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EL PEREJIL

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Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121, 1-2. 4-5; san Juan 15, 1-8

Hoy es San Pancracio, santo muy popular al que se le atribuye la suerte en los juegos de azar. Hace años un amigo me contaba que su madre, que tiene una frutería, estaba preocupadísima con este santo. Habían comprado una imagen entre las amigas, a la vez que se preocupaban de comprar un décimo de lotería cada semana, pero parecía que el santo hacía oídos sordos, semana tras semana, a sus ruegos y súplicas. Las asiduas de la lotería tenían sus discusiones sobre la sordera del santo: unas decían que había que ponerle al lado perejil fresco todos los días, otras mantenían que había que dejar el mismo racimo de perejil toda la semana, algunas –con las mismas disputas sobre el perejil fresco o intocable-, defendían el dejar el décimo debajo del santo, ponerle mirando a la pared el día que no tocase, colocarle una moneda de cinco duros (¡qué tiempos los de la peseta!), en el dedo extendido del glorioso intercesor, y una infinidad de variantes sobre el mismo tema. La madre de mi amigo decidió consultar a su hijo sacerdote que debía ser experto en el tema de la devoción a San Pancracio (Si no, ¿qué tonterías estudiaban en el seminario?), a lo que el hijo respondió: “Madre, si a San Pancracio le martirizaron en los juegos romanos. ¿Le hará gracia que le hagáis patrono de los juegos?.” Ignoro si tocó alguna vez la lotería en la frutería pero creo que dejaron de dar vueltas a la imagen de San Pancracio.
El perejil (el de san Pancracio no esa “estúpida roca”) es como la circuncisión para san Pablo: por muchas vueltas que le des un trozo de pellejo no te hace santo. “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante: porque sin mí no podéis hacer nada.” Ésa es la esencia de ser cristiano, permanecer en Cristo y Cristo en nosotros. A veces se plantean dentro de los que formamos la Iglesia discusiones interminables sobre la espiritualidad, las formas de rezar, cuánto tiempo de oración hay que hacer, cada cuánto hay que confesarse, procesiones sí, procesiones no, volver al cristianismo primitivo, estar con los tiempos, y un largo etcétera de discusiones, la mayoría de las veces estériles. ¿Qué importará si rezas de pie, de rodillas, sentado, tumbado en el suelo o con un ramillete de perejil en la oreja si te unes a Cristo y a su cuerpo, que es la Iglesia?.
Cuando falta oración uno empieza a preocuparse de los pellejitos y se embarca en discusiones estériles y sin sentido. Cuando alguien se une a Cristo se alegra de que sean muchos los que conozcan al Señor, da alegría descubrir que hay frutos de santidad (tengan la espiritualidad que tengan), que cada día van más a “celebrar el nombre del Señor.”
Pruebas, incomprensiones, desprecios, dudas, noches oscuras del alma,… no nos faltarán, Dios sabe podar cualquier atisbo de soberbia en sus hijos, pero los que crean discusiones y divisiones dentro de la única vid, que es Cristo, por cuestiones tan banales como dónde “poner el perejil” o si sobra o falta un trocito de pellejo, más valdría que, como a San Pancracio cuando no premiaba el décimo, se pusiese de cara a la pared hasta que descubriese la maravilla de la variedad de frutos que se da unido a Cristo. Mejor un rato contra la pared que no que te recojan, “te echen al fuego, y ardas.”
María, madre buena que cuidas de la viña de tu Hijo y no dejas que se llene de parásitos o enfermedades que desvirtúan el fruto, acompaña siempre a la Iglesia.

SI QUIERES LA PAZ ….

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Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21 ; San Juan 14, 27-3-la

Comienzan las Primeras Comuniones y ya estamos con celebraciones de la Santa Misa en las que se llena el templo y no contesta casi nadie aunque hablen mucho. A veces se consiguen momentos de silencio e incluso parece que la mayoría está pendiente de lo que sucede en el altar (excepto los de la cámara de video que parecen japoneses en viaje turístico). Durante el rezo del padrenuestro se ven caras de muchos que llegan por fin a “algo conocido” e intentan recordar la oración que aprendieron de pequeños. Pero ¡Ay!, se acerca la fatídica frase: “Daos fraternalmente la paz” y, como en la política internacional, para dar la paz se arma la guerra. Todos se ponen a hablar, se saludan como si hiciese años que no se veían (y llevan cuarenta minutos codo con codo), se mueven de sus asientos, saludan a los niños a gritos y mientras les retuercen la boca como los morros de un gorrino y dejan plantados dos marcas de carmín en la mejilla de la pobre criatura, le dicen a gritos: “Si parece un ángel, preciosísima.” Volver a conseguir la paz no es fácil, y que se retome la atención para contemplar el Cuerpo de Cristo partido por nosotros cuesta, en ocasiones, unos cuantos minutos.
“La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo.” A veces cuando llegamos a un lugar apartado, tranquilo, lejano del “mundanal ruido” decimos: “qué paz”, pero los cristianos –habitualmente-, tenemos que buscar la paz en medio del bullicio de cada día, de las preocupaciones laborales, familiares, personales. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” conlleva esa serenidad del corazón, ese transmitir paz en medio del caos, ese llenar de diálogo silencioso con Dios en medio de la algarabía del mundo, y eso yo lo descubro en Juan Pablo II y en algunas otras personas (desgraciadamente pocas) que traslucen paz interior, la paz de Dios, a pesar de las circunstancias externas.
La paz y el valor caminan de la mano. La paz no es fruto del consenso o del no querer molestar. Hoy escuchamos cómo a San Pablo le quieren quitar la paz a pedradas pero “él se levantó y volvió a la ciudad” a continuar predicando a Jesucristo. La paz de corazón, la paz fruto del Espíritu Santo, no lleva a apartarnos de los problemas, del “Príncipe de este mundo” sino a tener la convicción de que, acompañado por Cristo en mi vida, “él no tiene poder sobre mí” y por lo tanto se hace lo que Dios quiere aunque el ambiente o las circunstancias sean contrarias y desfavorables.
Pedir la paz para el mundo y para los corazones es una tarea urgente. Transmitir la paz no es dar gritos en la Iglesia cuando llega ese momento de la liturgia, ni abrazos desmesurados en la Misa, es colocar a Cristo en el centro de tu vida, de la vida de los otros y en el centro de la historia del mundo, consiguiendo que el corazón “no tiemble ni se acobarde.”
Santa María, Reina de la paz, consíguenos ser “instrumentos de paz” en el mundo y a nuestro alrededor.

NO A NOSOTROS, SEÑOR, NO A NOSOTROS

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Hechos de los apóstoles 14,5-18; Sal 113 B, 1-2. 3-4. 15-16; san Juan 14,21-26

Hace ya unos años, cuando se beatificó a San Josemaría Escrivá, tuve la oportunidad de asistir a una tertulia con un sacerdote que había elaborado parte de la “positio” que se presentó a la Santa Sede. Durante años se había dedicado a estudiar un breve período de la juventud del Santo, una época menos conocida de sus tiempos de juventud. Había leído mucho sobre la época histórica, el ambiente social y religioso, los testimonios de los testigos, los escritos que se conservaban; era en definitiva, en ese momento, el que más sabía de ese breve periodo de tiempo sobre el futuro beato. Elaboró el capítulo que le correspondía para presentarlo a la congregación para la causa de los santos. El entonces Prelado de la Obra leyó el capítulo y se lo devolvió pidiéndole que lo rehiciese, no estaba bien enfocado. El sacerdote contaba su enfado: ¿Quién podría enmendarle la plana a él, que conocía como nadie cada suceso de esos años?. ¿Cómo podía el Prelado decirle que estaba mal cuando en esa época no conocía aún a San Josemaría?. Él era el experto y nadie estaba autorizado para tirar por tierra su trabajo, tantas horas de estudio e investigación. Enfadadísimo, pero con la humildad que acompaña a los hombres de oración, volvió a leer su trabajo aunque fuese para dar más motivos que apoyasen su validez. Lo releyó y descubrió que, efectivamente, lo había enfocado mal y rehizo su trabajo quedando todos satisfechos. Su conclusión: Hasta que lo palpé no me di cuenta de lo peligrosa y dañina que es la soberbia intelectual que puso en peligro mi vocación.
“Dioses en figura de hombres han venido a visitarnos.” Sin duda tú y yo no esperamos que nos tomen por dioses, nos hagan sacrificios y nos eleven estatuas, pero sí puede existir la tentación sutil de que reconozcan nuestro trabajo, que nos valoren por nuestro esfuerzo, que nos agradezcan nuestra entrega, en el fondo una falta de rectitud de intención, pequeña pero que crece y crece sin que nos demos cuenta. Conozco a más sacerdotes secularizados y matrimonios rotos por esa soberbia intelectual que porque se les hayan encabritado las pasiones. “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.” Hasta Cristo hace lo que tiene que hacer (“aprendió sufriendo a obedecer”), aunque su “premio” fuese la cruz.
“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria.” A lo mejor, si eres sacerdote, tu párroco no te valora lo suficiente, tu vicario no se fija en ti, el Obispo te da destinos que nadie quiere, las madres de los niños de catequesis (en esta época de primeras comuniones) sólo piensan en el trajecillo de su niña, ese enfermo que visitas es un desagradecido. A lo mejor, si eres padre o madre, tu hijo parece que no te conoce ni te agradece ninguno de los desvelos que has tenido a lo largo de tu vida y la de cosas a las que has renunciado para que pueda vivir cómodamente, a lo mejor… . Ten paz, toda la gloria a Dios, da gracias a Dios que te conoce y al que tú conoces (“Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?), y sigue trabajando, orando, entregándote.
Hoy, día de San Juan de Ávila (que tanto tiempo fue beato), pedimos por todo el clero español y, si queremos premios, recordemos sus palabras que hoy leeremos en el oficio de lecturas. “Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hecho semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre.” María, con que tú mires mis trabajos y desvelos y se los muestres a tu Hijo eso me basta, no quiero más gloria humana.

SALIR ANTES

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Hechos de los apóstoles 14, 21b-27; Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab ; Apocalipsis 21, 1-5a; san Juan 13, 31-33a. 34-35

Casi siempre ocurre lo mismo, es un dato de experiencia fácilmente comprobable por cada uno de nosotros, fijaos este domingo.
Justo después de comulgar, muchos abandonan su asiento que celosamente han guardado durante toda la Misa y se dirigen, como deportistas de elite, hacia el lugar de salida. Tras la bendición resuena la voz del sacerdote: “Podéis” (acompañado por un ruido de pasos que se van agolpando en la puerta), “ir” (y el crujido de los goznes de la puerta no suficientemente engrasada acompaña esta palabra), “en” (como en la entrada de la plaza en los “San Fermines” se ha formado un tapón de personas que se empujan por ver la luz del sol en la puerta de la Iglesia), “paz” (a los que han tomado ventaja se unen los que por los ruidos precedentes se han puesto nerviosos y se forma espontáneamente la procesión de salida: el sacerdote, los monaguillos y todos los que se cruzan por en medio para llegar a la salida como si el último tuviese que fregar la Iglesia). Muchas veces pienso que se podría cambiar el final de la celebración de la Eucaristía y en vez de decir “podéis ir en paz” deberíamos decir “tonto el último.”
“Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús…” A mí lo que me pide el cuerpo en esos momentos es decir: ¡Ay de los que salen antes de tiempo! Cuando “cumplimos”, hemos mojado el pan en la salsa y salimos corriendo a hacer las cosas tan importantes y urgentes que tenemos que hacer, cuando estamos deseando “escapar” de la Iglesia e incluso comentamos que la Misa se alarga demasiado (¿Eres tú le dirías a los soldados que crucificaban a Cristo que acabasen cuanto antes, les quebrasen las piernas, y así nos iríamos antes a casa?), cuando nos acostumbramos a “salir corriendo”, quizá recibimos a Cristo, pero no le escuchamos.
“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros.” Judas no escuchó estas palabras, se fue corriendo a “hacer sus cosas,” muchos cristianos no paladean el amor de Dios, se tragan la sagrada forma y se les atraganta la misericordia de Dios de camino hacia la salida. Cuentan que el Padre Pío a todos los que acudían, por devoción, curiosidad o profundamente convertidos tras asistir a la celebración de la Misa (que a veces duraba más de hora y media sin cantos ni avisos), a besar sus manos, pedirle confesión o hacerle una consulta de conciencia, los hacía esperar, con delicadeza pero con firmeza, a que hiciese su acción de gracias por recibir a Cristo Eucaristía, y esa acción de gracias se solía prolongar una hora. Tal vez nosotros no poseamos tanta riqueza de tiempo pero seguro que tenemos unos minutos para dar gracias a Dios después de la comunión. En ese momento descubriremos el amor de Cristo entregado completamente en la Cruz y en la Santa Misa y nos exigirá el corazón amar así a los demás. Descubriremos “lo que Dios hace por medio de nosotros” como Pablo y Bernabé, “Bendeciremos el nombre del Señor por siempre jamás”, y palparemos que somos “la morada de Dios con los hombres.”
Una vez que has comulgado María, la Madre de Dios, te acompaña, los santos te rodean, la Iglesia entera está pendiente de ti. ¿De verdad no tienes unos minutos más para escuchar las palabras de Cristo en tu corazón?. Y si, por casualidad, el sacerdote de tu parroquia siempre va corriendo y cierra en seguida al acabar la Santa Misa, si descubre que hay personas que se quedan unos minutos a dar gracias a Dios, tal vez él recupere esa costumbre y le harás un favor.

EL CUIDADO DE NUESTRA MADRE LA IGLESIA

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Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4 ; san Juan 14,7-14

Hace unas semanas la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó la Instrucción “Redemptionis Sacramentum”, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía. Se trata de un gran documento, que clarifica aspectos muy importantes de la liturgia, de manera especial todo lo que concierne a la Santa Misa. Ya desde el principio plantea distintos interrogantes que muchos se hacen acerca de las normas litúrgicas: “¿No serían suficientes la creatividad, la espontaneidad, la libertad de los hijos de Dios y un ordinario sentido común? ¿Por qué el culto a Dios debe estar reglamentado por rúbricas y normas? ¿No sería suficiente instruir a la gente sobre la belleza y la naturaleza sublime de la liturgia?”.

“Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”. Cuando tratamos las cosas de Dios, es importante diferenciarlas de las cosas de los hombres. De esta manera, muchas veces se ha criticado a la Iglesia el que no exista la “libertad” suficiente para actuar conforme a los sentimientos o las iniciativas personales. Esta manera de ver la realidad está fuera lugar, ya que se trata de algo, no sugerido, sino instituido por el mismo Jesucristo. El Vaticano II lo dice muy claro: “Por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia” (Sacrosanctum Concilium, 7). No se trata aquí de dar lecciones de teología o liturgia, sino de recordar que es Dios quien nos ha llamado, y no nosotros quienes le hemos elegido. Esta diferencia no es algo sutil, más bien es la esencia de toda vocación divina. Cuando san Pablo recrimina a los judíos su actitud por volver la espalda a sus palabras, les recuerda que el mandato recibido es de Dios, no un empeño suyo. Y si somos sinceros ante el mundo que vivimos, descubriríamos que muchos males que nos azotan son motivados por haber olvidado lo esencial: sólo Dios conoce el corazón del hombre y, por tanto, lo que éste necesita.

Siguiendo con la Instrucción litúrgica: “Si la Misa es la representación sacramental del sacrificio de la Cruz, y en el santísimo sacramento de la Eucaristía se encuentra presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero está verdadera, real y substancialmente presente, es claro que las normas litúrgicas concernientes a la sagrada Eucaristía merecen nuestra atención. No se trata de rúbricas meticulosas, dictadas por mentes legalísticamente estructuradas”. (Un pequeño paréntesis explicativo: las “rúbricas” son esas letras en rojo que el sacerdote puede leer en el misal, y que le ayudan a celebrar mediante esos “gestos” o “actitudes” que expresan lo que se está celebrando). Aquí entramos de lleno en el Misterio. Y, como todo misterio, nuestra actitud ha de ser de contemplación y, en nuestro caso, de agradecimiento. El capricho humano debe dejar paso a la acción de Dios, que quiere mostrar su generosidad con el derroche de tanta gracia divina. ¿Vamos a usurpar un papel que no nos corresponde?, ¿no resulta más fácil dejarnos ayudar por el que sabe qué es lo mejor para nuestra alma?

“Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. Es en la oración donde realmente encontramos la mejor de las maneras para tomar la iniciativa. Si rezamos, y rezamos bien, nos iremos identificando cada vez más con el querer de Dios. Y es en la Eucaristía donde nuestras plegarias se “materializarán” en el sacrificio de Cristo por la salvación de todos nosotros. ¿No merecen, por tanto, una dignidad y atención especiales las rúbricas que acompañan a lo que será nuestro “alimento” por excelencia?

A María le corresponde un puesto preeminente en todo lo que toca a su Hijo. Por eso nos unimos a las palabras finales de la Instrucción sobre la Eucaristía: “Por intercesión de la Santísima Virgen María, ‘mujer eucarística’, resplandezca en todos los hombres la presencia salvífica de Cristo en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre”.

¿Y SI JESÚS TE LLAMA…?

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Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2,6-7.8-9. 10-11 ; san Juan 14, 1-6

San Pablo “se ha puesto las pilas”, como vulgarmente se dice, y empieza “a dar caña” sobre la figura de Jesús, recordando a los judíos la verdadera condición del Señor: “Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”. Esta valentía del Apóstol de los gentiles nos demuestra la eficacia del Espíritu Santo cuando aceptamos ser instrumentos de Dios. Confesar la divinidad de Jesucristo en nuestros días no es, precisamente, recitar el “Quijote”. Porque no hablamos de una figura de ficción, o de un personaje brillante de la historia que hizo “cosas”. Estamos poniendo en juego toda nuestra existencia. Es cierto que nos encontramos con multitud de “platos de lentejas”, que nos aseguran no pasar hambre o, incluso, entretenernos para no pensar en cuestiones trascendentes… Pero, ¿eres capaz de vender tu felicidad por algo tan efímero?

El otro día, por ejemplo, me enseñaron una película acerca de un proceso de vocación. Se trataba de un adolescente, que gracias a un partido de fútbol, jugando con otros amigos, conoce a un joven sacerdote que le plantea la llamada al sacerdocio. Nuestro protagonista es un chaval normal: le gusta la bicicleta, la música, el deporte… e incluso tiene novia. Lo interesante del relato es observar que la posible llamada que le hace Dios, en nada va a romper su vida: ideales, proyectos, etc. Todo lo contrario, va a suponer un salto cualitativo en donde se van a despertar horizontes nuevos hasta entonces insospechados. Eso sí, toda llamada de Dios exige su correspondiente renuncia y sacrifico (¿no tienen también que renunciar a cosas el padre de familia que ha de madrugar para ir al trabajo, la madre que tiene al hijo enfermo, o el médico que ha de atender a un paciente?). Dios nunca va a romper su compromiso con nuestra naturaleza: con lo que tenemos y somos, “simplemente” va a perfeccionar el propio estado, de ese hombre o de esa mujer, con las nuevas gracias que recibirá en esa vocación específica que el Señor le pide.

Diego, el protagonista de nuestra película, tendrá que dejar a su novia. Muchos pensarán que se trata de un atropello a su futuro. Pero, veamos las cosas desde Dios: ¿No es la esencia de la felicidad el dar, antes que recibir? La afectividad, que es algo muy humano, encuentra su plenitud cuando son desarrolladas todas las capacidades y cualidades que poseemos. Y éstas, sólo son colmadas con Aquél que las da a raudales. Si, por ejemplo, muchos matrimonios y familias entendieran que el don que han recibido es una vocación de Dios, antes de llegar a una ruptura por causas “afectivas” (“Ya no me quiere”, “lo nuestro se ha enfriado”, “hay alguien que me comprende mejor”…), sería bueno hacer examen para sincerarnos acerca de lo que hemos estado dispuestos a dejar en beneficio de la felicidad del otro, y por amor a Dios. Por supuesto, que siempre habrá excepciones, es decir, situaciones verdaderamente irreconciliables, pero es bueno recordar que son eso: excepciones.

“Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Éste es el tipo de confianzas que nos harán vivir con una serenidad de espíritu excepcional. No me imagino a Nuestra Madre la Virgen con temores por lo que pudieran pensar los enemigos de Dios acerca de su Hijo. Más bien, su identificación con Jesús le haría adquirir sus mismos sentimientos: dar la vida hasta el fin, con entusiasmo y alegría, que es la esencia de la felicidad.

Como anécdota, os diré que la novia de Diego (que al final entraría en el seminario para ser sacerdote), le entregó una cruz de palo para que su vocación se afirmase, y fuera el mejor sacerdote del mundo… ¿No es esto generosidad de la buena?

HABLAR DE DIOS DESDE EL SUFRIMIENTO

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Hechos de los apóstoles 13, 13-25 ; Sal 88, 2-3. 21-22. 25 y 27 ; san Juan 13, 16-20

Hay en la capilla del colegio donde suelo decir Misa una señora viuda, Sagrario, que resulta ser una especie de “sacristana” (palabra que me horroriza, por otra parte), y que cuando llego un rato antes para confesar, ya ha preparado todo lo necesario para celebrar la Eucaristía. Yo diría que lo anecdótico es el servicio que hace a la Parroquia, ya que lo heroico resulta ser su talante de mujer y de cristiana. Padece una enfermedad realmente dura de sobrellevar (que le acompañará hasta que se muera), pero siempre está con una sonrisa y animando a los que le rodean. Sabe “estar” y “callar”, pero, sobre todo, sabe servir a los demás con alegría.

“Hermanos, si queréis exhortar al pueblo, hablad”. Existen diversidad de formas de hablar, y nuestra condición de cristianos nos ayuda a que sea (¡en tantas ocasiones!) el propio Espíritu Santo quien hable en nuestro lugar. Y al relatar el caso de mi amiga Sagrario (ya cumplidos los setenta), me ayuda a entender que también desde el dolor y el sufrimiento se puede hablar muy bien de Dios. Los que por naturaleza somos un tanto “quejicas” ante el menor sufrimiento físico, nos admira ver a esos hombres y mujeres que, con gallardía, llevan adelante su enfermedad, también con sentido sobrenatural.

Y tampoco hace falta llegar a la ancianidad para adquirir semejante virtud, pues hace unos días me comentaban el caso de una adolescente que, ahora en proceso de beatificación, sufrió lo indecible durante su largo proceso de cáncer. Su nombre: Alexia. Cuando exhumaron el cadáver (que es algo que suele hacerse en las causas de beatificación), los allí presentes fueron testigos de las huellas que, dicha enfermedad, dejaron impresas en sus restos. Me comentaban que debió pasar un auténtico calvario durante su larga estancia en el hospital. También he leído alguna publicación de esta chiquilla y, puedo aseguraros, que si Dios no estuvo presente en semejante “Gólgota”, cualquier razonamiento humano resultaría absurdo.

“Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: ‘Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias’.” Sublime manera de hablar san Pablo acerca de aquél que poco conoció, pero que debió impresionarle profundamente. ¿Qué es lo que quedó grabado en el apóstol de los gentiles de la figura del Bautista: que su humildad y su abandono en Dios eran fruto de una vida que nunca tuvo en propiedad (“cuando estaba para acabar su vida”), sino que pertenecía exclusivamente a su Señor. Semejante desprendimiento resulta una “bofetada” para los que, con remilgos, buscamos justificarnos porque aún no hemos obtenido el antojo pertinente. Mirar a estos personajes es contemplar el mismo rostro de Cristo que, desde el Huerto de los Olivos hasta su muerte en la Cruz, nos interroga acerca de nuestras preocupaciones. ¿Será para tanto? Es cierto que no os tengo a todos delante de este comentario del Evangelio, pero puedo sospechar (es también mi experiencia), que siempre habrá alguien que sufra mucho más que tú y que yo… y dé gracias a Dios por ello.

“El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado”. ¿Nunca te has parado a pensar que alguien que llora o sufre con sentido cristiano (o quizás sonría por no hacerte sufrir a ti), desde el lecho de su enfermedad, se transforma en verdadero apóstol de Cristo? ¡Fíjate con qué “instrumentos de guerra” nos enfrentamos ante el mundo!

Esas mismas armas las conocía María, la Madre de Jesús: “¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!”… Clarificadoras palabras de Simeón, mientras bendecía a la Virgen y a José, su marido.

LA ENTRAÑA DEL APOSTOLADO

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Hechos de los apóstoles 12, 24-13, 5; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 ; san Juan 12, 44-50

La palabra “apostolado” tampoco goza de muy buena prensa en nuestra sociedad. Eso de que alguien “te coma el coco”, y te diga cuál ha de ser tu actitud ante Dios y los demás no va mucho con nuestra forma de entender la libertad. Sin embargo, todas las lecturas que estamos considerando del libro de los Hechos de los apóstoles no hacen otra cosa sino hablar de proselitismo y apostolado. Se nos dice que los primeros testigos de la Resurrección de Cristo se dedicaban a “cumplir su misión”. Cuando pasamos horas y horas delante de un televisor, y “nos tragamos” los “spots” publicitarios que intentan convencernos de que hemos de comprar un producto de consumo, o escuchar a nuestros políticos lo bien que llevan a cabo sus promesas electorales, nadie se queja, incluso está “muy bien visto”.

Da la impresión de que a los cristianos nos agobian los respetos humanos. Y eso de tener que decir al compañero de trabajo lo bueno que sería que se hiciera una “limpia” acudiendo al confesionario, o preocuparnos por ese amigo con el que tomamos “unas copas” para que vaya a Misa el próximo domingo, no nos parece muy correcto (o, más bien, nos da vergüenza pensar lo que opine de nosotros). Es más (y ésta es la tentación de lo “políticamente correcto”), puede resultar lesivo para el ejercicio de sus libertades, puesto que es algo que corresponde exclusivamente a su conciencia. Si mis padres hubieran pensado lo mismo, esperando a que cumpliera los dieciocho años para que decidiera acerca de mis convicciones religiosas, no sé dónde estaría ahora. Qué bueno es descubrir que en la familia se encuentra el germen de esa semilla, que Dios depositó en nuestra alma mucho antes de que naciéramos.

“Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”. ¡Además esto!… Que para hacer apostolado necesito tener una vida de sacrificio y de oración. ¡Vamos!, que nos presentamos en medio de la calle con estos argumentos de identidad, y algunos nos pueden calificar de “lunáticos”. Por eso, el primer apostolado es el de la amistad. ¡Sí!, esa vecina tuya a la que hace tiempo no saludas, pero intuyes que pasa por momentos difíciles. Ése que se sienta en la mesa de enfrente y con la mirada espera le digas algo, porque no encuentra respuestas a lo que sufre en su interior.

“El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado”. Apóstol no significa otra cosa sino “enviado”. Enviados por Dios para dar testimonio de lo que somos (e incluso de lo que nos falta por ser), con la delicadeza suficiente para comprender lo que otros necesitan, ser queridos por Dios, y responder con nuestra generosidad, y prontitud, a lo que Él espera de nosotros: lealtad, fidelidad y correspondencia.

“Por tanto, lo que yo hablo lo hablo como me ha encargado el Padre”. La libertad que nos da saber que lo que decimos no es cosa nuestra, sino un encargo del propio Jesús, es enorme. Sabemos que nunca nos equivocaremos cuando se trata de buscar hacer el bien a los demás. Porque, ¿qué mayor bien que entregarnos con todas nuestras fuerzas a que otros experimenten la “gozada” de vivir en gracia, y cara a Dios? ¡Cuántos “fantasmas” desaparecerán de nuestra vida cuando vivamos con la libertad de los hijos de Dios! Aunque algunos nos den la espalda, o se rían de nosotros, nada tememos, porque ése fue el camino que recorrió Cristo, y el que siguieron sus apóstoles.

La Virgen María también recibió un encargo: ser Madre de Dios… ¡Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros!

LA SEÑAL DEL CRISTIANO

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Hechos de los apóstoles 11,19-26; Sal 86, 1-3, 4-5. 6-7 ; san Juan 10, 22-30

“Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos”. Quería el autor de los Hechos de los apóstoles dejar constancia de esa primera denominación con que se reconocía a los primeros seguidores de Jesús. Nos encontramos en una de las primeras persecuciones contra el cristianismo (“provocada por lo de Esteban”), y, en medio de tan aparente desconcierto, el Espíritu Santo actúa. Lo contrario sería lo extraño, porque la historia de la Iglesia sólo ha dado frutos abundantes, a la medida de Dios, cuando ha estado rubricada con el signo de la Cruz.

Hemos repetido, a lo largo de estos comentarios, el significado de la paz para un cristiano. Y siempre hemos dejado constancia de que no tiene nada que ver con la que el mundo nos presenta. Un fiel seguidor de Cristo encuentra la alegría y el gozo, no en los resultados estadísticos o en la vanagloria de la fama y el poder, sino en la absoluta certeza de que “la mano del Señor está con él.” Este abandono en la providencia divina nada tiene que ver con un comportamiento de “verlas venir”, más bien es consecuencia de haber alcanzado una cierta paz interior, porque el Espíritu Santo se encuentra “a sus anchas”, y lo único que importa es reconocer el “dedo” de Dios en cualquier situación.

“Os lo he dicho, y no creéis”. Un día he de ponerme a contar (ahora los medios informáticos ayudan a ello) el número de veces en que el Señor habla de “fe”, “confianza” o “creer”. Lo curioso es que casi siempre lo hace en un cierto tono de reproche. El dolor moral que debía sufrir Jesús por la falta de credibilidad, en sus palabras y hechos, debió ser ciertamente notable. En algún momento, se nos dice que “no podía hacer milagros a causa de la falta de fe”.

Por tanto, vamos percibiendo algunas características que distinguían a los primeros seguidores de Jesús, y por las que se justifica la denominación de cristianos:

– Perseguidos.
– Llenos de paz interior.
– Abandonados en las manos de Dios.
– Colmados de confianza en la acción del Espíritu Santo.
– Y, sobre todo, confirmados en la Cruz.

¿Se asemejan estos signos con el retrato de un cristiano del siglo XXI?… No se trata de generar una alarma colectiva, ni mucho menos apocalíptica, pero nos pueden venir “al pelo” todas estas premisas para que cada uno haga examen de conciencia, y no vuelva la vista atrás como un nostálgico, que repitiera incesantemente: “¡aquellos sí que eran buenos tiempos!”.

Hoy, como el domingo anterior, se nos habla en el Evangelio de la figura del Buen Pastor encarnada en Jesús. Es importante que recordemos que el Señor no es un personaje que lucha para que progresemos en nuestro estado de “bienestar”. Cristo nos conoce, y espera por nuestra parte que demos testimonio de Él. Y la prueba la encontramos, cada día, en medio de lo que calificamos: anodino, aburrido, monótono o cansino. Es bueno que resuene en nuestra memoria, una y otra vez, que la recompensa que esperamos de Dios no es un aumento de sueldo, ni una gratificación extraordinaria, ni un viaje a Cancún. Jesús “sólo” nos promete la vida eterna.

Si acudimos a la Virgen, como lo haría un niño “llorón” a su madre, seguro que percibiríamos una sonrisa y una caricia. Jesús cargo con la Cruz, pero María la sostuvo en su corazón. ¿Hay algo más entrañable en la señal del cristiano?

LA “ECOLOGÍA” DEL CORAZÓN

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Corintios 15, 1-8; Sal 18, 2-3. 4-5 ; san Juan 14, 6-14

¿Por qué hablar de la pureza y de la castidad resulta un tabú en muchos de nuestros ambientes? No hay que fijarse mucho en el Evangelio para descubrir que a Nuestro Señor se le podía acusar de comer con gente proscrita, de ir contra el formalismo legal de su época, o de tratar con gente “contaminada” (leprosos, prostitutas…); pero nunca se le acusó de vivir contra la pureza de corazón o de la carne.

Lo siento, pero hoy “me apetece” ir contracorriente. Poco tiene que ver este comentario con las lecturas de hoy (bueno, el que diga Jesús acerca de sí mismo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”, encierra cualquier perspectiva de lo que aquí hablemos), pero es necesario pregonar a los “cuatro vientos” la importancia de la virtud de la pureza. Uno ya se cansa de tanta seducción de la carne, de tanto mercado barato del “amor”, o de la supuesta “liberación” a costa de cuerpos marchitos y rotos. Y allá va la retahíla de interrogantes: ¿Vale la pena la corrupción del amor a cambio de millones de abortos? ¿Es necesario usurpar la dignidad humana por un “mendrugo” de placer? ¿Cuánto crece el ser humano cuando se le ha arrebatado su pudor?…

Decir que el cuerpo es templo del Espíritu Santo no es ninguna tontería. Hay muchos que critican a la Iglesia por vivir en el ancestro de los tiempos (oscurantismo, manipulación, fundamentalismo…). Pero, ¿acaso la obsesión por el placer inmediato, el adulterio, la obscenidad, etc., pertenece a uno de los mayores logros del progreso de este siglo XXI? No hay que ser muy listos para descubrir que semejante jactancia, no sólo no pertenece a la época del medioevo, sino que desde el primer pecado del hombre (hace ya miles de años), se ha intentado “vender” como algo que debía cubrir las necesidades más elementales. Y no me dirijo a hombres o mujeres consagrados, que han hecho voto o promesa de castidad o virginidad, porque es un “tema” que también incumbe al matrimonio, al noviazgo o a la misma soltería. Ser templos del Espíritu Santo no es un apellido o un acomodo, es algo que afecta a todos los que hemos sido bautizados en el seno de la Iglesia. Y aún más, creyentes o no, practicantes o agnósticos… todo ser humano está hecho a imagen y semejanza de su Creador, lo que significa que ir “contranatura” (sexto y noveno mandamientos de la Ley de Dios), es actuar contra lo que está inscrito en el interior de todo hombre. Vamos a ser claros, ¿no es la virtud de la pureza la auténtica ecología que necesita nuestro mundo? ¿De qué sirve “decorar” lo externo (árboles y bosques, ríos y mares…), si lo de dentro (el corazón humano) apesta.

Perdonadme, pero aquí no vale: “¡qué difícil!”, “¡es casi imposible!”, o ¡”sólo los muy santos pueden vivir así!”. Así que: ¿somos capaces de poner todos los medios para alcanzar el más absurdo de nuestros caprichos, y nos cuesta responder con un ¡sí! al amor? Sí, porque desde el comienzo de este comentario no estamos haciendo otra cosa sino hablar de lo que otros callan por vergüenza o cobardía: el amor limpio es posible y, además, hace más creíble al mismo amor. La pureza de corazón no es un obstáculo, sino una afirmación gozosa de nuestra libertad y de nuestro señorío. “Simplemente” se trata de reconocer la debilidad que nos acompaña constantemente (ese “tufillo” que extiende sus alas a nuestro alrededor en todo momento: el pecado), para comprender que hay algo mucho más grande que nosotros: el perdón de Dios y su gracia. Y os puedo asegurar que hay legiones de hombres y mujeres que así lo viven.

Estamos en el mes de mayo, mes de María: ¿Cómo viviría la pureza? Más bien, al ser la llena de gracia, es fuente de pureza. Acudimos a ella, no con tristeza, sino con la certeza de que al poner nuestra vida en sus manos, hemos acortado las distancias en el propósito de meternos (¡ojalá pudiéramos incluso hacerlo físicamente!), un poco más, en ese Corazón dulce, amable y puro de su Hijo.

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