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Un remanso en el camino de la Cuaresma

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En pleno tiempo cuaresmal las lecturas de este domingo suponen como un pequeño descanso. Es un remanso que se nos ofrece para animarnos en el camino cuaresmal. De alguna manera se nos dice que el final ya está cerca y que, por ello, no hay que desfallecer. Lo que Jesús hizo con sus apóstoles lo hace también con nosotros. Cuando subimos una montaña, de vez en cuando, nos gusta pararnos y mirar lo que ya hemos recorrido y contemplar la cima que anhelamos alcanzar. Nuestra vista se dirige hacia lo alto para calcular lo que queda. Se descansa un poco, se toman fuerzas pero, sobretodo, se percibe el itinerario realizado y lo que aún nos queda. Al mirar atrás sentimos la alegría de lo recorrido. Al contemplar la cima que debemos atacar nos persuadimos de que aún no está hecho todo.

Las tres lecturas tienen una misma enseñanza: invitan a la esperanza. Dios manda a Abrán que salga de su tierra y lo hace añadiendo una promesa: “haré de ti un gran pueblo, te bendeciré”. Pero no le quita a Abrán el camino que tiene por delante ni tampoco el hecho de tener que abandonar su país, donde se encuentra cómodo (como los apóstoles en lo alto del Tabor). A su vez, san Pablo, anima a Timoteo para que tome “parte en los duros trabajos del evangelio”. Y le recuerda la promesa de la gracia que Dios nos otorga por medio de Jesucristo. Se unen las dos realidades: la entrega y la confianza en el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo.

Meditando estas lecturas caigo en la cuenta de que en nuestra vida, individual y comunitaria, hay muchos remansos como el de la transfiguración. Las almas reciben consuelos y los que trabajan en el apostolado pueden, de vez en cuando, saborear los resultados de su entrega. Bien digerido todo ello nos impulsa a seguir adelante. No se pueden hacer cabañas estables cuando se está de camino. Por eso hay que bajar del monte y volver al trabajo. En este caso se nos invita a no abandonar las prácticas cuaresmales.

Si pensamos en el antiguo Israel y en su travesía hacia la Tierra Prometida, que es imagen de nuestra Cuaresma, nos damos cuenta de que la penitencia, la soledad para buscar a Dios y el despojarnos de nosotros mismos y de lo que nos impide la santidad, es fatigoso y no está exento de muchas tentaciones. Quizás una de los aspectos más pedagógicos de la Cuaresma sea su duración. Una espera prolongada, lo mismo que un ejercicio que se alarga en el tiempo, indica fidelidad y es señal de verdadera esperanza. Hay personas capaces de un gran sacrificio un día. Esporádicamente podemos quedarnos sin comer o hacer una gran limosna. Pero perseverar cada día en un propósito, que además es respuesta a una llamada a la conversión, resulta mucho más complicado. El Señor lo sabe y no deja de otorgarnos pequeños consuelos para que no desfallezcamos. Hay que saber reconocerlos. Son como esos momentos de avituallamiento que vemos en las vueltas ciclistas. Pequeños oasis en el desierto. Dios también lo quiere así porque no es un camino que nosotros hacemos solos sino que, en todo, vamos con Él. Las palabras que el Padre dirige a los apóstoles, nos animan en el camino. Es a Jesús, el Hijo predilecto, a quien hemos de escuchar. Y no podemos dejar de hacerlo con el consuelo de saber que, por Jesucristo, nosotros también podemos llamar a Dios: “Padre”.

Amar a los enemigos

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…” Este lenguaje debió dejar desconcertado al auditorio de Jesús y no es para menos. A nosotros nos sucede lo mismo. Cada poco nos sorprendemos razonando justo de forma contraria a como nos pide el Señor. Decimos: “¿por qué voy a ayudar a ese después de lo que me ha hecho?”, y cosas semejantes. Como decía Lewis “Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar”. Pero, si lo pensamos un poco, lo razonable es lo que dice Jesús. Otra cosa es que no sepamos como hacerlo y que el deseo sobrepase nuestras fuerzas. Podemos sentirnos incapaces, pero no negar la bondad de lo que Jesús nos enseña.

El beato Carlos de Foucauld, misionero ermitaño en medio de los tuareg, se planteaba como evangelizar aquellas tribus nómadas que profesaban el Islam. Tras varios fracasos pensaba que la mejor manera sería llevar al desierto familias cristianas. No pensaba en sacerdotes ni religiosos, sino en laicos, que desempeñaran su oficio y que movieran el corazón de los habitantes de la región por sus virtudes. Pensaba que aquella sería la mejor ofensiva evangelizadora: la del ejemplo.

Si ahondamos en el texto que hoy nos propone la Iglesia para nuestra meditación descubrimos que todo lo que Jesús nos pide, más allá de su exigencia, corresponde al comportamiento de Dios. De hecho Jesús está definiendo al que se ha configurado con Él. Así actúa el que siente según el Corazón de Jesús. Por eso Jesús vincula ese comportamiento con ser “hijos del Altísimo” o con la forma de actuar propia del Padre.

Todo esto nos lleva a querer entrar en el corazón del Padre. A Él está unido el del Hijo y, a través suyo, podemos acceder todos nosotros. No estamos llamados a ser meras criaturas del Señor, sino sus colaboradores en el mundo. Dios nos abre su corazón para que nos unamos a Él y así podamos comportarnos como Él se comporta. La filiación divina que se nos da por la gracia nos capacita para ello. Se equivocaría el cristiano que pusiera un límite a su santidad. No podemos acotar la gracia que Dios nos da sino que debemos estar abiertos a todas sus potencialidades. Cuando Jesús habla, en este discurso, vincula la acción moral a nuestra unión con el Padre. No nos coloca una exigencia sostenida en nuestras solas fuerzas. Al contrario, nos pone un límite que congruente con nuestra divinización.

Las palabras del Señor serían tremendas, quedarían como un imposible, si no conociéramos la realidad de la gracia. En el reverso de lo que se nos pide está el hecho aún más grande de lo que se nos da. A ello se refiere san Pablo al contraponer el hombre terreno al celestial. Por ello la moral cristiana no es más que la efusión de la vida nueva que Dios nos da.

Dios hace salir el sol sobre buenos y malos. Su misericordia se extiende sobre todos los hombres. Los rayos de su amor caen cada día sobre nosotros. De ahí la esperanza con que acogemos esa llamada a ser perfectos como nuestro Padre celestial.

Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos ofrece durante esta Cuaresma.

¡Dónde está el listón?

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estos días pasados, viendo los campeonatos de atletismo, pensaba en todos esos deportistas que quieren ir más rápido, saltar más alto o más lejos, … Entrenan, se sacrifican, luchan a diario por batir su propia marca o ser campeones. Pero siempre tienen en la mente ese segundo que recortar o ese centímetro de más que quieren superar. Hoy Jesús, en el evangelio, nos dice: “si no sois mejores,…”Y se refiere a los fariseos y a los letrados. Pienso en que quizás muchos de los que le escucharon quedaron sorprendidos. ¿Acaso muchos fariseos no eran auténticos atletas del cumplimiento legal? ¡Alguien podía dudar de su empeño diario por guardar hasta los menores preceptos? ¿Me está pidiendo Cristo algo semejante a que supere a los corredores o saltadores profesionales?

Seguimos leyendo el evangelio y vemos que se trata de otra cosa. Jesús no nos carga de mandatos difíciles de cumplir, sino que nos explica las exigencias del verdadero amor, que ya se contenían en los preceptos del decálogo. Sin embargo, en los tortuosos caminos de la historia, aquellos mandamientos se habían ido deformando.

Jesús nos explica que significa “no matarás”. Muchas veces, en la catequesis a los niños pequeños, hay que explicarles este mandamiento. En seguida entienden que pegarse, insultar, hacer daño,… se contienen de alguna manera en el mandamiento “no matarás”. Quizás nos cuesta más a los mayores entenderlo. De ahí que Jesús explique después la importancia de lo que acaba de decir.

Cumplir los mandamientos era una exigencia para participar en el culto. Así, si guardamos rencor a nuestro hermanos no podemos acercarnos a depositar nuestra ofrenda. En el culto buscamos la relación con Dios. Reconocemos sus beneficios e imploramos su ayuda. De ahí que Jesús nos enseñe la relación que se da entre la vida moral y la vida religiosa. No se pueden separa. Celebramos el amor de Dios y que el es nuestro Salvador. De ahí que debamos procurar que esa salvación se manifieste en todos los aspectos de nuestra vida y, especialmente, en nuestra relación con el prójimo. No siempre damos importancia a esos enfados con nuestro prójimo o, incluso, a guardar resentimiento o rencor. Nos parece totalmente compatible con seguir practicando la vida cristiana y no nos problematiza. El Señor nos pide ir al fondo. No podemos quedarnos en lo exterior como los fariseos.

A veces nos preguntamos qué podemos hacer durante la Cuaresma para mejorar. El mensaje de hoy es muy claro. Jesús nos llama a que veamos si nuestra manera de tratar al prójimo es como el nos enseña. Puede costarnos amar, pero no podemos dejar de intentarlo. Tenemos a Jesús, que nos ofrece su corazón para aprender de su amor, para cambiar nuestra vida y para darnos las fuerzas que necesitamos para amar a los demás como Dios los ama.

Pedir con insistencia

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Las lecturas de hoy nos hablan de la importancia de insistir en la petición. Dios siempre nos escucha. Por una parte tenemos el ejemplo de la primera lectura. La reina Esther tiene por delante una importante misión. Han conspirado contra el pueblo de Israel y quieren destruirlo. Ella, por su posición, puede influir ante el rey. Pero hay varias dificultades: cómo presentarse ante el rey, qué decirle y, lo más importante, encontrar las fuerzas para hacerlo. Entonces Esther hace esa bella oración que hoy leemos. Fijémonos en algunos contenidos de la oración.

Esther reconoce todo lo que Dios ha hecho con su pueblo. Los favores concedidos.

Esther es consciente de los pecados que ha cometido su pueblo.

Esther invoca el poder de Dios para que los salve.

Esther no pide a Dios que la exima de su obligación, de su puesto en la historia, sino que le pide fuerzas para cumplir adecuadamente su misión.

Son cuatro aspectos muy significativos que nosotros podemos tener siempre presentes en nuestra petición. La oración tiene siempre presente la relación de Dios con nosotros. Esther se sabe miembro del pueblo de las promesas. Nosotros, a través de Cristo, somos hijos de Dios y podemos llamarle Padre. Cuando nos dirigimos a Dios tenemos presente nuestra historia y reconocemos todos los bienes que hemos recibido de él. Además (especialmente en Cuaresma) tomamos conciencia de que no siempre hemos respondido a la gracia de Dios (“vosotros que sois malos”, dice Jesús), pero a pesar de ello reconocemos la bondad y el poder de Dios. Al mismo tiempo no pedimos a Dios que nos saque las castañas del fuego sin hacer nada nosotros sino que, como Esther, le pedimos la fuerza para hacer lo que debemos hacer. Además nos damos cuenta de que el bien que hemos de realizar, con la ayuda del Señor, redunda también a favor de otros.

En el evangelio de hoy, además, encontramos una conclusión singular. Jesús nos ha hablado de la confianza con que hemos de dirigirnos a Dios. Todo lo podemos esperar de él. La experiencia del que reza es similar a la del salmista (“cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”). El Señor es bueno con nosotros. La lección que aprendemos en la oración nos lleva a la práctica de la caridad (“tratad a los demás como queréis que ellos os traten”). Así vemos como la petición conlleva la transformación de nuestra vida. El bien que alcanzamos siempre que nos dirigimos a Dios es el de configurarnos cada vez más a Jesucristo y ser capaces de amar como él nos ha amado.

Vivimos en una época muy inmediatista. Todo lo queremos conseguir en seguida. No sabemos esperar ni tampoco insistir de la manera adecuada. La perseverancia en la oración nos ayuda a crecer en la fe, la esperanza y la caridad.

Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a conocer cada vez mejor el misterio de la paternidad de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo y, acercándonos con espíritu filial, sepamos pedirle lo que más nos conviene para nuestra salvación.

Llamada a la conversión

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ha pasado una semana desde que nos impusieron la ceniza. En las lecturas de hoy encontramos una llamada urgente a la conversión. La enseñanza nos viene dada por el ejemplo de lo sucedido en Nínive, en tiempos del profeta Jonás, y por las palabras del Señor que recuerdan lo allí sucedido. Se nos llama a la conversión al tiempo que se nos recuerda la misericordia de Dios.

Necesitábamos esta llamada. Al menos yo la necesitaba. Porque inicio la Cuaresma con cierto entusiasmo y algunos buenos propósitos pero, en seguida, como que se me olvidan o me canso. Así que hoy me llama la atención la prontitud y radicalidad con que tanto el rey como todos los habitantes de la ciudad acogieron la predicación de Jonás.

El rey señala muy bien qué es lo que hay que cambiar: “conviértase cada cual de su mala vida y de las injusticias cometidas”. Así, por un lado, hemos de reconocer lo que hemos hecho mal. Sin duda, intensificar la oración, practicar con más ahínco las obras de misericordia e insistir en el ayuno, pueden ayudarnos a tomar más conciencia de nuestros pecados. Porque el volverse hacia Dios tanto de corazón como mediante las obras proyecta luz sobre nuestra realidad.

Por otra parte, el evangelio, nos invita a mirar a Cristo. No hay nadie mayor que él. Es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha venido hasta nosotros para mostrarnos su misericordia. Contemplar a Cristo debe mover nuestro corazón. En él reconocemos la bondad infinita de Dios que se nos ofrece; que está dispuesto a perdonar nuestros pecados; que nos llama a compartir su vida y su amor. El Papa Francisco, al inicio de esta Cuaresma, señalaba que es un tiempo de esperanza. Lo es, porque vemos que nuestra vida puede ser totalmente transformada. No es, principalmente el esfuerzo que nosotros vamos a realizar, sino el amor que Dios nos tiene, su gracia.

Mirar a Cristo y conmoverse por su amor. Descubrir su mirada y darnos cuenta de la mano que nos tiende para que nuestra vida cambie. Pedir al Señor que nos ayude a acoger su invitación y hacerlo con la misma inmediatez y entusiasmo que los habitantes de Nínive.

El salmo contiene una bella invitación. A veces nos cuesta ponernos en camino o nos desanimamos apenas iniciado. El salmista se dirige a Dios implorando su misericordia. Le dice que no tiene nada que ofrecerle, pero sí su corazón dolorido por sus faltas. Un corazón que ha sido abatido por el pecado pero que deja de enorgullecerse de ello y reconoce su flaqueza. No le importa reconocerlo ante Dios, porque sabe que es rico en misericordia.

Jesús nos enseña a rezar

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En el camino de la Cuaresma hemos de estar dispuestos a aprenderlo todo de nuevo. Escuché este ejemplo: Es como si tuvieras una casa y un día viene un agente de la vivienda para comprobar su estado. Puede que te diga que está bien o que te muestre algunos fallos. Tú no habías caído en la cuenta, pero las tuberías, el tejado, los mismos cimientos, quizás eran inadecuados. También puede suceder que te indique que lo mejor es que la construyas de nuevo. Así, en la Cuaresma, nos visita Dios y nos ayuda a remodelar nuestra casa. Eso sí, no nos deja solos en la tarea sino que está él para ayudarnos. Un poco lo que indica la primera lectura sobre esa palabra que sale de la boca de Dios y que no volverá a él vacía, sino que cumplirá su encargo.

Pues, en el evangelio, hoy leemos que Jesús enseñó a sus discípulos el Padre nuestro. Ha habido épocas en mi vida en que me ha costado mucho “hacer” oración. Creo que no es una experiencia extraña. Jesús hoy nos da la oración hecha. Y lo que nos enseña es a hablar con Dios Padre con las mismas palabras que él, el Hijo, lo hace.

En primer lugar, entonces, encontramos una invitación a entrar en la misma intimidad que tienen Padre e Hijo. Ese hecho ya nos llena de confianza. Jesús nos acerca a Dios tanto porque nos lo hace presente como porque nos ayuda a ponernos delante de él.

Muchas veces rezamos el Padrenuestro pero no temblamos al hacerlo. Sin embargo, en la liturgia de la Misa, una de las invitaciones a la oración dominical dice: “nos atrevemos a decir”. Sí, nos atrevemos, porque son las mismas palabras que pronunciaba Jesús desde lo más hondo de su corazón y nosotros, ahora, las repetimos, por la confianza que nos da Jesús.

Ya tenemos las palabras. Ahora en Cuaresma le pedimos al Señor que nos enseñe a pronunciarlas con la misma comprensión y afecto con que él lo hacía. De niños nos enseñaron que rezar es hablar con Dios como un hijo con su padre, o hacerlo con Jesús como un amigo lo hace con su amigo. La oración del Padrenuestro, en cuyas siete peticiones san Agustín, veía resumida cualquier petición que quisiéramos hacer a Dios, nos introduce en ese diálogo serio a la vez que cercano con Dios. Hablamos de lo que Dios quiere y nosotros necesitamos, y lo podemos hacer desde la confianza de sabernos de la mano de Jeús.

¿Hasta dónde?

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El camino de la Cuaresma va haciendo nacer en nuestro corazón un deseo. Conforme avanzamos se nos va mostrando la belleza de Dios y, al mismo tiempo, el deseo de acercarnos a él. ¿Hasta dónde puedo llegar? En la primera lectura leemos estas palabras que Dios dirige a Moisés: “Habla a la asamblea de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”.

Al principio nos asustamos un tanto, porque la exigencia es grande. Pero después pensamos y vemos que Dios quiere que seamos como él. Es más, señala que debemos y podemos ser santos porque él lo es. No cabe duda, Dios está empeñado en nuestra santidad. Y, entonces nos muestra lo que hemos de hacer. En el Levítico encontramos una serie de preceptos que, en su conjunto nos llevan a tratar bien a los demás y que se resumen en “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De alguna manera, Dios nos lo ha puesto fácil. Para ser santos no hay que ir muy lejos, ni emprender acciones extravagantes. Hay que empezar por las personas que tenemos cerca.

El evangelio nos lo ilustra con una imagen muy elocuente. Al final de nuestra vida seremos juzgado según el trato que hayamos dado a Cristo. ¿Y dónde está Cristo? Pues, como explica el mismo Jesús, se encuentra misteriosamente escondido en el que pasa hambre o sed, en el que está desnudo, en el que no tiene casa, en el enfermo o en el preso. En el mensaje de Cuaresma de este año el Papa Francisco ha comentado la parábola del rico y Lázaro. En un momento dado dice: “La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil.”

El otro día escuche una catequesis que daban a los niños y la catequista les decía: Por los sacramentos Jesús se acerca a nosotros y nos da su amor. En las personas que están necesitadas Jesús se acerca a nosotros y nos pide amor. Así, nuestra vida siempre está en relación con Jesús. Él nos quiere y nosotros debemos quererlo. Y les decía que en todos los momentos podían estar con Jesús y vivir en su compañía. Es una imagen hermosa. Jesús, en los sacramentos nos toca y nos comunica su vida. Nosotros, socorriendo al necesitado, nos acercamos a él y expresamos la vida que hemos recibido. Así nos hacemos santos, permaneciendo al lado del que es santo.

Sobre la Cuaresma pesa la sospecha de que es un tiempo pesado. Pero las lecturas de hoy nos lo muestran como algo muy hermoso. Nos ofrecen un horizonte de plenitud que es el mismo Amor de Dios. Y para ello sólo hemos de seguir las mismas indicaciones del amor. Así, se va acrecentando nuestro deseo pero también vamos experimentando la alegría. Pidamos al Señor que nos dé la luz y la fuerza para seguir lo que él mismo nos enseña.

Navidad

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Cuando san Lucas describe el nacimiento de Jesús utiliza pocas palabras pero es muy preciso en lo que dice: “y dio luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”.

El relato evangélico nos sugiere diferentes líneas de interpretación. Por una parte sorprende su naturalidad. La Virgen hace lo propio una vez ha dado a luz. No es una casualidad que el evangelista lo reseñe, porque verdaderamente ha nacido un hombre. Es Dios, pero la encarnación es real. Hay que cuidar al Niño. Un ángel anunciará su nacimiento a los pastores y los Magos sabrán de su existencia por medio de una estrella. Pero todos esos prodigios apuntan a un verdadero nacimiento. Por eso hay que envolverlo en pañales. Cuanto más nos detenemos en esta reflexión más nos sorprendemos: ¡Verdaderamente Dios se ha hecho hombre! ¡Es uno como nosotros! ¡Ha querido nacer de nuestro linaje!

Otra dirección nos señala el camino de lo concreto. La entrada de Dios en la historia no supone una suspensión de las coordenadas espacio-temporales ni un cambio de escenario. Dios viene a nuestro mundo y se acerca al hombre para establecer una relación con Él. Esta sólo es posible desde el lugar en que estamos situados. Si la Virgen no hubiera envuelto al Niño en pañales cómo estaríamos seguros de que Dios está con nosotros. La Virgen nos está enseñando a vivir nuestra Navidad. Jesús está aquí con nosotros y hay que recibirlo con esa mezcla de ternura y de cuidado que se manifiesta en arropar una criatura.

María realiza un acto maternal, que viene movido por el verdadero amor que siente hacia su Hijo. Esa vivencia de la maternidad, es también un acto de adoración. No sólo es divino Aquel a quien envuelve, sino que su mismo hacer ha quedado como transfigurado y refleja lo sobrenatural. Así lo han sabido expresar algunos pintores, como El Greco, que nos ha dejado varias versiones de esta escena evangélica. Siempre refleja a María iluminada en la acción de cuidar a Jesús. Pensando en ella podemos imaginar la intensidad con que la Madre envuelve a su Hijo, sin que esté para nada reñida con la delicadeza. Es bueno pensar en ese momento, porque esa es la señal que el ángel da a los pastores:”encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Y, sigue contando san Lucas: “fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en un pesebre”. Si bien se mira los signos no son espectaculares, pero para los pastores resultan suficientes, al punto que cuando lo relatan después la gente se admira de lo que cuentan los pastores. ¿Qué estaba sucediendo? Algo que ahora también es posible y que san Pablo expresa sencillamente: “Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre”. Todo el que se encuentra con ella y la acepta queda transformado y es arrebatado por una alegría que es testimonio para los demás. Lo vieron los pastores en María y José, lo descubrieron los curiosos en los comentarios de los pastores, podemos verlo y pueden reconocerlo en nosotros…

Y un último apunte. Algunos autores han visto una semejanza entre los pañales con los que Jesús es abrigado y los corporales que se extienden sobre el altar para colocar sobre ellos el Cuerpo de Cristo. La delicadeza en la liturgia y el trato cuidadoso de la Eucaristía nos acercan a aquella atmósfera sobrenatural que inundó un humilde establo y que puede transformar la vida de todo hombre.

San Juan Bautista (4)

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dentro de pocas horas celebraremos el misterio de la Encarnación, el nacimiento del Hijo de María, Dios hecho hombre. Este año siento una especial emoción al prepararme para ello acompañado de san Juan Bautista que también reaparece en el evangelio de hoy. Comienza el evangelio de la Misa: “en aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, se llenó de Espíritu Santo y profetizó…”.

A continuación pronuncia ese himno, conocido como Benedictus, y que rezamos cada mañana en la oración de laudes. En él expresa la misericordia de Dios, que va a traer la salvación. Zacarías estalla en su alegría porque la salvación esta cerca. En ese mismo himno alude a su hijo, Juan, quien ha de ser el precursor del Mesías. Juan va a anunciar “la salvación por el perdón de sus pecados”.

Aquí se nos muestra el núcleo de la misión del bautismo. Cuando hablamos de salvación nos queda una sensación algo vaga. ¿Qué significa ser salvado? Sin duda un aspecto muy importante de la salvación es que nos sean perdonados los pecados. Juan Bautista exhortaba a ello. En otro momento del evangelio se nos dice que, quienes acudían a él, confesaban sus pecados y se hacían bautizar. Juan, amigo de Jesús, precursor suyo, aborrece lo que aborrece el corazón del amigo, que es el pecado. Pero fijémonos en que grande es Juan que, no le importa que los pecadores se acerquen a él, Vive en el desierto y, a su soledad, acude gente cargada de limitaciones pero también de esperanza. Su bautismo es de conversión, no de sanación. Hace todo lo que puede hacer el amigo, que es disponer para recibir la gracia de Cristo. Con insistencia habrá de decir que el no es el Mesías, que él solo es la voz. No se atribuye lo que no es suyo sino solo de Cristo. Pero que bien conoce a Cristo, que prepara a cuantos se le acercan para que vayan a él. Lo confundieron con el Mesías porque su corazón ardía de amor al Mesías, pero nunca se atribuyó lo que no era suyo. Su alegría, siempre, era el bien de Cristo.

A las puertas de la Navidad la contemplación de este evangelio me mueve a dos reflexiones. La primera es que Jesús viene para salvarme. Le pido a san Juan Bautista, que me ayude a comprender la profundidad de la salvación que Jesús me ofrece. No quiero minusvalorar su misericordia. La profundidad del amor de Dios le lleva a venir al mundo para sanar mi corazón, para perdonar mis pecados, para que, como canta Zacarías, “libres de temor, arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días”.

La segunda reflexión a que me mueve hoy este evangelio es a querer preparar con Juan la Navidad. Hay cosas que me surgen casi espontáneamente, como a muchos durante estos días: acordarme de personas con las que hace tiempo no contacto; dar alguna limosna para ayudar a los pobres,.. Todo ello está muy bien. La encarnación nos humaniza. Dios, haciéndose hombre nos hace mejores hombres. Pero, este año, con Juan Bautista, me mueve a querer desear para todos los hombres lo mismo que él, la salvación, el perdón de los pecados. Que el amor de Dios llegue hasta lo más profundo del corazón de mis seres queridos, de los que me rodean, de todos los hombres y mujeres del mundo. Que todos nosotros seamos liberados de la oscuridad de la muerte y alumbrados por la luz que nos viene de lo alto. Juan no era la luz, sino el que daba testimonio de la luz. ¡Ven Señor Jesús!

San Juan Bautista (3)

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En el evangelio de hoy se nos habla del nacimiento de Juan. Como veíamos el otro día le acompaña la alegría: “se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella”. El mismo nacimiento de Juan es como una profecía del desierto que florecerá, pues nace de una mujer hasta entonces estéril. Si todo hijo es un don de Dios, en Juan Dios lo ha señalado de una manera especial pues, incluso su nombre, le fue indicado a sus padres mediante un ángel. Hay quienes dicen que Juan significa el que es fiel a Dios. San Beda dice que significa “el que es pura gracia del Señor” y Orígenes indica que el nombre se ha de entender como “el que manifiesta a Dios”. Al final todos nos remiten a lo mismo, pues la gracia señala a quien lo da y el que es fiel siempre lo es a alguien y por tanto da testimonio de él. San Juan Pablo II, a su vez, dijo: “El mismo Dios, por mediación de su ángel, había dado este nombre que en hebreo significa Dios es favorable”. De alguna manera se nos indica, en todas esas interpretaciones, que Juan siempre va a señalar a Cristo, va a ser signo de la misericordia de Dios.

La primera lectura, del profeta Malaquías, señala la misión que Juan ha de realizar: “voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí”. Juan es el amigo que prepara el camino al amigo. Es el amigo que no encierra con el afecto a la persona que ama, sino que lo ama en el corazón del amigo y por eso quiere que el amor de su amigo llegue a todos los hombres. Juan ama el amor de Jesús. Ese amor que le va a llevar a dar su vida por todos los hombres. Que profundidad en las palabras de Juan, que unidad de corazón, cuando lo señalará diciendo “este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan nos enseña a amar a Cristo en el amor de Cristo; a comprender de que manera Cristo nos ama.

Esto nos lleva a darnos cuenta de otra cosa. Entre Juan y Jesús no se interpone nada. A nosotros nos sucede que a veces, en nuestro amor a Dios, se interpone aquella obra que llevamos a cabo (nuestra parroquia, nuestro colegio, hospital, nuestra obra pequeña o grande). No es que no esté bien amar todo eso. Pero mirémoslo desde Juan el Bautista. En él aprendemos a amar a Cristo porque es Cristo. Y, desde ahí amar lo que ama el novio, que es la novia, que es la Iglesia, que es todo lo que surge del Corazón traspasado de Cristo.

Juan, bautizando, prefiguraba el nuevo bautismo que anunciaba (“os bautizará con Espíritu Santo y fuego”). Es decir, todas las obras de la gracia que salen de la fuente del amor de Cristo. Juan nos enseña a amar esa obra redentora. Nos coloca en la dimensión del Amor de Cristo que se abaja en la encarnación, en el bautismo, en la muerte y sepultura para liberarnos de la esclavitud del pecado.

La sorpresa ante el nombre elegido para el niño, Juan en vez de Zacarías, nos permite una reflexión en la cercanía de la Navidad. No era el nombre esperado. Los mismos signos ocurridos alrededor de su nacimiento llevaron a los habitantes de aquella comarca a preguntarse “¿qué será de este niño?”. Ningún padre debería reducir el horizonte de sus hijos a su propia perspectiva. Tampoco nosotros debemos vernos sólo bajo nuestras capacidades o ilusiones. El nombre de cada uno de va vinculado al del Emanuel, Dios-con-nosotros. Pidámosle a Juan que sepamos comprendernos en esa unión con Cristo. ¡Qué hermoso pensar que nos pusieron el nombre en el momento del bautismo! Sólo en Cristo llegamos a comprendernos verdaderamente y a comprender nuestra vocación. Que san Juan Bautista nos acompañe en nuestro camino hacia Belén.

 

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