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Obras son amores

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Jesús en el evangelio de hoy nos propone la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: “No quiero. Pero después se arrepintió y fue”. El otro, sin embargo, dijo al padre: “voy, señor. Pero no fue” (Mt 21, 30). A la pregunta de Jesús sobre quién de los dos ha hecho la voluntad del padre, los que le escuchaban responden justamente: “El primero”. La enseñanza está clara: lo que de verdad cuenta son los hechos, “obras son amores y no buenas razones”. A nosotros nos puede pasar como al hijo que dice “voy”, pero luego no va. Nuestras intenciones y deseos pueden ser muy nobles y buenos, pero nos falta la ejecución. Tenemos necesidad de convertirnos con obras y de verdad, de lo contrario, también serán para nosotros esas duras palabras de Jesús: “los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”.

Necesitamos abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y descubrir la voluntad del Señor cada día y luchar para cumplirla con fidelidad. Jesús ha cumplido la voluntad del Padre en humildad y obediencia, entrando en el mundo, dijo: “he aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). Este “sí”, no solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta en la muerte. Cada cristiano debe medirse con Cristo. Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir. Por ello San Pablo nos invita en la segunda lectura de hoy: “no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 3-4).

“La Virgen vivió plenamente el misterio de Cristo, que fue descubriendo cada vez más profundamente gracias a su reflexión personal sobre los acontecimientos del nacimiento y de la niñez de su Hijo – cfr. Lc 2, 19; 2, 51 -. Se esforzaba por penetrar, con su inteligencia y su corazón, el plan divino, para colaborar con él de modo consciente y eficaz. (Juan Pablo II, Audiencia del 30 – VI -1993, 4 ). Que cada uno vivamos cada jornada con esta disposición a conocer la voluntad de Dios y ponerla por obras.

 

Amar la Cruz

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“Meteos bien esto en la cabeza”. Con esto les previene a sus discípulos – y ahí estamos tú yo – sobre lo importante y la dificultad de lo que les dirá a continuación. Les previene para no dejarse ganar por el escándalo que van a suscitar sus palabras: “al hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Les está anunciando lo que le pasará, para prepararnos a nosotros a unirnos a su suerte. También nosotros, así está previsto en los planes de Dios, seremos “entregados en manos de los hombres”. Estemos pues preparados para no asustarnos ni tratar de huir del camino de la cruz, para que no nos pase como a los discípulos que “les daba miedo preguntarle sobre el asunto”. En Mt 16, 22-24 vemos cómo “el mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos (…) tengamos el valor de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Papa Francisco, en la Misa con los Cardenales el jueves, 14 de marzo).

Para superar ese escándalo, hay que aprender a permanecer junto con María, al pie de la cruz contemplando al que traspasaron (Cf. Benedicto XVI, Mensaje Cuaresma 2007). En esa misma homilía el Papa Francisco nos animaba a tener “el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará. Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea”. Todo un programa: caminar, edificar y confesar a Cristo crucificado.

Caminar. Con nuestra vida ¿ponemos la cruz en la cima de nuestras actividades?¿Preside la Cruz nuestras decisiones, afectos,…? También ante lo menudo: para vencer la pereza, que engendra desorden y enfados, para crucificar gustos, caprichos, planes, incluso legítimas aspiraciones,…

Edificar. “Pues Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar; no con sabiduría de palabras, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 17-25). Si no estamos decididos a llevar la Cruz, la que sea, con alegría, no hay como edificar el Reino de Dios, ni salvación que anunciar.

Confesar. Superar la cultura de la queja. La alegría en las dificultades y contrariedades es una confesión de la alegría de la cruz. Para afrontar el misterio del sufrimiento sin que te destruya hay que vivirlo desde la Cruz de Cristo. La misma Beata Teresa de Calcuta decía: “estoy dispuesta a aceptar con una sonrisa todo lo que Él me de y darle todo lo que Él tome” (“Ven, sé mi luz” 276).

“Que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea” (Papa Francisco).

 

Providencia de Dios a través de los Arcángeles

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En el Evangelio de la Misa de hoy, el Señor nos dice que veremos “el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo de Hombre”. Los ángeles son seres personales, creados por Dios de una perfección muy superior a los hombres. Tanto que, como dice Santo Tomás, cada individuo agota la especie. Es decir, que todas las perfecciones posibles de una especie se dieran todas juntas en un solo individuo. Como nos enseñaba San Juan Pablo II, toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación como poderosos ejecutores de sus órdenes (Sal 102), según el plan establecido por la Divina Providencia. A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales para con los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones. La misión de los ángeles como embajadores de Dios se extiende a cada uno de los hombres, y de modo principal a quienes tienen una misión específica en orden a la salvación, y a las naciones enteras (Audiencia General 30-VII-1986). En la Misa de hoy le pedimos a Dios la protección de los ángeles: “Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el Cielo (oración colecta).

Hoy la Iglesia honra, con palabras de San Juan Pablo II, a tres figuras de ángeles a los que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre. El primero es Miguel Arcángel (cfr. Dan 10, 13. 20; Apoc 12, 7; Jd 9). Su nombre expresa en síntesis la actitud esencial de los espíritus buenos. Mica-El significa, en efecto: ¿Quién como Dios? El segundo es Gabriel, figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 19; 26). Su nombre significa: Mi poder es Dios, o Poder de Dios. Por último, Rafael significa: Dios cura (Audiencia general 6-VIII-1986).

El Arcángel San Miguel es el “Príncipe de la milicia celestial”, aparece como el gran defensor del pueblo de Dios frente a las insidias del enemigo. En el libro del Apocalipsis se nos habla de este combate: “y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron, ni hubo ya para ellos un lugar en el cielo. Fue arrojado aquel gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, que seduce a todo el universo. Fue arrojado a la tierra y también fueron arrojados sus ángeles con él” (Apc 12, 9). Forma parte de la Providencia de Dios hacer partícipes a sus criaturas de su poder. Debemos, por tanto, acudir a su intercesión cuando experimentamos cómo la tentación arrecia en un determinado momento de nuestra vida.

El Arcángel Gabriel recibe una particularísima misión. “Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría (…). A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: Fortaleza de Dios, porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas” (San Gregorio Magno Homilías sobre los Evangelios, 34, 8-9).

El Arcángel San Rafael interviene en la historia de Tobías, “tan significativa por el hecho de confiar a los ángeles los hijos pequeños de Dios, siempre necesitados de custodia, cuidado y protección” (San Juan Pablo II, Audiencia general 6-VIII-19862).

Pidamos a Nuestra Madre, Reina de lo Ángeles, que nos conceda un trato confiados con quienes la Providencia de Dios ha encargado nuestro cuidado.

 

Meditar el Evangelio

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“En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse (…) ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas? Y tenía ganas de ver a Jesús”. Su interés por saber lo que sucedía, sobre quién era aquel de quien se decían que hacía tales milagros, no es por un afán de conocer la verdad, sino mera curiosidad. No le interesa conocer la verdad sobre Cristo. Esto es muy comprometedor, porque si es el Hijo de Dios, Dios como el Padre, el único mediador y salvador del género humano, entonces se nos impone que hacer vida su enseñanza no es una opción entre otras. Reconocer la verdad es siempre comprometedor.

A nosotros debe movernos a conocer a la persona de Jesús por el deseo de identificarnos cada vez más con él. Por eso leemos “guardando en el corazón” el Evangelio. El amor es el motor que nos impulsa a conocer con mayor intimidad y profundidad a Jesús, porque queremos amarle más y mejor. En el centro de la vida cristiana está en enamorarnos de Jesucristo. Es preciso purificar nuestra mirada para dejarnos enseñar por el Señor y poder contemplarlo.

La lectura y meditación asidua del Evangelio nos ayudará a conocer cada día mejor al Señor y descubrir lo que nos dice a cada uno para cada momento de nuestra vida. Quien medita asiduamente el Evangelio tiene la experiencia de cómo un mismo texto leído arroja luces nuevas en momentos distintos. Hemos de ahondar en las enseñanzas del Evangelio. San Agustín nos recuerda cómo “las palabras del Señor son pocas, pero dicen mucho, y no se pueden valorar en número, sino por su peso, ni se han de tener en poco, sino desentrañarlas, por ser profundas” (“ln Ioannis Evangelium tractatus 37, 1). Meditar el Evangelio es confrontarnos con él, con el deseo de imitar a Jesucristo, de que suscite en nuestro corazón los mismos sentimientos de Cristo (cf. Flp 2,5). Leerlo no como algo ya sabido, sino dejándonos enseñar cada día, leerlo despacio para que las palabras y los gestos del Señor vayan dejando como un poso en nuestro entendimiento, en nuestra memoria y en nuestro corazón. Saboreando de algún modo algunos de los gestos o palabras que nos han conmovido interiormente. Una huella que el Espíritu Santo actualizará en cada momento.

Hemos de revivir las escenas del Evangelio, sentarnos a sus pies como harían Marta y María, con cariño, deseando que todo su ser quede informado por sus enseñanzas y su persona. Le pedimos a su Madre, también Madre nuestra, que ponga un deseo grande de conocer y tratar a su Hijo en el Pan de la Palabra para alimentar nuestra alma.

 

Cuidar a los enfermos

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Jesús primero da a sus apóstoles “el poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios”. Esta potestad y encargo es para la Iglesia entera, por tanto también para nosotros. Primero curar enfermedades, primero la caridad, las obras de misericordia, después proclamar el Reino de Dios. No son dos cosas opuestas. Las curaciones son ya anuncio de la que el Reino de Dios está entre nosotros y, al mismo tiempo, es necesario que se anuncie expresamente lo que significan esos milagros. Pero sí nos ayuda a poner orden, a saber por donde hemos de empezar: por realizar las obras de misericordia. Entre ellas cuidar a los enfermos ha sido puesta por Jesús en lugar destacado. San Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles resume la actividad de Jesús con estas palabras: “cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

El Papa Francisco nos recordaba en una de sus audiencias sobre la familia y la enfermedad (10-VI-2015): “Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados (Mc 1,32). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos esperando que sean sanados. Jesús nunca huyó de sus cuidados. Nunca pasó de largo, nunca volvió la cara hacia otro lado (…)¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea”. Cuando hacemos esto, no solo hacemos un bien a los enfermos, sino a nosotros mismos. Quienes cuidan a los enfermos y a los cuidadores sabe por experiencia, cuánto nos edifican los enfermos y cuánto nos ayudan en nuestras dificultades personales. En este sentido los enfermos son evangelizadores de primera línea, de periferia, como le gusta decir al Papa Francisco. Es propio de la misericordia tomar sus dolores y apuros como cosa propia, para remediarlos en la medida que podamos. Cuando visitamos a un enfermo no estamos cumpliendo un deber de cortesía; por el contrario, hacemos nuestro su dolor… procuramos obrar como Cristo lo haría. El Señor agranda nuestro corazón y nos hace entender la verdad de aquellas palabras del Señor: Es mejor dar que recibir (Cf. San Agustín, Catena Aurea)

María, Madre nuestra, Salud de los enfermos, mueva nuestro corazón para salir al encuentro de las necesidades de nuestros hermanos enfermos, como haría el “buen samaritano” que supo dejar de lado por un momento su planes y proyectos para hacerse prójimo del que sufre.

 

Miembros de la familia de Dios

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“Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra” ¡Jesús nos hace miembros de su familia! No podemos pasar por alto un regalo semejante. “Por lo tanto, ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef 2, 19). Somos hechos miembros de su familia con un vínculo muy superior al de la sangre, porque se trata de un vínculo sobrenatural. Jesucristo nos introduce en la intimidad de Dios. Le pedimos al Señor con el Salmo 27 vivir de esta verdad. “Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, (Sal 27, 4-5).

Somos elevados a la condición de hijos en el Hijo. Y en cuanto hijos, nos da en herencia la creación. “Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Co 3, 22b-23). ¿Se puede desear más? Si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios, coherederos de Cristo (cf. Rm 8, 17). Al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con Él que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna! La experiencia de la paternidad divina se traduce así en un trato familiar y confiado con Dios, semejante al de un hijo pequeño con su padre, de quien todo lo espera.

Todo este regalo de Dios está como esperando a realizarse en cada uno a la respuesta de nuestra libertad: “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra”. Ese es el cauce para ser de la familia de Cristo. Vivir como hijos, vivir de la intimidad de Dios, es vivir de la Palabra de Dios, hacerla criterio de nuestras decisiones. Por ello hemos insistir en la petición con el Salmo 118: instrúyeme en el camino de tus decretos, enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Una consecuencia práctica de pertenecer a la familia de Jesús es que los otros miembros de su familia son hermanos nuestros. Pidamos a nuestra Madre, que nos tratemos como hermanos para vivir juntos de la alegría de ser hijos en el Hijo.

Iluminar con la luz de Cristo

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“Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama”. Dios tampoco hace esto. Ha encendido el candil que somos cada uno de nosotros con la luz de la vida recibida en nuestro bautismo: la gracia santificante, las virtudes teologales de la fe la esperanza y la caridad. Ahora nos toca a nosotros que esa luz “alumbre a los que entren”, a todos los hombres.

La fe arroja una luz sobre cada uno de nosotros y sobre nuestra vida. Una luz que nos permite descubrir quién soy: un hijo de Dios, alguien a quien Dios ama con ternura y misericordia. Una luz que nos ayuda a recorrer el camino de la verdad sobre mi bien, aquella vida que me conduce a la Vida. Y el Señor ha puesto esto en nuestro corazón para que cuantos tenemos cerca – “a los que entran” – puedan participar de esa luz. Por ello no podemos callar ante el mundo sobre esta verdad que se nos ha dado. En este sentido, el Evangelio de hoy es una fuerte llamada a dejarnos encender y guiar por la fe y, al mismo tiempo, iluminar a cuantos tenemos cerca. Es algo realmente urgente, porque Dios, para mucha gente, no significa nada. Lo sabes bien, porque, si eres reconocido como cristiano, notas con qué extrañeza te miran. Lo ves a diario. Lo experimentas. Lo aprecias en tus compañeros. Es un buen momento para preguntarnos si nuestra vida está organizada, en lo grande y lo pequeño, en lo de todos los días, desde la fe o desde otros criterios como el gusto personal, lo que en cada momento me puede apetecer,…

Otro tanto podríamos considerar respecto a las virtudes de la esperanza y la caridad. La fe, como nos recuerda San Pablo, opera por la caridad, se hace operativa por la caridad (cf. Ga 5, 6). San Juan Pablo II nos urgía a vivir la caridad como esa luz que avala el anuncio que hacemos de Cristo: “estáis llamados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo, que hace nuevas todas las cosas. Pero ¿por qué se reconocerá que sois verdaderos discípulos de Cristo? Porque ‘os amáis los unos a los otros’ – cf. Jn 13,35 – siguiendo el ejemplo de su amor: un amor gratuito, infinitamente paciente, que no se niega a nadie – cf. 1 Cor 13, 46 -. Será vuestra fidelidad al mandamiento nuevo la que certificará vuestra coherencia respecto al anuncio que proclamáis. Esta es la gran novedad que puede asombrar al mundo. (…) Entre vosotros estáis llamados a vivir la fraternidad no como utopía, sino como posibilidad real.” (Juan pablo II, Mensaje a los jóvenes con ocasión de la XII Jornada Mundial de la Juventud de 1997). Preguntémonos cada uno si la esperanza es fundamento de nuestra alegría, de nuestro sentido positivo de la vida, de poder ver a Dios detrás de cada acontecimiento. “Se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” ( Benedicto XVI, Enc. Spes salvi, 1). Esto es posible porque la esperanza nos da una nueva perspectiva de todas las cosas. Sólo en la medida en que vivamos de ella podremos dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos lo pida (cf. 1 Pe 3,15).

Miremos a María, ninguna otra criatura ha sido ese candil que ilumina con la luz de Cristo a toda la humanidad. A cada hombre.

 

ser tierra fértil y buena

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Durante los siguientes domingos leeremos el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo que contiene 7 parábolas propuestas por Jesús. Por eso se le llama el discurso de las parábolas. En todas ellas hay un tema central: el Reino. Luego cada una tiene sus propios matices. Jesús va explicando diferentes rasgos del Reino de Dios que viene a establecer. En la del Evangelio de hoy domingo nos lleva a dirigir nuestra mirada a las disposiciones con que acogemos la semilla, que es el Reino de Dios, y el consiguiente fruto que da en la vida de cada uno. El mismo Cristo explicará después la parábola a sus discípulos. Nos queda a nosotros hacer examen de cómo es la disposición de cada uno para acoger esa semilla. Cada uno podemos sentirnos reflejados en distintos momentos de nuestra vida en cada uno de esos “terrenos”, lo caído junto al camino, lo caído en un pedregal, lo que cayó entre espinos y la caído en tierra buena.

En primer lugar, lo sembrado en el camino. Es la situación de “todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón”. “No entender” no se refiere a una incapacidad de la que no seríamos responsables, sino de la disposición a dejarse enseñar por la Palabra. No entendemos por falta de amor, no por falta de inteligencia, y esa disposición abre la puerta al diablo que “arrebata lo sembrado”. En ocasiones nos resistimos a dejarnos guiar por ella, porque lo que nos propone supone un empeño personal por convertirnos en algún aspecto y no estamos dispuestos. Entonces no inventamos excusas para “defendernos” de la Palabra de Dios y no la entendemos. Así, por ejemplo, cuando me cuesta perdonar a alguien algunas ofensas, me defiendo con excusas para justificar una pequeña venganza y no dejar que la misericordia a la que me invita Jesús sea el criterio de mi acción.

En otros momentos somos como ese terreno pedregoso, donde no puede prender y dar su fruto la semilla. Cada uno debemos identificar cuales son esas piedras. Unas veces serán la soberbia, la pereza, otras la envidia, el mal humor o el egoísmo, etc. Primero de identificar esas piedras con un examen de conciencia sincero y valiente. Podemos escuchar con agrado la Palabra de Dios, pero sin esta lucha por ir quitando esas piedras, la caridad de Cristo sembrada en nuestro corazón no dará frutos de verdadera caridad.

Los obstáculos serán otras veces esos espinos que “ahogan” los brotes de la semilla. La falta de sentido sobrenatural nos lleva tantas veces a andar como Marta agobiados por tantas cosas, que no somos capaces de gozarnos de la presencia de Cristo, de su cercanía, de la suerte de haberle conocido. Y entonces, casi imperceptiblemente, empezamos a vivir un cristianismo sin Cristo, donde todo es esfuerzo, voluntad, sequedad, agobio,… Por esto es muy importante cuidar mucho nuestra relación personal con Cristo. Entonces, incluso las mayores dificultades no ahogarán la alegría de sabernos hijos de Dios, llamados a la vida eterna.

Pidamos a la Virgen María ser cada día esa tierra buena y que la vida de su Hijo de en nosotros fruto abundante, “unas veces ciento o setenta o treinta por uno”.

No tener miedo

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El Evangelio de hoy es una invitación a perder del todo el miedo a ser discípulo de Cristo. Por tres veces Jesús les dice a sus Apóstoles que no tengan miedo. Esa invitación es también para nosotros. No tener miedo a ir contracorriente y vivir en cristiano en un mundo secularizado. No tener miedo a ser piedra de escándalo para los hombres y mujeres que quieren hacer desaparecer de la vida y del corazón de los hombres a Dios. “El cristiano no debe tener miedo a ir a contracorriente por vivir la propia fe, resistiendo la tentación de uniformarse” (Benedicto XVI, Catequesis sobre el Credo, 23-I-2013). No tener miedo a los comentarios, las murmuraciones o calumnias que podamos sufrir por ser cristianos. Llegará un día en que toda la verdad será puesta de manifiesto, “pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no legue a saberse”. El Señor nos pide que hablemos sin miedo, con claridad, abiertamente, sin ambigüedades, de cuanto nos enseña Jesús.

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. El Señor quiere prevenirnos contra el falso miedo: no temer a quienes sólo pueden arrebatar la vida del cuerpo, la vida física. Debemos temer verdaderamente a la posibilidad de perder el cielo. Quienes nos muestran esto mejor son aquellos que prefirieron morir antes que renegar de su fe: los mártires.

No tener miedo porque la Providencia de Dios se cuida de cada uno de nosotros. En los planes de Dios no hay “descuidos” ni sorpresas, ni nada que supere su poder. Abandonarnos en el cuidado de Dios por sus criaturas, en particular por los hombres, es el camino para superar todo temor. Quien se sabe hijo de Dios no teme nada en esta vida ni teme la muerte “¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones”.

La confianza en el Señor es como la nota dominante, la melodía, de la vida del cristiano. No temer siquiera a nuestras propias miseria y debilidades. No tener miedo a conocernos a fondo. San Juan Pablo II nos decía en “Cruzando el umbral de la esperanza”: “¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: ‘¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!’ (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte”. El Señor insiste en la llamada a no tener miedo, muy consciente de que el miedo nos paraliza, nos impide responder al amor de Dios y a poder anunciar la alegría de sabernos mirados amorosamente por Dios. Contar con la gracia de Dios y su misericordia, luchando cada día no le negaremos ni él nos negará ante su Padre del cielo.

Pidamos a nuestra Madre, Auxilio de los cristianos y Refugio de los pecadores, que nos quite todo temor a los hombres, todo temor al mundo, y a mirar llenos de confianza a su Hijo Jesucristo.

Disposición al martirio

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En el Evangelio de ayer contemplábamos el mandato y envío de Cristo a sus Apóstoles a proclamar que el Reino de los Cielos está cerca. También nos advertía cómo habrá muchos que no querrán oír. A continuación las advertencias del Señor suenan más fuertes. No sólo no querrán oír: “os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa (…). Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra los padres, y los matarán. Todos os odiaran por mi nombre”. No quiere que seamos sorprendidos por esa resistencia al Evangelio y contemos con ello. Mientras está en la tierra, la Iglesia “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (San Agustín, De civ. Dei XVI, 52, 2), anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Cor 11, 26).

En algunos lugares del mundo esto ocurre literalmente y a los cristianos les cuesta la vida confesarse como tales. A muchos no les cuesta literalmente la vida, pero en ocasiones sí padecer comentarios despectivos, o se les impide progresar en su profesión, o sencillamente no ser tenidos en cuenta. Es importante no perder de vista que la vocación cristiana es vocación martirial. Hemos de estar dispuestos a padecer la injusticia y no temer a ser perseguidos de cualquier manera. Jesús nos anima: “cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro padre hablará por vosotros”. Todo cuanto sucede es algo con lo que la Providencia de Dios cuenta, llenémonos de esa seguridad, Él hará justicia, pondrá las cosas en su lugar: “creedme, no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del Hombre”. No es que deseemos ningún mal a quienes puedan perseguirnos de cualquier modo, al contrario, deseamos su conversión y su salvación. El Papa Francisco nos recordaba en Evangelii gaudium cómo “el discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora”.

Necesitamos estar muy unidos a Cristo. Sólo así superaremos los temores. “El renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización, arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo: porque El es quien mueve los corazones; El es el único que tiene palabras de vida para alimentar a las almas hambrientas de eternidad; El es quien nos transmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. ‘He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?’ (Lc 12, 49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón.” (San Juan Pablo II, Salto (Uruguay), 22 – V – 1988)

María, Reina de los mártires nos lleve a perseverar en el seguimiento y anuncio de su Hijo, para que pueda cumplirse el deseo de Dios de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Tim 2,4).

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