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El mandamiento principal

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

De nuevo el evangelio nos muestra a un personaje que intenta poner a prueba a Jesús. En este caso se trata de saber cual es el mandamiento más importante. Para los fariseos, que intentaban cumplir más de 600 preceptos, plantear esa pregunta era probar si el Señor conocía bien la ley e intentar dejarlo en evidencia. Jesús, siempre con el deseo de mover el corazón de quienes se acercan a él, a veces contesta de forma oscura y otras de manera muy directa. Hoy encontramos unas palabras clarísimas que hemos de acoger sin matizaciones de ningún tipo. El primer mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser. Ello equivale a decir que hemos sido creados para amar a Dios y que ese es el fin de nuestra vida. Nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestro núcleo más íntimo alcanzan su plenitud en volverse hacia Dios, en contemplarlo y amarlo. No hay que darle muchas vueltas. Así, dice san Bernardo: “Tú me preguntas por qué razón y con qué método o medida ha de ser amado Dios. Yo contesto: la razón para amar a Dios es Dios, el método y medida es amarlo sin método ni medida”, señalando así que todas nuestras fuerzas deben dedicarse a ello.

Jesús une este mandamiento a otro que le es semejante: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Un autor antiguo lo explicaba de esta manera: “el que ama al hombre es semejante al que ama a Dios, porque como el hombre es la imagen de Dios, Dios es amado en él como el rey es considerado en su retrato”. Al descubrir que los demás son imagen de Dios vamos tomando conciencia de que también nosotros hemos sido creados a su semejanza. De manera que se nos manda lo que corresponde a nuestra naturaleza y que, al hacer algún bien a cualquier hombre o mujer se lo hacemos a él.

Estas enseñanzas ya estaban contenidas en el Antiguo Testamento de alguna manera, como leemos en la primera lectura de hoy. Como señaló Benedicto XVI “la verdadera originalidad del Nuevo testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito”. Mirándolo a él comprendemos lo que verdaderamente se nos pide. Su presencia junto a nosotros nos anima a buscar lo que se nos pide. El mandamiento no responde sólo a un anhelo de nuestro corazón sino que es posible alcanzarlo porque Jesús está junto a nosotros. En la celebración de la Eucaristía podemos tomar especial conciencia de cómo nos ha amado entregando su vida por nosotros. También de cómo nos ama hasta el punto ofrecernos, mediante la comunión, la posibilidad de que nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestros sentimientos se vayan adecuando a los suyos. El mismo Papa señalaba “en la comunión eucarística está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico de amor es fragmentaria en sí misma”. Y muchos autores, como santa Teresa de Jesús, insisten en que cuánto más amemos al prójimo más avanzaremos en el amor de Dios.

Lo que hoy escuchamos en el evangelio, precisamente por su carácter de mandamiento nuevo y principal, es algo que debe acompañar nuestra meditación diaria. Llamados a crecer en el amor que Dios nos tiene, toda nuestra vida ha de ser un continuo progresar en ese amor a Él y a nuestro prójimo. Sentimos la exigencia del precepto, pero aún más a fuerza del amor que Dios nos tiene y que nos va a ayudar a cumplirlo.

 

San Simón y san Judas

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos a dos apóstoles. San Simón y san Judas Tadeo. Sabemos pocas cosas de ellos pero, en el evangelio, cuando se menciona a los apóstoles siempre aparecen juntos. A Simón se le conoce como el “Zelote” y también el “Cananeo”. Los zelotes era un movimienyo nacionalista, que se caracterizaba por su amor ardiente a las tradiciones judías. No se sabe si Simón pertenecía a ellos, pero el calificativo puede significar también que tenía un corazón ardiente y que deseaba servir sinceramente a Dios.

Judas, autor de una de las cartas del Nuevo Testamento, recibe el apodo de “Tadeo”, que algunos interpretan como magnánimo. En otros momentos se dice que es “Judas de Santiago”. Este apóstol es el que le preguntó a Jesús, en la Última Cena por qué se había manifestado a ellos (los apóstoles) y no a todo el mundo.

Esa pregunta de Judas es importante para nosotros. Porque nos indica el amor misterioso por el que Dios elige. Pero, al mismo tiempo, contemplando lo que significa ser apóstol, vemos que el Señor los eligió para que después predicaran el evangelio en todo el mundo. De hecho nosotros celebramos las fiestas de los apóstoles porque son las columnas de la Iglesia; porque con ellos Jesús comenzó a edificar esa realidad de la que nosotros, ahora, formamos parte.

Jesús le respondió a Judas aquella noche: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él“. Y la misión de los apóstoles entonces, como después de la Iglesia, era preparar esos corazones para que viniera al Señor. Jesús le respondió mostrándole que el amor que él percibía en ese momento al conocer a Cristo, debía transmitirlo, porque el Señor quiere llegar al corazón de todos los hombres.

Es la idea que nos transmite san Pablo en la primera lectura cuando habla de la construcción de la Iglesia, que tiene a Cristo como piedra angular. Por ello hemos de sentirnos llamados a edificar la Iglesia. Cuando nos sabemos en continuidad con todos los que han conocido a Cristo y le han seguido, sentimos también la llamada a proclamar su reino, a comunicar la buena noticia y a dar testimonio del amor que hemos recibido.

La celebración de los apóstoles nos muestra también que todos ellos eran muy diferentes. Señaló Benedcito XVI: “Y es hermoso que en el grupo de sus seguidores, todos, a pesar de ser diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades:  de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos.”

Pidamos a al Virgen María, Reina de los Apóstoles, que nos ayude a perseverar en la fe que hemos recibido en la Iglesia. Y también a dar gracias por formar parte de este pueblo. Que nuestra vida pueda contribuir a que Jesús sea más conocido y amado en todo el mundo.

 

Nuestra debilidad y su fuerza

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No estamos acostumbrados a que alguien, como leemos hoy en la primera lectura, reconozca sin tapujos su dificultad para obrar el bien y su inclinación al mal. El Apóstol lo hace. Probablemente es ayudado en ello por la conciencia de que, como se indica al final de la lectura, se sabe salvado por Dios a través de Jesucristo. Aún así el testimonio de Pablo resulta ejemplarizante para todos nosotros. Porque, además de experimentar las mismas contradicciones del apóstol, encima nos cuesta más reconocerlas.

Parece que para curarse una de las primeras cosas, y de las más necesarias, es saberse enfermo. Sólo a partir de ahí uno empieza a preocuparse y a buscar soluciones. Mientras dura la arrogancia, que es presunción de que todo va bien, los remedios quedan lejos y siempre nos parecerán superfluos.

San Pablo no dice que no quiera el bien, sino que se ve incapaz de realizarlo. Podríamos decir que falla la correa de transmisión entre lo que su voluntad desea y lo que finalmente ejecuta. Es consciente, porque lo señala en otros momentos de sus enseñanzas, de que en el hombre actúa una anomalía que es fruto del pecado original. Como consecuencia del pecado estamos heridos en nuestra naturaleza. Ello no significa que nuestra naturaleza esté corrompida (así lo pensaba Lutero, pero no es lo que enseña la Iglesia), pero sí que el obrar rectamente resulta mucho más complicado.

A esta situación san Pablo la denomina esclavitud del pecado. Algunos, que perciben lo mismo que el Apóstol, les parece que eso es lo normal y se escudan en expresiones del tipo: “es humano errar”, “todos nos equivocamos”, “no soy de piedra”… Eso está bien si lo que se pretende es elaborar una estadística, pero resulta del todo insuficiente si lo que está en juego es nuestra felicidad. Desde esta perspectiva el cariz es muy distinto. Hay una anomalía en mí que me llega a impedir la felicidad que deseo, porque esta va unida a la realización del bien.

La constatación de san Pablo nos sumiría en la tristeza si él mismo no nos avanzara el camino de salida. Vivimos esa esclavitud, pero no es ese nuestro destino. Es Jesucristo quien nos salva de esa situación absurda. Porque es absurdo estar inclinado al bien, amarlo y querer alcanzarlo y, al mismo tiempo no hacerlo por culpa nuestra (porque las deficiencias que experimentamos no nos libran de nuestra responsabilidad). Jesús nos ha salvado muriendo en la cruz y Él nos libera.

En la carta a los Gálatas el Apóstol lo expresa con estas palabras: “para ser libres nos ha libertado Cristo”. La nueva libertad consiste en que, ayudados por la gracia, sí que podemos realizar el bien que anhelamos y que está tan unido a lo que nuestro corazón desea con todas sus fuerzas. Haciendo ese bien alcanzamos, siempre con la gracia, amar a Dios que nos lo ha regalado todo.

El fuego de Jesús

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dice Jesús que en una misma familia estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre. Parecen palabras exageradas, pero podemos recordar algunos casos en que esto sucedió así hasta el final. Así, san Hermenegildo fue perseguido por su padre Leovigildo, que era arriano, y murió asesinado en la cárcel. Hace mucho menos tiempo, en 1994, en Ruanda, una muchacha, Felicitas, del clan de los hutu, había escondido a trece niñas de la etnia tutsi. Su hermano, coronel, intentó disuadirla, porque ella prefería morir con las tutsi que habían venido a asesinar a dejarlas desprotegidas. Felicitas dice a su hermano: “Querido hermano, en lugar de salvar mi vida abandonando a las que están a mi cargo, prefiero morir con ellas.” Y murió asesinada. Son casos heroicos de esos que, como dice la carta a los hebreos, han llegado a derramar la sangre.

Lejos de esto pero en la misma línea, encontramos la incomprensión de muchos padres hacia la fe de sus hijos o el rechazo de algunos familiares cuando un joven manifiesta vocación. Tampoco faltan familias en las que todos los miembros participan de la misma fe. En cualquier caso se nos manifiesta ese fuego que Jesús ha venido a traer al mundo y que lo incendia todo. Cuando su llama prende en nosotros, si somos fieles, es imposible que deje de arder. Lo quema todo a su paso purificando nuestro corazón, nuestras relaciones, la manera que tenemos de tratar las cosas y de trabajar, y el mismo amor hacia nuestros familiares.

Ese fuego es el que permite separar la falsa paz de la verdadera, la que nos trae Jesucristo. Es como cuando en los altos hornos, a fuertes temperaturas, se separa el metal de la ganga. También Jesucristo separa el mal del bien y ello, en ocasiones, reporta algunos sufrimientos para quienes le son fieles. Ese fuego, además, es el del amor divino. En el Antiguo Testamento lo vemos prefigurado en la zarza ardiente desde la que Dios habló a Moisés, o en la columna de fuego que guió a Israel por el desierto, o también en las llamas que descendieron del cielo para consumir el sacrificio de Elías. Igualmente podemos ver en él una imagen del Espíritu Santo, que enciende su llama en el corazón de los bautizados y después crece y se irradia por el ejercicio de la caridad. El Espíritu Santo nos será dado después de que Jesús haya pasado por el bautismo de sangre del que nos habla. Su sacrificio en la cruz dará eficacia a los sacramentos y la salvación nos vendrá por el agua, la sangre y el Espíritu Santo.

Alguien podría pensarse que el culpable de la división es Jesucristo, pero la causa es la verdad. En los ejemplos citados admiramos la fortaleza de los mártires, que no fue obstinación sino amor a la verdad.

Jesús, al llamarnos a su lado también nos da a María como Madre, que ella sea nuestra custodia para cumplir en todo la voluntad de Dios.

Tener paciencia en la espera

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Muchas veces me he fijado en cómo están los alumnos cuando falta el profesor en clase. Instintivamente, ante la ausencia de un adulto que les sirva de referente, empiezan a jugar. Lo hacen confiados en que cuando llegue el profesor tendrán tiempo de volver a sus sitios y portarse como si nada hubiera pasado. La experiencia indica que pocas veces sucede así y que el profesor acaba riñéndolos.

A menudo nos olvidamos de que siempre hay que estar disponibles para Dios. El evangelio de hoy nos lo recuerda desde una perspectiva escatológica. En cualquier momento puedo ser llamado por Dios y debo estar preparado para comparecer ante Él. Pero, alargando la enseñanza, descubrimos que hay que estar presto cada día, porque la voluntad de Dios se manifiesta en cualquier momento. ¿Por qué determinados santos ante hechos que estaban a la vista de todos reaccionaron de una manera distinta? La razón es simple: tenían ceñida la cintura y encendidas las lámparas. La imagen de los sirvientes, utilizada por Jesús para ilustrar su enseñanza, nos ayuda en esta interpretación. Hay un dicho popular que dice: “El ojo del amo engorda al caballo”. Se significa con él que si el dueño o el jefe está presente, todos los empleados rinden más.

Ocupados en las cosas terrenas puede sernos fácil olvidar que Dios siempre está atento a todo. No lo hace como un jefe que quiere sorprendernos en un error, sino como Padre Providente que piensa en cada uno de nosotros y nos cuida. La fe nos ayuda a mantener nuestra vista puesta en Dios en todas las circunstancias.

Recuerdo a un cartujo que una vez me dijo: “En su celda, el cartujo vive de la sola fe”. Lo decía porque los monjes tienen una serie de prácticas y devociones que deben cumplir cada día, pero que no son vigiladas por nadie. Quedan entre el monje y Dios. Pensando en ello caí en la cuenta de lo importante que es hacerlo todo con el máximo amor posible, rezar con verdadera devoción también cuando estamos totalmente solos y determinadas prácticas que pueden ser rutinarias como el ofrecimiento de obras por la mañana o el examen de conciencia antes de retirarnos a descansar. Es decir, hay que hacerlo todo siendo delicados con Dios que, lo sabemos por la fe, está ahí con nosotros.

La conciencia de mirarnos mutuamente es fuente de un gran gozo espiritual. Sabemos que Él no deja de estar atento a nuestras necesidades y, al mismo tiempo, gracias al don de la fe, tenemos conciencia de su presencia. Por experiencia conocemos lo duro que es esperar, sobre todo cuando desconocemos el momento oportuno. En esa situación es fácil bajar la guardia y desanimarse. También en la vida cristiana nosotros hacemos un camino cuyos plazos no dependen de nosotros. No sólo respecto de la vida eterna sino también de los progresos que nos gustaría alcanzar y que no siempre se rigen por nuestro calendario. Hay que saber esperar. También así le mostramos nuestro amor a Dios.

Permanecer atentos

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Una de las mayores insistencias del Evangelio es la de la vigilia. Son muchas las veces que el Señor nos dice: “Velad”. A mí me recuerda a las madres que advierten, incontables veces, a sus hijos. Lo hacen porque es la manera que tienen de ponerlos en guardia frente a algún peligro o para mantenerlos despiertos no vaya a ser que algo importante les pase desapercibido. Es frecuente la invitación a vigilar cuando se va a hacer un viaje. ¡Cuantas veces no nos han dicho: “¡ve con cuidado!” Jesús también nos dice muchas veces: “Velad”.

Hay épocas, sobre todo cuando finaliza el año litúrgico y también en Adviento, en que esa llamada evangélica se hace más frecuente. Pero la encontramos en muchos otros momentos. Es como un leit motiv del Evangelio. Hay que estar alerta. Jesús nos sitúa en la perspectiva de su retorno. La llamada se mueve en una perspectiva escatológica. El Señor volverá y quiere encontrarnos preparados. Aquí, en el fragmento que hoy consideramos la perspectiva es positiva. Por eso se señala “dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela”. Y se advierte de que habrá un premio que, además, es sorprendente, porque será el señor quién hará sentar a la mesa a los criados para, él mismo, servirles. Se trata, evidentemente, de una desproporción en la que atisbamos, de alguna manera, el premio del Reino.

La vigilancia a la que invita el Evangelio no conduce a la neurosis. El cristiano no se mueve en la angustia de hacer las cosas porque, en cualquier momento, puede ser sorprendido para rendir cuentas. Más bien, esa invitación a la vela nos llama a considerar de qué manera organizamos nuestra vida. Hace unos días visité a unas monjas clarisas. Pensando en la vida que allí se lleva me di cuenta de que las monjas velan con pequeños detalles: cuidando el hábito, siendo fieles a un horario, cumpliendo una regla… esa fidelidad no las mantiene en tensión. Al contrario, cualquiera percibe allí una alegría que hace tiempo que ha desaparecido de nuestras ciudades. Muchos conventos son reductos de verdadera alegría.

Velan, pues, siendo fieles a cosas pequeñas y, a partir de ahí mantienen su gran fidelidad a Jesucristo. Seguramente, sea la hora que sea, incluso a la más intempestiva, el Señor las sorprenderá en vela, porque su vida está toda organizada para no perder la presencia de Dios y ello realizando las más variadas actividades. Cuidan lo pequeño para custodiar lo grande

Me parece que nuestra vigilancia va por ese camino. Cada cual sabe descubrir y conoce por experiencias dónde, de qué manera y con qué recursos, mantiene la presencia de Dios y conserva esa alegría que siempre reconocemos como un don, porque es mucho mayor de lo que correspondería a lo que nosotros hemos hecho.

Hacer bien las cuentas

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Vivimos en una sociedad muy calculadora. Casi podríamos decir que el economicismo lo ha invadido todo. Igualmente, tenemos que calcular cómo afrontar las hipotecas y, muchas veces, los equilibrios nos llevan a tener que organizar los gastos de todo el mes para poder subsistir sin sustos. Lo calculamos todos y esa mentalidad se traslada al campo de las relaciones personales, en el que las amistades se transforman en inversiones o la manera de saludar en oportunidades de futuro.

Pero no sabemos calcular el valor de nuestros días ni prevemos con la suficiente inteligencia el destino de nuestra vida. De ello trata la enseñanza que Jesús nos trae en el Evangelio de hoy. Pensar en la vida eterna parece trasnochado. Pero es a la vida eterna a lo que todos tendemos y hacia dónde nos movemos con nuestras acciones cotidianas. Normalmente la vemos tan lejana que pensamos que no importa nuestro comportamiento actual. Pero, de hecho, vivimos el día a día según la perspectiva de eternidad que tenemos. Elegimos en cada instante, de alguna manera, porque queremos anticipar esa eternidad y, por eso, en cada elección, definimos la felicidad que deseamos.

La riqueza se puede convertir en un enemigo de la verdadera felicidad. Por eso hoy el Señor nos previene sobre la codicia. El dinero se pega y, cuando uno se aficiona, cada día desea más. Fácilmente la riqueza anula otros deseos de nuestro corazón. Enamorarse del dinero equivale a desplazar muchos otros intereses de nuestro corazón. Incluso puede llegar a convertirse en una obsesión. Conozco personas que, cuando ven que se apegan demasiado a las riquezas hacen actos heroicos de desprendimiento y entregan gran parte de lo que tienen a la caridad o a obras de la Iglesia. Intentan, de esa manera, que el amor al dinero no se superponga a su amor a Dios.

Meditando sobre este Evangelio caigo en la cuenta de que, en el momento de mi muerte, no me importará mucho si he ganado más o menos. En ese momento querré saber si he amado cómo Jesús me ha enseñado y si, de esa manera, he ganado mi vida. La imagen de una inmensa fortuna (o no tan grande) que va a quedar abandonada mientras yo me pierdo por no haber sabido elegir lo más conveniente, me perturba. Esto se puede afirmar de la riqueza y de tantas otras cosas a las que nos aficionamos desordenadamente. Pero hoy Jesús habla de la codicia y, no cabe duda, de que ahí nos duele bastante. Por todas partes se respira esa mentalidad materialistaa en la que te valoran por tu sueldo o te felicitan en función de lo que ganas. Y esas ideas, tan difundidas y que equiparan dinero a felicidad, también se filtran en nuestra manera de pensar. Jesús nos advierte.

Por el contrario, podemos hacer muchas cosas para “ser ricos ante Dios”. Hay entran las obras de misericordia. La vida entregada por amor a Dios y a nuestros hermanos.

Que María nos ayude a cuidar nuestro corazón para que no dejemos de desear la felicidad que Dios quiere regalarnos. Que teniendo los ojos fijos en las riquezas celestiales aprendamos a usar las terrenas.

Jesús siempre está cerca

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Las lecturas de este domingo nos ayudan a profundizar en la certeza de que Dios siempre está cerca de nosotros, incluso en las situaciones más difíciles en las que nos puede acechar la tentación de pensar que se ha retirado de este mundo.

En la primera lectura vemos como Elías, que está huyendo de la ira del rey, se refugia en una hendidura del monte Horeb. Allí recibe el consuelo de Dios, que llega en un “susurro”. En esa descripción se nos muestra la cercanía e intimidad de Dios con su profeta. Se trata de una experiencia interior, que llena de paz al que la vive. Aparentemente no cambia nada, pero algo ha sucedido en el corazón. Podemos hacernos una idea viendo los rostros incluso alegres de santos como Felipe Neri, Tomás Moro, Francisco de Sales… En situaciones muy diferentes no pierden la serenidad ante circunstancias difíciles, pero tampoco las afrontan con resignación estoica como si no hubiera otra salida, sino con la seguridad de que, por encima de todo, se está realizando el plan de Dios. Se saben sostenidos y acompañados por Él y así pueden cumplir su voluntad.

En el evangelio vemos a los apóstoles cumpliendo un mandato del Señor, quien les ha dicho que suban a la barca y vayan a la otra orilla. En su camino se encuentran con un viento contrario y fuerte oleaje. Con frecuencia se ha visto aquí una imagen de la realidad de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades de la historia, pero sin que le falte la protección del Señor, que el evangelio nos dice había subido a lo alto de la montaña para orar a solas. Jesús nunca nos deja solos. Siempre podemos acudir a él, y aún en momentos de oscuridad, no debemos dejar de pensar que él está cerca de nosotros. Además, siempre nos tiene presentes en el diálogo que mantiene con su Padre; somos objeto de su amor.

Los discípulos se asustan cuando el Señor aparece caminando sobre el agua. Pedro quiere comprobar si es el Señor y hace esa petición que nace de un corazón generoso: quiere ir junto a él. Jesús se lo permite, pero señala san Juan Crisóstomo que habiendo realizado lo difícil, que era caminar sobre las aguas, se deja vencer por lo pequeño y siente miedo por la fuerza del viento. Y el Cardenal Vanhoye señala que, a veces, hay personas que se lanzan con mucha generosidad a una tarea apostólica o caritativa, pero después se sienten en una situación extraña, porque la tentativa era exagerada y olvidan que es el Señor quien lo hace posible: falla la fe. Es lo que Jesús le dice a Pedro. En nuestra vida pueden suceder cosas muy grandes, y el Señor cuenta con nuestra libertad y generosidad. Pero siempre es Él quien lo hace todo posible. Y no se trata sólo de la decisión de un momento de fervor, sino que es preciso avanzar siempre en la fe. Es Cristo quien nos sostiene. En él está nuestra seguridad y fortaleza.

Con el salmo rezamos: “La misericordia y la fidelidad se encuentran/ (…) la fidelidad brota de la tierra/ y la justicia mira desde el cielo”. Es un texto que se puede aplicar al misterio de la Encarnación, ya que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Pero también nos mueve a unirnos por la fe a la persona de Jesús y así experimentar su amor, su justicia y la paz que brotan de vivir con él.

Fe que mueve montañas

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El evangelio de hoy nos deja transpuestos. Los discípulos de Jesús no han sido capaces de curar a un niño lunático y Jesús parece que se enfada cuando se lo dicen. ¿Por qué se enfada? El Señor les recrimina su falta de fe y los llama “¡generación incrédula y perversa!” Son palabras duras. Pero el Señor, que en seguida cura al niño, nos recuerda que él tiene poder.

Quizás debajo de esta historia se esconde que nadie tenía especial confianza en el poder del Señor. Quizás también una corrección a una idea falsa de la fe. Quizás pensaron que expulsar demonios era un simple arte que se aprende. En cambio Jesús nos recuerda que la fe siempre nos vincula con él. De hecho la fe, más que un poder personal, es una situación de absoluta indefensión. Es confiarlo todo al Señor porque sabemos que nosotros no podemos nada. De esa manera quedamos siempre abiertos al milagro. No prevemos un resultado ni convertimos nuestra relación con Dios en un procedimiento. Resulta curioso que los discípulos pregunten después al Señor por qué ellos no pudieron echar ellos al demonio. ¿De dónde pensaban que les venía ese poder? ¿creyeron, quizás, que bastaba con repetir las palabras y los gestos que en otras ocasiones habían visto realizar al Señor? Jesús les recuerda que tenían poca fe. De alguna manera la fe es como el punto de apoyo. Arquímedes dijo: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sin la fe nuestro esfuerzo es vano. La fe nos coloca siempre en la fuerza del Señor.

Jesús añade después que si tuviéramos fe como un grano de mostaza podríamos mover montañas. Tomás Moro señala que no hemos de dejar que nuestra fe se debilite. Al contrario, debemos plantarla en nuestra alma y dejarla crecer. Entonces se hará grande como el arbusto del que habla Jesús en otra parábola y comenta “con una firme confianza en la palabra de Dios, trasladaremos montañas de aflicción, mientras que cuando nuestra fe es débil, no desplazaremos ni siquiera un puñado de arena”.

Del evangelio de hoy aprendemos que hemos de tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. La fe es la llave que nos da entrada a su intimidad. La fe supone, continuamente, renunciar a nuestro punto de vista par intentar descubrir la mirada de Jesús. Al mismo tiempo por la fe deponemos nuestras armas y queremos ser sólo, instrumentos dóciles del Señor. Sí, no está en nuestro poder, sino en su fuerza.

Negarse a uno mismo

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos la memoria de santa Clara, seguidora de san Francisco y fundador de las clarisa. Clara era de una familia rica pero, una Cuaresma, escuchando un sermón de san Francisco, decidió seguirlo y serle obediente en todo. Cuando su familia se enteró de que había abrazado una vida de pobreza intentaron disuadirla. Sus hermanos fueron a buscarla pero ella se resistió y les dijo: “Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano”.

Muchas veces la belleza de las palabras de Jesús, que no siempre aceptamos con facilidad, se nos iluminan con el ejemplo de los santos. Hoy Jesús nos habla de que hemos de perder la vida por él y, de esta manera reencontrarla. Es el movimiento que siempre pide el Señor, entregárselo todo, sin hacer acopio de reservas ni cálculos. De esa manera se puede recuperar todo. Si intentamos encontrar una fórmula humana para explicarlo no la hallamos. Sin embargo, cuando contemplamos a personas como santa Clara, se nos descubre la total verdad de las palabras del Señor. ¿Quién puede negar que la vida que encontró esta mujer es mucho mejor que todo lo que podía ofrecerle el mundo? De alguna manera intuimos que detrás de todas las promesas del mundo nos va a quedar un regusto amargo y que lo único que vamos a alcanzar es una especie de sucedáneo de la verdadera felicidad.

La renuncia cristiana es principalmente una aceptación: una elección. Lo vemos en las palabras que hemos citado de santa Clara y también en el evangelio de hoy. Jesús no habla sólo de dejar cosas o de perder la vida, sino de hacerlo por él. Esta renuncia a uno mismo es siempre por haber escogido a Jesús. Hemos de pedir la luz para darnos cuenta de que sólo en Él está nuestra vida. Me doy cuenta de que no es fácil. Pero todo lo que reservamos para nosotros nos impide acoger el amor que Jesús nos quiere dar. Él es el tesoro que anhela nuestro corazón. Comparado con Él el mundo vale nada.

La comparación que hace Jesús es muy gráfica y nos puede servir de criterio de juicio: ¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma? Continuamente podemos ver si las elecciones que hacemos enriquecen nuestro interior o lo debilitan: en las cosas materiales, en la relación con los demás, en los arrebatos de ira, de orgullo, de deseos de dominio,… En cambio hay una victoria sobre el mundo, que es la de la Cruz de Cristo. Por ello también el Señor nos llama a tomar la cruz. En la cruz se revela un amor más grande por el mundo en el que se rompe la dinámica del mundo que tiende a destruirnos como consecuencia del pecado. Desde la Cruz Jesús salva el mundo.

La cruz no son solo las contradicciones y sufrimientos, sino que nace del amor. La misma santa Clara decía: “el amor que no puede sufrir no es digno de este nombre”. La cruz nace del amor. Y la vivimos verdaderamente cuando estamos unidos a Jesús. Es esta una enseñanza de Jesús que no nos resulta fácil de asimilar. Por eso agradecemos el ejemplo de los santos que, como Clara, nos ayudan a descubrir la belleza. A su intercesión acudimos para que seamos capaces de acoger en nuestro corazón las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

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