Jesús cura a un leproso

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Nadie queda excluido de la salvación que trae Jesús si está dispuesto a acogerla. Hoy encontramos ese momento conmovedor en que un leproso se acerca a Jesús, “suplicándole de rodillas”. El leproso era un excluido. En la mentalidad de la época su enfermedad no sólo era algo altamente contagioso de lo que había que apartarse sino que, también, el leproso quedaba excluido de la comunidad y no podía participar en los actos religiosos. La palabra era “impuro”.

Dice el evangelio que Jesús, “compadecido, extendió la mano y lo tocó”. Es muy hermoso. El Señor se compadece de nosotros y muestra su amor y cercanía “tocando”. Lo que nadie se atrevía a hacer Jesús lo realiza. Toca al hombre enfermo y sus heridas; su carne purulenta y su piel llagada. ¡Bendita compasión de Cristo!

Hay tanta gente sola, marginada, apartada de la sociedad y recluida en su soledad… Incluso en nuestra sociedad, hemos escuchado alguna vez esta recriminación de quien se siente excluido: “¿acaso soy un apestado? ¿soy un leproso?”. Jesús no quiere a nadie fuera de su reino, que es un reino de amor. Toca y limpia.

Evidentemente nosotros en esa escena leemos también una enseñanza espiritual. El pecado nos aparta y es como la lepra, que nos deforma y nos hace impuros. Pero hay que acercarse al Señor y como aquel hombre, con la sencillez de aquel hombre, con su humildad y su fe, decirle al Señor: “Si quieres, puedes curarme”. El querer de Dios se encuentra con nuestro querer cuando coincidimos en el amor.

La mano de Jesús sigue acariciándonos en los sacramentos. Hoy pensamos especialmente en el de la penitencia. En misa siempre empezamos reconociéndonos pecadores e implorando la misericordia de Dios, pero recordaba hace poco el Papa Francisco: “El acto penitencial concluye con la absolución del sacerdote, en la que se pide a Dios que derrame su misericordia sobre nosotros. Esta absolución no tiene el mismo valor que la del sacramento de la penitencia, pues hay pecados graves, que llamamos mortales, que sólo pueden ser perdonados con la confesión sacramental”. Muchas veces encontramos excusas para la confesión, pero hemos de reconocer que allí, aunque sea en la persona de una sacerdote, vamos a encontrarnos con Jesús misericordioso.

La lepra puede compararse al pecado mortal y necesitamos que el mismo Jesús, en el acto sacramental, nos toque y nos perdone. Aprendamos del leproso que no dudó ni del poder de Jesús ni de su misericordia. Así pudo después salir de su aislamiento e indigencia y reincorporarse a la vida social y religiosa.

También a nosotros la vida de la gracia nos saca de la soledad y nos lleva a poder participar con los demás con mayor alegría, porque nos abre a los vínculos del amor por el que nuestra relación con el prójimo queda unida con una fuerza nueva. La amistad con Dios que Jesús nos ofrece es también una oportunidad para vivir de una manera más intensa con los que nos rodean. De la relación con el Señor nace también el deseo de querer mejor a los que nos rodean.

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a reconocer nuestras faltas y nos dé la confianza para acercarnos a su Hijo Jesús para, arrepentidos, acogernos a su misericordia.

Un día de Jesús

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En seguida Jesús, de nuevo con sus discípulos, se fue a la casa de Simón y Andrés. Marcos especifica que fue con Santiago y Juan. Se representa ahí cómo se va formando una comunidad que tiene por centro a Jesús. La amistad con Cristo no es exclusivista sino integradora. Aquel día pusieron Simón y Andrés la casa; en otra ocasión serían otros. Parece que ya se conocían entre ellos, pero la presencia de Jesús suscita lazos más profundos, que con el tiempo se revelarán nuevos en la existencia de la Iglesia.

¿De qué le hablan en primer lugar a Jesús? De aquello que, en aquel momento más les preocupaba y era que la suegra de Simon tenía fiebre. Como quien dice hace dos días que conocen al Maestro y ya le tienen confianza. Volvemos a encontrarnos con el “inmediatamente”. ¿Cuándo es el momento oportuno de hablar con Jesús de nuestros problemas? Cuando se presentan. A veces vamos a rezar y por querer ser elevados no ponemos la vida, la nuestra, delante del Señor. Por otra parte ese hablar de lo que nos preocupa al Señor también es una manera de indicarnos que hay que sosegar el alma, porque sino lo que nos inquieta vuelve una y otra vez y así no hay quien haga oración.

Se pone también de manifiesto la auténtica humanidad de Jesús. Ha ido a la sinagoga y ahora a compartir, comer, descansar con sus amigos. Vive una vida verdaderamente humana y se deja afectar por todo lo humano. Hermoso el detalle delicado de Jesús que “se acercó, la cogió de la mano y la levantó”. Qué ha eso ha venido al mundo, a levantarnos. Y tiene verdadero cuerpo y toca. La humanidad santa de Jesús se encuentra con nuestra humanidad herida y la sana.

Curada la suegra se puso a servir, imagen en la que tantos comentaristas han visto que necesitamos de la salvación del Señor para ser verdaderos servidores. Y quien sirve a Jesús sirve también al prójimo. Pienso en tantas personas indolentes, fatigadas, postradas por sus propias frustraciones o por el maltrato, angustiadas,… que necesitan de esa mano de Jesús que les devuelva la alegría de la existencia. También en nosotros, que necesitamos del contacto con Cristo para que nuestra vida sea más entregada y generosa.

La fama de Jesús se extiende y también su poder sanador. Así que la multitud se agolpa a su alrededor. La práctica del bien no va a reducirnos las ocupaciones sino aumentarlas. Pienso en esos santos inagotables: Francisco Javier, Pedro Claver, Juan Bosco,… El bien atrae y da trabajo. Jesús, nos enseña esa caridad que es amor sin medida.

Y ya de madrugada Jesús rezando. Lo que hace Jesús es una auténtica lección sobre cómo orar. Lo vemos a lo largo de todo el evangelio. Hoy se nos enseña el tiempo y el lugar; a buscar un momento que sea oportuno (el mejor para el Señor) y adecuado. Muestra también como en su humanidad Jesús ansiaba el diálogo con su Padre. Así lo encuentran los discípulos. Así está también Jesús en el sacramento de la Eucaristía, cerca de nosotros, en continuo coloquio con el Padre. En un lugar muchas veces solitario pero siempre accesible. ¿Qué le dicen los apóstoles? “Todo el mundo te busca”. Así empiezan a hacer de intermediaros entre las necesidades de la gente y Jesús. Interceder por los demás para que se encuentren con el Señor.

La autoridad de Jesús

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Y, en seguida se van a Cafarnaún. Jesús y sus primeros discípulos. Y empiezan a ver cómo acontece el reino. Jesús enseña con autoridad. Es decir dice algo que tiene autoridad sobre el corazón del hombre. Cuándo él habla se impone la verdad en nuestro interior y sentimos la llamada a responder. Esa es su autoridad. No habla de oídas. Tampoco expone un discurso que sólo es hermoso o sólo verdadero. Dice cosas que tocan lo más profundo de nuestro ser. Reconocemos la autoridad cuándo nos damos cuenta de qué, de alguna manera, hemos de seguirla. A Cristo hay que prestarle atención y obedecerle. Esto nos señala también de qué manera hemos de leer o escuchar la palabra de Dios. Jesús tiene autoridad y, por eso, nos obliga a tomar una posición. Claro que, lo primero, es escucharle.

Algunos se asombran y uno, se revuelve. El espíritu inmundo estaba dentro de él y habla en plural, porque debían ser unos cuantos demonios, pero también porque frente a la autoridad de Jesús quiere oponer la verdad de la “multitud”, el triunfo de las encuestas y las estadísticas; la barrera de una supuesta mayoría que se defiende atacando; que tergiversa los hechos. La pregunta es tremenda “¿has venido a acabar con nosotros?”. Evidentemente Jesús se enfrenta al mal, pero no destruye al hombre. Arranca, cuando nos abrimos a su amor, lo que nos destruye interiormente. Pero hay también la posibilidad de que nos confundamos y pensemos que quiere arrebatarnos algo nuestro. Como no recordar las palabras de Benedicto XVI: “Cristo no quita nada, lo da todo”.

Lo que es cierto es que le encuentro con Jesús produce una conmoción en nosotros, porque nuestra vida cambia. Jesús ha venido a desatar el corazón del hombre al que la esclavitud del pecado impedía amar según el designio de Dios. Ahí se realiza la salvación, en que quedamos libres para amar. Y, consiguientemente llega el estupor: “¿qué es esto?”.

Me parece que una de las cosas que hemos de recuperar es la sorpresa ante el mensaje del evangelio. No podemos acostumbrarnos al hecho de que Dios nos ha hablado. Continuamente hemos de percibir la novedad de lo que dice y de que nos habla a nosotros. Para ello hemos de percibir la palabra de Dios como algo vivo, que tiene el poder de obrar en nosotros.

Hoy vemos que Jesús enseña y libera. Lo que sucedió en Cafarnaún nos puede pasar a cada uno de nosotros. Él no deja de instruirnos con una sabiduría desconocida capaz de iluminar nuestra vida de una manera totalmente nueva. Cuando nos dejamos guiar por ella nuestra vida alcanza una nueva densidad. Al mismo tiempo el Señor nos va apartando del mal para que en nuestra vida se desarrolle la vida que nos da y su amor.

Acaba el evangelio de hoy señalando que la fama de Jesús se extendió. También hoy es muy conocido. No sabemos cómo impactó en cada persona ese oír hablar de Jesús. En cualquier caso no se puede prescindir del encuentro personal. Es ante él cuando nos damos cuenta de quién es y de cómo nos ama.

Convertíos y creed

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El de Marcos es el más breve de los cuatro evangelios. Vamos a leer estos días una sucesión de hechos de Jesús. Todo sucede muy rápidamente. Vemos a Jesús aquí y allí, predicando, sanando, llamado a los primeros discípulos… La forma de narrar de Marcos nos hace darnos cuenta de que Jesús no para. Sus acciones muestran el amor de un corazón. El Señor inicia su vida pública, cuando Juan acaba de ser apresado, justo después de su bautismo y de los cuarenta días en el desierto. Ante el mundo Jesús inicia su ministerio: “se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

La vida de Jesús es la misma expresión de su mensaje. No se puede separar lo uno de lo otro. No hay fisuras. Donde él aparece se manifiesta la gracia; se obra la maravilla. El reino de Dios está cerca porque Jesús está presente. Él trae el reino de Dios.

Lo primero que suscita el fragmento que hoy leemos es la urgencia. “Se ha cumplido el tiempo”. Pero Jesús no pronuncia esas palabras como un vocero sino que se pone todo él en juego. El que estaba “oculto” en Nazaret junto a la Virgen y san José, en sus quehaceres de carpintero y en el misterio del Padre, ahora sale a plena luz. Pero también nos pide que nosotros demos un paso y salgamos de la oscuridad para encontrarnos con la luz: “Convertíos y creed”.

Es urgente convertirse. No se puede dejar para mañana porque el tiempo se ha cumplido. A continuación se nos da un ejemplo. Jesús pasó junto al lago y llamó a Simón y Andrés; a Santiago y Juan. ¿Qué hicieron? Lo siguieron de inmediato. También a nosotros Jesús nos llama. A buen seguro sabemos más sobre Jesús que los primeros apóstoles por entonces. Sin embargo nos cuesta ese “inmediatamente”, que tiene un contenido muy concreto: ir “en pos de él”. De eso se trata de seguir a Jesús.

Y quizás preguntemos: ¿cuándo se ha acercado a mí Jesús y me ha llamado? En cualquier momento y quizás nos ha pasado desapercibido porque estábamos con la atención totalmente puesta en nuestras redes o en nuestro mundo. Como los primeros apóstoles hemos de descubrir el horizonte infinito que se abre cuando Jesús aparece en nuestras vidas y como todo debe ordenarse de una nueva manera. Siempre detrás de Jesús. Nosotros, es decir, todo lo nuestro, ponerlo en pos de Jesús.

Lo que en los apóstoles tuvo un carácter radical y concreto (verdaderamente dejaron sus redes y sus negocios), en nosotros tiene una lectura que, en cualquier caso, significa no anteponer nada a Jesús y hacerlo todo de manera que vaya en pos de Jesús: que se ordene al reino que él nos trae.

El inicio de año nos mueve a renovar ese deseo de ser para Cristo. Si lo tenemos a él que más podemos querer.

Que la Virgen María nos ayude en esa conversión tan necesaria. Descubrir a Cristo que pasa; aceptar el reino que nos trae; escuchar su llamada y seguirle.

Nada te turbe

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 42, 1-4. 6-7

Sal 28, 1 a y 2. 3ac-4. 3b y 9 b- 10 

Hechos de los apóstoles 10, 34-38

san Marcos 1, 7-11

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”. El Antiguo Testamento es una forma espléndida de entender cómo Dios ha ido configurando sus planes sobre los hombres. Los profetas, en concreto, nos resultan casi siempre personajes entrañables porque tienen idénticos sentimientos a los nuestros; se quejan a Dios por las incomprensiones recibidas, lloran, se enfadan, tienen sus arrebatos de ira… pero lo que más sorprende es que, al final, ponen por obra la misión que Dios les encomienda a pesar de tantas dificultades.

Isaías es considerado uno de los grandes profetas del pueblo de Israel. Y los relatos del siervo de Yahvé, en donde se anticipa la figura del Mesías, son particularmente bellos. Los hebreos esperaban a ese enviado de Dios con verdadera ansia, pero en las profecías de Isaías se entrecruzan los poderes recibidos por el Ungido junto con los sufrimientos y padecimientos a los que será sometido. Esto último no sería reconocido por la mayoría, pues muchos deseaban un nuevo David que con su fuerza y espíritu guerrero impusiera la ley y el orden ante todas las naciones. La mansedumbre de Jesús y, sobre todo, su enfrentamiento a la hipocresía de los fariseos serán entendidos como un desafío a la estirpe sacerdotal y a todo Israel.

“Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea”. San Juan Bautista será el gran profeta del Nuevo Testamento, su misión era preparar a aquellos que estuvieran dispuestos la llegada inmediata del Mesías. La llamada a la conversión y el bautismo a los que invitaba a todos, suponía tener el corazón encendido para una acogida sincera y humilde de algo que no era precisamente lo deseado por muchos. De hecho, sabemos cómo acabó Juan: decapitado por el capricho de una mujer. Sin embargo, aunque breves fueron los días del Bautista, no por ello se empequeñece su figura; el mismo Jesús dirá de él que no ha existido alguien nacido de mujer tan grande. Y es que la humildad, que también se manifiesta en saber apartarse a tiempo (“detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”), sólo se encuentra en personas magnánimas; almas grandes que no esperan el reconocimiento del mundo, sino que su única justicia es el cumplimiento de la voluntad de Dios hasta, incluso, dar la propia vida.

“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Termina el tiempo de Navidad, pero continúa la acción del Espíritu Santo. Dejamos atrás los días entrañables del Niño en el Pesebre, del cuidado de María y José, de las ofrendas de los pastores y los Magos de Oriente. Jesús se manifiesta al mundo, y lo hace ahora, una vez rasgado el cielo por la voz de Dios, con su predicación y con su vida. Hay tanto que aprender que, a pesar de transcurridos más de veinte siglos, la novedad de Cristo en nuestra vida debe seguir siendo algo que nos ha de sorprender todos los días. Pero no lo veamos del lado exclusivamente humano, porque en Cristo también se une la divinidad, y eso es lo que nos garantiza sabernos, además de queridos, salvados. Somos hijos en el Hijo, dirá San Pablo; así pues, cada uno de nosotros también goza de esa predilección del Padre: “Nada te turbe, nada te espante… ¡sólo Dios basta!”.

Dios quiere que todos los hombres se salven

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Isaías 60, 1-6

Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 

Efesios 3, 2-3a. 5-6

San Mateo 2, 1-12

“Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti”.

“También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. La Epifanía, o manifestación de Dios a todas las gentes, nos da la oportunidad, cada 6 de enero, de avivar en nuestros corazones el deseo por llevar a todos un único mensaje: “Dios quiere que todos los hombres se salven”. Y, curiosamente, la tradición cristiana se ha servido de la imagen de los “reyes magos” llevando regalos a los niños para que cale en todas las familias lo gratuito del amor de Dios. ¡Qué gran don el saber que hemos sido queridos por lo que somos, no por lo que tenemos!… ¡hijos en el Hijo! Semejante herencia jamás ha sido soñada por nadie en la historia de la humanidad. A pesar de todo, hemos dado por supuestas tantas cosas, que apenas valoramos el gran regalo de Dios.

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”. Aquellos magos de Oriente debieron planear con sumo cuidado y detalle el viaje que emprenderían tras la Estrella. Lo curioso del relato es que no mostraron estupor ante la imagen de una familia que se alojaba dentro de una gruta porque carecía del bienestar más elemental. Todo lo contrario, el evangelista nos dice que “cayendo de rodillas lo adoraron”. Para aquellos que saben buscarla, es evidente que la gloria de Dios es capaz de darse a conocer entre lo más pobre y humilde.

 

Cuando el Niño viene a tu corazón

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San Juan 3, 11 21

Sal 99, 1 2. 3. 4. 5  

San Juan 1,43 51

No, no me interpretes mal; no es que se desentienda de nosotros. Ya te dije, en su momento, que el Hijo de Dios no ha venido a la Tierra “de visita”. Pero el Niño Jesús, que ha plantado su tienda entre los hijos de los hombres, no ha acampado para quedarse quieto. Vino marchándose, y en verdad se marcha, pero quiere llevarnos con Él. Como el Buen Pastor, salió del Divino Establo en que pastoreaba a los ángeles para buscar a quienes, a causa de nuestros pecados, habitábamos en tierras de sombras. Y, ahora que está entre nosotros, hecho Cordero el Pastor, y aunque aún no sabe andar, ya encabeza una santa procesión de ovejas que tiene, como destino, los añorados pastos del Cielo.

Le preguntábamos ayer “¿Dónde vives?”, y, atraídos por sus ojos, llegamos a Belén, llegamos a María, de donde nunca nos debimos haber marchado. Hoy, aún nuestra mirada fija en Él (¡No la retires! ¡Que no te distraigan!), escuchamos su llanto, y el llanto se nos torna silbido. El Niño, es verdad, aún no sabe hablar ( ¡Misteriosa y divina misión la de José y María: enseñar a hablar a la Palabra!), pero ya silba… Silba con los silbidos del Buen Pastor, y en ellos ya escuchamos, tú y yo, ovejas perdidas y fatigadas, la misma invitación que, años más tarde, dirigiera a Felipe: “Sígueme”… “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28)… Y ya comienza, ya está dando sus primeros pasos, la maravillosa peregrinación que, partiendo de la Tierra, llegará al Reino de los Cielos cruzando la Puerta Santa de la Cruz… Estás a tiempo; el Señor te está llamando, y tienes que decirle que sí. De otro modo, pasará la Navidad, y te habrás quedado solo, solo otra vez. ¿Acaso no ves que el Niño ha venido a por ti, que no quiere marcharse sin ti, que no quiere vivir la eternidad sin ti? Pero no te llevará a la fuerza; necesita tu “sí” junto al Pesebre, necesita que te levantes y le sigas, dejándolo todo atrás.

Todos estos días, en nuestras iglesias, veneramos con un beso la imagen del Niño Jesús. Que tu beso no sea un beso de despedida, que no signifique: “¿Ya te marchas? ¡Qué rápido se me ha pasado la Navidad!”. No; tu beso tiene que ser un beso de Alianza, un beso nupcial, el beso de quien quiere unir su vida y su destino con Aquel a quien besa, y que, por tanto, está dispuesto a caminar con Él, por muy duro que sea el camino. Pero, no temas. Cuando, hoy, te acerques a besar la imagen del Niño, coge a la vez la mano de su Madre. Ella viene con nosotros, pegadita al Cordero. Al final – ya lo verás – el camino lo recorrerás en brazos… ¡Nos vamos! ¡Date prisa!

La mentira

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san Juan 3, 7-10

Sal 97, 1-2ab. 7-8a. 8b-9

san Juan 1,35-42

Hoy, la primera lectura de la carta del apóstol san Juan, en la Misa empieza así: “Hijos míos que nadie os engañe”. Hay todo un deseo, me atrevería a decir que vehemente, por parte de Dios, de que nadie nos engañe. Un deseo a que no nos engañen que se remonta al principio de los tiempos.

Es lógico, porque con la mentira empezaron todos los males del hombre. Eva y después Adán, fueron engañados por el diablo: “quien comete pecado -seguimos leyendo en esta primera lectura- es el diablo, pues el diablo pecó desde el principio”.

No sé si desde entonces, o como consecuencia de las constantes mentiras que el diablo ha inventado para seducir y engañar al hombre con el fin de apartarlo de Dios, es por lo que al diablo se le ha llamado “padre de la mentira”, es decir, progenitor, origen, engendrador de la falsedad. También por eso podemos decir que el mismo San Juan que es el que hoy nos propone esta lectura en la Misa, sea el que nos diga que “la verdad os hará libres” es decir, Dios nos hace libres; el diablo es el que nos hace esclavos: de las pasiones, de las codicias, esclavos de las mentiras.

Lo de la mentira está mal; está mal que se las digamos a otras personas: que les mintamos. Pero el peor mal es la mentira para con uno mismo: engañarse. Y así volvemos al principio de esta carta de San Juan: “hijos míos, que nadie os engañe”.

Engañarse así mismo. He aquí el mal de los males: “no pasa nada por hacer eso”; ¡Cómo me voy a condenar por no ir a misa los domingos!, ¡qué tontería!”; “seguro que no pasa nada por mantener relaciones sexuales con la persona que amo aunque no sea mi cónyuge todavía”, y con estas “mentiras” o parecidas, el hombre se quiere engañar. Se engaña cuando conocedor de los Mandamientos de la Ley de Dios dicen lo contrario a esos ejemplos que hemos puesto o, en general, cuando “opinamos” de modo contrario a lo que Dios nos ha dicho en su Ley suprema para los hombres, entonces, estamos, como Adán y Eva, dejándonos engañar por el padre de la mentira. Ciertamente no se nos aparece el demonio en forma de serpiente susurrándonos al oído estas mentiras. Pero “nos vienen a la cabeza” esos pensamientos que -contrario a lo que Dios nos ha dicho- damos cabida y seguimos sus insinuaciones hasta creer más a ellos -a nuestros pareceres y opiniones, a lo que nos viene a la cabeza- que a lo que oímos y sabemos se nos dice de parte de Dios.

Fíjate que hay unas palabras maravillosas de Isabel, la prima de la Virgen María, que estos días de Navidad tienen quizá el contexto más apropiado para ser citadas, que son las que le dijo a la Virgen en cuanto ésta apareció en su casa después de que le anunciara el Ángel que iba a ser madre de Dios. “Bienaventurada tú -dice Isabel a nuestra Madre- que has creído todo lo que se te ha dicho de parte de Dios”. Ella sabe que en Dios está la verdad, por eso se lo cree todo de Él. Pero no de quien -de creerlo- nos apartaría de Dios, porque seguir esos consejos, de otros o de nuestros propios pensamientos, serían seguro pensamientos o consejos que provendrían del “padre de la mentira”.

 

¿Dónde vives?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 3,7-10

Sal 97, 1-2ab. 7-8a. 8b-9

San Juan 1, 35-42

“Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?”. Atraídos por el irresistible imán de Jesús, aquellos dos jóvenes no encuentran una pregunta mejor que hacerle. No es una pregunta premeditada, un discurso de esos que uno se prepara cuando va a declararse a la novia o va a pedirle un aumento de sueldo al jefe… Son palabras que salen de lo más profundo de un corazón entusiasmado, palabras que se sólo se advierten después de haberlas pronunciado, como si, por un momento, algo o alguien se hubiese apoderado de la propia capacidad de hablar.

“¿Dónde vives?”… No es “¿Cómo te llamas?”, ni tampoco “¿Dónde impartes tus lecciones?”. Es como decir, sin querer o queriendo, “deseo unir mi vida a la tuya; dime dónde vives, e iré contigo a vivir, porque ahora descubro que, durante años, he estado viviendo en el lugar equivocado; no te conocía, y me creía feliz, pero ahora te han visto mis ojos, y en mí todo ha cambiado. No podría volver donde mis padres, no podría recoger las ilusiones que hace apenas unos segundos encendían mi pecho, no podría retomar el camino por el que corría… No me había dado cuenta hasta ahora de lo solo que estaba sin ti… ¿Dónde vives?… Porque ese sitio en el que moras, sea cual sea – un palacio, o una cueva… o un pesebre… o una Cruz…- es ya mi casa. Si te encontrara en la Cruz, quisiera estar crucificado; si te encuentro en el Pesebre, contigo quiero estar “empesebrado”, ofrecido, pobre y envuelto en los pañales de la Virgen. Mi tierra ya no es mi tierra, mi hogar ya no es mi hogar, mi vida ya no es mi vida desde que te han visto mis ojos… ¿Dónde vives? ¡Dímelo! ¿Dónde vives? No me mantengas huérfano ni un instante más. Muéstrame tu casa, para que mi alma recupere ese calor que nunca tuvo…

¿Dónde vives?”Venid, y lo veréis”. Ven, ven a Belén y abre los ojos. Si permaneces con la mirada puesta en el Niño Dios, si no apartas la atención ni te entretienes mirando a las tinieblas, si dejas de contemplar tus problemas o tu hambre o tu miseria o la miseria de los demás y fijas tu mirada en el Hijo de María, pronto, muy pronto (antes de lo que esperas) tu corazón dejará escapar esa pregunta… “¿Dónde vives?”; y, entonces, tendrás Hogar, tendrás Tierra, tendrás al Amor de tu vida… Lo tendrás todo, aunque todo lo hayas entregado gozosamente. La Navidad es tiempo de enamorarse. Mira, no te canses de mirar al Belén… Y pídele a María sus ojos, para que goces de su Luz, para que llores sus lágrimas ( y no las tuyas ), para que no te distraigas, para que, de una vez por todas, te enamores.

 

El Cordero de Dios

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

San Juan 2,29-3,6

Sal 97, 1-2ab. 3cd-4. 5-6

San Juan 1, 29-34

”Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“… Es, de nuevo, Juan Bautista quien señala al Niño que estos días veneramos en Belén. No debes apartar tu vista del pesebre, porque en él se hallan encerrados todos los secretos del Amor de Dios. Conforme le contemplas, deja que estas frases que te regala la liturgia suenen una y otra vez, hasta inundar con su eco tu alma e iluminar la imagen del Niño. De fondo, las palabras del discípulo amado: “Mirad (¡Mirad!) qué Amor nos ha tenido el Padre…” “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. El Niño es Víctima, Hostia; el pesebre altar; los pañales, corporales. Los brazos de María ya ofrecen al Padre su Tesoro para que nuestros pecados sean perdonados.

El sacrificio de un cordero, al que los judíos estaban acostumbrados desde siglos, es un sacrificio conmovedor. El cordero es joven, y grita inocencia con sus ojos mientras el cuchillo se acerca a su cuello; es manso, y apenas abre la boca mientras es conducido a la muerte; es blanco como la nieve, y el rojo de la sangre que le tiñe de púrpura al ser degollado parece estar clamando al Cielo… Sí, ya sé que es un cuadro cruel, pero, recuerda… Entre Belén y el Calvario hay una misteriosa asociación.

Nuestros pecados ya se arremolinan en torno al pesebre; el Niño ha impedido a los ángeles cortarles el paso. Y pocos saben que el llanto de este Recién Nacido no es un llanto como los demás; que llora desde muy lejos, y su llanto, cristalino y rojo, llega muy arriba.

La imagen es triste, y podrás juzgar disparate lo que ahora te digo, pero creo firmemente que en esta escena se halla el centro de nuestra enorme alegría. Más grande que nuestros pecados se manifiesta hoy el Amor de Dios, quien no ha dudado en entregarnos a su propio Hijo como Víctima reparadora. Es un Amor muy grande, incomprensible; Dios es muy muy bueno… Nos dio su Tesoro, a su propio Hijo, sabiendo que lo romperíamos; pero aún así nos lo dio para que, roto, fuese el sacrificio que limpiase nuestras culpas. Es muy bueno…

Mientras tanto, el Niño sonríe. No; no es que no sepa nada de lo que está pasando. Lo sabe todo, pero sonríe; sonríe porque nos ama, y ve llegado el momento de nuestra redención. Y sonríe, sonríe también la Madre mientras asoma una lágrima a sus ojos, y sonríe el bueno de José, porque la alegría de ambos no es la risa tonta del ingenuo, sino el gozo profundo de un Amor muy grande. Y sonrío yo, y quiero que sonrías tú también, porque – créeme -, nunca, ¡Nunca! has sido más amado.

 

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