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Mantengamos la fe en medio del terror

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Todos llevamos en nuestro corazón el estupor y el sufrimiento por las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. Otra vez, la zarpa del mal vuelve a desgarrar nuestra esperanza. Y la sospecha vuelve a tambalear nuestra fe, sobre todo entre los más jóvenes. Algunos pueden -equivocadamente- llegar a la siguiente conclusión: “ Si la religión produce estos asesinatos es mejor no tenerla”.

Pero estos homicidios aunque sean proclamados en nombre de Dios o por -aparentemente- razones religiosas, no son más que muertes llenas de odio o de venganza, ideología o adoctrinamiento. De nuevo está en juego la verdad de la fe. Y la providencia hace que la Escritura de este domingo tenga una palabra de Dios para nosotros y lo que estamos sintiendo.

Jesús buscando a estar a solas con sus discípulos y prepararles para los difíciles momentos que acaecerán en Jerusalén. Se va a la región gentil de Tiro y Sidón, tomando distancia de las turbas que buscaban a Jesús sin darle respiro. Pero la necesidad no tiene fronteras, y allí en medio de extranjeros cananeos y sirofenicios, disfrutando del anonimato, se presenta una mujer clamando a Jesús para que la ayude. Esta mujer no-judía se atreve a llamar a Jesús como lo hacen los judíos que creen en él como Mesías: “¡Jesús Hijo de David, socórreme!”. Eso llama la atención de los apóstoles pero Jesús parece ignorarla. La constancia, la insistencia en la petición obtiene la respuesta y Jesús admite escuchar su reclamación. ¿Qué nos llama la atención? La resistencia de Jesús a obrar el bien liberando a la hija de esta mujer. Un corazón tan compasivo y misericordioso como el de Cristo… ¡no quiere quitar el mal de una persona que sufre! Claro que quiere, pues finalmente hará el signo. Todo ha sido para probar la sinceridad de la fe de aquella mujer y enseñar a sus apóstoles cómo vivir en los momentos más oscuros.

Una fe verdadera se mantiene constante, audaz, viva, esperanzada en medio del dolor vivido. Jesús pone en evidencia estas virtudes en la fe de esta mujer extranjera. Y así aprovecha a enseñarles la fe que deberán poner en práctica cuando llegue el momento de la pasión y la cruz.

Así, por una parte, nuestra confianza en la obra de Dios también se pone a prueba con el dolor amargo del terrorismo. Hoy, como la madre cananea, nuestra petición debe alzarse de nuevo fuerte, llena de esperanza, gritando para que triunfe el bien y el amor en este mundo. Jesús puede hacerlo y lo hará.

Por otra parte, “la justicia” querida por Dios no viene por la imposición de la violencia o las armas. Viene por la fuerza de la solidaridad con los otros, de la búsqueda del bien del otro como el mío propio. Jesús, cura a la hija pagana como lo hace con los de su patria. Toda religión sabe de la regla de oro: “haz al otro lo que quieres que te hagan a ti”. La lucha contra el egoísmo está inscrito en todas las religiones y Cristo la lleva a la victoria. Esta es la verdad de la fe y la autenticidad de la religión. Recemos por el cambio de mentalidad de los que viven oscurecidos en su fe y adoctrinados para la muerte. Vivamos con la luz de la auténtica fe llena de compasión y perdón.

El juramento, la piedra y los niños.

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Si hoy vas a un cementerio judio, encontrarás que no hay flores sobre la lápida sino piedras. La piedra en el mundo oriental siempre ha sido signo de firmeza, fidelidad y eternidad. Josué toma una piedra a la vista de todos y la deposita debajo de la encina donde ha pedido al pueblo de Dios que reafirme su alianza de amor por él. Todos han jurado a voz en grito que Yahvé es su unico bien, su unico Dios, al cual adorarán y darán culto. Como signo de que el pacto es firme, Josué a la vista de todos, pone una roca como signo de aquel juramento. Porque la piedra permanecerá en el tiempo como así ha de  permanecer el juramento del pueblo.

Ahora recuerda a  Jesús dando a Simon, el pescador de Cafarnaum, el nuevo nombre de “Pedro” (es decir, piedra), poniéndole como señal de referencia en la fe para el nuevo pueblo de Dios. ¡Qué profundo es el signo de la piedra!

Es impresionante ver a niños de nueve años hacer la renovación de sus promesas bautismales antes de su Primera Comunión. Cuando se les pregunta el Credo, responden con la fe de un modo tan solemne como aquel día lo hiciera el pueblo de Dios delante de Josué.  Los apóstoles pensaban que los niños no iban a entender la grandeza de la verdad de Dios, y los apartaban de Cristo, pero Jesús  hace ver que los niños son los más sinceros y capaces de llevar adelante esta unión de amor con Dios. Nos duele ver cada año como los niños que se han preparado para hacer la Primera Comunión, dejan de venir a la Iglesia al día siguiente, dejando también la Eucaristía para la que se han preparado en catequesis. Ocurre que la responsabilidad de que esto sea así suele recaer en los propios padres. No se me olvidará aquella niña que, en el recreo del colegio, me decía con lágrimas en los ojos: “Padre, si yo quiero ir a misa, y participar de los grupos de confirmación, ¡¡ pero mis padres no me quieren llevar!!
Las palabras de Cristo son un juicio inapelable que debe resonar hoy con fuerza: ¡¡dejad que los niños se acerquen a mi, no se lo impidáis, de ellos es el Reino de los Cielos!!

Seguir creyendo en el amor.

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Según el prestigioso arqueólogo británico John Garstang, la caída de Jericó en manos del pueblo de Israel acaeció a principios del siglo XV antes de Cristo. Eso significa que este momento del discurso de Josué al pueblo  -que hoy escuchamos en la primera lectura-, sucede cinco siglos después de la alianza de Dios con Abraham y la promesa del don de la tierra prometida.

Alcanzar esta dicha ha supuesto para el pueblo de Israel cinco siglos de luchas y victorias, de caídas para volver a levantarse y de apostar con fe en la promesa que un día Yahvé hizo a los primeros patriarcas. ¡Qué bonita memoria hace Josué a sus hermanos!

El matrimonio también es una alianza, es una promesa de amor. Como la fe de Israel en el camino a la tierra prometida, esa promesa del matrimonio también va a ser continuamente puesta a prueba.  El “becerro de oro” puede ser en el matrimonio el celo por el espacio personal frente al familiar, el tiempo gastado delante de los videojuegos o del ordenador frente a la atención de los gustos del otro, la falta de comunicación porque el afán del trabajo polariza la atención, etc. Como en el camino a la tierra prometida, las continuas quejas de la pareja van minando la relación. Las sospechas, la mirada nostálgica al pasado -como el pueblo añoraba Egipto-  hacen que se vaya produciendo entre los esposos un sentimiento de malestar y un distanciamiento entre ellos.

Jesús ve en el matrimonio una alianza de amor, como la que hizo Dios con su pueblo. Y sabe bien las dificultades que eso conlleva. Si Dios se hubiera divorciado de su pueblo, Israel habría dejado de existir y se habría perdido para siempre. Un “matrimonio en divorcio” siempre será la mayor de las pérdidas, porque no sólo se rompe una relación que busca la unidad sino que los cónyuges siempre se sentirán, de algún modo, como “mutilados”.

Cinco siglos costó al pueblo llegar a gozar del don de la Tierra prometida. Jesús invita a seguir apostando por el matrimonio a pesar de los muchos fracasos que se conozcan. Jesús  invita a los matrimonios a buscar la felicidad en la fidelidad a la alianza que un día hicieron, con la conciencia de que, en muchos momentos, las fuerzas psíquicas y emocionales se pondrán al límite. Pero la Tierra prometida existe y la paz de una perfecta unión en el matrimonio existe. Al pueblo de Israel le costó un largo camino y muchas conquistas contra los adversarios cananeos. A la pareja le espera otro largo camino con adversarios que expulsar, tentaciones que rechazar y parcelas que conquistar juntos. Hoy Jesús en el evangelio nos vuelve a gritar: ¡¡Amigos, seguid creyendo en el amor!!

¿Qué sucede cuando perdonas?

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Los que escribimos estos comentarios sabemos que hay muchas personas que los seguís diariamente. Algunos les sirve de punto de meditación, a otros les es alimento para su oración y medio de formación permanente. Incluso muchos sacerdotes los leen con interés para la preparación de la homilía. ¡Que así sea! En medio de estos días veraniegos, os deseamos que estas letras os sirvan  para avivar nuestra comunión y crecer en la fe. Hoy la fuerza la tiene esta palabra: “perdonar”.

“¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano, hasta siete veces?”  Pedro pregunta así, porque en arameo (su idioma natal) no existe el mayestático y la manera de expresar “muchísimas veces”, se hace utilizando los números, en concreto el número siete, que tiene este significado en la mentalidad oriental. Fijémonos entonces como en la misa decimos “santo, santo, santo es el Señor”, esto es, llamamos a Dios tres veces santo porque seguimos manera hebrea de decir “santísimo”.

Jesús  responde a Pedro:“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Jesús contesta con una hipérbole numérica para enseñar al apóstol y a todos nosotros: “perdonad todas las veces que sean necesarias, esto es, infinitas veces”.

El tema no acaba aquí sino que Jesús utiliza una parábola para dar respuesta a una cuestión nueva: “¿Qué sucede cuando perdonas?”. Si uno escucha la parábola con atención, la respuesta es clara. Si tu perdonas, Dios te perdonará. Sigue la estela de la oración del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”. O aquella otra palabra del Señor: “la medida que uséis con los demás, la utilizarán (Dios Padre) con vosotros”. Es una buena noticia que abre un horizonte de esperanza. Puedes haber sido un gran pecador en esta tierra (como aquel de la parábola que tenía mucha deuda) pero si has sido misericordioso con los demás, si has mostrado compasión cuando te han ofendido o traicionado, salvando al otro con una nueva amnistía del corazón, Dios será infinitamente compasivo con tus pecados. De igual modo, cuando uno se siente perdonado por Dios profundamente, es más capaz de perdonar a los demás, porque sabe que primero lo han hecho con él. El perdón suscita motivos para empezar de nuevo, es un cheque en blanco que reconstruye la concordia en la relación, y restaura la ilusión y las fuerzas que se habían consumido en la división.

Haciendo una analogía con el relato de la primera lectura, el perdón es como el arca sagrada que frena la corriente de agua (Jordán) que lo arrastra todo y lo lleva a morir (Mar Muerto). Perdonar es fundamental si queremos llegar a la tierra prometida. Como arca de salvación nos debe acompañar en cada paso del camino y atrae la presencia de Dios a nuestro lado. Nos hace vivir unidos, como pueblo, porque perdonar es siempre la fuerza capaz de reunir a los que se sienten lejos o avergonzados por su error. Si el paso del arca de la alianza frenando el cauce del Jordán fue un milagro recordado por generaciones, el perdón es un milagro para el mundo de hoy. Un milagro capaz de dar testimonio a los demás de que algo distinto habita en nuestra humanidad. Perdonar hoy es, sin duda,  la mejor manera de expresar nuestra fe.

Atar y desatar: he ahí la cuestión.

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Corría el año 312 cuando Constantino el Grande tuvo que afrontar la decisiva batalla del puente Milvio contra su oponente el emperador Majencio. La historia cuenta que Constantino, por un sueño revelador, hizo poner el crismón en su estandarte y mandó grabar una cruz en los escudos de sus soldados. Fue una gran batalla y Constantino creyó realmente que el signo de la cruz de Cristo le había dado la victoria.

Un año más tarde, el emperador , influenciado por la fe de su madre (santa Elena) y llevado al agradecimiento por aquella conquista, daría carta de ciudadanía a la fe cristiana y pondría fin a las persecuciones contra los cristianos. ¿Se había convertido Constantino el Magno al cristianismo? No parece tanto que fuera así. De hecho, pidió su bautismo pero siempre y cuando estuviera cerca de su muerte. El cálculo era sencillo: quería disfrutar de los bienes de la tierra y llegar con un expediente intachable en el Cielo.

Parece que Constantino había olvidado el pasaje del evangelio de hoy. En este impresionante capítulo 18 de san Mateo, Jesús profetiza algo más radical y exigente: “lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo”. Uno no llega al Cielo con el simple derecho de llevar el “carnet de la gracia en regla”. Uno llega al Cielo cargado de amor o no llega. Uno llega al Cielo con la impronta de la libertad o no llega. Cada paso en esta tierra importa para el cielo. En el Cielo se vive con plenitud la Ley del amor recíproco, por eso importa desatar en la tierra cualquier lazo de odio o de resentimiento, de envidia o mal deseo, de apego a uno mismo o a lo material. Para vivir allí, importa atar con fuertes lazos de amor entregado las relaciones cotidianas, tanto las cercanas como las ocasionales. Atando para vivir la unidad del cielo, perdonando y siendo perdonados, corrigiéndonos unos a otros con respeto y cariño.

Para Constantino la cruz le hizo ganar la batalla del Milvio para ser un glorioso emperador. Para nosotros la cruz del Señor siempre será nuestra victoria para alcanzar la gloria del Cielo. Pues Jesús crucificado nos impulsa a vivir el momento presente con mayor radicalidad y aprendemos a amarle en cada dolor y en cada crucificado que pasa a nuestro lado. Dándonos además los motivos para apostar de nuevo por el futuro de este mundo y empezar de nuevo cada día.

Es la hora de atar y desatar. Y lo haremos juntos (lo que “atéis y desatéis”) en este santo viaje.

El Misterio de la Asunción de María

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En la madrugada del 1 de Noviembre de 1950 una multitud de personas acompañan con antorchas una gran imagen de la Virgen desde la Basílica de Santa Maria en Araceli hacia la Basílica de San Pedro. Más de doscientos cincuenta mil peregrinos han venido a la plaza para un evento único, en un nuevo pentecostés de lenguas y razas. Entre toda esa gente, gobernantes de muchas naciones del mundo y autoridades políticas como Alcide De Gásperi -uno de los padres de la futura Unión Europea-. Todos están esperando el momento en que Pio XII defina el dogma de la Asunción de la Inmaculada Virgen María. Iniciada la liturgia se pide a toda la plaza que rece al Espíritu Santo, y todos los asistentes, puestos de rodillas, cantan el Veni Creator Spiritus antes de ser pronunciada la definición dogmática que va a ser recibida entre una algarabía de aplausos.

Es el misterio en el que “la Santísima Virgen María cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo” (CIC 974).

María es la tierra virgen que Dios va a tomar entre sus manos para crear de nuevo a la humanidad. Ella fue preparada por Dios haciéndola inmaculada desde su concepción para que un día pudiera ser la madre del Hijo de Dios hecho hombre. Y ella, manteniendo en todo momento su virginidad, alberga en sí el misterio de una nueva humanidad, donde su cuerpo y su alma, ha quedado  unido a Dios y santificado de un modo singular.

Escucha ahora y comprende cuando María dice: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”.  ¡Ciertamente! ¡Ha hecho obras poderosas en María de Nazaret!

Y la última de esas obras que hizo Dios en la vida de María fue su asunción en cuerpo y alma a los Cielos, anticipando en ella lo que un día tendrá que ocurrir en nosotros. Así,  todo lo que soy “cuerpo-y-alma”, esto es, “materia-mente-espíritu”, será transformado para vivir en el nuevo cosmos transfigurado, lleno de luz, justicia y dignidad. Nada de mi yo se pierde, tampoco la materia que forma mi yo, porque yo no puedo entenderme sin mi cuerpo. Y mi cuerpo no puede entenderse sin mi espíritu.

Por otra parte, ella nos lleva a mirarnos como “arcas de Dios”, templos donde Dios habita y donde los demás pueden encontrarse con él. ¡Qué alta dignidad para cualquier persona!

Por eso, permíteme que me dirija a ti  ahora, que estás leyendo este comentario. Me gustaría que te pararas un momento y te fijaras en todo lo que eres: en tu físico y en tu yo interior,  descubre la morada de la Trinidad en tí, mira lo grande que eres por dentro y piensa en la dignidad de tu cuerpo, y piensa también en todos los que te vean hoy… ¿Descubrirán en tu rostro, hasta en tu manera de vestir, la Belleza de tu vida? ¿Cuando piensas en la Virgen ves en ella la inmensa belleza de su vida? Medítalo. Porque te estás asomando al misterio de la Asunción de la Virgen María.

 

“Un príncipe entre los hombres”.

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“-¿Por qué quieres reemplazarle?

– Porque ese hombre tiene mujer e hijos y le necesitan. Yo no estoy casado, soy célibe y a mí no me está esperando una familia. Permítame remplazar en el barracón de la muerte a ese hombre.”

La ley del campo de concentración de Auschwitz exigía que si un preso se fugaba morirían otros diez en su lugar. Por eso pusieron a todo el barracón en fila y el comandante  que dirigía el campo, al azar eligió a los diez presos que morirían por inanición hacinados en el barracón de la muerte. El último de los elegidos no paraba de llorar y gritaba: “¡piedad, piedad, soy un hombre casado, tengo mujer e hijos, ¿quién va a cuidar de ellos? ¡Piedad, por favor!”

Este gran franciscano conventual no sólo se ofreció en sustitución de aquel preso, sino que sostuvo hasta el final, con la fe y la esperanza cristiana, a sus compañeros de tortura. Ese fue el gran milagro de san Maximiliano y esa fue la hazaña heroica que lo haría ser reconocido por todos. Dios le dio una fortaleza sobrehumana para ir acompañando en la muerte a cada uno de sus compañeros y sobreviviendo al hambre y al agotamiento. Su martirio fue coronado con la terrible “inyección letal”.

Sigmund Gorson, judío superviviente de Auschwitz, daba este testimonio: “El padre Kolbe sabía que yo era judío, pero su amor nos abarcaba a todos. Él nos daba mucho amor. Ser caritativo en tiempos de paz es fácil, pero serlo, como lo era el padre en ese lugar de horror, era heroico… Yo lo veía como un príncipe entre los hombres.”

¿Qué norma o ley de la tierra pide amar al extraño hasta dar la vida por él? No existe. Uno es capaz de arriesgar la vida por la familia o el amigo amado, pero no por un extraño. Y si alguien lo hace le llamamos héroe. Muchos existen en el mundo. Maximiliano Kolbe también  lo fue. Pero la Iglesia le llama algo más, le llama santo. Porque llevaba la ley de Dios inscrita y viva en su corazón. Hoy escuchamos a Moisés que dice de parte de Dios: “ama al forastero, porque fuisteis forasteros en Egipto.” Aquel sacerdote amó a todos, judíos o cristianos, de su patria o de otras naciones porque antes él fue amado por Cristo. Y esta es la fuente de la santidad, no es simplemente amar, como mera potencialidad del hombre, sino amar con ese flujo de amor con el que Dios nos ama.  Y Dios no se frena en ofrecerse y en dar a cada uno lo que le es debido. Así lo vemos en este evangelio de hoy del impuesto de las dracmas. Amar a todos, ¡a todos!  En el mundo de hoy esto es una revolución: al guapo o al feo, al que me cae peor o me es simpático, al de mi religión o de otra confesión, al amigo o al adversario… Amar a todos es el signo de la gratuidad por excelencia, y la señal inequívoca de que Dios está presente en una persona.

Como diría aquel judío del campo de concentración: “El padre fue como un ángel para mí. Como una mamá gallina acoge a sus polluelos, así me tomó entre sus brazos. Me limpiaba las lágrimas, cubría mi desesperación. Yo creo más en la existencia de Dios desde entonces. Ciertamente, en aquel momento, el padre Kolbe me devolvió la fe.”

 

VEN ESPIRITU SANTO

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¿Qué regalo puede dar Dios-Padre a Dios-Hijo? Sólo el Amor. Ese es el Espíritu Santo. Es el Amor-persona. Es el Don de Dios.

Cuando Jesús muere en la cruz, hace algo inmenso, en medio de su sacrificio de amor por los hombres dice a su Padre: “A tus manos encomiendo mi espíritu”. Y expirando, lo da. Es el Espíritu-divinidad que ha acompañado a Jesús desde que lo engendró en el seno de María, que inundó su humanidad desde el bautismo, con el que rezaba a su Padre y en el que realizaba las maravillas de sus signos.

Y ahora es donado a la Iglesia, a la humanidad. El Don de Dios se nos regala a nosotros. ¿Para qué? Para reconstruir todo lo que había sido derrumbado por el pecado del hombre. ¿ Y qué había sido derrumbado? Justamente el amor.

El amor que nos unía con Dios-creador, el amor que nos unía entre nosotros, y el amor que nos unía a toda la creación. Por eso, el Espíritu Santo se nos da para perdonar los pecados (evangelio), para que seamos un sólo cuerpo (epístola), y podamos entendernos de verdad (primera lectura).

¿Pero sólo se nos da a nosotros? Dice el Salmo de hoy que el Espíritu se da como aliento repoblando toda la tierra. El Espíritu se ha derramado también sobre toda la tierra (cosmos), para que regándola de Gracia pueda germinar un día como “cielos nuevos y tierra nueva”. Cuando estamos llenos del Espíritu Santo es como si nos uniéramos todos al todo de la creación para tener un mismo destino de salvación. Suena fuerte, suena elevado, pero es lo que nos dijo Jesús: “Dios será todo en todos”.

Nunca se me olvidará aquella vez que unos amigos palestinos de Belén vinieron a dar testimonio en una misa de Navidad. Sintieron tanto amor entre la gente y hacía ellos en la liturgia, que se emocionaron y sólo pudieron decir estas palabras: “nos sentimos como hermanos con vosotros, no os conocemos y ya os queremos, rezar por nosotros y llevarnos siempre en vuestro corazón”. Y ocurrió el milagro de que los desconocidos de culturas e idiomas tan diferentes se sentían de la misma comunidad, de la misma patria, de la misma familia. Allí estaba el Espíritu Santo, sin duda.

¿Qué podemos decir? Sólo podemos repetir esa oración antiquísima de la Iglesia. De verdad, con el corazón abierto… “Ven Espíritu Divino, Ven Espíritu Santo. ¡Ven por María!”

 

¡Qué gran testimonio!

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Honrar a nuestros difuntos surge espontáneamente de nuestro corazón. El hijo siempre recuerda y honra a sus padres, los viudos viven permanentemente con la memoria de sus queridos esposos y una madre siempre tiene una herida abierta en el corazón por un hijo fallecido. En cada caso, surge espontáneamente hacerles presentes en nuestro recuerdo y elevarles nuestro amor.

La Iglesia, como buena madre, siempre recuerda con amor y dolor la muerte de sus hijos. Y ensalza con una honra especial a los mártires. ¿Cómo no? Ellos son los hijos que nunca han renunciado del amor de su familia, de la fe de sus padres.

Carlos Luanga y sus doce compañeros mártires, eran chicos jóvenes de entre catorce y treinta años que no tuvieron más delito que querer mantenerse fieles a su fe y puros en su conducta, alejándose de los deseos lujuriosos del rey de Uganda, que los acusó por despecho a su honrosa conducta por no querer acostarse con él, aun siendo pajes y servidores suyos. Como tantos otros, tratados como esclavos, en medio de los avatares del siglo XIX, el poder del hombre no puede doblegar la dignidad del que se siente hijo de Dios.

Estos mártires encarnan una fortaleza y una grandeza impresionante. Carlos, de entre todos ellos, destaca por haberles liderado en la aventura del seguimiento de Cristo. Aunque su muerte fuera atroz, ya siendo degollados o quemados vivos, ellos mantuvieron intacta su dignidad personal.

En mi parroquia enseñamos a los niños de catequesis a arrodillarse delante del santísimo por esta misma razón: para que aprendan que uno sólo debe arrodillarse delante de Dios, y nunca jamás delante de nada ni de nadie.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra historia de salvación. Yo no tengo porqué hacer las proezas de caridad  de Teresa de Calcuta, ni tengo que irme de misionero como San Fracisco Javier…., pero como ellos, yo también encuentro mi santidad respondiendo generosamente a la voluntad de Dios que tiene para mí.

Así le dijo Jesús a Pedro respondiendo a su pregunta sobre cuál iba a ser el destino de  san Juan. Cada uno tiene un camino de santidad, distinto y único: mártir, ama de casa, misionero de ciudad, catequista, banquero o sacerdote. Lo que nos hace santos no es que vivamos un estado más perfecto que otros, sino que perfeccionemos, con nuestro amor a Dios y al prójimo, el estado de vida que tenemos. Es vivir esta palabra tan radical de hoy: “Tú sigueme”.

En honor a san Carlos Luanga y compañeros mártires, gracias por haber seguido a Jesús como pajes fieles, pero del Rey de reyes: Jesús.

¿Se lo decimos?

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¿Es el cristiano amado o rechazado?

En la historia ha sido amado por su misericordia y por sus obras de caridad. Por ejemplo,  Cáritas o la labor misionera de la Iglesia es aplaudida y respetada por la sociedad. Sin embargo, el cristiano ha sido rechazado por su pretensión. Por una afirmación tan pretenciosa y “aparentemente prepotente” que ha resultado casi siempre “necedad o locura”: un hombre conocido (llamado Jesús) era Dios. El Dios creador se ha hecho hombre.

A San Pablo le metieron en la carcel por un “difunto que él dice que está vivo”. ¿Qué afirmación es ésta? Imagínate.

Cuando estaba el sanedrín juzgando a Jesús, al no encontrar una acusación firme para ajusticiarle, llegaron a preguntarle: ¿pero eres tú el Hijo de Dios vivo? Tú lo dices -respondía Jesús-. Caifás así encontró el motivo para matarle: ¡Qué blasfemia! ¡Un hombre que se hace Dios! ¡Un finito que se cree infinito, un mortal que se afirma inmortal, un creador que se ha hecho creatura!

Hoy en Irak, en Egipto, en Siria,… se está persiguiendo cristianos, asesinando cristianos, porque no quieren someterse a otra verdad que no sea la de seguir afirmando que Jesús es el único Señor de la historia. Los cristianos no son adversarios de guerra, no son políticos opositores, no son milicianos de armas. Desde adolescentes a a ancianos, muchos son denigrados por decir que aman a Jesús con todo su corazón. Ellos están diciendo, como Pedro en el evangelio de hoy: “Jesús, tú sabes que te quiero”. Con infidelidades y pecados, pero en medio de la persecución se lo están diciendo con toda su razón, voluntad y sentimiento…, a pesar del miedo.

Si hoy, como a Pedro, Cristo vivo te pregunta: “y tú,.. ¿me amas? ¿Estarías dispuesto a dar la cara por mí?”. En medio de tu familia que no te comprende, o de tus compañeros de trabajo siempre criticando a la Iglesia, o incluso de tus amigos más cercanos, a veces intransigentes con tu práctica religiosa, …”¿me amas?” -dice Jesús. “¿Soy para tí el Hijo de Dios vivo? ¿Soy para tí el muerto que está vivo? ¿Soy para tí el Señor de la historia, camino, verdad y vida?”

Te lo va a preguntar a lo largo de tu vida no una, ni dos, ni tres -como a Pedro hoy-, sino cientos de miles de veces. Y en todas ellas puedes responder… “Sí Señor, tu sabes que te quiero”. Y lo puedes hacer no sólo con tu oración, sino también con tus gestos, tus palabras, con tu sonrisa, tu ternura, o con tu amor y perdón a los demás. ¿Se lo decimos?

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