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Conversión a la esperanza

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El evangelio “muestra las consecuencias de la obra de Jesús resucitado en los dos discípulos: conversión de la desesperación a la esperanza; conversión de la tristeza a la alegría; y también conversión a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversión, se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversión cristiana es también y, sobre todo, fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jesús resucitado” (Benedicto XVI, Homilía de 8 de mayo de 2011).

Esta conversión de los discípulos es fruto de la explicación que Cristo les hace de cuanto en la Sagrada Escritura se refiere a Él. La alegría y la esperanza ya están operando, como reconocen tras descubrir que era Jesús quien caminaba con ellos: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Sin embargo, no serán plenamente conscientes de todo ello hasta que le reconocen al partir el pan. Este es mismo recorrido que hace con nosotros cuando nos dejamos enseñar por el Espíritu de Cristo en la meditación viva de la Sagrada Escritura. Para ello hemos de aceptar la invitación de Cristo a entrar en diálogo con Él: “¿de qué veníais hablando por el camino?”, ellos le abren su corazón y Cristo les ilumina. Juan Pablo II recomendaba a los presbíteros, pero “vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” – Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4 – Se trata de repensar en lo que Él nos dice, en meditar su Palabra. “Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. (…) ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’.” – Catecismo de la Iglesia Católica nº 2706 –

Para hacer vida toda esa enseñanza de Jesús, necesitamos participar de su fortaleza, que disponga nuestro corazón para la acción. Sin la participación en la Eucaristía no podríamos ponernos en camino, como los discípulos que se vuelven a Jerusalén. “La celebración eucarística no es un mero gesto ritual: es un sacramento, es decir, una intervención de Cristo mismo que nos comunica el dinamismo de su amor. Sería un engaño pernicioso querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su fuerza de Cristo mismo en la Eucaristía, sacramento que El instituyó para este fin” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia del 12-V-1993, 5).

Pidamos a nuestra Madre que la experiencia de fe en Jesús muerto y resucitado, ilumine nuestra vida, nuestras ilusiones, nuestra esperanza.

Amor a la Iglesia

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Hoy celebramos la fiesta de Santa Catalina de Siena. Una luchadora incansable por la paz en su tierra natal, una valiente defensora de la verdad y la unidad de la Iglesia. Su fiesta nos lleva considerar la necesidad de trabajar sin descanso por la paz en el ambiente en que vivimos. En nuestra familia, en el trabajo, con los amigos. Ser valientes para cortar juicios y murmuraciones, para proponer el perdón y la capacidad de disculparnos unos a otros. Animando más bien a orar unos por otros. Si hay que corregir, hacerlo con espíritu cristiano, como nos recordaba San Agustín: “debemos corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto… ¿Por que le corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por el? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente” (Sermón 82). Sabiendo que la solución no es callar o juzgar en el corazón, no pocas veces con dureza. “Callar cuando puedes y debes reprender es consentir; y sabemos que esta reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten” (San Bernardo, Sermón 9, en la natividad de San Juan).

También para defender a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo frente a injustos ataques, reaccionar frente al empeño de reducir la presencia de la Iglesia a las sacristías, dificultando las manifestaciones públicas de nuestra fe. Santa Catalina de Siena fue una valiente defensora de la verdad en unos momentos que tampoco eran fáciles, también en sus tiempos había muchas componendas y presiones de los poderosos. Nos enseña a perder el miedo a no ser “políticamente correctos”. Tenemos que sabernos enviados por el Señor anunciar la única verdad que salva al hombre. Sin maltratar a nadie, respetando a todos, pero sin silencios que pueden ser cómplices.

Santa Catalina era una enamorada de la Iglesia, y por tanto del Papa, al que llamaba “el dulce Cristo en la tierra”. Movida por un gran sentido sobrenatural y por su amor a la Iglesia y al sucesor de Pedro, se trasladó a Avignón para hablar con el Papa Gregorio XI y pedirle que regresara a Roma cuanto antes desde donde debería gobernar la Iglesia. Es para nosotros un ejemplo de amor al Papa y a la Iglesia, que habrá de manifestarse en nuestra oración constante por el Santo Padre, en nuestra docilidad a seguir sus enseñanzas. “¡No te separes de la Iglesia!. Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella nunca envejece: su vigor es eterno” (San Juan Crisóstomo, Consideraciones sobre la Iglesia). Encomendemos especialmente al Papa y los frutos apostólicos en su viaje a Egipto, que se sienta acompañado por la oración de sus hijos.

Que María, Madre de la Iglesia nos haga fieles hijos de la Iglesia.

Alimentarnos del “Pan multiplicado”

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“Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea. Lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos”. Hoy el Señor sigue convocando multitudes cada domingo para enseñarles y alimentarles con ese pan multiplicado que es su cuerpo. Y quizás nos hemos como acostumbrado a un milagro tan impresionante, que nos de a comer su Cuerpo, y nos acercamos a recibir la sagrada comunión como un simple gesto. Por ello es importante que reflexionemos cómo nos preparamos para recibir llenos de asombro y agradecimiento este “pan multiplicado”. En un sermón sobre la preparación para recibir al Señor, exclamaba San Juan de Ávila: “¡Qué alegre se iría un hombre (…) si le dijesen: ‘el rey ha de venir mañana a tu casa a hacerte grandes mercedes’! Creo que no comería de gozo y de cuidado, ni dormiría en toda la noche, pensando: ’el rey ha de venir a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?’ Hermanos, os digo de parte del Señor que Dios quiere venir a vosotros y que trae un reino de paz” (San Juan de Ávila, “Sermón 2 para el domingo III de Adviento”, vol. II, p. 59) “Considera qué gran honor se te ha hecho -nos exhorta San Juan Crisóstomo-, de qué mesa disfrutas. A quien los ángeles ven con temblor, y por el resplandor que despide no se atreven a mirar de frente, con Ése mismo nos alimentamos nosotros, con Él nos mezclamos, y nos hacemos un mismo cuerpo y carne de Cristo” – San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 82, 4.-

Deberíamos darnos siempre un tiempo para considerar a quién recibimos en la Eucaristía y cuáles son nuestras disposiciones. “Hay que recordar al que libremente comulga el mandato: “Que se examine cada uno a sí mismo” (1Cor 11,28). Y la práctica de la Iglesia declara que es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin que haya precedido la Confesión sacramental.” – Pablo VI, Instrucción Eucaristicum mysterium, 37.

Con la comunión eucarística se produce una transformación en nuestra alma, como decía bellamente San Agustín en las “Confesiones”: “soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. Esta transformación es el primer fruto, transformación que es posible porque nos hace participar de la caridad de Cristo. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida “Si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente en el Santísimo Sacramento (…) Sacramento del Amor. (…) La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente (…) Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios – del que la Eucaristía es señal indeleble – nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. (…) El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.” (Juan Pablo II, Domenicae cenae, 24 – II – 1980, 5)

Pidamos a Nuestra Madre tratar el Cuerpo de su Hijo en la Eucaristía con el mismo cariño y asombro con Ella lo cuidó.

Ser Apóstoles de la resurrección

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Qué distinta la conducta de los Apóstoles tras ver al Señor resucitado. La resurrección transformó a unos hombres de temerosos – encerrados por miedo a los judíos -, en hombres audaces, “encantados” de padecer por Cristo: “Entonces llamaron a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5, 40-41). Ahora no hay quien les calle: “no os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?; pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y somos testigos de estas cosas nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen” (Hch 5,28-32).

“Pues nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Tomar conciencia de la resurrección de Cristo nos hará apostólicamente más audaces, experimentar la urgencia de anunciar al Señor. Superando respetos humanos y el que dirán. Es una trampa mortal el querer “quedar bien”, “que no haya problemas”. Querer ganar “la simpatía del mundo” nos paralizará. Nosotros como los apóstoles: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Convertirnos en apóstoles con urgencia. “La caridad de Cristo nos urge” – 2 Cor 5, 14 – Es la participación en la caridad de Cristo – no la nuestra – la que nos urge. Por eso depende tanto la audacia apostólica de la vida interior. El hierro, de suyo, no tiene capacidad para quemar; sin embargo, puesto al fuego y calentado al rojo vivo, quema lo que toca, porque el fuego le ha dado sus propiedades, su poder. Igual sucede en el trato con el Señor, nos comunica su poder, sus propiedades y ¡quemarás lo que toques! Nos decía San Juan Pablo II en Uruguay: “el renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización, arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo: porque El es quien mueve los corazones; El es el único que tiene palabras de vida para alimentar a las almas hambrientas de eternidad; El es quien nos transmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. ‘He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?’ (Lc 12, 49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón” (Salto, Uruguay, 22 – V – 1988). Y un año antes, Buenos Aires nos lanzaba la misma invitación: “me habéis preguntado cual es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste; pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios y hasta niega su existencia. Una humanidad sin Padre, y, por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, preparando así su propia destrucción y aniquilamiento. Por eso, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles de una nueva evangelización para construir la civilización del amor” (San Juan Pablo II, Buenos Aires, 11 – VI – 1987).

Que María, Reina de los Apóstoles nos haga más valientes para “dar testimonio de lo que hemos visto y oído”

Ser sal y luz

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Hoy celebramos la fiesta de San Isidoro de Sevilla. Un santo en una familia de santos. En la vida de la Iglesia y para la vida del mundo, los santos son “la sal de la tierra y la luz del mundo”.

Son la sal en un doble sentido: dan sabor y preservan de la corrupción. Los santo nos descubren la alegría de la vida cristiana, el sabor lleno de esperanza de los discípulos del Señor. Nosotros, en la medida en que nos ha sido dada, también debemos mostrar al mundo de la verdadera alegría. En este sentido, el Papa Benedicto XVI nos dejó una reflexión profunda y clara de la fuente de esta alegría a la que nos invita particularmente el Señor en este tiempo de Pascua. “En una vida tan atormentada como era la suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: «gaudete». (…) “Alegraos”, lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «gaudete, Dominus enim prope est». Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos. El apóstol puede decir «gaudete» porque el Señor está cerca a cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. (…) El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo – escondida pero bastante real – en cada uno de nosotros. (…) Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. (…) Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida. – 4 octubre 2005 Meditación improvisada de Benedicto XVI después del rezo de la Hora Tercia (Lunes III, T. O.).

Son también luz del mundo porque muestran el camino que conduce la verdadera felicidad a la vida eterna, que no es precisamente el camino del placer como nos quiere hacer creer el mundo. “Es una trágica mentira enseñar al hombre que la felicidad pueda o haya, incluso, de alcanzarse abandonándose a las inclinaciones del instinto, sin ninguna renuncia, puesto que es también un trágico error confundir la felicidad con el placer o con la utilidad. ¿No esta este trágico error en la base de tanta desesperación, de tanto cansancio de la vida como demasiado a menudo podemos constatar sobre todo en los espíritus juveniles?” (Juan Pablo II Roma, 16 – XI – 1987). Cuando no es la propuesta en el consumo, como recordaba el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Papa Francisco, Encíclica Evangelii gaudium 2).

Que nuestra Madre nos haga sal y luz para la vida del mundo.

Aprender a perdonar

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Celebramos hoy la fiesta del evangelista San Marcos. Primo de Bernabé. Discípulo de San Pedro de quien recogió su predicación en su Evangelio. También tuvo una especial relación con San Pablo de la que podemos aprender mucho.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se recoge una disputa entre San Pablo y San Marcos: “algunos días después dijo Pablo a Bernabé: Volvamos y visitemos a los hermanos en todas las ciudades donde hemos predicado la palabra del Señor, para ver cómo se encuentran. Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos. Pablo, en cambio, consideraba que no debía llevar consigo al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea. Se produjo una discrepancia, de tal modo que se separaron uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó para Chipre, mientras que Pablo eligió a Silas y partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor” (Hch 15, 36-40). Todo el motivo del enfado y la negativa de San Pablo a que les acompañara San Marcos es la decisión de éste de no seguir viaje con San Pablo y regresarse a Jerusalén (cf. Hch 13,13). Sin embargo, son capaces de perdonar, de no guardar rencor. Por ello, San Pablo reclama la presencia de San Marcos en su estancia en Roma: “apresúrate a venir cuanto antes, pues Demas me abandonó por amor a la vida mundana y se marchó a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio (2 Tm 4, 9-11).

Cuánto nos enseñan San Pablo y San Marcos sobre el perdón. No se guardan ningún rencor ni aquel desencuentro engendró desconfianza ¡Qué distinto – a veces – a nuestras reacciones! No quedarnos en las ofensas es una labor decisiva, porque el rencor termina por envenenar nuestro corazón y hacer imposible la convivencia, porque no terminamos nunca de darle vueltas a los mismos hechos y con cada “vuelta” incluso los agrandamos y les damos más importancia de la que tienen. Los resentimientos terminan por imposibilitar la superación de los agravios, muchas veces aumentados por nuestro amor propio. Los recuerdos siempre estarán presentes y nos quedaremos anclados en el pasado sin dar la opción de que quine me ofendió pueda rectificar y cambiar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.” El perdón no es cuestión de sentimientos, sino una decisión de la voluntad de no tomar en consideración una y otra vez las afrentas recibidas, aunque nos duelan. Pero sólo así superaremos amarguras y recuperaremos la confianza en las personas, como hicieron San Pablo y San Marcos, renunciando a todo tipo de revanchas.

El camino del perdón está marcado por el amor al prójimo, por el conocimiento propio (yo no soy mejor, yo también, en algún momento, he hecho algo parecido) y, por tanto, por la humildad. La comprensión me ayudará a ponerme en el lugar del otro, no para decir que está bien lo que está mal, pero sí para ayudar a disculpar.

María no ha guardado rencor ni recelos hacia quienes somos causa de la Pasión de su Hijo, sino que aceptó el papel de ser nuestra Madre por encargo de su hijo. Que ella nos enseñe a perdonar de corazón.

Nacer de nuevo

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“Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reina de Dios”. Ante esta afirmación del Maestro, Nicodemo se queda desconcertado porque la interpreta literalmente: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre?” Evidentemente el Señor habla de un nuevo nacimiento en otro sentido. En primer lugar un nuevo nacimiento por la gracia del sacramento del bautismo: “te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de los Cielos”.

Se trata, por tanto de un sacramento necesario. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer “renacer del agua y del espíritu” a todos los que pueden ser bautizados (n 1257). Es verdad que Dios no se ha atado las manos para hacer legar su gracia sólo a los sacramentos, pero ellos son el camino ordinario querido por Dios. Por ello no podemos desentendernos de esta responsabilidad ni, tampoco, desesperar de nadie. “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo (Catecismo de la Iglesia Católica 1261).

Por el bautismo somos como recreados, hechos criaturas nuevas. Revestidos de Cristo, como dice San Pablo. Podemos vivir una vida nueva, porque hemos sido hechos hijos en el hijo. Vivir como hijos de Dios es ser dóciles a las insinuaciones y mociones del Espíritu Santo: “los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” – Rm 8,14 – La filiación divina es una verdadera transformación, no es una mera apariencia: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. (…). Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.” – 1 Jn 3,1-2 -. No es como una sortija de latón chapada en oro, es convertida en oro. Dios nos hace consortes de su naturaleza, para así hacernos hijos suyos verdaderamente. Por el bautismo somos introducidos en la familia de Dios (cf. Ef 2,19). Introducidos en Dios. Así como la creación es el “poner” Dios fuera de sí algo distinto de sí, la recreación (adopción, deificación…) tiene un carácter de “introducir” Dios en sí algo distinto de sí: la gracia eleva al alma a una tal unión con la naturaleza divina que participa de su vida; vida divina que es constituida por las procesiones intratrinitarias. (cf. Fernando Ocáriz, “Hijos de Dios en Cristo”, 98).

Recordar cuanto recibimos en el bautismo nos ha de llevar a un agradecimiento grande y a permitir que la gracia bautismal no renueve una y otra vez.

“Elegir muerte o vida”. Prueba de nuestra libertad

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En la primera lectura de la Misa de hoy se afirma: “si quieres, guardarás sus mandamientos”. “Si queremos”, es decir, tenemos la libertad de elegir guardar los mandamientos o no. A continuación nos matiza un poco más: “delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que escoja” Somos dueños de nosotros mismos con nuestras decisiones libres disponemos de nuestras personas: vida o muerte. Hay decisiones de nuestra libertad que no supone disponer de nosotros del mismo modo, por ejemplo, decidir pintar una pared de verde o de azul no me cambia; sin embargo hay decisiones en las que mi libertad me cambia a mí. Las decisiones sobre los mandamientos son decisiones de “muerte o vida”. Si decido no cumplirlos y miento, robo,… me hago a mí mismo mentiroso, ladrón,… y ya no soy una persona confiable. Puedo elegir robar o no, pero ya no depende de mi libertad hacerme ladrón o no, eso es una consecuencia de mi decisión. Si elijo “vida” la consecuencia es que viviré, si elijo muerte es que moriré. Esta es la importante disyuntiva de nuestra libertad. Muerte o vida, no guardar o guardar los mandamientos.

Sin embargo, no estamos solos ante una responsabilidad tan grande. Dios ayuda nuestra libertad. Dios nos ha creado para sí, para entrar en comunión con él, por tanto nos ha creado para la Vida, para el Bien. Por ello en la naturaleza de todo hombre hay un deseo de Vida, de Bien, que el pecado original no ha destruido. Este deseo nos ayuda a elegir guardar los mandamientos y, por tanto, elegir Vida. Aunque soy libre ante este deseo, desgraciadamente podría elegir muerte. También ayuda nuestra libertad con el don del Espíritu Santo, liberándonos para elegirle a él, elegir la Vida, elegir guardar los mandamientos. Para esta libertad nos liberó Cristo (cf. Ga 5,1).

Dios “no mandó pecar al hombre”, nos dice la primera lectura. La libertad es para elegir el bien, por ello, como nos recuerda San Agustín, “la libertad primera consiste en estar exentos de crímenes … como el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, … Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta. (…) ¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque ‘siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón’ … Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestro pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador? … Más, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos.” (San Agustín, “In Iohanis Evangelium Tractatus”, 41, 9 -10)

Que la Virgen María nos haga obedientes a la voluntad de Dios, que para nuestro bien nos ha revelado en los mandamientos.

Jornada Mundial del Enfermo

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Hoy celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. Instituida hace 25 años por San Juan Pablo II el 11 de febrero de 1992, en el día de la Virgen de Lourdes. Por tanto es un día para pedir especialmente por los enfermos y cuantos les cuidan: familiares, voluntarios, capellanes y personal sanitario. Dios cuenta con nosotros para hacerse presente. En el Evangelio que podemos leer hoy de las bodas de Caná, la Virgen se dirige a los sirvientes para indicarles: “haced lo que Él os diga”. “Naturalmente el milagro tiene lugar por obra de Cristo; sin embargo, Él quiere servirse de la ayuda humana para realizar el prodigio. Habría podido hacer aparecer directamente el vino en las tinajas. Pero quiere contar con la colaboración humana, y pide a los sirvientes que las llenen de agua. ¡Cómo es precioso y   agradable a Dios ser servidores de los demás! Esto más que otras cosas nos hace semejantes a Jesús, el cual «no ha venido para ser servido sino a servir» (Mc 10,45). Estos personajes anónimos del Evangelio nos enseñan mucho. No sólo obedecen, sino que obedecen generosamente: llenaron las tinajas hasta el borde (cfr Jn 2,7). Se fían de la Madre, y de inmediato hacen bien lo que se les pide, sin lamentarse, sin hacer cálculos” (Papa Francisco, Mensaje de la JME 2016). Como nos invita el Papa, hemos de ser generosos, llenar las tinajas hasta el borde.

María, Madre de Misericordia, no se queda en mero compadecerse, atenta siempre a las dificultades que surgen, las hace suyas y se anticipa. Antes de que los invitados pueda descubrir que se ha terminado el vino, María se da cuenta y pone “manos a la obra”. “María descubre la dificultad, en cierto sentido la hace suya y, con discreción, actúa rápidamente. No se limita a mirar, y menos aún se detiene a hacer juicios, sino que se dirige a Jesús y le presenta el problema tal cual es: «No tienen vino» (Jn 2,3). Y cuando Jesús le hace presente que aún no ha llegado el momento para que Él se revele (cfr v. 4), dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Entonces Jesús realiza el milagro, transformando una gran cantidad de agua en vino, en un vino que aparece de inmediato como el mejor de toda la fiesta” (Papa Francisco, Mensaje de la JME 2016). Hemos de hacer esto mismo presentando al Señor las necesidades: “Señor, que está solo”, “Señor, que no encuentra consuelo, “Señor, que está triste”,… Así, nos hacemos portadores de la Misericordia y esta es nuestra paga, nuestro gozo, nuestra alegría.

Para ser signo eficaz de la Misericordia del Padre hemos de tener la mirada fija en la misericordia, en el Hijo de María. “La mirada de María, Consoladora de los afligidos, ilumina el rostro de la Iglesia en su compromiso diario en favor de los necesitados y los que sufren. Los frutos maravillosos de esta solicitud de la Iglesia hacia el mundo del sufrimiento y la enfermedad son motivo de agradecimiento al Señor Jesús, que se hizo solidario con nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre y hasta la muerte en la cruz, para que la humanidad fuera redimida. La solidaridad de Cristo, Hijo de Dios nacido de María, es la expresión de la omnipotencia misericordiosa de Dios que se manifiesta en nuestras vidas ―especialmente cuando es frágil, herida, humillada, marginada, sufriente―, infundiendo en ella la fuerza de la esperanza que nos ayuda a levantarnos y nos sostiene” (Papa Francisco, mensaje con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo 2017).

Que María, Salud de los enfermos, interceda por todos los enfermos y cuantos les cuidan.

abrir el oído a la Palabra de Dios

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“Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano”. A una palabra de Cristo “effeta”, “se le abrieron los oídos y se le soltó la lengua y hablaba correctamente”. En nosotros hay sorderas que necesitan ser curadas por la acción y la palabra de Cristo ¿Cuántas veces ante las necesidades de nuestro prójimo nos hacemos los sordos? ¿Cuántas veces ante la petición de un favor lo damos por no oído?… Necesitamos abrir el oído a Cristo para después hablar correctamente, para saber dar una palabra de aliento y esperanza a quienes no encuentran el sentido de su vida, para pedir y ofrecer perdón cuando las sordera han creado dureza en las relaciones,…

Abrir el oído a Cristo es abrirlo a la Palabra de Dios. “La Iglesia “recomienda insistentemente todos sus fieles (…) la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8) (…) Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’ (San Ambrosio, off. 1, 88)” (DV 25)”. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2653). Está bien escuchar la Palabra de Dios en la Misa cada día, pero esto basta para tener esa familiaridad con ella y que nos ayude a ir formando una mentalidad, una manera de mirar al mundo y a nosotros mismos. No conformarnos con un trato superficial, hemos de permitir que vaya moldeando nuestro corazón, que alimente nuestra inteligencia, como decía San Juan Pablo II, eso permite “la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. Juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona” (Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4)

No podremos ser curados de nuestras sorderas si no nos alimentamos de la Palabra de Dios. Es para nosotros un privilegio y un deber, una necesidad para conocer a Cristo. “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice Estudiad las Escrituras, y también: Buscad y encontraréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. (…) Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. – San Jerónimo, Comentario de Isaías, cfr. Oficio de Lecturas, 30 de septiembre –

María, como decía San Agustín, ha acogido la Palabra en su seno porque antes lo ha hecho en su corazón. Aprendamos de Ella para abrirnos nosotros también a Palabra de Dios.

Mayo 2017
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