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Cuando cae al suelo un gorrión

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuando llegan noticias de violencia y de muerte contra los cristianos perseguidos de cualquier rincón del planeta, solo por el hecho de que son cristianos, algo se estremece por dentro, solo de pensar en el valor de la muerte de un inocente. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy es muy clarito: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo”. Es decir, que nos estremece la muerte de tantos inocentes, solo por el nombre de Cristo, y no pestañeamos ante la muerte moral –es decir, el pecado– en la que andan sumidos tantos de los que nos rodean. No pretendo restar importancia a unos, ni demonizar a otros, pero es que el Evangelio de hoy es claro, muy claro.

Es verdad que hemos deshumanizado tanto las relaciones, que parece que vivimos en un clima de inseguridad, y a la defensiva, por si el vecino con que tratamos llega a ser una amenaza a nuestro bienestar. Y, sin embargo, somos capaces de pasar por delante del pecado, ajeno y propio, sin alterarnos lo más mínimo, o quizá revistiéndolo de buenos y santos motivos que lo justifican. Podemos acostumbrarnos a convivir con el mal moral, propio y ajeno, como podemos acostumbrarnos a ver imágenes violentas de muertes de inocentes, sin que consigan removernos lo más mínimo en el asiento de nuestro sillón. Mientras a mí no me toque…

El Señor nos invita, una vez más, a considerar el valor de la Providencia: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre”. El problema es que el hombre moderno ha renunciado a ser hijo y quiere vivir como adulto; pero, ignorando esa paternidad de Dios lo que ha conseguido es vivir como huérfano. Y renunciando a su filiación, el hombre se olvida de que es criatura y pretende ser y vivir como Dios. Por eso, al final solo le queda apoyarse en sus propias fuerzas, con toda la inseguridad que eso genera, porque ya se ve que las fuerzas y seguridades humanas dan muy poco de sí. En cambio, vivir arropados por el amor paterno de Dios, confiados en su Providencia, si bien no resuelve los problemas, ayuda a vivirlos con una fuerza interior, que nada tiene de humano.

Acudamos a este amor providente y paterno de Dios para que nos libre del enemigo del alma, el pecado, que es la causa de la verdadera muerte del hombre. Si cuando cae al suelo un gorrión todo el corazón solícito y providente de Dios está volcado en él, qué no hará por todos y cada uno de nuestros afanes y, sobre todo, qué no querrá hacer para librarnos de la muerte del pecado.

Hoy estamos de cumpleaños

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

De ningún santo solemos celebrar el día de su nacimiento, su cumpleaños, salvo de san Juan Bautista; de los demás, solemos celebrar el día de su muerte que, en realidad, es también el día de su nacimiento a la vida eterna. Si a eso añadimos el piropo que el Señor le regaló en vida: “Entre los nacidos de mujer no ha habido nadie mayor que Juan el Bautista”, pues nos podemos hacer idea de la trascendencia de su vida y de la importancia de su misión. Y, sin embargo, después del piropo, también el Señor añadió que “sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él”.

Así es el Evangelio: un signo de contradicción, porque estos criterios de grandeza y pequeñez no son, para nada, los criterios que encontramos en nuestros ambientes. Y, si no, que se lo digan a la madre de Juan, Isabel, que a su edad no imaginaba que le iba a hacer el Señor tal regalo. O que se lo digan al pobre Zacarías, que también a su edad, quizá sin comerlo ni beberlo, se encontró metido de narices, junto con su mujer Isabel, en los inicios del misterio de la Encarnación del Verbo, preludiado ya en el nacimiento tan extraordinario de Juan el Bautista. Y así actúa Dios: de improviso, a través del absurdo, saltándose a la torera nuestros criterios y planes, porque de otra manera no terminamos de aprender que el Dios es Él, no nosotros. Y Dios no deja de asombrarnos, porque es novedad continua y eterna. Nos descoloca, nos desinstala, nos despista. ¡Vamos, que con Él no hay quien se aburra! Y aun así, no terminamos de espabilar, de aprender sus modos de hacer, su lenguaje.

Mucho tenemos que aprender de la vida de Juan Bautista. Si aprendiéramos como él a señalar a Jesús, a anunciarle, a ser voz que clama en el desierto… Pero somos capaces de poner en bandeja de Herodías cualquier cosa antes que ver ahí nuestra propia cabeza. La grandeza del nacimiento de Juan Bautista se corresponde con la grandeza de su muerte, y eso nos hace intuir algo de la grandeza de su vida. Pidámosle hoy al santo esa grandeza de vida, para que sepamos ser como él esa voz que no sabe callar en el desierto de nuestro mundo de hoy.

¡No tengo tiempo!

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El agobio es la gran enfermedad de nuestro tiempo. Es verdad que todos comentamos que llevamos un ritmo de vida que no es sano, que no sabemos vivir bien, que no tenemos tiempo para nada… Pero, todos seguimos sin cambiar el ritmo trepidante de actividad, desordenada o no, que nos hace perder de vista lo esencial. Por eso, la invitación del Señor: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, resuena hoy de una manera nueva y especial. Hoy, precisamente, en la gran solemnidad del Corazón de Jesús.

Cuando nos acercamos a este Corazón aprendemos a vivir en la calma, en lo perenne, en lo que no pasa. Aprendemos el valor del tiempo, que es un talento que el Señor nos da para que lo hagamos fructificar, es decir, lo carguemos de frutos espirituales, no de cosas y de tareas. Aprendemos que por encima de nuestras prisas y agobios, está el tiempo de Dios, muy diferente del nuestro, en el que suceden los grandes acontecimientos de la historia. Y frente al tiempo de Dios, frente a nuestro tiempo humano, está también el tiempo del demonio, caracterizado por las prisas y los agobios. Sabe Satanás que tiene las horas contadas y que el tiempo se acaba, porque la victoria de Cristo es una realidad. Por eso, cuanto más nos alejamos del tiempo de Dios más nos invade el agobio y la prisa. Tenemos tantas urgencias, tantas cosas importantes que resolver, tantos compromisos y deberes diarios, que no tenemos tiempo para lo esencial, para Dios. ¡Como si las cosas y las tareas nos alejaran de Dios!

“Venid a Mí”. En este Corazón aprendemos a reordenar las cosas, las personas, las actividades, a centrarlas en lo más importante, sabiendo que el tiempo del que disponemos no es nuestro sino del Dueño y Señor del tiempo. El tiempo es un don, no un derecho, y hay que saber acogerlo como es: humano y limitado, pero cargado de unas potencialidades enormes de cara a la eternidad. Nos agobiamos cuando queremos hacernos dueños de nuestro tiempo, como si fuera algo que nos pertenece por derecho. Nos agobiamos cuando hacemos nuestros planes al margen de la providencia y sin contar con ella, agarrados a las seguridades humanas que nos ofrecen nuestras cualidades, nuestros proyectos, nuestras ambiciones, etc. Pero, vivir anclados en la calma de la providencia no significa pasividad, ni indiferencia ante las obligaciones de la vida.

Aprender a descansar en el Corazón de Jesús es de sabios. Pero, eso se aprende en la escuela de la intimidad con Él. Saber descansar, en un ambiente que nos habla por todas partes de prisas, de agobios, de conseguir todo a golpe de click, es bastante más importante de lo que nos puede parecer. Hemos sustituido la cultura del descanso por la cultura del ocio, y lo que hacemos es llenar el “tiempo libre” de más cosas y más actividades. Si no aprendemos a descansar con el corazón, por más que tengamos el mejor planazo de ocio, seguiremos agotados y agobiados con la vida.

Aprender a descansar en Dios es aprender a vivir, no apoyados en nuestras propias fuerzas sino en Alguien que es más fuerte y poderoso que yo. Aunque los problemas y los agobios nos circunden por todas partes. ¿Por qué será que cuanto más nos alejamos de Dios más nos agobiamos ante las cosas, imprevistos, problemas, fracasos, etc.?

En este día hermoso del Corazón de Jesús, aprendamos a descansar en Él. Y dejémonos amar por este dulcísimo Corazón, que quiere encontrar su gozo y su descanso entrando en la pobreza de nuestro pequeño corazón.

 

 

Enséñanos a orar

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Es fácil pedirle algo a alguien que ya conoce de antemano nuestra necesidad, o que ya sabe lo que le vamos a pedir. Es difícil, en cambio, presentarse ante alguien que, lejano a nuestras vidas, no intuye para nada lo que podemos necesitar; eso nos obliga a pensar y elaborar articulados discursos para conseguir “vender la moto” como sea y conmover al otro para que nos ayude. Algo así sucede con la oración. Si a Dios lo vemos como alguien lejano a nuestras vidas, entenderemos que la oración es un modo, quizá el único modo que tenemos, para intentar vender la moto de nuestras necesidades; y, entonces, nos vemos obligados a recurrir a todo tipo de estratagemas y rezos para tener a Dios contento y que, por fin, nos conceda lo que le pedimos. El problema viene cuando, después de tanto esfuerzo, no solo no nos concede lo que le pedimos sino que nos sucede todo lo contrario a lo que nosotros queríamos.

Cuando Dios es alguien cercano e íntimo en tu vida no sucede así. Cuántos enamorados viven en tal sintonía que con un simple gesto, una mirada, un ademán, ya se han dicho todo. Cuanta complicidad entre dos que se aman y que conocen al milímetro los gustos, los tiempos, los ritmos, las debilidades, las necesidades del otro. Así, y mucho más, debería ser con Dios. Y así debería nacer la oración: como un diálogo entre dos que se aman hasta la más íntima complicidad. Por eso, en la oración no hay recetas, ni mecanismos, ni trucos, porque habla el amor; y cuando dos se aman a veces el silencio es el lenguaje más adecuado.

Nos cansamos de orar, porque creemos que es un esfuerzo de puños y porque, al final, caemos en la tentación del activismo. ¡Hay tantos problemas, tantas urgencias, tantos agobios que resolver, que no tenemos tiempo de orar! Y así nos va… Pero es imposible que todo ese activismo sea fecundo y dé fruto al cien por cien, si no va acompañado de mucha vida interior, o si no nace de una verdadera contemplación de la vida de Cristo. Los discípulos, que tantas veces fueron testigos de la oración del Señor, debieron quedar impresionados y sobrecogidos al verle orar. Por eso, un día le pidieron al Maestro: “Enséñanos a orar”. Y fue entonces cuando Jesús les entregó la hermosa oración del Padre nuestro. ¡Cuántas veces, en sus largas noches de oración, debió repetir Jesús esa bella oración dirigida a su Padre!

Pidamos hoy al Corazón de Jesús el don y el fruto de la verdadera oración. Que nos conceda vivir con equilibrio el binomio oración-acción. Hace falta, más que nunca, aprender a vivir la mística de la vida ordinaria. Que no consiste en ir por la calle con el cuello torcido y con cara de bobalicón místizoide, sino en vivir la presencia de Dios, suave y escondida, en todas las ocupaciones del día. Transfigurar esa vida ordinaria es el arte de la verdadera vida contemplativa.

La mano izquierda y la mano derecha

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Cuánto nos cuesta pasar desapercibidos, no buscar el relumbrón por nuestras acciones, o que los demás no reconozcan o no agradezcan nuestras buenas obras. Sí, con la boca chica estamos siempre prontos a decir que no queremos nada a cambio, que no importa que los demás no se hayan dado cuenta, y todas esas cosas que suenan bien; pero, en el fondo, buscamos todo tipo de recovecos para que los demás nos valoren y vean el ejemplo tan bueno que damos. Y es verdad que tenemos que ser agradecidos, porque nos acostumbramos a recibir y recibir de los demás con tanta facilidad que al final terminamos exigiendo su generosidad como un derecho. Pero una cosa es saber corresponder y otra cosa es buscar la recompensa por encima de todo.

Tenemos que reconocer que todos tenemos mucho de fariseos, que actuamos mucho de cara a la galería, manteniendo las buenas formas, eso sí, que para eso hemos convertido el cristianismo en un código de buenas costumbres. Hace falta mucha sinceridad con uno mismo para no dejarse llevar del afán de quedar bien y para no querer buscar la recompensa y el aplauso de los demás. Nos pueden los respetos humanos y ese quedar bien que, al final, nos va acostumbrando sin darnos cuenta a vivir en la medianía y en la mediocridad. ¡Quien esté libre del carrerismo espiritual que tire la primera piedra!

Esperar la recompensa de Dios, buscar solo esa mirada oculta del Padre, capaz de ver lo que nadie ve, eso es un don de Dios. Es la sabiduría de los sencillos, los que aparentemente pasan desapercibidos y son rechazados por los criterios y la sabiduría del mundo. Pero, ojo, que mucha de esa sabiduría mundana se nos cuela por los rincones de nuestra Iglesia, aunque digamos que lo hacemos todo en nombre del Evangelio. Sería un disparate pensar que entre la mano derecha y la mano izquierda puede haber contradicciones, sospechas, críticas, rumoreos… ¿No están las dos manos a las órdenes de la misma cabeza? ¿No han de actuar las dos al servicio del mismo obrar? ¿Qué pensaríamos de una persona que con una mano hace una cosa, por ejemplo se peina, y con la otra hace la contraria, es decir, se va despeinando? Pues así andamos nosotros a veces: con dos vidas paralelas, con dos o más caretas, guardando la imagen allá por donde vamos, aparentando una cosa y pensando la contraria….

La unidad de vida no es algo que se improvisa de un día para otro. Es una conquista de cada día, que se va logrando en las pequeñas y grandes acciones. Pero a base de purificar mucho la intención de nuestros actos y discernir con suma agudeza los movimientos del corazón. La sinceridad con uno mismo nos salva de muchas cosas, entre otras de no hacer el ridículo guardando unas apariencias que, al final, terminan por romperse. Pidamos hoy al Corazón de Jesús esa unidad y coherencia de vida, que, al final, es lo que hace más creíble el Evangelio y nuestra propia vida cristiana.

Corazón, corazón…

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Es difícil rezar por los que nos hacen mal. Quizá es lo último que se nos ocurre hacer por ellos. Nos sale el puntito de honra, como decía santa Teresa, y se nos ocurren miles de motivos para justificar, desde la justicia humana, nuestro malestar con ellos. Basta, a veces, una simpleza para que cambie radicalmente nuestra opinión de alguien, y juremos y perjuremos en arameo no volver a tratarle más y devolvérsela en cuanto podamos. Que una cosa es eso del perdón y de poner la otra mejilla, y otra cosa es “ir de tontos por la vida”…

Tampoco es fácil gobernar y poner orden en los movimientos del corazón. Siendo un motor fundamental en la vida y en nuestras acciones, sin embargo, nos traiciona fácilmente, y hasta nos puede cegar sutilmente. Si el corazón decide que no, ya se encarga la cabeza de revestir esa decisión de miles de excusas y motivos loables, santos y buenos, hasta que al final quedemos convencidos de lo que el tirano corazón nos ha mandado.

Hay que reconocer que no, no es fácil rezar por los enemigos. Y, sin embargo, dado que el corazón no se deja aprisionar ni ahogar, hay que educarlo de mil maneras hasta conseguir que todos sus movimientos vayan dirigidos hacia el bien mayor. Por eso, no hay mejor terapia natural para sanar esos odios y rencores del corazón que la oración por los enemigos. Porque, si bien es verdad que comenzamos rezando y pidiendo al Señor que el otro cambie, que se convierta, que se arrepienta de todos sus males y pecados, al final, esa oración lo que consigue es cambiar nuestro corazón, y donde veíamos un enemigo comenzamos a ver ya un hijo de Dios. Quizá no podemos cambiar el mal, pero sí podemos cambiar nuestro corazón para que ofrezcamos al poder del mal el contrapunto del amor. Y esto no significa que tengamos que claudicar ante la injusticia, no. Pero, cuando el corazón está sereno, y no atormentado por el rencor y el afán de venganza, entonces sí que sabemos ver el bien allí donde aparentemente solo hay mucho mal. Solo el corazón que rebosa de amor de Dios es capaz de transformar el mal, la injusticia y el pecado propio y ajeno en una ocasión de bien y de crecimiento espiritual. Porque un corazón violento solo genera más violencia.

Nuestra oración por los enemigos ha de consistir en pedirle al Señor un corazón como el suyo, capaz de tener sus mismos sentimientos. Aprovechemos este mes dedicado al Corazón de Jesús para pedirle un corazón magnánimo y recto, capaz de comprender las flaquezas y pecados propios y ajenos. En ese Corazón, en el que caben buenos y malos, encontramos la mejor medicina que sana de raíz todas las tiranías de nuestro corazón.

 

Como sirenas entre tiburones

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La expresión “ojo por ojo, diente por diente”, que aparece hoy en el Evangelio, es la forma más conocida de citar la Ley del talión, tan característica de la justicia retributiva del Antiguo Testamento. Esa norma imponía un castigo idéntico al delito cometido, de tal manera que venía así asegurada la reciprocidad en la ofensa. Frente a esta Ley, el Señor enseña una nueva medida de justicia, que caracteriza el modo evangélico de vida: “Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas”. Pero, puestos a vivir estas palabras del Señor, tiene uno la impresión de que significan “ir de tonto por la vida”.

Aunque parezca mentira, después de muchos siglos de cristianismo, en el ambiente en que nos movemos sigue siendo predominante esa medida de justicia impuesta por la Ley del talión. Comenzando por que cada uno se siente juez y dueño de aplicar la medida y la idea de justicia como quiera y crea conveniente; pero, además, porque parece que el que no sigue esa forma de proceder, es que “va de tonto por la vida”. Expresiones como “esta me las vas a pagar”, “esta te la guardo”, “te vas a enterar” y hasta el “perdono, pero no olvido, son variaciones de un mismo tema: “ojo por ojo y diente por diente”. Y ¿quién es el listo que se atreve a eso de poner la otra mejilla, o a eso de regalarle el manto al que le ha puesto un pleito? Porque, claro, pretender ir de sirenita en medio de los tiburones que pululan por las aguas… ¿Es que el cristianismo es una religión de débiles? Frente a la competitividad, al carrerismo, a las zancadillas que me pone el vecino, frente a las ofensas y a la injusticia, ¿cómo es posible que el Señor nos mande “ir de tontos por la vida”?

Esto que nos cuesta vivir con los demás, sin embargo, nos gusta que lo vivan con nosotros. Si el Señor, para ser justos con nosotros, se limitara a aplicar la Ley del talión, aquí no se salvaba ni la Puri. No, no nos gusta ser medidos por esa justicia que no va más allá de la pura materialidad del acto. El Señor nos enseña cuál es la medida de justicia que El mismo aplica con nosotros, para que nosotros aprendamos a vivirla con los demás: más allá del ojo por ojo y diente por diente, de lo justo a secas, está el amor, que es la verdadera fuerza que transforma el mal y el propio pecado. Sin la fuerza del amor, toda justicia se vuelve injusta. Pero, amor no significa aquí ni sentimentalismo, ni debilidad, ni ñoñería; ni siquiera significa victimismo para aguantar estoicamente los palos que me llegan de los demás, precisamente en nombre de la justicia. El “ojo por ojo” conduce a una mayor violencia, guerra y venganza, que es lo que más ahoga el amor. Se trata, más bien, de transformar el ambiente, las relaciones humanas y sociales, el trato con los demás, vivir el día a día creyendo en la fuerza del amor. San Juan de la Cruz lo expresó muy bien en su conocida máxima: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Hay una fuerza encerrada en esa aparente debilidad del amor que es la que, de verdad, entra en el corazón humano y logra transformarlo desde dentro. Y mientras no salgamos de la mentalidad del Antiguo Testamento, no lograremos entender estas páginas del Evangelio, que nos hablan de un mundo al revés.

Jesús sobre un pollino

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 

Al inicio de la Semana Santa, la Iglesia celebra la entrada triunfante de Cristo en Jerusalén, rodeado del fervor de muchas gentes, que le conocían por su predicación y sus milagros. Muchos de aquellos que extendían por el suelo sus mantos para que pasara el Señor sobre ellos, habían sido quizá protagonistas de milagros y curaciones recibidos del Señor. Otros cortaban ramas de los árboles y las tendían sobre el suelo para que pasara sobre ellas aquel pollino que llevaba sobre sus lomos al Señor. Así, entre las aclamaciones y la euforia de las gentes, entró Jesús en Jerusalén, montado sobre un pollino, que caminaba cansino y totalmente ajeno a lo que pasaba. Aquel día los apóstoles se sintieron más orgullosos que nunca de su Maestro pues, por fin, toda la gente hablaba bien de ellos, se había extendido la fama y el poder de sus milagros y había llegado ya el reconocimiento público de aquel que era del linaje real de David. Viendo a casi toda la ciudad de Jerusalén aclamando al Maestro de aquella manera, los discípulos pensaron que, por fin, había llegado el momento de hacer carrera y decidirse ya de una vez a seguir a aquel Maestro que tan buen futuro parecía prometer. Los judíos, en cambio, viendo el alboroto y la algarabía de la gente, no veían la hora de prenderle para matarle, porque veían que aquello se les estaba yendo de las manos.

A ti y a mi también nos resulta hermoso y atractivo el Cristianismo cuando todas las cosas van a nuestro favor, cuando todos nos entienden y nadie nos critica, y cuando parece que avanzamos caminando sobre una alfombra roja de reconocimiento y aplauso. Quisiéramos incluso que así fuera siempre nuestra vida cristiana y pensamos que cuando hay adversidades, dificultades, pruebas, dudas o luchas, Dios se ha escondido, nos ha dejado de su mano, es incapaz de cambiar la situación o, incluso, puede que ni exista. Nuestra continua tentación siempre será detener el evangelio en aquel momento de la entrada de Cristo en Jerusalén y arrancar las páginas que siguen, porque hablan de pasión, de Getsemaní, de flagelación y de Cruz. Y no nos damos cuenta de que arrancaríamos, entonces, las páginas que siguen a la Pasión, las más bellas del evangelio, que son las que hablan de resurrección y de gloria. No busques éxitos y triunfos humanos, fama y buena opinión de los demás, ni quieras un Cristianismo de alfombra roja. Más bien, duda de esa bonanza en la que todo el mundo habla bien de ti y pondra tu vida ejemplar y lo bien que haces las cosas, no sea que detrás de tantas alabanzas y adulaciones, descubras que, para muchos, no eres más que un vulgar pollino.

 

Salvemos el pellejo…

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Aumenta la persecución contra el Señor, en estos días previos a la Semana de Pasión. Los judíos andan confabulando el mejor modo de atraparle y darle muerte y, sobre todo, buscan continuamente justificar con el mejor de los motivos posible el odio contra el Señor: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. Es triste ver que, al final, son capaces de admitir la muerte de un justo, con tal de salvar el propio pellejo: si sigue haciendo signos, todos creerán en él y nosotros perderemos muchos adeptos; si sigue haciendo signos, tendremos problemas con las autoridades romanas y lo que nos interesa es llevarnos bien con ellos, no sea que perdamos nuestro status económico. Es decir, hay que salvar la propia imagen como sea y si para eso tiene que morir un justo e inocente, que muera.

Cuantas veces claudicamos en lo más noble y sagrado solo por quedar bien, por conveniencia económica, por no salirnos de lo políticamente correcto, por salvar la propia imagen, etc. Si, además, hemos perdido la conciencia de la sacralidad de toda persona humana somos capaces de cualquier cosa sin escrúpulo ni remordimiento. Y nadie está libre de ello, aunque sea en el transcurrir cotidiano de nuestra vida, o en el ambiente más eclesial que nos podamos imaginar. Instrumentalizar al otro, servirnos o aprovecharnos de él, incluso en nombre de un motivo justo y hasta cristiano, puede estar a la orden del día. Por eso, los judíos llegaron fácilmente a una conclusión: “Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”. Es decir, conviene que uno muera, si queremos salvar nuestros propios intereses religiosos, económicos, políticos, etc.

Tarde o temprano, quien actúa con estos criterios termina pagando un alto precio. Vivir el Evangelio requiere mucha sinceridad de vida, mucha rectitud de conciencia, mucha limpieza de miras y de intenciones en nuestros actos, porque nadie está libre de utilizar el bien como excusa aparentemente justa para hacer el mal. Y el Señor, sabiendo que se avecinaba el momento supremo de su vida, no rehúye la Cruz sino que espera el momento oportuno, la Hora del Padre, para abrazarla y entregarse en ella. Solo el Espíritu Santo puede ayudarnos a penetrar un poco en los sentimientos que llenaban el Corazón de Cristo en estos días previos a la Pasión. Nada de resignación, de resentimiento, de miedo, de debilidad. Solo el amor explica su entrega hasta el extremo de la Cruz y solo el amor pudo sostenerlo en cada momento de su Pasión. Pidámosle a la Virgen Dolorosa, que supo permanecer serena y firme al pie de la Cruz, que de su mano sepamos contemplar en estos días el misterio tremendo de salvación que se cumple en la entrega de la Cruz.

Hagas lo que hagas…

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Se nos da muy bien eso de clasificar a las personas por las obras que hacen, porque, es verdad: nuestras obras dicen mucho de nosotros. Y como alguien te ponga una etiqueta difícilmente te la quitas de encima, por mucho que hagas el pino con una mano, o por mucho que entre tus obras se cuenten los milagros más extraordinarios, como le pasaba a Jesús. Los judíos de entonces apelaban a su blasfemia para justificar su deseo de apedrearle, obcecados como estaban en no querer ver y reconocer sus obras. Porque en el momento en que hubieran creído en alguna de sus obras, se veían obligados a reconocer su divinidad y, por tanto, a reconocer que Él era el Mesías del que hablaba toda la Ley y los Profetas. Y entonces tenían que cerrar el chiringuito, cosa que no estaban dispuestos a aceptar de ninguna de las maneras. Así que frente a las obras que realizaba el Señor, los judíos se empeñan en ver a un hombre que blasfema, porque dice que es Dios, mientras que el Evanelio señala también que muchos creyeron en Él.

La vida cristiana siempre ha sido un signo de contradicción. Hagas lo que hagas, los demás siempre podrán sacarte punta al lápiz, para bien o para mal. Si haces, te juzgan porque lo haces, y si no haces, te juzgan porque no lo haces. No hay más que ver la cantidad de interpretaciones, rumores, suposiciones e imaginaciones que puede suscitar en los demás cualquiera de nuestras palabras, gestos o acciones, sean buenas o malas. Todo el mundo opina de todo, y todos te dan su valoración moral, aunque muchos no tengan ni idea de por dónde se andan. Y como aquí vale todo, pues todo depende del cristal con que se mire, y todo vale para cada cual según su propio criterio. No por casualidad está de moda eso del jurado popular, y pobre de aquel que caiga en manos de la justicia popular como el pelele cae en las manos de quienes le mantean.

Al final, hay que actuar cara a Dios, y no a merced de la opinión ajena, sabiendo que Dios ve lo escondido del corazón, allí donde ningún jurado popular puede llegar. Esta sinceridad interior tampoco nos justifica para que podamos hacer lo que nos da la gana, pero sí nos da una tremenda libertad para actuar según Dios y no según la opinión ajena y el qué dirán. Mientras sigamos haciendo de nuestra fe cristiana un mero protocolo social no solo no atraeremos a nadie sino que nosotros mismos nos cansaremos de vivir así la fe y terminaremos claudicando de ella o instalándonos en la comodidad. Hace falta mucha sinceridad de vida, y mucho examinar la intención de nuestros actos, para darnos cuenta de la cantidad de veces que, a lo largo de la jornada, actuamos más por imagen social que por imitar a Cristo. Y al final, nuestra fe va por un lado y nuestras obras por otro, con lo que resulta que la doble moral está a la orden del día y terminamos aceptándola como la cosa más normal del mundo. Dejemos que la fuerza de la Cruz purifique de verdad el corazón, para que de él nazcan obras verdaderamente buenas, en las que se refleje la vida de Dios.

 

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