Cuidar a los enfermos

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“Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. También nosotros somos enviados para sanar a los enfermos. El Papa Francisco, comentando este texto nos decía en una Audiencia: “Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (…) ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea” (Audiencia 10-junio-2015). Con las palabras finales de la parábola del Buen Samaritano, “anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,37), el Señor nos señala cuál es la actitud que todo discípulo suyo ha de tener hacia los demás, especialmente hacia los enfermos. Es, pues, tarea de todos cuidar a los enfermos. El Papa nos propone todo un programa para la atención de los enfermos: ayudar, consolar, aliviar, estar cerca.

Consolar y aliviar con nuestra compañía y nuestro cariño, siendo portadores de esperanza. El Concilio Vaticano II, en su “Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren” nos recordaba: “la ciencia cristiana del sufrimiento, indicada explícitamente por el Concilio como la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de dar a quien está enfermo un alivio sin engaño: No está en nuestro poder el concederos la salud corporal, ni tampoco la disminución de vuestros dolores físicos (…) Pero tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros (…) Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelarnos enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor (cf., 8 de diciembre de 1965)”. El mayor dolor es el sufrimiento moral ante la falta de esperanza. Aquí hemos de ser muy conscientes de nuestra misión: “siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pida” (1 Pe 3, 15).

“Estar cerca”, visitar, acompañar. Cuánto bien hace los enfermos esos momentos de compañía, en los que puedan compartir su dolor, su preocupación, su soledad, su tristeza. Hacer mío “de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor” (Benedicto XVI, Encíclica Spes salvi, 38)

Debemos tener muy presentes a los enfermos en nuestra oración personal y comunitaria. Y hacerles saber que oramos por ellos, así se sentirán acompañados y apoyados. El Papa Francisco, en esa misma Audiencia nos anima a involucrar a los hijos en la educación por el cuidado de los enfermos: “y pienso en cuán importante es educar a los hijos, desde pequeños, a la solidaridad en el tiempo de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad hacia la enfermedad humana, hace que los corazones se vuelvan áridos. Hace que los chicos se queden ‘anestesiados’ hacia el sufrimiento de los demás, incapaces de afrontar el sufrimiento”.

Pidamos a Nuestra Madre, Salud de los enfermos, su mediación por cada uno de los enfermos de nuestras familias y, particularmente, por aquellos que están solos o se sienten abandonados.

Ora et labora

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Celebramos hoy la fiesta de San Benito Abad, declarado Patrón de Europa por el Papa Pablo VI en 1964. Nacido en Nursia hacia el año 480. Después de un tiempo de vida eremítica en Subiaco, funda un monasterio en Monte Cassino y escribe su famosa regla, en la que se inspiraron números reglamentos para la vida monástica y religiosa. Un elemento fundamental de esa regla es la famosa máxima: “ora et labora” (ora y trabaja). Esto sigue siendo válido hoy para todos, aunque no tengamos una vocación a la vida religiosa. El hecho mismo de tener una regla, un orden, que nos permita un trabajo y vida de oración intensos. A veces razonamos así: cómo puede “planificarse” la vida interior, el trato con el Señor. Eso sería falta de autenticidad, sería una “farsa”, algo poco espontáneo y el amor es espontáneo. Cuando pensamos así es porque “se confunde la autenticidad con la espontaneidad. Si un hombre es embustero, y habitualmente miente porque es lo que le sale espontáneamente ¿se puede decir de él con propiedad que es auténtico? Un auténtico embustero, eso es lo que es. (…) Confundir la autenticidad con la espontaneidad es como decir de alguien que es sincero porque dice siempre lo que piensa, sin pensar nunca lo que dice. (…) La autenticidad no hace relación a la espontaneidad, sino a la verdad” – Federico Suárez, La puerta angosta, p. 157 – Y ese esfuerzo y empeño por hacer tu “regla” de oración es manifestación de amor verdadero. En la medida en que seamos capaces de vivir ese orden, ese plan de oración: lectura del Evangelio, un tiempo de meditación, la participación en la Eucaristía, las expresiones de piedad mariana como el Rosario,… seremos capaces de convertir nuestro trabajo en oración porque sabremos ofrecerlo al Señor, pedirle ayuda, y no perderemos la consciencia de estar en presencia de Dios. Y cuando se vive así el trabajo no hay “competencia” entre la vida de oración y la vida de trabajo, porque rezamos como vivimos y vivimos como rezamos.

En la primera lectura el Espíritu Santo nos invita a prestar “atención a la prudencia” a llamarla y procurarla. Una parte de la prudencia es el orden, que consiste en indicar el “lugar” de las acciones y “ordenarlas”. La prudencia nos ayudará a descubrir el lugar de cada cosa, el orden en los bienes que ha de buscar la voluntad, en los afectos y en las acciones: lo que es prioritario y lo que debe esperar. El orden es así, en definitiva, un acto de la virtud de la prudencia informada por la caridad. El orden es una virtud que nos llevará a hacer lo que debemos en cada momento y estar en lo hacemos. Este es un campo de lucha personal de todos los días. Cada uno podemos dar testimonio de cómo no pocas veces, cuando estamos en el trabajo estamos preocupados por tareas pendientes, por ejemplo, en la familia y cuando estamos en casa, en lugar de volcarnos en la vida familiar nos agobia el trabajo pendiente o que dejamos a medio hacer. Al final no estamos con los cinco sentidos en lo que debemos. Cuando vivimos el orden se nos multiplica el tiempo. Hay hombres y mujeres que son capaces de una gran actividad, “hacen mil cosas”, y sin perder la paz y la alegría. Esto sólo es posible porque con fortaleza siguen un horario, un orden. Así haremos nuestra la Regla de San Benito “ora et labora”. A él nos encomendamos para vivirla

Confiar en la omnipotencia de Dios

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Los dos personajes del evangelio de hoy, el padre a quien se le acaba de morir una hija y la mujer con flujos de sangre, nos muestran cómo acercarnos a Jesús. En primer lugar con fe. Aún cuando pueda parecernos imposible lo que le pedimos. El padre no pide una curación. Va mucho más allá y pide la resurrección de su hija: “mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá”. Esta es la confianza en el poder de Cristo. Podemos meditar sobre cómo es nuestra fe en este sentido. Es posible terminar descubriendo cómo nos puede faltar a cada uno, cómo hay cosas que no pedimos porque nos parecen imposibles. Unas veces serán cosas materiales, otras una nueva conversión o desterrar de nuestra vida determinados actos o disposiciones. El padre del evangelio de hoy nos diría con fuerza: ¡ponte de rodillas ante Jesús y pídeselo! ¡a mí, me resucitó a una hija con sólo cogerla de la mano! El Señor está dispuesto a concedernos las cosas buenas que le pedimos, pero espera nuestra respuesta de fe al pedírselo. Y si tarda, no dudes, es para hacer crecer el deseo en nuestro corazón, para aumentar nuestra fe, nuestro abandono en sus manos.

También la mujer nos da ejemplo de confianza en el poder de Cristo. “Se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría” ¡Con sólo tocar el manto de Cristo! No se trata de hacer cosas raras o difíciles. Se trata de acercarnos a Jesús y él nos lo pone muy fácil, siempre está disponible para escucharnos, para que dejar “sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros” (1 Pe 5, 7). Le tenemos en la Eucaristía al alcance en la oración en cualquier momento. “Ya en el Antiguo Testamento se lee que Dios habitaba en una tienda (o tabernáculo), que se llamaba ‘tienda del encuentro’ (Ex 33,7). El encuentro era anhelado por Dios. Se puede decir que también en el tabernáculo de la Eucaristía Cristo está presente con vistas a un coloquio con su nuevo pueblo y con cada uno de los fieles.” (Juan Pablo II, Audiencia general 9 – VI – 1993)

Acercarnos con una fe teñida de humildad. La mujer que sufría flujos de sangre se acerca al Señor sin ruido de palabras, tratando de pasar desapercibida, pero sabiendo en su corazón “que con sólo tocar el manto” de Jesús quedaría curada. Para permitir que el Señor nos cure hemos de acercarnos con humildad, abandonados en la voluntad de Dios.

Pidamos a nuestra Madre, que nos haga hombres y mujeres persuadidos del poder de Dios y nos acerquemos llenos de confianza a presentarle nuestras necesidades.

Venid a mí y os daré vida

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Se llamaba Thierry, me lo dijo nada más entrar por la puerta de mi despacho. No llegaba a los 50 años, era muy alto y casi tuvo que sortear el dintel para dirigirse a mí. “Me llamo Thierry y me han dado tres meses de vida, no soy creyente y me gustaría saber cómo vivir este tiempo de espera”. Así empezó todo. Me gustó esa exposición tan preclara, porque no me propuso cómo morir, sino cómo vivir. Más adelante sabría que era un hombre de una extraordinaria sensibilidad.

En un principio, Thierry y yo empezamos a vernos con tiento, adivinábamos con lentitud quién era quién, y qué se podía esperar del otro, porque lo nuestro no iba a ser un entretenimiento de sobremesa, sino la apuesta por una escalofriante sinceridad. Empezamos por la belleza de la música, hablamos de Schumann, Brahms, Beethoven, los clásicos franceses. Thierry era muy francés y le gustaba el impresionismo de Debussy. Compartíamos muchas aficiones, y la música siempre era tema recurrente. Poco a poco ascendimos por la ruta de la belleza, que siempre consigue guiar a nuevos miradores. Y en algunos descansos le hice saber de Dios, de la belleza que prima en la torrentera de cualquier caos.

Y así fuimos quitando follaje al bosque por donde nos adentrábamos. Y yo le decía, con la misma ausencia de énfasis con que la madre cede una pieza de fruta a su hijo, que esa belleza llevaba rostro humano y tenía un corazón que latía por él, por ti Thierry. Es conmovedor asistir a la capacidad de escucha de un ser humano cuando quiere con sinceridad una respuesta y no disfruta con el mejunje de la discusión. Aprendió a rezar, fue todo muy lento, porque tres meses son en el fondo muchos días y muchas noches.

Por el deterioro progresivo de su salud, dejó de venir a la parroquia, las conversaciones las teníamos en su casa. Al final hablábamos a los pies de su cama, donde le faltaba la respiración y todo se hacía más lento, quizá mucho más hermoso. Una tarde, sentado en el suelo, escuché su vida en confesión. En toda mi vida sacerdotal, jamás he oído una confesión tan llorada y tan esperanzadora. Cuando le di la absolución nos quedamos en el silencio de los que han andado mucho y, después de comer, apenas les queda hálito para pronunciar palabra. Yo le dije que afuera, detrás de la ventana de su habitación, hacía calor, que ya asomaba la primavera. Él me hizo un gesto con las cejas, las alzó levemente. Interpreté aquello como que había alcanzado tanta comprensión y tanta dulzura dentro, que lo de fuera, ¿dónde quedaba ya? Pusimos música y murió. Murió así, sin llamar la atención.

Thierry aprendió a vivir. Desde entonces, cada vez que hablo con un enfermo de cáncer siempre le pregunto cómo quiere vivir, porque para morir hay que pasar por una nueva vida.

Se acabó el peleón, vino nuevo

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Los curas bien sabemos que los funerales son ocasión de atención por parte de muchos que no han entrado en la iglesia en años. Son cabos de vela que pueden volver a prenderse. Todos somos así, llevamos una necesidad escondida de que alguien nos diga de qué va la vida, y el por qué de tantas alegrías y deterioros.

Preparar un funeral con los amigos o familiares del difunto no es fustigarse con la morriña de quienes lo quisieron. A mí me entusiasman las preparaciones, porque me encanta escuchar cuánto amor sale de la boca del ser humano, y porque el recuerdo de quien narra su historia personal con el difunto, continúa siendo un amor que no nació para morirse.

Leo a Franz Jalics y dice que el amor a Dios, el amor a mí mismo y el amor a los demás se pueden reconocer mutuamente. Lo atestigua esa frase del Señor tan deslumbrante: “Amarás al Señor tu Dios, y al prójimo como a ti mismo”. En un golpe de amor, nos mete a todos.

Ayer celebré el funeral de un anciano de 86 años que fue perdiendo al final de su vida la memoria, la conciencia, ese misterio del cableado interior que tanto nos sobrecoge. Su mujer pasaba de los 80, muy serena, muy guapa. Me cuenta 56 años de casados y siete de novios, como si tanto amor vivido pudiera resumirse. Hay algo que me sobrecoge, “el balance de nuestra vida ha sido positivo, yo lo volvería a repetir todo con él, aunque es evidente que teníamos nuestros defectos. Él me ha querido, como nadie y yo a él como nadie. Yo le decía todas las noches te quiero mucho, te he querido siempre y no te olvidaré, y él respondía “yo tampoco“.

Al sacerdote le impresiona el tamaño del milagro que se esconde en la sencillez, y que se dice en un tono que la mayoría de las veces pasa inadvertido.

Frágiles, pero con Él

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Cristo está en medio de nosotros, justo en ese centro en el que no se hace visible, pero está. No es una metáfora ni el brindis al sol de alguien que quisiera permanecer entre los suyos más allá de los límites de lo natural, como un padre que desde el lecho mortuorio dice a sus hijos que se acuerden de él, que no lo olviden. Cristo, al destruir la muerte, vive entre los hijos de los hombres, ha roto los límites del más allá y el más acá y no quiere perderse a los suyos. Es más, desde la Encarnación no se nos despega.

Pero, como dice el poeta Hugo Mugica “no sólo hay que abrir los ojos, también hay que abrir lo mirado”. Si el hombre no desvela la presencia de Dios en lo oculto de la realidad, nunca entenderá la vida, se la pierde. Los últimos Papas nos han recordado la necesidad de rezar en familia como un bien absoluto. Porque “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Hay una capacidad humana que nos es todavía muy desconocida, la de provocar en Dios una atracción irremediable por nosotros. Y eso ocurre cuando entramos en comunión. Desde el momento en que los miembros tan diferentes de una familia se reúnen a rezar el rosario, o terminan el día dando gracias a Dios por todos los bienes recibidos, a Dios se le hace irresistible su presencia, ponerse en medio. Dios, que es el gran seductor del corazón humano, también es el gran seducido cuando sus criaturas lo buscan. Hablamos del hecho cristiano, por tanto, como la historia de un encuentro verdadero.

Aprender a rezar juntos puede que sea una de nuestra asignaturas pendientes, porque resulta más fácil proceder con Dios a bote pronto, un día me acuerdo de él en el coche o por la calle y creo que así llamo su atención. Pero Dios quiere verdad de trato, no la ligereza de la espontaneidad, los “de repentes” son muy frágiles. Y le apetece que los suyos lo busquen en racimos y concierten una cita con Él. Como los novios que se ponen de rodillas delante del sagrario o ese grupo de jóvenes que se juntan para leer unos textos de Santa Teresa.

El milagro de ser perdonado

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La gran suerte de la fe es saber que Dios me conoce mejor que yo, y que soy más de Él que de mí mismo. Ahí dejó la frase, para echarle horas de oración. Él sabe qué necesito y cuánto.

Un día me dijo un enfermo al que iban a cortar una pierna, por un problema cronificado de diabetes, que yo tenía que exigirle al Señor el milagro de conservar su pierna. Me gustó su valentía a la hora de pedir lo que imaginaba mejor para sí. Pero le fui muy claro, “yo si quieres rezo por tu pierna, pero si te parece vamos a pedirle al Señor un milagro mayor: que cuando te la corten, conserves la misma relación con Dios que has tenido hasta ahora; que no te amargues la existencia y mantengas el mismo cariño con tu mujer y tus hijos; que no pierdas la paz, porque no se es plenamente feliz con una pierna más o menos”. Cuando le amputaron la pierna volvió a hablar conmigo y me dijo, “cierto, le hemos pedido al Señor un milagro mayor, prometo estar preparado”.

Al Señor no le cuestan los milagros que estallan en derroche de confeti. El milagro mayor es que una persona reconozca sus pecados y que Dios los perdone sólo porque ha puesto su alma de rodillas.

Hace un año confesé a una anciana a punto de morir. “He odiado toda mi vida y ya va siendo hora de decírselo a Dios (no eran delirios ni miedos, sino un ejercicio de sinceridad). He odiado…..mucho. A mis padres… a mi padre, a mi madre, a los dos, me abandonaron en la guerra, he odiado tanto… (tenía la mirada precisa del odio que se reproduce en un escenario)…a los de un bando y otro, he odiado mi infancia, he odiado…también a mi marido, yo sabía de sus asuntos y callaba, callaba, es lo único que he hecho en la vida. He vivido en el odio, en la mentira, en un gran silencio, padre (no le pregunté nada, mi papel era el de puro receptor). Yo… yo…sólo he odiado (era cruel consigo misma, pero era mal momento para corregir su discurso. Nunca se había confesado, la primera confesión de niña fue un trámite. Ahora era tan consciente de cuánto decía que ni la enfermedad le ponía trabas en el habla). Le di la absolución milagrosa con la misma alegría que el Señor en el Evangelio de hoy, que perdona al paralítico y le hace andar.

El Diablo, ese gran acusador

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La historia que nos narra el evangelista Mateo hoy, es de película de terror, ríete tú del cine Night Shyamalan y sus operaciones de sustos imprevisibles. El endemoniado furibundo, con más posesiones diabólicas de las que los judíos vecinos habrían previsto, se enfrenta con Nuestro Señor. Y luego están los cerdos, que de hozar como cebones se lanzan en tromba acantilado abajo. Pasado el susto, el Evangelio es material imprescindible para saber que el enemigo de Dios no es el hombre, ni siquiera esa acendrada manera con la que los fariseos querían preservar sus privilegios y su hipocresía, ni son los asesinos, ni los cerriles que no quieren enmendar su conducta. Aquí hay un enemigo mayor del que los cristianos tenemos vaga noción y que persiguiera al Maestro durante toda su vida pública. Es el Diablo.

El Diablo se encontraba confuso con la humanidad y divinidad de Jesús. Le era desconcertante que el Enemigo (el Verbo hecho carne) bostezara como los hombres y tuviera que desayunar para afrontar la jornada. La batalla es mayor de lo que el cristiano de a pie imagina, por eso caso sería preferible no imaginarse mucho. Tras las bambalinas de nuestro proceder se mueve la cota de malla, la red de gladiador y la coraza del Diablo para echarnos en cara que la aventura de intimar en amistad con Cristo, es una aberración, además de una patraña de abuelita de cuento. El papel del Diablo es acusar ante el tribunal de la gracia de Dios del proceder de los hombres, en muchas ocasiones lleno de mediocridad, reprochándole su falta de entusiasmo y amor, para que nuestro Señor se canse de una vez de nosotros y nos dé por imposibles.

En el Apocalipsis hay una cita estremecedora sobre ese fiscal negro, que es denominado el gran Acusador, “Oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado”. El Diablo ha perdido autoridad, aunque no su ruido, fanfarronea como todo espíritu vanidoso. Nuestro Señor, la Virgen, el corrillo de santos, todos nos quieren cerca de su morada para que llevemos salud espiritual en nuestro recorrido por la tierra. Llevamos los aliados tatuados en nuestra piel, no necesitamos más. Ni siquiera conocer a fondo quién es él a Diablo, que a veces de tanto buscar información e interés, el alma se apega a lo escabroso. A los tiros del mal ni olerlos, bastante tenemos ya con pedirle perdón al Selor de nuestra propias miserias

El hombre más feliz del mundo

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Ha sido noticia estos días la historia del biólogo, fotógrafo y monje budista Matthieu Ricard. Se le considera el hombre más feliz del planeta, a pesar de que no tiene bienes materiales ni amor de pareja. Después de que fuera sometido a mil pruebas de resonancia magnética, su cerebro presentaba una gran actividad asociada al bienestar y a las emociones positivas.

Pero yo me cuestiono si la definición de felicidad consiste en gozar de bienestar. Quizá el problema radique en que no tenemos claro qué es la felicidad y siempre la asociamos a la ausencia de problemas y a la posibilidad de encauzar debidamente todo lo que nos pasa. Pero la felicidad no puede asomar su nariz en soledad. Sin la presencia de otro, uno no sabe que hacer en vida. Yo no sé qué es la felicidad, pero sí experimento que no puedo dármela a mí mismo, porque soy un tipo carencial. Me parezco mucho a Pedro, “Señor, ¿a quien iremos?, sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Y tengo mucho en común con los discípulos del Evangelio de hoy, que cuando se ven sin el Señor cerca, se echan a temblar porque piensan que la tormenta se los va a llevar por delante.

Quizá en esta tierra más que felicidad, que suena a situación irrevocable de plenitud, sólo podemos escuchar “el crujido de la felicidad”. He tenido la suerte de oírlo muchas veces. He visto a un padre haciendo reír a sus hijos, ridiculizándose a sí mismo, y diciéndole a su mujer que es el hombre más afortunado del mundo por tener familia. He oído a una mujer decirme que llevaba toda su vida odiando y que no quería marcharse al más allá con el odio en el cuerpo y, después de una prolongada confesión, he visto cómo hablaba quedamente con el Señor y le decía “gracias”, mientras yo me alejaba de su cama de hospital. He visto a un sacerdote rezar mirando el sagrario como un avaro delante de las minas del rey Salomón.

No sé qué pasa por la cabeza de las personas que viven en estado de comunión con Dios y con los hombres, pero intuyo que a pesar de sus jornadas de insatisfacción, gozan de más felicidad que un cerebro con emociones positivas en constante ebullición. La oración de un cristiano no depende del cerebro, sino de su facilidad para estar en posición de apertura y gozar de una presencia eternamente próxima.

El monólogo apócrifo de santo Tomás

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En la fiesta de santo Tomás, contamos hoy con la lectura oficial del Evangelio que habla de su torpeza. Resulta que el pobre Tomas ha pasado al santoral cristiano como el chico que necesitaba ver para creer, poner las manos en el Cuerpo de nuestro Señor para identificar al Dios de su vida. No sé por qué hemos decidido dar la puntilla al toro de su obstinación cuando su propuesta es de lo más razonable. A ver si lo cuento bien. Tendría que existir un Evangelio apócrifo de Tomás en el que éste se soltara con un monólogo, “yo seguí a Jesús de Nazaret, me hechizó su voz y su forma de decirnos que el Reino de Dios estaba cerca. Nunca me marché de su lado ni dudé de su bondad, intuía tras su sabiduría que era un hombre de Dios. Lo que pasa es que mi condición de circunciso, judío hasta los tuétanos, me impedía creer en que Yahvé, el Altísimo, pudiera haberse acercado hasta nosotros en carne mortal. Lo comentábamos los discípulos en nuestros momentos de intimidad. Sabíamos que no era posible ver a Dios sin morir, y nosotros veíamos a Cristo, que se decía Dios, y seguíamos en pie. Leíamos en la Escritura que Dios pondría su morada entre nosotros, pero ya tuvimos la tienda del encuentro durante nuestro periplo por el desierto, y ahora teníamos el templo, la casa De Dios, dónde hacíamos nuestras oraciones. Por eso me costaba creer que la nueva morada fuera su propia persona, el mismísimo Dios de nuestros padres, que pudiéramos experimentar corporalmente la plenitud de su divinidad”.

Lo más admirable del pasaje de hoy es que el Señor en vez de reprochar con mal genio su incredulidad, cumple escrupulosamente con su demanda. Tomás quería meter los dedos en el agujero de los clavos, la mano en el costado, y aquella exigencia tuvo una respuesta verificable, punto por punto. El Señor no deja ninguna de nuestras ocurrencias sin respuesta, aunque nos suenen inverosímiles, el Señor está siempre atento.

Me contó recientemente un sacerdote que, cuando era niño, se puso delante de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y le propuso en voz alta ser, desde aquel momento y para siempre, amigo suyo. Me dice emocionado estos días que nunca ha tenido dudas de su vocación sacerdotal, que aquella promesa infantil resultó un punto de arranque de una relación que ha permanecido en el tiempo. Siempre pasa lo mismo, tú le dices al Señor que actúe, que intervenga en tu vida porque tu fe la tienes fabricada con palillos y más pronto que tarde el Señor se dejará encontrar.

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