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RECIBIR PECADORES Y COMER CON ELLOS

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Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19 ; Timoteo 1, 12-17; san Lucas 15, 1-32

“En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publícanos y pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este recibe pecadores y come con ellos”. Esta actitud del Señor, que es ciertamente criticada por los “intelectuales” de la época, “los fariseos y los escribas murmuraban”, nos dice el Evangelio de la Misa de hoy, es, sin embargo, una enseñanza del Señor que debemos seguir aprendiéndola hoy también nosotros.

A todos nos gusta ser colocados en los primeros puestos, a todos nos gusta estar con personas importantes, o al menos vemos como muchos gustan de fotografiarse con los así llamados “famosos”, nos sentimos atraídos por las vidas de la gente de la televisión, del cine o de la farándula; ahí están para demostrarlo la profusión de programas que se alimentan de la trapisonda, de la murmuración, del cotilleo, diríamos en una palabra; jugando tantas veces con las vidas y la intimidad de las personas. A nadie le interesa estar con la gente pobre, sencilla, los “pecadores”, como nos dice el Evangelio a los que precisamente éste, Jesús, “recibe y come con ellos”.

Este mundo de hoy está vestido de plumas, de confeti, de serpentina, de oropel, de apariencia, de vanidad. Lo que importa es poseer, tener, que crean que uno vale mucho, impresionar, sorprender; divertirse, pasarlo bien. Y se huye del trabajo constante, de rezar, de la ayuda a los demás, de la generosidad, de consolar, de acudir a quien lo necesita, de “recibir a pecadores y comer con ellos”. Comer siempre es “compartir” con el prójimo.

Hay unas mujeres, en el mundo actual, éste al que me acabo de referir, que son todo lo contrario. Las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta, son un ejemplo, a quienes quizá seguro conoces bien. Pero junto a ellas, tantas otras hermanas, religiosas la mayoría, aunque también haya a veces laicos, pocos, que sí están “con ellos”, con los pecadores, con lo que a veces llamamos nosotros la escoria del mundo, lo despreciable, lo infame, lo vil.

¡Qué ejemplo son para nosotros aquellos que siguen tan de cerca a Cristo! Tan de cerca, que lo imitan en lo que todos deberíamos imitarle. Ciertamente no todos podemos tener esa vocación de entrega al prójimo, tan aleccionadora y radical, como vemos en almas de tanta finura y sensibilidad hacia los demás, que incluso dejan todas las cosas –como Jesucristo animaba a quienes les querían seguir— y se dedican a ser la luz del mundo. Faros que alumbran en los puertos a los que, si siguiéramos su ráfaga luminosa, nos ayudaría a encontrar muchas veces el sentido a ésta vida.

Es verdad: no todos podemos darnos de igual manera, ni nos pide el Señor esa entrega. Pero sí nos pide el Señor a todos que nos despojemos de tanta frivolidad, de tanta futilidad y superficialidad; que miremos el modo de ayudar más a los demás, quizá con nuestro tiempo, nuestro dinero (más allá del que nos sobra), ayudando precisamente a esas almas delicadas.

Que te intereses por cosas serias, que busques, quizá en tu propia casa, con tu familia, el modo de ser esa alma que está atento a las necesidades de los demás. A veces el más necesitado puede ser un hermano tuyo, un pariente próximo al que deberías ir a visitar: “comer con ellos”.

EL CENTRO DE NUESTRA EXISTENCIA

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Corintios 10, 14-22; Sal 115, 12-13. 17-18 ; san Lucas 6, 43-49

“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” La Eucaristía es ahora motivo para san Pablo para hablarnos de nuestro compromiso con Dios. Incluso se dirige a nosotros “como a gente sensata”. Vivir como hijos de Dios es incompatible con poner el corazón en las cosas del mundo. Dios lo pide todo. Pero no se trata de luchar contra una especie de esquizofrenia, o una doble personalidad, sino de entender lo que significa que Dios entra en mi vida, en cada uno de sus aspectos y circunstancias.

Dios no busca hacernos las cosas difíciles. Más bien, al contrario. La Encarnación del Hijo de Dios es la manera de darnos a entender que Él, asumiendo todas nuestras limitaciones (excepto el pecado), ha querido redimir todas esas situaciones nuestras para que queden, definitivamente, elevadas al orden sobrenatural. Dios no quiere que renunciemos a lo que tenemos y somos, sino que las “hagamos” divinas. Por eso, la oración, los sacramentos, la vida de piedad, el desprendimiento, el servicio a los demás, etc., tienen tanta importancia en nuestra vida para corresponder a la multitud de gracias que recibimos de Dios, y así unirnos a Él.

La Eucaristía es el “motor” y el centro de gravedad de toda esa acción de Dios en nuestras almas. Es el culmen de la vida cristiana. Toda nuestra existencia debería girar alrededor de ese sacramento. San Pablo, en nombre de la Eucaristía, nos dice que no tiene sentido la “idolatría”, ya que “formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. Es en la Eucaristía donde nos unimos realmente a Cristo, y donde nuestra vida adquiere el sello de lo divino. Cualquier acción nuestra, si estamos en gracia de Dios, repercute positivamente en ese “cuerpo” que es la Iglesia, y redunda en la salvación de los hombres.

“Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza”. El sacrificio perfecto que supone el realizado por Cristo en cada Misa, es también nuestro propio sacrificio. Nos unimos a ese sacrificio, en cuerpo y alma, porque sólo Dios puede llevarlo a cabo hasta el final. Nos fiamos de sus palabras y de su acción. No significa que tengamos que tomar una actitud pasiva ante lo que celebramos, sino que el misterio de la Eucaristía ha de traspasar de tal modo nuestra existencia, que ya todo lo que hagamos, pensemos o digamos, ha de tomar un cariz distinto. Todo tiene ahora el “sabor” de las cosas de Dios. Incluso lo que nos molesta, nos hace padecer, o nos contraría, queda unido a la Pasión de Cristo que culmina en la Cruz, y que fue anticipada en la Última Cena, cuando Jesús instituyó la Eucaristía.

“¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo?”. Aquí nos da Jesús la clave de tantas contradicciones en las que caemos. No podemos vivir una doble vida. Hablamos de “nuestras” devociones, “nuestros” sacrificios, “nuestras” Misas… y “nuestros” crucifijos colgados en el pecho, o en cualquier habitación de nuestra casa. En cambio, lo que Jesús nos pide va más allá de lo “nuestro”. Se trata de confiar plenamente en Él, aunque en ocasiones no entendamos por qué. ¿No dijo Jesús en el Huerto de los Olivos: ‘No se haga mi voluntad, sino la Tuya’? ¿Nos da miedo dejar que Dios actúe en nuestra vida?… Piensa que, en cada Eucaristía, te unes a Dios más allá de los limites de tu propia carne y, por tanto, de tus pecados. Por eso, es tan importante amar apasionadamente el sacramento de la Confesión… ese lugar privilegiado del encuentro con la misericordia divina donde, alcanzado el perdón de Dios, puedes unirte más eficazmente al sacramento de la Eucaristía

La Virgen supo unirse a la voluntad de Dios, como ninguna criatura jamás lo hizo o lo hará. Ella permanecía en oración, junto con toda la Iglesia, el día de Pentecostés. Y lo que los apóstoles empezaron a comprender a partir de ese momento, la Madre de Dios lo había llevado en su corazón y en su vida cada día, cada hora…. y cada segundo de su existencia, porque es la llena de gracia. Su seno fue el primer Sagrario del mundo, donde Dios quiso comenzar la redención de la humanidad.

COSAS DEL AMOR AL SACERDOCIO

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Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83, 3. 4. 5-6. 12 ; san Lucas 6, 39-42

“¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. Este suspiro de san Pablo creo que lo compartimos muchos sacerdotes (No sé cómo saldrá este comentario, pero “me apetece” muchísimo hacerlo… en fin, ¡allá va!).

Para empezar, todo el texto de la carta a los Corintios de hoy no tiene desperdicio. Así, que te aconsejo que lo leas, lo releas, lo medites…y lo lleves muchas veces a tu oración personal. No se pueden decir las cosas tan del corazón y, a la vez, ser tan de Dios.

Creo que todos los que hemos recibido la extraordinaria gracia de la vocación sacerdotal (por lo menos, a mí me pasa), experimentamos, cada día en la Eucaristía, la enorme fuerza del poder de Dios en nuestras pobres manos. Puedo asegurar que, en ocasiones, casi puedo “masticar” esa presencia divina, y me entran verdaderas ganas de llorar (de alegría, y de vergüenza a la vez). ¿Cómo es capaz Dios de hacer semejante locura, y hacerla tan asequible al hombre? Bueno, pues ésta es la raíz del anuncio del Evangelio. Sin ser motivo de orgullo personal, nos encontramos los sacerdotes con la grave obligación de “dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio”.

Lo que hemos recibido gratis, hemos de darlo gratis. Ése es el gran discurso de la gracia y de la misericordia divinas. El sacerdote se ha puesto en manos de Dios libremente, y se ha hecho servidor de cada uno de los hombres para ganarlos a la vida eterna. Desde la Eucaristía hasta el sacramento de la Reconciliación (pasando por la predicación, la catequesis, la administración de otros sacramentos, etc.), somos dispensadores de los grandes tesoros del Cielo que ningún ser humano, aquí en la tierra, jamás podría soñar alcanzar.

“Ya sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio”. La meta del Cielo no es una utopía para contentar a los “tontos”. Tú y yo sabemos dónde hemos de poner el corazón (aunque, una y otra vez, experimentes el barro de tus caídas, y muerdas el polvo de tantas miserias), y sabemos que ninguna ciencia humana nos va dar una respuesta clara y nítida, como la da el Evangelio. Por eso, todos a una, gritamos con san Pablo: “¡Corred así: para ganar!”. ¿Privaciones?, ¿renuncias?, ¿críticas?, ¿malas miradas?, ¿levantarse continuamente?… ¡y qué! No nos dirigimos al Cielo por un hecho fortuito del destino. La recompensa que Cristo te ha prometido no hay que pedirla por catálogo, ni suplicarla como el que espera un premio de consolación. La sangre preciosa de la Redención, ganada por Cristo en la Cruz, te alcanza esa meta… y mucho más, infinitamente más.

“Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro”. Pues bien, cada a uno a lo que tiene que hacer (estudiar, trabajar, ser buenos padres, mejores hijos, desprendidos ciudadanos…), que ya vendrá la “hora” para cada cual. No pienses que lo que a ti se te encomienda desmerece de lo que puedan hacer otros… nunca hagas caso de esas aureolas humanas, que parecen deslumbrar, pero que al final acaban en nada. Los triunfos para Dios. Lo demás, “ni ‘fu’, ni ‘fa’”. Y, como decía un amigo sacerdote, “si hubiera que decir algo, sería más bien ‘fu’ que ‘fa’”… ¿entiendes?

Por lo demás, el mayor fuego que hubiera deseado poner en este comentario lo dejo en manos de mi Madre… Ella, con su acostumbrada ternura, me mira con una sonrisa. Lo demás, ¿qué más da?

EL SABER NO OCUPA LUGAR

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Corintios 8, lb-7. 11-13; Sal 138, 1-3. 13-14ab. 23-24 ; san Lucas 6, 27-38

“El conocimiento engríe, lo constructivo es el amor”. Todos recordamos ese famoso dicho que dice: “El saber no ocupa lugar”. Es gratificante, y nos llena de orgullo, observar cómo el progreso científico y técnico en el último siglo ha dado saltos de gigante. Las nuevas tecnologías, los medios de transporte, los avances médicos, etc., ponen de manifiesto cómo el saber del hombre, llevado a la práctica, puede realizar grandes proezas. La pregunta sería: ¿es ésta toda la sabiduría a la que aspira el ser humano? O, quizás, ¿se trata sólo de un pequeño aspecto del saber? Existe otra sabiduría, que es un don del Espíritu Santo, y que abarca la totalidad de lo creado, y no sólo aspectos parciales o especializados de la realidad.

Hay una experiencia universal evidente: cuando el hombre se aparta de Dios, el conocimiento se transforma en engreimiento. Cuántas filosofías y formas de pensamiento que se han declarado autónomas respecto a su Creador, en esa presunta independencia, se han vuelto contra el propio hombre. En muchos momentos de la historia hemos creído romper la barrera del ser dominados, para entrar en el domino de la naturaleza, por ejemplo. Pero la respuesta ha sido, en último término, darnos de bruces con la “testarudez” de la realidad, porque siquiera hemos comenzado a conocer un mínimo de la insondable realidad que nos rodea, y ya la propia naturaleza nos viene con sorpresas que escapan a todo control humano (terremotos, cataclismos, la vejez, el origen de la vida, la propia muerte… Por no hablar de otros sucesos, que vienen de la mano del mismo hombre, como son las guerras, los azotes del terrorismo, etc., y de los que también pedimos una explicación). Como dirá el propio san Pablo: “Quien se figura haber terminado de conocer algo, aún no ha empezado a conocer como es debido”.

Más que llenarnos de pesimismo, nos debería de llenar del santo orgullo de lo que recibimos de Dios. Sólo en Él se encuentra el conocimiento y la sabiduría. Es más, Dios la da a los sencillos de corazón, a los que, lejos de presunción y vanagloria, buscan su voluntad por encima de cualquier interés. Más allá de cualquier matiz de la sabiduría humana, se encuentra la respuesta al propio sentido de nuestra vida, y el por qué estamos aquí, y en este instante de la historia.

El único saber que no ocupa lugar es el de Dios. Pregúntate, sinceramente, si le has pedido alguna vez al Espíritu Santo el don de la sabiduría. Te asombrarás de los resultados. Se trata de una pequeña semilla, invisible a los ojos, pero que Dios hace crecer en tu interior, para que tus dudas, perplejidades y contrariedades, dejen paso a ese hermoso fruto que te hará saborear lo divino que hay en el orden de lo creado, incluso en medio de tanta dificultad. La huella de Dios se muestra extraordinariamente palpable cuando todo se mira desde su eterno designio… nada se escapa a su mirada y a su saber, ¡nada en absoluto!

Un principio de su sabiduría nos la muestra Jesús en el Evangelio de hoy: “A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que
os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Saborea por unos instantes estas palabras del Señor en tu corazón. De la misma manera que ese vino de crianza, que sólo al descorcharse ya desprende un olor agradable y penetrante, te resultará extremadamente apetecible al paladar del alma… y ese instante durará todo el tiempo que quieras. Deja que esas palabras calen hasta los “tuétanos” de tu corazón. Irás percibiendo, por ejemplo, que la misericordia de Dios es algo muy distinto a una pasión sentimental, o una afectividad pasajera. Conocerás por qué el Amor de Dios sólo se explica desde la Cruz… y querrás quedarte ahí por mucho tiempo…, sin querer “saber” nada más.

¡Madre de mi alma!, de ti se puede decir, como de nadie, las palabras de tu Hijo: “Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. ¡Llena de gracia!, ¡llena del Espíritu Santo!… Rebosas de sabiduría divina, porque en la infinitud de tanta humildad se “encaprichó” el Amor de Dios.

EN EL MOMENTO DE LA CONTRADICCIÓN

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Miqueas 5, 1-4a; Sal 12, 6ab. 6cd ; san Mateo 1, 18-23

“Porque yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio”. Quizás muchos no encuentren motivos para estar alegres, sobre todo si tenemos en cuenta tantos acontecimientos (nacionales e internacionales), que nos ensombrecen con sus funestas noticias. Pero hoy, por ejemplo, estuve charlando con una religiosa que está pasando “lo suyo” con una serie de calamidades físicas, y me mostró un talante que me ha admirado. Es una persona activa, y dedicada en cuerpo y alma a servir a la Iglesia. Sin esperarlo, ha sufrido unos percances que le obligarán a someterse a alguna operación quirúrgica que, además, le impedirá trabajar durante un tiempo y con la naturalidad acostumbrada, en sus actividades cotidianas. Me decía que una de las cosas que observa su institución religiosa es la de ver la enfermedad como un don de Dios. Un regalo, en definitiva, donde no sólo se actúe con resignación, sino con espíritu de agradecimiento por unirse más “realmente” a Cristo. Y me pregunto, ¿cómo explicamos esto a los que no tienen fe?

Unirse a la Pasión de Jesús no es solamente leer los Evangelios con devoción y piedad, llorando por lo que sufrió el Señor. Cuando llega el momento de la contradicción (un cambio de planes, una enfermedad, la muerte de un ser querido…), es entonces cuando hacemos “carne de nuestra carne” la vida de Cristo en la nuestra. Más allá de soportar las cosas, está el buscar con “ansia” cómo Dios se manifiesta plenamente en mi vida. ¡Qué fácil cuando el dolor es ajeno (un consuelo, una palmadita… o “te encomendaré en mis oraciones”), y qué angustia cuando nos toca a nosotros (“¿qué he hecho para que me suceda a mí?”)!

Los discursos dejan paso a los sentimientos más profundos. Hoy también me ha llamado una buena amiga de un instituto secular, diciéndome que acaba de fallecer su padre. Me decía que lloraba más por el cansancio (se sentía humanamente rota) de todos estos meses de haber estado luchando junto al sufrimiento callado de su padre (nunca se quejó, a pesar de su dolorosa enfermedad), y que tenía la plena confianza de que él se encontraba ya contemplando con alegría el rostro de Dios… Los dos últimos días su padre le hablaba del Cielo, y de las ganas que tenía de encontrarse con la Virgen. Esto es vivir el cristianismo con heroísmo. No son certezas matemáticas las que están en juego, se trata de la vida personal de cada uno, y de lo que hay verdaderamente en juego: nuestra salvación y la de los demás.

“Él salvará a su pueblo de los pecados”. Ésta fue la explicación que recibió san José acerca del hijo que esperaba María. Sonrío al pensar en la cantidad de promesas que recibimos todos los días, a través de la televisión, la radio o la prensa, y que nos auguran un incremento de felicidad o un mayor bienestar. Y después, ¿qué? Dios fue preparando a lo largo de los siglos la venida de Cristo. Fue anunciada por profetas y reyes durante generaciones y, a pesar de ello, el recibimiento que obtuvo, por parte de los hombres, fue la muerte de niños inocentes en Belén. José tuvo que llevarse a la Virgen y al Niño a Egipto para huir de la persecución de Herodes, vivieron durante años en silencio… y, una vez que Jesús anunció en qué consistía su misión, buscaron la manera de llevarlo a la muerte lo antes posible. Sin embargo, a pesar de los continuos obstáculos de los hombres, Dios sí que sigue cumpliendo sus promesas hasta el final.

Acudimos a la Virgen para confiarnos plenamente a ella, sabiendo que cualquier contradicción que tengamos, por pequeña que sea, pasará por su manos de madre… y tendremos paz en nuestros corazones.

LA JUSTICIA DE DIOS

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Corintios 6, 1-11; Sal 149, 1-2. 3-4. 5-6a y 9b ; san Lucas 6, 12-19

“¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo?”. Esta sentencia de san Pablo podría sonar un tanto pretenciosa para algunos, pero… es verdad. Si pudiéramos “asomarnos” siquiera un poco a un alma en gracia, entenderíamos lo que significa el poder que Dios deposita en esa criatura con la que convive tan connaturalmente.

Hemos sido testigos estos días del dramático episodio en un colegio de Osetia del Norte (en Rusia). Cientos de niños han muerto a manos de terroristas que querían provocar un chantaje en toda la regla. Los nervios, la precitación… pero, sobre todo, el odio y el fanatismo han sido la causa de que inocentes hayan cargado con la culpa de “cuestiones de mayores”. Hablaba el apóstol de los Gentiles de cómo administrar justicia sin involucrar a quienes nada tienen que ver con la Iglesia. Sin embargo, cuando en nombre de Dios se cometen tropelías que van más allá de lo imaginable en el hombre, es hora de preguntarse a qué destino nos encontramos abocados.

Por mucho que digan algunos, Europa aún vive de las rentas de haberse enraizado en el cristianismo. Por eso, desde nuestra perspectiva, aún nos parece más cruel todo ese tipo de sangrías que no tienen justificación alguna. Los cristianos estamos llamados a vivir en gracia, y dar testimonio con nuestras acciones y palabras. No podemos renunciar a lo único que nos da verdadero calibre para juzgar los acontecimientos del mundo: Cristo.

“¿No os da vergüenza?”. Pues sí, y en ocasiones mucho más que vergüenza: indignación. Pero ya no por la actitud de otros, sino por la nuestra personal. Dice san Pablo: “Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria”. ¿Nos hemos parado a pensar cómo en esos “asuntos de la vida ordinaria” ponemos a Dios? No nos sirve lamentarnos por tanta atrocidad e injusticia, si nos comportamos, en primer lugar, injustamente con nosotros, y con los que tenemos cerca. ¿Me preocupo por vivir en gracia de Dios? No vale la respuesta de que uno no va cambiar el mundo. Eso es mentira. ¡Cambia!, y tu ambiente cambiará. Y cambiarán otros, y otros… hasta que brille la luz de Cristo en todas las almas.

“Sabéis muy bien que la gente injusta no heredará el reino de Dios”. Para muchos no servirá de consuelo esta aseveración del Apóstol. Pero, si he de decirte la verdad, lo demás “me importa un bledo”. Seguiré actuando y denunciando la injusticia en el mundo, pero siempre teniendo como Norte que todo ha de ser para gloria de Dios. Los hombres no nos equivocamos una vez, más bien diría que casi siempre. Lo que nos salva, una vez más, es que Cristo ha dado “la cara” por ti y por mí. Moraleja: Deja la demagogia para otros, y tú sigue construyendo ese reino de Dios con tu entrega, tu generosidad, tu sacrifico, tu renuncia…. ¡ésos son los auténticos pedestales desde donde realizamos las denuncias que tienen eficacia divina!

“En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios”. Jesús realizó muchos milagros y muchas curaciones. Pero no hemos de olvidar que, aún siendo Dios, pasó horas y horas orando ante su Padre. ¡Qué le importaban al Señor los aplausos de los que eran testigos de sus prodigios!… Lo único que quería era la conversión de esos corazones (también los nuestros) tan duros de “mollera”, y captar el verdadero mensaje: “Si quieres, tú también puedes salvarte”.

Pedimos a Dios por esos inocentes muertos en el brutal atentado de Rusia, y también imploramos de Él su infinita misericordia, por la conversión de tantos terroristas que aún no han conocido la verdadera justicia de Dios. María, la Virgen, tuvo que se testigo de otro brutal asesinato: el de su propio hijo. Ella entiende el dolor de tantas madres que ahora, llenas de desconsuelo y rabia, piden una explicación. La Virgen lo guardaba todo en su corazón, porque sabía que el designio de Dios es mucho más fuerte que el del hombre. Es lo que los cristianos llamamos Providencia divina.

¡QUE VIENE EL COCO!

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Corintios 5, 1-8 ; Sal 5, 5-6. 7. 12 ; san Lucas 6, 6-11

En una reunión de amigos, donde el espectro de pensamiento, condición y estado, era bastante variopinta, alguien comentó acerca de la existencia del demonio como algo típico para asustar a los niños. Como cuando de pequeños, para que nos fuéramos pronto a dormir, nos decían: ¡Hay que irse ya a la cama porque, si no, vendrá el “Coco” y te comerá! Yo, como sacerdote, no sólo di mi opinión, sino que yendo directamente a los Evangelios, argumenté presentando esos momentos en los que el Señor habla de la existencia del diablo… y no es precisamente para tomárselo a broma.

No me imagino a san Pablo, intentando disuadir al individuo de la comunidad cristiana que nos relata hoy en su carta a los Corintios, amedrentándole con historias para niños: “Con el poder de nuestro Señor Jesús he entregado al que ha hecho eso en manos del diablo”. Es lo que se denomina excomunión. Apartar al que ha realizado semejante abominación de la comunión con la Iglesia. Pero aún más, entregándolo al poder de las tinieblas. ¡Vamos!, que escuchamos al Santo Padre, o a algún Obispo de la Iglesia Católica, formular semejante condena en nuestros días, y ya nos encontraríamos, no sólo con acusaciones de “reaccionarios”, “trasnochados”, “aparcados en el medioevo”, etc., sino que, incluso, alguien acudiría al Tribunal de la Haya por semejante atropello. Todo esto, si antes, no se nos toma por locos.

“Ese orgullo vuestro no tiene razón de ser”. Tanto el amigo que me hablaba del “Coco”, como aquellos que se mofan de los contenidos de nuestra fe Católica, están pero que muy equivocados. ¿Alguien quiere que le demuestre la existencia del demonio? Que cada uno mire en su interior y vea. ¿Rencor?, ¿amargura?, ¿odio?, ¿desesperanza?… Te estás dando la respuesta. Aunque, como decía el Papa, la mejor manera de demostrar la existencia del diablo es asegurar que no existe.

No estoy diciendo que vivamos en medio de gente poseída por el diablo (?), pero aquel que piense que no ha de tener a Dios en su alma, tiene que saber que “otro” ha de ocupar ese lugar inexorablemente… El alma, mi querido amigo, no es un invento de “beatas”, es un “lugar” creado por Dios para que inhabiten el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cualquier otro “personajillo” (y la soberbia es el camino para ello) que lo ocupe, no hará más que estorbar la acción de Dios.

“Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia”. Dios no quiere el mal para nadie. Ni siquiera lo quiso para Lucifer. Pero la libertad tiene ese gran poder: O amamos a Dios, o “amamos” al maligno. No hay término medio. Puede venir, sin embargo, el listo de turno, diciendo que ni ama a uno ni a otro, que, simplemente, se ama a sí mismo. ¿Crees, de verdad, que tienes el suficiente poder para mantenerte en la existencia eternamente? Mientras que el cuerpo tiene fecha de caducidad, el alma ha sido creada para la eternidad, y llegará el momento en que reclame ese cuerpo que abandonó “temporalmente”. Y lo que hayas decidido en esta vida, será lo que te acompañe para siempre: Dios o…

“Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús”. Esto es lo que ocurre cuando se nos acaban los razonamientos: nos ponemos hechos una fiera. Desearíamos en muchas ocasiones que Dios pensara según nuestros criterios y pareceres. ¿No resulta todo tan matemáticamente evidente cuando las cosas salen según nuestros planes? Pero viene la contradicción, se acabaron las respuestas, y comienzan los grandes interrogantes e inquietudes sin resolver.

Cristo, no es que nos dé todas las respuestas, sino que Él es la única respuesta… Durante estos días venimos leyendo en el Evangelio las veces que Jesús expulsa demonios, y cómo ellos lo reconocen como el Hijo de Dios. ¿Seremos incapaces de ver el bien que realiza Cristo en nosotros, y que sean “otros” quiénes nos lo recuerden?

¡Ah!, y esta noche, cuando vayas a acostarte, recuerda rezarle a la Virgen. Verás como el “Coco” te dejará en paz.

¿ENCONTRARÉ NOVIO ESTE AÑO?

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Sabiduría 9, 13-18; Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 ; Filemón 9b-10. 12-17; san Lucas 14, 25-33

“¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?”. Se trata de una regla que nunca falla: Cuando el hombre deja de acudir Dios, busca refugio en otros recursos. Llámese astrología, cartas, espiritismo, etc. Toda una parafernalia que, a modo de sucedáneo, pretende ocupar el lugar de lo divino. Así, por ejemplo, los especialistas del tarot están dispuestos a encontrarte novio (siempre que las cartas estén bien dispuestas), o a predecirte que pronto encontrarás trabajo, o que tu salud se verá fortalecida. Aparte de la manipulación (y el pingüe beneficio que se llevan algunos a costa de la “ingenuidad” de otros), lo dramático está en la condición de toda persona que anhela un poco felicidad, sabiendo que lo que se ofrece es mentira. Preferimos gastar unos cuantos euros para que nos regalen los oídos, antes que ponernos de rodillas ante el que es nuestro Creador y Señor.

Tiene razón el libro de la Sabiduría: “Los pensamientos de los mortales son mezquinos, y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo mortal es lastre del alma”. Porque, ¿cómo pretendemos conocer a Dios, si antes ni siquiera sabemos quiénes somos? Reducir lo humano al puro utilitarismo o al beneficio inmediato, es tratar al hombre como un saco de patatas. Lo que destella en cada persona, haciéndola verdaderamente hermosa, es el resplandor de lo divino que hay en su alma. Algunos dirán: “Si no lo veo, no lo creo”. ¿Vemos, acaso, al amor paseando por la playa? ¿Somos capaces de escuchar a la felicidad dándonos los buenos días? ¿Pretendemos tomar un café con el honor, la fidelidad o la justicia?… Todas estas cosas no se ven, sin embargo, funcionamos con ellas como si fueran de lo más conocido por nosotros. ¿Cuál es el problema? Cuando esos principios han sido adulterados, entonces los encarnamos de cualquier manera, perdiendo su belleza y sentido originales. Pervertimos el amor cuando lo reducimos a simple placer. Nos engañamos con la felicidad al transformarla en hedonismo. Traicionamos a la justicia cuando buscamos nuestro egoísta interés…

“¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?” La sabiduría que Dios nos promete sólo la pueden alcanzar los sencillos de corazón. Desde ahí empezaremos a descubrir la huella de Dios en sus criaturas y, sobre todo, su acción en nuestro interior. ¡Claro que veremos a Dios con nuestros sentidos! Ya que todo está impregnado de su presencia, y cualquier acontecimiento nos llevará hasta Él: alguien que nos sonríe, la contemplación de un amanecer, una persona que sufre, una alegría compartida con los que queremos… Todo nos lleva a entender el designio de Dios, y lo que Él quiere para cada uno de nosotros.

“Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna”. Cualquier satisfacción humana, por muy grande que sea, siempre será una leve sombra respecto a lo que Dios nos da. Quizás te siga pareciendo más necesario que la astróloga de turno te vaticine un novio antes de fin de año. Piensa que, aunque Dios no te provea del “príncipe azul” anhelado, Él es el rey de tu vida, llenándotela de amor constantemente… lo demás (si ha de venir), vendrá por añadidura

“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. También aquí se podría añadir lo del novio, pero el mensaje de Jesús tiene una mayor hondura. Sólo en Él se alcanza la plena felicidad, y el sentido de todas las cosas. Y, si no, pregúntaselo a la Virgen. Por encima, incluso, de ser Madre de Dios, se encontraba su condición de haber sido la primera discípula de Cristo… cumpliendo la voluntad de Dios, de manera admirable, en ese instante en que recogió entre sus brazos a ese Hijo querido cosido a una Cruz. ¿Sigues sin reconocer a Dios en tu vida?

TOMAR PARTIDO

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san Pablo a los Corintios 4, 6b-15 ; Sal 144, 17-18. 19-20. 21 ; san Lucas 6, 1-5

“¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?”. ¡Cuánto nos cuesta ponernos en el sitio que nos corresponde! No se trata de herir ningún tipo de sensibilidad, pero a veces nos comportamos como esos niños que responden ante la mínima contradicción: “¡Pues ahora no juego!”… y se van a casa llorando. Nuestros lloros, sin embargo, suelen ser más amargos. Sin llegar a exteriorizarse en muchas ocasiones, van minando interiormente la paz que creíamos tener asegurada. Es una desazón que nos hace vulnerables ante la menor crítica u opinión ajena a la nuestra. “¡Tantos años luchando para llegar a ser alguien!”… y volvemos a rumiar lo injusta que es la gente ante nuestra posición. Pero, ¿quién te crees que eres? Lo que tienes, incluso lo que nadie conoce que posees, en absoluto es tuyo. No es éste un alegato contra la propiedad privada, ni mucho menos intimidar la conciencia personal. Se trata de poner las cartas sobre la mesa, respondiendo con franqueza a qué damos verdadero valor: ¿quizás al dinero?, ¿tal vez a las influencias?, ¿la acumulación de poder?, ¿podría ser la fama?…

San Pablo, aquel apóstol al que se le manifestó el mismo Jesucristo para anunciar el Evangelio al mundo entero, responde con una cierta ironía ante aquellos que buscan un sitio de favor. Algunos de los primeros cristianos (ya se ve que en cualquier tiempo “cuecen las mismas habas”) van buscando su propio partido, establecen sus preferencias, o animan a otros a definirse con criterios exclusivamente humanos. La respuesta del Apóstol es contundente: “Nos tratan como a la basura del mundo, el deshecho de la humanidad, y así hasta el día de hoy”. Sólo les bastaría añadir un “¿y qué?”, como dando a entender la manera de perder el tiempo que empleamos en tanta tontería, y en tanta vanidad callejera.

Ayer me hablaba un amigo del “buen talante” con que se gastan algunos políticos en el Ayuntamiento de su pueblo. En beneficio del interés general, se han empeñado en poner todo tipo de obstáculos para la celebración de la Patrona del lugar, la Virgen de la Soledad. Algún que otro concejal, empeñado en proteger el medio ambiente y el orden urbano, ha creído conveniente disminuir la posibilidad de acceso hasta la Ermita, donde llega la procesión con la imagen de la Virgen. Por supuesto, todo esto va contra del deseo de la mayoría de la población, pero a favor de “otras” libertades (supongo que de los que suscriben semejantes ordenanzas). De esta manera, la libertad religiosa resulta ser un impedimento político de primera magnitud, porque lo que cuentan son los fines exclusivamente partidistas (aunque no exista mayoría). A todo esto lo llamaría (perdón por la expresión), “idiotez ilustrada”.

A veces a uno le entra la tentación de pensar que vivimos en un país de “tontos”. Ponemos obstáculos para la construcción de una vía de ferrocarril, porque justo en ese sitio un tipo de águila, que se encuentra en peligro de extinción, “pone” allí sus huevos. Sin embargo, nadie ve con malos ojos que cada vez prolifere con más “fervor” cualquier método abortivo, porque hay que defender los derechos de la mujer. ¿Es que nos han de obligar a tomar partido por la insensatez y la mentira? ¡Por favor, basta ya de tanto desprecio por lo poco que queda de dignidad en el ser humano!

La hipocresía de los que perseguían a Jesús obligaba a muchos a tomar partido. Es cierto que el Señor tenía respuesta para todos, y a muchos calló por su sola autoridad, que no era fruto de un ejercicio despótico de poder, sino del ejercicio del más elemental sentido común, que ya se ve tiene que ver mucho con Dios. Pero también resulta triste ver que, aquellos que vitorearon y agasajaron a Cristo, después tomaron partido junto a aquellos que le condenaron y le llevaron a la Cruz.

Lo que nunca podemos hacer tú y yo es presumir de lo que tenemos o somos. Lo que hoy es una bendición para muchos, mañana puede ser todo lo contrario. Por eso, el corazón ha de estar siempre ahí, junto a Jesús, aunque te desagraden sus llagas y su rostro malherido. Aprende de la Virgen, y besa con ella cada una de las heridas de su Hijo. ¡Qué buen “partido” sacaremos entonces!, porque habremos sido vencidos por y para el Amor.

SERVIR A CRISTO, SERVIR A LOS DEMÁS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

san Pablo a los Corintios 4, 1-5 ; Sal 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40 ; an Lucas 5, 33-39

“Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo”. Presumir de ser humildes es algo verdaderamente de necios. Pero los hay, sí. Recuerdo una conversación con un hombre de edad avanzada, que no hacía otra cosa que llenarse de calificativos humillantes: soberbio, traidor al amor de Dios, lujurioso, etc. En un momento de semejante “monólogo” le dije: “Es verdad, aún le falta mucha humildad para saberse querido por Dios”. Indignado, me reprochó el que le dijera semejantes palabras. Quién era yo para formularle tal acusación. Y se marchó.

No hay nada más sutil que creernos lo que no practicamos. Si son los demás los que deben aprobar nuestro comportamiento, ¿qué “pinta” Dios en todo esto? “Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor”. Valen estas palabras del apóstol de los Gentiles por otras que podrían quedar peor explicadas.

Tener como instrumento de la humildad el servicio a Dios, concretado especialmente en la disponibilidad hacia los demás, es la mejor de las maneras para olvidarnos de tantas tonterías que nos vienen a la cabeza. También las precipitaciones en nuestros juicios, y la manera de condenar la actuación de otros, es algo que, además de inútil, nos puede acarrear más de un problema. Recuerdo que, ya de pequeño, mi padre me decía: “De callar nunca te arrepentirás, de hablar muchas veces”. Nuestra tarea, como servidores de Cristo, es la de sembrar paz, prodigar la reconciliación, y animar con nuestra alegría a los que andan tristes y desconsolados. “No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor”, dice san Pablo. Cuánto avanzaríamos en nuestra vida interior, y cuánto bien extenderíamos a nuestro alrededor si, de verdad, nos preocupáramos por lo que le “preocupa” a Cristo: la salvación de las almas. Ya vendrá el tiempo del Juicio… mientras tanto, hay que servir, servir… y más servir, sin esperar el beneficio que obtendremos por ello.

“Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber”. Una vez más, los fariseos y escribas ponen a prueba al Señor. Esa es la actitud del que no tiene nada que dar y, en cambio, mucho que justificar. ¿Qué sentido tienen los agravios comparativos, sino el de demostrar ante los demás aquello de lo que carecemos? Duele mucho el ver cómo los que critican a la Iglesia y a sus pastores, lo hacen en nombre de la igualdad y de la justicia (también se dice que en nombre de Dios). No hay nada más sagrado que el amor de una madre y, por ende, el amor que a ella le debemos. Hagamos un sincero examen: ¿cómo amo a mi madre la Iglesia, y cómo hago por servirla en beneficio del bien de las almas? Existen multitud de maneras de concretar ese servicio, pero hay una que es especialmente eficaz: hablando bien de ella. ¿No he sido bautizado en su seno? ¿No he recibido la gracia de la fe por sus enseñanzas? ¿No persevero mediante los sacramentos que me dispensa?

Cristo no necesita defenderse ante nadie. Relata una parábola en la que invita a sus oyentes a disponerse a entrar en la “hora” de Dios. Es el tiempo en el que todo queda renovado y “tocado” por el Hijo del Hombre. Ya todo es gracia, y el que no se dé cuenta de ello, quedará como ese odre viejo: incapaz de retener el vino nuevo de la Redención que nos brinda Cristo… “A vino nuevo, odres nuevos”.

La Virgen intercedió en la Bodas de Caná para que a los novios no les faltase el vino. Su manera de servir parece pasar desapercibida. Sin embargo, no hay mayor eficacia que la de entrar en los designios de Dios con humildad… ¡la de verdad! Uno no se cree merecedor de nada, pero se sabe servidor de Dios, que es lo que cuenta para que “nuestras cosas” funcionen. ¡Gracias, Virgen María!, por enseñarnos a ser hijos en tu Hijo.

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