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Nuestras secretas ambiciones

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Leyendo el evangelio de hoy, me vienen a la cabeza los numerosos casos de corrupción económica que leemos cada día en los periódicos. Cada día se puede encontrar un titular nuevo, con un personaje distinto y una modalidad inédita de fraude y engaño, a cual más sofisticada. Y, al final, siempre llego a la misma conclusión: pero si saben que les van a pillar, ¿cómo es posible que la ambición de dinero y de poder les haga llegar tan lejos? Pues sí, es posible. Somos capaces de emplear todo tipo de esfuerzos, astucias y artimañas para conseguir eso poco que creemos que nos va a hacer felices, o que nos va a arreglar la vida, aun sabiendo que, al final, esa ambición incluso puede volverse contra nosotros y hasta llevarnos a la cárcel.

El administrador de la parábola bien podría formar parte de algún titular de periódico, junto a la víctima del fraude, su amo, un hombre rico, que se fiaba de sus trabajadores y que no tenía motivo para no confiar en su administrador. Está claro que la ambición de poder, de dinero, de bienestar, etc., no es de ahora, aunque sí es de ahora la posibilidad de que esa ambición sea motivo para sacar un titular periodístico de esos que generan más tirada. Y, ¿quién no tiene sus ambiciones más o menos secretas, más o menos grandes o pequeñas? Porque, el que esté libre de pecado, que empiece a tirar la primera piedra. Por eso, quizá, el amo de la parábola no recrimina a su administrador que tenga esa ambición de dinero y de poder; tampoco le recrimina que le haya engañado al desempeñar su puesto. Esa ambición es una manifestación propia del pecado, que obra en nosotros como un virus que puede llegar a ser potente y letal, si no se sabe curar a tiempo. No, el amo no recrimina el pecado del administrador, no le echa en cara su ambición; es más: le felicita por la astucia que ha empleado para conseguir sus propios intereses. Y aquí está el mensaje de la parábola: al amo le duele el pecado, pero le duele más ver que el administrador no solo no lucha contra ese pecado sino que emplea toda su astucia al servicio de su ambición. Ese administrador es ciego, pero de los que no quieren ver: es capaz de aprovecharse del negocio de su amo, de engañar a todos sus deudores para asegurarse un porvenir, y no es capaz de administrar los bienes del alma, esos que perduran más allá de los cargos, de los negocios, de los dineros, y de todas nuestras astucias.

Esta es la condición humana, la de todos los tiempos y la de todos los hombres, seamos católicos o no, recemos o no. Otra cosa es que nos esforcemos, o no, por luchar contra el pecado, que anida en nosotros bajo formas muy sutiles, disfrazadas de bien, incluso espiritual. Por eso, denota mucha oscuridad interior el hecho de que, aun trabajando en la casa del amo, aun recibiendo de él la confianza para ser nombrados sus administradores, aun pasando ante todos por el hombre de confianza de su amo, el administrador aproveche todo eso para derrochar los bienes recibidos y, además, utilizar todo tipo de artimañas para lograr su secreta ambición.

Tenemos que preguntarnos a diario, en cada ocasión y circunstancia, dónde ponemos el corazón. Y examinarnos con sinceridad, para sacar a la luz todas esas ambiciones ocultas que mueven, como hilos secretos, muchas de nuestras acciones, palabras, gestos, etc. Aunque recemos mucho, aunque vayamos a Misa, aunque demos catequesis y trabajemos en la viña del Señor, como dignos administradores suyos. Con nuestra astucia, la de este mundo, somos capaces de vivir en esa doble vida, con esa doble moral y con esa doble medida, sin que se note, ni se sepa, ni salga a la luz; pero, nada más contrario a la astucia propia de los hijos de la luz.

Cuando perdemos el móvil

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Quien haya perdido el móvil alguna vez, sabe muy bien el mal trago que se pasa. Y no digamos cuando buscamos ese décimo de lotería que acaba de tocarnos y no nos acordamos dónde lo hemos guardado. Si lo que se nos pierde es el coche, porque no sabemos muy bien si nos lo han robado o, simplemente, es que no nos acordamos de dónde lo hemos aparcado, el trago también es memorable. Perder las llaves de casa o del coche, perder el monedero con todas las tarjetas de crédito, perder la maleta justo cuando hemos llegado al aeropuerto de destino, al otro lado del Atlántico, perder algo imprescindible y valioso, y buscarlo con inquietud, con angustia, y hasta con la boca seca, es, creo yo, una experiencia real de la que nadie se ha librado alguna vez en la vida. Así que, es fácil imaginar a la mujer de la parábola del Evangelio, buscando desesperadamente por toda la casa esa moneda que se le había perdido, o al pastor que corre y vuela detrás de la oveja perdida hasta encontrarla.

En cambio, no nos dejamos la zapatilla cuando lo que perdemos son cosas espirituales, de esas que no se ven, que parece que no son tan urgentes, y que solemos dejar en un segundo plano, porque no nos ayudan a llegar a fin de mes, o no nos resuelven el problema inmediato que tenemos delante. Para las cosas de Dios, o las cosas de nuestra vida espiritual, somos más bien perezosos y comodones, hasta caer fácilmente en una dejadez –a veces crónica– muy bien justificada con buenos motivos y excusas. Si pusiéramos en ellas el mismo interés que solemos poner en las cosas materiales, familiares, profesionales, etc., ¡otro gallo cantaría! Y el problema es que, a base de no darles la debida importancia, terminamos por acostubrarnos a la rutina espiritual y hasta llegamos a hacernos insensibles ante el bien o el mal propio y ajeno. Nos impresionan las necesidades materiales de los más necesitados y, quizá, ni pestañeamos ante las carencias morales de los que nos rodean. La indiferencia ante el pecado propio y ajeno termina haciéndonos creer que el pecado no existe y, por lo tanto, aunque hayamos perdido la cercanía con Dios, la gracia, la virtud, etc., no lo buscamos, porque ni siquiera somos conscientes de lo que hemos perdido.

Quizá también por eso andamos tristes y como desanimados: porque buscamos esas otras alegrías efímeras, en las que tenemos puesto el corazón y las energías, sin llegar a apreciar del todo ese otro gozo espiritual, que nace de la paz del alma y la tranquilidad de conciencia. El Señor, en el Evangelio, apunta al centro de la diana: la alegría del cielo se parece a la alegría que experimenta el pecador que se convierte. Y esto, no se lo dijo a los pecadores de la época, que se acercaban a escucharle y comían con Él; se lo explicó a los escribas y fariseos, es decir, a los que se tenían por justos, virtuosos, espirituales, cumplidores ejemplares y hasta maestros de la Ley. Poco sabían estos de la alegría de la propia conversión y seguro que estaban escuchando las palabras de Jesús con cara de poker y, más de uno, con cara de almendra amarga…

La hermana muerte

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Vista desde nuestros cortos esquemas y criterios, la muerte es el mayor y más absurdo fracaso del hombre, el mayor sinsentido de la vida. En cambio, vista desde la fuerza de la Cruz, es la mayor victoria de Dios y nuestro mayor triunfo. El Evangelio de hoy nos narra la muerte de Cristo en la Cruz, para que aprendamos de ella a morir y, sobre todo, a vivir. Porque, quizá, aprendemos demasiado tarde a vivir de la mejor manera que se puede vivir, que es cara a Dios. No te extrañe, pues, que te cueste mirar cara a cara a tu hermana muerte: si no sabemos morir, es porque no hemos aprendido a vivir.

Nuestro Señor, en Getsemaní, sufrió en su humanidad la agonía indescriptible de ver cercana su muerte, pero el amor oscuro al Padre y a nuestra salvación pudo sostenerle en la Cruz. Realmente, ni siquiera la muerte de Cristo en la Cruz hubiera tenido sentido sin la resurrección. Por eso, la muerte deja de ser un misterio cuando la contemplamos desde Cristo y desde la gloria de la vida futura. Porque nosotros “somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo”. Esta realidad gozosa, y a la vez misteriosa, de nuestro cuerpo resucitado la profesamos cada vez que rezamos o recitamos el Credo; pero, con la boca chica, porque en el fondo no terminamos de creernos eso de que “El transformará nuestro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso”. Y, encima, se lo echamos en cara a Dios: oye, si al final nos vas a resucitar (solo si somos buenos…), pues ahorranos el trago de pasar por la muerte y ya está, ¿para qué complicarnos la vida? Nosotros no creemos en la muerte, ni en el fin del mundo, ni en la nada después de esta vida; creemos en la vida eterna, en la resurrección del cosmos y de todo lo creado, y en la comunión de los santos y de la vida trinitaria que nos espera más allá del fino umbral de la muerte. Y solo esto sería suficiente para ir por la vida con cara de esperanza, de optimismo, de sosiego y confianza en Dios, aunque los problemas nos lleguen a la nariz.

Pídele con fuerza a la Virgen eso que tantas veces le has dicho en tus oraciones: “Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Encomiéndale a san José los últimos trabajos del alma y del cuerpo en esta vida, a él que tuvo la dicha de morir acompañado de María y de Jesús. Y no dejes pasar uno solo de tus días sin ofrecer tu oración por nuestros hermanos difuntos, que tanto necesitan de la oración de toda la Iglesia. Contempla en ellos cómo, tarde o temprano, llega el fin de todas las cosas. ¿Qué te llevarás, entonces, de esta vida, si sólo tú y tu amor podrás mostrar a Dios en tus manos vacías?

Quiero ir al Cielo

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No sé si hablamos poco del cielo, o hablamos mal, pero el caso es que no suele ser un tema habitual de nuestras conversaciones, catequesis, homilías, etc. Quizá tenemos miedo a ridiculizarlo o parodiarlo, y por eso hablamos poco de él. Y no me extraña, porque, por mucho que nos alarguemos en describir cómo será eso del estado de gloria, siempre nos quedaremos cortos. Los problemas de la vida pesan tanto en el día a día que, al final, terminamos creyendo más en nuestros agobios, problemas y preocupaciones que en la esperanza del cielo y de la comunión plena con Dios.

La fiesta de todos los los santos nos enseña algo muy importante: entre ellos no hay escobas de brujas, ni calabazas que dan miedo, ni brujas terroríficas, ni nada por el estilo. Los santos no nos hablan de miedo, terror, culto a la muerte, oscuridad, brujería, magia, y todas sus demás variantes. La moda de convertir esta fiesta, en la que celebramos la comunión con todos los santos de la Iglesia, en una especie de agujero negro, que termina exaltando la espiral del miedo, del terror y la muerte, no deja de ser perversa, y nada tiene que ver con la alegría y la esperanza que rezuma la fe cristiana por todos sus poros. Cuando no podemos dar sentido a la muerte, al dolor, al fracaso, terminamos por disfrazarlo de todo tipo de máscaras, o bien, lo ignoramos y vivimos como si esas realidades nunca fueran a llegar.

Los santos fueron tan de carne y hueso como tú y como yo. No olvides que ellos, como tú, saben muy bien de caídas, debilidades, tentaciones, defectos, pecados y sufrimientos, porque no nacieron ya canonizados. Y llegaron a la meta sin necesidad de pócimas mágicas, trucos, hechizos o embrujos, es decir, por el camino sencillo del día a día de la vida, sin grandes aspavientos ni hechos extraordinarios, buscando la santidad en la rutina y normalidad de la vida diaria. Y eso es, quizá, lo que más nos cuesta descubrir y aceptar: convertir nuestra vida cotidiana, tan anodina y plana, en un reto de santidad, en una tierra fecunda en la que Dios puede convertir en frutos de virtud nuestros esfuerzos por ser santos.

Pocas veces nos acordamos, quizá, de avivar esta dulce hermandad que tenemos con todos los santos del Cielo. Y, sin embargo, la realidad de la comunión de los santos es tan real que, sin esta savia, el tronco de la Iglesia ya se habría secado hace tiempo. No los tengas sólo como modelos de vida, inalcanzables por su altísima y extraordinaria santidad. Apóyate en ellos, estrechando fuertemente su mano como se estrecha con fuerza el bastón cuando el camino es duro y empinado.

Ten especial cariño y confianza con nuestra Madre, la Reina de todos los santos, que también supo de oscuras peregrinaciones en la fe. Y mira con predilecta devoción al gran san José, ya que también él fue mirado con especial predilección por su Hijo, Nuestro Señor. Los santos nos sitúan en la única verdad de las cosas y de la vida. Ellos, desde el Cielo, nos gritan que sí, que es posible, es posible y real la santidad, tu santidad.

Relación calidad-precio

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos tan acostumbrados a ir a lo nuestro, que cuando nos encontramos con alguien desinteresado, que vela gratuitamente por nuestro bien: o bien desconfiamos, porque pensamos que, en el fondo, nos quiere dar gato por liebre, o bien pensamos que es el típico ingenuo y bobalicón, de esos que no se enteran de la vida, con lo que también terminamos por desconfiar. Con eso de la relación calidad-precio nos han acostumbrado a creeer que cuanto más pagamos, mejor calidad compramos, es decir, cuantos más resultados obtenemos y más cifras podemos aportar, más fruto espiritual estamos dando. Por eso, leyendo la primera lectura, uno no se espera que el apóstol Pablo, pidiéndole a los filipenses que le dieran una alegría, les pide solo la alegría de saber que entre ellos hay unidad y concordia, por encima de las rivalidades, las envidias, el rumoreo, el carrerismo, las zancadillas, los intereses propios, los politiqueos eclesiásticos, etc. Creo que si san Pablo escribiera hoy a cualquiera de nuestras comunidades no les pediría datos, resultados ni estadísticas: dime cuántas bodas tenéis, cuántos jóvenes van a la próxima excursión, cuántas confirmaciones celebráis, cuánto sacáis en la colecta, cuantos admiradores os felicitan por vuestras homilías, cuántas y cuántos… tenéis, hacéis, etc.! Más bien insistiría en lo mismo que les dijo a los filipenses: “Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir”.

Con esa misma lógica del consumismo espiritual terminamos también midiendo nuestra vida espiritual, nuestros apostolados, nuestras obras de caridad, y las relaciones entre los propios cristianos. Porque somos tan educados unos con otros, tan políticamente correctos, tan mirados y corteses que terminamos reduciendo la caridad cristiana a la buena educación y, al final, caemos en la misma hipocresía y puritanismo con la que medimos a todos los demás, es decir, a esos que decimos que son tan mundanos, tan superficiales y tan alejados de Dios, porque no rezan tanto como nosotros. Nos cuesta hacer el bien y que no nos lo reconozcan, que no se note, que no se den cuenta, que no nos lo agradezan. Nos cuesta renunciar al éxito mundano y eclesial, solo porque esperamos la paga que este mundo, aunque sea eclesial, suele dar por las buenas obras que hacemos. Nos cuesta alegrarnos del bien ajeno y terminamos contaminándolo con nuestras ambiciones secretas, nuestros rumoreo y politiqueo, para que el héroe salga mal parado por alguna parte, aunque sea mínima. Con razón, el Evangelio de hoy insiste en lo contrario: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”. Es decir, no ambiciones la paga de los demás, sino busca solo esa otra recompensa que te dará Cristo, al final de los tiempos, en nombre de todos aquellos a los que entregaste gratuitamente el bien que el Señor puso en tus manos.

Tenemos que ser muy sinceros con nosotros mismos y purificar continuamente la intención que mueven nuestros actos. Porque, tendemos a justificarnos, a revestir de apariencia de bien lo que, en el fondo, es solo soberbia y egoísmo. Y ¡ojo!, porque todo esto no significa que estemos justificando y dando la razón a la gente que va a lo suyo, que abusa de la bondad y de la buena intención, que se aprovecha del bien y se acostumbra a exigir, que no agradece ni corresponde… Pero, ¡allá ellos! También el Señor les pedirá cuenta de todo y les dará también a ellos su paga proporcionada, si no quieren corregirse a tiempo.

 

“No sé quiénes sois”

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Duras, y muy claritas, las palabras del Señor en el Evangelio de hoy. Llegará un día en que el amo de la casa se levante, cierre la puerta y muchos se queden fuera clamando: ¡Señor, ábrenos! ¡Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Si este amo de la casa fuera de los que están preocupados por quedar bien, por el qué dirán, por contentar a todos, por ese buenismo que justificamos en nombre de Dios, entonces debería dejar entrar a todos, a todos sin distinción, solo por el hecho de que han comido y bebido con él, y que escucharon su predicación en las plazas. ¿Acaso el amo de la casa no es bueno? ¿Cómo puede, entonces, negar que conoce a los que él mismo invitó a comer y a los que él en persona enseñó su palabra? Y, sin embargo, las palabras del amo son contundentes: “No sé quiénes sois… No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.

Se nos escapa la justicia de Dios, porque nos empeñamos en meterla en la lata de nuestros criterios mundanos. Y, luego, convertirmos la misericordia de Dios en una especie de ñoñería sensiblera y mojigata, que nos presenta a un Dios miope y bobalicón (con perdón…), que hace como que no ve, o que ha dejado de utilizar su rasero para medir la bondad o maldad de nuestros actos. Y, en nombre de todo eso, opinamos orgullosos: ¡Ese Dios, sin rasero de medir, es el Dios moderno que piden los tiempos de hoy! ¡Y la Iglesia debe hacerse más acogedora, porque para eso es la casa de todos! Pero, claro, con estos criterios, díganme ustedes cómo explicamos la parábola de hoy y a este amo de la casa, que se empeña en decirles a sus invitados y espectadores: “No sé quiénes sois”.

Es duro –pero realista– pensar que muchos de los que nos sentamos en el mismo banco de la parroquia, de los que comemos el mismo pan en la Eucaristía, de los que escuchamos la misma Palabra de Dios, de los que partimos un piñón con el Señor haciendo miles de apostolados y obras buenas, quizá seamos de los que, al final, nos quedemos fuera de la casa, llamando desesperadamente a la puerte y gritándole al amo de la casa: “Señor, ábrenos, hemos comido y bebido contigo!”. Así de clarito es el Evangelio de hoy. Y esto no es para angustiarnos o desanimarnos, sino para espabilarnos, ser sinceros y reconocer que con nuestro cristianismo de mínimos no vamos a ninguna parte. Convertir nuestra fe en un mero protocolo social, en un cumplimiento a rachas, en algo postizo y añadido a las mil ocupaciones de nuestra agenda, es, poco menos, que haber sido invitados a comer y beber en la casa de nuestro amo, cumplir perfectamente con todos los protocolos de un digno invitado y, al final, no probar bocado.

En el mundo antiguo, ser invitado y compartir la mesa y comida con el señor de la casa era una exquisita muestra de intimidad, de cercanía, de hospitalidad y comunión. Algo más que un compromiso social, o un protocolo de amigos. Significaba entrar en la intimidad de la casa, hasta el punto de llegar a formar parte del entramado afectivo del hogar. Por eso, en las palabras del amo de la casa resuena una de las mayores ofensas que podía recibir: sí, habéis comido y bebido conmigo, habéis escuchado mis palabras, pero nunca entrásteis en la intimidad del hogar, nunca fuísteis de casa, nunca me conocísteis… Es el riesgo de contentarnos con vivir un relación con Dios superficial, de mínimos, de cumplimientos. Cuántos bautizados hay que pasan por ser los invitados perfectos, los que están siempre en el primer asiento del banquete, los que no fallan ni una, los eternos ejemplares y, sin embargo, no conocen a Dios, no han entrado en su intimidad, no han llegado a saborear casi nada de esa compañía de hogar que ofrece el corazón de Dios. Están, sí, pero no conocen al amo de casa y, por lo tanto, el amo de casa no puede decir de ellos más que lo que dijo el señor de la parábola: “No os conozco”. ¿Por qué nos contentamos con un cristianismo fácil y comodón que, al final, no gusta ni atrae a los mismos que lo viven? ¿Por qué tanta pereza para sacudirnos nuestras rutinas espirituales, para esforzarnos por las cosas de Dios y ponerle en el lugar de nuestra vida que le corresponde? Pidamos que no sea nunca demasiado tarde y que, a tiempo, el Espíritu Santo nos alcance ese don de la intimidad con Dios, que tantos invitados al banquete no saben gustar ni paladear.

Nuestro medallero olímpico

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ni el carrerismo, ni el clericalismo son solo de ahora. A su modo, ya eran dos virus que infectaban el mundo de los fariseos y escribas de la época de Jesús, que andaban peleándose por sentarse en la cátedra de Moisés, ocupar los primeros puestos en los banquetes o recibir algún que otro cargo en el mundillo religioso del Templo o en la “yet set” religiosa del momento. Y de las mafias y cotilleos de pasillos que podían rodear el cargo del Sumo Sacerdote, mejor ni hablar, aunque no serían muy diferentes de los que podemos encontrar ahora en nuestros pasillos y mentiremos eclesiales. La condición humana, por más que esté recubierta de ropas sagradas, de filacterias y de mantos bordados con orlas preciosas, no deja de ser la que es. El Señor reprueba con duras palabras la falsedad y la hipocresía en lo religioso, sobre todo cuando, en nombre de Dios, andamos jugando con la gente, fomentando una falsa virtud, enarbolando la bandera del seguimiento a nuestra persona en nombre de Cristo, disimulando con comentarios piadosos nuestra mediocridad o cayendo en políticas humanas para manejar o conseguir un cierto status eclecial. “Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí”. Pero, seamos sinceros: ¿a quién no le gusta y le atrae el reconocimiento humano, la fama y el buen decir de la gente, el prestigio eclesial y, en definitiva, ese tufillo de gloria humana, que cuando se eleva desde los círculos y ambientes eclesiales, o eclesiásticos, hechiza aún con mayor gusto y placer? Pues, para evitar continuamente caer en la sutil tentación que encarnan los fariseos y escribas, o somos ángeles, o somos santos, porque si andamos patinando con un pie en Dios y con el otro en el mundo acabamos mal.

“El primero entre vosotros será vuestro servidor”, y por si acaso no había quedado claro, continúa el Señor: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Si entendemos la idea de servir y de humillarse en clave mundana, está claro que, entonces, los cristianos somos lo más bobos del planeta, porque estamos predicando que hay que ir de lelos por la vida. Y como nadie quiere ser el tonto, el malo y el feo de la películo, andamos todos peleándonos por sentarnos en la cátedra de Moisés, sea la que sea, con tal de que se nos reconozca como debemos. Pero, si entendemos el servicio y la humildad en la clave del Evangelio, la cosa cambia, porque entonces estamos en el camino de Cristo, el de la Cruz, que ni el mundo, ni los que viven según el mundo dentro de la propia Iglesia, pueden entender. A estos dejémosles que anden ocupados y preocupados a diario de sus filacterias y de las orlas de sus mantos, que ya el Señor les dará la paga que les corresponda. Preocupémonos, más bien, de vivir con una actitud de servicio mucho más sincera y menos hipócrita, esa que nace de la verdadera humildad. Un buen olfato cristiano sabe descubrir a la primera dónde hay verdadera virtud y no falsa humildad, y quién sirve de verdad a Dios, o quien se sirve de Dios para sus propios intereses y para hacer crecer la cresta de su propio ego. Vayamos a lo esencial del Evangelio, y seamos sinceros con nosotros mismos para pedir a Dios el despojo de tantas filacterias inútiles y de tanto manto hipócrita, adornado con grandes orlas de vanidad y mundanidad, si no queremos aguar el Evangelio y convertir el Cristianismo en una carrera olímpica por conseguir medallas de reconocimiento mundano. Algunos andan tan agobiados por conseguir alguna que otra medalla que colgarse, que al final sus oros, platas y bronces se convierten en terribles fardos pesados, que ahogan la vida interior y la vitalidad de la fe cristiana.

Las ideas no enamoran

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Más de uno se habrá preguntado alguna vez lo mismo que aquel fariseo le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”, es decir, ¿por dónde empezamos?, ¿cuáles son los mínimos del cristianismo para cumplirlos?.  Los fariseos andaban detrás del Señor, poniéndole a prueba en todo momento, para ver si le cazaban en alguna contradicción y dejarle así fuera de juego y sin autoridad. Buscaban la jugada perfecta, en ese campo de batalla propio de las escuelas farisaicas de la época, que competían por demostrar quién interpretaba mejor la ley: si los rigoristas, o los laxistas. Todos querían apropiarse el monopolio de la interpretación de la Ley, porque de eso dependía su prestigio y autoridad ante las gentes sencillas del pueblo, que acudían a la Sinagoga a escuchar sus enseñanzas. Pero, por más que el Señor intentaba hacerles comprender el corazón de la Ley, ellos andaban enredados y a vueltas con el monotema del cumplimiento y la observancia escrupulosa de todos los preceptos de la Ley, dando la primacía al legalismo y a la religiosidad superficial, y olvidando que poco valor podía tener el cumplimiento de uno solo de esos sagrados preceptos si no iba acompañado de la conversión interior y la entrega del corazón. Por eso, a la insidiosa pregunta de los fariseos, el Maestro responde en otra clave, la del amor: “Amarás… a Dios y al prójimo”. El mandato del amor a Dios es inseparable del mandato del amor al prójimo; y quien no haya entendido esto, no ha entendido ni una sola letra de la Ley y, por añadidura, de todo el Nuevo Testamento.

Dios no es una idea, no es un constructo mental, no es una teoría demostrable y, mucho menos, una ideología. Es un Amor, así, con mayúsculas. Un Amor primero y radical, que va por delante en la entrega total a cada uno de nosotros. Y ese amor no es teórico: o me enamora, o no me enamora. Y, si me enamora, no me queda otra que responder, o no, porque el Amor que es Dios no me obliga, no me presiona, no entra en mi vida si yo no le dejo o no quiero. Pero, aquel que entiende la lógica del amor, sabe muy bien que el amor obliga, se convierte en ley: ¿cómo puedo descubrirme amado por Dios y quedarme insensible, impasible, sin pestañear, sin responder a esa entrega?

Muchos cristianos hay que, después de años de rezos, devociones, compromisos cristianos, prácticas sacramentales, esfuerzos y trabajos apostólicos de muy diverso tipo, siguen sin descubrir que Dios es el Amor primero y radical de mi vida. Y se esfuerzan con generosidad por vivir su fe, pero no logran entrar en el hondón de esa experiencia interior del descubrimiento del amor de Dios en la propia vida. ¿Cómo puede ser que viva mi fe, mi relación con Dios, mi cristianismo, anclado todavía en la mentalidad farisaica del cumplimiento de la Ley? Reducir el cristianismo a una Ley y vivirlo con la mentalidad del Antiguo Testamento es el virus que bloquea la vitalidad espiritual y apostólica de la fe cristiana en muchos bautizados. Y por este camino del legalismo y del cumplimiento superficial y aparente lo único que conseguimos es dar testimonio de un cristianismo anquilosado y fosilizado, incapaz de entusiasmar a nadie, ni siquiera a los mismos que lo practican. Por eso, quizá, se ven por la calle tantas caras de cristianos agobiados, cansados, que dejan apagar su fe por exceso de aburrimiento y sinsentido.

Es difícil descubrir a este Dios Amor –que no significa un Dios sensiblero, ñoño y sentimentalón–, inmersos como estamos en una cultura que identifica el amor con la emoción y el sentimiento fugaz y pasajero. Pero, no echemos la culpa de nuestra mediocridad a los demás, al ambiente, a la ideología de género, a los curas, a los políticos, al vecino…. La medida del verdadero amor es la entrega de sí, y mientras no vivamos la fe cristiana en esta clave, seguiremos haciendo de Dios una idea. Pero las ideas no enamoran; el amor de Dios, sí. Que cada cual examine y descubra en su propia vida si hay, o no, algo más allá, más hondo, más profundo, detrás de nuestros cumplimientos.

Tenemos una boda

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuántas veces hemos declinado una invitación de boda, simplemente porque asistir era un mero compromiso social. Buscamos la mejor excusa, la más inteligente, para evitar ir y ahorrarnos la molestia del viaje, el regalo, el gasto económico, el traje adecuado, el hotel, las amistades incómodas, las conversaciones aburridas durante el banquete, etc. No sé si se ha dado alguna vez el caso de que los novios hayan preparado su boda, banquete incluido, y, al final, por diversos motivos, todos los invitados hayan fallado. ¡El disgusto puede ser monumental! Algo así le pasó a aquel rey que narra la parábola del Evangelio: preparó con esmero y generosidad la boda de su hijo, pero los invitados no quisieron ir. Tenían una agenda demasiado apretada como para hacer un hueco para asistir a ese compromiso social: unos se marcharon a sus tierras, otros a sus negocios y otros, para colmo, se dedicaron a apalear y matar a los criados, para que dejasen de invitar a aquella boda incómoda. Es decir, ¡los invitados iban a lo suyo, a sus cosas, a sus asuntos! Demasiado ocupados como para asistir a la boda del hijo del rey.

El Señor les contaba esta parábola a los fariseos de entonces, que tuvieron que darse por aludidos sí o sí, porque conocían muy bien la importancia de la metáfora nupcial en la Escritura que ellos explicaban al pueblo. Ellos habían sido los primeros invitados a las bodas del Cordero, pero declinaron su invitación, muy ocupados en cumplir la Ley a rajatabla y en esperar al Mesías, que no era, desde luego, aquel profeta que tenían delante y que les narraba estas parábolas tan incómodas.

El problema es que creemos siempre que las parábolas son para los otros, no para mí; que ese invitado a las bodas no soy yo, y que ese banquete, tarde o temprano, sucederá en la historia. Porque, a no ser que mintamos cuando recitamos el Credo cada domingo, creemos en la segunda venida de Cristo, no ya en la carne, como fue la primera, sino en la gloria de la resurrección. Y vendrá para celebrar el banquete de bodas definitivo. Lo que no sé es si a muchos bautizados nos pillará con una agenda tan ocupada en nuestras cosas, en nuestros asuntos, en nosotros mismos, que nos pillará de sorpresa y sin el traje de bodas preparado. Lo sabemos con tiempo: que tenemos una boda. Negligencia nuestra será declinar la invitación, considerarla como un mero protocolo social, y no preocuparnos de los preparativos y, sobre todo, de adecentar nuestro traje espiritual.

Y, atención, porque la cosa no es solo para el final de los tiempos, porque todos los días aceptamos o declinamos esa invitación del Señor a ser sus invitados al banquete. Al final, no tenemos tiempo para Dios, porque lo tenemos lleno de otras ocupaciones, que no podemos dejar de hacer. Incluso ocupaciones santas y piadosas, que no podemos dejar de hacer, porque las hacemos en nombre de Dios. Hacemos muchas cosas por Dios, sí, pero no tenemos tiempo para estar con Él y ser sus invitados. Sería cuanto menos curioso que los novios se dedicaran a preparar su boda y acudieran al enlace sin el traje nupcial, vestidos con los vaqueros de los fines de semana, solo porque, con tanto preparativo, ¡no les dio tiempo a hacerse el traje!

¡Y así nos va! Que andamos de acá para allá, llenos de apostolados, de obligaciones, de compromisos, de cosas y más cosas, todas muy santas y necesarias, pero sin el traje de bodas preparado, es decir, sin cuidar esa vida interior, de intimidad con Dios, que es la que da sentido al banquete nupcial. Ejemplares por fuera y andrajosos por dentro: así podemos vivir nuestro cristianismo, convertido más o menos en un protocolo social, que nos permitimos el lujo de declinar, si no encaja con nuestros intereses, esquemas o ambiciones. Pero si reducimos nuestra fe a algo social, protocolario, formal, es fácil que cuando invitemos a otros a participar de este banquete, quieran declinar la invitación, por otros motivos más atractivos. Es responsabilidad nuestra adecentar nuestro traje interior.

La persecución de los buenos

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Me imagino a aquellos jornaleros de la parábola, antes de ser contratados, quejándose y criticando a todo el que pasaba, solo porque ninguno les ayudaba a salir de su situación miserable. Me los imagino, también, contentos porque, por fin, alguien se había fijado en ellos y les había contratado para trabajar en la viña de un rico y acaudalado señor, pero seguían quejándose porque no era el trabajo que ellos querían y seguían criticando a todos aquellos, más ineptos que ellos, que ocupaban los grandes puestos de la administración de su ciudad. Me los imagino haciéndose ilusiones, a lo largo de todo el día, porque quizá su señor quería contratarles al día siguiente, y al otro, y al otro, pero quejándose de que en ese trabajo poco futuro había y criticando a los cantamañanas, capaces de hacer carrera a base de embaucar a la gente. Me imagino la cara de aquellos pobres jornaleros que, después el cansancio, la fatiga, el sudor y el calor de un día agotador, cuando fueron a recibir su jornal, recibieron la misma paga que esos listos que, habían llegado a trabajar a la viña ya al final del día y se habían encontrado con el trabajo prácticamente hecho. Me imagino a aquellos jornaleros volviendo a casa, con el dinero en su bolsillo, y sin parar de quejarse y de criticar, esta vez contra la injusticia cometida por su señor, que encima tuvo la desfachatez de quitarles la razón y ponserse como modelo de virtud: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

El señor nos pone delante esta parábola para enseñanza de todos, porque (seamos realistas): la Iglesia está llena de quejicas y criticones. Y es que la virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como El, la incomprensión y la maledicencia. Pero la incomprensión y la persecución de los buenos nada tiene que con el entramado de zancadillas, de maniobras ocultas, de políticas humanas y de jugadas que tantas veces se dan en las bambalinas de toda diócesis. Solo que el Señor se sirve de todo ello para ponernos en ocasión de crecer en la virtud.

¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, sin que quizá ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios. El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarte a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” buenos que te persiguen, con la palabra, la murmuración, la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –eso dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos, de la sana prudencia y del bien pastoral de la diócesis. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse en ti, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. Aquellos jornaleros no entendieron el corazón de su señor porque no entendieron el don que habían recibido de trabajar en su viña. En ese privilegio estaba ya dada su paga. Pero, juzgaron la justicia de su señor según esquemas tan humanos, que se volvieron a casa con el reconocimiento de los hombres y con el bolsillo lleno de unas pocas monedad, sin haberse enterado nada de la justicia de su señor. Muchos jornaleros hay en la Iglesia, que en lugar de trabajar por servir a la viña, se sirven de la viña para trabajar para sí. Por eso, que cada cual examine sus bolsillos…

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