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¿FUE DIOS MALO ALGUNA VEZ?

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Entre los primeros cristianos algunos profesaron una doctrina errónea que, cada cierto tiempo, revive de nuevo. Decían ellos, entre otros los montanistas, que había contradicción entre el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Según ellos el del Antiguo era un Dios justiciero, mientras que el del Nuevo es Amor. Para justificarlo aludían a textos como el que encontramos en la primera lectura de hoy donde se dice que el Señor se empeñó en que el Faraón no dejara salir a los israelitas. Es decir, Dios sería el culpable de la dureza de corazón del Faraón.

Santo Tomás de Aquino explica estas expresiones del Antiguo testamento señalando que no indican cambio en Dios sino en nosotros. Por tanto deberían leerse en el sentido de que el hombre se endureció ante Dios, porque el origen del mal nunca puede estar en la divinidad. La explicación de Tomás es acertada, pero puede resultar difícil de entender y dejarnos insatisfechos.

Dios creó el mundo con un designio claro: manifestar su gloria, comunicar su bien, expandir su amor. Ese mundo quedó herido por el pecado. El relato del Génesis es parco pero muy gráfico. Aquel pecado es tan horrible que sólo podemos acceder a él a través de la historia de la caída. Muchas cosas se nos ocultan allí, pero son suficientes las que se nos dan a conocer. El hombre desobedeció a Dios y toda la historia quedó complicada. Pero, a pesar de ello Dios no abandonó al hombre, y decidió intervenir para salvarlo. En ese designio eligió a Israel, porque la salvación se da en la historia, y lo guió a través de la historia, muy dura porque se entrelaza el pecado del hombre con el amor de Dios. A pesar de todo el plan de Dios se fue abriendo paso, aunque no sin ausencia de episodios muy dramáticos. No era un Dios justiciero, sino el mismo Dios amor que se nos ha revelado en Jesucristo. Pero Dios no quiso saltarse los episodios de la historia, sino que eligió conducirlos contando con la libertad humana. Y en medio de ese maremagno salvó al hombre.

La comprensión de la misericordia de Dios fue lenta para el hombre. Las mismas Escrituras dan testimonio de cómo se fue purificando la imagen de Dios entre el mismo pueblo de Israel. Fue un proceso lento, adaptado a nuestra debilidad y pecado. En el mismo Evangelio de hoy vemos que Jesús ha de corregir a los fariseos que critican a los apóstoles por arrancar espigas en sábado. Porque la primera respuesta al mal es el legalismo. Sólo lentamente, gracias a la revelación, que consta de hechos y palabras, descubrimos que la verdadera solución está en el amor. Y no en uno cualquiera, sino en el que se nos ha manifestado en Jesucristo, muerto por nuestra salvación.

No hay dos dioses antagónicos. Es el mismo Dios que se nos va revelando y que, cuando leemos los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento nos habla al corazón y nos da a entender que aún lo conocemos poco y hemos de ahondar mucho más en su relación con Él. Gracias Señor por conducir nuestra historia y haber salido a nuestro encuentro.

NO SE PUEDE ENTENDER

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Dice san Agustín, gran obispo y teólogo que ha merecido el título de Doctor de la Iglesia, que la definición que Dios da de sí mismo no hay inteligencia que pueda entenderla. Y añade que ese es el motivo de que, a continuación, diga que es el Dios de los padres.

Ciertamente nosotros no podemos agotar la definición de Dios; no podemos conocerlo exhaustivamente. Sin embargo sí que nos es dado ver las obras de Dios. A partir de ellas reconocemos su grandeza y su bondad. Si por una parte decir Yo soy el que soy parece que aparta a Dios de la historia y lo hace totalmente insensible a las necesidades humanas, por otra, hemos de reconocer que su preocupación por Israel, el sentirse conmovido por su opresión, nos indica si pensamos en un Dios ajeno al destino del hombre.

La teología, aprendiendo de la Sagrada Escritura y del magisterio, ha señalado que ese posible misterio, la inaccesibilidad de Dios y su cercanía, se resuelve en su amor. De hecho Dios es amor. Por ese amor, siendo totalmente lejano a nosotros, se hace próximo a nosotros. Por amor crea al hombre y por amor lo acompaña en la historia. Aún más, como leemos en el Evangelio de hoy, se acerca peligrosamente al hombre. De manera que, por el misterio de la encarnación, Dios se hace vulnerable en su Hijo.

Escuchamos en el Evangelio que Jesús se acerca al hombre hasta el punto de prestarse a cargar con los que están cansados y agobiados. Dios se hace descanso del hombre porque carga con los trabajos del hombre. El gran trabajo, del cual la salida de Egipto es sólo una figura, era la liberación del pecado. Contra eso nada podíamos. Cabían os posibilidades: o bien nos agotábamos inútilmente intentado salir de la postración del pecado, para al final reconocer que los esfuerzos no tenían recompensa, o bien nos agotábamos por la pesadez que la misma vida de pecado comporta.

No, el hombre no podía nada. Pero Dios, totalmente trascendente, inmutable en su ser, se conmueve por amor. Nada lo fuerza desde fuera; nada le quita ni un ápice de libertad. En todo actúa movido exclusivamente por su amor. Por ese amor escucha los lamentos de Israel esclavo en Egipto y ve el dolor de cada hombre. Y ese amor es tan sorprendente como su mismo ser. ¿Cómo Dios puede amarnos tanto?

Y esto que contemplamos como teóricamente se hace aún más grande cuando nos fijamos en el amor que Dios tiene singularmente por cada uno de nosotros. Lo que hizo por Israel lo sigue haciendo con cada uno. Porque podemos experimentar que Jesús no habla figuradamente en el Evangelio sino que, verdaderamente, podemos acercarnos a Él y encontrar nuestro reposo. Lo experimentamos en la oración y, sobretodo, en el gran milagro de la Eucaristía en el que, pareciendo que es Jesús quien descansa en nuestra alma somos nosotros quienes nos reclinamos sobre Él.

DE CÓMO MOISÉS SE ACERCÓ A DIOS

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El episodio de la zarza ardiente, que hoy leemos en la primera lectura llamó la atención de los Padres de la Iglesia. Frecuentemente lo encontramos citado en sus obras y muchos de ellos lo interpretan como figura del acercamiento a Dios.

Hay una zarza que arde sin consumirse. San Juan Damasceno ve en ello una imagen de la Virgen, y otros Padres de la absoluta trascendencia de Dios. Moisés queda sorprendido porque aquel fuego no consume la zarza en la que arde. Es eso lo que le mueve a acercarse. En vez de dar la espalda al Misterio quiere verlo más de cerca. Y entonces le llega la llamada personal de Dios. Si Dios no se manifiesta resulta absolutamente impenetrable para nosotros. Pero, como señala la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, Dios quiso darse a conocer. Así Moisés, que había comenzado a acercarse por lo extraño del espectáculo pasa a ser llamado personalmente.

Dios le pide que se quite las sandalias. La actitud ante el Misterio que nos desborda ha de ser de sencillez y humildad. En el Evangelio vemos como Jesús agradece al padre que haya revelado sus misterios a la gente sencilla. Los Padres se fijan también en un detalle. Las sandalias estaban fabricadas con pieles de animales muertos. Es preciso desprenderse de las obras muertas para acercarse a Dios e intimar con Él. El camino de la oración no es compatible, a largo plazo, con la persistencia en el pecado. La oración va acompañada por el ayuno y la penitencia y, sobre todo, por el rechazo de aquello que es contrario a Dios. Moisés, pues, se descalza.

Entonces Dios le dice quien es. Se presenta como el Dios de los patriarcas, el de sus padres. Y de nuevo Moisés se cubre porque teme ver a Dios. Se da cuenta de la enorme desproporción entre el Dios que le habla y su nada. Pero en esto consiste la oración, en el encuentro entre Quien lo es todo y nuestra nada.

El encuentro de Dios con Moisés, sin embargo, no acaba en lo contemplativo. Dios le manifiesta que es sensible al sufrimiento de su pueblo y quiere que Moisés saque a los israelitas de Egipto. La oración, en este caso, se nos muestra en íntima conexión con la vida. En el encuentro del hombre con Dios cabe toda la realidad. Allí se hace más patente incluso aquello de lo que nosotros hemos huido y queríamos olvidar. Porque Moisés había escapado de Egipto para salvar su vida. Ahora Dios le pida que regrese. Nos es fácil suponer que pensamientos pasaron por su mente, que angustia se agolparía en su pecho, cómo su imaginación volaría a terrenos no transitados desde antiguo… De ahí que Moisés se excuse. Pregunta: ¿quién soy yo?

Y es la última iluminación de Dios, en el texto de este día. Porque Dios no se refiere a la idea habitual que podíamos tener de Moisés, ni siquiera a su conocimiento propio, sino que le indica: Yo estoy contigo. Moisés se ha encontrado con Dios y Él ya no lo abandona.

También nosotros, cuando rezamos verdaderamente, nunca dejamos al Señor al acabar nuestra oración. Después Él sigue acompañándonos, aunque a nosotros nos sea difícil mantener su presencia.

FUE SALVADO PARA SALVAR

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy empezamos la lectura de la historia de Moisés, que después será la de la liberación de Israel. El libro del Éxodo, antes de explicarnos la gran acción de Dios a favor de su pueblo nos relata el origen de Moisés. Como indica su nombre fue “salvado de las aguas”. También el pueblo de Israel saldría de la esclavitud gracias al milagro del Mar Rojo, cuando las aguas se separaron milagrosamente permitiendo que el pueblo pasara a pie enjuto y anegando, sin embargo, al ejército del faraón.

Pero lo más interesante es ver cómo si Moisés fue después el liberador de Israel, antes él tuvo que ser salvado. La Providencia dispuso una manera que se nos antoja irónica. Fue la misma hija del faraón quien, conmovido por su ternura y hermosura, lo rescató de entre los juncos. Antes su madre, que no podía soportar el matarlo, lo había depositado cuidadosamente en una cesta y dejado a la deriva de las aguas. Esa cesta nos recuerda el Arca de Noé, y podemos interpretarla como signo de la iglesia y aún del bautismo. Lo más importante, sin embargo, es que Dios ordenó los acontecimientos de manera que Moisés no pereciera. Con su providencia lo cuidó.

Más adelante Dios llamará al mismo Moisés para que, voluntariamente, colabore en la obra salvadora de Dios. Si entonces el Señor le señala que ha oído los lamentos de su pueblo y ha visto la opresión que padecía, Moisés pudo pensar también que el fue salvado porque Dios oyó sus llantos y se apiadó de su vida. Lo salvó, y lo condujo a través de esa azarosa vida, porque quería que fuera instrumento de su obra salvífica. Fue salvado para que salvara a otros.

En esta bella historia se nos relata lo que Dios hace muchas veces con nosotros. Hay un momento en que os pide algo, que quizás nos parece difícil y hasta desproporcionado (así reacciona Moisés ante la zarza como leeremos mañana), pero es que Dios nos ha ido preparando desde antiguo. Nos hace colaboradores de su obra porque antes se ha apiadado de nosotros.

Moisés había de salvar a muchos. Antes él fue uno de los pocos que pudo liberarse del terrible decreto del faraón que había decretado la muerte de todos los varones israelitas. No fue un azar. Sobre él recaerá una misión. Su mismo nombre ya es portador de un designio. Ha sido salvado y ha de comunicar a otros su salvación. Es este también el misterio de la vida cristiana.

Hoy se nos invita a agradecer todo lo que hemos recibido y a sentirnos responsables de las gracias que Dios nos ha dado. Como contrapunto, en el Evangelio Jesús lamenta la dureza de Betsaida y de Corazaín, que no supieron valorar ni agradecer la misericordia de Dios para con ellas. De ahí que no quieran convertirse.

UN LENGUAJE PARADÓJICO

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jesús utiliza un lenguaje difícil. Hay expresiones suyas que, de entrada, nos parecen extrañas y hasta falsas. Dice, por ejemplo, “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. Estas palabras no pueden dejar de sorprendernos. Y el evangelio está lleno de sentencias parecidas.

Chesterton, el converso inglés, señaló que cuando se encontró con la Iglesia se dio cuenta de que lo que esta enseñaba coincidía con su vida, y también que las paradojas que se encontraban en el evangelio eran las mismas que él se encontraba en su vida. Es así de cierto. Lo que Jesús dice, por sorprendente que pueda parecer en un principio, y hasta alejado de la realidad, después, al aplicarlo en nuestra vida, descubrimos que es verdad. Se cumple así lo señalado por Chesterton, pero aún más se prueba la verdad de todo lo que el Señor nos dice.

El Evangelio de hoy es rico en expresiones que invitan a una renovación total de la mente. La novedad que Jesucristo nos trae es de tal potencia que rompe todo lo que tenemos alrededor. De hecho lo quiebra para redimensionarlo. Pensemos, por ejemplo, en la relación con las familias. Jesús quiere que le prefiramos a Él por encima de padres y hermanos. En una primera impresión nos parece una osadía por su parte. Después, cuando empezamos a ponerlo en primer lugar, caemos en la cuenta de que amamos a nuestros familiares de una forma nueva y más intensa. Anteponemos al Señor para poder querer a los de nuestra sangre con un amor más perfecto. Ya no los amamos desde nuestra limitación, ni en un horizonte meramente natural, sino que los queremos desde Dios.

Estamos acostumbrados a oír lo que nos gusta y aceptamos las palabras de los demás cuando confirman lo que ya sabemos. Jesucristo introduce una novedad, que es la de la gracia en medio de nosotros. Desde ella todo adquiere una nueva tonalidad. Ello nos es posible contemplarlo hoy desde la mirada de la Virgen. Celebramos la fiesta del Carmen. María es virgen y es madre, es la más humilde y llena de gracia al mismo tiempo, es la mujer sencilla y la virgen poderosa. Es una eclosión de la gracia y del amor divinos en una tierra muy frágil. En ella podemos contemplar en primer lugar como la adhesión a Dios no separa del hombre sino al contrario, establece lazos mucho más firmes y duraderos.

Existe la tentación de aferrarnos a lo humano y convertirlo en razón de resistencia contra Dios. Hemos de recordar aquellas palabras de Juan Pablo II que también ha hecho suyas Benedicto XVI: “Jesucristo no nos quita nada, sino que nos lo da todo”. Pero en el camino hacia la abundancia de los dones de Dios hemos de purificar nuestra manera de ver las cosas para poner al Señor por delante de todo. Y, en ese camino, como señala el evangelio de hoy, es posible tropezar con la incomprensión incluso de aquellos que nos son más cercanos.

LA IGLESIA QUE CUIDA DEL HOMBRE

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La parábola del buen samaritano es rica en enseñanzas. Jesús la pronuncia para explicar el mandamiento del amor al prójimo. Nos muestra el amor de Dios al hombre como escuela en la que debemos aprender a amar a nuestros semejantes. Orígenes dice: El hombre que desciende de Jerusalén a Jericó representa a Adán; Jerusalén, el paraíso; Jericó, el mundo; los bandidos, las fuerzas hostiles; el sacerdote, la Ley; el levita, los profetas; el Samaritano, a Cristo. Por otra parte, las heridas simbolizan la desobediencia; la montura, el cuerpo del Señor; y la posada […] es imagen de la Iglesia.

Jesús, para mostrarnos cómo hemos de amar a nuestros enemigos, nos ilustra sobre cómo Dios ama al hombre. Sorprende en la narración la figura del samaritano porque es un extranjero que atiende a un judío. En cambio, el sacerdote y el levita, que eran conciudadanos del herido, pasan de largo. Les falta compasión, pero también capacidad para curarlo. Jesús es el extranjero, el que viene de otra parte para cargar con el hombre herido. Siendo trascendente a nosotros, se hace de los nuestros para sanar nuestras heridas. Al mismo tiempo conduce al herido a la Iglesia, después de haberle aplicado aceite y vino, que son signo de los sacramentos por los que entramos en la Iglesia.

Otro aspecto interesante es que Jesús encarga a la Iglesia que cuide del hombre que ha sido sanado. ¿Cómo puede hacer ella lo mismo que Jesús? ¿Cómo continuar su obra sanadora? Para ello el samaritano, esto es Jesús, le entrega unos denarios. Es decir, la Iglesia cuenta con la gracia de Dios para seguir cumpliendo su misión. Esta gracia la ejerce la Iglesia en sus sacramentos, pero también en el deber de caridad que tenemos todos los cristianos. Podemos amar porque hemos sido amados. Y el término del amor es el prójimo, es decir, aquel que no tiene nada que ver con nosotros y del cual podríamos fácilmente desentendernos con cualquier excusa. Pero Dios nos ha mostrado que todos éramos extranjeros para Él, que se ha hecho próximo y de esa manera ha roto cualquier distancia también entre los hombres que aman según su corazón. Como dice Daniel-Ange: Sólo es divino el amor que se hace compasivo. Como el torrente que desciende irresistible hasta el fondo del valle, el corazón-fuente es arrastrado por el peso del amor hacia la miseria.

Jesús nos enseña el amor extremo hacia el hermano. En Rwanda, el 21 de abril de 1994, pasó lo siguiente: Felicitas, hutu, esconde a trece chicas tutsis. Había una lucha encarnizada entre ambas etnias. Un hermano suyo que era militar quiere salvarla. Ella le dice: Querido hermano, en lugar de salvar mi vida abandonando a las que están a mi cargo, prefiero morir con ellas. Ruega para que lleguemos a Dios y dile adiós a nuestra vieja madre y a nuestro hermano. Yo rogaré para que tú llegues a Dios. Insisten en salvarla pero se niega, no puede abandonar a las que ama y van a ser asesinadas. Muere recitando las letanías de la Virgen.

Porque hemos sido sanados podemos sanar. El posadero también recibe una promesa: cuando el Señor vuelva le será pagado lo que gaste de más. Es el premio del Amor infinito con que Dios corresponde a nuestro amor al prójimo.

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