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Domingo XVII del Tiempo Ordinario.

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Al escuchar las Lecturas que nos propone hoy la Liturgia no podemos dejar de preguntarnos cuál es nuestro tesoro, cuál es la perla por la que somos capaces de venderlo todo, de dejarlo todo. Todos tenemos un tesoro y una perla: unos son los bienes materiales, otros la fama, otros uno mismo… pero hay tesoros y perlas que se disfrazan de bien y que no nos dejan elegir, como Salomón, al Señor; éstos son muchas veces nuestro trabajo, nuestros estudios, nuestra familia, nuestros hijos, incluso nuestra parroquia, asociación o movimiento. Es necesario recordar las palabras de Jesús: “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” y “el que deja casa, padre, madre y hermanos por el Reino de los cielos, recibirá el ciento por uno”.

Nos pueden parecer unas palabras muy radicales… está bien dedicar un rato a la semana al Señor, cuando nos vamos haciendo mayores, está bien dedicarle, incluso, un rato al día… Si somos muy generosos y altruistas podemos involucrarnos más en las tareas parroquiales y sociales, podemos ir todos los días a Misa y rezar. Algunos pueden dedicar su vida al Señor, pero yo… Podemos hacer mil cosas buenas, que nuestras prioridades sean lícitas y justas y que nuestro tesoro verdadero no sea el Señor. Probablemente, si echamos un vistazo a nuestro interior de forma sincera sea así… Este es el primer paso. Sabiendo dónde está nuestro tesoro sabremos dónde tenemos el corazón y entonces podremos ponernos de rodillas delante del Señor para pedirse que se haga el centro de nuestra vida. Vender todo y seguir a Jesús es el desafío más grande de nuestra vida… El joven rico, que cumplía todos los mandamientos, que era, a los ojos del mundo, bueno moralmente, no fue capaz. ¿Y yo?

Nos sorprenderemos: “Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti”, y además, la Vida eterna.

Memoria de Santa Marta

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos la memoria de santa Marta, hermana de Lázaro y de María (identificada erróneamente con María Magdalena, considerada siempre más importante y por eso se celebra a su hermana en el último día de su octava), y aunque podríamos escuchar en el Evangelio de la Misa alguno de los episodios en los que ella aparece, continuamos con la lectura del Evangelio de Mateo en el que se nos presenta un capítulo dedicado a las parábolas de Jesús. Estamos con las “parábolas agrarias” las que hablan del sembrador y de la semilla. No son unas parábolas difíciles porque tenemos la explicación de Jesús. Pero podemos profundizar en ellas: Jesús es el Sembrador que esparce la semilla de su Palabra en nuestro corazón, pero, y nosotros lo sabemos bien, hay otros sembradores que también esparcen su semilla; son el enemigo al que hoy podríamos poner muchos nombres: la televisión y otros medios de comunicación, el consumismo, el modelo social, las leyes injustas aprobadas por todos, pero que no por eso dejan de ser injustas… Por nuestros ojos, por nuestros oíos entra mucha semilla junto con la Palabra de Dios, y sin darnos cuenta crece y aparece junto al buen fruto. Sea como sea, llega un momento, en la siega, en el que tenemos que decidir con qué fruto queremos quedarnos, si el trigo o la cizaña; ambas no pueden darse juntas hasta el final porque una sirve para convertirse en harina y pan que alimenta y la otra está destinada a quemarse en el fuego y que se convierta en ceniza.

No significa esto que no debamos escuchar otras palabras que la Palabra de Dios, vivimos en el mundo donde conviven muchas doctrinas, pero sí es necesario que seamos críticos y aprendamos a discernir… hay palabras que dan vida y otras no. No se trata de rechazar por rechazar si no de elegir lo bueno, lo mejor, aquello que nos hace más libres, más felices y esto es siempre la Palabra de Dios.

Viernes XVI del Tiempo Ordinario

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En la doctrina católica el Antiguo Testamento se lee a la luz de la Revelación de Jesucristo, es decir, a la luz del Nuevo Testamento. Cuando nos encontramos unas lecturas como las que nos propone hoy la Liturgia podemos pensar que existe cierta contradicción, o más bien, que se nos proponen dos caminos diversos: o cumplir los mandamientos que se entregaron a Moisés en el Libro del Éxodo o aceptar la propuesta del Jesús en el Evangelio. No se trata de una cosa o de la otra, si no de las dos. Tenemos que entender el cumplimento de los mandamientos en la dinámica del seguimiento que nos propone Jesús.

Cumplir la ley mosaica podríamos decir que es el mejor modo de preparar la tierra para que la semilla de la Palabra de Dios dé fruto; pensar así, sería en el fondo pensar que existe una división entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cumplir los mandamientos, tal y como los presenta el Libro del Éxodo, no es diferente del seguimiento que nos propone Jesús, porque la Ley propone una relación con Dios: “Yo soy el Señor, tu Dios” comienza diciendo el Éxodo. En el Antiguo Testamento la relación que Yahweh propone al hombre se hace a través de signos; en el Nuevo Testamento la relación con Dios pasa a través de Jesucristo. Por eso el cumplimiento de los mandamientos es ya parte del fruto que produce la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón, pero esto es sólo un pequeño porcentaje del fruto; estamos llamados a dar el ciento por ciento, a amar incluso a los enemigos, y esto sólo es posible si nos hacemos verdaderos discípulos de Jesús dejando que Él sea todo. Más aún, siguiendo a Jesús daremos un fruto del ciento por uno.

Jueves XVI del Tiempo Ordinario

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Los cristianos tenemos una responsabilidad ante el mundo porque a nosotros se nos ha concedido conocer a Jesucristo y su salvación. A nosotros se nos han mostrado s los misterios escondidos antes de la creación del mundo. Para nosotros se abren constantemente los secretos de la Escritura y por eso tenemos una responsabilidad ante los demás hombres para los que permanecen ocultos. Es cierto que no somos capaces de penetrar todo y que no todo lo entendemos; estamos en camino y tenemos que continuar sentados a los pies del Señor como María la hermana de Marta y Lázaro escuchando su enseñanza. Pero no debemos esperar a estar absolutamente seguros de todo para poner ante los hombres aquello que hemos visto y oído.

El evangelio de hoy nos recuerda que el mundo nos espera, espera la manifestación de los Hijos de Dios y gime y grita esperando nuestro anuncio, nuestro testimonio, porque nosotros gustamos y vemos lo bueno que es el Señor, contemplamos, como el pueblo de Israel en el Sinaí, la gloria del Señor.

Memoria de san Joaquín y santa Ana

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Jesús, en el discurso del Pan de Vida que aparece en el capítulo 6 del Evangelio de Juan, ante el argumento de sus interlocutores que hacen referencia al texto del Éxodo que aparece en la primera lectura responde diciendo que “Él es el Verdadero Pan que da la Vida”, no como el maná que les dio Moisés que lo comieron y murieron… Dios se ocupa de su pueblo, aunque muchas veces no lo merecen. Toda la Historia de la Salvación es el manifestarse de la ternura de Dios hacia el hombre y el rechazo constante por parte de esto. Pero Dios no se cansa ponqué tiene un Plan que llega a cumplir en Jesucristo y busca caminos inesperados y personas dispuesta para que este Plan se lleve a cabo.

El plan se cumple porque Dios encuentra los caminos y contemplamos en el Evangelio cómo acuden a Jesús las multitudes para saciarse del alimento que da la Vida eterna que es el mismo Señor. Y el plan se cumple porque Dios encuentra hombres y mujeres que, conmovidos por su ternura, se dejan hacer por Dios. Como la Virgen María. Hoy celebramos la santidad de sus padres Joaquín y Ana que anuncian el cumplimiento de la promesa, porque, aunque el hombre se cansa muchas veces, Dios no se cesa de buscar una y otra vez al hombre para darle a comer de su Pan, para que pueda participar de su Vida, la Vida eterna.

Solemnidad de Santiago Apóstol.

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Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo fue uno de los Apóstoles más cercano al Señor. De hecho lo encontramos junto con Pedro y su hermano Juan en el episodio de la Transfiguración y en la Oración en el huerto de Getsemaní. Según la Tradición, fue el evangelizador de España y por esto lo tenemos como Patrón. En él se cumplen las palabras de Pablo que escuchamos en la Segunda Lectura, en la Segunda Carta a los Corintios: “el tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro”. Un simple pescador de Galilea, probablemente iletrado, se convierte en apóstol que llega hasta el “fin de la tierra” y en el primero de los Doce en dar la vida por el Señor. No le detuvo su pequeñez, su incultura, su incapacidad, más aun, esto se convirtió en su fuerza porque de este modo se manifestó “que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros”.

Las palabras proféticas de Jesús en el Evangelio que responden a la petición de la madre de Santiago se cumplieron con creces: Santiago bebió el Cáliz del Señor, dio la vida por Él, compartió sus padecimientos, fue entregado a la muerte, y por esto venció, la “vida del Señor se manifestó en su carne mortal”.

Todos, pequeños y grandes, doctos e incultos, estamos llamados a esto. Desde el Bautismo somos marcados, incorporados a la muerte de Cristo, para que en nuestra vida se manifieste su victoria. A unos, como a Santiago, el Señor los llama para que gasten su existencia en el trabajo Evangélico activo, a otros para que en su actuar cotidiano sean testigos de la Salvación de Dios. Es cierto que no es fácil, que nos atacan por todos los lados, que estamos acosados, en ocasiones apurados, que nos derriban una y otra vez, pero no nos aplastan, no desesperamos, no nos rematan porque, como Santiago, en todo esto vencemos por Aquel que nos ha amado.

Lunes XVI del Tiempo Ordinario

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¿Cuántas veces hemos tenido nosotros la actitud de los escribas y fariseos que nos relata hoy el Evangelio? Podemos decir que es una cosa normal; el mismo apóstol Tomás dijo “si no veo no creo”. Si esto fuese normal, ¿por qué se enoja Jesús?

La mayor parte de las veces, cuando nosotros pedimos un signo o un milagro lo hacemos “a la carta”, queremos que sea tal o cual cosa e incluso tratamos de “comerciar” con Dios. Pero Dios sabe muy bien qué hacer. Desde el comienzo de la Escritura no hay más que signos y prodigios de Dios; podemos decir que la Biblia es el libro que contiene las “obras maravillosas de Dios”. El primer gran Signo es la Creación y, el que da origen como tal al Pueblo de Israel, es la salida de Egipto con el paso del Mar Rojo. Y aun así el pueblo se empecinaba en mirar atrás. Ni siquiera los signos de Moisés ante el faraón fueron suficientes para que éste dejase marchar a los israelitas…

Los signos están ante nosotros, ante nuestros ojos, pero nosotros nos empeñamos en no ver. Dios actúa en la historia y esto es el mayor signo, el mayor de los milagros, pero los caminos de Dios no siempre son nuestros caminos; la actuación de Dios no es siempre la esperada. Tenemos que aprender a comprender a Dios, a descubrir el significado de su acción en la vida de los hombres y de nuestra vida. El signo del que habla Jesús en el Evangelio, el del profeta Jonás, es el mayor de los milagros, su Muerte y Resurrección; no hay nada más sorprendente y redentor… ¡pero tantas veces esperamos otra cosa!

Domingo V de Pascua

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Quizá no nos hayamos dado cuenta pero en los Domingos anteriores también aparece la imagen del “camino”. En el Domingo III de Pascua Jesús se encuentra, en el camino, con los dos discípulos que van a Emaús, y el Domingo pasado, el IV de Pascua, el que conocemos como el de “El Buen Pastor”, se dice que el pastor camina delante de las ovejas y que éstas lo siguen porque conocen su voz… ¿Por qué esta insistencia evangélica en el camino? En otros muchos lugares Jesús invita al seguimiento, incluso cargando con la propia cruz…

Si tuviésemos que resumir el ministerio de Jesús podríamos decir que el Señor nos propone un camino; pero si es así ¿por qué los apóstoles parecen no entender? Si no, ¿a qué viene la pregunta de Felipe: “Señor, no sabemos adónde vas, cómo podemos saber el camino”? A nosotros, como a los discípulos de entonces, nos gustaría que la vida cristiana se redujese a una serie de mandamientos que cumplir: “-Señor, que tengo ¿qué hacer para heredar la vida eterna?” –“Cumple los mandamientos” -Ya, pero “eso ya lo hago”. “Vende todo, dáselo a los pobres y sígueme”… La vida cristiana es un camino, así lo propuso Jesús a sus discípulos, así se conocía a la primera Iglesia, el “camino nuevo” y así se ha propuesto desde entonces. La misma vida de Jesús fue un camino hacia el Padre y este camino se ha convertido para nosotros en el itinerario a seguir: Jesús es el Camino y es además el Caminante que sale a nuestro encuentro y va delante de nosotros para que no nos perdamos. No podemos reducir el seguimiento al simple cumplimiento de unos mandamientos, de unas indicaciones; es necesario un movimiento por nuestra parte, exterior y sobre todo interior. Debemos ponernos en juego en cada instante de la vida, tropezar, levantarnos, equivocarnos, pero estar en marcha, sin temor porque el Señor va con nosotros, sabiendo que si nos perdemos, el Buen Pastor regresa para buscarnos y cargarnos sobre sus hombros.

Sólo caminando el Señor sale a nuestro encuentro, como hizo con el Pueblo de Israel, para allanar las colinas y levantar los valles; sólo en el camino tenemos la experiencia de la fraternidad, del encuentro los unos con los otros, de la ayuda y la caridad mutua. Esta es la propuesta que el Señor hizo a sus discípulos y que la Iglesia nos hace a nosotros. ¡Sabemos adónde vamos y conocemos el Camino! ¡Marchemos alegres a la Casa del Señor!

Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima

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Hoy se celebra el centenario de las Apariciones de la Virgen María a los pastorcillos en Fátima. No es esencial para la fe creer en ellas, pero la vida y, sobre todo la respuesta de los pastorcillos videntes -hoy serán canonizados dos de ellos, Francisco y Jacinta- nos invita a que estemos atentos a la voz de Dios que resuena en su Palabra y de la que se hace eco la Virgen María y la vida de los santos.

Tenemos que alegrarnos de que se nos anuncie la Palabra de Dios sea como sea; los gentiles a los que Pablo decide anunciar la Salvación se alegran enormemente y muchos de ellos creen. Como en los Hechos de los Apóstoles muchos querrán impedir que la Palabra se siga anunciando, pero es imposible… El Espíritu siempre busca caminos nuevos, hombres nuevos -pequeños y grandes, sabios e ignorantes- a través de los cuales la Palabra llega a todos, porque “a toda la tierra alcanza tu pregón”.

Viernes IV de Pascua

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El Evangelio de hoy es “típico” de funeral. Casi siempre que lo escuchamos lo hacemos en una celebración exequial, y nos parece muy apropiado porque nos dice que el Señor nos ha preparado una morada en el cielo. Pero no debemos esperar a morirnos para disfrutar de ella… O, ¿nos pasa como a Tomás que no entendemos? El cristiano vive ya en la Casa de Dios. En la celebración de la Dedicación de una Iglesia, una celebración sugestiva y cargada de simbolismo en la que todo cristiano debería participar al menos una vez en la vida, se proclama el versículo del Apocalipsis que dice: “Esta la morada de Dios con los hombres. Él habitará en medio de ellos y ellos serán su pueblo” (Ap 21,3). La morada de Dios es la Iglesia, es el Pueblo que se ha creado para habitar en medio de él, la comunidad en la que nosotros hemos sido injertados por el Bautismo y sin la que no podemos vivir.

Nuestra vida es vivir en Cristo; es cierto que esto es sólo posible de una forma plena cuando no estemos atados al tiempo, pero ya en el tiempo podemos vivir de este modo porque el Señor ha vencido a nuestro enemigo, la muerte. Vivir en Cristo significa seguirle, caminar como su Pueblo tras sus huellas, porque es el Camino, adherirnos a Él, porque es la Verdad, amarle en todo y en todos, porque es la Vida.

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