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Reconocer que trabajamos para el Señor

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Quizás uno de los mayores peligros para el hombre espiritual es apropiarse de las cosas de Dios. Nguyen van Thuan afirmaba que los momentos de éxito apostólicos son los preferidos por el demonio para tentarnos. Sin duda es así.

Con frecuencia olvidamos lo que decía san Agustín: “Para pecar te bastas a ti mismo. Para obrar bien, necesitas ayuda”. Y esa ayuda no es de un momento sino continua. Sin ella no podemos nada. Acudimos a Dios cuando nos sentimos acosados y cuando desaparece el peligro nos olvidamos de Él. De ello parece que habla la parábola de este día, y los que escuchaban a Jesús lo entendieron a la perfección. Esperemos que nosotros también caigamos en la cuenta de lo que Dios nos quiere decir. Para ello lo primero es estar dispuesto a escuchar de verdad a Dios. Es decir, hay que abrir el corazón. Hecho esto pasemos a comentarla un poco.

La viña representa el pueblo de Israel, pero también puede ser figura de la Iglesia y de nuestra propia alma. Los cuidados del Señor por su viña pueden registrarse en la historia. Él fue quien buscó a Israel una tierra y le permitió asentarse en ella. También fue Dios el que de mil maneras distintas cuidó de su pueblo. De vez en cuando les pedía frutos. Lo hacía a través de los profetas y, finalmente, a través de su propio Hijo. Atendiendo a la historia nos damos cuenta de que principalmente lo que pedía el Señor era que le reconocieran, que se dieran cuenta de que Él era su Dios. No parece que pidiera nada especial. Sin embargo, tanto los profetas como finalmente el Hijo, Jesucristo, son maltratados. Precisamente al que cupo la peor suerte es al Hijo. Aquí leemos todos los acontecimientos de su pasión y muerte.

En el asesinato del Hijo se escucha una afirmación que indica la trascendencia del hecho para toda la historia: “Este es el heredero. Venga, lo matamos, y será nuestra la herencia”. Leído a la luz de la historia de los últimos siglos nos parece descubrir el deseo de acabar con Dios para que el hombre pueda disponer libremente de sí mismo y de todo lo creado sin remitirse a nadie superior. Al eliminar a Jesucristo se niega la preocupación de Dios por el hombre. Porque si el amo envía gente a su viña, si acaba viniendo su propio Hijo, es porque le interesa el destino del hombre. A Dios le interesa lo que nos pasa. Nuestro sufrimiento le afecta y no deja de bendecirnos para que demos fruto. Para ayudarnos nos ha puesto la Iglesia.

La viña no sólo daba frutos para su dueño, sino que era la posibilidad, para todos los que trabajaban en ella de vivir. Todos vivían de la viña. Gracias a ella salían adelante, lo mismo que sus familias. Pero deciden apropiársela.

Leída en nuestros días y para nosotros sentimos la honda responsabilidad de trabajar donde nos ha puesto el Señor. Vemos que hemos de hacerlo reconociendo que todo es suyo. Los éxitos apostólicos son posibles porque existe la Iglesia. Por tanto le corresponden a Dios. Es su gracia la que cambia las almas. ¿Qué puede pasar si lo olvidamos y nos apropiamos de lo que no es nuestro? Sin duda Dios acabará cediendo nuestro campo a otros. Así lo anuncia la parábola. Jesús anticipaba el paso de Israel a la Iglesia, nuevo pueblo elegido. Pero lo puede decir de cada uno de nosotros si olvidamos que no somos más que siervos inútiles. Y ello ya es una gran misericordia.

Ascensión de Jesús a los cielos

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La Ascensión se produce después de que Jesús, como indica san Lucas, se ha aparecido durante cuarenta días a sus apóstoles dándoles pruebas de que está vivo. Ese período ha sido como de instrucción para que la Iglesia, a partir del testimonio de los apóstoles, viva según Cristo resucitado. Acabado el aprendizaje, por así decirlo, Jesús sube al cielo. Personalmente es una de las fiestas que más me gusta, porque indica que no hemos de buscar al Señor aquí o allí, sino que está en su Iglesia. Acabada su misión, y a punto de enviar el Espíritu Santo, regresa con su humanidad al seno de la Trinidad. Ahora Jesús puede llegar a cada hombre con la Iglesia. La Ascensión va vinculada a la promesa del Espíritu Santo que indica una nueva forma de estar Jesús con nosotros. Con la Ascensión Jesús acerca la humanidad al centro mismo de Dios. Por eso decimos que abre el cielo, porque a través suyo podemos acceder hasta el corazón de Dios.

Si los apóstoles vuelven contentos a Jerusalén, como indica el final del evangelio que escuchamos hoy, es porque experimentaron en la ascensión de Jesús la victoria definitiva y el modo como iba a permanecer para siempre con ellos. La verdad es que es muy bello contemplar esta verdad. Hay muchísimas cosas que nos la recuerdan, como los campanarios de las iglesias.

San Pablo, en la segunda lectura indica la nueva realidad que está en germen. Por eso dice: “Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”. Son palabras muy consoladores. Cierto que Jesús sube al cielo. Eso es un hecho histórico que no puede negarse y que forma parte de la fe de la Iglesia. Esta verdad es predicada desde el principio. Era algo que sucedió y que fue visto por los apóstoles. Pero también es verdad que se une de una forma más plena al hombre. Antes lo había hecho por la encarnación asumiendo nuestra misma condición humana, excepto en el pecado. Ahora se une al hombre en un solo cuerpo, que es la Iglesia. Es precioso.

Jesús sube el primero y, por decirlo de alguna manera, al introducir su humanidad junto a las demás divinas personas hace como de cuña para todos nosotros. Lo seguirá María Santísima y todos los redimidos. Por eso nos exhorta san Pablo: “Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”. Cuando pensemos en nuestro destino definitivo hemos de mirar al que primero subió al cielo. Lo hizo abriendo un camino y completando esa obra de ingeniería espiritual que une al cielo con la tierra. Así completa su obra de pontífice, constructor de puentes. ¡Y cuál es la naturaleza de ese puente? Su propia humanidad. Bajo a la tierra y tomó la condición de esclavo, como dice san Pablo. Y con esa humanidad construyó un paso inquebrantable hacia la vida eterna. Por eso es camino, verdad y vida.

No podemos prescindir de la humanidad de Jesús, ni de su Iglesia. La solemnidad de hoy nos lo recuerda. Jesús mismo une ambos hechos al encargar a sus apóstoles la predicación del evangelio y la misión de bautizar a sus apóstoles. Fiesta grande en el cielo y también aquí en la tierra.

Pedir en nombre de Cristo

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Mañana celebraremos la solemnidad de la Ascensión. Jesús, en el evangelio dice a sus apóstoles  “hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre“. En efecto, los apóstoles le habían pedido cosas a Cristo, pero no habían aprendido a pedir en nombre de Cristo. Jesús, con su subida al cielo abre el acceso al Padre.

Por otra parte, el libro de los Hechos narra los inicios de la Iglesia, en los que comienzan a cumplirse las palabras del Señor. Jesús está en el cielo, pero actual en su Iglesia. Lo que va sucediendo en el mundo es porque el intercede por nosotros ante el Padre y mueve el corazón de sus discípulos. Contemplar el misterio de la Ascensión nos lleva también a admirarnos ante el misterio de la Iglesia. Jesús en el cielo, pero no lejos de nosotros. Por eso durante la Pascua leemos tantos textos del libro de los Hechos.

Hoy en la primera lectura encontramos a Apolo. Este personaje es famoso, sobre todo, porque san Pablo se refiere a él en la carta a los Corintios. En aquel texto se nos recuerda que había varias facciones en la comunidad cristiana de Corinto y se habla de los seguidores de Pablo, de los de Apolo… Si sólo tuviéramos aquella referencia pensaríamos un poco mal del tal Apolo.

Pero en la primera lectura de hoy se nos dan más datos de este hombre. Se trata de una persona ilustrada procedente de Alejandría, que era famosa por su escuela filosófica. Apolo era un entusiasta que triunfaba cuando hablaba. Seguramente la gente le escuchaba con gusto y debía ser brillante en sus exposiciones. La lectura nos indica que Apolo no conocía perfectamente el camino del Señor, pero que cuanto sabía lo explicaba con exactitud. Estamos ante un hombre que sabe cosas, pero que no conoce todo. Me gusta el detalle de que Aquila y Priscila, a los que ya encontramos el otro día, lo tomaran por su cuenta y le acabaran de explicar el camino de Jesús. No lo rechazan, ni sienten envidia. Por el contrario ven en él una persona que puede servir a la Iglesia y le ayudan a completar su formación. Ellos mismos lo recomiendan para que sea bien recibido en Acaya.

Después Apolo desarrollará una importante labor apostólica que, señala Lucas, fue posible “con la ayuda de la gracia”. Ese punto nunca podemos olvidarlo. Dios se vale de nuestras cualidades naturales y nosotros hemos de aprender a reconocerlas en los demás. Lo importante es poner todos nuestros dones al servicio de Dios. Y, cuando lo hacemos, no hemos de olvidar que seguimos necesitando de la ayuda de la gracia. Con nuestras solas fuerzas tampoco conseguiríamos nada. Es Dios quien ha de fecundar todas nuestras acciones.

Algunos autores se han fijado en la importancia que tuvo para la Iglesia el encuentro de la filosofía griega con el Evangelio. Apolo sería un ejemplo de ello. De hecho, también en teología, sobresalió en los primeros siglos la escuela alejandrina. No se puede despreciar nada bueno de lo que hay en el mundo. Aquila y Priscila, nos dan ejemplo de ello. Todo lo bueno ha de ser ordenado a Dios, pero hay que tener una mirada limpia y libre de prejuicios para reconocerlo.

De Apolo no sabemos mucho más, pero queda para nosotros como un ejemplo de uso de la razón al servicio de la fe. También reconocemos en él como todos los dones naturales alcanzan su perfección cuando se ofrecen al Señor.

Jesús nos acompaña desde el cielo. Que nosotros sepamos también ordenar todas las cosas de nuestra vida hacia él.

De la tristeza a la alegría

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Jesús compara la alegría del cristiano al nacimiento de un hombre. Normalmente el parto va acompañado de grandes dolores pero, cuando la mujer tiene entre sus brazos al fruto de sus entrañas, la alegría hace olvidar el sufrimiento. Hoy muchas mujeres pueden reducir esos dolores gracias a la anestesia peridural. Ha sido un gran avance que ahorra dolores.

Jesús, al hablar de su partida, es consciente de que sus discípulos van a experimentar tristeza, pero no quiere que se ahoguen en ella. Siempre que nos falta aquello que amamos nuestro corazón experimenta dolor. A veces el dolor queremos olvidarlo y buscamos compensaciones. Sin embargo, como notaba san Agustín, cuando intentamos llenarnos de cosas que no nos ofrecen la verdadera alegría, nuestro corazón cada vez está más triste. Jesús ofrece a sus apóstoles un consuelo que no les aparta de la verdad. No les pide que en su ausencia vayan detrás de otro o que intenten olvidarle para que su corazón se apacigüe. Lo que les indica es que mantengan la esperanza, porque Él ha de volver.

Sin la esperanza nuestra vida en este mundo sería muy difícil. Podríamos dejarnos arrastrar por el pesimismo y caer en la apatía; también podríamos vivir una especie de “nihilismo no trágico”. Este se da cuando no se espera que suceda nada verdaderamente importante pero, a pesar de ello, se vive con total indiferencia, abstraídos por los placeres o la búsqueda constante de sensaciones. En este segundo caso, como también señalaba san Agustín, no podemos evitar el temor. Por eso existe el miedo a estar solos, a perder las amistades (que a veces no lo son), a no disfrutar de la comodidad…

La perspectiva que Jesús nos abre es muy distinta. Nos promete una alegría que nadie nos podrá quitar. Esa alegría es eterna. En cuanto nos damos cuenta de que el Espíritu Santo nos une a Dios y nos hace participar del amor eterno de Dios nuestra vida deja de convertirse en una amenaza continua y se acaba el miedo. La alegría que Jesús nos promete ya podemos experimentarla ahora. San Agustín señala que el mismo amor que se nos promete en la eternidad nos es participado ahora por el don del Espíritu Santo. No se trata de dos realidades distintas. Lo que sucede es que en la eternidad gozaremos plenamente de ese amor, ahora aún no. Pero el amor es el mismo: el Espíritu Santo. Con su ayuda podemos vivir intensamente cada día y superar todas las dificultades y angustias.

Amemos la verdadera alegría; no dejemos que las falsas alegría ocupen nuestro corazón. Igual hemos de pasar por momentos de tristeza, pero nos consuela la promesa de Jesús, en que volverá y ya no habremos de preguntarle nada porque nos lo dará todo.

Tristeza que se troca en alegría

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La primera lectura narra el encuentro de Pablo con Águila y Priscila. Tuvo lugar en la ciudad de Corinto. Este matrimonio, que había huido de Roma, colaborará intensamente con Pablo en la predicación del Evangelio. Este primer hecho ya nos invita a pensar en la importancia de conocer y trabar relación con otros cristianos, aunque nuestros orígenes sean muy diferentes. Con ellos vivía y trabajaba. Más adelante encontraremos a ese matrimonio en otros menesteres apostólicos. Pero es bueno darse cuenta de que la relación entre ellos era intensa.

Pablo trabaja y parece que, cuando llegan Silas y Timoteo, sus colaboradores, puede disponer de más tiempo libre y se dedica con más intensidad al apostolado. Sea lo que fuere lo que vemos es que la presencia de sus amigos le resulta de ayuda para la misión. No debemos despreciar este hecho. He conocido a varios obispos que, durante sus vacaciones, visitan a los misioneros de sus diócesis. Y también algunos misioneros me han contado el bien que les hacen esas visitas al sentirse apoyados por su pastor. Siempre hemos de sentirnos unidos a toda la Iglesia, ver como ella nos sostiene y aprovechar el gran don de la amistad con la gente buena. Ello nos robustece la fe, nos educa, y nos da mayor fuerza para el apostolado.

Por otra parte, en el Evangelio Jesús nos habla de tristeza y de alegría. Están tristes los apóstoles porque el Señor se va. Su partida va acompañada de una cierta alegría del mundo, que se gloría en sus pecados contento por tener lejos a Dios. Pero cuando los apóstoles reciban el Espíritu Santo sentirán una alegría incomparable que no podrían encontrar en ningún bien de este mundo.

El Señor habla un lenguaje difícil de entender. Señala que se va, pero que pronto lo volverán a ver. Se refiere a su muerte y sepultura y también a su resurrección y asecnsión al cielo. Hay un momento de partida que es de tristeza, porque el Señor muere en la cruz y es sepultado. Hay otra despedida en la que Jesús subirá al cielo, como celebraremos el próximo domingo, para culminar nuestra redención. Ambos “distanciamientos” eran necesarios para nuestra salvación y Jesús los realiza movido por su amor al Padre y a los hombres.

Lo que Jesús señala respecto de su partida lo podemos aplicar a muchos momentos de nuestra vida. No son pocas las ocasiones en que el mundo, aparentemente, ha triunfado sobre los cristianos y se ha alegrado por ello. Sin embargo, nosotros tenemos la certeza de que Jesús ha vencido y nuestra alegría está más allá de las contrariedades de un momento, por grandes que sean. Hay que recordar estas palabras del Señor para que el abatimiento nunca pueda con nosotros. Siempre, más allá de la oscuridad, si permanecemos fieles, el Señor se nos manifiesta y la alegría es más grande. Que el Señor nos conceda la alegría del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos va instruyendo

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A veces queremos saberlo todo de golpe, pero eso no siempre es bueno. En el Evangelio el Señor anuncia que no puede explicárselo todo a sus apóstoles en aquel momento porque no podrían cargar con ello. El motivo de la reserva del Señor no hay que buscarlo en que Él no quiera decirnos algo, sino en nuestro bien. Ayer, mientras preparaba este comentario, veía las imágenes del último atentado perpetrado en Manchester. ¿Cómo comprender tanta violencia terrorista? Lo primero fue la oración por las víctimas y por sus familias. Que el Señor derrame sobre ellos su consuelo; que no les falte la compañía de las familias; que sean sostenidos en la esperanza por la solidaridad de todos.

También he pedido  por la conversión de los que han elegido ese camino criminal. Y, finalmente, también la petición a Dios, de que nos ayude a comprender lo que parece ciega locura; de que no deje que esa lógica violenta nos lleve a pensar como ellos y a olvidar que el amor es más fuerte que el amor.

Entonces he sentido que las palabras de Jesús no se refieren sólo a una luz intelectual por la que se nos hacen más inteligibles los misterios de la fe. El cardenal Newman, en Apologia pro vita sua, hablando del dogma de la infabilidad se refiere a aquellos que tienen prisa por que la Iglesia acepte una doctrina o condene algo. Desde sus conocimientos de la historia argumenta señalando que hay que estar dispuesto a aceptar los tiempos de Dios, porque Él sabe lo que es más conveniente para el hombre. Como el Espíritu Santo guía a la Iglesia, esta tiene sus tiempos y va explicitando en su magisterio los contenidos de la revelación. Siempre es para el bien del hombre. Por eso algunas verdades han tardado tanto tiempo en ser definidas de modo solemne.

Sí, eso es verdad. Pero el Espíritu Santo nos va conduciendo hacia la verdad plena también de otra manera, que es mediante la respuesta del amor frente al mal, del perdón al odio, de la verdadera fraternidad frente a los que intentan eliminar al diferente. El Espíritu Santo nos va conduciendo a responder desde el amor de Cristo, el que contemplamos en la Cruz y que él no deja de comunicarnos. También en eso el Señor tiene su tiempo y hemos de pedir al Señor que no decaigamos por el camino. ¡Necesitamos tanto de su presencia!

El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo. Él es Dios. También se le conoce como Amor. Jesús nos da su amor, para que sigamos dando testimonio de él en medio de un mundo que, con frecuencia, no lo conoce. Atentados como el de Manchester nos hielan el corazón. Parece como si la pasión y resurrección de Cristo no hubieran valido para nada. El mal sigue presente, la violencia no decrece y el odio sigue anidando en muchos corazones. Una mirada más profunda y un corazón más abierto al Señor nos muestra en qué ha consistido la victoria de Cristo. Sabemos que ese mal no tiene la última palabra y que el amor puede vencer en nuestros corazones y en los de los demás hombres. Sabemos, desde Cristo, que es posible un mundo en justicia y paz; que Cristo no murió en vano.

Por eso pedimos por las víctimas; por los que lloran desconsoladamente; por los que se desaniman ante el terrorismo;… a unos el amor de Dios los llevará junto a sí, a otros les dará consuelo, a otros les hará crecer en la esperanza; a nosotros nos impulsa a seguir fieles a Cristo. Nos lleva a la verdad plena de su conocimiento, pero también a la verdad plena de nuestro discipulado. Por eso le pedimos que venga a nosotros y que no deje que la mentira del mal nos confunda ni nos asuste. Le pedimos que su fuerza nos lleve hasta el final en el amor de Cristo.

 

Preparando la fiesta de la Ascensión

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Los apóstoles se entristecen al decirles Jesús que se va. Sucede algo curioso: el Señor anuncia su marcha pero nadie le pregunta adónde va. Esto nos da una idea de la tristeza tan grande que embargaba a los apóstoles. Perder el Señor, para ellos, suponía perderlo todo. ¿También para nosotros?

Pero al margen de la sorpresa de los apóstoles está el hecho de que Jesús va a irse por nuestro bien. Sube al cielo con el fin de podernos enviar el Espíritu Santo. La venida del Defensor va unida al hecho de que Jesús se vaya. La venida del Espíritu Santo va a suponer tres cosas. Por una parte dejará en evidencia el pecado, ya que la efusión del Espíritu Santo va a probar la divinidad de Jesucristo a través de las obras de la Iglesia. También de una justicia, porque Jesús sube junto al Padre y en su humanidad glorificada recibe todo poder. El que ha sido maltratado en este mundo y considerado como pecador recibe junto al Padre todo el honor que le corresponde. Finalmente la venida del Espíritu Santo testimonia que el Príncipe de este mundo ya ha sido vencido y condenado para siempre.

Jesús, pues, se va, para que su salvación pueda alcanzar a todos los hombres. Se completa así el misterio pascual en el que hemos vivido la muerte de Jesús por nuestros pecados y nuestra justificación gracias a su resurrección. Por eso Jesús va junto a Padre. Por ello, aunque sintamos la tristeza por no tener físicamente al Señor junto a nosotros, sin embargo estamos alegres por su glorificación y todos los bienes que ello supone para nosotros. Es bueno pensarlo mientras nos preparamos para celebrar su Ascensión a los cielos.

En la primera lectura se nos muestra la transformación operada por los apóstoles. Una vez más encontramos el testimonio de que todo lo que decía Jesús se cumple. Pablo y Silas, encarcelados, cantan himnos. Seguros de la victoria de Jesucristo no dejan que los cepos que les aprisionan apaguen su esperanza y por eso invocan al que nunca defrauda. Las puertas de la cárcel se abren y sin embargo los presos no abandonan la celda. Una vez más descubrimos que todas las cosas suceden en el mundo para la gloria de Dios.

Si el carcelero hubiera encontrado la cárcel vacía quizás hubiera pensado que los amigos de Pablo y Silas, muy bien organizados, les habían liberado. Pero los presos estaban dentro. Aquel hecho extraordinario lo llevó a pasar de la tentativa de suicidio a la conversión. Comprendió que aquellos hombres conocían una salvación que era mucho más grande que estar fuera de una cárcel. Incorporado a la Iglesia conocía una alegría inesperada, que se manifiesta en la fiesta familiar que organiza en su casa. Ahora ya no ha de temer nada, porque ha conocido a Aquel que siempre está con nosotros y llena totalmente nuestro corazón.

Espíritu de la verdad

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La semana pasada tuvimos confirmaciones en la parroquia. Esta vez fueron 12 jóvenes de unos 16 años. A veces, en la catequesis, he pensado si los muchachos o adultos estaban suficientemente preparados para los sacramentos y eso me ha angustiado un tanto. Sin embargo, cada vez crece más la convicción, si hay buena disposición por parte de los candidatos, que la preparación es algo que se nos da con el sacramento. Es lo que hoy leemos en el evangelio. Jesús promete su Espíritu Santo. Este dará testimonio de Él, pero también capacitará a los apóstoles para que sean testigos.

Sabemos poco del Espíritu Santo, pero, por las palabras que hoy leemos, lo que parece más importante es dejarse instruir por Él. Aunque para nosotros sea muy desconocido nos es imprescindible para conocer la verdad. Jesús nos va instruyendo en algunos aspectos para que conozcamos su importancia y, sobre todo, para que deseemos recibirlo.

Hoy se nos presenta como “Paráclito” y como “Espíritu de la verdad”. Ambas cosas van unidas. El Espíritu defiende la verdad del Hijo. Han existido, y sigue sucediendo, muchos errores en el conocimiento que los hombres tienen del Señor. Al intentar comprenderlo nuestro entendimiento tiende a reducir el misterio de Jesucristo. Las herejías cristológicas suponen un recortar atribuciones al Señor. Como su divinidad es un abismo para nosotros, y sobrepasa nuestra capacidad, al querer entenderlo del todo lo que hacemos es reducirlo. El Espíritu Santo, que mueve a la Iglesia e inspira a sus pastores, ha salido en defensa del Hijo. En concilios y declaraciones magisteriales se ha salvado la integridad del Hijo frente a doctrinas erróneas.

Pero no debemos pensar sólo en esa actuación solemne del Espíritu Santo. Podemos entender que Jesús quiere que también de una manera personal el Espíritu Santo ilumine a cada uno de los fieles. San Agustín en una homilía señala que no todos los que le escuchan saldrán de la iglesia igualmente instruidos. Y dice que la diferencia está en el maestro interior. Sin ese maestro la doctrina que escuchamos, por muy elevada que sea y bien expuesta que esté, no sirve de mucho. El maestro interior es el Espíritu Santo, que coloca nuestro corazón en sintonía con la verdad de Dios.

Ese Espíritu que da testimonio de Jesús nos prepara también a nosotros para ser testigos suyos. Sólo si somos instruidos de lo alto, y fortalecidos interiormente con los dones de la gracia, podemos hablar verdaderamente de Jesús. Hacerlo con nuestras fuerzas significaría minimizarlo, porque Él es mucho más grande, es Omnipotente e Infinito.

Pero en las palabras de Jesús hay también una invitación a la confianza. Anuncia a sus apóstoles el socorro del Espíritu Santo para que no se tambaleen cuando aparezcan las dificultades y persecuciones. Tienen una gran misión por delante, pero tienen una asistencia que nunca falla, la del Espíritu Santo. Aprendamos a invocarlo y a estar dispuesto a recibir sus mociones.

Un remanso en el camino de la Cuaresma

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En pleno tiempo cuaresmal las lecturas de este domingo suponen como un pequeño descanso. Es un remanso que se nos ofrece para animarnos en el camino cuaresmal. De alguna manera se nos dice que el final ya está cerca y que, por ello, no hay que desfallecer. Lo que Jesús hizo con sus apóstoles lo hace también con nosotros. Cuando subimos una montaña, de vez en cuando, nos gusta pararnos y mirar lo que ya hemos recorrido y contemplar la cima que anhelamos alcanzar. Nuestra vista se dirige hacia lo alto para calcular lo que queda. Se descansa un poco, se toman fuerzas pero, sobretodo, se percibe el itinerario realizado y lo que aún nos queda. Al mirar atrás sentimos la alegría de lo recorrido. Al contemplar la cima que debemos atacar nos persuadimos de que aún no está hecho todo.

Las tres lecturas tienen una misma enseñanza: invitan a la esperanza. Dios manda a Abrán que salga de su tierra y lo hace añadiendo una promesa: “haré de ti un gran pueblo, te bendeciré”. Pero no le quita a Abrán el camino que tiene por delante ni tampoco el hecho de tener que abandonar su país, donde se encuentra cómodo (como los apóstoles en lo alto del Tabor). A su vez, san Pablo, anima a Timoteo para que tome “parte en los duros trabajos del evangelio”. Y le recuerda la promesa de la gracia que Dios nos otorga por medio de Jesucristo. Se unen las dos realidades: la entrega y la confianza en el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo.

Meditando estas lecturas caigo en la cuenta de que en nuestra vida, individual y comunitaria, hay muchos remansos como el de la transfiguración. Las almas reciben consuelos y los que trabajan en el apostolado pueden, de vez en cuando, saborear los resultados de su entrega. Bien digerido todo ello nos impulsa a seguir adelante. No se pueden hacer cabañas estables cuando se está de camino. Por eso hay que bajar del monte y volver al trabajo. En este caso se nos invita a no abandonar las prácticas cuaresmales.

Si pensamos en el antiguo Israel y en su travesía hacia la Tierra Prometida, que es imagen de nuestra Cuaresma, nos damos cuenta de que la penitencia, la soledad para buscar a Dios y el despojarnos de nosotros mismos y de lo que nos impide la santidad, es fatigoso y no está exento de muchas tentaciones. Quizás una de los aspectos más pedagógicos de la Cuaresma sea su duración. Una espera prolongada, lo mismo que un ejercicio que se alarga en el tiempo, indica fidelidad y es señal de verdadera esperanza. Hay personas capaces de un gran sacrificio un día. Esporádicamente podemos quedarnos sin comer o hacer una gran limosna. Pero perseverar cada día en un propósito, que además es respuesta a una llamada a la conversión, resulta mucho más complicado. El Señor lo sabe y no deja de otorgarnos pequeños consuelos para que no desfallezcamos. Hay que saber reconocerlos. Son como esos momentos de avituallamiento que vemos en las vueltas ciclistas. Pequeños oasis en el desierto. Dios también lo quiere así porque no es un camino que nosotros hacemos solos sino que, en todo, vamos con Él. Las palabras que el Padre dirige a los apóstoles, nos animan en el camino. Es a Jesús, el Hijo predilecto, a quien hemos de escuchar. Y no podemos dejar de hacerlo con el consuelo de saber que, por Jesucristo, nosotros también podemos llamar a Dios: “Padre”.

Amar a los enemigos

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…” Este lenguaje debió dejar desconcertado al auditorio de Jesús y no es para menos. A nosotros nos sucede lo mismo. Cada poco nos sorprendemos razonando justo de forma contraria a como nos pide el Señor. Decimos: “¿por qué voy a ayudar a ese después de lo que me ha hecho?”, y cosas semejantes. Como decía Lewis “Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar”. Pero, si lo pensamos un poco, lo razonable es lo que dice Jesús. Otra cosa es que no sepamos como hacerlo y que el deseo sobrepase nuestras fuerzas. Podemos sentirnos incapaces, pero no negar la bondad de lo que Jesús nos enseña.

El beato Carlos de Foucauld, misionero ermitaño en medio de los tuareg, se planteaba como evangelizar aquellas tribus nómadas que profesaban el Islam. Tras varios fracasos pensaba que la mejor manera sería llevar al desierto familias cristianas. No pensaba en sacerdotes ni religiosos, sino en laicos, que desempeñaran su oficio y que movieran el corazón de los habitantes de la región por sus virtudes. Pensaba que aquella sería la mejor ofensiva evangelizadora: la del ejemplo.

Si ahondamos en el texto que hoy nos propone la Iglesia para nuestra meditación descubrimos que todo lo que Jesús nos pide, más allá de su exigencia, corresponde al comportamiento de Dios. De hecho Jesús está definiendo al que se ha configurado con Él. Así actúa el que siente según el Corazón de Jesús. Por eso Jesús vincula ese comportamiento con ser “hijos del Altísimo” o con la forma de actuar propia del Padre.

Todo esto nos lleva a querer entrar en el corazón del Padre. A Él está unido el del Hijo y, a través suyo, podemos acceder todos nosotros. No estamos llamados a ser meras criaturas del Señor, sino sus colaboradores en el mundo. Dios nos abre su corazón para que nos unamos a Él y así podamos comportarnos como Él se comporta. La filiación divina que se nos da por la gracia nos capacita para ello. Se equivocaría el cristiano que pusiera un límite a su santidad. No podemos acotar la gracia que Dios nos da sino que debemos estar abiertos a todas sus potencialidades. Cuando Jesús habla, en este discurso, vincula la acción moral a nuestra unión con el Padre. No nos coloca una exigencia sostenida en nuestras solas fuerzas. Al contrario, nos pone un límite que congruente con nuestra divinización.

Las palabras del Señor serían tremendas, quedarían como un imposible, si no conociéramos la realidad de la gracia. En el reverso de lo que se nos pide está el hecho aún más grande de lo que se nos da. A ello se refiere san Pablo al contraponer el hombre terreno al celestial. Por ello la moral cristiana no es más que la efusión de la vida nueva que Dios nos da.

Dios hace salir el sol sobre buenos y malos. Su misericordia se extiende sobre todos los hombres. Los rayos de su amor caen cada día sobre nosotros. De ahí la esperanza con que acogemos esa llamada a ser perfectos como nuestro Padre celestial.

Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos ofrece durante esta Cuaresma.

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