¡Dónde está el listón?

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Estos días pasados, viendo los campeonatos de atletismo, pensaba en todos esos deportistas que quieren ir más rápido, saltar más alto o más lejos, … Entrenan, se sacrifican, luchan a diario por batir su propia marca o ser campeones. Pero siempre tienen en la mente ese segundo que recortar o ese centímetro de más que quieren superar. Hoy Jesús, en el evangelio, nos dice: “si no sois mejores,…”Y se refiere a los fariseos y a los letrados. Pienso en que quizás muchos de los que le escucharon quedaron sorprendidos. ¿Acaso muchos fariseos no eran auténticos atletas del cumplimiento legal? ¡Alguien podía dudar de su empeño diario por guardar hasta los menores preceptos? ¿Me está pidiendo Cristo algo semejante a que supere a los corredores o saltadores profesionales?

Seguimos leyendo el evangelio y vemos que se trata de otra cosa. Jesús no nos carga de mandatos difíciles de cumplir, sino que nos explica las exigencias del verdadero amor, que ya se contenían en los preceptos del decálogo. Sin embargo, en los tortuosos caminos de la historia, aquellos mandamientos se habían ido deformando.

Jesús nos explica que significa “no matarás”. Muchas veces, en la catequesis a los niños pequeños, hay que explicarles este mandamiento. En seguida entienden que pegarse, insultar, hacer daño,… se contienen de alguna manera en el mandamiento “no matarás”. Quizás nos cuesta más a los mayores entenderlo. De ahí que Jesús explique después la importancia de lo que acaba de decir.

Cumplir los mandamientos era una exigencia para participar en el culto. Así, si guardamos rencor a nuestro hermanos no podemos acercarnos a depositar nuestra ofrenda. En el culto buscamos la relación con Dios. Reconocemos sus beneficios e imploramos su ayuda. De ahí que Jesús nos enseñe la relación que se da entre la vida moral y la vida religiosa. No se pueden separa. Celebramos el amor de Dios y que el es nuestro Salvador. De ahí que debamos procurar que esa salvación se manifieste en todos los aspectos de nuestra vida y, especialmente, en nuestra relación con el prójimo. No siempre damos importancia a esos enfados con nuestro prójimo o, incluso, a guardar resentimiento o rencor. Nos parece totalmente compatible con seguir practicando la vida cristiana y no nos problematiza. El Señor nos pide ir al fondo. No podemos quedarnos en lo exterior como los fariseos.

A veces nos preguntamos qué podemos hacer durante la Cuaresma para mejorar. El mensaje de hoy es muy claro. Jesús nos llama a que veamos si nuestra manera de tratar al prójimo es como el nos enseña. Puede costarnos amar, pero no podemos dejar de intentarlo. Tenemos a Jesús, que nos ofrece su corazón para aprender de su amor, para cambiar nuestra vida y para darnos las fuerzas que necesitamos para amar a los demás como Dios los ama.

Pedir con insistencia

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Las lecturas de hoy nos hablan de la importancia de insistir en la petición. Dios siempre nos escucha. Por una parte tenemos el ejemplo de la primera lectura. La reina Esther tiene por delante una importante misión. Han conspirado contra el pueblo de Israel y quieren destruirlo. Ella, por su posición, puede influir ante el rey. Pero hay varias dificultades: cómo presentarse ante el rey, qué decirle y, lo más importante, encontrar las fuerzas para hacerlo. Entonces Esther hace esa bella oración que hoy leemos. Fijémonos en algunos contenidos de la oración.

Esther reconoce todo lo que Dios ha hecho con su pueblo. Los favores concedidos.

Esther es consciente de los pecados que ha cometido su pueblo.

Esther invoca el poder de Dios para que los salve.

Esther no pide a Dios que la exima de su obligación, de su puesto en la historia, sino que le pide fuerzas para cumplir adecuadamente su misión.

Son cuatro aspectos muy significativos que nosotros podemos tener siempre presentes en nuestra petición. La oración tiene siempre presente la relación de Dios con nosotros. Esther se sabe miembro del pueblo de las promesas. Nosotros, a través de Cristo, somos hijos de Dios y podemos llamarle Padre. Cuando nos dirigimos a Dios tenemos presente nuestra historia y reconocemos todos los bienes que hemos recibido de él. Además (especialmente en Cuaresma) tomamos conciencia de que no siempre hemos respondido a la gracia de Dios (“vosotros que sois malos”, dice Jesús), pero a pesar de ello reconocemos la bondad y el poder de Dios. Al mismo tiempo no pedimos a Dios que nos saque las castañas del fuego sin hacer nada nosotros sino que, como Esther, le pedimos la fuerza para hacer lo que debemos hacer. Además nos damos cuenta de que el bien que hemos de realizar, con la ayuda del Señor, redunda también a favor de otros.

En el evangelio de hoy, además, encontramos una conclusión singular. Jesús nos ha hablado de la confianza con que hemos de dirigirnos a Dios. Todo lo podemos esperar de él. La experiencia del que reza es similar a la del salmista (“cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”). El Señor es bueno con nosotros. La lección que aprendemos en la oración nos lleva a la práctica de la caridad (“tratad a los demás como queréis que ellos os traten”). Así vemos como la petición conlleva la transformación de nuestra vida. El bien que alcanzamos siempre que nos dirigimos a Dios es el de configurarnos cada vez más a Jesucristo y ser capaces de amar como él nos ha amado.

Vivimos en una época muy inmediatista. Todo lo queremos conseguir en seguida. No sabemos esperar ni tampoco insistir de la manera adecuada. La perseverancia en la oración nos ayuda a crecer en la fe, la esperanza y la caridad.

Que este tiempo de Cuaresma nos ayude a conocer cada vez mejor el misterio de la paternidad de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo y, acercándonos con espíritu filial, sepamos pedirle lo que más nos conviene para nuestra salvación.

Llamada a la conversión

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Ha pasado una semana desde que nos impusieron la ceniza. En las lecturas de hoy encontramos una llamada urgente a la conversión. La enseñanza nos viene dada por el ejemplo de lo sucedido en Nínive, en tiempos del profeta Jonás, y por las palabras del Señor que recuerdan lo allí sucedido. Se nos llama a la conversión al tiempo que se nos recuerda la misericordia de Dios.

Necesitábamos esta llamada. Al menos yo la necesitaba. Porque inicio la Cuaresma con cierto entusiasmo y algunos buenos propósitos pero, en seguida, como que se me olvidan o me canso. Así que hoy me llama la atención la prontitud y radicalidad con que tanto el rey como todos los habitantes de la ciudad acogieron la predicación de Jonás.

El rey señala muy bien qué es lo que hay que cambiar: “conviértase cada cual de su mala vida y de las injusticias cometidas”. Así, por un lado, hemos de reconocer lo que hemos hecho mal. Sin duda, intensificar la oración, practicar con más ahínco las obras de misericordia e insistir en el ayuno, pueden ayudarnos a tomar más conciencia de nuestros pecados. Porque el volverse hacia Dios tanto de corazón como mediante las obras proyecta luz sobre nuestra realidad.

Por otra parte, el evangelio, nos invita a mirar a Cristo. No hay nadie mayor que él. Es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre y ha venido hasta nosotros para mostrarnos su misericordia. Contemplar a Cristo debe mover nuestro corazón. En él reconocemos la bondad infinita de Dios que se nos ofrece; que está dispuesto a perdonar nuestros pecados; que nos llama a compartir su vida y su amor. El Papa Francisco, al inicio de esta Cuaresma, señalaba que es un tiempo de esperanza. Lo es, porque vemos que nuestra vida puede ser totalmente transformada. No es, principalmente el esfuerzo que nosotros vamos a realizar, sino el amor que Dios nos tiene, su gracia.

Mirar a Cristo y conmoverse por su amor. Descubrir su mirada y darnos cuenta de la mano que nos tiende para que nuestra vida cambie. Pedir al Señor que nos ayude a acoger su invitación y hacerlo con la misma inmediatez y entusiasmo que los habitantes de Nínive.

El salmo contiene una bella invitación. A veces nos cuesta ponernos en camino o nos desanimamos apenas iniciado. El salmista se dirige a Dios implorando su misericordia. Le dice que no tiene nada que ofrecerle, pero sí su corazón dolorido por sus faltas. Un corazón que ha sido abatido por el pecado pero que deja de enorgullecerse de ello y reconoce su flaqueza. No le importa reconocerlo ante Dios, porque sabe que es rico en misericordia.

Jesús nos enseña a rezar

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En el camino de la Cuaresma hemos de estar dispuestos a aprenderlo todo de nuevo. Escuché este ejemplo: Es como si tuvieras una casa y un día viene un agente de la vivienda para comprobar su estado. Puede que te diga que está bien o que te muestre algunos fallos. Tú no habías caído en la cuenta, pero las tuberías, el tejado, los mismos cimientos, quizás eran inadecuados. También puede suceder que te indique que lo mejor es que la construyas de nuevo. Así, en la Cuaresma, nos visita Dios y nos ayuda a remodelar nuestra casa. Eso sí, no nos deja solos en la tarea sino que está él para ayudarnos. Un poco lo que indica la primera lectura sobre esa palabra que sale de la boca de Dios y que no volverá a él vacía, sino que cumplirá su encargo.

Pues, en el evangelio, hoy leemos que Jesús enseñó a sus discípulos el Padre nuestro. Ha habido épocas en mi vida en que me ha costado mucho “hacer” oración. Creo que no es una experiencia extraña. Jesús hoy nos da la oración hecha. Y lo que nos enseña es a hablar con Dios Padre con las mismas palabras que él, el Hijo, lo hace.

En primer lugar, entonces, encontramos una invitación a entrar en la misma intimidad que tienen Padre e Hijo. Ese hecho ya nos llena de confianza. Jesús nos acerca a Dios tanto porque nos lo hace presente como porque nos ayuda a ponernos delante de él.

Muchas veces rezamos el Padrenuestro pero no temblamos al hacerlo. Sin embargo, en la liturgia de la Misa, una de las invitaciones a la oración dominical dice: “nos atrevemos a decir”. Sí, nos atrevemos, porque son las mismas palabras que pronunciaba Jesús desde lo más hondo de su corazón y nosotros, ahora, las repetimos, por la confianza que nos da Jesús.

Ya tenemos las palabras. Ahora en Cuaresma le pedimos al Señor que nos enseñe a pronunciarlas con la misma comprensión y afecto con que él lo hacía. De niños nos enseñaron que rezar es hablar con Dios como un hijo con su padre, o hacerlo con Jesús como un amigo lo hace con su amigo. La oración del Padrenuestro, en cuyas siete peticiones san Agustín, veía resumida cualquier petición que quisiéramos hacer a Dios, nos introduce en ese diálogo serio a la vez que cercano con Dios. Hablamos de lo que Dios quiere y nosotros necesitamos, y lo podemos hacer desde la confianza de sabernos de la mano de Jeús.

¿Hasta dónde?

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El camino de la Cuaresma va haciendo nacer en nuestro corazón un deseo. Conforme avanzamos se nos va mostrando la belleza de Dios y, al mismo tiempo, el deseo de acercarnos a él. ¿Hasta dónde puedo llegar? En la primera lectura leemos estas palabras que Dios dirige a Moisés: “Habla a la asamblea de Israel y diles: Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”.

Al principio nos asustamos un tanto, porque la exigencia es grande. Pero después pensamos y vemos que Dios quiere que seamos como él. Es más, señala que debemos y podemos ser santos porque él lo es. No cabe duda, Dios está empeñado en nuestra santidad. Y, entonces nos muestra lo que hemos de hacer. En el Levítico encontramos una serie de preceptos que, en su conjunto nos llevan a tratar bien a los demás y que se resumen en “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De alguna manera, Dios nos lo ha puesto fácil. Para ser santos no hay que ir muy lejos, ni emprender acciones extravagantes. Hay que empezar por las personas que tenemos cerca.

El evangelio nos lo ilustra con una imagen muy elocuente. Al final de nuestra vida seremos juzgado según el trato que hayamos dado a Cristo. ¿Y dónde está Cristo? Pues, como explica el mismo Jesús, se encuentra misteriosamente escondido en el que pasa hambre o sed, en el que está desnudo, en el que no tiene casa, en el enfermo o en el preso. En el mensaje de Cuaresma de este año el Papa Francisco ha comentado la parábola del rico y Lázaro. En un momento dado dice: “La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil.”

El otro día escuche una catequesis que daban a los niños y la catequista les decía: Por los sacramentos Jesús se acerca a nosotros y nos da su amor. En las personas que están necesitadas Jesús se acerca a nosotros y nos pide amor. Así, nuestra vida siempre está en relación con Jesús. Él nos quiere y nosotros debemos quererlo. Y les decía que en todos los momentos podían estar con Jesús y vivir en su compañía. Es una imagen hermosa. Jesús, en los sacramentos nos toca y nos comunica su vida. Nosotros, socorriendo al necesitado, nos acercamos a él y expresamos la vida que hemos recibido. Así nos hacemos santos, permaneciendo al lado del que es santo.

Sobre la Cuaresma pesa la sospecha de que es un tiempo pesado. Pero las lecturas de hoy nos lo muestran como algo muy hermoso. Nos ofrecen un horizonte de plenitud que es el mismo Amor de Dios. Y para ello sólo hemos de seguir las mismas indicaciones del amor. Así, se va acrecentando nuestro deseo pero también vamos experimentando la alegría. Pidamos al Señor que nos dé la luz y la fuerza para seguir lo que él mismo nos enseña.

El orgullo que nos hiere

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

Sal 50, 3-4. 5-6a 12-13. 14 y 17

san Pablo a los Romanos 5, 12-19

san Mateo 4, 1-11

“El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo”. Estas son las primeras palabras de la primera lectura del primer domingo de cuaresma. Parece como si la Iglesia nos quisiera decir: “empecemos desde el principio”. Pienso que el hombre ya no puede remontarse más atrás. Antes de haber sido hecho, el hombre, sencillamente, no era.

Esto por una parte; pero es que además, el texto nos está llevando a nuestro origen más esencial: “el Señor Dios modeló al hombre”. Empezamos la cuaresma -en realidad, el miércoles de ceniza, pero este es el primer domingo- y sabemos cómo termina: con la pasión, muerte y resurrección del Señor. Tiempo, pues éste que la Iglesia nos propone en el que vamos a conmemorar el motivo central de la venida del Señor a la tierra.

Se ha insistido, y no falta razón a quien así lo afirma, que la Navidad es el elemento primero del inicio de nuestra salvación. Pero, habría que decir que, si en Cristo sólo hubiera habido Navidad y no se hubiera producido lo que ahora estamos empezando a conmemorar, es decir, su muerte y resurrección, ciertamente -aunque sea así porque así fue dispuesto por Él mismo- no se hubiera producido la redención del género humano: la Navidad sin la muerte de Cristo y su gloriosa resurrección, no hubiera producido el efecto salvífico deseado por Dios: “¡Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe!”, dirá San Pablo.

Esto es importante para resaltara la época litúrgica que estamos viviendo y la primera enseñanza que debemos sacar para nuestra vida: sin pasión y muerte, no cabe resurrección. No podemos alcanzar el cielo sin imitar a Cristo, también en este itinerario suyo.

La primera enseñanza de esta primera lectura que no la única. Antes de ésta lección tendríamos que decir que la gran enseñanza de hoy es que Dios nos ha hecho. Como dirá San Juan en el principio de su Evangelio: “todo fue hecho por El y sin el no hay nada de cuanto ha sido hecho”.

Es más que importante precisamente para nuestra salvación, el no olvidar que Dios nos ha hecho: que somos hechura divina. Dicho de otro modo: todo cuanto somos y tenemos, lo somos y lo tenemos por que Él -por su dadivosa voluntad- nos ha querido otorgar. O lo que es lo mismo: no tenemos nada que no hayamos recibido. Y no me estoy refiriendo al dinero o a lo conseguido con nuestro trabajo y esfuerzo, sino a la inteligencia, la memoria, la imaginación o la voluntad. Más: la vista, el gusto, el tacto, el oído y el olfato.

Lo he querido decir haciendo mención expresa de las potencias del alma y la de los sentidos para ahora concluir con más claridad que todo esto -en una palabra, todo nuestro ser- debe rendir culto, pleitesía, adoración, honor y gloria a quien nos ha hecho, de quien todo lo hemos recibido. De quien es nuestro Dueño y Señor.

Y en el primer domingo de cuaresma, al hombre de hoy, soberbio, independiente, creído y posesivo -o, por mejor decir, “poseído”-de su trabajo, nos viene muy bien que la Iglesia nos recuerde quien somos y, hoy, de qué manos venimos para empezar bien, esto es, con humildad esta época litúrgica que nos disponemos a recorrer.

Aceptar nuestra debilidad

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 58, 9b-14

Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6

san Lucas 5, 27-32

Cuando lo hagas así, nos dice el Señor por el profeta: Brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. No estamos condenados, por tanto. En medio de nuestra debilidad, el Señor es compasivo con nosotros. En el más crudo de los desiertos manará agua y crecerán a su vera árboles con preciosos frutos. El Señor no ha terminado con nosotros, porque Dios es nuestro Redentor. ¿Cómo? Ahí está la cuestión. ¿Cómo lo ha de conseguir él?, pues él será quien nos redima, no nuestra sofisticadas gimnasias. Es verdad que, viéndonos en el estado en el que estamos, nos crece un deseo irresistible. Melancolía de Dios. Por eso, sabiendo muy bien quién somos, a la luz de la lectura del Isaías de ayer, gritamos al Señor con el salmo. Tú eres mi Dios, ten piedad de mí, Señor. De otro modo, ¿qué haré?, ¿cómo saldré de ese estado de putrefacción, desidia y menosprecio a que todo parece invitarme en este mundo torcido, antes epulonario, pero que está en crisis abierta? Señor, escucha mi oración, porque tú eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Atiende la voz de mi súplica. Si él no lo hace, ¿quién, pues? ¿Tú, yo mismo?, ¿cómo?, ¿estirándonos de las orejas?

Leer el evangelio de hoy nos llena de consuelo. Vemos a un pecador público, empedernido, rechazado por todos con mucha razón, sentado allá en donde ejerce su trabajo esquilmatorio, seguramente protegido de cerca por la autoridad romana. Está enfermo. Necesita de médico. Posiblemente él es muy consciente de esa necesidad. Médico del alma. Médico de sus nostalgias. Médico del su quehacer en la vida. Ni siquiera como Zaqueo quiere ser él quien vea a Jesús, para lo que correrá a subirse al árbol, porque era pequeño. Levi, no. Ni se entera. Ni le importa. Está a sus cuentas y dineros. Posiblemente con la nostalgia de Dios en su corazón, aunque ni siquiera eso lo sabe muy bien, porque él ha decidido estar solo a lo suyo. Es Jesús quien le ve y le llama: Sígueme. El pasmo del recaudador es asombroso, ¿cómo, yo? Él, dejándolo todo, se levanta y le sigue. La iniciativa es totalmente de Dios. Es Jesús quien le ve y le llama. Por su parte no hay nada previo. A lo más esa difusa nostalgia de Dios. Con la mirada, todo se le da en un de pronto. Jesús le mira y todo se le hace posible en él. Aquella nostalgia, tan difusa, tan nada, se hace salto enorme en su silla y en su vida cuando Jesús, tras la mirada, añade: Sígueme. Ese es el momento fundamentador de su vida. Desde ese instante es otro, y sigue a Jesús. Le da por entero su vida. Un seguimiento menesteroso, pero cuajado de la gracia. Ya no vive en la nostalgia, si es que estaba enfrascado en ella, sino en la plenitud de su realidad.

La mirada de Jesús nos hace levantar la vista hacia él, para siempre, y dejarlo todo por seguirle. Una vez más, los fariseos y escribas, que solo se miran a sí mismos, nada comprenden, y condenan, porque, es verdad, Jesús y los suyos comen con publícanos y pecadores, lo que ellos, en nombre de su Dios, jamás harían. No entienden lo obvio, que Jesús ha venido a llamar a los pecadores, para que se conviertan. Una mirada suya lo consigue. Y tras la mirada, la palabra: Sígueme.

 

¿Dónde estás Señor?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 58, 1-9a

Sal 50, 3-4. 5-6a. 18-19

san Mateo 9, 14-15

Recordamos la actitud de Jesús contra escribas y fariseos, llamándolos hipócritas. También podría dirigirse contra ti y contra mí, seguramente. Sí, sí, mucho hablar, pero todo es de boquilla. Hablo y no cumplo. Mis obras se quedan en la lengua.No soy misericordioso ni practico la justicia. Busco mi interés mientras hablo de ayunar y me comporto cual meticuloso cumplidor de las leyes; muevo la cabeza como si fueras un santo, para que se me vea, o para verme mi mismo en la emoción de lo que soy para mi… ¡qué más da! Y después chillaré escandalizado.

Vivimos en una sociedad que va derecha por esos caminos; caminos de desprecio y de muerte. Nos estamos dando leyes que van por ahí, que no respetan al otro, al enfermo que nada nos aporta si no son menoscabos. En cuanto te descuidas amas la guerra y la violencia, y en ellas piensas primero en tus intereses. ¿No será lo nuestro un quedar bien nosotros mismos y querer engañarnos respecto a lo que el Señor piensa de cada uno? Porque la sociedad somos tú y yo, y otros como tú y yo. No es una carcasa en la que estamos encerrados. Debemos luchar para impregnar nuestra sociedad de valores de vida, de compasión, de amor, de acogida de los que tienen poco o apenas son nada, de los que van a nacer, de los menesterosos a los que todo les falta. Son personas porque nosotros las cuidamos como tales. Con el enorme respeto y amor con que nosotros las tratamos, con la caricia con la que las obsequiamos, les damos eso que les falta: ternura y cariño… Entonces gritarás al Señor, y te responderá: “Aquí estoy”.

¿Cuál es nuestro destino?

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Deuteronomio 30, 15-20

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6

san Lucas 9,22-25

“Que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin”. Sí, hacemos obras que agradan a Dios. Lo decisivo es nuestro seguimiento; queremos estar en su estela, aunque desfallecemos en nuestras fuerzas, porque hay demasiadas cosas alteran nuestro deseo, llevando nuestra vista y nuestros pasos a donde no querríamos… ¿Cómo haremos para no dejarnos arrastrar y prosternarnos ante tantos ídolos que nos muestra el mundo? ¿Cómo elegiremos nuestra vida y la de los nuestros amando al Señor, escuchando su voz…?

Resulta sencillo decir: “Tomando la cruz de cada día”. Pero sin Él, ¿no terminaríamos derrengados y echando pestes de nosotros y de los demás? … Quizá no nos faltaría buena voluntad, pero la vida es tan larga y tan compleja.

Hemos pedido, por tanto, que sea su gracia la que nos inspire, sostenga y acompañe, de otro modo nuestros caminos no serán los suyos, aunque de inicio así lo quisiéramos. Hoy le hemos pedido por nuestro trabajo —cada día tiene su afán, es decir, en cada día pedimos que ayude nuestro ser y nuestro quehacer en sus aspectos infinitos—. Sin que el Señor Dios lo sostenga con su gracia, todo se nos caerá de las manos. Y este trabajo, que es el nuestro, pendiente de nuestras acciones, tiene una fuente, solo una: la gracia de Dios. Es nuestro, no cabe duda, pero pende de su gracia, fuente de todo hacer bueno por nuestra parte. Mas ¿eso es todo? No, falta todavía algo esencial. Todas nuestras acciones, y nuestro ser entero, deben tender al Señor Dios como a su fin. Es cosa nuestra, pero la fuente y el fin de todo nuestro bienhacer es el Señor con su gracia. No cabe otra fuente; no cabe otro fin. Todo es gracia que se nos da en Cristo, por Cristo y con Cristo. Queda por ver, pues, en qué consiste esa gracia y cómo transforma nuestro ser y en nuestro quehacer… ¡Dios mío, ayúdame a concretar mi amor en Ti!

 

Un amor que abrasa

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Joel 2, 12-18

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

Corintios 5, 20-6,2

san Mateo 6, 1-6.16-18

“Misericordia, Señor: hemos pecado”. Ésta es la realidad de la condición humana. Ésta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación… con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar tu autoestima o la mía, sino de penetrar en lo más hondo de nuestro corazón y revelar el misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años… desde siempre. Si hay un Salmo en la Sagrada Escritura capaz de escudriñar todas esas raíces ocultas, vergonzosas y, a la vez, llenas de esperanza, ése es el Salmo 50. Junto al reconocimiento de lo que somos, viene también la solución al drama del ser humano: “Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza”.

Y tal como anuncia el Apóstol de los gentiles al pueblo de Corinto: “ahora es el tiempo favorable, ahora es día de salvación”. ¡Sí!, éste es el único mensaje de la Cuaresma, la única verdad que nos puede liberar, lo genuinamente gratificante: hay alguien que verdaderamente me quiere, y es capaz de dar la vida por mí.

En los medios de comunicación hemos visto, durante estos días, el entusiasmo con que se han ido anunciando y celebrando las fiestas del Carnaval en el mundo entero. ¿No resulta curioso el detalle de tanta máscara y disfraz?; ¿de qué ha de esconderse el hombre? Más allá del “divertimento” de lo que puede significar lo grotescamente carnal frente a lo espiritual, hay otra realidad mucho más radical, que también tiene que ver con la carne, y que hoy, Miércoles de Ceniza, se nos recuerda: “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”… Pero si existe alguien que reverencia verdaderamente a la carne, ése es el cristiano. Nuestra paradoja pasa de reconocer nuestra propia condición a adorar a un Dios encarnado, es decir, de la misma condición que uno de nosotros.

En este Miércoles, por otra parte, se nos invita al ayuno y a la abstinencia. Se nos recuerda, una vez más, que somos deportistas del amor. De la misma manera que un atleta necesita preparación, sacrificio, renuncia, etc., para así resultar vencedor en la alta competición, nosotros también tenemos un torneo particular. Lo curioso, tal y como nos recuerda Jesús en el Evangelio, es que los frutos de nuestro entrenamiento hay que ponerlos en práctica, no delante de los hombres para que nos aplaudan o se admiren de nuestra “musculatura” interior, sino que el único que ha de saber de nuestros esfuerzos es el mismo Dios.

Todo es cuestión de amor. Vamos a recorrer juntos cuarenta días en donde iremos descubriendo lo más entrañable del misterio cristiano: un Dios hecho carne que va a entregarse, día a día, por cada uno de nosotros. Aquello que más nos duele, lo que a veces nos resulta insoportable, el dolor que parece nunca se va de nosotros, la traición que hemos podido sufrir, o la incomprensión que nos agobia en el corazón… ¡todo eso!, y mucho más, es lo que vamos a contemplar en la vida, en las palabras y, sobre todo, en el rostro amabilísimo de un Jesús que sale a tu encuentro y te dice: “¡ánimo!, yo he vencido al mundo”.

Ésta es la esperanza de la que nos alimentamos todos los días, y que nos hace recuperarnos de las cenizas de nuestra vida, lo único trascendente y que tiene valor: el amor que Dios ha depositado en ti y en mí, y que hace que lo carnal entonces sí tenga sentido, porque es la misma carne que llevó Jesús, y aún le acompaña por toda la eternidad.

Marzo 2017
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