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EL SONIQUETE.

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Samuel 1, 24-28; 1S 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd ; san Lucas 1, 46-56

Nunca he sido compositor ni tan siquiera tengo el más mínimo oído musical, pero estoy casi convencido de que muchos que hoy lean el comentario lo leerán con musiquilla. Esa música no será una obra clásica ni un villancico ni lo último de Alex Ubago -las quinceañeras de mi parroquia tiemblan por sus huesitos-, será el soniquete que hoy suena en casas, comercios, taxis, oficinas e incluso por la calle: el sonido de los niños de San Ildefonso cantando números y premios de la Lotería de Navidad.
Es el día de la salud, sólo unos pocos serán agraciados con el premio y los demás se consolarán pues ¡la salud es lo importante!. Muchos preguntarán con codiciosa esperanza ¿cuál ha sido el gordo? y se enrabietarán internamente al ver la alegría, humedecida en cava, de los afortunados cuando aparezcan en la televisión. Hasta algunos diarios tendrán una tirada especial para publicar los “números de la suerte” y se buscará ansioso si al menos el décimo está en la “pedrea”.
Te invito a cambiar un momento de soniquete. Apaga la radio o la televisión, borra de tu cabeza un momento el ruido de fondo del girar del bombo y canta el “Magníficat” de María que nos ofrece el evangelio. Hoy no haría falta ningún comentario, simplemente paladear las palabras de María, escuchar como escucharía Isabel proclamar las maravillas de Dios, descubrir sus proezas y gozarse de su misericordia. Entonces no serán unos pocos los agraciados pues lo es toda la humanidad que quiere reconocerlo, no rechinarás los dientes ante la suerte de otros sino que te alegrarás del Día del Señor, no hará falta una copita para estar alegre pues te brotará del corazón la verdadera alegría, no te consolarás pensando que es “el día de la salud” sino que te consolará el mismo Dios pues es el “Día de la salvación”, no estarás pendiente de las palabras de los niños de San Ildefonso sino de las palabras del propio Cristo. Todo esto sí que merecería una edición especial y que buscásemos ansiosos si nuestros nombres están escritos en la lista del libro de la Vida.“El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece” escucharemos en el salmo. No olvides que seguimos con prisa a María y a José camino de Belén, no dejes que el despiste de un día te aparte de su lado y pierdas sus huellas, no pongas tu vida en manos de la cartilla del banco ponla en las manos de María y de José que sostuvieron en ellas al creador del mundo y quieren verte a ti en ellas.
Por cierto, ojalá a ti, asiduo lector de estos comentarios, te toque la lotería pero cuídate de que el dinero no te nuble el corazón y cuando María y José lleguen a Belén buscando una posada encuentren un cartel en la puerta que diga: “Cerrado, me ha tocado la lotería y me he ido de vacaciones”. Eso sí sería perder “el gordo”.

LAS PRISAS

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Miqueas 5, 1-4a; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19 ; Hebreos 10, 5-10; san Lucas 1, 39-45

En las parroquias en las que se tenga en Adviento la costumbre de poner la corona hoy se ha encendido la última vela, ha llegado el último domingo, nos queda poco tiempo.
María y José también apretarán el paso para poder llegar a Belén y prepararlo todo para el nacimiento del niño. Será una especie de complejo por rezar ante las figuras del Belén, pero me era muy difícil el imaginar a la Virgen con prisas. En mi oración la Virgen tiene movimientos pausados, elegantes, casi imperceptibles, pero eficaces; una imagen algo hierática de nuestra Madre del cielo y no será porque no le demos trabajo sus hijos.
El Evangelio de hoy me ilumina “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña”, no dice que fuese dando un paseito ni con la parsimonia de Mary Poppins; fue “aprisa”.
Hay algunas prisas malas, del que camina “a tontas y a locas” sin llegar nunca a ningún sitio concreto. Las prisas del desorden o del descuido que, después de perder el tiempo durante mucho rato, tiene que acabar algo de lo que tiene que hacer o que parezca que ha hecho algo. Esas prisas son malas y hay que huir de ellas pues nos descentran, nos ponen nerviosos, nos hacen perder la paz y en el fondo acaba uno el día agotado y cabreadillo.
María tiene prisa y es la prisa del que dice “aquí estoy yo para hacer tu voluntad”, la prisa que San Pablo indica cuando escribe “La caridad de Cristo me urge”, la prisa del corazón enamorado por ver terminada la obra del amado, la prisa del que se entrega y nunca le parece que ya ha hecho bastante. Esa prisa en buena, sana y da la paz.
Último domingo de Adviento… ¿Qué tipo de prisa has tenido por descubrir a Cristo en tu vida?. ¿Has caminado alocadamente sin saber tu destino de un lado a otro, sin propósitos concretos y te agobia el que llegue el día del parto?. Si es así, párate, respira profundo, coge aire y acomoda tu paso al paso de María y de José. Será un paso ligero, rápido, decidido y llegarás a Belén. Te guiará el amor a Dios y a los demás, te reconfortará el decirle al Señor “Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste” y sentirás que ya en tu camino “no nos alejaremos de ti”.
Último domingo de Adviento… aún nos quedan tres días para celebrar el nacimiento de Cristo. No te importe tener prisa de la buena y encontrarás la alegría y, como Isabel, podrás decir “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”; pues eres su hijo y tu madre del cielo tiene prisa por verte de una vez junto al niño-Dios, arrodillado a los pies del pesebre, habiéndote encontrado con la Alegría.

EL SEGURO

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Isaías 7,1O-14; Sal 23. 1-2. 3-4ab. 5-6; san Lucas 1, 26-38

Un año más me ha llegado el recibo del seguro del coche y ha dejado tiritando la cuenta del banco. Es curioso esto de los seguros, las prestaciones que has contratado ocupan unas pocas líneas y, a continuación, aparecen tres folios a doble cara que -con letra minúscula-, llenan la póliza de limitaciones, exclusiones, derechos del tenedor exigencias al tomador y todo con un lenguaje correoso y ambiguo para que pueda agarrarse a multitud de interpretaciones que favorezcan al que tenga mejores abogados (habitualmente las compañías de seguros).
Seguimos caminando hacia Belén con Santa María y San José, escuchando su conversación y aprendiendo de ellos. Diría San José: “¿Cuéntame otra vez la visita del ángel?” y la Virgen le relataría el evangelio de hoy. ¡Que divina sencillez!. No hizo falta abogado, no había letra pequeña ni exclusiones de contrato, no hizo falta firmar duplicados ni renovarlo anualmente; sólo hizo falta la palabra y… ¡la Palabra se hizo carne!. Así es la sencillez de Dios que nos desborda y anonada. Cuando somos complicados no somos de Dios. “Pide una señal al Señor tu Dios” le dijo el Señor a Acaz; si el Señor nos pidiese ahora una señal ¿qué pediríamos?. Seguramente algo complicado, espectacular, deslumbrante y en lo que tendríamos también nuestro pequeño protagonismo, sería como una gran fiesta de nochevieja en la que el gran protagonista fuese Dios pero sin renunciar a que nuestro nombre apareciese en los créditos. “¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios?”. Por muy espectacular que fuese nuestra divina puesta en escena pediríamos certificados de eficacia, seguro contra decepciones y tres folios a doble cara que -con letra minúscula-, nos exonerasen de responsabilidad si tropezásemos con una legión de incrédulos. La grandeza de Dios es su sencillez y la sencillez de María es su grandeza. Dios no necesita ideas para hacer una “puesta en escena” espectacular, sólo necesita un acto de fe “hágase en mí según tu palabra” y la confianza de María para que esté “Dios-con-nosotros”;¡¡que maravilla!!.

LAS ESTÉRILES

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jueces 13, 2-7. 24-25a; Sal 70, 3-4a. 5-6ab. 16-17; san Lucas 1, 5-25

Las lecturas de hoy nos hablan de mujeres estériles, Manoj e Isabel, que son bendecidas por Dios engendrando cada una de ellas un hijo Sansón y Juan, que se entregarán al servicio del Señor. No deja de ser curioso: en la antigüedad la esterilidad se concebía como una maldición de Dios, hoy en día parece que la maldición de Dios son los hijos. Siempre me han llamado la atención las conversaciones de novios o parejas jóvenes cuando se plantean el número de hijos- suele ser par y no llegar a cuatro-, y cuál va a ser su futuro: su posición en la sociedad, sus estudios, su salida laboral…, como si fuese una inversión a medio o largo plazo. Cuando pasa el tiempo y nace su primer hijo lo habitual es el asombro (ninguna letra del tesoro maravilla tanto) y el sentimiento de responsabilidad. Cuando lo mecen entre sus brazos se dan cuenta que es alguien distinto, autónomo, libre, con futuro distinto, pero inseparable, al suyo. Cuando se sujeta a un niño entre los brazos se percata uno de que realmente es una bendición de Dios; qué distinto a cuando es sólo una idea, una hipótesis, una posibilidad dependiendo del tamaño de nuestra cartera, entonces, naturalmente pierde el encanto y, en vez de una criatura, se imagina uno a una hucha de esas de cerdito pero que nunca podremos abrir.Manoj e Isabel recibieron la bendición de Dios y cambiaron la suerte de su pueblo. No se te olvide que seguimos acompañando a Santa María y a San José. María la embarazada en la expectación del parto que siente moverse en sus entrañas a la vida, a la Palabra de Dios hecha carne, a Aquél que cambiaría la suerte de toda la humanidad, anterior y posterior a Él, pues abriría a todos los hombres la puerta de la Vida.Pon tu mano sobre el vientre de María como haría San José y, con dulzura, mientras el Niño-Dios va abriéndose camino al mundo, medita en la generosidad de la Virgen, la entrega de San José, el silencio cómplice de ambos que- con asombro- eran testigos principales del plan de salvación de Dios. Ningún otro acto será tan importante en la historia de la humanidad pero, medita también en silencio, cada una de tus decisiones y de tus obras: pueden ser fecundas o estériles, pueden acercar el Reino de Dios a los hombres o retrasar su venida, pueden ser fuente de vida o de muerte o de nada.

DON LIMPIO

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Jeremías 23, 5-8; Sal 71,1-2.12-13.18-19; San Mateo 1, 18-24

Continuamos caminando hacia Belén acompañando a Santa María y a San José presintiendo con ellos la cercanía del Niño-Dios.
Ayer en la parroquia tuvimos una celebración de Navidad con los niños de catequesis, adelantándonos un poco en el ciclo litúrgico, y acabamos besando la imagen de Jesús del Belén. Una niña- remilgada ella-, decía mientras se acercaba: “¡Que asco! todos besando en el mismo sitio, esto no es higiénico…,”, haciendo caso omiso del purificador que limpiaba el lugar donde otros niños dejaban el cariño de su beso. Al llegar su turno hizo una especie de mueca propia de la niña de “El exorcista” y sin que sus labios rozasen la imagen exclamó: ¡Puaj!, y se retiró. Pobre niña, seguramente se llene la boca de golosinas fabricadas con todo tipo de residuos, muerda los lápices, juegue con el pintalabios de su madre y, dentro de unos años, el intercambiar fluidos le parecerá lo más estupendo del mundo pero ahora ha perdido la inocencia, se hace incapaz de hacer un acto de amor limpio y sencillo sin certificado de sanidad. Quizá también le pida un análisis clínico a su padre antes de darle un beso de buenas noches. Allá ella.
San José sí que sabe descubrir la belleza. Descubría en cada gesto de su esposa la grandeza del corazón enamorado y de la vida entregada a Dios. Por eso no cabía en su corazón la duda al conocer el estado de María. No la denunciaría como pecadora pública, no haría que la lapidasen en la plaza para salvaguardar su honor; no entendía pero sabía que María no actuaría nunca al margen de Dios. Cuando recibe la explicación del ángel no cabe margen de error, no podía esperar otra cosa aunque todos los datos le llevasen a pensar lo contrario. Por eso, no le importa “correr el riesgo” de llevarse a María a casa. El tesoro del corazón de María no podía estar mancillado y José lo sabía en el fondo de su corazón. San José nunca pensó en exclamar ¡puaj! ante Santa María y volverle el rostro.
Seguimos caminando con la Sagrada Familia hacia Belén. Métete en su conversación escucha atentamente y aprende lo que es la confianza en Dios, el superar las dificultades aunque a primera vista puedan parecer objetivas y que no dejan lugar a dudas. ¿Hablamos así de la Iglesia (nuestra madre), de nuestra fe, de Cristo, del amor a la verdad o (como la niña tonta) queremos que todo brille ante nuestros ojos y desconfiamos de acercarnos a la Iglesia si algo nos parece sucio o fuera de lugar?. El amor que Dios nos tiene es el mejor anti-bactericida, borra los pecados y no deja ni rastro de nuestras infidelidades y las de los demás. Acércate esta Navidad a la Iglesia como San José se acerca a María, con la confianza que nace del amor y de descubrir –por encima de “los datos objetivos”-, que no puedes ni quieres comprender tu casa (tu vida) sin la mejor mujer (la Iglesia).

BASTARDEAR.

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Génesis 49. 1-2. 8-10; Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17; san Mateo 1, 1- 17

Quedan siete días para la Navidad y hay que dar un último empujón al Adviento.
Hoy escuchamos en el evangelio la genealogía de Jesucristo, esa lectura tan graciosa llena de nombres complicadísimos, que casi se nos atascan entre los dientes y los labios (aunque también es verdad que me ha tocado a veces celebrar algunos bautizos en que el nombre del niño hacía pensar que Aminadab era natural de Toledo). Dios que se introduce en la historia de los hombres para redimirnos del pecado y de la muerte, historia que llega a su plenitud cuando la segunda persona de la Trinidad se encarna en las entrañas purísimas de María y nace en Belén.
Esta semana vamos a acompañar a María y a José en su viaje a Belén para cumplir con el edicto del censo. Puede ser quizás un viaje fatigoso y duro, pero, en tan divina compañía, llegará al gozoso día del nacimiento de Cristo. Hoy José estaría hablando con María de sus ancestros: Abraham, Farés, Naason, David, Roboam, Abías, Acaz, Salatiel, Aquim, Eleazar…, detrás de cada nombre una historia, distinta una de otra, pero todas encaminadas a preparar el gran día del Señor. José de la casa de David se presentaría orgulloso como el marido de María.
Hoy parece que Europa quiere ocultar sus raíces, no quiere tener genealogía, se quiere reconocer como bastarda, sin padre ni madre reconocida, haciendo de la Constitución europea la “prostitución europea”. Parece que quisiera vender veinte siglos de historia por menos de treinta monedas, ocultando el cristianismo como si fuesen sus vergüenzas, nacer sin genealogía como quien para ocultar su turbio pasado se alista a la legión extranjera y se convierte en mercenario de la historia. ¡Una barbaridad!.
También a nosotros nos puede pasar algo parecido: podemos querer renegar de nuestro pasado, no querer descubrir las acciones de Dios en nuestra vida y creer que todo es obra de nuestro esfuerzo, de nuestro bien hacer y de nuestra lucha constante, sin reparar en que -si eres realmente sincero-, todo es obra de la Gracia de Dios cuando has sabido permanecer fiel. No reniegues de tu pasado, da gracias a Dios por todos los dones que te ha dado, da gracias a Dios cuando has reconocido tu pecado y has sabido pedir perdón, da gracias a Dios por todo y siéntete orgulloso de tu historia, de la historia de Dios contigo.
Prepara el equipaje para acompañar a Maria embarazada, deja atrás todo lo que te pueda retrasar en el viaje, no sea que no llegues a Belén a tiempo para el nacimiento y acuérdate del destino de tu viaje: la ciudad de Belén, la ciudad de David, el pueblo de tus orígenes, de tu historia. A caminar.

IR POR LANA.

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Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33,2-3.6-7.17-18.19 y 23; Mateo 21, 28-32

Hay un refrán que dice: “ir por lana y salir trasquilado”. Se podría aplicar perfectamente a los sumos sacerdotes y los ancianos que, leíamos ayer, se acercaron a Jesús con la “extensión” equivocada. Tardarán todavía unas cuantas páginas del Evangelio en darse cuenta que Jesús habla de ellos. ¿Quién osaría decirles a la cara “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios”?. Seguro que pensaban que estaba hablando “de otros” no de ellos, que eran justos y buenos.
Estamos en Adviento. Repetimos en nuestras celebraciones “Ven Señor Jesús”. Si el día del Señor llegase ahora, según termines de leer estas líneas, ¿cómo te encontraría?. El Señor te juzgará a ti, no juzgará tu opinión sobre los demás, no va a compararnos para quedarse con el más bueno o el menos malo. Tal vez ya estés pensando en tu defensa, en lo que le dirás a Dios para justificarte: “Buenos, yo dije “Voy, Señor”, pero ya sabes lo complicada que es la vida, tenía otras urgencias, hice algo que Tú no me pedías…, pero que seguro que era mucho mejor, en el fondo yo quise bla, bla, bla,…”. Palabras y palabras que seguramente decimos con la vista baja, avergonzados, a ver si no son demasiado severos con nosotros. Pero atrévete a mirar entonces a los ojos a Cristo y comprenderás que “aquel día no te avergonzarás de las obras con que me ofendiste, porque arrancaré de tu interior tus soberbias bravatas”. Dejarás que sea Él tu abogado defensor, comprenderás que “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”, te sentirás “pobre y humilde” es decir, hijo pequeño de tan gran padre.
No esperes al día del juicio. En el fondo de tu corazón sabes perfectamente lo que Dios quiere de ti, cómo quiere que vivas, qué cosas tienes que arrancar de tu vida de una vez por todas, qué excusas te estás poniendo para no tomarte en serio tu ser hijo de Dios. Recapacita y ve a la viña, comienza a poner los medios. No es cuestión de fuerza de voluntad sino de la gracia de Dios: “no será castigado quien se acoge a él”.
“Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren”, resuena como el cántico del corazón enamorado de María cuando conoció el plan de Dios. ¿A que no te compensa pasarte toda una vida buscando lana (excusas para justificar esas acciones impropias de un hijo de Dios) para, al final, salir trasquilado?. Acude al corazón misericordioso de Jesús y busca un sacerdote para hacer una confesión íntegra, completa, humilde, auténtica, y la gracia de Dios irá haciendo el resto. Hoy puede ser el día del Señor, el día en que comiences a descubrir la felicidad. María ayúdame a quitar todo lo que me estorba para comenzar mañana a caminar hacia Belén y llegar hasta el Calvario y de allí a Dios.

LAS EXTENSIONES.

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Números 24,2-7.15-17a; Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9; Mateo 21, 23-27

Hace unos días mi ordenador decidió cambiar las extensiones de mis archivos. Las extensiones, como bien sabéis, son esas pocas letras colocadas tras el nombre del documento precedidas por un punto, del estilo: “.doc; .jpeg; .exe”. Están situadas al final del nombre, pero es lo primero que el procesador lee para utilizar el programa adecuado para abrir el documento. Si la extensión no es la correcta no se abrirá el documento.
Perfecto, pensaréis, este cura ahora, en vez de hablar de las lecturas, nos quiere colocar una clase de informática. No os preocupéis, no pierdo el hilo: contempla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo del evangelio de hoy cuando se acercan a Jesús. ¡Tienen la extensión cambiada!. Son incapaces de reconocer al Mesías, de reconocer la obra de Dios, de escucharle. Por eso Jesús les da el “mensaje de error”. Podría haber hecho un gran milagro en ese momento para hacerles creer, una manifestación cósmica y que el sol diese vueltas o quitarle veinte años de golpe a Caifás, pero seguramente ni aún así habrían creído. Intentaban abrir un documento de Dios con la extensión de los hombres, así que se quedaron como estaban: ignorantes.
En ocasiones a nosotros con Dios nos puede pasar algo parecido. Muchas veces en la dura experiencia de los funerales o la enfermedad me preguntan: ¿Por qué Dios permite esto?. En el fondo es la misma pregunta del evangelio ¿Quién le ha dado a Dios autoridad sobre la vida y la muerte, sobre mí o sobre mis seres queridos? ¿Quién se cree que es?. Estas preguntas presentadas tan descarnadamente, y que pueden sonar a blasfemas son, en el fondo, las que surgen de nuestra soberbia, de no dejar a Dios ser Dios. Dudamos si realmente “el Señor es bueno y recto” y que, a pesar de nuestras rebeliones, “su ternura y su misericordia son eternas”. Repite despacio: “Sé que Dios me quiere” y acércate a Dios como María, desde la humildad, dejándole hablar pues “enseña su camino a los humildes”.
Cuando te acerques al sagrario, cuando asistas a Misa, asegúrate de ir con la “extensión correcta”. No vayas para reprender a Dios, ni a juzgar al celebrante o a los que te rodean. Simplemente ponte en actitud humilde ante Dios y la Iglesia y dile despacio, con el corazón: “Señor, que no venga a pedirte cuentas, como los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, sino que esté ya escuchándote como aquellos personajes anónimos que oían atentamente tus enseñanzas”.
Dentro de poco llegaremos a Belén. Ésa es nuestra escuela de oración.

LOS INDISPENSABLES Y MI PRIMO EL DE ZUMOSOL.

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Sofonías 3, 14-18a; Is 12, 2-3. 4bed. 5-6 ; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

Hoy domingo seguramente te has levantado un poco más tarde de lo habitual. Tomas el café y piensas en lo que tienes que hacer hoy. Son tantas cosas y disponemos de tan poco tiempo… Pero te reto a que leas muy despacio las lecturas de la Misa de hoy.
¿Qué tienes que hacer hoy?. Ser feliz. Los domingos de Adviento nos hablan de la felicidad pues “el Señor está cerca”. Pero, pensarás, yo no siempre soy feliz: Tengo muchas preocupaciones, el trabajo me mata, estoy enfermo, tengo una casa que atender, ciertos compromisos…, pospondré el “júbilo” para cuando me “jubile”.
Seguro que has visto a niños pequeños que tienen hermanos mayores en el mismo colegio. Caminan con la seguridad del que se va a comer el mundo. Si algún otro chico se mete con él o le quita el balón en seguida le dice: “Que llamo a mi hermano” (o a mi primo el de zumosol) y sabe que está todo solucionado. Vive sin problemas en el colegio, todo está dominado, su hermano (o el primo de zumosol) acudirá presto si hay algún problema. Por el contrario el niño que no tiene amigos ni hermanos (ni tiene un primo cachas que echarse a la boca) se vuelve retraído, introvertido, tímido. No quiere problemas con los que son mayores y más fuertes aunque a veces él mismo abuse de los más pequeños y débiles.
¿Cuál es el secreto de la felicidad?. “Viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en su mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. El secreto de la felicidad es saber que no somos los mejores ni los únicos, ni tan siquiera somos indispensables para el buen funcionamiento del mundo. “¿Entonces, qué hacemos?”. Rezar. Cuando el sacerdote levante la Hostia en la Misa piensa: “El Señor está cerca”.Está ahí a unos pocos metros, estará físicamente en tu interior dentro de unos instantes, no lo mereces pero Él ha querido entregarse así. En esos momentos regálale todas tus preocupaciones, tus dolores, tus inquietudes, tus pesares, tus prisas… y descubrirás que sólo Él es indispensable. Si acaso te encuentras sin fuerzas escucha la antífona de comunión que el sacerdote dirá antes de acercarte a comulgar: “Decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que viene y nos salvará”. ¡Que gran hermano mayor!. Ahora caminaremos por el “colegio de la vida” sabiendo que tenemos quien nos custodie. Marcharemos con la seguridad de saber que no somos indispensables pero sí somos necesarios y queridos. Entonces no nos sentaremos en el rincón del patio de la “escuela humana” con miedo a qué dirán o con pánico a que se metan con nosotros. Haremos lo que tenemos que hacer, e incluso más, porque caminamos sin miedo sabiendo que “Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”. Será entonces cuando “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
¿Qué tienes que hacer hoy?. Busca la felicidad en Dios, que nunca es tarde para encontrarla. María es la mejor guía, síguela.

SMEAGOL Y GOLLÚM.

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Eclesiástico 48,1-4. 9-11; Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19; Mateo 17, 10-13

La desagradable criatura de “El señor de los anillos” tiene un preocupante caso de esquizofrenia aguda. Gollum- el antipático- tiene una voz fuerte, autoritaria que se impone sobre Smeagol- el debilucho- que, aunque a veces parece liberarse, acaba obedeciendo a su personalidad desagradable y hablando con esa vocecilla de bocina de Vespino. La voz es muy importante. Puede expresar convencimiento, fuerza, hastío, despreocupación, cariño, ira, desprecio, etc.
A veces oigo predicaciones- o me escucho predicar- con el mejor estilo de los perfectos pupilos de Smeagol: una voz cansina y desafinada, cuyos efectos son más que previsibles en el que escucha: es como quien oye llover, una vez terminada la lección se pasa “a otra cosa, mariposa”. Para esto los mismos curas hemos fijado una expresión: quien no mueve el corazón acaba haciendo que se mueva el trasero. Palabras que no generan una respuesta de entrega y sí un montón de toses que te parece celebrar en uno de los antiguos hospitales de tuberculosos. Parece que, para hablar de Dios y con Dios, hay que mirar a un punto en el infinito e ir convirtiendo la voz en un arrullo consolador que, vacíos los corazones, vacía las Iglesias. Parece que hay miedo a molestar a los que duermen, de incomodar a los acomodados, de que nos abandonen los que vienen a sestear en el reclinatorio.
Gollum tiene una voz desagradable. Insulta, echa en cara, ironiza sobre el débil Smeagol, todo lo ve negativo y sólo busca “su tesoro”. Hay predicaciones estilo Gollum. No convencen, humillan. No explican, confunden con tecnicismos. No inquietan sino que asustan. No convierten, trastocan la verdad.
Alguno estará ya pensando en sacerdotes que conoce o en su párroco. Pero tampoco hay que irse sólo a los sacerdotes, muchos nos predican todo el día y no exactamente de Dios. Tenemos muchas oportunidades, en diversos lugares y situaciones, de hablar de nuestra fe. Y podemos ser o Gollum, o Smeagol o mudos (que tal vez sea incluso peor). Cuando hables de Dios acuérdate de Elías “un profeta como fuego, cuyas palabras eran horno encendido”. Según hables de Jesucristo y la Iglesia así está tu corazón de enamorado.
Seguramente incluso así nadie te haga caso:“os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo”, pero sabrán que no los quieres engañar, que hablas de quien quieres porque los quieres.
Pídele a nuestra Madre del cielo que te ayude a ser fuego y cuando contemples dentro de unos días el nacimiento del Sol de Justicia veas “El retorno del rey” (de Reyes).

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