Autor del archivo

NUESTRA CONDICIÓN DE HIJOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2,29-3,6; Sal 97,1-2ab.3cd-4.5–6; San Juan 1,29-34

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Quizás sea ésta la más grande afirmación que se ha podido decir acerca de ti y de mí: ser hijos de Dios. Llegar a comprender en qué consiste semejante filiación sería desentrañar, en definitiva, el por qué Dios se ha hecho carne. Se trata de considerar el Misterio que hemos ido contemplando (¡y tocando!) durante estos días. Lo inaccesible, lo omnipotente, lo eterno e infinito se ha vuelto de nuestra condición… ¡para siempre!

La filiación divina no es un apellido, o un título sin más, se trata de nuestra radical pertenencia a Dios alcanzada en el Bautismo. Un día dimos nuestro sí (o lo dieron nuestros padres en nuestro nombre), para que se estableciera la alianza entre lo divino y lo humano gracias a los méritos de Cristo. Ese día, verdadero nacimiento a la vida de Dios, fuimos encumbrados a lo más alto; quedamos incorporados a una realidad que supera totalmente el orden material. Es más, se nos dieron los instrumentos necesarios para que cualquier situación vivida en el mundo la selláramos con el nombre y la presencia de Cristo. Esa dignidad no significa otra cosa que llevar a cabo la obra creadora de Dios en el mundo… y, ¡tú y yo estamos llamados a realizar semejantes acciones! No importa que a los ojos de otros dichos actos sean más o menos “llamativos”; lo único necesario es que Dios sea testigo del amor que ponemos en ellos.

“Sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido”. Nuestra fragilidad nunca será óbice para que, tal y como nos dirá San Pablo, seamos templo del Espíritu Santo. Sólo el pecado es capaz de romper esa armonía querida por Dios: sólo un “non serviam!” (¡no serviré!), puede provocarnos un aislamiento de lo que es esa realidad sobrenatural que, en último término, nos sostiene y alimenta. ¡No te importen tus debilidades y tus fracasos!, ¡nunca digas: “no puedo más”! Cualquier padre comprende que su hijo le necesita a pesar de sus negativas. ¡Cuánto más entenderá Dios que sin Él nada podemos! Nunca nos humille tomar la actitud de aquel hijo pródigo que volvió a la casa del padre después de haber dilapidado su vida, aunque tengamos que volver todos los días, todas las horas, todos los minutos. Lo importante, lo verdaderamente significativo, es saber que somos hijos, y que nuestro Padre nos espera con los brazos abiertos… porque Él sí nos ama.

“Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. San Juan Bautista fue un testigo cualificado de la divinidad de Cristo. Él había sido elegido para ser precursor del Mesías, el heraldo de la Verdad. Tú y yo no estuvimos en el Jordán para ver ese signo prodigioso que revelaría la Misión de Jesús, pero sí podemos manifestar, jornada tras jornada, las maravillas que realiza Dios en nuestras vidas (incluso a pesar nuestro en ocasiones) y en las de los demás. ¿No es éste un motivo que va más allá del agradecimiento?

El beso de “buenos días” que recibas en la frente mañana al levantarte, y que Dios Padre te dará, te hará sentir verdaderamente hijo suyo una vez más… ¡Bendito “endiosamiento” el de los hijos de Dios!

LA VOZ DEL PASTOR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2,22-28; Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4; San Juan 1, 19-28

“Si permanece en vosotros lo que habéis oído desde el principio, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre; y ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna”. Los medios de comunicación parecen ejercer una gran influencia en nuestra sociedad actual. Además, uno de los factores que han hecho que el mundo mediático prolifere, y resulte más ágil y rápido, es el uso de las nuevas tecnologías, en especial internet. Sin olvidar los beneficios que se pueden obtener con el uso de estos medios, existe también el peligro de su manipulación, o el empleo interesado y sesgado, que van más allá del mero hecho de informar. Os contaré un ejemplo.

El domingo pasado, fiesta de la Sagrada Familia, el Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco, pronunció una homilía (que podéis obtener en la siguiente dirección de la página web de la Archidiócesis de Madrid: http://www.archimadrid.es/princi/menu/vozcar/framecar/homilias/2003/28122003.htm ) en la Catedral de la Almudena con motivo de dicha festividad. Es uno de los párrafos de la homilía se lee lo siguiente: “Al pretender equiparar a la familia, nacida y entrañada en el matrimonio indisoluble del varón y la mujer, a uniones de todo tipo, incluso, a las incapaces por naturaleza para tener hijos, se termina por la destrucción institucional sistemática de la célula primera de la sociedad. Las dramáticas consecuencias del rechazo del modelo de Dios no se han hecho esperar. Están a la vista de cualquier observador y conocedor objetivo de lo que está pasando en el momento actual de Europa: sociedades avejentadas, amenazadas por una más que probable quiebra de los sistemas de su seguridad social, crecientemente insensibles a las exigencias de la solidaridad mutua, nacional e internacional, hoscas y sin pulso creador, en las que se multiplica el dolor y sufrimiento de los niños y de los jóvenes por las rupturas de sus padres y la pérdida del insustituible ambiente familiar que se crea y se recrea al calor del hogar paterno”.

Pues bien, los medios de comunicación (radio, televisión, prensa, publicaciones en internet,…), han dado el pábulo suficiente para que colectivos de “parejas de hecho”, no sólo se hayan sentido discriminados, sino que han visto en dichas declaraciones del Cardenal una ofensa directa a sus derechos más fundamentales, como puede ser el que los homosexuales “tengan” hijos.

“Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor”. Más allá de entrar en un debate acerca de la condición sexual del ser humano, se trata de que los cristianos no perdamos nunca de vista ese camino que, iniciado por Cristo, nos lleva a entender que una de las cosas que nos pueden ayudar a clarificar la verdad es saber estar unidos a nuestros pastores (incluso interviniendo en los medios de comunicación antes aludidos), sobre todo cuando éstos dan la cara por proteger y defender aspectos que son realmente esenciales para nosotros, como puede ser el auténtico sentido de la familia…. Quien tenga oídos para oír, ya sabrá como aplicar estas palabras.

EL AMOR DE UNA MADRE

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Números 6, 22-27; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 ; Gálatas 4, 4-7; San Lucas 2, 16-21

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. ¡Qué hermosos son los ojos de una madre!… ¡Sí!, mirar el rostro de una madre es mirarse a uno mismo. No hay nada que podamos esconderle, tú y yo que estuvimos en sus entrañas, nada que explicar, ni nada que dudar. Nada como una simple mirada de una madre que entiende todo… y perdona todo. Cuando estuviste en el lecho del dolor, y ella estuvo velando por tu enfermedad… ¿qué otro remedio necesitabas? Su compañía, su entrega y su calor eran la única medicina que aliviaba tu dolor y tu angustia. ¡Qué gran significado adquiere la palabra amor en el corazón de una madre!… ¡y cuánto me gusta esta fiesta (primer día del año), dedicada a la Madre de Dios, y madre mía… Madre del amor hermoso!

“Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba!Padre”. Aún recuerdo aquel viejo cuento de un hijo desagradecido que, embrujado por el amor de una mujer malvada (y a petición de ésta), arrancó el corazón de su madre para entregárselo en una bandeja a la supuesta amada. Ése joven, corriendo por los caminos, desesperado, tropezó, cayendo herido y maltrecho… Cuenta la leyenda, que desde aquel corazón sangrante de la madre, que había rodado también por tierra, salió una voz: “¡hijo mío, ¿te has hecho daño?!

Si el amor humano de una madre puede contarse hasta estos extremos, ¿cuánto más puede significar el amor de Dios? La respuesta la tenemos en el hermoso regalo que nos ha dado en su Madre, la Virgen María. Son miles las anécdotas e historias que corren a lo largo de la historia, y que nos explican los favores recibidos por mediación de María. Abogada e intercesora nuestra que, desde la eternidad, suplica e implora ante Dios y su Hijo por nuestra salvación. Ella entendió como nadie lo que supone vivir en el servicio a Dios y a sus semejantes (¡es la llena de gracia!). Desde aquel primer “sí”, dado al enviado de Dios en Nazaret, pasando por el detalle de que no faltara vino a aquellos recién casados, hasta permanecer, angustiada y rota de dolor, pero firmemente anclada al pie de la Cruz de su Hijo…¡Cuánto nos ama Dios, y cuánto nos queda por agradecer!

“Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho”. Pero ahora, en este comienzo de año nuevo, aún queremos ver a la Virgen cambiando pañales a su Hijo y acariciando su rostro, a la vez que enjugamos también nuestras lágrimas (por tantas cosas que hemos de cambiar en nuestras vidas) con el borde su manto. ¡Todo ha sido tal y como se nos dijo!… Lo hemos visto y lo hemos oído: A ese Niño que fija su mirada en los hermosos ojos de su Madre, y también las palabras de aliento que salen de los labios de la Virgen y se dirigen a cada uno de nosotros: “¡anda, ve y haz lo que Él te diga!”

HORA DE HACER EXAMEN.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2, 18-21; Sal 95, 1-2. 11-12. 13-14; San Juan 1, 1-18

“Hijos míos, es el momento final”. Estas palabras del apóstol San Juan no aluden precisamente a la llegada del fin de año en la que nos encontramos. El evangelista se refiere, más bien, a un personaje en nada mencionado por nuestra sociedad moderna, que cree superados toda una serie de tabúes y mitos del pasado. Así pues, perdonadme que en este día, lleno de burbujas de champán, turrones y uvas contadas, toque de soslayo la figura del demonio.

“Os he escrito, no porque desconozcáis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira viene de la verdad”. Siempre se ha dicho que el diablo es el príncipe de la mentira y el engaño. También los últimos papas nos han recordado que uno de los triunfos del demonio es precisamente hacer pensar que no existe o, lo que es lo mismo, el olvido del sentido del pecado incitado por él. No se trata de ponernos melodramáticos, ni de incurrir en fatalismos; simplemente, se trata de invitarte a que en este día tan significativo del fin de año hagas examen de conciencia. ¡Seamos realistas!… En cualquier empresa, que se digne ser medianamente seria, el concepto de “balance” es algo necesario para situarse al término de un ejercicio económico; es importante comprobar los “pros” y los “contras”, los beneficios y las pérdidas que se han obtenido y, así, reajustarse de cara al próximo curso. Mucho más importante, como podemos suponer, es hacer balance de nuestra alma y, como nos recuerda San Juan, ya que conocemos la verdad, ésta, ayudada por la gracia, ha de ser la medida de nuestras acciones pasadas y el fundamento de las futuras.

“Cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria”. Éste es el grito de los que sabemos que Cristo, con su nacimiento, muerte y resurrección, ha vencido al demonio y al pecado. Ésta es, en definitiva, la suerte que corremos los hijos de Dios que, dando el adiós al año que acaba, somos capaces de entonar un “Te Deum” en acción de gracias por los beneficios obtenidos, a la vez que pedimos perdón por nuestras infidelidades pasadas, pero con el firme propósito (aunque sea uno pequeño), de cambiar para el año entrante.

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. El Niño del Pesebre nos enseña, una vez más, que Dios se nos muestra en lo más humilde y sencillo del corazón del hombre… que la fidelidad nuestra consiste en permanecer, junto a aquellos pobres pastores de Belén, en actitud de contemplación y adoración…, aunque no comprendamos ni entendamos nada. Lo importante es permanecer. ¡He aquí el secreto de la perseverancia!

“La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió”¿Crees acaso que puede hacer algo el demonio frente a tanta debilidad aparente que pueda haber en el Portal de Belén? Ese esplendor no lo puede soportar el que anda en tinieblas. Así pues, estar junto a luz es seguir estando en gracia de Dios que, en definitiva, es lo único que nos importa… ¡Ah!, ¡feliz año 2004!, y que el Niño Dios os bendiga y acompañe siempre.

LA BENDITA NORMALIDAD.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2,12-17; Sal 95, 7-8a. 8b-9. 10 ; San Lucas 2, 36-40

“Os repito, jóvenes, que sois fuertes y que la palabra de Dios permanece en vosotros, y que ya habéis vencido al Maligno”. Más de una vez el Papa ha utilizado estas palabras para espolear las conciencias de los jóvenes y lanzarles un reto, el reto de amor de hacer de Dios el centro de sus vidas. Porque a los jóvenes no hay que adularlos, sino exigirles. Es el reto de ponerles frente a lo que son: fuertes y capaces de amar, y exigirles que estén acordes con esa condición suya.

Juan sabía bastante de esto ¿Cuántos años tendría cuando se cruzó con el Señor? Sería poco más que un adolescente imberbe y quedó deslumbrado. La pasión le desbordaba por dentro. Sentía bullir en sus venas, como todos los jóvenes, las ganas de vivir, un afán noble de abrazarse a los grandes ideales, el entusiasmo por enfrentarse con valentía a las dificultades. El Papa también ha experimentado esa juventud pletórica de entrega, porque “es un joven de 83 años”. Por eso, cuando esas palabras de Juan, han resonado en sus labios lanzándolas a gente que se está abriendo a la vida, se le han iluminado los ojos porque veía en ellos lo mismo: un mundo de posibilidades.

Sin embargo, ¿es ése el “retrato tipo” del joven actual? ¿Se da cuenta la juventud, y los que no son tan jóvenes, de ese mundo abierto que guardan en su interior, se dan cuenta de que son verdaderamente fuertes? ¡Cuántas veces vemos a jóvenes que parecen haber envejecido a destiempo, muchachos que acaban por agotar el elixir de la vida, porque exprimen como un limón todas sus posibilidades sin sacarles su esencia. ¿Qué ha ocurrido? “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Parece que estas palabras del Señor hubieran perdido fuelle.

¿Te acuerdas del pasaje del Evangelio en que un joven que era rico sale al encuentro con Jesús, porque tiene “afanes de cielo”. ¿Te acuerdas de la respuesta aparentemente anodina del Señor? “Cumple los mandamientos”. “Eso ya lo cumplo desde mi juventud”, dijo satisfecho. Efectivamente se sabía fuerte, sabía sus posibilidades, pero el Señor lo que le va a pedir es algo más grande: que las ponga en marcha. Por eso se acabará dibujando la decepción en el rostro de aquel chaval que era bueno pero al que le costaba admitir que eso que cumplía tenía una coda: hacerlo con todas las consecuencias. La bendita normalidad, que se convierte en reto de amor.

“El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”. El Niño-Dios quiere someterse a las leyes de los hombres, a la bendita normalidad del crecimiento humano. El domingo pasado considerábamos, en la fiesta de la Sagrada Familia, estas mismas palabras, la fuerza interior que vence al Maligno y que pasa ineludiblemente por hacer que crezca Dios en nosotros. Y eso a través de esa bendita normalidad de hacer lo que hay que hacer. Hay que hablar a los jóvenes de normalidad, y hay que hacerlo desde las familias, y desde el propio ejemplo. Porque la bendita normalidad de lo cotidiano es una aventura apasionante donde se fraguan no ya los héroes, sino los santos. Y hay victorias, que saben a gloria, porque es Dios el que vence en esos afanes nobles, en esas audacias santas, en esas entregas calladas, que son la trama con que se construye la vida.

JESÚS HUBIERA HECHO LO MISMO.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2, 3-11; Sal 95, 1-2a. 2b-3. 5b-6; San Lucas 2, 22-35

“Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él”. La palabra “amor” no cabe duda de que es la palabra fuerte durante esta Octava de Navidad. Muchas son las maneras de manifestar ese cariño, y estos días parecen propicios para hacerlo: regalos, felicitaciones, comidas familiares…

El otro lado de la realidad nos muestra, también en estos días, la terrible soledad de muchos que no tienen nada y, lo que es todavía más crudo, no tienen a nadie. Hay como una especie de sensibilidad de fondo que hace que se encienda en nosotros el piloto rojo, y nos sentimos llamados, al menos en este tiempo, a “hacer algo”, un donativo, una suscripción a una “ong”, qué sé yo, algo para tranquilizar un poco nuestra conciencia. Sí, no es que esté mal, pero ¿qué hay detrás de eso? quizá poco, muy poco.

El mismo día de Nochebuena, mi trabajo pastoral me llevó a dos comedores de personas sin techo. Quedé más que conmovido, abrumado. La gente se agolpaba en la calle esperando su turno para poder recibir un plato caliente. Dentro había cerca de cuatrocientas personas ya sentadas… ¡y eran las cinco y media de la tarde!. Los turnos duraron hasta la media noche. Y ¿quién atendía a tantos? Voluntarios (personas de toda condición: mayores, madres de familia, jóvenes…, de todas las edades). Allí estaban, con una sonrisa auténtica, sincera, en los labios, sirviendo y soportando, en ocasiones, las contrariedades que aquello traía consigo (que no son pocas: malos modos por parte de algunos comensales, algún que otro insulto). Y como telón de fondo cantos de Navidad que los chavales, a golpe de guitarra y con alegría entonaban para crear un ambiente verdaderamente festivo. No pude por menos de preguntar a una voluntaria lo que le movía a estar allí. No tuvo que pensarlo mucho: “Jesús hubiera hecho lo mismo”.

Yo, que por carácter soy de natural aprensivo, debí poner una cara inenarrable. Me hizo reaccionar el recuerdo de San Vicente de Paúl, que le decía a una de sus religiosas cuando cuidada a los pobres entre los pobres: “En cada reproche que recibimos por cada uno de estos pobres que damos de comer, hemos de encontrar la verdadera paga que merecemos”.

Vuelve al Evangelio de hoy y escucha de nuevo las palabras de Simeón a María: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”. ¿No te parece que, sin que medien las justificaciones, la tranquilidad de tu conciencia, ni cosas por el estilo, te las está diciendo también a ti hoy? Habrá que sacar las conclusiones.

MI BELÉN PARROQUIAL.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2. 3. 4-5 ; Colosenses 3, 12-21; San Lucas 2, 41-52

“Cada año disfruto más con el Belén parroquial. A mí siempre me ha parecido que es como el “buque insignia” de una iglesia, porque acaba siendo una especie de catequesis para contemplar. Por él van pasando no sólo los pequeños, que abren los ojos como platos y se fijan en todo, sino también los mayores que disfrutan casi tanto como los peques, y tampoco se pierden detalle.

Este año, no es porque yo lo diga, pero nos ha quedado especialmente bien. Juan es el experto que lo va montando, con la colaboración, entre otros, de Marian y Eugene (dos emigrantes rumanos) que se van ilusionando tanto como él conforme van viéndolo crecer, y les sirve para luego mandar a sus casas fotos de esta costumbre española de la que ellos están muy orgullosos, porque la sienten ya como su obra. Yo también colaboro con algunos detallitos y cuidando de que tenga unidad, pero es Juan el principal artífice y este año ha estado especialmente sembrado.

Pues bien, una de las grandes aportaciones, y que ha tenido más éxito, ha sido la familia de Nazaret. En esta ocasión, hemos querido poner a los grandes personajes: María, José y el Niño, además de en el Portal, en algún otro momento de la historia. Y allí, en una gruta, está el taller de carpintería y José incansable cepillando la madera (se mueve y es el regocijo de los pequeños), mientras María sostiene al Niño en brazos y tiene la mesa preparada con un refrigerio para el Santo Patriarca. Me parece que hemos conseguido una escena entrañable. Igual es pasión de párroco, pero yo me imagino así a la familia de Nazaret: en la brillantez de la “cotidiana normalidad”. Por eso no me choca nada esa expresión maravillosa del Evangelio de hoy: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”. Porque con el clima familiar que fueron imprimiendo María y José, que se encontraban desbordantes al calor de Jesús, la temperatura del hogar de Nazaret no precisaba ningún termostato, era siempre una maravilla.

Hoy posiblemente podríamos decir muchas cosas de la familia, y desgraciadamente muchas negativas: hay tantas circunstancias que han hecho que quede herida, tantas rupturas, tanto desamor, tantos egoísmos camuflados en el fondo de… tonterías. Sin embargo, la solución a todo ello bien puede ser aprender de esa bendita normalidad de Nazaret, en que María y José ven crecer al Señor, sintiéndolo también crecer en el propio corazón. Costaba tan poco…

Allí está José pendiente de María y del Niño, María pendiente de José y del Niño, y el Niño sonriendo a los dos. ¿No te parece una especie de llamada a nuestras familias? Mirarnos menos a nosotros mismos para mirar más por los demás mirando más a Dios, porque eso hace que el corazón crezca y nuestras tonterías mengüen.

Creo que ahora me explico mejor por qué todos se quedan embelesados ante el portal, y ante la carpintería: la familia, pese a quien le pese, sigue estando de moda, y gusta verla en acción.

DESCANSAR Y AMAR.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 1, 1-4; Sal 96, 1-2. 5-6. 11-12 ; San Juan 20, 2-8

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos”. Si alguien podía haber dicho esas palabras con propiedad, no es otro que San Juan, apóstol y evangelista. Hoy es su fiesta, la fiesta del “discípulo amado” de Jesús. Ayer era el martirio de la sangre, el de Esteban. Hoy la Iglesia nos muestra la entrega en amor de un apóstol: Juan. De tal manera se sintió querido por Jesús que él mismo se dio ese título, y quiso mostrarnos en el Evangelio algunos de los momentos en que recibió esas delicadezas de cariño de Jesús. ¿Recuerdas esa escena entrañable de la Última Cena en donde el Apóstol descansa su cabeza en el pecho del Señor…? Sentirse querido por Dios, poder apoyarse plenamente en Él… ¿No te parece que puede ser algo más que una aspiración en ti? ¿No te parece que ha de ser la constatación de una realidad?

Pregúntate: ¿Y yo, cómo descanso en Dios? Porque quizá esa sea la respuesta a la pregunta: ¿Yo cómo amo a Dios? El hombre busca cada vez con más frecuencia experiencias fuertes que le suban la adrenalina para “sentirse vivo”. Por otro lado, la maquinaria del estrés y el activismo nos embarca en esa especie de inercia de ir, sin darnos cuenta, a donde van todos. Pero, ¿nos sentimos verdaderamente realizados en esas circunstancias? ¿Es ése nuestro descanso? ¿o nuestra aspiración de descansar es más bien no hacer nada? Descansemos en el Señor, volquemos nuestros sentimientos y nuestros afectos en Jesús. Que sientas en tu cabeza el latido de su corazón y le transmitas el tuyo, para que los dos corazones latan al unísono. Así empezarás a descansar, así empezaras, posiblemente, a amar de verdad.

Fíjate en algo muy concreto: cuando se habla de cosas “tan inútiles” como la oración, olvidamos la necesidad ineludible del corazón por encontrar su auténtico sosiego. Y eso lo encontramos en ese momento en el que las pasiones y las preocupaciones quedan en nada porque las depositamos en la fuente de la paz: Cristo.

¡Qué grandeza la de la liturgia que nos muestra en Navidad, cuando ya nos hemos acostumbrado a un Dios-Niño, la figura de un apóstol adolescente que aprende a querer con un alma limpia!

Juan aprendió después la lección que Dios empieza a dar en Belén: que Dios ama desde la sencillez y busca corazones libres y enamorados que quieran descansar en Él.

Fíjate en la Virgen, en el Portal nos muestra a su Hijo, ella que en la cruz, a través de Juan, nos recibiría como hijos. Pídele que te dé un alma limpia que sepa querer así. Y descansa, descansa en el Señor, sólo en Él encontrarás la verdadera paz, el verdadero sosiego.

SER TESTIGOS DE DIOS EN NAVIDAD.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-60; Sal 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17 ; San Mateo 10, 17-22

Al día siguiente de la Solemnidad de la Navidad, la Iglesia nos recuerda a San Esteban, y enseguida nos dice sus “apellidos”: diácono y protomártir. ¿Quiénes eran los diáconos? Aquellos cristianos que, al ir creciendo la Iglesia, ayudaban a los apóstoles a realizar determinadas tareas: llevar la comunión a los enfermos, atender a las viudas, hacer las colectas, etc, para ser así más eficaces en el ministerio que les había encomendado el Señor. Protomártir es el otro “apellido” de Esteban, y junta dos palabras griegas de hondo calado: “protos”, que significa primero y “mártir”, que significa testigo. El primero de los que dio testimonio de Cristo con su sangre.

“Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Aún tenemos en nuestras retinas la figura del Niño Dios acurrucado en el Pesebre, y a María y José velando su sueño o sus lloros. También nos ha emocionado ver a esos sencillos pastores acercarse al Portal, y dejar sus ofrendas y presentes a los pies de la cuna. ¡Qué dicha el ser testigos de un Dios hecho carne!… lo que generaciones anteriores desearon ver y no pudieron, lo que profetas durante siglos anunciaron… Sin embargo, existen otras formas de ver a Dios, y así lo hizo San Esteban. En el momento en que iba a ser lapidado vio, no sólo una figura, sino la misma gloria de Dios. Éste es el premio que se da a los testigos de Cristo, a los que derramaron su sangre por confesar su nombre.

“A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás”. De esta manera se abandona el salmista en la voluntad divina. De esta manera también deberíamos confiar plenamente en los planes que Dios tiene sobre cada uno de nosotros. Igual que San Esteban confió su destino en la Resurrección de Cristo, nosotros sabemos que pocas cosas en este mundo nos han de amedrentar. Únicamente el pecado nos puede confundir y entristecer, pero aún así sabemos que contamos con la gracia de la reconciliación, y que Dios nos concede en el sacramento de la Penitencia. ¡Qué más podemos pedir!

“Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros”. Efectivamente, hay muchas situaciones que se nos presentan y que nos agobian, que pueden quitarnos la tranquilidad interior: incomprensiones, injurias, malentendidos, difamaciones… pero Jesús es categórico: si somos fieles, el Espíritu Santo actuará y vendrá la paz. Mira al Portal, mira a Jesús, conviértete en testigo, y notarás que el Príncipe de la paz te devuelve la paz. La misma paz que en la Nochebuena proclamaba el ángel a los pastores, esa paz que surge al adentramos en la oración y contemplar a Dios en lo más humilde…, esa misma paz que el mundo nunca podrá dar hasta que reconozca a Cristo como su Señor y Rey… Aprenderás también a mirar con más simpatía a Esteban, porque aprenderás de él a ser mártir y ver la gloria de Dios donde otros ven amargura.

EL NOMBRE DE JESÚS.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 52, 7-10; Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 ; Hebreos 1, 1-6; San Juan 1. 1-18

“Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo”. Hemos pasado la noche dando gracias a Dios y hemos encontrado el consuelo de no sabernos solos ya nunca. Hemos descubierto, no sólo que nuestra vida tiene sentido, sino que toda ella está impregnada del amor de Jesús. ¡Qué hermoso nombre!… ¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Jesús!… No nos cansemos de repetirlo, como algo verdaderamente nuestro, tan nuestro que nada ni nadie podrá arrebatarnos. Mírale con ternura, contémplale como una auténtica posesión, y no temas quedarte corto. ¿Has visto a esos pobrecitos que andan por el mundo mendigando avaricia, vanidad o lujuria? Lo hacen empeñando su fama y todo lo que puedan poseer; sin embargo, cuando alcanzan el placer pretendido no encuentran más que vacío y soledad. Nosotros, sin embargo, sabemos de una avaricia santa que es la de poseer a Dios para siempre. Por eso, “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz”.

“Ahora, en esta etapa final, Dios nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”. Ya no son necesarias más palabras ni más discursos. Todo está dicho, y para siempre. Y cuando, una vez más, nos incorporemos a nuestro trabajo, a nuestro estudio…o quizás a nuestra enfermedad o sufrimiento, ya nada será igual que antes. El nombre de Jesús, que empapa nuestros labios e inunda nuestro corazón, lo iremos reconociendo en aquellos con los que nos toca compartir nuestras horas: la mujer, el marido, los hijos, los compañeros… todos, absolutamente todos, ya no son obstáculo para nada, sino que se han transformado en la imagen viva del Niño que adoramos en el Pesebre. ¿Seremos capaces de pronunciar un tuyo o un mío, cuando el único que es verdaderamente Señor de nuestra vida es Jesús? ¡Anda!, vayamos, cada vez que nos entre el desaliento, al Belén que hay en nuestro interior y, con fuerzas reanimadas, digamos al mundo que la felicidad y la esperanza son posibles.

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. ¿No reconoces en la mirada de ese Niño que llora en el Pesebre los ojos de Dios? ¡Sí!, mañana volveremos a la rutina del día a día, a la monotonía de las mismas acciones y los mismos gestos… pero, vuelvo a recordarte que ya nada es lo mismo. Aquellos que no reconocieron a la Palabra (tal y como nos dice el evangelista San Juan), y que no descubrieron la gloria de Dios, nos piden a gritos (aunque aparenten lo contrario) que tú y yo se los demos a conocer. ¿Que cómo podremos hacerlo?… Mira el rostro de María y también descubrirás los mismos ojos de Dios, y di con ella: “¡Jesús, mi vida, mi amor y mi todo, nunca seas otra cosa para mí que Jesús!”

febrero 2018
L M X J V S D
« Ene    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728