LA CRUZ, COMPAÑERA DE LA SANTIDAD

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Isaías 52, 13-53, 12; Sal 39, 6. 7. 8-9. 10. 11 ; san Lucas 22, 14-20

Con Pentecostés terminó el tiempo de Pascua. Hemos hecho el mismo recorrido que los discípulos de Jesús durante estos días de gozo y alegría. De manera especial, la Venida del Espíritu Santo, junto con toda la Iglesia, nos ha reafirmado la certeza de que no estamos solos. La asistencia permanente de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos conforta y alienta, dándonos la valentía necesaria para proclamar al mundo entero el Evangelio (cada uno en su estado y en su actividad). Todo esto se traduce en la necesidad de convertirnos cada día un poco más (haciendo examen de conciencia), y de tratar más íntimamente al Señor mediante la oración.

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores”. Con las lecturas de hoy podría dar la impresión de que volvemos atrás. De vuelta a la Cuaresma para adentrarnos en el misterio de la Pasión de Jesús. Pero si estamos atentos, descubriremos que se trata de atender el requerimiento de aquellos ángeles, urgiendo a los testigos de la Ascensión del Señor a los Cielos, para volver cada uno a sus obligaciones cotidianas. No hay otra señal del cristiano que la de la Cruz. La manera más eficaz de no caer en el desaliento y el pesimismo es tomar con alegría nuestra propia cruz (no la que imaginemos o sospechemos), y caminar con entusiasmo en medio de lo que otros denominan dificultades y contratiempos.

“Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número”. El otro día fui testigo de un hecho singular. En un Monasterio de carmelitas descalzas, acudí junto con otro sacerdote a visitar a las monjas de clausura. Nadie contestaba a la puerta (era un poco tarde, y tampoco avisamos de nuestra llegada). Después de esperar un buen rato, y haber dejado un mensaje en el contestador telefónico, la puerta del Monasterio se abrió. Allí apareció la priora disculpándose por habernos hecho esperar. Sin haber sido de ellas la culpa (pues los guardeses no se encontraban en la portería), la madre superiora se tendió en el suelo, como un guiñapo, en señal de humildad y perdón. Posteriormente, el sacerdote al que acompañaba me comentó que esta actitud es muy normal en ellas, y que también realizan ese gesto cuando alguien les “lanza” alguna alabanza.

Me preguntaba cómo se tomaría la gente de la calle este tipo de actitudes. Algunos lo verían como algo raro, otros como una humillación innecesaria, y los más indulgentes como “algo propio de monjas”. Sin embargo, a quien habría que preguntar sobre ese compartimiento sería al mismo Dios, porque su juicio es el único que importa. Y estoy convencido de que esbozaría una sonrisa complaciente, porque hasta Él llegarían las mismas palabras que el salmista: “He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes”.

“He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Las palabras del Señor que precedieron a la institución de la Eucaristía, nos dan a entender que el amor que recibimos del Hijo de Dios pasa, ineludiblemente, por la Cruz. La santidad no es una condecoración que recibimos por lo bien que hacemos las cosas, sino la justicia que Dios realiza con aquellos que se abrazaron al madero de su Hijo. María estuvo allí, junto a la Cruz de Jesús, y su santidad es el faro que nos ilumina en medio de nuestras tempestades y oscuridades… “Aquí estoy, para hacer tu voluntad”.

LA ORACIÓN Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

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San Pablo a Timoteo 1,1-3. 6-12; Sal 122, 1-2a. 2bcd ; San Marcos 12, 18-27

“Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día”. Hay una expresión que hoy día se utiliza muy poco: “comunión de los santos”. Con estas palabras la Iglesia ha querido enseñar la eficacia de la oración. No se trata vivir grandes experiencias místicas, ni cosas fuera de lo normal, sino que es la “comunicación” que, de la manera más sencilla, se produce entre aquellos que compartimos una misma fe.

Cuando san Pablo dirige una carta a Timoteo, le está recordando que no se encuentra solo. Gracias al poder de la oración somos capaces de crear la gran “Red” entre los hijos de Dios. Y me río de la tan manida “globalización”, o los que se quedan pasmados ante el “milagro” de Internet. Lo que tenemos entre manos es mucho más radical, ya que es el mismo Dios quién se ha comprometido a entrar en semejante dinámica comunicativa. ¿Cuál es nuestra fuerza?… nos lo recuerda también san Pablo: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio”.

Desde hace algunos años nos venimos asombrando de la renovación constante de las tecnologías en el mundo de la comunicación. El mundo se nos ha quedado “pequeñito” porque podemos comunicarnos con cualquiera y en cualquier parte. Con un diminuto teléfono podemos mantener una conversación sea la distancia que sea. Satélites, antenas, cable, ondas… todo está dispuesto para que el hombre no se sienta solo. Pero, curiosamente, el resultado suele ser el contrario. Cuanto más avance hay en la técnica, encontramos más soledad en los corazones. ¿Cuál es el problema? que el hombre parece estar al servicio de esas nuevas tecnologías, y no al revés.

“Pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio”. Fiarse de Dios es poner todas las demás cosas como medios, no como fin. El brillo que puede producirnos una gran avance tecnológico quedará oscurecido por un nuevo descubrimiento, y así consecutivamente. Lo que viene de Dios, en cambio, nunca se agota, y la oración es la que nos hace permanecer siempre en comunicación con Él y con todos los hombres… nunca envejecerá semejante instrumento divino.

“Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios”. Así es el hombre: siempre intentando superar el orden creado, porque la tentación del “seréis como dioses” le acompañará hasta el fin de los tiempos. Por muchos “Einsteins” que se pusieran de acuerdo, ninguno de ellos podría siquiera inventar una gota de rocío. Nos dejamos deslumbrar por tantos fuegos de artificio, que no sabemos saborear un minuto de silencio en diálogo con Dios.

Si miramos a María, nuestra Madre, veremos en su rostro la dulzura de un alma que se entrega en oración. Pero esa oración (vuelvo a repetir), no consiste en misticismos extraordinarios, sino en convertir cada una de nuestras acciones, pensamientos y palabras en continuo diálogo divino. ¿Alguien te ha enseñado a respirar?… Pues bien, la “comunión de los santos” es el aire que necesitamos para que nuestra vida siempre esté “oxigenada” con el amor de Dios.

¿A QUIÉN ESPERAMOS?

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san Pedro 3, 12-15a. 17-18; Sal 89, 2. 3-4. 10. 14 y 16 ; san Marcos 12, 13-17

“Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos”. ¡Vaya manera de comenzar una carta! San Pedro no se anda con “chiquitas”. Para algunos podría sonar a cierta amenaza, o género apocalíptico, tal y como la emprende el vicario de Cristo en su segunda carta. Con lenguaje de nuestros días, podríamos asegurar que la experiencia de Cristo en medio de sus discípulos fue “muy fuerte”. No se trataba de la continuidad de algo a lo que estaban acostumbrados (la ley, el templo, los sacerdotes…), sino que la ruptura con todo lo anterior fue radical. El mismo Jesús había dicho que Él venía a renovar todas las cosas. Y la Ascensión de la que tantos habían sido testigos, no fue el final de nada, sino el comienzo de todo.

“Mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”. No hay desperdicio alguno en esta carta. Cristo anunció su segunda venida, ya definitiva, y todos la esperan como “agua de mayo”. San Pedro apela a esa predisposición, necesaria por nuestra parte, para poder completar en nuestra carne la Pasión y Resurrección de Jesús. Si hemos sido incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, no se trata de vivir entre nubes, sino de construir a “golpe” de rectitud de intención nuestra vida con Él.

“Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación”. Esperar al Hijo de Dios no es cuestión de sentarse en la “parada del autobús”, y mirar de vez en cuando el reloj porque hoy viene con retraso. La paciencia a la que alude el apóstol es la que tiene como alimento la virtud teologal de la Esperanza. “Saber esperar”, expresión empleada por santos de nuestro tiempo, es reconocer que todas nuestras expectativas están fijadas en una persona: Jesucristo. Por eso, ninguno de nuestros actos caerán en “saco roto”, sino que se prolongan hasta alcanzar el deseo de Dios: nuestra salvación. Una consecuencia de tal espera es nuestra perseverancia: “Estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie”… ¡Bendita “tensión” sobrenatural!

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. Los agravios comparativos nunca van a solucionarnos nada. Intentar hacer de Dios un “monigote” con el que jugar en ratos libres, es arrogarnos el papel de directores de ficción. Tolkien, el autor de “El Señor de los Anillos”, en uno de sus primeros libros, entendía la Creación como una gran orquesta sinfónica. En cuanto alguien “se iba de tono” (¡admirable respeto por la libertad!), un desorden empañaría la obra divina (¡buena analogía del pecado!). Dios respeta mis actos hasta tal punto, que otros, siempre siguiendo la ley natural y el bien común, han de respetar mis decisiones como venidas del mismo Dios. Hasta ese punto llega la imagen del ser humano a identificarse con su Creador. Por eso, resulta tan milenaria la veneración de los cristianos por los estados y gobiernos en cuanto al desvelo y cuidado por sus ciudadanos (siempre, por supuesto, que se cuide el principio de subsidiariedad y bien común).

“Se quedaron admirados”. También nos admiramos nosotros de la Virgen María, que guardaba en su corazón los prodigios de Dios que hizo en ella, y que ahora nos dispensa, con su amor maternal, a cada uno de nosotros.

LA ESCUELA DE NAZARET

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Sofonías 3, 14-18; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6 ; san Lucas 1, 39-56

“Alégrate y gózate de todo corazón”. Siempre me he imaginado a la Virgen con una alegría serena. En cada una de las tareas del hogar, en la relación con la vecindad de Nazaret, en el cuidado de José, y, especialmente, en el trato con su hijo Jesús, María, que es la llena de gracia (sin necesidad de hacer “milagros”), pondría en cada una de sus acciones o palabras una generosa visión sobrenatural. Todos tenemos la “testaruda” experiencia de que mantener constantemente el ánimo alegre, con una sonrisa, y relativizar lo que es accidental, es verdaderamente difícil. No hace falta que “nos pisen el callo”, simplemente con que nos lleven la contraria en una nimiedad, ya es suficiente para mostrar nuestro enfado y desacuerdo ante quien se comporta con nosotros tal “vilmente”.

Creo que hablar de la “Escuela de Nazaret” es algo muy serio. A veces hemos podido caer en la tentación de pensar que la Trinidad de la tierra (Jesús, María y José), al ser personas “especiales”, Dios les evitaría todo tipo de sacrificios o sudores. Sin embargo, lo que nos llama la atención, una vez más, es la “poderosa” normalidad con que estos seres tan queridos actuarían. Jesús con sus cosas de niño, José empleándose a fondo en su trabajo, y la Virgen en cada una de sus tareas de ama de casa. Seguro que los vecinos del pueblo no advertirían nada extraño en su comportamiento. Incluso podemos imaginarnos a José hablando con sus contemporáneos acerca de cosas tan normales como la cosecha, la situación en Jerusalén, o el tiempo que hará mañana. María intercambiando recetas con otras vecinas, o yendo con otras mujeres, con la ropa sucia de casa, al lavadero del río. Jesús jugando con su primos, y molestándose porque fue el primero en llegar a la meta, después de una carrera, y otro niño diciendo que fue él…

Isabel, prima de la Virgen, sí sabía del gran “secreto” de Dios. Ella llevaba en su seno al Precursor, Juan el Bautista, y sabía lo que se operaba en el interior de María. Es curioso observar cómo, almas gemelas en el Espíritu, pueden intercambiarse sentimientos con sólo cruzarse una mirada. Y así debió ocurrir cuando Isabel oyó el saludo de María. La Virgen sabía que su prima necesitaba ayuda, y acudió sin pensárselo dos veces. Estar atentos a lo que otros puedan necesitar de mí, no es una virtud, es fruto de esa alegría interior que llevo en el interior, y que necesito compartir sin esperar absolutamente nada a cambio… de lo contrario, dejaría de ser amor para convertirse en un objeto de mercancía.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. La “Escuela de Nazaret” es donde aprendemos a vivir con alegría lo que somos, sin necesidad de envidiar lo que no tenemos. Vivir la humildad no es algo denigrante ni bochornoso, es saber que Dios, al encarnarse, abrazó nuestra condición sin vergüenza alguna, porque el amor rompe las barreras de lo que a otros puede parecer ridículo. La humildad es hermana de lo sublime, y es entonces cuando Dios actúa “a sus anchas”.

“María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”. Es importante saber estar en el momento oportuno y en el lugar conveniente, pero también es necesario entender cuál es nuestro sitio. La Virgen, una vez terminada su tarea de ayudar a Isabel, conoce cuáles son sus obligaciones en Nazaret. ¡Sí!, ya sé que te gustaría estar un poco más de tiempo viendo ese programa de televisión tan interesante, o no dejar esa conversación tan “apostólica” con tu vecino del quinto… pero mañana hay que madrugar, y hay que dar, de nuevo, gloria a Dios, en el cumplimiento de lo más ordinario de nuestras obligaciones, que es la mejor forma de identificarnos con la voluntad divina.

Ahora entiendo por qué la “Escuela de Nazaret” nunca da títulos académicos… sólo dejan inscribirse en ella a los sencillos y humildes de corazón. ¡Felicidades, Madre!

PARA QUE TODOS SE SALVEN

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Hechos de los apóstoles 2, 1-11; Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 ; San Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13; San Juan 20, 19-23

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”. Dios no hace reservas con nadie. Él quiere que todos los hombres le conozcan, y descubran el amor que tiene por cada uno, sin distinciones de color, raza o lengua. Decía recientemente el Cardenal Ratzinger acerca de los fundamentos espirituales de Europa: “Somos herederos de una disolución de las certezas primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo”. La conclusión es que el hombre, una vez ha roto su relación con Dios, pierde su propia identidad. Y ésta es la contradicción en la que nos movemos constantemente: mientras reivindicamos derechos humanos fundamentales (libertad, justicia…), somos capaces de justificar situaciones que atacan directamente la dignidad humana, como es el tráfico de embriones, el comercio de órganos, etc.

Al llegar a éste día solemne de Pentecostés, no podemos más que reclamar lo que pertenece a Dios: todo el orden creado. La vida no es algo con lo que se pueda jugar, sobre todo cuando la ponemos en manos de quienes mañana dirán lo contrario, dependiendo de su interés egoísta. El Espíritu Santo no sólo merece respeto, sino que da la inspiración para que todo lo sagrado tenga su primer y último sentido en Dios, dejando de lado fanatismos y partidismos.

Resulta sorprendente, tal y como afirma el Cardenal Ratzinger, que “cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad para mentir o para destruir los derechos humanos”. A veces nos encontramos prisioneros, en esta sociedad de Occidente, de una enfermedad que “sabe comprender” todo lo que sea extraña a ella, pero renuncia a ese principio de la caridad, que ha de comenzar por ayudarse a sí misma.

¡Cuánto trabajo le vamos a dar (y le estamos dando) al Espíritu Santo! Tal y como dice san Pablo: “Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Los cristianos debemos respetar todo lo que es ajeno a nosotros, porque sabemos que la salvación de Dios, “de alguna manera” (con un consciente entrecomillado), alcanza a toda la humanidad, pero también sabemos que la verdad está de nuestra parte, gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos hace mostrar el auténtico rostro de Dios.

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Aquí está la gran “panacea” que nos brinda Cristo a través del Paráclito. Hermoso don que dispensa la Iglesia a todos aquellos que sufren en lo más íntimo de su ser. “Dios perdona siempre, el hombre algunas veces… la naturaleza nunca”. Acogiéndonos al perdón de Dios respetaremos a nuestro prójimo, y encontraremos en la naturaleza la manera de dar gloria a Dios llevando a término su “plan de salvación”.

¡Cuánta alegría encontramos en el rostro de la Virgen!… Ella es la llena de gracia, depositaria de todos los dones y frutos del Espíritu Santo, y nosotros sus hijos… ¿Alguien da más?

SEÑOR Y DADOR DE VIDA

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Hechos de los apóstoles 28,16-20.30-31; Sal 10, 4. 5 y 7; san Juan 21, 20-25

“El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro”. El mundo anda revuelto… y “el Espíritu Santo viene a inundar los corazones con el fuego de su Amor”. No son palabras bonitas, sino la respuesta concreta de una buena mujer ante las quejas de tantos por las horas que nos han tocado vivir. La visión sobrenatural no es poner cara de “no se sabe qué”, sino mirar los acontecimientos y los problemas de cada jornada con gallardía y optimismo. Es ver el rostro de Dios, tal y como nos dice el salmista hoy, desde la perspectiva con que la ponen en práctica los que se quieren: con amor.

Amar la justicia es amar la Providencia de Dios. No podemos quedarnos en la pequeñez de los que atesoran “basura”. Se nos han encomendado maravillas para que vuelvan a Dios con el esfuerzo y el trabajo de cada uno de nosotros. ¡Sí!, no se trata de vivir pasivamente nuestra unión con Cristo, sino que el sudor de nuestra frente dará testimonio de que hemos puesto los medios necesarios para rechazar la violencia, buscar la justicia, y encontrarnos con aquél que nos pide consuelo y ayuda. La Iglesia no es una “ONG” que da asilo y alimentos con la mejor de sus sonrisas filantrópicas, sino que, ella misma, es el “gran hospital” de los enfermos del alma (niños y ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres, sanos y agonizantes…), y que tienen al Espíritu Santo como “Señor y dador de Vida”.

El pecado es el gran drama de este siglo XXI. Aunque volvamos la mirada al activismo que nos domina, o al placer en el que creemos encontrar consuelo, la muerte (¡la de verdad!), sonríe irónicamente ante los “imprescindibles”, los “necesarios”, los “indispensables”… y promueve, muy sutilmente, todo tipo de “urgencias” que habían de realizarse “ayer”. Un cristiano (¡el de verdad!), no sólo predica que Jesucristo ha vencido al pecado y a la muerte, sino que con su propia vida es capaz de decir “¡no!” a todo aquello que le aparte de su Señor.

“Señor, y éste ¿qué?”. A veces nos paramos en las comparaciones que no vienen a cuento. Hablamos de “mentiras piadosas”, “envidias buenas”… pero, en realidad, seguimos buscando el tesoro en el lugar inadecuado. Otros tienen cosas de las que nosotros carecemos, un buen motivo para dar gracias a Dios, sí, pero además es conveniente recordar las mismas palabras que dirigió Jesús a Pedro: “¿a ti qué? Tú sígueme”. ¿Es que somos tan torpes de “entendederas” para comprender que sólo Cristo es capaz de colmar todas mis ambiciones y deseos? ¡Mira que somos “cabezotas”! No sólo necesitamos tropezar doscientas veces en la misma piedra, porque aunque un ángel de Dios me recordara “en carne mortal” mis continuas torpezas, aún sería lo suficientemente hábil para razonarle lo contrario.

Mañana es Pentecostés. Es hora de ponernos en marcha, junto con toda la Iglesia, para anunciar los grandes dones de Dios. No nos importen los “dimes” y “diretes” de lo que opinen otros. Nosotros a lo nuestro: unidos a María, Madre de la Iglesia, y esposa del Espíritu Santo, somos reconocidos como predilectos de Dios: “El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres”.

QUERIDA ESTRELLA…

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Hechos de los apóstoles 25, 13-21 ; Sal 102, 1-2. 11-12. 19-20ab; san Juan 21, 15-19

El martes pasado se nos fue Estrella. Anduvo años colaborando en la delegación de juventud del Arzobispado de Madrid. Siempre animaba a todos los jóvenes que acudían a la delegación para participar en las actividades que allí se realizaban. Inscripciones, cartas, “papeleos”… su dedicación era un apostolado eficaz, y un ejemplo que todos tomábamos muy en serio. Dios tiene estas cosas, porque la Providencia no es algo que podamos decidir o planificar nosotros. Su sabiduría, a la que se nos invita también como don del Espíritu Santo, es para ver los acontecimientos desde Él, no con nuestras limitadas “gafas”. Para lo que algunos supone tragedia, incomprensión, ruptura irreparable, para Dios se trata simplemente un mero tránsito. Éste es el sentido de la muerte para un cristiano: la Vida.

Al rey Agripa, acerca del preso Pablo, le llegan los siguientes rumores: “Se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo”. Anunciar a Cristo, muerto y resucitado, fue la gran preocupación del apóstol de los Gentiles durante su permanencia en el mundo. Llegó incluso a decir que, si Jesús no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. A muchos no les gusta oír nada acerca de la muerte porque tienen miedo. Es el miedo de gente que carece de fe y de confianza en el Resucitado. Han colocado el “ancla” de sus deseos y ambiciones en la escoria del mundo, perdiendo de vista el horizonte de la eternidad.

Estrella, a pesar de sus años, era generosa y sabía transmitir cariño. De vez en cuando iba a la oficina de Medios de Comunicación y echaba una mano. El dolor de la soledad le acompañaba constantemente, pero Blanca, Loli… y unas cuantas compañeras más, no sólo la llamaban por teléfono, sino que iban a su casa para recordarle que la querían. ¡Cuánto cariño escondido y que nunca saldrá a la luz! Son aspectos de la vida que sólo Dios conoce, y quedan permanentemente guardados, como cuando Jesús reservaba su intimidad a unos pocos discípulos, o le gustaba pasar unos días de descanso en Betania.

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Por tres veces preguntará Jesús a Pedro por la medida de su amor. También nos puede entristecer a nosotros el descubrir que, a pesar de los años, tenemos tanto cariño postizo. Se nos escapan por la boca muchas palabra bonitas, pero que no tienen su correspondiente fundamento en lo divino. Ya que, sólo desde Dios, el amor permanece para siempre. El Señor exigía al primado de los apóstoles que todo su querer hacia Él se volcase en el cuidado de las almas. Es la misma encomienda que nos hace a cada uno de nosotros: buscar en los que nos rodean al mismo Cristo, que es la mejor de las maneras de llevarlos hasta Él.

Estrella tenía una gran devoción a la Virgen. Cuando hace algún tiempo perdió a su padres, su refugio era el cuidado amoroso que sentía de su Madre. Nadie debe sentirse huérfano con semejante maternidad. El Espíritu Santo la llenó de todas las gracias, para que su vocación maternal alcanzara a toda la humanidad. “Consuelo de los afligidos”, “refugio de los pecadores”… Quizás, poco antes de morir, Estrella escucharía las palabras que Jesús dirigiera a Pedro: “Sígueme”. Quizás se encontrara con los brazos de la Virgen estrechándola contra su pecho. Quizás aprendamos todos a ser un poco mejores, y confiar, una vez más, en la misericordia infinita de Dios.

“¡LEVANTAOS, VAMOS!”

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Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11; san Juan 17, 20-26

“No encontramos ningún delito en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?” Ante los planes de Dios poco pueden hacer los hombres. Si la promesa de Jesús acerca del Espíritu Santo se iba a llevar cabo, ningún discurso, ni aunque se pusieran de acuerdo todos los estamentos mundiales (la ONU, la UE…), podría cambiar la voluntad de Dios. El temor ante lo desconocido nos intimida y nos acobarda (es lo que les ocurría a los fariseos frente a los saduceos en la primera lectura de hoy), pero si somos amigos de Dios nadie puede amilanarnos.

Estos días previos a la gran solemnidad de Pentecostés, en que preparamos con el Decenario la venida del Espíritu Santo, son días de contemplación. Ese “Gran Desconocido”, tercera persona de la Santísima Trinidad, deja de ser un extraño para entrar como huésped privilegiado en nuestra alma. El trato íntimo con Él ha de darnos el gusto por las cosas de Dios, “saborear” cada una de sus inspiraciones, hacerlas nuestras, y maravillarnos por su infinita bondad.

Son muchos los santos, y gente piadosa, que se han sumergido en esta amabilísima persona divina. Desde la oración más sincera, hasta proclamar “a los cuatro vientos” sus bondades y su acción eficacísima, han ido descubriendo, e intuyendo, ese fuego abrasador del que hablaba Jesús. Quemar el mundo con el amor de Dios es impregnarlo de la presencia del Espíritu Santo. Cada rincón, cada persona, cada acontecimiento, cada palabra, cada gesto… merecen ser empapados con esa gracia divina.

¿Ya tienes clara tu vocación?, ¿aún dudas?… Escucha, entonces, las palabras que le dirige el Señor a san Pablo: “¡Animo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén tienes que darlo en Roma”. Resultan ser del mismo tono que las empleadas por el Papa en su último libro: “¡Levantaos, vamos!” La osadía de los hijos de Dios no tiene límites cuando se deja actuar al Espíritu Santo. Y esto no es vanagloria ni soberbia, sino el orgullo santo de que todo el planeta quede “cristificado”, lleno de Cristo, por mis obras y mis palabras. ¿Es realmente heroico, al levantarte por las mañanas, darle gracias a Dios por el nuevo día?, ¿resulta traumático sonreír al compañero de oficina, y encomendarle al Espíritu Santo?, ¿te parece insolente, o fuera de lugar, al llegar a casa, besar a tu mujer, o a tu marido, y dedicarle un rato a tus hijos?, ¿crees necesario echarle la culpa al mundo (jefes, vecinos, gobernantes, amigos…) de lo mal que van las cosas, sin antes haberte recogido, ¡aunque sea un minuto!, y decírselo a tu Padre Dios?

¡Sí!, de esta manera hacemos que el Espíritu Santo actúe en nuestras vidas y en nuestros ambientes. Y, como puedes observar, no se trata de hacer “cosas raras”. El objetivo no es otro, sino de dar sentido divino a todo lo que es normal. Aquello que para otros es “monótono”, “aburrido”, “siempre lo mismo”… ¡todo eso puede llenarse de Dios!

María, nuestra Madre, se encontrará en medio de los discípulos, es decir, junto con toda la Iglesia, el día de Pentecostés. Ella será la primera que nos recuerde el “testigo” que recibió de su propio Hijo, y que ahora nos entrega: “Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”.

UN HOMBRE DEVUELTO AL MUNDO

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Hechos de los apóstoles 20, 28-38 ; Sal 67, 29-30. 33-35a. 35b y 36c; san Juan 17, 11b-19

“Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre”. Ser sacerdote es ser el mismo Cristo. Siendo éste el punto de partida, san Pablo da unos consejos a los sacerdotes de Éfeso. El argumento empleado es el de la sangre derramada por Jesús. Todo sacerdote será pastor de la Iglesia en la medida en que se identifique con el sacrificio de Cristo. Más aún, las manos, los gestos y las palabras del sacerdote serán prestadas a Jesús para llevar a cabo el gran milagro de convertir el pan y el vino, depositados en el altar, en su Cuerpo y en su Sangre.

Sentadas estas premisas, Pablo vierte sus sentimientos (“durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular”) con verdadero celo sacerdotal. El que actúa “en el nombre” y “en la persona” de Cristo no es un ser ajeno al sufrimiento de los hombres. Todo lo contrario, es un hombre como los demás (sacado del mundo y devuelto a él), para hacer de “puente” entre lo divino y lo humano. Dispensador de los misterios de Dios, recoge las palabras del Señor, haciéndolas suyas: “Hay más dicha en dar que en recibir”.

La alegría de los hombres es la alegría del sacerdote, la tristeza de los que lloran es la tristeza del sacerdote. No es un plañidero, sino que administra la medicina oportuna para curar las heridas del corazón y del alma. Y esa fuerza, recibida del Espíritu Santo, resulta ser el bálsamo de la verdadera reconciliación entre los hombres, y de éstos con Dios.

“Se pusieron todos de rodillas, y rezó. Se echaron a llorar…”. San Pablo, que es conocido por la dureza empleada para sí, muestra su ternura sacerdotal ante aquellos que quizás no vuelva a ver. La única acción que pueda acortar distancias, en el tiempo y en el espacio, es la de la oración. La eternidad, una vez más, entra en el límite de las horas para derrochar en la condición humana lo que es perenne e infinito. Dios, más allá de cualquier anonadamiento, resulta tan asequible que es posible hablarle como un “Tú”. Él, no sólo escucha, sino que hace llenar el alma de la fortaleza capaz de acometer cualquier empresa. Lo que para los hombres puede resultar heroísmo, para el que reza se hace cotidiano: llevar a cabo la voluntad de Dios.

“Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros”. La unidad es la bandera del sacerdote, que enarbola ante todos los hombres de buena voluntad. La diversidad y la diferencia encuentran su punto de inflexión en un solo Señor y en una sola fe. Los enemigos de Dios pretenderán la dispersión y la ruptura, pero el amor es más grande que cualquier discrepancia. El Espíritu Santo, que asiste permanentemente a la Iglesia, es el encargado de preservar a sus hijos de todo mal y contradicción. Estando en el mundo, el sacerdote, que es odiado por su entrega al débil y enfermo, siempre actuará contracorriente, acudiendo con presteza al que se encuentra hambriento de Dios.

“Por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad”. Enemigo de la mentira, el sacerdote busca siempre la auténtica adecuación entre el querer de Dios y su puesta en escena en el mundo. En ocasiones verdaderamente difíciles, la tentación ante los respetos humanos y la vanidad, encontrarán su contrapeso en el abrazo sincero a la Cruz. No sólo se trata de admirar la soledad de una cruz, sino de besar, una a una, las llagas del crucificado. Éste es el colmo de la verdad, el escándalo para aquellos que sólo encuentran satisfacción en la podredumbre de las cosas que mueren. El sacerdote, ya es víctima, altar y sacrificio… Y ya nadie podrá arrebatarle el amor de sus amores.

Pienso en María, madre de los sacerdotes, y me brota un profundo agradecimiento, porque me contempla con ternura y ve en mí, a pesar de mí, a su propio hijo, Cristo.

APRENDER A VIVIR… Y PERMITIR VIVIR

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Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67, 10-11. 20-21; san Juan 17, 1-1 la

“A mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús”. La vida es un don de Dios. Como todo regalo, lo que se valora es la gratuidad y la generosidad del donante. Por eso, cuando reconocemos como dueño de nuestra vida a Dios, ésta deja de convertirse en un absoluto, transformándose en un instrumento al servicio de Cristo. ¿No nos llama la atención aquellos que están tan aferrados a la vida y, por otra parte, se muestran a favor del aborto? Es como si esos indefensos que están por nacer fueran un estorbo para nuestros deseos de “bienestar”.

Nunca he estado a favor de la pena de muerte, pero entrar en el juego de una demagogia en donde unos “sí” y otros “no”, todo por contentar a unas minorías que reivindican la propiedad de su cuerpo, como si fuera un objeto de compra-venta, me parece fuera de lugar. Cuando Dios pasa a un segundo plano (en muchos corazones al último), todo se complica. Necesitamos inventar argumentos que justifiquen el genocidio “responsable” de millones de inocentes, dando rienda suelta a una imaginación que, más que truculenta, es hija del egoísmo. Y lo más impresionante es el silencio cómplice de todos los medios de comunicación e instituciones gubernamentales. ¿Cómo van a recoger firmas millares de fetos que sólo tienen “derecho” a morir en el seno de unas madres ignorantes o manipuladas?

El mundo se escandaliza porque el cristianismo habla de penitencia y mortificación. Si seguimos el recorrido del apóstol Pablo, a través del libro de los Hechos y de sus cartas, descubrimos cómo su vida está traspasada por el sacrificio y la donación de sí, no por un motivo altruista (una sociedad más justa, la lucha proletaria, o el “go home” para los romanos), sino que todas sus motivaciones tienen un nombre: Cristo. Y ese Jesús que anuncia es el que ha padecido, muerto y resucitado. Cuando san Pablo busca sólo identificarse con su Señor, lo que venga después, aún a riesgo de su integridad física, “le trae sin cuidado”: “Sólo sé que el Espíritu Santo me asegura que me aguardan cárceles y luchas”. Me gustaría que todos aquellos que son tan exquisitos/as a la hora de acicalarse (perfumes, gimnasios, dietas de adelgazamiento…) y, en cambio, tan resueltos en dar su consentimiento para la pena de muerte de un “no nacido”, reflexionaran seriamente acerca del comportamiento del Apóstol de los Gentiles.

“Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado”. ¿Por qué ese empeño de Jesús por distinguir entre el mundo y los discípulos? ¿No son acaso éstos parte del mundo? El problema de las evidencias es dar por supuesto lo que no lo es. Pocos negarán la necesidad de un “ser” superior (llámese energía, poder supremo, dios…), que esté por encima del mundo e intervenga en él “de vez en cuando”. Sin embargo, muchos son los que, sobre todo cuando les van bien las cosas, digan que la fe hay que dejarla en algún rincón de la sacristía, o para asistir a alguna procesión de Semana Santa. La evidencia parece ser la existencia de Dios (en cualquiera de sus formas), y “el dar por supuesto” no es otra cosa sino reducir la práctica de la fe para las beatas, los curas y la monjas.

Comprender que nuestro corazón le pertenece a Dios es tener un horizonte mucho más amplio que el mundo pueda ofrecernos. Es la manera de aprender a vivir con una medida que nadie puede darnos, excepto Él: la vida eterna. Y conocer a Dios como el único y verdadero, y a Jesucristo como su enviado, nos ayudará permitir a vivir a otros… sobre todo, a los más indefensos.

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