Jueves 16 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Después del diluvio universal, la tierra está vacía. Por eso “Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra»”. ¡Llenad la tierra de vida, porque la vida es imagen de Dios! Pero de modo especial, esa imagen radica en el hombre.

El mandato de llenar la tierra hoy entra en conflicto con las discusiones sobre la sostenibilidad planetaria. Las corrientes más influyentes presionan para que se ejerza un estricto control de la natalidad, o bien se legisle favorablemente sobre la eutanasia. En primer plano se habla de si hay recursos suficientes en el planeta o del impacto negativo que tiene el hombre sobre la naturaleza. La bandera del ecologismo hoy día es intocable. Pero, como denuncia el Papa en “Laudato si”, el fondo del problema en la mayoría de planteamientos es el peligro del sistema del bienestar, que destapa un mundo de codicias e intereses creados. El problema no son los recursos, sino su recta administración y distribución. Aquí se muestra en primer plano hasta qué punto el egoísmo hace al hombre propietario y creador, y de este modo, ocupando un lugar que no le corresponde, se vuelve fratricida, insensible y ególatra. Se crea los dioses a su medida, y de este modo piensa en salvar su vida: el dinero, el placer, el bienestar, el consumismo…

Lo recuerda la Escritura casi en todas sus páginas: el hombre no es propietario ni creador, sólo administrador. Y sin duda, cuenta con los recursos y tecnología suficientes para que este precioso planeta siga girando —con nosotros dentro— durante muchísimos siglos.

Tenemos mucho que agradecer a los papas de la era moderna porque han puesto el dedo en la llaga respecto a los problemas sociales de la superpoblación. No se han callado cuando tenían que denunciar alguno de los perversos planteamientos de fondo. Han sido valientes, claros, concisos y al mismo tiempo, han señalado soluciones y se han mostrado conciliadores, punto de comunión para los hombres de buena voluntad.

Pasa lo mismo respecto a los peligros de ciertas concepciones acerca del ser humano, como por ejemplo la ideología de género. En el libro del Génesis aparece el arco iris como la señal del pacto que hace Dios con la criatura; en cambio, la criatura, ha elegido la bandera multicolor para “re-crear” un hombre que Dios no ha creado, y “re-diseñarlo” al arbitrio de sus pasiones. Es verdad que existe una diferencia entre el arco iris y la “bandera multicolor”: el primero tiene siete colores, y el segundo seis (falta el violeta o el morado).

Muchas de las ideas que encontramos en el ambiente social y cultural, vacías de Dios y llenas de egoísmo y autosuficiencia, requieren una respuesta contundente, como la del Señor en el evangelio de hoy: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Pero deberíamos siempre pronunciarla con el mismo tacto e intención con que las pronuncia Cristo: denunciando el pecado, salvando al pecador. Siempre hay diferencia entre el pecado y el pecador.

Miércoles 15 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Aunque siguen los intentos por encontrarla, el arca de Noé sigue sin aparecer. En todo caso, el relato del libro del Génesis acerca de lo que pasó tras el diluvio es una bocanada de esperanza para la humanidad. Recordemos que el diluvio universal era un “borrón y cuenta nueva” respecto del proyecto creador de Dios: se arrepiente de la creación del hombre, pues la criatura, de espaldas al Creador, se arrastra por los caminos de la maldad.

La misión de Noé fue rescatar lo imprescindible del género humano y también de los animales. Sobre las plantas no se dice nada, pero como son más resistentes al agua, no suponía un problema. Este relato del arca de la alianza le gusta especialmente a los niños, pues les parece una especie de zoo flotante.

El arca se llenó justo a tiempo, antes de que el diluvio borrara a los hombres y sus maldades de la faz de la tierra. Este modo de actuar de Dios manifiesta la gran vocación para la que ha sido creado el ser humano, y de lo terrible que es la maldad, que desfigura y disgusta al Señor, pues la criatura, cayendo en el pecado, rechaza su propia belleza y se envilece. El diamante prefiere ser un mero trozo de carbón. Un hombre así no sirve: dice poco de sí mismo y de Dios.

Noé y su familia son agradables a Dios, y le adoran con rectitud. Son personas de fe. Cuando las aguas vuelven a su cauce, Noé ofrece a Dios un sacrificio de animales. Teniendo en cuenta los pocos que había sobre la faz de la tierra, este sacrificio tiene un valor inmenso. Pero el sacrificio más agradable a Dios fue el corazón adorante de Noé, lleno de gratitud por haber “salvado el pellejo”. Esto conmueve al Señor y se arrepiente del exterminio que ha provocado sobre la humanidad.

La humanidad hoy, como nunca antes, podría estar al borde del exterminio. No sólo por la capacidad nuclear —los aires vienen revueltos desde norteamérica—, sino sobre todo por el abandono de Dios. Él es quien siembra la rectitud, quien sana las heridas de la maldad y da la verdadera paz. Sin Él, lo que el hombre construye, tarde o temprano acaba sucumbiendo.

Dios se arrepiente y jura “no volver a matar a los vivientes” como lo ha hecho. Pero el arrepentimiento del hombre es más volátil. El final de la II Guerra Mundial fue un gran zarandeo de la conciencia planetaria que la llevó a recapacitar. Culminó con un acto de arrepentimiento respecto del uso de la bomba nuclear, los campos de exterminio y la falta de unidad. Se creó la ONU y se firmó la Declaración universal de los derechos humanos. Recemos y ofrezcamos sacrificios como Noé para que el arrepentimiento de los hombres dure tanto como el de Dios.

Martes 14 de febrero. Stos Cirilo y Metodio, patronos de Europa. Fiesta

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San Juan Pablo II nombró a San Cirilo (+869) y San Metodio (+885) como patronos de Europa. Estos dos hermanos de sangre hicieron una laboriosa evangelización de los pueblos eslavos. Llegaron a crear una lengua para traducir la Biblia al contexto cultural de aquellos pueblos.

La creatividad misionera de la Iglesia a lo largo de la historia le ha permitido inculturar el Evangelio en lugares muy diversos, acomodando costumbres acordes con la fe, y superando, transformando o incluso suprimiendo otras que se manifestaban contrarias a la vida nueva que nos trae el Señor.

Son momentos de innovación misionera. Europa se define a sí misma como postcristiana, ha abdicado de la fe. Las legislaciones de casi todo el continente comienzan a señalar como delitos algunas verdades de fe reveladas por nuestro Señor, como la igualdad y diversidad entre hombre y mujer, o la naturaleza del matrimonio. Son tiempos de persecución “de guante blanco”, es decir, con una legislación aparentemente democrática en la mano.

Por otro lado, las costumbres de vida, salvando las infinitas diferencias entre una alemán y un griego, o un español y un islandés, se enmarcan excesivamente en el estado de bienestar, con una nueva divinidad o religión como telón de fondo: la salud y el placer.

Además, nuestra civilización avanza excesivamente rápido y los cambios generacionales son cada vez más cortos a causa de las tecnologías. Una década hoy día son como cincuenta años de antes. De este modo, la transmisión de valores que pasa de generación en generación —un proceso habitualmente lento—, se acelera cada vez más, y con las prisas, se van perdiendo datos importantes.

Este panorama nos tiene que llevar a afianzarnos más en la gracia de nuestro Señor, y a creer firmemente en los soplos del Espíritu Santo, que suscita en cada momento de la historia aquello que hace falta. En el siglo IX fueron San Cirilo y San Metodio, que tradujeron la Biblia para los pueblos eslavos. Hoy día también hay mucha gente trabajando por difundir el Evangelio en la Universidad, en el cine y el teatro, en los centros financieros, en las cárceles, en las redes sociales e internet.

Cristo en el Evangelio de hoy envía a 46 parejas de discípulos a esparcir su semilla. Hoy Cristo cuenta con la mayor red de difusión mediática de la historia, de la que nos beneficiamos todos. Internet, Facebook, YouTube, WhatsApp, el comentario del Evangelio de Archimadrid… Podemos hacer mucho bien a mucha gente. Seamos creativos. Que San Cirilo y San Metodio nos ayuden. Si hace falta, creemos una legua nueva.

Lunes 13 de febrero. VI semana del tiempo ordinario

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El Génesis narra la historia del primer asesinato fratricida. Caín, enfurecido y abatido porque “Dios no se fijó en su ofrenda”, sino en la de Abel, mató a su hermano corroído por la envidia y la ira. Este episodio lamentable, acontecido en los orígenes del género humano, señala el drama que desde entonces acompaña a una humanidad que conoce el pecado y se arrastra por sus pasiones.

La envidia está detrás de innumerables crímenes que se cometen en el mundo. No hace falta que sean crímenes de sangre, pues Cristo mismo alerta de los movimientos internos del corazón, donde se gestan primero las maldades que luego se comenten al exterior. En los juicios internos que hacemos de los demás, si van llenos de envidia, se comete ya un crimen que nos afecta interiormente mucho, y que tiene repercusión en nuestra forma de tratar a las personas. La envidia es una esclavitud del juicio y una falta de libertad interior que nubla el juicio y distorsiona la realidad. Es como el motor secreto que muchas veces no se confiesa en público, pero que se puede intuir.

Al hilo de las lecturas de hoy es bueno que recemos y nos examinemos delante de Dios acerca de nuestras envidias. Quizá descubramos alguna en la que no habíamos caído. Puede tratarse de las cosas que tienen otras personas cercanas, o de algunas cualidades buenas de algún conocido, o un gesto de cariño que algún familiar ha tenido con otros y no contigo, o el reconocimiento laboral a otra persona que trabaja lo mismo que tu, etc.

Algunas lenguas dicen que el crimen se cometió con una quijada de burro. La Escritura no dice nada al respecto, pero ese detalle resulta insignificante al lado de lo macabro de la escena. No obstante, aprovechamos la idea para pedirle al Señor que no hagamos burradas, como Caín: que luchemos por borrar inmediatamente cualquier atisbo de envidia que se presente en nuestro corazón y que lo pongamos a buen recaudo con oración y, si persiste la tentación, con algún sacrificio. Y, por supuesto, ponerlo en la confesión si hemos caído. Nuestro corazón andará más ligero si evitamos que vayan introduciéndose las pesadas piedras de la envidia que van restando capacidad de amar.

 

“Elegir muerte o vida”. Prueba de nuestra libertad

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En la primera lectura de la Misa de hoy se afirma: “si quieres, guardarás sus mandamientos”. “Si queremos”, es decir, tenemos la libertad de elegir guardar los mandamientos o no. A continuación nos matiza un poco más: “delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que escoja” Somos dueños de nosotros mismos con nuestras decisiones libres disponemos de nuestras personas: vida o muerte. Hay decisiones de nuestra libertad que no supone disponer de nosotros del mismo modo, por ejemplo, decidir pintar una pared de verde o de azul no me cambia; sin embargo hay decisiones en las que mi libertad me cambia a mí. Las decisiones sobre los mandamientos son decisiones de “muerte o vida”. Si decido no cumplirlos y miento, robo,… me hago a mí mismo mentiroso, ladrón,… y ya no soy una persona confiable. Puedo elegir robar o no, pero ya no depende de mi libertad hacerme ladrón o no, eso es una consecuencia de mi decisión. Si elijo “vida” la consecuencia es que viviré, si elijo muerte es que moriré. Esta es la importante disyuntiva de nuestra libertad. Muerte o vida, no guardar o guardar los mandamientos.

Sin embargo, no estamos solos ante una responsabilidad tan grande. Dios ayuda nuestra libertad. Dios nos ha creado para sí, para entrar en comunión con él, por tanto nos ha creado para la Vida, para el Bien. Por ello en la naturaleza de todo hombre hay un deseo de Vida, de Bien, que el pecado original no ha destruido. Este deseo nos ayuda a elegir guardar los mandamientos y, por tanto, elegir Vida. Aunque soy libre ante este deseo, desgraciadamente podría elegir muerte. También ayuda nuestra libertad con el don del Espíritu Santo, liberándonos para elegirle a él, elegir la Vida, elegir guardar los mandamientos. Para esta libertad nos liberó Cristo (cf. Ga 5,1).

Dios “no mandó pecar al hombre”, nos dice la primera lectura. La libertad es para elegir el bien, por ello, como nos recuerda San Agustín, “la libertad primera consiste en estar exentos de crímenes … como el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, … Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta. (…) ¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque ‘siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón’ … Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestro pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador? … Más, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos.” (San Agustín, “In Iohanis Evangelium Tractatus”, 41, 9 -10)

Que la Virgen María nos haga obedientes a la voluntad de Dios, que para nuestro bien nos ha revelado en los mandamientos.

Jornada Mundial del Enfermo

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. Instituida hace 25 años por San Juan Pablo II el 11 de febrero de 1992, en el día de la Virgen de Lourdes. Por tanto es un día para pedir especialmente por los enfermos y cuantos les cuidan: familiares, voluntarios, capellanes y personal sanitario. Dios cuenta con nosotros para hacerse presente. En el Evangelio que podemos leer hoy de las bodas de Caná, la Virgen se dirige a los sirvientes para indicarles: “haced lo que Él os diga”. “Naturalmente el milagro tiene lugar por obra de Cristo; sin embargo, Él quiere servirse de la ayuda humana para realizar el prodigio. Habría podido hacer aparecer directamente el vino en las tinajas. Pero quiere contar con la colaboración humana, y pide a los sirvientes que las llenen de agua. ¡Cómo es precioso y   agradable a Dios ser servidores de los demás! Esto más que otras cosas nos hace semejantes a Jesús, el cual «no ha venido para ser servido sino a servir» (Mc 10,45). Estos personajes anónimos del Evangelio nos enseñan mucho. No sólo obedecen, sino que obedecen generosamente: llenaron las tinajas hasta el borde (cfr Jn 2,7). Se fían de la Madre, y de inmediato hacen bien lo que se les pide, sin lamentarse, sin hacer cálculos” (Papa Francisco, Mensaje de la JME 2016). Como nos invita el Papa, hemos de ser generosos, llenar las tinajas hasta el borde.

María, Madre de Misericordia, no se queda en mero compadecerse, atenta siempre a las dificultades que surgen, las hace suyas y se anticipa. Antes de que los invitados pueda descubrir que se ha terminado el vino, María se da cuenta y pone “manos a la obra”. “María descubre la dificultad, en cierto sentido la hace suya y, con discreción, actúa rápidamente. No se limita a mirar, y menos aún se detiene a hacer juicios, sino que se dirige a Jesús y le presenta el problema tal cual es: «No tienen vino» (Jn 2,3). Y cuando Jesús le hace presente que aún no ha llegado el momento para que Él se revele (cfr v. 4), dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Entonces Jesús realiza el milagro, transformando una gran cantidad de agua en vino, en un vino que aparece de inmediato como el mejor de toda la fiesta” (Papa Francisco, Mensaje de la JME 2016). Hemos de hacer esto mismo presentando al Señor las necesidades: “Señor, que está solo”, “Señor, que no encuentra consuelo, “Señor, que está triste”,… Así, nos hacemos portadores de la Misericordia y esta es nuestra paga, nuestro gozo, nuestra alegría.

Para ser signo eficaz de la Misericordia del Padre hemos de tener la mirada fija en la misericordia, en el Hijo de María. “La mirada de María, Consoladora de los afligidos, ilumina el rostro de la Iglesia en su compromiso diario en favor de los necesitados y los que sufren. Los frutos maravillosos de esta solicitud de la Iglesia hacia el mundo del sufrimiento y la enfermedad son motivo de agradecimiento al Señor Jesús, que se hizo solidario con nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre y hasta la muerte en la cruz, para que la humanidad fuera redimida. La solidaridad de Cristo, Hijo de Dios nacido de María, es la expresión de la omnipotencia misericordiosa de Dios que se manifiesta en nuestras vidas ―especialmente cuando es frágil, herida, humillada, marginada, sufriente―, infundiendo en ella la fuerza de la esperanza que nos ayuda a levantarnos y nos sostiene” (Papa Francisco, mensaje con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo 2017).

Que María, Salud de los enfermos, interceda por todos los enfermos y cuantos les cuidan.

abrir el oído a la Palabra de Dios

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“Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano”. A una palabra de Cristo “effeta”, “se le abrieron los oídos y se le soltó la lengua y hablaba correctamente”. En nosotros hay sorderas que necesitan ser curadas por la acción y la palabra de Cristo ¿Cuántas veces ante las necesidades de nuestro prójimo nos hacemos los sordos? ¿Cuántas veces ante la petición de un favor lo damos por no oído?… Necesitamos abrir el oído a Cristo para después hablar correctamente, para saber dar una palabra de aliento y esperanza a quienes no encuentran el sentido de su vida, para pedir y ofrecer perdón cuando las sordera han creado dureza en las relaciones,…

Abrir el oído a Cristo es abrirlo a la Palabra de Dios. “La Iglesia “recomienda insistentemente todos sus fieles (…) la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8) (…) Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’ (San Ambrosio, off. 1, 88)” (DV 25)”. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2653). Está bien escuchar la Palabra de Dios en la Misa cada día, pero esto basta para tener esa familiaridad con ella y que nos ayude a ir formando una mentalidad, una manera de mirar al mundo y a nosotros mismos. No conformarnos con un trato superficial, hemos de permitir que vaya moldeando nuestro corazón, que alimente nuestra inteligencia, como decía San Juan Pablo II, eso permite “la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. Juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona” (Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4)

No podremos ser curados de nuestras sorderas si no nos alimentamos de la Palabra de Dios. Es para nosotros un privilegio y un deber, una necesidad para conocer a Cristo. “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice Estudiad las Escrituras, y también: Buscad y encontraréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. (…) Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. – San Jerónimo, Comentario de Isaías, cfr. Oficio de Lecturas, 30 de septiembre –

María, como decía San Agustín, ha acogido la Palabra en su seno porque antes lo ha hecho en su corazón. Aprendamos de Ella para abrirnos nosotros también a Palabra de Dios.

Oración confiada

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

La mujer del evangelio, que procede de la gentilidad, sale al encuentro de Cristo – ¡y se echó a sus pies! – para rogarle por la curación de su hija. La respuesta del Señor a la petición de esta mujer sirio fenicia podría desconcertar a cualquiera: “deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Pero el amor a su hija, que “estaba poseída por un espíritu impuro” le lleva a no echarse atrás e insistir: “Señor, también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Comentando este evangelio en una homilía del 13 de febrero de 2014, no decía: “La mujer de lengua griega y de origen sirio fenicio fue a buscar a Jesús. No tuvo vergüenza de la mirada de los apóstoles. Y se acercó a Jesús para suplicarle que ayudara a su hija. No respondió a Jesús con su inteligencia, sino con sus entrañas de madre, con su amor: pero también los perros debajo de la mesa comen las migajas que tiran los niños. Dame de esas migajas a mi. Impresionado por su fe en Señor hizo un milagro (…) Su camino es el de una persona de buena voluntad que busca Dios y lo encuentra. Cada día en la iglesia del Señor hay personas que recorren este camino silenciosamente para encontrar al Señor precisamente porque se dejan conducir por el espíritu Santo”.

Esta mujer nos deja varias lecciones. Una de ellas es la perseverancia en la oración. Cuántos de nosotros dejamos de insistirle al Señor al tardar en concedernos lo que pedimos. Incluso, en ocasiones, nos “enfadamos” con Dios porque lejos de concedernos lo aquello por lo que rogamos parece que las cosas se ponen peor. Es un poco lo que le pasó a esta mujer. Como ella hemos de ser humildes y, confiados, volver a insistirle al Señor. Ella, lejos de enfadarse se dirige de nuevo a Cristo. Muchas veces, como a esta mujer, Dios parece retrasar la concesión a lo pedido para ayudarnos a fomentar la confianza en la providencia de Dios. Él nos escucha siempre, pero no siempre nosotros sabemos sintonizar con los tiempos de Dios. Tener la paciencia que permite insistir. Jesús, con su respuesta quiere ayudar a su fe – y la nuestra -, por eso parece ponerle pegas, pero en el fondo está permitiendo que, además del amor a su hija, sea una fe grande la que le mueva a pedir la intervención de Dios. Toda petición debería terminar con un profundo acto de abandono en la Dios Padre, como hizo Jesucristo en la Oración en el huerto. Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42).

María es maestra y modelo de oración confiada y abandonada en Dios. Madre nuestra, concedemos la fe y la humildad de esta mujer para no desistir en nuestra oración.

En el corazón del hombre se gesta lo bueno y lo malo

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Nada que entre de fuera hace impuro al hombre. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”. El Señor continua su enseñanza sobre la verdadera pureza del hombre, que no viene del exterior, por eso los ritos de purificación son inútiles si no son expresión de una conversión del corazón. La verdadera impureza no procede del exterior del hombre sino de su corazón. “Nada que entre de fuera hace impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina (con esto declaraba puros todos los alimentos)”. Lo que realmente impuro al hombre es el pecado que brota de un corazón torcido. “Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Los pecados concretos comienzan en el interior. Todo acto de violencia comienza por gestarse en el interior, donde se deja crecer el rencor, la envidia, donde la imaginación va haciendo que los agravios recibidos crezcan hasta llegar a tomar una decisión que lleve al acto de violencia. No se mata si antes no se odia. No se llega al adulterio si antes no se ha dejado crecer el deseo en el corazón. No insultaremos si antes no juzgamos intenciones. Por ello hemos de vigilar el corazón, las intenciones y deseos que tenemos. Hemos de rectificar nuestra intención con frecuencia, buscando en todo lo que le agrada a Dios, lo perfecto, para que no crezcan en nosotros esas actitudes y deseos que constituyen verdaderos pecados interiores.

De la interioridad sale lo bueno y lo malo de la actuación de los hombres. “Por el fruto se conoce el árbol. Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro saca cosas buenas, pero el hombre malo del tesoro malo saca cosas malas” (Mt 12, 33-35). Fomentar en el interior de cada uno la caridad, promover deseos de bien para los demás, nos llevará a realizar actos dignos del hombre, acordes a la santidad a la que somos llamados. Apenas nos demos cuenta que el rencor, la envidia, los malos pensamientos contra el prójimo, empiezan a hacerse presentes, debemos pedir ayuda al Señor, tratar de poner nuestra atención en lo que de positivo tienen esas personas, poner empeño en rezar por ellas, así acabaremos mirando de otro modo y el odio no tomará forma.

Le pedimos al Señor, por intercesión de María, “que nuestra caridad crezca cada vez más en perfecto conocimiento y en plena sensatez, para que sepáis discernir lo mejor, a fin de que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (Flp 1, 9-11).

Adorar con el corazón

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“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a las tradiciones de los hombres”. Una vez más el Señor dirige un reproche a los fariseos con expresiones fuertes. Lo hace así porque sin ser justos están convencidos de serlo y por ello se cierran a la salvación de Cristo, que “no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Les reprocha, por una parte, quedarse en los aspectos superficiales del culto a Dios, olvidando lo esencial. Se quedan en el cumplimiento externo de los ritos de purificación y no se fijan en lo que se pretende significar con ellos y por esto mismo critican a los discípulos de Jesús, que están siendo purificados por las palabras y enseñanzas de Cristo y no necesitan hacer como los fariseos que “no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas”.

Algo de esto nos puede suceder a nosotros. En la relación con Dios también podemos quedarnos en lo externo: en los gestos, en las palabras,… y sin embargo desentendernos del corazón, de la verdadera caridad. Ciertamente son importantes las oraciones vocales, pero si olvidamos lo que decimos y a quién lo hacemos, será una oración que no mueva el corazón, se quedará en un simple “rumiar” unas palabras. También en temas más importantes como la recepción de los sacramentos. Es importante participar en la Misa, pero podemos estar distraídos con mil cosas y, además criticar a los que no vienen. Hemos de honrar a Dios con los labios, pero sobre todo con el corazón. El papa Francisco nos recordaba en una homilía el 7 de noviembre en Santa Marta: “hay personas que de cristiano tienen solo el nombre, y su apellido es ‘mundano’. Son ‘paganos con dos pinceladas de barniz’, y nos parecen cristianos cuando los vemos en la misa del domingo. En realidad han caído poco a poco en la tentación de la mediocridad”

Con esta actitud llegan, incluso a anular “el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: honra a tu padre y a tu madre (…), en cambio vosotros decís: sin uno le dice al padre o a la madre los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir ofrenda sagrada, ya no le permitís hacer nada por su padre o su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición; y hacéis muchas cosas semejantes. Podemos olvidar la primacía de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, enredados en nuestras costumbres o rutinas. Por supuesto que son importantes las manifestaciones de cariño con nuestros padres. Es buenísimo llamarles, hacerles alguna visita, ser expresivos con ellos, pero si todo es un teatro, si no ponemos el corazón, estaríamos cambiando unas costumbres personales por el mandato de “honrar padre y madre”. O bien podemos tener todos esos detalles y después desentendernos de sus necesidades materiales para socorrerles en todo lo que podamos.

Pidamos a nuestra Madre, que nos mantenga un corazón abierto al Señor, a vierto a los demás y, de ese modo, no tenga que hacernos el mismo reproche que a los fariseos.

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