CORAZONES DE MADRE

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Jeremías 31, 1-7; Jr 31, 10. 11-12ab. 13 ; san Mateo 15, 21-28

“Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares” se va a dirigir al Señor para hablarle. Hay que salir de uno mismo. Hay que salir del entorno habitual, apartarse al menos a “un tiro de piedra” como hizo el Señor en el huerto de los olivos, para entablar conversación con su Padre Dios; es lo que, por otra parte, hacemos los hombres cuando tenemos algún tema importante que hablar con alguien: “oye, quedamos y hablamos”. Entonces, a solas, dejando lo que solemos hacer, saliendo del lugar habitual, hablamos con esa persona con la que tenemos intereses comunes. Así hablamos con el Señor.
Y lo primero que aprendemos de esta mujer cananea es saber dirigirnos a Dios como lo hace ella cuando ruega por otra persona: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Fíjate que riqueza de matices: identifica el problema de la hija consigo misma: “Ten compasión de mi”. Quizá con esto empezó a ganar el corazón de Cristo. ¡Qué importante es que ganemos el corazón de Jesús! A veces queremos ganar el afecto de un amigo, de una novia o de un novio, y puede resultar estupendo. Pero, ¿ponemos el mismo esfuerzo por ganar el corazón de nuestro Amor, el corazón de quien dio la vida por ti? Observa cómo se esfuerza la mujer –“se puso a gritarle”, dice el Evangelio— para ser oída por Cristo. Y aquí viene algo sorprendente: “El no respondió nada”.
Se ha escrito mucho sobre este pasaje de la Escritura pues nos deja de piedra la actitud de Jesús. Esta actitud del Señor con la cananea puede ser como la que podemos ver en una madre, probando el amor de su hijo pequeño: el niño acude a su mamá pidiendo ayuda, para hacer los deberes, para que le coja la pelota que no está a su altura, porque no puede abrir la caja de juguetes, y ella, la madre, se hace la dormida, o como que no le oye, o como que ahora no tiene tiempo para atenderle, y el niño insiste, sabiendo que es imposible que una madre no le ayude, al fin, a quitarle esa pena. La madre prueba el interés del hijo, la auténtica fe del hijo en que ella va a poder solucionarlo. Igual Cristo.
Jesús también toma esa actitud, aparentemente dura, con la mujer de nuestro Evangelio, para enseñar a generaciones futuras cómo hemos de rezar: con insistencia, con tozudez, con perseverancia, y, sobre todo, con una fe, que nada le hace desfallecer, como a esa madre: “Señor, socórreme” y la contestación que da el Señor puede ser la menos comprensible: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero esta mujer cananea conoce el corazón de Cristo, al igual que un hijo conoce el corazón de su madre: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
Es imposible que una madre se resista al requerimiento de su hijo, como si de pronto oyera que éste le dice: “mamá, ayúdame, porque yo te quiero mucho”. Es lógico que Cristo conteste, ya vencido y derrotado por la fe y el amor de ésta mujer: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Y así, la madre llena de emoción seguramente le diría: “hijo mío, claro que te va a ayudar mamá, ven, dame un beso”. Esto mismo hace Cristo: “y en aquel momento –termina el Evangelio de hoy— su hija quedó curada”.

UN AMIGO LLAMADO JESÚS

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Jeremías 30, 1-2. 12-15. 18-22; Sal 101, 16-18. 19-21. 29 y 22-23 ; san Mateo 14, 22-36

“Después de que la gente se hubo saciado” Jesús empezó a despedirse de todos ellos. Una vez más nos muestra el Evangelio la magnificencia y grandeza de Jesús: El sacia nuestras necesidades. Hemos de pedirle al Espíritu Santo que nos de el don de escudriñar las Escrituras, y descubrir sus grandes enseñanzas –Jesús es “el Maestro”, es “la Verdad…—.
Aquí apenas hemos empezado a leer y ya nos damos cuentas de que quién está con el Señor, quién se acerca a Él. Quien vive de la gracia siempre saciará su existencia y su alma: con Jesús se está bien, con Jesús, no tienes necesidad de nada más, pues con El lo tienes todo. Ya lo decía Santa Teresa de Jesús “sólo Dios basta”.
Nos cuenta el Evangelio que, después de la multiplicación de los panes, Jesús despide a la gente… y el Señor “subió al monte a solas para orar”. Llegada la noche, estaba “allí solo”. Es curioso también este modo de proceder: acaba de realizar un gran milagro –ha dado de comer a cinco mil personas con cinco panes y dos peces—, y la forma de celebrarlo es quedarse solo, rezando en el monte, incluso alejado de sus discípulos que, como nos dice el Evangelio de la misa de hoy, se han ido –quizá llenos de alegría por el milagro y para celebrarlo— a pescar. El Señor nos enseña que la oración debe de preceder, acompañar y continuar, en todos los actos de nuestra vida; ante los acontecimientos más menudos, y ante los más grandes (acabar una carrera universitaria, ganar una oposición, una subida de sueldo, el nacimiento de un nuevo hijo…). Lo importante es acudir al Señor en todo momento. Jesús debe de estar presente en nuestra vida como lo es un amigo, un padre, o un amor humano al que se le confía nuestras alegrías y nuestras penas.
Cristo rezando solo en el monte, y los discípulos –desgraciadamente, también solos— en el mar. Ese es el primer error, y también el nuestro: dejar al Señor por el trabajo, por la diversión, por los amigos… cuando en cada una de esas situaciones también nos ha de acompañar Jesús. Al quitar de nuestra vida a Jesús, es decir, cuando “la barca iba ya muy lejos de tierra”, nuestra vida queda “sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. Para un cristiano el viento siempre es contrario, porque –después del pecado original— la tendencia del hombre es hacia el pecado –a la pereza, al orgullo, a la impureza…-, y nuestra naturaleza queda “sacudida por las olas”
Pero Jesús, es un amigo. Jesús no abandona –aunque nosotros sí que lo hagamos—a quienes tienen la voluntad, de seguirle, y aunque, a veces, como ahora sus discípulos, se alejen por el atractivo del trabajo profesional, o le dejemos por no cumplir el cuarto mandamiento, los deberes tan queridos con la familia; o nos alejamos por culpa del descanso, no cumpliendo, por ejemplo, el precepto de santificar las fiestas (lo que hemos de evitar que no nos suceda durante este tiempo estival: faltar a Misa el domingo, que es nuestro encuentro principal con el Amigo).
Cristo sale a buscarnos para sacarnos del oleaje producido por el viento contrario. Quizá esa solicitud de Dios por nosotros, a pesar de nuestro alejamiento, nos la quiere expresar el Evangelio cuando nos dice que “de madrugada (lo primero que hace), “se les acercó Jesús”. Un acudir de Cristo hacia nosotros, haciendo si es preciso un milagro, aunque sea “andando sobre el agua”, porque (piénsalo sinceramente), ¿no es un milagro que tu no abandones a la familia por el trabajo, o que saques tiempo para ir a misa el domingo?. Se nos ha terminado el espacio… pero no las ganas de seguir hablando de Él, tu amigo y el mío.

EL MILAGRO DE CADA DÍA

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Jeremías 28, 1-17; Sal 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102 ; san Mateo 14, 13-21

Jesús “se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos”. Jesús se aleja y la gente le sigue. ¡Qué bien sabía aquella gente quién era Jesús! ¿Pasa ahora igual? Sí, pasa igual: quien conoce, quien sabe quién es Jesús, lo deja todo y le sigue: “al saberlo, la gente lo siguió por tierra desde los pueblos”. Francisca Javiera del Valle –esa mujer que tanto nos enseñó sobre el Espíritu Santo— en una oración personal, al ver que hay tantas almas que se pierden, eleva su corazón a Dios, rogándole que se dé a conocer, pues –dice—“si te conocieran, Señor, te seguirían”. El inicio de este fragmento del Evangelio nos evoca aquella conversación del Señor con la Samaritana en el pozo de Jacob, que ante la contestación altanera de la mujer, negándole el agua al Señor, éste, el Maestro, con su infinita bondad, le contestará: “si supieras quien soy yo, serías tu la que me pediría a mi que le diera de beber y yo te daría un agua que salta hasta la vida eterna”.
Pero este pasaje del Evangelio nos es más conocido por el milagro que se va a producir, tantas veces comentado por escritores santos unos, teólogos o exegetas del nuevo testamento otros: el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Pero antes, aún nos podemos fijar en lo que precede al milagro, que no deja de ser sorprendente y que refleja, una vez más, la pequeñez de nuestras miras y la grandeza de Dios. Los discípulos, al ver que era tal multitud y que deberían de estar hambrientos tienen un “detalle”, se fijan, se preocupan por los demás, y le hacen una sugerencia al Señor que está llena de cariño: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Y la sorpresa: “No hace falta que se vayan dadles vosotros de comer”. Lógicamente el Evangelio no explica la cara que debieron poner los discípulos al oír esa “contra-propuesta” del Señor; pero por la sintaxis de la frase queda clara la sorpresa que debió de suponerles: “si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Que vendría a ser lo que se suele decir en tono coloquial: “pero bueno, ¿estás loco?, ¿es que no te das cuenta de que son más de cinco mil personas? Y, además, para colmo “aquí no tenemos mas que cinco panes y dos peces”.
Este diálogo se produce constantemente en nuestra vida, entre Dios y nosotros: El nos pide más, que luchemos por ser mejores, pongamos, por ejemplo, un mayor empeño en trabajar mejor, más cristianamente. Y ante esa petición, ¿cuál es nuestra respuesta?: “pero ¿es que no ves cómo todo el mundo intenta “escaquearse”, trabajar poco y ganar mucho?, y ¿me pides a mí que sea honrado, trabajador, alegre, servicial, que ayude a mi prójimo, que le sonría aunque esté yo cansado, que cuando me hagan una faena yo no devuelva mal por mal, sino que responda bien ante la injusticia? Oye, mira que “aquí no tenemos mas que cinco panes y dos peces”. ¡Eh!, yo no doy mas de mí: esto es lo que hay, no nos pidas imposibles, por favor”.
Y la respuesta del Señor es siempre la misma: ¿Tú que tienes? ¿Tú que me puedes dar? Dámelo: “traédmelo”.
Ese es el gran milagro, no tanto que de unos panecillos y de unos peces pueda sacar Jesús muchos como para dar hasta cinco mil personas. Eso para Dios, si se me permite hablar así “es fácil”. Es muy fácil hacer eso para quien ha creado de la nada. Lo realmente milagroso es que nosotros pongamos en sus manos nuestra vida, nuestros pocos bienes, todo lo que tenemos: nuestra inteligencia (cinco panes), nuestro corazón (dos peces). Pongámoslo en manos del Señor, y se seguirá obrando el milagro de la multiplicación de nuestro buen carácter, de nuestro trabajo bien hecho, de nuestra familia bien tratada con el doble –multiplicado por dos— de cariño y de afecto .

EL SENTIDO DE NUESTRA VIDA

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Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 ; San Pablo a los Colosenses 3, 1-5. 9-11; San Lucas 12, 13-21

Este es el primer domingo del mes de agosto. Un mes que par muchos estará presidido por algo que siempre se desea y se anhela: el descanso, la vacación. En realidad este deseo es un bien del hombre que forma parte de lo que constituirá la felicidad eterna, incluso un modo de hacer referencia a la vida eterna es así: “el descanso eterno”. De todos modos, ya la segunda lectura de hoy nos advierte que pese a que esta situación veraniega, rica en valores para quien los quiera encontrar, no es el bien definitivo, nos va a recordar, partiendo nada menos que del punto central de nuestra fe que: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Es esta como una primera advertencia muy necesaria para tener en cuenta ciertamente este mes de agosto, pero habrá que decir que en toda nuestra presente vida, ya que, no lo olvidemos, “¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? Como veis, no parece podríamos encontrar unos pasajes de la Sagrada Escritura mejores para iniciar el verano que estos: descanso que viene, trabajo que acabamos de dejar (aunque nunca se deja del todo en esta tierra).
Pero hay una pregunta inquietante que podría formularse así: de los 11 meses de trabajo que tiene el hombre al año ¿Sólo va a sacar un mes de descanso? ¿Esa es la condición del hombre? ¿Para eso trabaja once meses? Por muy deseada y agradable que sea la recompensa, todos nos damos cuenta de que sería pobre y miserable una paga así. Pienso que cualquiera que lea estas líneas estará de acuerdo en que no es posible, –no digo al final de un año, sino al final de toda una vida– que el único pago que uno sacara fuera unos treinta días de montaña o playa cada trescientos sesenta y cinco. Eso no compensa. No puede ser. Sería algo cruel. Máxime si pensamos que durante todo el año o, mejor, en todos los años de nuestra vida, se producen muchos sufrimientos, dolores, contradicciones, injusticias, penalidades, gente que se ha aprovechado de uno, y no digamos si empezamos a pensar en temas –que podría pasarnos— trágicos: que a uno le roben sus bienes, o que un hijo, o marido o padre, sea asesinado por los terroristas, como en estos meses pasados hemos sufrido todos los españoles. ¿Es posible que todo esto caiga en saco roto? o tal como venimos razonando, ¿Es posible que todo quedara “pagado” con unos días de vacaciones? ¿Es esto lo que colma la vida del hombre? Y aunque todo te marche bien y no te pasen esas desgracias, aunque todo te fuera muy bien, ¿Es eso lo que debemos buscar en esta vida? El Evangelio de hoy nos ayuda a responder a estas inquietantes preguntas cuando empieza diciéndonos el Señor que debemos de pararnos a pensar en el sentido de nuestra vida pues “aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.» podríamos decir ni “de sus desgracias”. Y sino, mira lo que le pasó al hombre que nos cuenta el Señor en la parábola que le recrimina e incluso de llama “necio”, es decir, tonto, que no sabe lo que hay que saber ¿por qué le llama así? porque “esta misma noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Es pues, este Evangelio, una reflexión sobre los bienes de esta tierra, y hemos de entender por bienes no solo el oro y la plata, sino el descanso, las vacaciones, el relax. Bienes que aun siendo buenos, hemos de estar vigilantes no vaya a ser que nos priven de lo mejor, del “descanso eterno” de la vida eterna, del auténtico tesoro, del tesoro de tener a Dios. Vigilantes pues, porque si lo perdemos sería lo peor que podría suceder, y así sucederá, como, al final del Evangelio de hoy nos dice el Señor “a quien amasa riquezas para si y no es rico ante Dios”.

LA HERMANA POBREZA

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Jeremías 26, 11-16. 24; Sal 68, 15-16. 30-31. 33-34 ; san Mateo 14, 1-12

Estoy terminando una biografía de san Francisco de Asís apasionante. Escrita al modo de las “florecillas”, pero con una perspectiva periodística, te hace entrar en la psicología del santo y en la de los personajes que le rodean. Junto a la grandeza de un hombre que es capaz de dejarlo todo, absolutamente todo, por seguir a Cristo, también se recogen las miserias que acompañan a todo ser humano… aunque se trate de un “santo de altar”.

Helene Nolthentus, que es la autora de “Un hombre del valle de Espoleto”, relata así la muerte de Francisco: “Cuando realmente llegó su hora, quiso (Francisco) que lo despojaran de su túnica y lo pusieran desnudo sobre la tierra para esperar a la hermana Muerte. Todos los hermanos empezaron a sollozar y el guardián cogió apresuradamente una túnica, un taparrabos y una gran capucha. Comprendió lo que quería Francisco y por ello le dijo: ‘Tenéis que taparos con esto en nombre de la obediencia, pero recordad que sólo es prestado y que no debéis regalarlo’. Y con ello Francisco se sintió feliz, pues lo que él pretendía era ser fiel hasta la muerte a la señora Pobreza”.

No sé si es más admirable la actitud de san Francisco, o la de ese guardián, que lleno de sabiduría y amor de Dios, supo “engatusar” al santo para que quedarán a cubierto sus vergüenzas. La verdadera pobreza está reñida con lo miserable. Hay en todo hombre una dignidad que le hace percibir lo más bello de la creación, porque reconoce en ella la huella de su Creador. La pobreza que vivía san Francisco no le impedía que todo lo que iba dirigido a Dios (ornamentos, cálices, libros, etc.), fuera lo más precioso posible, sin escatimar en gastos (él vivía de la limosna).

“Que el Señor escucha a sus pobres, y no desprecia a sus cautivos “. Creemos en múltiples ocasiones que ser pobre es vivir miserablemente. Olvidamos que el desprendimiento que primero nos pide Dios es el de nosotros mismos (nuestro tiempo, nuestras cosas, nuestros juicios…). Todo lo demás puede estar envuelto en una sutil soberbia que se alimenta de lo aparente ante los demás. El demostrar a otros lo poco que tenemos es también una manera de vivir en la riqueza y la opulencia. ¿Has probado renunciar a ese absurdo capricho que tanto te ata? Puede tratarse hasta de ese minúsculo bolígrafo que, a pesar de los años, lo acaricias con la mirada, al modo de Golum en “El señor de los anillos”: “¡mi tesoro!”.

Puede resultar hasta gracioso, pero hay mucha esclavitud con eso de no alardear en cuestiones de lujo y, sin embargo, estar atados en lo absurdo. También en el Evangelio de hoy vemos a un hombre que vivió en la pobreza: san Juan Bautista. Si leemos atentamente su vida, descubriremos que su primer desprendimiento fue el del corazón. Sólo Dios cabía en él. Ni le importaban que le examinaran como un bicho raro, o que la supuesta mujer del rey Herodes le criticase. Jesús dijo de él: “Ningún nacido de mujer será mayor que Juan en el Reino de los Cielos”. Y cuando cumplió su misión dejó el camino al Señor. ¿El precio? su martirio. ¿La ganancia? la eternidad… y todos aquellos discípulos que después serían apóstoles de Cristo.

María era pobre y humilde, pero estoy seguro de que los pañales con los que cubriría a su hijo serían de la mejor calidad. Y una vez que Jesús fue crucificado, los soldados que le ajusticiaron no quisieron romper la túnica, porque era de una sola pieza. ¡Qué hermoso regalo el de la Virgen! (porque estoy convencido de que fue tejida por ella)… ¿Qué le darás hoy a tu Madre?

LA VERDAD QUE ESCANDALIZA

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Jeremías 26, 1-9; Sal 68, 5. 8-10. 14 ; san Mateo 13, 54-58

“A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones”. Jeremías pasa a la acción. Como un guión de una gran película, llega el momento del desenlace. Ya no vemos al profeta quejarse, ni resulta timorato ante “lo que se le viene encima”. Sabe que Dios está con él y, como obediente mensajero, ha de transmitir al rey y los sacerdotes de Judá la denuncia de Yahvé por su falta de fidelidad.

“Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo”. Mientras que en el cine las escenas de la película son observadas desde una butaca, la realidad es muy distinta. Este es el problema. Podemos imaginarnos cientos de situaciones distintas, incluso “vivir” ese montaje, creación de nuestra “cabecita loca”, como algo real, pero cuando alguien te dice: “¡Oye!, o estás de nuestro lado, o te largas”, entonces las cosas parecen cambiar. ¡Cuánto nos puede la opinión ajena! Ya sé que puedo ser un poco pesado redundando en estas consideraciones, pero son fundamentales… sobre todo para ti y para mí, que nos decimos cristianos, y que luchamos por ser coherentes.

“Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor?”. Alguna vez se nos ha podido pasar por la cabeza: “¿Es que vale la pena dar el pellejo por algo en que nadie cree?”, o, “¿pueden equivocarse tantos, cuando me dicen que eso de tener fe es algo trasnochado y pasado de moda, y que lo que importa es “vivir el momento?”. Si me preguntas qué es lo que nos ayuda a discernir si en algo estamos actuando correctamente o no, te respondería con otras preguntas: ¿Son los demás los que te salvan, o es Dios?, ¿viven coherentemente su fe aquellos que tratan de ayudarte, o proyectan sus frustraciones en ti para que les acompañes en sus fracasos?, ¿se encuentra Dios en esa recomendación por “vivir el momento”?

“¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros?”. No es que fueran unos ignorantes los que formulaban esta pregunta acerca de Jesús, sino que no podían soportar la verdad. ¡Sí!, la Verdad escandaliza, porque no se trata de “matar el tiempo”, o de: “ya vendrá otro mañana que nos contará una historia más divertida”. Se trata “simplemente” de comprender que, para vivir con sentido y ser feliz de verdad, hay que tener fe, y vivir en verdad.

“Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. Me he encontrado con muchas personas que aseguraban tenerme envidia al observar mi fe. La fe ni se observa, ni se la tiene envidia. O se tiene, o no se tiene. Y para tenerla, como don gratuito que es de Dios, hay que pedirla. Dios la concede a todos que se la piden con confianza y humildad. Decía san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad”. No está diciendo “los más guapos”, “los más altos”, o “los más listos”. Cuando hace alusión a “todos”, se refiere a todos sin excepción, empezando por ti y por mí. Tener fe es saber que la verdad está en Dios, y no en nosotros. Tener fe es descubrir que la humildad no es vivir en el apocamiento, sino en la valentía de abandonarnos definitivamente en Dios. Tener fe no es vivir sin pecados, sino de limpiarlos con el agua de la misericordia de Dios. Tener fe es remover las montañas de la mentira, y asentar nuestro entendimiento y nuestra voluntad en la única e irrepetible Verdad: Cristo.

“¿No es su madre María”. Sí que lo es. Además, es también nuestra madre. Todo lo anteriormente dicho acerca de la fe le corresponde, de una manera preeminente, a la Virgen. ¿Se siente por ello más importante que las demás criaturas? Si miras los ojos de la Virgen descubrirás por qué Dios se fijo en la humillación de su esclava. Ella nunca tuvo vergüenza de confesar su fe, y aún menos a los pies de la Cruz de su Hijo… Y que los demás nos digan lo que quieran, aunque se escandalicen por tanto Amor de Dios.

UNA LECCIÓN BIEN APRENDIDA

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Jeremías 18, 1-6; Sal 145, lb-2. 3-4. 5-6 ; san Juan 11, 19-27

Comprendo muy bien a las madres y las abuelas en verano. Después del curso, después de un año de trabajo, llegan las vacaciones y hay un afán grande, grandísimo, por descansar.
Los niños tienen que descansar de sus profesores y de los libros, los profesores tienen que descansar de los niños. Los subordinados tienen que descansar de sus jefes, los jefes tienen que descansar de los subordinados. Todo entra en una especie de necesidad por la vida plácida para que se pueda tomar el libro que se había ido dejando para tiempos mejores, para que se puedan cultivar los rosales que estaban un poco descuidados, para mirar con fruición la sierra que está preciosa con lo que ha llovido este año, y esto y lo otro y lo de más allá. Pero la casa no se hace sola, curiosamente hay que seguir poniendo la mesa y haciendo la comida y, como cada cual se relaja un poco (o un demasiado), el desorden tiene que ir entrando en el orden que alguien tiene que ir haciendo prevalecer. Se puede adivinar quiénes. Total, que las madres y las abuelas padecen, muchas veces, el veraneo del resto de la familia y, a veces también, los demás “gorronean” su placidez y su descanso a costa de las sufridas madres y abuelas que se lo siguen trabajando de lo lindo para que todo esté a punto y no domine el caos.
Marta era del gremio. Y salió, como todas las madres y abuelas llegado determinado momento, reivindicadora. Era ella la que se multiplicaba para que Jesús y sus acompañantes pudieran descansar, estar a gusto, tomar nuevas fuerzas y emprender otra vez, con nuevos bríos, la labor cotidiana, pero mientras tanto María a lo suyo, a escuchar a Jesús. No había derecho. Le damos toda la razón, por lo menos compartir un poco las obligaciones, división de funciones para poder llegar a todo y terminar antes y poder descansar también.
Pero he aquí que el Señor rompe el saque. El Señor siempre rompe el saque. Le dice que María ha escogido la mejor parte. Ya ves tú, María, que está allí escuchando y escurriendo el bulto…
No entra el Hijo de Dios en la dinámica de si María se estaba “escaqueando” de su obligación de servir o no, va más allá: como siempre hace, resuelve las cosas por elevación. Le hace ver a Marta que la cosa no está tanto en pensar en uno, en si llega o no a hacer lo que tiene que hacer, y pensar en los demás, para ver si trabajan o no, comparando si es más o menos de lo que uno trabaja, la cosa apunta en otra dirección: el quid de la cuestión no reside tanto en “hacer” sino en “ser”. La cuestión no es hacer las cosas que creemos que le agradan a Dios, cuantas más mejor, sino en amar a ese Dios que está en las cosas y detrás de las cosas. Dicho con otras palabras: la eficacia verdadera no reside en el movimiento, reside en el amor. Y el amor pasa por la contemplación. ¿Y qué es contemplar? Hacerse uno con la persona a la que se quiere.
Es una lección maravillosa de Jesús. Pero al cabo del tiempo muere Lázaro y Jesús vuelve a Betania. María se queda esta vez en casa, mientras Marta sale al encuentro de Jesús. Ahora su activismo es otro: le hace salir corriendo un amor que ha comprendido ya muchas cosas. “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Y Jesús le habla de cosas grandes, elevadas: la resurrección, y apela a algo igualmente grande, grandioso: su fe. Marta responde. Claro que cree, cómo no va a creer, si sabe (la contemplación la ha hecho ya reaccionar) quién es el que tiene delante: el Mesías. Es entonces cuando el Señor se vuelca con ella y con María, con las dos hermanas, porque saben amar, y Él no se deja ganar en esa generosidad. El amor de aquella familia por Jesús hace que el Señor, conmovido, resucite a un muerto, Lázaro.
Pídele a Nuestra Madre la Virgen que también tú, yo se lo pido para mí, seamos capaces de poner nuestra eficacia en un amor entregado, que sabe contemplar, y si tiene que moverse se mueve mucho y bien, pero no sin sentido sino con el empuje del que ama.

¡ESTÁS PARA COMERTE!

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Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58, 2-3. 4-5a. 10-11. 17. 18; san Mateo 13, 44-46

“Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón”. Estaba preparando este comentario de hoy, cuando alguien me advirtió acerca de estas palabras de Jeremías. Su observación era la siguiente: “Siempre he oído que la Palabra de Dios era alimento para el alma. Pero, de ahí a devorarla, me parece un tanto exagerado”. Así que tuve que cambiar el discurso.
Muchas veces he visto a mi madre “embobada” con sus nietos (he de deciros que tengo ocho sobrinos). Sobre todo cuando apenas tenían unos meses, cogiéndoles entre los brazos les decía: “¡Estás para comerte!”. Conociendo a mi madre, puedo aseguraros que tiene muy poco de antropófaga. Más bien, todo lo contrario. Dentro del contexto en que os narro esta anécdota, hay tal calado de ternura, que uno también queda presa de semejante espectáculo. La abuela con sus carantoñas, y la criatura correspondiendo con balbuceos y sonrisas, es digno de contemplar.
De esta manera también entiendo la relación con Dios en cada uno de nosotros… pero, al revés. Dios es misterio, pero tan íntimamente cercano a nosotros que se manifiesta a través de las cosas más cotidianas. Esa intimidad necesita ser tan extraordinariamente asequible que, incluso corporalmente, podamos “asimilarla”. Es Dios quien nos invita a devorarle. En el Antiguo Testamento, a pesar de lo que digan algunos sabios exegetas, Dios se mostraba verdaderamente próximo. Dentro de la gran pedagogía divina, es decir, al hilo de lo que suponía el hombre hace algunos miles años, los recursos empleados por Dios iban muy de la mano de la naturaleza: el fuego, el viento, el agua, la lluvia… Así, empezando por Abrahán, y terminado por el último de los profetas menores, todos tuvieron una experiencia inefable con Dios. Y eso, sin tener en cuenta la amistad de Moisés, por ejemplo, con Yahvé, al que veía cara a cara. No nos extraña, por tanto, los sentimientos del profeta Jeremías que, encontrándose con una verdad en la Palabra de Dios, tuviera esas ansias, hasta el punto de querer “comerla”.
“…lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. Pero no queda ahí la cosa. Llega el Hijo de Dios, y empieza a escandalizar a diestro y siniestro, porque les habla de la necesidad de comer su carne para alcanzar la vida eterna. Incluso llega a decir a sus discípulos que, si ellos no están convencidos de lo que les dice, pueden marcharse también. Llevo unos cuantos años de sacerdocio, y puedo aseguraros que cada vez que pronuncio, en el momento de la consagración, “Tomad y comed…”, siento un escalofrío al que no llego acostumbrarme. Me gustaría llorar, al modo de Jeremías, pero no de rabia, sino por lo que supone tener a un “ser vivo” (divinamente vivo) entre mis manos: a pesar de mis múltiples debilidades y pecados, Cristo sigue comprometiéndose, en cada Eucaristía, y se hace Cuerpo y Sangre… para que le comamos. ¿Puede alguien dar más?
No existen tesoros en el mundo que sean capaces de satisfacer lo que en cada Comunión recibimos. Mientras las riquezas, la fama y el poder son pasajeros, la eternidad se abre paso a “empujones” en nuestra alma en cada Hostia Sagrada que recibimos, y así calmar todas nuestras ansias y deseos… para siempre.
Pues sí. Me imagino a la Virgen estrechando a Jesús entre sus brazos y diciéndole: “¡Estás para comerte!”. Y si aún me apuráis (y que Dios me perdone por este atrevimiento de hijo, que mira “abobado” semejante escena), Cristo rememoraría tales palabras de su Madre al instituir el sacramento de la Eucaristía en la Última Cena. Hoy, cuando vayas a comulgar, díselo a Jesús: ¡Estás para comerte!

CUANDO HAY QUE TOMAR DECISIONES

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Jeremías 14, 17-22; Sal 78, 8. 9. 11 y 13 ; san Mateo 13, 36-43

“Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche no cesan”. El don de lágrimas no es algo exclusivo de los santos, también los que somos “de a pie” tenemos el derecho a llorar. Ya hemos dicho en alguna ocasión que Jeremías eran un tanto llorón. Dios no se queja de esa debilidad humana, sino de que en ocasiones no terminemos de confiar plenamente en Él. El profeta llegará a denunciar al Pueblo de Israel su falta de fidelidad y lealtad ante las promesas de Dios, y acabará siendo mal visto por aquellos que sólo ponían el corazón en sus ambiciones… Jeremías no sólo soportó estoicamente las injurias, sino que le importaba poco todo aquello que no tuviera que ver con la voluntad de Dios.

También nosotros podemos caer en la tentación de buscar la aprobación ajena. ¿No te ha pasado a veces que viendo claramente lo que Dios te pedía, en un momento muy concreto de tu vida, te has dejado “seducir” por la opinión de otros?: “Aún eres demasiado joven”, “piensa la carga que puede suponer para tu familia”, “siempre tendrás tiempo para tomar esa decisión”… Todo son excusas para posponer u olvidar lo que Dios nos habla de una manera tan personal en el corazón, y las “sabias” razones de los demás nos parecen de lo más lógicas y coherentes. Pero, ¿es eso lo que realmente quiere Dios de ti? Ya sabes que cuando hablamos del corazón nos estamos refiriendo a lo más íntimo de uno mismo. También sabrás que hay un templo sagrado, denominado “conciencia”, al que sólo puedes acceder tú y Dios… nadie más.

“¿No eres, Señor, Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?”. ¿Te parece poco todo este proyecto de Dios para ti? A veces vamos por la vida con las orejeras que nos calan hasta la barbilla, y somos torpes para ver lo que Dios es capaz de realizar por amor nuestro. No es que nos quedemos cortos, es que, “no tenemos ni idea”. Cuando uno se empeña en hacer las cosas a su manera, y se ha encontrado con dificultades o imposibles, suele echarle la culpa a Dios. Lo que ocurre es que hemos olvidado que Dios no arregla imposibles, nos hace ver que determinados problemas no existen. Los problemas los fabricamos nosotros (en el libro del Eclesiastés se dice: “Dios hizo al hombre sencillo, pero éste se complicó con razonamientos”), Dios, en cambio, nos da su gracia para que vayamos “a su paso”. Y una vez emprendido el camino junto a Él, descubrimos que no solamente va junto a nosotros, sino que, en la mayoría de las ocasiones, nos lleva en sus brazos. ¿Es difícil tomar decisiones? Todo lo que lleve la impronta de lo divino resulta “una gozada”.

“Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. Así se llamaban entre sí los primeros cristianos: justos. En medio de tantas persecuciones, no esperaban una recompensa del mundo. Habían tomado una decisión, y ese era su premio. Los que llevaron al suplicio a los que después fueron mártires, les embargaba una extraña sensación, mezcla de odio y admiración, por la actitud que mostraban los cristianos antes de morir: alegría por seguir a Cristo, y perdón hacia sus verdugos.
Entender esto en nuestros días puede parecer de locos, pero mayor “irracionalidad” es actuar contra la fuerza del amor Dios. Por mucho que algunos lo intenten se darán de bruces con su infinita misericordia… y aún quedarán perplejos.

La Virgen María también tomó una decisión que le llevó a unirse de una manera inefable al misterio de Dios. ¿Cómo sería la mirada de su Hijo desde la Cruz?… Él también te mira… y te quiere con locura. ¿No oyes a la Virgen que te dice: “¡Anda, haz lo que Él te diga!”.

PARA MAYOR GLORIA DE DIOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 13, 1-11 ; Dt 32, 18-19. 20. 21 ; san Mateo 13, 31-35

Muchos de los que leen estos comentarios han escrito correos electrónicos pidiendo la identidad de los sacerdotes que los realizamos (incluso alguien ha llamando telefónicamente desde el otro lado del “charco”). La dirección que se facilita es la de blanca@planalfa.es. Pues bien, Blanca es la secretaria del Departamento de Internet del Arzobispado de Madrid. Ella ha estado desde los inicios de la web y, gracias a su eficacia, generosidad y discreción, nos ha sacado de más de un apuro, pues os puedo asegurar que el ritmo de trabajo del departamento es un tanto trepidante. Casada y con dos hijas guapísimas, se siente servidora de la Iglesia en tiempo, dedicación y esfuerzo.

Los mensajes que recibe Blanca son distribuidos a los dos sacerdotes que elaboran los comentarios (os avisamos que, de cara a este verano que ya comienza, tendremos un nuevo fichaje, así que seremos tres los sacerdotes). Tanto en el ánimo, los agradecimientos, las sugerencias o las críticas, todo es recibido como gracia de Dios. Algunos nos piden consejos, o dirección espiritual, pero para ello el Arzobispado de Madrid brinda un servicio de asesoramiento, que se sugirió desde la RIIAL (Red Informática de la Iglesia en América Latina). Son también dos sacerdotes los que realizan esta asistencia: D. Alfonso y D. Jesús. Son sus nombres reales, y los correos respectivos: asesor2@planalfa.es y asesor3@planalfa.es. Os puedo asegurar que la labor que realizan (escondida, oculta, y sin brillo aparente), es de los que más frutos se recogen.

Y, ¿qué ocurre con los que hacemos los comentarios? Decía San Ignacio de Loyola: “Ad maiorem Dei gloriam” (“Para mayor gloria de Dios”). Y os aseguramos que es lo único que nos motiva a desempeñar esta tarea. D. Fernando Rey, con sus cientos de comentarios elaborados años atrás, inauguró una etapa que, verdaderamente, resultó ímproba. Su estilo inició una manera de comentar los Evangelios, que también ha hecho huella en nosotros, sus continuadores. Los que ahora estamos “al pie del cañón”, nos preguntamos cómo podía D. Fernando hacer ese trabajo, y diariamente, él solo. Ya se ve que la gracia de Dios hace auténticos milagros. ¡Gracias, Fernando! (escribo esto porque sé que, al leer él estas líneas, le resultará una verdadera bofetada tanto halago… pero se lo merece. Seguro que cuando me vea me dirá en su lenguaje tan personal: “¡menos chorradas, y más rezar!).

“El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas”. Los que sembramos sabemos que el incremento viene exclusivamente de Dios… y cuando le parezca más oportuno. Así pues, no existe ninguna pretensión a la hora de ocultar nuestros nombres. Hoy seremos unos, mañana Dios dirá. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en todos los rincones de la tierra. Lo mismo que ocurre en la televisión, o en cualquier otro medio de comunicación, los que hacen que las cosas “salgan” están “detrás de las cámaras”: Blanca, Ángel Luis, Joaquín…. A todos ellos gracias por tanto “tostón”, y tantas horas “secuestradas” a sus familias.

Nuestra madre la Virgen también sonreirá desde el Cielo. Ella sabe lo que verdaderamente nos anima a continuar con este trabajo: la Gloria de Dios… Por cierto, hoy es mi cumpleaños, y os pido un Avemaría por mis intenciones. En ellas estáis también cada uno de vosotros… y, ¡basta ya de tanta milonga!

Hasta mañana.

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