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El fuego de Jesús

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dice Jesús que en una misma familia estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre. Parecen palabras exageradas, pero podemos recordar algunos casos en que esto sucedió así hasta el final. Así, san Hermenegildo fue perseguido por su padre Leovigildo, que era arriano, y murió asesinado en la cárcel. Hace mucho menos tiempo, en 1994, en Ruanda, una muchacha, Felicitas, del clan de los hutu, había escondido a trece niñas de la etnia tutsi. Su hermano, coronel, intentó disuadirla, porque ella prefería morir con las tutsi que habían venido a asesinar a dejarlas desprotegidas. Felicitas dice a su hermano: “Querido hermano, en lugar de salvar mi vida abandonando a las que están a mi cargo, prefiero morir con ellas.” Y murió asesinada. Son casos heroicos de esos que, como dice la carta a los hebreos, han llegado a derramar la sangre.

Lejos de esto pero en la misma línea, encontramos la incomprensión de muchos padres hacia la fe de sus hijos o el rechazo de algunos familiares cuando un joven manifiesta vocación. Tampoco faltan familias en las que todos los miembros participan de la misma fe. En cualquier caso se nos manifiesta ese fuego que Jesús ha venido a traer al mundo y que lo incendia todo. Cuando su llama prende en nosotros, si somos fieles, es imposible que deje de arder. Lo quema todo a su paso purificando nuestro corazón, nuestras relaciones, la manera que tenemos de tratar las cosas y de trabajar, y el mismo amor hacia nuestros familiares.

Ese fuego es el que permite separar la falsa paz de la verdadera, la que nos trae Jesucristo. Es como cuando en los altos hornos, a fuertes temperaturas, se separa el metal de la ganga. También Jesucristo separa el mal del bien y ello, en ocasiones, reporta algunos sufrimientos para quienes le son fieles. Ese fuego, además, es el del amor divino. En el Antiguo Testamento lo vemos prefigurado en la zarza ardiente desde la que Dios habló a Moisés, o en la columna de fuego que guió a Israel por el desierto, o también en las llamas que descendieron del cielo para consumir el sacrificio de Elías. Igualmente podemos ver en él una imagen del Espíritu Santo, que enciende su llama en el corazón de los bautizados y después crece y se irradia por el ejercicio de la caridad. El Espíritu Santo nos será dado después de que Jesús haya pasado por el bautismo de sangre del que nos habla. Su sacrificio en la cruz dará eficacia a los sacramentos y la salvación nos vendrá por el agua, la sangre y el Espíritu Santo.

Alguien podría pensarse que el culpable de la división es Jesucristo, pero la causa es la verdad. En los ejemplos citados admiramos la fortaleza de los mártires, que no fue obstinación sino amor a la verdad.

Jesús, al llamarnos a su lado también nos da a María como Madre, que ella sea nuestra custodia para cumplir en todo la voluntad de Dios.

Tener paciencia en la espera

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Muchas veces me he fijado en cómo están los alumnos cuando falta el profesor en clase. Instintivamente, ante la ausencia de un adulto que les sirva de referente, empiezan a jugar. Lo hacen confiados en que cuando llegue el profesor tendrán tiempo de volver a sus sitios y portarse como si nada hubiera pasado. La experiencia indica que pocas veces sucede así y que el profesor acaba riñéndolos.

A menudo nos olvidamos de que siempre hay que estar disponibles para Dios. El evangelio de hoy nos lo recuerda desde una perspectiva escatológica. En cualquier momento puedo ser llamado por Dios y debo estar preparado para comparecer ante Él. Pero, alargando la enseñanza, descubrimos que hay que estar presto cada día, porque la voluntad de Dios se manifiesta en cualquier momento. ¿Por qué determinados santos ante hechos que estaban a la vista de todos reaccionaron de una manera distinta? La razón es simple: tenían ceñida la cintura y encendidas las lámparas. La imagen de los sirvientes, utilizada por Jesús para ilustrar su enseñanza, nos ayuda en esta interpretación. Hay un dicho popular que dice: “El ojo del amo engorda al caballo”. Se significa con él que si el dueño o el jefe está presente, todos los empleados rinden más.

Ocupados en las cosas terrenas puede sernos fácil olvidar que Dios siempre está atento a todo. No lo hace como un jefe que quiere sorprendernos en un error, sino como Padre Providente que piensa en cada uno de nosotros y nos cuida. La fe nos ayuda a mantener nuestra vista puesta en Dios en todas las circunstancias.

Recuerdo a un cartujo que una vez me dijo: “En su celda, el cartujo vive de la sola fe”. Lo decía porque los monjes tienen una serie de prácticas y devociones que deben cumplir cada día, pero que no son vigiladas por nadie. Quedan entre el monje y Dios. Pensando en ello caí en la cuenta de lo importante que es hacerlo todo con el máximo amor posible, rezar con verdadera devoción también cuando estamos totalmente solos y determinadas prácticas que pueden ser rutinarias como el ofrecimiento de obras por la mañana o el examen de conciencia antes de retirarnos a descansar. Es decir, hay que hacerlo todo siendo delicados con Dios que, lo sabemos por la fe, está ahí con nosotros.

La conciencia de mirarnos mutuamente es fuente de un gran gozo espiritual. Sabemos que Él no deja de estar atento a nuestras necesidades y, al mismo tiempo, gracias al don de la fe, tenemos conciencia de su presencia. Por experiencia conocemos lo duro que es esperar, sobre todo cuando desconocemos el momento oportuno. En esa situación es fácil bajar la guardia y desanimarse. También en la vida cristiana nosotros hacemos un camino cuyos plazos no dependen de nosotros. No sólo respecto de la vida eterna sino también de los progresos que nos gustaría alcanzar y que no siempre se rigen por nuestro calendario. Hay que saber esperar. También así le mostramos nuestro amor a Dios.

Permanecer atentos

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Una de las mayores insistencias del Evangelio es la de la vigilia. Son muchas las veces que el Señor nos dice: “Velad”. A mí me recuerda a las madres que advierten, incontables veces, a sus hijos. Lo hacen porque es la manera que tienen de ponerlos en guardia frente a algún peligro o para mantenerlos despiertos no vaya a ser que algo importante les pase desapercibido. Es frecuente la invitación a vigilar cuando se va a hacer un viaje. ¡Cuantas veces no nos han dicho: “¡ve con cuidado!” Jesús también nos dice muchas veces: “Velad”.

Hay épocas, sobre todo cuando finaliza el año litúrgico y también en Adviento, en que esa llamada evangélica se hace más frecuente. Pero la encontramos en muchos otros momentos. Es como un leit motiv del Evangelio. Hay que estar alerta. Jesús nos sitúa en la perspectiva de su retorno. La llamada se mueve en una perspectiva escatológica. El Señor volverá y quiere encontrarnos preparados. Aquí, en el fragmento que hoy consideramos la perspectiva es positiva. Por eso se señala “dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela”. Y se advierte de que habrá un premio que, además, es sorprendente, porque será el señor quién hará sentar a la mesa a los criados para, él mismo, servirles. Se trata, evidentemente, de una desproporción en la que atisbamos, de alguna manera, el premio del Reino.

La vigilancia a la que invita el Evangelio no conduce a la neurosis. El cristiano no se mueve en la angustia de hacer las cosas porque, en cualquier momento, puede ser sorprendido para rendir cuentas. Más bien, esa invitación a la vela nos llama a considerar de qué manera organizamos nuestra vida. Hace unos días visité a unas monjas clarisas. Pensando en la vida que allí se lleva me di cuenta de que las monjas velan con pequeños detalles: cuidando el hábito, siendo fieles a un horario, cumpliendo una regla… esa fidelidad no las mantiene en tensión. Al contrario, cualquiera percibe allí una alegría que hace tiempo que ha desaparecido de nuestras ciudades. Muchos conventos son reductos de verdadera alegría.

Velan, pues, siendo fieles a cosas pequeñas y, a partir de ahí mantienen su gran fidelidad a Jesucristo. Seguramente, sea la hora que sea, incluso a la más intempestiva, el Señor las sorprenderá en vela, porque su vida está toda organizada para no perder la presencia de Dios y ello realizando las más variadas actividades. Cuidan lo pequeño para custodiar lo grande

Me parece que nuestra vigilancia va por ese camino. Cada cual sabe descubrir y conoce por experiencias dónde, de qué manera y con qué recursos, mantiene la presencia de Dios y conserva esa alegría que siempre reconocemos como un don, porque es mucho mayor de lo que correspondería a lo que nosotros hemos hecho.

Hacer bien las cuentas

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Vivimos en una sociedad muy calculadora. Casi podríamos decir que el economicismo lo ha invadido todo. Igualmente, tenemos que calcular cómo afrontar las hipotecas y, muchas veces, los equilibrios nos llevan a tener que organizar los gastos de todo el mes para poder subsistir sin sustos. Lo calculamos todos y esa mentalidad se traslada al campo de las relaciones personales, en el que las amistades se transforman en inversiones o la manera de saludar en oportunidades de futuro.

Pero no sabemos calcular el valor de nuestros días ni prevemos con la suficiente inteligencia el destino de nuestra vida. De ello trata la enseñanza que Jesús nos trae en el Evangelio de hoy. Pensar en la vida eterna parece trasnochado. Pero es a la vida eterna a lo que todos tendemos y hacia dónde nos movemos con nuestras acciones cotidianas. Normalmente la vemos tan lejana que pensamos que no importa nuestro comportamiento actual. Pero, de hecho, vivimos el día a día según la perspectiva de eternidad que tenemos. Elegimos en cada instante, de alguna manera, porque queremos anticipar esa eternidad y, por eso, en cada elección, definimos la felicidad que deseamos.

La riqueza se puede convertir en un enemigo de la verdadera felicidad. Por eso hoy el Señor nos previene sobre la codicia. El dinero se pega y, cuando uno se aficiona, cada día desea más. Fácilmente la riqueza anula otros deseos de nuestro corazón. Enamorarse del dinero equivale a desplazar muchos otros intereses de nuestro corazón. Incluso puede llegar a convertirse en una obsesión. Conozco personas que, cuando ven que se apegan demasiado a las riquezas hacen actos heroicos de desprendimiento y entregan gran parte de lo que tienen a la caridad o a obras de la Iglesia. Intentan, de esa manera, que el amor al dinero no se superponga a su amor a Dios.

Meditando sobre este Evangelio caigo en la cuenta de que, en el momento de mi muerte, no me importará mucho si he ganado más o menos. En ese momento querré saber si he amado cómo Jesús me ha enseñado y si, de esa manera, he ganado mi vida. La imagen de una inmensa fortuna (o no tan grande) que va a quedar abandonada mientras yo me pierdo por no haber sabido elegir lo más conveniente, me perturba. Esto se puede afirmar de la riqueza y de tantas otras cosas a las que nos aficionamos desordenadamente. Pero hoy Jesús habla de la codicia y, no cabe duda, de que ahí nos duele bastante. Por todas partes se respira esa mentalidad materialistaa en la que te valoran por tu sueldo o te felicitan en función de lo que ganas. Y esas ideas, tan difundidas y que equiparan dinero a felicidad, también se filtran en nuestra manera de pensar. Jesús nos advierte.

Por el contrario, podemos hacer muchas cosas para “ser ricos ante Dios”. Hay entran las obras de misericordia. La vida entregada por amor a Dios y a nuestros hermanos.

Que María nos ayude a cuidar nuestro corazón para que no dejemos de desear la felicidad que Dios quiere regalarnos. Que teniendo los ojos fijos en las riquezas celestiales aprendamos a usar las terrenas.

Jesús siempre está cerca

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Las lecturas de este domingo nos ayudan a profundizar en la certeza de que Dios siempre está cerca de nosotros, incluso en las situaciones más difíciles en las que nos puede acechar la tentación de pensar que se ha retirado de este mundo.

En la primera lectura vemos como Elías, que está huyendo de la ira del rey, se refugia en una hendidura del monte Horeb. Allí recibe el consuelo de Dios, que llega en un “susurro”. En esa descripción se nos muestra la cercanía e intimidad de Dios con su profeta. Se trata de una experiencia interior, que llena de paz al que la vive. Aparentemente no cambia nada, pero algo ha sucedido en el corazón. Podemos hacernos una idea viendo los rostros incluso alegres de santos como Felipe Neri, Tomás Moro, Francisco de Sales… En situaciones muy diferentes no pierden la serenidad ante circunstancias difíciles, pero tampoco las afrontan con resignación estoica como si no hubiera otra salida, sino con la seguridad de que, por encima de todo, se está realizando el plan de Dios. Se saben sostenidos y acompañados por Él y así pueden cumplir su voluntad.

En el evangelio vemos a los apóstoles cumpliendo un mandato del Señor, quien les ha dicho que suban a la barca y vayan a la otra orilla. En su camino se encuentran con un viento contrario y fuerte oleaje. Con frecuencia se ha visto aquí una imagen de la realidad de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades de la historia, pero sin que le falte la protección del Señor, que el evangelio nos dice había subido a lo alto de la montaña para orar a solas. Jesús nunca nos deja solos. Siempre podemos acudir a él, y aún en momentos de oscuridad, no debemos dejar de pensar que él está cerca de nosotros. Además, siempre nos tiene presentes en el diálogo que mantiene con su Padre; somos objeto de su amor.

Los discípulos se asustan cuando el Señor aparece caminando sobre el agua. Pedro quiere comprobar si es el Señor y hace esa petición que nace de un corazón generoso: quiere ir junto a él. Jesús se lo permite, pero señala san Juan Crisóstomo que habiendo realizado lo difícil, que era caminar sobre las aguas, se deja vencer por lo pequeño y siente miedo por la fuerza del viento. Y el Cardenal Vanhoye señala que, a veces, hay personas que se lanzan con mucha generosidad a una tarea apostólica o caritativa, pero después se sienten en una situación extraña, porque la tentativa era exagerada y olvidan que es el Señor quien lo hace posible: falla la fe. Es lo que Jesús le dice a Pedro. En nuestra vida pueden suceder cosas muy grandes, y el Señor cuenta con nuestra libertad y generosidad. Pero siempre es Él quien lo hace todo posible. Y no se trata sólo de la decisión de un momento de fervor, sino que es preciso avanzar siempre en la fe. Es Cristo quien nos sostiene. En él está nuestra seguridad y fortaleza.

Con el salmo rezamos: “La misericordia y la fidelidad se encuentran/ (…) la fidelidad brota de la tierra/ y la justicia mira desde el cielo”. Es un texto que se puede aplicar al misterio de la Encarnación, ya que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Pero también nos mueve a unirnos por la fe a la persona de Jesús y así experimentar su amor, su justicia y la paz que brotan de vivir con él.

Fe que mueve montañas

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El evangelio de hoy nos deja transpuestos. Los discípulos de Jesús no han sido capaces de curar a un niño lunático y Jesús parece que se enfada cuando se lo dicen. ¿Por qué se enfada? El Señor les recrimina su falta de fe y los llama “¡generación incrédula y perversa!” Son palabras duras. Pero el Señor, que en seguida cura al niño, nos recuerda que él tiene poder.

Quizás debajo de esta historia se esconde que nadie tenía especial confianza en el poder del Señor. Quizás también una corrección a una idea falsa de la fe. Quizás pensaron que expulsar demonios era un simple arte que se aprende. En cambio Jesús nos recuerda que la fe siempre nos vincula con él. De hecho la fe, más que un poder personal, es una situación de absoluta indefensión. Es confiarlo todo al Señor porque sabemos que nosotros no podemos nada. De esa manera quedamos siempre abiertos al milagro. No prevemos un resultado ni convertimos nuestra relación con Dios en un procedimiento. Resulta curioso que los discípulos pregunten después al Señor por qué ellos no pudieron echar ellos al demonio. ¿De dónde pensaban que les venía ese poder? ¿creyeron, quizás, que bastaba con repetir las palabras y los gestos que en otras ocasiones habían visto realizar al Señor? Jesús les recuerda que tenían poca fe. De alguna manera la fe es como el punto de apoyo. Arquímedes dijo: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sin la fe nuestro esfuerzo es vano. La fe nos coloca siempre en la fuerza del Señor.

Jesús añade después que si tuviéramos fe como un grano de mostaza podríamos mover montañas. Tomás Moro señala que no hemos de dejar que nuestra fe se debilite. Al contrario, debemos plantarla en nuestra alma y dejarla crecer. Entonces se hará grande como el arbusto del que habla Jesús en otra parábola y comenta “con una firme confianza en la palabra de Dios, trasladaremos montañas de aflicción, mientras que cuando nuestra fe es débil, no desplazaremos ni siquiera un puñado de arena”.

Del evangelio de hoy aprendemos que hemos de tomarnos en serio nuestra relación con el Señor. La fe es la llave que nos da entrada a su intimidad. La fe supone, continuamente, renunciar a nuestro punto de vista par intentar descubrir la mirada de Jesús. Al mismo tiempo por la fe deponemos nuestras armas y queremos ser sólo, instrumentos dóciles del Señor. Sí, no está en nuestro poder, sino en su fuerza.

Negarse a uno mismo

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Hoy celebramos la memoria de santa Clara, seguidora de san Francisco y fundador de las clarisa. Clara era de una familia rica pero, una Cuaresma, escuchando un sermón de san Francisco, decidió seguirlo y serle obediente en todo. Cuando su familia se enteró de que había abrazado una vida de pobreza intentaron disuadirla. Sus hermanos fueron a buscarla pero ella se resistió y les dijo: “Por amor a mi Cristo Jesús he renunciado totalmente a todo amor por lo material y mundano”.

Muchas veces la belleza de las palabras de Jesús, que no siempre aceptamos con facilidad, se nos iluminan con el ejemplo de los santos. Hoy Jesús nos habla de que hemos de perder la vida por él y, de esta manera reencontrarla. Es el movimiento que siempre pide el Señor, entregárselo todo, sin hacer acopio de reservas ni cálculos. De esa manera se puede recuperar todo. Si intentamos encontrar una fórmula humana para explicarlo no la hallamos. Sin embargo, cuando contemplamos a personas como santa Clara, se nos descubre la total verdad de las palabras del Señor. ¿Quién puede negar que la vida que encontró esta mujer es mucho mejor que todo lo que podía ofrecerle el mundo? De alguna manera intuimos que detrás de todas las promesas del mundo nos va a quedar un regusto amargo y que lo único que vamos a alcanzar es una especie de sucedáneo de la verdadera felicidad.

La renuncia cristiana es principalmente una aceptación: una elección. Lo vemos en las palabras que hemos citado de santa Clara y también en el evangelio de hoy. Jesús no habla sólo de dejar cosas o de perder la vida, sino de hacerlo por él. Esta renuncia a uno mismo es siempre por haber escogido a Jesús. Hemos de pedir la luz para darnos cuenta de que sólo en Él está nuestra vida. Me doy cuenta de que no es fácil. Pero todo lo que reservamos para nosotros nos impide acoger el amor que Jesús nos quiere dar. Él es el tesoro que anhela nuestro corazón. Comparado con Él el mundo vale nada.

La comparación que hace Jesús es muy gráfica y nos puede servir de criterio de juicio: ¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma? Continuamente podemos ver si las elecciones que hacemos enriquecen nuestro interior o lo debilitan: en las cosas materiales, en la relación con los demás, en los arrebatos de ira, de orgullo, de deseos de dominio,… En cambio hay una victoria sobre el mundo, que es la de la Cruz de Cristo. Por ello también el Señor nos llama a tomar la cruz. En la cruz se revela un amor más grande por el mundo en el que se rompe la dinámica del mundo que tiende a destruirnos como consecuencia del pecado. Desde la Cruz Jesús salva el mundo.

La cruz no son solo las contradicciones y sufrimientos, sino que nace del amor. La misma santa Clara decía: “el amor que no puede sufrir no es digno de este nombre”. La cruz nace del amor. Y la vivimos verdaderamente cuando estamos unidos a Jesús. Es esta una enseñanza de Jesús que no nos resulta fácil de asimilar. Por eso agradecemos el ejemplo de los santos que, como Clara, nos ayudan a descubrir la belleza. A su intercesión acudimos para que seamos capaces de acoger en nuestro corazón las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.

San Lorenzo

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Este mártir del siglo II murió en Roma durante la persecución de Valeriano. Cuatro días antes sufrió martirio el papa Sixto II. Se cuenta de él que administraba la economía de la Iglesia y que cuando el emperador le pidió que le entregara las riquezas presentó a una muchedumbre de pobres entre los que había repartido los bienes. San Lorenzo era español y de él dijo san Agustín que administró la sangre de Cristo, como diácono, y que derramó la sangre de Cristo. Podemos pues decir que configuró su vida totalmente al ministerio que se le había encomendado. No había en él esa duplicidad en que puede caer la vida cristiana, en la que reservamos algunas horas para Dios permaneciendo nuestro corazón lejos de Él. Por eso en la oración colecta de hoy se dice: “concédenos amar lo que él amó y practicar lo que enseñó”. En todos los santos reconocemos el rostro de Cristo, pero en los mártires de una manera especial e muestra esa configuración que llega hasta la muerte.

La palabra mártir significa, en griego, “testigo”. Si toda la vida de Lorenzo sobresalía por su caridad, en la muerte dio prueba de que ese amor tenía su fundamento en el que recibía de Cristo. Se sabía amado por Cristo, amaba a los pobres porque reconocía en ellos la presencia misteriosa de Cristo y quería amarlos con el mismo amor de Cristo.

Las lecturas de hoy nos recuerdan la importancia de la caridad para el cristiano. En la primera san Pablo señala que hay que dar con generosidad y que, de hecho cada uno recogerá según lo que haya sembrado. Podemos preguntarnos si el hecho de que nuestra vida en ocasiones la experimentemos como incompleta o insatisfactoria no se debe a nuestra tacañería en el amor. Dice también el apóstol que a quien “da de buena gana lo ama Dios”.

El mismo apóstol recuerda que todo bien viene de Dios al decir que es Él quien “proporciona semilla al que siembra y pan para comer”. De manera que quien obra el bien sabe que Dios siempre lo mantendrá en ese bien. En el mismo sentido leemos en el salmo que el corazón del justo permanece firme en el Señor y por eso no vacila ante las dificultades.

Por otra parte, en el evangelio, Jesús compara al hombre con una semilla. Para que esta pueda dar fruto es preciso que muera. Si la semilla permanece intacta, por muy buena que sea en su potencial, no fructifica. El ejemplo, de manera directa, se refiere al mismo Jesús que murió por nosotros y resucitó rescatándonos de las ataduras del pecado. Pero en sentido más amplio se refiere a todos los hombres. Quien se ama a sí mismo y ordena a ello sus fuerzas, lo único que hace es malograr su vida. Por el contrario quien hace de su vida una ofrenda a Dios en el servicio a los demás, gana su vida. Aparentemente puede parecer que desaprovecha lo que ha recibido porque no lo ordena a su propio bien. Sin embargo, actuando de esa manera, anticipa ya en esta vida la salvación que le espera en la eterna. Por eso podemos pensar que cada uno de nosotros, en la resurrección del último día, brillará según el amor que hayamos dado en esta vida.

Pidamos por intercesión de san Lorenzo que sepamos amar a los demás por amor a Dios y que éste nos haga fuerte ante todas las dificultades.

Patrona de Europa

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Juan Pablo II nombró a Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein en su vida civil, como patrona de Europa, junto con santa Catalina y santa Brígida. Edihs Stein nación en 1891 en Alemania y era de familia judía. Cuando tiene 21 años se reconoce atea. Estudió filosofía, carrera en la que sobresalió y fue discípula de uno de los mayores filósofos del siglo XX, Edmund Husserl. A través de unos amigos católicos empieza a acercarse a la Iglesia, pero es en 1918 cuando experimenta una gracia mística. Después de pasarse una noche leyendo El libro de la Vida de santa Teresa de Jesús, tiene la certeza de que allí se encuentra la Verdad que ella busca. Poco más tarde recibe el bautismo. En 1933 ingresa como monja carmelita. Al iniciarse la persecución de los nazis contra los judíos se traslada a un convento de Holanda. Pero en 1942 la Gestapo la va a buscar y junto a su hermana Rosa es conducida a un campo de concentración y muere en una cámara de gas.

Las lecturas de hoy ilustran la vida de esta santa. En la primera, del profeta Oseas, se habla de cómo Dios seduce al alma y la atrae con lazos de amor. El lenguaje poético de la profecía señala bien como Dios no fuerza a los hombres a seguirlo sino que los va llamando. De ahí que nosotros tengamos que permanecer atentos a los signos del Señor para reconocer su amor y corresponderle. Así lo hizo Edith, que siempre, con honestidad, buscó la verdad y cuando la reconoció se rindió ante ella. De ahí que decidiera consagrar su vida al Señor. Cuando se despidió de su madre, judía, para ir al convento, esta le reprochó que la dejara sola, a lo que Edith respondió que ahora estarían más unidas que nunca. Porque quien elige a Dios y se deja cautivar por su amor es capaz de amar con mayor perfección a todos sus familiares y amigos. No se separa de ellos sino que, por el contrario, es capaz de amarlos mejor.

A su vez, en el evangelio de las vírgenes prudentes, también se nos señala que siempre hemos de estar preparados para el encuentro con Cristo. Tradicionalmente se ha visto en la imagen del aceite de las lámparas una referencia a la caridad. Es el amor lo que mantiene encendida la llama de la lámpara. Eso no se puede improvisar. Por eso las vírgenes necias, que intentan a última hora encontrar aceite, no lo consiguen. Nuestra vida forma una unidad. De ahí que continuamente debamos preocuparnos por vivir en gracia y hacer que nuestra vida brille con las buenas obras.

Se cuenta que cuando vinieron a buscarla dijo Edith a su hermana “vayamos a compartir la suerte de nuestro pueblo”. Ella que había conocido a Cristo no lo abandona cuando deja el convento para ir a la muerte. Por el contrario recorre ese camino acompañada por Él, llevándolo en su corazón. Así, en medio de la barbarie y de la muerte, ella caminó hacia la cámara de gas llevando encendida la luz de la lámpara.

En este día pidamos especialmente por Europa. Muchos han olvidado las raíces cristianas que le dan consistencia. Como consecuencia de todo ello se ha enfriado la caridad y no brilla la luz de las lámparas del amor de Cristo. Como en la parábola podemos decir que nos hemos quedado dormidos. Pero si dejamos que el amor de Dios transforme nuestros corazones cuando el Señor quiera iluminaremos la noche anunciando su presencia.

La soledad

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La noche encuentra a Jesús orando solo en lo alto de un monte. Los cristianos, fijados en el ejemplo del Señor, privilegiaron las vigilias de oración y la más importante es la Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias.

Jesucristo se separa de la multitud físicamente, después de haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes, pero no se separa de corazón. Porque la oración del Señor es a favor de todos los hombres. El Verbo, unido continuamente al Padre y al Espíritu Santo, por su condición divina, también se mantiene en relación con ellos a través de su humanidad. Asumió la naturaleza humana para salvarnos y con ella pide por todos nosotros. Está solo en la montaña, pero no está lejos de nosotros.

Mientras, los apóstoles intentan atravesar el lago y les sorprende una gran tempestad. Las olas arremeten contra la barca Aparentemente están solos y podían sentirse como abandonados, pero en medio del fuerte viento aparece el Señor caminando sobre las aguas. Se señalan ahí dos cosas: primero que Dios no está nunca lejos de los hombres y, por tanto, incluso en las situaciones más difíciles, no debemos dejarnos arrastrar por la desesperanza. La segunda es que el Señor es más poderoso que cualquier dificultad, como evidencia el hecho de que camina sobre el agua.

En medio de esa situación tan sorprendente Jesús aún va a profundizar más en su enseñanza. Por eso permite que Pedro avance hacia Él a pesar del oleaje. Pero el príncipe de los apóstoles duda y entonces se hunde. Gran enseñanza para nosotros que si ciertamente caminamos en este mundo en medio de dificultades el verdadero peligro acontece cuando se debilita nuestra fe. Si esta falla siempre nos hundimos. Si nos ocurre esto hemos de actuar como Pedro hace con su grito angustioso: “Señor, sálvame

He conocido a muchas personas que experimentaban la soledad. Desde la cama enfermos, o sin comprender su misión en el mundo. Personas solteras, casadas y también consagradas. La soledad no es sólo una situación física (estar sin nadie cerca o alejado de los conocidos y amigos), sino espiritual. La soledad es un mal que consiste en no reconocerse vinculado a nadie. Muchas veces nos viene porque nos han dejado los demás, pero otras porque no somos capaces de reconocer a quienes tenemos cerca y, sobre todo, porque nos olvidamos de Dios.

Quién está con Dios nunca está solo. Por eso muchas personas consagradas que se retiran como ermitaños para orar, no se alejan de los hombres, sino que los llevan en su corazón y los recuerdan continuamente pidiendo por ellos. Lo mismo nos pasa con nuestros seres queridos, cuya memoria evocamos con frecuencia, y recordamos como son, o pensamos en qué andarán ocupados u otras cosas.

Como cristianos sabemos que Dios siempre está cerca y que podemos confiar en su compañía. Él nunca nos olvida y nosotros hemos de procurar corresponderle. Jesús nos enseña a hacerlo mediante la oración. Retirarse de vez en cuando, un rato cada día, de las ocupaciones cotidianas, para disfrutar de la compañía más íntima de quien siempre permanece fiel a su amor.

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