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IR POR LANA.

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Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33,2-3.6-7.17-18.19 y 23; Mateo 21, 28-32

Hay un refrán que dice: “ir por lana y salir trasquilado”. Se podría aplicar perfectamente a los sumos sacerdotes y los ancianos que, leíamos ayer, se acercaron a Jesús con la “extensión” equivocada. Tardarán todavía unas cuantas páginas del Evangelio en darse cuenta que Jesús habla de ellos. ¿Quién osaría decirles a la cara “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios”?. Seguro que pensaban que estaba hablando “de otros” no de ellos, que eran justos y buenos.
Estamos en Adviento. Repetimos en nuestras celebraciones “Ven Señor Jesús”. Si el día del Señor llegase ahora, según termines de leer estas líneas, ¿cómo te encontraría?. El Señor te juzgará a ti, no juzgará tu opinión sobre los demás, no va a compararnos para quedarse con el más bueno o el menos malo. Tal vez ya estés pensando en tu defensa, en lo que le dirás a Dios para justificarte: “Buenos, yo dije “Voy, Señor”, pero ya sabes lo complicada que es la vida, tenía otras urgencias, hice algo que Tú no me pedías…, pero que seguro que era mucho mejor, en el fondo yo quise bla, bla, bla,…”. Palabras y palabras que seguramente decimos con la vista baja, avergonzados, a ver si no son demasiado severos con nosotros. Pero atrévete a mirar entonces a los ojos a Cristo y comprenderás que “aquel día no te avergonzarás de las obras con que me ofendiste, porque arrancaré de tu interior tus soberbias bravatas”. Dejarás que sea Él tu abogado defensor, comprenderás que “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”, te sentirás “pobre y humilde” es decir, hijo pequeño de tan gran padre.
No esperes al día del juicio. En el fondo de tu corazón sabes perfectamente lo que Dios quiere de ti, cómo quiere que vivas, qué cosas tienes que arrancar de tu vida de una vez por todas, qué excusas te estás poniendo para no tomarte en serio tu ser hijo de Dios. Recapacita y ve a la viña, comienza a poner los medios. No es cuestión de fuerza de voluntad sino de la gracia de Dios: “no será castigado quien se acoge a él”.
“Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren”, resuena como el cántico del corazón enamorado de María cuando conoció el plan de Dios. ¿A que no te compensa pasarte toda una vida buscando lana (excusas para justificar esas acciones impropias de un hijo de Dios) para, al final, salir trasquilado?. Acude al corazón misericordioso de Jesús y busca un sacerdote para hacer una confesión íntegra, completa, humilde, auténtica, y la gracia de Dios irá haciendo el resto. Hoy puede ser el día del Señor, el día en que comiences a descubrir la felicidad. María ayúdame a quitar todo lo que me estorba para comenzar mañana a caminar hacia Belén y llegar hasta el Calvario y de allí a Dios.

LAS EXTENSIONES.

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Números 24,2-7.15-17a; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; Mateo 21, 23-27

Hace unos días mi ordenador decidió cambiar las extensiones de mis archivos. Las extensiones, como bien sabéis, son esas pocas letras colocadas tras el nombre del documento precedidas por un punto, del estilo: “.doc; .jpeg; .exe”. Están situadas al final del nombre, pero es lo primero que el procesador lee para utilizar el programa adecuado para abrir el documento. Si la extensión no es la correcta no se abrirá el documento.
Perfecto, pensaréis, este cura ahora, en vez de hablar de las lecturas, nos quiere colocar una clase de informática. No os preocupéis, no pierdo el hilo: contempla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo del evangelio de hoy cuando se acercan a Jesús. ¡Tienen la extensión cambiada!. Son incapaces de reconocer al Mesías, de reconocer la obra de Dios, de escucharle. Por eso Jesús les da el “mensaje de error”. Podría haber hecho un gran milagro en ese momento para hacerles creer, una manifestación cósmica y que el sol diese vueltas o quitarle veinte años de golpe a Caifás, pero seguramente ni aún así habrían creído. Intentaban abrir un documento de Dios con la extensión de los hombres, así que se quedaron como estaban: ignorantes.
En ocasiones a nosotros con Dios nos puede pasar algo parecido. Muchas veces en la dura experiencia de los funerales o la enfermedad me preguntan: ¿Por qué Dios permite esto?. En el fondo es la misma pregunta del evangelio ¿Quién le ha dado a Dios autoridad sobre la vida y la muerte, sobre mí o sobre mis seres queridos? ¿Quién se cree que es?. Estas preguntas presentadas tan descarnadamente, y que pueden sonar a blasfemas son, en el fondo, las que surgen de nuestra soberbia, de no dejar a Dios ser Dios. Dudamos si realmente “el Señor es bueno y recto” y que, a pesar de nuestras rebeliones, “su ternura y su misericordia son eternas”. Repite despacio: “Sé que Dios me quiere” y acércate a Dios como María, desde la humildad, dejándole hablar pues “enseña su camino a los humildes”.
Cuando te acerques al sagrario, cuando asistas a Misa, asegúrate de ir con la “extensión correcta”. No vayas para reprender a Dios, ni a juzgar al celebrante o a los que te rodean. Simplemente ponte en actitud humilde ante Dios y la Iglesia y dile despacio, con el corazón: “Señor, que no venga a pedirte cuentas, como los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, sino que esté ya escuchándote como aquellos personajes anónimos que oían atentamente tus enseñanzas”.
Dentro de poco llegaremos a Belén. Ésa es nuestra escuela de oración.

LOS INDISPENSABLES Y MI PRIMO EL DE ZUMOSOL.

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Sofonías 3, 14-18a; Is 12, 2-3. 4bed. 5-6 ; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

Hoy domingo seguramente te has levantado un poco más tarde de lo habitual. Tomas el café y piensas en lo que tienes que hacer hoy. Son tantas cosas y disponemos de tan poco tiempo… Pero te reto a que leas muy despacio las lecturas de la Misa de hoy.
¿Qué tienes que hacer hoy?. Ser feliz. Los domingos de Adviento nos hablan de la felicidad pues “el Señor está cerca”. Pero, pensarás, yo no siempre soy feliz: Tengo muchas preocupaciones, el trabajo me mata, estoy enfermo, tengo una casa que atender, ciertos compromisos…, pospondré el “júbilo” para cuando me “jubile”.
Seguro que has visto a niños pequeños que tienen hermanos mayores en el mismo colegio. Caminan con la seguridad del que se va a comer el mundo. Si algún otro chico se mete con él o le quita el balón en seguida le dice: “Que llamo a mi hermano” (o a mi primo el de zumosol) y sabe que está todo solucionado. Vive sin problemas en el colegio, todo está dominado, su hermano (o el primo de zumosol) acudirá presto si hay algún problema. Por el contrario el niño que no tiene amigos ni hermanos (ni tiene un primo cachas que echarse a la boca) se vuelve retraído, introvertido, tímido. No quiere problemas con los que son mayores y más fuertes aunque a veces él mismo abuse de los más pequeños y débiles.
¿Cuál es el secreto de la felicidad?. “Viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en su mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. El secreto de la felicidad es saber que no somos los mejores ni los únicos, ni tan siquiera somos indispensables para el buen funcionamiento del mundo. “¿Entonces, qué hacemos?”. Rezar. Cuando el sacerdote levante la Hostia en la Misa piensa: “El Señor está cerca”.Está ahí a unos pocos metros, estará físicamente en tu interior dentro de unos instantes, no lo mereces pero Él ha querido entregarse así. En esos momentos regálale todas tus preocupaciones, tus dolores, tus inquietudes, tus pesares, tus prisas… y descubrirás que sólo Él es indispensable. Si acaso te encuentras sin fuerzas escucha la antífona de comunión que el sacerdote dirá antes de acercarte a comulgar: “Decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que viene y nos salvará”. ¡Que gran hermano mayor!. Ahora caminaremos por el “colegio de la vida” sabiendo que tenemos quien nos custodie. Marcharemos con la seguridad de saber que no somos indispensables pero sí somos necesarios y queridos. Entonces no nos sentaremos en el rincón del patio de la “escuela humana” con miedo a qué dirán o con pánico a que se metan con nosotros. Haremos lo que tenemos que hacer, e incluso más, porque caminamos sin miedo sabiendo que “Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”. Será entonces cuando “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
¿Qué tienes que hacer hoy?. Busca la felicidad en Dios, que nunca es tarde para encontrarla. María es la mejor guía, síguela.

SMEAGOL Y GOLLÚM.

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Eclesiástico 48,1-4. 9-11; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; Mateo 17, 10-13

La desagradable criatura de “El señor de los anillos” tiene un preocupante caso de esquizofrenia aguda. Gollum- el antipático- tiene una voz fuerte, autoritaria que se impone sobre Smeagol- el debilucho- que, aunque a veces parece liberarse, acaba obedeciendo a su personalidad desagradable y hablando con esa vocecilla de bocina de Vespino. La voz es muy importante. Puede expresar convencimiento, fuerza, hastío, despreocupación, cariño, ira, desprecio, etc.
A veces oigo predicaciones- o me escucho predicar- con el mejor estilo de los perfectos pupilos de Smeagol: una voz cansina y desafinada, cuyos efectos son más que previsibles en el que escucha: es como quien oye llover, una vez terminada la lección se pasa “a otra cosa, mariposa”. Para esto los mismos curas hemos fijado una expresión: quien no mueve el corazón acaba haciendo que se mueva el trasero. Palabras que no generan una respuesta de entrega y sí un montón de toses que te parece celebrar en uno de los antiguos hospitales de tuberculosos. Parece que, para hablar de Dios y con Dios, hay que mirar a un punto en el infinito e ir convirtiendo la voz en un arrullo consolador que, vacíos los corazones, vacía las Iglesias. Parece que hay miedo a molestar a los que duermen, de incomodar a los acomodados, de que nos abandonen los que vienen a sestear en el reclinatorio.
Gollum tiene una voz desagradable. Insulta, echa en cara, ironiza sobre el débil Smeagol, todo lo ve negativo y sólo busca “su tesoro”. Hay predicaciones estilo Gollum. No convencen, humillan. No explican, confunden con tecnicismos. No inquietan sino que asustan. No convierten, trastocan la verdad.
Alguno estará ya pensando en sacerdotes que conoce o en su párroco. Pero tampoco hay que irse sólo a los sacerdotes, muchos nos predican todo el día y no exactamente de Dios. Tenemos muchas oportunidades, en diversos lugares y situaciones, de hablar de nuestra fe. Y podemos ser o Gollum, o Smeagol o mudos (que tal vez sea incluso peor). Cuando hables de Dios acuérdate de Elías “un profeta como fuego, cuyas palabras eran horno encendido”. Según hables de Jesucristo y la Iglesia así está tu corazón de enamorado.
Seguramente incluso así nadie te haga caso:“os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo”, pero sabrán que no los quieres engañar, que hablas de quien quieres porque los quieres.
Pídele a nuestra Madre del cielo que te ayude a ser fuego y cuando contemples dentro de unos días el nacimiento del Sol de Justicia veas “El retorno del rey” (de Reyes).

EL DERECHO A EQUIVOCARSE.

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Isaías 48,17-19; Sal 1, 1-2. 3.4 y 6 ; Mateo 11, 16-19

Vivir en una barrio con un amplio desarrollo urbanístico tiene muchas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes. Uno de los inconvenientes son los accesos. Cuando sólo existía un camino de entrada y de salida era sencillo ir y venir (una vez superados los atascos de entrada y salida). Ahora hay tres entradas, dos salidas, cruza una autopista y tiene conexión con dos carreteras de circunvalación. Los atascos siguen siendo los mismos, pero ahora existe la emoción de encontrarte una calle cortada, una dirección prohibida, una zanja en mitad de la calzada, etc. …Viviendo en esta zona es fácil encontrarse otra vez y retomar el buen camino (no siempre), pero como tengas que indicar a alguien de fuera cómo llegar, lo más seguro es que cenes tarde o tengas que salir a su encuentro.
Algo parecido pasa en nuestra vida espiritual. Cuando el ambiente, la sociedad, la familia o uno mismo vive en un ambiente cristiano, se le crea cierto “olfato católico”. Cuando una situación no es cristiana se puede dudar, pero al final se acaba uno situando y volviendo a casa. Sin embargo en muchos lugares hoy existe el desconcierto. No se ha vivido un ambiente centrado en Cristo y tampoco nos fiamos de las señales. Se acaba en callejones cortados, volviendo a un mismo lugar una y otra vez e incluso, si paramos a preguntar, siempre nos encontramos o con el sordo del barrio, al que hay que gritar para que se entere de lo que necesitamos, o con otro que está tan perdido como nosotros (aunque quiera disimularlo).
Con tanto desconcierto es fácil equivocarse. Incluso diría que muchos tienen cierto “derecho” a equivocarse. Con tanto desconcierto preguntas a unos y te dicen “¿ni come ni bebe?…tiene un demonio. ¿Come y bebe? … Es un comilón y borracho”. Y, ¡venga a dar vueltas a la misma calle!. Sería muy triste si nos quedáramos dando vueltas eternamente, pero nos dice Isaías: “Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues”. No podríamos tener mejor copiloto. Fíate de Él. Te ha dejado a la Iglesia para que te diga cuáles son las señales auténticas, para indicarte cuál es el buen camino. A la Iglesia y a los que están en comunión con ella. No a esos “copilotos”- incapaces de dedicar un momento a hablar con su Señor- que ponen su magisterio por encima del Magisterio; ni a esos “teóricos” que en vez de buscar nuevos caminos y allanar los existentes se empeñan en conducir campo a través hasta despeñarse. El copiloto es el Señor, tu redentor, y le escuchas por medio de la Iglesia.

LO QUE HAY QUE OÍR.

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Isaías 41, 13-20; Sal 144,1y9.10-11.12-13ab; Mateo 11111-15

“El que tenga oídos que oiga”. Así acaba el Evangelio de hoy. Estamos en el ecuador del Adviento, dentro de trece días celebraremos la Navidad. Llevamos doce preparando la venida de Cristo, así que escuchemos: “No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel”. ¡Lo que hay que oír!. Gusanito. Oruga. Definición de gusano: “Nombre vulgar de las larvas vermiformes de muchos insectos, como algunas moscas y coleópteros, y las orugas de los lepidópteros”…”Nombre común que se aplica a animales metazoos, invertebrados, de vida libre o parásitos, de cuerpo blando, segmentado o no y ápodo” (Diccionario de la lengua española). Así nos llama “El Señor, tu Dios”. Desde luego si me lo llama otro podría haber más que palabras. Más de uno se ha batido por menos. Pero hemos decidido escuchar y escucharemos.
“Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios y gente violenta quiere arrebatárselo”. Mira a tu alrededor. Cuánta violencia hay aún hoy contra Cristo y contra la Iglesia. Cuántas informaciones sesgadas. Cuántos ataques contra la persona, templo del Espíritu Santo. Cuántos ataques a la vida de indefensos, nacidos o no. Cuánta “kultura” que degrada la capacidad de conocer y conocerse del hombre. Cuántos portavoces del mal que se apropian indebidamente del apellido modernidad.
Ante todo eso, algunos pensarán en una gran campaña de marketing, un buen lavado de cara, un lifting del Evangelio y de la Iglesia, en definitiva, una ofensiva en lucha declarada contra los enemigos de Dios y su Iglesia. ¡Somos más y mejores! ¡Al abordaje!. Seamos como las imágenes de Santiago matamoros que, espada en mano, cortemos las cabezas de los infieles. Aireemos la porquería de los demás y hundámoslos en su miseria. Tenemos poder: Usémoslo.
Esto pensarán los que tienen una visión terrena de la Iglesia (igual que sus enemigos en el fondo). Cuando nos vengan esos pensamientos, escuchemos al Señor, nuestro Dios, que nos dice: “¡Só ápodo!. (gusano a fin de cuentas) Que no te has enterado de nada, tu fuerza está acostado en un pesebre, colgado en una cruz. El “mayor de los nacidos de mujer” viste una piel de camello y come langostas (de las que saltan). Yo soy “lento a la cólera y rico en piedad”. ¿Quién eres tu para ponerte en mi lugar?. Pero “no temas. Tu redentor es el Santo de Israel. Yo mismo te auxilio para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado. No temas, gusanito de Israel”
Ante tantos ataques a la fe te puedes sentir muy pequeño, una oruga; pero una oruga de Dios. Mira la humillación de María, de Cristo, de los santos y descubrirás la grandeza de Dios. El que tenga oídos que oiga.

LOS “EFECTOS SECUNDARIOS”.

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Isaías 40, 25-31; Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10; Mateo 11,28-30

“Erupciones cutáneas, náusea, dificultad para conciliar el sueño, somnolencia, ansiedad, nerviosismo, debilidad, falta de apetito, temblores, sequedad de la boca, sudoración, disminución del impulso sexual, impotencia o bostezos” éstos son los efectos secundarios de un famoso medicamento antidepresivo que, desde primeros de año, se puede administrar en Estados Unidos a niños de 8 años en adelante. A día de hoy parece que se administra a más de 300.000 niños menores de 12 años.
Sinceramente- con todo el respeto que me merecen los padres con hijos problemáticos- si yo tuviese un hijo con 10 años y me dijesen que está deprimido me pegaría de tortas. A lo mejor le he enseñado la fórmula de la felicidad según unos famosos investigadores: La felicidad es el resultado de la ecuación P + 5E + 3A. Ciertamente eso deprime hasta al más optimista.¿Que el niño no juega?. Antidepresivo al canto. ¿Que juega demasiado?. Otro antidepresivo. ¿Que está un fin de semana con el padre, y al siguiente ha de estar con la madre?. Otra pastillita. ¿Que está más con la vecina que con sus progenitores? Pildorita que te crió. ¿Qué hablarle de tener un hermano le suena a ciencia ficción?. Abre la boquita. ¿Que oye más veces “cuánto me cuestas” que “cuánto te quiero”? Está deprimido. Luego se da el paso natural de una pastillita a otra y… ¿Con quién se juntará mi hijo para aprender a tomar éxtasis?. Los efectos secundarios.
“Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan” nos dice hoy el profeta Isaías. Delante de Dios no somos sino niños, y cada día tomamos más “antidepresivos” espirituales. Me da cierta pena cuando ocurre una catástrofe y acuden una legión de psicólogos a consolar a los familiares de las víctimas. ¿Qué les dirán?. “La muerte es un reflejo del super-yo inherente al tú inconsciente. Haga deporte.” No sé.
“Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. “Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. Sólo el saber que Cristo nos muestra a Dios Padre que nunca se cansa de estar con nosotros, que no se ha reservado ni a su propio Hijo, sino que lo entregó como propiciación por nuestros pecados, que siempre nos perdona; que por muy bueno que pensemos que es, resulta que “ni ojo vio ni oído oyó las maravillas que el Señor tiene reservadas para los que le aman”… Eso, sólo eso, es suficiente para pacificar el alma y tranquilizar el cuerpo. Aquí no hay sitio para la depresión y quien busque sustitutivos es un inconsciente.
Pídele a tu Madre la Virgen- que tiene bastante trabajo en su casa atendiendo cada pena y alegría de sus hijos que no tiene necesidad de buscarse trabajo fuera de casa- que te enseñe a decir de verdad: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Efectos secundarios: Resurrección del cuerpo, alegría, sueño placentero, alma despierta, esperanza, paz de corazón, fortaleza, hambre de Dios, esperanza, anuncio del Evangelio, entrega gozosa, ganas de amar más, fecundidad de vida, sonrisa…

EL CORDERITO.

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Isaías 40, 1-11; Sal 95. 1-2. 3 y 10ac. 11-12. 13-14; Mateo 18, 12-14

“Con este pelo tan duro, jamás se le caerá”- me decía hace unos pocos años el peluquero- y una sonrisa vanidosa afloraba a mis labios. Ahora el que se sonríe es mi peine, que trabaja menos que el sastre de Tarzán. Bendito peluquero. Me horroriza pensar que me hubiese dicho: “Huuu, usted calvo en tres años”. A lo mejor me hubiera preocupado y andaría echándome potingues en el cuero cabelludo y dudando si usar gomina o “Super-glu”. Quizá hubiera mirado con tristeza cada pelo que se quedaba en el cepillo y lo hubiera guardado como mi más precioso tesoro. Pero no, ahora estamos como estamos. Reconozco que, con los años, he acabado reparando poco en mí mismo, y que me da bastante igual lo que piensen los demás. Mucho o poco pelo, tanto da. Además así, tal y como luzco ahora, eres más fácil de identificar: -¿Has visto a ése?. – ¿Quién? –El Calvo. – Ah sí, estaba aquí hace un momento…
< “Grita”. Respondo: “¿Qué debo gritar?” “Toda carne es hierba y su belleza como flor silvestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sople sobre ellos; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.”>. Hoy ante esto muchos se escandalizarían. Parece que Dios estuviera a punto de hacer un casting para ver quién entra o no en el cielo. Están tan preocupados de mirarse a sí mismos que son incapaces de mirar a los demás y mucho menos a Dios. No escuchan el “Aquí está vuestro Dios”. No sólo me refiero a los que pasan horas en el gimnasio o ante el espejo, sino también a los que son incapaces de reconocer su pecado, los que niegan su alopecia espiritual y quieren parecer justos y buenos ante los demás. Lo peor de ellos es que además se lo acaban creyendo. Si no te sabes pequeño y pecador la Redención te sobra. No puede uno caer en la ingenuidad o la vileza de presumir del pecado cometido, pero tampoco ocultarlo, como hace el avestruz, o creyéndose impecable.
A veces me da por pensar que todo esto ocurre seguramente por salir poco al campo. Leemos en el Evangelio “Suponed que un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una”. Y en seguida uno piensa en el corderito de Norit. Tan blanquito, tan limpio, tan adorable. Es un corderito con cara de buena persona. Si me pidiese quinientos euros se los daría con toda paz; es un corderito del que te puedes fiar. Haz un ejercicio: Este fin de semana sal al campo, busca un rebaño de ovejas y acércate a verlo. De lejos es bonito. Si te aproximas más seguramente te salga un perro y te ladre ( a no ser que tengas la misma cara del corderito de Norit). Una vez que el pastor llame al perro y pierdas el miedo, lo primero que notarás será el olor. El dicho “hueles a oveja” no es creación de Chanel. Luego pisarás los excrementos. Sí, son redonditos, no es una plasta enorme, pero son excrementos, te gusten o no. ¿Y la ovejita? Un campo de parásitos, garrapatas, pulgas y mil bichitos más. La lana, unos pegotes desiguales que rodean calvas más grandes que la mía, llena de barro y suciedad. El corderito de Norit no tiene cabida en ese grupo.
Sin embargo el pastor está orgulloso de su rebaño. Conoce a cada oveja (no sé por qué extraño método) por su nombre, sabe que están sucias, pero las quiere y las cuida.
Así es tu Padre del cielo. No te va a querer por tu cuerpo o tu aspecto o porque seas un “cristiano de anuncio”. Te buscará siempre porque es tu Padre y te quiere. No te creas demasiado digno para codearte con pecadores y te alejes del buen pastor. María te enseñará a comprender que a todos se nos llama por nuestro nombre (aunque con todos los pecados del mundo) y a no separarte del buen pastor, que ha dejado todo por buscarte y encontrarte.

DEJA QUE TE CORRIJAN.

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Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97, 1. 2-3ab. 3c-4; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Infidelidades siempre las habrá, conozco, y me duele mucho, matrimonios que se han roto, como conozco, y me duele tanto o más, compañeros sacerdotes que han dejado su ministerio. No quiero echar la cuenta de unos y otros. ¿Pero por qué lo han hecho? En un primer momento, hasta los propios implicados suelen decir que es culpa de lo mas vistoso: el sexo. El sacerdote no comprendía el celibato, al casado ya no le satisfacía su cónyuge. Sin embargo, cuando profundizas un poco se constata que en un noventa por ciento alto de los casos la infidelidad es sólo una consecuencia de algo más profundo: el sentirse corregido y, por ende, humillado. Surge entonces, impetuoso algo terrible: la soberbia.
Hace algo más de una semana que hemos comenzado el tiempo de Adviento. A lo mejor con el nuevo año litúrgico hiciste unos propósitos, decidiste cambiar. Miras ahora tu vida, es igual o peor que hace unos días. La propia vida te corrige y eso te humilla.
Ahora tú decides. Puedes ir por el camino más vistoso: “Esto no es para mí. No valgo. No soy capaz. Dios no me pedirá esto…” y, puedes, como Adán tras comer el fruto del árbol, tener miedo de Dios y esconderte de Él. Éste sería el camino del cobarde. Seguramente de la pequeña humillación de hoy, si decides tomar este camino, broten las grandes infidelidades del mañana.
Otro camino: el de María Inmaculada. Ella, que tenía la claridad de juicio que da la falta del pecado original, se humilla ante la grandeza de Dios. Pero no es la suya una humildad cheposa y falsa; es la humildad de fiarse plenamente de Dios. La humildad de no comprender “¿Cómo será eso si no conozco varón?” pero, al tiempo, la humildad de fiarse de los caminos de Dios: “hágase en mí, según tu palabra”.
Sigue le camino de tu Madre. Confía. Cierto que “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables”; pero cuando venga Cristo tendrá muchos motivos para reprocharnos algo, ¡tantas cosas!. Eres, somos, reprochables. Dios en la vida nos dará cien mil correcciones pues “Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos”. Serán correcciones de Padre, que pone en pie a su hijo una y mil veces hasta que comienza a andar. Que vigila sus pasos torpes, sus carreras hacia sitios insospechados, sus caídas de bruces. Que le espera hasta la madrugada cuando- jovencito inconsciente- no quiere volver a casa. Y junto al Padre, la Madre que le dice a nuestro Padre Dios: “Ten paciencia, yo sé que le cuesta, pero llegará el día en que todas estas cosas las haga bien”.
Fíate hoy de María, no seas soberbio. Pon en su regazo tus propósitos incumplidos, tus humillaciones, tus fracasos y vuelve otra vez a intentarlo.
(Por cierto, no olvides que si humilla el sentirse corregido es mucho más costoso corregir. A la Segunda persona de la Trinidad le costó nacer en un pesebre, palpar las consecuencias del pecado y morir en la cruz. Te corrige con cariño, no le huyas.)

UNA SONRISA, POR FAVOR.

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Baruc 5, 1-9; Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Cierra los ojos e imagínate la escena que ocurrirá en muchas parroquias este domingo. Los bancos repletos, cinco o seis jóvenes desperdigados, algunos niños con sus padres que luchan por irse a correr por los pasillos. Un hombre de mediana edad que da un pescozón a su hijo adolescente que está distraído mirando las vidrieras. Cuatro o cinco personas que bostezan abiertamente, porque creen que el sacerdote no les está viendo. Dos o tres que vuelven la cabeza cada vez que suena la puerta cuando alguien llega tarde y entra como sin darle importancia. Y sobre todo, imagínate las caras. Esos rostros serios, impenetrables, inexpresivos, carentes de emoción. Unos rostros que mirarían con el mismo interés los baldosines de su cocina o un grupo de preadolescentes viendo una película de Akira Kurosawa. Mientras tanto, desde el ambón (para entendernos: el lugar desde se hacen las lecturas), el salmista proclama: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”, y casi todos (menos los más dormidos y el sordo) contestan con una especie de mugido que amargaría la tarde a la santa compaña: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.
Es una exageración, lo sé, y en casi todas las parroquias se cuidará la liturgia y la participación será “atenta y devota” pero ¿Traslucimos alegría?. Si nos estuviese viendo un no católico pensaría: “¿son realmente felices estos católicos?, “han oído una gran noticia, pero ¿creen realmente en lo que han escuchado y en lo que han contestado: “Palabra de Dios”; “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”?.
¡Basta de cristianos amargados y circunspectos! Alégrate. ¿Que eres un pecador? Por supuesto, como todos los santos, pero pide perdón, llora tu pecado y como decíamos hace una semana: Levántate, alza la cabeza y- como nos recuerda hoy Isaías sobre el anuncio de San Juan Bautista- “todos verán la salvación de Dios”. Hay que recuperar la alegría en la liturgia y para ello hay que recuperar la alegría de nuestra fe. ¿Cómo se oirá en el cielo cada Misa?. ¿Estarán contando nubecitas a ver si acaba pronto?, o tendrán una alegría inmensa al ver que “vuestro amor sigue creciendo más y más”. Se respeta lo que se ama, se respeta a quien se ama. Muchas veces ponemos cara de póquer en la celebración por temor, pero no un temor a Dios, que sería comprensible al ver nuestra indignidad, sino por temor a lo que diga el sacerdote, a lo que piense el vecino, … y ahí no hay lugar más que para el amor propio.
“Despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”. ¿hace cuánto que –con gesto de complicidad- no le guiñas un ojo a Cristo en las manos del sacerdote y le dices: Señor, tú si que cumples, a mi me cuesta, como siempre, pero soy fiel a mi cita contigo. Soy un caradura, pero me quieres”. Lánzate a hablar a Jesús como lo haría su madre- que mañana es su fiesta- con todo cariño. Entonces verás como si resuena alto y claro en el templo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

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