Enséñanos a orar

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Es fácil pedirle algo a alguien que ya conoce de antemano nuestra necesidad, o que ya sabe lo que le vamos a pedir. Es difícil, en cambio, presentarse ante alguien que, lejano a nuestras vidas, no intuye para nada lo que podemos necesitar; eso nos obliga a pensar y elaborar articulados discursos para conseguir “vender la moto” como sea y conmover al otro para que nos ayude. Algo así sucede con la oración. Si a Dios lo vemos como alguien lejano a nuestras vidas, entenderemos que la oración es un modo, quizá el único modo que tenemos, para intentar vender la moto de nuestras necesidades; y, entonces, nos vemos obligados a recurrir a todo tipo de estratagemas y rezos para tener a Dios contento y que, por fin, nos conceda lo que le pedimos. El problema viene cuando, después de tanto esfuerzo, no solo no nos concede lo que le pedimos sino que nos sucede todo lo contrario a lo que nosotros queríamos.

Cuando Dios es alguien cercano e íntimo en tu vida no sucede así. Cuántos enamorados viven en tal sintonía que con un simple gesto, una mirada, un ademán, ya se han dicho todo. Cuanta complicidad entre dos que se aman y que conocen al milímetro los gustos, los tiempos, los ritmos, las debilidades, las necesidades del otro. Así, y mucho más, debería ser con Dios. Y así debería nacer la oración: como un diálogo entre dos que se aman hasta la más íntima complicidad. Por eso, en la oración no hay recetas, ni mecanismos, ni trucos, porque habla el amor; y cuando dos se aman a veces el silencio es el lenguaje más adecuado.

Nos cansamos de orar, porque creemos que es un esfuerzo de puños y porque, al final, caemos en la tentación del activismo. ¡Hay tantos problemas, tantas urgencias, tantos agobios que resolver, que no tenemos tiempo de orar! Y así nos va… Pero es imposible que todo ese activismo sea fecundo y dé fruto al cien por cien, si no va acompañado de mucha vida interior, o si no nace de una verdadera contemplación de la vida de Cristo. Los discípulos, que tantas veces fueron testigos de la oración del Señor, debieron quedar impresionados y sobrecogidos al verle orar. Por eso, un día le pidieron al Maestro: “Enséñanos a orar”. Y fue entonces cuando Jesús les entregó la hermosa oración del Padre nuestro. ¡Cuántas veces, en sus largas noches de oración, debió repetir Jesús esa bella oración dirigida a su Padre!

Pidamos hoy al Corazón de Jesús el don y el fruto de la verdadera oración. Que nos conceda vivir con equilibrio el binomio oración-acción. Hace falta, más que nunca, aprender a vivir la mística de la vida ordinaria. Que no consiste en ir por la calle con el cuello torcido y con cara de bobalicón místizoide, sino en vivir la presencia de Dios, suave y escondida, en todas las ocupaciones del día. Transfigurar esa vida ordinaria es el arte de la verdadera vida contemplativa.

La mano izquierda y la mano derecha

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Cuánto nos cuesta pasar desapercibidos, no buscar el relumbrón por nuestras acciones, o que los demás no reconozcan o no agradezcan nuestras buenas obras. Sí, con la boca chica estamos siempre prontos a decir que no queremos nada a cambio, que no importa que los demás no se hayan dado cuenta, y todas esas cosas que suenan bien; pero, en el fondo, buscamos todo tipo de recovecos para que los demás nos valoren y vean el ejemplo tan bueno que damos. Y es verdad que tenemos que ser agradecidos, porque nos acostumbramos a recibir y recibir de los demás con tanta facilidad que al final terminamos exigiendo su generosidad como un derecho. Pero una cosa es saber corresponder y otra cosa es buscar la recompensa por encima de todo.

Tenemos que reconocer que todos tenemos mucho de fariseos, que actuamos mucho de cara a la galería, manteniendo las buenas formas, eso sí, que para eso hemos convertido el cristianismo en un código de buenas costumbres. Hace falta mucha sinceridad con uno mismo para no dejarse llevar del afán de quedar bien y para no querer buscar la recompensa y el aplauso de los demás. Nos pueden los respetos humanos y ese quedar bien que, al final, nos va acostumbrando sin darnos cuenta a vivir en la medianía y en la mediocridad. ¡Quien esté libre del carrerismo espiritual que tire la primera piedra!

Esperar la recompensa de Dios, buscar solo esa mirada oculta del Padre, capaz de ver lo que nadie ve, eso es un don de Dios. Es la sabiduría de los sencillos, los que aparentemente pasan desapercibidos y son rechazados por los criterios y la sabiduría del mundo. Pero, ojo, que mucha de esa sabiduría mundana se nos cuela por los rincones de nuestra Iglesia, aunque digamos que lo hacemos todo en nombre del Evangelio. Sería un disparate pensar que entre la mano derecha y la mano izquierda puede haber contradicciones, sospechas, críticas, rumoreos… ¿No están las dos manos a las órdenes de la misma cabeza? ¿No han de actuar las dos al servicio del mismo obrar? ¿Qué pensaríamos de una persona que con una mano hace una cosa, por ejemplo se peina, y con la otra hace la contraria, es decir, se va despeinando? Pues así andamos nosotros a veces: con dos vidas paralelas, con dos o más caretas, guardando la imagen allá por donde vamos, aparentando una cosa y pensando la contraria….

La unidad de vida no es algo que se improvisa de un día para otro. Es una conquista de cada día, que se va logrando en las pequeñas y grandes acciones. Pero a base de purificar mucho la intención de nuestros actos y discernir con suma agudeza los movimientos del corazón. La sinceridad con uno mismo nos salva de muchas cosas, entre otras de no hacer el ridículo guardando unas apariencias que, al final, terminan por romperse. Pidamos hoy al Corazón de Jesús esa unidad y coherencia de vida, que, al final, es lo que hace más creíble el Evangelio y nuestra propia vida cristiana.

Corazón, corazón…

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Es difícil rezar por los que nos hacen mal. Quizá es lo último que se nos ocurre hacer por ellos. Nos sale el puntito de honra, como decía santa Teresa, y se nos ocurren miles de motivos para justificar, desde la justicia humana, nuestro malestar con ellos. Basta, a veces, una simpleza para que cambie radicalmente nuestra opinión de alguien, y juremos y perjuremos en arameo no volver a tratarle más y devolvérsela en cuanto podamos. Que una cosa es eso del perdón y de poner la otra mejilla, y otra cosa es “ir de tontos por la vida”…

Tampoco es fácil gobernar y poner orden en los movimientos del corazón. Siendo un motor fundamental en la vida y en nuestras acciones, sin embargo, nos traiciona fácilmente, y hasta nos puede cegar sutilmente. Si el corazón decide que no, ya se encarga la cabeza de revestir esa decisión de miles de excusas y motivos loables, santos y buenos, hasta que al final quedemos convencidos de lo que el tirano corazón nos ha mandado.

Hay que reconocer que no, no es fácil rezar por los enemigos. Y, sin embargo, dado que el corazón no se deja aprisionar ni ahogar, hay que educarlo de mil maneras hasta conseguir que todos sus movimientos vayan dirigidos hacia el bien mayor. Por eso, no hay mejor terapia natural para sanar esos odios y rencores del corazón que la oración por los enemigos. Porque, si bien es verdad que comenzamos rezando y pidiendo al Señor que el otro cambie, que se convierta, que se arrepienta de todos sus males y pecados, al final, esa oración lo que consigue es cambiar nuestro corazón, y donde veíamos un enemigo comenzamos a ver ya un hijo de Dios. Quizá no podemos cambiar el mal, pero sí podemos cambiar nuestro corazón para que ofrezcamos al poder del mal el contrapunto del amor. Y esto no significa que tengamos que claudicar ante la injusticia, no. Pero, cuando el corazón está sereno, y no atormentado por el rencor y el afán de venganza, entonces sí que sabemos ver el bien allí donde aparentemente solo hay mucho mal. Solo el corazón que rebosa de amor de Dios es capaz de transformar el mal, la injusticia y el pecado propio y ajeno en una ocasión de bien y de crecimiento espiritual. Porque un corazón violento solo genera más violencia.

Nuestra oración por los enemigos ha de consistir en pedirle al Señor un corazón como el suyo, capaz de tener sus mismos sentimientos. Aprovechemos este mes dedicado al Corazón de Jesús para pedirle un corazón magnánimo y recto, capaz de comprender las flaquezas y pecados propios y ajenos. En ese Corazón, en el que caben buenos y malos, encontramos la mejor medicina que sana de raíz todas las tiranías de nuestro corazón.

 

Como sirenas entre tiburones

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La expresión “ojo por ojo, diente por diente”, que aparece hoy en el Evangelio, es la forma más conocida de citar la Ley del talión, tan característica de la justicia retributiva del Antiguo Testamento. Esa norma imponía un castigo idéntico al delito cometido, de tal manera que venía así asegurada la reciprocidad en la ofensa. Frente a esta Ley, el Señor enseña una nueva medida de justicia, que caracteriza el modo evangélico de vida: “Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas”. Pero, puestos a vivir estas palabras del Señor, tiene uno la impresión de que significan “ir de tonto por la vida”.

Aunque parezca mentira, después de muchos siglos de cristianismo, en el ambiente en que nos movemos sigue siendo predominante esa medida de justicia impuesta por la Ley del talión. Comenzando por que cada uno se siente juez y dueño de aplicar la medida y la idea de justicia como quiera y crea conveniente; pero, además, porque parece que el que no sigue esa forma de proceder, es que “va de tonto por la vida”. Expresiones como “esta me las vas a pagar”, “esta te la guardo”, “te vas a enterar” y hasta el “perdono, pero no olvido, son variaciones de un mismo tema: “ojo por ojo y diente por diente”. Y ¿quién es el listo que se atreve a eso de poner la otra mejilla, o a eso de regalarle el manto al que le ha puesto un pleito? Porque, claro, pretender ir de sirenita en medio de los tiburones que pululan por las aguas… ¿Es que el cristianismo es una religión de débiles? Frente a la competitividad, al carrerismo, a las zancadillas que me pone el vecino, frente a las ofensas y a la injusticia, ¿cómo es posible que el Señor nos mande “ir de tontos por la vida”?

Esto que nos cuesta vivir con los demás, sin embargo, nos gusta que lo vivan con nosotros. Si el Señor, para ser justos con nosotros, se limitara a aplicar la Ley del talión, aquí no se salvaba ni la Puri. No, no nos gusta ser medidos por esa justicia que no va más allá de la pura materialidad del acto. El Señor nos enseña cuál es la medida de justicia que El mismo aplica con nosotros, para que nosotros aprendamos a vivirla con los demás: más allá del ojo por ojo y diente por diente, de lo justo a secas, está el amor, que es la verdadera fuerza que transforma el mal y el propio pecado. Sin la fuerza del amor, toda justicia se vuelve injusta. Pero, amor no significa aquí ni sentimentalismo, ni debilidad, ni ñoñería; ni siquiera significa victimismo para aguantar estoicamente los palos que me llegan de los demás, precisamente en nombre de la justicia. El “ojo por ojo” conduce a una mayor violencia, guerra y venganza, que es lo que más ahoga el amor. Se trata, más bien, de transformar el ambiente, las relaciones humanas y sociales, el trato con los demás, vivir el día a día creyendo en la fuerza del amor. San Juan de la Cruz lo expresó muy bien en su conocida máxima: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Hay una fuerza encerrada en esa aparente debilidad del amor que es la que, de verdad, entra en el corazón humano y logra transformarlo desde dentro. Y mientras no salgamos de la mentalidad del Antiguo Testamento, no lograremos entender estas páginas del Evangelio, que nos hablan de un mundo al revés.

TENER VIDA.

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Hoy es un gran día. Sí, ya sé, para algunos fue el jueves como toda la vida, pero el Corpus se celebra hoy en muchas partes. Hoy es un gran día en que Cristo Eucaristía sale a nuestras calles, a nuestras plazas y los creyentes lo adoran, se arrodillan, adornan sus calles y sus balcones para recibir al Rey de Reyes. No puedo olvidar que en muchos países no podrán hacer procesiones y tal vez simplemente hagan un rato de oración ante el Santísimo en una pequeña habitación de un tercer piso, también esas son magníficos días del Corpus para Nuestro Señor: “Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná”.

La Eucaristía es el memorial del Calvario. Allí vida y muerte se encuentran y triunfa la Vida. Hoy, tristemente, cuando Cristo Eucaristía pase por las calles de Madrid (y de tantos lugares), mucha gente permanecerá indiferente, otros manifestarán su odio y su desprecio por las costumbres católicas y otros se fijarán en lo estético, en la belleza y no en el más bello de los hombres escondido en un trocito de pan. Pero eso no nos tiene que desanimar.

Cuando alguien sufre un infarto el médico empieza a hacer un masaje cardiaco con esperanza de que ese corazón vuelva a latir. A veces está muchos minutos apretando, insuflando y parece que tiene un cadáver entre sus manos. Y de pronto, tras muchos minutos, el corazón vuelve a latir, los pulmones a respirar y vuelve la vida. El médico o socorrista no para porque sabe que está dando vida. Si se cansase al segundo intento o pensase que lo que sus ojos ven es siempre la dura realidad y no siguiese con el masaje cardiaco ese enfermo moriría.

Hoy salimos a la calle a dar vida. A que Cristo Eucaristía revitalice las vidas muertas por el pecado, de vigor a los débiles, esperanza a deprimidos, alegría a los tristes. Y se rodea de nosotros que tenemos que estar llenos de vida. “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

¿Acaso puedo yo resucitar un muerto? Pues Cristo sí, y sale a la calle a llenarla de vida. Si participas hoy en alguna procesión del Corpus está bien que contemples los adornos, las carrozas, los que procesionan, pero dedica un buen rato a mirar el centro de la custodia, desde donde el mismo irradia vida a todos los que tiene alrededor. “Lal uz vino a los suyos y los suyos no la recibieron”, pero es bueno que haya luz.

“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Hoy salir a la calle con el Santísimo no es sólo un acto de piedad. Es mostrar el cuerpo eucarístico y el cuerpo cuya cabeza es Cristo, que es la Iglesia. Esa Iglesia que está en nuestros barrios, en nuestras casas, en nuestras familias, que somos tu y yo.

Vive este día con particular alegría. tus penas ponlas en al sagrario, Él ha vencido al mundo. Y comulga con toda preparación y muy conscientemente para convertirte también en custodia.

La Virgen siempre va al lado de la Eucaristía, ella nos enseñará como comulgar cada día mejor para llenar de vida el mundo.

SÍ, SÍ, SINCERO.

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Una vez leí que la palabra “sincera” proviene de los vendedores de estatuillas en la antigua Roma. Los vendedores ambulantes de estatuillas de dioses y demás las transportaban de un sitio a otro en cajas dentro de los carros. Intentaban protegerlas con paja y demás, pero como no se había inventado el papel de burbujitas tan entretenido, la protección era bastante escasa por las calzadas romanas que eran tan largas como incómodas. Así, muchas de las estatuillas se dañaban y se hacían pequeñas esquirlas. Entonces rellenaban esos agujeros con cera para tapar los desperfectos a los incautos compradores. Cuando una estatuilla estaba en perfecto estado se decía que era sin-cera.

La sinceridad no osuna virtud muy apreciada. Empezando por nuestros políticos que no dudan en decir una cosa y la contraria a la semana siguiente sin ruborizarse en absoluto, a las ofertas que llevan cuarenta páginas de letra pequeña que nada tiene que ver con lo que te ha dicho el comercial. Sin embargo es una virtud fundamental: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. Al que es sincero no le hace falta jurar, se resistirá a jurar (excepto jurar la bandera, jurar un cargo, jurar las promesas sacerdotales, etc. por razón de oficio). Sin embargo es casi seguro que el que se pasa la vida jurando por todo…, miente más que habla.

La sinceridad es necesaria en todo, aunque quedemos mal. A alguien que es sincero se le puede ayudar, al que engaña se le puede ayudar, pero mal. Pero hoy voy a comentar dos aspectos en los que es fundamental la sinceridad.

Primero: La confesión. En el sacramento de la confesión hay que ser rabiosamente sincero, sin poner cera a nuestros pecados o darles un estupendo maquillaje. Aunque pienses que lo que vas a decir el cura no ta va a perdonar porque es muy bruto (os aseguro que el pecado original sólo lo cometieron Adán y Eva, el resto son aburridas copias), pues puede ser que el cura no te perdone que hayas quemado su coche, pero si estás sinceramente arrepentido Dios sí te perdona por medio de ese sacerdote. Si te callas es desconfiar de la reconciliación de Dios. “Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación”. “Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáremos a ser justicia de Dios en él”. Si Dios ha visto lo que hemos hecho con su Hijo y en Él nos perdona ¿qué pecado no nos va a perdonar si lo pedimos con sinceridad en la confesión.

Y sinceridad en la evangelización, apostolado o como lo quieras llamar, en el anuncio de Jesucristo. Muchas veces el evangelizador no anuncia a Jesucristo, se anuncia así mismo, o a sus ideas o ideologías. De tal manera que yo no quiero que el otro sea de Cristo sino que sea como yo quiero que sea. Pueden ser hasta cosas buenas y virtudes o valores que se dice ahora, pero los que yo quiero en el otro, no los que Dios quiere en él. Sería como hacer que un chaval al que Dios llama para el matrimonio y la familia le anuncio que lo que Dios quiere de él es que se haga carmelita descalzo (con todo mi cariño a los carmelitas). Nosotros anunciamos a Cristo “Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos”.

Esa falta de sinceridad en la evangelización a veces es inconsciente, se cree que se hace algo bueno, pero los resultados pueden ser catastróficos.

¿Como evangelizar con sinceridad? Primero con la oración personal. De tal manera que me de cuenta que lo que yo puedo ofrecer es a Cristo, es mi único tesoro. Segundo, poniendo en oración al que evangelizo, ponerle frente a Dios y que tenga un trato frecuente y personal con Él. Tercero: Mostrando la universalidad de la Iglesia, con cariño a todos los carismas, instituciones y realidades de la Iglesia. Cuarto: Acompañando a la persona en su proceso, con alegría. con esperanza, con ilusión. Alegrate con sus alegrías y sostenerle en sus pruebas. Quinto: Seguir rezando por él. Así nuestra evangelización será sincera.

No parece fácil, tal vez mejor no evangelizar, se puede decir alguno. Pero: “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron”. Si no sientes la urgencia de evangelizar es que no estás enamorado. Si no tienes prisa por salir a la calle a anunciar el amor de Dios es que no lo has conocido, tendrás que buscar a alguien que te evangelice otra vez. La nueva evangelización, de la que nos hablaba tanto San Juan Pablo II, es renovar el amor, no quedarse en los sistemas, planes o estructuras ya montadas, sino imaginar un mundo en Dios y lanzarse a hacerlo posible.

La Virgen María la llaman la Virgen del Sí. Su sí a Dios no fue a una cosa, sino a que toda su vida se metiera en Dios y Dios se metió en toda su vida. Que nuestro sí sea el sí de María.

CREÍ, POR ESO HABLÉ.

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Hace 25 años que me ordenaron sacerdote el 3 de mayo, es normal que me acuerde. Lo que ya no es tan normal es que de pronto me han metido en un grupo de WhatsApp (no sé si he dicho alguna vez que me molesta mucho WhatsApp, lo tengo silenciado siempre, y más los grupos), que se llama “Nos confirmamos hace 25 años” y ese es de los que te da alegría estar. Los chavales que eran adolescentes en la parroquia que estaba en Carabanchel se han acordado, se van localizando y, ya casi todos casados y con varios hijos, estamos quedando para celebrar sus 25 años de confirmados. Hay mucho que hablar, hace 23 años que salí de esa parroquia y a algunos no los he visto desde entonces. No había entonces tantas formas de comunicarse en esos años (ni móviles) y ellos empezaban su universidad o sus trabajos y yo mi vida sacerdotal. La falta de hablar hace que ignores muchas cosas de su vida, si hubiéramos hablado todos los meses no ignoraríamos tantas cosas de nuestra vida, pronto nos pondremos al día. El silencio, a veces, es necesario, en otras destruye cosas.

“Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer – no hablo de unión ilegítima – la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio”. Jesús no calla. Jesús habla y muy claramente. Parece que últimamente algunos eclesiásticos no hablan tan claramente o han optado por callar. Un ejemplo es el divorcio (otros el aborto, la explotación en el trabajo, de la corrupción está hablando muy claro el Papa Francisco, las relaciones prematrimoniales), y otros muchos de los que se opta por callar o se generan dudas.

Un caso claro, por antiguo es el divorcio entre bautizados casados por la Iglesia. En muchos cursillos prematrimoniales se habla de la indisolubilidad muy someramente, aunque se dedican horas a las causas de nulidad (eso es dar ánimos antes de casarse). Los cancionistas se contentan con poner una pregunta en el expediente, como si hicieran el expediente con la misma intensidad y atención que el examen de selectividad. Y poco a poco el divorcio se ha ido abriendo paso como una opción natural: me equivoqué, me divorcio. A la primera de cambio, a la segunda disputa, mucha gente se divorcia. Como no se les ha hablado se vuelven a casar por lo civil con otra persona como si pudiésemos borrar las promesas hechas a Dios con borrón y cuenta nueva. Y entonces le damos mil vueltas a la manera de acompañar a los divorciados vueltos a casar y gastamos montones de energías.

Sería algo como que los médicos estuvieran discutiendo de cómo acompañar a los amputados de la pierna derecha y se gastasen y se desgastasen la vida en estudiar prótesis, abaratarlas, estudiar implantes y las conexiones nerviosas…, y no se dieran cuenta que cada día hay más amputados de la pierna derecha porque los cirujanos han decidido que en cuanto uno tiene una fisura o una rotura o aun esguince la solución más fácil es amputar. Nada de operar o escayolar, nada de rehabilitación ni acudir al fisio. Cortamos y luego usted verá. Si al enfermo le dicen que la única solución es amputar lo aceptará con tal de que le quiten ese dolor insoportable.

Un dato importante: el divorcio no es pecado. El pecado es casarse con otra persona si sigue siendo válido su matrimonio eclesiástico anterior. un divorciado que vive solo puede comulgar perfectamente si está en gracia de Dios en su vida. Hay momentos en que hay que amputar para salvar una vida.

Otro dato importante: el divorcio siempre duele. No puedes decir que la persona que has amado, a la que te has entregado, con la que has compartido lo más íntimo de tu persona, de pronto desaparece y te da igual. Cuanto menos sientes que has fracasado. Es traumático.

¿Qué hacer? En esta época en que decimos tanto que lo importante es prevenir es adelantarse. Tener sacerdotes y personas casadas y expertos (que los hay), que puedan salir a curar esa enfermedad,  que puede ir creciendo en el matrimonio, y dar medicamentos para curar antes de que salga gangrena y haya que amputar. ¡Cuántos matrimonios se han ido al traste por una tontería que ha ido engordando o por algo gordo que no hemos sabido perdonar y pedir perdón!.

Por tanto, ¿el divorcio existe y es posible? si. ¿Es la solución a todos los problemas? no. ¿Es un fracaso? si. ¿Podemos los cristianos conformarnos con que es un mal menor y no hacer nada al respecto? No. ¿Tenemos que gastar más dinero, tiempo, posibilidades y verborrea en prótesis o en medicamentos? En medicamentos.

Y así en muchas más cosas que hemos tirado la toalla y entonces hacemos daño. ¿No es políticamente correcto decirlo? Pues diremos con San Pablo: Llevamos el tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.

Atribulados en todo, más no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados , mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.

Que la Virgen María, Virgen fiel, cuide de todos vuestros matrimonios. No tengáis miedo a hablar que en estos casos el silencio hace daño. Y los divorciados vueltos a casar a venir a Misa, a rezar con intensidad y a pedir la luz del Espíritu Santo.

CARÁCTER.

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Uno tiene sus miserias. En mayo celebré mis bodas de plata sacerdotales y en 25 años da para hacer un poco de bien y meter muchas veces la pata. Uno de mis problemas es mi carácter. No suelo enfadarme y aguanto que me engañen, me estafen, me rayen el coche sin querer o queriendo o un atasco de dos horas. Me da más pena el que me roba que lo que me roban y cuando la pantalla de este, mi ordenador portátil, termine de rajarse del todo pues tendré que utilizar el de sobremesa, ¡suerte que tengo dos!. Total, que no me suelo enfadar. Pero cuando me huelo que quieren hacer una injusticia y especialmente me tocan alguna de las parroquias en las que he estado, aparece Mr.Hyde y me pierdo yo y los papeles. Así que mis enfados suelen ser con algún feligrés que quiere aprovecharse de la parroquia y, sobre todo, con mis jefes, especialmente el que veo más a menudo, el vicario episcopal. Se me pasa rápido, no soy nadie.

Dios ha tenido a bien, en su entrañable misericordia, que las dos últimas veces que me he enfadado con el vicario y le he dicho de todo menos hermoso, cuando he ido a celebrar Misa a continuación tocaba el Evangelio de hoy (así que pedid para que no me llame hoy a verle que la liamos). Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.

Viene muy bien pues acabas la Misa, llamas para pedir disculpas aunque sigas que seguir pidiendo explicaciones, y te sientes más liberado. ¿Quién no tiene problemas de carácter? Tal vez algún santo, pero a mi me queda tanto.

Sin embargo, a pesar de que Dios me da estas lecciones y tal vez esté haciendo oídos sordos al Espíritu Santo, quiero reivindicar el carácter. No el del caprichoso, el niñito o el mimado, sino el del que busca la verdad y la justicia. Creo que en ocasiones, por falta de carácter, por miedo al qué dirán o por perder ciertos beneficios o prebendas se han cometido auténticas injusticias y los cristianos y la Iglesia han perdido en libertad. Lo decía San Pablo: “Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.

Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; por la acción del Espíritu del Señor.

Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos”.

No tenemos que tener miedo a defender con uñas y dientes leo que es justo. Si, como nos acusan, en la Iglesia hay mucha porquería habrá que limpiar a fondo, sin miedo y denunciar a aquellos que denuncian falsamente. Y así también en nuestra vida diaria.

Sólo un apunte. El juicio le corresponde a Dios. Podemos indignarnos con las situaciones, denunciarlas y sacarlas a la luz. Aplicar las penas a los que hayan hecho mal para que se corrijan y se conviertan (o para defender a los más pequeños), pero a cada persona sólo podemos desearla el bien y acogerla a la misericordia de Dios. No sé si soy enemigo de alguien, yo sí puedo decir que no tengo enemigos, hasta los que me han hecho mal si me piden algo se lo doy.

Nunca dejemos que en nuestro corazón anide la ira, el resentimiento, el juicio o el prejuicio, el rencor o la violencia. Después del primer enfado sólo puede quedar el perdón: pedirlo o darlo.

No conocemos de la Virgen ningún arranque de “santa ira”, ojalá ella nos de un corazón más grande, más misericordioso y más libre. ¿Carácter? Por supuesto, para el bien.

EL ESPÍRITU DA VIDA.

Escrito por Comentarista 1 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Gema se va de ejercicios espirituales a Loyola. ¡Qué suerte! Rezaré más por ella que en las cosas de Dios todo lo que se da vuelve multiplicado. Ojalá todos los cristianos sacasen unos días para hacer ejercicios espirituales cada año. Los sacerdotes lo tenemos más fácil -el que no los hace es o porque está mal de salud o porque no le da la gana-, pero comprendo que, en ocasiones, para muchas personas es un verdor esfuerzo de logística familiar y laboral. Sinceramente, vale la pena hacer ese esfuerzo, también hay retiros para matrimonios, pues aunque uno beba agua diariamente de vez en cuando viene estupendamente sentarse en una terraza a disfrutar de una jarra de cerveza fría o de un refresco para disfrutar tranquilamente del Amigo (es una metáfora, no os vayáis corriendo al bar).

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos»

Parece que el Evangelio de hoy se contrapone a la primera lectura de San Pablo: “la letra mata, mientras que el Espíritu da vida”.

¿Cómo solucionar este conflicto? Pues sentándonos un rato a tomar esa cerveza (sin alcohol), con el Amigo. Seguro que Gema lo entiende perfectamente cuando vuelva de sus ejercicios espirituales. ¿Qué decimos al terminar de proclamar las lecturas en Misa? Palabra de Dios o Palabra del Señor. Y el buen Señor Dios ¿está vivo o esta muerto? Siendo Él la vida está vivísimo. Luego su Palabra es una Palabra viva, eficaz y tajante como espada de doble filo. Es una Palabra viva que se dirige hoy a mi, que me la dirige el Señor desde toda la eternidad. Por eso, quien lee la Palabra de Dios, que es Palabra de Amor, con el corazón enamorado no encuentra letras, sino palabras que hoy se dirigen a mi. Por eso Jesús, la Palabra hecha carne, es la plenitud de la Ley y los Profetas y Dios no se contradice.

Por eso nosotros, que cada mañana leemos el Evangelio, deberíamos hacerlo con ilusión nueva cada día. Es distinto pensar.”A ver qué Evangelio toca hoy” a decirse: “A ver qué me quiere decir el Espíritu Santo hoy a mí”. Si voy con esa actitud me interesa mucho más a primera hora de la mañana el Evangelio del día que el parte metereológico. Y cuanto más ponga el corazón y mi vida será mucho más exigente -exigencia de amor-, que todas las leyes que me puedan presentar. No me contentaré con no decir falsos testimonios o mentiras, por ejemplo, sino que amaré muchísimo la verdad. La letra está muerta, la Palabra de Dios está viva por el Espíritu Santo.

Algunos podrán irse a la terracita con Jesús unos días, como Gema. Si no es posible por lo menos tomemos el café con Él, aunque sea en cinco minutos, cada día.

La Virgen María palpó y notó como la Palabra viva de Dios se iba formando en su seno, que ella nos ayude a tener la alegría de recibirla cada día.

VACACIONES.

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Acabo de empezar mis vacaciones. Sí, ya sé que es muy pronto pero son sólo diez días y el resto del verano estaré en la parroquia. Son diez días de convivencia con sacerdotes, con formación, un día de retiro, tranquilidad para rezar, tiempo para pasear, comer y dormir ordenadamente y para hacer el mismo tiempo de deporte que el resto del año, es decir: nada. Aquí la conexión a Internet va como va, espero no fallar ningún día a esta cita con los comentarios.

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?” Seguramente si estuviera en la parroquia hoy hablaría de la necesidad de ser sal y luz, de ponernos a hacer cosas, de ser testigos, etc. etc. Pero como estoy de vacaciones prefiero enfocarlo desde el lado contrario. No es que no haya que ser sal y luz, sino que también nos es necesario, casi diría que imprescindible, el dedicar un tiempo a buscar la sal y a encender la luz. Un tiempo en que puedas disfrutar de la sal de los otros, de aquellos que te han ayudado a ser mejor cristiano durante este año y los que han iluminado a la Iglesia a lo largo de los siglos.

El primero, por supuesto, disfrutar de Dios uno y trino. Él nos llamó y nos eligió desde toda la eternidad y, especialmente, el día de nuestro bautismo. Para que la luz brille y la sal sale es necesario dedicar tiempo para Dios, para rezar tranquilo, sin prisas y sin mucho horario.” Es Dios quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros; y además nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones.” Ya tendremos que “recortar” tiempo el resto del año por las muchas cosas que tenemos que hacer. Disfrutar de la Eucaristía en la intimidad con Dios y la compañía de la Iglesia.

Tiempo para disfrutar de los testigos de Cristo, especialmente de nuestra Madre del cielo la Virgen María. Rezar el rosario con calma, llenando cada avemaría de intenciones y de personas. De hacer lectura espiritual y, creo que es una buena idea, con la vida de los santos. hoy un poco de San Antonio y mañana Dios dirá.

Tiempo para recapitular un poco este año. Y creo que no hay que hacerlo desde la humillación de nuestros pecados y defectos, sino para dar gracias por todos los que en este año nos han ayudado a ser mejores cristianos. A veces con una caricia y a veces con una torta. Y dedicarles tiempo a esas personas. Los sacerdotes a los amigos sacerdotes y a los laicos que este año nos han ayudado más. Los casados a la familia, disfrutando los unos de los otros. Y tiempo para los amigos que nos enseñan cómo ser amigos de Dios.

Ya pasara´n estos días, y cada uno las vacaciones que os podáis tomar, y volveremos a la vorágine de las actividades, las idas y las venidas, las llamadas, los correos y el caos. Pero sea en la playa, en la montaña o en el lugar de siempre hay que pararse un poco para ser buena sal y luz de Cristo, no sea que con tantas cosas nos apaguemos o nos volvamos sosos.

Le pido a la Virgen que os conceda a todos, aunque  sólo sea unos días, el merecido descanso del alma y del cuerpo, para volver a iluminar el mundo con la luz del Evangelio.

Julio 2017
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