LA PASIÓN DE CRISTO

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Isaías 42, 1-7; Sal 26, 1. 2. 3. 13-14 ; san Juan 12,1-11

Debo de confesar que la película de Mel Gibson, “La Pasión de Cristo”, es de lo mejor que he visto en los últimos años. No se trata ahora de salir “en plan” apologeta contra los detractores de la película, ni analizar la calidad, si sus efectos especiales, ni la dureza de algunas escenas…. Simplemente, es una película que ayuda a rezar.

Por motivos de mi dedicación a los medios de comunicación en la Iglesia, he tenido la oportunidad de verla en varias ocasiones. Cada vez he salido más conmovido y, sobre todo, con una gran paz. Existe una gran filmografía acerca de la vida de Nuestro Señor, desde muchos aspectos, sobre todo, teniendo en cuenta la visión del director o el productor. Pero en esta versión del cineasta australiano, se percibe una gran fidelidad a la narración evangélica, y cómo los distintos personajes (destacaría, de manera especial, el papel de María, la madre de Jesús), entran de lleno en cada una de las situaciones vividas en la Pasión, no sólo con credibilidad, sino con una entrega que roza el amor de lo que representan.

Uno de los asesores religiosos de Mel Gibson, el padre Tomas, nos contaba que el director había pedido construir una Capilla de campaña, para que así, durante los días del rodaje del film, se pudiera celebrar la Eucaristía, y rezar. Nos contaba este sacerdote, que en una ocasión, entró en dicha capilla, y se encontró con la siguiente escena: de rodillas, frente al Sagrario, estaban Mel Gibson y Jim Caviezel (el actor que representa a Cristo), y que éste último se encontraba con todo el maquillaje puesto (por lo visto eran necesarias cerca de ocho horas diarias para hacerlo) para la escena de la flagelación. Y lo que le impresionó al padre Tomas, es que ambos estaban rezando el rosario en voz alta. Desde luego, es una buena manera de prepararse para trabajar en una película de estas dimensiones. Una vez más, y ya termino con lo de la película, las palabras del Señor son evidentes: “Por sus frutos los reconoceréis”. Pienso que Mel Gibson puede hacer mucho bien con lo que ha hecho… ¡enhorabuena!

“¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Volvemos al original: el relato de los Evangelios. San Juan, es uno de los evangelistas que con más delicadeza va presentando la Pasión de Nuestro Señor. María unge los pies de Jesús con nardo, y nos la imaginamos con un cariño y dedicación que, verdaderamente, nos conmueve. Por otro lado, observamos a aquellos que se escandalizan por semejante derroche, pero son incapaces de advertir quién es su destinatario. Hoy día, es de suma importancia recuperar los detalles de cariño y respeto ante lo sagrado. Ya decía el profeta Isaías: “Sed santos los que tocáis las cosas santas”. Una genuflexión bien hecha ante el santísimo, una oración vocal realizada sin prisas y con atención. Y, sobre todo, las cosas que atañen al cuerpo y la sangre de Cristo: cálices, patenas, ornamentos, etc. Todo contribuye, de la misma manera que María, la hermana de Lázaro, trató los pies de Jesús enjugándolos con sus propios cabellos, a reverenciar y adorar lo que más queremos en este mundo.

Tener a nuestro alcance la entera humanidad y divinidad de Cristo, no sólo es un privilegio, es el mayor de los tesoros que, de manera especial los sacerdotes, tenemos en nuestras manos… y cualquier cuidado es poco. Porque el amor no anda con “remilgos”: procura darlo todo.

“PONGA UN POLLINO EN SU VIDA”

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Isaías 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 ; Filipenses 2, 6-11; san Lucas 23, 1-49

Con palmas y ramos en las manos, en muchos lugares del mundo hoy tendrán lugar procesiones que, con cantos de “¡Hosanna, Hosanna, Hosanna!”, nos harán llenarnos de alegría y entusiasmo al entrar en los templos. La bendición de los olivos y el recorrido por las calles, nos hará recordar, un año más, que Nuestro Señor, a lomos de un pollino, entró triunfante en Jerusalén bajo la aclamación de sus habitantes.

Pero no se trata de vana una gloria humana: es el reconocimiento de toda la Creación que se rinde inexorable ante el paso humilde del Verbo de Dios. ¡Sí!, humildad, porque Cristo que conoce esos corazones que ahora le adulan, lee en ellos lo que unos días después le echarán en cara: “El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado”. Humildad, que es saberse quién es, Hijo del Padre, pues para Él es toda la gloria, y por Él se realiza su voluntad. Humildad, por tener a un pollino por trono, que es también símbolo de docilidad y sumisión. Humildad en el anonadamiento de Dios, que es capaz de someterse a los condicionamientos de lo humano, para así elevarlos al orden sobrenatural. Humildad, que sólo San Pablo es capaz de definir de una forma tan sublime: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.

“Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. Éste será el precio de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén… ¿Qué hacemos nosotros al contemplar a Nuestro Dios, cuando tantos quieren hacerle rey, proclamándolo como verdadero Mesías?; ¿Somos uno más de esos, que esperan que cambien las cosas en el mundo: que se acaben las guerras, el hambre, las penalidades y las injusticias?; o, quizás, ¿no ha de empezar ese cambio, silenciosamente, en el interior de nuestro corazón? Decía San Agustín: “¡Cambiad vosotros, y cambiará el mundo!”.

Hoy se nos relata la Pasión de nuestro Señor según San Lucas. Pocas palabras más se pueden añadir. Vale la pena, escuchar en silencio, con espíritu contemplativo, los hechos que en aquel tiempo acompañaron esas horas intensas de Cristo. Quizás, las mismas horas y minutos que se suceden en muchos rincones de la tierra, e incluso en tu propia vida.

Como cualquier reclamo publicitario, podríamos colocar el siguiente mensaje en el “tablón” de nuestro corazón: “Ponga un pollino en su vida”. Esto, que puede hacer sonreír a más de uno, no es otra cosa, sino participar enteramente de la humildad a la que nos invita Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Porque, en las cosas sencillas, se revelan las “verdades como puños”. Hay realezas que se conducen en carruajes magníficos, envueltos de adornos y “bisutería”, al fin y al cabo… hay otro tipo de majestad que, a lomos de un pollino, nos revela la infinita misericordia de Dios, que quiere alcanzar hasta el más pequeño de los hombres.

Yo, por mi parte, con mi pequeño ramo de olivo, y en medio de tanta algarabía, me pongo junto a María, la madre de Jesús, y cuando nadie nos oiga, le susurraré al oído: “Mamá, ¿me dejará tu Hijo subirme con él a lomos del pollino?

ES HORA DE HABLAR DE PENITENCIA

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Ezequiel 37, 21-28; Jr 31, 10. 11-12ab. 13; san Juan 11,45-57

Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa. Como se suele decir, el tiempo ha pasado “volando”. Durante estas semanas nos hemos ido situando frente a ese misterio central de nuestra fe, que dará comienzo con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Resultan, por otra parte, alentadoras y firmes las palabras del profeta Ezequiel que nos brinda la lectura de hoy: “Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra”. Sin embargo, si hemos de ser sinceros, y a la vista de las antífonas de las misas de todos estos días de Cuaresma, en donde se nos ha invitado a la conversión, a la penitencia, a la penitencia… y a más penitencia, nos hemos de preguntar: ¿en qué ha consistido esa reparación, sacrificio o desagravio diario? Y no vale aquí decir que “¡bastante penitencia tenemos con lo que nos ‘cae’ cada día por culpa de los demás”. La penitencia a la que me invita la Iglesia no es otra sino aquélla a la que positivamente contribuyo con mi mortificación personal. ¿Cosas del medioevo?… Ríete de las penitencias que realizaban nuestros antepasados, comparadas con las que nos “presta” esta modernidad contemporánea nuestra (regímenes alimenticios, horas extraordinarias, entrenamientos deportivos, “puestas a punto” de actrices, cirugías estéticas…).

Sería bueno recordar, por otra parte, que la penitencia para el cristiano es la manera más eficaz de ejercitar el deporte que necesita nuestra alma. ¡Mirad esos rostros cansinos y tristes!, no son otra cosa sino el fruto de haber olvidado la gimnasia que hemos de realizar en nuestro interior. Y lo realmente gratificante, es que esas pequeñas negaciones a nosotros mismos, se transforman en afirmaciones al amor y a la libertad. El “señorío” humano, de esta manera, es capaz de romper las cadenas de la esclavitud y de la muerte, volviendo el rostro, sereno y paciente, ante la contradicción, la contrariedad y el sufrimiento.

“Y aquel día decidieron darle muerte”. ¡“Pobrecitos” aquellos que piensan que tienen en sus manos el destino de Dios! Cristo entregará su vida cuando crea llegada la hora y, desde luego, que no se ahorrará ninguna penitencia… quizás veamos en su Pasión las huellas de aquellos momentos que, tú yo, renunciamos a padecer. En cambio, para el cristiano que vive con fidelidad su penitencia, ese “destino” del que tanto habla el mundo, se transforma en abundante Providencia divina. Se escandalizaba el Sanedrín por la cantidad de milagros que hacía Jesús y, sin embargo, eso no les valió para su conversión, sino para incrementar su odio… ¿Aún eres capaz de decirle a Dios que si realizara un signo en tu vida (ese “milagrito” que tanto ansías), sólo entonces cambiarías? El único milagro que da frutos es el de la generosidad de nuestra penitencia, porque entonces se manifiestan las obras de Dios, y no los caprichos de los hombres.

“Se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos”. El Señor se reúne con sus íntimos en vísperas de lo que ha de acontecer. La oración, es la antesala de la penitencia, y ésta la mesa del sacrificio. Pero Jesús, además de acompañarse de sus discípulos, cuenta contigo y conmigo, y en ese altar de la Eucaristía se encuentra toda la humanidad, esperando, una vez más, la pequeña penitencia que hoy hayamos podido realizar. Sólo así, ganaremos almas para Dios.

LA GENERACIÓN “PROZAC”

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Jeremías 20,10-13; Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7; san Juan 10,31-42

Cuentan que esta primera generación del siglo XXI se denomina la del “Prozac”. Como sabéis, esta medicina no es otra cosa sino un ansiolítico que ha adquirido gran fama por la cantidad de gente que la consume por prescripción médica. Sin ánimo de señalarme, creo que una gran mayoría, de una manera u otra, sufrimos el fatídico síndrome de la ansiedad. Todos somos testigos de las “prisas” que tiene nuestra sociedad por “hacer cosas”. El problema, da la impresión, se encuentra en que ese ajetreo que busca, o bien estar a la última, o ver quién llega antes a descubrir lo más novedoso (aunque, como también hemos visto, muchos de esos progresos pueden inducirnos a actuar contra la propia condición humana: abortos, eutanasia, embriones…), no supone, en definitiva, un aporte a lo que el ser humano necesita. Y nos hemos convertido, más bien, en objeto curioso de estudio para algunos, prometiéndonos en un futuro no muy lejano (creo que esas promesas llevan siglos realizándose), una vida mucho más prolongada, y con un alto grado de bienestar. Y así, de la misma manera que nos jactamos de sacar a la luz miles de encuestas sobre las cosas más absurdas, habría que realizar la más importante, con una pregunta muy concreta: “Pero, ¿es usted verdaderamente feliz?”.

“Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis”. Gracias a Dios, la Cuaresma es un tiempo que nos hace colocarnos en el lugar adecuado. Contemplar la vida de Jesús, es descubrir que, aunque de manera distinta, existían otras ansiedades en los corazones de los hombres, y que no podían soportar la “desfachatez” de la verdad. Intentan matar al Señor porque se hace pasar por Dios. Y, ¿cuál es su respuesta?: que tú y yo estamos también llamados a ser dioses. ¡Qué maravilla!… Somos hijos en el Hijo. Hemos sido elevados a la condición divina por los méritos de Cristo, y aún queremos hacer más “cosas” para demostrarnos… ¿el qué? Que lo importante es recordar que sólo en Jesús nuestras ansias y nuestros agobios encuentran el sosiego y la paz definitivas. ¡Que sí!, que hay que trabajar, que hay que procurar el ejercicio del bien común en esta sociedad que nos toca vivir… pero, todo con el corazón puesto en la debida rectitud de intención: dar gloria a Dios, y que sólo Él brille ante los ojos del mundo.

“Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí”. Quiero suponer que, una vez más, el Señor se retira a un lugar apartado para orar. ¿No sería realmente admirable que cuando fuéramos a pedir la receta correspondiente del Prozac, nuestro médico nos extendiera un papel que rezara lo siguiente: “… y todos estos medicamentos han de estar bien condimentados con una buena dosis de oración y paciencia”. Sé que para muchos resulta difícil recuperar lo esencial, porque se trata de algo que no se percibe a través de los sentidos (mucho más fácil es sentarse delante del televisor, y pasar horas “tontas” ante él, pues creemos que así nos evadimos de nuestros problemas). Pero, tal y como nos decía el “zorro” en el hermoso cuento del “Principito”: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Sí, creo que es la hora de tomar los 20 mg. de Prozac, pero te aseguro que tengo más ganas de que lleguen las siete de la tarde, y así poder celebrar la Eucaristía, y pasar un buen rato con mi Dios… “Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”.

“PUEDO PROMETER Y PROMETO”

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Génesis 17, 13-9; Sal 104, 4-5. 6-7. 8-9; san Juan 8,51-59

“Mantendré mi pacto contigo”. ¿No te has quejado alguna vez de aquello que un día te prometieron y, pasado el tiempo, nunca se cumplió? Aún recuerdo esa comedia americana (no me preguntes el título, pues no me acuerdo), en la que un militar, que se jactaba de pasarlo bien (cosa que compartía con sus subalternos), llevaba años comprometido con su novia y, cada año (pues habían sido muchos los intentos), al llegar la fecha de la boda, se le olvidaba ir a la iglesia para contraer matrimonio. Lo curioso es que la buena chica (otros la calificarían de “tonta del bote”), a pesar del desplante de su prometido, seguía confiando en su palabra, año tras año… Y os aseguro, tal como se mostraba en el film, que el susodicho militar daba la impresión de querer de verdad a su novia. ¿Olvido?, ¿indiferencia? ¿dejadez? Creo, más bien, que se trata de un mal universal que atañe a la propia condición humana. Nos dejamos seducir por las cosas que deseamos, siendo capaces de prometer lo que no podemos cumplir, sólo por lograr alcanzar ese objeto… o esa persona.

La Biblia nos dice que “sólo Dios cumple sus promesas”. Y toda la Sagrada Escritura está jalonada del “quiero y no puedo” de tantos hijos de Israel. Éstos, sin embargo, también somos tú y yo, que tenemos, cómo no, nuestras respectivas condecoraciones de lo no cumplido y, por otra parte, presumimos de ser personas de una sola pieza. Sólo la humildad nos lleva al reconocimiento de que Dios, verdaderamente, ha guardado su palabra en nuestra vida. Y sin necesidad de echar la vista atrás, hemos de reconocer todos esos momentos en los que hemos palpado la sugerencia de Dios para que cambiáramos un “poquito” (rezar un poco más, sonreír un poco más, criticar un poco menos…, pues en esto consistía la alianza que establecimos con Él), y, sin embargo, nos hemos “achantado” ante la más mínima contradicción.

Así pues, las promesas están tejidas de fidelidad y de lealtad. Estamos ante auténticas virtudes que hacen a la persona más humana y más veraz. Y como podemos observar, una vez más, no son cosas que se vean todos los días en nuestros ambientes; todo lo contrario, a veces el que sabe seducir con engaños y mentiras es considerado como alguien que “tendrá mucho futuro”.

“Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro”. Cuando el otro día, alguien me aseguraba que había perdido toda esperanza de confiar en la gente (debo de reconocer que los “palos” que ha recibido esta persona, son abundantes y dolorosos), le pregunté si sabía cuál era esa misma impresión de los demás con respecto a él. Por un momento se quedó un tanto desconcertado pero, posteriormente, con lágrimas en los ojos me dijo: “tiene razón… pocas veces he abierto mi corazón al que me pedía consuelo o compasión”. Este buen hombre besó un crucifijo que había sobre la mesa, y nos dimos un abrazo.

¡Se me olvidada!… en la película que aludía más arriba, al final, nuestro militar se casa con la chica. ¿No será, que a pesar de lo “malos” que podamos ser, siempre hay un destello de la bondad de Dios en cada uno de nosotros?

MIS BUENOS AMIGOS SACERDOTES

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Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56; san Juan 8, 31-42

El otro día tuve la oportunidad de ser invitado por Pepe, amigo sacerdote, a dar unos ejercicios espirituales en su parroquia. Debo de confesar que me apetecía un “montón” el poder ejercer mi sacerdocio de esta manera. También son muchas las conversaciones que mantengo con Alfonso, Fernando, Nacho…, sacerdotes también como yo, y donde uno de nuestros “monotemas” es el de cómo debe ser nuestra labor como “curas”. Como podéis imaginar, desde una perspectiva humana, cada uno tiene su carácter, sus propias manías y su manera de ser. Sin embargo, hay algo verdaderamente hermoso que nos une, y que se escapa a ese orden natural, para adentrarse en un terreno donde se saborean las cosas de Dios. Se trata de ver, por ejemplo, cómo poder ayudar a determinada persona (siempre sin revelar de quién se trata, pues algo verdaderamente importante del sacerdocio es la confidencialidad que se exige en el trato con las almas), cómo responder ante determinadas inquietudes de la juventud, o la forma de predicar o visitar enfermos, etc. Lo maravilloso de todo esto, sin embargo, es la sintonía en lo esencial, es decir, la necesidad imperiosa de responder con fidelidad a la vocación que hemos recibido. Cristo, de esta manera, no es un ideal abstracto, sino que lo concretamos y palpamos (e incluso lo “masticamos”) en la celebración de la Santa Misa, a la hora de administrar el sacramento de la reconciliación, o en la dirección espiritual… Y en más de una ocasión se nos escapa: “¡Qué gozada ser sacerdote!”.

Pero todo esto venía a cuento de los ejercicios dados a unas cuantas buenas personas en la parroquia de Pepe. Y el recordarlo ha sido como consecuencia de la lectura de hoy del profeta Daniel. Al comienzo del texto, aparecen las palabras del rey Nabucodonosor que, bajo amenazas de muerte, llega a conminar a Sidrac, Misac y Abdénago: “¿Qué dios os librará de mis manos?”. No se trata ahora de analizar los resultados de las charlas dadas, o la gente que se hubiera confesado, ni si hubo cualquier tipo de agradecimiento. Lo importante de todo esto, amigos míos, es que, en contra de Nabucodonosor, tenemos un Dios que no solamente nos libra, sino que nos ama hasta extremos insospechados. Quizás me deje llevar por el entusiasmo de las pocas ocasiones que tengo la posibilidad de ejercer ese sacerdocio que se denomina “cura de almas”, pero resulta algo tan estremecedor que, más allá de cualquier acto de fe, uno se siente impelido a dar gracias a Dios por lo patente de su obrar en las almas.

Y mi agradecimiento también a esos buenos sacerdotes, amigos míos, que con su conducta y ejemplo me presentan el rostro de Cristo ante mis propias “narices”, no como una figura ideal sin más, sino encarnado en sus propias vidas, que con su abnegación y labor escondida (y tantas veces injustamente considerada), saben encontrarse con ese Jesús del alma, desde que se levantan hasta que se acuestan, con el convencimiento de que podrían haber hecho las cosas mejor, pero que no se trata de lo bueno realizado, sino la manera en que han buscado ser instrumentos de Cristo. Son cosas que no se ven a los ojos de la gente, pero resultan de tan extraordinaria eficacia, que Dios sigue depositando en la manos y en los labios de estos sacerdotes las mismas acciones que su Hijo encomendó a sus apóstoles. Y es que la eficiencia de lo sobrenatural, no se escribe en diplomas ni en monolitos conmemorativos, sino que queda grabada a fuego en los corazones de aquellos que, oyendo las palabras de estos sacerdotes, reconocen las mismas palabras de Jesús.

En definitiva, el Evangelio de hoy también habla de esos mis buenos amigos sacerdotes que, a pesar de sus limitaciones y las dificultades que todos, de una manera u otra podamos tener (gracias a Dios, ¡somos tan humanos!), saben escuchar la recomendación del Señor, y luchan, cada día, para ponerla en práctica: “Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

LA ORACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS

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Números 21, 4-9; Sal 101,2-3. 16-18. 19-21; San Juan 8, 21-30

“Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti”. Uno de los temas que se aborda con más frecuencia en la predicación cristiana es la que hace referencia a la oración. Algunos piensan que para iniciarse en semejante “instrucción” son necesarias una serie de cualidades especiales, y unas predisposiciones tan señaladas, que son verdaderamente pocos los que pueden adentrarse en la práctica de la oración. De esta manera, son muchos los que reducen la oración a meros rezos vocales (que son importantes), o a la práctica de determinadas devociones piadosas (que también son importantes). Sin embargo, hablar de oración es, en primer lugar, adoptar una actitud, y ésta no es otra sino saber a quién me dirijo, por qué me dirijo a él, y cómo me dirijo a él. Se nos dice que orar es hablar con Dios; y, desde este sencillo punto de partida, sobraría cualquiera otra definición. Pero si hemos aludido a las anteriores condiciones necesarias para la oración, no es otro el motivo, sino el de resaltar la importancia que tiene para el cristiano una verdadera disposición orante.

En la oración nos dirigimos a Dios. Él es mi Padre y creador, sentido y fin de todas las cosas (pasadas, presentes y futuras); en Él todo el orden creado tiene la existencia que le conviene, así como el que la mayoría de las criaturas le den gloria, aunque sea de forma “instintiva”. El ser humano, sin embargo, es de una “pasta” especial; tiene una responsabilidad muy concreta recibida del Creador: llevar a término todas las cosas iniciadas por Dios. De hecho, el hombre está configurado a imagen y semejanza Suya, es decir, goza de libertad.

Decir que Dios lo es todo, y yo nada, valdría para explicar el motivo de dirigirme a Él en la oración. Pero esto, para algunos, puede resultar poco eficaz en el orden las cosas. Es más, para otros serviría como excusa para la pasividad o el mero quietismo, es decir, lo que vulgarmente se denomina “pasar de todo”. Sin embargo, paradójicamente, ese reconocimiento de la “nada” personal es algo que exige mucha más actividad de la que se puede pensar. En primer lugar, una predisposición, es decir, una actitud por “empaparse” de todo aquello que provenga de Dios; y esto, en definitiva, se llama “gracia”. La Eucaristía, la Reconciliación, y los sacramentos en general, son ya algo que nos preparan para tener ese vínculo que exige la oración. En segundo lugar, se encuentran las virtudes (no los manoseados “valores”, que corresponden a otro orden), y que todo cristiano ha de buscar para despojarse de aquello que resulta un impedimento para su relación personal con Dios.

Respecto al “cómo” de esa oración, existen multitud de aspectos. Sin embargo, deberíamos ceñirnos a dos: la sencillez y la perseverancia. La oración es sencilla cuando uno, sin grandes complicaciones ni disquisiciones, se dirige a Dios como quien habla con un amigo, un padre o un confidente. Sabe, a ciencia cierta, que aquello que pida se le concederá si resulta ser un bien para su alma; pero, sobre todo, se sabe escuchado y pone atención en escuchar, que es quizás lo más importante; para ello, la oración por excelencia es la que enseñó Jesús a sus discípulos: el Padrenuestro (oración que, por otra parte, vale la pena “paladearla” y “saborearla” sin prisas, y con espíritu de contemplación).

¿Qué ocurriría si todos nuestros actos, pensamientos y palabras estuvieran impregnadas de oración?… He aquí el segundo aspecto de la oración: la perseverancia. Jesús repitió en alguna que otra ocasión la conveniencia de orar siempre. No se trata de caer en la obsesión, o en un mal entendido perfeccionismo, donde uno deja de comportarse con naturalidad, para pasar a la autocensura de que “no se puede llegar a todo”. Más bien, se trata de recoger las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy y, de esta manera, adquirir nuestra auténtica condición de hijos de Dios: “No hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada”. Y ésta, es la normalidad que Dios nos pide.

CUANDO LAS MAYORÍAS DECIDEN

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Daniel 13, 41c-62; Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6; san Juan 8, 1 -11

Más de uno podría esbozar una sonrisa ante el relato de la casta Susana que nos refiere el profeta Daniel en la lectura de hoy. Aunque, por otra parte, también somos testigos de otro tipo de abusos (como los recientemente acaecidos en África), en donde el adulterio (sobre todo si la acusada es una mujer) se castiga con la lapidación. Ya sé que el contenido propio del texto que examinamos apela a la justicia y a la verdad, pero tan cierto como esto es la manera con que, en la actualidad, hablar de la castidad o de la continencia resulta, no sólo algo absurdo, sino trasnochado y fuera de cualquier análisis social.

La pregunta que podríamos formularnos es acerca de la verdad que hay, ciertamente, en la “conciencia” de las mayorías; eso sí, habría que pensar, entonces, que consideramos a tales “mayorías” como un ente en sí mismo; aunque yo me inclino, más bien, a pensar que se trata de un conjunto constituido por personas individuales y, además, con nombres y apellidos. ¿A dónde queremos ir a parar, entonces? Estamos acostumbrados a observar en los grandes grupos mediáticos (prensa, radio o televisión), toda una serie de encuestas que aseguran la tendencia de dichas “mayorías” y, por consiguiente, el comportamiento que han de seguir los demás (aunque estos últimos no nos consideremos mayoría). Todos estos supuestos estudios parecen cada vez influir más en la gente; y digo lo de “parecen”, porque cuando uno habla a personas en particular, esas estadísticas parecen decir todo lo contrario de lo que se piensa en realidad.

Respecto al ámbito sexual, por ejemplo, cada vez son más (eso percibimos en los medios de comunicación), los que aseguran que se avecinan tiempos de progreso y tolerancia (me refiero al caso concreto de España). La familia ya no se circunscribirá en el futuro a lo conocido como tradicional: “chico conoce a chica, se casan, y deciden tener hijos”, sino que, ahora, el supuesto puede ser del siguiente tinte: “chico/a conoce a chico/a, se casan por lo civil, y deciden, o bien buscar una madre biológica, o esperar a que el avance en la medicina pueda generar el clon que más les convenga”.

Si el anterior ejemplo es fruto de la voluntad de las mayorías, entonces, creo que somos testigos de la mayor estafa de la historia de la humanidad. Y es que el gran error (o engaño) de la mayoría de nuestros dirigentes contemporáneos, es pensar que son ellos los que han descubierto lo que la humanidad necesita y ambiciona. Lo fatal, sin embargo, a pesar de cuánto se apela al respeto a la naturaleza y al medio ambiente, es que con ese tipo de actitudes mencionadas más arriba, no se hace otra cosa sino violar lo más sagrado de la creación: todo tiene un orden y una finalidad. Y esto no es algo que constriña o reprima el comportamiento humano, sino que, todo lo contrario, le ayuda a mostrar con más autenticidad su humanidad.

Después de que los dos ancianos que intentaron seducir a Susana, tal y como aparece en el relato de Daniel, son juzgados y condenados, la asamblea en pleno que había asistido al juicio responde bendiciendo a Dios, porque el Altísimo es el que realmente salva a los que esperan en él. Pues bien, he aquí la enseñanza del cometario de hoy: nunca perder la esperanza. Efectivamente, hemos de poner los medios adecuados a nuestra condición de creyentes (participación en la vida pública, educación familiar, presencia en los medios de comunicación…); pero, una vez realizado ese esfuerzo, si no se obtienen los frutos deseados, con la inmediatez que desearíamos, no por ello hemos de caer en el pesimismo o en un cierto espíritu derrotista. Dios puede mucho más que todo eso, y si ponemos nuestra confianza en Él, tarde o temprano, llegará el día en que su gloria se haga patente en el mundo… aunque tú y yo no lo veamos aquí.

Lo importante, por tanto, no es que te desprecien las “mayorías”, sino que, igual que en el Antiguo Testamento, hoy día también existe un “resto” de Israel, que sigue siendo fiel a las promesas de Dios.

LO NUEVO QUE DIOS REALIZA

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Isaías 43, 16-21; Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 ; Filipenses 3, 8-14; san Juan 8, 1-11

Todavía hay muchos que suspiran repitiendo, una y otra vez, el famoso dicho: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo curioso es que algunos todavía piensan en la originalidad de semejante expresión, cuando resulta que el propio Dios recrimina esa actitud a todo un pueblo de Israel, ya en tiempos de Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”.
Uno podría preguntarse, sobre todo en medio de tantas circunstancias de dolor y contradicción por las que pasamos actualmente: ¿dónde está lo nuevo que Dios anuncia? Creemos que sólo el progreso de la ciencia, el avance tecnológico, o los recientes descubrimientos de la medicina, son lo verdaderamente “nuevos”. Pero si fuéramos realmente sinceros con nosotros mismos, observaríamos que todo eso que nos deslumbra, incluso con toda la fuerza que nos brinda la avaricia por adquirirlo, no es nada cuando verdaderamente lo poseemos. Y si no, que cada uno haga la prueba pertinente. ¿Cuántas veces no has pensado que si tuvieras ese objeto tan preciado y “necesario” (llámese coche, equipo de música, lavavajillas, ordenador, dinero, incluso un absurdo bolígrafo), se te solucionarían tantos problemas? Y lo que ocurre, cuando ya está en nuestro poder, es que pierde, no sólo su necesidad, sino que incluso llega a hastiarnos, hasta caer en el más profundo de los olvidos.
Resulta estremecedor ver cómo ponemos nuestras ganas y nuestras fuerzas en las cosas que mueren. Es lo que en tantas ocasiones el Papa actual ha denominado como “cultura de la muerte”. Es el afán desordenado por “tener”; creyendo que, de esta manera, obtendremos las seguridades de las que carecemos. Hemos olvidado, una vez más, que sólo en el “ser” uno adquiere su verdadera dignidad, y el sentido de las cosas del mundo. San Pablo nos da la clave: “Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. Y, una vez más, hay que repetir que no se trata de caer en el maniqueísmo de pensar que todo lo que nos rodea es malo, sino de darle el valor y la importancia que tienen: ser meros instrumentos que nos acercan, precisamente, a ese conocimiento de Dios. No son un absoluto en sí mismo, porque entonces se convertirían en ídolos, y Dios no tendría cabida en nuestro interior.
Sin embargo, hay otros comportamientos que, sin ser materiales, pueden hacernos tanto o más daño. Se trata de nuestros juicios y nuestros criterios particulares. Leemos en el Evangelio de hoy: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Como vemos, esos escribas y fariseos no apelan en realidad a la autoridad Dios, sino que se apoyan en una mentira: convertirse en jueces del mundo. El enfrentamiento de Jesús con estos personajes resulta sorprendente. Utiliza sus propias armas y, por eso, apela a lo más profundo de ellos mismos: su conciencia. Y es en ella donde descubrimos nuestra auténtica desnudez, y la necesidad de algo más que apoyarnos en palabras y gestos.
“E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”. No sabemos a ciencia cierta qué escribiría el Señor con el dedo en el suelo. Sí sabemos, sin embargo, que se presentó en el templo, después de haber pasado toda la noche en oración en el monte de los Olivos… E intuimos lo verdaderamente “nuevo” en Cristo, y que Dios ya había anunciado al profeta Isaías, y que aún, debido a la dureza de nuestro corazón, somos incapaces de advertir: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

LA REBOTICA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 11, 18-20; Sal 7, 2-3. 9bc-10. 11-12; san Juan 7, 40-53

Mientras escribo este comentario me estoy poniendo el termómetro, no estoy “muy católico”, pero tampoco tengo tiempo de ponerme enfermo, así que veremos qué pasa.
Es curioso, al menos en España, la cantidad de “médicos en potencia” que existen. Creo que en la mayoría de las casas existe una verdadera farmacopea que haría las envidias de más de un dispensario del Tercer Mundo y, además, todo el mundo sabe de medicina, todo el mundo ha estado enfermo de lo mismo que tú, todo el mundo conoce qué medicamento tomar y todo el mundo ha estado peor que el que tiene enfrente. Mucha gente se automedica y conocen más remedios a todos los posibles males que el farmacéutico, son como ratones de rebotica, “olisqueadores” de enfermedades, sabios de prospecto, su parque temático es la farmacia y su cuento preferido la enfermedad. Hace poco contaba un amigo que en su farmacia entró una mujer llorosa, otra señora le pregunta qué le pasaba y recibe la contestación: “Se ha muerto mi hija”. La otra ni corta ni perezosa le quitó la palabra de la boca y dijo: “¡Uy!, eso tiene que ser doloroso, pero no es nada comparado con mi lumbago, eso si que duele.”
“El Señor me instruyó y comprendí, me explicó lo que hacían”, ésa es la actitud del cristiano, dejarse instruir por Dios y su Iglesia. El que escucha a Cristo no es bueno que se “automedique”, siempre encontrará un bálsamo, una pomada, una pastilla o hasta un supositorio que le quite los síntomas de la fiebre, pero no la enfermedad. “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él?” y cuando lo encuentran sacan la siguiente receta: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.” Dejarse instruir es difícil, en el fondo a todos nos gustaría un Salvador mas “triunfante” según nuestros criterios, nos gustaría una vida más sencilla, más a nuestro gusto, al alcance de nuestra “rebotica” particular, sin tener que acudir al “médico de las almas” que tal vez nos diagnostique una enfermedad que no queremos tener pues es muy duro el tratamiento, pero es el único que sana, no se cura un cáncer con “Desenfriol”.
“Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, pruebas las entrañas y el corazón.” ¿Por qué tantos huyen de la Confesión sacramental de sus pecados? Porque no quieren reconocer su enfermedad, quieren ocultar su ceguera con la excusa de “ser un poco corto de vista”, su lepra con el convencimiento que es “un lunar algo grande”. Tú no seas así, deja que el Señor entre en tu vida hasta el fondo, que ausculte y descubra las raíces de tu pereza, de tu falta de entrega, de tu sensualidad, de lo encogido de tu caridad, de tantas justificaciones para tus pecados. No creas que tapando la realidad (“¿También vosotros os habéis dejado embaucar?”) se sana el pecado. Acude al único que conoce tu alma, “que salva a los rectos de corazón” y, aunque el remedio sea la entrega hasta la cruz, no tengas miedo, es la medicina que salva, que llena de vigor, que hace alegre la entrega y contenta el espíritu. El único “medicamento” en la rebotica de María es su Hijo, acude a Él y quedarás sano.
No parece que tenga fiebre, a trabajar.

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