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¿Dónde brilla la luz?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Daniel 7, 9-10. 13-14

Sal 96, 1-2. 5-6. 9

san Pedro 1, 16-19

san Mateo 17, 1-9

“Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Celebramos hoy la Transfiguración. Esta fiesta pasa desapercibida, en medio de las vacaciones para muchos y en un día laborable. En ocasiones me pregunto ¿Por qué sólo tres de los doce vieron al Señor transfigurado? Si hubieran ido los doce se habría afianzado su fe, tal vez Judas no le hubiera traicionado. Claro que ya puestos podía haberse transfigurado en la explanada del Templo de Jerusalén, frente al pueblo los sumos sacerdotes y ancianos…, o haber ido a Roma. Pero no, el Señor sólo se transfigura ante tres de sus discípulos.

El hombre necesita de certezas y seguridades y, cuanto menos nos fiamos del hombre, hacemos más cantidad de documentos y crece la legislación respecto a los contratos, acuerdos y negociaciones. Donde antes había un apretón de manos y una palabra ahora hay tres abogados. Nosotros confiamos en la palabra. Por la palabra se nos comunica la fe, la conocemos y ahondamos en ella. Y entonces, mediante la fe, la experiencia de otros se convierte en nuestra propia experiencia. Quien, que se haya puesto a hacer un rato verdadero de oración, no ha dicho con San Pedro: “Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!”. Por eso el Señor no se transfigura delante de muchos, sino que nos hace conocer que la experiencia de la transfiguración está al alcance de todos. Una vez que Cristo ha resucitado todos podemos acercarnos a la “montaña santa” y disfrutar de esa intimidad con el Salvador que Pedro, Santiago y Juan tuvieron en la cima de ese monte alto. Ciertamente la oración, siempre que sea posible, es recomendable hacerla frente al Sagrario, pero podemos tener esa cercanía con Dios ante un paisaje, en la tranquilidad de la montaña, en el barullo de la playa, ante un amanecer o ante la pantalla del ordenador. Todo momento es propicio para encontrarse con Dios, mientras no n os encerremos en nosotros mismos.

Contemplar a los fieles que se acercan a los santuarios marianos es ver a tantos que se acercan a buscar un poco de luz que brilla en brazos de la Madre. También nosotros nos acercamos a ella para escuchar la Palabra que nunca defrauda.

Años de bienes

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Levitico 25, 1. 8-17

Sal 66, 2-3. 5. 7-8 

san Mateo 14, 1-12

Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.» Mira que ya podía ser aficionada a las gambas la hija de Herodías, pero se ve que le gustaban más las cabezas de bautistas. Herodes, ni Herodías, ni el cornudo de Filipo se daban cuenta de lo que estaban haciendo, pero estaban inaugurando un año jubilar. Al cortar la cabeza a Juan el Bautista se da por terminado el Antiguo Testamento y comienza el nuevo. Se devuelve a cada uno lo que es, el hombre hijo de Dios y Dios recrea a la humanidad. Tal vez no era comprensible para los discípulos de Juan, Herodes no se enteraba de nada, pero todo se estaba haciendo nuevo. Pronto, quienes lo fueran descubriendo por la revelación de Cristo y el don del Espíritu Santo, recuperarían la alegría, la esperanza, la ilusión. En ocasiones Dios se sirve de elementos ineptos, que incluso objetivamente son malos, para hacer nuevas todas las cosas.

Todo esto nos tiene que ayudar a aprender a leer nuestra historia y la de la sociedad en que vivimos. En ocasiones hay personas que dicen. “¡Ah!, ¡la juventud está fatal!”. Y se quedan en la queja o en mirar hacia atrás, como si sus tiempos hubieran sido mucho mejores. Sin embargo sabiendo leer la historia y el momento presente ni la juventud está tan mal (hay grupos estupendos y chicos y chicas de quitarse el sombrero), y con los que peor están habrá que preparase para decir una palabra de aliento al abatido, enseñar el camino al perdido, dar sentido al que está de vuelta de todo, curar a los heridos, … Es decir, van a ser épocas de muchísimo trabajo, de mucha más oración y de estar muy atentos. El que se desencante con la generación que le ha tocado vivir no será capaz de sacar bienes de los males. A los años de sequía les siguen años de gracia, y hay que estar alerta para recibirlos.

Pidámosle a la Virgen que nos de ese olfato católico para descubrir la alegría en medio de las situaciones complicadas y el don de la esperanza que nunca se acaba.

¿Quién eres tú?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34-37

Sal 80, 3-4. 5-6ab. 10-11 ab

San Mateo 13, 54-58

¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre Maria, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?”. La familia, la patria, la tribu, el grupo de amigos, es sin duda uno de los entornos más sagrados y bendecidos por Dios. En comunión con dicho entorno, puede el hombre sacar a relucir lo mejor de sí mismo… Pero cuando la familia, el grupo de amigos, la tribu, se pervierten, pueden llegar a ser una verdadera cárcel, una red ansiosa de devorar cuanto cae en ella. El mito de Saturno devorando a sus hijos no responde a la originalidad de un excéntrico: muestra, antes bien, la crueldad que reside en la corrupción de los ámbitos más nobles.

Los paisanos de Jesús quisieron despeñarlo por un barranco. Sus parientes quisieron encerrarlo en un manicomio. Les hubiera gustado haberlo mantenido encerrado en la carpintería familiar, donde podían tener al Mesías bajo control como se posee un bien material en propiedad. Puesto que no pudieron hacerlo, decidieron acabar con Él… Tras la visita que hoy nos narra el evangelio de Mateo, Jesús rompió definitivamente con su familia y con la ciudad que lo vio crecer. De no haberlo hecho, jamás hubiera podido mostrar al mundo el Reino de Dios. El Maestro no volvió a poner sus pies en Nazareth. Hay lugares a los que no se debe volver jamás.

Imagino el terrible sufrimiento de María. Imagino los dimes y diretes, los chismes, las injurias soterradas vertidas en tertulias bajo los portales. Imagino aquellas silenciosas lágrimas de Madre, y oro para que Ella nos conceda estar en guardia siempre. Somos depositarios de tesoros maravillosos… ¡Cuánto tenemos que velar!

¿Cuánto pesa la “red” de la Iglesia?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Éxodo 40, 16-21. 34-38

Sal 83, 3. 4. 5-6a y 8a. 11 

san Mateo 13, 47-53

«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Una de las cosas que no saben los que no creen o han dejado de creer en Dios es que Dios no ha dejado de creer en ellos. Se pueden pensar que el final de la vida no es nada, pero comparecerán ante Dios, y mirará sus obras y su corazón. Yo no digo, lo he dicho muchas veces, que no por ser creyente se es más bueno, pero al menos se es más consciente de la transcendencia de lo que hacemos. Si los ateos no fueran juzgados lo mejor que podría hacer la Iglesia -un enorme acto de caridad-, sería dejar de evangelizar. Pero nos presentaremos ante Dios todos, buenos y malos, cuando llegue el final de los tiempos. El juicio de Dios es una realidad. Misteriosa, no sabemos cómo será ni me pondría yo en su lugar. pero es una realidad a la que tendremos que enfrentarnos.

La Iglesia, y por lo tanto Cristo y el Espíritu Santo, es más pesada que los comerciales de cualquier producto. Insistirá una y otra vez, para que el día que lleguemos ante el juicio de Dios lo hagamos de manos de su madre María, y así podamos -por la misericordia de Dios-, participar también del número de los santos.

Las llaves del tesoro

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Éxodo 34, 29-35

Sal 98, 5. 6. 7. 9 

san Mateo 13, 44-46

“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.”  Esa búsqueda del tesoro es como las llaves dentro del coche, está ahí, pero muchas veces no lo alcanzamos. Para encontrar ese tesoro escondido hemos recibido el plano completo, la hoja de ruta, nos han enseñado el camino, han abierto el cofre, nos han enseñado su contenido… y todavía no nos atrevemos a comprar el campo. Cualquiera que haya tenido momentos en su vida de más cercanía con Dios, que haya vivido un tiempo cerca del Señor, se da cuenta que está mucho más “ligero” para rezar, para vivir la caridad, para pensar en los otros, para sonreír. Tenemos la cara radiante, como la de Moisés.  Sin embargo, empezamos a pensar en ese campo que sólo tiene piedras y cardos y ningún tesoro escondido. Le damos vueltas porque nos parece que está más cerca de casa, que no vamos a destacar, que no nos meteremos en problemas… y nos olvidamos del campo del tesoro escondido. Volvemos a nuestra perez, nuestra apatía, nuestra tristeza, nos cuesta más trabajo rezar, nos volveos más cómodos, la caridad se enfría… y venga a darle vueltas a nuestro campo de cardos. El tesoro nos parece inalcanzable, pero está al otro lado del cristal, Cristo nos ha abierto el camino y simplemente hay que decir sí. Puede parecer muy complicado, pero es tremendamente sencillo. Normalmente, una vez que se descubre la verdadera alegría ya no se suelta, lo que pasa es que muchas veces nos contentamos con pequeñas alegrías.

La Virgen nos ayudará a recorrer el camino del tesoro y a decidirnos a venderlo todo y comprar el campo. Las llaves están dentro… al menos sé dónde están.

¿Castigo o misericordia?

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Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28

Sal 102, 6-7. 8-9. 10-11. 12-13

San Mateo 13, 36-43

Los hebreos nunca dudaron que el sufrimiento fuera un castigo de Dios a causa del pecado. Nada tiene ello que ver con esa forma burda de entender las realidades sagradas, según la cual Dios apalearía a sus hijos con padecimientos. Semejante concepción roza la blasfemia. El padre de todo dolor es el Diablo, a quien el Hombre se entregó desde el primer pecado. El triunfo de Yahweh consiste en haber arrebatado su obra al Enemigo, y haberla aprovechado, en forma de castigo, para nuestra salvación. Al igual que esas grandes centrales eléctricas convierten en luz la energía del agua, Dios, burlando al Maligno, ha recogido en la Cruz todo sufrimiento humano y lo ha transformado en una fuerza redentora poderosísima. Me resulta mucho más consolador, cuando sufro, escuchar que estoy ante un castigo amoroso de mi Padre Dios, que pensar que me hallo a merced de las fuerzas destructoras de Satanás con la impotencia con que una pluma es arrastrada por el viento.

En cuanto a la afirmación, “castigo el pecado de los padres en los hijos”, no me escandaliza en absoluto. Partiendo del concepto hebreo del “clan” y dirigiendo los ojos en un vuelo hacia la Cruz, la expresión resulta enormemente consoladora. Para el judío primitivo, la culpa tiene un carácter físico, y se transmite, como una mancha de nacimiento, de padres a hijos. Al igual que asumimos hoy que un heredero debe pagar las deudas que deja un difunto, entendían ellos que los hijos cargaran con las culpas de sus padres; nada más natural para aquellos judíos que aún no habían conocido a Montesquieu. Dios se sirve de aquella concepción para ir mucho más allá: habrá un Hijo, el “Hijo del Hombre”, que saldará definitivamente la terrible deuda que, a causa del pecado, la Humanidad ha contraído con Dios: Él (recordará Isaías en el canto del Siervo), soportará el castigo que nuestros pecados merecieron, y con ello nos obtendrá el perdón. El plan redentor brotado de las entrañas de misericordia de Dios pasaba por que un Hijo de Adán cargara voluntariamente con las culpas de sus padres. Tal es el significado de esa frase tan repetida en el Antiguo Testamento, que escandaliza a tantos “intelectuales” y llena de gozo a quien, unido a María, no aparta su mirada de la Cruz y descubre el Amor en cada Palabra revelada. No necesitamos una traducción “a medida”; necesitamos un Espíritu conforme con el de Dios.

De lo pequeño a lo grande

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Éxodo 32, 15-24. 30-34

Sal 105, 19-20. 21-22. 23

San Mateo 13, 31-35

«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.» Las cosas de Dios suelen empezar con cosas pequeñas, casi inapreciables, escondidas. Los niños nacen pequeñitos y cabezones, digo muchas veces. Cuando alguien me viene con el plan infalible para la evangelización, o para llenar la parroquia o para convertir a media humanidad y necesita muchísimos medios no me lo suelo creer y le dejo que haga el experimento en otra parte. Lo pequeño que hace esa viejecita con bastones, ese niño insoportable, ese marido entregado, esa esposa generosa, esa religiosa fiel, ese sacerdote humilde…, esas son las cosas que construyen y edifican la Iglesia sobre la roca firme que es Cristo… y las que perduran.

El silencio de la casa de la Virgen durante la anunciación es un canto a la humildad: “Hágase en mi según tu Palabra” … y la soberbia murió.

Lo que transforma nuestra vida

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 8;5-8.14-17; Sal 65; 1 Pe 3,15-18; Ju 14,15-21

Porque, si no es así. ¿de qué sirve todo lo nuestro? Serían meras palabrinas. El gentío escuchaba a Felipe en la ciudad de Samaría porque había visto con sus ojos los muchos signos que hacía. Escuchaban, pues, porque veían en él algo nuevo, quizá extraño, pero que les llamaba poderosamente la atención. Algo que conmovía a quienes, por ello, le prestaban su atención. Signos de vida, signos de curación. No encantamiento de serpientes, sino palabras que veían tras los signos de su vida. Y todavía faltaba lo esencial, pues solo estaban bautizados con agua en el nombre del Señor Jesús: que los fieles recibieran el Espíritu, para lo cual bajaron a esa ciudad Pedro y Juan, los dirigentes de la comunidad primera, la de Jerusalén. El bautismo de Juan había calado. Bautismo de conversión de los pecados, es verdad que hecho ahora en el nombre del Señor Jesús, pero carecían todavía de algo esencial, la venida del Espíritu a ellos por la imposición sacramental de las manos. Faltaba el tocamiento último, la palabra hecha carne en ellos se hace ahora carne salvada en Cristo por el Espíritu. Todavía encontraremos acá y allá en el libro de los Hechos creyentes que digan: no sabemos quién es el Espíritu. Les falta, por tanto, lo último y definitivo de la conversión por el bautismo, que el Espíritu de Jesús haga morada en sus cuerpos, haciendo de ellos su templo.

Llegados acá, ¿qué otra cosa podemos hacer? Aplaudir al Señor con todas nuestras fuerzas, que le aclamen cielos y tierra. Que todos vean en nosotros las proezas que él ha hecho con nosotros, porque no rechazó nuestra súplica ni nos retiró su favor.

Cuestión de amor. De ahí el condicional de Jesús. Si le amamos. Ahí está el centro de nuestro comportamiento, de la transformación de nuestra vida, Todo lo demás es agua de borrajas, no vale, nada significa. Porque si le amamos, guardaremos sus mandamientos. Mandamiento único, el del amor. Amarnos unos a otros como él nos ha amado. Será él, ahora, quien le pedirá al Padre, su Padre y Padre nuestro, ¡diferencia maravillosa!, que nos dé otro defensor, el Espíritu de verdad. Sin que este venga a nosotros, nada hemos terminado, nada hemos cumplido. ¿Cómo sabremos de él? Fácil, muy fácil, porque estará con nosotros, dentro de nosotros. Será él quien ore en nosotros gritando: Abba, Padre. Jesús nos anuncia que ha de marchar al Padre, para seguir viviendo en él, pero no nos dejará solos. Será él quien nos haga patente de qué manera Jesús está con su Padre y, sin embargo, cómo nosotros estamos con él. La juntura de esos extremos será el Espíritu que se nos dona para que esté en nosotros, de manera que nosotros estemos allá donde Jesucristo ha subido. El amor será la fuente de esa juntura. Un amor que se nos dona con la imposición sacramental de las manos divinas que nos tocan. Y estaremos en su amor si guardamos sus mandamientos. Mandamiento del amor. Y si lo amamos, el mismo Padre nos amará. Revelación de amor.

Cuánta razón la primera carta de Pedro cuando nos dice que, glorificando en nuestros corazones a Cristo Jesús, ¡siempre él!, estemos prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere. ¿Cómo tendríamos miedo, escondiéndonos entre “los nuestros”? Debemos dar cuenta de lo que somos, porque vivimos en el amor de quien es Palabra y Razón.

Buscar la ayuda de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 16,1-10; Sal 99; Ju 15,18-21

Pues sin ella, aunque bautizados, y por ello engendrados para la vida contigo en el Padre, ¿cómo conseguiríamos los bienes eternos? Solo con tu ayuda incesante. No vale con que nos hayas salvado y redimido con tu cruz, debes sostenernos de continuo y hasta el final. ¿Qué haríamos si no con nuestras escasas fuerzas? El bautismo es puntual, pero su efecto es para siempre, pues se trata del bautismo de agua y del Espíritu Santo. Y el Espíritu permanece en nosotros, ayudándonos a orar gritando: Abba, Padre.

Pobre Pablo, qué de correteos por toda la parte oriental del Mediterráneo y por la actual Turquía. Pero hoy vemos cómo salta a Europa. Sus ansias de evangelizar, de predicar el evangelio de la cruz y de la resurrección eran tan grandes, desde que el Señor resucitado se le apareció camino de Damasco, que todo se le hace pequeño. Busca todo el mundo. Quiere llegar al centro, a la urbe que todo lo rige: Roma. De este modo la Iglesia se robustecía en la fe y creía en Jesucristo un número cada vez más grande.

Sorprende cómo prendió el cristianismo en aquella sociedad tan internacionalizada por los romanos. Era tan grande el embrollo de religiones, cada una por su lado, y de desenfreno moral en aquella sociedad tan diversificada y, a la vez, tan unitaria, que —aseguran historiadores como Paul Veyne y otros muchos— había verdadera ansia de espiritualidad limpia y pura, de vida moral recatada, de búsqueda del Dios único, y no de esa excrecencia de dioses y diosecillos, de diosas y diosecillas, que se amparaban en el culto al emperador como único elemento aglutinador del imperio, tan sumamente abigarrado, de modo que el cristianismo, junto con el judaísmo —al comienzo, lo sabemos, no aparecía claro si eran la misma religión o no—, fue tomado como la fe esperada. Una fe que llenaba los anhelos de quienes buscaban la limpieza del corazón, de los mansos y misericordiosos. Se ha dicho que el cristianismo era una religión mistérica más, como la de los órficos, por ejemplo, pero nada de eso hubo. Era, si vale decirlo así, una religión racional, en la que fe y razón estaban perfectamente conjuntadas. No era la religión de la irracionalidad y del desenfreno. Al contrario, la del Logos, de la Palabra, del Verbo. La cual, conforme quedaba claro que no era una secta más del judaísmo, sobre todo cuando fue apareciendo claro que los únicos herederos del AT eran los fariseos y los cristianos, cada uno por su lado. Pero estos tenían una mayor libertad de acción y de contemplación en el Espíritu y en la predicación de la cruz, locura para judíos e insensatez para paganos. El cristianismo se fue expandiendo como la pólvora por todo el Mediterráneo, el mundo conocido de entonces.

No importaron las persecuciones, ¿no había muerto Jesús en la cruz? Al contrario, sirvieron para aumentar el cristianismo de manera fulgurante. Nos lo dice hoy Jesús en el evangelio de Juan. Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Ay, si fuéramos del mundo, este nos amaría con empeño. Pero no somos del mundo, aunque nosotros seamos colaboradores del Señor en la salvación al mundo.

Sorprende, pues, esa doble línea que se diseña en la historia desde el comienzo. Por un lado, la atracción irresistible del cristianismo. Por otro, el odio encarnizado contra él. Jesucristo nos ha escogido para sacarnos del mundo y, paradoja asombrosa, para salvar al mundo.

 

Dónde hemos sido elegidos

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hch 15,23-31; Sal 56; Ju 15,12-17

Ayer lo vimos. La cuestión ha sido zanjada. Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las esenciales. Por tanto, anunciadlo a todos y que quede escrito: no se habrá de molestar a los gentiles que se conviertan a Dios. Lo dictaminaron ayer los apóstoles en reunión plena. Tanto ellos como nosotros, nos salvamos por la gracia del Señor Jesucristo. Nada, pues, de imponer las pesadas cargas de la ley. El Padre ha enviado a su Hijo para que permanezcamos en su amor, no para imponernos las onerosas pesanteces de la ley.

¡La cruz de Cristo ha sido salvada! Momento decisivo, terrible. Es el Espíritu Santo quien les ha llevado a esta decisión. ¡La Iglesia de Dios está salvada! Será el amor de unos a otros la señal de que la cruz de Cristo nos ha redimido, y no el cumplimiento por nuestra parte de viejas reglas y viejos usos. Porque en ella se nos ha ofrecido el amor infinito de Dios para con nosotros en su Hijo. Amor sin límites. Amor de puro exceso. Obligar a circuncidarse a los gentiles que se convirtieran era símbolo de mera exterioridad; no signo de un amor rebosante. La interioridad del amor nos va a hacer posible una vida de seguidores de Jesús. No el ir todos vestidos igual o cumplir los mismos ritos, llevando el símbolo de esto en la carne a través de la circuncisión. Porque esta es una señal de carnalidad. Visible. Recordad que en los espantosos tiempos del nazismo bastaba con descubrirla en alguien para que este fuera llevado a los campos de exterminio. Era la señal inequívoca. Por eso no tenemos que ver el episodio del Concilio de Jerusalén, como se suele llamar, solo como un paso de un vivir meramente en las exterioridades de los símbolos, de los usos, de las costumbres, del comentario una y otra vez retomado de la Ley de Moisés, a las interioridades del amor con sus señales inequívocas. Sería demasiado fácil. Alguna vez tenemos la tentación de pensar que los judíos eran meros cumplidores de lo externo. Entre ellos los habrá, claro, pero también entre nosotros. No es ahí, en el cumplimiento moral de lo que cada uno es, donde está la verdadera cuestión. Esto es reducir la Revelación de Dios a mera moralina y, luego, a comparar unas moralinas con otras para ver quién gana.

El centro de la cuestión está en ver cómo se da en su completud el testimonio del amor. Por eso ha sido tan importante el ir viendo la insistencia de Jesús, y de todo el NT, en que en él, en su encarnación, en su vida, en su muerte, en su resurrección, en su ascensión y en el envió del Espíritu Santo, se ha dado cumplimiento definitivo a la Alianza de Dios con su pueblo. Incluso más, que en el Logos, el Verbo encarnado, se nos ha ofrecido también la plenitud de la creación y la de nuestro propio ser carnal. Recordad las maravillosas expresiones de Pablo sobre el gemido de la creación y el nuestro (Rom 8,18-23).

Hemos sido elegidos, en la cruz de Cristo, para ser la señal de ese cumplimiento. Él nos ha hecho conocer todo lo que ha oído del Padre. Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Fruto de amor. Así pues, el cumplimiento de nuestra vida, como la de Jesús, es fruto del amor.

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