EL PEOR ROTO.

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Samuel 15, 16-23; Sal 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23 ; San Marcos 2, 18-22

Hace ya unos años, en esta misma semana de oración por la unidad de los cristianos, me tocó acompañar a un Pastor protestante hasta su casa. Por el camino hablamos de ecumenismo, cómo llevar a la plena comunión a las distintas Iglesias. Su respuesta fue bien clara y contundente: “Si queremos entendernos un día, yo tendré que intentar ser el mejor y más coherente protestante y tú el mejor y más coherente católico.”
Muchas veces se ha presentado el ecumenismo como una especie de pastiche de religiones para buscar “puntos comunes” que no molesten a nadie, a fin de cuentas “vino nuevo en odres viejos” y, al final, ni vino, ni odres, ni fe, ni Cristo, ni Iglesia, ni nada de nada. Podremos decir como Saúl (incluso con cierto tonillo de indignación): “¡Pero si he obedecido al Señor!”, si he renunciado a ciertas partes de la fe, si no he tenido en cuenta algunos aspectos de la moral, si he rebajado mi vida de hijo de Dios ha sido para “ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios”, para que no me tomasen por intolerante, para que les agradase más el seguimiento- aunque sea de lejos- de Cristo, para que a los demás les fuese más fácil seguir el evangelio (o por lo menos algunos trozos), para…(ponga aquí todas las excusas que se le ocurran). A Saúl le costó la corona, a muchos les ha costado la fe, queriendo remendar un roto han dejado “un roto peor”.
¿Cómo vas a trabajar hoy por la unidad de las Iglesias?. Procurando ser “el mejor y más coherente católico”, viviendo intensamente la fe que has recibido en el bautismo y sintiéndote íntimamente unido a tu madre la Iglesia, sin falsedades.
¿Quién no tiene hoy un teléfono móvil? (No he preguntado a quién le hace realmente falta que sería muy distinto). Pues bien, hace unos años, cuando no eran tan frecuentes y las llamadas eran caras, un hombre se paseaba por la estación de Santa Justa, arriba y abajo, hablando por su teléfono celular y alardeando con su pose de su preciada posesión. La conversación- paseo arriba, paseo abajo- duraba ya más de tres cuartos de hora cuando en el andén una mujer sufre un infarto. En seguida alguien reaccionó y se acercó al hombre del móvil en ristre para que llamase a una ambulancia. Cuál no sería la sorpresa de todos al descubrir que el teléfono que llevaba en la mano era de juguete y que era incapaz de comunicase con nadie. Vanidad de vanidades. Si quieres hacer algo por la unión de las iglesias no alardees de ecuménico, que seguramente se quede en nada, en un teléfono de juguete, siéntete orgulloso de tu fe, vívela con pasión, con fidelidad, reza más, entrégate más, ama más, únete más a María tu madre y madre de todos, que te vean alegre, generoso, optimista, que no haces “teologías en el aire” sino que vives lo que has aprendido en la Iglesia, con dificultades y con luchas, pero con la felicidad de la fidelidad. Entonces estarás haciendo algo realmente efectivo para la unión de todos los que creemos en Cristo.

LO QUE DIOS HA UNIDO…

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Isaías 62, 1-5; Sal 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 9-10a y c ; Corintios 12, 4-11; San Juan 2, 1-11

Ser sacerdote me posibilita asistir a muchísimas bodas. Bodas multitudinarias- de más de quinientos invitados-, bodas pequeñas con cinco o seis invitados, bodas opulentas con cientos de detalles en su preparación, bodas sencillas, bodas ruidosas y bodas silenciosas, bodas alegres e incluso bodas tristes por el fallecimiento cercano de un familiar, bodas con bautizo de los hijos, bodas de blanco, bodas con Misa y bodas sin Misa, bodas con algún no católico y bodas de recién bautizados (de adultos, por supuesto). La gama es enorme y casi se pueden dar todo tipo de posibilidades de combinación de los dos elementos (hombre y mujer, naturalmente). En cualquier caso todos coinciden en que es para ellos un día especial.
¿Cómo sería la boda a la que asistió Jesús y su madre en Caná de Galilea?. No sabemos si serían de su familia, amigos, clientes agradecidos del taller de José… sí podemos adivinar que fue para ellos un día muy intenso de emociones y que no se enteraron (parece mentira cómo se repite tantas veces la historia) de que entre sus invitados –cantando, comiendo, bailando, felicitándoles- estaba el Redentor, el Mesías esperado y su madre santísima.. Me gusta meditar que el primer milagro de Jesús no ocurrió públicamente como muestra de su poder infinito, ni impresionó más que a unos pocos que se enteraron, ni buscó un efectismo espectacular sino que fue por obedecer a su madre y por servir a un hombre y una mujer que se unían en matrimonio y que seguramente casi no repararon en su presencia. No vamos hoy a comentar nada del matrimonio humano (tiempo habrá) sino de otra unión indisoluble que el hombre también se empeña en disociar, la de Cristo con su única Iglesia.
Comienza hoy la semana de oración por la unión de los cristianos. Seguramente no sea primera plana en los periódicos ni le dediquen dos segundos en televisión, pero a pesar de parecer condenado al ostracismo tendremos que decir con Isaías: “Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré”. Me duele la división en la Iglesia, me hace daño que los que llamamos a Cristo “el Señor” estemos divididos, hayamos vuelto a romper- como al pie de la cruz- la túnica inconsútil de Cristo, hagamos pedazos su cuerpo y no nos duela no trabajar lo suficiente por volvernos a unir. A lo mejor desde España nos parece un problema pequeño o distante, pero católico significa universal y es por ello un problema acuciante, que nos urge a ponerle entre todos solución porque no podemos echarlo en el olvido. Esta semana nos centraremos en la unidad pues es cierto que “hay diversidad de dones, pero un mismo espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos”. ¿Qué podemos hacer tú y yo?. Escucha a nuestra madre María: “Haced lo que él diga” y proponte pedir al Señor por la unión de las Iglesias todos los días, mira a los cristianos como si fuese ese matrimonio de amigos queridos que-por tonterías- se han separado y no son felices, todos sufren y quieres poner todo de tu parte para que vuelvan a ser felices, para que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre por muy cabezota que sea. Si damos pasos para la unidad de las Iglesias entonces “crecerá la fe de sus discípulos en él” y será más fácil que el mundo crea.

LOS ELEGIDOS.

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Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, la; Sal 20, 2–3. 4-5. 6-7 ; San Marcos 2, 13-17

Saúl sale de su casa a buscar unas burras extraviadas y regresa como rey de Israel. Ya podría volver triunfador de una batalla, como un gran sabio, descubridor de algún invento innovador, como gran empresario del mundo antiguo, descubridor, poeta o filósofo, pero…, fue a buscar unas burras y volvió como rey.
Así son los elegidos de Dios, no son los que el mundo aplaude, aclama, vitorea y luego- habitualmente-, olvida. son los que Él quiere para que le sirvan: “te basta mi gracia”. Es cierto que Dios da su gracia a quien la necesita y está dispuesto a ser fiel y a poner en juego su vida, pero la gracia de Dios basta para cumplir la misión encomendada. Conozco a algunos de los que ahora se llaman “Directores de Recursos Humanos” -(los RR.HH.)-, y me dicen que ciertamente no es una labor fácil. Saben que de su decisión depende el futuro de una persona y, en muchos casos, de una familia. Saben que les enseñan la “cara” que quieren ver y que, en la mayoría de los casos, se inflan los currículos y sólo el tiempo dirá de la dedicación y sabiduría de una persona para un cargo determinado. Saben que después de un tiempo de formación y de inversión en una persona puede marcharse a otra empresa y convertirse en la competencia, por lo que hay que pagar generosamente su fidelidad.
Pienso que si Dios se presentase a director de RR. HH. se le despediría enseguida, sería el hundimiento de la empresa en unos pocos meses. ¿Cómo actúa Dios con sus elegidos?, ¿cómo ha actuado Dios contigo y conmigo?, ¿cómo actuó con Saúl, Mateo, Pablo. Pedro, Ignacio, Teresa, Francisco, …?. Todos somos los elegidos de Dios: “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, algo incompresible si no hacemos como San Mateo: “Se levantó y lo siguió”. A nuestro Señor no le hacen falta currículum-vitae para darnos su gracia y mostrarnos que somos sus elegidos, nos pide tan sólo la humildad de reconocerle y, por eso, quererle, y queriéndole, seguirle. Así, al seguirle nos conoceremos a nosotros mismos y percibiremos el amor que nos tiene.
Se ha puesto muy de moda la “autoestima”, es decir quererte porque sí. No es que sea nada malo, de hecho ayuda a muchos, pero, sinceramente, prefiero hablar de la “teoestima”, quiérete porque Dios te quiere, apréciate a ti mismo como aprecias al más pecador del mundo (pues Cristo murió por él y por ti), y aún sabiendo que en cualquier momento puedes fallar, “abandonar el primer amor” y convertirte en aquello que ahora más odias, siempre podrás volverte a tu Padre Dios en la confesión y saber que estás enfermo porque hay sanación para tu mal, te has caído pero puedes levantarte y volver a caminar, los demás (como a Leví, el de Alfeo) te juzgarán, pero Jesús tiene una palabra de aliento para ti. Quizá muchos piensen que has ido a buscar “burras perdidas” pero tú sabes que has encontrado la Salvación. María, madre mía, que nunca sea sordo a las palabras de cariño de Dios que- aunque exigentes-, me hacen ser yo, me hacen ser tuyo.

QUE BUEN VASALLO…

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Samuel 8, 4-7. 10-22a; Sal 88, 16-17. 18-19 ; San Marcos 2, 1-12

De ese gran personaje de nuestra historia que fue Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid (del que últimamente se hacen hasta películas de dibujos animados) ha quedado en nuestra memoria una frase de estas “antológicas”:, ¡Oh Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor! Las tramas y las traiciones de la Corte consiguieron poner en su contra al rey Alfonso VI por el que había dado su vida. Había mostrado todas sus habilidades y puesto en riesgo su vida para defenderlo a él y a su reino, pero fue desterrado injustamente.
El Cid no pudo elegir señor, su fidelidad mandaba, era un caballero no un mercenario o soldado de fortuna. En la lectura de hoy el pueblo de Israel pide un rey a Samuel rechazando al Señor, su Dios. Samuel no les pinta nada bien el panorama, les intenta explicar que los deseos de un rey humano serán caprichosos, que se moverá muchas veces por la codicia o el afán de poder, que abusará de ellos y sus posesiones e incluso les dice: “vosotros mismos seréis sus esclavos”. Ante un futuro así cualquiera pensaría aquello de “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy” pero no, la motivación del pueblo es poderosísima “Así seremos nosotros como los demás pueblos” y hacen oídos sordos a los avisos de Samuel. Por lo tanto, el Señor les concede lo que piden: “Hazles caso y nómbrales un rey”. Parafraseando a los burgaleses del Cantar del Mío Cid podríamos decir ¡Oh Dios, que buen Señor eres si tuvieses buen vasallo!.
Leyendo hoy la lectura podríamos pensar: ¡Qué torpes y necios los israelitas, qué mal eligieron, cómo se equivocan…!. Pero mira tu vida sinceramente, ¿cuántas veces actuamos para ser igual a los demás aunque sea rechazando a Dios?, ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por el qué dirán sin acogernos a Dios?, ¿cuántas veces podemos pensar a posteriori: “¡qué torpe y necio fui, que mal elegí, cómo me equivoqué…!. Es la historia del pueblo de Israel y cada una de nuestras historias, nuestra infidelidad y falta de gratitud frente a la cercanía compasiva de Dios que nos quiere.
Lo peor de equivocarse no es creérnoslo (habitualmente todos nos damos cuando nos hemos equivocado) sino reconocerlo ante los demás y ante Dios. Muchas veces necesitamos ayuda como el paralítico del evangelio de hoy. Para el paralítico hubiera sido muy difícil llegar hasta Jesús y mucho más ante un gentío que se agolpaba a la puerta de la casa, a él sólo le parecería imposible arrastrase a través de tantas piernas y la multitud le aplastaría aun sin quererlo. Era una verdadera “misión imposible” que ni Tom Cruise podría superar. Pero allí estaban esos cuatro amigos, las dificultades se allanan, lo que parecía un muro infranqueable se convierte en trampolín que le acerca a la salvación, la altura que nunca alcanzaría arrastrándose con sus manos le desliza ahora frente a frente al Maestro.
Claro que allí también se encuentran los “torpes y necios” que no saben elegir a su Señor, escucharían a Jesús por curiosidad o para ponerle alguna trampa pero sin prestarle atención, preferían seguir esclavos de sus tradiciones que escuchar al que es la Palabra de Dios. Pero Dios, compasivo y misericordioso no les niega el presenciar el milagro de la curación del alma y del cuerpo. Una oportunidad más para reconocerle como Dios y Señor. Tú y yo somos muchas veces paralíticos y necesitamos la ayuda de un director espiritual, de un buen amigo para no elegir a otro rey que no sea Dios. Tú y yo somos amigos de muchos paralíticos, con María y con cariño les ayudaremos a llegar hasta Cristo, hasta su salvación. ¡Oh Dios que buen Señor, yo quiero ser fiel vasallo!.

A QUIEN MADRUGA…

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Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39, 2 y 5. 7-8a. 8b-9. 10 ; san Marcos 1, 29-39

“(Jesús) se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar”. ¿No te has preguntado alguna vez cuál era la fuerza que movía a Jesús, que le hacía vivir jornadas intensas (ir a la sinagoga, curar suegras y demás enfermos, expulsar demonios, enseñar, ponerse en camino…) llenas de actividad, volcado en los demás, al servicio de todos y esa fuerza es la oración? Qué iluminadora es la frase del Evangelio.
La oración nos cuesta casi siempre, Santa Teresa nos lo dice repetidamente en sus obras: “En la oración pasaba gran trabajo”, pero sin oración sí que nos costará trabajo hacer lo que hay que hacer en cada momento.
Cuando hacemos un rato de oración hay que intentar poner toda nuestra vida en juego delante de Dios. Que no te ocurra como aquellos dos jóvenes seminaristas que tenían que estudiar en verano. Procurando sacar más horas de estudio (y con tiempo para ver la vuelta ciclista en aquellos tiempos de Induraín) decidieron poner un rato de oración justo después de comer. Dicho y hecho, después de una buena comida, un corto paseo hasta la parroquia y media hora sentados delante del sagrario, bajo los efectos de ese sopor que provoca el demonio meridiano, acariciados por los treinta y tantos grados de temperatura exterior, no tardaron en oírse leves y acompasados ronquidos. Al acabar el tiempo previsto de oración uno le preguntó al otro: “¿Qué tal la oración?, a lo que le respondió: “Estupendamente, yo a lo mío y Dios a lo suyo”.
Ciertamente todos tenemos muchas cosas que hacer, no es fácil madrugar día tras día y peor se le pone a uno la cosa si, como Samuel, te despiertas varias veces en la noche, pero no podemos dejar para el Señor el peor tiempo del día. Seguramente tampoco el mejor pues tendremos que trabajar, pero no lo dejes para “mas tarde”, porque el “después” podría convertirse en “mañana” o “nunca”. Muchos me dicen “yo rezo en la cama”. Seguramente el inventor de la cama esté en el cielo pero no por su gran devoción sino por un invento tan útil para la humanidad. La cama es para dormir y aunque es muy bueno acostarse rezando no es bueno que sea tu reclinatorio, tu capilla y tu lugar predilecto de encuentro con Dios.
Levántate, ofrece el día al Señor y después de una buena ducha o un buen desayuno busca un sitio tranquilo – mejor una iglesia- para hablar con tu padre Dios. Ya vendrán a molestarte más tarde, como al Señor los apóstoles, y tendrás que ponerte a trabajar pero con las pilas bien cargadas del amor de Dios. Luego a lo largo del día busca momentos – aunque sean breves-, para dirigirte al Señor y a tu madre la Virgen, búscale en la Eucaristía, llena tu día de Dios. Cómo me conmueven los relatos de personas en países de misión que cuentan las caminatas que se dan para asistir a la Santa Misa, o de aquellos otros con una gran responsabilidad en su trabajo que siempre sacan un hueco para asistir al Santo Sacrificio. “Habla, Señor, que tu siervo escucha” y quiere escucharte, ponte en caminos de oración y para terminar también con Santa Teresa: “No es menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos”. Con María a orar y trabajar.

LOS COSMÉTICOS

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Samuel 1, 9-20; IS 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd ; san Marcos 1, 21-28

Siempre me ha asombrado la cantidad de productos de belleza, cosméticos, maquillajes, cremas, mascarillas y demás potingues que se venden (y se compran) y ahora tanto para los hombres como para las mujeres. En los cuartos de baño hay verdaderos ejércitos de tarros, botes, envases para una cantidad de usos en los que espero que el Señor me mantenga en la ignorancia. La lucha contra la arruga, la espinilla, la calvicie, las ojeras y los puntos negros es un frente abierto de lucha por la mañana, la tarde y la noche, despiertos o dormidos.
Ana no debía haberse maquillado la mañana que entró en el templo a pedirle un hijo varón al Señor. Elí pensaba que estaba borracha “devuelve el vino que has bebido”, su cara debía ser el reflejo de su “desazón y su pesadumbre”, una cara impresentable para estar en sociedad como la de tantos recién levantados que se preguntan en el baño: ¿Quién es ese que intenta mirarme desde el espejo?.
Sin embargo, Ana no asiste a un centro de embellecimiento, ni corre a comprarse cien mil frasquitos de productos varios para tapar o disimular su pena. Ana simplemente confía, se pone en manos del Señor y Elí pide por ella. Entonces ocurrió el milagro “y se transformó su semblante”, y tanto que se hizo irresistible para su marido Elcaná.
La cara es el espejo del alma, dice la sabiduría popular, y todavía no se ha inventado el maquillaje para la vida interior. Ante los desánimos, las desesperanzas, tristezas y pecados puedes intentar cubrirlos como esas mujeres que se maquillan con brocha y con espátula y que ante el calor de unos focos o un día soleado empiezan a agrietarse peligrosamente, pasando de parecer bellas a parecer leprosas porque pierden trozos de rostro ente cada movimiento facial. Para el alma sólo existe un centro de belleza, Dios, que no tapa bajo montañas de crema nuestros defectos, sino que nos restaura completamente en la confesión, que rejuvenece nuestra piel en la oración, que da elasticidad al cutis con la caridad. “Hasta los espíritus inmundos les manda y le obedecen”, ese pecado, ese defecto que tratas de ocultar y siempre vuelve a aparecer sólo se cura poniéndote en manos de Cristo que te “recrea” y te devuelve la belleza y mirada clara del hijo de Dios. Haz un propósito: no intentaré ocultar mi pecado bajo una capa de excusas, seré sincero y me fiaré del Señor pues sé que podré “gozar con su salvación” y entonces se transformará mi semblante, quien me mire no verá una montaña de cosméticos sino un rostro limpio que es el de Cristo.
María no usa limpiadores faciales, refleja en su bello rostro la belleza de Dios, del corazón enamorado, de la vida entregada, de la confianza absoluta en “Dios, mi salvador”. Acude rápido, hoy mismo, a quien puede limpiarte el alma y fíate de la autoridad de Cristo y verás cómo ya no tiene que maquillar más veces el alma.

¡QUE ALIVIO!.

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Samuel 1, 1-8; Sal 115, 12-13. 14 y 17. 18-19; san Marcos 1, 14-20

Ya lo decíamos ayer: Se acabó el tiempo de Navidad. Hoy añadimos: comenzamos el tiempo ordinario. El título del comentario de hoy no hace referencia a este hecho (aunque ciertamente es un alivio el volver a la vida común y saber qué día es domingo, lunes o viernes y no tener semanas con fin de semana entre medias). El verdadero alivio viene al escuchar a Jesús en el evangelio de hoy: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” e inmediatamente le siguieron.
Podría haber dicho el Señor: “Apuntaros a unas clases de teología”, “leer mis obras completas”, “Voy a haceros un examen de aptitud”, “Seguro que no sois capaces de hacer esto o lo otro” o poner un anuncio en el “Jerusalem Press” buscando seguidores. Pero no, el Señor no hace nada de eso, predica públicamente y llama a los que quiere y los llama a seguirle y Él será su escuela, su vida su libro de texto, sus palabras el examen que les hará convertirse, el Espíritu Santo su maestro.
Nuestra vida es ésta, seguir a Cristo. ¿A dónde?. A donde nos lleve. Cada día es una apasionante aventura en la que caminamos siguiendo a Cristo. Tu casa, tu lugar de trabajo, la calle, el transporte público…, cualquier momento del día podemos vivir acompañados de Cristo que es el que nos ha llamado. Simón, Andrés, Santiago y Juan siguieron a Jesús, se marcharon con Él, sin imaginar por un momento qué sería de su vida y de su destino. Si nosotros entendemos el tiempo ordinario, la vida de cada día, como rutina aburrida es que no seguimos a Cristo, nos hemos quedado remendando las redes y sólo tendremos noticias lejanas de un tal Jesús que camina por el mundo predicando cosas que no entendemos demasiado.
¿Es posible que tú sigas hoy a Cristo?. Por supuesto, Dios no busca a los más capacitados, busca a todos, a ti también, si eres capaz de caminar tras de Él. Nos puede parecer que somos estériles como Ana y que otros se reirán de nosotros si vivimos siguiendo a Cristo o incluso se “ensañen con nosotros” como hacía Fenina. Podremos pensar que los frutos realmente importantes serán “producir” “consumir” “ser efectivos”… pero seguir a Cristo “vale más que diez hijos” y Dios que no nos deja de su mano nos hará dar fruto si somos fieles a encontrarle cada día en cada acontecimiento, en cada situación. Podrá parecerte que dejas atrás muchas cosas que el mundo te ofrece, pero estarás ganando el mundo entero al que puede dirigir hacia su creador y redentor.
Mira una imagen de la Virgen que tengas cerca (un cuadro, una estampa, una medalla) y dile a María, nuestra madre: “Ayúdame a seguir a Jesús cada día, que no me distraiga de Él con tantas cosas, que aprenda a caminar detrás de Cristo en su Iglesia y a no dejar de preguntarme ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? y no deje de responderle: con mi vida fiel y humilde de seguidor de Cristo, de pescador de hombres.”

AL FINAL DE LA NAVIDAD

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Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28, 1 a y 2. 3ac-4. 3b y 9 b- 10 ; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; san Marcos 1, 7-11

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”. El Antiguo Testamento es una forma espléndida de entender cómo Dios ha ido configurando sus planes sobre los hombres. Los profetas, en concreto, nos resultan casi siempre personajes entrañables porque tienen idénticos sentimientos a los nuestros; se quejan a Dios por las incomprensiones recibidas, lloran, se enfadan, tienen sus arrebatos de ira… pero lo que más sorprende es que, al final, ponen por obra la misión que Dios les encomienda a pesar de tantas dificultades.

Isaías es considerado uno de los grandes profetas del pueblo de Israel. Y los relatos del siervo de Yahvé, en donde se anticipa la figura del Mesías, son particularmente bellos. Los hebreos esperaban a ese enviado de Dios con verdadera ansia, pero en las profecías de Isaías se entrecruzan los poderes recibidos por el Ungido junto con los sufrimientos y padecimientos a los que será sometido. Esto último no sería reconocido por la mayoría, pues muchos deseaban un nuevo David que con su fuerza y espíritu guerrero impusiera la ley y el orden ante todas las naciones. La mansedumbre de Jesús y, sobre todo, su enfrentamiento a la hipocresía de los fariseos serán entendidos como un desafío a la estirpe sacerdotal y a todo Israel.

“Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea”. San Juan Bautista será el gran profeta del Nuevo Testamento, su misión era preparar a aquellos que estuvieran dispuestos la llegada inmediata del Mesías. La llamada a la conversión y el bautismo a los que invitaba a todos, suponía tener el corazón encendido para una acogida sincera y humilde de algo que no era precisamente lo deseado por muchos. De hecho, sabemos cómo acabó Juan: decapitado por el capricho de una mujer. Sin embargo, aunque breves fueron los días del Bautista, no por ello se empequeñece su figura; el mismo Jesús dirá de él que no ha existido alguien nacido de mujer tan grande. Y es que la humildad, que también se manifiesta en saber apartarse a tiempo (“detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”), sólo se encuentra en personas magnánimas; almas grandes que no esperan el reconocimiento del mundo, sino que su única justicia es el cumplimiento de la voluntad de Dios hasta, incluso, dar la propia vida.

“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Termina el tiempo de Navidad, pero continúa la acción del Espíritu Santo. Dejamos atrás los días entrañables del Niño en el Pesebre, del cuidado de María y José, de las ofrendas de los pastores y los Magos de Oriente. Jesús se manifiesta al mundo, y lo hace ahora, una vez rasgado el cielo por la voz de Dios, con su predicación y con su vida. Hay tanto que aprender que, a pesar de transcurridos más de veinte siglos, la novedad de Cristo en nuestra vida debe seguir siendo algo que nos ha de sorprender todos los días. Pero no lo veamos del lado exclusivamente humano, porque en Cristo también se une la divinidad, y eso es lo que nos garantiza sabernos, además de queridos, salvados. Somos hijos en el Hijo, dirá San Pablo; así pues, cada uno de nosotros también goza de esa predilección del Padre: “Nada te turbe, nada te espante… ¡sólo Dios basta!”.

LOS DESAGÜES QUE NO VEO

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San Juan 4,19-5,4; Sal 71, 1-2. 14 y 15bc. 17; san Lucas 4, 14-22a

Cuando el otro día vinieron los fontaneros a casa, no podía imaginarme que la obra de “El Escorial” iba a quedar en nada comparada con lo que debían hacer en el pequeño cuarto de baño. Y es que el quedarnos en las cosas de fuera, cuando en realidad lo que está podrido es lo de dentro, nos puede no sólo hacer perder el tiempo, sino poner el corazón en las cosas que, de una manera u otra, hay que cambiar o, simplemente, quedan inutilizadas.

Todo empieza por unas manchas que salen en la pared. Posteriormente, notas que la pintura del techo empieza a resquebrajarse, y avisas al presidente de la comunidad para ver si puede venir alguien del Seguro de la casa. Van pasando los días, y la cosa no cambia, mejor dicho, nadie viene a dar una solución. Al fin, después de tanto insistir, un fontanero se presenta y abre un boquete en el techo, y ¿qué descubres?: unas cuantas tuberías roídas por la herrumbre… y tienen que tirar toda la pared para el arreglo pertinente.

“Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. Nos puede resultar fácil el escudarnos en las cosas que no vemos para actuar a nuestro antojo y que hacemos ordinariamente a la vista de todos. Me explico. Puedo suponer, y esto es lo normal, que las dichosas tuberías del desagüe funcionan estupendamente, y que incluso me olvide de ello para siempre (más bien hasta que llega la fatal avería), pero es extremadamente importante que cuide aquello con lo que habitualmente utilizo: la ducha, los grifos, el lavabo, etc. De la misma manera ocurre en el orden sobrenatural; decir que Dios es el sentido de mi vida significa que lo demuestro en mis acciones más cotidianas. Esto, sobre todo, se ve reflejado en las relaciones humanas. Puedo dedicarme a rezar horas, a ir todos los días a Misa, y tener todas las devociones particulares que quiera, pero si juzgo, murmuro o desprecio al que tengo al lado (mi vecino, mi compañero de trabajo, alguien de mi familia), mi vida con Dios es un engaño. “Quien ama a Dios, ame también a su hermano”, dice el apóstol San Juan; y esto, fundamentalmente, se realiza con el contacto diario en el que no busco mi propio interés, sino cómo puedo acercar a esa persona en concreto un poco más a Él.

Espero que en unos días la avería del cuarto de baño quede arreglada, pero mientras tanto hay que buscar otros remedios y, sobre todo, tener mucha paciencia. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús anuncia lo esperado durante siglos por el pueblo de Israel; lo tienen ahí delante y da la impresión de que no se enteran; es más, será perseguido y criticado hasta que lo condenen a muerte. ¿Cómo actúa el Señor?: con paciencia. Primero con sus discípulos, y después con los miles de hombres, mujeres y niños que le siguieron. No le importa repetir las cosas las veces que se necesario, porque sabe que el Evangelio que anuncia es lo más sagrado que el ser humano va a recibir de Dios. Jesús no viene a dar su lección magistral y después marcharse, sino que entra en cada uno de los corazones que lo escuchan a Él, y les invita a imitarle.

También el 2004 que acaba de comenzar es un año de gracia para todos. Quizás sea el año definitivo para muchas cosas que aún nos quedan por hacer o cambiar. Sin embargo, Dios al que no vemos, espera de cada uno un propósito muy concreto con esa persona con la que te cuesta tanto reconciliarte. Y recuerda: si ves goteras en el techo, quizás la tubería del desagüe no funcione correctamente… Dios nos avisa, a veces, de esta manera.

Febrero 2017
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