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Hoy es el momento propicio.

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Como dice el Papa Francisco: “El problema no es cuando sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el estar preparados para Su encuentro”.

Hoy domingo el Señor nos invita a ir a Su encuentro en la Eucaristía. Y es un encuentro nuevo, al que nos llama a prepararnos de antemano. Como cuando nos preparamos interiormente y exteriormente y  nos ponemos guapos para ir a una fiesta o a una boda; así con esa misma disposición, Jesús espera que nos preparemos para ir a Su encuentro en cada Eucaristía. Y ¿cómo estamos preparados? Sencillamente estando en gracia de Dios y cuidando los detalles de amor para con El y nuestro prójimo. Estar en gracia de Dios es semejante a la virgen prudente que llevaba consigo el aceite para mantener encendida la lámpara para cuando llegue el esposo, que es Cristo. La virgen es figura de la Iglesia que somos tú y yo que tenemos un corazón (que es esa lámpara) y ese corazón puede estar alegre, lleno del amor de Dios o vacío.

Las vírgenes necias les piden a las prudentes un poco de su aceite pero estas se lo niegan. Esta reacción que puede parecer poco solidaria es reflejo de que la relación de amor con Dios es personal e intransferible porque ocurre en la “lámpara” del corazón de cada uno. El tiempo que nos toca vivir en esta tierra es el tiempo de la espera del encuentro definitivo con el Esposo. Es ahora cuando tenemos la oportunidad de abrirnos cada día, cada momento a su misericordia e ir acumulando el aceite del amor al prójimo en el corazón a través de gestos sencillos y de cultivar esa amistad amorosa con Dios.

Para concluir, dejamos resonar esta poesía, en la que el Padre Jose Luis Blanco nos transmite una actitud de vigilancia acorde al espíritu de las vírgenes prudentes:

  A fuerza de amor humano

me abraso en amor divino.

La santidad es camino

que va de mí hacia mi hermano.

Me di sin tender la mano

para cobrar el favor;

me di en salud y en dolor

a todos, y de tal suerte

que me ha encontrado la muerte

sin nada más que el amor. Amén.

Lo que se apodera de nuestro corazón

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En el Evangelio de hoy Jesús va al tema de qué es lo que se apodera de nuestro corazón. Primero nos habla de que hay que saber administrar los bienes, los ajenos y los propios y que esa responsabilidad empieza desde las cosas más pequeñas.

Los bienes son fruto de nuestro esfuerzo, pero ante todo son un regalo que Dios nos hace.  Pero Jesús después va más lejos. Cuando esos bienes entran en el corazón y empieza a ser lo que conduce mi vida, ahí lo he perdido todo: «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»

Cuando dejamos que nuestros bienes se apoderen de nuestro corazón, dejamos de ser como Jesús: el hombre que tenía a Dios como único dueño de su corazón y por ello pudo ser el verdadero administrador fiel de todo lo que el Padre le confió. Esto se manifiesta de una forma densísima en el lavatorio de los pies de la última cena, que condensan lo que significa toda una vida al servicio de que los demás crezcan: “sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó.” (Juan 13)

Jesús termina con palabras muy claras en cuanto a qué es lo abominable a los ojos de Dios: “Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.” Para Dios lo abominable no es fallar, caer o llegar incluso a robar. Esto se manifiesta en el perdón a uno de los condenados  al lado de Jesús en el Calvario. Lo que es abominable ante Dios es la apariencia de justo del que verdaderamente no lo es.

Honrados y astutos

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El Evangelio de hoy nos habla de un administrador a quien acusaron de malbaratar su hacienda. El papa Francisco lo retoma desde la perspectiva de que Dios llama a los padres y madres a llevar el pan a casa con su trabajo honesto. Pero el caso de éste administrador es el de aquel que daba de comer a sus hijos pan sucio y que eso le hace perder su dignidad. Y esto es un pecado grave. Se comienza con una pequeña complicidad, un pequeño soborno, pero es como la droga. Después viene lo otro y lo otro y se termina legitimando la corrupción a niveles más grandes. El papa habla con toda claridad de que la corrupción no es algo que afecta sólo a algunos famosos, sino que envuelve a todo aquel que no se gana su pan con dignidad.

También el Evangelio de hoy nos hace trasparente toda la cadena de pensamientos que se desarrollan en la mente de dicho administrador: “¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas.”

Después nos muestra la astucia de éste hombre que se hace con el agradecimiento de los deudores de su amo: «Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Respondió: “Cien medidas de aceite.” El le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta.” Después dijo a otro: “Tú, ¿cuánto debes?” Contestó: “Cien cargas de trigo.” Dícele: “Toma tu recibo y escribe ochenta.”

Al final Jesús no alaba la actuación del administrador, pero hace de esta situación corrupta una provocación para los cristianos a que  no seamos menos astutos que los hijos de las tinieblas: “El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz.” ¡Ojala que podamos invertir mucho más toda nuestra mente y nuestra creatividad en hacer llegar su Amor a cada hombre y mujer de ésta tierra, en abrir nuevos caminos de solidaridad para ayudar a aquellos que tenemos cerca! Si las mentes que se invierten para hacer el mal llegan tan lejos, cuánto más podrían llegar a hacer las mentes que quieren el bien!

Mucho más unidos

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Hoy celebramos la fiesta de la primera Basílica que hubo en la religión Católica. Letrán era un palacio en Roma que pertenecía a una familia que llevaba ese nombre. El emperador Constantino, que fue el primer gobernante romano que concedió a los cristianos el permiso para construir templos, le regaló al Sumo Pontífice el Palacio Basílica de Letrán, que el Papa San Silvestro convirtió en templo y consagró el 9 de noviembre del año 324. Pero, ¿qué tiene que ver esta fiesta con nuestras vidas?

A Través del Evangelio de hoy Jesús nos revela una verdad profundísima y sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas. Y como San Pablo llega a expresar: “Nosotros somos el cuerpo de Cristo”(1 Cor 12, 27) o en otra parte: “¿No sabéis que sois templos del Espíritu Santo?” (1 Cor 3,16).

Con esta fiesta Dios viene a expresarnos que nuestras vidas y Dios están mucho más unidos de lo que pensamos. Si verdaderamente somos el cuerpo de Cristo, existe una unión muy vital entre Dios y cada uno de nosotros. Si el Espíritu de Dios nos habita, eso significa que nada de lo que vivimos sucede fuera de Dios. Mi trabajo, mis diversiones, mis relaciones suceden en Dios y se podría decir que, tanto para lo buenos como para lo malo, están afectando a Dios directamente. Recuerdo a un joven que cuando despertó a esta realidad exclamó: “¡Pobre Dios, que mal le he tratado cada vez que me despreciaba a mí mismo y me metía de todo en el cuerpo!”

La fe no nos rituales, normas o formas externas a nosotros; se trata de celebrar y vivir  lo que somos. Nuestra identidad más profunda es ser un miembro vital en el cuerpo de Cristo, aunque muchas veces nos sintamos pequeños o pensemos que la iglesia seguirá adelante sin cada uno de nosotros. Cristo es la cabeza de este cuerpo, pero sin sus miembros no llega a poder actuar con toda su fuerza en éste mundo: La cabeza no le puede decir a los pies: ¡No te necesito!( CF. 1 Cor 12, 21)

Nuestra identidad más profunda consiste en desarrollar la “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”, como dice la carta apostólica Novo Millennio Ineunte en el nr. 43. ¡Qué distinto es escuchar las cosas y problemas que acechan a los demás como espectador a creer que también son parte de mi!

Nuestra identidad también nos lleva a superar las envidias y comparaciones y a  ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

Esta es mi batalla…

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El Evangelio de hoy puede parecer contradictorio. Por un lado vemos a Jesús con muchísimo realismo hablando de la necesidad de calcular, de calibrar bien a lo que uno se enfrenta: «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar.” O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Y por otro lado saca la conclusión: “Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.” Aquí nos habla de la necesidad de renunciar a todos los bienes y seguridades. Pero, ¿de qué construcción o de que batalla está hablando Jesús?

Jesús nos habla de “la torre de nuestra vida” y para ello, como cuando habla de construir sobre roca y no sobre arena, nos vuelve a remarcar, que lo importante es construir la vida sobre Su Amor y no sobre nuestras posibilidades materiales o sobre nuestro ego. Cuando nos llenamos de Su Amor es cuando somos capaces de sacrificarnos y de negarnos a nosotros mismos por amor a las personas que tenemos cerca. Todos conocemos relaciones de pareja o matrimoniales que fracasan porque se exigen el uno al otro la felicidad y ninguno está dispuesto a dejar su bienestar o intereses por el otro.

La batalla de la que nos habla Jesús es la batalla de construir el reino de Dios en la tierra, la batalla de ser un poquito mejores cada día, la batalla de no dejar que el mal que veo a mi alrededor me quite la esperanza, la batalla de amar de verdad a las personas como discípulo de Jesús y para ello nuestro mayor enemigo es nuestro ego. La mejor preparación y equipamiento para esta batalla es venderlo todo: mi orgullo, mis intereses, mi comodidad, etc. Al contrario de la batallas de nuestro mundo, en ésta cuanto más “desarmados” estemos mejor. Solamente las personas que no tienen nada que perder son capaces de defender la verdad, de luchar por sacar adelante la vida de los demás. Las personas verdaderamente humildes han sido capaces de vencer las mayores batallas tanto en sus propias casas como en la calle; han podido enfrentarse a los mayores retos de la vida y llegar a provocar grandes cambios en la sociedad.

Recordamos en éste día las palabras de Nelson Mandela, quien después de 27 años de cárcel, puede decir en una humildad enorme, que es “el capitán de su alma” :

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Tú te lo pierdes

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Jesús nos invita cada día al banquete de su amor, a vivir con El, a no pasar necesidad ni tener que buscar inútilmente la felicidad fuera y el domingo muy especialmente en la Eucaristía: “¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios! El le respondió: Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos.”

Lo sorprendente no es solo que los invitados al banquete le ponen excusas, sino el tipo de excusas que alegan: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.” Y otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.” Otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir.”

Si reflexionamos un poco la historia se repite hoy. ¡Cuántas veces dejamos de acudir a un compromiso en la iglesia como puede ser la catequesis de confirmación porque hay futbol o hacemos de nuestros hobbys el número uno en nuestra lista de prioridades! Andamos sencillamente distraídos y dispersos en medio de una sociedad consumista del bienestar que nos ofrece mil y una distracciones. Sin embargo el Evangelio nos muestra quienes están a punto para el banquete: los pobres.

¿Por qué? ¿Por qué no tienen otra cosa? Puede ser, pero también conozco muchos casos de personas humildes y con poquísimos recursos que viven a Dios como su absoluto. Las personas que están más expuestas a los devenires de la vida han experimentado muchas veces que Dios les sacaba adelante y les daba salida en situaciones humanamente imposibles. ¡Cuántos niños de Marruecos, Argelia y otros países africanos escapan de la penuria de sus familias completamente solos, cruzando desiertos y vayas y llegan a Europa milagrosamente! Muchos de estos niños claman a Dios y experimentan que, en medio de muchos sufrimientos, Dios les ayuda y les reconforta en la mesa de su Amor.

La locura de amar al estilo de Dios

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El Evangelio de hoy es una gran provocación por parte de Jesús: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni  a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecino ricos…”

Pero, ¿cómo que no invite a mis amigos, a hermanos, a parientes o a los vecinos bien situados? ¡Pero si es lo más espontáneo, lo que me nace del corazón, lo que hace todo el mundo! ¿Es que Jesús nos pide ir en contra de nuestras relaciones más cercanas y naturales?

Vivimos en una sociedad muy jerarquizada y muy categorizada por las distintas razas y sobre todo por los distintos niveles de vida. Cada vez hay menos personas con un poder adquisitivo fuerte y más personas que llamamos “de exclusión social”. A todos nos gusta tener amigos en buenas posiciones que nos ayuden en un momento dado o cuya amistad nos facilite la vida. Queremos que nuestros hijos estén en los mejores colegios y no se mezcles con niños problemáticos, que son considerados como “la chusma”. Hay culturas como la africana o la árabe, que asociamos a una clase social más baja o incluso peligrosa ideológicamente.

Jesús viene a romper con nuestros esquemas mentales y viene a ensanchar nuestro concepto de familia y de amistad. Jesús no nos pide descuidar a nuestra familia biológica ni a nuestros amigos más íntimos, sino nos pide ampliar el círculo a la Familia de Dios, donde precisamente los que no son valorados socialmente son tomados en cuenta.

“Serás bienaventurado cuando invites a pobres, lisiados, cojos y ciegos, porque no pueden pagarte”

Jesús nos está proponiendo la verdadera felicidad que está en amar como Dios ama: sin pedir nada a cambio. Cuando empezamos a amar así podemos sentirnos “utilizados”, tontos o ingénuos, pero en realidad estamos amando al estilo divino. Lo importante es descubrir que “la paga” es estar amando con Jesús, estar haciéndome uno con él, comulgando de vida a vida. Atravesando nuestros sentimientos que no están acostumbrados a este tipo de amor, Jesús nos promete el sabor de la felicidad más auténtica.

Tenemos el ejemplo de algunas personas que se han lanzado a amar de esta manera a aquellos vecinos que nadie aguanta, a ese compañero de trabajo que solo piensa en sí mismo, a aquellas personas que un revés en la vida les ha dejado sin medios económicos, etc.

Que cada uno de nosotros podamos dar pasitos en este tipo de amor y experimentemos en la práctica lo que significa amar como Dios nos ama: sin recibir nada a cambio.

De nuestras proyecciones a la locura de su misericordia

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Las lecturas de hoy parecen algo contradictorias. Por un lado nos habla el salmo de que la misericordia del Señor es eterna y por otro lado la actitud con el mayordomo de palacio Sobná es durísima hasta el punto de que le echar de tu puesto, le destituye de su cargo y  llama a su siervo Eliacín para que le reemplace. Por otro lado parece que el tema va de llaves y el poder que está unido a ellas tanto en el caso de las llaves del palacio de David como las llaves del Reino de los cielos que le son confiadas por Jesús a Pedro. ¿Cómo se junta  todo esto?

Así como en la vida de toda persona, el pueblo de Israel fue haciendo un camino de conocimiento interior de Dios poco a poco. Durante muchos años se ve que su imagen de Dios es proyección de su forma de pensar. Los seres humanos y, aun hoy en muchos pueblos, asociamos las dificultades, el fracaso o los fallos con una imagen de Dios castigador. Esto lo podemos ver en la primera lectura de Isaías.

Jesús viene a revelarnos como es Dios de verdad, más allá de toda proyección humana. En el hecho de que Jesús elija a Pedro como esa “piedra en la que edificaré mi iglesia” no está basado en que Jesús no conociera las debilidades de Pedro. Precisamente parece que Jesús no tiene problema en reprender a Pedro incluso delante de los demás discípulos cuando los consejos que Pedro le da nos son según Dios. Jesús también predice su negación en el momento crucial de su pasión. Pero aun así Jesús expresa en ésta elección de Pedro su enorme fe en la mediación humana. Esto verdaderamente no está fundamentado en una lógica humana, sino únicamente en un Dios que es verdaderamente Misericordia.

¡Qué bien entendemos a las personas que nos dicen:” ¿Y yo por qué me tengo que confesar con una persona igual de pecadora que yo llena de fallos? ¡Yo me confieso con Dios en directo!”

¡Verdaderamente es una locura de misericordia que recibamos el perdón y la misericordia a través de las manos y palabras de un sacerdote! Pero Dios sabe que necesitamos de gestos humanos, de la palabra de otro que nos absuelva ya que una de las cosas más difíciles es perdonarse a uno mismo.

Esta mediación humana en la que tanto cree Jesús no solo se refiere a los sacerdotes, sino a toda persona. La misericordia de Dios es tan grande que no sólo nos quiere y perdona siempre, sino que cuenta con cada uno de nosotros para expresar ésta calidad de amor a los demás a través de nuestros gestos, reacciones y palabras.

Si pensamos en nuestras propias vidas, ¿cuándo hemos comprendido lo que es el verdadero amor, el perdón y misericordia? Pues cuando mi madre me perdonó aquella forma tan desagradecida de tratarla, cuando aquel amigo no me retiró su confianza a pesar de fallarle, etc. ¡Con esto nos está expresando Dios  la máxima valoración de nuestras personas y de nuestra humanidad!

Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En el Evangelio de hoy Jesús nos muestra la forma de vivir de un cristiano como servidor de los demás. Esta forma de vivir la contrapone a los fariseos o al espíritu fariseo que tan fácilmente se puede introducir en la forma de pensar de toda persona, también del cristiano.

La falta de coherencia y de autenticidad es lo primero que denuncia Jesús: “Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.”

Dar consejos a los demás es algo que a algunas culturas nos resulta bastante fácil; nos suele gustar opinar ante la vida de los demás. También hoy nos podemos preguntar ¿Qué estoy dispuesto a hacer por las personas más cercanas a mi vida? Recuerdo cuántas veces en mi vida una compañera de clase o alguien de mi familia me contaban un problema que tenían y yo les escuchaba y después les solía decir, si la persona era creyente: “Rezaré por ti.” Eso no está mal, porque hoy sigo creyendo en la fuerza de la oración, pero al mismo tiempo me doy cuenta que no estaba dispuesta a involucrarme más allá.

Hay personas que están llevando una cruz muy pesada en sus vidas y quizás hasta más pesadas de lo que son capaces de llevar y les está causando tristeza, amargura o hasta les está rompiendo internamente. Dios me estaba llamando en esas personas no sólo a darles consejos o rezar por ellos sino a ser su servidor, que pone también su hombro para ayudar a cargar esos problemas.

A veces se trata de cosas tan sencillas como cuidar unas horas del hijo de mi vecina madre soltera, para que ésta pueda irse a hacer la compra o pueda buscar trabajo. Jesús nos invita hoy a ser sencillamente hermanos, a estar cerca de la personas y todo esto sin hacer diferencias o acepciones de personas, ya que uno sólo es nuestro Maestro y Padre.

Para poder vivir ésta invitación a ser hermanos y servidores de los demás necesitamos contemplar a Jesús en evangelios como los de hoy. Que podamos dejarnos cautivar por la persona de Jesús, por su forma de acercarse a las mujeres y niños, a los extranjeros, a los marginados, por la libertad que vivía frente a los líderes religiosos de su tiempo, etc. Jesús toma éste camino de ser servidor sin buscar aplausos o reconocimientos, porque de verdad le interesamos los hombres y no quedar él bien.

Señor Jesús, ¡tu autenticidad en el amor nos cautiva, por ello déjanos seguirte por tus caminos de servicio!

Amor incondicional

Escrito por Comentarista 11 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La primera lectura de hoy nos pone ante el ejemplo de un amor fiel e incondicional. Se trata del de Rut frente a Noemi.

Orfá, su otra nuera, se despidió de su suegra Noemi y volvió a su pueblo, cosa que era bastante comprensible y razonable, ya que así podría recomenzar en su vida. Noemí, a pesar de su situación dramática, deja a Rut en total libertad: «Mira, tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a su dios. Vuélvete tú con ella.» Pero Rut la contestó: «No insistas en que te deje y me vuelva. Donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios.»

Seguramente todos conozcamos situaciones de amor incondicional: ese padre que se prejubila para poder cuidar de su hija enferma de cáncer, esa madre que cuida de su hijo con síndrome de down hasta el final de sus días, esa joven que se casa con su novio que está en silla de ruedas por un accidente, ese profesor que no desiste de sus alumnos más probleáticos, etc. Estos y muchos más, son casos admirables, que responden a la pregunta que se le plantea a Jesús en el Evangelio: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»

Pero, si somos sinceros, muchas veces nos sentimos incapaces de vivir una calidad de amor así; la respuesta de Orfa nos es más natural. Pero Jesús nos recuerda que El es la vid y nosotros sus sarmientos o en otro lugar, que El nos amó primero y que por eso podemos amarnos algo más incondicionalmente.

Jesús es el primero que decide hacerse hombre y unir su destino al nuestro, pasando por todas las etapas, alegrías y penas de la vida humana hasta la muerte y muerte de cruz. ¡Y no acaba ahí! Hay una homilía anónima que suele leerse en sábado santo que dice:

“Dios en la carne ha muerto y ha descendido a sacudir el reino del abismo. Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere descender a visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte…a Adán y Eva…Y tomándolo por la mano lo sacude diciendo: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz
A ti te mando: ¡despierta tú que duermes!, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. ¡Levántate, obra de mis manos! Levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. ¡Levántate, salgamos de aquí! Tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible naturaleza. “

En éste texto queda reflejado cómo Jesús ha sido el primero en decirnos a nosotros: «No insistas en que te deje y me vuelva. Donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios.» Las palabras de Rut prosiguen: “Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada. Que Yahveh me dé este mal y añada este otro todavía si no es tan sólo la muerte lo que nos ha de separar.»” Jesús, a través de su muerte, llega a ser enterrado donde nosotros fuimos enterrados por nuestro egoísmo, pero no se queda allí: baja hasta los infiernos a buscarnos y por su Resurrección nos lleva con El a la vida abundante, a la luz, a vivir nuestra verdadera identidad que es amor sacrificado, gratuito e incondicional.

Hoy somos invitado a saborear interiormente éste gran amor incondicional de Jesús por cada uno de nosotros, que va incluso más allá de la muerte. Esto provocará tal seducción, algo que no se consigue desde nuestra fuerza de voluntad, podremos llegar a ser personas incondicionales como Rut.

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