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Dedicado a los sacerdotes.

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Queridos hermanos y hermanas que nos seguís en estos comentarios, daros las gracias por vuestra oración constante por nosotros, los sacerdotes, lo necesitamos.

La Palabra de Dios de este domingo está dedicada especialmente a todos los pastores. Es un verdadero examen de conciencia, un impulso para superar la mediocridad, y el ánimo para salir de nuestros egoísmos.

A veces nos sentimos muy juzgados por los fieles cristianos y muy exigidos por nuestros superiores u obispos. El desaliento es una tentación ante la sensación de no dar fruto o hacer mal nuestro oficio sagrado; y la desidia, el buscarse a uno mismo en el ocio, la manera de escapar de la presión. Muchos son los espejismos del sacerdote, tentadoras soluciones en el ministerio que muchas veces se realiza en el desierto.

Como dice el profeta Malaquías hemos sido ELEGIDOS para dar gloria al nombre de Dios. En Israel los sacerdotes eran los descendientes de Aarón en la tribu de Leví. Los hijos elegidos de esta tribu para llevar la dirección espiritual de sus hermanos. En la nueva Alianza de Cristo,  los sacerdotes son también elegidos entre el pueblo de Dios para perpetuar el sumo-sacerdocio de Cristo y con la entrega generosa de la propia vida, dar gloria a Dios en todo. Siendo ejemplo de la caridad y la misericordia de Jesús. Siendo los primeros en vivir su Palabra (siguiendo la Ley, como decía el profeta) y no haciendo acepción de personas.

Como dice san Pablo, los que tienen el ministerio apostólico, son llamados a ser hombres ENTREGADOS Y SERVIDORES, por amor. Al servicio de la humanidad entera, con el carisma de las madres que cuidan de sus hijos, donadores del Evangelio de Dios, dándolo no sólo con las enseñanzas sino con la propia vida. Porque como decía nuestro Obispo D. Carlos, “un sacerdote sabe que su vida no le pertenece. Tiene la vida expropiada para el bien de todos”. Sabemos que la Palabra que anunciamos no es nuestra, es la Voz de Dios que habla a sus hijos en todo el mundo. Somos en muchos casos sus traductores y sus transmisores, y perdón cuando las interferencias de nuestros pecados, oscurecen la claridad de su Luz.

Y Jesús hoy nos quiere de nuevo IMITADORES DE SU CORAZÓN. Lo vuelve a decir de un modo severo en el Evangelio pero lo ha repetido de un modo dulce en su enseñanza: “Venid a mí… y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. El sacerdocio no es cuestión de poder o privilegios, es cuestión de servicio y autoridad en el amor. Dispuestos a cargar con el peso de los dolores de todos, como Jesús en la cruz. El sacerdocio es acompañar a Jesus en el camino del desapego y la humildad, para guiar a la grey de Cristo. Morir a uno mismo para dar vida a cada uno. Entregarse con el corazón de Jesús en la Eucaristía. Llevando la vida a la Misa y convirtiendo la Misa en vida. ¡Tarea imposible si no es por la Gracia!

Por favor, por favor, por favor,… rezad por los sacerdotes, cada día, en cada oración, lo necesitamos. Así lo pide continuamente el Papa Francisco, que lo entiende a la perfección: “recen por mí, yo rezo por ustedes”. Así sea.

Una virtud para triunfar.

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Hoy felicitamos a todos los seminaristas y catequistas por su santo patrón: San Carlos Borromeo. Es el gran impulsador del Concilio de Trento, fue su secretario general;  trabajador incansable, nos impulsa a no perder un minuto de nuestra vida para buscar la transformación de este mundo. Heredero de inmensas riquezas por su familia, las supo invertir en bien de la fundación de seminarios, creación de hospitales en tiempo de la peste, generosidad con los necesitados y acogida a todos sus hermanos en la fe. Con los débiles era muy comprensivo, con sus compañeros exigente pero gentil, consigo mismo era muy severo. Vendió todos los lujos del palacio arzobispal para ayudar a los más pobres de Milán, del que fue su gran pastor. Tuvo que sufrir hasta un atentado por un grupo de falsos religiosos que él supo desenmascarar. Pero la bala del sicario no acabo con su vida. Para él cada situación era la oportunidad de imitar los pasos de humildad que dio Cristo hacia la Pascua.

San Carlos Borromeo es el campeón de la fe que encarnó la palabra de Jesús: “quién pierda su vida por mí y por el evangelio se encontrará”. Su vida es un canto a la humildad. San Agustín hablaba de ella como “el camino auténtico del cristiano y la señal inequívoca de seguidor de Cristo”. La humildad no es la debilidad de personas con baja autoestima. Es una virtud, un modo de sentirse y de vivir con una nueva fortaleza. Es alejarse de toda altanería, es posicionarse contra la soberbia. Jesús la enseña magníficamente en su evangelio. La humildad no aborrece el ser reconocido, pero no busca el reconocimiento. Por eso invita a elegir el último puesto, para donar el primero a otro. La humildad es signo de una gran generosidad.

“Todo el que se enaltece será humillado y todo el que se humilla será enaltecido”. Parece una profecía y lo es. Pero también es una descripción maravillosa de la realidad. A todos nos abochorna y nos parece fétida la prepotencia de una persona. En seguida nos repugna su sobreabundancia de “ego” y andamos con la esperanza de que cometa un error para enseguida reírnos de él y echárselo en cara. He ahí que “el que se ensalza será humillado”. Por el contrario, nos estimula estar cerca de personas llenas de dones pero que no alardean de ellos o incluso ni los reconocen. Esos que quieren pasar desapercibidos en su hablar o en su actuar, pero que podrían dar lecciones a todos. Llenan de ternura y excitan el deseo de preguntarles o saber más de ellos, en cuanto destacan en algo, se les aplaude con cariño y adquieren el reconocimiento de todos. Ciertamente: “el que se humilla será ensalzado”.

Guárdalo en tu corazón. La humildad no es debilidad, es fortaleza de espíritu. La humildad no es pobreza mental, sino riqueza de corazón. La humildad no es la señal de los fracasados, sino el modo de vivir en esta tierra el mismo Hijo de Dios.

Y ahora reza con la Madre su Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…”

Los prejuicios, el muro que todo lo impide.

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Jesús no tenía prejuicios, por eso llegaba a todos.

El corazón de Dios es así, hace salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre justos e injustos. No se frena en las apariencias porque mira al interior, ve desde la verdad. Para el Señor no hay fronteras. El prejuicio siempre es el muro que lo impide todo. Permitidme que comparta una experiencia:

“Estaba en la celebración de una misa y había un joven que me molestó. Estaba al lado de sus padres en una postura irrespetuosa. Durante la homilía, estaba comiendo chicle, con los brazos estirados encima del respaldo del banco, con una mirada un tanto perdida,…  Me parecía intolerable. En ese momento estuve tentado de parar la homilía y amonestarle, o… qué se yo, pero no podía permitir tal desfachatez. Sin embargo, en mi corazón, algo me decía que era más evangelico acercarme al finalizar, saber quién era, y si cabía la oportunidad, hacerle una sencilla corrección. Y así hice…

Pero ocurrió, para mi sorpresa, que aquella familia se acercó inmediatamente a mí para agradecerme por la misa. Entonces vi la oportunidad para dirigirme a aquel joven y mostrarle mi disgusto por su actitud… Pero… cuando cuando el muchacho abrió la boca, su repuesta me dejó petrificado:  balbuceaba, no podia casi hablar, era un chico con un grave retraso mental.  ¡Dios mío! ¡Y pensar que podía haberle dejado en evidencia delante de toda la asamblea!”

Pablo se dolía al ver a sus compatriotas encerrados en sus prejuicios. Los herederos de todas las promesas de Dios, ellos que eran el pueblo elegido, no habían podido conocer a Cristo y alcanzar su salvación. Sus corazones cerrados en sus tradiciones eran incapaces de escuchar la verdad del evangelio.

Jesús encontraba en los fariseos personas fieles a los mandatos de Dios, sinceros creyentes. Pero una y otra vez se topaba con los prejuicios de su corazón, altivos en la soberbia, autosuficientes en la verdad. Y no podía llegar a iluminar su alma. Aquel hombre de hidropesía pudo encontrarse con Cristo y ser sanado porque iba con el alma abierta, con total esperanza.

Por mi parte, desde aquella misa, hice la solemne promesa de desterrar todo prejuicio. Nunca las apariencias o mi idea sobre el otro, me cerrarían la oportunidad de conocer el precioso don que es el otro. La posibilidad de conocer la Verdad que también habita en cualquier alma. Y hasta hoy, cada persona, cada situación, a veces doliente, se me antoja un puente que recorrer para llegar al milagro de la fraternidad auténtica.

Para vivir con esperanza esta conmemoración.

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Comentario a las lecturas:

Lm 3, 17-26

Sal 129

Rom 6,3-9

Jn 14, 1-6

¿Cuál es el beneficio que pueden obtener nuestros difuntos en este día o cuando les aplicamos una misa? Es necesario entender bien la importancia de esta conmemoración litúrgica de los fieles difuntos.

Gracias a la infinita misericordia de Dios, tenemos la esperanza de que nuestros familiares difuntos si no están en la bienaventuranza de los santos, continúen caminando hacia ella en la iglesia purgante.

La preciosa verdad de la “Comunión de los santos” nos explica que todos pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo. Este Cuerpo Místico lo formamos los miembros del Cielo, los de la Tierra y los del Purgatorio. Todos estamos unidos por vínculos sobrenaturales entre nosotros y con Cristo, nuestra cabeza. Por eso, como miembros de un mismo cuerpo, podemos ayudarnos unos a otros. Podemos interceder unos por otros. Desde el Cielo, interceden y nos cuidan los santos, desde la tierra podemos ayudar a purificar a los que transitan hacia la morada del Padre.

En la casa santa hay muchas estancias -dice Jesús-, es el sitio preparado por Cristo para todos nosotros. Pero vivir en su casa supone vivir en el Amor, es más, “ser Amor puro”. Cuando asistimos a misa, nuestra vida se acerca más a Dios, se purifica, se santifica. Nuestra existencia ofrecida en el ara del altar es transformada, se diviniza. Del mismo modo, cuando ofrecemos en el altar a nuestros fieles difuntos, los hacemos presentes en la Eucaristía, los acercamos más a Cristo cabeza, adquieren una mayor purificación de sus almas y de su amor. Decía Pio XI que la Iglesia en oración, la Iglesia en la Eucaristía, es el más hermoso espectáculo para el cielo y para la tierra. Porque en ella se estrechan los lazos de todos los hermanos entre sí y de todos con Dios.

Hoy solemnemente damos gracias por este inmenso regalo recibido en Cristo. Él siendo el mismo autor de la vida adquirió sobre sí la mortalidad para que vivos y muertos “andemos en una vida nueva”. Este es el secreto de nuestra esperanza. Ser cristianos es vivir en Cristo: imitarlo en todo, en sus palabras, sus obras, su amor, también en su muerte. Escucha bien al apóstol:  “Muriendo con él, también viviremos con él  (como lo hemos hecho en esta tierra), pero ahora resucitados en una resurrección como la suya”. Por tanto, la celebración de la solemnidad de los fieles difuntos nos transmite una nueva perspectiva a la vida cotidiana. Como decía una mística de nuestro tiempo:  “la existencia en esta tierra, por la resurrección de Cristo, es una casa que se empieza a construir aquí pero en la que se vive definitivamente allí”.

 

Felicidades a todos los santos.

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Un saludo a todos los que leéis estos comentarios y permitidme esta calurosa felicitación. Felicidades a todos por nuestro santo, y huelga decir, felicidades por nuestros santos, campeones de la fe. Así es. Hoy es la gran fiesta del Cielo y como miembros del Cuerpo Místico nos unimos a ellos. Tres son las provincias del Reino de Dios: la Iglesia militante o peregrina en la tierra, la Iglesia del purgatorio y la Iglesia celeste o de los santos. Pues hoy, las tres comarcas están de celebración y las gracias se difunden a todos. ¡Hoy la Iglesia del Cielo intercede por nuestros difuntos, mañana lo haremos nosotros!

Hoy es el día en que se conmemora la esperanza de la victoria final. El libro del Apocalipsis como profecía de la nueva historia nos lo anticipa. La esperanza se proclama en forma numérica: 144.000 son los elegidos, marcados con el sello del Espíritu, realmente es una inmensa muchedumbre. Así lo expresa la cultura oriental en la multiplicación de 12 por 12 por 1000. La primera docena simboliza al pueblo de Israel, la segunda docena a los descendientes de los apóstoles, mil una cantidad inmensa. Por tanto, gracias a Dios, son un número incontable los salvados: “de toda nación, razas, pueblos y lenguas delante del trono y del Cordero”. Sus vestidos son blancos porque su vida está restaurada, transfigurada, sin limitaciones espacio-temporales. Y llevan palmas en sus manos por su inmensa alegría, imagen oriental de los festejos que se realizaban cuando el emperador llegaba victorioso de la batalla. Se vive en adoración, en continua bendición, inteligencia y sabiduría, con un inmenso sentimiento de agradecimiento, llenos de fuerza y honor, esto es, sin la vergüenza de pecar. Todo más allá de la distancia de los siglos, sin la corrupción del tiempo: “por los siglos de los siglos”.

¿Y qué pasará con nuestro cuerpo? Dice san Pablo que, al final de los tiempos, nuestra alma purificada se unirá de nuevo a nuestro cuerpo transformado: “seremos semejantes a Dios porque le veremos tal cual es”. Si Dios es puro Espíritu, pura energía, Luz verdadera, nosotros seremos llenos de Espíritu, de esa Energía que será “todo para todos”. Hijos de la luz unidos a la Luz del universo.

Todos los que estáis leyendo estas líneas debemos unirnos en un mismo anhelo: llegar a esta Bienaventuranza. ¡Qué grandioso es pensar que juntos podemos llegar a la meta! Todos juntos. Ayudándonos unos a otros, animándonos unos a otros, amándonos unos a otros. Santos sí, pero santos juntos. Renovemos, por tanto, nuestra elección por las bienaventuranzas: desapegar el espíritu, consolar a los que lloran, alimentar a los hambrientos, saciar a los sedientos, tener misericordia con los pecadores, limpiar el corazón, trabajar por la paz… “Amén”.

¿Quiéres vencer el pecado en tu vida?

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¿Qué es un pecado? Es un zapato de un número inferior a tu pie. Al andar te hacer herida, termina por hacerte daño. Y si persistes en ponértelo te deforma el pie. ¡Qué frustración! Pensabas que te favorecía o te haría más esbelta, sintiéndote más tú. Aunque te lo prometía todo, al final te lo ha quitado todo. Sin embargo, la tentación reaparece e insistimos en calzárnoslo. El sufrimiento no desaparece, nos sentimos desdichados y nos cuesta cada vez más caminar… Además, ¿para qué? ¿hacia dónde?

Escucha bien a Pablo: “Hermanos: sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (…) la creación misma se verá  liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Encerrados en un “yo oscurecido”, avergonzados en lo secreto de las cadenas que nos tienen atados. Sirvientes esclavos de pasiones y actitudes que nos dejan entristecidos. Deseamos ardientemente la libertad. Libertad no significa entonces “capacidad de movimiento o de decisión”, no se reduce al mero libre albedrio. Libertad es “libertas”, esto es, “librarse, liberación”. La libertad de los hijos de Dios es la existencia de los liberados de ataduras y esclavitudes, de actitudes que nos encierran en nuestro “ego” individualista y nos abren a descubrir la belleza del cosmos, la dignidad del otro, a ser capaces de amar.

¿Cómo se obra el milagro de la libertad? Dice el salmo: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar”. El Señor puede cambiar nuestra suerte. Podemos empezar llorando pero terminar cantando. Basta un grano de mostaza y dejar que crezca. Es necesario decir “sí” a la voluntad de Dios, “ahora no” con decisión, al espejismo de la tentación. Dos palabras divinas que lo cambian todo. Ya lo dijo Jesús: “sea vuestro hablar(obrar) “si, si” o “no, no” y lo demás viene del maligno”. Con Jesús tu puedes SIEMPRE, empezar la dinámica de la liberación que se vive en los Cielos. He ahí la fuerza de nuestro bautismo.

Bastan un poco de levadura y esperar que fermente la masa. Otra vez hay que hablar con el Señor y pedírselo. La oración hace crecer las fuerzas para volver a decir “sí” y “no”. Por eso toda oración, vocal, el rosario, la alabanza, la meditación, etc. son tan importantes. Es el fermento de la libertad.

Todos juntos. Hoy es un buen día para empezar con el “sí, sí, no, no”. Mañana será otro día, y pasado otro, y al otro nos sentiremos más libres, corriendo hacia la meta.

Dar, dar, dar.

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“Doy cuanto tengo” -dice el generoso.

“Doy cuanto soy” -dice el héroe.

“Me doy a mi mismo” -dice el santo; di tú con él al darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello tienes que hacerte universo, buscando dentro de ti. ¡Adentro!”

Así expresaba magníficamente Miguel de Unamuno la más alta verdad de nuestra vida: darse.

Escuchemos de nuevo a san Pablo en la Palabra de hoy: “Si con el Espíritu dais muerte a las obras de la carne, viviréis. Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.”

Dos modos hay de existir y se contraponen: la vida según el Espíritu de Dios y la vida según las obras de la carne. Es la vida del donarse contra la vida de una búsqueda continua de sensaciones placenteras, la búsqueda del bien de todos o del bien propio. El imaginario colectivo siempre propondrá que la felicidad radica en los goces y las riquezas que pueda obtener en esta vida. Pero a nadie se le recuerda por lo que tuvo o disfrutó en este mundo, sino por lo que dio generosamente.

Los hijos de Dios son los hijos del Espíritu, los hijos del Don, los hijos de la Luz. Los cristianos somos los testigos de esta luz verdadera: la felicidad está en el darse. La locura está en encerrarse en uno mismo, en su “ego”.

Jesús denuncia a los que se cierran a hacer el bien a los demás desinteresadamente, como ese fariseo que criticaba a Jesús por curar a la mujer en sábado, pero que no tardaría en actuar si temiera perder algún bien propio.

Parece que el egoísmo triunfa en el mundo. Que todo se rige por la lógica del cálculo, del interés , de la lucha por el beneficio personal o social, pero no es así… Vivir dando de sí lo mejor a los demás no es noticia, no suele aparecer en televisión, pero mueve el mundo. Se dona trabajo, sonrisa, perdón, enseñanzas, o sacrificio, se dona esfuerzo cuidando a los mayores; se dona desvelos por los hijos, se dona experiencia a los nietos, se dona mucho consuelo y consejo, se dona mucho voluntariado y limosna solidaria, se dona leyes que protegen los derechos, se dona economía de las familias para sostener a los suyos en crisis, se dona millones de oraciones por las necesidades de todos,… ¡Hay infinidad de dones gratuitos!

Hoy busquemos adentro todos los dones y talentos que Dios nos ha dado, pongámoslos en acto, vivamos dándonos con ese universo que llevamos dentro -como decía Unamuno- y… ¡Gloria a Dios!

Me atrevo a daros hoy un fuerte abrazo y mi oración por vosotros.

Mantengamos la fe en medio del terror

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Todos llevamos en nuestro corazón el estupor y el sufrimiento por las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. Otra vez, la zarpa del mal vuelve a desgarrar nuestra esperanza. Y la sospecha vuelve a tambalear nuestra fe, sobre todo entre los más jóvenes. Algunos pueden -equivocadamente- llegar a la siguiente conclusión: “ Si la religión produce estos asesinatos es mejor no tenerla”.

Pero estos homicidios aunque sean proclamados en nombre de Dios o por -aparentemente- razones religiosas, no son más que muertes llenas de odio o de venganza, ideología o adoctrinamiento. De nuevo está en juego la verdad de la fe. Y la providencia hace que la Escritura de este domingo tenga una palabra de Dios para nosotros y lo que estamos sintiendo.

Jesús buscando a estar a solas con sus discípulos y prepararles para los difíciles momentos que acaecerán en Jerusalén. Se va a la región gentil de Tiro y Sidón, tomando distancia de las turbas que buscaban a Jesús sin darle respiro. Pero la necesidad no tiene fronteras, y allí en medio de extranjeros cananeos y sirofenicios, disfrutando del anonimato, se presenta una mujer clamando a Jesús para que la ayude. Esta mujer no-judía se atreve a llamar a Jesús como lo hacen los judíos que creen en él como Mesías: “¡Jesús Hijo de David, socórreme!”. Eso llama la atención de los apóstoles pero Jesús parece ignorarla. La constancia, la insistencia en la petición obtiene la respuesta y Jesús admite escuchar su reclamación. ¿Qué nos llama la atención? La resistencia de Jesús a obrar el bien liberando a la hija de esta mujer. Un corazón tan compasivo y misericordioso como el de Cristo… ¡no quiere quitar el mal de una persona que sufre! Claro que quiere, pues finalmente hará el signo. Todo ha sido para probar la sinceridad de la fe de aquella mujer y enseñar a sus apóstoles cómo vivir en los momentos más oscuros.

Una fe verdadera se mantiene constante, audaz, viva, esperanzada en medio del dolor vivido. Jesús pone en evidencia estas virtudes en la fe de esta mujer extranjera. Y así aprovecha a enseñarles la fe que deberán poner en práctica cuando llegue el momento de la pasión y la cruz.

Así, por una parte, nuestra confianza en la obra de Dios también se pone a prueba con el dolor amargo del terrorismo. Hoy, como la madre cananea, nuestra petición debe alzarse de nuevo fuerte, llena de esperanza, gritando para que triunfe el bien y el amor en este mundo. Jesús puede hacerlo y lo hará.

Por otra parte, “la justicia” querida por Dios no viene por la imposición de la violencia o las armas. Viene por la fuerza de la solidaridad con los otros, de la búsqueda del bien del otro como el mío propio. Jesús, cura a la hija pagana como lo hace con los de su patria. Toda religión sabe de la regla de oro: “haz al otro lo que quieres que te hagan a ti”. La lucha contra el egoísmo está inscrito en todas las religiones y Cristo la lleva a la victoria. Esta es la verdad de la fe y la autenticidad de la religión. Recemos por el cambio de mentalidad de los que viven oscurecidos en su fe y adoctrinados para la muerte. Vivamos con la luz de la auténtica fe llena de compasión y perdón.

El juramento, la piedra y los niños.

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Si hoy vas a un cementerio judio, encontrarás que no hay flores sobre la lápida sino piedras. La piedra en el mundo oriental siempre ha sido signo de firmeza, fidelidad y eternidad. Josué toma una piedra a la vista de todos y la deposita debajo de la encina donde ha pedido al pueblo de Dios que reafirme su alianza de amor por él. Todos han jurado a voz en grito que Yahvé es su unico bien, su unico Dios, al cual adorarán y darán culto. Como signo de que el pacto es firme, Josué a la vista de todos, pone una roca como signo de aquel juramento. Porque la piedra permanecerá en el tiempo como así ha de  permanecer el juramento del pueblo.

Ahora recuerda a  Jesús dando a Simon, el pescador de Cafarnaum, el nuevo nombre de “Pedro” (es decir, piedra), poniéndole como señal de referencia en la fe para el nuevo pueblo de Dios. ¡Qué profundo es el signo de la piedra!

Es impresionante ver a niños de nueve años hacer la renovación de sus promesas bautismales antes de su Primera Comunión. Cuando se les pregunta el Credo, responden con la fe de un modo tan solemne como aquel día lo hiciera el pueblo de Dios delante de Josué.  Los apóstoles pensaban que los niños no iban a entender la grandeza de la verdad de Dios, y los apartaban de Cristo, pero Jesús  hace ver que los niños son los más sinceros y capaces de llevar adelante esta unión de amor con Dios. Nos duele ver cada año como los niños que se han preparado para hacer la Primera Comunión, dejan de venir a la Iglesia al día siguiente, dejando también la Eucaristía para la que se han preparado en catequesis. Ocurre que la responsabilidad de que esto sea así suele recaer en los propios padres. No se me olvidará aquella niña que, en el recreo del colegio, me decía con lágrimas en los ojos: “Padre, si yo quiero ir a misa, y participar de los grupos de confirmación, ¡¡ pero mis padres no me quieren llevar!!
Las palabras de Cristo son un juicio inapelable que debe resonar hoy con fuerza: ¡¡dejad que los niños se acerquen a mi, no se lo impidáis, de ellos es el Reino de los Cielos!!

Seguir creyendo en el amor.

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Según el prestigioso arqueólogo británico John Garstang, la caída de Jericó en manos del pueblo de Israel acaeció a principios del siglo XV antes de Cristo. Eso significa que este momento del discurso de Josué al pueblo  -que hoy escuchamos en la primera lectura-, sucede cinco siglos después de la alianza de Dios con Abraham y la promesa del don de la tierra prometida.

Alcanzar esta dicha ha supuesto para el pueblo de Israel cinco siglos de luchas y victorias, de caídas para volver a levantarse y de apostar con fe en la promesa que un día Yahvé hizo a los primeros patriarcas. ¡Qué bonita memoria hace Josué a sus hermanos!

El matrimonio también es una alianza, es una promesa de amor. Como la fe de Israel en el camino a la tierra prometida, esa promesa del matrimonio también va a ser continuamente puesta a prueba.  El “becerro de oro” puede ser en el matrimonio el celo por el espacio personal frente al familiar, el tiempo gastado delante de los videojuegos o del ordenador frente a la atención de los gustos del otro, la falta de comunicación porque el afán del trabajo polariza la atención, etc. Como en el camino a la tierra prometida, las continuas quejas de la pareja van minando la relación. Las sospechas, la mirada nostálgica al pasado -como el pueblo añoraba Egipto-  hacen que se vaya produciendo entre los esposos un sentimiento de malestar y un distanciamiento entre ellos.

Jesús ve en el matrimonio una alianza de amor, como la que hizo Dios con su pueblo. Y sabe bien las dificultades que eso conlleva. Si Dios se hubiera divorciado de su pueblo, Israel habría dejado de existir y se habría perdido para siempre. Un “matrimonio en divorcio” siempre será la mayor de las pérdidas, porque no sólo se rompe una relación que busca la unidad sino que los cónyuges siempre se sentirán, de algún modo, como “mutilados”.

Cinco siglos costó al pueblo llegar a gozar del don de la Tierra prometida. Jesús invita a seguir apostando por el matrimonio a pesar de los muchos fracasos que se conozcan. Jesús  invita a los matrimonios a buscar la felicidad en la fidelidad a la alianza que un día hicieron, con la conciencia de que, en muchos momentos, las fuerzas psíquicas y emocionales se pondrán al límite. Pero la Tierra prometida existe y la paz de una perfecta unión en el matrimonio existe. Al pueblo de Israel le costó un largo camino y muchas conquistas contra los adversarios cananeos. A la pareja le espera otro largo camino con adversarios que expulsar, tentaciones que rechazar y parcelas que conquistar juntos. Hoy Jesús en el evangelio nos vuelve a gritar: ¡¡Amigos, seguid creyendo en el amor!!

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