Mucho más unidos

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Hoy celebramos la fiesta de la primera Basílica que hubo en la religión Católica. Letrán era un palacio en Roma que pertenecía a una familia que llevaba ese nombre. El emperador Constantino, que fue el primer gobernante romano que concedió a los cristianos el permiso para construir templos, le regaló al Sumo Pontífice el Palacio Basílica de Letrán, que el Papa San Silvestro convirtió en templo y consagró el 9 de noviembre del año 324. Pero, ¿qué tiene que ver esta fiesta con nuestras vidas?

A Través del Evangelio de hoy Jesús nos revela una verdad profundísima y sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas. Y como San Pablo llega a expresar: “Nosotros somos el cuerpo de Cristo”(1 Cor 12, 27) o en otra parte: “¿No sabéis que sois templos del Espíritu Santo?” (1 Cor 3,16).

Con esta fiesta Dios viene a expresarnos que nuestras vidas y Dios están mucho más unidos de lo que pensamos. Si verdaderamente somos el cuerpo de Cristo, existe una unión muy vital entre Dios y cada uno de nosotros. Si el Espíritu de Dios nos habita, eso significa que nada de lo que vivimos sucede fuera de Dios. Mi trabajo, mis diversiones, mis relaciones suceden en Dios y se podría decir que, tanto para lo buenos como para lo malo, están afectando a Dios directamente. Recuerdo a un joven que cuando despertó a esta realidad exclamó: “¡Pobre Dios, que mal le he tratado cada vez que me despreciaba a mí mismo y me metía de todo en el cuerpo!”

La fe no nos rituales, normas o formas externas a nosotros; se trata de celebrar y vivir  lo que somos. Nuestra identidad más profunda es ser un miembro vital en el cuerpo de Cristo, aunque muchas veces nos sintamos pequeños o pensemos que la iglesia seguirá adelante sin cada uno de nosotros. Cristo es la cabeza de este cuerpo, pero sin sus miembros no llega a poder actuar con toda su fuerza en éste mundo: La cabeza no le puede decir a los pies: ¡No te necesito!( CF. 1 Cor 12, 21)

Nuestra identidad más profunda consiste en desarrollar la “capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”, como dice la carta apostólica Novo Millennio Ineunte en el nr. 43. ¡Qué distinto es escuchar las cosas y problemas que acechan a los demás como espectador a creer que también son parte de mi!

Nuestra identidad también nos lleva a superar las envidias y comparaciones y a  ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

Esta es mi batalla…

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El Evangelio de hoy puede parecer contradictorio. Por un lado vemos a Jesús con muchísimo realismo hablando de la necesidad de calcular, de calibrar bien a lo que uno se enfrenta: «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar.” O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Y por otro lado saca la conclusión: “Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.” Aquí nos habla de la necesidad de renunciar a todos los bienes y seguridades. Pero, ¿de qué construcción o de que batalla está hablando Jesús?

Jesús nos habla de “la torre de nuestra vida” y para ello, como cuando habla de construir sobre roca y no sobre arena, nos vuelve a remarcar, que lo importante es construir la vida sobre Su Amor y no sobre nuestras posibilidades materiales o sobre nuestro ego. Cuando nos llenamos de Su Amor es cuando somos capaces de sacrificarnos y de negarnos a nosotros mismos por amor a las personas que tenemos cerca. Todos conocemos relaciones de pareja o matrimoniales que fracasan porque se exigen el uno al otro la felicidad y ninguno está dispuesto a dejar su bienestar o intereses por el otro.

La batalla de la que nos habla Jesús es la batalla de construir el reino de Dios en la tierra, la batalla de ser un poquito mejores cada día, la batalla de no dejar que el mal que veo a mi alrededor me quite la esperanza, la batalla de amar de verdad a las personas como discípulo de Jesús y para ello nuestro mayor enemigo es nuestro ego. La mejor preparación y equipamiento para esta batalla es venderlo todo: mi orgullo, mis intereses, mi comodidad, etc. Al contrario de la batallas de nuestro mundo, en ésta cuanto más “desarmados” estemos mejor. Solamente las personas que no tienen nada que perder son capaces de defender la verdad, de luchar por sacar adelante la vida de los demás. Las personas verdaderamente humildes han sido capaces de vencer las mayores batallas tanto en sus propias casas como en la calle; han podido enfrentarse a los mayores retos de la vida y llegar a provocar grandes cambios en la sociedad.

Recordamos en éste día las palabras de Nelson Mandela, quien después de 27 años de cárcel, puede decir en una humildad enorme, que es “el capitán de su alma” :

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Tú te lo pierdes

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Jesús nos invita cada día al banquete de su amor, a vivir con El, a no pasar necesidad ni tener que buscar inútilmente la felicidad fuera y el domingo muy especialmente en la Eucaristía: “¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios! El le respondió: Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos.”

Lo sorprendente no es solo que los invitados al banquete le ponen excusas, sino el tipo de excusas que alegan: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses.” Y otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses.” Otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir.”

Si reflexionamos un poco la historia se repite hoy. ¡Cuántas veces dejamos de acudir a un compromiso en la iglesia como puede ser la catequesis de confirmación porque hay futbol o hacemos de nuestros hobbys el número uno en nuestra lista de prioridades! Andamos sencillamente distraídos y dispersos en medio de una sociedad consumista del bienestar que nos ofrece mil y una distracciones. Sin embargo el Evangelio nos muestra quienes están a punto para el banquete: los pobres.

¿Por qué? ¿Por qué no tienen otra cosa? Puede ser, pero también conozco muchos casos de personas humildes y con poquísimos recursos que viven a Dios como su absoluto. Las personas que están más expuestas a los devenires de la vida han experimentado muchas veces que Dios les sacaba adelante y les daba salida en situaciones humanamente imposibles. ¡Cuántos niños de Marruecos, Argelia y otros países africanos escapan de la penuria de sus familias completamente solos, cruzando desiertos y vayas y llegan a Europa milagrosamente! Muchos de estos niños claman a Dios y experimentan que, en medio de muchos sufrimientos, Dios les ayuda y les reconforta en la mesa de su Amor.

La locura de amar al estilo de Dios

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El Evangelio de hoy es una gran provocación por parte de Jesús: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni  a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecino ricos…”

Pero, ¿cómo que no invite a mis amigos, a hermanos, a parientes o a los vecinos bien situados? ¡Pero si es lo más espontáneo, lo que me nace del corazón, lo que hace todo el mundo! ¿Es que Jesús nos pide ir en contra de nuestras relaciones más cercanas y naturales?

Vivimos en una sociedad muy jerarquizada y muy categorizada por las distintas razas y sobre todo por los distintos niveles de vida. Cada vez hay menos personas con un poder adquisitivo fuerte y más personas que llamamos “de exclusión social”. A todos nos gusta tener amigos en buenas posiciones que nos ayuden en un momento dado o cuya amistad nos facilite la vida. Queremos que nuestros hijos estén en los mejores colegios y no se mezcles con niños problemáticos, que son considerados como “la chusma”. Hay culturas como la africana o la árabe, que asociamos a una clase social más baja o incluso peligrosa ideológicamente.

Jesús viene a romper con nuestros esquemas mentales y viene a ensanchar nuestro concepto de familia y de amistad. Jesús no nos pide descuidar a nuestra familia biológica ni a nuestros amigos más íntimos, sino nos pide ampliar el círculo a la Familia de Dios, donde precisamente los que no son valorados socialmente son tomados en cuenta.

“Serás bienaventurado cuando invites a pobres, lisiados, cojos y ciegos, porque no pueden pagarte”

Jesús nos está proponiendo la verdadera felicidad que está en amar como Dios ama: sin pedir nada a cambio. Cuando empezamos a amar así podemos sentirnos “utilizados”, tontos o ingénuos, pero en realidad estamos amando al estilo divino. Lo importante es descubrir que “la paga” es estar amando con Jesús, estar haciéndome uno con él, comulgando de vida a vida. Atravesando nuestros sentimientos que no están acostumbrados a este tipo de amor, Jesús nos promete el sabor de la felicidad más auténtica.

Tenemos el ejemplo de algunas personas que se han lanzado a amar de esta manera a aquellos vecinos que nadie aguanta, a ese compañero de trabajo que solo piensa en sí mismo, a aquellas personas que un revés en la vida les ha dejado sin medios económicos, etc.

Que cada uno de nosotros podamos dar pasitos en este tipo de amor y experimentemos en la práctica lo que significa amar como Dios nos ama: sin recibir nada a cambio.

Dedicado a los sacerdotes.

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Queridos hermanos y hermanas que nos seguís en estos comentarios, daros las gracias por vuestra oración constante por nosotros, los sacerdotes, lo necesitamos.

La Palabra de Dios de este domingo está dedicada especialmente a todos los pastores. Es un verdadero examen de conciencia, un impulso para superar la mediocridad, y el ánimo para salir de nuestros egoísmos.

A veces nos sentimos muy juzgados por los fieles cristianos y muy exigidos por nuestros superiores u obispos. El desaliento es una tentación ante la sensación de no dar fruto o hacer mal nuestro oficio sagrado; y la desidia, el buscarse a uno mismo en el ocio, la manera de escapar de la presión. Muchos son los espejismos del sacerdote, tentadoras soluciones en el ministerio que muchas veces se realiza en el desierto.

Como dice el profeta Malaquías hemos sido ELEGIDOS para dar gloria al nombre de Dios. En Israel los sacerdotes eran los descendientes de Aarón en la tribu de Leví. Los hijos elegidos de esta tribu para llevar la dirección espiritual de sus hermanos. En la nueva Alianza de Cristo,  los sacerdotes son también elegidos entre el pueblo de Dios para perpetuar el sumo-sacerdocio de Cristo y con la entrega generosa de la propia vida, dar gloria a Dios en todo. Siendo ejemplo de la caridad y la misericordia de Jesús. Siendo los primeros en vivir su Palabra (siguiendo la Ley, como decía el profeta) y no haciendo acepción de personas.

Como dice san Pablo, los que tienen el ministerio apostólico, son llamados a ser hombres ENTREGADOS Y SERVIDORES, por amor. Al servicio de la humanidad entera, con el carisma de las madres que cuidan de sus hijos, donadores del Evangelio de Dios, dándolo no sólo con las enseñanzas sino con la propia vida. Porque como decía nuestro Obispo D. Carlos, “un sacerdote sabe que su vida no le pertenece. Tiene la vida expropiada para el bien de todos”. Sabemos que la Palabra que anunciamos no es nuestra, es la Voz de Dios que habla a sus hijos en todo el mundo. Somos en muchos casos sus traductores y sus transmisores, y perdón cuando las interferencias de nuestros pecados, oscurecen la claridad de su Luz.

Y Jesús hoy nos quiere de nuevo IMITADORES DE SU CORAZÓN. Lo vuelve a decir de un modo severo en el Evangelio pero lo ha repetido de un modo dulce en su enseñanza: “Venid a mí… y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. El sacerdocio no es cuestión de poder o privilegios, es cuestión de servicio y autoridad en el amor. Dispuestos a cargar con el peso de los dolores de todos, como Jesús en la cruz. El sacerdocio es acompañar a Jesus en el camino del desapego y la humildad, para guiar a la grey de Cristo. Morir a uno mismo para dar vida a cada uno. Entregarse con el corazón de Jesús en la Eucaristía. Llevando la vida a la Misa y convirtiendo la Misa en vida. ¡Tarea imposible si no es por la Gracia!

Por favor, por favor, por favor,… rezad por los sacerdotes, cada día, en cada oración, lo necesitamos. Así lo pide continuamente el Papa Francisco, que lo entiende a la perfección: “recen por mí, yo rezo por ustedes”. Así sea.

Una virtud para triunfar.

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Hoy felicitamos a todos los seminaristas y catequistas por su santo patrón: San Carlos Borromeo. Es el gran impulsador del Concilio de Trento, fue su secretario general;  trabajador incansable, nos impulsa a no perder un minuto de nuestra vida para buscar la transformación de este mundo. Heredero de inmensas riquezas por su familia, las supo invertir en bien de la fundación de seminarios, creación de hospitales en tiempo de la peste, generosidad con los necesitados y acogida a todos sus hermanos en la fe. Con los débiles era muy comprensivo, con sus compañeros exigente pero gentil, consigo mismo era muy severo. Vendió todos los lujos del palacio arzobispal para ayudar a los más pobres de Milán, del que fue su gran pastor. Tuvo que sufrir hasta un atentado por un grupo de falsos religiosos que él supo desenmascarar. Pero la bala del sicario no acabo con su vida. Para él cada situación era la oportunidad de imitar los pasos de humildad que dio Cristo hacia la Pascua.

San Carlos Borromeo es el campeón de la fe que encarnó la palabra de Jesús: “quién pierda su vida por mí y por el evangelio se encontrará”. Su vida es un canto a la humildad. San Agustín hablaba de ella como “el camino auténtico del cristiano y la señal inequívoca de seguidor de Cristo”. La humildad no es la debilidad de personas con baja autoestima. Es una virtud, un modo de sentirse y de vivir con una nueva fortaleza. Es alejarse de toda altanería, es posicionarse contra la soberbia. Jesús la enseña magníficamente en su evangelio. La humildad no aborrece el ser reconocido, pero no busca el reconocimiento. Por eso invita a elegir el último puesto, para donar el primero a otro. La humildad es signo de una gran generosidad.

“Todo el que se enaltece será humillado y todo el que se humilla será enaltecido”. Parece una profecía y lo es. Pero también es una descripción maravillosa de la realidad. A todos nos abochorna y nos parece fétida la prepotencia de una persona. En seguida nos repugna su sobreabundancia de “ego” y andamos con la esperanza de que cometa un error para enseguida reírnos de él y echárselo en cara. He ahí que “el que se ensalza será humillado”. Por el contrario, nos estimula estar cerca de personas llenas de dones pero que no alardean de ellos o incluso ni los reconocen. Esos que quieren pasar desapercibidos en su hablar o en su actuar, pero que podrían dar lecciones a todos. Llenan de ternura y excitan el deseo de preguntarles o saber más de ellos, en cuanto destacan en algo, se les aplaude con cariño y adquieren el reconocimiento de todos. Ciertamente: “el que se humilla será ensalzado”.

Guárdalo en tu corazón. La humildad no es debilidad, es fortaleza de espíritu. La humildad no es pobreza mental, sino riqueza de corazón. La humildad no es la señal de los fracasados, sino el modo de vivir en esta tierra el mismo Hijo de Dios.

Y ahora reza con la Madre su Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…”

Los prejuicios, el muro que todo lo impide.

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Jesús no tenía prejuicios, por eso llegaba a todos.

El corazón de Dios es así, hace salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre justos e injustos. No se frena en las apariencias porque mira al interior, ve desde la verdad. Para el Señor no hay fronteras. El prejuicio siempre es el muro que lo impide todo. Permitidme que comparta una experiencia:

“Estaba en la celebración de una misa y había un joven que me molestó. Estaba al lado de sus padres en una postura irrespetuosa. Durante la homilía, estaba comiendo chicle, con los brazos estirados encima del respaldo del banco, con una mirada un tanto perdida,…  Me parecía intolerable. En ese momento estuve tentado de parar la homilía y amonestarle, o… qué se yo, pero no podía permitir tal desfachatez. Sin embargo, en mi corazón, algo me decía que era más evangelico acercarme al finalizar, saber quién era, y si cabía la oportunidad, hacerle una sencilla corrección. Y así hice…

Pero ocurrió, para mi sorpresa, que aquella familia se acercó inmediatamente a mí para agradecerme por la misa. Entonces vi la oportunidad para dirigirme a aquel joven y mostrarle mi disgusto por su actitud… Pero… cuando cuando el muchacho abrió la boca, su repuesta me dejó petrificado:  balbuceaba, no podia casi hablar, era un chico con un grave retraso mental.  ¡Dios mío! ¡Y pensar que podía haberle dejado en evidencia delante de toda la asamblea!”

Pablo se dolía al ver a sus compatriotas encerrados en sus prejuicios. Los herederos de todas las promesas de Dios, ellos que eran el pueblo elegido, no habían podido conocer a Cristo y alcanzar su salvación. Sus corazones cerrados en sus tradiciones eran incapaces de escuchar la verdad del evangelio.

Jesús encontraba en los fariseos personas fieles a los mandatos de Dios, sinceros creyentes. Pero una y otra vez se topaba con los prejuicios de su corazón, altivos en la soberbia, autosuficientes en la verdad. Y no podía llegar a iluminar su alma. Aquel hombre de hidropesía pudo encontrarse con Cristo y ser sanado porque iba con el alma abierta, con total esperanza.

Por mi parte, desde aquella misa, hice la solemne promesa de desterrar todo prejuicio. Nunca las apariencias o mi idea sobre el otro, me cerrarían la oportunidad de conocer el precioso don que es el otro. La posibilidad de conocer la Verdad que también habita en cualquier alma. Y hasta hoy, cada persona, cada situación, a veces doliente, se me antoja un puente que recorrer para llegar al milagro de la fraternidad auténtica.

Para vivir con esperanza esta conmemoración.

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Comentario a las lecturas:

Lm 3, 17-26

Sal 129

Rom 6,3-9

Jn 14, 1-6

¿Cuál es el beneficio que pueden obtener nuestros difuntos en este día o cuando les aplicamos una misa? Es necesario entender bien la importancia de esta conmemoración litúrgica de los fieles difuntos.

Gracias a la infinita misericordia de Dios, tenemos la esperanza de que nuestros familiares difuntos si no están en la bienaventuranza de los santos, continúen caminando hacia ella en la iglesia purgante.

La preciosa verdad de la “Comunión de los santos” nos explica que todos pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo. Este Cuerpo Místico lo formamos los miembros del Cielo, los de la Tierra y los del Purgatorio. Todos estamos unidos por vínculos sobrenaturales entre nosotros y con Cristo, nuestra cabeza. Por eso, como miembros de un mismo cuerpo, podemos ayudarnos unos a otros. Podemos interceder unos por otros. Desde el Cielo, interceden y nos cuidan los santos, desde la tierra podemos ayudar a purificar a los que transitan hacia la morada del Padre.

En la casa santa hay muchas estancias -dice Jesús-, es el sitio preparado por Cristo para todos nosotros. Pero vivir en su casa supone vivir en el Amor, es más, “ser Amor puro”. Cuando asistimos a misa, nuestra vida se acerca más a Dios, se purifica, se santifica. Nuestra existencia ofrecida en el ara del altar es transformada, se diviniza. Del mismo modo, cuando ofrecemos en el altar a nuestros fieles difuntos, los hacemos presentes en la Eucaristía, los acercamos más a Cristo cabeza, adquieren una mayor purificación de sus almas y de su amor. Decía Pio XI que la Iglesia en oración, la Iglesia en la Eucaristía, es el más hermoso espectáculo para el cielo y para la tierra. Porque en ella se estrechan los lazos de todos los hermanos entre sí y de todos con Dios.

Hoy solemnemente damos gracias por este inmenso regalo recibido en Cristo. Él siendo el mismo autor de la vida adquirió sobre sí la mortalidad para que vivos y muertos “andemos en una vida nueva”. Este es el secreto de nuestra esperanza. Ser cristianos es vivir en Cristo: imitarlo en todo, en sus palabras, sus obras, su amor, también en su muerte. Escucha bien al apóstol:  “Muriendo con él, también viviremos con él  (como lo hemos hecho en esta tierra), pero ahora resucitados en una resurrección como la suya”. Por tanto, la celebración de la solemnidad de los fieles difuntos nos transmite una nueva perspectiva a la vida cotidiana. Como decía una mística de nuestro tiempo:  “la existencia en esta tierra, por la resurrección de Cristo, es una casa que se empieza a construir aquí pero en la que se vive definitivamente allí”.

 

Felicidades a todos los santos.

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Un saludo a todos los que leéis estos comentarios y permitidme esta calurosa felicitación. Felicidades a todos por nuestro santo, y huelga decir, felicidades por nuestros santos, campeones de la fe. Así es. Hoy es la gran fiesta del Cielo y como miembros del Cuerpo Místico nos unimos a ellos. Tres son las provincias del Reino de Dios: la Iglesia militante o peregrina en la tierra, la Iglesia del purgatorio y la Iglesia celeste o de los santos. Pues hoy, las tres comarcas están de celebración y las gracias se difunden a todos. ¡Hoy la Iglesia del Cielo intercede por nuestros difuntos, mañana lo haremos nosotros!

Hoy es el día en que se conmemora la esperanza de la victoria final. El libro del Apocalipsis como profecía de la nueva historia nos lo anticipa. La esperanza se proclama en forma numérica: 144.000 son los elegidos, marcados con el sello del Espíritu, realmente es una inmensa muchedumbre. Así lo expresa la cultura oriental en la multiplicación de 12 por 12 por 1000. La primera docena simboliza al pueblo de Israel, la segunda docena a los descendientes de los apóstoles, mil una cantidad inmensa. Por tanto, gracias a Dios, son un número incontable los salvados: “de toda nación, razas, pueblos y lenguas delante del trono y del Cordero”. Sus vestidos son blancos porque su vida está restaurada, transfigurada, sin limitaciones espacio-temporales. Y llevan palmas en sus manos por su inmensa alegría, imagen oriental de los festejos que se realizaban cuando el emperador llegaba victorioso de la batalla. Se vive en adoración, en continua bendición, inteligencia y sabiduría, con un inmenso sentimiento de agradecimiento, llenos de fuerza y honor, esto es, sin la vergüenza de pecar. Todo más allá de la distancia de los siglos, sin la corrupción del tiempo: “por los siglos de los siglos”.

¿Y qué pasará con nuestro cuerpo? Dice san Pablo que, al final de los tiempos, nuestra alma purificada se unirá de nuevo a nuestro cuerpo transformado: “seremos semejantes a Dios porque le veremos tal cual es”. Si Dios es puro Espíritu, pura energía, Luz verdadera, nosotros seremos llenos de Espíritu, de esa Energía que será “todo para todos”. Hijos de la luz unidos a la Luz del universo.

Todos los que estáis leyendo estas líneas debemos unirnos en un mismo anhelo: llegar a esta Bienaventuranza. ¡Qué grandioso es pensar que juntos podemos llegar a la meta! Todos juntos. Ayudándonos unos a otros, animándonos unos a otros, amándonos unos a otros. Santos sí, pero santos juntos. Renovemos, por tanto, nuestra elección por las bienaventuranzas: desapegar el espíritu, consolar a los que lloran, alimentar a los hambrientos, saciar a los sedientos, tener misericordia con los pecadores, limpiar el corazón, trabajar por la paz… “Amén”.

¿Quiéres vencer el pecado en tu vida?

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Qué es un pecado? Es un zapato de un número inferior a tu pie. Al andar te hacer herida, termina por hacerte daño. Y si persistes en ponértelo te deforma el pie. ¡Qué frustración! Pensabas que te favorecía o te haría más esbelta, sintiéndote más tú. Aunque te lo prometía todo, al final te lo ha quitado todo. Sin embargo, la tentación reaparece e insistimos en calzárnoslo. El sufrimiento no desaparece, nos sentimos desdichados y nos cuesta cada vez más caminar… Además, ¿para qué? ¿hacia dónde?

Escucha bien a Pablo: “Hermanos: sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (…) la creación misma se verá  liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Encerrados en un “yo oscurecido”, avergonzados en lo secreto de las cadenas que nos tienen atados. Sirvientes esclavos de pasiones y actitudes que nos dejan entristecidos. Deseamos ardientemente la libertad. Libertad no significa entonces “capacidad de movimiento o de decisión”, no se reduce al mero libre albedrio. Libertad es “libertas”, esto es, “librarse, liberación”. La libertad de los hijos de Dios es la existencia de los liberados de ataduras y esclavitudes, de actitudes que nos encierran en nuestro “ego” individualista y nos abren a descubrir la belleza del cosmos, la dignidad del otro, a ser capaces de amar.

¿Cómo se obra el milagro de la libertad? Dice el salmo: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar”. El Señor puede cambiar nuestra suerte. Podemos empezar llorando pero terminar cantando. Basta un grano de mostaza y dejar que crezca. Es necesario decir “sí” a la voluntad de Dios, “ahora no” con decisión, al espejismo de la tentación. Dos palabras divinas que lo cambian todo. Ya lo dijo Jesús: “sea vuestro hablar(obrar) “si, si” o “no, no” y lo demás viene del maligno”. Con Jesús tu puedes SIEMPRE, empezar la dinámica de la liberación que se vive en los Cielos. He ahí la fuerza de nuestro bautismo.

Bastan un poco de levadura y esperar que fermente la masa. Otra vez hay que hablar con el Señor y pedírselo. La oración hace crecer las fuerzas para volver a decir “sí” y “no”. Por eso toda oración, vocal, el rosario, la alabanza, la meditación, etc. son tan importantes. Es el fermento de la libertad.

Todos juntos. Hoy es un buen día para empezar con el “sí, sí, no, no”. Mañana será otro día, y pasado otro, y al otro nos sentiremos más libres, corriendo hacia la meta.

noviembre 2017
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