LAS PALABRAS MÁGICAS

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Hechos de los apóstoles 5, 12-16; Sal 117, 2-4. 22-24. 25-27a ; Apocalipsis 1, 9-1 la. 12-13. 17-19; San Juan 20, 19-31

Hace unos meses bauticé a dos hijos de unos primos míos. Ellos ya son muchos y cuando se junta la familia para estos eventos es fácil que se reúnan veintitantos niños de edades comprendidas entre seis años y unos pocos meses. Los padres (y las madres) son expertos entretenedores de niños, ya que no todo el rato están jugando unos con los otros. A una de estas criaturas ( de unos tres años), uno de sus tíos le vio triste y le hizo el juego de hacer desaparecer una moneda y hacerla aparecer “mágicamente” detrás de la oreja. El bendito infante seguía los movimientos de su mano, su tío le pidió que soplase fuertemente, lo que el niño hizo, y después le dijo el mago al asombrado muchacho: “Di las palabras mágicas.” Esperábamos escuchar un “abracadabra”, o “tachín-tachán” pero el párvulo miró a su tío y dijo sus palabras mágicas: “Por favor.” Eso es buena educación.
Ser agradecidos, hoy terminamos la Octava de Pascua con el entrañable relato del Evangelio que tiene como protagonista las llagas gloriosas de Cristo. “Y diciendo esto les enseñó las manos y el costado”, llagas gloriosas de las que nace la paz, la fe, el perdón, la misericordia. A Tomás seguían sin valerle los testimonios, lo que los otros decían, tuvo que dar un paso más para convertirse en testigo: “¡Señor mío y Dios mío”!.
En el mundo de hoy es más necesario que nunca el ser testigos de la misericordia. En este día de la Divina Misericordia podremos hablar, predicar, enseñar sobre la misericordia de Dios, podremos dar nuestro propio testimonio que muchos no aceptarán pero, si de verdad queremos ser testigos de la Misericordia, es necesario que la recibamos y que encaminemos a otros hacia ella. No es difícil encontrar “teóricos de la moral” para los que casi nada es pecado y no por un convencimiento teológico o antropológico sino por alergia al confesionario, por miedo a encontrarse con la miseria humana pues, habitualmente por falta de examen de su conciencia, no han palpado la Misericordia de Dios que todo lo perdona si acudimos a Él con humildad y, por tanto, no pueden ofrecerla.
Puede parecer más sencillo predicar que no hay nada que perdonar que anunciar la misericordia, pero si eres sincero en algún momento de tu vida aparecerá Cristo mostrándote sus cinco llagas gloriosas y ofreciéndote esa paz interior que hace años habías perdido. Cinco llagas en las que meter tus dedos y tu mano, tus pecados, tus miserias, tus infidelidades. Cinco llagas donde meter ese brazo enfermo de lepra y sacarlo limpio como la carne de un niño. Y entonces se encuentra el gozo de la salud, la alegría de la salvación, la esperanza renovada de un mundo en el que todo tiene solución, la fortaleza para ser testigo.
El mundo necesita de la Misericordia de Dios, el mundo necesita testigos de la misericordia. María, madre del amor hermoso, ayúdame a palpar en las llagas gloriosas de tu Hijo la misericordia de Dios para conmigo y a acercar a otros a la Misericordia omnipotente de Dios.

PERO NO LOS CREYERON

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Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117,1 y 14-15.16-18.19-21 ; san Marcos 16, 9-15

Sábado de la octava de Pascua, las lecturas no nos hablan de la Virgen, pero vamos a leerlas con ella, con sus ojos de madre.
María Magdalena “fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando”, pero… “no la creyeron.”
Los discípulos de Emaús “fueron a anunciárselo a los demás, pero no los creyeron.”
¿Dónde estaba la Virgen?. ¿Por qué no s e fiaron de ella?. Permitidme pensar con San Ignacio y tantos otros autores espirituales, que Jesús resucitado se apareció en primer lugar a su madre y sanó la herida, dolorosa pero llena de esperanza, que le provocó esa espada que le traspasó el alma. Pero María no fue corriendo a anunciárselo a los apóstoles, no fue a transmitir su “experiencia”. Me imagino que cuando los apóstoles le contasen: “Mira lo que ha dicho ésta… mira lo que han dicho éstos”, ella les miraría con cariño y pensaría: “¿Por qué os cuesta tanto creer, hijitos?” Y callaría.
Comprendo que voy en contra de muchos pastoralistas y catequetas con muchos años de trabajo a sus espaldas y montones de libros publicados, pero creo que se ha abusado en estos años de las palabras “experiencia y testimonio”. Hay que “experimentar” un montón de cosas: el gozo pascual, la eficacia de la oración, el encuentro con Cristo, el gozo del Espíritu, el sentido de reconciliación, la fraternidad, el espíritu solidario, la “metanoya” del ser en su mismidad… y para ello se nos ponen un montón de testimonios con rango de autoridad incontestable: “Juanita y Felipín fueron de convivencia con su grupo y …”. Se crea en el interior una especie de complejo según el cual si no sientes y experimentas esas cosas es que no eres “de los buenos”. Pocos manuales de catequesis han reflejado mis “experiencias” más comunes: me aburro o me duermo en la oración, me olvido de Cristo muchas veces al día, me hastían las celebraciones largas, me dan “repelús” los sensibleros y me encuentro con Cristo habitualmente no cuando yo quiero sino cuando Él quiere. Los testimonios de otros son, efectivamente, de otros y sus experiencias, por eso mismo, irrepetibles o ¿acaso puedo exigirle a Dios, cuando me acabe la biografía del beato Padre Pío de Pieterlcina, que me conceda los estigmas?.
“Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.” Antes que buscar una experiencia basada en un testimonio está la confianza. Confianza en Dios que elige a sus testigos, confianza en el Espíritu Santo que calladamente actúa en nuestras almas, confianza en la Iglesia que es la que salvaguarda el depósito de la fe. No intentes ser como los otros, no intentes tener “sus” experiencias o ser igual a cualquiera que no sea Cristo pues en el bautismo has sido identificado con Él y eso no es una experiencia, es una realidad.
Confía, ten fe, y proclamarás “que es eterna su misericordia”. En los momentos en que no te des cuenta o se te oscurezcan las maravillas que ya está haciendo Dios en tu vida, acude a María que te mira con cariño de Madre y calla.

EL COMPLEJO-TIRILLA

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Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a; san Juan 21, 1-14

Cuando me ordené diácono no era lo más frecuente que los sacerdotes vistiesen con alzacuellos, en mi arciprestazgo sólo un religioso mayor lo llevaba y sólo pensar que tenía que vestir destacándome de los demás, daba bastante corte. Como me conozco, un poco antes de ordenarme le pedí al entonces Cardenal de Madrid que me diese motivos para llevar el alzacuellos y -a la vez-, que me lo mandase, así cuando se metiesen conmigo yo podría echarle la culpa al “jefe” (lo que también le comenté al Cardenal y le pareció muy bien cargar con “la culpa” del “integrismo devorador que nos asolaba y el distanciamiento entre fieles y clero que nos remontaba a pasados decimonónicos”).
Al principio piensas que todo el mundo te mira y la primera vez que monté en “metro” y me encontré en un vagón con dos punkies, otros con más pendientes que Marujita Díaz en sus mejores tiempos, una ancianilla en chándal fluorescente y zapatos de tacón y el único vestido “normal” que roncaba placidamente en su asiento, me di cuenta que te miran tanto como a una farola.
“Se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; entre ellos el sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de los sumos sacerdotes”, o sea, la “crème de la crème”, esos sí que tendrían la mirada torva, llena de odio y rencor pues Pedro y Juan les echaban en cara su pecado (y eso suele doler): “Quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos” y eso tras pasar una noche en la cárcel que no debía ser una “suite”.
“Si quieres encontrar la fuente, deberás ir contra corriente”, esta idea que el Papa expresa bellísimamente en sus poesías de “Tríptico Romano” y ha repetido esta Pascua a los jóvenes, es hoy completamente actual y necesaria. Ir contra corriente no se hace exclusivamente con un alzacuellos, con un asistir a Misa de forma casi furtiva, con defender la doctrina de la Iglesia solamente entre “los convencidos”. Ir contracorriente significa experimentar la alegría de Pedro y los Apóstoles al encontrarse con Cristo resucitado, reconocer a Dios como el amor de tu vida, saber que para los demás tal vez seas un loco, como locos son los que se entregan sin guardarse nada para sí y son capaces de arrastrar una red muy pesada para los músculos, pero liviana para el enamorado. Ir contracorriente es vivir sin “complejo de tirilla”, sin complejo de “catolicón”, de “buenecito” o “santurrón” (siempre en el sentido más peyorativo e insultante de estas palabras), pues el único que esperas que mire tus obras es Cristo y será el único juicio que de verdad te importe.
“Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. No me digas que no sabes cuándo haces algo por tus “complejos” o por Cristo. Lo sabes, fíate de tu corazón y de la Iglesia.
“Gózate y alégrate, Virgen María” pues Tú, madre mía, sabes de quién te has fiado. Gózate y alégrate tú también, vive sin complejos, ve contracorriente, camina con Cristo.

EL “CLIC”

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Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9; san Lucas 24, 35-48

Vivimos en la época del plástico: cada día hay mas artilugios de todo tipo de este material y seguro que si ahora miras a tu alrededor y cuentas la cantidad de cosas de plástico que te rodean te asombrarás. Seguro que alguna vez te has encontrado con esas instrucciones de algún cacharro de plástico (desde una batidora, una maquinilla de afeitar, un juguete o las escobillas del coche) que dice la consabida frase: presione suavemente hasta que escuche un “clic”. Habitualmente esas patillas de plástico que deberían enganchar “suavemente” se resisten o sólo entran en una posición determinada con lo cual, al cuarto intento de escuchar el “clic”, lo que se oye es un “crack” y por ese trocito de ese vil material, el aparato queda inservible pues no hay pegamento que aguante esa “suave presión”.
“Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.” Cristo hace “clic” en el alma y el entendimiento de los Apóstoles, hace que las piezas sueltas se ensamblen y tengan sentido: “Esto es todo lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.” Desde ese “clic” del don del Espíritu Santo nace la locuacidad de San Pedro y la fascinación de los que le escuchan, que ven la vida con unidad, con sentido, con el sentido de Cristo resucitado.
La unidad de vida, ese “clic” del alma, es comprender desde la cabeza y el corazón que la auténtica buena noticia, la única noticia realmente importante, el único acontecimiento que realmente ha cambiado radicalmente la historia de los hombres -la tuya y la mía-, es la resurrección de Jesucristo. Muchos por ignorancia, e incluso a veces por maldad, no querrán ese “clic” en su alma, prefieren oír el “crack” de la persona rota, que se descompone, que –hecha pedazos-, no encuentra respuesta a quién es porque entonces es más fácil de usar, manipular y utilizar para fines bastardos.
Los santos que han conseguido esa unidad de vida, ese “clic” del entendimiento y del corazón, han vivido los acontecimientos de su época muy intensamente, pero no han perdido la paz. “Paz a vosotros” es el saludo repetido de Jesús resucitado. ¿Has perdido la paz últimamente? Pídele a Cristo que por el don del Espíritu Santo te conceda el don de la paz, que en cualquier situación, por muy negativa que parezca, puedas repetir: “Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”, que sea toda tu vida una alabanza continua al Señor que te ha llamado de la vida a la vida.
No es cuestión de esfuerzo, “¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud?” “éste que veis aquí y que conocéis ha creído en su nombre, su nombre le ha dado vigor”. Pídele a la Reina de los ángeles que con sólo una “suave presión” para colocar las cosas en su sitio oigas el “clic” que dará sentido a tu vida: eres de Cristo.

NI PLATA NI ORO

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Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9; san Lucas 24, 13-35

Hace dos años, en las navidades de 2002, llegó a la sacristía de mi parroquia un hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años, normalmente vestido, bien afeitado, limpio, es decir, un hombre corriente del barrio donde vivimos. Me encargó un funeral para cuando fuese posible. Mientras miraba la agenda empecé a preguntar por quién era el funeral, a lo que me contestó que era para su hija de siete años que había tenido una muerte repentina. Ante esto le di a elegir el día que quisiera así como la hora que mejor le venía, lo fijamos al miércoles siguiente a las ocho de la noche. Seguimos hablando y me contó lo sucedido durante ese año: habían muerto su padre y su suegro con una diferencia de seis meses, el dueño de la empresa de artes gráficas donde trabajaba se había fugado con el capital del negocio y estaban esperando el resultado del juicio para quedarse los empleados con la empresa, gestionarla y así cobrar los meses que llevaban sin cobrar su sueldo; su única alegría era el nacimiento, hacía unos meses, de otro hijo, aunque ahora tenía muy difícil el mantenerle pues no contaba con medios hasta que saliese de esta situación, lo que esperaba fuese pronto. Le pregunté dónde vivía y su teléfono y me facilitó una dirección del barrio y un teléfono móvil. Ante tales circunstancias, y como en unas semanas no habría despacho de Cáritas, le di en un sobre los billetes que había de la colecta de esos días para que pudiera dar de comer decentemente a su hijo y su mujer y él pasasen al menos esos días sin demasiadas necesidades. No sé cuánto había, le dije que ya lo devolvería cuando le fuesen bien las cosas. Me lo agradeció (ya que lo único que había pedido era la celebración de la Misa por su hija), se despidió y … esa fue la última vez que volví a verle: ni hubo funeral, ni el teléfono pertenecía a ningún abonado, ni vivía en el piso que me había dicho.
Me sentí bastante tonto (cosa que no es ninguna novedad), pero al momento me acordé de la primera lectura de hoy: “No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo” y desde ese día rezo por ese desconocido (y por sus hijos si los tuviera). Ciertamente yo le di “oro”, lo que tenía (no mucho, mi parroquia es deficitaria y tengo unos cuantos miles de euros de deuda) pero había pedido mucho más: Una Misa.
Con estas cosas que a veces humillan nuestro orgullo creo que el Señor a veces nos dice: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!”, estamos preocupados por tantas cosas, por nuestra propia estima que nos volvemos desconfiados, “es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado”, que nos olvidamos de encontrarnos con Dios. “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. ¿Hace cuánto que no “arde tu corazón” cuando comulgas?. ¿O es que estás tan preocupado del oro y la plata que no recibes lo que realmente es importante y Dios te da en la Eucaristía?.
Desde ese día que esperé sin resultado para celebrar el funeral por la hija de ese desconocido pido al Señor que me permita seguir siendo “tonto”, que nunca valore más las “cosas” o a mí mismo que un acto de caridad, que una Misa celebrada con cariño, que una caricia del amor de Dios, aunque duela.
Pídele a la Reina del cielo que tu tesoro no sea “oro ni plata” y que puedas dar lo que tienes: un amor intenso a Dios, tu Padre, a Cristo Resucitado, al Espíritu Santo que vendrá a ser tu consuelo.

¿POR QUÉ LLORAS?

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Hechos de los apóstoles 2, 36-41 ; Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22; san Juan 20, 11-18

Hace tiempo en una casa de ejercicios espirituales leía una tablilla de madera en la que alguien –se ve que en un momento de sensiblería religiosa- había escrito: “Lo efectivo es lo afectivo”. Es una de estas frases en las que el orden de los factores no altera el producto y que, bien entendida, puede ayudar a alguien a rezar (a mí sinceramente no, pero es a causa de mi brutalidad). Los afectos son muy importantes y muchas veces marcan nuestra actuación en la vida para el bien o para el mal (cuando tenemos “un arranque” de ternura o de ira), ¡ojalá el Señor me concediese más momentos de afectos en la oración!, pero no hay que confundirla con la sensiblería.
“¿Por qué lloras?”, dos veces se le pregunta a María Magdalena en el evangelio de hoy. María no se queda en la desolación, en la tristeza, en la desesperanza sino que pone todos los medios para superar ese momento de desconcierto: “dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré”. Entonces el Señor le llama por su nombre y María reconoce el Señor resucitado.
¿Por qué lloras? La pascua se prepara con los cuarenta días de cuaresma, hemos podido sentir afectos, dolor de los pecados, vergüenza de nuestra vida. Seguro que hemos empezado a poner los medios: una buena confesión de nuestros pecados, aumentar nuestra oración y nuestra mortificación, hacer que se inflame nuestra caridad. Ahora continúa perseverando, sigue poniendo los medios que necesites y pronto descubrirás al Señor que está a tu lado. Lo efectivo es poner los medios, buscar, dedicar tiempo, preguntar a Jesús, como los judíos a Pedro: “¿Qué tenemos que hacer?, y hacerlo. Lo afectivo llegará, pero no lo busques. No pidas recompensas al Señor, no quieras ser “especial” si no haces lo que tienes que hacer.
En algunas ocasiones he visto llorar a jóvenes o menos jóvenes cuando los has enfrentado con la maldad y fealdad de su pecado, haciendo un juego de palabras podríamos decir que derramaban tal cantidad de lágrimas que la Magdalena se quedaría convertida en un polvorón, pero por mucho que lloraban eran incapaces de decidirse a tomar una determinación en su vida: abandonar a ese amante, dejar de tratar a ese hombre casado, hablar seriamente con su novio, dejar de ir al Bingo, no merodear por esos lugares de riesgo para su alma… Entonces se podrán tener todos los afectos del mundo, conseguir el don de lágrimas pero nunca se encontrarán con Cristo, se quedarán con su pecado y con su angustia, serán incapaces de responder a la pregunta ¿Por qué lloras? Pues en el fondo no se creen que Cristo ha resucitado, que todo se ha hecho nuevo.
“Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia”, espérala tú y a la vez “escapa de esta generación perversa”, no tengas miedo a poner los medios necesarios, porque aunque te parezca que vas a perder “la vida” te vas a encontrar con la Vida (con mayúsculas). Busca a un buen sacerdote que quiera que seas santo y déjate aconsejar con la ayuda del Espíritu Santo, no tengas miedo a romper con la vida anterior y con la compañía de la Virgen también tú dirás cara a cara: “¡Rabboní!, que significa: “¡Maestro!”.

LOS LADRONES DE CUERPOS

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Hechos de los apóstoles 2,14.22-33; Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11; san Mateo 28, 8-15

Hace mucho tiempo que no veo esa película clásica de terror de los ladrones de cuerpos, aunque con tantas cadenas de televisión seguro que estará programada cualquier día de estos. El argumento trata de unos extraterrestres (cómo si nos hiciera falta gente de otro planeta para hacer el bestia), que querían invadir el planeta y los muy vainas ponían unas “idem” al lado de la persona que querían clonar y al día siguiente había un ser físicamente igual al susodicho pero mentalmente muy rarito y que entre ellos se comunicaban sus maldades por una especie de telepatía.
“Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. (…) y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy”. Parece un buen antecedente del argumento de la película de la que hablaba al principio: Los apóstoles (hombres que habían demostrado su arrojo y su valor abandonando a Cristo en las horas difíciles) se disfrazan de “Ninjas” para robar cadáveres moviendo discretamente una pesada losa de piedra, mientras los soldados (misteriosamente recompensados en vez de ser suspendidos de empleo y sueldo desde ese momento) disfrutaban de un sueñecillo reparador. No sé si la literalidad de la historia inventada por los sumos sacerdotes tuvo éxito en su tiempo y no voy a meterme a historiador así que saltamos “hasta hoy”.
Hoy a muchos se les ha robado a Cristo, no han conocido nunca y nunca han tratado al Dios encarnado para nuestra salvación, entregado para nuestra justificación, resucitado para nuestra glorificación. Como en la película han conocido una especie de clon de Jesucristo lleno de normas y consejos morales, pero que parece incapaz de pronunciar las primeras palabras que salen de sus labios una vez resucitado: “Alegraos”, “No tengáis miedo”. Nos roban el cuerpo glorioso de Cristo y nos ponen al lado una vaina cuyo fruto es la rutina, la tristeza, el desencanto, las caras largas, la angustia, la depresión, el desconsuelo. Nos quitan a Jesucristo de la historia para convertirlo en un personaje de cuento, en alguien irreal y, sinceramente, a mí no me consuela nada que los tres cerditos se escapasen del lobo.
“No tengáis miedo”, así comenzaba el Papa su pontificado. “No tengáis miedo”, así comienza Cristo resucitado a dar sentido a toda la historia de la Salvación. No tengas miedo desde hoy, desde ahora, desde tu lugar de trabajo o de descanso, desde ahora mismo a decirte en tu interior: “No quiero que nadie me robe la alegría. No estoy dispuesto a que ninguna circunstancia me lleve a no “enterarme bien de lo que pasa”. Me niego a que me cambien la buena noticia que es proclamada por esas santas mujeres, por Pedro –valiente otra vez-, por la Iglesia en toda su historia, ¡hoy!. Renuncio a las falsas imágenes de Dios que me impiden acercarme a la alegría, rechazo a los que me roban a Dios para poner en su lugar un ser anodino, taciturno y triste”.
“Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada”, acercarse a Cristo es acercarse a la alegría auténtica del corazón que ama sin temor, sin miedos. No se nos ahorrarán esfuerzos, mil veces diremos “protégeme, Dios mío, que me refugio en ti” y aun en medio de la más brutal desolación oirás a María, tu madre, que reza serenamente contigo al oído: “Reina del cielo alégrate, aleluya. Porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya. Resucitó como dijo, ALELUYA”.

QUITEMOS LA LOSA

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Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43; Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23; Colosenses 3, 1-4; san Juan 20, 1-9

La vida no está libre de problemas, pesadumbres y situaciones que amenazan con quitarnos la paz. Estas contradicciones se pueden afrontar de diversas maneras, particularmente tras un primer movimiento de enfado o desolación pongo los medios posibles (humanos y divinos) para solucionarlos, hago algún comentario jocoso y al día siguiente continúo afrontando los problemas de ese día sin dejar que los pasados problemas sean una carga más en el caminar de mi vida. Perder la paz suele ser un problema muy relacionado con la soberbia y el orgullo que guardamos celosamente tras la losa de nuestro sepulcro íntimo y que no queremos abrir pues, como las hermanas de Lázaro, tenemos miedo a que “ya huela”. Tenemos a veces la manía de llenar nuestra vida de sepulcros, bien cerrados y sellados, y acabamos –como los reyes de España en el Monasterio de El Escorial-, del trono de la realeza de hijos de Dios a habitar en “el pudridero”, que es un nombre que por desagradable me hace gracia.
“María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.” Tal vez, a pesar de la luz que anoche rompió las tinieblas, sientas que sigues en la oscuridad, que no encuentras la paz, que tu alma sigue llena de sepulcros cerrados que guardan en su interior no el cuerpo de Cristo sino los cuerpos pútridos de tu soberbia, tu egoísmo, tu ira, tus envidias, … ¡Quita la losa!, anímate, no te dé miedo, descubre el feo rostro de todo lo que lleva a la muerte, y deja que Cristo resucitado airee esos rinconcillos de tu alma. ¡Quita esas losas!, con decisión, con fe y verás que, como los vampiros en las películas de serie B, esos monstruos que se esconden en las cavernas de tu alma se desvanecen al contemplar a Cristo resucitado, se vuelven polvo y ceniza, se quedan en nada. ¡Quita esas losas! y cuando las personas malvadas o las circunstancias quieran tocar tu orgullo encontrarán una cueva vacía, cuando te quieran herir en tu amor propio descubrirán un hueco vano, cuando te humillen tu soberbia habrá abandonado tu alma y sólo habrá sitio para el amor entrañable de Cristo resucitado que airea todo.
Un consejo, confía en la Iglesia “Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro” que te dirá que efectivamente los sepulcros de tus vanidades están vacíos, que lo que creías imposible, lo que no habías entendido, ha sucedido y tiene pleno sentido, que eres como Juan que “vio y creyó.”
¡Quita la losa!, “quitad la levadura vieja para ser una masa nueva”, “panes ázimos de la sinceridad y la verdad”, y encontrarás la paz, el mensaje tan repetido de Cristo resucitado, que nadie te podrá arrebatar pues tu vida ya no es tuya, ya no te perteneces, eres de Cristo. La Virgen sabe que, si te dejas, su hijo Jesucristo arrancará las losas de los sepulcros de tu alma y convertirá un cementerio en el paraíso donde el Espíritu Santo hará de ti testigo de la resurrección.

ÉSTA ES LA NOCHE

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Génesis 1, 1. 26-31a; Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22.; Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18; an Lucas 24, 1-12

Cada comentario del Evangelio tiene que estar preparado unos días antes para que pueda ser colocado en la página web puntualmente. El de esta noche es uno de los que más me está costando preparar, aunque tú –estimado lector-, lo leas en la noche del sábado Santo, yo estoy en medio de la Semana Santa, preparando el Monumento y las celebraciones y oficios de estos días, para llegar a la noche santa aun tengo que pasar por el abandono del huerto, la dureza de la cruz y la soledad del sepulcro, aun no tengo el corazón y la cabeza preparados para la Pascua tengo todavía mucho que acompañar a Cristo doliente y quedarme desconcertado por la entrega completa de Jesús.
Ese camino ya lo debes tener recorrido, en el día de hoy has estado con María que espera y confía a pesar de su soledad, con las otras Marías que desoladas no comprenden la entereza de la Virgen, con los apóstoles que han alojado en su corazón la desazón y el miedo abriendo la puerta a la desesperanza. Para ellos, para ti y para mí, resuenan las palabras de los ángeles: “Por qué buscáis entre los muertos la que vive? No está aquí. Ha resucitado.” Ante el anuncio más grande que toda la humanidad podía esperar, el cumplimiento de las promesas de Dios y el culmen de la historia de Salvación, no ocurre como en las promociones y anuncios humanos que buscan el efectismo y el ruido para dar a conocer su producto, sino que sucede según la pedagogía divina: de boca en boca, de oído a oído, de corazón a corazón como un reguero de pólvora va extendiéndose la gran noticia. “Ésta es la noche” en que la humanidad recibe –aunque la gran mayoría permanezca indiferente- en la que “se hacen nuevas todas las cosas”. “Ésta es la noche”, no la de ayer ni la de mañana, ¡ésta! que esperó Abraham, que profetizó Moisés, que los profetas quisieron ver y no vieron que fue anunciada tras el pecado del hombre al comienzo de la historia humana.
“Ésta es la noche” que también esperas en el fondo de tu corazón, ¡ésta!, no la de ayer ni la de mañana, la noche en que descubres que tu pecado lleva a la muerte y la esperanza, la esperanza que parecía que dormía el sueño de la muerte pues no se hacía presente en tu vida, y ahora se levanta del sepulcro y, victoriosa con Cristo, vuelve a reinar en tu corazón. El sepulcro se vacía y tu corazón se llena de gozo, encuentras las respuestas a todos los “porqués” y, desterrando la duda y la tibieza del fondo de tu alma, te llenas de “admiración por lo sucedido”, se renuevan las ganas de entregarse, de vivir ahora y siempre tu bautismo, tu ser hijo de Dios. “Ésta es la noche” en que quisieras que la llama pequeña y vacilante del cirio pascual fuera un fuego devorador de los corazones de la humanidad abrasándolos en el amor de Dios. “Ésta es la noche” que no por repetida deja de ser nueva, que tu madre María esperó, anheló y confió en presenciar, agárrate de su mano y entre aleluya y aleluya dile al Señor desde el fondo de tu alma: Gracias.

SILENCIO

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Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 ; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; san Juan18, 1-19, 42

Hace unos días, Joaquín, un buen amigo mío, que había visto la película de Mel Gibson, “La Pasión”, me comentaba que quizás le parecían un tanto crueles algunas escenas. Yo, por mi parte, intenté argumentarle con distintos tipos de razonamientos: “Que se habían quedado cortos los realizadores, respecto a lo que pudo suponer en realidad semejante sufrimiento”, “Que Cicerón ya se quejaba en su época de la crueldad que suponía la flagelación y la crucifixión…”

Es cierto que ninguno de nosotros estuvo allí, en la Pasión de Nuestro Señor, para dar fe de cómo fueron en realidad semejantes horas. Existen, por otro lado, los relatos evangélicos, que sí dan buena idea de lo que aconteció. Sin embargo, me parece absurdo entrar en el juego de “hasta aquí puede llegar la crueldad humana”, sobre todo en cuanto a licencias cinematográficas se refiere, porque muchos sabemos de otro tipo de películas en donde no se paran, precisamente, a medir el nivel de ensañamiento… “Es que, éstas, al fin y al cabo, se tratan de ficción, mientras que en La Pasión…” En La Pasión, ¿Qué?

Éste es el problema. La figura de Jesús, ni es un personaje más de la historia (como lo pudo ser Napoleón o Cleopatra), ni es un prócer de la humanidad al que se le haya dedicado una avenida de una gran ciudad… Cristo, o compromete, o se rechaza. No existe término medio.

Así pues, me he prometido no entrar con más argumentaciones “verosímiles” (no tanto con respecto a la “superexitosa” película, pues se trata de una mera anécdota, al fin y al cabo), con todo lo que tenga que ver con la vida de Cristo. Sí que he de dar, por otra parte, razón de mi fe, pero creo que existen otros modos más autorizados. Cuando San Pablo, por ejemplo, habla de gloriarse sólo en la Cruz de Cristo, está dando algo más que una explicación: se trata del testimonio de su propia vida.

Sin embargo, un silencio, en ocasiones, es mucho más elocuente que todo un discurso, por muy bien trabado que esté. Y ver a Jesús en la Cruz ha de llenar cada uno de los poros de nuestro ser de un profundo silencio… ¿Qué explicación racional hay, por ejemplo, ante las palabras de Jesús: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”?, ¿Cómo puede uno discursear acerca de esas otras: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?, ¿Cómo puedo argumentar las últimas palabras de Cristo: “Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu”.

¿Quieres una recomendación? Contempla el rostro de María, la madre de Jesús, junto a la Cruz. Observarás, sorprendentemente, un silencio sufriente, pero silencio, en definitiva. Y lo más maravilloso de todo, es que el silencio de la Virgen se une, poderosa y misteriosamente, con el silencio de Dios.

Mayo 2017
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