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VEN ESPIRITU SANTO

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Qué regalo puede dar Dios-Padre a Dios-Hijo? Sólo el Amor. Ese es el Espíritu Santo. Es el Amor-persona. Es el Don de Dios.

Cuando Jesús muere en la cruz, hace algo inmenso, en medio de su sacrificio de amor por los hombres dice a su Padre: “A tus manos encomiendo mi espíritu”. Y expirando, lo da. Es el Espíritu-divinidad que ha acompañado a Jesús desde que lo engendró en el seno de María, que inundó su humanidad desde el bautismo, con el que rezaba a su Padre y en el que realizaba las maravillas de sus signos.

Y ahora es donado a la Iglesia, a la humanidad. El Don de Dios se nos regala a nosotros. ¿Para qué? Para reconstruir todo lo que había sido derrumbado por el pecado del hombre. ¿ Y qué había sido derrumbado? Justamente el amor.

El amor que nos unía con Dios-creador, el amor que nos unía entre nosotros, y el amor que nos unía a toda la creación. Por eso, el Espíritu Santo se nos da para perdonar los pecados (evangelio), para que seamos un sólo cuerpo (epístola), y podamos entendernos de verdad (primera lectura).

¿Pero sólo se nos da a nosotros? Dice el Salmo de hoy que el Espíritu se da como aliento repoblando toda la tierra. El Espíritu se ha derramado también sobre toda la tierra (cosmos), para que regándola de Gracia pueda germinar un día como “cielos nuevos y tierra nueva”. Cuando estamos llenos del Espíritu Santo es como si nos uniéramos todos al todo de la creación para tener un mismo destino de salvación. Suena fuerte, suena elevado, pero es lo que nos dijo Jesús: “Dios será todo en todos”.

Nunca se me olvidará aquella vez que unos amigos palestinos de Belén vinieron a dar testimonio en una misa de Navidad. Sintieron tanto amor entre la gente y hacía ellos en la liturgia, que se emocionaron y sólo pudieron decir estas palabras: “nos sentimos como hermanos con vosotros, no os conocemos y ya os queremos, rezar por nosotros y llevarnos siempre en vuestro corazón”. Y ocurrió el milagro de que los desconocidos de culturas e idiomas tan diferentes se sentían de la misma comunidad, de la misma patria, de la misma familia. Allí estaba el Espíritu Santo, sin duda.

¿Qué podemos decir? Sólo podemos repetir esa oración antiquísima de la Iglesia. De verdad, con el corazón abierto… “Ven Espíritu Divino, Ven Espíritu Santo. ¡Ven por María!”

 

¡Qué gran testimonio!

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Honrar a nuestros difuntos surge espontáneamente de nuestro corazón. El hijo siempre recuerda y honra a sus padres, los viudos viven permanentemente con la memoria de sus queridos esposos y una madre siempre tiene una herida abierta en el corazón por un hijo fallecido. En cada caso, surge espontáneamente hacerles presentes en nuestro recuerdo y elevarles nuestro amor.

La Iglesia, como buena madre, siempre recuerda con amor y dolor la muerte de sus hijos. Y ensalza con una honra especial a los mártires. ¿Cómo no? Ellos son los hijos que nunca han renunciado del amor de su familia, de la fe de sus padres.

Carlos Luanga y sus doce compañeros mártires, eran chicos jóvenes de entre catorce y treinta años que no tuvieron más delito que querer mantenerse fieles a su fe y puros en su conducta, alejándose de los deseos lujuriosos del rey de Uganda, que los acusó por despecho a su honrosa conducta por no querer acostarse con él, aun siendo pajes y servidores suyos. Como tantos otros, tratados como esclavos, en medio de los avatares del siglo XIX, el poder del hombre no puede doblegar la dignidad del que se siente hijo de Dios.

Estos mártires encarnan una fortaleza y una grandeza impresionante. Carlos, de entre todos ellos, destaca por haberles liderado en la aventura del seguimiento de Cristo. Aunque su muerte fuera atroz, ya siendo degollados o quemados vivos, ellos mantuvieron intacta su dignidad personal.

En mi parroquia enseñamos a los niños de catequesis a arrodillarse delante del santísimo por esta misma razón: para que aprendan que uno sólo debe arrodillarse delante de Dios, y nunca jamás delante de nada ni de nadie.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra historia de salvación. Yo no tengo porqué hacer las proezas de caridad  de Teresa de Calcuta, ni tengo que irme de misionero como San Fracisco Javier…., pero como ellos, yo también encuentro mi santidad respondiendo generosamente a la voluntad de Dios que tiene para mí.

Así le dijo Jesús a Pedro respondiendo a su pregunta sobre cuál iba a ser el destino de  san Juan. Cada uno tiene un camino de santidad, distinto y único: mártir, ama de casa, misionero de ciudad, catequista, banquero o sacerdote. Lo que nos hace santos no es que vivamos un estado más perfecto que otros, sino que perfeccionemos, con nuestro amor a Dios y al prójimo, el estado de vida que tenemos. Es vivir esta palabra tan radical de hoy: “Tú sigueme”.

En honor a san Carlos Luanga y compañeros mártires, gracias por haber seguido a Jesús como pajes fieles, pero del Rey de reyes: Jesús.

¿Se lo decimos?

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¿Es el cristiano amado o rechazado?

En la historia ha sido amado por su misericordia y por sus obras de caridad. Por ejemplo,  Cáritas o la labor misionera de la Iglesia es aplaudida y respetada por la sociedad. Sin embargo, el cristiano ha sido rechazado por su pretensión. Por una afirmación tan pretenciosa y “aparentemente prepotente” que ha resultado casi siempre “necedad o locura”: un hombre conocido (llamado Jesús) era Dios. El Dios creador se ha hecho hombre.

A San Pablo le metieron en la carcel por un “difunto que él dice que está vivo”. ¿Qué afirmación es ésta? Imagínate.

Cuando estaba el sanedrín juzgando a Jesús, al no encontrar una acusación firme para ajusticiarle, llegaron a preguntarle: ¿pero eres tú el Hijo de Dios vivo? Tú lo dices -respondía Jesús-. Caifás así encontró el motivo para matarle: ¡Qué blasfemia! ¡Un hombre que se hace Dios! ¡Un finito que se cree infinito, un mortal que se afirma inmortal, un creador que se ha hecho creatura!

Hoy en Irak, en Egipto, en Siria,… se está persiguiendo cristianos, asesinando cristianos, porque no quieren someterse a otra verdad que no sea la de seguir afirmando que Jesús es el único Señor de la historia. Los cristianos no son adversarios de guerra, no son políticos opositores, no son milicianos de armas. Desde adolescentes a a ancianos, muchos son denigrados por decir que aman a Jesús con todo su corazón. Ellos están diciendo, como Pedro en el evangelio de hoy: “Jesús, tú sabes que te quiero”. Con infidelidades y pecados, pero en medio de la persecución se lo están diciendo con toda su razón, voluntad y sentimiento…, a pesar del miedo.

Si hoy, como a Pedro, Cristo vivo te pregunta: “y tú,.. ¿me amas? ¿Estarías dispuesto a dar la cara por mí?”. En medio de tu familia que no te comprende, o de tus compañeros de trabajo siempre criticando a la Iglesia, o incluso de tus amigos más cercanos, a veces intransigentes con tu práctica religiosa, …”¿me amas?” -dice Jesús. “¿Soy para tí el Hijo de Dios vivo? ¿Soy para tí el muerto que está vivo? ¿Soy para tí el Señor de la historia, camino, verdad y vida?”

Te lo va a preguntar a lo largo de tu vida no una, ni dos, ni tres -como a Pedro hoy-, sino cientos de miles de veces. Y en todas ellas puedes responder… “Sí Señor, tu sabes que te quiero”. Y lo puedes hacer no sólo con tu oración, sino también con tus gestos, tus palabras, con tu sonrisa, tu ternura, o con tu amor y perdón a los demás. ¿Se lo decimos?

San Justino, el secreto y la Verdad.

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¿Dónde está el amigo que siempre busco?

¿Dónde está la felicidad que tanto ansio?

¿Podría no existir pero… por qué existo?

¿La belleza del mundo tiene un principio y un fin?

Cuántas preguntas rondaban en el corazón inquieto de Justino. Probablemente uno de los más grandes filósofos de la primitiva Iglesia, grande entre los grandes padres apologetas. Justino había sido educado para aspirar a lo más alto, reunía lo mejor de oriente y occidente. Nacido en Siquem, en Palestina, vivió rodeado de la cultura greco-romana pero conocía la historia judía. Su mente siempre estuvo abierta a conocer el verdadero origen y causa de cada cosa. Y lo buscó sin descanso, entre los estoicos, aristotélicos, pitagóricos o platónicos…

Releyendo la vida de san Justino y después de más de 15 años sirviendo en la misión evangelizadora de la Iglesia, me he dado cuenta que Dios se revela rápidamente a aquellos corazones que cumplen dos condiciones: que confian que existe la Verdad (la razón de toda la realidad) y un deseo inmenso de conocerla. Es como si Dios encontrara un corazón que le gritara, que le rezara sin cesar. Por el contrario, ¡qué difícil resulta la manifestación del amor de Dios a un corazón cerrado sobre sí mismo y reducido a lo material! (Me recuerda a lo que dijo Jesús… “¡Qué dificil  le es a un rico entrar en el reino de los Cielos!”) Un pobre de corazón, no es una persona ignorante o simplona, puede ser una persona culta y bien formada, pero dispuesta a perder sus convicciones más profundas en honor a la Verdad. Como decía una mística de nuestro tiempo: entre todas las estrellas maravillosas que brillan en el firmamento elegí una: La Verdad.

¿Y cuál es la Verdad? Ya sabes… No es una definición filosófica sino una persona. “Yo soy La Verdad…” (Jn 14,6); así se definió Jesús a sí mismo.Y de él mana todas las verdades, todas las respuestas. Escucha hoy el evangelio porque nos lo ha dicho todo. ¿Cuál es el fin de la Vida humana? ¿Cuál es la Verdad del hombre? Escucha a Cristo: el fin es la Unidad. El origen fue la Unidad del Amor entre el Padre y el Hijo. Dios nos quiso crear para que fuéramos, entre todos los seres del Cosmos, interlocutores de Dios. Pero, en Jesucristo, nos eligió para que nos uniéramos para siempre en la misma vida de Dios. Hijos partícipes de la vida del Padre. Viviendo unidos en la verdadera patria, amándonos en la luz eterna entre el amor del Padre y del Hijo en el Espíritu. Una unidad que llena de felicidad y plenitud. Por tanto, todo lo que hagamos en este mundo si tiende a la unidad en nuestro ser, en nuestras relaciones y entre nosotros con Dios, será su cumplimiento. Si tendiera a la división o al egoismo, es su destrucción. Y por ello, merece dar la vida. Como confesó Justino ante el prefecto romano que le llevo al martirio: ” Yo sólo espero entrar en la casa del Señor…; pues sé que a todos los que vivan rectamente les está reservada esta recompensa divina hasta el fin de los siglos”.

El acontecimiento de la Visitación.

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La Visitación de María a su prima Isabel, no es el mero hecho de ayudarse la familia en los momentos de necesidad. Es algo más, es un verdadero acontecimiento.

Por una parte, la compasión y el servicio mostrado por María es incuestionable. Una jovencísima muchacha embarazada hace un trayecto de decenas de kilómetros para ayudar a su prima que tiene un embarazo más complicado por ser mayor. María ayudará los tres meses necesarios hasta el parto de Isabel. Parece como s  la carta de Pablo a los Romanos fuera una descripción exacta de la actitud de la Virgen en este momento: su caridad es auténtica, siempre haciendo el bien, cariñosa, estimando a Isabel más que a ella misma, siendo diligente, ardiente en el espíritu, sirviendo constantemente,… etc. Merece la pena releerlo así, se te llena el corazón. La Visitación es un acontecimiento insigne de Caridad.  Si alquien quiere profundizar en cómo se ama al hermano con perfección debe aprender de esta escuela…

María ama porque está llena de Cristo, esta llena de la luz del Espíritu. Su amor es como va a ser el de su Hijo: “Se hace uno” con la situación del necesitado, toma la necesidad del otro como la suya propia, no se desentiende. “Es concreto“, hace de servidora de su prima,  va a vivir con ella, se pone a su servicio,… como un día lo hará Jesús con sus discípulos lavándoles los pies. “Toma la iniciativa“, es la primera en dar el paso, hace lo que sea necesario, recorre la distancia,  está dispuesta a lo que haga falta. Así es el amor de Dios por nosotros.

Después de ser Caridad es un acontecimiento Profético. María hace la perfecta catequesis: proclama a su prima su agradecimiento a Dios por el inmenso don que la ha hecho. Ella estaba tan agradecida a Dios que estaba deseando comunicárselo a su prima Isabel. Los catequistas son ante todo personas agradecidas. Transmiten a los demás todo lo que ellas a su vez han recibido, todo el amor que han experimentado de Dios y quieren comunicarlo a todos (niños, jóvenes, adultos,…).  Y por otra parte es profecía en cuanto pone en la verdad. Las palabras de María en el Magnificat son el paradigma de la acción profética de la Iglesia: anuncian el bien que hace Dios en la vida y denuncian la soberbia del poder y la codicia que destruye al hombre: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos (pobres de espíritu, sencillos) los colma de bienes y a los ricos (de sí mismos) los despíde vacíos”.

Todos nosotros como Iglesia tenemos un precioso ejemplo donde mirarnos si queremos hacer el bien al mundo de hoy. Siguiendo a Maria en la visitación como Caridad y Profecía… ¿Cómo no recordar a santa Teresa de Calculta? Ella vivió este Misterio de la Visitación que la llevaría a la santidad.

Triunfar en la vida.

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Si alguien te pregunta: ¿qué es el Evangelio de Cristo?

Responde como san Pablo: Es recibir la Gracia de Dios.

Y si alguien te pregunta: ¿qué es la Gracia de Dios?

Responde como el Salmo: Es la lluvia copiosa que alivia la tierra extenuada. Es escapar de la muerte, es ver como Dios lleva nuestras cargas y pecados, es salvación.Es la Gloria de Dios.

Y si alguien te pregunta: ¿Qué es la Gloria de Dios?

Dí como el mismo Jesús: La vida verdadera y eterna que Dios tiene. Conocer la Vida de Amor entre el Padre e Hijo y participar de ella. Como decía la profecía de Isaías 43, 7, “Dios nos ha creado para su Gloria”. ¡Tremendo!

Dios pensó en este minúsculo planeta entre todas infinitas estrellas y galaxias del cosmos para crear una criatura que tuviera como destino ser interlocutor de Dios y poder conocerle; es más, llegar un día a participar de su poder y majestad sobre todo el universo. Y llegar a vivir a modo divino. Pero ésto no sería posible si nuestra humanidad no hubiera sido tomada antes por Dios en la encarnación de Cristo. Así lo rememora hoy Jesús en su inicio de la oración sacerdotal y lo explica.

El Hijo se hizo hombre, para que la divinidad habitara en la humanidad, y para que la humanidad fuera divinizándose, conociendo con los sentidos y con la carne de Cristo, cómo se vive en el Cielo. Él nos fue comunicando todo: las palabras que el Padre le dió, el amor que recibía de su Padre, la potencia que tenía en todas las cosas… Eso es la Gracia de Dios que experimentamos los que seguimos a Cristo.

¡Cuántas palabras nuevas salen de nuestra boca, cuántos pensamientos verdaderos asolan nuestra mente, cuántos gestos de entrega realizamos inspirados desde lo más dentro! ¿Quién nos lo iba a decir cuando empezamos a creer y a seguir a Jesús? A pesar de nuestro hombre viejo, de nuestro pecado cotidiano, en muchas ocasiones hemos visto cómo hemos sido artífices de una vida de paz, de consuelo, de amor sincero,… ¡Del evangelio del Reino! Y eso es lo que San Pablo proclama ante los presbíteros de Efeso. Vuélvelo a leer y verás cómo hace un canto precioso a la vida divina que se ha establecido en él. Escucha como ya se ha hecho indiferente a las maquinaciones del mundo, y ahora vive dispuesto a mucho más. Dispuesto a dar todo lo que Dios le está dando a él, sin reservarse… Es como si viviera entre el Cielo y la tierra, una vida preciosa, tomando sobre sí los dolores de cada día, pero preocupado sólo en llevar adelante la victoria de la Palabra, del Evangelio. Así no se logra el éxito del mundo, es verdad, pero sí puede ser triunfar en la vida.

La Gran Profecía.

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“Ahora sí que hablas claro y no dices ninguna parábola”

¿A qué se refieren los discípulos?  Conviene tener presente todo el capítulo 16 de san Juan desde el principio. Pero yendo a lo fundamental, Jesús sabe que sus discípulos no estan entendiendo toda la magnitud y profundidad de lo que está sucediendo en sus vidas. Para ello, van a necesitar el desarrollo de la historia y la iluminación constante del Espíritu Santo.

Por otra parte, Jesús sabe que los discípulos piensan que por seguirle, la felicidad está asegurada, que va a llegar la época dorada del imperio de la armonía y que van a estar exentos de problemas o dolores. Nada más lejos de la realidad.

Jesús, como maestro y amigo, quiere aclararles la verdad.

Por una parte, quiere que se den cuenta de que realmente él es el Hijo de Dios profetizado desde antiguo. Jesús reitera a los discípulos la verdad de su divinidad: “mi Padre os quiere porque me queréis y creéis que salí de Dios”.   Y se lo va a repetir no una, ni dos, sino ¡cuatro veces! Puede ser que nosotros hoy lo tengamos asumido… Sí, claro, Jesús es la segunda persona de la Trinidad, es Dios verdadero de Dios verdadero, etc., etc. ¡El creador del inifinito cosmos traspasó las dimensiones del mundo y vino a la tierra para convivir como humano-limitado! En un cosmos que se reducía al espacio terrestre y a la esfera del cielo donde estaban los astros como colgando de una bóveda que rodeaba la tierra parece fácil que el “gigante Dios” se hiciera “pequeño hombre”, casí hasta parece otra manera de ver las encarnaciones de los dioses del olimpo… Pero pensar que el Dios eterno, más allá de las infinitas estrellas y galaxias del espacio infinito -que hacen contemplar la Tierra como una piedrecita en medio de un inmenso desierto-, haya querido “abajarse” para vivir como criatura humana, resulta siempre asombroso y desconcertante. Me gustaría que lo meditásemos de nuevo… Realmente, necesito de la luz del Espíritu de la Verdad para llegar a comprenderlo.

Por otra parte quiere que sus discípulos entendamos la cruz de la moneda. Que el Hijo de Dios haya estado presente en nuestra historia, como hombre verdadero, supone que debía sufrir dolor, limitación y finalmente muerte. Supone la oscuridad de su potencia divina en todo ello. Y eso hace que algunos se escandalizen, otros se aparten de la fe y otros vean la inutilidad del Dios de Cristo en la vida. De hecho, algunos llegan a pensar que “Dios ha muerto” y ha desaparecido de la tierra y ha abandonando a su suerte la vida de los hombres (guerras, asesinatos, hambre, injusticia por doquier,…). Por eso a Cristo se le da de lado.

La Palabra de Cristo hoy es impresionante, porque profetiza lo que ha pasado en la historia y el momento que estamos viviendo. Él ya lo sabía, por eso nos ha dejado este capítulo precioso de san Juan para que lo escuchemos una y otra vez. Y ahora puedes entender lo que él dice finalmente: “Os he dicho estas cosas para que volváis a tener paz en mí. En el mundo tendréis sufrimiento. Pero… ¡ánimo! Yo he vencido al mundo”.

Sí, creo en tí Jesús Resucitado, tú tienes la última palabra de cada historia y de cada persona.

 

Luz, pan y… ¡agua!

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¿Quién en la zona desértica de Siquem iría al pleno sol del mediodia a buscar agua a un pozo? Sólo una mujer que quisiera estar sola, con algo que ocultar. Esa era la mujer samaritana. Una mujer con una vida dispersa, conviviendo con un hombre que no era su marido, habiendo tenido previamente varias parejas. Ella va a buscar agua necesaria para su vida cotidiana. Pero en el pozo, va a encontrarse con un hombre desconocido a solas -cosa inaudita para las buenas constumbres de Israel- y, para colmo, aquel hombre era un judio, enemigo natural para los samaritanos.

Todo hubiera sido un despropósito si aquel hombre no hubiera sido el mismo Hijo de Dios. En realidad, era Cristo Buen Pastor quien había ido a buscar a una ovejita perdida y sedienta de amor.

Piensa ahora por un momento qué necesita tu vida física… ¿Alimento? Sin duda. ¿Luz? Evidente. ¿Agua? Realmente. Es interesantísimo entonces escuchar a Jesús hablando de sí mismo. Si necesitas luz, Jesús te dice “yo soy la luz del mundo”. Si necesitas alimento, Jesús te dice: “yo soy el Pan vivo bajado del Cielo”. ¿Y si necesitas agua? Jesús dice a la samaritana: “quien beba del agua que yo le daré brotará en él como un manantial que salta hasta la vida eterna”. ¡Qué sorprendente casualidad! Si para tu vida física necesitas esencialmente de estos elementos (agua, luz, alimento…), para tu vida personal necesitas radicalmente de Jesucristo. ¿Qué seria de nosotros si no recibiéramos el agua de su Espíritu de amor? ¿Qué sería de nosotros si no recibiéramos cada domingo el pan que nos alimenta? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos la luz inmensa de su Palabra? En la misa encuentro todo lo que necesito para vivir y crecer como persona.

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana, quedó en los oídos de los apóstoles como el espejo donde mirarnos todos los hombres. Jesús no se esconde de cada persona, sobre todo de los pecadores. Será Jesús quien saldrá al camino de cada hombre y mujer a lo largo de toda la historia para hacerle una oferta única: ser la fuente de su vida. Aquella mujer se dio cuenta de que el pozo al que con tanto afán iba cada día debía ser sustituido por otro pozo más profundo y de agua de vida eterna. Y en sus labios aparece una de las más bellas oraciones del evangelio: “Señor, dame de beber…”.

El final del encuentro de Jesús con la samaritana tiene un detalle precioso y significativo. La mujer  cuando descubre a Jesús como el Mesías esperado, salió corriendo llena de entusiasmo para encontrarse de nuevo con las personas de las que antes estaba huyendo y contarles a todos que era una persona nueva. Y se olvida del cántaro, dejándolo a un lado, pues ya no vive de preocuparse sólo por consumir y lo material, sino que ya ha adquirido aquello que te hace vivir totalmente: encontrar al Amor que la ama y la conoce personalmente, que no la condena sino que la acoge con cariño, y que la ha llamado a derramarlo a los demás para que todo se llene de Vida, y viva para siempre.

Por tí.

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“Hijo mío, yo no veo tu fango, te veo a tí.  Esa luz de mi ventana, la puerta abierta de la casa era por tí”.

Así podría decirle el padre al hijo pródigo de la famosa parábola que acabamos de escuchar. El padre “que sale de casa” corriendo antes de que llegue el hijo porque estaba siempre pendiente de él. ¿Cómo no pensar así de nuestro Creador? Siempre pendiente de cada criatura, de tí, de mí.  Con la puerta abierta para cuando vuelvas, con la luz de la ventana encendida para que no te dé reparo de entrar… ¡Así quiere Dios su Iglesia!

Y “sale corriendo” porque su deseo, su sueño, es tenerte en casa, tranquilo, seguro, alegre, estando unido a él. Te quiere a su lado, siempre a su lado. Ya se lo dijo Jesús al buen ladrón: “tú estarás conmigo en el Paraíso”. Para que ya no te pierdas más, para que seas tú mismo. Unido siempre a Él y unido a tus hermanos. Cualquier hijo, por pecador que sea, si viene arrepentido con el propósito de dar un giro  a su vida, Dios no lo desprecia. No le recrimina su pecado, “no ve su fango”, sólo le ve a él y su necesidad de cariño y de empezar de nuevo.

Cuando Jesús habla a los pecadores que le rodeaban, al hablarles con esta parábola llena de misericordia les estaba gritando: ¡Dios es tu Padre de verdad! ¿Lo oyes? ¡Dios, tu Padre y creador, te ama inmensamente! ¡Te ama infinitamente a tí, a tí, a tí…! No nos ama a todos como a un conjunto, nos ama a todos porque ama a cada uno personalmente. ¡El dio la vida por tí!  Y si en toda la historia de la humanidad hubiera habido sólo un pecador por el que dar la vida para redimirle, lo habría hecho. ¡Jesús muere por tí! Aunque sólo hubieras sido tú por quien llevar los pecados en su cruz.

Y gritaba de gozo el profeta Miqueas: “¿Qué Dios hay como tú que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?”.  Y es así, que el rostro de Dios que nos ha mostrado Jesucristo es más misericordioso y lleno de compasión por el hombre que en cualquier otra revelación. Y bendices a Dios, le das alabanza y gracias. Así nos ocurre a los sacerdotes cuando tenemos el regalo de confesar alguna persona que durante muchos años se ha alejado de Dios y vuelve rendido, con los brazos abiertos, con la sed de sentir el abrazo de amor de Dios por el/ella. Más de una vez me he emocionado cuando veía las lágrimas de alegría de esa persona que  volvía a encontrarse en casa, de verdad purificada, que podía empezar de nuevo, ¡que por fin ya no estaba huérfana!.

El peor de los atentados.

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¿Hay alquien que atente contra tu vida?

Esperemos que no.

¿Pero puede alguién o algo atentar contra tu fe?

Sin duda.

Cuando los hermanos de José quisieron acabar con la vida de su hermano, buscaban  quitarle a José el privilegio de esa relación tan íntima que tenía con su padre Jacob. De algún modo, sus hermanos “envidiaron” el amor que tenía Jacob por su hijo y por eso atentaron contra su vida, pensando que serían ellos entonces los destinatarios de ese amor.

Jesús se presenta ante los fariseos y los sacerdotes de Israel como un nuevo Jacob, dispuesto a dar a sus apóstoles la herencia de ser los nuevos hijos de Dios y líderes del pueblo. Igualmente podemos ver a Jesús como el nuevo José, como el hijo predilecto y amado de su Padre, con una relación única con Yahveh. A Jesús entonces, para llevarle a la muerte,  le acusarán de blasfemo, porque el sanedrín quiere acabar con su pretensión de ser el Hijo amado de Dios. Era como si quisieran arrancarle esa pretendida cercanía de Dios… Era como si hubieran querido quitarle su confianza en Dios-Padre y la fe del pueblo en él. Y lo vieron cumplido cuando le oyeron gritar en la cruz “Dios mío por qué me has abandonado”…

Cuando uno recuerda la historia de José o la parábola de los viñadores homicidas, te das cuenta que el atentado no es sólo contra la vida, es un atentado contra la relación que tenemos con Dios. ¿No es lo más preciado que tenemos? Yo tengo una relación preciosa con mis padres, con mi hermano, con mis amigos… Pero la relación más bonita es la que tengo con Dios. Y esa relación ilumina todas las demás. Las llena de contenido. ¿No os ocurre a vosotros? Por eso, si perdiera la fe, perdería el sentido de mi vida, porque perdería la razón de porqué amar 100 veces más a mis padres, 100 veces más a mi hermano, 100 veces más a mis amigos y conocidos. Quien atenta contra la fe de alguien realiza el peor de los atentados.

Quisiera que nos unamos haciendo una oración al Espíritu Santo por estas situaciones. Todavía llevo en mi corazón aquella niña de nueve años de aquel pueblo que, tras hacer la primera comunión, los domingos para ir a misa, tenía que despertarse sola, vestirse sola, desayunar sola, e ir sola a la Iglesia; mientras que durante el resto de semana, sus padres la levantaban, la aseaban, la ayudaban a vestirse, le preparaban el desayuno y la acompañaban a la escuela. Y todo por no perder esa relación con Jesús. Aquella niña siempre será un ejemplo para mí.

 

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