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LA AUTOESTIMA

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Daniel 9,4b-10; Sal 78, 8. 9. 11 y 13 ; san Lucas 6,36-38

Seguimos humillándonos, no te importe, tenemos motivos de sobra.”Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti”. ¿Hace cuánto que no sientes vergüenza?. Me imagino que la psicología me echará en cara el favorecer la vergüenza como un sentimiento positivo o el pensar que la culpabilidad- en bastantes casos- es positiva ya que los psicólogos modernos (es decir, desde mediados del siglo pasado) favorecen la autoestima, la huida de pensamientos “negativos” y el ocultar el sentimiento de culpa. Reconozco que suspendí dos veces psicología (lo que me obligó a estudiarla tres veces), pero aun así no me convenció del todo.
La autoestima. Cuántas horas oyendo hablar de la autoestima, cuántos libros publicados y con qué vocecilla de torno de convento, escuchar conferencias y consejos sobre aprender a quererse. Es muy útil para justificar conciencias, admitir actos y actitudes que nos incomodan “un poco”, pero cuando te encuentras con una vida que está en la basura, que objetivamente no tiene un agarradero donde cogerse, porque día tras día ha ido perdiendo a su familia, a sus amigos e incluso a sí mismo y que ha llegado a ser una sombra de su pasado, de nada me ha servido decirles que se quieran, pues no quisieran su estado ni para su peor enemigo. Esas personas no tienen que quererse, que “auto-estimarse”, lo que tienen que hacer es sentirse queridas no por lo que son sino por quién son. A lo mejor estás pensando en drogadictos terminales, en delincuentes peligrosos, mendigos crónicos y tienes razón, ni ellos pueden quererse en esa situación pero, no nos vayamos tan lejos, piensa en ti que yo ahora pensaré en mí.
Ya voy cumpliendo mis años (no demasiados), descubro vidas de personas que a mi edad ya habían descubierto claramente el amor de Dios, que habían entregado su vida sin reservas, que no buscaban fútiles compensaciones ni justificaciones baratas en “los tiempos”, “las modas” o “las situaciones”. No eran impecables pero descubrían el amor intenso y misericordioso de Dios. Por mi parte, tengo a Dios en mis manos y lo comulgo todos los días pero sigo “enganchado” a mi bienestar con repugnancia a la cruz, recibo el perdón de Dios y lo comunico en nombre de toda la Iglesia, pero sigo intentando robar de los demás prestigios o prebendas, he descubierto el tesoro de mi vocación sacerdotal pero sigo mendigando otros bienes que son males. ¿Cómo voy a estimar todo eso? ¿De qué manera me pondré de rodillas frente al crucifijo y le diré al Señor: “En el fondo me quiero”? Sólo me saldrá del corazón decirle: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… pues estamos agotados”. No es falta de autoestima ni complejo de culpa, es la realidad: Dios te quiere aunque seas pecador y te quiere santo, “nuestro Dios es compasivo y perdona”, no se enorgullece del pecado de sus hijos, pero seguimos siendo sus hijos.
Desde aquí pregúntate sinceramente: ¿A quién vas a condenar?, ¿A quién vas a juzgar? ¿A quién vas a medir? ¿A quién no vas a perdonar?. María, madre de los dolores, ayúdame a llorar un poco más y a “quererme” un poco menos.

EL HUMILLADERO

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Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14; Filipenses 3, 17-4, 1; san Lucas 9, 28b-36

Este año muchos haremos el camino de Santiago, es lo propio en Año Santo. A la salida de muchos pueblos y aldeas de Galicia y otras partes de España nos encontraremos con cruces o imágenes de la Virgen talladas en columnas de piedra y muchos, poniendo acento gallego para hacerse los graciosillos, dirán: “El cruceiro”. Ignoro si alguien habrá ido antes colocando monedas brasileñas en todas estas imágenes, que eso es un cruceiro o si el que lo comenta realmente es y habla gallego, pero su nombre en castellano es “el humilladero”.
Esta semana comentando el Evangelio vamos a intentar humillarnos. ¿Una persona se humilla cuando le insultan?, no, en ese caso “le” humillan pero no va unido el que “se” humille, es más, habitualmente cuando a alguien le humillan se crece en soberbia y responde con una pataleta. Creo que uno “se” humilla cuando se encuentra con algo o con alguien que te supera tremendamente, que te admira profundamente, que te remueve por dentro (y a veces por fuera), que te hace comprender tu indignidad de acercarte.
Pedro, Santiago y Juan se humillan ante Jesús transfigurado, se quedan sin habla o no saben lo que dicen, se dan cuanta del don de la gracia que han recibido; a Abrahán le invade un “terror intenso y oscuro” ante la alianza de Dios, eso es humillarse.
Seguimos caminando en esta cuaresma y tenemos que humillarnos ante la cruz de Cristo. Me acuerdo que en mi infancia los buenos religiosos de mi parroquia hicieron (como en tantas parroquias de Madrid) una intensa campaña para que se comulgase en la mano. Era una conquista, se pusieron carteles, se hicieron moniciones, se paraba la celebración antes de comulgar para explicarnos – como las azafatas en los aviones explican las normas de seguridad- la forma “correcta” de comulgar, hasta el punto de que, comulgando en la boca, te sentías casi culpable de ofender al sacerdote que suspiraba y bufaba profundamente al ofrecerte el Cuerpo de Cristo. No tengo nada en contra de la comunión en la mano, pero sí me molestaba que me lo impusieran (mi soberbia es así). Después he pasado por muchas parroquias, el comulgar en la mano se ha convertido en lo corriente y en muchas otras me encuentro (en la mía actualmente, por ejemplo) que se han quitado o nunca se han puesto reclinatorios en los bancos. Así las personas permanecen en pie durante la celebración, muy pocos se arrodillan en la consagración, al entrar en la iglesia se sientan como se sentarían en el cine, esperando que todo empiece y, sobre todo, que acabe. Arrodillarse (siempre que se pueda y la artritis y artrosis se lo permitan a uno) tiene mucho que ver con humillarse. Si vivimos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo que es la Santa Misa sin humillarnos, sin admirarnos ante el amor de Dios, corremos el riesgo de convertirnos en “mirones” de la pasión, en un “paseante” ante la cruz, en “curiosos” de la resurrección. Quien ante la cruz no se humilla, al final, humillado por la cruz, “anda como enemigo de la cruz”, es decir, en una pataleta contra Dios.
Que la Misa sea tu humilladero y entonces descubrirás que “el Señor es tu luz y tu salvación”, que a nada debes temer, que “Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa”. “Manteneos así, en el Señor” con María al pie de la cruz.

LOS QUE MANDAN… Y LOS QUE OBEDECEN

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Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118, 1-2. 4-5. 7-8 ; san Mateo 5, 43-48

“Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón v con toda el alma.” Parece que uno de los signos más relevantes de la libertad, en nuestros días, es el desacato ante cualquier viso de autoridad. Lo que ocurre es que hemos confundido la antigua distinción entre “potestas” y “autoritas”. Mientras que la primera hace referencia al “ordeno y mando, porque lo digo yo”; la segunda alude a la confianza y respeto que emanaba del maestro, y que los educandos depositaban sin más en su preceptor por la fuerza y seguridad que salían de sus palabras. Da la impresión, por tanto, de que son pocos los que hoy día pueden enseñar con semejantes requisitos, ya que parece imperar con más facilidad el hacer “razonar” con la fuerza, que no con el magisterio del legislador.

También recordamos algunos pasajes del Evangelio, en los que se nos dice que se reconocía en Jesús la autoridad que procedía de sus palabras. La gente se admiraba de su enseñanza porque: “nadie antes había hablado como Él”. Quizás, tendríamos que retrotraernos hasta el mismo Deuteronomio, que nos presenta la primera lectura de hoy, para descubrir tal semejanza. En Cristo se revela el misterio de Dios para que, tú y yo, sepamos, con verdadera certeza, a quién hay que hacer caso. Por eso, la obediencia a Jesús no es un mero sometimiento servil, sino que significa participar del mismo querer divino. Si Dios nos ha dado la existencia, la esclavitud aparece cuando rompemos nuestra alianza y compromiso con Él.

En el orden político y social observamos, en muchas ocasiones, esas actitudes de opresión, manipulación y tiranía que se ejerce sobre las personas. ¡Qué difícil resulta mostrar los acontecimientos, promesas y ofrecimientos desde la verdad!… Es más, parece que la mentira se convierte en aliada de esos mecanismos de conducta que pretenden dirigirlo todo. Se miente a conciencia para obtener resultados, independientemente de las consecuencias. Además, resulta, no sólo tentador, sino eficaz, hacerlo de esta manera. ¿Por qué, entonces, hay tantos que “comulgan” con semejantes “ruedas de molino”?

“Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón”. El Salmo vuelve a repetirnos lo mismo. Por tanto, ya se ve que no se trata de un mero capricho, sino que ponemos en juego nuestra propia vida y el sentido de nuestra existencia. ¡No tengamos vergüenza de abandonarnos en manos Dios, y que otros lo vean!… sólo de esta manera estaremos dando un verdadero testimonio de que Cristo es el camino, la verdad y la vida.

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. La perfección de la que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy, no tiene nada que ver con el “perfeccionismo” que a veces observamos en algunos y, más que ser una virtud, llega a convertirse en una cierta obsesión enfermiza. A lo que nos invita el Señor es a la perfección en el Amor; y de esto, estate seguro, Dios entiende mucho. Si no, ¿quién es capaz de decirnos que amemos a nuestros enemigos y, más tarde, pedir a su Padre, desde la Cruz, que perdone a aquellos que lo han crucificado?… De esta manera obedeció Cristo a su Padre (muriendo por amor); y, de esta forma, hemos de obedecer tú y yo (haciendo morir a nuestra soberbia, para que sólo Cristo viva).

LA INGENUIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS

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Ezequiel 18,21-28; Sal 129, 1-2. 3-4. 5-7a. 7bc-8; san Mateo 5, 20-26

“No es justo el proceder del Señor”. Todavía recuerdo, cuando era un crío, las veces que ponía mala cara ante ciertas reprimendas de mi madre. No se me olvidará cómo en mi interior consideraba injusto tal proceder, e incluso, pensaba que cuando fuera mayor, estuviera casado, y tuviera hijos, seguro que les consentiría lo que en esos momentos a mí se me censuraba. Ahora, ni tengo mujer, ni hijos (gracias a Dios, tengo otra paternidad, que es la sacerdotal y, de alguna manera, también se comparten ciertas responsabilidades, sobre todo las que aluden al “crecimiento” espiritual)… pero sí tengo unos cuantos años más. Y lo curioso, es que la consideración hacia mis padres, no es que haya aumentado, sino que, verdaderamente, ha supuesto un salto de “gigante”. Además de la admiración que siento por ellos, estoy convencido de lo poco que supone esta vida para poder compensarles con mi cariño, todo lo que hicieron (y aún siguen haciendo… espero, que por muchos años más) por mí. Y no es que me ciegue el amor de hijo, ni ponga en práctica el refranero popular (“es de bien nacidos el ser agradecidos”), sino que considero de auténtica justicia todo este reconocimiento público, pues en ello también se incluye mi propia vocación, que es lo que más amo en este mundo.

La pregunta, por tanto, parece forzosa: si así es lo que pienso acerca de los que me dieron la vida, ¿cuál será mi agradecimiento hacia Dios? Creo que, en estos momentos, lo mejor sería acabar el comentario, pues, te puedo asegurar, que me siento verdaderamente conmovido… decía aquel Salmo: “¿Cómo podré agradecer al Señor todo el bien que me ha hecho?”. Mi sacerdocio, mi familia, mis amigos… todo, absolutamente todo, lleva el sello inconfundible de lo divino. Y si dijera lo contrario, mentiría.

Por otro lado, cada vez me duele más la cara amarga con que los medios de comunicación se “ceban” con todo lo que haga referencia a la familia, la convivencia con los hijos… y los sacerdotes. Creo que no es justo. Estoy plenamente convencido ( y creo que es la persuasión de multitudes), de que si en la televisión, la radio o la prensa, nos mostraran más ejemplos de las cosas buenas que suceden a nuestro alrededor, la gente, además de ser un poco más optimista, sería mucho más agradecida, y estaría más propensa a realizar el bien… ¡Ésta es la ingenuidad de la infancia espiritual de los que se consideran hijos de Dios!

“Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. Así pues, a pesar de todos los lamentos y reproches que podamos hacer al Señor porque las cosas no salgan a nuestro gusto, habría qué pensar si, en algún momento, nos hemos parado a pensar qué es lo que verdaderamente nos conviene. Supongo que, cuando tenía tres años, el meter los dedos en el enchufe de la corriente eléctrica, suponía para mí algo verdaderamente “esencial e importante”; y no entendía la “manía” de mis padres por enfadarse conmigo cuando me advertían de que no hiciera semejante cosa. Ahora, no creo que la cosa haya cambiado mucho, porque, en ocasiones, también sufrimos ante tantas contrariedades y, pensamos, que debe haber algún culpable que no sea uno mismo.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Una vez más, Jesús nos da la clave para que las cosas vayan mejor… y si alguien llama a esto ingenuidad, entonces es que pocas veces se ha sentido querido de verdad.

NUESTRO QUEHACER EN EL MUNDO

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Ester 14, 1. 3-5. 12-14; Sal 137, 1-2a. 2bc y 3. 7c-8; san Mateo 7, 7-12

“Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león”. En España nos encontramos en campaña electoral. En un par de semanas tendrán lugar las elecciones generales, y todos, con sus mejores galas, se disponen a presentarse como la única alternativa válida para que las cosas vayan mejor… o sigan tan bien como hasta ahora (todo depende del “lado oscuro” en que se encuentre uno). Lo que sí es cierto, es que ha dado ya comienzo un auténtico maratón de viajes, presentaciones y discursos. Toda la geografía española se encuentra “invadida” de carteles, propagandas, anuncios, y todo tipo de parafernalias que acompañan, inexorablemente, esta clase de eventos políticos; con el consiguiente desgaste (además del económico) de palabras, promesas, amenazas, o proféticos desenlaces si no es uno el más votado. Lo curioso de todo esto, es que, una vez transcurrido el frenesí electoral, las cosas volverán a su cauce hasta dentro de cuatro años. Es decir, todos habrán ganado (aunque haya disminuido su cota electoral), todos echarán la culpa a los mismos… y todos habrán cumplido con su deber de políticos comprometidos con su país.

No dudo en absoluto de la obligación ciudadana acerca de lo que supone, moral y cívicamente, el compromiso de “acudir a las urnas”, es más, los católicos nos encontramos con el deber inapelable de buscar, desde lo que supone un verdadero humanismo cristiano, aquellos individuos que, no sólo vayan a representarnos, sino que defiendan los aspectos esenciales de la dignidad humana, la familia, el derecho a la vida, etc.; y siendo uno de la creencia que sea, respete lo más fundamental que corresponde al hombre. Sin embargo, todo esto no es óbice para que reflexionemos acerca, no de nuestro compromiso político, sino de nuestra condición de cristianos frente al mundo.

“Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Si hacemos un recorrido histórico de la Sagrada Escritura, sobre todo en el Antiguo Testamento, veremos constantemente cómo lo humano se encuentra constantemente entretejido con lo divino. Dios establece su Alianza con Israel, y los profetas se dedican, en todo momento, a recordar a los reyes, jueces y sacerdotes del pueblo elegido su dependencia divina, y sus deberes morales. Hoy, por ejemplo, aparece la figura de Ester, mujer de una pieza que, llegando a ser reina, estará dispuesta a dar la propia vida y honra por mantener su fidelidad a Dios. La pregunta, por tanto, es clara: ¿quién está dispuesto en nuestros días a dar testimonio de su condición de hijo de Dios, sin importarle lo que otros puedan pensar?

¡Qué sencillas resultan las palabras del Señor, pero qué difícil el llevarlas a cabo! Después de habernos mostrado Jesús cuál es la actitud de Dios respecto de cualquier ser humano (escuchar, recibir, atender, dar…), como quién no quiere la cosa, el Señor nos da la llave para entender lo que durante tantos siglos profetas y reyes habían estado esperando y deseando: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Así pues, lo que el mundo espera de nosotros es que tratemos a los otros con la misma dignidad con que esperaríamos nos traten a nosotros, es decir, todo es obra de Dios, y para Él es toda la gloria… ¿entenderán nuestros políticos que la religión (nuestra dependencia necesaria respecto a Dios), es algo más que una cuestión que haya de reservarse al ámbito meramente privado?

JONÁS Y LA MIRADA DE DIOS

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Jonás 3, 1 -10; Sal 50, 3-4. 12-13. 18-19; san Lucas 11, 29-32

Jonás debió de ser un personaje contradictorio. Por un lado, le vemos arrumbado por aquellos que le persiguen, y casi le pide a Dios que le quite la vida, pues se ve un profeta fracasado. Por otro lado, es capaz de cometer las hazañas más grandes, recorriendo la ciudad de Nínive, para convencer al propio rey sobre la necesidad de transformar su vida a base de saco y ceniza.

Sin embargo, creo que todos tenemos un poco de Jonás. ¡Cuántas veces nos hemos visto con ganas para “comernos” el mundo!… y, otras, casi vamos por la vida mendigando compasión y lástima, pues parece que todo se ha vuelto en contra nuestra. Y es que el término medio, del que es tan fácil predicar, no es algo de lo que podamos echar mano cuando más nos convenga… “es que es mi carácter”; “es que no me comprenden”; “es que van a por mí”; “es que no me consideran”… es que, es que, es que. El “es que” es la condición con la que justificamos nuestros deseos no cumplidos, pensando siempre, en definitiva, que somos merecedores de algo mejor.

Hemos olvidado, una vez más, que nuestros méritos no se adquieren por el mero voluntarismo, o por la búsqueda de una satisfacción personal. Hay algo mucho más grande, mucho más definitivo, y que ya ha sido alcanzado. ¡Fíjate!, Dios no ha puesto su mirada en ti por lo que valgas o por lo que tengas, simplemente te ha mirado… ¡y punto! Y la mirada de Dios es la misma que la de Cristo, cuando dirigiéndose a aquellos que le exigen un milagro para que demuestre su condición divina, les dice: “Esta generación es una generación perversa”. En un tono más amable, significaría: “¿Es que aún no os enteráis?”. Seguimos empeñados en lo externo, porque tenemos “durezas” en el corazón que nos impiden ver en el interior. Y ahí, precisamente, es donde habla Dios… y nos mira.

Por otro lado, cuando Jesús se pone en el lugar de Jonás en más de una ocasión, es porque, humanamente hablando también, sentiría admiración por él. Y es que leyendo la vida de ese profeta, a pesar de su continuos desvaríos y cambios de opinión, al final perseveró, que es, verdaderamente, lo que cuenta. Porque, cumplir la voluntad de Dios no es seguir una línea recta, matemáticamente ideal: para Dios, más que lo que tenemos, cuenta con lo que somos, que es algo bien distinto. Sólo nos queda, por tanto, fiarnos de Él; confiar, no en nuestras estrechas limitaciones, sino en Su inmenso poder. Y esto no se alcanza con vitaminas, ni con la varita mágica de “Harry Potter”, sino, de la misma manera que los habitantes de Nínive confiaron en la palabra de Jonás, nosotros nos fiamos de lo que nos dice Jesús.

Perdóname, pero no hay otro camino para la conversión a la que se nos invita en la Cuaresma. Si nuestros sacrificios y penitencias no van acompañados de volver, una y otra vez, nuestra mirada al rostro de Cristo, de poco nos servirá tanto esfuerzo. ¿No recuerdas a Marta, yendo de acá para allá, mientras María, su hermana, se dedicaba a mirar y a escuchar a Jesús?… “Ella ha elegido la mejor parte”, dirá el Señor a Marta. Nosotros también tenemos la misma oportunidad en cualquier momento del día… Creo que Jonás llegó a entenderlo, y ya al final le dio igual lo que otros pensaran. Se dejó “atravesar” por la mirada de Dios, y los respetos humanos quedaron sustituidos por cumplir Su voluntad en todo momento.

DE LA METAFÍSICA A LA ORACIÓN DE TODOS LOS DÍAS

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Isaías 55, 10-11; Sal 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19; san Mateo 6, 7-15

“Así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. Cuando estudiando teología se nos decía, por primera vez, que el Ser de Dios se identificaba con su Esencia, uno no sabía muy bien a qué se hacía referencia. Y es que, según dicen los sabios, las certezas metafísicas se alcanzan mediante la intuición (es decir, la auténtica penetración intelectual de las cosas) y, por tanto, resulta muy difícil el poner ejemplos concretos. Sin embargo (y ésta es la paradoja), es la propia experiencia la que nos va certificando lo auténtico de esas “certezas”. Me explico (y pido perdón por el “excursus” filosófico). Cuando se es joven, uno está convencido de que, con el tiempo, pondrá por obra sus deseos y sus ilusiones. Conforme pasan los años, aunque esas sanas ambiciones no hayan desaparecido, sí que se van percibiendo las propias limitaciones personales. Es entonces cuando se va advirtiendo la necesidad de un “ser” que, verdaderamente, asuma en sí todas esas potencias en estado actual. Y ése no es otro sino Dios. Por eso, cuando el profeta Isaías pone en boca del Señor que su palabra se identifica con su voluntad, nos está diciendo que, efectivamente, eso se llevará a cabo inexorablemente. Muy distinto a nuestra experiencia humana, en donde lo que prometemos (¡y ocurre tantas veces!) no lo llevamos a efecto.

Hasta aquí la lección, y ahora la moraleja: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Tener la confianza de que Dios nos escucha siempre debería suponer para nosotros el ser unos auténticos “ventajistas”. Creo que nada ni nadie en el mundo cuenta con algo tan eficaz como es la oración del cristiano. El que todos los días, y en el momento que nos parezca más oportuno, tengamos “línea directa” para entablar nuestro diálogo personal con aquél que lo puede todo, es de seres privilegiados. Y no se trata de falsas quimeras, o delirios de grandeza; se trata de algo muy real… tremendamente cierto. Y “lo tremendo” es que entramos en contacto directo con el misterio, que se nos hace tan asequible que casi podemos tocarlo con las manos. Poder dirigirnos a Dios, con la confianza con que nos dirigimos al mejor de nuestros amigos, es algo que a veces descuidamos y olvidamos. Dios no es un ser distante al que haya que solicitarle audiencia o, como ocurre con tantos divos del mundo, al que a duras penas podemos robarle un autógrafo como el mejor de los tesoros. Todo lo contrario, su firma la llevamos inscrita en el alma, y sólo espera, por nuestra parte, que le abramos la puerta de nuestros anhelos y ansiedades para darles respuesta. Sin embargo, ¿cómo ha de ser nuestra oración con Dios?

“Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así…”. El Padrenuestro es la oración por excelencia. Nos hemos imaginado tantas veces a los discípulos de Jesús viéndole cómo se recogía en oración; las noches que, voluntariamente, se apartaba de ellos para pasarlas rezando a su Padre; la necesidad imperiosa de hablar con Dios a solas… Pues bien, esos mismos discípulos le pidieron un día al Señor: “Enséñanos a rezar”. Y Jesús les respondió con el Padrenuestro. Podemos, por tanto, saber a ciencia cierta que, cuando recitamos esa oración, estamos usando el mismo procedimiento que empleó Jesús. ¡No hay otro!

Así pues, te invito a que, todos los días, te pongas en la presencia de Dios, y le invoques tal y como lo hizo el Señor delante de sus apóstoles… la “metafísica” de Isaías, una vez más, alcanzará la certeza que buscamos: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.

LA SANTIDAD QUE BUSCAS

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Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18, 8. 9. 10. 15; san Mateo 25, 31-46

“Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Si hay algo que distingue al ser humano de cualquier otra criatura del universo es la de poder alcanzar la santidad. ¿Por qué realizamos semejante aseveración de algo que, para algunos, puede resultar evidente? Quizás porque no sea tan indudable para otros.

El término “santo” del que nos habla hoy el Levítico, en nada se asemeja a una onomástica, o una conmemoración de algún familiar o amigo nuestro. Más bien, hace referencia al uso que se hacía de esta palabra, tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, al calificar de esta manera a los que se consideraban “justos”. Lo curioso es que, si uno acude al diccionario, encontrará toda una serie de sinónimos “simpáticos”, que aluden a la palabra “justo”: equitativo, sereno, imparcial, razonable… Si pudieras observarme en estos momentos, verías en mi gesto esbozar una leve sonrisa, o una mueca un tanto irónica… ¿me entiendes?

Para muchos, la santidad queda reservada para imágenes endosadas en hornacinas, o bien para gente mayor a las que se la califica de beata (por cierto, según las últimas estadísticas, cerca de un tres por ciento de los que se declaran católicos en España, acuden a Misa diariamente, y esto supone más de un millón y medio de personas…). Sin embargo, el verdadero santo no es el que viene reflejado en unos censos, sino que pertenece al orden de las cosas esenciales y éstas, precisamente, no están a la vista de cualquiera.

“La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”. Resulta verdaderamente gratificante que la santidad tenga que ver con el descanso. ¡Qué lejos esta imagen de aquella otra, en la que vemos un rostro desencajado por la ascética y la mortificación y nos quitan las ganas de imitar esas actitudes! Tampoco resultan precisamente muy alentadoras esas otras imágenes acarameladas que desprenden un cierto aroma a naftalina ajada y trasnochada.

¿Cómo es entonces la santidad que Dios nos propone? Si hay una expresión que me encanta de la lectura del Levítico de hoy es ésta: “No andarás con cuentos de aquí para allá…” Así pues, Dios nos pide, antes que nada, el que seamos normales. Entonces, preguntará alguno, ¿para ser santos, por tanto, no hay que hacer cosas raras? Pues, más bien no… ¡Bendita normalidad, y cuánto se la echa de menos en nuestros ambientes!

“Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. La respuesta, una vez más, nos la da el Señor, pues lo característico de la humildad es la sencillez y la normalidad. Aquí, por tanto, se encuentra el quicio de la Ley de Dios y de la santidad.

Y, ¿qué diremos de las ovejas y de las cabras, del castigo eterno o de la vida eterna, que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy…? Permíteme, de nuevo, que esboce una sonrisa (aunque no precisamente sarcástica), pues durante estos días habrá tiempo para hablar de ello.

LA MANERA DE VER DIOS LAS COSAS

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Deuteronomio 26, 4-10; Sal 90, 1-2. 10-11. 12-13. 14-15; Romanos 10, 8-13; según san Lucas 4, 1-13

“Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia”. Por mucho que digan algunos, la Cuaresma no es un tiempo ni triste, ni oscuro. Estos cuarenta días, que tienen su cumplimiento en la intensidad litúrgica de la Semana Santa, son la culminación gozosa de la esperanza cristiana. De hecho, el misterio de la Encarnación que tan dichosamente vivimos en la Navidad, supone la continuación de esa expectación serena a la que nos invitaba el Adviento. Ahora, en la Cuaresma, lo divinamente carnal que Dios introdujo en el mundo, se nos hace tan patente y tan cercano a nuestro propio sufrimiento, que deja de ser tal padecimiento, para convertirse en auténtica liberación. Ése es el mensaje de Moisés que anuncia al pueblo de Israel, en el libro del Deuteronomio y que, después de transcurridos tantos siglos, los cristianos hemos recogido como testigo a través de los “signos y portentos” que Jesús, el Hijo de Dios, nos reveló.

Durante estas semanas escucharemos lamentos, quejas, suspiros y tribulaciones. Pero este lenguaje, que puede ser derrotista a los ojos del mundo, supone para el cristiano la memoria de algo que no solamente pasó, sino que, desde nuestra filiación divina, adquiere un tono muy distinto. El propio apóstol San Pablo nos lo recuerda en la carta que dirige a los romanos: “Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás”. No se trata de algo que haya que venir, sino que se encuentra aquí, en este preciso momento en el que yo escribo estas líneas, o tú las lees. “Nadie que cree en Él quedará defraudado”, nos dice el apóstol de los gentiles aludiendo a la Sagrada Escritura; y esta confianza no es poner nuestros deseos e ilusiones en un ciego destino, sino que, abiertos los ojos al corazón de Cristo, reconocemos en cada una de sus palabras lo que siempre hemos ambicionado: sabernos queridos, comprendidos… y por siempre salvados… ¡para siempre!

¡Sí!, es cierto, vendrán momentos en que la tentación será más fuerte que otras veces. Pero, ni siquiera Cristo quiso evadirse de ella. Padeció en su propia carne, y en su espíritu, lo que significa la promesa de la adulación del mundo, la incitación a la soberbia de la mentira, y la instigación a sustituir a Dios por dioses de barro y frustración. Pero, ¡fíjate!, Él ha pasado por ello antes que tú y que yo; es más, nos ha dicho la manera de vencer lo que otros sólo asumen como derrota y fracaso.

Jesús nunca dialoga con el mal. Sabe que existe, que aparece en ocasiones con forma de luz e, incluso, “razonablemente juicioso”: “¿No ves que todo el mundo lo hace?”; ¿no entiendes que son cosas que pertenecen al pasado?; “¿no percibes el mal que hay en el mundo y lo poco que hace Dios por evitarlo”; “todos esperan a que des el paso para triunfar y que vean lo que vales”… Curiosamente, todas estas insinuaciones hacen referencia a lo cualitativo y accidental. Dios, en cambio, “ve” las cosas de otra manera. Él penetra el mundo desde la eternidad, y nos presenta a su Hijo, no como una solución a nuestros problemas, sino para que éstos dejen de ser tales en su raíz, que no es otra cosa sino el pecado.

¡Mira!, el mundo pasará, los terremotos terminarán, el hambre cesará, las ideologías acabarán… sólo Dios continuará en nuestra existencia. ¿Que todo esto es una excusa para evadirme del sufrimiento de otros, y sólo pensar en mi egoísta salvación…? Perdóname, pero si lo ves de esta manera, aún no has entendido el motivo por el que Jesús se dejó coser en una cruz. Y recuerda: lo esencial viene de arriba para iluminar lo de abajo y enaltecerlo; lo accidental, en cambio, morirá (“no sólo de pan vive el hombre”). Lo que ve Dios, por tanto, es posible verlo con nuestros propios ojos… tan solo es necesario decir, una vez más: “Dios mío, confío en ti”.

SIERVO, BUENO Y FIEL

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Isaías 58, 9b-14; Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6; san Lucas 5, 27-32

Hace tres días que murió un obispo muy querido en Madrid, Mons. Francisco Pérez Fernández-Golfín, obispo de Getafe. Ha sido una muerte inesperada, y ha causado un profundo dolor, tanto entre el clero como en los fieles de su diócesis (y naturalmente, fuera de ella). Ayer algún periódico madrileño relataba una anécdota, acerca de un busto suyo que hizo colocar el alcalde de Getafe, en su honor, cuando aún vivía el prelado. Por lo visto, comentaba el obispo entre los más cercanos que, este tipo de homenajes se realizan en honor de gente que ya ha muerto; y lo decía en tono humorístico, tal y como era él. Sin embargo, Mons. Golfín (que así era como normalmente se le llamaba), será recordado por su entrega generosa a la diócesis, por su amor al sacerdocio y, concretamente, por el número de vocaciones que promocionó en el seminario que levantó en el Cerro de los Ángeles. De hecho, su apartamento se encontraba junto al seminario, al que visitaba habitualmente para animar con su buen humor y talante pastoral a los que iban a ser ordenados sacerdotes.

“Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad”. Se dice que aquellos que han tenido una vida larga de entrega a Dios, conforme van pasando los años, alcanzan una perspectiva de las cosas y los acontecimientos, donde lo urgente y necesario que el mundo reclama va quedando en un segundo lugar, para pasar a un primer plano todo aquello que tiene que ver con buscar la voluntad de Dios en los detalles más insignificantes. En definitiva, se trata de encontrar la verdad. Es el camino de aquéllos que han logrado deshacerse de lo superfluo, para quedarse con lo esencial. Y lo curioso es que este tipo de gente no se “escabulle” de la realidad cotidiana, sino todo lo contrario: animan a los demás a enfrentarse con sus propios problemas, pero con una perspectiva divina. Se trata de ese horizonte en donde el cielo se une con la tierra, y donde Dios abraza la humildad de lo humano para hacerlo suyo… sagradamente eterno.

“Sígueme”. Esta llamada la sigue haciendo hoy día Jesús a millones de hombres y mujeres en todo el mundo. Se trata de un encuentro personal con Dios, cara a cara, pues necesita de fieles colaboradores que, siguiéndole a Él, continúen la obra que dejó aquí en la tierra. Espíritus generosos para atender, fundamentalmente, a los enfermos del alma y a los tristes de corazón, y que necesitan volver su rostro a la misericordia de Dios… porque todos necesitamos de esa verdadera conversión al Amor.

No nos importe reconocer nuestros pecados ni nuestras faltas. Hay un sacramento precioso, hermosamente instituido por el Hijo de Dios, y que nos hará admirarnos, una vez más, de su bondad. Se trata del sacramento de la reconciliación. Acudir a él es signo de consuelo y victoria. No hay nada más grande en este mundo que saber que alguien me ama y, a pesar de mis tantas infidelidades, me perdona, no una vez, sino siempre que acudo humildemente a su presencia. ¡Qué alegría no tener que esconder nada que me agobie o me ate a la muerte!… Dios me ofrece la vida para siempre, y yo sólo tengo que corresponderle con un “¡sí!”.

“Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica”. Y pedimos a Dios por el eterno descanso de Mons. Golfín, “siervo, bueno y fiel”, que gastó su vida por amor a tantas almas.

diciembre 2017
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