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Luz, pan y… ¡agua!

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Quién en la zona desértica de Siquem iría al pleno sol del mediodia a buscar agua a un pozo? Sólo una mujer que quisiera estar sola, con algo que ocultar. Esa era la mujer samaritana. Una mujer con una vida dispersa, conviviendo con un hombre que no era su marido, habiendo tenido previamente varias parejas. Ella va a buscar agua necesaria para su vida cotidiana. Pero en el pozo, va a encontrarse con un hombre desconocido a solas -cosa inaudita para las buenas constumbres de Israel- y, para colmo, aquel hombre era un judio, enemigo natural para los samaritanos.

Todo hubiera sido un despropósito si aquel hombre no hubiera sido el mismo Hijo de Dios. En realidad, era Cristo Buen Pastor quien había ido a buscar a una ovejita perdida y sedienta de amor.

Piensa ahora por un momento qué necesita tu vida física… ¿Alimento? Sin duda. ¿Luz? Evidente. ¿Agua? Realmente. Es interesantísimo entonces escuchar a Jesús hablando de sí mismo. Si necesitas luz, Jesús te dice “yo soy la luz del mundo”. Si necesitas alimento, Jesús te dice: “yo soy el Pan vivo bajado del Cielo”. ¿Y si necesitas agua? Jesús dice a la samaritana: “quien beba del agua que yo le daré brotará en él como un manantial que salta hasta la vida eterna”. ¡Qué sorprendente casualidad! Si para tu vida física necesitas esencialmente de estos elementos (agua, luz, alimento…), para tu vida personal necesitas radicalmente de Jesucristo. ¿Qué seria de nosotros si no recibiéramos el agua de su Espíritu de amor? ¿Qué sería de nosotros si no recibiéramos cada domingo el pan que nos alimenta? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos la luz inmensa de su Palabra? En la misa encuentro todo lo que necesito para vivir y crecer como persona.

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana, quedó en los oídos de los apóstoles como el espejo donde mirarnos todos los hombres. Jesús no se esconde de cada persona, sobre todo de los pecadores. Será Jesús quien saldrá al camino de cada hombre y mujer a lo largo de toda la historia para hacerle una oferta única: ser la fuente de su vida. Aquella mujer se dio cuenta de que el pozo al que con tanto afán iba cada día debía ser sustituido por otro pozo más profundo y de agua de vida eterna. Y en sus labios aparece una de las más bellas oraciones del evangelio: “Señor, dame de beber…”.

El final del encuentro de Jesús con la samaritana tiene un detalle precioso y significativo. La mujer  cuando descubre a Jesús como el Mesías esperado, salió corriendo llena de entusiasmo para encontrarse de nuevo con las personas de las que antes estaba huyendo y contarles a todos que era una persona nueva. Y se olvida del cántaro, dejándolo a un lado, pues ya no vive de preocuparse sólo por consumir y lo material, sino que ya ha adquirido aquello que te hace vivir totalmente: encontrar al Amor que la ama y la conoce personalmente, que no la condena sino que la acoge con cariño, y que la ha llamado a derramarlo a los demás para que todo se llene de Vida, y viva para siempre.

Por tí.

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“Hijo mío, yo no veo tu fango, te veo a tí.  Esa luz de mi ventana, la puerta abierta de la casa era por tí”.

Así podría decirle el padre al hijo pródigo de la famosa parábola que acabamos de escuchar. El padre “que sale de casa” corriendo antes de que llegue el hijo porque estaba siempre pendiente de él. ¿Cómo no pensar así de nuestro Creador? Siempre pendiente de cada criatura, de tí, de mí.  Con la puerta abierta para cuando vuelvas, con la luz de la ventana encendida para que no te dé reparo de entrar… ¡Así quiere Dios su Iglesia!

Y “sale corriendo” porque su deseo, su sueño, es tenerte en casa, tranquilo, seguro, alegre, estando unido a él. Te quiere a su lado, siempre a su lado. Ya se lo dijo Jesús al buen ladrón: “tú estarás conmigo en el Paraíso”. Para que ya no te pierdas más, para que seas tú mismo. Unido siempre a Él y unido a tus hermanos. Cualquier hijo, por pecador que sea, si viene arrepentido con el propósito de dar un giro  a su vida, Dios no lo desprecia. No le recrimina su pecado, “no ve su fango”, sólo le ve a él y su necesidad de cariño y de empezar de nuevo.

Cuando Jesús habla a los pecadores que le rodeaban, al hablarles con esta parábola llena de misericordia les estaba gritando: ¡Dios es tu Padre de verdad! ¿Lo oyes? ¡Dios, tu Padre y creador, te ama inmensamente! ¡Te ama infinitamente a tí, a tí, a tí…! No nos ama a todos como a un conjunto, nos ama a todos porque ama a cada uno personalmente. ¡El dio la vida por tí!  Y si en toda la historia de la humanidad hubiera habido sólo un pecador por el que dar la vida para redimirle, lo habría hecho. ¡Jesús muere por tí! Aunque sólo hubieras sido tú por quien llevar los pecados en su cruz.

Y gritaba de gozo el profeta Miqueas: “¿Qué Dios hay como tú que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?”.  Y es así, que el rostro de Dios que nos ha mostrado Jesucristo es más misericordioso y lleno de compasión por el hombre que en cualquier otra revelación. Y bendices a Dios, le das alabanza y gracias. Así nos ocurre a los sacerdotes cuando tenemos el regalo de confesar alguna persona que durante muchos años se ha alejado de Dios y vuelve rendido, con los brazos abiertos, con la sed de sentir el abrazo de amor de Dios por el/ella. Más de una vez me he emocionado cuando veía las lágrimas de alegría de esa persona que  volvía a encontrarse en casa, de verdad purificada, que podía empezar de nuevo, ¡que por fin ya no estaba huérfana!.

El peor de los atentados.

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¿Hay alquien que atente contra tu vida?

Esperemos que no.

¿Pero puede alguién o algo atentar contra tu fe?

Sin duda.

Cuando los hermanos de José quisieron acabar con la vida de su hermano, buscaban  quitarle a José el privilegio de esa relación tan íntima que tenía con su padre Jacob. De algún modo, sus hermanos “envidiaron” el amor que tenía Jacob por su hijo y por eso atentaron contra su vida, pensando que serían ellos entonces los destinatarios de ese amor.

Jesús se presenta ante los fariseos y los sacerdotes de Israel como un nuevo Jacob, dispuesto a dar a sus apóstoles la herencia de ser los nuevos hijos de Dios y líderes del pueblo. Igualmente podemos ver a Jesús como el nuevo José, como el hijo predilecto y amado de su Padre, con una relación única con Yahveh. A Jesús entonces, para llevarle a la muerte,  le acusarán de blasfemo, porque el sanedrín quiere acabar con su pretensión de ser el Hijo amado de Dios. Era como si quisieran arrancarle esa pretendida cercanía de Dios… Era como si hubieran querido quitarle su confianza en Dios-Padre y la fe del pueblo en él. Y lo vieron cumplido cuando le oyeron gritar en la cruz “Dios mío por qué me has abandonado”…

Cuando uno recuerda la historia de José o la parábola de los viñadores homicidas, te das cuenta que el atentado no es sólo contra la vida, es un atentado contra la relación que tenemos con Dios. ¿No es lo más preciado que tenemos? Yo tengo una relación preciosa con mis padres, con mi hermano, con mis amigos… Pero la relación más bonita es la que tengo con Dios. Y esa relación ilumina todas las demás. Las llena de contenido. ¿No os ocurre a vosotros? Por eso, si perdiera la fe, perdería el sentido de mi vida, porque perdería la razón de porqué amar 100 veces más a mis padres, 100 veces más a mi hermano, 100 veces más a mis amigos y conocidos. Quien atenta contra la fe de alguien realiza el peor de los atentados.

Quisiera que nos unamos haciendo una oración al Espíritu Santo por estas situaciones. Todavía llevo en mi corazón aquella niña de nueve años de aquel pueblo que, tras hacer la primera comunión, los domingos para ir a misa, tenía que despertarse sola, vestirse sola, desayunar sola, e ir sola a la Iglesia; mientras que durante el resto de semana, sus padres la levantaban, la aseaban, la ayudaban a vestirse, le preparaban el desayuno y la acompañaban a la escuela. Y todo por no perder esa relación con Jesús. Aquella niña siempre será un ejemplo para mí.

 

He encontrado un tesoro.

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Durante dos veranos tuve que estar atendiendo diariamente los servicios religiosos en el crematorio del cementerio de la Almudena. En el momento de la despedida es cuando te das cuenta del valor de las cosas de la vida. En el final, todo se pone en su sitio, es como un viento fuerte que hace caer lo supérfluo y deja en pie sólo la Verdad.

En mi retina tengo guardados algunos de estos responsos que pude rezar por las almas de personas con cierto renombre social, de gran poder económico, pero que eran acompañados en su muerte por un número muy reducido de personas. Hubo un caso en el que estuve sólo con el féretro. Y me preguntaba… “¿de qué le sirvió su poder, su fama, su influencia social o su dinero?”. Al final, estaba solo.

Muchas veces lo cuento a mis amigos y lo pongo de ejemplo. El éxito en esta vida no es el dinero o la posición social. Y respeto si han sido adquiridos con honradez, trabajo duro y tesón. Pero como dice el profeta Jeremías y luego canta el salmo, “prefiero ser árbol plantado al borde de la acequia”. El árbol al lado del río, tiene siempre cerca la fuente, y su sed esta colmada.

El pobre Lázaro estaba dispuesto a ser saciado, esta necesitado. Como el árbol a lado de la acequia. Pero el rico, seguro de sí mismo y de sus riquezas, se ha quedado lejos del agua, seco. Y ya nada le alivia su sed. ´Con esta parábola Jesús nos enseña la única verdad: todo pasa. Fama, éxito, riquezas, posesiones… Todo pasa. Sólo el amor vivido permanece.

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” -decía Jesús. Esta cuaresma es un tiempo para mirar las prioridades. Es un tiempo para volver a invertir en aquello que perdura. Desapegarse del dinero, perder la codicia. Mi tesoro siempre será la relación con el hermano, el amor con que he tratado a cada persona.

No se me olvidará el funeral que hemos hecho por el pobre que pedía a la puerta de mi parroquia. Ha sido increible ver cómo la iglesia se llenaba con el testimonio de decenas de personas agradecidas por aquel hombre, que aún necesitado de todo, había dado a manos llenas amabilidad y cariño. Y se volvió a cumplir la parábola: el rico murió realmente pobre, y el pobre se fue hacia el Cielo colmado de tesoros.

Merece la pena.

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A nadie nos gusta que nos corrijan. Supone siempre una violencia para nuestro “ego”. Pero la Verdad dicha con respeto y para buscar la perfección del otro, siempre construye.

La Palabra de Dios siempre es la Verdad que nos corrije. Por eso, siempre nos purifica, se convierte en un pequeño purgatorio anticipado. Pero, ¿estamos dispuestos a que el Alfarero modele nuestra historia?

Jeremías era las manos de Dios que quería modelar a su pueblo en la verdad, pero su pueblo, por su “ego” endurecido no quería corregirse. ¿Para qué seguir las palabras exigentes de Jeremías si se conformaban con las palabras suaves de los sacerdotes y profetas del Templo? Y la mediocridad del pueblo hacía odiosas las palabras del profeta que anunciaba la perdición de Jerusalen si no había una verdadera conversión.

También Jesús se hizo odioso por sus palabras llenas de exigencia y de libertad frente al poder y el dinero. Jesús  quiere que no nos conformemos. No podemos callarnos la injusticia por miedo a perder la imagen ante los demás. Ni mirar a otro lado cuando vemos el dolor del prójimo, pensando que eso no nos incumbe. Sin embargo, eso es ¡beber el caliz de Jesús! Él hace así: viene a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Porque no se desentiende. Y en esta ciudad en que nos movemos -y me lo digo a mi mismo-, miramos poco a los demás. Nos preocupamos de resolver nuestra pequeña escala sin complicarnos con la historia del otro… Y Jesús nos dice: ¡hay que servir! ¡Hay que beber de mi caliz! Cuando esto ocurre, el mundo se transforma.

Desde hace unas horas, creo que ya no soy el mismo. Me ha tumbado el testimonio de una familia de Italia que han acogido en su casa a un chico musulmán del Senegal, que habiendo salvado su vida tras pasar en lancha el mediterráneo, le diagnosticaron en el Hospital de campaña un cáncer terminal. Le acogieron en su casa, le trataron como un hijo más. Los chavales de este matrimonio, le vieron como un hermano, y le ayudaron a llevar adelante, en familia, los últimos meses de su vida. Hubo dos oraciones por su alma, en la parroquia y en la mezquita que frecuentaba. En ambos lugares se sentía la fraternidad entre todos. Cuando localizaron a la madre del jóven para darle la noticia, dijo a esta familia: “siempre estaré agradecida a Dios por lo que han hecho por mi hijo. Yo le he dado a mi hijo la vida natural, pero ustedes le han dado la vida verdadera”.

Realmente merece la pena convertirse y no conformarse. ¡Cuántas son las maravillosas obras que podría hacer Dios con nosotros!

Mi “número 1”.

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“Lavaos, purificaos…”

El profeta Isaías nos vuelve a recordar ese sentido bautismal que atraviesa espiritualmente toda la cuaresma de este año. El carácter penitencial y el cristológico se orientan hacia este aspecto: purificarse.

Los escribas en tiempos de Jesús se habían convertido en verdaderos abogados a los que acudir en los diferentes litigios que podía presentar la vida cotidiana. Por su parte, los fariseos, eran grandes conocedores de las escrituras y por su posición económica tenían tiempo libre y acceso a las escuelas rabínicas de su tiempo. Los fariseos se convirtieron en grandes intérpretes de la Ley y sus tradiciones.  Por eso, los fariseos y los escribas eran considerados por todos como personas rectas, puras, intachables, modelos a los que imitar. Eran personas con gran capacidad. Sus discípulos los consideraban verdaderos “padres”. Sentían su relación con ellos como una verdadera paternidad.  Realmente, se les podía llamar “rabí”, esto es, “maestros”.  Pero para Jesús, había mucha vanidad.

Pero en la vida del Cielo, ¿quienes son los maestros? En la vida del Amor auténtico,  ¿quien son los capaces? ¿Son acaso las personas con varias carreras, los que tienen más cultura o inteligencia? ¿Los que tienen doctorados en filosofía, psicología o teología? El saber ayuda, indudablemente, pero los títulos no nos hacen expertos en la libertad, en la gracia o en el amor.

Me acuerdo de José que se convirtió para mí en un auténtico maestro. Pero no porque me enseñara su sabiduría, sino porque me enseñó la sabiduría de Cristo. Le veía cómo rezaba en la capilla de mi barrio, le veía cómo saludaba a todos con cariño, con un corazón sencillo, abierto a todos, sin prejuicios. Era un hombre lleno de simplicidad,…  siempre, siempre, siempre lleno de una inmensa esperanza. Rechazado por muchos por su aspecto o por su forma de andar, sin embargo, a mí me parecía la persona más imitable del mundo. Hacia años que había tenido que dejar su trabajo, vivía de una pensión vitalicia que le había quedado después de que sus capacidades físicas e intelectuales hubieran decaído por la enfermedad que le produjo aquel envenenamiento colectivo del famoso “aceite de colza desnaturalizado”.

José me enseñó la vanidad de las cosas materiales y a poner el corazón en las verdades que no mueren conmigo. A ver que el centro del universo no soy yo sino Dios que nos ha creado a todos. Y cómo Dios me necesita para llevar su Amor y su Luz a los demás. Para el mundo José podía considerarse entre los desechados, pero para mí, era el primero en humanidad. Su felicidad era tener un solo Señor, un solo Maestro, un solo Padre: Dios-Amor. Y así me ayudó muchísimo. Mi servidor, mi amigo, mi “número 1”.

Y se cumplió:  “el primero entre vosotros será vuestro servidor”.

 

Vaciar el corazón.

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Cuaresma es purificación.

Este año es especialmente así, porque estamos en el ciclo de lecturas donde la Cuaresma apunta a la nueva vida recibida en el bautismo. Y el agua donde nos vamos a sumergir viene del corazón abierto de Cristo en la cruz. De este corazón traspasado brota la sangre y el agua que limpia todo pecado, y te hace libre frente a las esclavitudes de tantos falsos ídolos. ¿Quién no quiere beber de esta fuente y ser purificado por este agua?

Pero hay una condición. ¿Se te ocurriría beber agua limpia, recogiéndola en un recipiente lleno de suciedad? En absoluto. Primero vaciarías el recipiente y luego lo limpiarias con cuidado, para llenarlo de agua fresca y saciar tu sed. Por tanto, para recibir el agua de la vida nueva de Cristo, la condición primera es vaciar el recipiente. Esto es, vaciar el corazón,… ¿pero de qué?

El Señor lo ha dicho: vacíalo de juicios y de condenas. Porque los juicios sobre los demás hacen que no puedan crecer ni redimirse. ¿Para qué voy a intentar cambiar si los que me rodean creen que no tengo solución? ¿Cómo voy a dar de mí, si nadie quiere recibir lo que yo pueda darle? ¿Para qué esforzarse si haga lo que haga siempre seré un maldito?

El único que tendría derecho a tratarnos con juicio y condena, es el mismo Dios para con nosotros. Y sin embargo, Dios siempre espera nuestra redención porque no mantiene sobre nosotros la sospecha ni el prejuicio. Siempre nos mira con ojos nuevos, dándonos una nueva oportunidad cada día. Si no fuera así, no podríamos vivir. Un mundo sin posibilidad de redención, de madurar, de crecer y cambiar, es el infierno.

Da y te darán. Si Dios confia en tí, da confianza a los demás. Si Dios es generoso contigo, aprovecha a ser generoso con los que te rodean. Si Dios te ha perdonado miles de veces, es la hora de volver a mostrar compasión. Y así, vaciado tu corazón, Dios lo llenará con una alegría antes insospechada, una alegría “colmada, remecida, rebosante”.

La Cuaresma es fuente de una gran alegría.

 

 

Nuestra misión para este nuevo año.

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¡FELIZ 2017! A TODOS LOS QUE CON FIDELIDAD SEGUÍS ESTOS COMENTARIOS. En nombre de todos mis compañeros, invoco de corazón la bendición divina sobre todos vosotros con la fórmula hoy pronunciada en el libro de los Números:

” El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor. El Señor se fije en vosotros y os conceda la paz.”

No se puede empezar mejor este año nuevo que con una bendición. Cada día es una bendición y debe vivirse como tal.

Hoy es el día en que reconocemos que toda la humanidad ha sido extraordinariamente bendecida con una vida nueva desde la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.

Si alguien ha comprendido profundamente esta bendición ha sido nuestra madre la Virgen. Una jovencísima madre, que acoge entre sus brazos al Verbo eterno de Dios en cuerpo de niño, con carne de hombre. Y piensa -como insinuaban los padres de la Iglesia-: Dios se ha hecho carne en mi, para que mi cuerpo sea suyo. 

La Madre de Dios intuyó que ya nunca se pertenecería, su ser, su pensar, su sentir, sus amores le pertenecerían a Cristo. Su cuerpo se había convertido en un templo divino para siempre. Templo en el que el Espíritu había hecho morada, y así una joven judía se convertía en la primera y auténtica hija de Dios. Y a la vez, tenía el privilegio de ser la Madre del mismo Hijo unigénito del Padre. María así conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.

Ese misterio es nuestro sello de identidad. Así nos lo dice San Pablo. Nuestro cuerpo ya no nos pertenece, toda nuestra biología ha sido asumida por Dios. Ya no somos sólo criaturas en el universo, sino hijos adoptivos de Dios;  pues si el Hijo tomó nuestra humanidad es para que los hombres llegáramos a ser hijos. Y como María recibió en su entraña el Espíritu Santo nosotros también lo recibimos y podemos vivir una vida nueva: el amor de los hijos de Dios, la libertad de los hijos de Dios, la Gracia que se vive en el Cielo.

No lo dudemos: el Padre nos regala cada día de un nuevo año para realizar su misión: vivir con plenitud la existencia que nos ha sido dada y hacer todo lo posible para que el número de hijos de Dios crezca en cada rincón de la tierra. Nuestra misión en este nuevo año es dar a conocer a todos los caminos del Señor, a todas las gentes su salvación. 

Contad conmigo para vivir así. Muy unidos en cada Eucaristía.

La naturaleza anuncia la Palabra hecha carne.

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Sencillamente quería que hoy elevásemos nuestro espíritu e hiciésemos un momento de oración y contemplación juntos. Espero nos ayude.

“Alégrese el cielo, goce la tierra; retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque… Delante del Señor que ya llega a regir la tierra…  (Sal 95).

Las olas se estrellan con contra la roca haciendo un gran estruendo. El espectáculo es de una belleza singular. No cesa el vaivén, y “dice sí y dice no”, y “dice voy y dice adiós”, con un grito que suena al batir de tambores en una orquesta. Retumba el mar.

Pasas por los campos de trigo en una noche cálida de Junio. La brisa mueve las cosechas y parece un susurrar de miles de voces. Los grillos no dejan de cantar su soniquete estival. El concierto de la noche es algo casi mágico. Inunda la paz. Vitorean los campos y cuanto hay en ellos.

Cruzas un inmenso bosque de chopos. Si el viento ruge cuando pasas por medio de ellos, la chopera se agita de tal modo como si un millar de aplausos huecos se ofrecieran para tí . Se alza la ovación solemne de la naturaleza. Aclaman los árboles del bosque.

¿ Y si la dinámica de la creación hubiera sido misteriosamente establecida para dar un día la bienvenida al Dios hecho hombre? Es cierto, la belleza de la naturaleza ha sido siempre signo de la gloria y sabiduría del Creador. Pero también, como dice San Juan en su prólogo: “por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. Por una parte entonces, la naturaleza en toda su magnificencia y esplendor, durante milenios, habría anunciado y proclamado la venida de Jesús en medio de ella, como  decenas de trompetas anunciaban la llegada del emperador victorioso al llegar a la patria. Y por otra parte, todo el aforo del universo se pone en pie para aplaudir con su grandiosa armonía la manifestación visible del Hijo de Dios en la naturaleza humana. Por eso continúa el salmo: delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra.

¿Y después de su venida? La presencia de Cristo lo iluminó todo. Cada acto del universo quedó inserto en su luz. La humanidad para ser plenificada, su pecado para ser redimido, su mal para ser juzgado y sanado. Y su luz llegó a la naturaleza para ser respetada como impronta de su ser y ser contemplada como providencia de amor de Dios. Espacio donde el Espíritu del Resucitado habitaría hasta el fin de los tiempos.

Vivir “en familia”.

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Decía mi abuelo Paco que “cada casita tiene su espinita”.  Como puedes encontrarte alguna en el pescado más aparente y sabroso. La vida en nuestras familias habrá tenido mayores o menores alegrias, pero seguramente en todas siempre habrá habido un muro de dolor que superar, una dificultad que saber saltar, una limitación que abrazar. ¿Estoy en lo cierto? No existe, en ese sentido, la familia perfecta. La familia que no está herida por carencias materiales, lo está también por imperfecciones morales o incluso por pobrezas espirituales. La preciosa familia de José, María y el niño Jesús también tuvo que conocer muchas carencias: vivir en un pueblucho de mala fama (Nazaret), tener que dar a luz en un pesebre, emigrar a Egipto por persecución, pasar estrecheces por falta de recursos, tener que trabajar de sol a sol para salir adelante, la incomprensión de muchos vecinos,… etc.

La perfección de la familia de Nazaret es su carácter sagrado, haber custodiado la presencia de Jesús en medio de ella. Es es el mayor bien que posee. Es el don que la hace ser una familia santa, con infinitas dificultades, carencias y pobrezas, pero verdaderamente plena.

Siempre recordaré la familia de una amiga del barrio de San Blas . Los papás eran personas humildes, del mundo obrero, muy sencillas. Ella tenía 3 hermanos y dos de ellos eran gemelos que habían nacido con un alto grado de invalidez. Mi amiga P. siempre los llamaba “los niños”, porque aún llegando a la edad adulta, había que atenderles como si fueran realmente unos bebés. El sacrificio  por parte de todos era grande -como se puede suponer- e incluso se podía caer en la tentación de pensar si vidas como las de estas “personas tan minusválidas” merecían la pena ser vividas. Pero para mí, esta familia era el testimonio de algo inmenso: circulaba un amor entre ellos de una calidad distinta. Una capacidad de amar que yo no había visto en ningún otro lugar. A sabiendas de los sinsabores que los miembros de esta casa vivirían miles de veces, había una atmósfera de algo divino que lo traspasaba todo. Sin duda, era algo sagrado. ¿Qué era? Con el tiempo he reconocido que el amor oblativo de todos hacia aquellos “niños siempre necesitados” y el sacrificio de amor de unos por otros, atraía para mí la presencia de la Gracia por excelencia: Jesús espiritualmente presente entre ellos.

¿Cuántas congregaciones en el mundo existen bajo el patrocinio o por inspiración del carisma de la Sagrada Familia de Nazaret? ¡Son muchísimas! ¡Muchísimas! ¿Por qué? Porque ese carisma de ser custodios de la presencia de Cristo en medio del mundo, por el amor oblativo y recíproco de sus miembros, es el camino recto para hacer de este mundo una gran familia. Éste es el sueño de Cristo expresado en su “oración sacerdotal”: hacer de la humanidad una sola familia de hermanos. Por eso muchos hombres y mujeres consagrados bajo el testimonio de los castos esposos de José y María, desean vivir con pureza de corazón sus relaciones humanas de tal modo que testimonien a todos que en todo lugar y circunstancia, el gran Ideal será siempre poder vivir “en familia”.

Escucha de nuevo las palabras del apóstol Pablo a los colosenses:        “Hermanos, como elegidos de Dios, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura y comprensión. Perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro… Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo.”

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