Autor del archivo

SE MONTÓ EL BELÉN

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 7,10-14; Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6; san Pablo a los Romanos 1, 1-7; San Mateo 1, 18-24

Hoy encendemos la última vela de la corona de Adviento, nos quedan unos pocos días para celebrar la Navidad. ¡Nadie lo diría!. Desde hace muchas semanas estamos viendo belenes (cada vez menos), adornos o similares (cada vez más), villancicos, ofertas de viaje y miles y miles de anuncios con Papa Noel de protagonista. Cada año la Navidad es más larga y el Adviento más corto. Sin embargo quedan seis días de Adviento para preparar la venida del Señor.
“Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.” San José (ojo, no confundir con figuritas de cera de Beckham, ni al niño Dios con David Bisbal con pañales), nos puede ayudar estos días previos a la Navidad a montar el belén. La tradición de montar el belén parece que proviene de San Francisco que hacía una auténtica catequesis de la encarnación y la pobreza de Dios hecho hombre. No se puede montar un belén sin San José. Pueden faltar las ovejas, los cerditos, los patos, el señor con la leña e incluso puede no tener río (tal vez incluso los más atrevidos y, hoy por hoy, políticamente incorrectos, se atrevan a prescindir del señor haciendo sus necesidades fisiológicas en algún rincón), pero no puede faltar San José. San José era “bueno” pero no con esa bondad de caramelo y espumillón que nos quieren vender en navidades. San José siempre hizo lo que Dios le pedía, aunque no lo entendiese, aunque le costase la incomodidad, la incomprensión de los demás y una vida en absoluto “regalada.” ¡Qué lejos de los mundos de gominola que nos presentan los anuncios!.
“¿No os basta cansar a los hombres que cansáis incluso a Dios?” Es curioso descubrir a Dios cansado. En San José pienso que Dios descansa, al igual que en el seno de su madre y nuestra madre la Virgen. Hoy domingo sería un buen momento para que meditemos si Dios puede descansar en nosotros. En muchas casas hoy aprovecharemos para sacar las cajas de las figuritas, las luces, el serrín: los padres (con la excusa de echar una mano a sus hijos) se enfrascarán (y en algunos casos se enfadarán), colocando las imágenes del nacimiento. Sin embargo, no pensemos que el Señor descansa en esa cuna de pasta de madera. El Señor descansará si en estos días que quedan antes de la Navidad ponemos nuestro corazón en orden, somos capaces de pedir perdón, de abandonar aquellas costumbres que nos alejan de Dios, de adornar nuestra vida con las virtudes cristianas y vivimos “para gloria de su nombre.”
¿No piensas que eso será realmente “montar el Belén”?. ¿No crees que la Navidad es el momento ideal para cambiar de vida y no sólo de microondas?. ¿Por qué no proponer a tu marido, tus hijos, tus amigos que vivan una Navidad según Dios?.
Todavía no estamos en Navidad -parece mentira-, todavía nos queda tiempo para montar el Belén en nuestra vida y preparar la segunda venida de Cristo. ¿Crees que San José elegirá tu corazón -aunque sea un pobre establo-, para acomodarse con su mujer para que nazca el Hijo de Dios?. Si piensas que no, nunca desesperes, aún tienes tiempo para adecentarlo.

LAS SEÑALES DE DIOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 23, 5-8; Sal 71, 1-2. 12-13. 18-19; San Mateo 1, 18-24

“Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo”. Tentar a Dios es tentarnos a nosotros mismos. La tentación no deja de ser una manipulación de las cosas, en la que unos determinados acontecimientos no se desarrollan al gusto del que los padece, y eso le hace buscar otras formas que sean adecuadas a una interesada manera de pensar. Pero lo más grave, es que cuando queremos poner en un brete a Dios lo que hacemos es desconfiar de Él. Poner a Dios “entre la espada y la pared” (“si no me concedes esto no creeré en Ti”, “dame una señal para que crea en Ti”…), es considerar que todo lo que tenga que ver con Él es una especie de supermercado o un contrato de compra-venta (“tú me das, yo te doy”).

Ya se quejaba Cristo de aquellos que le pedían señales para corroborar que Él era el Mesías. La única señal que les dio, y en la que muchos no creyeron, fue la de su Resurrección… “porque no creerán, aunque vean a un muerto resucitar”. Confiar en alguien tiene que ver mucho con nuestra libertad, de lo contrario si mi única guía, para adquirir cualquier tipo de credibilidad, es “si no lo veo, no lo creo”, aún nos encontraríamos en las “antípodas” de la civilización.

Sin embargo, Dios es mucho más generoso de lo que podemos imaginar. Promete a los profetas una señal por la que reconocerán la llegada del Mesías: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Dios tiene esas cosas. Siempre se excede, muy por encima de nuestras expectativas, en magnanimidad para que se vea que es obra suya. La Encarnación es la gran señal que Dios ha realizado para toda la humanidad. Resulta algo tan sublime y desproporcionado para la mentalidad del hombre que, habiendo transcurrido más de veinte siglos, muchas “inteligencias” no lo aceptan, o se escandalizan por ello.

Lo curioso es observar que para los que no son “tan inteligentes” (los sencillos y humildes de corazón), el misterio de la Encarnación no les resulta tan escandaloso. Todo lo contrario, el que Dios “se haga” uno de ellos, es la manifestación más espléndida de su misericordia infinita. Alguien podría argumentar que, al tratarse de algo que no entra dentro de lo racional, entonces no hay exigencia para ser creído. La manera más fácil de contestar a esta objeción sería decir que cualquier racionamiento necesita de una hipótesis inicial que carece de demostración, es decir, es incuestionable. Incluso en lo que puede parecer más evidente no hay explicación posible, y nadie puede demostrarlo: o se cree, o no se cree. A ningún cristiano se le hace un “test de inteligencia” para comprobar su nivel intelectual, y así ser admitido en la Iglesia… lo único que se nos pide (y también a los padres, si el niño que llevan a bautizar aún no tiene uso de razón), es que vivamos coherentemente nuestra fe, es decir, creer en Dios, creer en Jesucristo… creer en la Iglesia (todos los contenidos que aparecen en el Credo).

Lo más importante de cara a Dios es “descomplicarnos”. María, la Madre de Jesús, era una mujer sencilla, y puso toda su confianza en Dios. Por eso, fue la “llena de gracia”. No pidió nunca una señal para corroborar el milagro que iba a producirse en su interior. El que vive en manos de Dios sabe que nunca ha de temer nada, porque Él realiza maravillas en cualquier alma en gracia.

UNA VEZ MÁS EL “SALTO”

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Génesis 49,1-2.8-10; Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17; San Mateo 1,1-17

“Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro”. Uno de los mayores dones que tenemos los cristianos es estar en manos de Dios, y no en las del destino. También es cierto que hay que tener mucha fe para vivir con el convencimiento de que sólo Dios puede darnos todas las respuestas. El problema viene cuando se quiere ver el problema como una cuestión intelectual, y no como una manera de vivir y percibir todos los acontecimientos que hemos de “lidiar” en el “día a día”.

Ayer un amigo me preguntaba dónde podía encontrar a Dios. Es cierto que existe una respuesta fácil (en este caso se trata de una persona cristiana y practicante):consiste en decirle que ha de intentar ofrecer sus contradicciones y dificultades a Dios, y procurar “abandonarse” en Él. Esto, que teóricamente puede ser hasta razonable, se complica cuando el interlocutor te dice: “Bien, pero, ¿qué significa abandonarse en Dios?”. Antes de dar una nueva respuesta fácil, uno se lo piensa dos veces, y se hace la misma pregunta: “¿Cómo me abandono yo en Dios?”.

Creo que la cuestión es de lo más importante y esencial. Se trata de saber en qué fundamentamos nuestra fe, y cuáles son nuestros convencimientos a la hora de poner en práctica dicha fe. Pasar de la teoría a la práctica (cada día estoy más convencido), no es que implique un buen trecho, es que media un abismo. A mi me gusta denominarlo como el “salto”. Sólo el niño pequeño es capaz de saltar ante la insinuación de su padre de que no le ocurrirá nada. Ante un extraño nunca lo hará. ¿Tenemos a Dios como Padre, o como a un extraño? ¿De qué manera hago intervenir a Dios en cada uno de esos acontecimientos diarios (incluso en los más insignificantes), y que me hacen sumergir en decisiones, contrariedades, enfados, alegrías, satisfacciones, desengaños, infidelidades, autocompasiones, sonrisas, temores, dudas, apatías, gozos, rutinas…? ¡Sí!, en todas y cada una de esas situaciones. De lo contrario, por muy sabida que tenga la lección de cristiano, de poco me valdrá para ser verdaderamente feliz; es decir, no estaría en sintonía con la voluntad de Dios.

Como tengo mucha confianza con ese amigo, intenté contarle mi experiencia, y el primer descubrimiento fue que uno, al fin y al cabo, no acaba de dar el dichoso “salto”. ¿Me puse triste por ello?… ¡no!. Más bien, di gracias a Dios porque, a pesar de la “pasta” de la que estamos hechos, Él nos quiere mucho más que todos nuestros defectos y cualidades juntos. Y en esa reflexión en voz alta, fuimos descubriendo que no se trata de un “salto-opción fundamental” (es decir, “desde ahora empiezo, y no volveré a equivocarme”), sino de pequeños “saltitos” que, como ese niño pequeño, suponen fiarse cada vez más del amor que Dios nos tiene… y ya llegará el día del “gran salto” (del que estoy convencido, si se llega a dar, no seré consciente de ello).

El Evangelio de hoy nos habla de la genealogía de Jesús. Siempre me ha parecido un “rollo” eso de tantos nombres, de gente que uno nunca ha conocido, y que acaban con el que realmente me importa: Cristo. Pero hoy, y al hilo del comentario de este día, me viene al corazón la idea de que no sólo se trata de recitar nombres, sino que lo que hay detrás de ello es la historia de personas concretas que, algunas sin saberlo, se pusieron en manos de Dios para que llegara la manifestación del Mesías, el Salvador del mundo. No es lo nuestro hablar de “destinos”. Lo realmente cristiano es confiar en la Providencia divina, porque a pesar de los obstáculos (voluntarios o involuntarios, hechos a conciencia o indiferentes) que los hombres hayan podido poner a Dios a lo largo de miles de años, siempre se llevará a cabo su voluntad. Esta es la maravilla de la libertad que tenemos: que, si “me da la gana”, yo también puedo participar de esa gloria de Dios en cada una de mis acciones, pensamientos y palabras, todos los días de mi vida. ¿Quién puede hablar entonces de falta de fe, cuando en realidad se está inmerso en el corazón de Dios, y en cada uno de sus latidos? No son posibles las preguntas, sólo nos queda amar.

A la Virgen se la denomina también “consuelo de los afligidos”. Ella sufrió aflicción al estar al pie de la Cruz de su Hijo, viéndole sufrir. Pero estoy convencido de que jamás tuvo una duda de fe, porque su corazón era el corazón de Cristo… y esas cosas no sólo no se olvidan, sino que son una misma cosa: el fuego de un amor que nunca se apagará, porque fue previsto desde la eternidad. ¿No te llega ahora un resplandor de esa luz, aunque sea pequeño?

LOS FRUTOS DE LA GRACIA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 54, 1-10; Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b; San Lucas 7, 24-30

Una de las mayores alegrías que puede llevarse una mujer es la de dar a luz. Después de meses de gestación y de preparación, de tantas renuncias personales, de tantos cuidados, tener en brazos al que se ha llevado en las entrañas, es algo que a lo que pocas cosas se pueden comparar. Se trata del gran milagro de la vida, algo que el hombre participa de manera admirable, y que no deja de sorprenderle cada vez que es testigo de ello. Un hombre y una mujer son los protagonistas que han colaborado en semejante acontecimiento, pero es la mujer la que ha llevado en su vientre ese germen de la vida y, por tanto, la que asume dicho acontecimiento como propio. Sólo una madre es capaz de valorar hasta las últimas consecuencias semejante don, pues entra a formar parte del poder creador de Dios.

La Sagrada Escritura emplea en muchas ocasiones el símil de la madre, haciendo referencia a Dios y el cuidado al que somete al pueblo de Israel. También se recurre, en varios momentos, a la imagen de la mujer estéril, que es capaz de alcanzar la fertilidad, porque para Dios nada hay imposible. La fecundidad es un concepto muy unido a los planes divinos. Dios pide constantemente a aquellos a los que ha encomendado una misión, o los ha llamado a una vocación específica, que confíen plenamente en Él, y que no se desanimen ante las dificultades… allí donde creemos que sólo hay piedras y desierto, Dios hará crecer un vergel incomparable, fruto de nuestra correspondencia… “Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará”.

Es muy importante, a la hora de buscar los frutos de nuestras obras, el que estemos en continua conformidad con la voluntad de Dios. Incluso, puede ser que esos frutos nunca los veamos, y que pasen años de esfuerzos, entrega y sacrificios, y nos dé la impresión de que las cosas continúan como estaban. ¿Cuál es el secreto para no caer en el desánimo? Estar plenamente convencidos de que es Dios quién pone el incremento, y que nosotros somos instrumentos suyos. Es importante recordar que el tiempo de Dios no coincide precisamente con el nuestro, que su designio salvífico tiene como perspectiva toda la eternidad. Durante siglos el pueblo de Israel esperó con ansia la llegada del Mesías, pero muchos, por no reconocer ese plan de salvación, no supieron reconocerlo en un niño nacido en un pesebre… ni siquiera lo reconocieron, ya en su vida pública, cuando hizo milagros y perdonaba los pecados de tantos.

“Los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos”. También nosotros podemos correr el peligro de frustrar el plan de Dios si no sabemos conformarnos con su voluntad. No se trata sólo de paciencia, resignación o “aguantar el tirón”. Lo nuestro es aceptar, más aún, amar el querer de Dios, aunque pensemos que las cosas no se realicen conforme a nuestros deseos. Precisamente, porque esos acontecimientos no llevan el sello de mis ambiciones, hay mayor garantía para que los frutos de la gracia sean verdaderamente desproporcionados con respecto a nuestras expectativas… Dios da infinitamente más cuando encuentra disponibilidad y correspondencia.

Así ocurrió con la Virgen, la “llena de gracia”. Durante estos días lleva en su seno al que pronto será luz del mundo. Junto a la discreción de María, se encuentra su magnanimidad a la hora de corresponder al plan de Dios y así alcanzar la salvación para toda la humanidad. Nunca seremos lo suficientemente agradecidos por ese “sí” que dio nuestra madre sin medida alguna. “Bendito el fruto de tu vientre, Virgen María”.

LA NECESIDAD DE DEPENDER DE DIOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25 ; Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14; San Lucas 7, 19-23

“Yo soy el Señor, y no hay otro. No hay otro Dios fuera de mí”. El hombre es un ser religioso por definición, y si no tiene el corazón en Dios, entonces lo tendrá que poner en otro sitio. El ser humano que, a lo largo de los siglos, ha luchado por progresar y avanzar, en ocasiones ha querido echar un pulso a su Creador, porque pensaba que le limitaba en exceso, y que sólo “liberándose” de Él sería más autónomo y tendría más poder. ¿Qué ha ocurrido?… pues, lo que tenía que ocurrir: como el hombre no puede vencer a Dios, entonces se vuelve contra el propio hombre (guerras, discordias, enfrentamientos…).

Nunca hemos podido imaginarnos a un feto, en el seno de su madre, exigiendo salir porque no se consideraba lo suficientemente libre. Tampoco creemos que sea razonable, en nombre de la libertad, el ir en sentido contrario en una autopista porque considero que es lo que va mejor con mi personalidad… Estos ejemplos, que pueden parecer exagerados, en realidad son una caricatura si lo comparamos con la auténtica necesidad que tenemos de depender de Dios.

“Yo soy un Dios justo y salvador, y no hay ninguno más”. Ninguna ideología y ningún poder humano podrán jamás sustituir a Dios, ni lo que Él ofrece a aquellos que le buscan y permanecen fieles a sus promesas. Una de esas promesas la estamos ya conmemorando, precisamente, durante estos días de Adviento: la preparación para la llegada de la encarnación del Hijo de Dios. Mientras que una promesa humana puede ser defectible, rompiéndose en cualquier momento, Dios cumple siempre lo que promete, y lo lleva hasta el colmo: ¡Él mismo se hace hombre por amor al hombre! Esta es la capacidad máxima del amor sin límites: el anonadamiento del Creador por salvar a todo hombre, y que sea plenamente feliz participando de su intimidad divina.

Si un hombre y una mujer se aman, nunca pensarán que su relación de amor está fundamentada en esclavitudes y represiones. Todo lo contrario. El amor necesita de esa dependencia de lo que ama hasta el extremo de darse totalmente, sin reservarse nada. Por eso, cuanto más se niega alguien a sí mismo en beneficio de quien ama, entonces es mucho más libre, ya que no hay ninguna restricción en darse… incluso hasta la muerte si fuera preciso, tal y como hizo Cristo por amor a cada uno de nosotros.

“Dichoso el que no se escandalice de mí”. Este es el drama de aquellos que ponen el corazón en las cosas que mueren, y no en Dios. Son los que se escandalizan por encontrarse, cara a cara, con su misericordia, y que ese Dios sea capaz de seguir amándolos aunque sea rechazado por ellos. La compasión y la solidaridad no son “inventos” de ninguna ONG, su fuente está en Dios, que es infinitamente misericordioso, añadiendo una capacidad para perdonar que jamás ningún hombre podrá llevar a cabo.

Si miramos el rostro de la Virgen, además de ternura y cariño, descubriremos esa libertad inmensa, obtenida por ese “sí” dado sin restricciones a Dios. Repítela con frecuencia: “¡Madre mía, aparta de mí lo que me aparte de tu Hijo!”.

ANUNCIAR EL EVANGELIO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33, 2-3. 6-7. 17-18. 19 y 23; San Mateo 21, 28-32

Ayer aparecieron en distintos medios de comunicación de Madrid una noticia, distribuida por uno muy conocido, respecto a las declaraciones de la Vicepresidenta del Gobierno español, en la que señalaba que “han sido contestadas hoy por algunos párrocos en sus homilías, en las que se aseguraba en una de ellas que ‘Cristo vale cien mil veces más que cien mil vicepresidentas tan listas como ésta’”. ¿Qué decía la Vicepresidenta?, pues que “desde hace siglos, en Europa, los que se oponen a las reformas pendientes son pasmosamente los mismos, unos señores tenebrosos”. En este tono, la Vicepresidenta aseguraba que “los sectores más inmovilistas” con las medidas del Gobierno son siempre “los curas y los jueces”.

Cuando se hacen juicios temerarios y, sobre todo, de lo que no se sabe, más vale callar para no meter la pata. Este empeño constante por poner en un brete a la Iglesia, deja de ser algo inaudito para convertirse en un asunto verdaderamente bochornoso. La Iglesia no se mete con los políticos, sino que se dirige a los fieles católicos para que, lejos de caer en un absurdo engaño, sepan discernir dónde se encuentra la verdad. La única verdad (¡la única!) es Cristo, y quien se mofa de Él haciendo una enmienda a la totalidad en sus representantes (“los curas”), entonces es que no ha entendido en qué consiste el “cuidado de las almas”. Por supuesto que todo sacerdote es también humano y, por tanto, sujeto a equivocaciones y errores, pero cuando habla conforme a la fe y las costumbres, entonces está unido al sentir de la Iglesia universal.

Ese pertinaz intento por llevar la fe a las catacumbas de la conciencia, por parte de los que niegan la libertad religiosa, es una quiebra contra millones de personas que comparten y viven una misma creencia. ¿Motivos?… Que cada uno examine lo que ve y lo que oye, pero una cosa es bien segura: Cristo nunca escondió su misión de anunciar el Evangelio, más bien lo hizo tremendamente público (culminando su magisterio desde lo alto de una Cruz), y encomendó a sus discípulos después de su Resurrección: “Id y anunciad el Evangelio hasta los confines de la tierra”.

Es cierto que han ocurrido crisis (y en ocasiones graves) en el seno de la Iglesia, pero el milagro precisamente es ese, que junto a la condición pecadora de sus miembros, se une otra qué la que le da su carácter de permanencia hasta el fin de los siglos, y que la hace santa: Cristo, esposo de la Iglesia, ha encomendado al Espíritu Santo la labor de santificarla, y así también se vea que en la debilidad humana es donde se manifiesta el poder de Dios. Han transcurrido siglos desde la fundación de la Iglesia por Jesucristo, y son miles, millones de hombres y mujeres a lo largo de esa historia los que han confirmado con su fidelidad y su entrega, que se trata de la Iglesia querida por su Fundador.

A cualquiera se le puede presentar la ocasión de los protagonistas del Evangelio de hoy: “Un hombre tenía dos hijos. Se acercó primero y le dijo: ‘Hijo, ve hoy a trabajar en la viña’. El le contestó: ‘No quiero’. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: ‘Voy, señor’. Pero no fue”. Lo importante es rectificar cuando uno se equivoca, y rectificar a tiempo. No podemos olvidar que cuando se tratan de cuestiones que van más allá de lo políticamente correcto (la salvación del alma, por ejemplo), entonces es para pensárselo seriamente. Si a pesar de nuestras equivocaciones, llegamos a optar por la posición del primer hijo de la parábola, nunca nos recriminará el Señor que, a pesar de lo que nos dijo un sacerdote en una homilía (acerca de lo que nos conviene para nuestra alma), no le creímos.

SABER MANDAR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Números 24, 2-7.15-17a; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; San Mateo 21, 23-27

No es lo mismo poder que autoridad. Muchos ejercen poderes por el cargo o posición que ocupan, y se aprovechan de dicha situación para actuar en beneficio propio. La tiranía es un ejemplo de ello. Lo sabemos por la historia. Muchos han oprimido a pueblos y naciones, mediante la fuerza, provocando enfrentamientos y guerras, y que normalmente ha beneficiado a unos pocos. También encontramos ejemplos en nuestra vida diaria. Gentes que, sin argumento alguno, sólo a fuerza de gritos o imponiendo juicios personales, buscan tener la razón a costa de todo. Muchas ideologías también, cuando carecen de coherencia o responsabilidad, quieren abrirse paso a base de actos terroristas y amenazas contra la vida y el bien común de una sociedad. Es ésta, una lacra muy de “moda” en nuestro siglo XXI.

“¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. Otra cosa bien distinta es la autoridad. Ganarse el respeto y la consideración de los demás no se improvisa. Es necesario un juicio ponderado de las cosas, una buena formación y, sobre todo, una gran coherencia de vida para que los demás, además de escuchar, encuentren en el que ejerce autoridad, no sólo respeto, sino también un ejemplo y un modelo de vida digno de ser seguido. Jesús despertaba entre los que le escuchaban algo más que admiración, era respetado por la autoridad con la que hablaba y vivía. Esto era fuente continua de recelos y envidias por parte de aquellos que ejercían el poder, pero que no se correspondía con su modo de vida, más bien eran ganadores del calificativo con que el Señor les denominaba en tantas ocasiones: hipócritas.

El que ejerce autoridad, en primer lugar, ha de actuar con sinceridad y ser un gran defensor de la verdad. Decir que “la verdad os hará libres” no es una frase hecha sin más. Se trata de algo fundamental en la condición de todo ser humano. Cuando se vive sólo a fuerza de engaños o mentiras, es cuando aparece la necesidad de la dominación como único argumento, ya que el hombre ha sido creado para vivir en conformidad con el bien, y éste sólo se alcanza con la verdad. Por eso, cuando la mentira reivindica libertades, se trata de ocultar, mediante una supuesta autonomía, algo mucho más profundo: la libertad de conciencia. A fuerza de pequeñas “dosis” de libertades (“haz lo que te de la gana”, “busca lo que más te conviene”, “lo importante eres tú”…), estamos anestesiando la conciencia, apartándola de su verdadero fin: la búsqueda de la verdad, que es la única que puede pacificarla plenamente.

“Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”. Cristo nunca dialoga con la mentira. La verdad es su principio de autoridad, y todos los que le siguen o escuchan (siempre que haya predisposición por la verdad) se sentirán confortados, ayudados… y curados. También es condición necesaria confiar y creer en Él. Es esa fe de la que el Señor en tantas ocasiones se queja de no encontrar y, por tanto, de no poder hacer milagros. Cuando necesitamos pedir algo a Dios, ¿lo hacemos desde el interés, o desde la confianza que deposita un hijo en su padre? De la respuesta que demos depende la solución a muchos de nuestros problemas.

La Virgen siempre confió en la autoridad de Dios. Siempre supo que Jesús era el Hijo de Dios. Pero el Evangelio también es muy explícito a la hora de decirnos que, durante la infancia de Cristo, “bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”. Jesús se sometió a la autoridad de sus padres, porque era la manera de dar cumplimiento a la voluntad de Dios. Si supiéramos respetar ese orden natural de las cosas, como lo hace el Creador, también seríamos nosotros respetados, y actuaríamos con más autoridad, delante de Dios y de los hombres.

LA SABIDURÍA DE LA PACIENCIA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 ; Santiago 5,7-10; San Mateo 11, 2-11

“Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor”. Un cristiano no puede ser conformista; busca crecer en el amor a Dios y a los demás con sus palabras, obras y pensamientos. No queda todo reducido a un impulso inicial, o a una declaración de principios (algunos la denominan “opción fundamental”), sino que cada día, cada hora y cada minuto tienen su propio afán para ser transformados en “tiempos de Dios”. Sin embargo, puede ocurrir que uno no vea ese avance en la vida espiritual, y que piense que todo es lo mismo, y que la rutina se convierte en lo cotidiano. Por eso, el apóstol Santiago nos anima a perseverar en la paciencia.

La filosofía griega empleaba un término para aquellos que podían llegar a una cierta indiferencia ante las dificultades y contrariedades: estoicos. Esta indiferencia en el ánimo, sin embargo, es ciertamente contraria a lo que un hijo de Dios busca. El Apóstol nos lo dice claramente: “Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor”. Hemos visto estos días el ejemplo de Isaías y el de Elías que, en nombre de Dios, fueron perseguidos, incomprendidos y humillados. Cuando el padecer no tiene un fin en sí mismo, sino que tiene un motivo: en nombre de Dios, entonces no hay que echarse atrás. Hay que dar sentido a cada uno de esos detalles que nos hacen palidecer a causa de la contradicción o la adversidad. Dios no nos quiere infelices o desgraciados, somos nosotros los que aún no hemos captado su plan en nuestras vidas que, incluso, alcanzará en beneficio de otros… aunque no los conozcamos.

La paciencia es una virtud desdeñada por muchos, porque parece ir contra conceptos, muy en uso en nuestro tiempo: “eficacia”, “inmediatez”, “progreso”… Sin embargo, los grandes éxitos (incluso humanos), son los que provienen de la gran sabiduría de “saber esperar”. El buen vino es el que “ha sabido esperar” el tiempo suficiente para dar con el buqué que era adecuado. Es necesario ver los acontecimientos, que tanto nos preocupan, con la perspectiva de que, si he puesto los medios humanos necesarios, lo demás viene por cuenta del Señor. Y la primera actuación de la paciencia ha de ser con uno mismo. Aceptarse, poner todo en mano de Dios… y dejarse transformar por su gracia. No es nada teórico, está tomado de la experiencia de aquellos que dijeron a Dios: “¡Creo Señor, pero ayuda a mi incredulidad!”. Es ese salto en el que lo humano, sin perder su condición limitada, es elevado a entrar en la dinámica de lo divino. No cambian los hechos, queda transformada la perspectiva con que se miran, y entonces vienen los frutos.

El auténtico progreso es el que va al ritmo de Dios. Unas veces nos llevará por sendas coherentes con nuestra manera de pensar, pero otras nos pedirán ir contracorriente. El discernimiento de todo ello depende de la manera en que ponga en Dios mi confianza… y todo mi ser.

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Esta pregunta ya no tienes que hacértela. Tú has visto cómo Dios ha salido a tu encuentro y te ha llamado. La respuesta depende totalmente de ti. Aprende de la Virgen que supo esperar la llegada de Dios, y cambió, no sólo su vida, sino la de toda la humanidad… ¡Bendita respuesta que supo decir “sí”!

PROFETAS DE NUESTRO TIEMPO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Eclesiástico 48,1-4.9-11 ; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; San Mateo 17, 10-13

“Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido”. Escasean los profetas en nuestros días… pero, ¡los de verdad! Vaticinar el futuro, al modo como lo hacen los astrólogos tan de moda, no es cuestión de leer cartas o echar unas piedras para que se acomoden a nuestro antojo. Más bien, los profetas del Antiguo Testamento denunciaban la manera con que el pueblo de Israel se iba apartando de su alianza sagrada con Dios. Incluso, a riesgo de sus propias vidas, se enfrentaban con reyes, jueces y demás personal que se les ponía delante. Pero no todos los profetas tenían un comienzo apoteósico. Algunos se resistieron a la llamada de Dios, y entre sollozos o huidas, intentaron desentenderse de su misión… pero les alcanzó la ternura divina que, cuando llega a un corazón con una mínima predisposición, se hace irresistible.

Elías debió ser un profeta con mucho carácter. También tuvo sus momentos de desánimo, y a punto estuvo de “tirar la toalla”. Sin embargo, su secreto fue perseverar en medio de las dificultades… y confiar en Dios. Cuando alguien pone sus miedos en manos de Dios, casi como por arte de magia, llega la paz y la fortaleza. Lo extraordinario de la Sagrada Escritura es descubrir con qué claridad se presentan, junto con las cualidades de sus protagonistas, las debilidades y los errores (y pecados) de aquellos que son escogidos por Dios a una vocación específica. La condición humana no es un obstáculo para que actúe la gracia, sino que es la condición necesaria para que sea elevada al orden sobrenatural. ¿No nos estamos preparando, en este tiempo de Adviento, para ser testigos de cómo Dios se hace hombre?

Lejos de cualquier maniqueísmo, damos gracias a Dios por ser como somos (con nuestras virtudes y nuestros defectos). Nuestras aspiraciones no pueden ceñirse al simple tener, sino que hemos de buscar constantemente la manera con que nos vamos conformando a lo que Él quiere de nosotros en cada momento. Rectificar nuestra intención, por ejemplo, es signo de que no nos buscamos a nosotros mismos, sino que sabemos poner a Dios en nuestros afanes, alegrías (también sufrimientos) de cada jornada.

El profeta de nuestros días no es un ser raro ni extraño. Son hombres y mujeres normales, que luchan con serenidad, pero con tenacidad (en primer lugar consigo mismos). No se rinden ante las adversidades, sino que saben que es Dios quien ha vencido al pecado y a la muerte, y, por eso, ven la misericordia divina detrás de cualquier contratiempo o contrariedad. No huyen de las dificultades, sino que ponderan con el juicio y la prudencia el alcance de sus acciones… y, sobre todo, son gente de oración, que renuevan en el encuentro personal con Dios sus fuerzas para seguir hacia adelante, sin mirar atrás… siempre habrá una estrella de Oriente que les ilumine en los momentos de oscuridad e incertidumbre.

“Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”. Cristo, Mesías y Profeta por antonomasia, va delante de cada uno de nosotros. No quiso reservarse ningún sufrimiento ni humillación. ¿Por qué, entonces, preocuparse? Nuestra debilidad es la garantía de la actuación de Dios, porque será la ocasión en la que Él brille de manera singular. Así lo hizo con San Juan Bautista (a quien el Señor pone constantemente de ejemplo), que se dejó la piel (¡y la cabeza!) por amor a la voluntad de Dios, sin importarle los criterios humanos. Miramos también a la Virgen, que sin pregonar a los cuatro vientos su condición de Madre de Dios, fue también profeta para los que ahora contemplamos la hermosura de su obra: el Hijo de Dios, Profeta y Rey.

EL PELIGRO DE LA IGNORANCIA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 48, 17-19; Sal 1, l-2.3.4 y 6 ; San Mateo 11, 16-19

Saber escuchar es algo más que una actitud de urbanidad. El que está atento, sobre todo cuando hay necesidad de aprender, es capaz de asimilar y hacer suyo aquello que le dicen. Lo que de jóvenes no sabíamos, o no entendíamos por qué teníamos que “empollarlo”, conforme pasan los años, va adquiriendo una importancia trascendental. No se trata de métodos, ni de aprender sumas o restas, sino del valor que tiene en sí mismo el estudio y el aprendizaje. El hombre es un ser de hábitos y, como tal, ha de ir adquiriéndolos durante su vida (fundamentalmente en la adolescencia y la juventud), para llegar a ser libre y responsable.

“Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar”. Una de las grandes muestras de la pedagogía divina son los Mandamientos de la Ley de Dios. El hombre, herido por el pecado, necesitaba de redención. Habían quedado oscurecidas sus facultades, sobre todo el entendimiento y la voluntad, y era preciso recuperarlas para volver a entrar en armonía con su Creador (hecho a su imagen y semejanza). Cuando Dios dictó a Moisés el Decálogo, no pensaba en cómo someter al hombre para que fuera más obediente, sino cómo hacerlo más libre, y que su poder de actuación y sus decisiones no estuvieran simplemente guiadas por las pasiones y el impulso del momento. Las Tablas de la Ley no son negaciones, sino afirmaciones positivas del hombre hacia Dios (los tres primeros mandamientos), hacia los demás y hacia sí mismo (los siete siguientes).

Siempre que hemos violado alguno de esos preceptos (cualquiera de ellos), se ha encendido ese “piloto rojo”, denominado conciencia, dándonos a entender que había algo que no funcionaba en nuestros interior. Algunos dirán que nunca han sentido encenderse ese “piloto rojo” y, por tanto, no han tenido conciencia de haber quebrantado ninguna ley. Lo primero que hay que indicar es que los Mandamientos de la Ley de Dios no son otra cosa, sino la concreción del gran principio universal: “Haz el bien, y evita el mal”. Ningún ser humano puede estar ajeno a este principio, porque está inscrito en su interior desde siempre (incluso antes de nacer). El problema viene cuando la inteligencia queda oscurecida por la ignorancia a fuerza de hábitos contrarios a su propia naturaleza. Así, por ejemplo, alguien puede haber estado educado desde niño que lo correcto, a la hora de cruzar una calle, es hacerlo con el semáforo en rojo para los peatones… bueno, pues ya sabemos lo que le ocurrirá cuando tenga que hacerlo realmente, y en un día con mucho tráfico.

Es muy importante la educación y la formación. No podemos permitir que nuestra conciencia quede adormecida o empañada por la ignorancia y, mucho menos, con hábitos contrarios al bien último del ser humano. Muchos de los problemas que nos acucian diariamente vienen por no haber tenido una formación correcta. Otras veces, ha sido la dejadez, o la falta de preocupación, por parte de los educadores (padres, profesores…), la que ha provocado el que los niños, conforme van haciéndose mayores, causen tantos problemas, incluso (y cada vez con más frecuencia) haya que llevarlos al psiquiatra o al psicólogo.

“Los hechos dan razón a la sabiduría de Dios”. Efectivamente, la realidad es muy testaruda. El problema es que el hombre, en muchas ocasiones, lo es más. Y en ese pulso constante (hemos de reconocerlo), el hombre tiene las de perder. ¡Cuántos problemas nos evitaríamos si buscáramos el querer de Dios, antes que el nuestro! Aprende de la Virgen, ella fue obediente hasta el final… y nunca dijo que esa obediencia (¡ese saber escuchar!) era privación de su libertad, al contrario, ninguna criatura ha sido tan libre como Ella.

noviembre 2017
L M X J V S D
« Oct    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930