EL PARACHOQUES

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libro de los Reyes 17, 1-6; Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8 ; san Mateo 5, 1-12

Hace unos meses me dieron por detrás (con perdón) en el coche mientras yo estaba tranquilamente parado en un semáforo. Mi coche es pequeñito -pero muy machote-, tiene un parachoques de esos de plástico con lo que, tras el golpe, parecía que no se había hecho nada mientras que el otro coche (bastante más grande) tenía roto un faro y arrugado el “morro”. Hicimos los papeles del seguro y yo, estúpido de mí, con una sonrisa de satisfacción en los labios pensando lo duro que era mi vehículo. Cuando aparqué en la parroquia me faltó tiempo para presumir y fanfarronear de que mi coche era más duro que un tanque, exceptuando la luz de la matrícula que se había roto. Al día siguiente fui a buscar unas maderas para hacer unas estanterías y cuando intenté abrir el maletero comprobé que no había manera. Allí me quedé, en la calle con un montón de tablas, esperando que alguien con un coche con maletero en condiciones pudiese venir a buscarme. Después de presentar el parte en la compañía aseguradora dejé una semana el coche en el taller hasta que cambiaron media parte trasera que estaba doblada como un acordeón. Hace unos días pasé la revisión de los cincuenta mil kilómetros y me llamaron para decirme que tenía los amortiguadores traseros completamente doblados: medio sueldo para el taller ¡Gracias a Dios que parecía exteriormente que no se había hecho nada si hubiera parecido algo todavía estoy barriendo los talleres de “Opel”.
Algo parecido pasa con el pecado. Si se tiene algo de conciencia formada primero es un golpe que asusta. Pero tenemos la costumbre de ponerle al corazón un parachoques de plástico, que no se deforma fácilmente y parece que “no ha sido nada” hasta que empezamos a encontrar dificultades, cosas que no funcionan, excusas que tapen nuestros defectos y todo eso sin cesar de fanfarronear. El pecado impide ser dichoso, siempre nace del egoísmo, de no entendernos ni comprender a los demás como hijos de Dios. El pecado justifica nuestra falta de pobreza de espíritu (y material), nos impide ser sufridos, hace que no miremos las injusticias, nos imposibilita llorar y tener misericordia, ensucia el corazón y nos incapacita para trabajar por nada que no seamos nosotros mismos, ensalzando nuestro “yo” por encima de todos y de todo. El pecado impide vivir las bienaventuranzas y nos las presenta como algo irrealizable, fruto de la “utopía cristiana, ” una preciosa poesía incapaz de vivirse en la prosa de cada día.
Si piensas así es hora de ir al taller, tal vez te cueste una semana o un mes pero tendrás que descubrir las raíces de tu pecado, hacer una buena confesión (qué poco precio para tanta avería) y poner tu vida en manos de Cristo. Entonces, sólo entonces, encontrarás la dicha, la sonrisa del corazón y de los labios, la mirada limpia que mira con ojos enamorados todas las situaciones de la vida. “¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.”
La Virgen es la mejor agencia de seguros, está dispuesta a tramitar tu “parte de accidente” pues, en realidad, es su hijo Jesucristo quien se lleva todos los golpes del pecado.

LAS FUENTES

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Proverbios 8, 22-31; Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9. ; San Pablo a los Romanos 5, 1-5; San Juan 16, 12-15

Me ha costado mucho escribir el comentario de hoy, ignoro si es que la musa se ha marchado ya de vacaciones a Estoril o ciertamente el tabaco embota el cerebro.
El otro día me comentaba un sacerdote: “La verdad es que cuando nosotros no entendemos algo lo llamamos “misterio” y nos quedamos tan contentos.” La Santísima Trinidad es uno de esos “misterios” y no quería que nuestra oración de hoy se quedase en un divagar, más o menos difuso, sobre un “expediente X,” así que me puse manos a la obra: leí el catecismo, escudriñé escritos de los Padres de la Iglesia, busqué comentarios teológico piadosos, … pero no encontraba “la inspiración” para ponerme a escribir.
Ayer, después de confesarme como habitualmente, entré en la capilla a rezar la penitencia y me salió del corazón decirle al Señor simplemente: “Gracias,” y entonces el “misterio” dejó de ser una especulación difusa para convertirse en una realidad gozosa que no necesita de largas explicaciones pues es evidente y lo evidente no hay que explicarlo.
“Todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.” Cuando se juega es para disfrutar (a veces muchos lo hacen por competir pero esa no es la razón del juego) y aunque para el que no juega puede parecer absurdo, el juego tiene su “lógica interna” no entendible para el que mira desde fuera, el cerebral, soso y aburrido. Poniéndonos un poco pedantes diríamos con Pascal que “El corazón tiene razones que la razón no conoce,” y por muchas palabras que se gasten nunca se entenderá mejor la Santísima Trinidad, pero cuanto más se ame será más evidente y sobrarán las palabras.
“Gracias” le dije simplemente al Señor en el sagrario y entonces, como en otras ocasiones, sentí la presencia de la Trinidad sin que nadie me la explicase (o tal vez por todo lo que había leído antes que entonces cobraba sentido) y sin necesidad de palabras. Muchas veces en la vida sentirás -tal vez “a posteriori”-, que ha sido el Espíritu Santo el que te ha empujado a hacer o decir algo y que ahí te has encontrado con Cristo del que “hemos recibido la justificación por la fe” y que el Padre “allí estaba” desde el principio, esperándote ansioso, lleno de ilusión, jugando contigo y viendo como juegas, aunque a veces te quieras saltar las reglas.
Hoy sobran las palabras, las elucubraciones más o menos complicadas, y es el momento de la contemplación. Busca delante del sagrario, alarga un rato tu momento de oración, intenta buscar a la Santísima Trinidad en la celebración de la Misa. Descubre en tu vida cuántas veces Dios Espíritu Santo, Dios Hijo y Dios Padre han actuado en tu vida y “todos a una” (como los de Fuenteovejuna) han cambiado efectivamente tu existencia.
La Virgen, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo, seguro que te concede vivir gozosamente este “evidente misterio.” Reza hoy cada rosario unido a cada una de las santas Personas y verás que fácil es conocerlas y tratarlas.

SEMBRAR A TIEMPO Y A DESTIEMPO

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san Pablo a Timoteo 4, 1-8; Sal 70, 8-9. 14-15ab. 16-17. 22 ; san Marcos 12, 38-44

“Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir”. Uno de los más graves problemas por los que pasa nuestra sociedad actual es la de la educación. Formar ciudadanos para la convivencia y el bien común no es tarea fácil. No se trata ahora de entrar en disquisiciones de orden político o sociológico, sino de ver, a través de la Palabra de Dios, cuál es el orden querido por Él, y cómo beneficia al hombre. San Pablo, en la carta que dirige a Timoteo, le urge a dejar tras de sí cualquier respeto humano, cualquier complejo, a la hora de anunciar el Evangelio. También hay una característica que define a todo cristiano en su vocación apostólica: la paciencia.

Hablar de paciencia es sinónimo de dedicación y tiempo. Cuando hablamos de cuestiones que atañen a lo más profundo de nuestro ser, hay que empezar por el principio. Dios nos ha creado y, en condiciones normales, venimos al mundo en el seno de una familia. Cuando Cristo nació bajo el amparo de María y José, no se trataba de mero azar, sino que fue “conscientemente” querido por la Providencia divina. El comportamiento de Jesús, a lo largo de su vida en el mundo, hacía referencia constante, directa e indirectamente, a la familia: parábolas, milagros, predicaciones, sentencias… Incluso a la hora de su muerte, quiso que su madre estuviera al pie de la Cruz, para recordarnos que, también ella, era madre de la Iglesia.

Olvidar el papel fundamental que ejercen los padres en la educación de sus hijos es marginarlos y alienarlos. Cuando cada vez son más las voces que reclaman una vuelta al orden natural, en otros aspectos de la vida como puede ser el de la familia, parece vislumbrarse un odio irracional contra un derecho sagrado y perenne, garante de la dignidad humana. Aún resuenan en nuestros oídos las barbaries de genocidios cometidos contra la humanidad (nazismo, comunismo, terrorismo), pero un holocausto más cruel se produce con el consentimiento de organismos nacionales e internacionales que, presuntamente, han de velar por el bien de todos los hombres. La indefensión de niños que no podrán ver la luz, rupturas de familias “amparadas” por la sociedad del bienestar, manipulación de la vida con fines “terapéuticos”… ¿No es esto la “crónica de una muerte anunciada” para la humanidad?

“He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”. La paciencia y la formación están íntimamente unidas con la perseverancia. No podemos olvidar que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, pero este triunfo no es una excusa para “cruzarnos de brazos”. La perseverancia en el “día a día” nos hará más fuertes en la esperanza. Tú y yo no vamos a cambiar el mundo “de hoy para mañana”, pero somos sembradores de pequeñas semillas que germinarán en el momento oportuno, y su fruto, aunque lo recojan otros más tarde, tendrá el sabor y el aroma de lo más divino. ¡Ése es el compromiso de Dios con los que le son fieles!

“Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”. Para Dios cualquier obra hecha en su nombre, aunque sea la más insignificante, tiene un valor infinito. No desprecies lo más cotidiano de tu vida por falta de motivaciones. De vez en cuando tendrás que “escarbar” en tu interior para descubrir cómo el Espíritu Santo realiza su tarea como el más genial de los artesanos. De ese actuar de lo divino fue protagonista ejemplar la Virgen María. Ella escondía los misterios de Dios en su corazón, pero la semilla que llevaba en su seno dio el mayor de los frutos de la historia de la humanidad: Jesucristo, Salvador del mundo, Rey del Universo.

BIENAVENTURADOS LOS QUE SE QUEJAN

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san Pablo a Timoteo 3, 10-17; Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168 ; san Marcos 12, 35-37

“¡Qué persecuciones padecí! Pero de todas me libró el Señor”. Quejarse no es malo, lo estéril es tomar la queja como justificación de nuestras omisiones. Me contaban hace unos días que un hombre, en el lecho de la muerte, hablaba a un amigo suyo sobre el sentido de la libertad. Este amigo argumentaba que Dios, en su infinita misericordia, no podía permitir que los hombres renunciaran a su amor. El anciano moribundo, después de un largo silencio, contestó: “Ése es el problema. Dios nos ha creado para amarnos y para que le amemos. Sin libertad no existiría criatura alguna capaz de amar a Dios por sí mismo… todo lo demás sigue las “instrucciones” que marca el orden y fin natural de la creación. Lo prodigioso del ser humano es que, en cualquier momento, puede decir ‘sí’ o ‘no’ a su Creador”.

La queja, por tanto, es algo muy humano. Y todo lo que pertenece a la condición limitada del hombre no tiene como responsable a Dios, sino al ejercicio de la libertad. La primera “limitación” del hombre fue el pecado, y su forma de pensar y actuar ha ido realizándose en una dirección muy estrecha, creyendo que con sus solas fuerzas podría superar cualquier obstáculo. Dios, para muchos, supone un impedimento para esas ínfulas de “autodeterminación” que, aparentemente, nos hacen más independientes. Pero Dios “necesita” de nuestras quejas. Y la oración es el mejor medio para ser escuchados… y sentirnos libres de verdad.

“Muchos son los enemigos que me persiguen, pero yo no me aparto de tus preceptos”. “Hacer lo que me da la gana” puede sonar a algo rotundo y muy personal. La realidad es diferente. Cuando renunciamos a aquello que creemos nos reprime (la moral, las costumbres, la educación, el bien común…), el efecto que conseguimos es el contrario: quedamos esclavizados por las cosas que mueren, y que no nos dan sentido de nada. En cambio, aquél que busca en su existencia el cumplimiento de la ley de Dios, proclamará junto al salmista: “El compendio de tu palabra es la verdad, y tus justos juicios son eternos”.

Lo salmos están repletos de quejas. Jeremías era otro “gran quejica”. Muchos profetas apelaban a Dios compasión ante las misiones que les encomendaba… Jesucristo, en Getsemaní, pidió a su Padre que, si era posible, apartara el amargo cáliz de la Pasión. El Hijo de Dios no tenía pecado, pero quiso llevar sobre sí todas las quejas de la humanidad, desde Adán hasta el fin de los tiempos. Todo para que tú y yo recobráramos la única libertad que nos garantiza ser “libres” (valga la redundancia): la libertad de los hijos de Dios.

“La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo”. También nosotros disfrutamos de nuestra relación con Dios. Sabemos que, en todo momento, seremos escuchados por Él, y que nuestras quejas no son motivo para abatirnos, sino de sacar fuerzas de nuestra debilidad. Así lo entendieron durante siglos aquellos que buscaban identificarse con los sentimiento de Jesús, y así lo entendemos nosotros. Como decía el propio san Pablo: “Todo es para bien”.

A la Virgen se le dijo: “Bendita tú porque has creído”. Y ella extiende su manto amoroso sobre cada uno de nosotros. En ese refugio de ternura y misericordia, oiremos voces que aclamarán al unísono: “Bienaventurados vosotros que os quejasteis y fuisteis escuchados”.

LA CRUZ, COMPAÑERA DE LA SANTIDAD

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Isaías 52, 13-53, 12; Sal 39, 6. 7. 8-9. 10. 11 ; san Lucas 22, 14-20

Con Pentecostés terminó el tiempo de Pascua. Hemos hecho el mismo recorrido que los discípulos de Jesús durante estos días de gozo y alegría. De manera especial, la Venida del Espíritu Santo, junto con toda la Iglesia, nos ha reafirmado la certeza de que no estamos solos. La asistencia permanente de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos conforta y alienta, dándonos la valentía necesaria para proclamar al mundo entero el Evangelio (cada uno en su estado y en su actividad). Todo esto se traduce en la necesidad de convertirnos cada día un poco más (haciendo examen de conciencia), y de tratar más íntimamente al Señor mediante la oración.

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores”. Con las lecturas de hoy podría dar la impresión de que volvemos atrás. De vuelta a la Cuaresma para adentrarnos en el misterio de la Pasión de Jesús. Pero si estamos atentos, descubriremos que se trata de atender el requerimiento de aquellos ángeles, urgiendo a los testigos de la Ascensión del Señor a los Cielos, para volver cada uno a sus obligaciones cotidianas. No hay otra señal del cristiano que la de la Cruz. La manera más eficaz de no caer en el desaliento y el pesimismo es tomar con alegría nuestra propia cruz (no la que imaginemos o sospechemos), y caminar con entusiasmo en medio de lo que otros denominan dificultades y contratiempos.

“Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número”. El otro día fui testigo de un hecho singular. En un Monasterio de carmelitas descalzas, acudí junto con otro sacerdote a visitar a las monjas de clausura. Nadie contestaba a la puerta (era un poco tarde, y tampoco avisamos de nuestra llegada). Después de esperar un buen rato, y haber dejado un mensaje en el contestador telefónico, la puerta del Monasterio se abrió. Allí apareció la priora disculpándose por habernos hecho esperar. Sin haber sido de ellas la culpa (pues los guardeses no se encontraban en la portería), la madre superiora se tendió en el suelo, como un guiñapo, en señal de humildad y perdón. Posteriormente, el sacerdote al que acompañaba me comentó que esta actitud es muy normal en ellas, y que también realizan ese gesto cuando alguien les “lanza” alguna alabanza.

Me preguntaba cómo se tomaría la gente de la calle este tipo de actitudes. Algunos lo verían como algo raro, otros como una humillación innecesaria, y los más indulgentes como “algo propio de monjas”. Sin embargo, a quien habría que preguntar sobre ese compartimiento sería al mismo Dios, porque su juicio es el único que importa. Y estoy convencido de que esbozaría una sonrisa complaciente, porque hasta Él llegarían las mismas palabras que el salmista: “He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes”.

“He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Las palabras del Señor que precedieron a la institución de la Eucaristía, nos dan a entender que el amor que recibimos del Hijo de Dios pasa, ineludiblemente, por la Cruz. La santidad no es una condecoración que recibimos por lo bien que hacemos las cosas, sino la justicia que Dios realiza con aquellos que se abrazaron al madero de su Hijo. María estuvo allí, junto a la Cruz de Jesús, y su santidad es el faro que nos ilumina en medio de nuestras tempestades y oscuridades… “Aquí estoy, para hacer tu voluntad”.

LA ORACIÓN Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

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San Pablo a Timoteo 1,1-3. 6-12; Sal 122, 1-2a. 2bcd ; San Marcos 12, 18-27

“Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día”. Hay una expresión que hoy día se utiliza muy poco: “comunión de los santos”. Con estas palabras la Iglesia ha querido enseñar la eficacia de la oración. No se trata vivir grandes experiencias místicas, ni cosas fuera de lo normal, sino que es la “comunicación” que, de la manera más sencilla, se produce entre aquellos que compartimos una misma fe.

Cuando san Pablo dirige una carta a Timoteo, le está recordando que no se encuentra solo. Gracias al poder de la oración somos capaces de crear la gran “Red” entre los hijos de Dios. Y me río de la tan manida “globalización”, o los que se quedan pasmados ante el “milagro” de Internet. Lo que tenemos entre manos es mucho más radical, ya que es el mismo Dios quién se ha comprometido a entrar en semejante dinámica comunicativa. ¿Cuál es nuestra fuerza?… nos lo recuerda también san Pablo: “Porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio”.

Desde hace algunos años nos venimos asombrando de la renovación constante de las tecnologías en el mundo de la comunicación. El mundo se nos ha quedado “pequeñito” porque podemos comunicarnos con cualquiera y en cualquier parte. Con un diminuto teléfono podemos mantener una conversación sea la distancia que sea. Satélites, antenas, cable, ondas… todo está dispuesto para que el hombre no se sienta solo. Pero, curiosamente, el resultado suele ser el contrario. Cuanto más avance hay en la técnica, encontramos más soledad en los corazones. ¿Cuál es el problema? que el hombre parece estar al servicio de esas nuevas tecnologías, y no al revés.

“Pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio”. Fiarse de Dios es poner todas las demás cosas como medios, no como fin. El brillo que puede producirnos una gran avance tecnológico quedará oscurecido por un nuevo descubrimiento, y así consecutivamente. Lo que viene de Dios, en cambio, nunca se agota, y la oración es la que nos hace permanecer siempre en comunicación con Él y con todos los hombres… nunca envejecerá semejante instrumento divino.

“Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios”. Así es el hombre: siempre intentando superar el orden creado, porque la tentación del “seréis como dioses” le acompañará hasta el fin de los tiempos. Por muchos “Einsteins” que se pusieran de acuerdo, ninguno de ellos podría siquiera inventar una gota de rocío. Nos dejamos deslumbrar por tantos fuegos de artificio, que no sabemos saborear un minuto de silencio en diálogo con Dios.

Si miramos a María, nuestra Madre, veremos en su rostro la dulzura de un alma que se entrega en oración. Pero esa oración (vuelvo a repetir), no consiste en misticismos extraordinarios, sino en convertir cada una de nuestras acciones, pensamientos y palabras en continuo diálogo divino. ¿Alguien te ha enseñado a respirar?… Pues bien, la “comunión de los santos” es el aire que necesitamos para que nuestra vida siempre esté “oxigenada” con el amor de Dios.

¿A QUIÉN ESPERAMOS?

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san Pedro 3, 12-15a. 17-18; Sal 89, 2. 3-4. 10. 14 y 16 ; san Marcos 12, 13-17

“Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos”. ¡Vaya manera de comenzar una carta! San Pedro no se anda con “chiquitas”. Para algunos podría sonar a cierta amenaza, o género apocalíptico, tal y como la emprende el vicario de Cristo en su segunda carta. Con lenguaje de nuestros días, podríamos asegurar que la experiencia de Cristo en medio de sus discípulos fue “muy fuerte”. No se trataba de la continuidad de algo a lo que estaban acostumbrados (la ley, el templo, los sacerdotes…), sino que la ruptura con todo lo anterior fue radical. El mismo Jesús había dicho que Él venía a renovar todas las cosas. Y la Ascensión de la que tantos habían sido testigos, no fue el final de nada, sino el comienzo de todo.

“Mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”. No hay desperdicio alguno en esta carta. Cristo anunció su segunda venida, ya definitiva, y todos la esperan como “agua de mayo”. San Pedro apela a esa predisposición, necesaria por nuestra parte, para poder completar en nuestra carne la Pasión y Resurrección de Jesús. Si hemos sido incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, no se trata de vivir entre nubes, sino de construir a “golpe” de rectitud de intención nuestra vida con Él.

“Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación”. Esperar al Hijo de Dios no es cuestión de sentarse en la “parada del autobús”, y mirar de vez en cuando el reloj porque hoy viene con retraso. La paciencia a la que alude el apóstol es la que tiene como alimento la virtud teologal de la Esperanza. “Saber esperar”, expresión empleada por santos de nuestro tiempo, es reconocer que todas nuestras expectativas están fijadas en una persona: Jesucristo. Por eso, ninguno de nuestros actos caerán en “saco roto”, sino que se prolongan hasta alcanzar el deseo de Dios: nuestra salvación. Una consecuencia de tal espera es nuestra perseverancia: “Estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie”… ¡Bendita “tensión” sobrenatural!

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. Los agravios comparativos nunca van a solucionarnos nada. Intentar hacer de Dios un “monigote” con el que jugar en ratos libres, es arrogarnos el papel de directores de ficción. Tolkien, el autor de “El Señor de los Anillos”, en uno de sus primeros libros, entendía la Creación como una gran orquesta sinfónica. En cuanto alguien “se iba de tono” (¡admirable respeto por la libertad!), un desorden empañaría la obra divina (¡buena analogía del pecado!). Dios respeta mis actos hasta tal punto, que otros, siempre siguiendo la ley natural y el bien común, han de respetar mis decisiones como venidas del mismo Dios. Hasta ese punto llega la imagen del ser humano a identificarse con su Creador. Por eso, resulta tan milenaria la veneración de los cristianos por los estados y gobiernos en cuanto al desvelo y cuidado por sus ciudadanos (siempre, por supuesto, que se cuide el principio de subsidiariedad y bien común).

“Se quedaron admirados”. También nos admiramos nosotros de la Virgen María, que guardaba en su corazón los prodigios de Dios que hizo en ella, y que ahora nos dispensa, con su amor maternal, a cada uno de nosotros.

LA ESCUELA DE NAZARET

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Sofonías 3, 14-18; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6 ; san Lucas 1, 39-56

“Alégrate y gózate de todo corazón”. Siempre me he imaginado a la Virgen con una alegría serena. En cada una de las tareas del hogar, en la relación con la vecindad de Nazaret, en el cuidado de José, y, especialmente, en el trato con su hijo Jesús, María, que es la llena de gracia (sin necesidad de hacer “milagros”), pondría en cada una de sus acciones o palabras una generosa visión sobrenatural. Todos tenemos la “testaruda” experiencia de que mantener constantemente el ánimo alegre, con una sonrisa, y relativizar lo que es accidental, es verdaderamente difícil. No hace falta que “nos pisen el callo”, simplemente con que nos lleven la contraria en una nimiedad, ya es suficiente para mostrar nuestro enfado y desacuerdo ante quien se comporta con nosotros tal “vilmente”.

Creo que hablar de la “Escuela de Nazaret” es algo muy serio. A veces hemos podido caer en la tentación de pensar que la Trinidad de la tierra (Jesús, María y José), al ser personas “especiales”, Dios les evitaría todo tipo de sacrificios o sudores. Sin embargo, lo que nos llama la atención, una vez más, es la “poderosa” normalidad con que estos seres tan queridos actuarían. Jesús con sus cosas de niño, José empleándose a fondo en su trabajo, y la Virgen en cada una de sus tareas de ama de casa. Seguro que los vecinos del pueblo no advertirían nada extraño en su comportamiento. Incluso podemos imaginarnos a José hablando con sus contemporáneos acerca de cosas tan normales como la cosecha, la situación en Jerusalén, o el tiempo que hará mañana. María intercambiando recetas con otras vecinas, o yendo con otras mujeres, con la ropa sucia de casa, al lavadero del río. Jesús jugando con su primos, y molestándose porque fue el primero en llegar a la meta, después de una carrera, y otro niño diciendo que fue él…

Isabel, prima de la Virgen, sí sabía del gran “secreto” de Dios. Ella llevaba en su seno al Precursor, Juan el Bautista, y sabía lo que se operaba en el interior de María. Es curioso observar cómo, almas gemelas en el Espíritu, pueden intercambiarse sentimientos con sólo cruzarse una mirada. Y así debió ocurrir cuando Isabel oyó el saludo de María. La Virgen sabía que su prima necesitaba ayuda, y acudió sin pensárselo dos veces. Estar atentos a lo que otros puedan necesitar de mí, no es una virtud, es fruto de esa alegría interior que llevo en el interior, y que necesito compartir sin esperar absolutamente nada a cambio… de lo contrario, dejaría de ser amor para convertirse en un objeto de mercancía.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. La “Escuela de Nazaret” es donde aprendemos a vivir con alegría lo que somos, sin necesidad de envidiar lo que no tenemos. Vivir la humildad no es algo denigrante ni bochornoso, es saber que Dios, al encarnarse, abrazó nuestra condición sin vergüenza alguna, porque el amor rompe las barreras de lo que a otros puede parecer ridículo. La humildad es hermana de lo sublime, y es entonces cuando Dios actúa “a sus anchas”.

“María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”. Es importante saber estar en el momento oportuno y en el lugar conveniente, pero también es necesario entender cuál es nuestro sitio. La Virgen, una vez terminada su tarea de ayudar a Isabel, conoce cuáles son sus obligaciones en Nazaret. ¡Sí!, ya sé que te gustaría estar un poco más de tiempo viendo ese programa de televisión tan interesante, o no dejar esa conversación tan “apostólica” con tu vecino del quinto… pero mañana hay que madrugar, y hay que dar, de nuevo, gloria a Dios, en el cumplimiento de lo más ordinario de nuestras obligaciones, que es la mejor forma de identificarnos con la voluntad divina.

Ahora entiendo por qué la “Escuela de Nazaret” nunca da títulos académicos… sólo dejan inscribirse en ella a los sencillos y humildes de corazón. ¡Felicidades, Madre!

PARA QUE TODOS SE SALVEN

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Hechos de los apóstoles 2, 1-11; Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 ; San Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13; San Juan 20, 19-23

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”. Dios no hace reservas con nadie. Él quiere que todos los hombres le conozcan, y descubran el amor que tiene por cada uno, sin distinciones de color, raza o lengua. Decía recientemente el Cardenal Ratzinger acerca de los fundamentos espirituales de Europa: “Somos herederos de una disolución de las certezas primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo”. La conclusión es que el hombre, una vez ha roto su relación con Dios, pierde su propia identidad. Y ésta es la contradicción en la que nos movemos constantemente: mientras reivindicamos derechos humanos fundamentales (libertad, justicia…), somos capaces de justificar situaciones que atacan directamente la dignidad humana, como es el tráfico de embriones, el comercio de órganos, etc.

Al llegar a éste día solemne de Pentecostés, no podemos más que reclamar lo que pertenece a Dios: todo el orden creado. La vida no es algo con lo que se pueda jugar, sobre todo cuando la ponemos en manos de quienes mañana dirán lo contrario, dependiendo de su interés egoísta. El Espíritu Santo no sólo merece respeto, sino que da la inspiración para que todo lo sagrado tenga su primer y último sentido en Dios, dejando de lado fanatismos y partidismos.

Resulta sorprendente, tal y como afirma el Cardenal Ratzinger, que “cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad para mentir o para destruir los derechos humanos”. A veces nos encontramos prisioneros, en esta sociedad de Occidente, de una enfermedad que “sabe comprender” todo lo que sea extraña a ella, pero renuncia a ese principio de la caridad, que ha de comenzar por ayudarse a sí misma.

¡Cuánto trabajo le vamos a dar (y le estamos dando) al Espíritu Santo! Tal y como dice san Pablo: “Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Los cristianos debemos respetar todo lo que es ajeno a nosotros, porque sabemos que la salvación de Dios, “de alguna manera” (con un consciente entrecomillado), alcanza a toda la humanidad, pero también sabemos que la verdad está de nuestra parte, gracias a la acción del Espíritu Santo, que nos hace mostrar el auténtico rostro de Dios.

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Aquí está la gran “panacea” que nos brinda Cristo a través del Paráclito. Hermoso don que dispensa la Iglesia a todos aquellos que sufren en lo más íntimo de su ser. “Dios perdona siempre, el hombre algunas veces… la naturaleza nunca”. Acogiéndonos al perdón de Dios respetaremos a nuestro prójimo, y encontraremos en la naturaleza la manera de dar gloria a Dios llevando a término su “plan de salvación”.

¡Cuánta alegría encontramos en el rostro de la Virgen!… Ella es la llena de gracia, depositaria de todos los dones y frutos del Espíritu Santo, y nosotros sus hijos… ¿Alguien da más?

SEÑOR Y DADOR DE VIDA

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Hechos de los apóstoles 28,16-20.30-31; Sal 10, 4. 5 y 7; san Juan 21, 20-25

“El Señor examina a inocentes y culpables, y al que ama la violencia él lo odia. Porque el Señor es justo y ama la justicia: los buenos verán su rostro”. El mundo anda revuelto… y “el Espíritu Santo viene a inundar los corazones con el fuego de su Amor”. No son palabras bonitas, sino la respuesta concreta de una buena mujer ante las quejas de tantos por las horas que nos han tocado vivir. La visión sobrenatural no es poner cara de “no se sabe qué”, sino mirar los acontecimientos y los problemas de cada jornada con gallardía y optimismo. Es ver el rostro de Dios, tal y como nos dice el salmista hoy, desde la perspectiva con que la ponen en práctica los que se quieren: con amor.

Amar la justicia es amar la Providencia de Dios. No podemos quedarnos en la pequeñez de los que atesoran “basura”. Se nos han encomendado maravillas para que vuelvan a Dios con el esfuerzo y el trabajo de cada uno de nosotros. ¡Sí!, no se trata de vivir pasivamente nuestra unión con Cristo, sino que el sudor de nuestra frente dará testimonio de que hemos puesto los medios necesarios para rechazar la violencia, buscar la justicia, y encontrarnos con aquél que nos pide consuelo y ayuda. La Iglesia no es una “ONG” que da asilo y alimentos con la mejor de sus sonrisas filantrópicas, sino que, ella misma, es el “gran hospital” de los enfermos del alma (niños y ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres, sanos y agonizantes…), y que tienen al Espíritu Santo como “Señor y dador de Vida”.

El pecado es el gran drama de este siglo XXI. Aunque volvamos la mirada al activismo que nos domina, o al placer en el que creemos encontrar consuelo, la muerte (¡la de verdad!), sonríe irónicamente ante los “imprescindibles”, los “necesarios”, los “indispensables”… y promueve, muy sutilmente, todo tipo de “urgencias” que habían de realizarse “ayer”. Un cristiano (¡el de verdad!), no sólo predica que Jesucristo ha vencido al pecado y a la muerte, sino que con su propia vida es capaz de decir “¡no!” a todo aquello que le aparte de su Señor.

“Señor, y éste ¿qué?”. A veces nos paramos en las comparaciones que no vienen a cuento. Hablamos de “mentiras piadosas”, “envidias buenas”… pero, en realidad, seguimos buscando el tesoro en el lugar inadecuado. Otros tienen cosas de las que nosotros carecemos, un buen motivo para dar gracias a Dios, sí, pero además es conveniente recordar las mismas palabras que dirigió Jesús a Pedro: “¿a ti qué? Tú sígueme”. ¿Es que somos tan torpes de “entendederas” para comprender que sólo Cristo es capaz de colmar todas mis ambiciones y deseos? ¡Mira que somos “cabezotas”! No sólo necesitamos tropezar doscientas veces en la misma piedra, porque aunque un ángel de Dios me recordara “en carne mortal” mis continuas torpezas, aún sería lo suficientemente hábil para razonarle lo contrario.

Mañana es Pentecostés. Es hora de ponernos en marcha, junto con toda la Iglesia, para anunciar los grandes dones de Dios. No nos importen los “dimes” y “diretes” de lo que opinen otros. Nosotros a lo nuestro: unidos a María, Madre de la Iglesia, y esposa del Espíritu Santo, somos reconocidos como predilectos de Dios: “El Señor está en su templo santo, el Señor tiene su trono en el cielo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan a los hombres”.

noviembre 2017
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