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Nuestra lista de la compra

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El Evangelio de hoy, con ser bellísimo, nos pita un poco en los oídos y puede que hasta nos incomode. ¿Quién de nosotros se atreve a reprender a un hermano cuando le ve pecar? No es fácil hacerlo. Primero, porque para reprender a alguien por un pecado hace falta tener primero una coherencia de vida y una humildad para vivir la continua conversión de nuestros pecados, que no siempre tenemos. Segundo, porque para poder ver la mota de polvo en ojo ajeno, antes tenemos que ser muy conscientes de las vigas que llevamos en los nuestros, porque de lo contrario la corrección se convierte en crítica, murmuración y hasta cotilleo. Tercero, porque como, en el fondo, vamos a lo nuestro, pues, en el fondo, tampoco nos importa tanto el pecado ajeno, dada la cantidad ingente de problemas, agobios y cataclismos que llenan nuestro día a día; así que, allá cada cual, porque hoy la moral se la inventa cada uno a su medida. Y cuarto, porque es mejor que no te metas donde no te llaman, porque el otro, el corregido, no estará por la labor de aceptar tu corrección y te puedes llevar una torta, por lo menos, por eso, por meterte donde no te llaman.

Esto es así, cuando la corrección del pecado de mi hermano no se hace como se debe. El clima idóneo para ello es el de la confesión: con tu hermano, a solas, y pensando en su salvación. Es decir, en el clima de misericordia y de confianza que crea la acción de la gracia en ese sacramento. El problema es que como hoy ya no hablamos del pecado, porque no es lo correcto, porque asusta a la gente, porque eso era de otra época, porque ya no se lleva y porque, en realidad, no existe, se lo inventó la Iglesia en la Edad Media, pues, claro, tampoco hablamos de la confesión, porque no la necesitamos, porque tampoco se lleva, porque también era de otra época y porque eso de contarle a un cura mis pecados, cuando el cura los tiene más gordos que los míos, pues no tiene sentido. Y, sin embargo, ¡qué grande es poder salvar a un hermano del pecado!

El pecado solo se entiende desde el amor de Dios, no desde el legalismo o el moralismo. Y ese amor se descubre en la oración. Por eso, junto con la corrección de la propia vida, el Evangelio también nos invita a la oración. Pero, no hagamos de nuestra oración a Dios una lista de peticiones, como si fuera la lista de la compra. Porque, encima, queremos que nos lo dé todo gratis: Señor, concédeme lo que te pido, pero no me vengas con eso de convertirme, cambiar de vida y evitar el pecado, que bastantes problemas me da la vida como para que Tú también me la compliques más. ¿Os imagináis a Dios haciendo lo mismo con nosotros? Más o menos así: Mira, hijo, hasta que no cambies en esto, esto, esto y esto, y hasta que no te confieses de eso, eso, eso y eso, yo no te daré todas las cosas que me pides.

Cuántos días y días se nos pasan sin haber hecho el mínimo esfuerzo para cambiar de vida, de costumbres, para salir de la mediocridad, para mejorar el carácter, para no murmurar ni criticar, para no poner la zancadilla al vecino, para no sonreír de manera hipócrita, etc. Y al final puede que se nos pasen los años, y hasta la vida, contentos con nuestra tibieza y nuestra fe ramplona. Y sin haber resuelto la lista de la compra.

 

Nuestra cartilla del supermercado

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Puestos a regular, los judíos de la época de Jesús se llevaban el record guinness. Abrumaban a la gente con cientos de preceptos, muchos de ellos minúsculos e inútiles, con tal de conservar su status religioso y su puesto de honor entre las gentes. Debían predicar muy bien en las sinagogas, porque la gente les creía y hacía caso, a pesar de que veían que ellos no cumplían lo que mandaban. Y, todo en nombre de Yahvé y de la fidelidad a la alianza, porque si fallaban alguno de esos mandatos podían tener asegurado, si no la condenación, por lo menos, el sheol.

En realidad, no se trata de tirar todas las normas por la ventana. No. Esas normas nos guían hacia la verdad de lo que somos ante Dios y, por lo tanto, tenemos que verlas como hermanas mayores que nos llevan de la mano. Pero, otra cosa muy distinta es sustituir a Dios por esas normas y agarrarnos a ellas, como si fueran un flotador, porque si no tenemos asegurada si no la condenación, por lo menos, también el “sheol”. Convertir nuestra fe cristiana en un código de cumplimientos, que con el tiempo nos va dando puntos y méritos, y hasta nos va generando derechos, es caer en el legalismo de los antiguos judíos y convertir la religión en la casa del terror. Nuestra relación con Dios no puede ser una cartilla de supermercado: cuanto más compras, más puntos te dan y cuantos más cartones rellenes más juegos de sartenes te llevas. Así de fácil en el supermercado, pero con Dios la mecánica no funciona.

Agarrarnos a nuestras seguridades espirituales es una forma de idolatría, que, además, nos infla el ego, porque termino creyendo que cuantos más cartones rellene con mis cumplimientos, más méritos celestiales me corresponden en el día del juicio. Y entonces empiezo a medir a los demás según la medida de mis cumplimientos, y a juzgar a todos según lo que yo hago o deshago. Voy apuntando en mi libreta todos los propósitos, devociones, conquistas, etc., que hoy he logrado para enseñárselas al Señor cada noche, no sea que Él, con tantos problemas que tiene, se le olvide llevar la cuenta. Y así, convertimos nuestra vida espiritual en la cartilla del súper.

El Señor es también Señor del sábado. Está por encima de nuestras obras, aunque quiere que también le ofrezcamos nuestras obras. Porque, como sabe de la pasta que estamos hechos, si no nos esforzáramos ni siquiera por cumplir, convertiríamos nuestra vida espiritual no en una cartilla del súper sino en un melodrama romántico, lleno de grandes sentimientos y emociones, que no nos moverían del sillón de nuestra comodidad.

Es el momento de ver si, por encima de nuestras espigas, de nuestros sábados, de nuestros propósitos y cumplimientos, realmente el Señor es, eso: Señor.

Natividad de María. Hay que nacer de nuevo

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Celebrar nuestro cumpleaños significa celebrar con alegría y agradecimiento ese amor de Dios que está en el origen de nuestra existencia. Existes, pero podrías no existir. Y, si existes, existes solo para Dios, hacia el que caminan inexorablemente todos tus días y todos tus afanes. Por eso, celebrar nuestro nacimiento es también celebrar ese otro nacimiento, que el mundo llama «muerte y fracaso», y que Dios llama «encuentro definitivo cara a cara con Él». Tu nacimiento a esta vida es solo un signo y anticipo de ese otro nacimiento definitivo e irreversible con el que iniciaremos la eternidad sin fin en Dios. Y esta vida es sólo una gestación en la gracia, sostenida y alimentada en el seno materno de nuestra Iglesia Madre, hasta que nos dé a luz en la vida divina de la gloria. Pero, hay que nacer cada día a esa vida de Dios. Has de alimentar continuamente en tu alma esa semilla de gloria que recibiste en tu bautismo, si no quieres presentarte un día ante Dios con el rostro avergonzado de una vida entregada al pecado y a la mediocridad.

Dios quiere crecer en tu alma, pero contigo. Tu eternidad en Dios depende también de ti. Cada minuto de tu jornada es una ocasión para nacer un poco más a esa vida de lo alto, que se te entrega a raudales en lo ínfimo y pequeño de los instantes y momentos. En tu vida cristiana, siempre habrás de estar empezando, siempre habrás de nacer de nuevo, si no quieres instalarte en esa tibieza acomodada de quien no quiere crecer por no cambiar de vida. Has de vivir tu vida cristiana con corazón de niño, sí, pero con la madurez y responsabilidad de un padre, que vela continuamente por la vida de ese Dios, que late oculto en el centro de tu alma.

Todos estos ecos nos sugiere la fiesta de hoy: la Natividad de María. Ahora que está tan cuestionada la maternidad, demos gracias a Dios porque nos ha dado una Madre y demos gracias también por los abuelos, Joaquín y Ana, aquellos padres de María que también supieron entregar a Dios los afanes de su matrimonio y la educación de su hija.

La seguridad de la orilla

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Aquellos rudos pescadores, que habían pasado toda la noche intentando pescar algo, llegaron a la orilla cansados, malhumorados, agotados de no dormir y de malcomer algo. Era un oficio duro e ingrato, que aseguraba el sustento diario no sin mucho trabajo e inseguridad. Mientras remendaban las redes, se acercó el Señor a Pedro, el cabecilla del grupo, y le dio un mandato desconcentante: “Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca”. Podemos imaginarnos la cara de Pedro, a punto quizá de soltar alguna de sus bruscas contestaciones, tan cansado y desanimado como estaba. ¿Cómo se atrevía el Señor a pedirle que volvieran a salir a pescar, cuando todavía no se habían recuperado del trabajo inútil de toda la noche? ¿Tenía que ser en ese momento? ¿Por qué no mejor por la noche, que ya estarían más descansados, habrían desayunado en condiciones y se habrían dado una ducha relajante? Humanamente hablando, Pedro tenía todas las papeletas a su favor para discutir con el Señor, y con razón, sobre lo absurdo que era lo que les estaba pidiendo. El Señor, en cambio, conocía su situación y lo absurdo de esa orden, pero Pedro tenía que aprender el estilo del Señor, que se escapa a toda medida y plan humano. Es muy típico de Dios hacer cosas grandes a partir de cosas absurdas.

Pues, por si fuera poco, el Señor se lo pone aún más difícil: no os quedéis por la orilla, remad mar adentro. Pescar cerca de la orilla es lo más sensato, lo más fácil, lo más seguro; si se levanta la tempestad, tienes la seguridad de que puedes llegar a tierra rápidamente. Quizá pescas menos, pero lo haces con la seguridad de que tocas tierra rápidamente. Pescar mar adentro tiene más riesgos; quizá coges más peces, pero te falta la seguridad de la orilla, de tocar tierra en cuanto surja un poco de oleaje. Pescar sí, claro, pero con la seguridad de la orilla.

Pedro se fía. En medio del absurdo, se fía de Dios. Renuncia a sus seguridades humanas y se fía de Dios. La seguridad de la orilla frente a la confianza solo en Dios. Y pone todos los medios humanos a su alcance, es decir, echa las redes, pero, lo hace donde no hay orilla, con la seguridad puesta solo en Dios.

Nuestras orillas, nuestras seguridades humanas y espirituales son, quizá, las que impiden el milagro de ver repletas nuestras redes. Pues claro que decimos que confiamos en Dios, en su providencia, en su poder de obrar milagros, pero, por si acaso, ¡no nos alejemos mucho de la orilla! Y, mientras con una mano ponemos una vela a Dios, con la otra seguimos agarrados a nuestras seguridades humanas y espirituales. Y cuando fallan, viene el desencanto, la desilusión, y entonces echamos la culpa a Dios, que nos deja tirados, a pesar de que, con la otra mano, no hemos dejado de ponerle la vela. Renunciar a nuestra orilla: he ahí el gran reto de nuestra vida espiritual.

Las letanías del estrés

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Detrás del tono escueto y sintético del evangelio de hoy, Lucas sabe plasmar el ritmo abrumador de actividad que solía llevar Jesús en el día a día de su vida pública. La curación de la suegra de Pedro es solo la punta de un tremendo iceberg al que se refiere el evangelista cuando dice que al ponerse el sol, acudían muchos enfermos a que les curara. El Señor podía haber ejercido su medicina general, curando a todos de golpe y con una sola palabra mágica, no solo porque eran muchos sino también porque, con criterio humano, hubiera sido lo más rápido y eficaz. A golpe de clic, el Señor podía haber curado a los cientos de enfermos que acudían a él; es más, a golpe de clic, y ya puestos, el Señor podía haber curado de raíz todas las enfermedades del planeta, de modo que la humanidad de todos los siglos no hubiera tenido que padecer tanto dolor. Y, además de los enfermos, seguía expulsando demonios que, por cierto, ¡son los únicos –entre tantos enfermos- que pronuncian bellísimas confesiones de fe! ¿Es posible que tuvieran ellos más fe que muchos de los enfermos que habían sido curados por el Señor? Y, por si era poco, seguía predicando en las sinagogas, y era tal la fama que iba teniendo, que la gente no le dejaba ni un segundo, y le seguían a donde iba, hasta pedirle que “no se separara de ellos”.

Cualquiera de nosotros, con este ritmo de actividad, estaría ya hablando de estrés, de agobio, de “no tengo tiempo”, “no me da la vida para más”, y todas las demás letanías del estrés, que solemos rezar cuando nos dejamos llevar de la ambición del tiempo. El Señor, en cambio, no parece que sufriera de agobio y de estrés. Porque semejante ritmo de actividad no es sinónimo de activismo y, mucho menos, de estrés. Quizá el secreto está en que sabía retirarse a tiempo a descansar. Pero, claro, sabía descansar; porque, si el mal de nuestro tiempo es el estrés y la depresión, quizá es porque no sabemos descansar bien y a tiempo. Hemos sustituido la cultura del descanso por la cultura del ocio y, así, aunque podemos dedicar nuestras vacaciones a “descansar”, sin embargo, parece que volvemos al día a día laboral y familiar más cansados y con peor humor que cuando nos fuimos. Y, ni el verano logra quitarnos de la boca nuestras letanías del estrés, que seguimos repitiendo en cuanto llevamos media hora reincorporados a nuestra actividad laboral.

Tampoco parece que el Señor aprovechara toda su actividad y su buena fama para que las multitudes le idolatraran. Porque, una de las tentaciones del apostolado es personificarlo, es decir, servirnos de Dios para hacer crecer y alimentar nuestro ego. Que las multitudes –o no tan multitudes- nos sigan, nos aprecien, nos halaguen, nos reconozcan nuestra labor, etc., no deja de ser gratificante. Pero, en nombre de Dios, podemos convertirnos en el centro del apostolado y hasta convertir ese apostolado en una compensación afectiva por otras carencias de diverso tipo que ocultamos o no queremos reconocer.

El Señor descansaba retirándose a un lugar solitario. Descansar es volver a centrar el corazón en lo importante y vaciarlo de tantos trastos afectivos, que nos entretienen y nos halagan, pero que terminan agostando nuestra vida espiritual. El Señor, que no sabía de ocios…, descansaba su corazón en el Padre y en el Espíritu Santo. Aprendamos nosotros a descansar el corazón y nos libraremos de esas cansinas letanías del estrés, que son tan contagiosas y que todo el mundo repite inútilmente.

Cuestión de fe

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Impresiona leer en el Evangelio de hoy el señorío y la fuerza de la palabra de Cristo ante el endemoniado de Cafarnaún. Los que estaban escuchando su enseñanza en la sinagoga se asombraron de la autoridad con la que enseñaba y del poder para someter a los espíritus inmundos; y muchos se preguntaban con extrañeza: ¿quién es este? ¿qué clase de palabra y de autoridad es esta? Pero, nada: el relato no habla de ninguno que empezara a creer en Él. Y todos vieron cómo arrojaba al demonio de aquel poseído, pero no consta que ninguno pasara de la extrañeza y la admiración a la fe en Cristo. Seguramente salieron todos de allí comentando lo que habían visto y haciendo correr la noticia por toda la comarca, pero ninguno dio el paso a la fe. Se fueron sin conocer a Jesús.

El que sí lo tenía claro era el demonio que salió del poseído: “Sé quien eres: el Santo de Dios”. Hay que reconocer que, aunque sea en boca del demonio, es una confesión de fe bella y sublime. ¿Es posible que aquel espíritu inmundo tuviera más fe en Jesús que muchos de aquellos sabiondos escribas y fariseos, que conocían la Escritura al dedillo, la enseñaban a la gente, se proclamaban maestros, apelaban a la autoridad de Moisés y esperaban oficialmente al Mesías? ¿Cómo es posible que reconociendo la autoridad de Jesús, admirándose de su palabra, viendo sus milagros, no daban el paso a la fe? ¿ceguera del corazón, orgullo de la inteligencia, miedo a perder su status, cobardía, ganas de no complicarse la vida, compincheo con lo políticamente correcto…?

Hoy se habla poco y mal del demonio. A veces nos lo tomamos a chirigota, por ser algo ya pasado, propio de un cristianismo tenebroso y pesimista, nada acompasado a los tiempos modernos. Y otras veces nos pasamos al otro extremo: le vemos en todo y en todos, y lo demonizamos todo, como si fuera la única causa del pecado y del mal. Olvidamos que en el Génesis quien pecó no fue la serpiente sino el hombre, es decir, que aunque el tentador me instigue al pecado y al mal, al final quien peca soy yo: puedo pecar, quiero pecar y ¡zas! caí…. Claro que hoy tampoco hablamos del pecado, pues lo que existe ahora es el error humano. Y tampoco está de moda el agua bendita, porque ahora lo que se lleva es ahúyentar las malas energías con un poco de incienso perfumado y poner hojas de laurel en la entrada de la casa, para ahuyentar a los duendes y fantasmas.

¡Pues ahí está el evangelio! Más claro que el agua clara. Uno de los personajes más recurrentes en los evangelios y que más aparece en toda la Escritura es precisamente el demonio. Eso no significa que sea el personaje central, pero sí el que más nos interesa saber que existe, porque precisamente toda su táctica de enemigo es hacernos creer que no existe. Esa ceguera de todos aquellos que estaban en la sinagoga y que vieron el milagro de Jesús, pero siguieron sin querer creer. Es cuestión de fe.

 

 

Evangelizar a los pobres

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Lo de “evangelizar a los pobres” suena a mantra tibetano. Parece que si no lo decimos alguna que otra vez, no estamos con los tiempos que corren. Como si lo de ser pobre fuera algo propio de los tiempos modernos. Se nos ocurren todo tipo de iniciativas estrella, de planes, de métodos, de reuniones, para programar, analizar y describir el problema acuciante de la pobreza material, pero, puede que, al final, sigamos yendo a lo nuestro…

El Señor también habla de “evangelizar a los pobres”; es más: anuncia a todos en la sinagoga de Nazaret que esa era su misión. Quizá los que estaban allí presentes, judíos casi todos, se sintieron aludidos, porque no solo se molestaron con esas palabras, sino que lo empujaron fuera del pueblo, con la intención de despeñarlo por un precipicio. En realidad, que el Mesías se presente así, entregado totalmente a los pobres, molesta a cualquiera, porque me obliga a desinstalarme de mi comodidad y a pasar de la compasión teórica a la acción concreta. Y, al final, puede que sigamos yendo a lo nuestro…

En realidad, tendríamos que preguntarnos cuáles son nuestras riquezas, cuáles son esas ambiciones, seguridades, falsos derechos, etc., que nos llenan el corazón de falsas y efímeras riquezas. Quizá nuestra gran pobreza es nuestra ambición: ambición de mí mismo, de mi comodidad, de mi seguridad humana, de mi buena reputación, de mi tiempo, de mi agenda, de mi me conmigo… Ambición de ego, en definitiva, que nos hace ser, quizá, más pobres que los que no tienen pan para comer. La pobreza de “ir a lo nuestro”, de pasar olímpicamente del otro, o por encima del otro, o contra el otro… El avaro de sí mismo es el más pobre, porque en el trono del corazón no reina Dios sino la ambición de mi yo. Y eso nos aboca a una soledad, que es también otra de nuestras pobrezas. Aunque hagamos muchas cosas buenas, aunque estemos rodeados de gente, aunque sea famoso, aunque todo me vaya bien… no hay mayor pobreza que no tener a Dios, o sustituirlo por mi ego.

Sí, evangelicemos a los pobres, pero a estos pobres que no tienen más cosa que a sí mismos. Porque es más fácil dar un poco de tu tiempo, de tus bienes, de tu dinero, etc., que darte a ti mismo. Y pobre es también el que no se entrega a los demás, sino a uno mismo, aunque sea sirviéndose de los demás, o con la excusa de los demás. El Señor vino a evangelizar a los pobres, porque no hay mayor pobreza que el pecado. Sí, aunque eso del pecado no sea precisamente un mantra tibetano acorde con nuestros tiempos modernos…

Cuando cae al suelo un gorrión

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuando llegan noticias de violencia y de muerte contra los cristianos perseguidos de cualquier rincón del planeta, solo por el hecho de que son cristianos, algo se estremece por dentro, solo de pensar en el valor de la muerte de un inocente. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy es muy clarito: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo”. Es decir, que nos estremece la muerte de tantos inocentes, solo por el nombre de Cristo, y no pestañeamos ante la muerte moral –es decir, el pecado– en la que andan sumidos tantos de los que nos rodean. No pretendo restar importancia a unos, ni demonizar a otros, pero es que el Evangelio de hoy es claro, muy claro.

Es verdad que hemos deshumanizado tanto las relaciones, que parece que vivimos en un clima de inseguridad, y a la defensiva, por si el vecino con que tratamos llega a ser una amenaza a nuestro bienestar. Y, sin embargo, somos capaces de pasar por delante del pecado, ajeno y propio, sin alterarnos lo más mínimo, o quizá revistiéndolo de buenos y santos motivos que lo justifican. Podemos acostumbrarnos a convivir con el mal moral, propio y ajeno, como podemos acostumbrarnos a ver imágenes violentas de muertes de inocentes, sin que consigan removernos lo más mínimo en el asiento de nuestro sillón. Mientras a mí no me toque…

El Señor nos invita, una vez más, a considerar el valor de la Providencia: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre”. El problema es que el hombre moderno ha renunciado a ser hijo y quiere vivir como adulto; pero, ignorando esa paternidad de Dios lo que ha conseguido es vivir como huérfano. Y renunciando a su filiación, el hombre se olvida de que es criatura y pretende ser y vivir como Dios. Por eso, al final solo le queda apoyarse en sus propias fuerzas, con toda la inseguridad que eso genera, porque ya se ve que las fuerzas y seguridades humanas dan muy poco de sí. En cambio, vivir arropados por el amor paterno de Dios, confiados en su Providencia, si bien no resuelve los problemas, ayuda a vivirlos con una fuerza interior, que nada tiene de humano.

Acudamos a este amor providente y paterno de Dios para que nos libre del enemigo del alma, el pecado, que es la causa de la verdadera muerte del hombre. Si cuando cae al suelo un gorrión todo el corazón solícito y providente de Dios está volcado en él, qué no hará por todos y cada uno de nuestros afanes y, sobre todo, qué no querrá hacer para librarnos de la muerte del pecado.

Hoy estamos de cumpleaños

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

De ningún santo solemos celebrar el día de su nacimiento, su cumpleaños, salvo de san Juan Bautista; de los demás, solemos celebrar el día de su muerte que, en realidad, es también el día de su nacimiento a la vida eterna. Si a eso añadimos el piropo que el Señor le regaló en vida: “Entre los nacidos de mujer no ha habido nadie mayor que Juan el Bautista”, pues nos podemos hacer idea de la trascendencia de su vida y de la importancia de su misión. Y, sin embargo, después del piropo, también el Señor añadió que “sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él”.

Así es el Evangelio: un signo de contradicción, porque estos criterios de grandeza y pequeñez no son, para nada, los criterios que encontramos en nuestros ambientes. Y, si no, que se lo digan a la madre de Juan, Isabel, que a su edad no imaginaba que le iba a hacer el Señor tal regalo. O que se lo digan al pobre Zacarías, que también a su edad, quizá sin comerlo ni beberlo, se encontró metido de narices, junto con su mujer Isabel, en los inicios del misterio de la Encarnación del Verbo, preludiado ya en el nacimiento tan extraordinario de Juan el Bautista. Y así actúa Dios: de improviso, a través del absurdo, saltándose a la torera nuestros criterios y planes, porque de otra manera no terminamos de aprender que el Dios es Él, no nosotros. Y Dios no deja de asombrarnos, porque es novedad continua y eterna. Nos descoloca, nos desinstala, nos despista. ¡Vamos, que con Él no hay quien se aburra! Y aun así, no terminamos de espabilar, de aprender sus modos de hacer, su lenguaje.

Mucho tenemos que aprender de la vida de Juan Bautista. Si aprendiéramos como él a señalar a Jesús, a anunciarle, a ser voz que clama en el desierto… Pero somos capaces de poner en bandeja de Herodías cualquier cosa antes que ver ahí nuestra propia cabeza. La grandeza del nacimiento de Juan Bautista se corresponde con la grandeza de su muerte, y eso nos hace intuir algo de la grandeza de su vida. Pidámosle hoy al santo esa grandeza de vida, para que sepamos ser como él esa voz que no sabe callar en el desierto de nuestro mundo de hoy.

¡No tengo tiempo!

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El agobio es la gran enfermedad de nuestro tiempo. Es verdad que todos comentamos que llevamos un ritmo de vida que no es sano, que no sabemos vivir bien, que no tenemos tiempo para nada… Pero, todos seguimos sin cambiar el ritmo trepidante de actividad, desordenada o no, que nos hace perder de vista lo esencial. Por eso, la invitación del Señor: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, resuena hoy de una manera nueva y especial. Hoy, precisamente, en la gran solemnidad del Corazón de Jesús.

Cuando nos acercamos a este Corazón aprendemos a vivir en la calma, en lo perenne, en lo que no pasa. Aprendemos el valor del tiempo, que es un talento que el Señor nos da para que lo hagamos fructificar, es decir, lo carguemos de frutos espirituales, no de cosas y de tareas. Aprendemos que por encima de nuestras prisas y agobios, está el tiempo de Dios, muy diferente del nuestro, en el que suceden los grandes acontecimientos de la historia. Y frente al tiempo de Dios, frente a nuestro tiempo humano, está también el tiempo del demonio, caracterizado por las prisas y los agobios. Sabe Satanás que tiene las horas contadas y que el tiempo se acaba, porque la victoria de Cristo es una realidad. Por eso, cuanto más nos alejamos del tiempo de Dios más nos invade el agobio y la prisa. Tenemos tantas urgencias, tantas cosas importantes que resolver, tantos compromisos y deberes diarios, que no tenemos tiempo para lo esencial, para Dios. ¡Como si las cosas y las tareas nos alejaran de Dios!

“Venid a Mí”. En este Corazón aprendemos a reordenar las cosas, las personas, las actividades, a centrarlas en lo más importante, sabiendo que el tiempo del que disponemos no es nuestro sino del Dueño y Señor del tiempo. El tiempo es un don, no un derecho, y hay que saber acogerlo como es: humano y limitado, pero cargado de unas potencialidades enormes de cara a la eternidad. Nos agobiamos cuando queremos hacernos dueños de nuestro tiempo, como si fuera algo que nos pertenece por derecho. Nos agobiamos cuando hacemos nuestros planes al margen de la providencia y sin contar con ella, agarrados a las seguridades humanas que nos ofrecen nuestras cualidades, nuestros proyectos, nuestras ambiciones, etc. Pero, vivir anclados en la calma de la providencia no significa pasividad, ni indiferencia ante las obligaciones de la vida.

Aprender a descansar en el Corazón de Jesús es de sabios. Pero, eso se aprende en la escuela de la intimidad con Él. Saber descansar, en un ambiente que nos habla por todas partes de prisas, de agobios, de conseguir todo a golpe de click, es bastante más importante de lo que nos puede parecer. Hemos sustituido la cultura del descanso por la cultura del ocio, y lo que hacemos es llenar el “tiempo libre” de más cosas y más actividades. Si no aprendemos a descansar con el corazón, por más que tengamos el mejor planazo de ocio, seguiremos agotados y agobiados con la vida.

Aprender a descansar en Dios es aprender a vivir, no apoyados en nuestras propias fuerzas sino en Alguien que es más fuerte y poderoso que yo. Aunque los problemas y los agobios nos circunden por todas partes. ¿Por qué será que cuanto más nos alejamos de Dios más nos agobiamos ante las cosas, imprevistos, problemas, fracasos, etc.?

En este día hermoso del Corazón de Jesús, aprendamos a descansar en Él. Y dejémonos amar por este dulcísimo Corazón, que quiere encontrar su gozo y su descanso entrando en la pobreza de nuestro pequeño corazón.

 

 

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