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Jesús, al encuentro de los hombres

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Antes que cualquier milagro, Jesús sale al encuentro con los hombres. Así lo relata el evangelio de Juan. No es extraño que los primeros discípulos del Señor pertenecieran al círculo del Bautista. Él se había dedicado a preparar “un pueblo bien dispuesto” para recibir al Mesías. Antes que por sus gestos los primeros discípulos son atraídos por la persona misma de Cristo. No hace mucho una joven, con graves dificultades morales y que renegaba de la Iglesia porque pensaba que esta quería destruirla, encontró la fe a través de unos amigos. Entonces dijo: “hasta ahora todos los problemas de mi vida me parecían insoportables, ahora comparado con Jesucristo, al que he conocido, todo me parece pequeño”.

También los primeros discípulos encontraron a Jesús a través del testimonio de otro. ¿Qué ha hecho Juan el Bautista? Además de sus predicaciones anteriores, ahora cuando pasa Jesús se fija en él. Después habla de lo que está mirando y lo define como “Cordero de Dios”. Esa frase aludía al sacrificio, que más o menos a esa hora, se celebraba cada día en el templo. El caso es que mirando al que, a nuestros ojos parece un simple hombre, lo define señalando el misterio de su divinidad. Por la atención de Juan los dos discípulos se acercan a Cristo.

Entonces es Jesús quien les pregunta: “¿Qué buscáis?” Porque el encuentro con el Señor no es un divertimento de la vida, sino que él viene para responder a nuestras necesidades más profundas; nos trae la salvación.

Aun antes de saber cómo responder a esa pregunta los discípulos desean estar con él y escucharle. Lo llaman Rabí, con lo que de antemano le reconocen la autoridad para formarles. Y la invitación de Cristo es a que vayan con él y vean. Años más tarde el evangelista Juan, que muchos consideran que fue el compañero de Andrés en esta escena, iniciará su primera carta hablando “de lo que hemos visto y oído, lo que han tocado nuestras manos”. La invitación de Cristo a permanecer con él indica la novedad de la vida cristiana, que ya desde entonces consistirá en permanecer con el Señor. Por eso, en el bautismo, lo primero que sucede es que Dios viene a nosotros para estar junto a nosotros.

Carlos de Foucauld, comentaba este texto: “tu primera palabra a los discípulos es ‘Venid y veréis’, esto es ‘seguid y mirad’, o sea ‘imitad y contemplad’… La última es ‘sígueme’ (Jn 21, 22)… ¡Qué tierna, dulce, saludable y amorosa es esta palabra: ‘sígueme’, esto es, ‘imítame’!”

Tras pocas horas de estar con el Maestro los discípulos ya tienen una certeza: es el Mesías. Por eso Andrés corre a decírselo a su hermano Pedro. Les ha sucedido algo impresionante: se han encontrado con Cristo. Y en esto consiste, nos recordaba Benedicto XVI, el cristianismo: en el encuentro con una persona que cambia radicalmente la orientación de nuestra vida. A ello se refiere el apóstol en la segunda lectura al indicarnos cómo hemos de vivir ya que, unidos a Cristo, no sólo hemos sido salvados por su muerte sino que también estamos llamados a resucitar. De ahí que toda nuestra vida (nuestro cuerpo) ha de glorificar a Dios.

Jesús llama a Leví

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estoy viendo como nieva y quiero decirlo. He encendido la calefacción y me dispongo a escribir el comentario del próximo viernes, que es este que ahora puedes leer. La nieve parece agua delicada. Me pongo bajo ella y, al principio ni siquiera notas que te moja. Es el mismo agua que hoy nos visita de otra manera, como envuelta para regalo. No me canso de mirarla y, me pregunto, si me pasa lo mismo con los evangelios.

Caen los copos y no quiero escudriñar en su interior porque es hermoso tal cual, en su simplicidad. También el evangelio es sencillo y no deberíamos cansarnos de contemplarlo. Sobre todo de mirar a Jesús y de ver lo que dice y lo que hace. Hoy nos encontramos con la vocación de Leví, al que solemos llamar Mateo, pues es su nombre de apóstol. Era cobrador de impuestos y llegará a ser evangelista. Cuando él narra este episodio en su evangelio dice que Jesús llamó a Mateo, pero Lucas escribe también Leví, como Marcos, quien además señala que era “el de Alfeo”. Esto no tiene nada de raro, salvo que parece que a Mateo le gustaba más que le llamaran así que no Leví, aunque este fuera también su nombre.

Jesús le dirige una palabra muy simple: “Sígueme”, y Leví se levanta y abandona su “mostrador de impuestos”, lo cual es muy sorprendente, porque parecía un empleo seguro y lucrativo, aunque fuera mal visto. Aquel día, o alguno más tarde, dejó de cobrar impuestos. Quizás por eso Marcos y Lucas lo mencionan como Leví, para encubrir que es Mateo y que cobraba impuestos. Y por eso Mateo dice que era Mateo, porque quiere dejar claro que Jesús lo llamó cuando cobraba impuestos. Y, como leemos hoy, estaba muy mal visto.

De sentado al telonio (que era la oficina para recaudar impuestos, tan popular como ahora), pasaron a sentarse a la mesa. Esa es la misericordia que experimentó Leví el alcabalero. Y la que también experimentamos nosotros pues Jesús no deja de invitarnos al banquete de la Eucaristía. Ayer se nos recordaba la penitencia; hoy la eucaristía. Siempre es el mismo Jesús y su misericordia infinita. Y los fariseos vuelta a voznar, que lo suyo no fueron arrullos de tórtola sino graznidos de cuervo: “¿por qué come con publicanos y pecadores?”. Y el mismo Señor, en un acto de condescendencia, responde. Hoy no ha tenido que leer en su interior, porque era tal su dureza, que han verbalizado su enojo. Les explica, que ha venido a llamar a los pecadores, igual que un médico está para sanara a los enfermos. Una manera amable de invitarles a sentarse en la mesa auque, sospechamos, prefirieron escudarse en su ayuno para rechazar la misericordia.

San Juan Crisóstomo, que tiene unas hermosas homilías sobre el evangelio de Mateo, lo llama alcabalero y dice: “no me avergüenzo de llamarle con el nombre de su profesión ni a él ni a los otros; pues eso, mejor que nada, muestra la gracia del Espíritu Santo y la virtud de los apóstoles”, y añade en otro momento, dándole palabra al apóstol: “no hemos recibido lo que recibimos porque antes trabajáramos y sudáramos nosotros, no por habernos cansado y sufrido, sino únicamente porque fuimos amados de Dios”.

El Señor también ha tenido misericordia de nosotros. Que nunca lo olvidemos. Virgen María, memoria de Cristo, ayúdanos a tener siempre presente su amor.

Un milagro para los escribas

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La escena de la curación del paralítico de Cafarnaún es especialmente emocionante. Además del la compasión de Jesús encontramos la osadía de aquellos cuatro personajes anónimos que condujeron al no menos desconocido paralítico ante Jesús.

Encontramos varios personajes. La multitud que llena la casa (algunos dicen que era la de Pedro). Jesús está rodeado de gente, pero no siempre los que están más cerca son los que salen más beneficiados. Entre estos hay unos escribas que, además indica san Marcos, estaban sentados. Aunque había mucha gente habían encontrado acomodo. Quizás la misma multitud, por respeto se lo había cedido o quizás ellos mismos se lo habían apropiado. Están esos cuatro desconocidos de los que ya hemos hablado (que algún padre de la Iglesia ve en ellos una alegoría de las virtudes, que yo no, porque si aquel hombre no podía andar es que sus virtudes no podían llevarlo), está el paralítico y está Cristo.

No sabemos de la fe del paralítico; si era mucha o escasa. De lo que no cabe duda es de que sí la tenían sus porteadores. Jesús les hace el encomio. También Jesús actúa en consonancia con la fe de aquellos hombres y le perdona los pecados al paralítico. Como el perdón de Jesús es real aquel hombre debió sentir una alegría tremenda, aunque seguía postrado.

Pero los escribas empezaron a farfullar interiormente. Detengámonos en eso, que muchas veces no hacen falta aspavientos exteriores ni grandes gestos para rechazar lo que Jesús hace. Lo piensan. Piensan mal y ahí ya rechazan a Cristo. En nuestro mundo tan de la apariencia y la pose se nos escapa la importancia de la interioridad. Pero dentro de cada uno pasan muchas cosas. Pasaban en el corazón de los que llevaron al paralítico; en éste que quedó justificado y en los escribas que en lugar de abrirse a la contemplación de la gracia malmeten interiormente contra Jesús. Uno se imagina que un escriba se dedica a levantar acta de lo que suceden, pero estos añadían notas a pie de página. Aquel día pusieron: “Blasfema”. No podían juzgar de lo que sucedía en el alma del paralítico y cargaron las tintas contra Jesús.

Pero Jesús también lee lo que se escribe en los corazones, aunque sea con mala sangre. Lee lo que borronearon los escribas y nuestros garabatos. Y les habló al corazón como había hecho con el paralítico y sus camilleros. Hizo aquel milagro tan vistoso y tan bien acompañado por el enfermo que, para evitar dudas y malentendidos; para que constara fielmente transcrito en el documento escribano, salió “a la vista de todos”. No sabemos que pasó en el interior de aquellos escribas, que mañana nos los encontramos de nuevo, y si sus corazones eran de piedra y lo habían grabado a cincel o si hicieron una tachadura. En cualquier caso tenemos aquí una invitación muy hermosa a acercarnos al sacramento de la confesión. Jesús quiere perdonarnos y limpiarnos el corazón y que después podamos andar para que otros lo vean y se admiren. Porque siempre mueve a conversión descubrir que la vida de otros ha cambiado.

Gracias Señor por tu misericordia.

Jesús cura a un leproso

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Nadie queda excluido de la salvación que trae Jesús si está dispuesto a acogerla. Hoy encontramos ese momento conmovedor en que un leproso se acerca a Jesús, “suplicándole de rodillas”. El leproso era un excluido. En la mentalidad de la época su enfermedad no sólo era algo altamente contagioso de lo que había que apartarse sino que, también, el leproso quedaba excluido de la comunidad y no podía participar en los actos religiosos. La palabra era “impuro”.

Dice el evangelio que Jesús, “compadecido, extendió la mano y lo tocó”. Es muy hermoso. El Señor se compadece de nosotros y muestra su amor y cercanía “tocando”. Lo que nadie se atrevía a hacer Jesús lo realiza. Toca al hombre enfermo y sus heridas; su carne purulenta y su piel llagada. ¡Bendita compasión de Cristo!

Hay tanta gente sola, marginada, apartada de la sociedad y recluida en su soledad… Incluso en nuestra sociedad, hemos escuchado alguna vez esta recriminación de quien se siente excluido: “¿acaso soy un apestado? ¿soy un leproso?”. Jesús no quiere a nadie fuera de su reino, que es un reino de amor. Toca y limpia.

Evidentemente nosotros en esa escena leemos también una enseñanza espiritual. El pecado nos aparta y es como la lepra, que nos deforma y nos hace impuros. Pero hay que acercarse al Señor y como aquel hombre, con la sencillez de aquel hombre, con su humildad y su fe, decirle al Señor: “Si quieres, puedes curarme”. El querer de Dios se encuentra con nuestro querer cuando coincidimos en el amor.

La mano de Jesús sigue acariciándonos en los sacramentos. Hoy pensamos especialmente en el de la penitencia. En misa siempre empezamos reconociéndonos pecadores e implorando la misericordia de Dios, pero recordaba hace poco el Papa Francisco: “El acto penitencial concluye con la absolución del sacerdote, en la que se pide a Dios que derrame su misericordia sobre nosotros. Esta absolución no tiene el mismo valor que la del sacramento de la penitencia, pues hay pecados graves, que llamamos mortales, que sólo pueden ser perdonados con la confesión sacramental”. Muchas veces encontramos excusas para la confesión, pero hemos de reconocer que allí, aunque sea en la persona de una sacerdote, vamos a encontrarnos con Jesús misericordioso.

La lepra puede compararse al pecado mortal y necesitamos que el mismo Jesús, en el acto sacramental, nos toque y nos perdone. Aprendamos del leproso que no dudó ni del poder de Jesús ni de su misericordia. Así pudo después salir de su aislamiento e indigencia y reincorporarse a la vida social y religiosa.

También a nosotros la vida de la gracia nos saca de la soledad y nos lleva a poder participar con los demás con mayor alegría, porque nos abre a los vínculos del amor por el que nuestra relación con el prójimo queda unida con una fuerza nueva. La amistad con Dios que Jesús nos ofrece es también una oportunidad para vivir de una manera más intensa con los que nos rodean. De la relación con el Señor nace también el deseo de querer mejor a los que nos rodean.

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a reconocer nuestras faltas y nos dé la confianza para acercarnos a su Hijo Jesús para, arrepentidos, acogernos a su misericordia.

Un día de Jesús

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En seguida Jesús, de nuevo con sus discípulos, se fue a la casa de Simón y Andrés. Marcos especifica que fue con Santiago y Juan. Se representa ahí cómo se va formando una comunidad que tiene por centro a Jesús. La amistad con Cristo no es exclusivista sino integradora. Aquel día pusieron Simón y Andrés la casa; en otra ocasión serían otros. Parece que ya se conocían entre ellos, pero la presencia de Jesús suscita lazos más profundos, que con el tiempo se revelarán nuevos en la existencia de la Iglesia.

¿De qué le hablan en primer lugar a Jesús? De aquello que, en aquel momento más les preocupaba y era que la suegra de Simon tenía fiebre. Como quien dice hace dos días que conocen al Maestro y ya le tienen confianza. Volvemos a encontrarnos con el “inmediatamente”. ¿Cuándo es el momento oportuno de hablar con Jesús de nuestros problemas? Cuando se presentan. A veces vamos a rezar y por querer ser elevados no ponemos la vida, la nuestra, delante del Señor. Por otra parte ese hablar de lo que nos preocupa al Señor también es una manera de indicarnos que hay que sosegar el alma, porque sino lo que nos inquieta vuelve una y otra vez y así no hay quien haga oración.

Se pone también de manifiesto la auténtica humanidad de Jesús. Ha ido a la sinagoga y ahora a compartir, comer, descansar con sus amigos. Vive una vida verdaderamente humana y se deja afectar por todo lo humano. Hermoso el detalle delicado de Jesús que “se acercó, la cogió de la mano y la levantó”. Qué ha eso ha venido al mundo, a levantarnos. Y tiene verdadero cuerpo y toca. La humanidad santa de Jesús se encuentra con nuestra humanidad herida y la sana.

Curada la suegra se puso a servir, imagen en la que tantos comentaristas han visto que necesitamos de la salvación del Señor para ser verdaderos servidores. Y quien sirve a Jesús sirve también al prójimo. Pienso en tantas personas indolentes, fatigadas, postradas por sus propias frustraciones o por el maltrato, angustiadas,… que necesitan de esa mano de Jesús que les devuelva la alegría de la existencia. También en nosotros, que necesitamos del contacto con Cristo para que nuestra vida sea más entregada y generosa.

La fama de Jesús se extiende y también su poder sanador. Así que la multitud se agolpa a su alrededor. La práctica del bien no va a reducirnos las ocupaciones sino aumentarlas. Pienso en esos santos inagotables: Francisco Javier, Pedro Claver, Juan Bosco,… El bien atrae y da trabajo. Jesús, nos enseña esa caridad que es amor sin medida.

Y ya de madrugada Jesús rezando. Lo que hace Jesús es una auténtica lección sobre cómo orar. Lo vemos a lo largo de todo el evangelio. Hoy se nos enseña el tiempo y el lugar; a buscar un momento que sea oportuno (el mejor para el Señor) y adecuado. Muestra también como en su humanidad Jesús ansiaba el diálogo con su Padre. Así lo encuentran los discípulos. Así está también Jesús en el sacramento de la Eucaristía, cerca de nosotros, en continuo coloquio con el Padre. En un lugar muchas veces solitario pero siempre accesible. ¿Qué le dicen los apóstoles? “Todo el mundo te busca”. Así empiezan a hacer de intermediaros entre las necesidades de la gente y Jesús. Interceder por los demás para que se encuentren con el Señor.

La autoridad de Jesús

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Y, en seguida se van a Cafarnaún. Jesús y sus primeros discípulos. Y empiezan a ver cómo acontece el reino. Jesús enseña con autoridad. Es decir dice algo que tiene autoridad sobre el corazón del hombre. Cuándo él habla se impone la verdad en nuestro interior y sentimos la llamada a responder. Esa es su autoridad. No habla de oídas. Tampoco expone un discurso que sólo es hermoso o sólo verdadero. Dice cosas que tocan lo más profundo de nuestro ser. Reconocemos la autoridad cuándo nos damos cuenta de qué, de alguna manera, hemos de seguirla. A Cristo hay que prestarle atención y obedecerle. Esto nos señala también de qué manera hemos de leer o escuchar la palabra de Dios. Jesús tiene autoridad y, por eso, nos obliga a tomar una posición. Claro que, lo primero, es escucharle.

Algunos se asombran y uno, se revuelve. El espíritu inmundo estaba dentro de él y habla en plural, porque debían ser unos cuantos demonios, pero también porque frente a la autoridad de Jesús quiere oponer la verdad de la “multitud”, el triunfo de las encuestas y las estadísticas; la barrera de una supuesta mayoría que se defiende atacando; que tergiversa los hechos. La pregunta es tremenda “¿has venido a acabar con nosotros?”. Evidentemente Jesús se enfrenta al mal, pero no destruye al hombre. Arranca, cuando nos abrimos a su amor, lo que nos destruye interiormente. Pero hay también la posibilidad de que nos confundamos y pensemos que quiere arrebatarnos algo nuestro. Como no recordar las palabras de Benedicto XVI: “Cristo no quita nada, lo da todo”.

Lo que es cierto es que le encuentro con Jesús produce una conmoción en nosotros, porque nuestra vida cambia. Jesús ha venido a desatar el corazón del hombre al que la esclavitud del pecado impedía amar según el designio de Dios. Ahí se realiza la salvación, en que quedamos libres para amar. Y, consiguientemente llega el estupor: “¿qué es esto?”.

Me parece que una de las cosas que hemos de recuperar es la sorpresa ante el mensaje del evangelio. No podemos acostumbrarnos al hecho de que Dios nos ha hablado. Continuamente hemos de percibir la novedad de lo que dice y de que nos habla a nosotros. Para ello hemos de percibir la palabra de Dios como algo vivo, que tiene el poder de obrar en nosotros.

Hoy vemos que Jesús enseña y libera. Lo que sucedió en Cafarnaún nos puede pasar a cada uno de nosotros. Él no deja de instruirnos con una sabiduría desconocida capaz de iluminar nuestra vida de una manera totalmente nueva. Cuando nos dejamos guiar por ella nuestra vida alcanza una nueva densidad. Al mismo tiempo el Señor nos va apartando del mal para que en nuestra vida se desarrolle la vida que nos da y su amor.

Acaba el evangelio de hoy señalando que la fama de Jesús se extendió. También hoy es muy conocido. No sabemos cómo impactó en cada persona ese oír hablar de Jesús. En cualquier caso no se puede prescindir del encuentro personal. Es ante él cuando nos damos cuenta de quién es y de cómo nos ama.

Convertíos y creed

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El de Marcos es el más breve de los cuatro evangelios. Vamos a leer estos días una sucesión de hechos de Jesús. Todo sucede muy rápidamente. Vemos a Jesús aquí y allí, predicando, sanando, llamado a los primeros discípulos… La forma de narrar de Marcos nos hace darnos cuenta de que Jesús no para. Sus acciones muestran el amor de un corazón. El Señor inicia su vida pública, cuando Juan acaba de ser apresado, justo después de su bautismo y de los cuarenta días en el desierto. Ante el mundo Jesús inicia su ministerio: “se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

La vida de Jesús es la misma expresión de su mensaje. No se puede separar lo uno de lo otro. No hay fisuras. Donde él aparece se manifiesta la gracia; se obra la maravilla. El reino de Dios está cerca porque Jesús está presente. Él trae el reino de Dios.

Lo primero que suscita el fragmento que hoy leemos es la urgencia. “Se ha cumplido el tiempo”. Pero Jesús no pronuncia esas palabras como un vocero sino que se pone todo él en juego. El que estaba “oculto” en Nazaret junto a la Virgen y san José, en sus quehaceres de carpintero y en el misterio del Padre, ahora sale a plena luz. Pero también nos pide que nosotros demos un paso y salgamos de la oscuridad para encontrarnos con la luz: “Convertíos y creed”.

Es urgente convertirse. No se puede dejar para mañana porque el tiempo se ha cumplido. A continuación se nos da un ejemplo. Jesús pasó junto al lago y llamó a Simón y Andrés; a Santiago y Juan. ¿Qué hicieron? Lo siguieron de inmediato. También a nosotros Jesús nos llama. A buen seguro sabemos más sobre Jesús que los primeros apóstoles por entonces. Sin embargo nos cuesta ese “inmediatamente”, que tiene un contenido muy concreto: ir “en pos de él”. De eso se trata de seguir a Jesús.

Y quizás preguntemos: ¿cuándo se ha acercado a mí Jesús y me ha llamado? En cualquier momento y quizás nos ha pasado desapercibido porque estábamos con la atención totalmente puesta en nuestras redes o en nuestro mundo. Como los primeros apóstoles hemos de descubrir el horizonte infinito que se abre cuando Jesús aparece en nuestras vidas y como todo debe ordenarse de una nueva manera. Siempre detrás de Jesús. Nosotros, es decir, todo lo nuestro, ponerlo en pos de Jesús.

Lo que en los apóstoles tuvo un carácter radical y concreto (verdaderamente dejaron sus redes y sus negocios), en nosotros tiene una lectura que, en cualquier caso, significa no anteponer nada a Jesús y hacerlo todo de manera que vaya en pos de Jesús: que se ordene al reino que él nos trae.

El inicio de año nos mueve a renovar ese deseo de ser para Cristo. Si lo tenemos a él que más podemos querer.

Que la Virgen María nos ayude en esa conversión tan necesaria. Descubrir a Cristo que pasa; aceptar el reino que nos trae; escuchar su llamada y seguirle.

El mandamiento principal

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

De nuevo el evangelio nos muestra a un personaje que intenta poner a prueba a Jesús. En este caso se trata de saber cual es el mandamiento más importante. Para los fariseos, que intentaban cumplir más de 600 preceptos, plantear esa pregunta era probar si el Señor conocía bien la ley e intentar dejarlo en evidencia. Jesús, siempre con el deseo de mover el corazón de quienes se acercan a él, a veces contesta de forma oscura y otras de manera muy directa. Hoy encontramos unas palabras clarísimas que hemos de acoger sin matizaciones de ningún tipo. El primer mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser. Ello equivale a decir que hemos sido creados para amar a Dios y que ese es el fin de nuestra vida. Nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestro núcleo más íntimo alcanzan su plenitud en volverse hacia Dios, en contemplarlo y amarlo. No hay que darle muchas vueltas. Así, dice san Bernardo: “Tú me preguntas por qué razón y con qué método o medida ha de ser amado Dios. Yo contesto: la razón para amar a Dios es Dios, el método y medida es amarlo sin método ni medida”, señalando así que todas nuestras fuerzas deben dedicarse a ello.

Jesús une este mandamiento a otro que le es semejante: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Un autor antiguo lo explicaba de esta manera: “el que ama al hombre es semejante al que ama a Dios, porque como el hombre es la imagen de Dios, Dios es amado en él como el rey es considerado en su retrato”. Al descubrir que los demás son imagen de Dios vamos tomando conciencia de que también nosotros hemos sido creados a su semejanza. De manera que se nos manda lo que corresponde a nuestra naturaleza y que, al hacer algún bien a cualquier hombre o mujer se lo hacemos a él.

Estas enseñanzas ya estaban contenidas en el Antiguo Testamento de alguna manera, como leemos en la primera lectura de hoy. Como señaló Benedicto XVI “la verdadera originalidad del Nuevo testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito”. Mirándolo a él comprendemos lo que verdaderamente se nos pide. Su presencia junto a nosotros nos anima a buscar lo que se nos pide. El mandamiento no responde sólo a un anhelo de nuestro corazón sino que es posible alcanzarlo porque Jesús está junto a nosotros. En la celebración de la Eucaristía podemos tomar especial conciencia de cómo nos ha amado entregando su vida por nosotros. También de cómo nos ama hasta el punto ofrecernos, mediante la comunión, la posibilidad de que nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestros sentimientos se vayan adecuando a los suyos. El mismo Papa señalaba “en la comunión eucarística está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico de amor es fragmentaria en sí misma”. Y muchos autores, como santa Teresa de Jesús, insisten en que cuánto más amemos al prójimo más avanzaremos en el amor de Dios.

Lo que hoy escuchamos en el evangelio, precisamente por su carácter de mandamiento nuevo y principal, es algo que debe acompañar nuestra meditación diaria. Llamados a crecer en el amor que Dios nos tiene, toda nuestra vida ha de ser un continuo progresar en ese amor a Él y a nuestro prójimo. Sentimos la exigencia del precepto, pero aún más a fuerza del amor que Dios nos tiene y que nos va a ayudar a cumplirlo.

 

San Simón y san Judas

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos a dos apóstoles. San Simón y san Judas Tadeo. Sabemos pocas cosas de ellos pero, en el evangelio, cuando se menciona a los apóstoles siempre aparecen juntos. A Simón se le conoce como el “Zelote” y también el “Cananeo”. Los zelotes era un movimienyo nacionalista, que se caracterizaba por su amor ardiente a las tradiciones judías. No se sabe si Simón pertenecía a ellos, pero el calificativo puede significar también que tenía un corazón ardiente y que deseaba servir sinceramente a Dios.

Judas, autor de una de las cartas del Nuevo Testamento, recibe el apodo de “Tadeo”, que algunos interpretan como magnánimo. En otros momentos se dice que es “Judas de Santiago”. Este apóstol es el que le preguntó a Jesús, en la Última Cena por qué se había manifestado a ellos (los apóstoles) y no a todo el mundo.

Esa pregunta de Judas es importante para nosotros. Porque nos indica el amor misterioso por el que Dios elige. Pero, al mismo tiempo, contemplando lo que significa ser apóstol, vemos que el Señor los eligió para que después predicaran el evangelio en todo el mundo. De hecho nosotros celebramos las fiestas de los apóstoles porque son las columnas de la Iglesia; porque con ellos Jesús comenzó a edificar esa realidad de la que nosotros, ahora, formamos parte.

Jesús le respondió a Judas aquella noche: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él“. Y la misión de los apóstoles entonces, como después de la Iglesia, era preparar esos corazones para que viniera al Señor. Jesús le respondió mostrándole que el amor que él percibía en ese momento al conocer a Cristo, debía transmitirlo, porque el Señor quiere llegar al corazón de todos los hombres.

Es la idea que nos transmite san Pablo en la primera lectura cuando habla de la construcción de la Iglesia, que tiene a Cristo como piedra angular. Por ello hemos de sentirnos llamados a edificar la Iglesia. Cuando nos sabemos en continuidad con todos los que han conocido a Cristo y le han seguido, sentimos también la llamada a proclamar su reino, a comunicar la buena noticia y a dar testimonio del amor que hemos recibido.

La celebración de los apóstoles nos muestra también que todos ellos eran muy diferentes. Señaló Benedcito XVI: “Y es hermoso que en el grupo de sus seguidores, todos, a pesar de ser diferentes, convivían juntos, superando las imaginables dificultades:  de hecho, Jesús mismo es el motivo de cohesión, en el que todos se encuentran unidos. Esto constituye claramente una lección para nosotros, que con frecuencia tendemos a poner de relieve las diferencias y quizá las contraposiciones, olvidando que en Jesucristo se nos da la fuerza para superar nuestros conflictos.”

Pidamos a al Virgen María, Reina de los Apóstoles, que nos ayude a perseverar en la fe que hemos recibido en la Iglesia. Y también a dar gracias por formar parte de este pueblo. Que nuestra vida pueda contribuir a que Jesús sea más conocido y amado en todo el mundo.

 

Nuestra debilidad y su fuerza

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

No estamos acostumbrados a que alguien, como leemos hoy en la primera lectura, reconozca sin tapujos su dificultad para obrar el bien y su inclinación al mal. El Apóstol lo hace. Probablemente es ayudado en ello por la conciencia de que, como se indica al final de la lectura, se sabe salvado por Dios a través de Jesucristo. Aún así el testimonio de Pablo resulta ejemplarizante para todos nosotros. Porque, además de experimentar las mismas contradicciones del apóstol, encima nos cuesta más reconocerlas.

Parece que para curarse una de las primeras cosas, y de las más necesarias, es saberse enfermo. Sólo a partir de ahí uno empieza a preocuparse y a buscar soluciones. Mientras dura la arrogancia, que es presunción de que todo va bien, los remedios quedan lejos y siempre nos parecerán superfluos.

San Pablo no dice que no quiera el bien, sino que se ve incapaz de realizarlo. Podríamos decir que falla la correa de transmisión entre lo que su voluntad desea y lo que finalmente ejecuta. Es consciente, porque lo señala en otros momentos de sus enseñanzas, de que en el hombre actúa una anomalía que es fruto del pecado original. Como consecuencia del pecado estamos heridos en nuestra naturaleza. Ello no significa que nuestra naturaleza esté corrompida (así lo pensaba Lutero, pero no es lo que enseña la Iglesia), pero sí que el obrar rectamente resulta mucho más complicado.

A esta situación san Pablo la denomina esclavitud del pecado. Algunos, que perciben lo mismo que el Apóstol, les parece que eso es lo normal y se escudan en expresiones del tipo: “es humano errar”, “todos nos equivocamos”, “no soy de piedra”… Eso está bien si lo que se pretende es elaborar una estadística, pero resulta del todo insuficiente si lo que está en juego es nuestra felicidad. Desde esta perspectiva el cariz es muy distinto. Hay una anomalía en mí que me llega a impedir la felicidad que deseo, porque esta va unida a la realización del bien.

La constatación de san Pablo nos sumiría en la tristeza si él mismo no nos avanzara el camino de salida. Vivimos esa esclavitud, pero no es ese nuestro destino. Es Jesucristo quien nos salva de esa situación absurda. Porque es absurdo estar inclinado al bien, amarlo y querer alcanzarlo y, al mismo tiempo no hacerlo por culpa nuestra (porque las deficiencias que experimentamos no nos libran de nuestra responsabilidad). Jesús nos ha salvado muriendo en la cruz y Él nos libera.

En la carta a los Gálatas el Apóstol lo expresa con estas palabras: “para ser libres nos ha libertado Cristo”. La nueva libertad consiste en que, ayudados por la gracia, sí que podemos realizar el bien que anhelamos y que está tan unido a lo que nuestro corazón desea con todas sus fuerzas. Haciendo ese bien alcanzamos, siempre con la gracia, amar a Dios que nos lo ha regalado todo.

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