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Jesús sobre un pollino

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 

Al inicio de la Semana Santa, la Iglesia celebra la entrada triunfante de Cristo en Jerusalén, rodeado del fervor de muchas gentes, que le conocían por su predicación y sus milagros. Muchos de aquellos que extendían por el suelo sus mantos para que pasara el Señor sobre ellos, habían sido quizá protagonistas de milagros y curaciones recibidos del Señor. Otros cortaban ramas de los árboles y las tendían sobre el suelo para que pasara sobre ellas aquel pollino que llevaba sobre sus lomos al Señor. Así, entre las aclamaciones y la euforia de las gentes, entró Jesús en Jerusalén, montado sobre un pollino, que caminaba cansino y totalmente ajeno a lo que pasaba. Aquel día los apóstoles se sintieron más orgullosos que nunca de su Maestro pues, por fin, toda la gente hablaba bien de ellos, se había extendido la fama y el poder de sus milagros y había llegado ya el reconocimiento público de aquel que era del linaje real de David. Viendo a casi toda la ciudad de Jerusalén aclamando al Maestro de aquella manera, los discípulos pensaron que, por fin, había llegado el momento de hacer carrera y decidirse ya de una vez a seguir a aquel Maestro que tan buen futuro parecía prometer. Los judíos, en cambio, viendo el alboroto y la algarabía de la gente, no veían la hora de prenderle para matarle, porque veían que aquello se les estaba yendo de las manos.

A ti y a mi también nos resulta hermoso y atractivo el Cristianismo cuando todas las cosas van a nuestro favor, cuando todos nos entienden y nadie nos critica, y cuando parece que avanzamos caminando sobre una alfombra roja de reconocimiento y aplauso. Quisiéramos incluso que así fuera siempre nuestra vida cristiana y pensamos que cuando hay adversidades, dificultades, pruebas, dudas o luchas, Dios se ha escondido, nos ha dejado de su mano, es incapaz de cambiar la situación o, incluso, puede que ni exista. Nuestra continua tentación siempre será detener el evangelio en aquel momento de la entrada de Cristo en Jerusalén y arrancar las páginas que siguen, porque hablan de pasión, de Getsemaní, de flagelación y de Cruz. Y no nos damos cuenta de que arrancaríamos, entonces, las páginas que siguen a la Pasión, las más bellas del evangelio, que son las que hablan de resurrección y de gloria. No busques éxitos y triunfos humanos, fama y buena opinión de los demás, ni quieras un Cristianismo de alfombra roja. Más bien, duda de esa bonanza en la que todo el mundo habla bien de ti y pondra tu vida ejemplar y lo bien que haces las cosas, no sea que detrás de tantas alabanzas y adulaciones, descubras que, para muchos, no eres más que un vulgar pollino.

 

Salvemos el pellejo…

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Aumenta la persecución contra el Señor, en estos días previos a la Semana de Pasión. Los judíos andan confabulando el mejor modo de atraparle y darle muerte y, sobre todo, buscan continuamente justificar con el mejor de los motivos posible el odio contra el Señor: “¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación”. Es triste ver que, al final, son capaces de admitir la muerte de un justo, con tal de salvar el propio pellejo: si sigue haciendo signos, todos creerán en él y nosotros perderemos muchos adeptos; si sigue haciendo signos, tendremos problemas con las autoridades romanas y lo que nos interesa es llevarnos bien con ellos, no sea que perdamos nuestro status económico. Es decir, hay que salvar la propia imagen como sea y si para eso tiene que morir un justo e inocente, que muera.

Cuantas veces claudicamos en lo más noble y sagrado solo por quedar bien, por conveniencia económica, por no salirnos de lo políticamente correcto, por salvar la propia imagen, etc. Si, además, hemos perdido la conciencia de la sacralidad de toda persona humana somos capaces de cualquier cosa sin escrúpulo ni remordimiento. Y nadie está libre de ello, aunque sea en el transcurrir cotidiano de nuestra vida, o en el ambiente más eclesial que nos podamos imaginar. Instrumentalizar al otro, servirnos o aprovecharnos de él, incluso en nombre de un motivo justo y hasta cristiano, puede estar a la orden del día. Por eso, los judíos llegaron fácilmente a una conclusión: “Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”. Es decir, conviene que uno muera, si queremos salvar nuestros propios intereses religiosos, económicos, políticos, etc.

Tarde o temprano, quien actúa con estos criterios termina pagando un alto precio. Vivir el Evangelio requiere mucha sinceridad de vida, mucha rectitud de conciencia, mucha limpieza de miras y de intenciones en nuestros actos, porque nadie está libre de utilizar el bien como excusa aparentemente justa para hacer el mal. Y el Señor, sabiendo que se avecinaba el momento supremo de su vida, no rehúye la Cruz sino que espera el momento oportuno, la Hora del Padre, para abrazarla y entregarse en ella. Solo el Espíritu Santo puede ayudarnos a penetrar un poco en los sentimientos que llenaban el Corazón de Cristo en estos días previos a la Pasión. Nada de resignación, de resentimiento, de miedo, de debilidad. Solo el amor explica su entrega hasta el extremo de la Cruz y solo el amor pudo sostenerlo en cada momento de su Pasión. Pidámosle a la Virgen Dolorosa, que supo permanecer serena y firme al pie de la Cruz, que de su mano sepamos contemplar en estos días el misterio tremendo de salvación que se cumple en la entrega de la Cruz.

Hagas lo que hagas…

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Se nos da muy bien eso de clasificar a las personas por las obras que hacen, porque, es verdad: nuestras obras dicen mucho de nosotros. Y como alguien te ponga una etiqueta difícilmente te la quitas de encima, por mucho que hagas el pino con una mano, o por mucho que entre tus obras se cuenten los milagros más extraordinarios, como le pasaba a Jesús. Los judíos de entonces apelaban a su blasfemia para justificar su deseo de apedrearle, obcecados como estaban en no querer ver y reconocer sus obras. Porque en el momento en que hubieran creído en alguna de sus obras, se veían obligados a reconocer su divinidad y, por tanto, a reconocer que Él era el Mesías del que hablaba toda la Ley y los Profetas. Y entonces tenían que cerrar el chiringuito, cosa que no estaban dispuestos a aceptar de ninguna de las maneras. Así que frente a las obras que realizaba el Señor, los judíos se empeñan en ver a un hombre que blasfema, porque dice que es Dios, mientras que el Evanelio señala también que muchos creyeron en Él.

La vida cristiana siempre ha sido un signo de contradicción. Hagas lo que hagas, los demás siempre podrán sacarte punta al lápiz, para bien o para mal. Si haces, te juzgan porque lo haces, y si no haces, te juzgan porque no lo haces. No hay más que ver la cantidad de interpretaciones, rumores, suposiciones e imaginaciones que puede suscitar en los demás cualquiera de nuestras palabras, gestos o acciones, sean buenas o malas. Todo el mundo opina de todo, y todos te dan su valoración moral, aunque muchos no tengan ni idea de por dónde se andan. Y como aquí vale todo, pues todo depende del cristal con que se mire, y todo vale para cada cual según su propio criterio. No por casualidad está de moda eso del jurado popular, y pobre de aquel que caiga en manos de la justicia popular como el pelele cae en las manos de quienes le mantean.

Al final, hay que actuar cara a Dios, y no a merced de la opinión ajena, sabiendo que Dios ve lo escondido del corazón, allí donde ningún jurado popular puede llegar. Esta sinceridad interior tampoco nos justifica para que podamos hacer lo que nos da la gana, pero sí nos da una tremenda libertad para actuar según Dios y no según la opinión ajena y el qué dirán. Mientras sigamos haciendo de nuestra fe cristiana un mero protocolo social no solo no atraeremos a nadie sino que nosotros mismos nos cansaremos de vivir así la fe y terminaremos claudicando de ella o instalándonos en la comodidad. Hace falta mucha sinceridad de vida, y mucho examinar la intención de nuestros actos, para darnos cuenta de la cantidad de veces que, a lo largo de la jornada, actuamos más por imagen social que por imitar a Cristo. Y al final, nuestra fe va por un lado y nuestras obras por otro, con lo que resulta que la doble moral está a la orden del día y terminamos aceptándola como la cosa más normal del mundo. Dejemos que la fuerza de la Cruz purifique de verdad el corazón, para que de él nazcan obras verdaderamente buenas, en las que se refleje la vida de Dios.

 

No exageremos…

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Los diálogos de Jesús con los fariseos, que leemos estos días en el Evangelio, anuncian ya de manera muy clara la inminente Pasión del Señor. El ambiente está muy crispado, porque el Señor les declara algunas afirmaciones que son una verdadera provocación. Es una blasfemia que el Señor diga de sí mismo que “Yo soy”; es un escándalo que afirme también que Él conoce al Padre; es un sacrilegio que afirme de sí mismo que es más que Abraham y más que los profetas; en fin, es una injuria y una ofensa a la Ley que el Señor afirme de muy diversas formas que Él es Dios. A punto estuvieron los judíos de apedrearle, aunque el Señor pudo esconderse por los recovecos del Templo y salir ileso de aquella turba enfurecida de sabiondos.

Con nuestra mentalidad de hoy, seguramente le hubiéramos aconsejado al Señor que fuera más prudente y comprensivo, más dialogante, menos radical y más tolerante, porque no se puede ir por la vida diciendo esas cosas, que tanto rechinan a los oídos de la gente. Hemos de vivir la fe en minoría, así que no podemos ir por la vida provocando desaires y confrontaciones, no sea que se borren los pocos que quedan, por miedo a terminar también apedreados. Y así nos va. Porque con un Cristianismo lleno de respetos humanos y de componendas no creo que lleguemos muy lejos. Si nos repele el escandalo de la Cruz, que nunca el mundo ha logrado entender, es que tenemos seguimos teniendo el carné de católicos pero la mentalidad bastante mundanizada. El Señor sabía que se la estaba jugando y que tarde o temprano había de pagar un alto precio por todo lo que decía. Pero, si hubiera claudicado a las modas de la época, al qué dirán de las gentes o a las críticas sarcásticas y violentas de los judíos, a estas horas, estaríamos todos perdidos para siempre.

El misterio de la Cruz, que ya se vislumbra en el horizonte de la Semana Santa, nos interpela y nos incomoda, porque nos invita a desinstalar nuestra fe de tanto acomodo como nos buscamos. Seguramente estos días logremos conmovernos un poco más que de costumbre cuando contemplemos las numerosas imágenes que saldrán en los pasos de las procesiones, o cuando celebremos la bellísima liturgia del Triduo Pascual; pero si esa emoción y esa devoción tan sentida no nos lleva a una mayor conversión, a un cambio de vida, a una revitalización de nuestra fe, a un compromiso mayor con Dios, habremos cumplido un año más con el protocolo religioso de estos días y un año más el misterio de la Cruz habrá pasado de largo antes nuestros ojos. La actitud virulenta de los judíos nos invita a disponernos internamente para acompañar en estos días al Señor y pedirle a la Virgen dolorosa que nos haga entrar un poquito en los sentimientos de su Corazón.

Verdad y libertad

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Se ha hecho famosa y resultona la frase de Cristo que recoge el Evangelio de hoy: “La verdad os hará libres”. Se ha empleado tantas veces y con tantos sentidos, que casi se ha convertido en una especie de slogan revolucionario, que puede servir igual para anunciar una huelga de transportistas que para justificar la okupación de algún inmueble abandonado. Alguno, incluso, se ha aventurado a tergiversarla descaradamente diciendo que, en realidad, “la libertad nos hará verdaderos”. Es decir, que, fuera de contexto, cualquier cosa sirve para decir cualquier cosa. Porque, si bien el tema de la libertad es siempre muy atractivo y capaz de suscitar interesantes debates, no siempre queda tan clara su relación con la verdad y, mucho menos, con la realidad del pecado, a la que se refiere Cristo en el Evangelio de hoy.

Difícilmente puede enfocarse bien el tema de la libertad cuando la consideramos al margen de la disyuntiva verdad-pecado, o si se quiere, verdad-mentira. Porque, nos guste o no, el pecado nos lleva a vivir en la mentira, con uno mismo y con Dios, con lo que se convierte en nuestra principal fuente de esclavitudes. Claro que hoy hemos perdido la conciencia y la noción del pecado, con lo que la libertad la entendemos en relación a los derechos y no en relación a la verdad. Hemos sustituido la tremenda realidad del pecado por eufemismos más suaves como el error humano, la equivocación, los límites propios, etc. Así que, al final, es fácil justificar cualquier forma de entender la libertad: lo mismo da la libertad con los okupas que te arrebatan tu propia casa que la libertad con que el dueño de la kasa está obligado a cederles el uso del edificio.

Se pierde la conciencia del pecado cuando se pierde también la conciencia del amor de Dios. Y, si no es desde la verdad del amor, difícilmente puede entenderse con todo su significado la verdadera libertad, esa que nos ha alcanzado Cristo en la Cruz, cuando abolió para siempre la ley del pecado. El hombre solo crece en libertad cuando es capaz de vivir en la verdad del amor. Y esto, más que entenderlo a través de numerosos debates, se vuelve claro y diáfano solo en la medida en que se vive. Pero, el pecado nos va oscureciendo la mirada, de tal manera que nos hace creer que nuestras esclavitudes no son tales, y nos va enturbiando el corazón, hasta el punto de acostumbrarnos a amar y a considerar como buena la mentira que se encierra en esas esclavitudes. Cada uno ha de descubrir y desenmascarar qué cosas le hacen esclavo: el qué dirán, la opinión ajena, ser el centro de atención de todos, el activismo, la soberbia de creerse siempre superior a los demás, el afán de poder, la ambición de figurar y de ser tenido en cuenta, etc. Saber situarse con realismo y humildad ante la verdad de lo que soy nos libera de la mentira y nos libra de muchas meteduras de pata. Pidamos hoy al Señor ese don de la verdad, para que su Cruz nos libere realmente de la esclavitud del pecado.

Muerte y vida

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El tema de la muerte y la vida atraviesa como hilo de oro todas las páginas de la Sagrada Escritura, ya incluso desde los primeros relatos del Génesis. Pero, es importante entender que a la Biblia no le interesa describir algo tan evidente como es la vida y la muerte biológicas de todo hombre, pues la perspectiva en la que se sitúan los textos sagrados es, sobre todo, salvífica. Por tanto, lo que interesa aquí es entender en qué consiste la verdadera vida y en qué consiste la verdadera muerte del hombre. Los primeros versículos del Génesis dejan muy claro que la verdadera vida del hombre procede solo de Dios, y así se ve a lo largo de los relatos que narran la creación; y, al contrario, la muerte verdadera del hombre no es la que experimentamos necesariamente en el orden de lo biológico sino la que introduce el propio hombre, a través del pecado, cuando se rebela contra Dios como su Dueño y Creador.

Por eso, el Señor, dialogando con los fariseos, grandes conocedores de los textos del Génesis y de todo el Antiguo Testamento, les recuerda algo tan sencillo como que la verdadera muerte del hombre está en el pecado: “Si no creéis que «Yo soy», moriréis por vuestros pecados”. Cuando aquellos incrédulos fariseos oyeron pronunciar en labios de Jesús el nombre que Dios había revelado a Moisés, “Yo soy”, entendieron perfectamente que el Señor les estaba confesando su divinidad: Aquél que se reveló a Moisés diciéndole su nombre, “Yo soy”, es el que estaba allí hablando con ellos. “Yo soy” era el nombre con el que Dios se reveló a su pueblo de Israel, y comunicar el nombre era expresar su esencia, su identidad divina. El pecado de los fariseos era, por tanto, sumamente sutil y refinado, porque precisamente en nombre de la Ley de Moisés, ellos se negaban a aceptar que Jesús era Dios y, por lo tanto, el Mesías anunciado por el mismo Moisés. ¿Podía haber mayor hipocresía y soberbia que esta?

En realidad, si el corazón, o la razón, se empecina en no querer ver, ya puede venir el Señor en persona y hacer numerosos milagros delante de nuestras narices que nada de nada. Por eso, el gran pecado de soberbia es el principio de la verdadera muerte del hombre, porque nos incapacita radicalmente para abrirnos a la verdad y, por tanto, a la salvación. El Señor, sin embargo, no deja de indicarnos el camino a seguir: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que «Yo soy»”. Será necesaria la Cruz, como signo del amor supremo de Dios, para que sea destruido todo pecado y renazca en el hombre la verdadera vida. La Cruz es ciertamente el camino hacia la vida de la resurrección, pero solo si nos acercamos con el corazón rendido de fe.

 

 

El dedo y la arena

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No hay en los Evangelios una sola palabra de reproche o de condena de Jesús hacia la mujer. Las escenas evangélicas que el Señor protagoniza con las mujeres son páginas deliciosas, cargadas de una exquisita finura y delicadeza hacia sus interlocutoras. Nadie como Él conoce esa filigrana rica y delicada que es el corazón femenino, hecho y querido por Dios para afrontar la gran tarea de la maternidad, de la que pende todo el género humano. Con razón, san Juan Pablo II definió a la mujer como la mejor custodia y guardiana de lo humano.

Aquella mujer, que pasaba por pecadora y adúltera a los ojos de tantos escribas y fariseos de la época, encontró en el Señor ese cobijo de misericordia, que nunca antes había encontrado ni en la Ley ni, por supuesto, en la infidelidad adulterina de tantos hombres que, durante muchos años, se habían aprovechado de ella. Hay que ponerse en la situación de aquella mujer sorprendida en adulterio para captar algo de lo que supuso para ella sentirse perdonada de aquella manera. Los escribas y fariseos la condujeron ante Jesús, entre empujones, bromas y sarcasmos, y la dejaron allí en medio, postrada en la arena y hundida por la vergüenza y la humillación. En realidad, estaban utilizando su pecado para alardear de esa autoridad postiza que todos les reconocían y esconder detrás de ella un pecado aún mayor. Y el Señor, una vez más, calla. Era el único que podía acusar con autoridad y, sin embargo, une su silencio al de aquella mujer aplastada por su pecado y por la hipocresía de los demás.

Solo el dedo del Señor habló, escribiendo en la arena. Ese dedo de Dios, que había creado los cielos y la tierra. Ese dedo con el que Dios, en la creación, modeló al ser humano que ahora se volvía contra Él y alardeaba ante su dueño de ser una pobre criatura. Y aquel dedo de Dios tocó la arena, aquella en la que yacía el pecado de la mujer, para mostrar en el perdón y la misericordia un poder divino aún mayor que el poder creador. Aquella arena que acogía a la mujer y que era tocada por la mano de Dios salió perdonada mientras que el barro orgulloso de los acusadores huyó abochornado con su propio pecado. Cuando todos terminaron de marcharse, incapaces de tirar la primera piedra contra ella, allí, postrada en silencio ante el Señor, la mujer pecadora se sintió profundamente amada y acogida, como nunca antes lo había sido. El Señor le devolvió su dignidad perdida y le regaló el perdón de su vida, sin reclamarle siquiera una palabra.

Hemos de aprender a no juzgar ni acusar a otros, sobre todo cuando nosotros mismos yacemos postrados en esa misma arena de pecado. No nos dejemos arrastrar tampoco por las críticas y juicios ajenos, y no nos creamos las adulaciones de otros que pretenden enredarnos y hacernos cómplices de su propio pecado. Cuántas veces detrás de nuestro dedo acusador, dispuesto a señalar y acusar al otro, se esconde la justificación de nuestras propias faltas y pecados. Ponte siempre del lado del perdón y la misericordia, porque la medida que tú uses con otros es la que usarán contigo.

 

La fe de los silenciosos

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Cuántas veces hemos llevado a nuestra oración los pasajes evangélicos que narran las vocaciones de los apóstoles. El Evangelio de hoy nos cita a Simón, Andrés, Santiago y Juan, y destaca de ellos la prontitud en su respuesta: al momento dejaron sus redes y lo siguieron.

Pero hay en el Evangelio muchos otros personajes que pasan desapercibidos por su aparente insignificancia. Aquel desconocido muchacho, perdido entre la multitud, que llevaba en su zurrón cinco panes y dos peces, ese poco que el Señor necesitaba en ese momento para hacer el portentoso signo de la multiplicación de los panes. Aquel hombre cargado con su cántaro de agua, que los discípulos encontraron a la entrada de Jerusalén y que les llevó hasta el dueño del Cenáculo donde había de celebrarse la Última Cena. Los niños que, jugueteando con alboroto por allí cerca, fueron puestos como modelo y ejemplo ante la mirada atónita y sorprendida de sus discípulos. Los amigos del paralítico que, por conseguir su curación, fueron capaces de subirle al tejado, hacer un boquete y descolgarlo con esfuerzo, ante la espectacular sorpresa de tantos fariseos y maestros de la Ley que escuchaban al Señor. Los cambistas y vendedores de palomas que, como todos los días, intentaban hacer su pequeño negocio con el turismo religioso del Templo. Las mujeres que acompañaron con sus lágrimas y lamentos el camino de Jesús hacia el Calvario. El hortelano a quien María Magdalena echó la culpa de que se hubieran llevado del sepulcro al Señor. Las multitudes aún más anónimas que siguieron al Señor y de las que el Evangelio no ha recogido detalle alguno.

La Iglesia, como el Evangelio, se apoya en esas entregas ocultas y escondidas, incontables, que sólo la mirada del Padre conoce. No hace falta que estén en la lista de los grandes, ni en la de la Iglesia, ni en la del mundo. No hay vocaciones grandes y vocaciones pequeñas. Cuánta contemplación callada, cuanto escondimiento hay detrás de los milagros de Jesús, de sus predicaciones, de su pasión, de su Cruz. Cuánta fecundidad apostólica tiene esa fe silenciosa que acompaña al Señor en lo pequeño y ordinario del día a día y en ese sitio que pasa desapercibido a los ojos de todos. No pensemos que la llamada del Señor va acompañada de grandes espectáculos y pompas. Más bien todo lo contrario. Por eso, no podemos desaprovechar ninguno de todos esos momentos, ocasiones, personas, etc., que entretejen nuestra vida cotidiana. En esos detalles insignificantes y en la fe silenciosa del día a día nos espera Dios.

La persecución de los buenos

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El cristianismo está lleno de bienintencionados. El primero ya lo fue Pedro que, con muy buena intención pero sin comprender los planes y la voluntad del Señor, quiso apartar a Cristo de su muerte en la Cruz. Y el Señor no se andó con contemplaciones ni paños calientes: ¡apártate de mí, Satanás!, le contestó. Y a día de hoy seguimos sin entender por qué el Señor, pudiendo hacer las cosas de otra manera, escogió la vía de la Cruz, la persecución, la incomprensión, etc. Desde criterios meramente mundanos, es comprensible y justificable la reacción de aquellos familiares de Jesús, que le tomaban por loco y hacían todo lo posible por recluirle en casa, para evitar el qué dirán, los cotilleos y murmuraciones que estaba levantando por toda la comarca. Eran bienintencionados, acoplados a los criterios mundanos de la época y a los clichés religiosos de su tiempo, que no podían entender las chaladuras del Maestro.

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, quizá sin que ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarnos a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que nos persiguen con la palabra, con la murmuración, con la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse, una y otra vez, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. Quizá nos llamen de todo, pero más vale eso que vivir una fe anodina, insulsa, acomodada a la horma de lo políticamente correcto, y puede que quizá ya mortecina.

Estar con Él

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Solemos hablar de la vida pública del Señor fijándonos en sus numerosas predicaciones, milagros, curaciones, discusiones con los fariseos, caminatas y viajes de ciudad en ciudad, comidas y visitas en las casas. Pocas veces nos detenemos a contemplar que, para los apóstoles, la vida pública consistió, sobre todo, en estar con el Señor, convivir con el Maestro, hablar con Él en los ratos y lugares de intimidad, empaparse de sus gestos y miradas, y, sobre todo, contemplar su rostro. 

El evangelista Marcos, cuando resume la institución de los Doce, señala como prioridad de los apóstoles ese “estar con el Señor” por encima de todo lo demás: “Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”. Muy grande e inexplicable debía ser el atractivo que suscitaba en aquellos torpes y rudos apóstoles la compañía íntima con el Señor pues, sin entender tantas cosas del Maestro, a pesar de tantos reproches y correcciones como recibieron de él, a pesar de verse envueltos en críticas e incomprensiones de parte de los fariseos, a pesar de tantas renuncias y cansancios, allí permanecieron junto a Él. Aprendieron que, para predicar y poder expulsar demonios, primeramente había que estar con el Señor. Así como sea tu trato con el Señor, tu ‘estar con Él’, la vida de la gracia en tu alma, así será tu predicación y tu poder para expulsar demonios en tu propia vida y en la de otros. 

Mayo 2017
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