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EL QUE SE HUMILLA….

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Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12; san Lucas 15,1-3.11-32

Siete días llevamos meditando sobre la necesidad de humillarse, hoy es el último y espero que haya servido para acercarte de otra manera a Dios y a los demás. Qué mejor colofón a estos comentarios que el evangelio de hoy, la parábola del hijo pródigo.
Seguro que la has meditado cien veces y te has puesto en el lugar del hijo pequeño, del hijo mayor e incluso te recomiendo que te pongas en el lugar del Padre (aunque sea algo pretencioso) para saber tratar a los demás, porque todo lo que el Espíritu Santo te haya iluminado en esas oraciones será mucho más valioso que lo que yo pobremente pueda escribir.
Hay una campaña, no sé si sólo en Madrid o en otras partes, de acogida a niños con carencias que se llama: “Se buscan abrazos”. No es que yo sea especialmente afectivo ni dado a muestras efusivas de cariño, pero de toda la parábola del hijo pródigo nos vamos a quedar buscando el abrazo del padre al hijo.
Ese abrazo resume todo lo que hemos querido meditar durante esta semana. El hijo abrazó su fortuna y se fue desasido de su padre. Se sentía infantil bajo la protección de su padre y se lanzó en busca de otros abrazos. Se echó en los brazos de la “buena vida”, de la juerga, del vino, de los amigotes, de las prostitutas y terminó humillado por todos ellos e intentando abrazar las algarrobas que comían los cerdos, y hasta ese mísero abrazo al alimento de los puercos le estaba vedado. Es como el abrazo de la boa constrictor, al principio es suave, de tacto agradable, pero termina ahogando y, o eres capaz de zafarte de él, o acabas siendo devorado y deglutido lentamente por los jugos gástricos del animalejo.
El otro abrazo, el abrazo del padre, parece mucho más difícil de recibir. Parece que hay que ganárselo, pensar excusas para acercarse a él, darle vueltas a razonamientos que justifiquen nuestra indignidad y hacernos un hueco entre sus brazos. Y, ciertamente, es un abrazo inmerecido, no nos lo ganamos por nuestra locuacidad ni por nuestra capacidad de “dar lástima”. Es Dios Padre quien se conmueve cuando ve que nos acercamos, el que echa a correr a nuestro encuentro, nos abre los brazos en un inmenso abrazo y nos cubre de besos, callando todos nuestros estúpidos razonamientos o nuestras injustificables justificaciones. Toda la humillación de esta semana es elevada en los brazos del Padre y, sintiéndonos otra vez como niños pequeños y balbucientes ante Dios, nos damos cuenta que Él nos quiere y ése es nuestro mayor tesoro, el que nunca querremos perder.
No dejes pasar de hoy el acercarte a tu padre Dios, el acercarte a la Iglesia y recibir el sacramento de la confesión y- aunque creas que te va a costar mucho, que llevas demasiado tiempo cuidando cerdos- en cuanto te decidas será tu padre Dios quien correrá a tu encuentro, verás todos tus pecados atados con clavos a la cruz y encontrarás la vida de la gracia que da vida a lo que parecía un cadáver.
Confíale a María este propósito de no aplazar un día más esa reconciliación con Dios que necesitas y, aunque te cueste avanzar por la humillación de tus pecados, descubrirás que cerealmente cierto que “él que se humilla será enaltecido”.

PENITENCIA

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Génesis 37, 3-4.12-13a. 17b-28 ; Sal 104, 16-17. 18-19. 20-21; san Mateo 21, 33-43.45-46

Los viernes son días penitenciales, especialmente los de Cuaresma. Es el día en que recordamos especialmente la cruz y el corazón traspasado de Cristo. La penitencia humilla, es la oración del cuerpo, de los sentidos, del estómago, de la vista. Es el día en que a uno le apetece especialmente un bocadillo de chorizo o hincarle el diente a ese jamón que te regaló alguien antes de la Cuaresma. ¡Una tontería!, dicen muchos, hay cosas mucho más importantes que esas niñerías.
Desengáñate, la vida está hecha de esas “tonterías” , de la fidelidad en lo pequeño, de meter a Cristo en cada asunto de tu vida. Piensa un poco y pregúntate: ¿Cuántas cosas excepcionales has hecho en la última semana?, ¿en qué situaciones a lo James Bond te has visto implicado en el último mes?. Me hacen gracia esas películas en que el protagonista pasa de ser un chiquito esmirriado y asquerosillo buscando venganza, a una especie de bestia parda del kárate, con bíceps hasta en las orejas, después de unas semanas de entrenamiento con un ancianito coreano. La vida se vive día a día y no se cambia de la noche a la mañana a no ser por un especialísimo don de Dios.
“Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”, así solucionan todos sus problemas, de un golpe. Si los labradores de la parábola en vez de dedicarse a matar a todos los criados que mandaba el dueño de la viña se hubieran dedicado a cuidar la viña, a procurar que diese más y mejores frutos, hubieran tenido de sobra para ellos y para su señor. Pero no, garrotazo en la nuca al criado, crucificar al hijo y a imaginar que se quedarían con la viña sin pensar que si no la cuidan sólo daría agrazones, incomestibles e inmaduros, y que sin el señor de la viña no podrían hacer nada.
Igual les ocurre a los hermanos de José, queriendo que su padre les tuviese más cariño (y tenía como buen padre cariño distinto a los hijos distintos), quieren matar al pequeño. Consiguieron un padre siempre triste y hambre en tiempos de sequía.
“Recordad las maravillas que hizo el Señor”. “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”. No desprecies las pequeñas penitencias, pueden parecer “tonterías” y humillarte delante de aquellos que se consideran muy dueños de su vida, pero son las piedras que construyen las maravillas de Dios. Un día llegará el momento de la prueba, de la enfermedad, de la muerte, de la soledad, de la difamación o la calumnia y esas pequeñas penitencias se convertirán en muro fuerte contra el que se chocan todas las adversidades, contra el que rebotan todas las dificultades. No lo habrás construido tú, lo habrá hecho el Señor con la argamasa de esas “tonterías” que pones cariño en cumplir, con las piedras de esas humillaciones personales que nadie ve excepto tú, nuestra Madre la Virgen y Dios. Pruébalo, verás que vale la pena.

DE PÚSTULAS Y PUSES

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Jeremías 17,5-10; Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6; san Lucas 16,19-31

“Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.” Esta situación sí que es humillante. Hoy nos vamos a poner en el lugar de Lázaro, a ver si concluimos algo positivo.
A lo mejor alguna vez has tenido que limpiar las llagas y las pústulas de un enfermo. Esas heridas que explotan y sueltan un pegajoso pus “amarillento-verdoso”, que hiere al olfato con el olor de la muerte y rodeado de necrosis, carne putrefacta adelanto de lo que nuestro cuerpo será dentro de unos años. No es nada agradable, pero hay que curarlo, limpiarlo, vendarlo o, en algunos casos, exponerlo al aire para que cure antes, si no se hace así la infección se puede propagar a todo el cuerpo y ser mortal.
A veces se nos puede contagiar del ambiente el ver la Iglesia como una institución poderosa, llena de intrigas palaciegas, de maquiavélicos planes y como una fuerza social de presión, que, mediante oscuros recursos, maneja las conciencias y las situaciones mundanas para obtener un beneficio de poder económico o prestigio social. No nos llamemos a engaño, la Iglesia triunfante está en el cielo, aquí somos mucho más parecidos a Lázaro que al rico de la parábola. La Iglesia nació en la cruz donde pendía un hombre desnudo, golpeado, desfigurado, “gusano, que no hombre… ante quien se vuelve rostro”. Si la Iglesia entiende de algo es del pecado, de la debilidad de sus miembros, y nuestros pecados – los tuyos y los míos- ocultos o públicos, son llagas que supuran el pus maloliente que rodea a la Iglesia en la tierra. Esto no nos tiene que asustar: “Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza”, pero “dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”, es Él quien cura y venda la herida. Los cristianos ante el pecado no nos asustamos, ni nos escandalizamos como si la Redención no hubiera sido necesaria, sino que acogemos, curamos, perdonamos y buscamos justicia con la misma delicadeza con que curamos las heridas del leproso.
Ciertamente encontraremos “ricos” de este mundo que nos negarán “el pan y la sal”, que serán jueces implacables pues no conocen la misericordia de Dios, y también encontraremos perros que vengan a alimentarse del pus de las heridas de los pecados de los hombres con sucios lametones. En estos tiempos en que estos “ricos” se regodean en hincharse sus ya generosas panzas riéndose de las heridas de la Iglesia, haciendo películas en que se presenta a los sacerdotes como pederastas habituales o reprimidos sexuales, cuando se ventila el nombre de los sacerdotes “presuntamente” culpables de pecados metiendo el dedo en sus llagas no para creer, sino para fastidiar (por no buscar la rima), la Iglesia ha de sentirse más Lázaro que nunca: pobre, herida, con heridas que hacen daño a la vista, pero confiando siempre en la Gracia de Dios que actúa, que siempre da una oportunidad más, que todo lo perdona al que es humilde y quiere cambiar de vida. Será el Señor el que haga la verdadera justicia, por ello que tu corazón no tiemble y pídele a María que te enseñe la delicadeza para curar las heridas del pecado con el mismo cariño que limpiaría el cuerpo de Cristo al descenderlo de la cruz y estrecharlo entre sus brazos. Nuestra humillación: la de Cristo pues es por nuestros pecados. Nuestra respuesta: la de Cristo, amar hasta dar la vida, aun a los que nos hacen mal.

EL TALLER DE CHAPA Y PINTURA

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Jeremías 18, 18-20; Sal 30, 5-6. 14. 15-16; san Mateo 20, 17-28

Nuestra ración de humillación diaria (¿A qué sienta bien? es como un poquito de sal en la comida). Mi historia con los coches es compleja, parece que al llegar a los 100.000 Km. se hartan de mí y deciden quemarse, estrellarse o jubilarse (espero que el de ahora me sea más fiel). Una vez, entre coche y coche, me regalaron uno de segunda (o decimoquinta) mano. Era un Renault 5 amarillo que conseguimos que arrancase sin llave (que había desaparecido) a base de apretar una serie de botones que instalamos en el salpicadero, las ventanillas bajaban bien, pero no subían y, además de una serie de curiosos ruidos, que jamás pensé que podía hacer un coche, cada día que pasaba se parecía más al troncomóvil de los Picapiedra pues la chapa del suelo, completamente oxidada, se iba cayendo, lo que facilitaba frenar con el pie y perder un pasajero del asiento trasero. Había que arreglarlo, así que fui a ver a mi amigo “Pepe, el Chapas” que tenía un taller de chapa y pintura. Yo le había visto cortar la chapa de una puerta de un coche con las tijeras como si fuese un recortable de papel de una revista infantil y luego unos cuantos golpes, algún remache, un poco de soldadura y el coche como nuevo. Como lo veía tan sencillo (y yo tengo más estudios que Pepe, por supuesto) me ofrecí a ayudar en el arreglo del suelo de mi coche, ya que no me iba a cobrar sería lo menos que podía hacer. Ni corto ni perezoso me dio un “mono” del taller, pegó cuatro martillazos a una puerta vieja de un coche que dejó completamente plana, me dio las tijeras de cortar chapa y me dijo: “Corta un cuadrado de este tamaño”. Tan feliz, agarré las tijeras y empecé a cortar, era sencillo. Cuando llevaba 25 centímetros de chapa cortada no sentía los dedos, me dolían los antebrazos, sudaba como un cochinillo y pensé que acabaría de cortar cuando hubieran pasado entre cinco a seis años. Pepe me miró, me apartó y en veinte segundos cortó la pieza que era necesaria.
“Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” y como yo, el tonto de la chapa, contestaron los Zebedeos: “lo somos”. Nunca te creas “capacitado” para seguir a Cristo, nunca pienses que “ya lo has conseguido”: si no es por la Gracia de Dios no valemos para nada, y menos para cortar chapa. Cuando pienses que todo está conseguido te pasará como a Jeremías: “¿Es que se paga el bien con el mal, que han cavado una fosa para mí?” , si sólo confías en tus fuerzas te desesperarás, hasta que grites ¡”Señor, sálvame por tu misericordia, que yo confío en ti”!. “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos”, desde fuera puede parecer sencillo, estamos tan acostumbrados a ver cruces que ya no nos llama la atención; pero ponte el “mono” de trabajo, deja que Cristo vea que te esfuerzas y que te pones a servir, y entonces te empujará con cariño y hará el “trabajo” que para ti era imposible, pero no para Él.
“No sabéis lo que pedís”, María, madre mía, ayúdame a entenderlo y a darme cuenta que si estoy al pie de la cruz es por Él, no por mí.

LOS “JESUSÓLOGOS”

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Isaías 1,10.16-20; Sal 49, 8-9. 16bc- 17. 21 y 23; san Mateo 23, 1-12

Vamos a humillarnos un poquito más, no te preocupes, la humillación cristiana no es una fabrica de “depres” sino que abre las puertas a la misericordia, a la felicidad, a la verdadera alegría.
No he visto la película de “La pasión” de Mel Gibson aunque creo que iré a verla cuando la estrenen en España, pero ciertamente se han derramado litros y litros de tinta a favor y en contra. Cuando la vea tendré mi opinión y seguramente me la guardaré, pero el otro día leía un titular que decía: “Expertos en Jesús hallan errores en filme de ”. Me hizo gracia la expresión: “Expertos en Jesús”; ¿Qué son? ¿Cómo los llamaremos?… ¿Jesusólogos?. Conozco historiadores que conocen profundamente la historia de Israel en la época de Jesucristo, teólogos que profundizan en la fe y en la persona del Verbo encarnado, hasta “piratas” de las Sagradas Escrituras que te lanzan una cita a la cara en cuanto estás descuidado pero ¿expertos en Jesús?. El experto es el experimentado en algo y la experiencia es el “hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo”. Un médico puede ser experto en partos, haber asistido a cientos, pero nunca será experto en ser madre.
¿Expertos en Jesús? Experiencia de encontrarse con Cristo tenemos que tenerla tú y yo, porque no seguimos a un cadáver, seguimos a Cristo vivo y actuante en la historia, en nuestra vida. “Lavaos, purificaos, apartad de mí vista vuestras malas acciones: cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda. Entonces, venid y litigaremos- dice el Señor”. Quien no se ha encontrado con Cristo se justifica, se convierte en “Jesusólogo”, en arqueólogo de sus intereses, “lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Si de verdad te encuentras con Cristo te encontrarás con “el que vive” y no querrás hacerle la autopsia, le reconocerás como “maestro”, como “Señor” y te encontrarás con tu Padre del cielo.
A lo mejor piensas que es una meta muy alta, que no tienes nada de místico. Me contaron una vez que un Obispo de Madrid, hace muchos años, decía a sus sacerdotes que no se dejasen llamar místicos. Cuando le preguntaban el por qué contestaba que una vez, estando en un monasterio haciendo ejercicios espirituales, vio pasar por el campo a un aldeano que azuzaba a su asno con una vara y le gritaba: “¡Místico anda!., ¡Arre Místico!”. Se acercó el prelado a preguntar cómo le había puesto semejante nombre al pollino a lo que el labriego contestó: “¿A éste?, pues porque mueve mansamente la cabeza hacia un lado, luego hacia al otro y después hace lo que le sale de las narices”.
Madre nuestra, que nosotros no hagamos lo que nos salga de los hocicos (con perdón, quiero decir de los apéndices nasales), que no seamos “místicos borricos” sino que recordemos lo que buscamos esta semana: “el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Así te encontrarás con Cristo.

LA AUTOESTIMA

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Daniel 9,4b-10; Sal 78, 8. 9. 11 y 13 ; san Lucas 6,36-38

Seguimos humillándonos, no te importe, tenemos motivos de sobra.”Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti”. ¿Hace cuánto que no sientes vergüenza?. Me imagino que la psicología me echará en cara el favorecer la vergüenza como un sentimiento positivo o el pensar que la culpabilidad- en bastantes casos- es positiva ya que los psicólogos modernos (es decir, desde mediados del siglo pasado) favorecen la autoestima, la huida de pensamientos “negativos” y el ocultar el sentimiento de culpa. Reconozco que suspendí dos veces psicología (lo que me obligó a estudiarla tres veces), pero aun así no me convenció del todo.
La autoestima. Cuántas horas oyendo hablar de la autoestima, cuántos libros publicados y con qué vocecilla de torno de convento, escuchar conferencias y consejos sobre aprender a quererse. Es muy útil para justificar conciencias, admitir actos y actitudes que nos incomodan “un poco”, pero cuando te encuentras con una vida que está en la basura, que objetivamente no tiene un agarradero donde cogerse, porque día tras día ha ido perdiendo a su familia, a sus amigos e incluso a sí mismo y que ha llegado a ser una sombra de su pasado, de nada me ha servido decirles que se quieran, pues no quisieran su estado ni para su peor enemigo. Esas personas no tienen que quererse, que “auto-estimarse”, lo que tienen que hacer es sentirse queridas no por lo que son sino por quién son. A lo mejor estás pensando en drogadictos terminales, en delincuentes peligrosos, mendigos crónicos y tienes razón, ni ellos pueden quererse en esa situación pero, no nos vayamos tan lejos, piensa en ti que yo ahora pensaré en mí.
Ya voy cumpliendo mis años (no demasiados), descubro vidas de personas que a mi edad ya habían descubierto claramente el amor de Dios, que habían entregado su vida sin reservas, que no buscaban fútiles compensaciones ni justificaciones baratas en “los tiempos”, “las modas” o “las situaciones”. No eran impecables pero descubrían el amor intenso y misericordioso de Dios. Por mi parte, tengo a Dios en mis manos y lo comulgo todos los días pero sigo “enganchado” a mi bienestar con repugnancia a la cruz, recibo el perdón de Dios y lo comunico en nombre de toda la Iglesia, pero sigo intentando robar de los demás prestigios o prebendas, he descubierto el tesoro de mi vocación sacerdotal pero sigo mendigando otros bienes que son males. ¿Cómo voy a estimar todo eso? ¿De qué manera me pondré de rodillas frente al crucifijo y le diré al Señor: “En el fondo me quiero”? Sólo me saldrá del corazón decirle: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… pues estamos agotados”. No es falta de autoestima ni complejo de culpa, es la realidad: Dios te quiere aunque seas pecador y te quiere santo, “nuestro Dios es compasivo y perdona”, no se enorgullece del pecado de sus hijos, pero seguimos siendo sus hijos.
Desde aquí pregúntate sinceramente: ¿A quién vas a condenar?, ¿A quién vas a juzgar? ¿A quién vas a medir? ¿A quién no vas a perdonar?. María, madre de los dolores, ayúdame a llorar un poco más y a “quererme” un poco menos.

EL HUMILLADERO

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Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14; Filipenses 3, 17-4, 1; san Lucas 9, 28b-36

Este año muchos haremos el camino de Santiago, es lo propio en Año Santo. A la salida de muchos pueblos y aldeas de Galicia y otras partes de España nos encontraremos con cruces o imágenes de la Virgen talladas en columnas de piedra y muchos, poniendo acento gallego para hacerse los graciosillos, dirán: “El cruceiro”. Ignoro si alguien habrá ido antes colocando monedas brasileñas en todas estas imágenes, que eso es un cruceiro o si el que lo comenta realmente es y habla gallego, pero su nombre en castellano es “el humilladero”.
Esta semana comentando el Evangelio vamos a intentar humillarnos. ¿Una persona se humilla cuando le insultan?, no, en ese caso “le” humillan pero no va unido el que “se” humille, es más, habitualmente cuando a alguien le humillan se crece en soberbia y responde con una pataleta. Creo que uno “se” humilla cuando se encuentra con algo o con alguien que te supera tremendamente, que te admira profundamente, que te remueve por dentro (y a veces por fuera), que te hace comprender tu indignidad de acercarte.
Pedro, Santiago y Juan se humillan ante Jesús transfigurado, se quedan sin habla o no saben lo que dicen, se dan cuanta del don de la gracia que han recibido; a Abrahán le invade un “terror intenso y oscuro” ante la alianza de Dios, eso es humillarse.
Seguimos caminando en esta cuaresma y tenemos que humillarnos ante la cruz de Cristo. Me acuerdo que en mi infancia los buenos religiosos de mi parroquia hicieron (como en tantas parroquias de Madrid) una intensa campaña para que se comulgase en la mano. Era una conquista, se pusieron carteles, se hicieron moniciones, se paraba la celebración antes de comulgar para explicarnos – como las azafatas en los aviones explican las normas de seguridad- la forma “correcta” de comulgar, hasta el punto de que, comulgando en la boca, te sentías casi culpable de ofender al sacerdote que suspiraba y bufaba profundamente al ofrecerte el Cuerpo de Cristo. No tengo nada en contra de la comunión en la mano, pero sí me molestaba que me lo impusieran (mi soberbia es así). Después he pasado por muchas parroquias, el comulgar en la mano se ha convertido en lo corriente y en muchas otras me encuentro (en la mía actualmente, por ejemplo) que se han quitado o nunca se han puesto reclinatorios en los bancos. Así las personas permanecen en pie durante la celebración, muy pocos se arrodillan en la consagración, al entrar en la iglesia se sientan como se sentarían en el cine, esperando que todo empiece y, sobre todo, que acabe. Arrodillarse (siempre que se pueda y la artritis y artrosis se lo permitan a uno) tiene mucho que ver con humillarse. Si vivimos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo que es la Santa Misa sin humillarnos, sin admirarnos ante el amor de Dios, corremos el riesgo de convertirnos en “mirones” de la pasión, en un “paseante” ante la cruz, en “curiosos” de la resurrección. Quien ante la cruz no se humilla, al final, humillado por la cruz, “anda como enemigo de la cruz”, es decir, en una pataleta contra Dios.
Que la Misa sea tu humilladero y entonces descubrirás que “el Señor es tu luz y tu salvación”, que a nada debes temer, que “Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa”. “Manteneos así, en el Señor” con María al pie de la cruz.

LOS QUE MANDAN… Y LOS QUE OBEDECEN

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Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118, 1-2. 4-5. 7-8 ; san Mateo 5, 43-48

“Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón v con toda el alma.” Parece que uno de los signos más relevantes de la libertad, en nuestros días, es el desacato ante cualquier viso de autoridad. Lo que ocurre es que hemos confundido la antigua distinción entre “potestas” y “autoritas”. Mientras que la primera hace referencia al “ordeno y mando, porque lo digo yo”; la segunda alude a la confianza y respeto que emanaba del maestro, y que los educandos depositaban sin más en su preceptor por la fuerza y seguridad que salían de sus palabras. Da la impresión, por tanto, de que son pocos los que hoy día pueden enseñar con semejantes requisitos, ya que parece imperar con más facilidad el hacer “razonar” con la fuerza, que no con el magisterio del legislador.

También recordamos algunos pasajes del Evangelio, en los que se nos dice que se reconocía en Jesús la autoridad que procedía de sus palabras. La gente se admiraba de su enseñanza porque: “nadie antes había hablado como Él”. Quizás, tendríamos que retrotraernos hasta el mismo Deuteronomio, que nos presenta la primera lectura de hoy, para descubrir tal semejanza. En Cristo se revela el misterio de Dios para que, tú y yo, sepamos, con verdadera certeza, a quién hay que hacer caso. Por eso, la obediencia a Jesús no es un mero sometimiento servil, sino que significa participar del mismo querer divino. Si Dios nos ha dado la existencia, la esclavitud aparece cuando rompemos nuestra alianza y compromiso con Él.

En el orden político y social observamos, en muchas ocasiones, esas actitudes de opresión, manipulación y tiranía que se ejerce sobre las personas. ¡Qué difícil resulta mostrar los acontecimientos, promesas y ofrecimientos desde la verdad!… Es más, parece que la mentira se convierte en aliada de esos mecanismos de conducta que pretenden dirigirlo todo. Se miente a conciencia para obtener resultados, independientemente de las consecuencias. Además, resulta, no sólo tentador, sino eficaz, hacerlo de esta manera. ¿Por qué, entonces, hay tantos que “comulgan” con semejantes “ruedas de molino”?

“Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón”. El Salmo vuelve a repetirnos lo mismo. Por tanto, ya se ve que no se trata de un mero capricho, sino que ponemos en juego nuestra propia vida y el sentido de nuestra existencia. ¡No tengamos vergüenza de abandonarnos en manos Dios, y que otros lo vean!… sólo de esta manera estaremos dando un verdadero testimonio de que Cristo es el camino, la verdad y la vida.

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. La perfección de la que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy, no tiene nada que ver con el “perfeccionismo” que a veces observamos en algunos y, más que ser una virtud, llega a convertirse en una cierta obsesión enfermiza. A lo que nos invita el Señor es a la perfección en el Amor; y de esto, estate seguro, Dios entiende mucho. Si no, ¿quién es capaz de decirnos que amemos a nuestros enemigos y, más tarde, pedir a su Padre, desde la Cruz, que perdone a aquellos que lo han crucificado?… De esta manera obedeció Cristo a su Padre (muriendo por amor); y, de esta forma, hemos de obedecer tú y yo (haciendo morir a nuestra soberbia, para que sólo Cristo viva).

LA INGENUIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS

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Ezequiel 18,21-28; Sal 129, 1-2. 3-4. 5-7a. 7bc-8; san Mateo 5, 20-26

“No es justo el proceder del Señor”. Todavía recuerdo, cuando era un crío, las veces que ponía mala cara ante ciertas reprimendas de mi madre. No se me olvidará cómo en mi interior consideraba injusto tal proceder, e incluso, pensaba que cuando fuera mayor, estuviera casado, y tuviera hijos, seguro que les consentiría lo que en esos momentos a mí se me censuraba. Ahora, ni tengo mujer, ni hijos (gracias a Dios, tengo otra paternidad, que es la sacerdotal y, de alguna manera, también se comparten ciertas responsabilidades, sobre todo las que aluden al “crecimiento” espiritual)… pero sí tengo unos cuantos años más. Y lo curioso, es que la consideración hacia mis padres, no es que haya aumentado, sino que, verdaderamente, ha supuesto un salto de “gigante”. Además de la admiración que siento por ellos, estoy convencido de lo poco que supone esta vida para poder compensarles con mi cariño, todo lo que hicieron (y aún siguen haciendo… espero, que por muchos años más) por mí. Y no es que me ciegue el amor de hijo, ni ponga en práctica el refranero popular (“es de bien nacidos el ser agradecidos”), sino que considero de auténtica justicia todo este reconocimiento público, pues en ello también se incluye mi propia vocación, que es lo que más amo en este mundo.

La pregunta, por tanto, parece forzosa: si así es lo que pienso acerca de los que me dieron la vida, ¿cuál será mi agradecimiento hacia Dios? Creo que, en estos momentos, lo mejor sería acabar el comentario, pues, te puedo asegurar, que me siento verdaderamente conmovido… decía aquel Salmo: “¿Cómo podré agradecer al Señor todo el bien que me ha hecho?”. Mi sacerdocio, mi familia, mis amigos… todo, absolutamente todo, lleva el sello inconfundible de lo divino. Y si dijera lo contrario, mentiría.

Por otro lado, cada vez me duele más la cara amarga con que los medios de comunicación se “ceban” con todo lo que haga referencia a la familia, la convivencia con los hijos… y los sacerdotes. Creo que no es justo. Estoy plenamente convencido ( y creo que es la persuasión de multitudes), de que si en la televisión, la radio o la prensa, nos mostraran más ejemplos de las cosas buenas que suceden a nuestro alrededor, la gente, además de ser un poco más optimista, sería mucho más agradecida, y estaría más propensa a realizar el bien… ¡Ésta es la ingenuidad de la infancia espiritual de los que se consideran hijos de Dios!

“Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. Así pues, a pesar de todos los lamentos y reproches que podamos hacer al Señor porque las cosas no salgan a nuestro gusto, habría qué pensar si, en algún momento, nos hemos parado a pensar qué es lo que verdaderamente nos conviene. Supongo que, cuando tenía tres años, el meter los dedos en el enchufe de la corriente eléctrica, suponía para mí algo verdaderamente “esencial e importante”; y no entendía la “manía” de mis padres por enfadarse conmigo cuando me advertían de que no hiciera semejante cosa. Ahora, no creo que la cosa haya cambiado mucho, porque, en ocasiones, también sufrimos ante tantas contrariedades y, pensamos, que debe haber algún culpable que no sea uno mismo.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Una vez más, Jesús nos da la clave para que las cosas vayan mejor… y si alguien llama a esto ingenuidad, entonces es que pocas veces se ha sentido querido de verdad.

NUESTRO QUEHACER EN EL MUNDO

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Ester 14, 1. 3-5. 12-14; Sal 137, 1-2a. 2bc y 3. 7c-8; san Mateo 7, 7-12

“Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león”. En España nos encontramos en campaña electoral. En un par de semanas tendrán lugar las elecciones generales, y todos, con sus mejores galas, se disponen a presentarse como la única alternativa válida para que las cosas vayan mejor… o sigan tan bien como hasta ahora (todo depende del “lado oscuro” en que se encuentre uno). Lo que sí es cierto, es que ha dado ya comienzo un auténtico maratón de viajes, presentaciones y discursos. Toda la geografía española se encuentra “invadida” de carteles, propagandas, anuncios, y todo tipo de parafernalias que acompañan, inexorablemente, esta clase de eventos políticos; con el consiguiente desgaste (además del económico) de palabras, promesas, amenazas, o proféticos desenlaces si no es uno el más votado. Lo curioso de todo esto, es que, una vez transcurrido el frenesí electoral, las cosas volverán a su cauce hasta dentro de cuatro años. Es decir, todos habrán ganado (aunque haya disminuido su cota electoral), todos echarán la culpa a los mismos… y todos habrán cumplido con su deber de políticos comprometidos con su país.

No dudo en absoluto de la obligación ciudadana acerca de lo que supone, moral y cívicamente, el compromiso de “acudir a las urnas”, es más, los católicos nos encontramos con el deber inapelable de buscar, desde lo que supone un verdadero humanismo cristiano, aquellos individuos que, no sólo vayan a representarnos, sino que defiendan los aspectos esenciales de la dignidad humana, la familia, el derecho a la vida, etc.; y siendo uno de la creencia que sea, respete lo más fundamental que corresponde al hombre. Sin embargo, todo esto no es óbice para que reflexionemos acerca, no de nuestro compromiso político, sino de nuestra condición de cristianos frente al mundo.

“Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Si hacemos un recorrido histórico de la Sagrada Escritura, sobre todo en el Antiguo Testamento, veremos constantemente cómo lo humano se encuentra constantemente entretejido con lo divino. Dios establece su Alianza con Israel, y los profetas se dedican, en todo momento, a recordar a los reyes, jueces y sacerdotes del pueblo elegido su dependencia divina, y sus deberes morales. Hoy, por ejemplo, aparece la figura de Ester, mujer de una pieza que, llegando a ser reina, estará dispuesta a dar la propia vida y honra por mantener su fidelidad a Dios. La pregunta, por tanto, es clara: ¿quién está dispuesto en nuestros días a dar testimonio de su condición de hijo de Dios, sin importarle lo que otros puedan pensar?

¡Qué sencillas resultan las palabras del Señor, pero qué difícil el llevarlas a cabo! Después de habernos mostrado Jesús cuál es la actitud de Dios respecto de cualquier ser humano (escuchar, recibir, atender, dar…), como quién no quiere la cosa, el Señor nos da la llave para entender lo que durante tantos siglos profetas y reyes habían estado esperando y deseando: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Así pues, lo que el mundo espera de nosotros es que tratemos a los otros con la misma dignidad con que esperaríamos nos traten a nosotros, es decir, todo es obra de Dios, y para Él es toda la gloria… ¿entenderán nuestros políticos que la religión (nuestra dependencia necesaria respecto a Dios), es algo más que una cuestión que haya de reservarse al ámbito meramente privado?

noviembre 2017
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