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Lo que transforma nuestra vida

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 8;5-8.14-17; Sal 65; 1 Pe 3,15-18; Ju 14,15-21

Porque, si no es así. ¿de qué sirve todo lo nuestro? Serían meras palabrinas. El gentío escuchaba a Felipe en la ciudad de Samaría porque había visto con sus ojos los muchos signos que hacía. Escuchaban, pues, porque veían en él algo nuevo, quizá extraño, pero que les llamaba poderosamente la atención. Algo que conmovía a quienes, por ello, le prestaban su atención. Signos de vida, signos de curación. No encantamiento de serpientes, sino palabras que veían tras los signos de su vida. Y todavía faltaba lo esencial, pues solo estaban bautizados con agua en el nombre del Señor Jesús: que los fieles recibieran el Espíritu, para lo cual bajaron a esa ciudad Pedro y Juan, los dirigentes de la comunidad primera, la de Jerusalén. El bautismo de Juan había calado. Bautismo de conversión de los pecados, es verdad que hecho ahora en el nombre del Señor Jesús, pero carecían todavía de algo esencial, la venida del Espíritu a ellos por la imposición sacramental de las manos. Faltaba el tocamiento último, la palabra hecha carne en ellos se hace ahora carne salvada en Cristo por el Espíritu. Todavía encontraremos acá y allá en el libro de los Hechos creyentes que digan: no sabemos quién es el Espíritu. Les falta, por tanto, lo último y definitivo de la conversión por el bautismo, que el Espíritu de Jesús haga morada en sus cuerpos, haciendo de ellos su templo.

Llegados acá, ¿qué otra cosa podemos hacer? Aplaudir al Señor con todas nuestras fuerzas, que le aclamen cielos y tierra. Que todos vean en nosotros las proezas que él ha hecho con nosotros, porque no rechazó nuestra súplica ni nos retiró su favor.

Cuestión de amor. De ahí el condicional de Jesús. Si le amamos. Ahí está el centro de nuestro comportamiento, de la transformación de nuestra vida, Todo lo demás es agua de borrajas, no vale, nada significa. Porque si le amamos, guardaremos sus mandamientos. Mandamiento único, el del amor. Amarnos unos a otros como él nos ha amado. Será él, ahora, quien le pedirá al Padre, su Padre y Padre nuestro, ¡diferencia maravillosa!, que nos dé otro defensor, el Espíritu de verdad. Sin que este venga a nosotros, nada hemos terminado, nada hemos cumplido. ¿Cómo sabremos de él? Fácil, muy fácil, porque estará con nosotros, dentro de nosotros. Será él quien ore en nosotros gritando: Abba, Padre. Jesús nos anuncia que ha de marchar al Padre, para seguir viviendo en él, pero no nos dejará solos. Será él quien nos haga patente de qué manera Jesús está con su Padre y, sin embargo, cómo nosotros estamos con él. La juntura de esos extremos será el Espíritu que se nos dona para que esté en nosotros, de manera que nosotros estemos allá donde Jesucristo ha subido. El amor será la fuente de esa juntura. Un amor que se nos dona con la imposición sacramental de las manos divinas que nos tocan. Y estaremos en su amor si guardamos sus mandamientos. Mandamiento del amor. Y si lo amamos, el mismo Padre nos amará. Revelación de amor.

Cuánta razón la primera carta de Pedro cuando nos dice que, glorificando en nuestros corazones a Cristo Jesús, ¡siempre él!, estemos prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere. ¿Cómo tendríamos miedo, escondiéndonos entre “los nuestros”? Debemos dar cuenta de lo que somos, porque vivimos en el amor de quien es Palabra y Razón.

Buscar la ayuda de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 16,1-10; Sal 99; Ju 15,18-21

Pues sin ella, aunque bautizados, y por ello engendrados para la vida contigo en el Padre, ¿cómo conseguiríamos los bienes eternos? Solo con tu ayuda incesante. No vale con que nos hayas salvado y redimido con tu cruz, debes sostenernos de continuo y hasta el final. ¿Qué haríamos si no con nuestras escasas fuerzas? El bautismo es puntual, pero su efecto es para siempre, pues se trata del bautismo de agua y del Espíritu Santo. Y el Espíritu permanece en nosotros, ayudándonos a orar gritando: Abba, Padre.

Pobre Pablo, qué de correteos por toda la parte oriental del Mediterráneo y por la actual Turquía. Pero hoy vemos cómo salta a Europa. Sus ansias de evangelizar, de predicar el evangelio de la cruz y de la resurrección eran tan grandes, desde que el Señor resucitado se le apareció camino de Damasco, que todo se le hace pequeño. Busca todo el mundo. Quiere llegar al centro, a la urbe que todo lo rige: Roma. De este modo la Iglesia se robustecía en la fe y creía en Jesucristo un número cada vez más grande.

Sorprende cómo prendió el cristianismo en aquella sociedad tan internacionalizada por los romanos. Era tan grande el embrollo de religiones, cada una por su lado, y de desenfreno moral en aquella sociedad tan diversificada y, a la vez, tan unitaria, que —aseguran historiadores como Paul Veyne y otros muchos— había verdadera ansia de espiritualidad limpia y pura, de vida moral recatada, de búsqueda del Dios único, y no de esa excrecencia de dioses y diosecillos, de diosas y diosecillas, que se amparaban en el culto al emperador como único elemento aglutinador del imperio, tan sumamente abigarrado, de modo que el cristianismo, junto con el judaísmo —al comienzo, lo sabemos, no aparecía claro si eran la misma religión o no—, fue tomado como la fe esperada. Una fe que llenaba los anhelos de quienes buscaban la limpieza del corazón, de los mansos y misericordiosos. Se ha dicho que el cristianismo era una religión mistérica más, como la de los órficos, por ejemplo, pero nada de eso hubo. Era, si vale decirlo así, una religión racional, en la que fe y razón estaban perfectamente conjuntadas. No era la religión de la irracionalidad y del desenfreno. Al contrario, la del Logos, de la Palabra, del Verbo. La cual, conforme quedaba claro que no era una secta más del judaísmo, sobre todo cuando fue apareciendo claro que los únicos herederos del AT eran los fariseos y los cristianos, cada uno por su lado. Pero estos tenían una mayor libertad de acción y de contemplación en el Espíritu y en la predicación de la cruz, locura para judíos e insensatez para paganos. El cristianismo se fue expandiendo como la pólvora por todo el Mediterráneo, el mundo conocido de entonces.

No importaron las persecuciones, ¿no había muerto Jesús en la cruz? Al contrario, sirvieron para aumentar el cristianismo de manera fulgurante. Nos lo dice hoy Jesús en el evangelio de Juan. Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Ay, si fuéramos del mundo, este nos amaría con empeño. Pero no somos del mundo, aunque nosotros seamos colaboradores del Señor en la salvación al mundo.

Sorprende, pues, esa doble línea que se diseña en la historia desde el comienzo. Por un lado, la atracción irresistible del cristianismo. Por otro, el odio encarnizado contra él. Jesucristo nos ha escogido para sacarnos del mundo y, paradoja asombrosa, para salvar al mundo.

 

Dónde hemos sido elegidos

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 15,23-31; Sal 56; Ju 15,12-17

Ayer lo vimos. La cuestión ha sido zanjada. Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las esenciales. Por tanto, anunciadlo a todos y que quede escrito: no se habrá de molestar a los gentiles que se conviertan a Dios. Lo dictaminaron ayer los apóstoles en reunión plena. Tanto ellos como nosotros, nos salvamos por la gracia del Señor Jesucristo. Nada, pues, de imponer las pesadas cargas de la ley. El Padre ha enviado a su Hijo para que permanezcamos en su amor, no para imponernos las onerosas pesanteces de la ley.

¡La cruz de Cristo ha sido salvada! Momento decisivo, terrible. Es el Espíritu Santo quien les ha llevado a esta decisión. ¡La Iglesia de Dios está salvada! Será el amor de unos a otros la señal de que la cruz de Cristo nos ha redimido, y no el cumplimiento por nuestra parte de viejas reglas y viejos usos. Porque en ella se nos ha ofrecido el amor infinito de Dios para con nosotros en su Hijo. Amor sin límites. Amor de puro exceso. Obligar a circuncidarse a los gentiles que se convirtieran era símbolo de mera exterioridad; no signo de un amor rebosante. La interioridad del amor nos va a hacer posible una vida de seguidores de Jesús. No el ir todos vestidos igual o cumplir los mismos ritos, llevando el símbolo de esto en la carne a través de la circuncisión. Porque esta es una señal de carnalidad. Visible. Recordad que en los espantosos tiempos del nazismo bastaba con descubrirla en alguien para que este fuera llevado a los campos de exterminio. Era la señal inequívoca. Por eso no tenemos que ver el episodio del Concilio de Jerusalén, como se suele llamar, solo como un paso de un vivir meramente en las exterioridades de los símbolos, de los usos, de las costumbres, del comentario una y otra vez retomado de la Ley de Moisés, a las interioridades del amor con sus señales inequívocas. Sería demasiado fácil. Alguna vez tenemos la tentación de pensar que los judíos eran meros cumplidores de lo externo. Entre ellos los habrá, claro, pero también entre nosotros. No es ahí, en el cumplimiento moral de lo que cada uno es, donde está la verdadera cuestión. Esto es reducir la Revelación de Dios a mera moralina y, luego, a comparar unas moralinas con otras para ver quién gana.

El centro de la cuestión está en ver cómo se da en su completud el testimonio del amor. Por eso ha sido tan importante el ir viendo la insistencia de Jesús, y de todo el NT, en que en él, en su encarnación, en su vida, en su muerte, en su resurrección, en su ascensión y en el envió del Espíritu Santo, se ha dado cumplimiento definitivo a la Alianza de Dios con su pueblo. Incluso más, que en el Logos, el Verbo encarnado, se nos ha ofrecido también la plenitud de la creación y la de nuestro propio ser carnal. Recordad las maravillosas expresiones de Pablo sobre el gemido de la creación y el nuestro (Rom 8,18-23).

Hemos sido elegidos, en la cruz de Cristo, para ser la señal de ese cumplimiento. Él nos ha hecho conocer todo lo que ha oído del Padre. Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Fruto de amor. Así pues, el cumplimiento de nuestra vida, como la de Jesús, es fruto del amor.

Lo que Dios hace con nosotros

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 Hch 15,7-21: Sal 95; Ju 15,9-11

Comenzamos uno de los acontecimientos más importantes y peligrosos del nacimiento del cristianismo: ¿deben los gentiles primero hacerse judíos, y observar la Ley de Moisés, para, luego, devenir cristianos? ¿Deben tomar decisión las cúpulas eclesiásticas por consenso y según su sano entender? Desde el comienzo, con Pablo y Bernabé, el argumento es otro. Simplemente, contaron lo que Dios había hecho con ellos; cómo se convertían los gentiles. Se convertían a Jesús, muerto y resucitado. Recibían el Espíritu en su plenitud. Obligarles a circuncidarse era un paso atrás, un abandono de la cruz de Cristo, una vuelta a la Antigua Alianza, cuyo cumplimiento definitivo se había dado, para todos, en la Nueva Alianza. Un obligar a la observancia de la ley, que negaba el cumplimiento de quien los profetas habían anunciado. Un posponer la figura de Jesús como mero anunciador, pues la salvación no se nos alcanza en él, sino en la circuncisión, en el observar la ley. De esta manera, Jesús viene a ser, a lo más, un nuevo profeta de la Ley de Moisés. Un hombre majo que, finalmente, ha cumplido un empeño interesante en favor del pueblo judío, cuyos jefes condenaron injustamente a Jesús al cruento suplicio de la cruz, pero que, ahora, reconociéndole como quien nos dirige a una observancia más exacta de la ley, aumenta el pueblo elegido con la conversión imponente de nuevos gentiles, acercándonos a los tiempos finales.

Pablo y Bernabé, y tras una gran batalla espiritual, Pedro y los demás apóstoles, junto a todos los cristianos, comprendemos así el papel decididor de Jesús, de la cruz de Cristo, de su muerte y resurrección, del sacrificio salvador de su sangre derramada por nosotros. La redención de la muerte y del pecado se nos da en Cristo, a través de Jesús, de su vida y de su muerte. Él no es alguien que vigila el cumplimiento de la Ley de Moisés de modo que quienes le miramos, convinamos en una observancia más exacta. De ser así, lo final y decisivo en el acontecimiento de Jesús sería la legalidad, la circuncisión, las prácticas, los usos y costumbres, el mirar hacia dentro, hacia la Ley. El cristianismo, así, se convertía en una secta judía, una partición más de las que entonces se daban en él. Es verdad que tendría una ventaja, al pertenecer a la religión judía  estaría cubierto —de modo excepcional— por el manto oficial de no tener obligación de adorar con incienso al emperador.

En lo que conocemos por el NT de la Iglesia primera, es Pablo quien percibe en toda su crudeza la importancia trascendental de lo que se plantea. Podría decirse que toda su maravillosa teología, que tan adentro ha llegado en nosotros, está construída sobre ello.

Vamos alegres, pues, a la casa del Señor, como rezamos todos con el salmo. Sí, pero esa casa ahora es el templo del Espíritu, que Jesús nos envía desde el Padre. No el Templo de Jerusalén, aunque vayamos a él para rezar con nuestros hermanos judíos. El santo de los santos, el lugar de la presencia palpitante de Dios, es el cuerpo de Cristo clavado en la cruz, a cuya muerte se rasgó la cortina que impedía verlo. Cuerpo muerto del que manó sangre y agua. Cuerpo glorioso que se nos dona en la eucaristía y en las obras de misericordia. Nuestra salvación pasa por él, solo por él.

Porque él, solo él, es la verdadera vid. Por eso, permaneced en mí y yo en vosotros.

Entrar en el Reino

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

 Hch 15,1-6; Sal 121; Ju 15,1-8

Pablo es  apedreado hasta dejarlo por muerto. ¿No basta con la muerte de Jesús? ¿Resulta que ahora a todo el que como Pablo se atreve a ir por las calles anunciando su Evangelio, lo desloman, cuando no lo matan? ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Nos deja de su mano al albur del primero que quiera darnos de palos y dejarnos molidos, cuando no muertos?

Algunos dicen que nos lo teníamos bien ganado, pues antes éramos nosotros los que arreábamos los palos. Bien, sea, aunque habría mucho que discutir de esa tesis tan injusta y que tiene tanto que ver con lo que no fue, pero ¿y ahora, qué? Hemos vuelto a los tiempos de Pablo, los cuales no son otros que los del mismo Jesús.

El Señor nos da su paz, mas, nos lo advierte, esa paz no es la que da el mundo. Esta es paz que quiere tomarnos para sí. Una paz que solo busca hacernos suyos. Si somos del mundo, entonces, el mundo nos da su paz. La paz del poder. La paz del imperio. Ahora bien, la condición es clara: debemos ser del mundo. Es obvio que somos del mundo y no seres extraterrestres, pero el evangelio de Juan da una coloración muy especial a esa palabra, mundo. El mundo es el lugar en el que vivimos, mundo creado, y todo lo creado es bueno, pero en Juan hay un corrimiento del sentido de esa palabra hacia aquellos que dominan al mundo, dejando de lado a Dios, enfrentándose con él. Como si lo nuestro fuera, finalmente, una batalla campal para que el Malo logre, en nosotros, vencer a Dios. Para lo cual se hace con el mundo, con el poder del mundo; un mundo que nos arrastra a ser como dioses. Bueno, a ser como dioses solo quienes detentan el imperio, pero buscan hacernos a nosotros sus adoradores. Análogo a lo que se hacía con los emperadores romanos: se les ofrecía sacrificios, se les adoraba, no porque fueran inmortales, pues todos sabían que morirían, y en más de una ocasión los poderosos les arrastraron a la muerte. No, lo decisivo era el adorar al imperio en la figura del emperador, fuera este quien quisiera ser. Por eso se ofrecía el incienso. No era necesario ser creyente en nada, excepto en el propio imperio. Por eso todos los dioses debían estar sometidos al imperio. Imperio político y militar. Lo demás no importa. Por eso nadie puede dejar de adorar al emperador y ofrecerle incienso. Por eso, también, los cristianos se niegan a ofrecer ese incienso —pero, no seas tonto, si apenas es nada, no hay que creer siquiera en ello—, porque solo adoran al único Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, o se llega a un pacto con el emperio de alguna porción de los imperados para que se acepte no incensar la estatua del emperador, mas contando muy bien con que se estará esencialmente bajo su dominio, o se entabla una lucha a muerte con quienes solo adoran a Dios, y se les perseguirá con saña, como a Pablo, como a Jesús.

El Señor nos da su paz, esa contra la que el Príncipe del mundo revienta en guerra. Pero no tiene poder sobre Jesús. Es necesario, pues, que el mundo comprenda que amamos al Padre y que el Padre nos ama.

Cuando el corazón tiene miedo

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 14,19-28; Sal 144; Ju 14,27-31a

“No tengáis miedo”. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, porque me voy, lo estáis viendo, pero vuelvo, lo habréis de ver. Este es uno de los entresijos más sorprendentes del Misterio de Cristo. Está en plenitud con nosotros y esta plenitud llega a ser completa, precisamente, cuando, yéndose de nosotros, se va al Padre con su carne resucitada, de modo que la materia, la nuestra, la suya, entra ahora en el regazo de amor de la Trinidad Santísima. Se va de nosotros, es cierto, pero vuelve cuando, tras llegar a aquel lugar de amor completo, envía a su Espíritu, Espíritu del Padre. Él queda entre nosotros en sus evangelios, en la predicación, en la palabra, sobre todo en la eucaristía y en el regazo de los pobres y necesitados. Queda entre nosotros como signo de quien ha sido, el Encarnado, en todo igual a nuestra carne, excepto en el pecado, y de quien es, el Resucitado, sentado a la derecha de Dios, su Padre. Signo pleno que significa lo que es; que se nos da a nosotros como alimento, con su palabra y con su cuerpo. Signo en el que se nos ofrece la misma completud de Dios. Y esto se va a realizar ahora, de aquí a unos días, cuando, tras ascender a lo alto, nos envía su Espíritu el día de Pentecostés, para que este, de modo definitivo, haga de nosotros su templo. Templo de amor. Templo de oración en donde es él quien grita con todas nuestras fuerzas: Abba, Padre.

Por eso, cuando llegue ese alejamiento de la plenitud que se nos da completa en el seno de la Trinidad Santísima, cuando desaparezca de nuestros ojos elevándose al cielo con todo lo que él es, Hijo del Padre, carne resucitada, será el signo real de que efectivamente todo se ha consumado. Todo se nos habrá dado entonces. También nosotros seremos carne de consumación. Siguiendo junto a la cruz de Cristo, le veremos ascender al Padre y cómo el Espíritu del Padre, que es también su Espíritu, se posará encima de nosotros, logrando de nosotros lo que era una posibilidad imposible. ¿Cómo, pues, habremos de tener miedo?

Mas, cuidado, que será ahora, nos advierte Jesús, cuando se acerque a nosotros el Príncipe del mundo, como león rugiente buscando a quién devorar. Sí, precisamente ahora, pues puede que se nos suba el éxito a la cabeza, sin comprender que nuestro lugar está junto a la cruz. Quizá el Viernes Santo, junto a los apóstoles, huimos —sólo las mujeres, con la madre de Jesús, y el discípulo que apenas si era más que un niño— para ver las cosas desde lejos, no sea que nos descubran y muramos con él. No sé de quién me hablas, y canto el gallo. Es ahora, al volver a los pies de Jesús en la cruz, cuando se nos da la plenitud del Espíritu, comprendiendo que es ahí donde está la fuente de nuestra salvación. Que es ahí donde la misericordia de Dios se hace con nosotros, inundándonos con su gracia. Que sólo ahí somos templo del Espíritu.

Pobre Pablo, qué de palos cayeron sobre él, precisamente porque comprendió esta inmensa realidad. La realidad de la justificación y de la gracia que se nos da en la cruz. Agarrados a ella, ¿quién de entre nosotros tendrá miedo?

PONERSE DE PIE

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 14,5-18; Sal 113 B: Ju 14,21-26

El hombre dio un salto y echó a andar. Pablo y Bernabé, como antes Pedro y Juan, no poseen ni oro ni plata, sino que dan lo que tienen: la fuerza del Resucitado. Pero el contexto ha cambiado, ya no es Jerusalén, en donde quisieron matar a los apóstoles. Estamos en terreno pagano. El gentío se adecua a lo que vive: dioses en lugar de hombres han venido a visitarnos. Lo que antes, cuando se trataba de Jerusalén, había sido un terrible fastidio, ahora, entre gentiles, adoradores de falsos dioses, es una fiesta. Traen a las puertas de la ciudad de Listra toros y guirnaldas para ofrecerles sacrificios. Pasmo de Bernabé y Pablo. Eran judíos creyentes, nunca se les había pasado por la cabeza que el gentío pagano quisiera trasladar la curación del cojo de nacimiento a su propia valía, a la fuerza de ser tenidos por dioses, y no por los más pequeños, sino por Zeus, el máximo dios, Bernabé, y por Hermes, el portador del mensaje divino, Pablo. Hombres, pero ¿qué hacéis?

Su predicación, y la curación que ha sido su consecuencia, busca, precisamente, que abandonen los dioses falsos y se conviertan al Dios único y verdadero. Porque, y este es su mensaje profundo, hay un solo Dios vivo, quien creó el cielo y la tierra. Recordad de qué manera el AT nos retrotrae desde el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el único Dios vivo, a ese mismo Dios, el Señor de los comienzos, quien hizo cielo y tierra, porque el mundo es creación. Ahora el proceso es el mismo. Nadie vaya a pensar que el Dios de Bernabé y de Pablo es, simplemente, más grande que los demás dioses; es el único Dios, el Dios que creó todo lo que hay, quien en los comienzos del tiempo creó el mundo. No hay lugar para otros dioses, sean pequeños o grandes. En el pasado, continúan, Dios permitió que cada pueblo siguiera su camino, sin dejar nunca que nadie desconociera sus beneficios. No fue Dios quien se ocultó. Siempre fue para todos un Dios visible, que enviaba desde el cielo a todos la lluvia y las cosechas.

Llama la atención, pues, que Bernabé y Pablo en su justificación de quienes eran ellos mismos —no somos diosecillos, ni grandes ni pequeños—, recurran a un pensamiento sobre Dios que podríamos tener por filosófico, pues en su discurso en ningún momento añaden que su Dios es el Dios de Jesucristo, a quien este llama Padre, que ha muerto en la cruz por nosotros todos, y que ha resucitado siendo llevado al seno de misericordia del Padre de donde salió y ahora vuelve envuelto en la materia de su carne resucitada. No, los dos apóstoles se quedan en un estadio anterior. Quizá para que apareciera bien claro eso que ellos no eran; para que no se diluyera todo en un acelerón de nuevos dioses, que aparecen al gentío como los mayores, ante un hecho tan trascendente como la curación del cojo de nacimiento de Listra, el cual tenía una fe capaz de curarle. Por eso, Pablo, mirándole, le grita que se levante. Mas la reacción del gentío pagano les hace ver que hay un paso previo antes de llegar al Dios de Jesucristo: el de predicar al Dios único, el Dios vivo que hizo cielo y tierra.

Solo quien ha recibido esa predicación puede aceptar el mandamiento del amor. Solo este le ama. Y a quien me ama, le amará mi Padre.

La Revelación pasa por ahí.

 

El orgullo que nos hiere

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

Sal 50, 3-4. 5-6a 12-13. 14 y 17

san Pablo a los Romanos 5, 12-19

san Mateo 4, 1-11

“El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo”. Estas son las primeras palabras de la primera lectura del primer domingo de cuaresma. Parece como si la Iglesia nos quisiera decir: “empecemos desde el principio”. Pienso que el hombre ya no puede remontarse más atrás. Antes de haber sido hecho, el hombre, sencillamente, no era.

Esto por una parte; pero es que además, el texto nos está llevando a nuestro origen más esencial: “el Señor Dios modeló al hombre”. Empezamos la cuaresma -en realidad, el miércoles de ceniza, pero este es el primer domingo- y sabemos cómo termina: con la pasión, muerte y resurrección del Señor. Tiempo, pues éste que la Iglesia nos propone en el que vamos a conmemorar el motivo central de la venida del Señor a la tierra.

Se ha insistido, y no falta razón a quien así lo afirma, que la Navidad es el elemento primero del inicio de nuestra salvación. Pero, habría que decir que, si en Cristo sólo hubiera habido Navidad y no se hubiera producido lo que ahora estamos empezando a conmemorar, es decir, su muerte y resurrección, ciertamente -aunque sea así porque así fue dispuesto por Él mismo- no se hubiera producido la redención del género humano: la Navidad sin la muerte de Cristo y su gloriosa resurrección, no hubiera producido el efecto salvífico deseado por Dios: “¡Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe!”, dirá San Pablo.

Esto es importante para resaltara la época litúrgica que estamos viviendo y la primera enseñanza que debemos sacar para nuestra vida: sin pasión y muerte, no cabe resurrección. No podemos alcanzar el cielo sin imitar a Cristo, también en este itinerario suyo.

La primera enseñanza de esta primera lectura que no la única. Antes de ésta lección tendríamos que decir que la gran enseñanza de hoy es que Dios nos ha hecho. Como dirá San Juan en el principio de su Evangelio: “todo fue hecho por El y sin el no hay nada de cuanto ha sido hecho”.

Es más que importante precisamente para nuestra salvación, el no olvidar que Dios nos ha hecho: que somos hechura divina. Dicho de otro modo: todo cuanto somos y tenemos, lo somos y lo tenemos por que Él -por su dadivosa voluntad- nos ha querido otorgar. O lo que es lo mismo: no tenemos nada que no hayamos recibido. Y no me estoy refiriendo al dinero o a lo conseguido con nuestro trabajo y esfuerzo, sino a la inteligencia, la memoria, la imaginación o la voluntad. Más: la vista, el gusto, el tacto, el oído y el olfato.

Lo he querido decir haciendo mención expresa de las potencias del alma y la de los sentidos para ahora concluir con más claridad que todo esto -en una palabra, todo nuestro ser- debe rendir culto, pleitesía, adoración, honor y gloria a quien nos ha hecho, de quien todo lo hemos recibido. De quien es nuestro Dueño y Señor.

Y en el primer domingo de cuaresma, al hombre de hoy, soberbio, independiente, creído y posesivo -o, por mejor decir, “poseído”-de su trabajo, nos viene muy bien que la Iglesia nos recuerde quien somos y, hoy, de qué manos venimos para empezar bien, esto es, con humildad esta época litúrgica que nos disponemos a recorrer.

Aceptar nuestra debilidad

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 58, 9b-14

Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6

san Lucas 5, 27-32

Cuando lo hagas así, nos dice el Señor por el profeta: Brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. No estamos condenados, por tanto. En medio de nuestra debilidad, el Señor es compasivo con nosotros. En el más crudo de los desiertos manará agua y crecerán a su vera árboles con preciosos frutos. El Señor no ha terminado con nosotros, porque Dios es nuestro Redentor. ¿Cómo? Ahí está la cuestión. ¿Cómo lo ha de conseguir él?, pues él será quien nos redima, no nuestra sofisticadas gimnasias. Es verdad que, viéndonos en el estado en el que estamos, nos crece un deseo irresistible. Melancolía de Dios. Por eso, sabiendo muy bien quién somos, a la luz de la lectura del Isaías de ayer, gritamos al Señor con el salmo. Tú eres mi Dios, ten piedad de mí, Señor. De otro modo, ¿qué haré?, ¿cómo saldré de ese estado de putrefacción, desidia y menosprecio a que todo parece invitarme en este mundo torcido, antes epulonario, pero que está en crisis abierta? Señor, escucha mi oración, porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Atiende la voz de mi súplica. Si él no lo hace, ¿quién, pues? ¿Tú, yo mismo?, ¿cómo?, ¿estirándonos de las orejas?

Leer el evangelio de hoy nos llena de consuelo. Vemos a un pecador público, empedernido, rechazado por todos con mucha razón, sentado allá en donde ejerce su trabajo esquilmatorio, seguramente protegido de cerca por la autoridad romana. Está enfermo. Necesita de médico. Posiblemente él es muy consciente de esa necesidad. Médico del alma. Médico de sus nostalgias. Médico del su quehacer en la vida. Ni siquiera como Zaqueo quiere ser él quien vea a Jesús, para lo que correrá a subirse al árbol, porque era pequeño. Levi, no. Ni se entera. Ni le importa. Está a sus cuentas y dineros. Posiblemente con la nostalgia de Dios en su corazón, aunque ni siquiera eso lo sabe muy bien, porque él ha decidido estar solo a lo suyo. Es Jesús quien le ve y le llama: Sígueme. El pasmo del recaudador es asombroso, ¿cómo, yo? Él, dejándolo todo, se levanta y le sigue. La iniciativa es totalmente de Dios. Es Jesús quien le ve y le llama. Por su parte no hay nada previo. A lo más esa difusa nostalgia de Dios. Con la mirada, todo se le da en un de pronto. Jesús le mira y todo se le hace posible en él. Aquella nostalgia, tan difusa, tan nada, se hace salto enorme en su silla y en su vida cuando Jesús, tras la mirada, añade: Sígueme. Ese es el momento fundamentador de su vida. Desde ese instante es otro, y sigue a Jesús. Le da por entero su vida. Un seguimiento menesteroso, pero cuajado de la gracia. Ya no vive en la nostalgia, si es que estaba enfrascado en ella, sino en la plenitud de su realidad.

La mirada de Jesús nos hace levantar la vista hacia él, para siempre, y dejarlo todo por seguirle. Una vez más, los fariseos y escribas, que solo se miran a sí mismos, nada comprenden, y condenan, porque, es verdad, Jesús y los suyos comen con publícanos y pecadores, lo que ellos, en nombre de su Dios, jamás harían. No entienden lo obvio, que Jesús ha venido a llamar a los pecadores, para que se conviertan. Una mirada suya lo consigue. Y tras la mirada, la palabra: Sígueme.

 

¿Dónde estás Señor?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 58, 1-9a

Sal 50, 3-4. 5-6a. 18-19

san Mateo 9, 14-15

Recordamos la actitud de Jesús contra escribas y fariseos, llamándolos hipócritas. También podría dirigirse contra ti y contra mí, seguramente. Sí, sí, mucho hablar, pero todo es de boquilla. Hablo y no cumplo. Mis obras se quedan en la lengua.No soy misericordioso ni practico la justicia. Busco mi interés mientras hablo de ayunar y me comporto cual meticuloso cumplidor de las leyes; muevo la cabeza como si fueras un santo, para que se me vea, o para verme mi mismo en la emoción de lo que soy para mi… ¡qué más da! Y después chillaré escandalizado.

Vivimos en una sociedad que va derecha por esos caminos; caminos de desprecio y de muerte. Nos estamos dando leyes que van por ahí, que no respetan al otro, al enfermo que nada nos aporta si no son menoscabos. En cuanto te descuidas amas la guerra y la violencia, y en ellas piensas primero en tus intereses. ¿No será lo nuestro un quedar bien nosotros mismos y querer engañarnos respecto a lo que el Señor piensa de cada uno? Porque la sociedad somos tú y yo, y otros como tú y yo. No es una carcasa en la que estamos encerrados. Debemos luchar para impregnar nuestra sociedad de valores de vida, de compasión, de amor, de acogida de los que tienen poco o apenas son nada, de los que van a nacer, de los menesterosos a los que todo les falta. Son personas porque nosotros las cuidamos como tales. Con el enorme respeto y amor con que nosotros las tratamos, con la caricia con la que las obsequiamos, les damos eso que les falta: ternura y cariño… Entonces gritarás al Señor, y te responderá: “Aquí estoy”.

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