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La Trinidad, ¿tan misteriosa?

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La fiesta de hoy resulta para muchas personas e incluso para algunos cristianos algo complicado y abstracto. Recuerdo que en la catequesis de cuando era niña me decían que pocas cosas eran tan difíciles de explicar como el misterio de la santísima Trinidad.

A lo largo de la historia debido a la mezcla entre la iglesia y el poder del estado, se ha hecho más incapié en un Dios todopoderoso, autoritario, solitario y prácticamente impasible. Sin embargo las lecturas de hoy nos hablan de un Dios que tanto ama al mundo que entrega a su Hijo, para que el mundo se salve, de un Dios a quien Moisés tiene la desfachatez de ponerle como condición que le acompañe en el camino con ese pueblo tan difícil, de un Dios cuya presencia en medio de las primeras comunidades cristianas hace que entre ellos se enmienden, se animen, se den el beso de la paz, etc. ¿Tan difícil es acercarnos a este misterio?

Una de las mejores representaciones en la historia de la Trinidad es la del pintor ruso Andrei Rublev del año 1411, donde se transmite una imagen de la Trinidad como tres Personas sentadas en torno a una mesa con una copa en medio. Aunque el zar ruso de su tiempo le encargó pintar una imagen de la Trinidad que infundiera miedo y respeto, para así mejor controlar al pueblo, Rublev, después de mucho ayuno y oración, consciente de que se arriesgaba a no ser aceptado por el zar e incluso a precio de su vida, llegó a dibujar éste icono.

Aquello no transmite una jerarquía sino una comunión circular de tres personas que se miran con amor y comparten su vida. Un elemento que muestra la igualdad de las Tres Personas Divinas, es el hecho de –si unimos con líneas los dos extremos de la mesa, con la cabeza de la Persona del Hijo, que está en el centro- obtenemos un triángulo equilátero. Al mismo tiempo, contemplamos la comunión de las Personas, en el siguiente elemento: si quitamos los espacios que las separan, veremos que los perfiles de las Tres Personas quedan fusionados. Ninguno de ellos vive para sí, sino que cada uno mira a otro, está pendiente del otro.

Que en esta fiesta de la Trinidad aceptemos su invitación a compartir la vida con ellos, a sentarnos a su mesa y que el tipo de relación ente ellos se haga extensible a nuestras familias, trabajos y lugares donde vivimos.

¡Manifestad a todos las obras del Señor como él se merece!

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La primera lectura de hoy nos recuerda la necesidad de ser cristianos evangelizadores: “Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes los beneficios que os ha hecho, para que todos canten himnos en su honor. Manifestad a todos las obras del Señor como él se merece, y no seáis negligentes en darle gracias. Si el secreto del rey hay que guardarlo, las obras de Dios hay que publicarlas y proclamarlas como se merecen.” Un enviado le recuerda a Tobit cómo Dios ha ido obrando cosas maravillosas a lo largo de toda su vida y como eso no se lo puede guardar para él. Es Dios quien nos regala el hacer una lectura profunda de nuestra vida. El enviado le dice a Tobit que le ha presentado el memorial A Dios cuando Sara y él estaban rezando, y también cuando enterraba a los muertos. Y le recuerda un momento concreto cuando se levantó de la mesa sin dudar y dejó la comida por ir a enterrar a aquel muerto. Que el ángel presentara ese memorial nos quiere decir que Dios tiene memoria y sobre todo para las cosas buenas que hacemos en la vida, para cada gesto de amor, de entrega, de sacrificio, etc.

¿Por qué ser evangelizadores? ¿Es una cuestión de carácter más extrovertido? La primera lectura nos da la respuesta: “Manifestad a todos las obras del Señor como él se merece”. La respuesta es porque El se lo merece, porque El es el Dios que en Jesús es capaz de mirar a las personas a tal profundidad que se fija en una viuda pobre que echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.» Un Dios así es digno de ser proclamado desde los terrados a todos los hombres.

Pero, ¿cómo puede ser que un Dios tan bueno pueda azotar y compadecerse, hundir hasta el abismo y sacar de él como dice el salmo? Para el pueblo de Israel no era nada fácil aunar la existencia del mal y de las desgracias, con la creencia en un Dios omnipotente, por ello explicaban esos males y dificultades como “enviadas por Dios para probar a las personas”. Jesús vino a mostrarnos que eso no es así, que Dios es omnipotente en el amor, que el mal existe y que Dios también lo sufre hasta sus últimas consecuencias en la cruz. Con la Resurrección de Jesús el Padre nos muestra que su amor es más fuerte que el mal y que éste no viene de El.

La ceguera

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El Evangelio de hoy es bastante enigmático, por ello me voy a centrar en el salmo, que es una síntesis entre Tobias y el Evangelio:

Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. R/.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

El Señor abre los ojos al ciego, ¿de qué ceguera habla? Existe la ceguera física como es el caso de Tobias, pero también la ceguera de la indiferencia, de la desesperanza, de no ver a las personas que me rodean, etc. Un ejemplo claro de esta ceguera es el caso de John Newton, comerciante de esclavos de la Inglaterra colonial, actividad en la que se destacó por su crueldad y abyección, conductas de las que se arrepintió para convertirse en pastor protestante. Escribió muchos himnos como el conocido “Amazing Grace”. En él se expresa de ésta forma: “Estaba ciego, pero ahora puedo ver. Estuve perdido, pero ahora me encontré.” Aquí queda claramente reflejada la experiencia de ceguera e incapacidad de ver a los demás como iguales, como personas y como hermanos, lo que le llevó a trabajar en el tráfico de hermanos.

¡Cuántas veces en los ambientes académicos o laborales se percibe que el otro es más bien un rival o hasta un enemigo o es sencillamente invisible!

El salmo de hoy nos recuerda que existe una curación espiritual que puede ser hasta un mayor alivio o liberación que la curación de la ceguera física. Tobias es un ejemplo de una enfermedad vivida con paciencia y esperanza.

Sabemos que muchas personas y a veces, nosotros mismos, sufrimos la falta de perspectiva de futuro, no vemos salida a nuestros problemas, etc. Dios viene hoy a abrirnos los ojos del corazón a su amor, a todo lo que El nos regala en la vida y al valor de nuestra propia vida y de los que nos rodean.

Tu voluntad, mejor que la mía

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En las dos lecturas de hoy se ven dos personas para las cuales lo más importante en su vida es hacer la voluntad de Dios: Abraham y Jesús. La actitud que expresa el salmo de “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” se ve reflejada hasta el extremo en los dos casos.

Pero, ¿qué descubrieron Abraham y Jesús para vivir de ésta forma? Estamos en una sociedad donde prima tener claras las cosas, hacer lo que a uno le apetece, decidir por sí mismo lo que uno quiere hacer con su vida, su cuerpo, etc. ¿Es vivir según la voluntad de Dios una propuesta para nuestros días? ¿Si hago la voluntad de otro, aunque éste sea Dios, no voy a dejar de ser yo mismo? ¿Dónde queda mi realización personal?

Para ello lo primero que necesitamos estar seguros es que Dios quiere nuestra felicidad, una vida abundante y ser más plenamente uno mismo. Esto presupone creer que Dios no me viene a quitar nada ni externo, ni de lo que constituye la propia personalidad o talentos humanos.

Uno de los santos de los primeros siglos del cristianismo, San Irineo, lo expresa así: “la gloria y la voluntad de Dios es el hombre vivo”, que quiere decir: en plenas facultades interiores, con verdadera capacidad de ser libre, lleno de esperanza y de amor, desplegando todo lo que es y tiene en servicio de los demás, etc. Dios no viene a manipularnos sino que, como dijo en su día Juan Pablo II, en la Redemtor Hominis 10: “Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre”. Jesús nos muestra la talla de personas que podemos ser; lo que podemos llegar a dar de amor, de lucidez mental, de integridad como personas, de solidaridad con los más cercanos a y a la vez con los más desfavorecidos, etc.

Estas certezas nacen del trato con Dios asiduo, de ir creciendo en la amistad con El hasta llegar a decir como San Pablo: “Sé en quien he puesto mi confianza” (2 Tim 1,12) o en el caso de San Pedro, quien llega al punto de “dejarse ceñir” por Jesús y que El le pueda llevar incluso a donde él nunca hubiera ido. Jesús le da la fuerza de llegar a dar las mayores pruebas de amor (Juan 21). De esta amistad surge el creer profundamente que el proyecto de Dios para mi vida es mejor que mis planes. Esta gran confianza se ve en Abraham y de una forma totalmente radical en Jesús mismo, quien llega a decir después de una noche entera de lucha y oración: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

La voluntad de Dios sobre la vida de su querido Hijo no es algo nacido del masoquismo o crueldad, sino que como dijo el profesor Menke de la universidad de Bonn: es el Padre mismo quien sufre con su Hijo, quien se expone al odio y a la violencia de los hombres antes de manipular y obligar a sus hijos a amarle. Tanto el Padre como Jesús pasan por la impotencia del amor ante la libertad del hombre. Desde ahí se entiende que la vida de Jesús fue hacerse uno con el amor de su Padre por cada hombre de esta tierra, de buscar a cada uno, de perdonarles; en definitiva, de unirse a su voluntad de salvarnos a todos, aunque esto le costara la vida. Este camino no es espontáneo para nadie; de ahí se entiende la lucha que también Jesús, como hombre, vivió.

La Resurrección, ¿una metáfora?

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El otro día hablando con un grupo de chicos de un colegio diocesano, me sorprendió una chica preguntándome si había que creer en la Resurrección de verdad o si era una metáfora para decir que vamos a seguir viviendo de alguna forma reencarnándonos o como fuera. También otro día en una reunión de padres de los niños de primera comunión salía, que para muchos de ellos, de los temas más difíciles de la fe a comprender son: que Jesús es el Hijo de Dios, el Espíritu Santo y la Resurrección.

A primera vista podríamos decir que el caso que presentan los saduceos es exactamente el caso de Sara. Pero más que centrarnos ahí quisiera profundizar la importancia de la fe en la Resurrección sobre todo en los dos casos que nos refleja el Antiguo Testamento: Tobit y Sara. Se trata de dos personas que experimentan el fracaso: Tobit con su ceguera y Sara perdiendo una y otra vez a sus maridos. Nosotros sabemos que al final Tobit recupera su vista con hiel del pez o un tratamiento antiguo para quitar las cataratas y que Sara llegó a un matrimonio feliz con Tobias el hijo de Tobit. Pero la historia podía haber sido distinta y eso no quita nada de la fuerza de Dios, del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Dios es el Dios de la vida, que nos asegura el final feliz de la Resurrección. Tanto la muerte física como la espiritual no tienen la última palabra.  Dios nos promete una vida y vida en abundancia que no depende de las situaciones externas (Juan 10,10).

¡Cuánta gente conocemos que pierden a un ser querido, su matrimonio fracasa o mueren por una enfermedad! Dios es capaz de rehacernos desde cualquier circunstancia y puede darnos una perspectiva de futuro como nadie: “Tu futuro está lleno de esperanza” (Jeremías 29,11) o como dice San Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Cor 15, 55ss).

La vivencia de Tobit es lo que muchas veces tenemos: pensamos que las desgracias que nos caen en la vida son porque Dios nos trata así por nuestros pecados. Entonces la situación se hace doblemente dura y, como Tobit, preferimos no vivir. Pero Dios nos viene a decir que El no nos castiga, que su Amor ha vencido todo egoísmo o fallo nuestro y que El nos quiere dar una alegría silenciosa y verdadera aun en medio de grandes dificultades. ¡Esto es experimentar ya aquí en esta tierra la fuerza de La Resurrección! ¡El perdón de los pecados de nuestra vida, sean cuales sean, son el mayor “milagro” de nuestras vidas! De ahí surgen tanto testigos de una vida plena en medio de persecuciones, enfermedades o dificultades diversas.

La Resurrección es una realidad fundamental para nuestras vidas ya aquí en la tierra y también de cara a la muerte. No es lo mismo creer que la muerte es un paso a una vida abundante definitiva o que se acabe todo. Aunque Jesús exprese en éste Evangelio que “seremos como ángeles” eso no quita que creemos en la Resurrección de la carne y que en el cielo volveremos a ver a nuestros seres queridos. Esto último lo vemos en la familia del chico que murió recientemente  en el accidente del ascensor con su novia. Aun en medio de un gran dolor, no han perdido la esperanza de volverle a ver y viven con la certeza de que desde el cielo sigue cuidando a toda su familia.

Los caminos de amar…

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En la primera lectura de hoy podemos ver el caso concreto de un hombre llamado Tobías que “se apiada y presta” y cuya “caridad es constante, sin falta” como dice el salmo. Tobías era un israelita de la tribu de Neftalí, que estaba situada al norte de la tierra prometida. Esta tribu fue llevada en cautiverio por el rey de los asirios, Salmanasar, a la lejana ciudad de Nínive sobre el año 720 a. de J.C. A pesar de sentirse prisionero en un país extraño, Tobías no abandonó la senda de la verdad, de forma que todos los días repartía generosamente cuanto tenía con los hermanos de su nación que también estaban cautivos como él.

Por otro lado el salmo de hoy nos dice:

“Dichoso quien teme al Señor

y ama de corazón sus mandatos.

Su linaje será poderoso en la tierra,

la descendencia del justo será bendita. R/.

En su casa habrá riquezas y abundancia…”

Cuando miramos a nuestro alrededor a las personas que conocemos, ¿vemos que éstas palabras se cumplen?, ¿y en la vida de Tobías? ,¿y en nuestra vida? ,¿y en la vida de Jesús de Nazaret?

¡Cuántas veces vemos a nuestro alrededor que a la gente que más buena y generosa les es va mal y que casi parece que les va mejor a los que sólo buscan el éxito y su beneficio!

Si miramos la historia de nuestro protagonista del Antiguo Testamento también vemos que hay momentos de todo: primero se gana el favor del rey Salmanasar, después el nieto de Salmanasar Senaquerib trata de matarle, después un día, cansado de enterrar a tantos, se quedó dormido junto a una pared y le cayó en los ojos estiércol caliente de un nido de golondrinas y se quedó ciego. Ese accidente le provoca una situación de mucha tensión en la relación con su mujer, que le acaba por desesperar. La mujer de Tobías llega a formular una dura e irónica crítica a su marido, pero que refleja no sólo la mentalidad de los creyentes de ésa época, sino a veces también la nuestra: “Es evidente que ha fracasado tu esperanza; ahora se ve el fruto de tus limosnas.” Muchas veces pensamos que si nos entregamos por los demás, si hacemos el bien en todo aquello que esté de nuestra mano, nos va a ir bien en la vida, vamos a tener prosperidad material; de alguna forma “Dios nos va a recompensar por ello”. Es verdad que Dios nos bendice con una dicha interior que no se puede comparar con ninguna alegría pasajera o efervescente que nos ofrece la sociedad, pero eso no significa que nuestro camino esté exento de dificultades o sea un camino de éxito material o espiritual. En el Evangelio de ayer Jesús nos lo muestra con el ejemplo del dueño de la viña.

El dueño de la viña es Dios Padre, el más generoso y compasivo, aquel que “se apiada y presta” y cuya “caridad es constante, sin falta”. Esto lo muestra mandando en cada época a sus enviados o profetas o “criados” y dando al hombre mil muestras de su amor y cuidado. La generosidad y compasión de éste padre llega a ser tan inexplicable que envía a su propio hijo, esperando que al menos éste sea respetado, pero es matando crucificándolo “fuera de la viña”, como un maldito y blasfemo fuera de la ciudad de Jerusalén. Con esto nos muestra Jesús, en su propia persona, que los caminos del amor no siempre son de éxito; conllevan mucha contradicción. Sobretodo deja claro que la bendición de Dios no siempre se expresa con signos externos, sino que es mucho más verdadera y profunda. Por ello como dice el salmo: “No temerá la malas noticias, su corazón está firme en el Señor. Su corazón está seguro, sin temor,” Esta bendición puede manifestarse con toda la fuerza justamente en medio del fracaso y el sufrimiento como sucedió en la vida de Jesús y de tantas personas santas a lo largo de la historia.

¿Ciego? ¿En qué sentido?

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En el Evangelio de hoy Jesús viene a mostrarnos a través de la curación de n ciego de nacimiento, que El es la luz del mundo que todo hombre necesita para vivir. Quizás alguno se pregunte, pero ¿yo estoy ciego?
 Muchas veces somos incapaces de vernos con la mirada de Dios a nosotros mismos, a los demás y a la realidad que nos rodea. Hay más zonas oscuras dentro de nosotros de lo que a veces pensamos y éstas son las que nos hacen ver con desesperanza la vida de mis hijos, lo que pasa en el mundo, etc. El apóstol Juan llega a decir que el que no ama, el que no vive para los demás camina en tinieblas (1 Juan 2, 9-11).
En mi trabajo con los jóvenes veo que tántos jóvenes se levantan cada día sin ganas, sin un sentido fuerte para vivir, pensando que son un número más, que nadie les necesita verdaderamente. Jesús hoy viene a decirnos : “¡Despierta, tú, que estás dormido, levántate de la muerte que yo vengo a iluminarte!” Muchas veces estamos dormidos ante el valor de nuestras propias vidas, dormidos a la trascendencia de la huella que podemos dejar en esta tierra empezando por las personas que tenemos más cerca. Jesús viene como ese Buen Pastor a sacarnos de esos valles sombríos, en los que a veces nos metemos sin darnos cuenta, y a llevarnos a verdes praderas, a una vida bien alimentada porque es muy querida, a vivir con y por los demás, a levantarnos la mirada y mostrarnos que nuestras vidas también pueden ser luz. La persona rescatada por el Buen Pastor se convierte en alguien que irradia calor y amor por donde va e ilumina a otras personas que viven en un relativismo tal, que dejaron de escuchar a sus conciencias hace mucho tiempo.
Que en éste día nos podamos dejar encontrar por el Buen Pastor allí donde cada uno de nosotros nos encontremos interiormente y podamos ser luz en medio de nuestros ambientes.

La trascendencia de tu Amén de cada día

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Hoy celebramos la Solemnidad de la Anunciación del ángel a María y la Encarnación de Jesús en el seno de María.
El Evangelio lo conocemos mucho, pero me quedaría sólo con los dos últimos versículos (37-38): “Porque nada es imposible para Dios. Y María dijo: Aquí está la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. María pronunció un Amén, así sea, hágase, fiat (es la traducción latina) a todo lo que Dios le proponía; no porque lo entendiera y lo viera claro, sino porque hizo un acto de fe, de confianza y abandono en el Dios para el que nada es imposible.

María es nuestra Madre, Madre de toda la Iglesia, de cada uno de nosotros, y nos acompaña en este camino de fe . Nos invita a hacer su misma opción de confianza total, de abandono ilimitado, creyendo en Dios, en la sabiduría de Dios, en su poder, en su fecundidad, en Él.

María nos anima a creer que nuestro Amén de cada día puede ser también fuente de Vida para muchos hermanos. Hoy he podido escuchar a varios matrimonios en los cuales ha habido cambios laborales debido a una eschucha creyente de la Biblia y del deseo profundo de sus corazones, aunque les haya supuesto un descenso del nivel económico. De nuestro Amén a Dios depende el que muchos se encuentren con Él, que muchos descubran su rostro de Bondad y Misericordia y se animen a seguir a Jesús por sus mismos caminos. Podemos aplicarnos lo que San Bernardo decía en una de sus homilías comentando este texto: “¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza”.

No te pido que cumplas, sino que me escuches

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Jesús es muy claro en responder al escriba acerca de cuál es el primer mandamiento. No es de primeras, haz esto o lo otro, sino “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todo tu ser. El segundo es  éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos.

Jesús es preguntado por uno, por el primero, pero Él une el primero y el segundo, y su punto de partida es que ESCUCHEMOS, que descubramos, que reconozcamos que nuestro Dios es el único Señor.
Como nos recordaba el Papa Francisco, “Dios no tiene simplemente el deseo o la capacidad de amar; Dios es caridad; la caridad es su esencia, su naturaleza” (Discurso del 26-02-016).
Por eso, en su Nombre, con su Gracia y con su Fuerza, sólo podemos vivir con Él amando como Él ama a cada hermano. Como nos recuerda la Palabra de Dios en la Primera Carta de San Juan, “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte (1 Jn 3,14-15) y más adelante “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20b). Que el Señor nos conceda la gracia de vivir el Mandamiento del Amor  como Jesús lo vivió y enseñó: uniendo en uno el Amor a Dios y el mismo Amor suyo a los hermanos.

Solo quien se deja acariciar por su misericordia

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Jesús dice: ‘El que no está conmigo, está contra mí’. Esta expresión de Jesús suena muy absoluta sobre todo cuando uno le observa en otros momentos, donde dice sobre uno que expulsaba demonios en su nombre, que no se lo prohíban, “porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor (Mc 9, 39).

En el Evangelio de hoy parece que no hay camino de compromiso, un poco aquí y un poco allá. Nuestro papa Francisco dijo ya en una homilía del 2015: “O estás en el camino del amor, o estás en el camino de la hipocresía. O te dejas amar por la misericordia de Dios, o haces lo que quieres, según tu corazón, que se va endureciendo, cada vez más, por ese camino. ‘El que no está conmigo, está contra mí’: no hay un tercer camino de compromiso. O eres santo, o te vas por el otro camino. ‘El que no recoge conmigo’, deja las cosas… No. Peor aún: desparrama, arruina. Es un corruptor. Es un corrupto, que corrompe”. Estas palabras son claras y proféticas. Por ello es necesario comprenderlas bien.

Francisco pone el énfasis en que un cristiano necesita dejarse tocar por la misericordia de Dios. ¿Por qué es esto tan importante? Porque la realidad de nuestra vida humana está llena de fallos, egoismos y debilidades. Ante esto puedo evadirme, levantarme por mis propias fuerzas haciéndome cada vez más duro, insatisfecho y amargo o dejarme tocar justamente ahí por el amor y el perdón de Dios. El caso es que justamente aquí se juega todo, ya que la misericordia es lo único que puede volver a unificar interiormente a una persona después de hacer la experiencia del egoísmo y de la ruptura interior, lo que la levanta de sus ruinas, lo que la vuelve a hacer persona íntegra. Sin ella nos vamos haciendo forzosamente cada vez más hipócritas, que arruinan y desparraman, porque internamente estamos “desparramados” y rotos.

También Francisco concreta cómo el episodio del Evangelio nos muestra un ejemplo de ‘corazón endurecido’, sordo a la voz de Dios. Jesús cura a un endemoniado y, en cambio, recibe una acusación: ‘Tú expulsas a los demonios con el poder del demonio. Eres un brujo demoniaco’. Es la acusación típica de los ‘legalistas’, destacando que ‘creen que la vida está regulada por las leyes que establecen ellos.

Que en éste día nos podamos dejar acariciar por la misericordia de Dios en todo aquello que en nuestra vida no sea amor y servicio a los demás, de forma que seamos hombres y mujeres que comprenden tantas miserias humanas y acompañan a la gente de cerca.

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