“OBLIGATORIO”: AMAR

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Ezequiel 12, 1-12; Sal 77, 56-57. 58-59. 61-62 ; san Mateo 18, 21-19, 1

Los Evangelios que la Iglesia nos propone en este mes de Agosto están llenos de enseñanzas del Señor, referentes al amor a Dios y al prójimo. “Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” y la respuesta del Señor que acabamos de leer: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Que es como decir siempre.
Hay una idea muy equivocada de nuestra fe, de la religión católica, incluso entre nosotros los católicos, que consiste en estimar que ésta fe que nos predica Jesucristo nos habla de lo que es pecado, de lo que está prohibido, de lo que es malo. Podemos sacar ideas equivocadas de nuestra fe, pero ésta es sin duda una de las más graves.
Nuestro cristianismo es un vivo reflejo de lo que decimos, pue se trata de la religión del amor. Tanto en dirección de Dios hacia nosotros –“tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo hasta la muerte”—, como en nuestra relación con Dios, “el primer y principal mandamiento de la ley de Dios es amar a Dios con todo tu corazón”.
También la relación con nuestros afines, “amar al prójimo es semejante al primero”, es “semejante” a amar a Dios. Y para que quede aún más claro, añade el Señor: “en estos dos preceptos se resumen –se condensan, se sintetizan— toda la ley y los profetas”.
A veces se dicen cosas muy alejadas de la doctrina del Señor. Es verdad que hay acciones que están mal, que son pecado, y que es necesario acudir al sacramento de la confesión, pero esto es como decir que en la moda, en los vestidos, en las pasarelas, lo importante es lavar la ropa. ¡Hombre!, sí, hay que lavar la ropa, incluso plancharla, pero lo importante, si hablamos de moda, es el diseño, los colores, la caída de la tela, el estilo, la comodidad, la elegancia, los distintos tipos de tejidos. Igual nuestra fe: ¡tiene tal riqueza de colores, de estilos de vida, de modos de llevar ese “revestirse en el Señor”, como nos dice San Pablo, que parece miserable, o, al menos ignorancia, reducir nuestra fe, que es divina, a un lavado o a unas prohibiciones o preceptos dominicales, aunque, sin duda, también todo esto cierto y necesario.

A SOLAS, SIN SOBERBIA

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Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Sal 112, 1-2. 3-4. 5-6 ; san Mateo 18, 15-20

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Esto que acabamos de leer es muy difícil que se ponga en práctica entre los cristianos de hoy en día. Parece ser que no era tan extraño en tiempos remotos, y que se solía hacer con naturalidad en los primeros tiempos de los cristianos: corregir a quien vemos que está haciéndose mal a sí mismo o haciendo mal otros. Esto que nos recuerda el Evangelio de hoy no es lo mismo que gritar a otro las cosas que hace mal cuando hay algo que a uno le molesta o le enfada, eso sería dejarse llevar de la soberbia o del mal genio.
Lo que nos dice el Señor no es lo mismo que comentar las cosas que hace mal el otro a sus amigos o familiares a sus espaldas, eso se llama murmuración, ya sea en forma de calumnia o de difamación. Y mucho menos tiene que ver lo que nos enseña Jesucristo en este pasaje del Evangelio con golpear o herir físicamente al que vemos que está haciendo algo mal, eso sería un ataque directo, frontal –más o menos grave—, contra el quinto mandamiento de la ley de Dios.
Jesucristo no quiere nada de todo esto. Lo que dice es que “si tu hermano peca” es decir, hace algo que va contra la voluntad de Dios, no cualquier cosa, algo que es objetivamente malo, que es, como se dice textualmente “pecado”; y, además, aquí viene lo más señalado, nos dice el Señor el modo de actuar: “repréndelo a solas”. Esto parece indicarnos el carácter de hacer la corrección con delicadeza, “a solas”, es decir, no dejándolo mal delante de los demás, no humillándole. Podríamos deducir que se está refiriendo el Señor a que lo hagamos con afecto, con cariño; muy lejos de esas actitudes que criticábamos al principio o que pretendíamos distinguir de la auténtica caridad cristiana.
No podemos olvidar una cosa: es imposible que ni uno mismo ni los demás vivamos de tal manera que no hagamos nada irreprochable delante de Dios y de los hombres. Pero tenemos el derecho a ser corregidos. Sí, el derecho por ser cristianos. Esto quizá nos pueda sorprender, ya que podemos pensar que es una faena, que eso sólo nos lo hace alguien que no nos quiere.
Esto lo pensamos porque, desgraciadamente, la corrección por hacer algo mal va unido, casi siempre, al enfado del que nos corrige (los malos modos, las palabras malsonantes, expresiones en un tono de voz grotesco…). Todo esto lo provoca nuestra soberbia: la soberbia de quien corrige así de mal, sin tener en cuenta el consejo de Jesucristo, es decir, con cariño, buscando que la corrección no avasalle o humille, de modo que si lo haces con cariño, tal y como nos dice el Evangelio, habrás “salvado a tu hermano”. También existe la soberbia por parte de quien recibe esa corrección, que no la ve como un derecho, como una gracia de Dios, en el que puedas contar con un hermano, con un amigo, que te ayuda con su corrección, a evitar el pecado y a mejorar tu vida cara a Dios.

UN SANTO ARDIENTE

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san Pablo a los Corintios 9,6-10; Sal 111, 1-2. 5-6. 7-8. 9 ; san Juan 12, 24-26

“Porque el que da de buena gana lo ama Dios”. Estas palabras del apóstol San Pablo a los Corintios, corresponden a la fiesta de San Lorenzo, “coronado de laurel”, que eso significa su nombre, para sacar quizá una estupenda lección y poder aplicar a nuestra vida. Servirá también para nuestra consideración si pensamos, antes, un poco en su vida: leer vida de santos puede ser un propósito excelente no solo para este verano sino para el año entero.
El emperador Valeriano ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte. Así son los tolerantes de entonces y los de ahora. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado por soldados del emperador. El ambiente no era fácil. Cuatro días después iba a ser martirizado su diácono San Lorenzo.
Al parecer, quien mandaba entonces en Roma, llamó a Lorenzo y le dijo: “Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candeleros muy valiosos. Tráeme todos los tesoros de la Iglesia”, podría entenderse que en caso contrario podría costarle la vida.
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, y en esos días fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba con sus limosnas. Y al tercer día llamó al gobernador de Roma diciéndole: “Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia”. Al ver aquello el mandatario lo interpretó como una burla, aún más cuando San Lorenzo añadió que: “¡estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!”. Fue dada la orden de matarlo pero expresamente con la indicación de que fuera lentamente. Así encendieron una parrilla de hierro y acostaron al diácono Lorenzo. Era el 10 de agosto del año 258.
San Agustín dice que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura. A esto me refería al principio: San Lorenzo, y cualquier cristiano que hoy se entrega a Cristo, “da de buena gana” su vida, porque tiene un gran deseo de estar con Cristo.
El poeta Prudencio dice que el martirio de San Lorenzo sirvió mucho para la conversión de Roma, porque a la vista del valor y constancia de este gran hombre, convirtió a varios senadores, y desde ese día la idolatría empezó a disminuir en la ciudad.
Siempre, una vida entregada a Dios, quemada en una parrilla, o entregada en un convento o viviendo la fe cristiana con alegría en la familia, con el cónyuge, los hijos, los suegros, los yernos, siempre produce frutos en el mundo… También en estos días de verano está uno “abrasándose” bajo el sol en la playa, por ejemplo, con toda la familia, y las quejas pueden venir porque: “hoy no toca sombrilla”, “las bebidas están calientes”, “se ha puesto a llover cuando me iba a dar un chapuzón”… ¡Benditas vacaciones si estoy junto a aquellos que quiero y me quieren!

UNA JUDIA HUMILDE

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Eclesiástico 51, 1-8; Sal 30, 3cd-4. 6 y 8ab. 16bc-17; san Mateo 10, 28-33

“Contaré tu fama, refugio de mi vida, porque me has salvado de la muerte, detuviste mi cuerpo ante la fosa, libraste mis pies de las garras del abismo”. No deja de ser significativo que la Iglesia –en la fiesta de una mártir- haya elegido estos textos del Eclesiástico. En el día en el que se celebra a Santa Teresa Benedicta, más conocida todavía por Edith Stein, resulta revelador este himno de alabanza a Dios. Es llamativo, cuando se celebra la muerte en Auschwitz de esta judía, feminista, filósofa, discípula de Husserl, conversa, carmelita y mártir.
“Me auxiliaste con tu gran misericordia: del lazo de los que acechan mi traspié, del poder de los que me persiguen a muerte; me salvaste de múltiples peligros”. Edith Stein fue una mujer que habló mucho, y su propia vida fue una encarnación de la importancia del papel de la mujer en el mundo actual. Luchó por los problemas que la mujer tiene en la sociedad, la misión de la mujer dentro de la Iglesia, la tarea de la estudiante universitaria…
El Evangelio de hoy quiere que nos fijemos en lo más importante que hizo esta mujer -y no solo aplicable a ella, sino a todo ser humando—, que es ser humilde: porque “si el grano de trino no cae en tierra y muere, -nos recuerda el Evangelio- queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Lo importante no es sólo ser grano de trigo, sino un grano que quiere enterrarse por la humildad: darnos cuenta de que, por mucho que hagamos, como sin duda hizo en su momento Edith Stein.
Lo más importante es darse cuenta de que sin Dios no seríamos nada: sin Mi, “nihil potestis facere” nos dirá la Escritura, “sin Mí no podéis hacer nada”. No ser humilde es como el que “se ama a sí mismo”; ese, según nos dice hoy Jesús, “se pierde”. Sin embargo, “el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”. Estas son las enseñanzas claras y nítidas que nos propone el Evangelio de la Misa.
Y la humildad está muy unida al servicio: el soberbio quiere que le sirvan, los demás están a su servicio. Él tiene todos los derechos. Los demás, obligaciones. El esforzarse por servir a los demás será una señal clara de estar en unión con Dios.
Quizá viene muy bien en estas fechas de verano que nos recuerden en el Evangelio que hemos de servir, porque el calor, la pereza que se apodera de nosotros, la “vagancia” hace que si ya en circunstancias normales nos gusta que nos sirvan, ahora aún más. Pero no te olvides –y así termina el Evangelio de la misa de hoy— que “donde yo esté allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre lo premiará”.
La fiesta de hoy, de Santa Edith Stein, nos ayudará a pensar que, aún siendo muy inteligente, y con “muchos derechos”, ella quiso ser una humilde hermana monja Carmelita, recordándonos que el grano de trigo, para que sea fecundo, debe morir y “si muere, da mucho fruto”.

ABRID A PENAS VENGA Y LLAME

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Sabiduría 18, 6-9; Sal 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22 ; Hebreos 11, 1-2. 8-19; san Lucas 12, 32-48

“La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”. Estas palabras de la lectura de la misa y que corresponden a la Carta a los Hebreos, son un antesala perfecta para lo que nos va a pedir el Señor en el Evangelio de hoy. Porque el Señor nos pide tener una actitud de vida, un comportamiento de fondo, que se suele denominar en el lenguaje cristiano “abandono en las manos de Dios”.
Fijaros en lo que acabamos de leer: “Vended vuestros bienes y dad limosna”. Vivimos en un mundo en donde uno no se puede quedar así, sin nada; no sólo desde el punto de vista económico, sino que lo que Dios nos pide es que no pongamos la vista “en las cosas de la tierra sino en las cosas de arriba”: quiere que vivamos en la tierra almacenando riquezas que nos podamos llevar al Cielo. Hay que vivir valorando lo único que importa o, como dice el Evangelio, tener “las talegas” llenas de buenas obras, de tesoros que sí nos podemos llevar allí “donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla”. No habrá entonces peligro de perdernos jamás.
Pero aquí viene lo más importante: esa actitud ante la vida no la debemos adoptar por razón de una pobreza por la pobreza, o un abandono en una idea más o menos interesante. No. El Señor lo que desea, lo que hoy, en el Evangelio de la Misa nos recuerda, es que debemos de poner nuestra mente, nuestra atención, en las cosas que llenan el corazón “porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón”. Quiere de nosotros el corazón; al final de los tiempos no entrarán en el Reino de los cielos los más ricos, los más guapos, los más simpáticos, o los que más hayan salido en la televisión, sino los que tengan el corazón puesto en Dios: “Dame hijo mío, tu corazón”, “un corazón contrito y humillado yo no lo despreciaré”.
Esto es estar preparado. Preparado es aquel que tiene “ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Nos insiste Jesucristo: “Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame”. Es un modo de hablar casi reiterativo: “Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes”. Los “bienes” de ese “amo”, como bien sabemos, son la dicha y la alegría para siempre en el cielo.
La conclusión es una: hemos de vivir cumpliendo, aunque cuesten, los mandamientos de la Ley de Dios, y amar de verdad al prójimo. Como nos advierte el Señor, se trata de vivir honradamente cara a Dios, y sirviendo a los demás. Si vivimos así, seremos dichosos, tan dichoso como “el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes”.

LAS COSAS POR SU NOMBRE

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Habacuc 1, 12-2, 4; Sal 9, 8-9. 10-11. 12-13 ; san Mateo 17, 14-20

Nos habla hoy el Evangelio de un chico epiléptico o endemoniado, según quien lo califique, y que no hay forma de curarlo, ni si quiera por la intervención de los apóstoles del Señor. El asunto, como se ve, es serio.
He dicho que “según quien lo califique porque el padre del chico dice de su hijo que tiene “epilepsia”; pero luego nos cuenta San Mateo que “Jesús increpó al demonio”. Los padres siempre ven menos grave lo que le pasa a sus hijos: “no es tan malo como parece, mi chico”. Esto es peligroso porque si un padre no quiere ver lo que realmente le pasa al hijo, es difícil que tome las medidas pertinentes para curar el mal: no es lo mismo ser un poco travieso, que un soberbio; no es lo mismo ser un poco dejado, que estar poseído por la pereza o la tibieza; no es lo mismo que le guste un poquillo alguna película fuerte, que estar dominado por la pornografía o la impureza, etc.
Por eso el Señor, llama a las cosas por su nombre, y aunque comprendemos que el buen padre ha querido delante de todos no mostrar el auténtico mal de su hijo, el Señor nos hace una invitación a la sinceridad: el tema no es de epilepsia, no es por tanto una enfermedad, sino una situación grave del alma lo que le aqueja a este chico.
Dos aspectos podemos además resaltar de este Evangelio; uno, la orden que da el Señor: “traédmelo”; y el otro: la imposibilidad de los apóstoles para haber curado al enfermo: “¿y por qué no pudimos echarlo nosotros?” Le preguntan a Jesús una vez éste ya ha hecho el milagro.
La orden: “Traédmelo”: hemos de ponernos delante de Dios. Hay que estar frente a frente –oración—, tenemos que llenarnos de Cristo –Eucaristía-; hemos de ver en el prójimo al Señor –caridad, cariño, amor al prójimo-; hemos de “traernos” a Cristo dentro de nosotros –vivir en gracia de Dios, recuperándola si la perdemos, por el sacramento de la reconciliación-. Así es como nos ponemos delante de Jesús, así es como vamos a ser curados de nuestras “epilepsias” o de nuestros “demonios”.
Y, el segundo aspecto que quisiera considerar es la imposibilidad de los discípulos de realizar este milagro. Bueno, esto es muy fácil de comentar, porque nos lo dice, directamente, sin rodeos el mismo Jesús: no habéis podido “por vuestra poca fe”. Yo comprendo a los apóstoles: no nos olvidemos que este chico, según nos cuenta su padre, “le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua”, lo que realmente impondría bastante y, es muy fácil que a cualquiera le entrara hasta miedo para acercarse a este hombre, de ahí que le diga el padre a Jesús que hasta “se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo”. Que es como si le dijera al Señor: “o lo haces tu, o no lo hace nadie”. Esto es imposible para el ser humano por muy bueno o santo que sea. El Señor no admite ese planteamiento, porque lo que cura, el pretendido milagro no lo va a producir un poder “supernatural”, extraño o fuera de alcance humano. No. El milagro lo produce la fe. Tanto es así, que “os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible”.

CAMBIO DE ROSTRO Y CONVERSIÓN

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Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96, 1-2. 5-6. 9 ; san Pedro 1, 16-19; san Lucas 9, 28b-36

“Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. Estas palabras con las que empieza el Evangelio de hoy son las que han hecho que la fiesta de éste día se le de el nombre de “la Transfiguración”, es decir, el rostro de Cristo cambió.
Lo primero que este hecho de la vida de Jesús, ha sido recogido en el cuarto de los misterios luminosos del Rosario que Juan Pablo II ha querido incorporar a los otros tres misterios ya existentes. Esto ya es significativo. Y aún me atrevería a añadir una consideración más: este misterio está justo después del que se menciona como tercer misterio: “la predicación del Reino y la conversión”. Unir ambos misterios “nuevos” en el rosario nos hace pensar que el Papa lo haya considerado en su oración personal.
Si se asimila la predicación del Reino de Dios se dará necesariamente nuestra conversión (3º misterio) –conversión del pagano que conoce de nuevas la fe cristiana; y conversión de quien siendo ya bautizado, re-descubre el rostro de Cristo–, y si hay predicación, y conversión, se produce la transfiguración (4º misterio). Tercer y cuarto misterios seguidos de los nuevos misterios luminosos. Luminosos porque nos dan luz para recorrer el sendero que conduce a la vida eterna: ese es el camino que queda iluminado para que no nos perdamos ante las oscuridades que –los hijos de las tinieblas— ofrecen a veces a nuestro paso.
La transfiguración, el cambio de vida, sólo se da en Cristo, con Él y en Él, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia. Por eso exclamaron Pedro, Santiago y Juan: “Maestro, qué bien se está aquí”. Con Jesús siempre se está bien. Tanto que dan ganas de quedarse para toda la vida en esa situación: “hagamos tres tiendas”. No nos debemos de cansar de considerar que, con la transfiguración, con nuestra conversión, -fruto de la asimilación de la Predicación del Reino— se da la única y auténtica felicidad, no la que procede de bienes más o menos pasajeros, o peor aún de placeres efímeros—, sino la que tiene como causa, como origen la contemplación del rostro de Cristo: con la conversión se transfigura también nuestro semblante.
Cuando nuestra vida se transfigura, nuestros vestidos brillan blancos, limpios, sin mancha, pues no puede haber verdadera transfiguración mientras permanezcamos en el pecado, sin la contrición, sin la reconciliación. Sabremos que ha habido transformación en nuestra vida, verdadera conversión, si –como nos dice el Evangelio de hoy— reconocemos al Hijo de Dios en nuestra vida, “este es mi Hijo, el escogido,” y, luego, nos aprestamos a hacer lo que él nos diga: “escuchadle”. Esto es asimilar bien la Predicación y, por este camino, llegamos a la conversión.

SI LE CONOCES LE AMAS

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Jeremías 31, 31-34; Sal 50, 12-13. 14-15. 18-19 ; san Mateo 16, 13-23

Hay en el Evangelio de hoy dos preguntas que hace el Señor a sus discípulos. La primera es: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”, es decir, “Por ahí, ¿qué se dice de mí?” Y las respuestas son de lo más peregrinas. Yo me imagino a los discípulos contestando un poco entre risas, como diciendo, “fíjate qué despistados están, pues mira que decir que eres Elías, o Juan el Bautista, es que no saben lo que se dicen”. De todos modos algo encaminados van. Confundir al Señor con Elías o alguno de los profetas es acertar algo.
Sí, la verdad es que los que no conocen a Cristo, los que están lejos de Él, también ahora en nuestros tiempos, lo confunden; intuyen algo especial, pero no saben quien es verdaderamente Jesús. No le conocen. Por eso pasa lo que pasa: que no lo quieren. No lo quieren porque no lo conocen. Porque se imaginan que amar a Cristo es algo triste, aburrido, que da insatisfacción, que te quita la libertad para ser “tu mismo”, que si te comprometes a quererle, a seguirle, a amarle, a hacer lo que Él quiere que hagas, estás perdido… y ya nunca serás feliz. Y, es justo al revés: Él, que nos conoce y nos quiere, sabe qué es lo mejor para nosotros y nos pide que hagamos justo lo que será para nosotros la auténtica felicidad, la dicha y la alegría.
Lo que sucede es que, estamos en la tierra, y si amas a Cristo tienes el mismo dolor de cabeza que si no le amas, tienes las mismas enfermedades. Puedes quedarte sin trabajo, seas muy buen discípulo de Cristo, o una mala persona. Si hace sol tienes calor, y si hace frío te congelas. La vida de uno que ama a Cristo, o que no le ama, puede ser a primera vista muy parecida. Por dentro, en cambio, el que ama a Cristo está enamorado de Él, comprende más, incluso llega a ver en sus semejantes al mismo Cristo, por eso los trata mejor, y también los quiere más.
Pero el Señor, lo que más desea saber no es lo que piensa la gente por ahí, lo que desea es saber de ti, de quien está leyendo estas líneas, de quien quizá acaba de ir a Misa, y de quien, por tanto, un discípulo suyo.
“¿Vosotros, quien decís que soy yo?”. Esta pregunta –la segunda a la que me refería al principio— nos demuestra que el Señor distingue entre “los suyos”, los que le aman, los que le quieren precisamente porque le conocen, y los que, por desgracia, todavía “andan extraviados, como ovejas sin pastor”. Pedro va a ser nuestro portavoz: “Señor tu eres el Mesías el Hijo de Dios vivo”. Cuando uno dice eso, cuando sabemos quién es el Señor, cuando poco a poco lo vamos conociendo más –por la oración y por los sacramentos, por la escucha atenta de la Palabra en la misa los domingos—…entonces, ¡qué diferente se camina por la vida!. La alegría –no incompatible con el dolor— aflora al rostro del hijo de Dios; la felicidad –con contradicciones, porque estamos en la tierra— con Dios, está siempre presente como poso de vida.

CORAZONES DE MADRE

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Jeremías 31, 1-7; Jr 31, 10. 11-12ab. 13 ; san Mateo 15, 21-28

“Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares” se va a dirigir al Señor para hablarle. Hay que salir de uno mismo. Hay que salir del entorno habitual, apartarse al menos a “un tiro de piedra” como hizo el Señor en el huerto de los olivos, para entablar conversación con su Padre Dios; es lo que, por otra parte, hacemos los hombres cuando tenemos algún tema importante que hablar con alguien: “oye, quedamos y hablamos”. Entonces, a solas, dejando lo que solemos hacer, saliendo del lugar habitual, hablamos con esa persona con la que tenemos intereses comunes. Así hablamos con el Señor.
Y lo primero que aprendemos de esta mujer cananea es saber dirigirnos a Dios como lo hace ella cuando ruega por otra persona: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Fíjate que riqueza de matices: identifica el problema de la hija consigo misma: “Ten compasión de mi”. Quizá con esto empezó a ganar el corazón de Cristo. ¡Qué importante es que ganemos el corazón de Jesús! A veces queremos ganar el afecto de un amigo, de una novia o de un novio, y puede resultar estupendo. Pero, ¿ponemos el mismo esfuerzo por ganar el corazón de nuestro Amor, el corazón de quien dio la vida por ti? Observa cómo se esfuerza la mujer –“se puso a gritarle”, dice el Evangelio— para ser oída por Cristo. Y aquí viene algo sorprendente: “El no respondió nada”.
Se ha escrito mucho sobre este pasaje de la Escritura pues nos deja de piedra la actitud de Jesús. Esta actitud del Señor con la cananea puede ser como la que podemos ver en una madre, probando el amor de su hijo pequeño: el niño acude a su mamá pidiendo ayuda, para hacer los deberes, para que le coja la pelota que no está a su altura, porque no puede abrir la caja de juguetes, y ella, la madre, se hace la dormida, o como que no le oye, o como que ahora no tiene tiempo para atenderle, y el niño insiste, sabiendo que es imposible que una madre no le ayude, al fin, a quitarle esa pena. La madre prueba el interés del hijo, la auténtica fe del hijo en que ella va a poder solucionarlo. Igual Cristo.
Jesús también toma esa actitud, aparentemente dura, con la mujer de nuestro Evangelio, para enseñar a generaciones futuras cómo hemos de rezar: con insistencia, con tozudez, con perseverancia, y, sobre todo, con una fe, que nada le hace desfallecer, como a esa madre: “Señor, socórreme” y la contestación que da el Señor puede ser la menos comprensible: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero esta mujer cananea conoce el corazón de Cristo, al igual que un hijo conoce el corazón de su madre: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
Es imposible que una madre se resista al requerimiento de su hijo, como si de pronto oyera que éste le dice: “mamá, ayúdame, porque yo te quiero mucho”. Es lógico que Cristo conteste, ya vencido y derrotado por la fe y el amor de ésta mujer: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Y así, la madre llena de emoción seguramente le diría: “hijo mío, claro que te va a ayudar mamá, ven, dame un beso”. Esto mismo hace Cristo: “y en aquel momento –termina el Evangelio de hoy— su hija quedó curada”.

UN AMIGO LLAMADO JESÚS

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Jeremías 30, 1-2. 12-15. 18-22; Sal 101, 16-18. 19-21. 29 y 22-23 ; san Mateo 14, 22-36

“Después de que la gente se hubo saciado” Jesús empezó a despedirse de todos ellos. Una vez más nos muestra el Evangelio la magnificencia y grandeza de Jesús: El sacia nuestras necesidades. Hemos de pedirle al Espíritu Santo que nos de el don de escudriñar las Escrituras, y descubrir sus grandes enseñanzas –Jesús es “el Maestro”, es “la Verdad…—.
Aquí apenas hemos empezado a leer y ya nos damos cuentas de que quién está con el Señor, quién se acerca a Él. Quien vive de la gracia siempre saciará su existencia y su alma: con Jesús se está bien, con Jesús, no tienes necesidad de nada más, pues con El lo tienes todo. Ya lo decía Santa Teresa de Jesús “sólo Dios basta”.
Nos cuenta el Evangelio que, después de la multiplicación de los panes, Jesús despide a la gente… y el Señor “subió al monte a solas para orar”. Llegada la noche, estaba “allí solo”. Es curioso también este modo de proceder: acaba de realizar un gran milagro –ha dado de comer a cinco mil personas con cinco panes y dos peces—, y la forma de celebrarlo es quedarse solo, rezando en el monte, incluso alejado de sus discípulos que, como nos dice el Evangelio de la misa de hoy, se han ido –quizá llenos de alegría por el milagro y para celebrarlo— a pescar. El Señor nos enseña que la oración debe de preceder, acompañar y continuar, en todos los actos de nuestra vida; ante los acontecimientos más menudos, y ante los más grandes (acabar una carrera universitaria, ganar una oposición, una subida de sueldo, el nacimiento de un nuevo hijo…). Lo importante es acudir al Señor en todo momento. Jesús debe de estar presente en nuestra vida como lo es un amigo, un padre, o un amor humano al que se le confía nuestras alegrías y nuestras penas.
Cristo rezando solo en el monte, y los discípulos –desgraciadamente, también solos— en el mar. Ese es el primer error, y también el nuestro: dejar al Señor por el trabajo, por la diversión, por los amigos… cuando en cada una de esas situaciones también nos ha de acompañar Jesús. Al quitar de nuestra vida a Jesús, es decir, cuando “la barca iba ya muy lejos de tierra”, nuestra vida queda “sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. Para un cristiano el viento siempre es contrario, porque –después del pecado original— la tendencia del hombre es hacia el pecado –a la pereza, al orgullo, a la impureza…-, y nuestra naturaleza queda “sacudida por las olas”
Pero Jesús, es un amigo. Jesús no abandona –aunque nosotros sí que lo hagamos—a quienes tienen la voluntad, de seguirle, y aunque, a veces, como ahora sus discípulos, se alejen por el atractivo del trabajo profesional, o le dejemos por no cumplir el cuarto mandamiento, los deberes tan queridos con la familia; o nos alejamos por culpa del descanso, no cumpliendo, por ejemplo, el precepto de santificar las fiestas (lo que hemos de evitar que no nos suceda durante este tiempo estival: faltar a Misa el domingo, que es nuestro encuentro principal con el Amigo).
Cristo sale a buscarnos para sacarnos del oleaje producido por el viento contrario. Quizá esa solicitud de Dios por nosotros, a pesar de nuestro alejamiento, nos la quiere expresar el Evangelio cuando nos dice que “de madrugada (lo primero que hace), “se les acercó Jesús”. Un acudir de Cristo hacia nosotros, haciendo si es preciso un milagro, aunque sea “andando sobre el agua”, porque (piénsalo sinceramente), ¿no es un milagro que tu no abandones a la familia por el trabajo, o que saques tiempo para ir a misa el domingo?. Se nos ha terminado el espacio… pero no las ganas de seguir hablando de Él, tu amigo y el mío.

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