Entender los signos de Dios

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Isaías 7,10-14

Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6

san Pablo a los Romanos 1, 1-7

San Mateo 1, 18-24

“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.” El pobre Acaz que no quiere molestar y Dios decide molestarse. Seguro que tu y yo en el lugar de Acaz hubiéramos pedido alguna otra señal “desinteresada”: “Que gire el sol alrededor de la luna, que nos toque la lotería, que se enamore de nosotros el/la (según los casos) más hermoso/a del mundo, que nos hiciéramos famosos,….” cualquier tontería de esas. Pero cuando Dios hace las cosas por su cuenta las hace muy bien. Quedan unos pocos días para que celebremos el Misterio de la Navidad. No sé que dirá la RAE pero es un Misterio con mayúsculas. Dios en su infinita liberalidad ha querido encarnarse de las entrañas purísimas de una Virgen y ha querido contar con la participación de los hombres. Hoy es José el protagonista. Hoy es José al que le toca participar en ese Misterio y dice que sí. Seguramente esta semana estemos poniendo el nacimiento en nuestras casas y en nuestras parroquias (o en el despacho y que se fastidie el colega ateo). Más o menos lleno de figuritas cada una de ellas tiene que participar en este Misterio. Unos dirán que sí, otros dirán que no, pero ni la lavandera ni el que lleva la brazada de leña puede quedarse indiferente. Y ni tu ni yo podemos quedarnos indiferentes. Tal vez no entendamos los  signos y señales de Dios. Seguramente nos quede mucho por entender y por profundizar. Seguramente toda una vida sea poco para darnos cuenta que “Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno pode por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.” Pero tenemos que tomar parte en el Misterio de Dios, aceptar su señal y contestar con un sí o un no. Cuando el Señor vuelva (seguimos en Adviento), tiene que encontrarnos en una postura o en otra, pero a los indiferentes les dará una patada en el trasero.

Los signos, en ocasiones, son difíciles de entender. Cuando te cueste entender a Dios, recurre a la Virgen y confía.

Los antepasados de Jesús

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Génesis 49,1-2.8-10

Sal 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

San Mateo 1,1-17

Hoy, sin ser fiesta alguna, se celebra el 17 de diciembre. Comenzamos a contar los ocho días que faltan para la Navidad. Mateo nos ofrece la genealogía de Jesús, hasta llegar a la encarnación del Hijo en el seno de María, siempre Virgen. Suplicamos a Dios que Cristo, su Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. ¿Os acordáis aquel seréis como dioses, las palabras del engaño primigenio que nos robo tanto de la imagen y la semejanza con la que fuimos creados? Pues bien, pedimos hoy a Dios que por la encarnación de su Hijo nos devuelva la condición divina que entonces extraviamos. No es que él nos la enturbiara, sino que nosotros nos dejamos convencer de que ese era nuestro excelso destino, desgraciado destino: ponernos contra Dios, hacernos dioses por nosotros mismos. Abandonamos la entereza de nuestro ser creado para hacernos hijos del engaño, quedándonos sumidos en el océano del pecado y de la muerte. ¡Qué infidelidad! Pero no, llevamos un largo tiempo en el que se nos dice: Mirad, mirad que ya viene. ¿Quién viene? Nuestra salvación. Quien nos va a restaurar con creces en nuestra imagen y semejanza del comienzo creador. Y nuestra salvación es una persona, un niño que nos va a nacer, que pasa sus últimos siete días en el seno inmaculado de María. Un niño que nos viene de parte de Dios, que fue engendrado cuando la sombra del Altísimo cubrió con sus alas a María. Ahí tenemos su genealogía. No es un niño que vista su inmensa guapez fuera adoptado por Dios para hacer de él jugador de lo nuestro. La encarnación del Hijo estaba pensada desde antiguo. Dios quería probar el ser de carne, y por ello la Trinidad Santísima envió al Hijo para que él, que era la Palabra, se hiciera carne como la nuestra en el seno virginal de María, haciéndonos partícipes de su propia divinidad. Actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No elección desde lejos que recaiga en el más bello de los hombres, sino un modelar carne nueva para que en su seguimiento, viendo quién es, sabiendo quién es, el Hijo enviado del Padre y del Espíritu a nosotros en la carne inmaculada de María, por su gracia y su misericordia, que le llevarán hasta el infierno de la cruz, se rehaga en nosotros la imagen y la semejanza. No la primitiva, como si lo nuestro fuera una vuelta atrás, sino la que viene a nosotros desde el futuro de plenitud, haciéndonos hoy mismo partícipes de su divinidad.

Ya viene aquel a quien le está reservado el cetro y el bastón de mando. Cantamos con el salmo que en estos sus días florece la justicia y la paz abunda por la eternidad. Los montes traen paz, los collados justicia. Es él quien defiende a los humildes del pueblo. Siempre los humildes. Siempre los hijos de los pobres. Así pues, siempre nosotros. Siempre nuestro: Jesucristo, nuestro Señor

La genealogía, ‘documento escrito del origen’, era esencial para los judíos. Abrahán, nuestro padre en la fe, está en el comienzo, él recibió las promesa mesiánicas: se afirma implícitamente que Jesús es verdadera criatura humana; el esperado del pueblo, el Mesías. La genealogía de Jesús es propiamente la de José, su padre legal, por quien pasa la descendencia de David; la descendencia era más legal que biológica.

¿Para qué?

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Isaías 56, 1-3a. 6-8

Sal 66, 2-3. 5. 7-8

san Juan 5,33-36

Estamos en la época de los para qué. A veces me preguntan jóvenes (y no tan jóvenes): ¿Para qué ir a Misa? ¿Para qué rezar?. Les parece mucho más útil dedicar su tiempo a otras cosas (o no dedicarlo a nada y perderlo miserablemente sentados en un banco de la calle alrededor de una cerveza). Ahora tenemos tantas “innovaciones tecnológicas” de esas que muchas veces nos preguntamos para qué valen las cosas. Sin duda hay cosas que no sirven para nada (muchos de los regalos que hacemos en las próximas fiestas), pero hay algunas cosas que son útiles y otras son imprescindibles.

Las imprescindibles no suelen ser cosas materiales, aparte de algo de alimento y bebida. Pero cultivar el espíritu, el dar sentido a la vida que tenemos, el aprender a amar y ser amado, el vivir en paz -cosas que no se pueden envolver en papel de regalo-, son imprescindibles.

“Si digo esto es para que vosotros os salvéis.” Mientras esperamos al Señor que viene y vendrá, escuchamos hoy estas palabras, centrales en toda la Biblia. El Señor viene a salvarnos. No le hace falta el testimonio de ningún hombre, no le hace falta el consenso de la humanidad para decidir si queremos o no ser salvados. Lo cierto es que el hombre necesitaba (y necesita), la salvación. Sin Cristo a los hombres les falta lo imprescindible. Muchas veces se habla de los cristianos como si tuviésemos una afición, un hobby. Nos puede gustar Cristo como gustarnos el Villarreal Club de Fútbol. Pero no es así. Al igual que al hombre no quiere comer pensamos que está enfermo y, si persiste en su actitud, puede acarrearle la muerte, al igual todos la humanidad está necesitada de Cristo, aunque la falta de fe se haya convertido en una pandemia mundial.

La encarnación de Cristo no fue un acontecimiento para sus amigos o simplemente para algunos escogidos. Es para todos: “No diga el extranjero que se ha dado al Señor: “El Señor me excluirá de su pueblo” A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.” No podemos vivir como un club cerrado, o como un ghetto vuelto sobre sí mismo. Tal vez te hayas devanado los sesos pensando qué regalarle a tu marido, a tus hijos, a ese compañero de trabajo o al amigo de toda la vida. Además de algo material, que seguro que le gusta, pero que es superfluo, ¿has pensado en regalarle un poco de esperanza, una palabra de vida que le ayude a volverse hacia Dios?. ¿Por qué no le invitas a hacer una buena confesión, a regularizar su situación matrimonial, a asistir a Misa el domingo? Seguro que te lo agradecerá.

“Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria.” Que nadie se pueda encontrar estos días repleto de cosas inútiles, de papeles de colores, pero sin la paz que nace de la verdad de la salvación de Cristo. María, nuestra Madre, sabe bien el precio de ese regalo, pídele a ella que te ayude a distribuirlo en tu entorno.

“¿Eres tú el que ha de venir?”

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Isaías 54, 1-10

Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b

San Lucas 7, 24-30

Este segundo Isaías, largo y reposado, tan distinto del primero, breve y rompiente, poeta señero, nos llama de parte de Dios a la alegría. Eras estéril, pues bien, ahora tendrás que alargar tu tienda para que quepa tu descendencia. El Señor estará contigo. Futuro, siempre futuro. Heredarás la tierra entera, De nada tendrás que avergonzarte. Ya no serás soltera ni viuda, sino que quien te hizo te tomará por esposa. En tu abandono y abatimiento, el Señor te volverá a llamar, como a esposa de juventud. El arrebato de ira de tu Señor, que te abandonó, pasará pronto. Podrán vacilar los cimientos de la tierra, mas no se retirará de ti mi misericordia. Tal es el anuncio profético. Futuro. Siempre futuro. No se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará. Porque el Señor te quiere. Nótese el futuro en el que nos encontrábamos de pronto transformado en presente: el Señor te quiere, ahora mismo te está queriendo. El suyo es un amor de presente. Un amor de presencia.

El salmo salta de júbilo, porque el Señor nos ha librado, ahora, en nuestro presente. ¿Qué ha acontecido para que el futuro venga a nosotros de modo que nuestro pasado de luto se haya convertido para siempre en presente de gracia? El futuro se está haciendo realidad en nuestro día de hoy. De nuevo el bucle que, viniendo del pasado profético, el cual señalaba el futuro en el que todo se colmará, hace que todo se nos cumpla en el hoy que estamos viviendo.

Es Jesús el bucle de esa presencia anunciada en el pasado profético para que se cumpliera en el futuro del Señor. Él es la prueba de que el Señor Dios te quiere, que nos está queriendo desde ahora en nuestra frágil carnalidad. ¿Quién eres, Señor, dinos quién eres?

Cuando marchan los mensajeros de Juan, quienes habían comparecido para obtener una respuesta a la acuciante pregunta: ¿eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?, Jesús, con mirada soñadora, se dirige a la gente. No buscamos a nadie vestido de lujo, representantes de quienes nos dominan; quienes se han llenado de méritos y de poder hasta cubrirles la cabeza. No es eso lo que nos atrae. No es a esos a los que buscamos. Buscamos a un profeta que nos haga ver el futuro consolador que nos viene de Dios. Buscamos el consuelo de poder mirar a un presente que se dirige a grandes pasos a ese futuro en el que el Señor Dios nos quiera, como de su parte nos señalaba el profeta. Buscábamos al profeta de la consolación. Por eso leíamos al segundo Isaías. Él nos traía de parte del Dios de Israel un mensaje de consuelo y esperanza, no de condenación, por habernos dejado arrastrar lejos de él por quienes son los poderosos del imperio. Buscábamos un profeta de conversión. Por eso nos dirigimos al desierto, al encuentro de Juan el Bautista. Su bautismo de agua era una llamada a orientar nuestra vida no hacia los poderosos, sino hacia el Señor. A vivir la conversión de nuestro pecados tal como nos gritaban los antiguos profetas.

Es temeroso ver el modo en que, tras las palabras de Jesús, las aguas se dividen en dos. Quienes, incluso publicanos, habían recibido el bautismo de Juan, y los poderosos, fariseos y maestros de la Ley, que no lo habían aceptado, haciendo fracasar el designio de Dios para con ellos.

¿Frustraremos el designio de Dios para con nosotros?

¿Dónde se hace presente Jesús?

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Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25 

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14

San Lucas 7, 19-23

Juan no está seguro y envía a dos de sus discípulos: ¿tenemos que esperar a otro? Vieron cómo Jesús curaba a muchos, y luego, en su respuesta, les habla del cumplimiento. Mirad cómo lo que los profetas predijeron se cumple ante vuestros ojos. Los ciegos ven, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Hoy es el día que ellos señalaron. Ante vosotros tenéis las pruebas. Lo que se anunciaba para aquellos días del final se realiza hoy entre nosotros. El futuro se hace presente ante vuestros ojos. Parecía una línea que iba derecha del pasado profético al futuro de los últimos tempos, pero ahora vemos que ese futuro se hace presente entre nosotros en la persona de Jesús. Dichoso el que no se escandalice de mí. En él se inaugura un bucle decisivo, el cual, naciendo en el pasado profético que habla de un futuro por llegar cuando sea el final de los tiempos, se presenta a nosotros en este hoy de su presencia. La salvación final se nos hace patente en él, en la carne de Jesús, enviado a nuestro hoy desde el futuro indeclinable de Dios. Mirad que ya está aquí. A las pruebas nos remite. Las profecías se cumplen en él, que viene del futuro de Dios para hacerse presente entre nosotros. Este es el bucle de nuestra salvación: del pasado profético al futuro de la promesa, para llegar al presente del cumplimiento. Pasado y futuro se cumplen en el presente. Id, pues, y anunciad a Juan lo que habéis visto.

Así, la obra de la salvación se lleva a cabo en nosotros en el sacrificio que ofrecemos hoy. En él se expresa nuestra propia entrega, de modo que el sacramento que él nos dio se cumpla en nosotros. Ya desde hoy, pues, estamos en el tiempo de la encarnación y, por eso, en el tiempo de la cruz. Este es nuestro presente, con el que caminamos al encuentro definitivo de nuestro futuro. Escuchemos lo que nos dice el Señor, quien nos anuncia la paz y la salvación. Ved el que está entre nosotros, y ved lo que hace. Ved cómo es él, su persona, la Buena Noticia del reinado de Dios. En él la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. Ved cómo en él se nos da el futuro de Dios. En su carne. En sus acciones. En sus palabras. En el seno de María, su madre. En la cruz y en la resurrección. En la subida a los cielos para aposentarse en el futuro indeclinable de su Padre. Razón tenía el viejo poeta cuando nos decía estas palabras proféticas: Yo soy Dios, y no hay otro. Tómese el ‘Yo soy’ con la fuerza con la que, desde el episodio de la zarza ardiente, nos dice quién es Dios. El Dios de Israel. El Dios de Jesucristo.

Vemos de qué manera Jesús se hace realidad en nuestro presente, en el hoy de nuestras vidas, enviado por parte de quien es Yo soy Dios. No hay posibilidad alguna de desconcierto. No hay modo de que nos confundamos, dirigiéndonos a otros dioses. Porque estamos asistiendo al bucle de nuestra salvación, y esta procede del Yo soy Dios que viene de su futuro indeclinable, para hacerse presente en nosotros. Presente en la carne de Jesús. Ved que ya viene, ved que ya comienza a estar acá, entre nosotros, en el seno carnal de María, su madre. Mirándole a ella, veremos nacer al Hijo de Dios.

¡Ven Señor!

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Sofonías 3,1-2.9-13

Sal 33, 2-3. 6-7. 17-18. 19 y 23

San Mateo 21, 28-32

No obedecimos, no escarmentamos, no confiamos en el Señor, no nos acercamos a nuestro Dios. ¡Ay de nosotros! Entonces, sólo entonces, será cuando se purifiquen nuestros labios e invocaremos todos el nombre del Señor. ¿Cuándo, Señor, cuándo? En el futuro será cuando los fieles dispersados le traeremos ofrendas. Aquel día será todo distinto. Pues entonces no nos avergonzaremos de nuestros pecados contra él, porque los arrancará de nuestro interior. Nada de soberbias ni bravatas. Aquel día. ¿Qué pasará aquel día que nos llega en el futuro adviniente? El profeta nos lo anuncia: quedará un pequeño resto en medio de nosotros, y este sí confiará en el nombre del Señor. No cometerá maldades ni dirá mentiras. El pequeño resto de Israel, que estará en medio de nosotros.

Dios mío, ¿estaré en ese pequeño resto, o quedaré fuera para siempre en las tinieblas exteriores? Es verdad, tú eres, Señor, quien elegirás a tus pequeñines, pero ¿formaré parte de ellos? ¿Cómo podría ser así? El salmo nos enseña la manera: si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. Porque no estarán incluidos en ese resto los orgullosos, los seguros de sí porque sus méritos sobrepasan su propia cabeza. ¿Cómo, Señor, serán entonces los pazguatillos, los humildes, los que apenas saben articular palabras, los que no cuentan entre los poderosos?, ¿estarán entre ellos los pecadores, los que saben que no pueden acercarse a ti si no es de lejos, subiéndose a la higuera, como Zaqueo, pues era demasiado pequeño?, ¿serán entonces los que reconocen su lejanía de ti, los que no se atreven a mirarte si no es avergonzados, apretujados, escondidos? ¿Esos serán los que formarán tu pequeño resto? ¿Cómo es posible? ¿Quedarán fuera los orgullosos, los que tienen motivos para serlo, mientras que entrarán los atribulados, los abatidos, los que con vergüenza enseñan sus pústulas sólo al Señor, atreviéndose a hacerlo desde lejos, desde muy lejos? Porque es a estos a los que redime el Señor; porque es a estos a quienes salva. Es verdad, no será castigado quien se acoge a él. Este sí, pertenecerá al pequeño resto que Sofonías nos profetiza para el futuro que está haciéndose presente hoy entre nosotros.

Ven, Señor, y no tardes, perdona los pecados de tu pueblo.

Con la habilidad pasmosa que tiene Jesús para inventarse esos cuentecitos maravillosos, las parábolas, se lo dice a los poderosos, a los que mandan, a los que siempre creen poder mangonear en las cosas de Dios y de su pueblo, sin darse cuenta de que el reino de Dios es suyo y no cosa nuestra. Es su viña. Nosotros trabajamos en ella. Pero ahí Jesús distingue con enorme inteligencia. Uno, el primero, quizá el mayor, al requerimiento del trabajo, dice: voy, y no va. Mientras que el segundo, quizá el pequeño, dice: no iré, pero sí va. Las palabras del primero eran mentirosas, puro engaño para quedar bien ante su señor; pero luego, en el día a día del seguimiento, elige sus propios intereses, los trabajos que son los suyos, importándole un bledo la viña de su señor: total, ni se va a enterar, es tan lejano, nos importa tan poco. Cree resolverlo todo con sus palabrinas. Voy, pero no va. Las palabras del comentario de Jesús son salvajes, aguzada espada de dos filos, como tantas veces, porque no se anda con chiquitas: publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. ¡Y nosotros que decíamos ser tan buenos en nuestro camino!

La autoridad de Jesús

Escrito por Comentarista 8 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Números 24, 2-7.15-17a

Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9

San Mateo 21, 23-27

Instrúyenos, Señor, en tus caminos y en tus palabras. Pues ¿qué significa el mensaje del profeta? ¿A quién ve acercándose ya?,  ¿de dónde viene?, ¿qué quiere de nosotros? ¿Quién eres, Señor, dinos quién eres, tú que te avienes a nosotros? Nos lo anuncia el pasado poeta y con sus palabras nos hace mirar más allá, a un punto que ha de configurar nuestra vida desde ahora mismo. Vemos en visión la belleza de nuestras moradas. La belleza, sin duda, de la Iglesia de ese que viene. Vegas dilatadas. Jardines junto al río. Y lo vemos desde nuestro secarral, tan presente en nuestras vidas, en nuestras actitudes, en nuestro propio ser. Es una visión, alguien que se allega a nosotros y nos trae el agua que fluye de sus manantíos. Con el profeta, escuchamos la palabra del Señor que él pronuncia para nosotros de su parte. Quien nos habla desde aquel pasado profético conoce los planes del Altísimo, y, en puro éxtasis, nos hace contemplar las visiones del Poderoso. ¿No es ahora? Sí, quizá sí, pues vemos cómo avanza la constelación de Jacob desde aquel futuro visionario para hacerse pura presencia en nosotros.

Enséñanos, Señor, tus sendas y consigue que caminemos con lealtad a ti. Porque tú eres nuestro Dios y Salvador, tú eres quien viene a nosotros para llevarnos a ti. Con toda tu ternura y con tu inmensa misericordia. Acuérdate, pues, de nosotros, junto con el antiguo profeta, visionarios de lo que tú eres viniendo a nosotros. Tú eres bueno y recto, y perdonas nuestros pecados a nosotros tus humildes, enseñándonos tus caminos para que vayamos por ellos hacia ti. Nuestra humildad es nuestra única fuerza. Sólo nuestra menesterosidad son las arras de nuestra vida que está en tus manos. Muéstranos, por tanto, tu misericordia y danos tu salvación. Pues ¿qué haríamos sin ti?, ¿a dónde iríamos lejos de ti?

¿Qué autoridad tienes para realizar eso que haces?, le preguntan en el templo los grandes mientras enseñaba a los pequeñuelos. ¿Quién te ha dado la autoridad tan crecida que te abrogas? ¿Cómo reconocer la autoridad de Jesús como algo que viene de Dios y no es una pura manopla que él agita para sí? Pero a él no le gusta aceptar las preguntas que los grandes le hacen como trampas para que caiga en ellas. Es demasiado listo y consciente de por dónde le quieren agarrar, haciéndole callar, no sea que ellos terminen perdiendo su autoridad frente a los pequeños y humildes a los que Jesús trata con tanta asiduidad y cuidado para que la Buena Noticia se haga patente en sus vidas. Ellos, tan grandes, no necesitan ya de nada que sea nuevo, menos si tiene la pretensión de venir del futuro que esbozaban con tanta fuerza los profetas. Consideran que todas las buenas noticias están ya es sus manos; que ellos detentan de todo lo tocante al templo y a su Dios. No caben novedades. No caben nuevas presencias. No puede ser más que un impostor. Pero, ay, la inmensa listura de Jesús responde a su pregunta con otra pregunta. Deliberan cómo responder y se dan cuenta de que cualquier respuesta les deja en sus puras evidencia ante el pueblo. No sabemos. Y Jesús se niega a decirles de dónde le viene su autoridad.

Jesús responde a la pregunta cuando no lo es, es decir, cuando esos pequeñuelos comprenden quién es al acercarse a él con fe, para ser suyos y seguirle.

La alegría del Adviento

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos en la mitad del Adviento. Al principio, cuando comenzábamos este camino, nos encontrábamos con la novedad del anuncio y la ilusión del camino. Cuando nos acerquemos a la Navidad, nuestra mirada se irá posando en ese pesebre vacío esperanzo con ansias la sorpresa inminente. Pero ahora en la mitad del Adviento se siente el cansancio y la fatiga. De ahí la pregunta de los discípulos del Bautista: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”

Jesús da una respuesta muy clara: “Mirad y ved” y luego “Id y contarle a Juan”. Ante la tentación del cansancio y desaliento, el Señor nos está diciendo: abre los ojos y date cuenta de lo que sucede ante ti, entiende la alegría de lo que te pasa cuando te encuentras conmigo, aunque sea un gozo mezclado con lágrimas. Hoy domingo Gaudete (Domingo del “alegraos”, como recita la antífona introductoria de la Misa), recordamos esta alegría como prenda propia del Adviento.

Hay muchos tipos de alegría. Por ejemplo, está la alegría del que recibe una buena noticia inesperada, pero también la alegría de quien ve removido un viejo obstáculo en el camino. También nuestro Adviento tiene su regocijo especial: se trata de la alegría de la esperanza. Ésta es una alegría por algo que todavía no poseemos totalmente pero de que ya tenemos las primicias. Es la alegría del que no tiene todavía todo lo que espera.

¿Cómo podemos ser felices en medio de los sufrimientos de nuestra vida? Lo que Jesús responde a los enviados del Bautista es que los pobres son evangelizados, es decir, que reciben la alegre noticia. Les está diciendo: el camino del dolor que ahora atraviesa Juan, la prisión y la pena, son en realidad una fuente de alegría, pues se convierten en ocasión de allegarnos a Dios. Sólo en ellos se aprende el verdadero gozo, el gozo del amor, el único que no pasa nunca.

Jesús nos enseña el arte de transformar la pena en felicidad y de alimentar la hoguera de nuestra alegría con la leña de nuestros pesares. Si así lo hacemos, nunca nos faltará motivo para reír y consolarnos en el camino de la Vida.

María es maestra también en esto. Ante la pobreza del pesebre no enseña a tener una alegría profunda.

La Esperanza en comunión

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Vuelve a aparecer el precursor, el Bautista. Al desgranar su figura, el Adviento nos presenta la tensión de la espera que crece cada día. Has sido el mismo Señor quien nos ha explicado la figura de Juan: el profeta que clamaba justicia en el río Jordán y anunciaba a su vez que Dios traería una justicia mayor, el era el más grande entre los nacidos de mujer que proclamaba el reino de los pequeños…

Hoy Jesús nos resume su ministerio comparando a Juan con el profeta Elías: Él es Elías, el que tenía que venir. De esta forma la figura del Bautista se enmarca de lleno en la historia de Israel. En Juan asoman los patriarcas, los profetas y todos los justos del Antiguo Testamento. Se nos dice por tanto una cosa muy clara: Juan no anuncia sólo la esperanza de cada hombre, sino la esperanza del pueblo, de la humanidad entera.

La figura de Elías nos evoca algo muy importante de nuestra esperanza. No caminamos solos y tampoco podemos esperar solos. Han de ser nuestras también todas las esperanzas de los que caminan a nuestro lado. Hay que reconocer que sólo somos capaces de esperar de verdad si estamos unidos a otros. Los padres, por ejemplo, esperan en sus hijos; les encargan que den el fruto correspondiente a las semillas que ellos han sembrado con su amor y entrega de padres. Pero también los hijos esperan en sus padres cuando buscan en ellos la seguridad que necesitan para caminar en el mañana, cuando les piden que los sostengan y les enseñen el camino de la vida.

Eso es la Iglesia, una comunidad de esperanza. Lo que vivimos como Cuerpo de Cristo, en la Iglesia, es esa esperanza con otros, en alianza.

Nuestro adviento personal se une ahora al adviento de cada pequeña cosa del mundo que nos rodea. Hoy las lecturas nos invitan a mirar con asombro a nuestro alrededor y a sentir latir la esperanza que madura lentamente hacía en nacimiento completo de Cristo en todos los seres.

María, la mujer del Adviento, es el icono de esta esperanza en comunión. Ella es la Madre que da a luz y así prepara el final definitivo, que señala Elías.

¡Madre ayúdanos a esperar con otros!

Los dos caminos del Adviento

Escrito por Comentarista 7 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En las lecturas de hoy parece que el camino del Adviento se divide en dos. Por un lado el camino de los magos que siguiendo la estrella de Belén se dirigen a adorar al Niño Dios. Por otro está el otro, el de Herodes, el camino de la ambición. Se fijan en la misma estrella pero con otra finalidad. De ahí la advertencia fuerte del salmista: El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los malvados lleva a la perdición.

También el profeta Isaías nos advierte de la misma disyuntiva en forma de lamento: ¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos! Tu bienestar sería como un río…

Llegamos al Evangelio y Jesús se queja de lo mismo. Juan el Bautista vino en camino de penitencia; el Hijo del hombre, por el contrario, come y bebe. Todo corresponde a la sabiduría de Dios, y a cada uno le toca un modo de actuar. El problema es que los fariseos no son capaces de descubrir la acción divina ni en uno ni en otro. ¿Qué exclama entonces el Señor? Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado. A Jesús lo que le duele es la frialdad de los fariseos. ¿No nos puede suceder a nosotros lo mismo?

Ocurre que Dios, lleno de pasión por el hombre, no es capaz de suscitar en nosotros, tantas veces, ni alegría ni pena. Lo intenta todo, en una Nochebuena llena de contrastes: el frío de la nieve y el calor del Niño, la grandeza de Dios y la pequeñez del pesebre, los ángeles ricos y san José pobre, María madre y virgen… en Belén se puede reír y llorar, se puede estar apenado por la miseria de tantos hermanos o por los pecados que nos apartan de Dios y saltar de alegría por el remedio que el mismo Jesús viene a poner. Lo que no se puede en Belén es estar indiferente ante tanta cosa grande.

San Pedro Crisólogo, en la preparación de la Navidad, nos dice que debemos encender el deseo por que llegue ese día. El Santo se pregunta: ¿Cómo es que nuestro corazón aspira a ver a Dios, a quien toda la tierra no puede contener? Tan anhelo es imposible, desproporcionado. Y sin embargo esta consideración no satisface al que ama. La ley del amor no se preocupa de lo que será, lo que debe ser, lo que puede ser. El amor no reflexiona, no entra en razón, no conoce moderación alguna… El amor inflama de un deseo que lo conduce hacia cosas que están prohibidas al hombre.

Y el amor encontrará respuesta; en la noche de Navidad será capaz de ver a Dios… Lo encontraremos en brazos de su madre. Que ella nos enseñe a prepararle el camino…

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