San José, hombre de fe

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“No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo”. Estas palabras de la segunda lectura se pueden aplicar de modo particular a San José, hombre justo, como nos dice el Evangelio de hoy. En la fe de San José destacan algunos rasgos particulares. Podríamos sintetizarlos en la confianza, la obediencia pronta y compatible con la responsable iniciativa.

Desposado con María, se encuentra con algo realmente desconcertante: “antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo”. Cómo explicarse semejante misterio sin dudar de la honestidad de su esposa. Sin embargo, ante lo que no comprende se abandona en Dios y le deja actuar. Porque no duda de la fidelidad de su esposa no la denuncia, pero para obedecer la ley tiene que repudiarla. Como es justo, un hombre dócil a Dios, juzga rectamente y espera ante lo que no entiende. Así, encuentra la solución, no sin la intervención del Espíritu Santo, y decide “repudiarla en secreto”. Ahora no comprende el plan de Dios, sólo después le será revelado, aunque no todo, sólo lo suficiente: “no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Ahora, sencillamente obedece, haciendo “lo que le había mandado el ángel del Señor”. Nos deja un ejemplo valiosísimo para nuestras vidas: ante lo que nos desconcierte y no entendamos. Si nos abandonamos en Dios, al final comprenderemos cómo Dios hace que todas las cosas confluyan para nuestro bien (cf. Rm 8, 28).

La respuesta de San José es la fe que se hace obediencia rápida para cumplir la voluntad de Dios: “cuando se despertó”. No lo dejo para más adelante, buscando un momento más propicio. Es una fe operativa: “hizo”: la fe es siempre activa, no es una virtud pasiva. Cuando es auténtica, tiene un dinamismo interior que no permite quedarse parado. Abandonarse en las manos de Dios, no es pasividad. Es confiar en que Él sabe más y que quiere hacernos instrumentos suyos. Abandono es docilidad y prontitud a la hora de poner los medios, hacer cuanto está a nuestro alcance, algo con lo que siempre cuenta Dios, porque somos en sus manos instrumentos libres. San José no se queda parado. No renuncia a pensar ni hace dejación de su responsabilidad (cuidar al Niño y a la Madre). Al contrario, pone al servicio de la fe toda su experiencia humana, todas sus cualidades. Por eso cuando vuelve de Egipto “oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá” y cambia el plan de viaje (cf Mt 2, 22). Ha aprendido a poner toda su capacidad, su inteligencia al servicio de la voluntad de Dios y por eso ha aprendido a moverse dentro del plan de Dios ¡Cuántas veces nosotros hacemos al revés y ponemos todas nuestras capacidades, nuestra inteligencia y buscamos todos los argumentos para hacer coincidir la voluntad de Dios con la nuestra.

Porque la fe de San José se hace obediencia, esta fe obediente pone en movimiento la esperanza. Entonces, la obediencia de la fe se convierte en esperanza, en abandono. Espera porque ama de este modo. La fe, el amor, la esperanza, se convierten en el eje de la vida de San José. La entrega de San José se llena de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por tanto, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de hijos de Dios. Renovar la entrega es renovar la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros. Le pedimos a San José que con su ejemplo e intercesión nos ayude a renovar nuestra fidelidad y nuestra vida cristiana.

Luz, pan y… ¡agua!

Escrito por Comentarista 10 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Quién en la zona desértica de Siquem iría al pleno sol del mediodia a buscar agua a un pozo? Sólo una mujer que quisiera estar sola, con algo que ocultar. Esa era la mujer samaritana. Una mujer con una vida dispersa, conviviendo con un hombre que no era su marido, habiendo tenido previamente varias parejas. Ella va a buscar agua necesaria para su vida cotidiana. Pero en el pozo, va a encontrarse con un hombre desconocido a solas -cosa inaudita para las buenas constumbres de Israel- y, para colmo, aquel hombre era un judio, enemigo natural para los samaritanos.

Todo hubiera sido un despropósito si aquel hombre no hubiera sido el mismo Hijo de Dios. En realidad, era Cristo Buen Pastor quien había ido a buscar a una ovejita perdida y sedienta de amor.

Piensa ahora por un momento qué necesita tu vida física… ¿Alimento? Sin duda. ¿Luz? Evidente. ¿Agua? Realmente. Es interesantísimo entonces escuchar a Jesús hablando de sí mismo. Si necesitas luz, Jesús te dice “yo soy la luz del mundo”. Si necesitas alimento, Jesús te dice: “yo soy el Pan vivo bajado del Cielo”. ¿Y si necesitas agua? Jesús dice a la samaritana: “quien beba del agua que yo le daré brotará en él como un manantial que salta hasta la vida eterna”. ¡Qué sorprendente casualidad! Si para tu vida física necesitas esencialmente de estos elementos (agua, luz, alimento…), para tu vida personal necesitas radicalmente de Jesucristo. ¿Qué seria de nosotros si no recibiéramos el agua de su Espíritu de amor? ¿Qué sería de nosotros si no recibiéramos cada domingo el pan que nos alimenta? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos la luz inmensa de su Palabra? En la misa encuentro todo lo que necesito para vivir y crecer como persona.

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana, quedó en los oídos de los apóstoles como el espejo donde mirarnos todos los hombres. Jesús no se esconde de cada persona, sobre todo de los pecadores. Será Jesús quien saldrá al camino de cada hombre y mujer a lo largo de toda la historia para hacerle una oferta única: ser la fuente de su vida. Aquella mujer se dio cuenta de que el pozo al que con tanto afán iba cada día debía ser sustituido por otro pozo más profundo y de agua de vida eterna. Y en sus labios aparece una de las más bellas oraciones del evangelio: “Señor, dame de beber…”.

El final del encuentro de Jesús con la samaritana tiene un detalle precioso y significativo. La mujer  cuando descubre a Jesús como el Mesías esperado, salió corriendo llena de entusiasmo para encontrarse de nuevo con las personas de las que antes estaba huyendo y contarles a todos que era una persona nueva. Y se olvida del cántaro, dejándolo a un lado, pues ya no vive de preocuparse sólo por consumir y lo material, sino que ya ha adquirido aquello que te hace vivir totalmente: encontrar al Amor que la ama y la conoce personalmente, que no la condena sino que la acoge con cariño, y que la ha llamado a derramarlo a los demás para que todo se llene de Vida, y viva para siempre.

Por tí.

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“Hijo mío, yo no veo tu fango, te veo a tí.  Esa luz de mi ventana, la puerta abierta de la casa era por tí”.

Así podría decirle el padre al hijo pródigo de la famosa parábola que acabamos de escuchar. El padre “que sale de casa” corriendo antes de que llegue el hijo porque estaba siempre pendiente de él. ¿Cómo no pensar así de nuestro Creador? Siempre pendiente de cada criatura, de tí, de mí.  Con la puerta abierta para cuando vuelvas, con la luz de la ventana encendida para que no te dé reparo de entrar… ¡Así quiere Dios su Iglesia!

Y “sale corriendo” porque su deseo, su sueño, es tenerte en casa, tranquilo, seguro, alegre, estando unido a él. Te quiere a su lado, siempre a su lado. Ya se lo dijo Jesús al buen ladrón: “tú estarás conmigo en el Paraíso”. Para que ya no te pierdas más, para que seas tú mismo. Unido siempre a Él y unido a tus hermanos. Cualquier hijo, por pecador que sea, si viene arrepentido con el propósito de dar un giro  a su vida, Dios no lo desprecia. No le recrimina su pecado, “no ve su fango”, sólo le ve a él y su necesidad de cariño y de empezar de nuevo.

Cuando Jesús habla a los pecadores que le rodeaban, al hablarles con esta parábola llena de misericordia les estaba gritando: ¡Dios es tu Padre de verdad! ¿Lo oyes? ¡Dios, tu Padre y creador, te ama inmensamente! ¡Te ama infinitamente a tí, a tí, a tí…! No nos ama a todos como a un conjunto, nos ama a todos porque ama a cada uno personalmente. ¡El dio la vida por tí!  Y si en toda la historia de la humanidad hubiera habido sólo un pecador por el que dar la vida para redimirle, lo habría hecho. ¡Jesús muere por tí! Aunque sólo hubieras sido tú por quien llevar los pecados en su cruz.

Y gritaba de gozo el profeta Miqueas: “¿Qué Dios hay como tú que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad?”.  Y es así, que el rostro de Dios que nos ha mostrado Jesucristo es más misericordioso y lleno de compasión por el hombre que en cualquier otra revelación. Y bendices a Dios, le das alabanza y gracias. Así nos ocurre a los sacerdotes cuando tenemos el regalo de confesar alguna persona que durante muchos años se ha alejado de Dios y vuelve rendido, con los brazos abiertos, con la sed de sentir el abrazo de amor de Dios por el/ella. Más de una vez me he emocionado cuando veía las lágrimas de alegría de esa persona que  volvía a encontrarse en casa, de verdad purificada, que podía empezar de nuevo, ¡que por fin ya no estaba huérfana!.

El peor de los atentados.

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¿Hay alquien que atente contra tu vida?

Esperemos que no.

¿Pero puede alguién o algo atentar contra tu fe?

Sin duda.

Cuando los hermanos de José quisieron acabar con la vida de su hermano, buscaban  quitarle a José el privilegio de esa relación tan íntima que tenía con su padre Jacob. De algún modo, sus hermanos “envidiaron” el amor que tenía Jacob por su hijo y por eso atentaron contra su vida, pensando que serían ellos entonces los destinatarios de ese amor.

Jesús se presenta ante los fariseos y los sacerdotes de Israel como un nuevo Jacob, dispuesto a dar a sus apóstoles la herencia de ser los nuevos hijos de Dios y líderes del pueblo. Igualmente podemos ver a Jesús como el nuevo José, como el hijo predilecto y amado de su Padre, con una relación única con Yahveh. A Jesús entonces, para llevarle a la muerte,  le acusarán de blasfemo, porque el sanedrín quiere acabar con su pretensión de ser el Hijo amado de Dios. Era como si quisieran arrancarle esa pretendida cercanía de Dios… Era como si hubieran querido quitarle su confianza en Dios-Padre y la fe del pueblo en él. Y lo vieron cumplido cuando le oyeron gritar en la cruz “Dios mío por qué me has abandonado”…

Cuando uno recuerda la historia de José o la parábola de los viñadores homicidas, te das cuenta que el atentado no es sólo contra la vida, es un atentado contra la relación que tenemos con Dios. ¿No es lo más preciado que tenemos? Yo tengo una relación preciosa con mis padres, con mi hermano, con mis amigos… Pero la relación más bonita es la que tengo con Dios. Y esa relación ilumina todas las demás. Las llena de contenido. ¿No os ocurre a vosotros? Por eso, si perdiera la fe, perdería el sentido de mi vida, porque perdería la razón de porqué amar 100 veces más a mis padres, 100 veces más a mi hermano, 100 veces más a mis amigos y conocidos. Quien atenta contra la fe de alguien realiza el peor de los atentados.

Quisiera que nos unamos haciendo una oración al Espíritu Santo por estas situaciones. Todavía llevo en mi corazón aquella niña de nueve años de aquel pueblo que, tras hacer la primera comunión, los domingos para ir a misa, tenía que despertarse sola, vestirse sola, desayunar sola, e ir sola a la Iglesia; mientras que durante el resto de semana, sus padres la levantaban, la aseaban, la ayudaban a vestirse, le preparaban el desayuno y la acompañaban a la escuela. Y todo por no perder esa relación con Jesús. Aquella niña siempre será un ejemplo para mí.

 

He encontrado un tesoro.

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Durante dos veranos tuve que estar atendiendo diariamente los servicios religiosos en el crematorio del cementerio de la Almudena. En el momento de la despedida es cuando te das cuenta del valor de las cosas de la vida. En el final, todo se pone en su sitio, es como un viento fuerte que hace caer lo supérfluo y deja en pie sólo la Verdad.

En mi retina tengo guardados algunos de estos responsos que pude rezar por las almas de personas con cierto renombre social, de gran poder económico, pero que eran acompañados en su muerte por un número muy reducido de personas. Hubo un caso en el que estuve sólo con el féretro. Y me preguntaba… “¿de qué le sirvió su poder, su fama, su influencia social o su dinero?”. Al final, estaba solo.

Muchas veces lo cuento a mis amigos y lo pongo de ejemplo. El éxito en esta vida no es el dinero o la posición social. Y respeto si han sido adquiridos con honradez, trabajo duro y tesón. Pero como dice el profeta Jeremías y luego canta el salmo, “prefiero ser árbol plantado al borde de la acequia”. El árbol al lado del río, tiene siempre cerca la fuente, y su sed esta colmada.

El pobre Lázaro estaba dispuesto a ser saciado, esta necesitado. Como el árbol a lado de la acequia. Pero el rico, seguro de sí mismo y de sus riquezas, se ha quedado lejos del agua, seco. Y ya nada le alivia su sed. ´Con esta parábola Jesús nos enseña la única verdad: todo pasa. Fama, éxito, riquezas, posesiones… Todo pasa. Sólo el amor vivido permanece.

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” -decía Jesús. Esta cuaresma es un tiempo para mirar las prioridades. Es un tiempo para volver a invertir en aquello que perdura. Desapegarse del dinero, perder la codicia. Mi tesoro siempre será la relación con el hermano, el amor con que he tratado a cada persona.

No se me olvidará el funeral que hemos hecho por el pobre que pedía a la puerta de mi parroquia. Ha sido increible ver cómo la iglesia se llenaba con el testimonio de decenas de personas agradecidas por aquel hombre, que aún necesitado de todo, había dado a manos llenas amabilidad y cariño. Y se volvió a cumplir la parábola: el rico murió realmente pobre, y el pobre se fue hacia el Cielo colmado de tesoros.

Merece la pena.

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A nadie nos gusta que nos corrijan. Supone siempre una violencia para nuestro “ego”. Pero la Verdad dicha con respeto y para buscar la perfección del otro, siempre construye.

La Palabra de Dios siempre es la Verdad que nos corrije. Por eso, siempre nos purifica, se convierte en un pequeño purgatorio anticipado. Pero, ¿estamos dispuestos a que el Alfarero modele nuestra historia?

Jeremías era las manos de Dios que quería modelar a su pueblo en la verdad, pero su pueblo, por su “ego” endurecido no quería corregirse. ¿Para qué seguir las palabras exigentes de Jeremías si se conformaban con las palabras suaves de los sacerdotes y profetas del Templo? Y la mediocridad del pueblo hacía odiosas las palabras del profeta que anunciaba la perdición de Jerusalen si no había una verdadera conversión.

También Jesús se hizo odioso por sus palabras llenas de exigencia y de libertad frente al poder y el dinero. Jesús  quiere que no nos conformemos. No podemos callarnos la injusticia por miedo a perder la imagen ante los demás. Ni mirar a otro lado cuando vemos el dolor del prójimo, pensando que eso no nos incumbe. Sin embargo, eso es ¡beber el caliz de Jesús! Él hace así: viene a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Porque no se desentiende. Y en esta ciudad en que nos movemos -y me lo digo a mi mismo-, miramos poco a los demás. Nos preocupamos de resolver nuestra pequeña escala sin complicarnos con la historia del otro… Y Jesús nos dice: ¡hay que servir! ¡Hay que beber de mi caliz! Cuando esto ocurre, el mundo se transforma.

Desde hace unas horas, creo que ya no soy el mismo. Me ha tumbado el testimonio de una familia de Italia que han acogido en su casa a un chico musulmán del Senegal, que habiendo salvado su vida tras pasar en lancha el mediterráneo, le diagnosticaron en el Hospital de campaña un cáncer terminal. Le acogieron en su casa, le trataron como un hijo más. Los chavales de este matrimonio, le vieron como un hermano, y le ayudaron a llevar adelante, en familia, los últimos meses de su vida. Hubo dos oraciones por su alma, en la parroquia y en la mezquita que frecuentaba. En ambos lugares se sentía la fraternidad entre todos. Cuando localizaron a la madre del jóven para darle la noticia, dijo a esta familia: “siempre estaré agradecida a Dios por lo que han hecho por mi hijo. Yo le he dado a mi hijo la vida natural, pero ustedes le han dado la vida verdadera”.

Realmente merece la pena convertirse y no conformarse. ¡Cuántas son las maravillosas obras que podría hacer Dios con nosotros!

Mi “número 1”.

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“Lavaos, purificaos…”

El profeta Isaías nos vuelve a recordar ese sentido bautismal que atraviesa espiritualmente toda la cuaresma de este año. El carácter penitencial y el cristológico se orientan hacia este aspecto: purificarse.

Los escribas en tiempos de Jesús se habían convertido en verdaderos abogados a los que acudir en los diferentes litigios que podía presentar la vida cotidiana. Por su parte, los fariseos, eran grandes conocedores de las escrituras y por su posición económica tenían tiempo libre y acceso a las escuelas rabínicas de su tiempo. Los fariseos se convirtieron en grandes intérpretes de la Ley y sus tradiciones.  Por eso, los fariseos y los escribas eran considerados por todos como personas rectas, puras, intachables, modelos a los que imitar. Eran personas con gran capacidad. Sus discípulos los consideraban verdaderos “padres”. Sentían su relación con ellos como una verdadera paternidad.  Realmente, se les podía llamar “rabí”, esto es, “maestros”.  Pero para Jesús, había mucha vanidad.

Pero en la vida del Cielo, ¿quienes son los maestros? En la vida del Amor auténtico,  ¿quien son los capaces? ¿Son acaso las personas con varias carreras, los que tienen más cultura o inteligencia? ¿Los que tienen doctorados en filosofía, psicología o teología? El saber ayuda, indudablemente, pero los títulos no nos hacen expertos en la libertad, en la gracia o en el amor.

Me acuerdo de José que se convirtió para mí en un auténtico maestro. Pero no porque me enseñara su sabiduría, sino porque me enseñó la sabiduría de Cristo. Le veía cómo rezaba en la capilla de mi barrio, le veía cómo saludaba a todos con cariño, con un corazón sencillo, abierto a todos, sin prejuicios. Era un hombre lleno de simplicidad,…  siempre, siempre, siempre lleno de una inmensa esperanza. Rechazado por muchos por su aspecto o por su forma de andar, sin embargo, a mí me parecía la persona más imitable del mundo. Hacia años que había tenido que dejar su trabajo, vivía de una pensión vitalicia que le había quedado después de que sus capacidades físicas e intelectuales hubieran decaído por la enfermedad que le produjo aquel envenenamiento colectivo del famoso “aceite de colza desnaturalizado”.

José me enseñó la vanidad de las cosas materiales y a poner el corazón en las verdades que no mueren conmigo. A ver que el centro del universo no soy yo sino Dios que nos ha creado a todos. Y cómo Dios me necesita para llevar su Amor y su Luz a los demás. Para el mundo José podía considerarse entre los desechados, pero para mí, era el primero en humanidad. Su felicidad era tener un solo Señor, un solo Maestro, un solo Padre: Dios-Amor. Y así me ayudó muchísimo. Mi servidor, mi amigo, mi “número 1”.

Y se cumplió:  “el primero entre vosotros será vuestro servidor”.

 

Vaciar el corazón.

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Cuaresma es purificación.

Este año es especialmente así, porque estamos en el ciclo de lecturas donde la Cuaresma apunta a la nueva vida recibida en el bautismo. Y el agua donde nos vamos a sumergir viene del corazón abierto de Cristo en la cruz. De este corazón traspasado brota la sangre y el agua que limpia todo pecado, y te hace libre frente a las esclavitudes de tantos falsos ídolos. ¿Quién no quiere beber de esta fuente y ser purificado por este agua?

Pero hay una condición. ¿Se te ocurriría beber agua limpia, recogiéndola en un recipiente lleno de suciedad? En absoluto. Primero vaciarías el recipiente y luego lo limpiarias con cuidado, para llenarlo de agua fresca y saciar tu sed. Por tanto, para recibir el agua de la vida nueva de Cristo, la condición primera es vaciar el recipiente. Esto es, vaciar el corazón,… ¿pero de qué?

El Señor lo ha dicho: vacíalo de juicios y de condenas. Porque los juicios sobre los demás hacen que no puedan crecer ni redimirse. ¿Para qué voy a intentar cambiar si los que me rodean creen que no tengo solución? ¿Cómo voy a dar de mí, si nadie quiere recibir lo que yo pueda darle? ¿Para qué esforzarse si haga lo que haga siempre seré un maldito?

El único que tendría derecho a tratarnos con juicio y condena, es el mismo Dios para con nosotros. Y sin embargo, Dios siempre espera nuestra redención porque no mantiene sobre nosotros la sospecha ni el prejuicio. Siempre nos mira con ojos nuevos, dándonos una nueva oportunidad cada día. Si no fuera así, no podríamos vivir. Un mundo sin posibilidad de redención, de madurar, de crecer y cambiar, es el infierno.

Da y te darán. Si Dios confia en tí, da confianza a los demás. Si Dios es generoso contigo, aprovecha a ser generoso con los que te rodean. Si Dios te ha perdonado miles de veces, es la hora de volver a mostrar compasión. Y así, vaciado tu corazón, Dios lo llenará con una alegría antes insospechada, una alegría “colmada, remecida, rebosante”.

La Cuaresma es fuente de una gran alegría.

 

 

Un remanso en el camino de la Cuaresma

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En pleno tiempo cuaresmal las lecturas de este domingo suponen como un pequeño descanso. Es un remanso que se nos ofrece para animarnos en el camino cuaresmal. De alguna manera se nos dice que el final ya está cerca y que, por ello, no hay que desfallecer. Lo que Jesús hizo con sus apóstoles lo hace también con nosotros. Cuando subimos una montaña, de vez en cuando, nos gusta pararnos y mirar lo que ya hemos recorrido y contemplar la cima que anhelamos alcanzar. Nuestra vista se dirige hacia lo alto para calcular lo que queda. Se descansa un poco, se toman fuerzas pero, sobretodo, se percibe el itinerario realizado y lo que aún nos queda. Al mirar atrás sentimos la alegría de lo recorrido. Al contemplar la cima que debemos atacar nos persuadimos de que aún no está hecho todo.

Las tres lecturas tienen una misma enseñanza: invitan a la esperanza. Dios manda a Abrán que salga de su tierra y lo hace añadiendo una promesa: “haré de ti un gran pueblo, te bendeciré”. Pero no le quita a Abrán el camino que tiene por delante ni tampoco el hecho de tener que abandonar su país, donde se encuentra cómodo (como los apóstoles en lo alto del Tabor). A su vez, san Pablo, anima a Timoteo para que tome “parte en los duros trabajos del evangelio”. Y le recuerda la promesa de la gracia que Dios nos otorga por medio de Jesucristo. Se unen las dos realidades: la entrega y la confianza en el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo.

Meditando estas lecturas caigo en la cuenta de que en nuestra vida, individual y comunitaria, hay muchos remansos como el de la transfiguración. Las almas reciben consuelos y los que trabajan en el apostolado pueden, de vez en cuando, saborear los resultados de su entrega. Bien digerido todo ello nos impulsa a seguir adelante. No se pueden hacer cabañas estables cuando se está de camino. Por eso hay que bajar del monte y volver al trabajo. En este caso se nos invita a no abandonar las prácticas cuaresmales.

Si pensamos en el antiguo Israel y en su travesía hacia la Tierra Prometida, que es imagen de nuestra Cuaresma, nos damos cuenta de que la penitencia, la soledad para buscar a Dios y el despojarnos de nosotros mismos y de lo que nos impide la santidad, es fatigoso y no está exento de muchas tentaciones. Quizás una de los aspectos más pedagógicos de la Cuaresma sea su duración. Una espera prolongada, lo mismo que un ejercicio que se alarga en el tiempo, indica fidelidad y es señal de verdadera esperanza. Hay personas capaces de un gran sacrificio un día. Esporádicamente podemos quedarnos sin comer o hacer una gran limosna. Pero perseverar cada día en un propósito, que además es respuesta a una llamada a la conversión, resulta mucho más complicado. El Señor lo sabe y no deja de otorgarnos pequeños consuelos para que no desfallezcamos. Hay que saber reconocerlos. Son como esos momentos de avituallamiento que vemos en las vueltas ciclistas. Pequeños oasis en el desierto. Dios también lo quiere así porque no es un camino que nosotros hacemos solos sino que, en todo, vamos con Él. Las palabras que el Padre dirige a los apóstoles, nos animan en el camino. Es a Jesús, el Hijo predilecto, a quien hemos de escuchar. Y no podemos dejar de hacerlo con el consuelo de saber que, por Jesucristo, nosotros también podemos llamar a Dios: “Padre”.

Amar a los enemigos

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…” Este lenguaje debió dejar desconcertado al auditorio de Jesús y no es para menos. A nosotros nos sucede lo mismo. Cada poco nos sorprendemos razonando justo de forma contraria a como nos pide el Señor. Decimos: “¿por qué voy a ayudar a ese después de lo que me ha hecho?”, y cosas semejantes. Como decía Lewis “Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar”. Pero, si lo pensamos un poco, lo razonable es lo que dice Jesús. Otra cosa es que no sepamos como hacerlo y que el deseo sobrepase nuestras fuerzas. Podemos sentirnos incapaces, pero no negar la bondad de lo que Jesús nos enseña.

El beato Carlos de Foucauld, misionero ermitaño en medio de los tuareg, se planteaba como evangelizar aquellas tribus nómadas que profesaban el Islam. Tras varios fracasos pensaba que la mejor manera sería llevar al desierto familias cristianas. No pensaba en sacerdotes ni religiosos, sino en laicos, que desempeñaran su oficio y que movieran el corazón de los habitantes de la región por sus virtudes. Pensaba que aquella sería la mejor ofensiva evangelizadora: la del ejemplo.

Si ahondamos en el texto que hoy nos propone la Iglesia para nuestra meditación descubrimos que todo lo que Jesús nos pide, más allá de su exigencia, corresponde al comportamiento de Dios. De hecho Jesús está definiendo al que se ha configurado con Él. Así actúa el que siente según el Corazón de Jesús. Por eso Jesús vincula ese comportamiento con ser “hijos del Altísimo” o con la forma de actuar propia del Padre.

Todo esto nos lleva a querer entrar en el corazón del Padre. A Él está unido el del Hijo y, a través suyo, podemos acceder todos nosotros. No estamos llamados a ser meras criaturas del Señor, sino sus colaboradores en el mundo. Dios nos abre su corazón para que nos unamos a Él y así podamos comportarnos como Él se comporta. La filiación divina que se nos da por la gracia nos capacita para ello. Se equivocaría el cristiano que pusiera un límite a su santidad. No podemos acotar la gracia que Dios nos da sino que debemos estar abiertos a todas sus potencialidades. Cuando Jesús habla, en este discurso, vincula la acción moral a nuestra unión con el Padre. No nos coloca una exigencia sostenida en nuestras solas fuerzas. Al contrario, nos pone un límite que congruente con nuestra divinización.

Las palabras del Señor serían tremendas, quedarían como un imposible, si no conociéramos la realidad de la gracia. En el reverso de lo que se nos pide está el hecho aún más grande de lo que se nos da. A ello se refiere san Pablo al contraponer el hombre terreno al celestial. Por ello la moral cristiana no es más que la efusión de la vida nueva que Dios nos da.

Dios hace salir el sol sobre buenos y malos. Su misericordia se extiende sobre todos los hombres. Los rayos de su amor caen cada día sobre nosotros. De ahí la esperanza con que acogemos esa llamada a ser perfectos como nuestro Padre celestial.

Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos ofrece durante esta Cuaresma.

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