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NOS AMARÁ SIN QUE LO MEREZCAMOS

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Tenemos un problema (bueno, tenemos varios pero hoy sólo me centraré en uno). Para el día que sea posible empezar a construir el templo tenemos que trasladar nuestro barracón, o al menos irnos a otro lado. Hemos buscado, tanteado, presionado, investigado y suplicado… pero de momento no encontramos nada. Parece que nos encontramos des-ubicados, que somos unos utópicos (que significa sin tierra), o tal vez tengamos que recordar nuestros orígenes -no tan lejanos-, y volver a las incomodidades de la calle, el frío, el calor y esas cosas. Sólo Dios lo sabe. Uno puede aguantar las incomodidades e incluso las molestias si sabe para qué está y por qué lo hace. Pero hoy mucha gente, aunque tenga su casita y su trabajo (eso cada día más difícil), sí que está desubicada , sin saber qué sentido tiene su vida y todo le resulta molesto y engorroso. Se sienten como si molestasen en el mundo y, por lo tanto, el mundo les molesta. Para todos ellos la Iglesia tiene unas palabras: Dios te ama, aunque no te lo merezcas.
Hoy me va a hacer el comentario del Evangelio el Papa, creo que es conveniente leer lo que dijo ayer. Copio: “Vivimos en un contexto cultural marcado por la mentalidad hedonista y relativista, que tiende a suprimir a Dios del horizonte de la vida, no favorece la adquisición de un marco claro de valores de referencia y no ayuda a discernir el bien del mal ni a madurar un justo sentido de pecado. Esta situación hace todavía más urgente el servicio de administradores de la Misericordia Divina. No debemos olvidar, de hecho, que hay una especie de círculo vicioso entre el ofuscamiento de la experiencia de Dios y la pérdida de sentido de pecado. Sin embargo, si tenemos en cuenta el contexto cultural en el que vive san Juan María Vianney, vemos que, por varios aspectos, no era tan diferente al nuestro. También en su tiempo, de hecho, existía una mentalidad hostil a la fe, expresada en fuerzas que buscaban incluso impedir el ejercicio del ministerio. En esas circunstancias, el Santo Cura de Ars hace “de la iglesia su casa”, para conducir a los hombres a Dios. Él vivía con radicalidad el espíritu de oración, la relación personal e íntima con Cristo, la celebración de la S. Misa, la Adoración eucarística y la pobreza evangélica, mostrando a sus contemporáneos un signo tan evidente de la presencia de Dios, que empujaba a muchos penitentes a acercarse a su confesionario. En las condiciones de libertad en las que hoy es posible ejercer el ministerio sacerdotal, es necesario que los presbíteros vivan en “alto grado” la propia respuesta a la vocación, porque sólo quien se convierte cada día en presencia viva y clara del Señor puede suscitar en los fieles el sentido de pecado, dar ánimo y suscitar el deseo del perdón de Dios.
Queridos hermanos, es necesario volver al confesionario, como lugar en el que celebrar el Sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía. La “crisis” del Sacramento de la Penitencia, de la que a menudo se habla, interpela en primer lugar a los sacerdotes y a su gran responsabilidad de educar al Pueblo de Dios en las radicales exigencias del Evangelio. En particular, les pide dedicarse generosamente a la escucha de las confesiones sacramentales; guiar con coraje a la grey, para que no se conforme a la mentalidad de este mundo (cf. Rm 12,2), sino que sepa tomar decisiones también a contracorriente, evitando adaptaciones o compromisos. Por eso es importante que el sacerdote tenga una permanente tensión ascética, alimentada por la comunión con Dios, y se dedique a una constante actualización en el estudio de la teología moral y de las ciencias humanas.”
Hasta aquí Benedicto XVI.
Respondió Jesús: – «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. ” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.» Para amar a Dios es necesario saber que no lo merecemos, que nos ama porque nos ama y eso se hace palpable en el confesionario. Sacerdotes, volver a sentaros aunque os aburráis, lo que es seguro es que si no estáis en el confesionario no irá nadie. Laicos, exigirnos a los sacerdotes que confesemos y acercar amigos a este magnífico sacramento. Allí encuentra uno su lugar. No somos apátridas, utópicos o desterrados: vivimos siendo amados por Dios a pesar de nuestros pecados.
Que Santa María, madre del perdón y de la misericordia, que nos lleva a todos a su Hijo, nos ayude a “gastar” mucho este sacramento esta cuaresma y siempre.

LA GUERRA CIVIL

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Estamos celebrando las primeras confesiones de los niños de catequesis en la parroquia. Este día los niños celebran por primera vez esta sacramento y aunque intentamos que los padres lo celebren por tercera o cuarta vez en la vida, se resisten. A los niños de catequesis les hemos dado unas huchas para que ahorren para la construcción de la parroquia. El otro día me mandaron a una niña al despacho por hablar en catequesis (ya se sabe, las niñas hablan mucho, los niños más). Como no sabía yo que hacer con esa criatura en el despacho empecé a preguntarle: “¿Cómo llevas la hucha?” “Pues mi madre no me deja echar nada, yo quiero, pero me lo ha prohibido” “¿Y vienes a Misa los domingos?” “Mis padres no quieren, dicen que es una tontería, pero a veces vengo cuando están mis abuelos o cuando vamos al pueblo de mi madre” “Pues nada hija, vuelve a catequesis que falta te hará”. Siempre me ha costado entender a esos padres incoherentes que bautizan a sus hijos y contestan que saben que tienen que educar a su hijo en la fe, y lo traen tres años a catequesis y nunca jamás pisan una Iglesia, parece que les sale sarpullido ante la cruz. Son muy libres de hacer lo que quieran (preferiría que no se riesen de Dios, de la Iglesia ni del cura, pero Jesús aguantó las burlas de todos), pero desde luego con personas como estas así nos luce el pelo.
«Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.» Ninguna guerra civil, ningún reino dividido trae nada bueno. Es más trae mucho malo. Por eso los enemigos de la Iglesia se empeñan en dividirla: Progres y carcas, buenos y malos, ortodoxos y heterodoxos, piramidales y populares, jerárquicos y de base. Cada uno pone su apelativo para dividir la Iglesia. Pero se les olvida algo.
La Iglesia no es simplemente una organización social como muchos se empeñan en hacernos creer. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo vivo y actuante en medio del mundo. A muchos habrá que decirles como Jeremías: “Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido, se la han arrancado de la boca.” Pero no dejan de ser miembros del cuerpo de Cristo y hasta el final de sus días en esta tierra podrán volver. Nos encontraremos católicos incoherentes, renegados, absurdos, incluso enemigos de Cristo…., pero son también la Iglesia. Hay quien prefiere situarse fuera, excluirse, rechazarla…., pero siempre podrá volver. En la Iglesia siempre hay sitio para la misericordia, pese a quien pese, adherirse a ella o rechazarla ya es problema de cada uno.
Que amemos la Iglesia, que nunca sembremos división o malquerencia. A pesar de nuestros pecados o de los pecados de quien sea la Iglesia es de Cristo. Que Santa María Madre de la Iglesia nos bendiga, acompañe y guíe y nos ayude en estos tiempos difíciles (y a ver si la niña echa unos centimillos en la hucha)

GRANDES PROYECTOS, PEQUEÑAS COSAS

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Cuando a uno le dicen: “Venga, a construir una parroquia”, empieza a tener que hablar de cantidades de dinero y, tristemente, de grandes cantidades. Con crisis o sin crisis está todo carísimo. Los que están a tu alrededor de ponen a hablar de cientos, de miles, de millones de euros como si alguna vez hubiera visto yo esas cantidades. Entonces uno se plantea si hay que atracar un par de bancos o la sede del banco europeo para poder construir alguna vez. Pero te das cuenta que las cosas no suelen venir de golpe (excepto los bofetones), y hay que empezar poco a poco, céntimo a céntimo. Y para eso hay que trabajar y tratar bien a cada persona, cuidar el servicio, la atención y la disponibilidad para cada persona, que es importante. Además te das cuenta que cada persona es importante no por su dinero, sino por ser hijo de Dios y acabas dedicándote más a los más pobres. Y entonces se da el milagro de que cuanto menos esperas, más tienes. Para hacer un gran proyecto hay que cuidar a los pequeños.
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.» Se puede decir más alto, pero no más claro. Cuando tienes el gran proyecto de ser santo, de llegar al cielo, de estar con Dios, hay que cuidar las pequeñas cosas. Podemos ser como la niña Santa Teresa que se iba de su casa buscando el martirio, y seguramente nunca lo encontremos. Pero si encontraremos cien mil pequeñas contradicciones, tropiezos, incoherencias en nuestra que tenemos que cambiar. Descubriremos que para avanzar hay que empezar dando un paso y ese, todavía no lo hemos dado. Por eso el camino de la santidad empieza por las cosas pequeñas. De nada valdrían quince horas de oración si al llegar a casa maltratas a tu mujer o ignoras a tus hijos. De poco serviría el ofrecerse al Señor para morir mártir si no estamos dispuesto a quitar nuestro “yo” de la boca y del centro del corazón.
Cuidemos las pequeñas cosas, no nos creamos los inventores de la redención, que eso ya lo hizo Jesucristo y unámonos a Él en cada cosa, por pequeña que sea.
La Virgen nuestra Madre recibió el mayor proyecto posible y se fue a servir a su prima Isabel. Que aprendamos nosotros y cuidemos lo pequeño para ser grandes.

SIERVO MALVADO

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“No explotarás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes que se ponga el sol, porque él está necesitado, y su vida depende de su jornal. Así no invocará al Señor contra ti, y tú no te harás responsable de un pecado”. No recuerdo ahora dónde he escuchado recientemente estas palabras del libro del Deuteronomio; ¡cosas de la mala memoria!. Claro, que si hay que citar la Biblia se cita, aunque sea sin ningún interés de hacer de las palabras de la Sagrada Escritura un “intento de convertir determinadas convicciones religiosas en normas cívicas universales.” (Tampoco me acuerdo quién ha dicho esto recientemente. ¡Maldito Alzheimer). Claro que las normas cívicas no son santo de mi devoción, se pueden quedar en nada. Hace unos años Cantinflas llevaba los pantalones a la altura de los sobacos, ahora se llevan a la altura de las rodillas, depende de los momentos. Kant (que tampoco es santo de mi devoción), ya intentó hacer unas normas cívicas universales, pero cuando pasó de las ideas a la práctica tuvo que poner la existencia de Dios como un imperativo categórico (es decir, que Dios tenía que existir por narices). Pero como somos más listos que ese recalcitrante alemán seguimos queriendo hacer normas sin Dios. Sin embargo yo prefiero seguir fiándome de Dios.
“Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la Perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»” El final de esta parábola es muy duro. Nos han acusado a la Iglesia de hablar mucho de condenación (¿hace cuánto que en una homilía no oyes hablar de condenación?), pero es que sale en la Escritura, no podemos tachar lo que no nos gusta. Siervo malvado. Hay siervos malvados. Personas que deberían ser especialmente agradecidas y misericordiosas pues han recibido mucho, cargos eclesiásticos o políticos, riquezas o bien estar, y sin embargo son incapaces de perdonar lo más pequeño, a los más pequeños. Cuando un servidor público se endiosa y se convierte en salvador suele ser inmisericorde. Pero yo no soy nadie para condenar. Ciertamente no me gustaría estar en el juicio particular de algunos que, por maldad, tibieza o idiotez extrema, escuchen levantarse a niños no nacidos, a enfermos a los que se les ha practicado la eutanasia, a los pobres de los países que mueren de hambre o víctimas de regímenes abusivos y le señalen diciéndole: “Tu no me dejaste vivir”. no creo que les valga escuchar palabras como “situación coyuntural” “estructuras de poder” “conveniencia de gestión” y demás soplagaitadas similares. De los crímenes del mundo no tienen la culpa las circunstancias, sino las personas, y Dios les pedirá cuentas. No me gustaría estar en el pellejo de algunos.
Pero siempre queda un agarradero: “Los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor”. El Señor perdona no solo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso hay que pedir por la conversión de muchos: de los siervos malvados, de los flojitos, de los tibios, de los que engañan, de los que mienten, de los que se aprovechan. No puedo querer para nadie la condenación, Dios ha venido a salvarnos… pero tienen que convertirse. Cuaresma es un buen momento para que cualquiera pueda volverse hacia Dios, reconocer su su pecado y convertirse. No son ganas “ de convertir determinadas convicciones religiosas en normas cívicas universales” sino de creer que Dios es Padre de todos, hasta de los malos.
Mientras pedimos por la conversión de muchos pongamos en los brazos de María tantas vidas de tantos pobres que se están matando, pero a los que el Señor concede la Vida.

BENDITOS NIÑOS

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Templo, templo, lo que se dice templo no tenemos, pero niños todos los del mundo. durante la Misa algunos, sólo unos pocos, se meten en la sacristía desde donde se puede seguir la Misa. Ayer, cuando salía el sacerdote a celebrar, una niña de 4 años dijo al resto de las niñas más pequeñas: “Ahora va a empezar la Misa, así que tenemos que gritar bajito.” Todo un ejemplo de consideración y sentido común. Eso es gratificante ya que se van enterando de que en la Misa sólo se grita bajito. Sin embargo suelo, al terminar la Misa suelo llamar a los niños en torno al altar y les digo una frase para que se la repitan a los mayores y se enteren de algo. Ayer les pedí que repitiesen la frase: “Dios es bueno, aunque no nos enteremos:” Sin embargo debió colarse el demonio por algún lado y una gritó a viva voz: “Dios es bueno, aunque no lo parezca”. ¡Pobre Dios! Al acabar la Misa una pequeña herejía, pero espero que le perdone ya que así es la infancia. Pero estoy convencido que muchos pensarán que Dios es bueno, aunque no lo parezca.
«Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.» Cuando hace tatos años y tanta gente es católica, parece que la Iglesia ha perdido su terreno, se ha convertido en algo utópico, de lo que se desconfía, que debe ser buena aunque no lo parezca. Mucha gente desconfía de la Iglesia, muchos cristianos tienen un desapego real de la Iglesia. Como los habitantes de Nazaret (estos no son las famosas “figuritas” que son los de Belén), sentimos que si estamos en la Iglesia deberíamos ser privilegiados de Dios, y nos sentimos como uno más, no vemos milagros, ni la vida nos va mejor, nos afecta la crisis y encima nos dan lecciones. Eso sienta fatal y entran en ocasiones tentaciones de despeñar la fe por un barranco.
Sería inútil negar los pecados que hay en la Iglesia (yo me conozco y supongo que tu también), incluso verdaderas aberraciones que nos escandalizan a todos. Pero en la Iglesia sigue estando la gracia y la actuación del Espíritu Santo. Si alguien siguiera a Jesús para ver hacer milagros se volvería a casa la primera vez que tuviera que dormir usando una piedra como almohada. No seguimos en la Iglesia para que nos vaya bien, ni para ver milagros (que los vemos, pero nos hemos acostumbrado a ellos y buscamos el espectáculo), sino que estamos, somos, la Iglesia porque Dios nos llamó el día de nuestro bautismo, Cristo nos invitó a seguirle y el Espíritu Santo nos anima cada día. La Iglesia es santa, aunque no lo parezca. Pero si miramos con los ojos de Cristo y no los de la crítica descubriremos la s grandezas que se siguen haciendo la Iglesia: ¡Qué derroche de caridad, de entrega, de servicio abnegado y silencioso, de perdón y misericordia en todo el mundo! ¡Cuántos Sagrarios con Cristo presente en tantas partes! ¡Cuántas maravillas!.
Aunque no lo parezca, aunque no nos demos cuenta, la Iglesia sigue siendo Evangelio vivo en el mundo. No seamos cristianos viejos, desencantados, de vuelta de todo. Pidámosle a la Virgen María que nos devuelva la juventud en la fe, la filiación en la Iglesia, volver a sentirse como sus hijos.

¡QUÉ BUENO ES DIOS!

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He faltado algunos días, pero seguro que no os habéis dado cuenta; hay buenos suplentes por aquí. He estado unos días de Ejercicios Espirituales, callado por fuera, hablando por dentro en ocasiones y pidiendo por muchos, en especial por las madres de los sacerdotes enfermas, que aún tienen mucha guerra que dar. He estado desconectado de toda noticia exterior, eso es estupendo para darse cuenta que uno no es imprescindible. De todas maneras si hubiese habido una crisis de gobierno o se hubiese solucionado la economía mundial no creo que me hubieran llamado. A la vuelta me he encontrado una carta en el buzón (he recuperado la costumbre de escribir cartas de verdad, de esas con papel, sello y sobre), y no me resisto a copiaros un poco de la misma: “ Es una verdad lo que usted dice. Llevaré la carga de todo el tiempo que he estado en los centros, pero también le doy gracias a Dios por todo. Las oportunidades que me da día a día y principalmente por conocer a personas tan maravillosas (…). Todos los días intento superarme, sentirme más orgullosos de mí, de lo que hago y la fortaleza interior es la que día a día me hace estar en pie. Está claro que para dar el primer paso necesitamos siempre la ayuda de alguien y creo que yo la estoy sabiendo aprovechar.” Para ser n chaval de 19 años que lleva tres encerrado sin salidas en un centro de menores y tiene un hijo de cuatro años no está nada mal: “le doy gracias a Dios por todo”.
«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.» ¡Qué bueno es Dios! Es cierto que nosotros tendemos a la queja, a no gustarnos nuestra situación ya sea económica, de salud, laboral, familiar o coyuntural que dirían los cursis. Y vamos a Dios a pedirle, a gritarle, a clamarle…, a exigirle. Como si Dios no nos estuviese cuidando en cada instante, no tuviera una paciencia infinita con cada uno de nosotros. Vemos una enfermedad y decimos: ¿Dónde está Dios? Y Dios está en la enfermedad diciéndonos como a Moisés:«Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.» Es el Dios de Jesucristo muerto y resucitado (¿qué sentido tendría la vida sin resurrección?). Es muy fácil llevarse bien con Dios cuando hace nuestra santa voluntad pero “el que se crea seguro ¡cuidado! no caiga” La bondad de Dios la descubrimos cuando las cosas se tuercen, cuando todos nos abandonan, cuando parece que las cosas no salen (y las hacemos para el bien), cuando no encontramos un local donde mover la parroquia, cuando el tiempo estropea nuestros planes, cuando se nos ha roto un cachivache, cuando nuestra vida pega un giro de 180 grados, cuando perdemos al ser querido, cuando descubrimos nuestro pecado que creíamos tan oculto o tan superado. Entonces Dios está ahí, cavando, echando estiércol, protegiéndonos, guardándonos, entregándose por nosotros en la cruz, cargando con nuestras debilidades, haciéndose pecado por ti y por mi. ¿Cómo vamos a pensar que Dios nos tiene manía? Sólo podemos decir: ¡Qué bueno es Dios! Alguno se dirá: “Pues yo no lo veo”. Pues mira, mira a la cruz y entiende.
Sigue avanzando la cuaresma, seguimos de la mano de María. Con ella no podemos llegar a la cruz con cara de asco o de un sufrimiento que ya no cargamos nosotros. Debemos llegar con el corazón agradecido, que sea nuestra plegaria: Gracias, gracias, gracias…

EL TERCER HIJO

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Está tan presente, que lo asombroso es que no nos hayamos fijado en él… No figura en el “casting” de protagonistas… Pero es la “voz en off” que narra la historia, el que la vivió de principio a fin; el que sufrió, en un solo Corazón, el pecado del hermano y la ofensa causada al Padre. No conoceríamos esta parábola si el tercer hijo no hubiera estado allí.

Él es mayor que el “hijo mayor”. En Él se cumplieron las palabras que el Padre dirigió a aquél que se quedó en casa: “todo lo mío es tuyo”, porque era uno con su Padre. Cuando el hijo menor, reclamando su parte en la herencia, abandonó el hogar paterno, el Tercer Hijo, al igual que su Padre, no pudo dejar de pensar en su hermano. Y, pasados unos días que fueron siglos, pidió la bendición a su Padre y, enviado por Él, salió de casa con la intención de no regresar hasta no haber recuperado al hijo pródigo.

No tardó en encontrarlo, y comenzó a caminar con él. Pero el hermano menor le volvió la espalda: no necesitaba de su Hermano Mayor para vivir su vida. Por eso, el Tercer Hijo decidió seguir sus pasos, esperando a que su hermano se volviese a dirigirle la palabra. Cuando el pródigo entraba en los burdeles, le acompañaba hasta la puerta, y allí esperaba, sufriendo y amando, mientras echaba de menos a su Padre. Llegaron los tiempos duros, y el Tercer Hijo pasó hambre a la vez que su hermano, y descendió con él hasta la ciénaga para apacentar puercos y ser apartado hasta de las algarrobas. Pero él, además, echaba de menos a su Padre.

Fue entonces cuando el hijo pródigo, movido más por hambre que por arrepentimiento, y más dolido de su indigencia que del corazón roto de su Padre, decidió emprender viaje hasta la casa paterna; se conformaría con la ración de un jornalero, y a cambio reconocería su falta… ¿Tú crees que era bastante, que hubiera sido justo un “sí” sin una reparación? No, no lo era, y por eso estaba allí el Tercer Hijo.

Viendo derrotado a su hermano, le tendió una vez más los brazos, pero ahora el pródigo se desmayó sobre ellos. Y así, llevándole sobre los hombros, le condujo a la casa de su Padre. Por eso, al llegar al umbral, cuando el Padre salió corriendo hacia su pequeño, no le dejó terminar su discurso. No iba aquella frase tan preparada y corta, a reparar ofensas tan amargas. Pero el Corazón roto del Tercer Hijo, contrito y humillado por las faltas de su hermano, era más que suficiente para redimir mil vidas, y el Padre se conmovió y cubrió de besos a su Hijo, que eran ya los dos. ¿Entiendes ahora a quién se refiere cuando dice: “este Hijo mío estaba muerto, y ha resucitado”? ¿Y a quién cuándo dice: “estaba perdido, y lo hemos encontrado”? ¿Y por qué dice “lo hemos”? Puestos a hacer preguntas, te formularé una más: ¿dónde está la Madre en esta historia? Te dejo en contemplación, para que dejes que las preguntas se respondan solas…

UNA TÚNICA CON MANGAS Y UN TUBO DE PEGAMENTO

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La túnica con mangas de José me tiene casi tan obsesionado como la higuera de Bartolomé. No me obsesiona porque ya sea primavera y aquella túnica fuera el comienzo de nuestras camisas. Me obsesiona porque aquella túnica estaba tejida por el propio Jacob, y cada hilo de aquella prenda estaba trenzado con una predilección de padre que la convertía en un impagable tesoro. Al vestirse aquella túnica, cada mañana José se vestía el cariño de su padre.
Perdonad que os cuente esta estúpida anécdota, pero teniendo yo nueve años perdí, en el colegio, un insignificante tubo de pegamento que horas antes me había comprado mi madre. Os aseguro que me parecía haber perdido una reliquia, y cuando, el profesor, cansado de oírme llorar, me compró otro tubo exactamente igual, no quise aceptarlo de ningún modo y seguí buscando, como un loco, el que me había comprado mi madre. Quizá asocio esto con la túnica con mangas de José, y por eso me conmuevo cada vez que leo estas líneas del Génesis.

No me cabe duda de que sus hermanos, celosos como estaban de la predilección que Jacob sentía por su hijo pequeño, odiaban aquella túnica, y por eso el primer movimiento de crueldad fue arrancarla de su cuerpo y ensañarse con ella, hasta el punto de hacerla trizas y presentársela a Jacob como prueba de que José había sido devorado por las fieras. Aquello fue un sacrilegio, un atentado contra el amor de padre. Tengo para mí que hubo más crueldad en el modo en que trataron a la túnica que en la forma en que trataron a José. Por eso, una vez satisfecho el odio con aquel símbolo sagrado, fueron con su hermano más blandos de lo que en principio planearan.

Nada se le escapa al Espíritu Santo en la Escritura, y quisiera ahora llevarte hasta el Monte Calvario. Es viernes, y viernes de Cuaresma; por ello nuestros ojos deben ascender la montaña de la Calavera… Pero no será necesario movernos. Busca el Gólgota en la misma escena del Génesis que acabamos de contemplar… entorna bien los ojos, ¿no lo ves?: “los soldados, después de crucificar a Jesús, tomaron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y aparte la túnica; pues la túnica no tenía costuras” (Jn 19, 23). Según la tradición cristiana, aquella túnica que profanaron los soldados estaba hecha por la manos de la Virgen María… A mí se me acaban las líneas, y he de dejarte aquí, junto a la Cruz, junto a la túnica, para que contemples, para que llores, para que repares… Mi tubito de pegamento se me ha quedado pequeño.

PARÁBOLA DE JESÚS Y YO

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“Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día”… Veinticuatro horas de banquete diario, todas para mí; salud, proyectos, ambiciones, fuerzas, un cuerpo y unas facultades, un corazón capaz de amar y de odiar… Todo para mí, cada día, para mi único disfrute… mi banquete.
“Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba”.

Postrado ante mis puertas, esperando que algún día le abra, está Jesús crucificado, cubierto con sus llagas. “No te marches” – le he dicho durante años-; “no te marches, porque algún día te abriré y te dejaré tomar posesión de mi casa”… Y, obediente a mi súplica, no se ha marchado; pero yo aún no le he abierto las puertas. Mi casa sigue siendo mía, y mi banquete me lo como yo; Él recoge las migas: el tiempo que me sobra, las fuerzas que me sobran, el cariño que aún me resta cuando me he prodigado con las criaturas… Digo que le doy, y quizá es verdad; le doy, pero las migas, mientras le mantengo a la puerta para poder habar con Él. Le doy, pero no me doy a Él. Yo sigo siendo rico, muy rico, y Él sigue siendo pobre, muy pobre.

“Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas”… Al Monte Calvario se acercan los perros, los pecadores, a lamer las llagas de Cristo para obtener de ellas misericordia. Yo mismo acudo a diario a lamer las llagas de mi Lázaro. Y así, mientras desde mi casa le doy las migajas, desde la Roca del Calvario se me entrega Él enterito en alimento, porque conoce que mi banquete sabe a muerte.

No quiero seguir. No quiero seguir porque la parábola toma ahora un sesgo irreversible, y quisiera cambiarle el final. Quisiera, con mi vida, cambiar el mismo Evangelio, para que la “parábola de Jesús y yo” se tuerza, o, mejor dicho, se enderece.

“Entonces aquél hombre rico ablandó su corazón de piedra y, saliendo a la puerta de su casa, se despojó de sus vestidos y ser arrodilló ante el Pobre, pidiendo una limosna. El Pobre partió sus harapos, y con ellos se vistió quien hasta entonces se cubría de grandezas humanas. Después introdujo a Lázaro en su casa, y allí se puso a servirle. Las puertas de aquella mansión, hasta entonces cerrada, se abrieron de par en par, y todos los pobres venían a saciarse del pan que se les daba en la que era, ya, la casa de Lázaro. Con todo, el siempre Pobre y el antes rico vivieron sólo de limosnas, pidiendo ambos de puerta en puerta”.

¿Será posible, Madre mía, que entre los dos cambiemos hoy la parábola? ¿Me prestarás tu mano, si las mías tiemblan, para que abra las puertas de mi casa y le dé a tu Hijo lo que tu Hijo me pide?

DOS ABISMOS

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Son dos abismos de misterio; dos profundidades impenetrables, ante las que un hombre que tuviera los ojos abiertos podría dejar pasar una eternidad sobrecogido.

El primer abismo: “Venid, maquinemos contra Jeremías (…) lo heriremos con su propia lengua y no haremos caso de sus oráculos”… “El Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen”… ¿Por qué? ¿Por qué hemos llevado a la Cruz al Inocente? Incapaz de sondear las profundidades del misterio del mal, tan sólo apuntaré dos respuestas: unos, por odio declarado o soterrado, por ese odio con que el Príncipe de las Tinieblas detesta a Dios, y al que algunos han dejado apoderarse de su alma. Ese odio lo respiramos en España cada mañana desde hace unos meses cuando, al abrir la prensa, contemplamos los dardos que diariamente se disparan contra nuestros obispos; parece como si todo periodista, para preciarse de serlo, tuviera que lanzar alguna piedra en este macabro pim-pam-pum… En otros casos, la condena de Cristo no procede del odio expreso, sino del egoísmo. Sabemos que, al pecar, le enviamos a la muerte; y no, no odiamos a Cristo, pero preferimos nuestro pecado aunque ello conlleve su condena… Si me permites una observación “impertinente”, no sé si es peor aquel odio o este rastrero egoísmo; sé que hemos hecho morir de pena al Hijo de Dios.

El segundo abismo: “Acuérdate de cómo estuve en tu presencia, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu enojo”… “El Hijo el Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos”. Y el injustamente condenado, el que es azotado, escupido, abofeteado, humillado, cosido a latigazos sin piedad y sin piedad clavado en una Cruz, se ofrece como Víctima por sus verdugos: por quienes le odian, y también por quienes, rendidos a su egoísmo, no quieren mirarle mientras le azotan. Es el abismo del Amor oblativo, del Amor sacerdotal con que Cristo Jesús ama incomprensiblemente, locamente, a cada alma; a la mía, a la tuya, a quienes lanzan sus piedras contra nuestros obispos y a quienes con nuestros pecados destrozamos su Corazón abierto…

Al primer abismo ya nos hemos asomado demasiadas veces… más de la cuenta. ¿Querremos tú y yo asomarnos al segundo, y abrazarnos a la Cruz para entregarnos con Él en reparación de todos los pecados? “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. Allí, en ese abismo de sufrimiento y de Amor, ya te espera María, con sus brazos abiertos para abrazar el Madero… Y para abrazarte a ti.

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