GRACIAS A MIS PADRES…

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Éxodo 17, 8-13; Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 ; Timoteo 3, 14-4,2; san Lucas 18, 1-8

“Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado”. Los ataques contra la familia, incluso en el orden más natural, resulta brutal en nuestros días. El otro día, después de celebrar la Santa Misa, se acercó un joven a la sacristía, que conocía ya de otras veces, y me estuvo contando acerca de su nueva experiencia como profesor de religión. Había realizado un sencillo “test” a sus alumnos para ver la manera de hacer más asequible las clases. Una de las sorpresas más desagradables fue comprobar que muchos niños (la mayoría), no iban a Misa. Pero lo extraordinario era que ellos sí que querían ir… el obstáculo lo ponían sus propios padres.

Cuando recuerdo la formación y educación que recibí dentro de mi familia, descubro que no existe otra forma que pueda sustituir el crecimiento (sobre todo interior) de una persona. Algunos se han aprendido muy bien la lección: “destruye la familia, y destruirás toda una sociedad”. No se trata de falsos alarmismos, ni de reventar ideologías progresistas. Sólo hay que fijarse en el modo en el que quiso nacer el Hijo de Dios, para darse cuenta de hasta qué punto resulta vital el entorno familiar para dar sentido a toda una vida. Vaciar de contenidos lo más fundamental del ser humano comienza con desnaturalizar el hábitat propio que le corresponde. Es algo más que corromper a la persona, se trata de una inspiración verdaderamente diabólica. Si la respuesta al aborto, por ejemplo, son los matrimonios entre homosexuales, que además puedan adoptar hijos, es que hemos alcanzado las mayores cotas de lo demencial.

“Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”. Esto es lo que intentamos desde estos comentarios. Y aunque en ocasiones lo hagamos pobremente, estoy convencido de que es algo que Dios espera de nosotros. Ni fundamentalismos, ni radicalismos, ni “reaccionarismos”, ni historias que se le parezcan, son la pretensión de estas líneas. La verdad no es algo que pueda subastarse en un mercado. O se dice, o no se dice. Cristo Jesús, camino, verdad y vida, es el único testigo que ha de iluminar nuestros pasos.

Gracias a mis padres, estas verdades “como puños” han ido calando en mi alma, incluso antes de tener conciencia de las cosas. La paciencia, el tiempo, el cariño, la reprensión (a veces con firmeza), el rezar juntos… son algo más que una manera de educar. Se trata de la vocación que eligieron para dar gloria a Dios. Estoy convencido, desde mi experiencia personal, que mis padres morirán “con las botas puestas”. Sus ojos y su corazón están puestos en sus hijos, no como una debilidad humana y caprichosa, sino como un auténtico deber del que se han comprometido ante Dios. Su alegría y su dedicación, día tras día, así nos lo han demostrado, y esta vida es poca para semejante agradecimiento.

“En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse…”. ¡Qué gran tesoro el de la perseverancia! Os animo a vosotros, padres, a que no desfallezcáis. Vuestros hijos, pensadlo seriamente, son la prolongación del amor de Dios en vuestras vidas. La “salud” de este mundo depende, en gran medida, del amor que deis a vuestros hijos. Y eso se traduce, una vez más, en sacrificio, renuncia personal… y mucha perseverancia.

El amor de la Madre de Dios hacia su Hijo fue germen de la naturalidad con la que se vivió lo más sobrenatural de esa Sagrada Familia de Nazaret. Acude a ella en todo momento, y verás qué hermoso resulta perseverar en tu vocación de padre o madre…. ¡Qué gran libro de la vida escribirán tus hijos en el Cielo!

LO QUE NO VEMOS

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Efesios 1, 15-23; Sal 8, 2-3a. 4-5. 6-7a ; san Lucas 12, 8-12

“No ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración”. Aún tengo en la cabeza el pasaje del Evangelio del pasado domingo, donde de los diez leprosos curados sólo acudió uno para dar gracias a Jesús. ¿Qué es eso de dar gracias a Dios? Nos acostumbramos, casi todos los días, a dar gracias porque nos ceden el paso, nos recogen un objeto que se nos cayó al suelo, nos avisan de un recado…. La fórmula suele ser la siguiente: “¡Muchas gracias!”, y el otro responde: “¡a ti!”. Parece algo salido de un mero impulso, mecánico y automático. Y no es que esté en contra de cualquier principio de urbanidad, sino que a veces hacemos las cosas tan espontáneamente, que hemos perdido su sentido más profundo. Llama más la atención la actitud de san Pablo que, dirigiéndose a los efesios, les recuerda que su acción de gracias la pondera en su oración personal. Un hijo de Dios es un ser agradecido. Sabe que su vida no es algo fruto de la casualidad o del azar, sino que hay un empeño divino para que cada uno de nosotros sepa reconocerle, despiertos o dormidos, en cada minuto y segundo del día.

“Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros”. ¡Tremendas palabras que nos ubican ante una realidad que jamás hombre alguno podría calibrar con unas meras expectativas mundanas! Descubrir la grandeza a la que somos llamados por Dios es quedar deslumbrados ante tantas delicadezas de cariño que, inmerecidamente, recibimos. Sí, alguien puede quejarse diciendo que no es para tanto, porque uno sufre lo suyo, porque no tiene todo lo que desearía, porque, incluso, carece de lo necesario. ¿Cuál es el lenguaje que empleamos para hablar de las cosas de Dios?: bienestar, comodidad, autosuficiencia, salud, reconocimiento… Si eso es lo que esperamos de Él, entonces hemos equivocado nuestra vocación de cristianos. Lo que Dios nos da, incluso a pesar de nuestra falta de correspondencia, es muy superior a todo eso que consideramos como “lo bueno para mí”.

“Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios”. Ese empeño tozudo que tenemos a la hora de pensar que Dios debe de “gratificarnos” al modo del mundo, es lo que nos hace vivir con la nariz pegada al suelo. Jesús nos habla de los ángeles, y uno empieza a pensar: “Ya nos vienen con ‘músicas celestiales’”. ¿El problema?: que ni tú ni yo nos creemos lo que hemos de heredar en verdad, y de lo que recibimos en cada instante para llegar esa plenitud que no tendrá fin. ¡Sí!, se trata de la gracia de Dios. Cuando a través de nuestros ojos sólo entra el gran “circo del mundo”, toda la realidad sobrenatural que se derrama en torrentes sobre nosotros pasa más que desapercibida. Es como si nos hubiéramos instalado sobre nuestras cabezas un gigante paraguas para que la gracia de Dios no nos salpique. ¿Cómo vamos a dar gracias a Dios con semejante actitud? En realidad no hay de qué, porque nuestro corazón está instalado en otros intereses.

“No sólo en este mundo, sino en el futuro”. Esta es la respuesta que nos da san Pablo. Todo lo demás es “baratija”. Los pies en la tierra, por supuesto, pero el corazón firmemente anclado en el Cielo. Ya se ve entonces, que la oración no sólo es un recurso para los que viven desesperados, o no tienen otro lugar dónde acudir. Es también la actitud de los que quieren vivir profundamente agradecidos por todo el bien que Dios realiza en sus almas. Y aunque no lo sintamos, y no lo veamos (momentos de aridez, soledad, incomprensión, persecución…), Dios aún está mucho más cerca de lo que puedas imaginar.

Pregúntale a Virgen, la llena de gracia. Seguro que te dirá que, incluso en ese momento dramático de la muerte de su Hijo en la Cruz, entre sollozos y sufrimiento humano, su alma era un canto de agradecimiento a Dios por llegar hasta ese extremo de amarnos tan locamente.

UNA SANTA DE PIES A CABEZA

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Eclesiástico 15, 1-6; Sal 88, 2-3. 6-7. 8-9. 16-17. 18-19 ; an Mateo 11, 25-30

La normalidad de los santos, tal y como comentábamos ayer, es algo que garantiza la acción de Dios en sus almas. Un ejemplo palpable de ello es la fiesta que celebramos hoy: Santa Teresa de Jesús. Esta carmelita española vivió en una época que dio como fruto grandes santos. Esto no fue óbice para que sufrieran grandes contradicciones y persecuciones. Teresa de Ávila, mujer recia y clarividente, padeció en su propia carne la llamada “incomprensión de los buenos”, es decir, la de aquellos que, creyendo estar en posesión de la verdad, actúan de una manera demasiado mundana…. ¡y en nombre de Dios! Suelen ser sus criterios el oportunismo, la vanidad, la opinión de los demás, la gloria humana…

Santa Teresa fue juzgada por un tribunal de la inquisición, siendo acusada de multitud de cargos a causa de la envidia de aquellos que no querían ver cómo Dios era capaz de actuar en una “simple monja”. El gran lema de Teresa fue: “Sólo Dios basta”. En esta frase queda compendiada toda su vida, toda la renovación carmelitana que influyó, posteriormente, durante cerca de cinco siglos, hasta nuestros días. Su gran “obsesión” fue la de contemplar la humanidad de Cristo, haciéndola vida de su vida. Se nos cuenta que tuvo experiencias místicas, visiones, etc., pero nunca fue eso lo que buscaba. Más bien, se encontraba a disgusto cuando presentía alguna acción extraordinaria de Dios en ella, porque su pretensión era llevar con normalidad lo que el Señor le iba pidiendo en cada momento.

“El que teme al Señor obrará así, observando la ley, alcanzará la sabiduría”. Nos dice Teresa de Jesús que tardó cerca de cuarenta años en alcanzar la perfección en la oración. Así, cuando alguno se queje de que no sabe rezar, que acuda al ejemplo de la Santa para perseverar en el trato con Dios. Y esto no es para desanimarse (estoy convencido de que esos cuarenta años de espera, fueron años de muchos frutos gracias a su entrega en la contemplación diaria de Jesucristo), sino que nos muestra a cada uno que esta vida, la del momento presente, no es un “camino de rosas”, sino un continuo entregarse al querer de Dios… y eso, a pesar de lo que otros digan.

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. No existen cursos por correspondencia del tipo: “Aprenda a ser santo en diez días”. Santa Teresa aseguraba que un vida era muy poco para servir a Dios. Que el amor que Él nos había manifestado a través de su Hijo, era infinitamente superior a lo que pudiera suponer muchas vidas gastadas en corresponder a ese amor. Fue precisamente esa humildad, y ese desprendimiento personal, la que le ganó a ser la amada de Dios.

“Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Contemplar la humanidad de Cristo es un privilegio que no podemos dejar de lado. Lee la vida de Jesús en los Evangelios, contempla su Pasión y su Muerte… verás que también tu vida es muy pobre (¡qué pocos años son una vida!) para llegar siquiera a percibir un “átomo” de la ternura de Dios en el alma.

Cuenta también Teresa de Jesús que, ya desde pequeña, una de sus mayores ansias era alcanzar el Cielo lo antes posible. Se repetía constantemente: “¡Para siempre, para siempre…!” Tuvo que esperar, sin embargo, muchos años hasta alcanzar el premio definitivo, porque Dios da mucho trabajo a aquellos que le corresponden con fidelidad y lealtad. ¿Cómo murió Santa Teresa? Sus últimas palabras fueron: “Muero siendo hija de la Iglesia”. Hermoso mensaje para todos nosotros que queremos servir también a Dios en la Iglesia… Aunque otros la desprecien o la nieguen, el rostro de Cristo la acompañará siempre, hasta el fin de los tiempos, en aquellos que dan su vida por ella día tras día.

COSAS DE SANTOS

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Efesios 1, 1-10 ; Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 ; san Lucas 11, 47-54

“Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”. Muchas veces me encuentro con personas que me dicen que eso de la santidad es para gente especial, y que ellos son, más bien, normales. Lo primero que habría que decir es que, si para ser santo hay que ser especial, yo soy el primero en “borrarme” de la Iglesia. El primer peligro, realmente grave, es convertir el cristianismo en una secta que no tenga otra finalidad sino la de “fabricar” gente rara. Gracias a Dios, la realidad es bien distinta. Sólo es necesario que tú y yo nos pongamos delante de un espejo, y descubrir que lo que Dios espera de nosotros no es un ejercicio de levitación matutina, sino que al despertarnos, por lo menos, hagamos un buen ofrecimiento del día al Señor…¡y adelante!

Me decía un amigo sacerdote que Dios no hace milagros, sino que nos da su gracia. Eso no significa que Dios, en su infinita sabiduría, elija algún instrumento humano para “fastidiar” a algunos (esos que van por ahí presumiendo de “sólo” intelectualidad, y de “sólo” espíritu racional humano), y realice algún hecho extraordinario… pero no es lo normal. Si uno lee cualquier vida de esos santos que están canonizados (los que decimos “de altar”), descubrirá que tuvieron las mismas luchas y las mismas debilidades que las tuyas o las mías. ¿Dónde está, entonces, la diferencia específica? En que los santos se fiaron verdaderamente de Dios. La virtud teologal de la fe no es un adorno, ni un carné que se lleve en el bolsillo. Se trata de algo bien distinto, es la plena confianza que llevamos en el corazón y en el alma, por la que sabemos que todo lo nuestro (la vida, los deseos, las aspiraciones, la felicidad…), absolutamente todo, depende de Dios.

“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. Te sugeriría que hicieses una prueba: que al levantarte mañana, y habiendo puesto ese día en manos de Dios, buscaras tres momentos durante la jornada para recordarte ese abandono que hiciste al Señor al levantarte. Esos momentos pueden durar un minuto o unos segundos; por ejemplo, al llegar las doce del mediodía (hora en que tradicionalmente en la Iglesia se reza el Angelus, recordando el “sí” de la Virgen), otro podría ser por la tarde para renovar tu confianza en Dios y, por último, al llegar la noche. Éste último, no estaría mal que te formularas tres preguntas: ¿cómo ha sido mi relación con Dios hoy? ¿cómo ha sido mi relación con los demás en este día? y finalmente ¿dónde he tenido puesto el corazón durante la jornada (qué ha sido para mí lo más importante, o qué me ha preocupado más)?. Si respondes con auténtica sinceridad, descubrirás que Dios te lleva mucho más de la mano de lo que imaginas… y verdaderamente hace maravillas en tu vida.

“Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación”. Estas palabras duras de Jesús, nos recuerdan que la santidad es algo más que una imagen de cartón-piedra. Por eso es tan importante hacer examen de nuestra vida. Renovar constantemente nuestra entrega a Dios es signo de que lo único que nos importa es cumplir su voluntad, y abandonarnos en su manos. Piensa en la multitud de santos que sin ser “de altar” están dando gloria a Dios ya en el Cielo (madres y padres de familia, trabajadores humildes y empresarios generosos, viudas, pobres y ricos buscan hacer el bien a los demás, jóvenes y ancianos…). Todos ellos, aunque no figuren en ningún calendario litúrgico, supieron creer en la palabra de Cristo… y aunque a veces (o muchas veces) “metieron la pata”, confiaron en la infinita misericordia de Dios.

También en María Dios hizo maravillas, y la llenó de múltiples dones. Pero nunca te olvides que cosas raras no hizo ninguna. Más bien, pasó ante los demás de una manera tan desapercibida, que pocos se fijaron en ella. ¡Qué importan los demás, cuando lo único que interesa es que se fijen en nosotros los ojos de Dios!

ES HORA DE DESPERTAR

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Gálatas 5, 18-25; Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 ; san Lucas 11, 42-46

“Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo”. Como se diría vulgarmente: ¡estamos arreglados! Vamos a considerar estos “ejemplos” que nos pone san Pablo acerca de nuestras debilidades.

– Fornicación e impureza. Haciendo referencia explícita al sexto y noveno mandamientos de la Ley de Dios, ya se ve que “lo normal” que vemos anunciado y predicado a través de tantos medios y “buenos” consejos, no es precisamente lo que Dios espera de nosotros. La impureza de corazón es un auténtico obstáculo para reconocer a Dios en el mundo.
– Libertinaje. “Hacer lo que me da la gana” nunca se identificará con el querer de Dios. Vivir esclavos de nuestras pasiones es vivir en la tristeza y en la mentira.
– Idolatría y hechicería. Primer, segundo y tercer mandamiento de la Ley de Dios, y que muchos se lo pasan por el arco de sus caprichos. ¿El motivo?: si Dios no llena mi vida, otros habrán de ocupar mi corazón roto, pedigüeño de compasión mundana.
– Enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras y orgías. Cuarto, quinto, séptimo y décimo mandamientos de la Ley de Dios. Resulta fascinante observar cómo se “despacha” san Pablo con todo aquello que atenta contra la caridad. ¿Hay alguien que diga que todas estas acciones pertenecen a otra época, distinta de la nuestra, y a la que hemos bautizado “tiempo de progreso y tolerancia”?.
– … y cosas por el estilo. ¿Qué querría decir el Apóstol con esta coletilla? Que cada uno haga examen personal y sincero. Y si no te interesa, será bueno que, a partir de este momento, dejes de leer estos comentarios. ¡El tiempo apremia, y ya basta de tanta autocompasión, cuando en realidad hacemos oídos sordos a todo lo que tenga que ver con exigencia personal y entrega a Dios! (¿me he pasado?).

Pero no te preocupes. El mismo san Pablo nos da la respuesta. Para ello, nos muestra cuáles son los frutos del Espíritu Santo: “amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”. La única condición es estar en gracia de Dios… Y siempre hay un confesionario en la esquina de tu barrio.

Podríamos decir que el Evangelio de hoy es más de lo mismo. Por eso, me quedaré con el último párrafo de la carta a los Gálatas: “Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu”. No, no son expresiones del medioevo. ¿Ya has descubierto por qué las cosas no van tan bien en el mundo?

Una caricia de nuestra madre la Virgen nunca podrá contradecir el “bocinazo” de hoy. Pídele a ella que yo también sea bueno… a la medida de lo que espera Jesús.

ESCONDERNOS EN CRISTO

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Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26, 1. 3. 4. 5; san Lucas 11, 27-28

Hace unos días, y con motivo de la enfermedad de un amigo sacerdote, comentaba con otro el carácter de provisionalidad de nuestras vidas. Las urgencias, los activismos, las necesidades inmediatas… todo parece formar parte de algo muy mecánico, y ajeno a la vez, de lo que deseamos verdaderamente: paz, sosiego, tranquilidad… y tiempo para rezar. Cuando nos “anclamos” en lo que consideramos lo importante, pero que no ha sido contrastado con el silencio de la oración, caemos fácilmente en la frustración, ya que siempre hay algo que no funciona tal y como esperábamos. Ese sacerdote enfermo es conocido por su múltiples compromisos (sociales y pastorales), y sobre él recaen grandes responsabilidades. Un contratiempo en la salud, por ejemplo, y que nos hace postrarnos en cama durante unos días o semanas, hace despejar, como por arte de magia, todo aquello que era tan importante y necesario en nuestros calendarios laborales. Pero la lección nunca se aprende, y retornaremos, aún con más agobio si cabe, al quehacer estresante del día a día, una vez se nos da el alta médico.

“Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo”. ¿Cómo podríamos conseguir que, a pesar de todo lo que nos inquieta y preocupa, mantenernos en la convicción de que es Dios quien guía nuestra vida, y así vivir en calma? Es la hora de pasar de las imágenes a lo real, de lo metafórico a lo esencial. Para ello, la única elección segura es seguir el ejemplo del salmista: “Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca”. Esa tienda y esa morada, para ti y para mí, no son otro lugar sino el costado llagado de Cristo. Qué distinto imaginarnos el dolor y el sufrimiento, cuando éstos son asumidos antes por el Hijo de Dios. No nos dolemos solos, ni nos agobiamos en una absurda soledad. Estar redimidos es identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús… hasta aprender a descansar en Él.

La mujer que nos narra el Evangelio de hoy “suelta” un piropo al Señor. Lo hace con la mejor de las intenciones, porque ha reconocido al Mesías. Ese mismo reconocimiento se nos pide a nosotros, para que escuchemos la misma respuesta: “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Quizás leamos todos los días la Sagrada Escritura, incluso vayamos a Misa algún día más que el domingo, y escuchemos la palabra de Dios también a través de un buen director espiritual. Pero, de ahí a cumplirla, a veces hay todo un abismo. Vuelvo a repetir: nos falta la serenidad suficiente para calibrar lo que es importante y necesario para nuestras vidas. Llegar al ejercicio de lo que Dios espera de nosotros, no se hace sólo a base de voluntad y tozudo empeño. Es necesario abandonarnos verdaderamente en Cristo. Por eso, esas llagas de Cristo dejan de ser unas meras imágenes piadosas, para convertirse en lo que nos transformará radicalmente. No hay otra verdad. ¿Para qué buscar fuera lo que lleva más de dos mil años gritando en nuestro interior? Cumplir la voluntad de Dios es dejar que Cristo actúe a través de nosotros, y aunque la soberbia nos dicte lo contrario, sólo en Él encontraremos el descanso y la paz.

El vientre que llevó a Cristo, y los pechos que lo criaron, no pertenecían a otra criatura sino a la Virgen. El alimento necesario que Dios encarnado necesitaba como hombre, nos fue devuelto, a través de María, con creces… Y en cada Eucaristía Dios proclama su eterno agradecimiento a su Madre, porque Cristo se nos da como verdadera comida, y verdadera bebida, para que jamás tengamos hambre y sed.

PARA LA LIBERTAD…

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Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31-5, 1; Sal 112, 1-2. 3-4. 5-7 ; san Lucas 11, 29-32

“Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”. Cada vez que oímos hablar de ser libres podemos pensar que se trata de ese canario que, una vez abierta la portezuela de su jaula, emprende el vuelo de su liberación. Pero permitidme que os diga que ésa es una consideración bastante reducida de lo que significa la libertad. En la carta a los Gálatas, no se nos dice que la recompensa de ser libres sea tener la independencia necesaria para “volar” donde nos dé la gana, sino que el contrapunto es mantenernos firmes para no estar sometidos al yugo de la esclavitud… del pecado.

Lo que podría suponer una contradicción para el lenguaje de muchos, para nosotros, los cristianos no lo es: la liberación es, antes que nada, lo que nos impide “ser”, y no lo que hace referencia al “tener”. Miguel Hernández, poeta español, recitaba en un famoso poema: “Para la libertad, sangro, lucho y pervivo”. El sangrar del cristiano apela a la que derramó Cristo con su muerte. La lucha es la que, cada uno en su interior, entabla con sus propias limitaciones y defectos. Pervivir, no es otra cosa sino subsistir en la gracia de Dios que hemos recibido en el bautismo. Todas estas analogías, entresacadas de una poesía, se refieren a lo más íntimo del ser humano. Lo definitivo en el hombre no es aquello que el mundo pueda arrebatarnos (dinero, posesiones, salud o riquezas), sino la ausencia de Dios en el alma.

No se trata de una distinción sutil, que se reduce a correligionarios o adeptos, y que están “inscritos” en un determinado grupo social. La diferencia estriba en vivir para siempre en libertad, o quedar esclavizados en la nada. No existe término medio, ni alianzas con otros tipos de pareceres. Jesucristo no es una moda, ni siquiera un hombre admirable. Cristo es el Hijo de Dios, hecho hombre, que ha venido a obtenernos la auténtica libertad y, para ello, ha querido ser cosido en un madero, que es el único lenguaje que entiende un universo creado y después puesto en desorden por la acción del pecado (el tuyo y el mío, también). Dentro de ese universo también se encuentra el diablo (¡fantástica imagen la del final de la película de Mel Gibson, “La Pasión”, donde se dibuja la desesperación de Lucifer al descubrir cómo es liberado cada ser humano a causa de la muerte del Hijo de Dios!), y que aún maldice la forma en la que “quiso” ser libre: ¡Non serviam! Y en ese “no serviré”, quiere atraer otras voluntades…

¿Piensas que me he levantado esta mañana un tanto fatalista? Será mejor, entonces, escuchar al Señor en el evangelio de hoy: “Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. Y esto sí que no es una composición poética. Se trata de la revelación de la hora de Cristo (su muerte, para nuestra liberación), y que ya anunció la Sagrada Escritura durante siglos.

Para la libertad, Cristo ha sangrado, ha luchado y ha resucitado. Pregúntale a la Virgen acerca de la libertad. Ella, sin “tener” nada a los ojos del mundo, “es” todo a los ojos de Dios: la llena de gracia.

LAS PENÚLTIMAS BATALLAS

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libro de los Reyes 5, 14-17; Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4 ; Timoteo 2, 8-13; san Lucas 17, 11-19

“El Señor revela a las naciones su salvación”. Puede resultar un tópico la expresión: “vivimos tiempos difíciles”. También es algo muy común el observar la actitud de multitudes que viven de espalda a Dios, y que cuentan como criterio universal el interés personal y el egoísmo. ¿Queda entonces caduca la antífona del salmo de hoy?

Dios no sólo habló a los profetas en el Antiguo Testamento. Que el Señor desee que todos los hombres se salven no es algo que esté circunscrito a una época determinada. Con Cristo se nos recuerda que la promesa de Dios alcanza a toda la humanidad.. y hasta el fin de los tiempos. Me escribía este verano un sacerdote lo siguiente: “Nuestro empeño está en las penúltimas batallas, la última la ganó Cristo venciendo al pecado y a la muerte”.

“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad”. El mundo puede silenciar todo lo posible acerca de cuál es el destino definitivo del hombre (Providencia, lo llamamos los cristianos), pero ese mismo silencio resulta una verdadera denuncia que hace tambalear los signos de los tiempos. No quiero tomar la postura de un profeta “del tres al cuarto”, pero soy testigo de que también hay muchos que “gritan”, desde un silencio aparente, con la misma voz que san Pablo en la carta de hoy: “Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna”.

Las penúltimas batallas las ganamos los cristianos muriendo con Cristo (desechando ese capricho que nos domina, apartando esa vanidad que nos gana, rechazando esa crítica que parece nos justifica…) para vivir con Él, y perseverando en nuestra vocación (esos minutos de oración que nos cuestan, ese acto de caridad que hemos de ejercer, ese sacrificio que ponemos en práctica…) para reinar con Él. Nos importa un “bledo” lo que otros nos puedan ofrecer a cambio de renegar del nombre de Jesús (éxitos humanos, reconocimientos públicos, fama ante los demás…), porque sabemos que al negarle o mostrarnos infieles a su amor, habremos traicionado su perdón y su misericordia. El Hijo de Dios dio su vida, precisamente, para “dar la cara” por ti y por mí, definitivamente y para siempre. Y esto sólo se explica desde el amor y la gratuidad.

“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Morir al amor propio es quizás una tarea ingente. Y lo es, cuando el empeño es meramente humano. Ponernos de rodillas ante el Señor, y pedirle entre sollozos que nos “limpie”, es algo más que una actitud humillante, es lo que verdaderamente nos salva. La Cruz no es un invento decorativo, ni un signo ideológico. Es el arma que llevamos cosido en el alma, y que nos garantiza que nuestras obras sólo tienen sentido cuando cruzan el umbral del Gólgota. Nuestras penúltimas batallas alcanzan la última que ganó Cristo, y lo que nos produce temor o vergüenza se transforma en esperanza: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

La Virgen María estuvo al pie de la Cruz. Fue testigo de cómo mataron a su hijo. Pero su actitud no fue hierática, ni impasible. Su alma, que fue atravesada por el amor de Dios cuando dijo “sí, cúmplase”, estuvo firmemente unida a esa última batalla de Cristo… Y a nosotros, en este tiempo que nos toca vivir, nos acompaña su maternal protección. ¡Sí!, es posible la pureza de corazón cuando una madre nos ama como ella lo hace.

MUCHOS MILLONES.. DE DICHOSOS

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Gálatas 3, 22-29 ; Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 ; san Lucas 11, 27-28

Ayer comentábamos causas de la tristeza, hoy vamos a profundizar en las causas de la alegría, a ver si somos muchos más alegres que tristes y así le arranquemos una sonrisa a Dios.
“Antes de que llegara la fe, estábamos prisioneros, custodiados por la ley, esperando que la fe se revelase.” Me acuerdo de una película (de lo que no me acuerdo es del título), en la que un prisionero tras más de media vida en la cárcel se suicida al conseguir la libertad pues no se acomodaba a una vida fuera de la rutina de la penitenciaría. A veces la rutina es tranquilizadora, aunque nos esclavice, uno siempre hace lo mismo aunque sea no hacer nada.
Para intentar ser dichoso lo primero es saber quién soy: “Sois de Cristo, descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.” A veces podemos intentar lo negativo para intuir lo positivo. Me explico: acabo de leer un “Itinerario para la catequesis de adultos de inspiración catecumenal,” de una diócesis española y publicado hace ya unos años. Allí puedo encontrar expresiones como: “hombre viejo,” “mensaje liberador,””acción liberadora de Dios en la historia,” “actitud de búsqueda,” “evaluación periódica,” “Se tenga una celebración gozosa y festiva -no necesariamente eucarística-, que ayude a evitar una excesiva intelectualización de la catequesis,” “Penitencia: celebramos la conversión,” etc. …Sinceramente, no está mal, pero… ¿tanto cuesta nombrar alguna vez las palabras: pecado, misericordia? (Aunque, sinceramente, lo que mas me “rechina” es lo de “no necesariamente eucarística” como si la Misa fuese el “rollito” de siempre). Somos pecadores, eso seguro, y encima es lo que nos duele. Queremos dejar de serlo aunque sea negando el la existencia del pecado, pero la única manera de encontrar la felicidad es saber que somos pecadores, pero redimidos por Cristo cuando “escuchamos la Palabra de Dios y la cumplimos,” no escucharla y hacer lo que me da la gana. Así que para ser dichosos lo primero saber quienes somos: pecadores, pero que enamorados de Dios y queriendo cumplir su voluntad.
La segunda premisa para intentar ser dichoso y feliz es no buscarlo. Cuando “la mujer entre el gentío” gritó: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” seguramente estaría diciendo: “¡Qué tranquilidad y alegría para una madre tener un hijo como tú!” pues estaría descontento con el trato que le diesen sus hijos. Si a cualquier madre le dijesen: A tu hijo nunca podrás “exigirle” nada pues “tiene que ocuparse de las cosas de su Padre,” nacerá en una cueva, tendrás que huir de tu tierra, no tendrás comodidades, será “bandera discutida,” y “una espada te traspasará el alma,” dedicará los últimos años de su joven vida a conocer a unos discípulos que no se enteran de nada, le verás torturado, humillado, flagelado y colgado en la cruz sin haber hecho nada malo y cogerás su cuerpo muerto en tus brazos” (perdón por la frase tan larga). Ante este panorama no creo que ninguna madre pensase: “¡Ahí encontraré la felicidad! ¡Qué suerte he tenido!.”
Santa María -de manera sublime-, y los santos, nunca han buscado la felicidad sino la fidelidad a Dios y entonces, sólo entonces, fueron felices.
¿Te han ayudado estas pistas?. Piénsalas delante del sagrario o de la cruz y, a ver si hacemos millones de “personas felices.”

CUATRO MILLONES.. DE TRISTES

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Gálatas 3, 7-14; Sal 110, 1-2. 3-4. 5-6 ; san Lucas 11, 15-26

Hablando ayer un sacerdote quería comentar una noticia del periódico en la que se decía que en España cuatro millones de personas tienen depresión. Se ve que la palabra “depresión” se le escondió por los rincones de la memoria y se expresó diciendo: “He leído que en España hay cuatro millones de personas tristes,” creo que no se puede encontrar mejor definición.
No voy a referirme a las depresiones exógenas, endógenas y demás (eso que cada cual acuda a su psiquiatra, psicólogo, psicoanalista o psicoterapeuta, que el confesor -como no cobra-, parece que no vale la pena).¿Por qué sobreviene la tristeza? Seguramente por no haber cumplido alguna meta, por habernos decepcionado las consecuencias de algún acontecimiento, por hastío y aburrimiento, por expectativas incumplidas, por acontecimientos imprevistos que descabalan nuestros proyectos, … en definitiva por estar centrados en nosotros mismos. Hasta de la fe, que es la virtud por la cual creemos en Dios (el “totalmente otro” que diría “el otro”), la convertimos en “una cuestión mía,” nos interesa creer, “tenemos” que creer en algo y se nos olvida que es un regalo, un don de Dios.
“Y por la fe recibiéramos el Espíritu prometido.” Así termina la primera lectura de hoy en que San Pablo explica que todo hombre puede ser “hijo de Abraham,” miembro del nuevo pueblo de Dios: la Iglesia.
“Si echa a los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios.” Sin duda los que dijeron esto de Jesús eran creyentes. “Tenían” que creer y, por eso, no les cuadra lo que les saca de sus planes, de su organigrama, de su programa de lo que es la fe. Son personas tristes pues la fe se reduce a un cumplimiento, a la ley, que no deja lugar para la sorpresa y por lo tanto su fe siempre está amenazada como “un reino en guerra civil” y “va a la ruina.” Están amenazados por dos frentes muy distintos:
Un frente es la agresividad del ambiente. No vivimos en un clima cristiano, la “católica España” parece que pasó de moda. A los que viven la fe como cumplimiento de la ley muerta eso les pone nerviosos. Se vuelven más papistas que el Papa, intransigentes e incapaces de dialogar, todo es una amenaza y les lleva a recluirse en grupitos cerrados, incapaces de ser apóstoles y de anunciar a Cristo pues temen perder “su fe.” Tristemente muchas veces he visto al intransigente mandando todo “a paseo” harto de vivir con miedo.
Y el otro frente es Dios. Si, no me he equivocado, he escrito Dios. El que vive “su fe” (como si fuese un apartamento en multipropiedad), no quiere que Dios le exija más. Él “ya cumple,” hace lo que cree que tiene que hacer, pero nada más. Por eso se teme que Dios le llame al sacerdocio, a la vida religiosa, a vivir más la pobreza, a querer más a su mujer o a su marido o, sencillamente, a entregarse un poco más cada día. Temiendo que Dios no le de la Gracia suficiente acaba tratando al Señor “lo justo”, racaneando en la oración, en la caridad y en la entrega. Tiene miedo a defraudar a “su fe,” y eso también les pone tristes.
Tú y yo, como María, tenemos que estar con Cristo, “recoger” con Él y fiarnos plenamente de los dones y las gracias que Dos nos concede, dejándonos sorprender por Él cada día, por cada regalo que nos da: eso es Fe. A ver si así conseguimos que sólo sean 3.999.999 “personas tristes” en España.

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