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Domingo V de Pascua

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Quizá no nos hayamos dado cuenta pero en los Domingos anteriores también aparece la imagen del “camino”. En el Domingo III de Pascua Jesús se encuentra, en el camino, con los dos discípulos que van a Emaús, y el Domingo pasado, el IV de Pascua, el que conocemos como el de “El Buen Pastor”, se dice que el pastor camina delante de las ovejas y que éstas lo siguen porque conocen su voz… ¿Por qué esta insistencia evangélica en el camino? En otros muchos lugares Jesús invita al seguimiento, incluso cargando con la propia cruz…

Si tuviésemos que resumir el ministerio de Jesús podríamos decir que el Señor nos propone un camino; pero si es así ¿por qué los apóstoles parecen no entender? Si no, ¿a qué viene la pregunta de Felipe: “Señor, no sabemos adónde vas, cómo podemos saber el camino”? A nosotros, como a los discípulos de entonces, nos gustaría que la vida cristiana se redujese a una serie de mandamientos que cumplir: “-Señor, que tengo ¿qué hacer para heredar la vida eterna?” –“Cumple los mandamientos” -Ya, pero “eso ya lo hago”. “Vende todo, dáselo a los pobres y sígueme”… La vida cristiana es un camino, así lo propuso Jesús a sus discípulos, así se conocía a la primera Iglesia, el “camino nuevo” y así se ha propuesto desde entonces. La misma vida de Jesús fue un camino hacia el Padre y este camino se ha convertido para nosotros en el itinerario a seguir: Jesús es el Camino y es además el Caminante que sale a nuestro encuentro y va delante de nosotros para que no nos perdamos. No podemos reducir el seguimiento al simple cumplimiento de unos mandamientos, de unas indicaciones; es necesario un movimiento por nuestra parte, exterior y sobre todo interior. Debemos ponernos en juego en cada instante de la vida, tropezar, levantarnos, equivocarnos, pero estar en marcha, sin temor porque el Señor va con nosotros, sabiendo que si nos perdemos, el Buen Pastor regresa para buscarnos y cargarnos sobre sus hombros.

Sólo caminando el Señor sale a nuestro encuentro, como hizo con el Pueblo de Israel, para allanar las colinas y levantar los valles; sólo en el camino tenemos la experiencia de la fraternidad, del encuentro los unos con los otros, de la ayuda y la caridad mutua. Esta es la propuesta que el Señor hizo a sus discípulos y que la Iglesia nos hace a nosotros. ¡Sabemos adónde vamos y conocemos el Camino! ¡Marchemos alegres a la Casa del Señor!

Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima

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Hoy se celebra el centenario de las Apariciones de la Virgen María a los pastorcillos en Fátima. No es esencial para la fe creer en ellas, pero la vida y, sobre todo la respuesta de los pastorcillos videntes -hoy serán canonizados dos de ellos, Francisco y Jacinta- nos invita a que estemos atentos a la voz de Dios que resuena en su Palabra y de la que se hace eco la Virgen María y la vida de los santos.

Tenemos que alegrarnos de que se nos anuncie la Palabra de Dios sea como sea; los gentiles a los que Pablo decide anunciar la Salvación se alegran enormemente y muchos de ellos creen. Como en los Hechos de los Apóstoles muchos querrán impedir que la Palabra se siga anunciando, pero es imposible… El Espíritu siempre busca caminos nuevos, hombres nuevos -pequeños y grandes, sabios e ignorantes- a través de los cuales la Palabra llega a todos, porque “a toda la tierra alcanza tu pregón”.

Viernes IV de Pascua

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El Evangelio de hoy es “típico” de funeral. Casi siempre que lo escuchamos lo hacemos en una celebración exequial, y nos parece muy apropiado porque nos dice que el Señor nos ha preparado una morada en el cielo. Pero no debemos esperar a morirnos para disfrutar de ella… O, ¿nos pasa como a Tomás que no entendemos? El cristiano vive ya en la Casa de Dios. En la celebración de la Dedicación de una Iglesia, una celebración sugestiva y cargada de simbolismo en la que todo cristiano debería participar al menos una vez en la vida, se proclama el versículo del Apocalipsis que dice: “Esta la morada de Dios con los hombres. Él habitará en medio de ellos y ellos serán su pueblo” (Ap 21,3). La morada de Dios es la Iglesia, es el Pueblo que se ha creado para habitar en medio de él, la comunidad en la que nosotros hemos sido injertados por el Bautismo y sin la que no podemos vivir.

Nuestra vida es vivir en Cristo; es cierto que esto es sólo posible de una forma plena cuando no estemos atados al tiempo, pero ya en el tiempo podemos vivir de este modo porque el Señor ha vencido a nuestro enemigo, la muerte. Vivir en Cristo significa seguirle, caminar como su Pueblo tras sus huellas, porque es el Camino, adherirnos a Él, porque es la Verdad, amarle en todo y en todos, porque es la Vida.

Jueves IV de Pascua

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“Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Esto es lo que hace Pablo en su predicación en Antioquía de Pisidia: recordar la Misericordia de Dios de generación en generación. En pocas líneas escuchamos un maravilloso resumen de la Historia de la Salvación, historia de su Misericordia, historia que continúa hoy en nuestras vidas. Porque Dios sigue vivo y presente en medio de nosotros cuando dos o más se reúnen en su nombre. En nuestras celebraciones no recordamos únicamente hechos del pasado sino que los hacemos presentes actualizándolos… Bueno, más bien, se hacen presentes y actuales ante nosotros, ante nuestros ojos, accesibles a nuestros sentidos; es el Espíritu el que realiza esta obra, no somos nosotros, ni el poder de nuestra memoria, ni nuestra capacidad de actualizarlos a través de signos más o menos modernos o adecuados. Nosotros, como los oyentes de las sinagogas en las que predicaba Pablo, no dejamos de sorprendernos por las maravillas de Dios, por su Obra en nosotros, así nos convertimos también en protagonistas del Amor de Dios y lo hacemos presente e nuestra vida para que otros puedan cantar las misericordias del Señor.

Porque, como dice Jesús, en el Evangelio, “el que a vosotros os recibe, me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado”. Misteriosamente el Espíritu hace presente a Jesús a través de nuestras vidas para que otros puedan creer en Él y participar de su Salvación… Sorprendentemente esto es lo que nos ha pasado también a nosotros.

Memoria de san Juan de Ávila

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Es sorprendente cómo se parecen los relatos del libro de los Hechos de los Apóstoles a los Evangelios. En muy pocos versículos se cuenta la actividad frenética y la predicación de Bernabé, Juan Marcos, Pablo y los demás, ¿no nos recuerda a las jornadas de predicación de Jesús en el Evangelio? La celebración de la Pascua de hoy nos permite revivir en nuestra vida, con asombro, el poder y la originalidad del Espíritu. Leer durante la Pascua las Actas de los Apóstoles nos ayuda a descubrir cómo el Evangelio se hace presente también, hoy como entonces, en nuestra historia, en nuestras parroquias, asociaciones, movimientos, en la Iglesia de hoy. ¿No descubrimos esta misma actividad en muchos lugares? Sí, es probable que pensemos que hacemos muchas cosas pero que no dan mucho fruto… ¿Qué pensarían Pedro, Pablo, Bernabé…? Hoy, como entonces, “no podemos callar lo que hemos visto y oído”, “siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, hemos hecho”. ¡Qué bonito sería poder descubrir en nuestras comunidades esta actividad frenética, la misma de los Apóstoles, la misma de Jesús! ¡El Señor hará que produzca frutos!

El Señor ha venido como Luz al mundo y nos ha enviado también a nosotros como luz, y la luz debe colocarse en lo alto para que alumbre a todos los de la casa. Que seamos capaces de iluminar para que el mundo crea y se salve. Para esto ha venido Jesús al mundo.

Martes IV de Pascua

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Las lecturas de hoy sobrecogen a un alma sencilla por dos afirmaciones. La primera aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles: hoy se nos relata que en Antioquía por primera vez se llamó a los discípulos “cristianos”. Puede parecer algo irrelevante, pero no lo es: “cristiano” hace referencia a Cristo, nos identifica con Él, nos hace suyos: somos de Cristo –ovejas suyas dirá el Evangelio- y esto tendría que sobrecogernos: mi vida, mis anhelos, mis esperanzas, mis dificultades son suyas; Él ha dado su vida por mí y por eso le pertenezco, pero no como un esclavo sino en una relación que me hace verdaderamente libre porque es una relación que nace de la Misericordia, del su Amor por mí.

“Cristiano” me identifica, además, con millones de personas que invocan su Nombre, que desde hace más de dos mil años, en Oriente y en Occidente, son sus discípulos, discípulos que, aun hoy, en muchos lugares, son perseguidos por llevar ese nombre, discípulos que han entregado y entregan generosamente su tiempo, sus fuerzas, sus vidas haciendo presente este Amor y esta preferencia… ¡Debemos portar orgullosos este nombre: nos identifica con Cristo y con una familia, con una comunidad! “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”. ¡Qué alegría! ¡Qué consuelo para el corazón ser de Cristo, por el Bautismo, para siempre!

La segunda afirmación aparece en el Evangelio: “Yo y el Padre somos uno”. Esto no tiene que ver únicamente con la Teología Trinitaria: si Jesús y el Padre son uno y si yo, cristiano, soy de Cristo, soy también del Padre. Deberíamos estar también orgullosos de nuestro Padre Dios, que nos quiere, que siendo el Creador de todas las cosas, el Todopoderoso, se ha hecho mendigo de nuestro amor.

¿Cómo no conmovernos ante estas dos afirmaciones?

Lunes IV de Pascua

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La Semana cuarta de Pascua nos ofrece la proclamación y escucha del capítulo décimo del Evangelio de san Juan, es el capítulo dedicado, en su primera parte, al Buen Pastor. En él podemos encontrar la imagen de Jesús que da la vida por sus ovejas, pero es también la imagen de los discípulos a los que el Señor ha encomendado la misión pascual de anunciar el Evangelio y Bautizar perdonando los pecados. Pero, ¿cómo podemos reproducir los ministros y los fieles de la Iglesia la imagen del Buen Pastor? ¿No es algo imposible para nuestras fuerzas, para nuestras capacidades? ¿No se ponen de manifiesto en nuestras acciones y palabras, más nuestra debilidad que el don recibido? Efectivamente, pero también nos dice san Pablo que llevamos el tesoro en vasos de barro y que la fuerza se manifiesta en la debilidad.

La primera lectura es un ejemplo claro de cómo esta dinámica se manifiesta en la vida de Pedro y de la primera comunidad. En principio los discípulos pensaban que el mensaje de Salvación estaba destinado sólo al pueblo judío. Resultaba un escándalo que los gentiles se incorporaran a la Iglesia, para Pedro también lo era. Es el Espíritu el que transforma nuestra cerrazón y nuestra incapacidad para entender, como le sucede a Pedro. La visión en Jafa le hizo comprender al Príncipe de los Apóstoles, duro de corazón y prejuicioso, que hay “más ovejas que no son de este redil” y que ellas también están llamadas a “escuchar su voz”. Se necesita, por tanto, una apertura a la acción del Espíritu, una sencillez de corazón para leer los “signos de los tiempos”, que es sólo fruto de la Pascua, fruto del poder de Jesús Resucitado de entre los muertos que hace nuevas todas las cosas. También hoy como entonces. ¡Qué no tengamos miedo de anunciar el mensaje de Salvación, incluso equivocándonos! La fuerza y el poder del Evangelio son siempre más grandes que nuestra debilidad.

Nadar y guardar la ropa

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El fragmento del Libro del profeta Isaías de la Primera lectura, pertenece a los capítulos que describen la situación del Pueblo de Israel en el destierro en Babilonia: el Templo, lugar de la Presencia de Dios, ha sido destruido; la tierra que el Señor había entregado como heredad a Israel, les ha sido arrebatada. Se tambalean los pilares sobre los que se funda el Pueblo elegido. ¿Acaso Dios se ha olvidado de nosotros? Esta era la pregunta de muchos israelitas, la cuestión insidiosa que arrojaban sobre ellos una y otra vez los invasores. No, Dios, por medio del profeta consuela a su Pueblo, abre camino a la esperanza: “Aunque una madre se olvidase del hijo de sus entrañas, yo jamás te olvidaré. En las palmas de mis manos te llevo tatuado”. Qué imagen más conmovedora. Dios no se olvida, puede parecer que por un momento nos oculte su rostro, pero aparecerá de nuevo para que lo volvamos a glorificar. Paradójicamente el ocultarse de Dios es el camino para que le encontremos: “Tu rostro buscaré Señor, no me ocultes tu rostro”.

Dios en su redención es libre, pero parece que el grito del pueblo de Israel ha conmovido las entrañas de Dios y nos ha hecho ver su Rostro. Quién, encontrándose con Jesús, no podía intuir la respuesta de Dios al clamor de su Pueblo. Es cierto que todos no le reconocieron, pero esto no es una cuestión de Dios, sino de la apertura de los hombres: los lirios del campo, los pájaros que ni siembran ni recogen, ambos están delante de nuestros ojos para que podamos reconocer la Providencia de Dios; pero, de nuevo, no todos la reconocen. En nuestra percepción también estamos heridos por eso Jesús viene a curarnos, se acerca a los hombres y nos enseña a mirar de un modo nuevo, a ver con una luz que no procede de nosotros. Si lo pensamos, esta es también la tarea de la Iglesia, iluminar al mundo para hacerle ver las cosas desde el corazón de Dios: “Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.”

En un mundo en el que se multiplican las opiniones, los puntos de vista, el Señor nos ha enviado a testimoniar la mirada que Él tiene sobre el mundo y sobre los hombres, una mirada providente, misericordiosa, que se preocupa por nosotros y nuestras necesidades. En este caso no podemos servir a dos señores, no podemos “nadar y guardar la ropa”, no podemos “poner una vela a Dios y otra al diablo”: o tenemos la mentalidad y la mirada de Dios, o tenemos la del mundo. Dejémonos instruir y curar, por tanto, para adquirir una mirada nueva. Es cierto, no es fácil luchar solos contra los bombardeos constantes de la infinidad de puntos de vista: no os preocupéis, “sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.”

¡Qué asombroso es encontrarse con Jesús!

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¡Qué asombroso es encontrarse con Jesús! Si imaginamos la breve escena que nos describe hoy el evangelio, no podemos más que quedarnos maravillados. ¡Con cuánta ternura trata Jesús a todos, especialmente a los que no cuentan! En diversas páginas del evangelio nos encontramos escenas parecidas: también los discípulos decían al ciego de Jericó que se callase cuando gritaba: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Jesús no sólo tiene debilidad por los últimos, sino que en ello nos deja una gran enseñanza. Él ha venido a buscar al que estaba perdido, ha escogido lo “necio del mundo” y en esta elección nos ha elegido también a nosotros.

Tantas veces nos preocupamos, como los discípulos, por agradar a los hombres, e incluso a Jesús, con nuestras grandes virtudes y hazañas, y no nos damos cuenta de que Jesús nos ama precisamente por nuestra pequeñez, “porque ha mirado la humildad de su esclava”; Él a los que eligió los justificó y glorificó; “hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos” que tratan de justificarse por sí mismos. Gran contradicción para este mundo en el que vivimos, incluso en el seno mismo de la Iglesia. De los que son como los niños es el Reino de los cielos. Este es el camino de la “infancia espiritual”, saber que todo lo podemos en Aquel que nos conforta.

Como Tú en Mí y Yo en Ti

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Dios nos creó a su imagen y semejanza y por eso para vivir en comunión ya que Dios mismo es Comunión. El pecado ha roto esta comunión, nuestra con Dios y entre nosotros. Jesús ha venido a restaurar la comunión perdida; su vida, su ofrenda tienen como finalidad que todos seamos uno “como Tú en Mí y Yo en Ti”. Es por esto que a nuestra plena participación en el Sacrificio Eucarístico la llamamos “comunión”, porque nuestra participación en la Muerte y Resurrección de Jesús realiza la unidad entre nosotros y con Dios.

Pero nosotros, como los discípulos, no entendemos cómo se puede realizar esa comunión: la expresión máxima de esa llamada a la comunión, inscrita en la misma naturaleza humana, que es la unión entre el hombre y la mujer tantas veces se rompe. ¿Cómo es posible que esto suceda? Incluso Moisés lo permitió en algunos casos… La respuesta de Jesús es absolutamente asombrosa: “al principio no fue así”, es decir, que en el plan de Dios no aparece la ruptura y, como la hemos provocado los hombres, será El quien nos la conceda de nuevo. La unidad en el matrimonio, en la amistad, en las relaciones humanas, es siempre un don que viene de lo alto; nosotros, y seguro que tenemos experiencia de ello, solo podemos romperla.

Si es un don de Dios debemos pedirlo, insistentemente, como la viuda al juez injusto.

Mayo 2017
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