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Jesús siempre está cerca

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Las lecturas de este domingo nos ayudan a profundizar en la certeza de que Dios siempre está cerca de nosotros, incluso en las situaciones más difíciles en las que nos puede acechar la tentación de pensar que se ha retirado de este mundo.

En la primera lectura vemos como Elías, que está huyendo de la ira del rey, se refugia en una hendidura del monte Horeb. Allí recibe el consuelo de Dios, que llega en un “susurro”. En esa descripción se nos muestra la cercanía e intimidad de Dios con su profeta. Se trata de una experiencia interior, que llena de paz al que la vive. Aparentemente no cambia nada, pero algo ha sucedido en el corazón. Podemos hacernos una idea viendo los rostros incluso alegres de santos como Felipe Neri, Tomás Moro, Francisco de Sales… En situaciones muy diferentes no pierden la serenidad ante circunstancias difíciles, pero tampoco las afrontan con resignación estoica como si no hubiera otra salida, sino con la seguridad de que, por encima de todo, se está realizando el plan de Dios. Se saben sostenidos y acompañados por Él y así pueden cumplir su voluntad.

En el evangelio vemos a los apóstoles cumpliendo un mandato del Señor, quien les ha dicho que suban a la barca y vayan a la otra orilla. En su camino se encuentran con un viento contrario y fuerte oleaje. Con frecuencia se ha visto aquí una imagen de la realidad de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades de la historia, pero sin que le falte la protección del Señor, que el evangelio nos dice había subido a lo alto de la montaña para orar a solas. Jesús nunca nos deja solos. Siempre podemos acudir a él, y aún en momentos de oscuridad, no debemos dejar de pensar que él está cerca de nosotros. Además, siempre nos tiene presentes en el diálogo que mantiene con su Padre; somos objeto de su amor.

Los discípulos se asustan cuando el Señor aparece caminando sobre el agua. Pedro quiere comprobar si es el Señor y hace esa petición que nace de un corazón generoso: quiere ir junto a él. Jesús se lo permite, pero señala san Juan Crisóstomo que habiendo realizado lo difícil, que era caminar sobre las aguas, se deja vencer por lo pequeño y siente miedo por la fuerza del viento. Y el Cardenal Vanhoye señala que, a veces, hay personas que se lanzan con mucha generosidad a una tarea apostólica o caritativa, pero después se sienten en una situación extraña, porque la tentativa era exagerada y olvidan que es el Señor quien lo hace posible: falla la fe. Es lo que Jesús le dice a Pedro. En nuestra vida pueden suceder cosas muy grandes, y el Señor cuenta con nuestra libertad y generosidad. Pero siempre es Él quien lo hace todo posible. Y no se trata sólo de la decisión de un momento de fervor, sino que es preciso avanzar siempre en la fe. Es Cristo quien nos sostiene. En él está nuestra seguridad y fortaleza.

Con el salmo rezamos: “La misericordia y la fidelidad se encuentran/ (…) la fidelidad brota de la tierra/ y la justicia mira desde el cielo”. Es un texto que se puede aplicar al misterio de la Encarnación, ya que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Pero también nos mueve a unirnos por la fe a la persona de Jesús y así experimentar su amor, su justicia y la paz que brotan de vivir con él.

Fe que mueve montañas

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El evangelio de hoy nos deja transpuestos. Los discípulos de Jesús no han sido capaces de curar a un niño lunático y Jesús parece que se enfada cuando se lo dicen. ¿Por qué se enfada? El Señor les recrimina su falta de fe y los llama “¡generación incrédula y perversa!” Son palabras duras. Pero el Señor, que en seguida cura al niño, nos recuerda que él tiene poder.

Quizás debajo de esta historia se esconde que nadie tenía especial confianza en el poder del Señor. Quizás también una corrección a una idea falsa de la fe. Quizás pensaron que expulsar demonios era un simple arte que se aprende. En cambio Jesús nos recuerda que la fe siempre nos vincula con él. De hecho la fe, más que un poder personal, es una situación de absoluta indefensión. Es confiarlo todo al Señor porque sabemos que nosotros no podemos nada. De esa manera quedamos siempre abiertos al milagro. No prevemos un resultado ni convertimos nuestra relación con Dios en un procedimiento. Resulta curioso que los discípulos pregunten después al Señor por qué ellos no pudieron echar ellos al demonio. ¿De dónde pensaban que les venía ese poder? ¿creyeron, quizás, que bastaba con repetir las palabras y los gestos que en otras ocasiones habían visto realizar al Señor? Jesús les recuerda que tenían poca fe. De alguna manera la fe es como el punto de apoyo. Arquímedes dijo: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sin la fe nuestro esfuerzo es vano. La fe nos coloca siempre en la fuerza del Señor.

Jesús añade después que si tuviéramos fe como un grano de mostaza podríamos mover montañas. Tomás Moro señala que no hemos de dejar que nuestra fe se debilite. Al contrario, debemos plantarla en nuestra alma y dejarla crecer. Entonces se hará grande como el arbusto del que habla Jesús en otra parábola y comenta “con una firme confianza en la palabra de Dios, trasladaremos montañas de aflicción, mientras que cuando nuestra fe es débil, no desplazaremos ni siquiera un puñado de arena”.

Del evangelio de hoy aprendemos que hemos de tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. La fe es la llave que nos da entrada a su intimidad. La fe supone, continuamente, renunciar a nuestro punto de vista par intentar descubrir la mirada de Jesús. Al mismo tiempo por la fe deponemos nuestras armas y queremos ser sólo, instrumentos dóciles del Señor. Sí, no está en nuestro poder, sino en su fuerza.

Negarse a uno mismo

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Hoy celebramos la memoria de santa Clara, seguidora de san Francisco y fundador de las clarisa. Clara era de una familia rica pero, una Cuaresma, escuchando un sermón de san Francisco, decidió seguirlo y serle obediente en todo. Cuando su familia se enteró de que había abrazado una vida de pobreza intentaron disuadirla. Sus hermanos fueron a buscarla pero ella se resistió y les dijo: “Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano”.

Muchas veces la belleza de las palabras de Jesús, que no siempre aceptamos con facilidad, se nos iluminan con el ejemplo de los santos. Hoy Jesús nos habla de que hemos de perder la vida por él y, de esta manera reencontrarla. Es el movimiento que siempre pide el Señor, entregárselo todo, sin hacer acopio de reservas ni cálculos. De esa manera se puede recuperar todo. Si intentamos encontrar una fórmula humana para explicarlo no la hallamos. Sin embargo, cuando contemplamos a personas como santa Clara, se nos descubre la total verdad de las palabras del Señor. ¿Quién puede negar que la vida que encontró esta mujer es mucho mejor que todo lo que podía ofrecerle el mundo? De alguna manera intuimos que detrás de todas las promesas del mundo nos va a quedar un regusto amargo y que lo único que vamos a alcanzar es una especie de sucedáneo de la verdadera felicidad.

La renuncia cristiana es principalmente una aceptación: una elección. Lo vemos en las palabras que hemos citado de santa Clara y también en el evangelio de hoy. Jesús no habla sólo de dejar cosas o de perder la vida, sino de hacerlo por él. Esta renuncia a uno mismo es siempre por haber escogido a Jesús. Hemos de pedir la luz para darnos cuenta de que sólo en Él está nuestra vida. Me doy cuenta de que no es fácil. Pero todo lo que reservamos para nosotros nos impide acoger el amor que Jesús nos quiere dar. Él es el tesoro que anhela nuestro corazón. Comparado con Él el mundo vale nada.

La comparación que hace Jesús es muy gráfica y nos puede servir de criterio de juicio: ¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma? Continuamente podemos ver si las elecciones que hacemos enriquecen nuestro interior o lo debilitan: en las cosas materiales, en la relación con los demás, en los arrebatos de ira, de orgullo, de deseos de dominio,… En cambio hay una victoria sobre el mundo, que es la de la Cruz de Cristo. Por ello también el Señor nos llama a tomar la cruz. En la cruz se revela un amor más grande por el mundo en el que se rompe la dinámica del mundo que tiende a destruirnos como consecuencia del pecado. Desde la Cruz Jesús salva el mundo.

La cruz no son solo las contradicciones y sufrimientos, sino que nace del amor. La misma santa Clara decía: “el amor que no puede sufrir no es digno de este nombre”. La cruz nace del amor. Y la vivimos verdaderamente cuando estamos unidos a Jesús. Es esta una enseñanza de Jesús que no nos resulta fácil de asimilar. Por eso agradecemos el ejemplo de los santos que, como Clara, nos ayudan a descubrir la belleza. A su intercesión acudimos para que seamos capaces de acoger en nuestro corazón las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

San Lorenzo

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Este mártir del siglo II murió en Roma durante la persecución de Valeriano. Cuatro días antes sufrió martirio el papa Sixto II. Se cuenta de él que administraba la economía de la Iglesia y que cuando el emperador le pidió que le entregara las riquezas presentó a una muchedumbre de pobres entre los que había repartido los bienes. San Lorenzo era español y de él dijo san Agustín que administró la sangre de Cristo, como diácono, y que derramó la sangre de Cristo. Podemos pues decir que configuró su vida totalmente al ministerio que se le había encomendado. No había en él esa duplicidad en que puede caer la vida cristiana, en la que reservamos algunas horas para Dios permaneciendo nuestro corazón lejos de Él. Por eso en la oración colecta de hoy se dice: “concédenos amar lo que él amó y practicar lo que enseñó”. En todos los santos reconocemos el rostro de Cristo, pero en los mártires de una manera especial e muestra esa configuración que llega hasta la muerte.

La palabra mártir significa, en griego, “testigo”. Si toda la vida de Lorenzo sobresalía por su caridad, en la muerte dio prueba de que ese amor tenía su fundamento en el que recibía de Cristo. Se sabía amado por Cristo, amaba a los pobres porque reconocía en ellos la presencia misteriosa de Cristo y quería amarlos con el mismo amor de Cristo.

Las lecturas de hoy nos recuerdan la importancia de la caridad para el cristiano. En la primera san Pablo señala que hay que dar con generosidad y que, de hecho cada uno recogerá según lo que haya sembrado. Podemos preguntarnos si el hecho de que nuestra vida en ocasiones la experimentemos como incompleta o insatisfactoria no se debe a nuestra tacañería en el amor. Dice también el apóstol que a quien “da de buena gana lo ama Dios”.

El mismo apóstol recuerda que todo bien viene de Dios al decir que es Él quien “proporciona semilla al que siembra y pan para comer”. De manera que quien obra el bien sabe que Dios siempre lo mantendrá en ese bien. En el mismo sentido leemos en el salmo que el corazón del justo permanece firme en el Señor y por eso no vacila ante las dificultades.

Por otra parte, en el evangelio, Jesús compara al hombre con una semilla. Para que esta pueda dar fruto es preciso que muera. Si la semilla permanece intacta, por muy buena que sea en su potencial, no fructifica. El ejemplo, de manera directa, se refiere al mismo Jesús que murió por nosotros y resucitó rescatándonos de las ataduras del pecado. Pero en sentido más amplio se refiere a todos los hombres. Quien se ama a sí mismo y ordena a ello sus fuerzas, lo único que hace es malograr su vida. Por el contrario quien hace de su vida una ofrenda a Dios en el servicio a los demás, gana su vida. Aparentemente puede parecer que desaprovecha lo que ha recibido porque no lo ordena a su propio bien. Sin embargo, actuando de esa manera, anticipa ya en esta vida la salvación que le espera en la eterna. Por eso podemos pensar que cada uno de nosotros, en la resurrección del último día, brillará según el amor que hayamos dado en esta vida.

Pidamos por intercesión de san Lorenzo que sepamos amar a los demás por amor a Dios y que éste nos haga fuerte ante todas las dificultades.

Patrona de Europa

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Juan Pablo II nombró a Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein en su vida civil, como patrona de Europa, junto con santa Catalina y santa Brígida. Edihs Stein nación en 1891 en Alemania y era de familia judía. Cuando tiene 21 años se reconoce atea. Estudió filosofía, carrera en la que sobresalió y fue discípula de uno de los mayores filósofos del siglo XX, Edmund Husserl. A través de unos amigos católicos empieza a acercarse a la Iglesia, pero es en 1918 cuando experimenta una gracia mística. Después de pasarse una noche leyendo El libro de la Vida de santa Teresa de Jesús, tiene la certeza de que allí se encuentra la Verdad que ella busca. Poco más tarde recibe el bautismo. En 1933 ingresa como monja carmelita. Al iniciarse la persecución de los nazis contra los judíos se traslada a un convento de Holanda. Pero en 1942 la Gestapo la va a buscar y junto a su hermana Rosa es conducida a un campo de concentración y muere en una cámara de gas.

Las lecturas de hoy ilustran la vida de esta santa. En la primera, del profeta Oseas, se habla de cómo Dios seduce al alma y la atrae con lazos de amor. El lenguaje poético de la profecía señala bien como Dios no fuerza a los hombres a seguirlo sino que los va llamando. De ahí que nosotros tengamos que permanecer atentos a los signos del Señor para reconocer su amor y corresponderle. Así lo hizo Edith, que siempre, con honestidad, buscó la verdad y cuando la reconoció se rindió ante ella. De ahí que decidiera consagrar su vida al Señor. Cuando se despidió de su madre, judía, para ir al convento, esta le reprochó que la dejara sola, a lo que Edith respondió que ahora estarían más unidas que nunca. Porque quien elige a Dios y se deja cautivar por su amor es capaz de amar con mayor perfección a todos sus familiares y amigos. No se separa de ellos sino que, por el contrario, es capaz de amarlos mejor.

A su vez, en el evangelio de las vírgenes prudentes, también se nos señala que siempre hemos de estar preparados para el encuentro con Cristo. Tradicionalmente se ha visto en la imagen del aceite de las lámparas una referencia a la caridad. Es el amor lo que mantiene encendida la llama de la lámpara. Eso no se puede improvisar. Por eso las vírgenes necias, que intentan a última hora encontrar aceite, no lo consiguen. Nuestra vida forma una unidad. De ahí que continuamente debamos preocuparnos por vivir en gracia y hacer que nuestra vida brille con las buenas obras.

Se cuenta que cuando vinieron a buscarla dijo Edith a su hermana “vayamos a compartir la suerte de nuestro pueblo”. Ella que había conocido a Cristo no lo abandona cuando deja el convento para ir a la muerte. Por el contrario recorre ese camino acompañada por Él, llevándolo en su corazón. Así, en medio de la barbarie y de la muerte, ella caminó hacia la cámara de gas llevando encendida la luz de la lámpara.

En este día pidamos especialmente por Europa. Muchos han olvidado las raíces cristianas que le dan consistencia. Como consecuencia de todo ello se ha enfriado la caridad y no brilla la luz de las lámparas del amor de Cristo. Como en la parábola podemos decir que nos hemos quedado dormidos. Pero si dejamos que el amor de Dios transforme nuestros corazones cuando el Señor quiera iluminaremos la noche anunciando su presencia.

La soledad

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La noche encuentra a Jesús orando solo en lo alto de un monte. Los cristianos, fijados en el ejemplo del Señor, privilegiaron las vigilias de oración y la más importante es la Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias.

Jesucristo se separa de la multitud físicamente, después de haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes, pero no se separa de corazón. Porque la oración del Señor es a favor de todos los hombres. El Verbo, unido continuamente al Padre y al Espíritu Santo, por su condición divina, también se mantiene en relación con ellos a través de su humanidad. Asumió la naturaleza humana para salvarnos y con ella pide por todos nosotros. Está solo en la montaña, pero no está lejos de nosotros.

Mientras, los apóstoles intentan atravesar el lago y les sorprende una gran tempestad. Las olas arremeten contra la barca Aparentemente están solos y podían sentirse como abandonados, pero en medio del fuerte viento aparece el Señor caminando sobre las aguas. Se señalan ahí dos cosas: primero que Dios no está nunca lejos de los hombres y, por tanto, incluso en las situaciones más difíciles, no debemos dejarnos arrastrar por la desesperanza. La segunda es que el Señor es más poderoso que cualquier dificultad, como evidencia el hecho de que camina sobre el agua.

En medio de esa situación tan sorprendente Jesús aún va a profundizar más en su enseñanza. Por eso permite que Pedro avance hacia Él a pesar del oleaje. Pero el príncipe de los apóstoles duda y entonces se hunde. Gran enseñanza para nosotros que si ciertamente caminamos en este mundo en medio de dificultades el verdadero peligro acontece cuando se debilita nuestra fe. Si esta falla siempre nos hundimos. Si nos ocurre esto hemos de actuar como Pedro hace con su grito angustioso: “Señor, sálvame

He conocido a muchas personas que experimentaban la soledad. Desde la cama enfermos, o sin comprender su misión en el mundo. Personas solteras, casadas y también consagradas. La soledad no es sólo una situación física (estar sin nadie cerca o alejado de los conocidos y amigos), sino espiritual. La soledad es un mal que consiste en no reconocerse vinculado a nadie. Muchas veces nos viene porque nos han dejado los demás, pero otras porque no somos capaces de reconocer a quienes tenemos cerca y, sobre todo, porque nos olvidamos de Dios.

Quién está con Dios nunca está solo. Por eso muchas personas consagradas que se retiran como ermitaños para orar, no se alejan de los hombres, sino que los llevan en su corazón y los recuerdan continuamente pidiendo por ellos. Lo mismo nos pasa con nuestros seres queridos, cuya memoria evocamos con frecuencia, y recordamos como son, o pensamos en qué andarán ocupados u otras cosas.

Como cristianos sabemos que Dios siempre está cerca y que podemos confiar en su compañía. Él nunca nos olvida y nosotros hemos de procurar corresponderle. Jesús nos enseña a hacerlo mediante la oración. Retirarse de vez en cuando, un rato cada día, de las ocupaciones cotidianas, para disfrutar de la compañía más íntima de quien siempre permanece fiel a su amor.

La compasión del Corazón de Jesús

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El evangelio de hoy nos recuerda la verdadera humanidad de Jesús. Él es Dios encarnado. En todo es semejante a nosotros excepto en el pecado. Se entera de la muerte de Juan Bautista, el precursor; el que se había llamado a sí mismo “amigo del esposo”. Jesús se retira a solas, a un lugar desierto. Fijémonos en las dos indicaciones (quiere ir solo y a un lugar en el que no hay nadie). Es una forma e indicar el dolor de Jesús por la muerte del Bautista. Nos habla de su profunda humanidad y de cómo le afecta todo lo que tiene que ver con el dolor humano.

Inmediatamente se nos vuelve a señalar la humanidad de Jesús. Porque la multitud lo sigue. Y entonces se nos habla de la compasión de Jesús. Cristo ha venido y está para curar a los enfermos, para traernos la salvación. Su corazón se conmueve continuamente ante el sufrimiento humano. Su amor no deja de desbordarse sobre los que tienen necesidad de ayuda. Y, en lo que sigue, Jesús nos llama a imitar su misericordia.

Encontramos a los apóstoles que le piden que despida a la multitud. Se ha hecho tarde. Los discípulos sienten cierta compasión hacia aquella gente y parece que su intención es buena: “que se vayan para que puedan comprar comida”. Quizás muchas veces a nosotros nos sucede lo mismo. Nos encontramos ante una situación difícil y pedimos a Dios que la soluciones; que nos quiete ese problema de delante. Pero el Señor nos enseña una mirada más profunda. Nos dice que tenemos que ir hasta el final en nuestra misericordia, que no es suficiente con pedir por los que sufren sino que hay que entregarse por ellos. De ahí las palabras de Jesús: “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”.

Viene después el milagro tan conocido de la multiplicación de los panes y los peces. Ese milagro también hace referencia al misterio de la Eucaristía. Para nosotros contiene una importante enseñanza: todo hemos de verlo desde la perspectiva de la Eucaristía. En el sacramento de la Eucaristía está presente el mismo Jesús. Él es el verdadero alimento para nosotros y también la fuente de la fuerza (el amor) para ayudar a los demás. Desde la Eucaristía entendemos una nueva manera de afrontar los problemas. No se trata de que desaparezcan, sino de que se manifieste en todos los momentos de dolor el misterio del amor de Dios.

Desde la pequeñez (cinco panes y dos peces) y desde la impotencia, Jesús nos enseña a mirar el cielo y a dar gracias. Hemos de ponernos en sus manos y recostarnos en su corazón. Él multiplica nuestra capacidad de amar, que se manifestará también en descubrir maneras de ayudar a otros.

Con sencillez descubrimos muchas cosas en el bello evangelio de hoy que nos descubre el dinamismo del amor del Corazón de Jesús. Lo primero es a no encerrarnos en nuestra dolor. De alguna manera Jesús suspende el duelo por su amigo Juan ante la multitud cansada, enferma y hambrienta. Después nos enseña a amar y también nos dice: enseña a otros a querer; implica a más gente en tu servicio a favor de los pobres. De esa manera, mediante la práctica de la misericordia, arranca nuestro corazón del aislamiento y la autocompasión y lo abre a la maravilla del amor de Dios. El Señor, continuamente, nos invita a ser partícipes de su misericordia.

Reconocer que trabajamos para el Señor

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Quizás uno de los mayores peligros para el hombre espiritual es apropiarse de las cosas de Dios. Nguyen van Thuan afirmaba que los momentos de éxito apostólicos son los preferidos por el demonio para tentarnos. Sin duda es así.

Con frecuencia olvidamos lo que decía san Agustín: “Para pecar te bastas a ti mismo. Para obrar bien, necesitas ayuda”. Y esa ayuda no es de un momento sino continua. Sin ella no podemos nada. Acudimos a Dios cuando nos sentimos acosados y cuando desaparece el peligro nos olvidamos de Él. De ello parece que habla la parábola de este día, y los que escuchaban a Jesús lo entendieron a la perfección. Esperemos que nosotros también caigamos en la cuenta de lo que Dios nos quiere decir. Para ello lo primero es estar dispuesto a escuchar de verdad a Dios. Es decir, hay que abrir el corazón. Hecho esto pasemos a comentarla un poco.

La viña representa el pueblo de Israel, pero también puede ser figura de la Iglesia y de nuestra propia alma. Los cuidados del Señor por su viña pueden registrarse en la historia. Él fue quien buscó a Israel una tierra y le permitió asentarse en ella. También fue Dios el que de mil maneras distintas cuidó de su pueblo. De vez en cuando les pedía frutos. Lo hacía a través de los profetas y, finalmente, a través de su propio Hijo. Atendiendo a la historia nos damos cuenta de que principalmente lo que pedía el Señor era que le reconocieran, que se dieran cuenta de que Él era su Dios. No parece que pidiera nada especial. Sin embargo, tanto los profetas como finalmente el Hijo, Jesucristo, son maltratados. Precisamente al que cupo la peor suerte es al Hijo. Aquí leemos todos los acontecimientos de su pasión y muerte.

En el asesinato del Hijo se escucha una afirmación que indica la trascendencia del hecho para toda la historia: “Este es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia”. Leído a la luz de la historia de los últimos siglos nos parece descubrir el deseo de acabar con Dios para que el hombre pueda disponer libremente de sí mismo y de todo lo creado sin remitirse a nadie superior. Al eliminar a Jesucristo se niega la preocupación de Dios por el hombre. Porque si el amo envía gente a su viña, si acaba viniendo su propio Hijo, es porque le interesa el destino del hombre. A Dios le interesa lo que nos pasa. Nuestro sufrimiento le afecta y no deja de bendecirnos para que demos fruto. Para ayudarnos nos ha puesto la Iglesia.

La viña no sólo daba frutos para su dueño, sino que era la posibilidad, para todos los que trabajaban en ella de vivir. Todos vivían de la viña. Gracias a ella salían adelante, lo mismo que sus familias. Pero deciden apropiársela.

Leída en nuestros días y para nosotros sentimos la honda responsabilidad de trabajar donde nos ha puesto el Señor. Vemos que hemos de hacerlo reconociendo que todo es suyo. Los éxitos apostólicos son posibles porque existe la Iglesia. Por tanto le corresponden a Dios. Es su gracia la que cambia las almas. ¿Qué puede pasar si lo olvidamos y nos apropiamos de lo que no es nuestro? Sin duda Dios acabará cediendo nuestro campo a otros. Así lo anuncia la parábola. Jesús anticipaba el paso de Israel a la Iglesia, nuevo pueblo elegido. Pero lo puede decir de cada uno de nosotros si olvidamos que no somos más que siervos inútiles. Y ello ya es una gran misericordia.

Ascensión de Jesús a los cielos

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La Ascensión se produce después de que Jesús, como indica san Lucas, se ha aparecido durante cuarenta días a sus apóstoles dándoles pruebas de que está vivo. Ese período ha sido como de instrucción para que la Iglesia, a partir del testimonio de los apóstoles, viva según Cristo resucitado. Acabado el aprendizaje, por así decirlo, Jesús sube al cielo. Personalmente es una de las fiestas que más me gusta, porque indica que no hemos de buscar al Señor aquí o allí, sino que está en su Iglesia. Acabada su misión, y a punto de enviar el Espíritu Santo, regresa con su humanidad al seno de la Trinidad. Ahora Jesús puede llegar a cada hombre con la Iglesia. La Ascensión va vinculada a la promesa del Espíritu Santo que indica una nueva forma de estar Jesús con nosotros. Con la Ascensión Jesús acerca la humanidad al centro mismo de Dios. Por eso decimos que abre el cielo, porque a través suyo podemos acceder hasta el corazón de Dios.

Si los apóstoles vuelven contentos a Jerusalén, como indica el final del evangelio que escuchamos hoy, es porque experimentaron en la ascensión de Jesús la victoria definitiva y el modo como iba a permanecer para siempre con ellos. La verdad es que es muy bello contemplar esta verdad. Hay muchísimas cosas que nos la recuerdan, como los campanarios de las iglesias.

San Pablo, en la segunda lectura indica la nueva realidad que está en germen. Por eso dice: “Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”. Son palabras muy consoladores. Cierto que Jesús sube al cielo. Eso es un hecho histórico que no puede negarse y que forma parte de la fe de la Iglesia. Esta verdad es predicada desde el principio. Era algo que sucedió y que fue visto por los apóstoles. Pero también es verdad que se une de una forma más plena al hombre. Antes lo había hecho por la encarnación asumiendo nuestra misma condición humana, excepto en el pecado. Ahora se une al hombre en un solo cuerpo, que es la Iglesia. Es precioso.

Jesús sube el primero y, por decirlo de alguna manera, al introducir su humanidad junto a las demás divinas personas hace como de cuña para todos nosotros. Lo seguirá María Santísima y todos los redimidos. Por eso nos exhorta san Pablo: “Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”. Cuando pensemos en nuestro destino definitivo hemos de mirar al que primero subió al cielo. Lo hizo abriendo un camino y completando esa obra de ingeniería espiritual que une al cielo con la tierra. Así completa su obra de pontífice, constructor de puentes. ¡Y cuál es la naturaleza de ese puente? Su propia humanidad. Bajo a la tierra y tomó la condición de esclavo, como dice san Pablo. Y con esa humanidad construyó un paso inquebrantable hacia la vida eterna. Por eso es camino, verdad y vida.

No podemos prescindir de la humanidad de Jesús, ni de su Iglesia. La solemnidad de hoy nos lo recuerda. Jesús mismo une ambos hechos al encargar a sus apóstoles la predicación del evangelio y la misión de bautizar a sus apóstoles. Fiesta grande en el cielo y también aquí en la tierra.

Pedir en nombre de Cristo

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Mañana celebraremos la solemnidad de la Ascensión. Jesús, en el evangelio dice a sus apóstoles  “hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre“. En efecto, los apóstoles le habían pedido cosas a Cristo, pero no habían aprendido a pedir en nombre de Cristo. Jesús, con su subida al cielo abre el acceso al Padre.

Por otra parte, el libro de los Hechos narra los inicios de la Iglesia, en los que comienzan a cumplirse las palabras del Señor. Jesús está en el cielo, pero actual en su Iglesia. Lo que va sucediendo en el mundo es porque el intercede por nosotros ante el Padre y mueve el corazón de sus discípulos. Contemplar el misterio de la Ascensión nos lleva también a admirarnos ante el misterio de la Iglesia. Jesús en el cielo, pero no lejos de nosotros. Por eso durante la Pascua leemos tantos textos del libro de los Hechos.

Hoy en la primera lectura encontramos a Apolo. Este personaje es famoso, sobre todo, porque san Pablo se refiere a él en la carta a los Corintios. En aquel texto se nos recuerda que había varias facciones en la comunidad cristiana de Corinto y se habla de los seguidores de Pablo, de los de Apolo… Si sólo tuviéramos aquella referencia pensaríamos un poco mal del tal Apolo.

Pero en la primera lectura de hoy se nos dan más datos de este hombre. Se trata de una persona ilustrada procedente de Alejandría, que era famosa por su escuela filosófica. Apolo era un entusiasta que triunfaba cuando hablaba. Seguramente la gente le escuchaba con gusto y debía ser brillante en sus exposiciones. La lectura nos indica que Apolo no conocía perfectamente el camino del Señor, pero que cuanto sabía lo explicaba con exactitud. Estamos ante un hombre que sabe cosas, pero que no conoce todo. Me gusta el detalle de que Aquila y Priscila, a los que ya encontramos el otro día, lo tomaran por su cuenta y le acabaran de explicar el camino de Jesús. No lo rechazan, ni sienten envidia. Por el contrario ven en él una persona que puede servir a la Iglesia y le ayudan a completar su formación. Ellos mismos lo recomiendan para que sea bien recibido en Acaya.

Después Apolo desarrollará una importante labor apostólica que, señala Lucas, fue posible “con la ayuda de la gracia”. Ese punto nunca podemos olvidarlo. Dios se vale de nuestras cualidades naturales y nosotros hemos de aprender a reconocerlas en los demás. Lo importante es poner todos nuestros dones al servicio de Dios. Y, cuando lo hacemos, no hemos de olvidar que seguimos necesitando de la ayuda de la gracia. Con nuestras solas fuerzas tampoco conseguiríamos nada. Es Dios quien ha de fecundar todas nuestras acciones.

Algunos autores se han fijado en la importancia que tuvo para la Iglesia el encuentro de la filosofía griega con el Evangelio. Apolo sería un ejemplo de ello. De hecho, también en teología, sobresalió en los primeros siglos la escuela alejandrina. No se puede despreciar nada bueno de lo que hay en el mundo. Aquila y Priscila, nos dan ejemplo de ello. Todo lo bueno ha de ser ordenado a Dios, pero hay que tener una mirada limpia y libre de prejuicios para reconocerlo.

De Apolo no sabemos mucho más, pero queda para nosotros como un ejemplo de uso de la razón al servicio de la fe. También reconocemos en él como todos los dones naturales alcanzan su perfección cuando se ofrecen al Señor.

Jesús nos acompaña desde el cielo. Que nosotros sepamos también ordenar todas las cosas de nuestra vida hacia él.

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