Martes 19 de diciembre. Raíz de Jesé

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

OH, RAÍZ DE JESÉ, QUE TE ALZAS COMO UN SIGNO PARA LOS PUEBLOS, VEN A LIBRARNOS, NO TARDES MÁS.

Jesé era el padre del Rey David. Según la profecía, de su linaje nacería el Mesías, que tendrá también título de rey, pues lleva sangre real. Para establecer la evolución de las generaciones en las familias se elaboran los famosos “árboles” genealógicos. Este símbolo botánico es el que nos permite comprender este titulo del Mesías. Una feligresa, experta en jardinería, está dándose una buena paliza “actualizando” el jardín que tenemos junto a la sacristía porque estaba en absoluta decadencia. Se ha dedicado a cribar tierra, plantar semillas y a podar los árboles. En uno de ellos hay una rama finita junto al tronco, que nacía desde el suelo, como de un metro de alta y con bastantes hojas. Le pregunté que por qué no la cortaba. Y me respondió que es un “hijo” del árbol: cuando el actual muera o haya que cortarlo, el nuevo lo sustituirá.

El título “Raíz de Jesé” vincula a Jesucristo con la sangre azul, la realeza. Su árbol genealógico va desde Jesé hasta San José, quien pertenecía a la misma tribu que David. Además, el más afamado rey de Israel nació también en el mismo pueblo que Jesús: Belén de Judá. El Arcángel San Gabriel completa la relación del Mesías con Jesé cuando le dice a la Virgen María: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre”. Todas estas consideraciones vienen a legitimar a Jesucristo como Rey, aunque su reinado luego tuvo poco que ver con las esperanzas demasiado mundanas de muchos creyentes: su reino no es de este mundo, sino que es el Reino de Dios, el reino del universo entero. Para quien es Raíz de Jesé, un reino de este mundo es demasiado poco.

Igual que un hijo del Emperador es señal de la continuidad del linaje, y por lo tanto de la estabilidad de un imperio, así el Mesías que viene es un “signo para los pueblos” de la tierra: signo de la llegada del Reino de Dios que no pasa nunca. El Niño garantiza la sucesión y permanencia del reino.

Ayer aparecía el Mesías como rescatador. Hoy lo hace como libertador: “Ven a librarnos”. La falta de libertad se relaciona con la esclavitud, en este caso, la esclavitud del pecado que ata a toda la humanidad. Quien es Raíz de Jesé viene a romper nuestras cadenas.

No tardes más, Jesús, Raíz de Jesé: visítanos, ¡condúcenos a la libertad verdadera de los hijos de Dios!

 

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Versículos del Aleluya (Leccionario).

(dom) 17 de dic.: Oh, Sabiduría del Altísimo, que lo dispones todo con firmeza y suavidad, ven para mostrarnos el camino de la prudencia.

(lun) 18 de dic.: Oh, Pastor de la casa de Israel, que en el Sinaí diste a Moisés tu ley, ven a rescatarnos con el poder de tu brazo.

(mar) 19 de dic.: Oh, Raíz de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ven a librarnos, no tardes más.

(mié) 20 de dic.: Oh, Llave de David, que abres las puertas del Reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas.

(jue) 21 de dic.: Oh, Enmanuel, rey y legislador nuestro, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro.

(vie) 22 de dic.: Oh, Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

(sab) 23 de dic.: Oh, Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia , esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

(dom) 24 de dic.: Oh, Sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna, sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

 

Lunes 18 de diciembre. Sabiduría del Altísimo y Pastor de la casa de Israel. (Madrid: Ntra. Sra. de la Esperanza)

Escrito por Comentarista 6 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Los ocho días previos a la Navidad (del 17 al 24 de diciembre por la mañana) son la única serie de días —que no son solemnidades ni fiestas— que, en el Misal Romano, siempre coinciden con un día concreto de nuestro calendario. La Iglesia se dispone a la llegada inminente del Mesías con un redoble de tambores, señalados por varios textos litúrgicos:

1)    Las oraciones (oración colecta, sobre las ofrendas y de postcomunión).

2)    Las lecturas.

3)    Dos prefacios propios de estos días, el II y el IV de adviento.

4)    Por último, la tradición ha compuesto unas antífonas preciosas que se usan en las antífonas del Magníficat, en las vísperas del oficio divino. Comienzan siempre con la intejección “Oh” (Oh, Rey; Oh, Sabiduría…). Son las antífonas mayores o antífonas “de la O”. De aquí se toma el nombre y el título de la Bienaventurada Virgen de la O, que también es la Virgen de la Esperanza, por el inminente nacimiento de su hijo. El Vaticano II las incluyó en el versículo del Aleluya de la Misa, aunque con ligeros cambios. Tienen un contenido precioso, pues recogen los títulos del Mesías (Rey, Pastor…), y aluden al cumplimiento de las profecías de Isaías que acontecen en Jesús.

El guión habitual de esta sección es el comentario de las lecturas. Os propongo hacer algo innovador y original: vamos a comentar las antífonas de la O. Me parece que nos puede ayudar a profundizar en la grandeza de nuestro Señor. Es como una respuesta a la pregunta “¿quién es Jesús realmente?” Cada título del Mesías podemos utilizarla estos días a modo de jaculatoria, de la que pueden brotar la alabanza y acción de gracias. Así, nos uniremos mejor a María, José, los Reyes Magos y los pastores adorando a nuestro Mesías cuando lo encontremos en el pesebre. ¡Qué pequeño, pero qué grande!

 Pondremos las antífonas completas todos los días al final del comentario para que podamos seguir bien el hilo. Comencemos hoy con el comentario de las dos primeras (17 y 18 de diciembre).

 

Primera antífona (17 de diciembre): OH, SABIDURÍA DEL ALTÍSIMO, QUE LO DISPONES TODO CON FIRMEZA Y SUAVIDAD, VEN PARA MOSTRARNOS EL CAMINO DE LA PRUDENCIA.

Jesús no es presentado sólo como un sabio, pues cabría compararlo a otros muchos sabios y doctrinas de la época antigua. No es un sabio: es la misma Sabiduría del Altísimo. La antífona que hay en las vísperas especifica más: “Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo”. Jesús es la Palabra que sale, pronunciada, por los labios de Dios Padre. Sale de Dios, y es enviada por Dios a este mundo por obra del Espíritu Santo: “el Verbo de Dios se hizo carne”, como recordamos en el Ángelus. Con este título se alude a la naturaleza divina del Mesías: la Sabiduría es una Persona Divina, el Mesías encarnado, Jesucristo.

Es propio de la autoridad legislar justamente para guiar con justicia a su pueblo e iluminar qué debe hacer cada uno para ser buen ciudadano. En el Reino de Dios el legislador es Cristo, Rey del universo, cuyas disposiciones guardan dos características que cita la antífona, y difíciles de equilibrar en la vida humana: la firmeza y la suavidad. Ambas se acuñan en el dicho “puño de hierro, guante de seda”. El buen gobernante maneja las dos al mismo tiempo.

Termina la antífona aludiendo a una petición que se hace al Mesías: “Ven para mostrarnos el camino de la prudencia”. Ésta es la virtud humana más importante, fundamentada en el conocimiento de la vedad, eje vertebrador de la vida humana. Hoy que tanto se vive de opiniones, de razonamientos líquidos que se amoldan a lo que haga falta, de una idolatrada libertad que es libertinaje, del romanticismo que tiene por ley hacer lo que salga del corazón, del sentimentalismo como máxima ley moral, con todos estos adulcorados horizontes en la existencia de las personas, nos hace falta que brille la verdad. Existe. Es Él. Es Jesús de Nazaret.

Señor, tú que conoces lo íntimo de Dios porque vienes de Dios, eres la Sabiduría del Altísimo, ayúdanos a conocerte y escuchar tu palabra. Que sea el sólido fundamento de nuestra vida, y encontremos en ella la ley de nuestra existencia, guiada y gobernada amorosamente por ti con firmeza y suavidad. Que construyamos una vida auténtica sobre la verdad de nuestra existencia, guiados por la gran virtud de la prudencia.

 

Segunda Antífona (18 de diciembre): OH, PASTOR DE LA CASA DE ISRAEL, QUE EN EL SINAÍ DISTE A MOISÉS TU LEY, VEN A RESCATARNOS CON EL PODER DE TU BRAZO.

Seguro que nos sabemos de memoria el Salmo 22: “el Señor es mi pastor”. Cuando lo meditamos, se llena de esperanza y consuelo nuestro corazón. En el Evangelio, Jesús se presenta a sí mismo como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, que somos cada uno de nosotros. Esto nos hace especiales: somos importantes para Dios, pues Él nos presta toda su atención. Conoce a cada una de las ovejas y las llama por su nombre. No somos números, sino personas amadas.

Esta atención predilecta del Pastor se interpretó en Israel como exclusiva para el pueblo de la Alianza, sellada con la Ley de Moisés. Dicha ley, o para ser más precisos, su acogida y cumplimiento por parte de los israelitas fieles, son la respuesta agradecida a los cuidados divinos. La amistad con Dios está sujeta al cumplimiento de su voluntad, expresada en leyes morales, que guían las acciones e iluminan el bien y el mal. Pero no se obedecen leyes, sino se obedece el amor de Dios que se manifiesta en ellas. Quien vive de la fe no obedece leyes: obedece al Legislador, que es Amor.

No obstante, nuestra propia debilidad nos hace sucumbir y experimentamos la desobediencia como un pecado no contra una ley, sino contra un amor de quien desea para nosotros el sumo bien. La historia de la humanidad conoce la enemistad con Dios. Cada uno de nosotros tiene que gestionar cada día la presencia del pecado en la propia existencia. Y por eso, la súplica con que termina la antífona nos habla de un “rescate”. El concepto se usa en casos de necesidad extrema, cuando alguien o algo no puede salir por sí mismo de una situación determinada: un secuestro, una caída en la montaña, un banco quebrado, un país en bancarrota… El rescate exige un pago “en especie” (en bienes materiales habitualmente).

El rescate que realiza el Mesías se refiere al peor de los males que hay en este mundo: el pecado. Afecta a todos los hombres, y tratándose del Mesías prometido, el rescate no puede ser pasajero o perentorio, sino definitivo y universal. De ahí que se aluda al poder de Dios: “el poder de tu brazo”. Sólo una fuerza mayor que el pecado es capaz de vencer el pecado y pagar el precio del rescate. Jesús es el definitivo Rescatador, que viene a salvarnos. Él paga en especie: se ofrece a sí mismo en la Cruz. El brazo poderoso de Dios es un brazo atravesado por los clavos de la pasión. Pero no se ha roto, sino que hace realidad el poder más grande: el perdón de los pecados.

Señor, haznos experimentar el cálido afecto de tus cuidados de Buen Pastor para que no permitamos que el pecado nos aleje más de ti. Si te ofendemos, que acudamos humildemente al abrazo de la confesión, donde tú sigues pagando nuestro rescate del pecado con tus brazos crucificados. Así, experimentando tus cuidados de Buen Pastor y tu poder redentor y misericordioso, lucharemos cada día por unirnos más a ti.

 

 

Versículos del Aleluya (Leccionario).

(dom) 17 de dic.: Oh, Sabiduría del Altísimo, que lo dispones todo con firmeza y suavidad, ven para mostrarnos el camino de la prudencia.

(lun) 18 de dic.: Oh, Pastor de la casa de Israel, que en el Sinaí diste a Moisés tu ley, ven a rescatarnos con el poder de tu brazo.

(mar) 19 de dic.: Oh, Raíz de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ven a librarnos, no tardes más.

(mié) 20 de dic.: Oh, Llave de David, que abres las puertas del Reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas.

(jue) 21 de dic.: Oh, Enmanuel, rey y legislador nuestro, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro.

(vie) 22 de dic.: Oh, Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

(sab) 23 de dic.: Oh, Rey de las naciones y Piedra angular de la Iglesia , esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

 

(dom) 24 de dic.: Oh, Sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna, sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Estad alegres en el Señor

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” rezamos en este tercer domingo de Adviento, domingo “gaudete”, marcado por la alegría ante la inminente venida del salvador, quien nos “pone un traje de salvación y nos ha envuelto en un manto de justicia. El mundo necesita el anuncio de la verdadera alegría, porque, como nos recordaba el Cardenal Joseph Ratzinger, “la pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…. todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona” (“La nueva evangelización”, Conferencia durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión, el 10 de diciembre de 2000 en Roma).

Ciertamente hay muchos miles de personas que viven en situaciones humanamente muy difíciles y, con palabras de Papa Francisco: “comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” (Encíclica Evangelii gaudium 6) Es preciso dejarse conmover por el anuncio de la cercanía de Dios y llenarse de esperanza. Cada uno podemos decir con el profeta Isaías “el Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí”, viene a “curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad”.

San Pablo nos invita a “estar siempre alegres”. Y lo hace un hombre que no tuvo una vida fácil, sus cartas nos ha dejado todo un elenco de dificultades: “atribulados en todo: por fuera luchas, por dentro temores, pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló” (2 Cor 7,6). Esta es la clave: el consuelo de Dios, de su cercanía. “Es la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo – escondida pero bastante real – en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme. Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos realmente dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o quizás nuestro corazón está lleno de tantas otras cosas que no hay espacio para el Señor y por el momento no tenemos tiempo para el Señor. Y así, insensibles, sordos a su presencia, llenos de otras cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida. Oremos entonces en el contexto de este primer imperativo: Señor haznos sensibles a Tu presencia, ayúdanos a escuchar, a no cerrar nuestros oídos a Ti, ayúdanos a tener un corazón libre y abierto a Ti” (4 octubre 2005 Meditación improvisada de Benedicto XVI después del rezo de la Hora Tercia).

María, causa de nuestra alegría nos conceda vivir esa esperanza alegre ante la inminente llegada de su Hijo.

 

Dejar a Cristo que nos reconciliemos unos con otros

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El libro del Eclesiástico preveía la vuelta de Elías al final de los tiempos, volviendo otra vez a un tema del que ya había escrito antes. A Elías se le reserva para “reconciliar a padres con hijos y restablecer las tribus de Israel”. Un papel de reunificador. “Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron”. Jesús asume la misión de Elías de renovar todo, de “reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob”. Sin embargo sus contemporáneos no le reconocieron. El Señor viene a restablecer las relaciones, a veces rotas o deterioradas, por nuestra impaciencia, por la soberbia, en definitiva por nuestro pecado. La gracia de Cristo nos capacitará para recorrer el camino de la reconciliación y del perdón mutuo, siguiendo la exhortación de San Pablo: “sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, (…). Antes al contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” – Rm 12, 17-21 –

No ser ingenuos, porque el enemigo pondrá sus mejores armas para ir minando la relación con las personas que tenemos más cerca y sin apenas darnos cuenta permitimos que se vaya levantando un muro. C. S. Lewis describe esta labor del enemigo con gran agudeza: “en la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que sobre el papel, parecen totalmente inofensivas, pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Globuloso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él, De este modo, ambos pueden estar convencidos, o casi, después de cada discusión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes cómo son estas cosas: ‘lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera.’ Una vez que éste hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa sensación de un ser humano que dice cosas con el expreso propósito de ofender, y, sin embargo, se queja de que se ofendan” (C.S. Lewis, “Cartas de un diablo a su sobrino”, carta III)

El Señor viene en la gracia un año más, en este Adviento, para renovar todo, empezando por cada uno de nosotros, por renovar nuestra vida y reconciliarnos a unos con otros. Para renovar la esperanza en el poder de Dios. Y nos puede pasar que tampoco le reconozcamos porque estamos pendientes de otras muchas cosas y éstas no nos traen la paz ni nos reconcilian. En estos días corremos el riesgo de reconocer su venida, en gran medida por la influencia de los grandes comercios, o de unos adornos en la ciudad que nada tienen que ver con la Navidad. Hemos de hacer el esfuerzo por no dejarnos arrastrar por la “navidad comercial” ¡El centro de la Navidad nosotros los regalos, las reuniones familiares con grandes banquetes! El centro de la Navidad es el nacimiento de Jesús, del Niño Dios. Es el quien nos trae la paz y nos reconcilia. No es fruto del voluntarismo. Por ello no le reconoceremos si en estos días no volvemos hacia él la mirada y el corazón, si no podemos sacar un tiempo para “saborear” la Palabra de Dios y los textos de la Liturgia de estos días, que nos ayudan a no dejarnos desorientar por tantos mensajes contradictorios con la gran noticia: el Señor viene y “lo renovará todo”.

María, Madre nuestra, que seamos instrumentos de paz entre los hombres, empezando por nuestras propias familias.

 

Sembrar paz frente al juicio crítico

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“¿A quién compararé esta generación? Se parece a niños sentados en las plazas que, gritando a sus compañeros, dicen: Os hemos cantado al son de la flauta y no habéis bailado; os hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado. Porque ha venido Juan que no come ni bebe y dicen: Tiene demonio. Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe y dicen: Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”. Este reproche de Cristo, que recoge el Evangelio de hoy, va dirigido a unos hombres que nunca están conformes. Hagas lo que hagas, todo les parece mal. Es la crítica permanente, no se conforman con nada. Además están siempre en la cultura de la queja, del reproche, del juicio negativo. Y algo de este espíritu tenemos nosotros, aunque sea en grados diversos. También nosotros relatamos, nos quejamos, somos negativos en nuestros comentarios, sembrando discordia en vez de sembrar paz y alegría, a todo le encontramos fallas menos a nuestro criterio.

En otras ocasiones son nuestros juicios tajantes. “Ha venido Juan que no come ni bebe y dicen…” “Ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe y dicen…” Decir es muy fácil. Criticar lo sabe hacer cualquiera. Pero “la sabiduría se acredita por sus propias obras”. Son las obras lo que cuenta. En vez de criticar tantas cosas que me parece que se hacen mal, yo ¿qué hago?

Aprovechemos este tiempo de especial gracia del cielo para afinar en nuestra lucha por no ser tan críticos, por ser sembradores de paz y de alegría, reconozcamos a Jesús: en mi vida diaria tengo miles de ocasiones para mejorar mi actitud de crítica negativa. Desde un plato que se ha quemado un poco, o un recado que alguien entendió mal, hasta un jefe o un profesor que se ha equivocado, o un conocido que da mal ejemplo. ¿Cómo lo habría hecho yo en esas circunstancias? ¿No podría haber hecho algo para mejorar aquella situación? Es más fácil decir que hacer. ¿Hemos probado alguna vez, por casualidad siquiera, a hacer «bien» lo que, según nuestra “autorizada” opinión, hacen los otros menos bien?

En este tiempo de Adviento nos vendrá muy bien ponernos delante de Jesús y pedirle: Señor, que no permita ninguna crítica que no sea constructiva, que me pregunte antes si yo lo hubiera hecho mejor. Que no caiga yo en el vicio de la crítica negativa, de la murmuración, del descrédito. Que busque siempre el lado positivo, el esfuerzo realizado, la buena intención. Que intente comprender, perdonar, enseñar con paciencia, aguantar los defectos de los demás que no sean ofensa de Dios como ellos también soportan los míos, alabar o callarme antes de criticar. En este sentido recuerdo un consejo recibido hace muchos años que aún me sigue siendo de gran ayuda: pensar que los defectos o las cosas de los demás que no me agradan son parte de la Providencia ordinaria de Dios para mi santificación. Y viceversa, mis defectos y las cosas mías que desagradan a los demás son Providencia ordinaria para su santificación. Mirar así las cosas me ayudará, como exhorta S. Pablo a llevar los unos las cargas de los otros (Ga 6, 2) y hacerlo con alegría.

Miremos a María y aprendamos a mirar con sus ojos a nuestros hermanos, a juzgar con su cariño y comprensión.

Pedir la gracia de luchar para “arrebatar” el Reino

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan”. Estas palabra de Cristo en el evangelio contrastan fuertemente con las de la primera lectura: “Yo el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo: ‘no temas yo mismo te auxilio, tu libertador es el Santo de Israel”. Parece que Dios por el profeta Isaías nos dice una cosa y por Jesús otra. Al final el dilema parece ser el siguiente: ¿tengo que esforzarme por alcanzar, “arrebatar” el reino de Dios, o simplemente he de esperar a que Dios lo haga todo? San Agustín nos da una clave para comprender la aparente oposición, porque ambas afirmaciones son palabra de Dios y, por tanto, verdaderas. La respuesta es esta: “quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti. Por lo tanto, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, él es quien justifica” (Sermón 169,13)

Por lo tanto, el Reino es ciertamente un regalo de Dios absolutamente gratuito e inmerecido, pero debe ser aceptado. Es un don hecho a un ser libre y debe, por tanto, ser acogido. Y, precisamente, acoger ese don implica, dejarse mover por el Espíritu Santo, implica el empeño en “vivir como conviene a los santos” (Ef 5,3). Hay que luchar para corresponder a la acción de la gracia. El Espíritu Santo es un Maestro, da lecciones que son de practicar. Mientras no se haya practicado la lección, no pasa a la siguiente.

En una ocasión le preguntaron a Jesús: “Señor, ¿son pocos los que se salvan? El Les contestó: esforzaos en entrar por la puerta angosta” (Lc 13,23-24). Jesús no da una respuesta directa, pero deja bien claro que no hay santidad sin lucha y sin heroísmo. Sabemos que las faltas y pecados veniales nos van a acompañar a lo largo de la vida. Sin una gracia especial como la recibida por la Virgen no nos sería posible mantenernos en un estado habitual de perfecto amor de Dios (Concilio de Trento, ses.VI, c.23). Pero hemos de procurar luchar siempre. Es la aceptación de nuestros pecados, la falta de lucha, lo que produce ese estado de desamor que es la tibieza. En este tiempo de gracia, hagamos un examen de conciencia que nos permita reconocer dónde hemos de luchar, de “allanar los caminos” al Señor. “Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y tú no te examinas. Los colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás” (San Agustín, “Sermón” 17.13).

Son muchas las omisiones y ofensas a Dios a las que no damos importancia: faltas de rectitud de intención, de caridad, de pereza, impaciencias, juicios negativos sobre los demás, indiferencia ante el dolor ajeno, envidias, rencor, apegamiento no recto a cosas o personas, caprichos, cambios extemporáneos de humor, falta de cordialidad y de alegría en el trabajo o en la familia, vanidad en todas sus formas, falta de visión sobrenatural al enjuiciar las cosas y los acontecimientos… Lucha, pero no lo hagas solo. No podrás y abandonarás pronto, porque nuestras fuerzas son pocas. Lucha, pero abandonado en las fuerzas del Señor, apoyándote en El, fiado en El. “Fiado en ti, me meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla” (Sal 170, 30), la muralla de mi pequeñez, la muralla de mis defectos,…

Que nuestra Madre del Cielo nos lleve por caminos de lucha alegre y decidida por amor a Dios nuestro Padre.

Confianza en el Señor que llega

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En su destierro el pueblo de Israel no deja de quejarse porque le parece que Yahvé se ha olvidado de su pueblo, que no hay futuro ni salvación posible para ellos. Dios por medio del profeta Isaías le reprocha a su pueblo: “¿Por qué andas diciendo, Jacob, y porque murmuras, Israel: al Señor no le importa mi destino mi Dios pasa por alto mis derechos?” y le da una respuesta, que en el fondo, es una invitación a “alzar los ojos a lo alto y mirar: ¿quien creó todo esto? Es él, que despliega su ejército al completo y a cada uno convoca por su nombre. Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza, ninguno falta a su llamada”. Una invitación, en el fondo, al volver nuestra mirada al Cielo, de donde Dios nos enviará al Salvador. No sólo intervendrá en la historia de su pueblo, hará mucho más, pues nos envía a su propio Hijo. Éste es la garantía del compromiso de Dios con los hombres, con cada uno. Como rezamos en el Prefacio VII de los domingos del Tiempo Ordinario, “porque tu amor al mundo fue tan misericordioso que no sólo nos enviaste como redentor a tu propio Hijo, sino que en todo lo quisiste semejante al hombre, menos en el pecado, para así amar en nosotros lo que amabas en El”. Así Dios se ha comprometido de manera irrevocable con todo hombre, con cada hombre, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes 22).

Esta es también la historia de cada uno de nosotros. Ante las dificultades de la vida, los sufrimientos, los fracasos repetidos en la lucha personal, podemos dejarnos ganar por un cierto desánimo y llevarnos a pensar que Dios se olvidado de nosotros, que está allí en lo alto en el cielo, pero no está pendiente de cada uno de nosotros. No pocas veces nos gana la fe de los racionalistas: Dios existe, ha creado el mundo con sus leyes propias y, después, se ha desentendido de los hombres. Por medio de la Iglesia, Dios nos invita de nuevo a mirar al poder “que viene de lo alto” (Jn 3, 31) y a recuperar la confianza en el poder de Dios y “descargar en él vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7). La prueba de su amor, nos la da San Pablo: “el que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con El?” (Rm 8,32).

Contaba un filósofo converso del budismo: si un hombre cae en un hoyo del que no puede salir y se lo encontrara Confucio se limitaría a decirle que asumiera la consecuencia de sus actos, que fue un torpe; si fuera Buda le daría muchos consejos para que aprenda a vivir con su desgracia y a tener paciencia. Si Cristo se lo encontrara no le diría nada ¡se metería en hoyo con él y le sacaría! Esta es la esperanza a la que nos llama este tiempo de gracia, de preparación para conmemorar un año más el misterio de la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. La clave para recorrer este camino de esperanza nos la da el Señor en el Evangelio de hoy: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. El secreto está en ir a Cristo, tomar su yugo y ser humildes de corazón. Todo un programa para este Adviento.

Que María, Madre de la Esperanza, nos acompañe en este camino de regreso a su Hijo, de confiado abandono en el amor de Dios que se nos manifestado en su Hijo.

El que viene nos trae el consuelo de Dios

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén”. Dios quiere transmitir a su pueblo probado durante decenios en la deportación a Babilonia, el consuelo: pronto serán liberados y volverán a su país. El anuncio más consolador es que Dios llega, que llega con poder, que perdona a su pueblo sus pecados anteriores, que quiere reunir a todos los dispersos, como el pastor a sus ovejas. En este tiempo de Adviento también nos quiere llenar del consuelo de la esperanza a cada uno de nosotros. Dios es rico en misericordia, por el gran amor con nos ama (cf. Ef 2, 4), sale a nuestro encuentro, sale a buscarnos como a la oveja perdida. “No es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños”. El Dios que nos revela Jesucristo no queda indiferente ante el destino de los hombres. Es él quien está empeñado en llevarnos al cielo. Es Cristo quien nos trae el consuelo.

En el centro de esta parábola está la alegría de Dios. Su alegría es encontrar de nuevo, es perdonar, es salvar, es devolver la felicidad. Su alegría es encontrarnos y llevarnos con él. Quiere a todas las otras ovejas; pero la perdida le ha dado una particular alegría y desde ahora se sentirá más vinculado a ella: porque le ha salvado la vida. Habría muerto desgraciada, lejos del rebaño. La consideración de esta verdad llenará nuestro corazón de esperanza y agradecimiento, de la alegría ante la cercanía de la venida del Señor a la vida de cada uno. A los primeros a quien Cristo Jesús quiere salvar en este Adviento es a nosotros mismos. Tal vez no seremos ovejas muy descarriadas, pero puede ser que tampoco estemos en un momento demasiado fervoroso en nuestro seguimiento del Pastor. Todos somos débiles y a veces nos distraemos del camino recto.

Cristo Jesús nos busca y nos espera. No sólo a los grandes pecadores y a los alejados, sino a nosotros, los cristianos que le seguimos con un ritmo más intenso, pero que también necesitamos el estímulo de estas llamadas y de la gracia de su amor. Somos nosotros mismos los invitados a confiar en Dios, a celebrar su perdón, a aprovechar la gracia de la Navidad. El que está en actitud de Adviento es él. Y esto también nos compromete a hacer nosotros lo mismo con los demás y ser también quienes llevan consuelo a su pueblo, particularmente a los más pequeños, quienes salen al encuentro de la oveja perdida.

En este tiempo hemos de acudir especialmente a nuestra Madre, modelo de esperanza, de apertura a las necesidades de los demás y preparar un corazón bien dispuesto al Señor. A ella nos encomendamos.

 

Abrimos al perdón de Dios nos renueva

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“¿Qué es más fácil: decir tus pecados quedan perdonados, o decir levántate y anda”. El señor quiere hacerles ver que hay más poder en el perdón que trae él, que hacer que un paralítico vuelva andar. También a nosotros nos puede pasar como esos hombres, podemos estar acostumbrados al perdón de Dios y ya no nos asombra un Dios que perdona, cuando es mucho más asombroso el perdón de los pecados que la curación inmediata de un paralítico. Debemos volver nuestra mirada sobre lo que acontece en el sacramento de la reconciliación y recuperar el asombro por el milagro que Dios obra en nosotros al recibir este sacramento, Porque hemos perdido de vista que se trata de un encuentro real con Cristo. El cardenal Mauro Piacenza, les decía a los penitenciarios de las Basílicas Papales de Roma: “la confesión no hace ruido pero sí milagros” (Carta a los penitenciarios de las basílicas papales, 3 de diciembre de 2017). En este tiempo de preparación para la Navidad hemos de volver con renovada confianza en la gracia, al “trono de la gracia para que alcancemos misericordia” (Hb 5,16) y revivir con esperanza el perdón de Dios y la renovación que supone.

Es importante que en este tiempo de Adviento repasemos los actos del penitente. Nos será de gran ayuda releer y meditar los números del Catecismo de la Iglesia Católica del 1450 al 1460 para mejorar en lo que hemos de poner de nuestra parte. Sin embargo, no debemos perder de vista que lo determinante en la confesión no es tanto lo que nosotros hacemos, cuanto lo que hace Dios en el sacramento. No es que Dios “cierre los ojos”, se haga el “despistado”, o cubra con un manto nuestros pecados para no verlos – eso lo decía Lutero, que desconoce el poder de la gracia de Dios -. El perdón de Dios es como un acto creador, pero al revés: es hacer que donde ya hay algo, un mal, deje de existir, de tal forma que el pecado perdonado sólo existe en nuestra memoria o en los hábitos que haya dejado en nosotros, pero no tiene una existencia real. Esto sólo puede hacerlo Dios. Una madre no se conforma con no ver los defectos de su hijo, querría – y lo haría si pudiera – transformarle, sanarle. Si fuera un drogadicto, no se conformaría con cerrar los ojos ante la “enfermedad” de su hijo. La misericordia y el poder de Dios sí pueden curar. En la confesión, no se limita a cerrar los ojos, su gracia nos cura. La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte – de pecador y rebelde – en siervo bueno y fiel (cf. Mt 25, 21)

Dejemos que el Señor nos perdone nuestros pecados. No es algo tan sencillo inicialmente porque nuestra autosuficiencia, nuestra soberbia nos impiden dejar, sencillamente, en sus manos nuestro pecado para que El lo destruya. “Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, ¿qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿Qué te entregaré entonces? ¿mi vida de mortificación y de penitencia? La respuesta fue: tampoco me basta. ¿Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo” (Cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16).

Que nuestra Madre, auxilio de los cristianos nos alcance la gracia de no estorbar la acción del Espíritu Santo en nuestras almas y nos dejemos sanar y perdonar siempre.

 

Vocación de teloneros de Dios

Escrito por Comentarista 4 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Hoy es el día del santo que se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, pero no te equivoques, no era un excéntrico. Juan Bautista, el primo del Señor, vino de telonero del Hijo de Dios y lo hizo bien, con esa palabra que perfila espléndidamente a los amigos de Dios: con santidad. No creas que es poco lo que podemos aprender de él, aunque su imagen nos recuerde más a los primeros eremitas del desierto que a los amigos de Dios que viven en el corazón de una ciudad poblada de rascacielos.

Desde luego su vida era una vida en Dios, y esto nos tiene que dar un aldabonazo en el pericardio a los que andamos “divertidos en varios cuidados y pensamientos, lejos de amar con verdad”, los que vivimos“despiertos al desasosiego de esta vida” (Fray Luis de León) . El ser humano intuye que vino a este mundo con una enciomienda, una encomienda vocacional, algo redondo para alcanzar una realización personal. No parece que hayamos venido al mundo para ejercer la glotonería, me refiero a glotonería en sentido amplio, a quedarnos satisfechos con saturar los propios sentidos, a llenarnos la barriga, a buscar la tibieza, a tirar para lo propio en todas las elecciones. Ni siquiera tener salud nos vale, porque cuando uno goza de buena salud se queda a medias, “¿y ahora qué hago con la salud?, ¿hacia dónde tiro?”.

Todos llevamos impresa una vocación de más allá, de entrega, de ponernos a disposición de los demás. Somos un poco como Juan Bautista, que allanaba el terreno a sus seguidores para facilitarles el acceso al Mesías. Eso hace justamente la madre de familia, regala a su hijo el equipamiento afectivo necesario para afrontar su futuro emocional. Toda madre es una “facilitadora” de elecciones futuras. También los voluntarios que se acercan a ver al enfermo que se duele en su cama de hospital, alivian su mal trago, dejándole conversaciones y distracción. Todos deberíamos visibilizar nuestra vocación de teloneros de nuestro Señor. Somos los que ponemos fácil el acceso del otro al corazón del Maestro, para que cuando se queden solos piensen, ¿de dónde les viene a Jaime, a Teresa, a Alfredo esa serenidad, esa especie de tiempo detenido que son capaces de dilapidar sin prisas? Juan Bautista no tenía más prisa que la del enamorado de las almas humanas que se pierden el amor más grande.

Piensa por un momento cuantas veces pretendes suplantar al Maestro cuando sólo eres su telonero. Alivia al que te pide ayuda, ponle cerca del sagrario, déjale enamorado de la eucaristía, y el Señor te recompensará con recompensa divina.

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