Sábado 6 de mayo. III semana de pascua

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Hace pocas semanas empezamos a celebrar la Eucaristía con la tercera edición del Misal Romano. El cambio más evidente es la consagración del vino. Jesús, en el relato del evangelio dice “Sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28). El Papa Benedicto XVI explicó en su día que el sentido salvífico de Cristo es universal, se dirige a todos los hombres, y en ese “muchos”, en realidad caben “todos los hombres”. La intención de Cristo es clara: busca la vida eterna para todos, y entrega su vida por la humanidad entera, no sólo por unos pocos.

Pero viendo lo que pasa en el Evangelio de hoy entendemos mejor porqué no se puede decir que todos estamos salvados automáticamente porque Cristo lo haya querido. Encontramos una de las páginas más tristes del Evangelio: Cristo habla del pan de vida, de la Comunión, de la participación en la vida divina, de estar con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, de la vida —conceptos todos relevantes en el evangelio de san Juan—, y muchos oyentes acaban criticando sus palabras, poniéndolas en duda: “Este modo de hablar es duro”. Y termina aun peor: “Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. ¡Qué pena! No quieren oír hablar al Señor, no les gusta lo que dice. Tienen que cambiar demasiadas cosas y quizá prefieren no complicarse la vida, seguir siendo uno más del pueblo, con los mismos comportamientos de la gente “corriente”. Quizá se gana tranquilidad, cierto reconocimiento, la vida rutinaria sigue siendo igual, sin demasiadas novedades; pero sin saberlo, se está perdiendo la vida.

El Evangelio es para todos, pero no todos están dispuestos a pasar por el evangelio. La flagrante deserción de hoy muestra a las claras que el seguimiento del Señor es para valientes. No sirven las medias tintas, ni poner una vela a Dios y otra al diablo. Quien acoge a Cristo quizá complique su vida, pero encuentra el Camino para recorrerla. Se pueden perder ciertos ambientes o comportamientos sociales, pero encuentras la familia de la Iglesia. Puedo convertirme en alguien a quien señalar porque no dice la opinión común o mayoritaria, pero te afianzas en la Verdad. Las pérdidas no se equiparan ni de lejos a las ganancias.

El que sigue a Cristo ha de cortar cosas. Luego recuperas otras más importantes, pero quizá esa separación del principio es la que más cuesta. Pidamos al Señor que renovemos en nuestra oración personal la entrega a Él y a los demás, y que ilumine qué cosas nos estorban para ser cada día más suyo.

Viernes 5 de mayo. III semana de pascua

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El Señor dice en el evangelio de hoy: “el que me come vivirá por mí”. Está explicando Jesús el misterio del pan de la eucaristía, que es el corazón de la vida de la Iglesia, donde vivimos del permanente don de Dios. Queremos hacer varias consideraciones apoyados en varios significados que podemos darle a la preposición “por”.

1) Vivir por la vida que da el Señor. “Yo soy la vida”, no sólo el origen de la vida, sino aquello que la sostiene. El latir de mi corazón y el respirar de mis pulmones se lo debo al Verbo, a cuya imagen he sido creado por el Padre. Por eso damos gracias a Dios por el misterio de la vida natural. Pero más allá de lo natural está la vida de los hijos de Dios, la vida nueva propia del Evangelio, donde Cristo nos hace partícipes de su intimidad con el Padre, y de la sobreabundancia de Amor que los une (el Espíritu Santo). Ese calor del amor de Dios es lo que da vida al hombre; el pecado y el mal congelan la vida, apagan la llama. Gracias, Señor, por darnos la vida divina de la gracia.

2) Vivir a través de Cristo, con sus mismos sentimientos. Es compartir la mirada de Dios, tal y como aparece en los Evangelios. Su mirada nos habla de sus intenciones, que dan razón de sus obras: la misericordia, la paciencia, la mansedumbre, la fortaleza, la sabiduría, la ternura, la magnanimidad… Son un cuadro de facetas que nos llaman constantemente a la conversión, pues descubrimos que en muchas ocasiones no reflejamos la grandeza del Corazón de Cristo, a través del cual ojalá vivamos y amemos siempre.

3) Vivir entregando la vida por amor a Cristo y a los hermanos. Vivir enamorados por el Amor de nuestra vida. Nada más fuerte en el mundo que el amor de Dios, que cautiva la vida, la transforma y la llena de sentido. Vivimos para satisfacer al Amado, complacerle y renovar todos los días nuestra entrega. Y fruto de esa entrega al Amado, brotará espontánea, sin apenas buscarla, una entrega decidida a los demás y un compromiso constante por servir y ayudar.

Jueves 4 de mayo. S. José María Rubio (memoria en Madrid)

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En Madrid celebramos hoy la memoria de san José María Rubio, canonizado por san Juan Pablo II en su última estancia en España (2003). Celebró su primera Misa en la Colegiata de San Isidro; fue coadjutor en Chinchón y párroco de Estremera. El ingreso en la orden de los Jesuítas la realizó a los 55 años. Destacó por ser un gran confesor y por su dedicación a los pobres. A su muerte, el arzobispo de Madrid, Eijo y Garay le denominó “apóstol de Madrid”, y le puso como modelo para los sacerdotes de la diócesis.

El P. Rubio solía repetir que el camino hacia la santidad es “hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Hacer y querer. Dos verbos preciosos que orientan la vida hacia el Señor.

Pero ese movimiento hacia Dios, en realidad es en realidad como nos mueve Él hacia sí: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. La atracción y moción divina, el mover Dios nuestra vida hacia Él, se explica por el misterio de la gracia y los dones del Espíritu Santo, que nos permite pensar como Jesús y obrar como Él, con sus mismos sentimientos.

Para la santidad de vida no se necesitan doctorados ni hacer un máster, aunque estos ayuden. Hay santos que vivieron rodeados por gente muy brillante humanamente hablando, con una preparación intelectual y humana de alto nivel. Dicen del P. Rubio que su oratoria no brillaba como la de otros hermanos con los que vivía. Quizá una homilía preparada en el fondo y en la forma de modo “profesional” no mueva tanto las almas como un predicador lleno de amor de Dios que es cauce de la gracia para muchos corazones.

La iglesia nos insiste a los sacerdotes que no es importante sólo la forma y el fondo de las homilías, sino sobre todo su alma. La homilía brota de la oración, como un icono brota de la contemplación de Dios.

Pidamos por todos los que en la iglesia tienen la misión de anunciar el evangelio a través de las homilías, las catequesis, las clases, etc., para que en primer lugar nos encomendemos a la gracia de Dios, pidamos ser instrumentos dóciles que comuniquen la gracia de Dios a los hermanos. Se lo pedimos especialmente a S. José María Rubio.

Miércoles 3 de mayo. Stos. Felipe y Santiago, Ap. Fiesta

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La petición que hace Felipe al Señor está llena de un aparente sentido común: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. El deseo de ver a Dios, de conocerle cara a cara, ciertamente es loable y por lo tanto pedirlo con esa sencillez de Felipe tendría que ser petición aceptada. El problema es que justo antes Jesús se define a sí mismo como el camino que lleva al Padre, revelando así el modo como Dios se hace presente en el mundo. Veámoslo.

1) El deseo de ver a Dios lo llevamos dentro del corazón. Por deficiencia de nuestra débil naturaleza, solemos pintarle como los niños: en el cielo, rodeado de nubes. Así aparece siempre en Los Simpson. En el subconsciente podemos tratar al Señor como alguien muy, muy lejano. Y por esta razón, pensamos que para ver a Dios hay que ir más allá. Ese momento suele ser la muerte, cuando nos encontraremos con Dios. Y así explicamos la muerte a los niños: “el abuelo se ha ido con Jesús”.

Es precisamente Jesús quien ilumina esta búsqueda de Dios, y sobre todo quiere romper definitivamente esa lejanía. Las palabras del evangelio de hoy revelan la naturaleza pontifical de Cristo: es pontífice, es decir, puente entre Dios y los hombres. Por eso dice “yo soy el camino”. Y acude a un verbo de movimiento: “ir al Padre”. Cristo es el camino sobre un largo puente que acerca al Padre a cada hombre. Quien conoce a Jesucristo conoce también a su Padre, y por supuesto al Espíritu Santo, del que no se habla hoy en el evangelio.

2) La petición de Felipe encierra otra objeción también muy difundida: Dios es perfecto, y por lo tanto, cualquier cosa creada, por ser criatura imperfecta, no puede manifestar a Dios tal cual es. Para encontrarme con Dios, he de salir del mundo mediante alguna experiencia mística, o algún fenómeno similar. Y por eso está tan difundida la mentalidad que opone Dios y mundo.

Jesús de Nazaret es un hombre, una criatura, y en Él se nos manifiesta plenamente Dios al modo humano, accesible, a quien podemos escuchar y comprender. La novedad es que no lo hace como nosotros queremos, sino como nosotros necesitamos. Ya sabemos por experiencia que no siempre lo que queremos es lo que realmente necesitamos. Necesitamos ver y tocar a Dios, y por eso, sin abandonar su divinidad, se encarna para hacerse caminante en nuestra historia. Él es el camino que conduce al Padre, pero también es caminante con nosotros, peregrino con cada persona.

3) Creer en Dios es creer en Cristo, y ver a Cristo es ver a Dios. Quizá esto es una de las cosas más complicadas de comprender. A veces se afirma “el Dios de Jesucristo”, como si hubiera “el Dios de los judíos” o “el Dios de los mormones”. Está claro que no puede haber muchos dioses, y que en todo caso, dicha variedad no corresponde a Dios, sino a nuestro polifacético modo de comprender las cosas.

Jesucristo habla con claridad: “Yo estoy en el Padre, y el Padre en mi”. De modo directo se refiere a su naturaleza divina y a su eterna comunión con el Padre. El cristiano no cree en una “versión 2.4”, o “3.1” de Dios, sino que recibe la fe como un don que le permite conocer el misterio insondable de Dios que se revela plenamente en Jesucristo. Él no es “un” rostro de Dios, sino el único rostro de Dios en el mundo. No dice “yo soy un camino”, sino “el” camino. De ahí que en otras partes del evangelio Cristo sea tan explícito al unir salvación y fe: sólo el que crea se salvará.

Martes 2 de mayo. S. Atanasio, ob y dr.

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“Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad”. Allí apedrearon luego a Esteban.

A quien molesta, le arrojan a las tinieblas exteriores, le quitan de en medio. Todo vale cuando se trata de apagar la voz de la verdad.

Le sucedió a Cristo mismo, a Esteban, y a otros muchos santos de la historia. Hoy hacemos memoria de uno de los santos Padres más importantes: San Atanasio. Fue desterrado cinco veces. Y no hubo más ocasión, porque el pobre se murió del disgusto.

Pese a una vida muy dura, su obra escrita es prolija. Dedicó muchos esfuerzos a reconducir los errores arrianos hacia la verdad del Evangelio. Estaba en duda la naturaleza divina de Cristo, y por lo tanto, el corazón mismo de su obra salvífica. Si Cristo no es Dios, no puede darnos lo que no es: no podría darnos vida divina, y la redención sería pura pantomima, pues quedaría todo reducido a un barniz externo al hombre. El Concilio de Nicea se nutre mucho de la clara doctrina de San Atanasio al respecto.

Los errores arrianos cundieron por gran parte de la cristiandad y fueron muy difundidos, especialmente a través de canciones populares que todos tenían en la cabeza. Y de la cabeza pasa al corazón, y de tanto repetirlo, acaba uno creyéndose cualquier cosa. Es una llamada de atención a los educadores: no vale que los niños escuchen cualquier cosa, como tampoco vale que vean cualquier cosa.

La divinidad de Cristo es el dato original del cristianismo. Él es Dios encarnado, no una criatura que dice ser un dios. Tampoco es Dios que toma forma aparentemente humana. Es cien por cien Dios y cien por cien hombre. Las dos naturalezas a la vez unidas por la encarnación de la Persona del Verbo eterno de Dios.

La celebración de la Eucaristía es una obra divina, una acción sagrada, mediante la cual el Señor sigue hablándonos como Palabra eterna, y en cuanto Mesías, sigue redimiéndonos, ofreciendo su propia vida en sacrificio. La gloria de su resurrección nos levanta y nos fortalece de nuestras debilidades.

La eucaristía es nuestra fortaleza porque recibimos la Fortaleza misma; es nuestra luz porque nos ilumina la Luz misma. La Santa Misa, la Eucaristía, es nuestro alimento, nuestro pan de cada día, porque en ella recibimos el Pan de la vida. ¡Qué buena petición para el día de hoy: «Señor, danos siempre de este pan»! Que Cristo sea Dios es el gran consuelo del cristiano, además de una verdad de fe.

San Atanasio nos haga defensores de la divinidad de Jesucristo y amantes del Pan de la eucaristía.

 

1 de mayo. San José Obrero

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Es bueno trabajar. Trabajar mucho y bien nos hace imagen de Dios, que es el primer trabajador de la historia. Él nunca deja de hacer el bien, de bendecir con sus creaciones, de amar sin medida.

No le hacía falta este mundo, pero en cambio, como hábil arquitecto y diseñador, lo ha construido y lo mantiene en el ser. Lo cuida constantemente como buen administrador de la finca, y procura su crecimiento como el mejor de los jardineros. Está atento no sólo a las fachadas, sino a los entresijos del amplio mundo del mantenimiento.

Dios es también el mejor pintor, que con una sutil delicadeza engalana a las mariposas con sus hermosísimas alas, viste las más bellas flores y se entretiene con el movimiento creativo de las auroras boreales. Su pericia como escultor la contemplamos en los anillos de Saturno son una buena muestra.

Como dramaturgo, el guión de Dios Padre es sin duda el mejor libreto de la historia; de hecho su obra maestra es designada como “Historia de la Salvación”, en cuya representación entran todos los hombres. Hay de todo en esta obra cumbre: risas y llantos, derrotas y victorias; fidelidad e infidelidad… Refleja fielmente la compleja vida de las personas. Es cierto que el personaje principal es su Hijo, pero nos ha hecho partícipes de su mismo papel mediante la efusión y moción del Espíritu Santo. Todos entramos en escena por voluntad de Dios en este “gran teatro” del mundo creado y salvado.

Como economista, administra, guarda y distribuye los bienes más preciados para la humanidad, y de los que a veces ésta carece un poco: el amor, la paz, el bien, la generosidad… Y para su administración creó el mejor de los bancos, denominado “Economía de Salvación”. Lo primero en él sí son las personas —de verdad de la buena—. Es a la vez macro-economía, pues atañe a todos los hombres y a la creación entera, pero al mismo tiempo micro-economía, pues el bien más preciado es la gracia que se derrama en cada corazón.

Respecto a los medios de comunicación, Dios no tiene rival en el manejo de la Palabra, pues Él mismo es el emisor y el mensaje. Y cuenta con la mejor red de comunicación global: la gracia del Espíritu Santo, que llega con señal plena a todos los corazones que abren su vida a Dios. Nunca se cuelga, ni es poca su intensidad. La contraseña es la libertad de cada persona, mediante la cual, cada uno se puede unir a esta gran red de contenidos salvíficos.

En cuanto a su faceta de rey y político, gobierna con mano de hierro cuando se trata de defender la vida, la verdad y la belleza, y le planta cara a sus enemigos con el ejército de los ángeles. Con los débiles se presenta comprensivo; con los corruptos, firme; con los pecadores, misericordioso. Con todos, dispuesto a escuchar —de verdad de la buena— todos los problemas reales de los ciudadanos.

En cuanto al trabajo doméstico, hay un reparto equitativo de las tareas entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en constante obediencia filial del Hijo a la voluntad del Padre, en unión del Espíritu. La comunicación siempre es cordial, y no se tergiversa nunca, ni nada se pierde. Siempre se escuchan. El amor es la unión y el calor ese gran Hogar que es Dios mismo.

Podríamos tomar todos y cada uno de los trabajos de este mundo, y de todos ellos encontramos un reflejo del quehacer constante de Dios. ¡Es un genio!

Los hombres no trabajamos en todo a la vez: sólo el Señor puede hacerlo. Pero cada trabajo guarda un reflejo de Dios. Somos más cuanto más reflejamos la grandeza y belleza de Dios trabajador. Y con la constante labor de tantos tipos de trabajo de la sociedad. Ninguno es más importante que otros: son más o menos visibles, pero esenciales todos.

San José obrero es un modelo de cómo ofrecer a Dios un trabajo bien hecho. Que él nos ayude a trabajar mucho y bien en todas las facetas que componen nuestra vida de trabajo. El truco es descubrir que todo es un constante “hacer”: no sólo el trabajo remunerado, sino también las tareas de la casa, el cuidado de la familia, los hobbies, la diversión o el descanso (“al séptimo día descansó”).

Conversión a la esperanza

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El evangelio “muestra las consecuencias de la obra de Jesús resucitado en los dos discípulos: conversión de la desesperación a la esperanza; conversión de la tristeza a la alegría; y también conversión a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversión, se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. En cambio, la conversión cristiana es también y, sobre todo, fuente de gozo, de esperanza y de amor. Es siempre obra de Jesús resucitado” (Benedicto XVI, Homilía de 8 de mayo de 2011).

Esta conversión de los discípulos es fruto de la explicación que Cristo les hace de cuanto en la Sagrada Escritura se refiere a Él. La alegría y la esperanza ya están operando, como reconocen tras descubrir que era Jesús quien caminaba con ellos: “¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Sin embargo, no serán plenamente conscientes de todo ello hasta que le reconocen al partir el pan. Este es mismo recorrido que hace con nosotros cuando nos dejamos enseñar por el Espíritu de Cristo en la meditación viva de la Sagrada Escritura. Para ello hemos de aceptar la invitación de Cristo a entrar en diálogo con Él: “¿de qué veníais hablando por el camino?”, ellos le abren su corazón y Cristo les ilumina. Juan Pablo II recomendaba a los presbíteros, pero “vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” – Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4 – Se trata de repensar en lo que Él nos dice, en meditar su Palabra. “Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. (…) ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’.” – Catecismo de la Iglesia Católica nº 2706 –

Para hacer vida toda esa enseñanza de Jesús, necesitamos participar de su fortaleza, que disponga nuestro corazón para la acción. Sin la participación en la Eucaristía no podríamos ponernos en camino, como los discípulos que se vuelven a Jerusalén. “La celebración eucarística no es un mero gesto ritual: es un sacramento, es decir, una intervención de Cristo mismo que nos comunica el dinamismo de su amor. Sería un engaño pernicioso querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su fuerza de Cristo mismo en la Eucaristía, sacramento que El instituyó para este fin” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia del 12-V-1993, 5).

Pidamos a nuestra Madre que la experiencia de fe en Jesús muerto y resucitado, ilumine nuestra vida, nuestras ilusiones, nuestra esperanza.

Amor a la Iglesia

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Hoy celebramos la fiesta de Santa Catalina de Siena. Una luchadora incansable por la paz en su tierra natal, una valiente defensora de la verdad y la unidad de la Iglesia. Su fiesta nos lleva considerar la necesidad de trabajar sin descanso por la paz en el ambiente en que vivimos. En nuestra familia, en el trabajo, con los amigos. Ser valientes para cortar juicios y murmuraciones, para proponer el perdón y la capacidad de disculparnos unos a otros. Animando más bien a orar unos por otros. Si hay que corregir, hacerlo con espíritu cristiano, como nos recordaba San Agustín: “debemos corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto… ¿Por que le corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por el? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente” (Sermón 82). Sabiendo que la solución no es callar o juzgar en el corazón, no pocas veces con dureza. “Callar cuando puedes y debes reprender es consentir; y sabemos que esta reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten” (San Bernardo, Sermón 9, en la natividad de San Juan).

También para defender a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo frente a injustos ataques, reaccionar frente al empeño de reducir la presencia de la Iglesia a las sacristías, dificultando las manifestaciones públicas de nuestra fe. Santa Catalina de Siena fue una valiente defensora de la verdad en unos momentos que tampoco eran fáciles, también en sus tiempos había muchas componendas y presiones de los poderosos. Nos enseña a perder el miedo a no ser “políticamente correctos”. Tenemos que sabernos enviados por el Señor anunciar la única verdad que salva al hombre. Sin maltratar a nadie, respetando a todos, pero sin silencios que pueden ser cómplices.

Santa Catalina era una enamorada de la Iglesia, y por tanto del Papa, al que llamaba “el dulce Cristo en la tierra”. Movida por un gran sentido sobrenatural y por su amor a la Iglesia y al sucesor de Pedro, se trasladó a Avignón para hablar con el Papa Gregorio XI y pedirle que regresara a Roma cuanto antes desde donde debería gobernar la Iglesia. Es para nosotros un ejemplo de amor al Papa y a la Iglesia, que habrá de manifestarse en nuestra oración constante por el Santo Padre, en nuestra docilidad a seguir sus enseñanzas. “¡No te separes de la Iglesia!. Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella nunca envejece: su vigor es eterno” (San Juan Crisóstomo, Consideraciones sobre la Iglesia). Encomendemos especialmente al Papa y los frutos apostólicos en su viaje a Egipto, que se sienta acompañado por la oración de sus hijos.

Que María, Madre de la Iglesia nos haga fieles hijos de la Iglesia.

Alimentarnos del “Pan multiplicado”

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“Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea. Lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos”. Hoy el Señor sigue convocando multitudes cada domingo para enseñarles y alimentarles con ese pan multiplicado que es su cuerpo. Y quizás nos hemos como acostumbrado a un milagro tan impresionante, que nos de a comer su Cuerpo, y nos acercamos a recibir la sagrada comunión como un simple gesto. Por ello es importante que reflexionemos cómo nos preparamos para recibir llenos de asombro y agradecimiento este “pan multiplicado”. En un sermón sobre la preparación para recibir al Señor, exclamaba San Juan de Ávila: “¡Qué alegre se iría un hombre (…) si le dijesen: ‘el rey ha de venir mañana a tu casa a hacerte grandes mercedes’! Creo que no comería de gozo y de cuidado, ni dormiría en toda la noche, pensando: ’el rey ha de venir a mi casa, ¿cómo le aparejaré posada?’ Hermanos, os digo de parte del Señor que Dios quiere venir a vosotros y que trae un reino de paz” (San Juan de Ávila, “Sermón 2 para el domingo III de Adviento”, vol. II, p. 59) “Considera qué gran honor se te ha hecho -nos exhorta San Juan Crisóstomo-, de qué mesa disfrutas. A quien los ángeles ven con temblor, y por el resplandor que despide no se atreven a mirar de frente, con Ése mismo nos alimentamos nosotros, con Él nos mezclamos, y nos hacemos un mismo cuerpo y carne de Cristo” – San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 82, 4.-

Deberíamos darnos siempre un tiempo para considerar a quién recibimos en la Eucaristía y cuáles son nuestras disposiciones. “Hay que recordar al que libremente comulga el mandato: “Que se examine cada uno a sí mismo” (1Cor 11,28). Y la práctica de la Iglesia declara que es necesario este examen para que nadie, consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la Sagrada Eucaristía sin que haya precedido la Confesión sacramental.” – Pablo VI, Instrucción Eucaristicum mysterium, 37.

Con la comunión eucarística se produce una transformación en nuestra alma, como decía bellamente San Agustín en las “Confesiones”: “soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. Esta transformación es el primer fruto, transformación que es posible porque nos hace participar de la caridad de Cristo. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida “Si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente en el Santísimo Sacramento (…) Sacramento del Amor. (…) La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente (…) Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios – del que la Eucaristía es señal indeleble – nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. (…) El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.” (Juan Pablo II, Domenicae cenae, 24 – II – 1980, 5)

Pidamos a Nuestra Madre tratar el Cuerpo de su Hijo en la Eucaristía con el mismo cariño y asombro con Ella lo cuidó.

Ser Apóstoles de la resurrección

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Qué distinta la conducta de los Apóstoles tras ver al Señor resucitado. La resurrección transformó a unos hombres de temerosos – encerrados por miedo a los judíos -, en hombres audaces, “encantados” de padecer por Cristo: “Entonces llamaron a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5, 40-41). Ahora no hay quien les calle: “no os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?; pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y somos testigos de estas cosas nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen” (Hch 5,28-32).

“Pues nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Tomar conciencia de la resurrección de Cristo nos hará apostólicamente más audaces, experimentar la urgencia de anunciar al Señor. Superando respetos humanos y el que dirán. Es una trampa mortal el querer “quedar bien”, “que no haya problemas”. Querer ganar “la simpatía del mundo” nos paralizará. Nosotros como los apóstoles: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Convertirnos en apóstoles con urgencia. “La caridad de Cristo nos urge” – 2 Cor 5, 14 – Es la participación en la caridad de Cristo – no la nuestra – la que nos urge. Por eso depende tanto la audacia apostólica de la vida interior. El hierro, de suyo, no tiene capacidad para quemar; sin embargo, puesto al fuego y calentado al rojo vivo, quema lo que toca, porque el fuego le ha dado sus propiedades, su poder. Igual sucede en el trato con el Señor, nos comunica su poder, sus propiedades y ¡quemarás lo que toques! Nos decía San Juan Pablo II en Uruguay: “el renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización, arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo: porque El es quien mueve los corazones; El es el único que tiene palabras de vida para alimentar a las almas hambrientas de eternidad; El es quien nos transmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. ‘He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?’ (Lc 12, 49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón” (Salto, Uruguay, 22 – V – 1988). Y un año antes, Buenos Aires nos lanzaba la misma invitación: “me habéis preguntado cual es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste; pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios y hasta niega su existencia. Una humanidad sin Padre, y, por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, preparando así su propia destrucción y aniquilamiento. Por eso, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles de una nueva evangelización para construir la civilización del amor” (San Juan Pablo II, Buenos Aires, 11 – VI – 1987).

Que María, Reina de los Apóstoles nos haga más valientes para “dar testimonio de lo que hemos visto y oído”

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