Ser sal y luz

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Hoy celebramos la fiesta de San Isidoro de Sevilla. Un santo en una familia de santos. En la vida de la Iglesia y para la vida del mundo, los santos son “la sal de la tierra y la luz del mundo”.

Son la sal en un doble sentido: dan sabor y preservan de la corrupción. Los santo nos descubren la alegría de la vida cristiana, el sabor lleno de esperanza de los discípulos del Señor. Nosotros, en la medida en que nos ha sido dada, también debemos mostrar al mundo de la verdadera alegría. En este sentido, el Papa Benedicto XVI nos dejó una reflexión profunda y clara de la fuente de esta alegría a la que nos invita particularmente el Señor en este tiempo de Pascua. “En una vida tan atormentada como era la suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: «gaudete». (…) “Alegraos”, lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «gaudete, Dominus enim prope est». Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos. El apóstol puede decir «gaudete» porque el Señor está cerca a cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. (…) El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo – escondida pero bastante real – en cada uno de nosotros. (…) Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. (…) Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida. – 4 octubre 2005 Meditación improvisada de Benedicto XVI después del rezo de la Hora Tercia (Lunes III, T. O.).

Son también luz del mundo porque muestran el camino que conduce la verdadera felicidad a la vida eterna, que no es precisamente el camino del placer como nos quiere hacer creer el mundo. “Es una trágica mentira enseñar al hombre que la felicidad pueda o haya, incluso, de alcanzarse abandonándose a las inclinaciones del instinto, sin ninguna renuncia, puesto que es también un trágico error confundir la felicidad con el placer o con la utilidad. ¿No esta este trágico error en la base de tanta desesperación, de tanto cansancio de la vida como demasiado a menudo podemos constatar sobre todo en los espíritus juveniles?” (Juan Pablo II Roma, 16 – XI – 1987). Cuando no es la propuesta en el consumo, como recordaba el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Papa Francisco, Encíclica Evangelii gaudium 2).

Que nuestra Madre nos haga sal y luz para la vida del mundo.

Aprender a perdonar

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Celebramos hoy la fiesta del evangelista San Marcos. Primo de Bernabé. Discípulo de San Pedro de quien recogió su predicación en su Evangelio. También tuvo una especial relación con San Pablo de la que podemos aprender mucho.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se recoge una disputa entre San Pablo y San Marcos: “algunos días después dijo Pablo a Bernabé: Volvamos y visitemos a los hermanos en todas las ciudades donde hemos predicado la palabra del Señor, para ver cómo se encuentran. Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos. Pablo, en cambio, consideraba que no debía llevar consigo al que se había apartado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la tarea. Se produjo una discrepancia, de tal modo que se separaron uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó para Chipre, mientras que Pablo eligió a Silas y partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor” (Hch 15, 36-40). Todo el motivo del enfado y la negativa de San Pablo a que les acompañara San Marcos es la decisión de éste de no seguir viaje con San Pablo y regresarse a Jerusalén (cf. Hch 13,13). Sin embargo, son capaces de perdonar, de no guardar rencor. Por ello, San Pablo reclama la presencia de San Marcos en su estancia en Roma: “apresúrate a venir cuanto antes, pues Demas me abandonó por amor a la vida mundana y se marchó a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es útil para el ministerio (2 Tm 4, 9-11).

Cuánto nos enseñan San Pablo y San Marcos sobre el perdón. No se guardan ningún rencor ni aquel desencuentro engendró desconfianza ¡Qué distinto – a veces – a nuestras reacciones! No quedarnos en las ofensas es una labor decisiva, porque el rencor termina por envenenar nuestro corazón y hacer imposible la convivencia, porque no terminamos nunca de darle vueltas a los mismos hechos y con cada “vuelta” incluso los agrandamos y les damos más importancia de la que tienen. Los resentimientos terminan por imposibilitar la superación de los agravios, muchas veces aumentados por nuestro amor propio. Los recuerdos siempre estarán presentes y nos quedaremos anclados en el pasado sin dar la opción de que quine me ofendió pueda rectificar y cambiar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.” El perdón no es cuestión de sentimientos, sino una decisión de la voluntad de no tomar en consideración una y otra vez las afrentas recibidas, aunque nos duelan. Pero sólo así superaremos amarguras y recuperaremos la confianza en las personas, como hicieron San Pablo y San Marcos, renunciando a todo tipo de revanchas.

El camino del perdón está marcado por el amor al prójimo, por el conocimiento propio (yo no soy mejor, yo también, en algún momento, he hecho algo parecido) y, por tanto, por la humildad. La comprensión me ayudará a ponerme en el lugar del otro, no para decir que está bien lo que está mal, pero sí para ayudar a disculpar.

María no ha guardado rencor ni recelos hacia quienes somos causa de la Pasión de su Hijo, sino que aceptó el papel de ser nuestra Madre por encargo de su hijo. Que ella nos enseñe a perdonar de corazón.

Nacer de nuevo

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“Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reina de Dios”. Ante esta afirmación del Maestro, Nicodemo se queda desconcertado porque la interpreta literalmente: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre?” Evidentemente el Señor habla de un nuevo nacimiento en otro sentido. En primer lugar un nuevo nacimiento por la gracia del sacramento del bautismo: “te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de los Cielos”.

Se trata, por tanto de un sacramento necesario. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer “renacer del agua y del espíritu” a todos los que pueden ser bautizados (n 1257). Es verdad que Dios no se ha atado las manos para hacer legar su gracia sólo a los sacramentos, pero ellos son el camino ordinario querido por Dios. Por ello no podemos desentendernos de esta responsabilidad ni, tampoco, desesperar de nadie. “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo (Catecismo de la Iglesia Católica 1261).

Por el bautismo somos como recreados, hechos criaturas nuevas. Revestidos de Cristo, como dice San Pablo. Podemos vivir una vida nueva, porque hemos sido hechos hijos en el hijo. Vivir como hijos de Dios es ser dóciles a las insinuaciones y mociones del Espíritu Santo: “los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” – Rm 8,14 – La filiación divina es una verdadera transformación, no es una mera apariencia: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. (…). Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.” – 1 Jn 3,1-2 -. No es como una sortija de latón chapada en oro, es convertida en oro. Dios nos hace consortes de su naturaleza, para así hacernos hijos suyos verdaderamente. Por el bautismo somos introducidos en la familia de Dios (cf. Ef 2,19). Introducidos en Dios. Así como la creación es el “poner” Dios fuera de sí algo distinto de sí, la recreación (adopción, deificación…) tiene un carácter de “introducir” Dios en sí algo distinto de sí: la gracia eleva al alma a una tal unión con la naturaleza divina que participa de su vida; vida divina que es constituida por las procesiones intratrinitarias. (cf. Fernando Ocáriz, “Hijos de Dios en Cristo”, 98).

Recordar cuanto recibimos en el bautismo nos ha de llevar a un agradecimiento grande y a permitir que la gracia bautismal no renueve una y otra vez.

No sólo hay que abrir los ojos, hay que abrir lo mirado

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Pobre Tomás, necesitaba tocar, palpar, comprobar que todo estaba en su sitio. Menos mal que el Señor pensó en nosotros cuando dijo,  “bienaventurados los que crean sin haber visto”. Es mejor llevar a oscuras la fe, que al Señor le vean los ciegos con una lumbre de certidumbre interior. A pesar de la ausencia de pruebas extraídas del método científico, Cristo está en medio de nosotros, justo en ese centro en el que no se hace visible, pero está. No es una metáfora ni el brindis al sol de alguien que quisiera permanecer entre los suyos más allá de los límites de lo natural, como un padre que desde el lecho mortuorio dice a sus hijos que se acuerden de él, que no lo olviden. Cristo, al destruir la muerte, vive entre los hijos de los hombres, ha roto los límites del más allá y el más acá y no quiere perderse a los suyos. Es más, desde la Encarnación no se nos despega.

Pero, como dice el poeta Hugo Mugicano sólo hay que abrir los ojos, también hay que abrir lo mirado”. Si el hombre no desvela la presencia de Dios en lo oculto de la realidad, nunca entenderá la vida, se la pierde. Los últimos Papas nos han recordado la necesidad de rezar en familia como un bien absoluto. Porque “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Hay una capacidad humana que nos es todavía muy desconocida, la de provocar en Dios una atracción irremediable por nosotros. Y eso ocurre cuando entramos en comunión. Desde el momento en que los miembros tan diferentes de una familia se reúnen a rezar el rosario, o terminan el día dando gracias a Dios por todos los bienes recibidos, a Dios se le hace irresistible su presencia, ponerse en medio. Dios, que es el gran seductor del corazón humano, también es el gran seducido cuando sus criaturas lo buscan. Hablamos del hecho cristiano, por tanto, como la historia de un encuentro verdadero.

Aprender a rezar juntos puede que sea una de nuestra asignaturas pendientes, porque resulta más fácil proceder con Dios a bote pronto, un día me acuerdo de él en el coche o por la calle y creo que así llamo su atención. Pero Dios quiere verdad de trato, no la ligereza de la espontaneidad, los “de repentes” son muy frágiles. Y le apetece que los suyos lo busquen en racimos y concierten una cita con Él. Como los novios que se ponen de rodillas delante del sagrario o ese grupo de jóvenes que se juntan para leer unos textos de Santa Teresa.

El Señor no quiere un corazón, sumiso sino vencido por amor

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En la relación de apariciones del Señor que vienen hoy en el Evangelio, hay una que siempre se nos escapa en el recuento. Jesús se aparece a los Once cuando están a la mesa, y les echa en cara su incredulidad y dureza de corazón. Aquel reproche no debía sonarles nuevo a los apóstoles, porque bastante aguante tuvo el Señor durante la vida pública ante el lote de egoísmos e inmadureces de los suyos. Por ejemplo, que el Señor se decidiera un día abrir su corazón y se pusiera a contarles que lo iban a atrapar, escupir, escarnecer, crucificar, etc., y que a ellos les diera por saber dónde iban a estar situados en el Reino, es para haberles dejado plantados en el mismo camino hacia Jerusalén.

Lo más interesante del Evangelio es que los autores inspirados no escatiman información sobre su incomprensión de la figura del Maestro: Pedro no se deja lavar los pies, el Señor le advierte que lo negará tres veces, los discípulos creen que la multiplicación de los panes es el principio de la instauración de un Reino terrenal, en un momento le llegan a decir “no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?”. No se enteran. Y ahora, cuando el Señor muestra a las claras quién es, los que él nombró con mimo después de una noche entera de oración se cierran en banda.

Era un momento crucial, porque si los Once no hubieran llegado a confiar en el valor del testimonio, la Iglesia naciente se hubiera roto. La dureza de corazón de la que se nos habla en el Evangelio, es una imagen poética de un sentimiento que todos hemos experimentado alguna vez, en el que la sospecha vence a la confianza. El niño carece de ese problema, porque sabe que el amor gana su total confianza. Ese es justo el mensaje que el Señor escribía entre líneas durante su vida pública: “os quiero con toda mi alma, fiaos de mí”.

Visto con cierta distancia, asusta ver la capacidad del corazón humano para ser refractario a Dios. En ningún credo religioso se observa tamaña osadía por parte del hombre. No existe en la fe cristiana un corazón sumiso, sino vencido por amor, y en esta guerra amorosa se la juega Dios por conquistarnos terreno.

Los amigos del Señor arrojaron la toalla

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El Evangelio de hoy, en el que asistimos a otra pincelada de la presencia del Señor después de su resurrección, está contado sin pizca de solemnidad. Los discípulos vuelven a pescar, además van todos en comandita, se aparece el Señor, les da de comer y lo reconocen. No hay más. Hombre, que estamos hablando de literatura oriental, y tendría que haber mucha más especia de pirotecnia milagrera y toda la exageración que les es propia a los oriundos de la zona. Pero aquí el acontecimiento no se atilda, el Señor ha encendido unas brasas y espera la comida. Toda la sobrenaturalidad del relato, porque el Hombre que ha muerto en la cruz está vivo, queda oscurecida frente a la intensidad natural de lo que ocurre: la preparación de un desayuno a los amigos que llegan de trabajar. Es como si después de la resurrección, la presencia del Señor se hiciera más natural que en su vida pública, y tan normal como las ascuas donde el pescado en breve despedirá olor a fritanga.

Los apóstoles ya no esperaban nada más de su Señor, parecían haberse conformado con las palabras sabias que salían de su boca, porque nadie había hablado como Él. Dormirían con ellas y se las recordarían de vez en cuando para no olvidar que aquello que les ocurrió fue real. Hasta aquí es lo mismo que hacemos con los muertos, de los que nos queda una colección de recuerdos amorosos. Por eso Pedro vuelve a su tarea, a ser “pescador de peces”, y al resto le pasa lo mismo. Es tan humano arrojar la toalla.

La frase “arrojar la toalla” proviene del mundo del boxeo, cuando el púgil ganador da buena cuenta del aspirante y a éste no le queda otra que tirar la toalla a la lona y respirar. A veces la realidad parece tan fiera que a uno no le quedan ganas de mirar más allá, ni explicaciones ni cuentos. Que si toca sufrir, no hay razones que valgan; que si toca cáncer, no queda otra que tragárselo y encerrarse en el dolor. Pero justo en el momento en que los discípulos abandonan el cuadrilátero, el Señor aparece en la playa. Ahora se entiende la frase tan consoladora que el Maestro pronunciara a los suyos, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

No hay un solo descuido de Dios en tu vida, jamás mira a otra parte, si vas a arrojar la toalla Él te regalará una vida nueva y te dejará sin las heridas del combate. Esto no son palabras bonitas, un cristiano sabe que Dios se aparece en lo natural para hacer de su Presencia una experiencia cotidiana.

Sin paz, hasta lo pequeño es imposible

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Que el Señor se apareciera a los suyos diciendo “Paz a vosotros” no es baladí. Podría haber usado un procedimiento más brillante, una aparición luminosa con banda sonora, no sé, lo que provocara una impresión de sobrecogimiento acompañada de un “eh, despertaos, poneos en marcha, es hora de evangelizar y hablar de quién soy verdaderamente”. Pero el Señor usa un insólito preámbulo que se ha convertido en la marca de la casa del cristiano: la paz. Sin paz no se construye nada, es más, sin el sosiego del primer encuentro con Cristo uno pierde identidad, porque seguirá a merced de sus pasiones y de la excitabilidad cotidiana. Sin paz, el mundo nos va deglutiendo poco a poco y nos volvemos una pieza más del engranaje de la vida.

Qué bien lo entendió Juan de la Cruz, “oh dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada, a oscuras y segura…” Habla del alma que va a la busca de su Amado. Si la casa no anda sosegada, el alma sale del hogar haciendo ruido y tirándolo todo, tropezándose con la cacharrería que encuentra en las habitaciones. En fin, que el Señor dice “paz a vosotros” y no sólo queda en el aire una frase, sino que con ella llega una emulsión de gracia inmediata.

He conocido a mucha gente con paz, y hacen mucho bien. Y ojo, que no hace falta morirse para que los amigos te digan que ya descansas en paz. Parece que marcharse de este mundo es la única solución para apagar el tráfago de lo cotidiano. Piénsalo un momento, si no tienes el alma con paz porque crees que deberías hacer un millón de cosas más, y cuando te quedas solo la casa se te viene encima, te conviertes en carne de cañón para conocer superficialmente al Señor, sólo por fuera. Te aprenderás frases preciosas del Evangelio, estupendo, pero ni siquiera habrás tocado la orla de su manto. Sin soledad y sin silencio, que deberían ser nuestros hermanos de sangre, el hombre no se pone a tiro de la paz de Cristo.

Conozco a muchos enfermos que tienen paz y no fingen, son los que mejor pueden dar testimonio de la presencia de Cristo en un mundo imposible, como es el del dolor. Muchos no hablan de resignación sino de conformidad, y rezan porque no quieren dejar de lado a su Señor. Sin paz, nada de nada.

“Voy con Él”

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No te canses nunca de Emaús. Es la lectura de tu vida, quizá te parezca larga y sobradamente conocida. No pienses que ya le has sacado todo el partido al mensaje del Señor, recuerda que la Palabra de Dios es tan viva que quema en las manos y siempre es una propuesta novedosa. Es consolador que la historia de hoy empiece con el despiste profundo de dos discípulos del Señor, y acabe con la Eucaristía, con la comunión de ambos y el entusiasmo por contar lo suyo al mundo. Es el recordatorio de que el Señor camina dentro de ti, no fuera, no lejos. ¿Que tienes dudas y te distraes y te preguntas un millón de veces que Dios hace promesas que no cumple, patatín patatán? Ahí le tienes, a tu vera, interpretando tu propia vida y diciéndote “si me dejas a mí, podemos hacer locuras entre los dos”.

Hoy he dado la comunión a una religiosa enfermísima de solemnidad, a punto de marcharse ya con el Señor. Me ha dicho que está preparada, pero que quiere seguir descubriendo al Señor en el fondo de sus dolores, que no le importa que todo en su vida vaya menguando, la concentración en la lectura, la velocidad del pensamiento, la dispersión en las visitas. El cáncer se la come, la ralentiza, pero está más viva que mucha gente que no sabe por dónde camina. La explicación me la dio ella misma, “es que voy con Él, no tengo miedo”•

Esta semana me ha dado por rezar la famosa frase que convirtió al beato Carlos De Foucault en un hombre pegado a Dios para el resto der su vida. Cuando aún no había dado el paso de la fe, entraba en las iglesias de París y le decía al Señor,Dios, si existes, haz que te conozca”. No le pedía simplemente que se dejara ver, sino que se dejara encontrar. Le proponía un encuentro personal. A Dios se le hace muy cuesta arriba resistirse ante la propuesta de un corazón tan desvergonzado. Hay gente que no sabe encender el fuego de la chimenea, se le da fatal, yo me encuentro entre ellos. A mí me dan dos tocones de roble y una cerilla, y ya me pierdo, y eso que ver cómo arde la leña seca es una experiencia imborrable, no importa la repetición. Quien sabe encender una hoguera es el mismo Cristo, sólo con su voz a los discípulos les revientan las entrañas, ¿no ardía nuestro corazón…?”. Hay metáforas exageradas, pero la palabra “arder” es una experiencia que hemos sentido todos cuando nos ocurren situaciones que empiezan desde dentro. Como decía el medio fraile, Juan de la Cruz, “oh, llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro”. Es una herida feliz que se va consumiendo sin que uno se apene.

Pégate a Emaús y lleva el pasaje grabado en el frontispicio de tu alma, para que cuando el Señor se asome a ti le digas que no quieres que se vaya por otro camino, sino que se quede contigo, porque necesitas servir a los demás y apenas sabes cómo hacerlo.

Dime una sola razón para llorar

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Es curioso que la Buena Noticia que el ángel Gabriel anunció a Nuestra Madre, se inaugurara con el “¡alégrate, María!”. Ahora, cuando su hora ha pasado, es el mismo Señor quien repite a las mujeres aquel anuncio feliz, “¡alegraos!”. Hoy le dice a la Magdalena, “¿por qué lloras?”. No hay alegría mayor que saber que toda vida humana tiene un origen feliz y transcurre sin caducidad.

Estos días asistimos a la revelación personal del Señor resucitado a los amigos. Les va mordiendo la tristeza con su presencia. El Amado del Cantar se hace presente cuando ya no se le espera, cuando la Amada ha arrojado la toalla y se vuelve a casa con los suyos. Cristo se había convertido en el maravilloso recuerdo de quienes anduvieron cosidos a él por Palestina. Pero ni se imaginaban que la muerte no tendría dominio sobre Él. En este punto su actitud se parecía estrictamente a la de Pilatos, a la de Caifás, a la de los fariseos. Ningún ser humano estaba en condiciones de imaginarse un percance tan fabuloso en la Naturaleza.

Lo más apasionante es que los encuentros del Señor con los suyos son una continuación de la relación que mantuvo con ellos mientras transcurrían los años. A Pedro le fue mandando secretos de su Personalidad mientras iban de camino. Le decía cosas muy íntimas, como que sacara del primer pez que pescase dos denarios de la boca para pagar el impuesto, uno por él y otro por el Maestro. En la Última Cena le envía una modesta profecía de su deslealtad cuando lo niegue públicamente, y lo hace a través de un recurso natural tan poco sofisticado como el canto de un gallo. El Señor provocaba toda esta ilustración personal para que Pedro dedujera que aquél por quien había dejado las redes era más que el fundador de una religión novedosa, que en Él habitaba corporalmente el Dios de la Antigua Alianza dispuesto a firmar un pacto definitivo. A María Magdalena le ocurre lo mismo, también ella tiene su particular instrucción, como Judas, por el que el Señor se muere de pena.

Cristo no ama al conjunto de la humanidad sino que se muere por cada uno. Conoce la personalidad de cada persona que se acerca a comulgar en el siglo XXI, conoce esos misterios de indecisión que pueblan nuestro mundo interior. Por eso, el hecho de la resurrección sucedió una noche, pero los encuentros con los amigos suceden allí donde cada uno de nosotros se muestra dispuesto

La madre de todas las victorias

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Estamos tan acostumbrados a las victorias parciales que no nos atrevemos a apostar por una victoria final. Nuestros logros humanos son estupendos, pero nunca son definitivos, siempre dejan una puerta abierta que cruzar para seguir adelante, como ocurre en los videojuegos, hay siempre más pantallas que hacer. Por ejemplo, la chica que acaba de terminar medicina, se tiene que examinar del MIR para ubicarse en una especialidad. Lo logra, pero tendrá que buscarse plaza fija, luego no podrá quedarse quieta, para mantener su puesto de trabajo hay muchos trabajos de investigación por hacer. Todas las metas en nuestro recorrido por el mundo son metas volantes, la definitiva no llega nunca.

Los avances de la ciencia están muy bien, son victorias para celebrar. El día que llegue la vacuna de la malaria será un éxito sin precedentes, pero esa victoria jamás es retroactiva, no puede curar a los millones de seres humanos que murieron por la picadura de esa bestia mínima que se llama mosquito anopheles. La vacuna contra la tuberculosis no nos trajo de nuevo a Chopin al mundo, una pena.

Por eso, la resurrección de Nuestro Señor es la madre de todas las victorias. La suya sí que ha sido una meta última en la que contemplamos a la muerte muerta. Y ha tenido efectos hacia delante y atrás, la retroactividad se muestra en su bajada a los infiernos. Como en ese cuadro maravilloso de Sebastiano del Piombo que se conserva en el Museo del Prado, el Señor se acerca respetuosísimo a quienes le precedieron, para llevárselos consigo de la mano.

Y para que cada uno de nosotros entre con los dos pies en esta enmienda a la totalidad, no hacen falta exámenes costosísimos ni grandes estudios, sólo un acto racional y diario de confianza en Nuestro Señor, desarrollado serenamente en el tiempo. El contacto con Él nos ayudará a evitar las “obras muertas” que hacemos en vida, menuda paradoja, pero es así. La búsqueda de reconocimiento es una tiranía que desde el primer momento muestra su gusanera de cadáver. La asunción de trabajos indiscriminados, que provoca falta de tiempo para la familia, también lleva en sí su propia muerte. El pecado, la acidia, la holganza, la banalidad del mal, la complicidad disimulada, la desatención, la ausencia de compromiso espiritual, el déficit de interés por las cosas esenciales, todo eso hiede, se pudre aquí abajo. Por eso el Señor nos advertía que ya desde la tierra buscáramos los bienes de allá arriba, los que pasan de puntillas por la muerte y terminan en las manos de Dios.

Mayo 2017
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