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José Oriol, sacerdote (1650-1727)

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Santos: Toribio Alfonso de Mogrovejo, arzobispo; José Oriol, Julián, confesores; Félix, Victoriano, Florencio, Fidel, Felipe, Nicón, Liberato, Domicio, Pelagia, Aquila, Eparquio, Teodosia, mártires; Benito, monje; Dimas, el buen ladrón; Teódulo, presbítero; Filotea, virgen.

Deogracias, confesor († 456)

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Santos: Pablo, Deogracias, Bienvenido, Epafrodito, Rufo, obispos; Octaviano, Saturnino, Caliopo, Calínico, Basilisa, mártires; Avito, Erlinda, Reinalda, confesores; Catalina de Suecia, santa; Lea y Catalina de Génova, viudas.

Porque me lo pediste

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Esto no es normal, no por infrecuente, sino por imposible. Me refiero a un perdón incondicional tan desmesurado. Un perdón que nace de la solicitud del agraviador, y el agraviado inmediatamente lo indulta. Eso es lo que hace exactamente el rey del Evangelio de hoy con uno de sus empleados. “Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste”. Léase de nuevo, sencillamente te perdoné “porque me lo pediste”. Es como si el Banco Central Europeo le dijera a Tsipras, “mira toda la deuda que habéis acumulado os la perdonamos porque nos lo habéis expuesto y, oye, nos ha parecido bien. En las procelosas aguas del cara a cara personal, tampoco la cosa funciona así. Los perdones, si es que llegan, han recorrido todo un itinerario de pruebas que ni los trabajos de Hércules. Hace falta que el agraviador baje el pico y se someta a la tortura que le exige la parte afectada. En Dios el perdón nace de la petición, y basta. Por eso el Evangelio es la solicitud permanente de Cristo por cumplir los deseos de los que ni se atreven a hablar, los ciegos, los leprosos, “¿qué quieres que haga por ti?, porque cuanto salga de tu boca estoy dispuesto a llevarlo a cabo”.

Leo estos días el celebérrimo diario de Cesare Pavese “El oficio de vivir”. El itinerario creativo y personal que dejó por escrito durante los últimos 15 años de vida. El escritor jamás llegó a perdonarse que la chica de la que estaba enamorado se casara con otro. Ni se lo perdonó a ella ni se lo perdonó a sí mismo. Tan es así, que se supo desgraciado desde entonces, marcado, agraviado, como perdido. Así lo escribe de una forma bella pero tristísima, “he sido juzgado y declarado indigno de continuar. Ya nunca será capaz de templarse. “Sólo así se explica mi vida actual de suicida”, y es lo que ocurrió a la postre. Pavese, catorce años antes de quitarse la vida, ya adelanta que vivirá la estéril prolongación de un dolor no superado.

Pero todo el que busca perdón lo encuentra, el que pide recibe, el que insinúa una necesidad, Dios lo oye. No existe una vida condenada de antemano por el mal de ojo. A nosotros, que siempre hacemos las cosas a medias y somos vencidos por el desánimo y la aspereza, saber que se nos promete un perdón garantizado por el amor, es ya una salvación en vida. No hace falta hacer más méritos en lo ordinario que ponerse a amar mucho. “Porque me lo pediste me volqué sobre ti, y recuerda que mi medida será siempre colmada, rebosante, remecida”

San José, hombre de fe

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“No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo”. Estas palabras de la segunda lectura se pueden aplicar de modo particular a San José, hombre justo, como nos dice el Evangelio de hoy. En la fe de San José destacan algunos rasgos particulares. Podríamos sintetizarlos en la confianza, la obediencia pronta y compatible con la responsable iniciativa.

Desposado con María, se encuentra con algo realmente desconcertante: “antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo”. Cómo explicarse semejante misterio sin dudar de la honestidad de su esposa. Sin embargo, ante lo que no comprende se abandona en Dios y le deja actuar. Porque no duda de la fidelidad de su esposa no la denuncia, pero para obedecer la ley tiene que repudiarla. Como es justo, un hombre dócil a Dios, juzga rectamente y espera ante lo que no entiende. Así, encuentra la solución, no sin la intervención del Espíritu Santo, y decide “repudiarla en secreto”. Ahora no comprende el plan de Dios, sólo después le será revelado, aunque no todo, sólo lo suficiente: “no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Ahora, sencillamente obedece, haciendo “lo que le había mandado el ángel del Señor”. Nos deja un ejemplo valiosísimo para nuestras vidas: ante lo que nos desconcierte y no entendamos. Si nos abandonamos en Dios, al final comprenderemos cómo Dios hace que todas las cosas confluyan para nuestro bien (cf. Rm 8, 28).

La respuesta de San José es la fe que se hace obediencia rápida para cumplir la voluntad de Dios: “cuando se despertó”. No lo dejo para más adelante, buscando un momento más propicio. Es una fe operativa: “hizo”: la fe es siempre activa, no es una virtud pasiva. Cuando es auténtica, tiene un dinamismo interior que no permite quedarse parado. Abandonarse en las manos de Dios, no es pasividad. Es confiar en que Él sabe más y que quiere hacernos instrumentos suyos. Abandono es docilidad y prontitud a la hora de poner los medios, hacer cuanto está a nuestro alcance, algo con lo que siempre cuenta Dios, porque somos en sus manos instrumentos libres. San José no se queda parado. No renuncia a pensar ni hace dejación de su responsabilidad (cuidar al Niño y a la Madre). Al contrario, pone al servicio de la fe toda su experiencia humana, todas sus cualidades. Por eso cuando vuelve de Egipto “oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá” y cambia el plan de viaje (cf Mt 2, 22). Ha aprendido a poner toda su capacidad, su inteligencia al servicio de la voluntad de Dios y por eso ha aprendido a moverse dentro del plan de Dios ¡Cuántas veces nosotros hacemos al revés y ponemos todas nuestras capacidades, nuestra inteligencia y buscamos todos los argumentos para hacer coincidir la voluntad de Dios con la nuestra.

Porque la fe de San José se hace obediencia, esta fe obediente pone en movimiento la esperanza. Entonces, la obediencia de la fe se convierte en esperanza, en abandono. Espera porque ama de este modo. La fe, el amor, la esperanza, se convierten en el eje de la vida de San José. La entrega de San José se llena de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por tanto, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de hijos de Dios. Renovar la entrega es renovar la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros. Le pedimos a San José que con su ejemplo e intercesión nos ayude a renovar nuestra fidelidad y nuestra vida cristiana.

Martín Dumiense, confesor (c. a. 515-580)

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Santos: Nicetas, Guillermo, Leoncio, Wulfrano, Gutberto, Remigio, obispos; Martín de Dumio, abad: Pablo, Cirilo, Eugenio, José, Alejandra (Sandra), Víctor, Anatolio, Sebastián, Focio, Claudia, Eufrasia, Eufemia, Matrona, Ciriaca, mártires; Arquipo, compañero de San Pablo; Fotina, la Samaritana; Ambrosio, confesor; Heriberto, presbítero y eremita; María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, fundadora de las Siervas de Jesús de la Caridad.

María Josefa del Sagrado Corazón de Jesús Sancho Guerra, religiosa y fundadora (1842-1912)

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Santos: Nicetas, Guillermo, Leoncio, Wulfrano, Gutberto, Remigio, obispos; Martín de Dumio, abad: Pablo, Cirilo, Eugenio, José, Alejandra (Sandra), Víctor, Anatolio, Sebastián, Focio, Claudia, Eufrasia, Eufemia, Matrona, Ciriaca, mártires; Arquipo, compañero de San Pablo; Fotina, la Samaritana; Ambrosio, confesor; Heriberto, presbítero y eremita; María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, fundadora de las Siervas de Jesús de la Caridad.

Marzo 2017
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