Encomienda

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará; estamos viendo estos días como tenemos que convertirnos constantemente y dar testimonio de vida. La fe nos lleva a la confianza en el Señor y confiar nos ayuda a fortalecer nuestra fe. El salmo de hoy nos invita a tener paciencia y descubrir que el tiempo puede estar a nuestro favor, cuando se le deja actuar a Dios.

La paciencia no es solo un don del Espíritu, sino una virtud que adquirimos por ejercerla de forma asidua en los avatares de nuestra vida cotidiana. Hay que tener voluntad de ser pacientes y eso requiere reflexionar sobre nuestra fe y vivirla con entera confianza y abandono convencido en las manos del Señor.

¿Cómo? Como nos lo enseña la parábola que cuenta el Maestro de Vida, Jesús, en el evangelio de hoy. Las parábolas del reino son también una auténtica escuela de sabiduría para la vida. El sembrador no sabe cómo pero pasa el tiempo y haciendo la voluntad de Dios la semilla va creciendo, germinando y da fruto. Lo mismo sucede en nuestra vida, en nuestro proceso de conversión personal. Tenemos que darnos tiempo y unas veces dejar reposar las cosas y otras afrontarlas sin tardar. Lo que determinará este actuar será nuestro discernimiento de las mismas, preguntarle al Señor como lo ve, que piensa de ello, orarlo y dejarnos aconsejar por Él. Es todo un arte que se aprende con la práctica y la voluntad de querer hacerlo.

Es muy importante ser conscientes y aceptar que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y la humildad ante ello y nuestra paciencia serán nuestras poderosas aliadas. Por ello, encomiéndate siempre al Señor y vivir conforme a esta encomienda, El siempre actúa tarde o temprano, en el momento adecuado. Leamos el salmo 36 una y otra vez, nos ayudará.

Testimonio

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Estamos viviendo en una sociedad que cada día vive más al margen de la existencia de Jesucristo. Cada vez más el ambiente general es más indiferente a la fe cristiana.  Todos lo estamos viviendo y experimentamos lo difícil que es ser natural en medio de este ambiente, hablar de nuestra fe y vivir conforme a lo que nos enseña. Uno de los peligros que corremos es camuflarnos en la masa e intentar pasar desapercibidos, llegando a renunciar incluso a nuestros principios cristianos y convertir nuestra fe en un conjunto de ideas vacías y buenos propósitos.

Cuando hablamos de ello en la parroquia, frecuentemente me comentan que al final es como si vivieras una doble vida o múltiples vidas, según con las personas que estés: en el trabajo, en el colegio, con los vecinos, con amigos, en la familia, en la parroquia en casa, etc.

Hoy más que nunca hay que crecer y madurar en la fe hasta niveles que otros puedan decir de nosotros lo que Pablo escribe a Timoteo del testimonio de su fe y de la de su abuela y su madre. No nos damos cuenta a veces, pero Timoteo ha crecido y se ha convertido de esta manera a Cristo,  gracias a la ayuda del testimonio de su familia, de su abuela y su madre. El testimonio de nuestra fe no solo nos beneficia a nosotros, sino también, a los que comparten nuestra vida. Si dejamos de vivir la fe y de hacerlo con coherencia y naturalidad en todos los ámbitos de nuestra vida, pronto no habra ni abuela, ni madre, ni padre…, que de un testimonio que ayude a tantos que no conocen al Señor o que se tienen que iniciar cristianamente.

Jesús hoy nos enseña cual es la actitud con la que tenemos que vivir. Tenemos que ser tierra buena. En esta parábola nos ayuda a comprender la importancia de la Palabra de Dios y cómo nos tenemos que situar ante ella: escuchar, aceptar y dar fruto. El resultado de esta actitud ante su Palabra es una vida de conversión que es testimonio para los demás. Párate hoy a reflexionar sobre ello. Nos estamos jugando mucho  y nuestra persona puede estar en la actitud de “otros terrenos” y la Palabra de Dios no puede arraigar en nosotros, no avanzamos. Incluso, nos podemos estar enfriando y alejando, luchando inútilmente y viviendo una vida esquizofrénica. Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, todo lo contrario, nos ha dado un espíritu de energía, amor y buen juicioNo te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.

Conversión

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El comienzo de un nuevo año es un momento en el que generalmente todos tenemos nuevos propósitos con los cuales queremos mejorar nuestras vidas. Después de la intensa y entrañable celebración de la Navidad, parece que el cambio de año nos trae nuevas energías y una oportunidad de mejorar como personas o cambiar algo que no nos gusta. Los gimnasios se llenan, las matriculaciones en cursos de formación se multiplican, muchos se ponen a dieta, otros hacen planes para ponerse manos a la obra en algún proyecto que llevan mucho tiempo queriendo empezar.

Todos queremos cambiar algo de nuestra persona o vida para mejorar. Somos seres en cambio constante, a medida que el tiempo pasa. La Palabra de Dios nos habla hoy de cambio. San Pablo nos comparte en la primera lectura su experiencia de fe que cambió radicalmente su vida. El evangelio nos habla de conversión, un cambio o un conjunto de cambios que salvan la vida de una persona.

El camino de la vida de fe es un camino de conversión, un proceso constante de cambio que transforma nuestra vida; algo necesario para todo aquel que quiera realmente seguir a Cristo, ser discípulo suyo. Jesús envía a los apóstoles con este mandato: ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. Les envía a provocar y proponer esta conversión a todos sin escepción. Esta es la voluntad de Dios que busca la participación de nuestra voluntad para acoger la llamada y responder libremente a ella, algo que tiene consecuencias: El que crea y se bautice se salvará.

Así se siente Pablo y lo experimenta a lo largo de su vida de fe, acogiendo la voluntad de Dios y llevando adelante su misión como testigo ante todos los hombres, de lo que ha visto y oído. Hoy nos podemos preguntar cuál ha sido nuestra experiencia de fe y cual es nuestra experiencia de conversión. Si acogemos con libertad y apertura de corazón este proceso de cambio continuo o nos cerramos en nosotros mismos y en lo que no nos terminamos de decidir para cambiar.

En este primer mes del año, aprovechamos para dar un impulso a nuestra propia conversión a Cristo. Hay que seguir madurando en la fe dando pasos para que cada día lo vivamos más cristianamente, más según Su voluntad. No dejes de convertirte, de dejar que Él te transforme dentro y fuera. Pero, no podemos olvidarnos que caminamos al lado de otros que también quieren cambiar o están cambiando y quizás quieren convertirse. Comparte este camino, ayudémonos los unos a los otros.

Lo importante

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Que es lo más importante para vivir cristianamente? Esta es la pregunta que me hicieron una vez en la reunión de una comunidad de adultos de mi parroquia. La respuesta la puse en manos del grupo y, en un dialogo participativo, unos dijeron que cumplir los mandamientos, otros que celebrar los sacramentos, otros que ir a Misa, etc. La respuesta la da el mismo Jesús hoy en el evangelio: El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. Esto es lo más importante para un cristiano, es lo propio de los hijos de Dios. Todo lo demás nos ayuda a conocer esta voluntad y a vivirla en nuestra vida.

La verdad es que hay cristianos que se empeñan en hacer cosas muy raras o lo más complicado del mundo para vivir la fe. Otros se enredan en sacrificios físicos tabulados para realizar supuestas fórmulas. Otros lo interpretan de un modo reduccionista, viviéndolo solo desde la moral, o desde la piedad, o desde lo social-caritativo, o desde lo sacramentalista, etc. Pero, no es así.

«He aquí que vengo para hacer tu voluntad», así lo aprendieron los apóstoles y lo enseña San Pablo en su carta a los hebreos. Es la tarea fundamental de todo discípulo de Cristo y para ello Dios nos ha dado a través de su Iglesia todos los medios necesarios para poder hacerla. Nos ayuda a conocer su voluntad: escuchar, leer, meditar, interiorizar… la Palabra de Dios, hacer oración, acudir a los sacramentos, participar de la vida parroquial (compartir la fe en comunidad, formarnos en la fe, hacer revisión de vida en nuestro grupo cristiano de referencia, ayudar como agente de pastoral, etc).

Todos estamos llamados a la santidad porque es la meta de todo el que quiere seguir a Jesucristo, la forma más plena de vivir la vida cristiana; es nuestra vocación universal: Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación de cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre ¿Por qué nos perdemos por las ramas o nos empeñamos en complicarnos la vida? ¿Por qué nos cuesta tanto buscar la voluntad de Dios y cumplirla? Quizás porque es más fácil o menos comprometido cumplir ritos o normas a nuestra manera. Quizás porque queremos hacer nuestra voluntad y nos cuesta renunciar a ella. Hay que salir de nosotros mismos y encontrarnos con Él, buscarle, conocerle. Tenemos que repetirnos mucho más y poner voluntad en ello: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Dejar

Escrito por Comentarista 3 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Normalmente las personas tenemos buenas intenciones y queremos hacer cosas para bien de los demás y del propio. Es algo que nos satisface y nos hace sentirnos bien en nuestro interior. Es verdad que hay algunas personas que no lo viven así, o sienten lo contrario: cuando realizan acciones que están mal. Pero, en mi experiencia estas personas son raras y suelen sufrir trastornos ocasionados por diversas causas derivadas de sus acciones anteriores o de las de otros que les han perjudicado. Pero sabemos que no solo basta con tener buenas intenciones para hacer buenas obras o el bien. Hay que tener voluntad y hacerlo, sin dejar pasar la oportunidad.

El Espíritu Santo es necesario para tener la clarividencia y la fuerza para pasar de las buenas intenciones a los actos. Es el que está moviendo y guiando a Jesús, por eso hace maravillas (nos dice el salmo 97), hace milagros y sus palabras transforman los corazones. Es algo que no querían ver los escribas en el pasaje de hoy de Marcos y por ello calumnian a Jesus. Los vicios generados en ellos por no haber pasado en muchas circunstancias de las buenas intenciones a los actos, haber hecho lo contrario, o haber dejado de hacerlo, es lo que no les deja ver. El Señor desmonta su tesis con estas parábolas que aplican sentido común a lo que El hace. El obedece perfectamente al Espíritu y su voluntad actúa sin demora conforme a la voluntad de Dios, por ello les hace caer en la cuenta de la gravedad de sus acusaciones.

Tan importante es saber reconocer la moción del Espíritu o movimiento en nuestro interior, en nuestra persona, como saberla reconocer en los demás. Porque no hacerlo es cerrarse a la acción divina, a su voluntad, y correr el peligro de rechazar al Señor o ignorarle.

Jesús actúa, vive, habla, siente, sacrifica, etc, y siempre desde el bien, con el bien y para el bien. La mayor prueba de la equivocación de sus detractores es su entrega hasta dar la vida por nosotros para salvarnos del pecado, de lo que nos impide pasar de las buenas intenciones a las buenas acciones. En Él vemos lo que puede hacer el Espíritu Santo y aprendemos a hacerle caso, a como tiene que ser nuestra actitud con Él. ¿Dejas entrar al Espíritu Santo en tu vida, en tu ser? ¿Lo sientes, le escuchas en tu conciencia? ¿Te dejas ayudar por el Espíritu? ¿Experimentas su fuerza salvadora? ¿A qué esperas?

 

La fe de los silenciosos

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Cuántas veces hemos llevado a nuestra oración los pasajes evangélicos que narran las vocaciones de los apóstoles. El Evangelio de hoy nos cita a Simón, Andrés, Santiago y Juan, y destaca de ellos la prontitud en su respuesta: al momento dejaron sus redes y lo siguieron.

Pero hay en el Evangelio muchos otros personajes que pasan desapercibidos por su aparente insignificancia. Aquel desconocido muchacho, perdido entre la multitud, que llevaba en su zurrón cinco panes y dos peces, ese poco que el Señor necesitaba en ese momento para hacer el portentoso signo de la multiplicación de los panes. Aquel hombre cargado con su cántaro de agua, que los discípulos encontraron a la entrada de Jerusalén y que les llevó hasta el dueño del Cenáculo donde había de celebrarse la Última Cena. Los niños que, jugueteando con alboroto por allí cerca, fueron puestos como modelo y ejemplo ante la mirada atónita y sorprendida de sus discípulos. Los amigos del paralítico que, por conseguir su curación, fueron capaces de subirle al tejado, hacer un boquete y descolgarlo con esfuerzo, ante la espectacular sorpresa de tantos fariseos y maestros de la Ley que escuchaban al Señor. Los cambistas y vendedores de palomas que, como todos los días, intentaban hacer su pequeño negocio con el turismo religioso del Templo. Las mujeres que acompañaron con sus lágrimas y lamentos el camino de Jesús hacia el Calvario. El hortelano a quien María Magdalena echó la culpa de que se hubieran llevado del sepulcro al Señor. Las multitudes aún más anónimas que siguieron al Señor y de las que el Evangelio no ha recogido detalle alguno.

La Iglesia, como el Evangelio, se apoya en esas entregas ocultas y escondidas, incontables, que sólo la mirada del Padre conoce. No hace falta que estén en la lista de los grandes, ni en la de la Iglesia, ni en la del mundo. No hay vocaciones grandes y vocaciones pequeñas. Cuánta contemplación callada, cuanto escondimiento hay detrás de los milagros de Jesús, de sus predicaciones, de su pasión, de su Cruz. Cuánta fecundidad apostólica tiene esa fe silenciosa que acompaña al Señor en lo pequeño y ordinario del día a día y en ese sitio que pasa desapercibido a los ojos de todos. No pensemos que la llamada del Señor va acompañada de grandes espectáculos y pompas. Más bien todo lo contrario. Por eso, no podemos desaprovechar ninguno de todos esos momentos, ocasiones, personas, etc., que entretejen nuestra vida cotidiana. En esos detalles insignificantes y en la fe silenciosa del día a día nos espera Dios.

La persecución de los buenos

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

El cristianismo está lleno de bienintencionados. El primero ya lo fue Pedro que, con muy buena intención pero sin comprender los planes y la voluntad del Señor, quiso apartar a Cristo de su muerte en la Cruz. Y el Señor no se andó con contemplaciones ni paños calientes: ¡apártate de mí, Satanás!, le contestó. Y a día de hoy seguimos sin entender por qué el Señor, pudiendo hacer las cosas de otra manera, escogió la vía de la Cruz, la persecución, la incomprensión, etc. Desde criterios meramente mundanos, es comprensible y justificable la reacción de aquellos familiares de Jesús, que le tomaban por loco y hacían todo lo posible por recluirle en casa, para evitar el qué dirán, los cotilleos y murmuraciones que estaba levantando por toda la comarca. Eran bienintencionados, acoplados a los criterios mundanos de la época y a los clichés religiosos de su tiempo, que no podían entender las chaladuras del Maestro.

Piensa que cuanto más se parezca tu vida a la de Cristo más gustarás, como Él, la incomprensión y la maledicencia. La virtud siempre incomoda y, a veces, es mejor comprendida y recibida por aquellos que se dicen no creyentes que por aquellos que dicen ser de los tuyos. ¿Ha habido en la historia mayor injusticia que la que cometieron con Nuestro Señor en la Cruz los “buenos” de su época, aquellos fariseos venerados por todos como los maestros de la Ley, que fundaban en su propia virtud y en su vida ejemplar toda la seguridad espiritual de su salvación? Y, sin embargo, quizá sin que ellos fueran del todo conscientes, con la persecución de aquel Justo estaban dando cumplimiento a los misteriosos planes de Dios.

El silencio de Cristo en su pasión debe enseñarnos a callar y a amar, con el amor del silencio, a esos “enemigos” que nos persiguen con la palabra, con la murmuración, con la crítica, la maledicencia y hasta con las obras, y todo –dicen– en nombre de Dios, de la virtud, de la santidad, de la justicia con Dios, del bien espiritual de muchos o de la sana prudencia. No interpretes todo eso con los pobres criterios del mundo y de los hombres, con los que nunca podremos medir la acción misteriosa de Dios. Piensa que en esa persecución de los buenos, de los tuyos, Nuestro Señor vuelve a crucificarse, una y otra vez, para que puedas así completar en tu carne lo que falta a la pasión de Cristo. Quizá nos llamen de todo, pero más vale eso que vivir una fe anodina, insulsa, acomodada a la horma de lo políticamente correcto, y puede que quizá ya mortecina.

Estar con Él

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Solemos hablar de la vida pública del Señor fijándonos en sus numerosas predicaciones, milagros, curaciones, discusiones con los fariseos, caminatas y viajes de ciudad en ciudad, comidas y visitas en las casas. Pocas veces nos detenemos a contemplar que, para los apóstoles, la vida pública consistió, sobre todo, en estar con el Señor, convivir con el Maestro, hablar con Él en los ratos y lugares de intimidad, empaparse de sus gestos y miradas, y, sobre todo, contemplar su rostro. 

El evangelista Marcos, cuando resume la institución de los Doce, señala como prioridad de los apóstoles ese “estar con el Señor” por encima de todo lo demás: “Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”. Muy grande e inexplicable debía ser el atractivo que suscitaba en aquellos torpes y rudos apóstoles la compañía íntima con el Señor pues, sin entender tantas cosas del Maestro, a pesar de tantos reproches y correcciones como recibieron de él, a pesar de verse envueltos en críticas e incomprensiones de parte de los fariseos, a pesar de tantas renuncias y cansancios, allí permanecieron junto a Él. Aprendieron que, para predicar y poder expulsar demonios, primeramente había que estar con el Señor. Así como sea tu trato con el Señor, tu ‘estar con Él’, la vida de la gracia en tu alma, así será tu predicación y tu poder para expulsar demonios en tu propia vida y en la de otros. 

Pídeme tres deseos

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Muchos se desaniman del cristianismo cuando ven que Dios no cumple sus peticiones, o no hace los milagros que debería hacer. Como si Dios fuera la lámpara de Aladino: pídeme tres deseos, o la máquina de refrescos: metes la moneda y sale la lata. ¿No es bueno? ¿Por qué no me cura esta enfermedad, o no me soluciona tal problema, o no me consigue eso que necesito, o no convierte a esa persona? ¿No es Dios? ¿Entonces por qué permite el mal y la injusticia en el mundo? Así piensan muchos que, con poca idea del Evangelio, piensan que, ya que Dios se hizo hombre y vino a morar entre nosotros en este valle de lágrimas, bien podía haberse dedicado no a curar un enfermo sino a curar todas las enfermedades, no a perdonar a un pecador sino a barrer del planeta todo mal y toda injusticia. ¡Qué suerte tuvieron todos aquellos que se le acercaron y pudieron ser curados por Él! A todo aquel gentío que se le acercaba en busca de milagros, el Señor enseñaba pacientemente quién era Él y cuál era su misión.

Por contraste, también los demonios se le acercan a Jesús. Pero no para conseguir milagros. No los necesitan. El Evangelio afirma que los demonios sí que le conocían, sabían quién era. Y, sin embargo, el Señor les prohibía que lo dijesen, porque eran los milagros y no el mal los que tenían que dar testimonio de Dios. Pero, impresiona ver que los demonios sí que conocían a Jesús, mientras que muchos de aquellos hombres que se le acercaban a escucharle y tocarle, no llegaron a creer en Él, a pesar de que habían recibido alguna curación milagrosa.

Tocar a Dios. Ver sus milagros. Esa es la condición que tantas veces le ponemos para creer en Él. Y terminamos mercadeando con la fe, agarrándonos a las seguridades materiales, aunque sean religiosas, solo porque nos asusta fiarnos de un Dios al que no terminamos de conocer. También los fariseos tentaron al Señor en la Cruz con la misma sutileza: si eres Dios, baja ahora mismo de ahí. Y los mismísimos demonios lo intentaron también en los días del desierto: si eres Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan. No queramos nosotros cambiar el estilo de Dios. Si la fe nos sirve solo para que nos toque la lotería, para pretender que Dios nos resuelva nuestra agenda, nuestras quinielas, nuestros agobios y ambiciones, mal andamos. Lo cual no significa que no confiemos en la providencia divina, y que no debamos encomendarle a Dios todas nuestras preocupaciones y problemas. Ni Dios es un ente lejano, abstracto y gelatinoso, ni tampoco es un empleado que está detrás del mostrador de peticiones. El Señor vino a salvarnos del pecado, no a solucionarnos los problemas, aunque no terminemos de creernos que el principal problema que tenemos es precisamente ese: el pecado. Aprendamos del Evangelio ese estilo del Señor, que nos ayuda a poner la mirada y el corazón en lo profundo de las cosas, en lo que es verdadero y definitivo, en lo que permanece, es decir, en Él. Que el Señor sea nuestro verdadero deseo.

¿Miedo al compromiso?

Escrito por Comentarista 2 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Te mueves en ambientes en los que la responsabilidad y el compromiso no están de moda. Es frecuente que alguien te diga entusiasmado que puedes contar con él pero luego, a la mínima dificultad o pasado el fervorín del momento, te empieza a explicar los buenos y justos motivos por los que no puede ayudarte. Otros te dirán que, por miedo a equivocarse, no llegan a comprometerse con nada ni con nadie. O se comprometen, sí, pero sólo por un tiempo, por probar, por interés, por quedar bien, hasta que encuentran algo mejor o diferente. Y ahí los tienes dedicados a mariposear de acá para allá, siempre en busca de novedades, justificando con muy santas excusas su inconstancia, su comodidad y sus ganas de no complicarse la vida.

Asumir responsabilidades, en lo bueno y en lo malo, es síntoma de madurez humana y espiritual. Allí donde pongas el clavo, martillea y golpea sin cansarte hasta que puedas hacer de él un punto de apoyo sólido y firme. Es preferible decir no a tiempo a crear falsas expectativas en otros a los que, tarde o temprano, has de dejar colgados en el aire. Has de cuidar la coherencia de vida también en esos compromisos que has decidido asumir en tu estado matrimonial, en tu trabajo, en tu amistad, en tu grupo de apostolado, en tu parroquia, en tu sacerdocio o consagración, en tu relación con Dios.

Que tu sí sea, verdaderamente, un sí, con todas las consecuencias. Pero con esa constancia que no se cansa ante las dificultades y que está siempre dispuesta a mantener ese sí por encima de cansancios, desganas, apatías, comodidades, dificultades, críticas o persecuciones. Y te irás pareciendo en algo a ese Dios incondicional e inmutable en el amor, infatigable en su misericordia, irrevocablemente fiel en su entrega, al que has de irradiar y testimoniar también en la forma de asumir las responsabilidades concretas de tu vida.

Febrero 2017
L M X J V S D
« Ene    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728