EN SUS MANOS

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Deuteronomio 8, 7-18; 1 Cro 29, 10. 11 abc. 11 d- l2a. 12bcd; Corintios 5, 17-21; san Mateo 7, 7-11

Puede ocurrirnos que lo inmediato nos impida tener perspectiva. En una sociedad de la información, con tantas noticias de todas partes del mundo (y tantas negativas), es posible que nos entre el pesimismo, e incluso la desesperación, ante un panorama tan difícil para vivir la fe.
Si tú y yo tuviésemos que cambiar el mundo con nuestras solas fuerzas seguramente nos hundiríamos como el Titanic, pues a veces no somos capaces ni de cambiar un poco nuestra vida.
Sin embargo: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.” Cuando comenzamos la actividad habitual celebramos estas témporas de acción de gracias y de petición.
Hoy es un día para pararnos un poco y darnos cuenta de que estamos en manos de Dios. “No sea que cuando comas hasta hartarte, cuando te edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes de todo, te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios.” A veces la sociedad de bienestar nos conduce al malestar de encontrarnos solos con nuestras cosas y las cosas aburren, hastían se ajan y al final, se tiran, dejándonos más solos que al comienzo.
“El que es de Cristo es una criatura nueva.” Si creemos que vivimos y actuamos solos volveremos a nuestros antiguos pecados, nos faltarán las fuerzas, nos sentiremos impotentes para afrontar los retos de la vida y nos desesperaremos. Sin embargo, si tenemos el convencimiento de que “actuamos como enviados de Cristo” entonces lo podemos todo. No hay tarea suficientemente ardua, trabajo demasiado esforzado, labor excesivamente complicada, ya que es la fuerza de Cristo la que actúa en nosotros..
Por todo esto hoy es día para dar gracias a Dios por todo (sí por todo, no sólo por lo que nos gusta) pues “¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!.”
Y también es día de petición de perdón pues “recibimos la justificación de Dios.” A veces no nos damos cuenta de lo maravilloso que es pedir perdón y recibir el perdón. Tenemos la tendencia a buscar el tener la “conciencia tranquila,” sin que nada ni nadie nos acuse o nos inquiete. “Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado.” El día que seas “impecable” no te preocupes de que alguien te acuse, pero como sabemos bien -demasiado bien-, que no hacemos todo el bien que queremos no intentemos buscar nuestra justificación sino la única que salva: la de Cristo encarnado, entregado a la cruz y resucitado por nuestra justificación, ésa es la verdadera liberación de los hombres.
María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñame a dar gracias, inspira mis peticiones, dirige mi vida siempre hacia Cristo y que, cualquier obstáculo se allane ante la Gracia de Dios.

LA TILDE

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Gálatas 1. 6-12; Sal 110, 1-2. 7-8. 9 y l0c ; san Lucas 10, 25-37

Últimamente tenemos nuestras fraternas disputas por e-mail el corregido (o sea yo) y el corrector de estilo de estas páginas. Además de que Dios permite que ese día haya mandado a paseo alguna “h” y me pelee con los imperativos (eso va en los genes), siempre aprendo algo nuevo y es de agradecer.
De pequeño, en el colegio, tuve un profesor que nos repitió hasta la saciedad la diferencia entre la tilde (que es la rayita oblicua que se escribe y se ve) y el acento que era exclusivamente fonético. No obstante, desde mis conocimientos escolares (y una lucha diaria desde hace treinta y tantos años con las tildes) he aprendido que también se puede llamar acento a la tilde (quien quiera saber más que mire el diccionario que para eso está). Cuando me lo hicieron ver -por soberbio-, comprendí que a veces más vale no aprender algo que aprenderlo mal.
“No es que haya otro Evangelio, lo que pasa es que algunos os turban para volver del revés el Evangelio de Cristo. Pues bien, si alguien os predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado -seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, ¡sea maldito!.” Tal vez si copio y pego este trozo de la carta a los Gálatas cincuenta veces esté hecho el mejor comentario del mundo, pero vamos a unirlo al Evangelio de hoy.
“¿Y quién es mi prójimo?” El Señor contesta con la parábola del buen samaritano que ya hemos comentado alguna vez. Tristemente a veces podemos pensar que ayudar al prójimo es mentirle. Si el samaritano de la parábola se hubiera acercado al hombre herido y le hubiese dicho: “No se preocupe, buen hombre, lo suyo no es tan grave. Tal vez le duela un poco pero el calor del desierto le hará mucho bien y las moscas que se le posan en las heridas desinfectan. Así que, hasta luego Lucas.” Seguramente el herido hubiera muerto al borde del camino o, por la gangrena, tendrían que haberle amputado medio cuerpo, quedando herido para siempre.
“¿Busco la aprobación de los hombre, o de Dios?.” Muchas veces con gente joven ( o no tanto) es fácil intentar buscar su aprobación. Enseñarles que muchas cosas no son pecado ni ofenden a Dios -tal vez que ni tan siquiera existe el pecado para no turbarlos, pero resulta que al final tenemos personas más turbadas (eso es un juego de palabras por si no os dais cuenta)-, que, heridos en su alma, en su sensibilidad humana y espiritual y en su voluntad, son casi insensibles a la Gracia de Dios y ciegos a las necesidades de los otros.
No se ama a quien se miente, aunque sea tu hijo, tu feligrés, tu amigo o tu hermano. Nosotros no necesitamos que “nos bajen el listón” para quedarnos satisfechos con nuestro “cumplo y miento.” Todos sabemos en el fondo que podemos alcanzar el Amor (con mayúsculas) a Dios -“que nos ha amado primero”-, y a los demás, sin medias tintas ni intereses bastardos.
Nuestra madre la Virgen supo vivir según Dios. La pobreza de San Francisco nace de descubrir su auténtico amor, sin tapujos ni engaños, y por eso descubrir a quien servir y por quien dar la vida. Acuérdate de ellos cuando quieras hacer o predicar un Evangelio a tu medida o a la medida del que te escuche. Si no se anuncia el Evangelio en su totalidad estaremos “dando un rodeo y pasando de largo.” La misericordia brota de la verdad , aunque la verdad sea que tenemos heridas muy graves. Con la verdad por delante el Señor las curará. ¿O seguiré empeñado en defender que acento y tilde son cosas distintas?.

DAR CAÑA

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Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9 ; Timoteo 1, 6-8. 13-14 ; san Lucas 17, 5-10

Hace ya unos cuantos años en un viaje hacia Polonia -creo recordar-, el primero que lee estos comentarios y me corrige lo de las “haches” hizo una rima por la ventana del coche. Era algo así como: “Dale caña, dala caña, que nos vamos para España.” No parece muy adecuado para un filólogo, pero perfectamente adecuado a estómagos que no probaban comida decente desde hace quince días, por lo que la falta de inspiración fue aprobada por las papilas gustativas y el resto del cuerpo arrancando un sonoro aplauso.
Hoy el comentario me pediría: “Da caña,” pero como es domingo habrá que pedir al alma calma y disfrutar de las lecturas de hoy (aunque quien quiera dar “caña” tiene motivos de sobra).
“Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.” Así acaba el evangelio de hoy y así empieza y acaba cada uno de nuestros días. “Hemos hecho lo que teníamos que hacer.” Ni más, ni menos,
Hoy es domingo,, imagino que cada uno ha ido o irá a Misa en el día de hoy. ¿Por el sacerdote? No. ¿Por la duración? No. ¿Por la cercanía? Tampoco. ¿Por disfrutar? Ni por eso. Simplemente hemos hecho lo que teníamos que hacer y hemos recibido más de lo que pensaríamos recibir. Siempre hay personas que me comentan que no van a Misa por el mal ejemplo que les dan los que van: “Asisten para que les vean los otros;” “Se visten bien para lucirse;” “Luego son más malos que un dolor;” … Siempre les contesto lo mismo:”No vayas a hacer lo malo que hagamos otros, ve a hacer lo bueno que Dios hace contigo, y si quieren los demás aprenderán.” Cuando uno hace lo que quiere suele querer lo que hace y entonces le da bastante igual lo que los demás hagan, sea bien o mal. Si descubriésemos lo que en la Misa celebramos y recibimos, … no pasaríamos de la puerta (ni el sacerdote).
“Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor …”· Estoy a punto de dar “caña,” -es muy difícil resistirse dado el clima que vivimos-, pero (haciendo de tripas corazón), ¿crees que puedes ser cobarde?. Cuando salimos de la Iglesia y hemos comulgado nadie se nos puede interponer, hasta la muerte está vencida en la cruz de Cristo,: ¿Tendrás miedo a tu vecina?. Los cristianos no podemos vivir acomplejados (“maricomplejines” le gusta decir a un periodista radiofónico), como si tuviéramos que pedir perdón por existir. No hay que tener miedo a decir la verdad y a proclamar que la Verdad existe.
No me resisto, tengo que dar caña. He leído que un personaje público (muy público), español ha declarado en frase antológica: “Antes la democracia que la verdad.” ¡Manda narices!. La democracia contrapuesta a la dictadura (imposición de algo por la fuerza), de acuerdo. ¿Pero negarnos a buscar la verdad? Nunca. La verdad no es el consenso (seguramente ganarían los chinos), ni las modas del momento. ¿Una preguntita? Con lo que se gasta en preservativos, abortos, campañas para estos fines y demás… ¿no se habría descubierto ya una vacuna contra el Sida?… ¿O tal vez no nos importa que se mueran unos cuantos (muchos), negritos, homosexuales (a los que tanto se apoya mientras gasten más que pidan) y drogadictos?.
“¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos. Violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?” A veces le pedimos milagros a Dios que están en nuestra mano. A la Iglesia, a cada cristiano, le importa cada “negrito”, cada homosexual, cada drogadicto, cada persona…, hasta tú y yo con lo poco que somos. Y tenemos a Santa María por Madre y a Dios por Padre y Cristo ha muerto por cada uno…, pero no les dejaremos morir por nuestra indiferencia o nuestro interés.. Diremos la Verdad (que existe aparte de ti o de mí), y simplemente diremos “hemos hecho lo que teníamos que hacer.” Aunque por eso nos apedreen.

LA “H”

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Éxodo 23, 20-23a; Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11 ; san Mateo 18, 1-5- 10

La “H” es esa consonante muda, cuando va al principio de la palabra, y que generalmente no hace más que provocarnos disgustos. Cuando se me olvida poner una hache -o pongo una de más- y me lo advierten, es como un bofetón a la vista y te dices: “Cómo habré podido ser tan burro.” Tal vez por esto cuando el otro día me llegó un aviso de la compañía eléctrica en el que anunciaban: “El próximo día uno se aran cortes parciales de electricidad durante la mañana” no hice mayor caso, pues no tenía intención de que nadie pasase con un arado por encima de mis cables de electricidad. Hasta que – a medias de escribir estos comentarios, han cortado el fluido eléctrico y me he quedado a dos velas (literalmente), pero así no funcionaba el ordenador.
Podríamos eliminar la “h” de nuestra vida ya que parece que no sirve para nada; pero entonces la famosa frase “Ahí hay un burro que dice ¡ay!” se la tendríamos que dejar para los filólogos de la NASA. En este trocito de comentario ya hay bastantes haches desperdigadas por el texto. Parece que no está cuando hablamos, pero sin ella estaríamos perdidos a la hora de leer un texto.
“Así dice el Señor: “Voy a enviarte a un ángel por delante, para que te cuide en el camino, y te lleve al lugar que te he preparado. Respétalo y obedécelo.”” Los ángeles son como las haches, no se ven, parece que no existen, pero sin ellos estaríamos perdidos y no llegaríamos más que a malentendidos. Ciertamente si, como mi encargado del tendido eléctrico prescinde de las haches, nosotros prescindimos de tratar al ángel custodio, nos parecerá un ente innecesario e incluso prescindible, una creación absurda e incluso defenderemos nuestro derecho a eliminarlo de nuestra vida. Sin embargo, igual que el que empieza a leer echa de menos las haches en el texto escrito, cuando se empieza a madurar en la vida cristiana se necesita la presencia de los ángeles custodios en la vida.
“¿Madurar?, si es cosa de niños. (Lo de cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan …)” dirá alguno. “El que se haga pequeño como este niño , ese es el más grande en el reino de los cielos.” Date cuenta, cuando uno más maduro se hace en la vida cristiana más pequeño se encuentra ante Dios y más agradece las muestras pequeñas y diarias del cariño de Dios con sus hijos. Muchos esperan grandes milagros en su vida, hasta se enfadan cuando las cosas no salen según sus planes, y desprecian las muestras de amor diario de su padre Dios. Si comprendiésemos que Dios -con un respeto exquisito a nuestra libertad-, ha puesto a un ángel para que nos acompañe en nuestra vida, nos anime, nos aliente y nos dé fuerza en nuestra vida diaria para seguir el camino de Cristo, nos quedaríamos asombrados de su misericordia y su cariño. Nunca nos encontraríamos solos ni estaríamos buscando desesperadamente quién nos escuche, pues conocemos a tan buen compañero de camino, cuya máxima ilusión es presentarnos a la Trinidad en el cielo y sufre de tristeza cuando pecamos y no nos damos cuenta del amor de Dios.
Santa María, reina de los ángeles, ayúdame a ser maduramente niño y a no ignorar nunca a mi ángel de la guarda (acuérdate, ángel es sin “h”) y esta noche, antes de dormir, rezaré otra vez el “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan…

COSAS DEL CONSENSO.

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Job 38, 1. 12-21; 40, 3-5; Sal 138, 1-3. 7-8. 9-10. 13-14ab ; san Lucas 10, 13-16

Según leo en los periódicos hoy se aprueban los mismos derechos en España a las parejas (matrimonios me gusta más decir) homosexuales que heterosexuales, en nombre de la mayoría y el consenso. A lo mejor no es cierto, no porque no me fíe de la prensa, sino porque se va imponiendo es este país la manía de decir una cosa por la mañana y desmentirla por la tarde y aquí no ha pasado nada.

Está bien lo del consenso como una nueva ley de Dios. Habría que llevarlo a sus últimas consecuencias pues uno tiene que ser fiel a sus principios. Pondré unos ejemplos.

– Mi parroquia debe tener unos dieciocho mil bautizados, sólo vienen a la Misa dominical unos dos mil: en nombre del consenso suprimiré las Misas y las celebraré cuando tenga nueve mil una peticiones. ¡Qué de fines de semana libre!.

– En mi casa vivimos dos (sin hacer de menos a mi perra, no sea que alguna asociación ecologista me denuncie por “animalofobia”), y el otro día votamos que pagar impuestos no nos aporta nada: Luego, en nombre del consenso, me declaro objetor fiscal y ¡que pague Rita!.

– En este barrio la vivienda ha subido muchísimo. Se construyen un montón de pisos, pero son carísimos para los jóvenes de este barrio. Cuando vengan los nueve mil uno a Misa votaremos la patada en la puerta y de “okupas”: seguro que ganamos la votación y –como es en nombre del consenso-, que se fastidien las constructoras.

– Cuando voy en Metro o en autobús veo a mucha gente nerviosa, seguramente por no poder fumar un cigarrito durante el trayecto. A partir de ahora voy a llevar un montón de papelitos y una urna bajo el brazo y, como salga que sí, a fumar como locos. ¡Que se fastidien los asmáticos y los fumadores pasivos esos!.

– También habría que modificar la futura ley de eutanasia. Vale que haya gente que se quiera morir, pero conozco a bastante más gente que no quiere. Que se prohíba por ley el morirse cuando uno no quiera (ni por supuesto los que le quieren: viva el consenso); ¡Y exijo su cumplimiento!.

Basta de tonterías. “¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza.” Seguramente por nuestros silencios (el “silencio de los buenos”), tendremos que escuchar estas palabras.

No citaré más por espacio del comentario, pero léete las preguntas de la primera lectura y respóndete si Dios existe por consenso o, como Job, tendrás que decir: “Me siento pequeño, ¿qué replicaré?”

Hoy es Santa Teresa del Niño Jesús que tanto nos enseña de ser pequeños delante de Dios (la infancia espiritual) con un corazón y un alma universal, aprende a que ninguna situación –por muy lejana o distante que te parezca en el pequeño mundo de tu vida o tu familia-, te es ajena y Dios te pedirá cuentas.

Le pido consejo a nuestra Madre la Virgen (Madre de todos, hasta de los que niegan a Dios, le desprecian o se creen mejor que Él) para elegir adecuadamente: Hoy podía haber hecho un comentario sobre salvar a las ballenas y llenar un folio o escribir sobre salvar a una persona y no perder mi alma, pero aquí estamos, nadando contracorriente, aunque se me enfade el consenso.

¡QUÉ VIENE EL LOBO!.

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Job 19, 21-27; Sal 26, 7-8a. 8b-9abc. 13-14 ; san Lucas 10, 1-12

Creo que a casi todo el mundo, para hablarnos de la importancia de la sinceridad, nos contaban la historia del pastor que para reírse del pueblo bajaba del monte gritando: ¡Qué viene el lobo!. Los habitantes del pueblo subían asustados a la majada para encontrarse tranquilamente al rebaño y con las risas del pastor ante su desconcierto. Varias veces repitió el pastor esta estratagema, hasta el día en que realmente aparecieron los lobos y el pastor bajó corriendo a alertar a los vecinos. Estos, hartos de sus mentiras, no hicieron caso de su aviso y el pastor perdió el rebaño entero entre las fauces de los lobos.

“Mirad que os mando como corderos en medio de lobos.” Parece que en España la sociedad está siendo atacada por los lobos (desde hace tiempo, por cierto), pero, al contrario que en el cuento, algunos se empeñan en decir que son corderos. Ante el ataque de los lobos que recibe el ser humano algunos deciden no avisar en el pueblo del peligro: “No parecen tan malos, tienen cara de simpáticos, qué exagerados son los que dicen que son peligrosos, también tienen derecho a alimentarse…”, y mil razones más para justificar las dentelladas de los lobos y la merma del rebaño. Dan un mordisco al matrimonio y a la fidelidad y dejamos que el cordero se desangre poco a poco. Atacan a la vida en su comienzo o en su final pero decidimos que sólo es a corderos marginales. Arrancan la cabeza a otros cuantos para que en su educación no distingas a lobos de corderos y, cuando se acerque el enemigo, no echen ni una pequeña carrera para intentar evitarle y suponemos que ya intervendrá el instinto para ayudarle a diferenciar. Y así en cien mil asuntos más hasta que nos quedamos sin corderos, sin vecinos y al final hasta el propio pastor es víctima de los lobos.

“Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios.” El Señor no nos manda callar aunque “no nos reciban.” Cunde la falsa idea de que se ataca a los “privilegios de la Iglesia” como si el aborto, el divorcio, la drogadicción, la injusticia con los más pobres, el consumismo implacable fuese el forro de los botones de la sotana de los curas y la Iglesia no debe meterse en esos asuntos. La Iglesia no defiende a su rebaño, dejando que los demás vayan menguando y desapareciendo. La Iglesia defiende a todo hombre -“aunque no se nos reciba”-, y no puede llamar corderos a los lobos.

“Después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.” Job, a pesar del escarnio de sus amigos, no deja de ser fiel a la promesa de Dios. En la Iglesia somos tú y yo quienes tenemos que anunciar el Evangelio y denunciar el ataque de los lobos. No podemos quedarnos mirando como mengua el rebaño mientras esperamos que sean otros (los obispos, los sacerdotes o las monjas ) quienes den la voz de alarma y suban a ahuyentarlos.

¡Poneos en camino!. Si Santa María te acompaña descubrirás muchos corazones ansiosos de la paz que sólo Dios puede dar y te darás cuenta que los lobos, aunque fieros y con dientes afilados, son cobardes y fáciles de asustar ante la victoria de la cruz de Cristo.

DEJEMOS A DIOS SER GRANDE

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Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 137, 1-2a. 2b-3. 4-5. 7c-8; san Juan 1, 47-51

Debe haber un “gen tecnológico” que se ha desarrollado en estas últimas generaciones. Es asombroso descubrir a un niño de dos años y medio que se maneja como Pedro por su casa entre mandos a distancia y botones de todos los tipos de aparatos. Muchos padres y abuelos se sienten acomplejados cuando ven a criaturas que apenas levantan dos palmos del suelo manejar el video, el DVD y el dichoso ordenador con la soltura de Bill Gates en la época en que tenía que trabajar para ganarse la vida.

Pero cuando el niño introduce el emparedado de mermelada por el hueco reservado a la cinta del video el asunto se complica considerablemente. El sencillo aparato que se maneja con cuatro botones se hace un mundo cuando quitamos cuatro tornillos. Aparecen ante nuestra vista circuitos impresos (recubiertos en este caso de mermelada de frambuesa), cabezales, condensadores, cables e incluso alguna extraña lucecilla que llaman “Led.” Lo mejor es acudir al servicio técnico y que intenten que ese complejo cacharro vuelva a la normalidad de funcionamiento y la sencillez de uso.

“Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes.” Meditar la grandeza de Dios creo que está en desuso últimamente. Tenemos la manía de imaginarnos a Dios Padre como un viejecito barbudo y bonachón que pasea en zapatillas entre las nubes; a Dios Hijo como un predicador en parte apocalíptico y en parte franciscano vestido siempre con túnica y sandalias; y a Dios Espíritu Santo como una paloma de grácil vuelo (justo ahora que quieren que todas las palomas desaparezcan de las ciudades). Con esta mentalidad pensamos que cuando nos presentemos ante Dios será como ir a ver al tío-abuelo del pueblo que pasa los años –verano tras verano-, sacando punta a un palo con una navaja de Albacete. Como el niño con el video: cuando empiece Dios a hablarnos le controlaremos dando al “stop” y nos dedicaremos a dar una vuelta por el cielo curioseando en todos los rincones.

“Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.” Celebrar hoy la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos recuerda la grandeza de Dios, su señorío y excelencia y, al tiempo, nuestro ser de criaturas. Hoy en muchas predicaciones se darán tres mil requiebros para no admitir la existencia de los arcángeles, se harán piruetas dialécticas para negar su presencia y su acción pues nos recuerdan que nosotros no podemos dominar a Dios.

Sin embargo celebrar la existencia de los santos arcángeles, nuestro ser de criaturas y la inconmensurable grandeza de Dios nos debería llenar de alegría. “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.” Dios se fija en nosotros no por nuestra capacidad o porque “nos admire o le asombremos.” Se fija en nosotros porque nos quiere pues somos suyos. Cuanto más meditemos en la grandeza de Dios más cuenta nos daremos de su misericordia, de la grandeza de su amor, de la maravilla de poder relacionarnos con él.

Santa María comprendía la grandeza de Dios, por eso no tiene reparo en decir que el “Señor había mirado la humillación de su esclava.”Tú y yo no debemos intentar dominar a Dios, dejémosle ser grande.

LA DEBIDA CALIDAD DE VIDA.

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Job 3, 1-3. 11-17. 20-23 ; Sal 87, 2-3. 4-5. 6. 7-8 ; san Lucas 9, 51-56

Se habla mucho de la calidad de vida. Muchas veces nos referimos a las cosas, las pertenencias materiales o las “soluciones de habitabilidad” de las que gozamos. También hablamos de calidad de vida refiriéndonos a la salud: las unidades paliativas del dolor en los hospitales intentan que el enfermo tenga una “calidad de vida” digna hasta el momento que expire.

“¡Muera el día en que nací, la noche que se dijo: “Se ha concebido un varón”!.” Parece que Job no está pasando una de sus mejores rachas, no es el reflejo del optimismo ni el espejo de la alegría. No sé por qué pienso en los que piden la eutanasia tan cacareados ahora con los festivales de cine. Ciertamente no tienen la mejor calidad de vida. Si a cualquiera de nosotros nos dieran a elegir entre estar sanos o enfermos, entre poder movernos o estar atados a una cama o una silla de ruedas, entre estar cuerdo o loco todos elegiríamos la salud, la movilidad y la cordura. Sin embargo cualquier pobreza, enfermedad o limitación no puede impedir que tengamos la “calidad debida.”

“Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.” Fíjate qué contraposición: Job maldice el día en que nació pues había perdido sus cosas y las personas que amaba, Jesús se encamina hacia la cruz voluntariamente, a “perderlo” todo para salvarnos. Esa es la calidad debida a cada hombre: cada persona humana, sano o enfermo, listo o tonto, ágil o impedido, vale la sangre de Cristo entregada en la cruz. No podemos medir nuestra vida por “las cosas o la salud,” nuestra vida la medimos desde Cristo y por eso tiene un valor infinito.

Esa es la debida calidad de vida. Conozco casos de personas que por un pequeño revés de la fortuna, un desengaño amoroso o por un simple dolor de muelas, se han desesperado, son incapaces de seguir caminando en la vida y, en algunos casos, han decidido quitarse la vida o amargar a todos los que están a su alrededor. Sin embargo, otros han descubierto qué es lo realmente importante en la vida: desde situaciones que nos podrían parecer desesperantes son faros luminosos de paz, de alegría, de esperanza.

La desnudez de Cristo en la cruz nos enseña nuestra verdadera dignidad, la reverencia debida al hombre en cualquier situación. La dignidad de la vida del hombre reside en haber sido creado por Dios, hemos sido llamados a la vida por Él y hemos sido redimidos de nuestro pecado por la entrega total de Cristo. En sus heridas hemos sido sanados. Cuando la calidad de vida se mide por “situaciones externas” estamos arriesgándonos a creer que nuestra vida vale muy poquito en cualquier momento, ante cualquier revés que se nos presente. Cuando sabemos que la calidad de vida del hombre se debe a que somos Hijos de Dios y hemos sido “comprados a gran precio,” entonces nada ni nadie nos hará desesperarnos. Aun en la crudeza de la cruz encontraremos la grandeza del hombre y del amor de Dios.

María, madre amantísima de los enfermos y fortaleza de los que no tienen esperanza, ayúdanos a descubrir en todos los hombres la debida calidad de vida: que todos, absolutamente todos, y en cualquier circunstancia, valemos toda la sangre de Cristo.

“LOS EX”.

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Job 1, 6-22 ; Sal 16, 1. 2-3. 6-7 ; san Lucas 9, 46-50

Superada la “crisis de la escayola” de ayer, continuamos leyendo las lecturas de hoy.
En España siguen dándole vueltas al tema del divorcio. Es curioso que hace no tantos años la “top-idea” para arramblar contra el matrimonio religioso y favorecer las “parejas de hecho” se apoyaba en que lo fundamental era el amor y “firmar un papel no cambiaba nada.” Ahora el amor se ha convertido en una firma y la “disolución de la sociedad” tiene que garantizar prebendas, pensiones y tutelas compartidas: si tuviesen el mismo trato los contratos entre empresas sería un caos económico. Antiguamente se buscaban los títulos de conde, duque, barón o, al menos, un señorío para garantizarse las rentas; ahora es el título de “ex” el que garantiza la subsistencia.

“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él.” Creo que Job nos engaña. Es cierto que nació sin riquezas, ganados, esposas, hijos y sirvientes pero cuando pierde todo eso no lo pierde todo. En su vida también conoció al Señor y eso nadie se lo podía quitar excepto la desesperanza. La relación con Dios se compara habitualmente con la relación esponsal y, dados los tiempos -tanto monta, monta tanto-, tenemos el peligro de hacer hoy con Dios otra relación contractual. Me bautizo, hago la comunión, al poco me separo de Dios y encima pido daños y perjuicios. Así uno se convierte en un “ex”, con derecho a hablar mal de su “expadre” Dios o a castigarle dignamente con la indiferencia.

“A pesar de todo Job no protestó contra Dios.” A Job muchas veces le identificamos con la paciencia pero me gusta más contemplarlo desde la fidelidad. En el ambiente judío primitivo, y en el cristianismo de corte protestante calvinista, Dios bendice con cosas materiales, con la prosperidad, como a Job en su principio. Pero si las cosas se tuercen, si los asuntos no salen como queremos, entonces decimos que Dios nos ha abandonado y… pedimos el “divorcio.” “Yo me he portado bien con Dios y Dios se ha portado mal conmigo” razonan muchos ante una desgracia (o ante una estupidez que les parece –en su pequeño mundo-, una desgracia mundial). Job no es solamente “paciente,” aguardando a ver qué pasa, es “agente” de fidelidad: parece que no hace nada pero está siendo fiel, sabe que Dios es mucho más que los bienes que le ha concedido “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; Bendito sea el nombre del Señor.”

“El más pequeño de vosotros es el más importante.” El Señor nos anima a ser como niños pequeños. Los niños no dan nada (bueno, a veces disgustos) y nos alegramos con cosas tan naturales como que empiecen a hablar, a andar y a jugar. Y el niño es fiel al cariño de su padre. No busca al padre que le haga los mejores regalos, si enferma, sabe que esa enfermedad no se la ha mandado su padre porque le odie y sabe que su padre estará al lado de su cama para cuidarle. Tú también sabes que Dios te quiere más de lo que podrás sospechar nunca.

Muchos protestantes arrancaron la devoción a la Virgen de sus vidas pues era un sopapo a su relación con Dios. Mira tú a la Madre y pídele que el Señor te muestre las “maravillas de su misericordia,” y verás como nunca tendrás ganas de ser un “ex.”

LA POBREZA CANSA.

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Amós 6, la. 4-7; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 ; Timoteo 6, 11-16; san Lucas 16, 19-31

¡Cinco días!. Tengo cinco días al año para dejar de ver un rato a mis feligreses, sustituir a un buen sacerdote y amigo para que descanse y también descansar yo, y antes de la primera Misa del segundo día me llaman para decirme que se ha hundido la escayola de uno de los templos. No pienso ir -no soy escayolista-, y el vicario parroquial sabrá arreglar la situación.
Tres veces en dos años se ha venido abajo el mismo trozo de techo. No me extraña, el templo es un bajo de un bloque de pisos y el silencio meditativo se entremezcla con el chapoteo de los orines del vecino de arriba o sus cantos en la ducha (gracias a Dios parece que se lavan poco). Uno llega a estar harto de esta situación que amenaza con quitarle a uno la paz, máxime cuando llevas una colecta con la que no pagarías ni las formas que se han consumido. Siempre hay gente que te comentan lo rica que es la Iglesia mientras se montan en su BMW. La pobreza cansa y el que escriba florituras sobre los pobres seguramente lo haga desde el salón de su casa tomándose una buena copa de coñac. Aburre el no saber cada mes si podrás cobrar, el pedir a diario que no aparezca ningún contratiempo que te zarandee la ya exigua economía. La pobreza no es buena, ni bonita, ni agradable.
“Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba.” Lázaro va al seno de Abraham, el rico se condena al infierno…, luego las riquezas son malas y los ricos unos sinvergüenzas (pensará –y predicará-, alguno). Pues no: la riqueza no hace buenos o malos discípulos y seguidores de Cristo. El rico se condena por no querer mirar a Lázaro tumbado en su puerta y no haber puesto remedio a la pobreza. “Ay de los que se fían de Sión… Os acostáis en lechos de marfil… coméis los terneros del rebaño…canturreáis al son del arpa… y no os doléis de los desastres de José.”
La riqueza material – mucha o poca-, tiene el defecto de ser pegajosa como la pez y hacernos creer que somos lo que tenemos y, por lo tanto, socorrer al pobre es, en cierta manera, perdernos a nosotros mismos. Ponemos mil excusas para no compartir los bienes pero esos falsos razonamientos no acallan nuestra conciencia con lo que dejamos de mirar el mundo que nos rodea. Nos creamos un mundo de ilusión con compañeros del mismo mundo ficticio (la “beautifull people”), y vamos creando un abismo entre nosotros y los demás que ni Frodo Bolsón con su extravagante compañía podría atravesar. Mientras estamos en esta vida (y recuerda que no tenemos firmado cuándo será “el final del contrato”) la misericordia de Dios nos ayudará a cruzar ese abismo, a descubrir en el otro a los hijos de Dios y, por Cristo, salir al encuentro de sus necesidades, pues nos duele la pobreza. Pero llegará un día, como no espabilemos, que descubriremos al “único poseedor de la inmortalidad que habita en una luz inaccesible” y será demasiado tarde y ya ni “aunque queramos” podremos acercarnos a Él.
La única verdadera riqueza es Cristo que nos da libertad para ser desprendidos. Los pobres por Cristo son ricos, los pobres por nuestra injusticia están esperando nuestra ayuda. Pídele a la Virgen que te ayude a cruzar el abismo de la avaricia, el egoísmo y el materialismo antes de que sea demasiado tarde. ¿El primer paso? Mira muy cerca de ti, en la puerta, a ver si hay alguien que te necesite.

enero 2018
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