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Estad alegres en el Señor

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“Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” rezamos en este tercer domingo de Adviento, domingo “gaudete”, marcado por la alegría ante la inminente venida del salvador, quien nos “pone un traje de salvación y nos ha envuelto en un manto de justicia. El mundo necesita el anuncio de la verdadera alegría, porque, como nos recordaba el Cardenal Joseph Ratzinger, “la pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…. todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona” (“La nueva evangelización”, Conferencia durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión, el 10 de diciembre de 2000 en Roma).

Ciertamente hay muchos miles de personas que viven en situaciones humanamente muy difíciles y, con palabras de Papa Francisco: “comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” (Encíclica Evangelii gaudium 6) Es preciso dejarse conmover por el anuncio de la cercanía de Dios y llenarse de esperanza. Cada uno podemos decir con el profeta Isaías “el Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí”, viene a “curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad”.

San Pablo nos invita a “estar siempre alegres”. Y lo hace un hombre que no tuvo una vida fácil, sus cartas nos ha dejado todo un elenco de dificultades: “atribulados en todo: por fuera luchas, por dentro temores, pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló” (2 Cor 7,6). Esta es la clave: el consuelo de Dios, de su cercanía. “Es la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo – escondida pero bastante real – en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme. Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos realmente dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o quizás nuestro corazón está lleno de tantas otras cosas que no hay espacio para el Señor y por el momento no tenemos tiempo para el Señor. Y así, insensibles, sordos a su presencia, llenos de otras cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida. Oremos entonces en el contexto de este primer imperativo: Señor haznos sensibles a Tu presencia, ayúdanos a escuchar, a no cerrar nuestros oídos a Ti, ayúdanos a tener un corazón libre y abierto a Ti” (4 octubre 2005 Meditación improvisada de Benedicto XVI después del rezo de la Hora Tercia).

María, causa de nuestra alegría nos conceda vivir esa esperanza alegre ante la inminente llegada de su Hijo.

 

Dejar a Cristo que nos reconciliemos unos con otros

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El libro del Eclesiástico preveía la vuelta de Elías al final de los tiempos, volviendo otra vez a un tema del que ya había escrito antes. A Elías se le reserva para “reconciliar a padres con hijos y restablecer las tribus de Israel”. Un papel de reunificador. “Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron”. Jesús asume la misión de Elías de renovar todo, de “reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob”. Sin embargo sus contemporáneos no le reconocieron. El Señor viene a restablecer las relaciones, a veces rotas o deterioradas, por nuestra impaciencia, por la soberbia, en definitiva por nuestro pecado. La gracia de Cristo nos capacitará para recorrer el camino de la reconciliación y del perdón mutuo, siguiendo la exhortación de San Pablo: “sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, (…). Antes al contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” – Rm 12, 17-21 –

No ser ingenuos, porque el enemigo pondrá sus mejores armas para ir minando la relación con las personas que tenemos más cerca y sin apenas darnos cuenta permitimos que se vaya levantando un muro. C. S. Lewis describe esta labor del enemigo con gran agudeza: “en la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que sobre el papel, parecen totalmente inofensivas, pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Globuloso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él, De este modo, ambos pueden estar convencidos, o casi, después de cada discusión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes cómo son estas cosas: ‘lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera.’ Una vez que éste hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa sensación de un ser humano que dice cosas con el expreso propósito de ofender, y, sin embargo, se queja de que se ofendan” (C.S. Lewis, “Cartas de un diablo a su sobrino”, carta III)

El Señor viene en la gracia un año más, en este Adviento, para renovar todo, empezando por cada uno de nosotros, por renovar nuestra vida y reconciliarnos a unos con otros. Para renovar la esperanza en el poder de Dios. Y nos puede pasar que tampoco le reconozcamos porque estamos pendientes de otras muchas cosas y éstas no nos traen la paz ni nos reconcilian. En estos días corremos el riesgo de reconocer su venida, en gran medida por la influencia de los grandes comercios, o de unos adornos en la ciudad que nada tienen que ver con la Navidad. Hemos de hacer el esfuerzo por no dejarnos arrastrar por la “navidad comercial” ¡El centro de la Navidad nosotros los regalos, las reuniones familiares con grandes banquetes! El centro de la Navidad es el nacimiento de Jesús, del Niño Dios. Es el quien nos trae la paz y nos reconcilia. No es fruto del voluntarismo. Por ello no le reconoceremos si en estos días no volvemos hacia él la mirada y el corazón, si no podemos sacar un tiempo para “saborear” la Palabra de Dios y los textos de la Liturgia de estos días, que nos ayudan a no dejarnos desorientar por tantos mensajes contradictorios con la gran noticia: el Señor viene y “lo renovará todo”.

María, Madre nuestra, que seamos instrumentos de paz entre los hombres, empezando por nuestras propias familias.

 

Sembrar paz frente al juicio crítico

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“¿A quién compararé esta generación? Se parece a niños sentados en las plazas que, gritando a sus compañeros, dicen: Os hemos cantado al son de la flauta y no habéis bailado; os hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. Porque ha venido Juan que no come ni bebe y dicen: Tiene demonio. Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe y dicen: Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Este reproche de Cristo, que recoge el Evangelio de hoy, va dirigido a unos hombres que nunca están conformes. Hagas lo que hagas, todo les parece mal. Es la crítica permanente, no se conforman con nada. Además están siempre en la cultura de la queja, del reproche, del juicio negativo. Y algo de este espíritu tenemos nosotros, aunque sea en grados diversos. También nosotros relatamos, nos quejamos, somos negativos en nuestros comentarios, sembrando discordia en vez de sembrar paz y alegría, a todo le encontramos fallas menos a nuestro criterio.

En otras ocasiones son nuestros juicios tajantes. “Ha venido Juan que no come ni bebe y dicen…” “Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe y dicen…” Decir es muy fácil. Criticar lo sabe hacer cualquiera. Pero “la sabiduría se acredita por sus propias obras”. Son las obras lo que cuenta. En vez de criticar tantas cosas que me parece que se hacen mal, yo ¿qué hago?

Aprovechemos este tiempo de especial gracia del cielo para afinar en nuestra lucha por no ser tan críticos, por ser sembradores de paz y de alegría, reconozcamos a Jesús: en mi vida diaria tengo miles de ocasiones para mejorar mi actitud de crítica negativa. Desde un plato que se ha quemado un poco, o un recado que alguien entendió mal, hasta un jefe o un profesor que se ha equivocado, o un conocido que da mal ejemplo. ¿Cómo lo habría hecho yo en esas circunstancias? ¿No podría haber hecho algo para mejorar aquella situación? Es más fácil decir que hacer. ¿Hemos probado alguna vez, por casualidad siquiera, a hacer «bien» lo que, según nuestra “autorizada” opinión, hacen los otros menos bien?

En este tiempo de Adviento nos vendrá muy bien ponernos delante de Jesús y pedirle: Señor, que no permita ninguna crítica que no sea constructiva, que me pregunte antes si yo lo hubiera hecho mejor. Que no caiga yo en el vicio de la crítica negativa, de la murmuración, del descrédito. Que busque siempre el lado positivo, el esfuerzo realizado, la buena intención. Que intente comprender, perdonar, enseñar con paciencia, aguantar los defectos de los demás que no sean ofensa de Dios como ellos también soportan los míos, alabar o callarme antes de criticar. En este sentido recuerdo un consejo recibido hace muchos años que aún me sigue siendo de gran ayuda: pensar que los defectos o las cosas de los demás que no me agradan son parte de la Providencia ordinaria de Dios para mi santificación. Y viceversa, mis defectos y las cosas mías que desagradan a los demás son Providencia ordinaria para su santificación. Mirar así las cosas me ayudará, como exhorta S. Pablo a llevar los unos las cargas de los otros (Ga 6, 2) y hacerlo con alegría.

Miremos a María y aprendamos a mirar con sus ojos a nuestros hermanos, a juzgar con su cariño y comprensión.

Pedir la gracia de luchar para “arrebatar” el Reino

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“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan”. Estas palabra de Cristo en el evangelio contrastan fuertemente con las de la primera lectura: “Yo el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo: ‘no temas yo mismo te auxilio, tu libertador es el Santo de Israel”. Parece que Dios por el profeta Isaías nos dice una cosa y por Jesús otra. Al final el dilema parece ser el siguiente: ¿tengo que esforzarme por alcanzar, “arrebatar” el reino de Dios, o simplemente he de esperar a que Dios lo haga todo? San Agustín nos da una clave para comprender la aparente oposición, porque ambas afirmaciones son palabra de Dios y, por tanto, verdaderas. La respuesta es esta: “quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti. Por lo tanto, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, él es quien justifica” (Sermón 169,13)

Por lo tanto, el Reino es ciertamente un regalo de Dios absolutamente gratuito e inmerecido, pero debe ser aceptado. Es un don hecho a un ser libre y debe, por tanto, ser acogido. Y, precisamente, acoger ese don implica, dejarse mover por el Espíritu Santo, implica el empeño en “vivir como conviene a los santos” (Ef 5,3). Hay que luchar para corresponder a la acción de la gracia. El Espíritu Santo es un Maestro, da lecciones que son de practicar. Mientras no se haya practicado la lección, no pasa a la siguiente.

En una ocasión le preguntaron a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan? El Les contestó: esforzaos en entrar por la puerta angosta” (Lc 13,23-24). Jesús no da una respuesta directa, pero deja bien claro que no hay santidad sin lucha y sin heroísmo. Sabemos que las faltas y pecados veniales nos van a acompañar a lo largo de la vida. Sin una gracia especial como la recibida por la Virgen no nos sería posible mantenernos en un estado habitual de perfecto amor de Dios (Concilio de Trento, ses.VI, c.23). Pero hemos de procurar luchar siempre. Es la aceptación de nuestros pecados, la falta de lucha, lo que produce ese estado de desamor que es la tibieza. En este tiempo de gracia, hagamos un examen de conciencia que nos permita reconocer dónde hemos de luchar, de “allanar los caminos” al Señor. “Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y tú no te examinas. Los colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás” (San Agustín, “Sermón” 17.13).

Son muchas las omisiones y ofensas a Dios a las que no damos importancia: faltas de rectitud de intención, de caridad, de pereza, impaciencias, juicios negativos sobre los demás, indiferencia ante el dolor ajeno, envidias, rencor, apegamiento no recto a cosas o personas, caprichos, cambios extemporáneos de humor, falta de cordialidad y de alegría en el trabajo o en la familia, vanidad en todas sus formas, falta de visión sobrenatural al enjuiciar las cosas y los acontecimientos… Lucha, pero no lo hagas solo. No podrás y abandonarás pronto, porque nuestras fuerzas son pocas. Lucha, pero abandonado en las fuerzas del Señor, apoyándote en El, fiado en El. “Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla” (Sal 170, 30), la muralla de mi pequeñez, la muralla de mis defectos,…

Que nuestra Madre del Cielo nos lleve por caminos de lucha alegre y decidida por amor a Dios nuestro Padre.

Confianza en el Señor que llega

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En su destierro el pueblo de Israel no deja de quejarse porque le parece que Yahvé se ha olvidado de su pueblo, que no hay futuro ni salvación posible para ellos. Dios por medio del profeta Isaías le reprocha a su pueblo: “¿Por qué andas diciendo, Jacob, y porque murmuras, Israel: al Señor no le importa mi destino mi Dios pasa por alto mis derechos?” y le da una respuesta, que en el fondo, es una invitación a “alzar los ojos a lo alto y mirar: ¿quien creó todo esto? Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre. Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada”. Una invitación, en el fondo, al volver nuestra mirada al Cielo, de donde Dios nos enviará al Salvador. No sólo intervendrá en la historia de su pueblo, hará mucho más, pues nos envía a su propio Hijo. Éste es la garantía del compromiso de Dios con los hombres, con cada uno. Como rezamos en el Prefacio VII de los domingos del Tiempo Ordinario, “porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado, para así amar en nosotros lo que amabas en El”. Así Dios se ha comprometido de manera irrevocable con todo hombre, con cada hombre, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes 22).

Esta es también la historia de cada uno de nosotros. Ante las dificultades de la vida, los sufrimientos, los fracasos repetidos en la lucha personal, podemos dejarnos ganar por un cierto desánimo y llevarnos a pensar que Dios se olvidado de nosotros, que está allí en lo alto en el cielo, pero no está pendiente de cada uno de nosotros. No pocas veces nos gana la fe de los racionalistas: Dios existe, ha creado el mundo con sus leyes propias y, después, se ha desentendido de los hombres. Por medio de la Iglesia, Dios nos invita de nuevo a mirar al poder “que viene de lo alto” (Jn 3, 31) y a recuperar la confianza en el poder de Dios y “descargar en él vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7). La prueba de su amor, nos la da San Pablo: “el que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con El?” (Rm 8,32).

Contaba un filósofo converso del budismo: si un hombre cae en un hoyo del que no puede salir y se lo encontrara Confucio se limitaría a decirle que asumiera la consecuencia de sus actos, que fue un torpe; si fuera Buda le daría muchos consejos para que aprenda a vivir con su desgracia y a tener paciencia. Si Cristo se lo encontrara no le diría nada ¡se metería en hoyo con él y le sacaría! Esta es la esperanza a la que nos llama este tiempo de gracia, de preparación para conmemorar un año más el misterio de la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. La clave para recorrer este camino de esperanza nos la da el Señor en el Evangelio de hoy: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. El secreto está en ir a Cristo, tomar su yugo y ser humildes de corazón. Todo un programa para este Adviento.

Que María, Madre de la Esperanza, nos acompañe en este camino de regreso a su Hijo, de confiado abandono en el amor de Dios que se nos manifestado en su Hijo.

El que viene nos trae el consuelo de Dios

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“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén”. Dios quiere transmitir a su pueblo probado durante decenios en la deportación a Babilonia, el consuelo: pronto serán liberados y volverán a su país. El anuncio más consolador es que Dios llega, que llega con poder, que perdona a su pueblo sus pecados anteriores, que quiere reunir a todos los dispersos, como el pastor a sus ovejas. En este tiempo de Adviento también nos quiere llenar del consuelo de la esperanza a cada uno de nosotros. Dios es rico en misericordia, por el gran amor con nos ama (cf. Ef 2, 4), sale a nuestro encuentro, sale a buscarnos como a la oveja perdida. “No es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños”. El Dios que nos revela Jesucristo no queda indiferente ante el destino de los hombres. Es él quien está empeñado en llevarnos al cielo. Es Cristo quien nos trae el consuelo.

En el centro de esta parábola está la alegría de Dios. Su alegría es encontrar de nuevo, es perdonar, es salvar, es devolver la felicidad. Su alegría es encontrarnos y llevarnos con él. Quiere a todas las otras ovejas; pero la perdida le ha dado una particular alegría y desde ahora se sentirá más vinculado a ella: porque le ha salvado la vida. Habría muerto desgraciada, lejos del rebaño. La consideración de esta verdad llenará nuestro corazón de esperanza y agradecimiento, de la alegría ante la cercanía de la venida del Señor a la vida de cada uno. A los primeros a quien Cristo Jesús quiere salvar en este Adviento es a nosotros mismos. Tal vez no seremos ovejas muy descarriadas, pero puede ser que tampoco estemos en un momento demasiado fervoroso en nuestro seguimiento del Pastor. Todos somos débiles y a veces nos distraemos del camino recto.

Cristo Jesús nos busca y nos espera. No sólo a los grandes pecadores y a los alejados, sino a nosotros, los cristianos que le seguimos con un ritmo más intenso, pero que también necesitamos el estímulo de estas llamadas y de la gracia de su amor. Somos nosotros mismos los invitados a confiar en Dios, a celebrar su perdón, a aprovechar la gracia de la Navidad. El que está en actitud de Adviento es él. Y esto también nos compromete a hacer nosotros lo mismo con los demás y ser también quienes llevan consuelo a su pueblo, particularmente a los más pequeños, quienes salen al encuentro de la oveja perdida.

En este tiempo hemos de acudir especialmente a nuestra Madre, modelo de esperanza, de apertura a las necesidades de los demás y preparar un corazón bien dispuesto al Señor. A ella nos encomendamos.

 

Abrimos al perdón de Dios nos renueva

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“¿Qué es más fácil: decir tus pecados quedan perdonados, o decir levántate y anda”. El señor quiere hacerles ver que hay más poder en el perdón que trae él, que hacer que un paralítico vuelva andar. También a nosotros nos puede pasar como esos hombres, podemos estar acostumbrados al perdón de Dios y ya no nos asombra un Dios que perdona, cuando es mucho más asombroso el perdón de los pecados que la curación inmediata de un paralítico. Debemos volver nuestra mirada sobre lo que acontece en el sacramento de la reconciliación y recuperar el asombro por el milagro que Dios obra en nosotros al recibir este sacramento, Porque hemos perdido de vista que se trata de un encuentro real con Cristo. El cardenal Mauro Piacenza, les decía a los penitenciarios de las Basílicas Papales de Roma: “la confesión no hace ruido pero sí milagros” (Carta a los penitenciarios de las basílicas papales, 3 de diciembre de 2017). En este tiempo de preparación para la Navidad hemos de volver con renovada confianza en la gracia, al “trono de la gracia para que alcancemos misericordia” (Hb 5,16) y revivir con esperanza el perdón de Dios y la renovación que supone.

Es importante que en este tiempo de Adviento repasemos los actos del penitente. Nos será de gran ayuda releer y meditar los números del Catecismo de la Iglesia Católica del 1450 al 1460 para mejorar en lo que hemos de poner de nuestra parte. Sin embargo, no debemos perder de vista que lo determinante en la confesión no es tanto lo que nosotros hacemos, cuanto lo que hace Dios en el sacramento. No es que Dios “cierre los ojos”, se haga el “despistado”, o cubra con un manto nuestros pecados para no verlos – eso lo decía Lutero, que desconoce el poder de la gracia de Dios -. El perdón de Dios es como un acto creador, pero al revés: es hacer que donde ya hay algo, un mal, deje de existir, de tal forma que el pecado perdonado sólo existe en nuestra memoria o en los hábitos que haya dejado en nosotros, pero no tiene una existencia real. Esto sólo puede hacerlo Dios. Una madre no se conforma con no ver los defectos de su hijo, querría – y lo haría si pudiera – transformarle, sanarle. Si fuera un drogadicto, no se conformaría con cerrar los ojos ante la “enfermedad” de su hijo. La misericordia y el poder de Dios sí pueden curar. En la confesión, no se limita a cerrar los ojos, su gracia nos cura. La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte – de pecador y rebelde – en siervo bueno y fiel (cf. Mt 25, 21)

Dejemos que el Señor nos perdone nuestros pecados. No es algo tan sencillo inicialmente porque nuestra autosuficiencia, nuestra soberbia nos impiden dejar, sencillamente, en sus manos nuestro pecado para que El lo destruya. “Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación y de penitencia? La respuesta fue: tampoco me basta. ¿Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo” (Cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16).

Que nuestra Madre, auxilio de los cristianos nos alcance la gracia de no estorbar la acción del Espíritu Santo en nuestras almas y nos dejemos sanar y perdonar siempre.

 

Obras son amores

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Jesús en el evangelio de hoy nos propone la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: “No quiero. Pero después se arrepintió y fue”. El otro, sin embargo, dijo al padre: “voy, señor. Pero no fue” (Mt 21, 30). A la pregunta de Jesús sobre quién de los dos ha hecho la voluntad del padre, los que le escuchaban responden justamente: “El primero”. La enseñanza está clara: lo que de verdad cuenta son los hechos, “obras son amores y no buenas razones”. A nosotros nos puede pasar como al hijo que dice “voy”, pero luego no va. Nuestras intenciones y deseos pueden ser muy nobles y buenos, pero nos falta la ejecución. Tenemos necesidad de convertirnos con obras y de verdad, de lo contrario, también serán para nosotros esas duras palabras de Jesús: “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”.

Necesitamos abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y descubrir la voluntad del Señor cada día y luchar para cumplirla con fidelidad. Jesús ha cumplido la voluntad del Padre en humildad y obediencia, entrando en el mundo, dijo: “he aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). Este “sí”, no solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta en la muerte. Cada cristiano debe medirse con Cristo. Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir. Por ello San Pablo nos invita en la segunda lectura de hoy: “no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 3-4).

“La Virgen vivió plenamente el misterio de Cristo, que fue descubriendo cada vez más profundamente gracias a su reflexión personal sobre los acontecimientos del nacimiento y de la niñez de su Hijo – cfr. Lc 2, 19; 2, 51 -. Se esforzaba por penetrar, con su inteligencia y su corazón, el plan divino, para colaborar con él de modo consciente y eficaz. (Juan Pablo II, Audiencia del 30 – VI -1993, 4 ). Que cada uno vivamos cada jornada con esta disposición a conocer la voluntad de Dios y ponerla por obras.

 

Amar la Cruz

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“Meteos bien esto en la cabeza”. Con esto les previene a sus discípulos – y ahí estamos tú yo – sobre lo importante y la dificultad de lo que les dirá a continuación. Les previene para no dejarse ganar por el escándalo que van a suscitar sus palabras: “al hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Les está anunciando lo que le pasará, para prepararnos a nosotros a unirnos a su suerte. También nosotros, así está previsto en los planes de Dios, seremos “entregados en manos de los hombres”. Estemos pues preparados para no asustarnos ni tratar de huir del camino de la cruz, para que no nos pase como a los discípulos que “les daba miedo preguntarle sobre el asunto”. En Mt 16, 22-24 vemos cómo “el mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos (…) tengamos el valor de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Papa Francisco, en la Misa con los Cardenales el jueves, 14 de marzo).

Para superar ese escándalo, hay que aprender a permanecer junto con María, al pie de la cruz contemplando al que traspasaron (Cf. Benedicto XVI, Mensaje Cuaresma 2007). En esa misma homilía el Papa Francisco nos animaba a tener “el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará. Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea”. Todo un programa: caminar, edificar y confesar a Cristo crucificado.

Caminar. Con nuestra vida ¿ponemos la cruz en la cima de nuestras actividades?¿Preside la Cruz nuestras decisiones, afectos,…? También ante lo menudo: para vencer la pereza, que engendra desorden y enfados, para crucificar gustos, caprichos, planes, incluso legítimas aspiraciones,…

Edificar. “Pues Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar; no con sabiduría de palabras, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 17-25). Si no estamos decididos a llevar la Cruz, la que sea, con alegría, no hay como edificar el Reino de Dios, ni salvación que anunciar.

Confesar. Superar la cultura de la queja. La alegría en las dificultades y contrariedades es una confesión de la alegría de la cruz. Para afrontar el misterio del sufrimiento sin que te destruya hay que vivirlo desde la Cruz de Cristo. La misma Beata Teresa de Calcuta decía: “estoy dispuesta a aceptar con una sonrisa todo lo que Él me de y darle todo lo que Él tome” (“Ven, sé mi luz” 276).

“Que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea” (Papa Francisco).

 

Providencia de Dios a través de los Arcángeles

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En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos dice que veremos “el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo de Hombre”. Los ángeles son seres personales, creados por Dios de una perfección muy superior a los hombres. Tanto que, como dice Santo Tomás, cada individuo agota la especie. Es decir, que todas las perfecciones posibles de una especie se dieran todas juntas en un solo individuo. Como nos enseñaba San Juan Pablo II, toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación como poderosos ejecutores de sus órdenes (Sal 102), según el plan establecido por la Divina Providencia. A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales para con los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones. La misión de los ángeles como embajadores de Dios se extiende a cada uno de los hombres, y de modo principal a quienes tienen una misión específica en orden a la salvación, y a las naciones enteras (Audiencia General 30-VII-1986). En la Misa de hoy le pedimos a Dios la protección de los ángeles: “Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el Cielo (oración colecta).

Hoy la Iglesia honra, con palabras de San Juan Pablo II, a tres figuras de ángeles a los que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre. El primero es Miguel Arcángel (cfr. Dan 10, 13. 20; Apoc 12, 7; Jd 9). Su nombre expresa en síntesis la actitud esencial de los espíritus buenos. Mica-El significa, en efecto: ¿Quién como Dios? El segundo es Gabriel, figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 19; 26). Su nombre significa: Mi poder es Dios, o Poder de Dios. Por último, Rafael significa: Dios cura (Audiencia general 6-VIII-1986).

El Arcángel San Miguel es el “Príncipe de la milicia celestial”, aparece como el gran defensor del pueblo de Dios frente a las insidias del enemigo. En el libro del Apocalipsis se nos habla de este combate: “y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en el cielo. Fue arrojado aquel gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo. Fue arrojado a la tierra y también fueron arrojados sus ángeles con él” (Apc 12, 9). Forma parte de la Providencia de Dios hacer partícipes a sus criaturas de su poder. Debemos, por tanto, acudir a su intercesión cuando experimentamos cómo la tentación arrecia en un determinado momento de nuestra vida.

El Arcángel Gabriel recibe una particularísima misión. “Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría (…). A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: Fortaleza de Dios, porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas” (San Gregorio Magno Homilías sobre los Evangelios, 34, 8-9).

El Arcángel San Rafael interviene en la historia de Tobías, “tan significativa por el hecho de confiar a los ángeles los hijos pequeños de Dios, siempre necesitados de custodia, cuidado y protección” (San Juan Pablo II, Audiencia general 6-VIII-19862).

Pidamos a Nuestra Madre, Reina de lo Ángeles, que nos conceda un trato confiados con quienes la Providencia de Dios ha encargado nuestro cuidado.

 

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