Los niños de la Verdad.

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Los Santos Inocentes es una fiesta litúrgica que ha tenido una amplia y controvertida historia pero es lógico que se conmemore dentro del ciclo navideño, ya que los niños de Belén fueron asesinados en la persecución al niño-Mesías recién nacido. El cruel mandato de Herodes no hace más que acrecentar la leyenda de terror  que acompaña su figura, ya que incluso fue capaz de planear  el asesinato de su propia esposa asmonea, su suegra, su cuñado y tres de sus hijos.

Los bebés menores de tres años que fallecieron aquellos días no cometieron ningún delito, no eran merecedores de castigo por ninguna acción contra el imperio, simplemente fueron asociados en su muerte a una comunión misteriosa con Jesucristo de la que ni siquiera fueron conscientes. Por ello, son también considerados los primeros mártires cristianos de la historia. Pues dieron la vida a causa de Cristo, ya que todos fueron asociados a él, pues cada uno de ellos podrían ser él. Hoy cualquier persona que es perseguido, denigrado o sufre en su cuerpo y en su espíritu por defender los valores y derechos inalienables de la persona, puede encontrar un camino de unión con Jesucristo particular, como les ocurrió a los pequeños inocentes de Belén.

Por otra parte, aquellos bebés de entonces son, en su desgracia, testimonio directo de que algo grande estaba pasando: la venida del Mesías. Todo asesinato perpetrado por Herodes tenía como fin acabar con aquellos que podían atentar contra su poder y su reinado. Al mandar ejecutar a esos niños quería eliminar al mayor de sus enemigos potenciales: al que podría ser el Mesías- Rey de Israel. Por eso, su orden es un vestigio claro en la historia de que alguien importante estaba entre nosotros, el Rey de reyes. La matanza de los inocentes es profecía de la presencia real de Dios entre nosotros.

Hoy, los hospitales infantiles están habitados por los más grandes profetas de Dios. Con el martirio de sus enfermedades, en algunos casos de un sufrimiento terrible, están indicando qué es lo esencial de la vida, y lo gritan a un mundo narcotizado por el materialismo. Cuando ves sus rostros y oyes sus palabras, te das cuenta de la esencia de la esperanza, la importancia curativa del amor, y la fuerza arrolladora de la fe. Si algún papá de estos niños está leyendo estas líneas sabrá comprender perfectamente lo que acabo de decir. Hoy ellos, también son los santos inocentes de Cristo, sus profetas más elocuentes, los que pueden despertarnos de nuestro sueño de autosuficiencia, los que nos dicen una y otra vez: “¿qué estás haciendo con tu vida? ¿No te das cuenta del regalo precioso que se te ha dado? ¡Vive bien la vida que Dios te ha regalado!”. Por eso, ellos son y serán siempre los niños de la Verdad.

(Hoy rezo a los santos inocentes especialmente por Marcos y por todos sus “hermanitos” de planta…)

La palabra de Juan, ¡es real!

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Mi madre tiene 86 años, es una mujer de un pueblo de castilla, casi no sabe leer ni escribir, pero tiene en el alma la sabiduría de Dios.  El otro día me sorprendió con una anécdota que le ocurrió en la compra con el pescadero del barrio.

Estaba esperando a que le tocara la vez, y mientras el pescadero dialogaba amistosamente con su clienta, hablando de todo un poco, salió en la conversación el tema de la fe. La mayoría de la clientela liderados por el propio pescadero, hacían gala de su escepticismo, de su falta de fe, y argumentaban de muchos modos, pero sobre todo, atacando también a la Iglesia y a sus sacerdotes.

Cuando mi madre oyó hablar mal de los sacerdotes, sintió que la atacaban en primera persona -por razones obvias- y no pudo callarse. En aquel momento empezó a hablar con seguridad y se hizo escuchar por el pescadero y todos los asistentes, diciendo:

-“Perdona que interrumpa esta agradable conversación. Pero siento que no se puede ser tan injusto… Por una parte, no se debe hablar generalizando, porque no todos los sacerdotes son iguales. Lo mismo que en entre los hermanos de una familia no todos se portan igual, aunque sean hijos de una misma madre. Además, siempre se habla más de lo poco malo que de lo mucho bueno…”

Y prosiguió:

“Además, ¿tú crees que existe “la China” (preguntando al pescadero)? Seguro dices que sí porque te lo cuentan los mapas, o los libros de geografía o por lo que te hayan dicho los que lo hayan visitado. Pues con mi fe cristiana me pasa lo mismo. Yo creo ciertamente en Dios porque otros que lo han visto en persona me lo han contado. Igual que tu crees en el testimonio de otros y por ello estas cierto en la existencia de ese país, aunque no lo hayas visto por tí mismo.”

Cuando mi madre me lo contaba, casi me pongo a aplaudir. Increíble. En una mujer casi analfabeta, la argumentación que dió fue sustancial. De hecho me contaba que todo el público se quedó callado sin saber qué responder, quizá por respeto a las canas o quizá por la sorpresa.

Ciertamente, la grandeza de nuestra fe es haber experimentado la cercanía, el cuidado y el amor de un Dios invisible en el que hemos confiado por el testimonio de otros, que sí lo experimentaron visible y palpablemente. Ese es san Juan. Por eso, en la primera carta que hemos escuchado, en su prólogo, nos lo quiere decir así: nosotros sí hemos palpado, visto y escuchado al Dios eterno con nuestros propios sentidos; y os transmitimos nuestra experiencia para que vosotros también podáis conocerle y amarle. Y en ese conocimiento y en ese amor, encontramos una unidad antes insospechada. Esa unidad de fe, que nos estrecha entre nosotros, a veces con lazos más fuertes que los familiares. De hecho, la unidad que tengo con mis padres o mi hermano, la siento más viva cuando nos reunimos entorno a la misa o rezamos juntos antes de comer. ¡La palabra de Juan es real!

Juan es testigo de la verdadera humanidad de Cristo porque ha convivido al lado de la carne humana, de la corporalidad del Hijo de Dios. Pero también es testigo de la verdadera divinidad de Cristo porque ha visto (como narra el evangelio) de cómo ese cuerpo ha desaparecido del sepulcro, sin corromperse, resucitando de entre los muertos. La clave de la fe de Juan en Cristo es su experiencia sensorial (no imaginativa, o filosófica, es… ¡empírica!), pero necesitada del Espíritu Santo en Pentecostés para poder acogerla. La clave de nuestra fe es el testimonio de los apóstoles y el mismo Espíritu Santo que nos ha hecho recibirlo. Que el Espíritu de Dios genere la fe de tantos que estos días viendo un belén reconozcan el misterio transmitido de este Dios-hecho-hombre.

¡Qué importante es San Esteban!

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Ayer hemos celebrado el acontecimiento que da origen a nuestra fe. El Dios invisible se hace visible ante los hombres, lo inesperado se hace posible, y como dirá el apóstol san Juan en el prólogo de su primera carta: “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que palparon nuestras manos, eso os comunicamos…”. Lo llamativo es que el Creador, “por el que se hizo todo”, se presenta ante nosotros en la pequeñez y en la necesidad más absoluta. Es como si Dios en el nacimiento de Belén se agachara ante la humanidad. Esto no es sólo una manera plástica de presentar el Misterio porque de hecho, cuando vas a entrar a la basílica de Belén realmente hay que inclinarse un poco para entrar por su minúscula puerta. Es una llamada a la humildad ya que el mismo Creador se humilló ante su criatura. ¿Por qué decimos esto? ¿Y qué tiene que ver con la fiesta de San Esteban?

Porque la encarnación, la cruz, la visibilidad en indigencia y pequeñez del Mesías esperado, es la gran discusión de Esteban en la sinagoga de los libertos en Jerusalén, donde asistían judíos que habrían adquirido su libertad y que eran descendientes de los llevados como cautivos por Pompeyo. Eran judíos expertos en la cultura griega que podrían ser versados en sus tradiciones filosóficas.  Y, sin embargo, no podían contradecir los argumentos de Esteban. Aquella discusión fue como una profecía para todos los tiempos: las filosofías crecerán por doquier pero siempre terminarán por agostarse y desaparecer, sólo la sabiduría del Amor de Cristo permanece por encima de cualquier ideología.

En la liturgia y espiritualidad de este día aparece ante nosotros un perfecto seguidor de Jesús. Hasta el punto que en el martirio de Esteban, las expresiones del diácono son prácticamente una repetición de las pronunciadas por Jesús en su pasión. El Hijo de Dios vino al mundo para unirse con nosotros de tal manera que podamos seguirle de cerca, imitando su voz, sus pasos, sus gestos, para llegar a transformarnos e identificarnos plenamente con él. La espiritualidad de la encarnación, ejemplificada en Esteban, es esto también: que nuestro cuerpo sea también imagen del de Cristo. ¡Qué casualidad que la Eucaristía sea participar de su Cuerpo! No necesito sus medidas ni sus facciones físicas para identificarme con el Señor, basta que su vida traspase mi vida, su Espíritu inunde su espíritu…

¡Así escuchamos el evangelio de hoy! Es como si nos dijera el Señor: yo he venido a vosotros, en vuestra carne, para que vosotros seáis mi cuerpo, me sigáis como discípulos, me conozcáis como el amigo del alma, me imitéis en todo, teniendo mis sentimientos y haciendo mis obras… Incluso podréis padecer el martirio como yo (como lo hizo Esteban), pero todo ello sólo es posible porque tenéis mi Espíritu.

Hoy es un día precioso para vivir esta fuente inmensa de espiritualidad. El día después de Navidad podemos acercarnos ante la “encarnación perpetua” que está en el pan consagrado del Sagrario y decirle al Señor: “Tú eres mío y yo soy tuyo, mándame tu Espíritu”. Y repitámoslo. Será como decirle: Tú tomaste mis pies humanos, pues toma ahora mis pies para lo divino; tomaste mis manos humanas, toma ahora mis manos para tu obra; tomaste mi corazón para sentir mi vida, toma ahora el mío para latir por tu reino…

Que san Esteban bendito interceda así por nosotros. ¡Feliz 26 de Diciembre hermanos!

Navidad

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuando san Lucas describe el nacimiento de Jesús utiliza pocas palabras pero es muy preciso en lo que dice: “y dio luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”.

El relato evangélico nos sugiere diferentes líneas de interpretación. Por una parte sorprende su naturalidad. La Virgen hace lo propio una vez ha dado a luz. No es una casualidad que el evangelista lo reseñe, porque verdaderamente ha nacido un hombre. Es Dios, pero la encarnación es real. Hay que cuidar al Niño. Un ángel anunciará su nacimiento a los pastores y los Magos sabrán de su existencia por medio de una estrella. Pero todos esos prodigios apuntan a un verdadero nacimiento. Por eso hay que envolverlo en pañales. Cuanto más nos detenemos en esta reflexión más nos sorprendemos: ¡Verdaderamente Dios se ha hecho hombre! ¡Es uno como nosotros! ¡Ha querido nacer de nuestro linaje!

Otra dirección nos señala el camino de lo concreto. La entrada de Dios en la historia no supone una suspensión de las coordenadas espacio-temporales ni un cambio de escenario. Dios viene a nuestro mundo y se acerca al hombre para establecer una relación con Él. Esta sólo es posible desde el lugar en que estamos situados. Si la Virgen no hubiera envuelto al Niño en pañales cómo estaríamos seguros de que Dios está con nosotros. La Virgen nos está enseñando a vivir nuestra Navidad. Jesús está aquí con nosotros y hay que recibirlo con esa mezcla de ternura y de cuidado que se manifiesta en arropar una criatura.

María realiza un acto maternal, que viene movido por el verdadero amor que siente hacia su Hijo. Esa vivencia de la maternidad, es también un acto de adoración. No sólo es divino Aquel a quien envuelve, sino que su mismo hacer ha quedado como transfigurado y refleja lo sobrenatural. Así lo han sabido expresar algunos pintores, como El Greco, que nos ha dejado varias versiones de esta escena evangélica. Siempre refleja a María iluminada en la acción de cuidar a Jesús. Pensando en ella podemos imaginar la intensidad con que la Madre envuelve a su Hijo, sin que esté para nada reñida con la delicadeza. Es bueno pensar en ese momento, porque esa es la señal que el ángel da a los pastores:”encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Y, sigue contando san Lucas: “fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en un pesebre”. Si bien se mira los signos no son espectaculares, pero para los pastores resultan suficientes, al punto que cuando lo relatan después la gente se admira de lo que cuentan los pastores. ¿Qué estaba sucediendo? Algo que ahora también es posible y que san Pablo expresa sencillamente: “Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre”. Todo el que se encuentra con ella y la acepta queda transformado y es arrebatado por una alegría que es testimonio para los demás. Lo vieron los pastores en María y José, lo descubrieron los curiosos en los comentarios de los pastores, podemos verlo y pueden reconocerlo en nosotros…

Y un último apunte. Algunos autores han visto una semejanza entre los pañales con los que Jesús es abrigado y los corporales que se extienden sobre el altar para colocar sobre ellos el Cuerpo de Cristo. La delicadeza en la liturgia y el trato cuidadoso de la Eucaristía nos acercan a aquella atmósfera sobrenatural que inundó un humilde establo y que puede transformar la vida de todo hombre.

San Juan Bautista (4)

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Dentro de pocas horas celebraremos el misterio de la Encarnación, el nacimiento del Hijo de María, Dios hecho hombre. Este año siento una especial emoción al prepararme para ello acompañado de san Juan Bautista que también reaparece en el evangelio de hoy. Comienza el evangelio de la Misa: “en aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, se llenó de Espíritu Santo y profetizó…”.

A continuación pronuncia ese himno, conocido como Benedictus, y que rezamos cada mañana en la oración de laudes. En él expresa la misericordia de Dios, que va a traer la salvación. Zacarías estalla en su alegría porque la salvación esta cerca. En ese mismo himno alude a su hijo, Juan, quien ha de ser el precursor del Mesías. Juan va a anunciar “la salvación por el perdón de sus pecados”.

Aquí se nos muestra el núcleo de la misión del bautismo. Cuando hablamos de salvación nos queda una sensación algo vaga. ¿Qué significa ser salvado? Sin duda un aspecto muy importante de la salvación es que nos sean perdonados los pecados. Juan Bautista exhortaba a ello. En otro momento del evangelio se nos dice que, quienes acudían a él, confesaban sus pecados y se hacían bautizar. Juan, amigo de Jesús, precursor suyo, aborrece lo que aborrece el corazón del amigo, que es el pecado. Pero fijémonos en que grande es Juan que, no le importa que los pecadores se acerquen a él, Vive en el desierto y, a su soledad, acude gente cargada de limitaciones pero también de esperanza. Su bautismo es de conversión, no de sanación. Hace todo lo que puede hacer el amigo, que es disponer para recibir la gracia de Cristo. Con insistencia habrá de decir que el no es el Mesías, que él solo es la voz. No se atribuye lo que no es suyo sino solo de Cristo. Pero que bien conoce a Cristo, que prepara a cuantos se le acercan para que vayan a él. Lo confundieron con el Mesías porque su corazón ardía de amor al Mesías, pero nunca se atribuyó lo que no era suyo. Su alegría, siempre, era el bien de Cristo.

A las puertas de la Navidad la contemplación de este evangelio me mueve a dos reflexiones. La primera es que Jesús viene para salvarme. Le pido a san Juan Bautista, que me ayude a comprender la profundidad de la salvación que Jesús me ofrece. No quiero minusvalorar su misericordia. La profundidad del amor de Dios le lleva a venir al mundo para sanar mi corazón, para perdonar mis pecados, para que, como canta Zacarías, “libres de temor, arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días”.

La segunda reflexión a que me mueve hoy este evangelio es a querer preparar con Juan la Navidad. Hay cosas que me surgen casi espontáneamente, como a muchos durante estos días: acordarme de personas con las que hace tiempo no contacto; dar alguna limosna para ayudar a los pobres,.. Todo ello está muy bien. La encarnación nos humaniza. Dios, haciéndose hombre nos hace mejores hombres. Pero, este año, con Juan Bautista, me mueve a querer desear para todos los hombres lo mismo que él, la salvación, el perdón de los pecados. Que el amor de Dios llegue hasta lo más profundo del corazón de mis seres queridos, de los que me rodean, de todos los hombres y mujeres del mundo. Que todos nosotros seamos liberados de la oscuridad de la muerte y alumbrados por la luz que nos viene de lo alto. Juan no era la luz, sino el que daba testimonio de la luz. ¡Ven Señor Jesús!

San Juan Bautista (3)

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En el evangelio de hoy se nos habla del nacimiento de Juan. Como veíamos el otro día le acompaña la alegría: “se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella”. El mismo nacimiento de Juan es como una profecía del desierto que florecerá, pues nace de una mujer hasta entonces estéril. Si todo hijo es un don de Dios, en Juan Dios lo ha señalado de una manera especial pues, incluso su nombre, le fue indicado a sus padres mediante un ángel. Hay quienes dicen que Juan significa el que es fiel a Dios. San Beda dice que significa “el que es pura gracia del Señor” y Orígenes indica que el nombre se ha de entender como “el que manifiesta a Dios”. Al final todos nos remiten a lo mismo, pues la gracia señala a quien lo da y el que es fiel siempre lo es a alguien y por tanto da testimonio de él. San Juan Pablo II, a su vez, dijo: “El mismo Dios, por mediación de su ángel, había dado este nombre que en hebreo significa Dios es favorable”. De alguna manera se nos indica, en todas esas interpretaciones, que Juan siempre va a señalar a Cristo, va a ser signo de la misericordia de Dios.

La primera lectura, del profeta Malaquías, señala la misión que Juan ha de realizar: “voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí”. Juan es el amigo que prepara el camino al amigo. Es el amigo que no encierra con el afecto a la persona que ama, sino que lo ama en el corazón del amigo y por eso quiere que el amor de su amigo llegue a todos los hombres. Juan ama el amor de Jesús. Ese amor que le va a llevar a dar su vida por todos los hombres. Que profundidad en las palabras de Juan, que unidad de corazón, cuando lo señalará diciendo “este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Juan nos enseña a amar a Cristo en el amor de Cristo; a comprender de que manera Cristo nos ama.

Esto nos lleva a darnos cuenta de otra cosa. Entre Juan y Jesús no se interpone nada. A nosotros nos sucede que a veces, en nuestro amor a Dios, se interpone aquella obra que llevamos a cabo (nuestra parroquia, nuestro colegio, hospital, nuestra obra pequeña o grande). No es que no esté bien amar todo eso. Pero mirémoslo desde Juan el Bautista. En él aprendemos a amar a Cristo porque es Cristo. Y, desde ahí amar lo que ama el novio, que es la novia, que es la Iglesia, que es todo lo que surge del Corazón traspasado de Cristo.

Juan, bautizando, prefiguraba el nuevo bautismo que anunciaba (“os bautizará con Espíritu Santo y fuego”). Es decir, todas las obras de la gracia que salen de la fuente del amor de Cristo. Juan nos enseña a amar esa obra redentora. Nos coloca en la dimensión del Amor de Cristo que se abaja en la encarnación, en el bautismo, en la muerte y sepultura para liberarnos de la esclavitud del pecado.

La sorpresa ante el nombre elegido para el niño, Juan en vez de Zacarías, nos permite una reflexión en la cercanía de la Navidad. No era el nombre esperado. Los mismos signos ocurridos alrededor de su nacimiento llevaron a los habitantes de aquella comarca a preguntarse “¿qué será de este niño?”. Ningún padre debería reducir el horizonte de sus hijos a su propia perspectiva. Tampoco nosotros debemos vernos sólo bajo nuestras capacidades o ilusiones. El nombre de cada uno de va vinculado al del Emanuel, Dios-con-nosotros. Pidámosle a Juan que sepamos comprendernos en esa unión con Cristo. ¡Qué hermoso pensar que nos pusieron el nombre en el momento del bautismo! Sólo en Cristo llegamos a comprendernos verdaderamente y a comprender nuestra vocación. Que san Juan Bautista nos acompañe en nuestro camino hacia Belén.

 

El Magnificat

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A las puertas de la Navidad escuchamos, de labios de la Virgen, el bello himno del Magnificat. Está en casa de Isabel, con la que se quedará tres meses hasta el nacimiento de Juan. Tras ser saludada por su prima como “la madre de mi Señor”, María se llena de alegría. No se atribuye nada a sí misma, sino que todo lo remite a Dios. Queremos unirnos a ese canto de alabanza de la Virgen y con ella prepararnos para celebrar el nacimiento de Jesús.

La Virgen a acudido a casa de su prima, ya anciana, para acompañarla y ayudarla en los últimos meses de su gestación. Ahí ya se nos dice algo. Lo primero es que prepararse a recibir a Cristo ha de ponernos en la tensión de servir a los demás. Cristo viene salvarnos. Sólo él puede redimirnos. Nadie puede liberarnos de la esclavitud del pecado, salvo él. Pero, de la Virgen aprendemos que hay muchas situaciones en las que nosotros podemos socorrer al prójimo. Y esa es una bella manera de preparar la Navidad. La práctica de la caridad siempre predispone para recibir a Dios, pues Él es amor.

La segunda cosa que descubrimos es que servir a los demás siempre es fuente de alegría. No se trata de la autocomplacencia ni de un mero sentirse bien. Lo que sucede, cuando obramos el bien, es que experimentamos el poder de Dios en nosotros. Vemos las maravillas que el Señor obra a favor nuestro y nos sorprende que podamos ser partícipes de su amor prodigándolo también a los demás.

El canto del Magnificat nos habla también de la humildad de la Virgen. Exulta porque Dios se ha fijado en ella que se reconoce pequeña. A pocos días de la Navidad no podemos dejar de pensar en el abajamiento del Hijo de Dios. Él se hace pequeño; condesciende hasta nosotros. Un obispo señalaba que Dios se hace tan pequeño que sólo los verdaderamente pequeños se encuentran con él. Acostumbrados a mirar la sencillez del establo, en el que Jesús nació, nuestra mirada se vuelve hoy a la humildad de María, en cuyas entrañas se encarnó el que es eterno.

En su himno María también nos recuerda que Dios “dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Son unas palabras llenas de fuerza pronunciadas por la Madre del Redentor. La Virgen señala el amor de su Hijo por los pequeños. Es también el amor que ella siente, porque está totalmente unida a Jesús. Es el amor en el que nosotros tenemos que ser educados. Pensemos en todo lo que se oculta detrás de las palabras “soberbios”, “poderosos” y “ricos”. Seguramente abarcan muchos aspectos y, algunos de ellos, al menos, los podremos encontrar en nosotros. En estos pocos días antes de la Navidad intentemos disponer mejor nuestro corazón. Aprendamos de María, de su sencillez, de su humildad, de su generosidad, … Así no quedaremos confundidos y podremos celebrar ese encuentro profundo con Jesús que es la Navidad.

Igualmente, al ver como el Señor se fija en los humildes, los pobres, los pequeños, también le queremos pedir que nos enseñe a verlos con su mirada misericordiosa. Esa mirada de verdadero amor que le llevó a acercarse hasta nosotros.

San Juan Bautista (2)

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Tras recibir el anuncio del ángel María corrió al encuentro de su prima Isabel. Entonces Juan ya actuó como Precursor. Saltando de alegría en el seno de Isabel le dio a conocer que María era la Madre del Mesías. Jesús desde el seno de la Virgen santificó a Juan. Es algo magnífico que explica esa relación especial entre Juan y Jesús. Jesús quiso visitar a Juan aun antes de su nacimiento llenándolo de alegría. Una de las palabras que definen a Juan es la alegría. Quizás no nos fijamos bastante porque en este mundo nuestro se confunde la diversión con la alegría.

Cuando se le anunció a Zacarías que tendría un hijo el ángel le dijo: “te llenarás de alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento”. Hoy vemos cómo salta de alegría dentro de Isabel. El mismo Juan hablará de la alegría “del amigo del novio”, que es la suya pues todo su gozo estaba en la realización de la misión de Cristo. Y el mismo Jesús dirá a los discípulos de Juan cuando éste ya estaba en la cárcel “¡Dichoso el que no se escandalice de mí!”, cosa que sucede con Juan que morirá por Cristo.

Necesitamos entrar en amistad con Juan, amigo de Cristo, para conocer la verdadera alegría. En nuestro mundo se confunde la alegría con el lujo, la riqueza, el entretenimiento,… Jesús preguntará ¿Qué habéis salido a buscar al desierto? Y hablará de la caña que se agita o del lujo, signos ambos de lo efímero, lo inconsistente y lo superficial. Y tantas veces es así nuestra alegría, sucedáneo de la auténtica.

Escribió san Agustín sobre san Juan Bautista: “Él no obtiene la alegría de sí mismo. El que quiera encontrar la causa de su alegría en sí mismo, estará siempre triste; pero el que quiere encontrar su alegría en Dios, estará siempre alegre, porque Dios es eterno. ¿Quieres tener una alegría eterna? Esto es lo que hizo Juan”.

La alegría de Juan se colmaba en Cristo. Fue un corazón siempre alegre porque Cristo lo llenaba todo. Necesitamos aprender de él esta alegría. No sorprende que Juan se desprendiera de todo y eligiera esa austeridad que tan bien describen sus vestidos, su alimentación y la aridez del desierto. Tiene a Cristo, razón de la verdadera alegría.

Otro aspecto es cómo empieza a realizarse la predicación de Juan: “preparad un camino al Señor”. La Virgen corre a la montaña, Juan salta, Isabel levanta la voz… son todos verbos que indican movimiento. La simple noticia de la presencia del Mesías debe arrancarnos de la impasibilidad y la apatía. Es un movimiento que brota de la alegría y que va unido a la caridad. Es un movimiento que reafirma la fe. Es Jesús quien, aún oculto en las entrañas de María, comienza a renovarlo todo.

Quiero pedirle a san Juan Bautista que me ayude a recibir a Cristo. Quiero pedirle que me contagie su alegría; es decir, que me acerque a Cristo. Quiero pedirle a san Juan Bautista que esa alegría me transforme de tal manera que abandone lo mundano para que no confunda los deseos que hay en mi corazón. Quiero pedirle a san Juan Bautista que me enseñe a contagiar la alegría de conocer a Cristo a los demás como él hizo su madre. Quiero pedirle a san Juan Bautista que la alegría de la Navidad sea una confesión de fe como sucedió aquel día en la casa de Zacarías.

Finalmente quiero pedirle a la Virgen que me disculpe por no haberme centrado en ella en este comentario. Pero ella, la Inmaculada, la Madre del Verbo humanado, me ha llevado a casa de Juan, donde permaneció tres meses y, parece lo más lógico, contempló a un Juan recién nacido. Desde el corazón de María queremos ser amigos de los amigos de su Hijo para amar mejor a su Hijo.

La Anunciación

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Me gusta mucho el cuadro en el que Fran Angélico pintó este tema. Más de una vez he ido a verlo al museo del Prado y unas cuantas veces me he detenido ante reproducciones. A la izquierda aparecen Adán y Eva que son expulsados del paraíso y caminan con el rostro mirando al suelo por la vergüenza. En la otra escena el arcángel Gabriel ante la Virgen María. El entorno es una casa sin puertas, porque María no se protege. Su libertad no ha construido una fortaleza que Dios tenga que asaltar.

Dios la ha hecho llena de gracia. Ella es la inmaculada. Limpia de toda mancha de pecado (¡Gracias Señor!) es la puerta a la que Dios llama. El paraíso ha sido cerrado, pero Dios ha preparado un camino por el que volver.

A pocos días de la Navidad la Virgen nos enseña cómo disponernos para recibir a Jesús. Lo primero que encontramos es que antes de estar preparados para esto o aquello, en concreto, lo que hemos de querer es cumplir la voluntad de Dios. Eso es lo que encontramos en María. No sabía que iba a ser la Madre del Redentor pero sí que sabía que lo que quería era hacer lo que Dios le pidiera.

María nos enseña la confianza absoluta en Dios, a no dudar nunca de su misericordia. Ella está ante Dios sabiendo que su amor nunca defrauda. Así, nos enseña a comprender que nuestra vida es importante para Dios y que él nunca va a dejarnos abandonados. La misión de cada uno se comprende a la luz de Dios. Más en concreto, el misterio de la vida de cada uno de nosotros tiene su respuesta en Jesús. Ella va a ser la Madre. Nosotros vamos a comprender, cada uno, lo que Dios espera de nosotros en esa relación especial con Jesús. Nuestra vida se va a iluminar plenamente a la luz de Cristo. Él es la respuesta que andamos buscando.

Estos días pienso mucho en que vivimos para protegernos. Continuamente esperamos lo peor y nunca queremos quedar al descubierto. Pero hay que estar abiertos a Dios. Frente a la tendencia a resguardarnos está la disposición de acogida. María acoge al ángel primero y, después, al mismo Hijo de Dios que llega a ella por el poder del Espíritu Santo. Esa disposición de acogida, de apertura total a la voluntad de Dios, que siempre es amor, nos abre también a la belleza que nos rodea y a los hermanos que puedan necesitarnos. Uno piensa en la Virgen María y piensa en la exquisita sensibilidad que debía tener para fijarse en todo y para gozarse en los más mínimos detalles. La belleza la descubría en todas las cosas. Cuando vemos a Jesús poniendo ejemplos de escenas cotidianas del hogar o de la naturaleza, en los que arranca lo que tienen de oculto, pensamos también en la mirada de su Madre. Cuando comprende lo que Dios quiere de él y sigue ese camino también se le ilumina el sentido de todo lo que le envuelve. Cada cosa se convierte en símbolo o signo de esa llamada de amor que ha recibido.

Los comentaristas bíblicos han señalado que estamos ante un texto de vocación. María es llamada y responde con total libertad. Queremos incluirnos en sus palabras. Como ella queremos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Le pedimos a la Virgen que nos ayude a vivir intensamente estos días para que se realice el designio de Dios en cada uno de nosotros. Le pedimos también que, como ella, sepamos decir sí a Dios. Al fin y al cabo nuestro sí no es más que la respuesta al sí que Dios nos ha dado. Jesús, con su nacimiento, expresa la voluntad de Dios de no abandonar a los hombres y de reafirmarlos en su amor.

San Juan Bautista (1)

Escrito por Comentarista 9 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos a pocos días de la Navidad. Las lecturas de hoy nos hablan de Sansón y de Juan Bautista. Es grande la semejanza entre ambos. Los dos nacen de una mujer que, hasta ese momento era estéril y ambos han de consagrarse al Señor. El milagro, en ambos casos, es que una mujer infecunda, llega a concebir. En el caso de la concepción de Jesús es totalmente distinto, ya que la suya es virginal. María no conoció varón y, como reza la Iglesia, fue virgen antes, durante y después del parto.

En los evangelios de los próximos días vamos a encontrarnos con Juan Bautista en varias ocasiones. Hoy se nos habla de su concepción, pronto de su santificación en el seno materno cuando la visitación y, después, de su nacimiento y aún del canto que entona Zacarías. En siete días Juan aparece cuatro. De alguna manera se nos está diciendo que esperemos a Jesús fijándonos en Juan. Por otra parte, en las últimas semanas ya nos hemos encontrado con él, invitándonos a vivir intensamente el Adviento. Pero durante esta semana Juan no dice nada, sino que son otros los que nos hablan de él. Hay que meditar acerca de Juan.

Veo claro que hay que hacerse amigos de Juan. Porque Juan es amigo de Jesús. Y la amistad siempre es misteriosa pero, a través de los santos, que son los amigos de Dios, Dios mismo nos enseña cómo llegar a ser amigos suyos. Pero Juan es un amigo muy especial. Dios le ha manifestado su preferencia ya a través de su concepción milagrosa. Jesús ha querido que viniera al mundo poco antes que él. De haber ido a la escuela hubieran estado juntos. Hay un simpático cuadro de Murillo titulado El niño de la concha. En él aparece Jesús niño dando de beber a Juan, que tiene su misma edad. Aunque los evangelios nada narran de la relación entre Jesús y Juan en su niñez y adolescencia sabemos que toda la vida de Juan estaba ordenada a Cristo.

Juan también dijo de sí mismo que era amigo de Cristo: “El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio.” Son palabras muy singulares, porque la novia de Cristo es la Iglesia. Así Juan se sitúa totalmente en la obra de la redención de Cristo. Su alegría es la realización de la obra redentora de Cristo, de la que nace la Iglesia esposa. También son palabras muy hermosas que nos hablan de un corazón que había experimentado la dulzura de una amistad profunda con el Señor.

La gestación de Juan va acompañada por el silencio de Zacarías. El silencio de Zacarías aparece como un castigo ya que ha dudado de la palabra del ángel. María no pidió una prueba a Gabriel. Zacarías sí que lo hizo. San Agustín ya se había fijado en que aquel que había de ser “la voz” debía ir precedido del silencio. Silencio que después Juan cultivará también en el desierto. Tendrá un sentido penitencial pero también será para embeberse totalmente en la contemplación de Cristo. Pero, como nos mostrará la escena del bautismo de Jesús, es una amistad que se abre continuamente a algo más grande. Cuando Juan intente resistirse al deseo de Jesús de ser bautizado, accederá tras escuchar la voz de su amigo quien le indica que debe cumplirse toda justicia.

Los relatos que hoy escuchamos nos recuerdan que Dios va disponiendo la historia para realizar su plan de salvación. En ella descubrimos personajes muy singulares. Pero en ellos también reconocemos el amor singular que Dios tiene para cada uno de nosotros. El misterio de la Navidad Jesús lo quiere celebrar con cada uno de nosotros. Que Juan Bautista nos enseñe a ser amigos de Cristo.

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