y justas y que nuestro tesoro verdadero no sea el Señor. Probablemente, si echamos un vistazo a nuestro interior de forma sincera sea así… Este es el primer paso. Sabiendo dónde está nuestro tesoro sabremos dónde tenemos el corazón y entonces podremos ponernos de rodillas delante del Señor para pedirse que se haga el centro de nuestra vida. Vender todo y seguir a Jesús es el desafío más grande de nuestra vida… El joven rico, que cumplía todos los mandamientos, que era, a los ojos del mundo, bueno moralmente, no fue capaz. ¿Y yo?

Nos sorprenderemos: “Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti”, y además, la Vida eterna.

Memoria de Santa Marta

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Hoy celebramos la memoria de santa Marta, hermana de Lázaro y de María (identificada erróneamente con María Magdalena, considerada siempre más importante y por eso se celebra a su hermana en el último día de su octava), y aunque podríamos escuchar en el Evangelio de la Misa alguno de los episodios en los que ella aparece, continuamos con la lectura del Evangelio de Mateo en el que se nos presenta un capítulo dedicado a las parábolas de Jesús. Estamos con las “parábolas agrarias” las que hablan del sembrador y de la semilla. No son unas parábolas difíciles porque tenemos la explicación de Jesús. Pero podemos profundizar en ellas: Jesús es el Sembrador que esparce la semilla de su Palabra en nuestro corazón, pero, y nosotros lo sabemos bien, hay otros sembradores que también esparcen su semilla; son el enemigo al que hoy podríamos poner muchos nombres: la televisión y otros medios de comunicación, el consumismo, el modelo social, las leyes injustas aprobadas por todos, pero que no por eso dejan de ser injustas… Por nuestros ojos, por nuestros oíos entra mucha semilla junto con la Palabra de Dios, y sin darnos cuenta crece y aparece junto al buen fruto. Sea como sea, llega un momento, en la siega, en el que tenemos que decidir con qué fruto queremos quedarnos, si el trigo o la cizaña; ambas no pueden darse juntas hasta el final porque una sirve para convertirse en harina y pan que alimenta y la otra está destinada a quemarse en el fuego y que se convierta en ceniza.

No significa esto que no debamos escuchar otras palabras que la Palabra de Dios, vivimos en el mundo donde conviven muchas doctrinas, pero sí es necesario que seamos críticos y aprendamos a discernir… hay palabras que dan vida y otras no. No se trata de rechazar por rechazar si no de elegir lo bueno, lo mejor, aquello que nos hace más libres, más felices y esto es siempre la Palabra de Dios.

Viernes XVI del Tiempo Ordinario

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En la doctrina católica el Antiguo Testamento se lee a la luz de la Revelación de Jesucristo, es decir, a la luz del Nuevo Testamento. Cuando nos encontramos unas lecturas como las que nos propone hoy la Liturgia podemos pensar que existe cierta contradicción, o más bien, que se nos proponen dos caminos diversos: o cumplir los mandamientos que se entregaron a Moisés en el Libro del Éxodo o aceptar la propuesta del Jesús en el Evangelio. No se trata de una cosa o de la otra, si no de las dos. Tenemos que entender el cumplimento de los mandamientos en la dinámica del seguimiento que nos propone Jesús.

Cumplir la ley mosaica podríamos decir que es el mejor modo de preparar la tierra para que la semilla de la Palabra de Dios dé fruto; pensar así, sería en el fondo pensar que existe una división entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cumplir los mandamientos, tal y como los presenta el Libro del Éxodo, no es diferente del seguimiento que nos propone Jesús, porque la Ley propone una relación con Dios: “Yo soy el Señor, tu Dios” comienza diciendo el Éxodo. En el Antiguo Testamento la relación que Yahweh propone al hombre se hace a través de signos; en el Nuevo Testamento la relación con Dios pasa a través de Jesucristo. Por eso el cumplimiento de los mandamientos es ya parte del fruto que produce la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón, pero esto es sólo un pequeño porcentaje del fruto; estamos llamados a dar el ciento por ciento, a amar incluso a los enemigos, y esto sólo es posible si nos hacemos verdaderos discípulos de Jesús dejando que Él sea todo. Más aún, siguiendo a Jesús daremos un fruto del ciento por uno.

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