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Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hechos de los apóstoles 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97, 1. 2-3ab. 3c-4. 5-6 ; san Mateo 5, 27-32

Hace ya unas semanas me pidieron fecha para bautizar a trillizos. Cuando pienso en un bautizo de trillizos o similar siempre pienso en la cara del padre y de la madre cuando les dicen que no tienen un hijo sino tres y me hace gracia. Apunté la fecha y poco a poco el padre me fue contando todas las penalidades que sufría, la desgracia que le había venido encima en un momento en que no tenían trabajo, las ayudas oficiales no llegaban, su familia no podía echarles una mano y que aprovechaba para apuntar el bautismo un momento en que había salido a ver si encontraba un poco de leche para que los niños cenasen. Una de las voluntarias que nos ayuda en el despacho parroquial sufría con él, no paraba de comentar: “Hay que hacer algo,” y estaba dispuesta a mandarle a su farmacéutico para que le fiase toda la leche maternal y las medicinas necesarias. A mí me vino a la cabeza aquel otro “hijo de Dios” -del que ya conté algo en estos comentarios-, que me encargó el funeral de su hija y todo era mentira. Apunté la fecha del bautizo dándole todas las facilidades posibles, pero la ayuda se aplazaba un par de días para buscarle una cita con la asistente social. No vino a la cita para quedar con las voluntarias de Cáritas, tampoco vino el sábado pasado, fecha que habíamos fijado para el bautismo. Imagino que las tres inexistentes criaturas estarán apuntadas en unas cuantas agendas parroquiales. Me hizo desconfiar que un padre que quiere a sus hijos no espera el momento de verlos llorar de hambre para buscar ayuda y aprovechando que “pasaba por aquí” le cuento mis penas al cura. Eso se hace antes, por los hijos se da la cara siempre.
Hoy es San Bernabé, apóstol. Da gusto leer lo que los Hechos de los apóstoles nos dicen de él pues siempre estaba haciendo lo que tenía que hacer. Le envía de un lugar a otro, busca a Pablo y lo anima a seguir en su tarea de apostolado, inflama el corazón de los que se iban uniendo a los cristianos y “ a seguir unidos al Señor con todo empeño.”
Muchas veces me dicen quienes llevan tiempo sin confesarse que no encuentran ocasión o que se les pasa el momento. Esa excusa me hace desconfiar tanto como el bautizo de los trillizos, me pone en duda el verdadero arrepentimiento y dolor de los pecados, aunque como confesor no puedo dejar traslucir mis dudas y me trago como un merluzo, con una sonrisa de oreja a oreja, todas las disculpas del mundo. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”, pues bien, el perdón de Dios es lo más gratuito que podemos encontrarnos. Bernabé “se alegró mucho” de la acción de Dios en Antioquia y eso le bastó para dar su vida con alegría, para moverse, actuar, hablar, predicar por amor a Jesucristo. ¿No te mueve el amor de Dios a reconciliarte con él?. ¿Estás esperando que aparezca un sacerdote en tu despacho, como por arte de magia, y te ofrezca confesión? Sé que muchas veces los sacerdotes parece que “nos escondemos” y cerramos las parroquias, pero nunca esperes a pedir perdón hasta el momento en que digas: “pasaba por aquí.” Busca y encontrarás parroquias donde se confiesa, si tienes que perder unos minutos en desplazarte piensa en lo que ganas.
Bernabé lo vendió todo por su fe y lo ganó todo. Pídele a la Virgen que nunca esperes un “mejor momento” para hacer lo que tienes que hacer.

DESDE LAS ALTURAS

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Reyes 18, 41-46; Sal 64, 10. 11. 12-13 ; san Mateo 5, 20-26

Estos días una tormentas han azotado las tardes de Madrid. Caía agua como si el barrio fuera un inmenso centro termal, haciendo aparecer esas temibles goteras que siempre me olvido de arreglar en verano y reaparecen en el invierno. En la parte más alta e inaccesible de la parroquia se formó una verdadera piscina y los vecinos (que ven la azotea de la parroquia) no tardaron en avisarme. Subí arriba del todo y limpié el sumidero que se había atascado. Mientras el agua desaparecía miraba hacia la calle (desde unos siete metros de altura) cuando veo llegar a una de las habituales feligresas, que frecuentemente leen en Misa, que camina hacia la parroquia. Mira a un lado, mira a otro y…. ¡se pone a arrancar flores de las que rodean la parroquia guardándoselas en una bolsa!. No pude menos que echar una carcajada desde las alturas y esperar el próximo día que la vea en Misa para intentar colocar una “pullita” cariñosa y divertida en la predicación. Las flores no me importan -hay muchas-, pero me hicieron gracia las formas.
“Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.” Muchas veces nos quejamos de que cada día comulga más gente y se confiesan menos y, realmente, se ha perdido el sentido del pecado. Parece que para cometer un pecado tienes que partirte la cara con alguien o armar un escándalo digno de primera página de las revistas del corazón. Estoy convencido que si a mi querida feligresa, según arrancaba las flores, le llamo la atención desde el tejado se hubiera puesto de todos los colores y me hubiera jurado y perjurado que eran para la Virgen ( de momento a la parroquia no han llegado). Sin embargo pensará que nadie se ha enterado y estoy convencido de que ya ha olvidado que ha hecho algo que no está bien.
Así es el pecado, parece que sólo es grave cuando la gente lo nota y tristemente destroza por dentro más que la fama que, justamente muchas veces, nos puedan quitar. Pero hoy no quiero hablar del pecado, así también es la Gracia de Dios. A veces podemos pensar que los dones de Dios son asombrosos, tienen que hacernos levitar o sentir un especial arrebato de amor que cambie toda nuestra vida. “Sube del mar una nubecilla como la palma de una mano,” después de tres años sin llover se podía haber perdido toda esperanza, esas nubecillas desaparecen rápido. Sin embargo Elías tenía sensibilidad para reconocer las promesas de Dios y avisa a Ajab que “se vaya, no le coja la lluvia.” La pérdida del sentido del pecado va unida a la pérdida del sentido de la Gracia, nos volvemos insensibles a los dones de Dios, buscamos milagros espectaculares y nos olvidamos de los verdaderos grandes milagros de cada día.
Muchas veces podemos actuar mirando “hacia arriba” esperando que Dios no mire en nuestra dirección para hacer algo malo y eso que “Dios lo ve todo,” y estamos tan preocupados de mirar a lo alto que no nos damos cuenta que tenemos a nuestro Señor a nuestro lado, junto a nosotros, en cada momento de nuestra vida.
María, la Virgen, sabe bien lo que es tener intimidad con Dios, lo llevó nueve meses en su seno, pídele que le descubras siempre a tu lado y nunca, nunca hagas nada que no lo puedas hacer con Él.
Hoy es la cuestación de Cáritas, no te olvides de los demás.

¡BAAL, RESPÓNDENOS!

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Reyes 18, 20-39; Sal 15, 1-2a. 4. 5 y 8. 11 ; san Mateo 5, 17-19

¡Póntelo! ¡Pónselo!, así rezaba (qué palabra tan mal usada en este contexto) la primera campaña en España para la utilización de preservativos. Desde entonces la invasión mediática ha sido enorme, hasta tal punto que, en muchos ambientes sacerdotales y de familias e instituciones cristianas, se ha tirado la toalla en este tema. Ni se predica, ni nos escandaliza, ni tan siquiera nos llama la atención el encontrarnos maquinitas expendedoras de profilácticos en cualquier rincón. Parece una batalla perdida pues lo apoyan los jóvenes (palabra hoy sagrada, pero que antes era sinónimo de inexperiencia e inmadurez), las autoridades “progresistas” (o no), los lascivos, los promiscuos, los infieles, los desviados, los chulos, los pedófilos y otra pléyade de representantes de la “kultura,” la “ciencia” y la “medicina.” Sería como si alguien pensara seriamente el poner una tienda de cascos para mujeres maltratadas, ya que no acabamos con los maltratadores: por lo menos que no les partan la cabeza (y además unos bonitos complementos de rodilleras, petos, coderas, chalecos antibalas, etc. …). Lo importante no será agredir sino que la agresión no tenga consecuencias, y además les plagiaré el lema: ¡Póntelo! ¡Pónmelo!.
¡Qué bestia! –pensará alguno-, una cosa es “hacer el amor” y otra matar a alguien. Cuando se mata a alguien se mata el amor, cuando se “hace el amor” sin entregarse, también se mata el amor y, poco a poco, la capacidad de amar.
“¡Baal, respóndenos!” y gritarán más fuerte y se rasgarán sus vestiduras diciendo: El Sida, las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados, los abortos de adolescentes, la superpoblación mundial, el conocimiento de la realidad (¿es que los maltratos no son una realidad y nos negamos a “asumirlos pacíficamente” y darles “carta de ciudadanía”?).
“Multiplicarán las estatuas de dioses extraños; yo no derramaré sus libaciones con mis manos, ni tomaré sus nombres en mis labios.” No me resigno a dar la batalla por perdida, aunque pueda decir como Elías: “He quedado yo sólo como profeta del Señor mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta.” El sexto mandamiento es, justamente, el sexto; hay cinco antes que hay que vivir para comprenderlo y amarlo pero “el que salte uno de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los cielos.” No es una batalla perdida, cuando se siembra la muerte y el desamor se recoge muerte y desamor. Callarse sería como asumir que ante un atentado con antrax lo mejor es respirar bien fuerte, como los demás, esperando pacientemente la muerte antes que buscar –y guiar a los demás-, a ambientes de aire puro donde llenar los pulmones y sanar a los enfermos.
¿Batallas perdidas? Todas las que quieras luchar al margen de Cristo y de su Iglesia. Acabarás gritando también ¡Baal, respóndenos! y recibirás de contestación el silencio. Pero con Cristo, aunque te parezca que estás crucificado, escucharás: “siervo fiel y cumplidor, entra en el gozo de tu Señor.”
Ponte frente a tu madre, la Virgen, mírala a los ojos y pregúntate: ¿He dado alguna batalla por perdida?. Si es así, pide perdón y prepárate a ganar la guerra.

EL REY DE PATONES

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Reyes 17, 7-16; Sal 4, 2-3. 4-5. 6bc-8 ; san Mateo 5, 13-16

Patones de Arriba es un pueblecito de la sierra norte de Madrid, situado entre montañas, que no era sencillo de localizar hasta que llenamos el mundo de carreteras y carteles. Tan difícil era de encontrar, que cuenta la leyenda que nunca fue conquistado (no por sus grandes defensas, sino porque pasaban de largo sin verlo) y el alcalde del pueblo se proclamó “Rey de Patones” y quiso entablar relaciones con el tan cambiante rey de España (que a fin de cuentas habían sido alternativamente moriscos, de la casa de los Austrias, de los Borbones o un francés que quería hacerse una parcela en la península.) Hoy Patones de Arriba es un pueblo casi deshabitado, lleno de restaurantes, la iglesia convertida en un centro cultural y lo que no consiguió Napoleón con las armas lo consiguió otro francés con la chequera comprando medio pueblo. Vale la pena visitarlo, pero en fin de semana no hay quién aparque.
“No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.” Pienso que demasiadas veces existe el complejo del “Rey de Patones” entre los cristianos: pueden pasar a nuestro lado las hordas visigodas, Atila con todos sus hunos y los cien mil hijos de San Luis, que no descubrirán nuestra condición de cristianos. Tal vez así –podemos pensar-, nos dejarán en paz para vivir nuestra fe en la intimidad de nuestro pueblecito interior, sin someternos a las cambiantes situaciones externas. Tal vez así –pienso yo-, nuestra “iglesia interior”, donde mora el Espíritu Santo, se acabe convirtiendo en un “centro cultural” donde cabe todo … menos Dios.
“Tampoco se enciende una vela para ponerla debajo del celemín” como si fuera una linterna con las pilas a punto de agotarse que más parece absorber la poca luz que habita entre las tinieblas. “Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.” La viuda de Sarepta calcula con su mentalidad humana, con el “debe” y “haber” de las cuentas corrientes. También en ocasiones parece que tenemos miedo a compartir nuestra fe, como si dar testimonio de Cristo vaciase el tesoro de la fe y fuese imposible volver a llenarlo. No dar testimonio de Cristo no es sólo una “falta en el apostolado,” como si fuese una afición de la que no participamos, un “partido de fútbol” que decidimos no jugar: No dar testimonio de Cristo es una falta de caridad con los que nos rodean (los queremos tan poco que les negamos lo más importante que pueden conocer en su vida) y una falta de justicia (nos fiamos tan poco de la generosidad de Dios que creemos que sólo puede iluminar nuestra vida, no la de los otros). En el fondo, otra vez, “reyes de Patones” con nosotros mismos como único súbdito: reyes y esclavos a la vez.
“Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó.” Sé luz, sé sal, sé la ciudad vistosa y esplendorosa de tu Dios e irás profundizando y conociendo que el amor de Dios dura por siempre.
María, reina de los apóstoles, haz que yo mengue y tu hijo crezca.

EL PARACHOQUES

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libro de los Reyes 17, 1-6; Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 ; san Mateo 5, 1-12

Hace unos meses me dieron por detrás (con perdón) en el coche mientras yo estaba tranquilamente parado en un semáforo. Mi coche es pequeñito -pero muy machote-, tiene un parachoques de esos de plástico con lo que, tras el golpe, parecía que no se había hecho nada mientras que el otro coche (bastante más grande) tenía roto un faro y arrugado el “morro”. Hicimos los papeles del seguro y yo, estúpido de mí, con una sonrisa de satisfacción en los labios pensando lo duro que era mi vehículo. Cuando aparqué en la parroquia me faltó tiempo para presumir y fanfarronear de que mi coche era más duro que un tanque, exceptuando la luz de la matrícula que se había roto. Al día siguiente fui a buscar unas maderas para hacer unas estanterías y cuando intenté abrir el maletero comprobé que no había manera. Allí me quedé, en la calle con un montón de tablas, esperando que alguien con un coche con maletero en condiciones pudiese venir a buscarme. Después de presentar el parte en la compañía aseguradora dejé una semana el coche en el taller hasta que cambiaron media parte trasera que estaba doblada como un acordeón. Hace unos días pasé la revisión de los cincuenta mil kilómetros y me llamaron para decirme que tenía los amortiguadores traseros completamente doblados: medio sueldo para el taller ¡Gracias a Dios que parecía exteriormente que no se había hecho nada si hubiera parecido algo todavía estoy barriendo los talleres de “Opel”.
Algo parecido pasa con el pecado. Si se tiene algo de conciencia formada primero es un golpe que asusta. Pero tenemos la costumbre de ponerle al corazón un parachoques de plástico, que no se deforma fácilmente y parece que “no ha sido nada” hasta que empezamos a encontrar dificultades, cosas que no funcionan, excusas que tapen nuestros defectos y todo eso sin cesar de fanfarronear. El pecado impide ser dichoso, siempre nace del egoísmo, de no entendernos ni comprender a los demás como hijos de Dios. El pecado justifica nuestra falta de pobreza de espíritu (y material), nos impide ser sufridos, hace que no miremos las injusticias, nos imposibilita llorar y tener misericordia, ensucia el corazón y nos incapacita para trabajar por nada que no seamos nosotros mismos, ensalzando nuestro “yo” por encima de todos y de todo. El pecado impide vivir las bienaventuranzas y nos las presenta como algo irrealizable, fruto de la “utopía cristiana, ” una preciosa poesía incapaz de vivirse en la prosa de cada día.
Si piensas así es hora de ir al taller, tal vez te cueste una semana o un mes pero tendrás que descubrir las raíces de tu pecado, hacer una buena confesión (qué poco precio para tanta avería) y poner tu vida en manos de Cristo. Entonces, sólo entonces, encontrarás la dicha, la sonrisa del corazón y de los labios, la mirada limpia que mira con ojos enamorados todas las situaciones de la vida. “¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.”
La Virgen es la mejor agencia de seguros, está dispuesta a tramitar tu “parte de accidente” pues, en realidad, es su hijo Jesucristo quien se lleva todos los golpes del pecado.

LAS FUENTES

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Proverbios 8, 22-31; Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9. ; San Pablo a los Romanos 5, 1-5; San Juan 16, 12-15

Me ha costado mucho escribir el comentario de hoy, ignoro si es que la musa se ha marchado ya de vacaciones a Estoril o ciertamente el tabaco embota el cerebro.
El otro día me comentaba un sacerdote: “La verdad es que cuando nosotros no entendemos algo lo llamamos “misterio” y nos quedamos tan contentos.” La Santísima Trinidad es uno de esos “misterios” y no quería que nuestra oración de hoy se quedase en un divagar, más o menos difuso, sobre un “expediente X,” así que me puse manos a la obra: leí el catecismo, escudriñé escritos de los Padres de la Iglesia, busqué comentarios teológico piadosos, … pero no encontraba “la inspiración” para ponerme a escribir.
Ayer, después de confesarme como habitualmente, entré en la capilla a rezar la penitencia y me salió del corazón decirle al Señor simplemente: “Gracias,” y entonces el “misterio” dejó de ser una especulación difusa para convertirse en una realidad gozosa que no necesita de largas explicaciones pues es evidente y lo evidente no hay que explicarlo.
“Todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.” Cuando se juega es para disfrutar (a veces muchos lo hacen por competir pero esa no es la razón del juego) y aunque para el que no juega puede parecer absurdo, el juego tiene su “lógica interna” no entendible para el que mira desde fuera, el cerebral, soso y aburrido. Poniéndonos un poco pedantes diríamos con Pascal que “El corazón tiene razones que la razón no conoce,” y por muchas palabras que se gasten nunca se entenderá mejor la Santísima Trinidad, pero cuanto más se ame será más evidente y sobrarán las palabras.
“Gracias” le dije simplemente al Señor en el sagrario y entonces, como en otras ocasiones, sentí la presencia de la Trinidad sin que nadie me la explicase (o tal vez por todo lo que había leído antes que entonces cobraba sentido) y sin necesidad de palabras. Muchas veces en la vida sentirás -tal vez “a posteriori”-, que ha sido el Espíritu Santo el que te ha empujado a hacer o decir algo y que ahí te has encontrado con Cristo del que “hemos recibido la justificación por la fe” y que el Padre “allí estaba” desde el principio, esperándote ansioso, lleno de ilusión, jugando contigo y viendo como juegas, aunque a veces te quieras saltar las reglas.
Hoy sobran las palabras, las elucubraciones más o menos complicadas, y es el momento de la contemplación. Busca delante del sagrario, alarga un rato tu momento de oración, intenta buscar a la Santísima Trinidad en la celebración de la Misa. Descubre en tu vida cuántas veces Dios Espíritu Santo, Dios Hijo y Dios Padre han actuado en tu vida y “todos a una” (como los de Fuenteovejuna) han cambiado efectivamente tu existencia.
La Virgen, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo, seguro que te concede vivir gozosamente este “evidente misterio.” Reza hoy cada rosario unido a cada una de las santas Personas y verás que fácil es conocerlas y tratarlas.

SEMBRAR A TIEMPO Y A DESTIEMPO

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san Pablo a Timoteo 4, 1-8; Sal 70, 8-9. 14-15ab. 16-17. 22 ; san Marcos 12, 38-44

“Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”. Uno de los más graves problemas por los que pasa nuestra sociedad actual es la de la educación. Formar ciudadanos para la convivencia y el bien común no es tarea fácil. No se trata ahora de entrar en disquisiciones de orden político o sociológico, sino de ver, a través de la Palabra de Dios, cuál es el orden querido por Él, y cómo beneficia al hombre. San Pablo, en la carta que dirige a Timoteo, le urge a dejar tras de sí cualquier respeto humano, cualquier complejo, a la hora de anunciar el Evangelio. También hay una característica que define a todo cristiano en su vocación apostólica: la paciencia.

Hablar de paciencia es sinónimo de dedicación y tiempo. Cuando hablamos de cuestiones que atañen a lo más profundo de nuestro ser, hay que empezar por el principio. Dios nos ha creado y, en condiciones normales, venimos al mundo en el seno de una familia. Cuando Cristo nació bajo el amparo de María y José, no se trataba de mero azar, sino que fue “conscientemente” querido por la Providencia divina. El comportamiento de Jesús, a lo largo de su vida en el mundo, hacía referencia constante, directa e indirectamente, a la familia: parábolas, milagros, predicaciones, sentencias… Incluso a la hora de su muerte, quiso que su madre estuviera al pie de la Cruz, para recordarnos que, también ella, era madre de la Iglesia.

Olvidar el papel fundamental que ejercen los padres en la educación de sus hijos es marginarlos y alienarlos. Cuando cada vez son más las voces que reclaman una vuelta al orden natural, en otros aspectos de la vida como puede ser el de la familia, parece vislumbrarse un odio irracional contra un derecho sagrado y perenne, garante de la dignidad humana. Aún resuenan en nuestros oídos las barbaries de genocidios cometidos contra la humanidad (nazismo, comunismo, terrorismo), pero un holocausto más cruel se produce con el consentimiento de organismos nacionales e internacionales que, presuntamente, han de velar por el bien de todos los hombres. La indefensión de niños que no podrán ver la luz, rupturas de familias “amparadas” por la sociedad del bienestar, manipulación de la vida con fines “terapéuticos”… ¿No es esto la “crónica de una muerte anunciada” para la humanidad?

“He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”. La paciencia y la formación están íntimamente unidas con la perseverancia. No podemos olvidar que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, pero este triunfo no es una excusa para “cruzarnos de brazos”. La perseverancia en el “día a día” nos hará más fuertes en la esperanza. Tú y yo no vamos a cambiar el mundo “de hoy para mañana”, pero somos sembradores de pequeñas semillas que germinarán en el momento oportuno, y su fruto, aunque lo recojan otros más tarde, tendrá el sabor y el aroma de lo más divino. ¡Ése es el compromiso de Dios con los que le son fieles!

“Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”. Para Dios cualquier obra hecha en su nombre, aunque sea la más insignificante, tiene un valor infinito. No desprecies lo más cotidiano de tu vida por falta de motivaciones. De vez en cuando tendrás que “escarbar” en tu interior para descubrir cómo el Espíritu Santo realiza su tarea como el más genial de los artesanos. De ese actuar de lo divino fue protagonista ejemplar la Virgen María. Ella escondía los misterios de Dios en su corazón, pero la semilla que llevaba en su seno dio el mayor de los frutos de la historia de la humanidad: Jesucristo, Salvador del mundo, Rey del Universo.

BIENAVENTURADOS LOS QUE SE QUEJAN

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san Pablo a Timoteo 3, 10-17; Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168 ; san Marcos 12, 35-37

“¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me libró el Señor”. Quejarse no es malo, lo estéril es tomar la queja como justificación de nuestras omisiones. Me contaban hace unos días que un hombre, en el lecho de la muerte, hablaba a un amigo suyo sobre el sentido de la libertad. Este amigo argumentaba que Dios, en su infinita misericordia, no podía permitir que los hombres renunciaran a su amor. El anciano moribundo, después de un largo silencio, contestó: “Ése es el problema. Dios nos ha creado para amarnos y para que le amemos. Sin libertad no existiría criatura alguna capaz de amar a Dios por sí mismo… todo lo demás sigue las “instrucciones” que marca el orden y fin natural de la creación. Lo prodigioso del ser humano es que, en cualquier momento, puede decir ‘sí’ o ‘no’ a su Creador”.

La queja, por tanto, es algo muy humano. Y todo lo que pertenece a la condición limitada del hombre no tiene como responsable a Dios, sino al ejercicio de la libertad. La primera “limitación” del hombre fue el pecado, y su forma de pensar y actuar ha ido realizándose en una dirección muy estrecha, creyendo que con sus solas fuerzas podría superar cualquier obstáculo. Dios, para muchos, supone un impedimento para esas ínfulas de “autodeterminación” que, aparentemente, nos hacen más independientes. Pero Dios “necesita” de nuestras quejas. Y la oración es el mejor medio para ser escuchados… y sentirnos libres de verdad.

“Muchos son los enemigos que me persiguen, pero yo no me aparto de tus preceptos”. “Hacer lo que me da la gana” puede sonar a algo rotundo y muy personal. La realidad es diferente. Cuando renunciamos a aquello que creemos nos reprime (la moral, las costumbres, la educación, el bien común…), el efecto que conseguimos es el contrario: quedamos esclavizados por las cosas que mueren, y que no nos dan sentido de nada. En cambio, aquél que busca en su existencia el cumplimiento de la ley de Dios, proclamará junto al salmista: “El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justos juicios son eternos”.

Lo salmos están repletos de quejas. Jeremías era otro “gran quejica”. Muchos profetas apelaban a Dios compasión ante las misiones que les encomendaba… Jesucristo, en Getsemaní, pidió a su Padre que, si era posible, apartara el amargo cáliz de la Pasión. El Hijo de Dios no tenía pecado, pero quiso llevar sobre sí todas las quejas de la humanidad, desde Adán hasta el fin de los tiempos. Todo para que tú y yo recobráramos la única libertad que nos garantiza ser “libres” (valga la redundancia): la libertad de los hijos de Dios.

“La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo”. También nosotros disfrutamos de nuestra relación con Dios. Sabemos que, en todo momento, seremos escuchados por Él, y que nuestras quejas no son motivo para abatirnos, sino de sacar fuerzas de nuestra debilidad. Así lo entendieron durante siglos aquellos que buscaban identificarse con los sentimiento de Jesús, y así lo entendemos nosotros. Como decía el propio san Pablo: “Todo es para bien”.

A la Virgen se le dijo: “Bendita tú porque has creído”. Y ella extiende su manto amoroso sobre cada uno de nosotros. En ese refugio de ternura y misericordia, oiremos voces que aclamarán al unísono: “Bienaventurados vosotros que os quejasteis y fuisteis escuchados”.

LA CRUZ, COMPAÑERA DE LA SANTIDAD

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Isaías 52, 13-53, 12; Sal 39, 6. 7. 8-9. 10. 11 ; san Lucas 22, 14-20

Con Pentecostés terminó el tiempo de Pascua. Hemos hecho el mismo recorrido que los discípulos de Jesús durante estos días de gozo y alegría. De manera especial, la Venida del Espíritu Santo, junto con toda la Iglesia, nos ha reafirmado la certeza de que no estamos solos. La asistencia permanente de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos conforta y alienta, dándonos la valentía necesaria para proclamar al mundo entero el Evangelio (cada uno en su estado y en su actividad). Todo esto se traduce en la necesidad de convertirnos cada día un poco más (haciendo examen de conciencia), y de tratar más íntimamente al Señor mediante la oración.

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores”. Con las lecturas de hoy podría dar la impresión de que volvemos atrás. De vuelta a la Cuaresma para adentrarnos en el misterio de la Pasión de Jesús. Pero si estamos atentos, descubriremos que se trata de atender el requerimiento de aquellos ángeles, urgiendo a los testigos de la Ascensión del Señor a los Cielos, para volver cada uno a sus obligaciones cotidianas. No hay otra señal del cristiano que la de la Cruz. La manera más eficaz de no caer en el desaliento y el pesimismo es tomar con alegría nuestra propia cruz (no la que imaginemos o sospechemos), y caminar con entusiasmo en medio de lo que otros denominan dificultades y contratiempos.

“Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número”. El otro día fui testigo de un hecho singular. En un Monasterio de carmelitas descalzas, acudí junto con otro sacerdote a visitar a las monjas de clausura. Nadie contestaba a la puerta (era un poco tarde, y tampoco avisamos de nuestra llegada). Después de esperar un buen rato, y haber dejado un mensaje en el contestador telefónico, la puerta del Monasterio se abrió. Allí apareció la priora disculpándose por habernos hecho esperar. Sin haber sido de ellas la culpa (pues los guardeses no se encontraban en la portería), la madre superiora se tendió en el suelo, como un guiñapo, en señal de humildad y perdón. Posteriormente, el sacerdote al que acompañaba me comentó que esta actitud es muy normal en ellas, y que también realizan ese gesto cuando alguien les “lanza” alguna alabanza.

Me preguntaba cómo se tomaría la gente de la calle este tipo de actitudes. Algunos lo verían como algo raro, otros como una humillación innecesaria, y los más indulgentes como “algo propio de monjas”. Sin embargo, a quien habría que preguntar sobre ese compartimiento sería al mismo Dios, porque su juicio es el único que importa. Y estoy convencido de que esbozaría una sonrisa complaciente, porque hasta Él llegarían las mismas palabras que el salmista: “He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes”.

“He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Las palabras del Señor que precedieron a la institución de la Eucaristía, nos dan a entender que el amor que recibimos del Hijo de Dios pasa, ineludiblemente, por la Cruz. La santidad no es una condecoración que recibimos por lo bien que hacemos las cosas, sino la justicia que Dios realiza con aquellos que se abrazaron al madero de su Hijo. María estuvo allí, junto a la Cruz de Jesús, y su santidad es el faro que nos ilumina en medio de nuestras tempestades y oscuridades… “Aquí estoy, para hacer tu voluntad”.

LA ORACIÓN Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

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San Pablo a Timoteo 1,1-3. 6-12; Sal 122, 1-2a. 2bcd ; San Marcos 12, 18-27

“Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día”. Hay una expresión que hoy día se utiliza muy poco: “comunión de los santos”. Con estas palabras la Iglesia ha querido enseñar la eficacia de la oración. No se trata vivir grandes experiencias místicas, ni cosas fuera de lo normal, sino que es la “comunicación” que, de la manera más sencilla, se produce entre aquellos que compartimos una misma fe.

Cuando san Pablo dirige una carta a Timoteo, le está recordando que no se encuentra solo. Gracias al poder de la oración somos capaces de crear la gran “Red” entre los hijos de Dios. Y me río de la tan manida “globalización”, o los que se quedan pasmados ante el “milagro” de Internet. Lo que tenemos entre manos es mucho más radical, ya que es el mismo Dios quién se ha comprometido a entrar en semejante dinámica comunicativa. ¿Cuál es nuestra fuerza?… nos lo recuerda también san Pablo: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio”.

Desde hace algunos años nos venimos asombrando de la renovación constante de las tecnologías en el mundo de la comunicación. El mundo se nos ha quedado “pequeñito” porque podemos comunicarnos con cualquiera y en cualquier parte. Con un diminuto teléfono podemos mantener una conversación sea la distancia que sea. Satélites, antenas, cable, ondas… todo está dispuesto para que el hombre no se sienta solo. Pero, curiosamente, el resultado suele ser el contrario. Cuanto más avance hay en la técnica, encontramos más soledad en los corazones. ¿Cuál es el problema? que el hombre parece estar al servicio de esas nuevas tecnologías, y no al revés.

“Pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio”. Fiarse de Dios es poner todas las demás cosas como medios, no como fin. El brillo que puede producirnos una gran avance tecnológico quedará oscurecido por un nuevo descubrimiento, y así consecutivamente. Lo que viene de Dios, en cambio, nunca se agota, y la oración es la que nos hace permanecer siempre en comunicación con Él y con todos los hombres… nunca envejecerá semejante instrumento divino.

“Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios”. Así es el hombre: siempre intentando superar el orden creado, porque la tentación del “seréis como dioses” le acompañará hasta el fin de los tiempos. Por muchos “Einsteins” que se pusieran de acuerdo, ninguno de ellos podría siquiera inventar una gota de rocío. Nos dejamos deslumbrar por tantos fuegos de artificio, que no sabemos saborear un minuto de silencio en diálogo con Dios.

Si miramos a María, nuestra Madre, veremos en su rostro la dulzura de un alma que se entrega en oración. Pero esa oración (vuelvo a repetir), no consiste en misticismos extraordinarios, sino en convertir cada una de nuestras acciones, pensamientos y palabras en continuo diálogo divino. ¿Alguien te ha enseñado a respirar?… Pues bien, la “comunión de los santos” es el aire que necesitamos para que nuestra vida siempre esté “oxigenada” con el amor de Dios.

Julio 2017
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