LA ORACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS

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Números 21, 4-9; Sal 101,2-3. 16-18. 19-21; San Juan 8, 21-30

“Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti”. Uno de los temas que se aborda con más frecuencia en la predicación cristiana es la que hace referencia a la oración. Algunos piensan que para iniciarse en semejante “instrucción” son necesarias una serie de cualidades especiales, y unas predisposiciones tan señaladas, que son verdaderamente pocos los que pueden adentrarse en la práctica de la oración. De esta manera, son muchos los que reducen la oración a meros rezos vocales (que son importantes), o a la práctica de determinadas devociones piadosas (que también son importantes). Sin embargo, hablar de oración es, en primer lugar, adoptar una actitud, y ésta no es otra sino saber a quién me dirijo, por qué me dirijo a él, y cómo me dirijo a él. Se nos dice que orar es hablar con Dios; y, desde este sencillo punto de partida, sobraría cualquiera otra definición. Pero si hemos aludido a las anteriores condiciones necesarias para la oración, no es otro el motivo, sino el de resaltar la importancia que tiene para el cristiano una verdadera disposición orante.

En la oración nos dirigimos a Dios. Él es mi Padre y creador, sentido y fin de todas las cosas (pasadas, presentes y futuras); en Él todo el orden creado tiene la existencia que le conviene, así como el que la mayoría de las criaturas le den gloria, aunque sea de forma “instintiva”. El ser humano, sin embargo, es de una “pasta” especial; tiene una responsabilidad muy concreta recibida del Creador: llevar a término todas las cosas iniciadas por Dios. De hecho, el hombre está configurado a imagen y semejanza Suya, es decir, goza de libertad.

Decir que Dios lo es todo, y yo nada, valdría para explicar el motivo de dirigirme a Él en la oración. Pero esto, para algunos, puede resultar poco eficaz en el orden las cosas. Es más, para otros serviría como excusa para la pasividad o el mero quietismo, es decir, lo que vulgarmente se denomina “pasar de todo”. Sin embargo, paradójicamente, ese reconocimiento de la “nada” personal es algo que exige mucha más actividad de la que se puede pensar. En primer lugar, una predisposición, es decir, una actitud por “empaparse” de todo aquello que provenga de Dios; y esto, en definitiva, se llama “gracia”. La Eucaristía, la Reconciliación, y los sacramentos en general, son ya algo que nos preparan para tener ese vínculo que exige la oración. En segundo lugar, se encuentran las virtudes (no los manoseados “valores”, que corresponden a otro orden), y que todo cristiano ha de buscar para despojarse de aquello que resulta un impedimento para su relación personal con Dios.

Respecto al “cómo” de esa oración, existen multitud de aspectos. Sin embargo, deberíamos ceñirnos a dos: la sencillez y la perseverancia. La oración es sencilla cuando uno, sin grandes complicaciones ni disquisiciones, se dirige a Dios como quien habla con un amigo, un padre o un confidente. Sabe, a ciencia cierta, que aquello que pida se le concederá si resulta ser un bien para su alma; pero, sobre todo, se sabe escuchado y pone atención en escuchar, que es quizás lo más importante; para ello, la oración por excelencia es la que enseñó Jesús a sus discípulos: el Padrenuestro (oración que, por otra parte, vale la pena “paladearla” y “saborearla” sin prisas, y con espíritu de contemplación).

¿Qué ocurriría si todos nuestros actos, pensamientos y palabras estuvieran impregnadas de oración?… He aquí el segundo aspecto de la oración: la perseverancia. Jesús repitió en alguna que otra ocasión la conveniencia de orar siempre. No se trata de caer en la obsesión, o en un mal entendido perfeccionismo, donde uno deja de comportarse con naturalidad, para pasar a la autocensura de que “no se puede llegar a todo”. Más bien, se trata de recoger las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy y, de esta manera, adquirir nuestra auténtica condición de hijos de Dios: “No hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada”. Y ésta, es la normalidad que Dios nos pide.

CUANDO LAS MAYORÍAS DECIDEN

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Daniel 13, 41c-62; Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6; san Juan 8, 1 -11

Más de uno podría esbozar una sonrisa ante el relato de la casta Susana que nos refiere el profeta Daniel en la lectura de hoy. Aunque, por otra parte, también somos testigos de otro tipo de abusos (como los recientemente acaecidos en África), en donde el adulterio (sobre todo si la acusada es una mujer) se castiga con la lapidación. Ya sé que el contenido propio del texto que examinamos apela a la justicia y a la verdad, pero tan cierto como esto es la manera con que, en la actualidad, hablar de la castidad o de la continencia resulta, no sólo algo absurdo, sino trasnochado y fuera de cualquier análisis social.

La pregunta que podríamos formularnos es acerca de la verdad que hay, ciertamente, en la “conciencia” de las mayorías; eso sí, habría que pensar, entonces, que consideramos a tales “mayorías” como un ente en sí mismo; aunque yo me inclino, más bien, a pensar que se trata de un conjunto constituido por personas individuales y, además, con nombres y apellidos. ¿A dónde queremos ir a parar, entonces? Estamos acostumbrados a observar en los grandes grupos mediáticos (prensa, radio o televisión), toda una serie de encuestas que aseguran la tendencia de dichas “mayorías” y, por consiguiente, el comportamiento que han de seguir los demás (aunque estos últimos no nos consideremos mayoría). Todos estos supuestos estudios parecen cada vez influir más en la gente; y digo lo de “parecen”, porque cuando uno habla a personas en particular, esas estadísticas parecen decir todo lo contrario de lo que se piensa en realidad.

Respecto al ámbito sexual, por ejemplo, cada vez son más (eso percibimos en los medios de comunicación), los que aseguran que se avecinan tiempos de progreso y tolerancia (me refiero al caso concreto de España). La familia ya no se circunscribirá en el futuro a lo conocido como tradicional: “chico conoce a chica, se casan, y deciden tener hijos”, sino que, ahora, el supuesto puede ser del siguiente tinte: “chico/a conoce a chico/a, se casan por lo civil, y deciden, o bien buscar una madre biológica, o esperar a que el avance en la medicina pueda generar el clon que más les convenga”.

Si el anterior ejemplo es fruto de la voluntad de las mayorías, entonces, creo que somos testigos de la mayor estafa de la historia de la humanidad. Y es que el gran error (o engaño) de la mayoría de nuestros dirigentes contemporáneos, es pensar que son ellos los que han descubierto lo que la humanidad necesita y ambiciona. Lo fatal, sin embargo, a pesar de cuánto se apela al respeto a la naturaleza y al medio ambiente, es que con ese tipo de actitudes mencionadas más arriba, no se hace otra cosa sino violar lo más sagrado de la creación: todo tiene un orden y una finalidad. Y esto no es algo que constriña o reprima el comportamiento humano, sino que, todo lo contrario, le ayuda a mostrar con más autenticidad su humanidad.

Después de que los dos ancianos que intentaron seducir a Susana, tal y como aparece en el relato de Daniel, son juzgados y condenados, la asamblea en pleno que había asistido al juicio responde bendiciendo a Dios, porque el Altísimo es el que realmente salva a los que esperan en él. Pues bien, he aquí la enseñanza del cometario de hoy: nunca perder la esperanza. Efectivamente, hemos de poner los medios adecuados a nuestra condición de creyentes (participación en la vida pública, educación familiar, presencia en los medios de comunicación…); pero, una vez realizado ese esfuerzo, si no se obtienen los frutos deseados, con la inmediatez que desearíamos, no por ello hemos de caer en el pesimismo o en un cierto espíritu derrotista. Dios puede mucho más que todo eso, y si ponemos nuestra confianza en Él, tarde o temprano, llegará el día en que su gloria se haga patente en el mundo… aunque tú y yo no lo veamos aquí.

Lo importante, por tanto, no es que te desprecien las “mayorías”, sino que, igual que en el Antiguo Testamento, hoy día también existe un “resto” de Israel, que sigue siendo fiel a las promesas de Dios.

LO NUEVO QUE DIOS REALIZA

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Isaías 43, 16-21; Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 ; Filipenses 3, 8-14; san Juan 8, 1-11

Todavía hay muchos que suspiran repitiendo, una y otra vez, el famoso dicho: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo curioso es que algunos todavía piensan en la originalidad de semejante expresión, cuando resulta que el propio Dios recrimina esa actitud a todo un pueblo de Israel, ya en tiempos de Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”.
Uno podría preguntarse, sobre todo en medio de tantas circunstancias de dolor y contradicción por las que pasamos actualmente: ¿dónde está lo nuevo que Dios anuncia? Creemos que sólo el progreso de la ciencia, el avance tecnológico, o los recientes descubrimientos de la medicina, son lo verdaderamente “nuevos”. Pero si fuéramos realmente sinceros con nosotros mismos, observaríamos que todo eso que nos deslumbra, incluso con toda la fuerza que nos brinda la avaricia por adquirirlo, no es nada cuando verdaderamente lo poseemos. Y si no, que cada uno haga la prueba pertinente. ¿Cuántas veces no has pensado que si tuvieras ese objeto tan preciado y “necesario” (llámese coche, equipo de música, lavavajillas, ordenador, dinero, incluso un absurdo bolígrafo), se te solucionarían tantos problemas? Y lo que ocurre, cuando ya está en nuestro poder, es que pierde, no sólo su necesidad, sino que incluso llega a hastiarnos, hasta caer en el más profundo de los olvidos.
Resulta estremecedor ver cómo ponemos nuestras ganas y nuestras fuerzas en las cosas que mueren. Es lo que en tantas ocasiones el Papa actual ha denominado como “cultura de la muerte”. Es el afán desordenado por “tener”; creyendo que, de esta manera, obtendremos las seguridades de las que carecemos. Hemos olvidado, una vez más, que sólo en el “ser” uno adquiere su verdadera dignidad, y el sentido de las cosas del mundo. San Pablo nos da la clave: “Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. Y, una vez más, hay que repetir que no se trata de caer en el maniqueísmo de pensar que todo lo que nos rodea es malo, sino de darle el valor y la importancia que tienen: ser meros instrumentos que nos acercan, precisamente, a ese conocimiento de Dios. No son un absoluto en sí mismo, porque entonces se convertirían en ídolos, y Dios no tendría cabida en nuestro interior.
Sin embargo, hay otros comportamientos que, sin ser materiales, pueden hacernos tanto o más daño. Se trata de nuestros juicios y nuestros criterios particulares. Leemos en el Evangelio de hoy: “La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Como vemos, esos escribas y fariseos no apelan en realidad a la autoridad Dios, sino que se apoyan en una mentira: convertirse en jueces del mundo. El enfrentamiento de Jesús con estos personajes resulta sorprendente. Utiliza sus propias armas y, por eso, apela a lo más profundo de ellos mismos: su conciencia. Y es en ella donde descubrimos nuestra auténtica desnudez, y la necesidad de algo más que apoyarnos en palabras y gestos.
“E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”. No sabemos a ciencia cierta qué escribiría el Señor con el dedo en el suelo. Sí sabemos, sin embargo, que se presentó en el templo, después de haber pasado toda la noche en oración en el monte de los Olivos… E intuimos lo verdaderamente “nuevo” en Cristo, y que Dios ya había anunciado al profeta Isaías, y que aún, debido a la dureza de nuestro corazón, somos incapaces de advertir: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

LA REBOTICA

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Jeremías 11, 18-20; Sal 7, 2-3. 9bc-10. 11-12; san Juan 7, 40-53

Mientras escribo este comentario me estoy poniendo el termómetro, no estoy “muy católico”, pero tampoco tengo tiempo de ponerme enfermo, así que veremos qué pasa.
Es curioso, al menos en España, la cantidad de “médicos en potencia” que existen. Creo que en la mayoría de las casas existe una verdadera farmacopea que haría las envidias de más de un dispensario del Tercer Mundo y, además, todo el mundo sabe de medicina, todo el mundo ha estado enfermo de lo mismo que tú, todo el mundo conoce qué medicamento tomar y todo el mundo ha estado peor que el que tiene enfrente. Mucha gente se automedica y conocen más remedios a todos los posibles males que el farmacéutico, son como ratones de rebotica, “olisqueadores” de enfermedades, sabios de prospecto, su parque temático es la farmacia y su cuento preferido la enfermedad. Hace poco contaba un amigo que en su farmacia entró una mujer llorosa, otra señora le pregunta qué le pasaba y recibe la contestación: “Se ha muerto mi hija”. La otra ni corta ni perezosa le quitó la palabra de la boca y dijo: “¡Uy!, eso tiene que ser doloroso, pero no es nada comparado con mi lumbago, eso si que duele.”
“El Señor me instruyó y comprendí, me explicó lo que hacían”, ésa es la actitud del cristiano, dejarse instruir por Dios y su Iglesia. El que escucha a Cristo no es bueno que se “automedique”, siempre encontrará un bálsamo, una pomada, una pastilla o hasta un supositorio que le quite los síntomas de la fiebre, pero no la enfermedad. “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él?” y cuando lo encuentran sacan la siguiente receta: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.” Dejarse instruir es difícil, en el fondo a todos nos gustaría un Salvador mas “triunfante” según nuestros criterios, nos gustaría una vida más sencilla, más a nuestro gusto, al alcance de nuestra “rebotica” particular, sin tener que acudir al “médico de las almas” que tal vez nos diagnostique una enfermedad que no queremos tener pues es muy duro el tratamiento, pero es el único que sana, no se cura un cáncer con “Desenfriol”.
“Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, pruebas las entrañas y el corazón.” ¿Por qué tantos huyen de la Confesión sacramental de sus pecados? Porque no quieren reconocer su enfermedad, quieren ocultar su ceguera con la excusa de “ser un poco corto de vista”, su lepra con el convencimiento que es “un lunar algo grande”. Tú no seas así, deja que el Señor entre en tu vida hasta el fondo, que ausculte y descubra las raíces de tu pereza, de tu falta de entrega, de tu sensualidad, de lo encogido de tu caridad, de tantas justificaciones para tus pecados. No creas que tapando la realidad (“¿También vosotros os habéis dejado embaucar?”) se sana el pecado. Acude al único que conoce tu alma, “que salva a los rectos de corazón” y, aunque el remedio sea la entrega hasta la cruz, no tengas miedo, es la medicina que salva, que llena de vigor, que hace alegre la entrega y contenta el espíritu. El único “medicamento” en la rebotica de María es su Hijo, acude a Él y quedarás sano.
No parece que tenga fiebre, a trabajar.

LO QUE DA GRIMA

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Sabiduría 2, la. 12-22; Sal 33, 17-18. 19-20. 21 y 23; san Juan 7,1-2.10.25-30

Heidi –así no se llama, pero como es chinita y su nombre es impronunciable para nosotros y podríamos decir una blasfemia en lenguaje mandarín la conocemos así y responde- entró en el bar con su cargamento de Cds y DVDs perfectamente pirateados (hasta que intentas verlos) mientras mi coadjutor y yo nos tomábamos un cafecito. En una mesa cercana un chavalote de los que presumen de “machotes” (gafas de sol sobre la cabeza, camiseta sin mangas marcando pectorales y enseñando bíceps de gimnasio, moreno de horas de rayos uva) y rodeado de tres chicas que le escuchaban con cara de escepticismo o aburrimiento, pues me imagino que la conversación que acaparaba el “gachó” era monotema: él mismo. Heidi se acerca a la mesa de estos jóvenes llevando en primer lugar de los DVDs la película de la Pasión de Mel Gibson que se vende muy bien y los chinitos tienen muy buen ojo para estas cosas. Mientras una de las chicas ojeaba el resto de las películas nuestro machote particular coge “La Pasión” y comenta en voz bien alta: “¿Quién puede querer ver esto?. Da grima, todo lleno de sangre y para ver a un tío sufrir, es una salvajada. Hay que ser un fanático para que a alguien le guste tanta sangre y bestialidad”. Se quedo él tan satisfecho de su bravuconería y Heidi se quedó con su película aunque no entendió nada, pues en castellano sólo sabe contar hasta diez (lo que rebaja bastante los precios).
Esa tarde vi “Master & Commander”, preciosos barquitos, encantadores animalillos, idílicos paisajes, música encantadora, vísceras al aire, miembros amputados, heridas de todos los tamaños y variedad de formas, cuellos segados, plomo atravesando los cuerpos, en definitiva una “aventura épica”.
“Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; (…) es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima.” Ahora comprendo la reacción del chavalote del bar, seguramente él no lo sepa pero conoce en el fondo de su corazón que la muerte de Cristo no es fruto de una reyerta, de una pelea, de una maldita casualidad; sabe que la muerte de Cristo es por él, por sus pecados, sabe que a Cristo lo recibió con alegría en su Primera Comunión, que el sacerdote cuando depositaba en su boca la Sagrada Forma era ese cuerpo al que veía deshecho en la carátula, que le había perdonado sus travesuras infantiles cuando recibió la absolución y escuchaba: “Yo te absuelvo” y era ese que veía destrozado ahora en un dibujo de la portada quien se lo había dicho. A veces el Señor se acerca “no abiertamente, sino a escondidas” y le descubrimos donde menos esperamos y, aunque nunca nos acostumbremos a encontrarnos la cruz (eso sí que sería una blasfemia) tenemos, como María, que ir conociendo los “secretos de Dios”, su amor que es inconmensurable, que nos “desarma” completamente.
Ese Cristo que ves en la cruz no es un desconocido, no es un recuadro de la sección de sucesos, no es “una cifra más”, es aquél que tanto conoces y que tanto te conoce, que tanto te quiere, que tanto ha hecho y hace por ti. ¿Lo despreciarás indiferente?

UN RESPIRO

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Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10. 11 ; Hebreos 10, 4-10; san Lucas 1, 26-38

Todos los veranos suelo subir a lo alto de un monte a celebrar Misa en memoria de un salesiano amigo. Todos los veranos, cuando llego arriba, me acuerdo de Ricardo, el Salesiano, de San Juan Bosco, de los dos paquetes de Ducados que me fumé el día antes, del chuletón del día anterior, del michelín izquierdo y de lo bien que están situadas las Iglesias en medio de los pueblos y no en lo alto de los montes. Todos los veranos, cuando subo al monte, un amigo tiene ya preparado allí, en lo alto, un bocadillo de atún con pimientos que es una delicia: tras un par de mordiscos y un par de tientos a la bota de vino, se empieza de verdad a disfrutar del monte, de la altura que domina todo el paisaje, del aire que se respira (mucho más sano para fumarse un cigarrito en condiciones) y del celebrar la Eucaristía en incomparable marco e iniciar el descenso por la tarde, después de una buena comida.
La solemnidad de hoy, la Anunciación del Señor, es (salvadas las distancias, faltaría más) como el bocadillo de atún con pimientos de piquillo. Estamos avanzando en la Cuaresma, caminando hacia la cruz, descubriendo toda la dureza del camino, tropezándonos una y otra vez con nuestros pecados, raspándonos las piernas con las espinas de nuestras infidelidades, magullándonos con ese íntimo pavor a convertirnos de verdad y perder nuestros pequeños y absurdos tesoros. Parece que no tiene nada de agradable esto de la Cuaresma, además ya hemos vivido unas cuantas ¿y qué?, ¿Hemos cambiado alguna vez radicalmente nuestra vida?, ¿Hemos dejado de confesarnos de alguno de esos “pecados de siempre” después de alguna Cuaresma porque no lo cometamos más? ¿Nos han valido para algo tantas Cuaresmas anteriores?. Es algo parecido a lo que pasa a mitad de la montaña, empiezas a pensar que sería mejor hacer la Misa en la parroquia del pueblo, que así podría ir más gente, que es tontería después de tantos años seguir subiendo, que… Puedes tener toda la razón , pero el bocadillo de atún con pimientos, si te lo comes en tu cocina o en el mejor restaurante, no te sabe igual.
“Alégrate”, “No temas”, “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”, son las palabras con las que el ángel Gabriel comienza sus frases a la Virgen y no se oyen igual desde el sofá del salón de tu casa. Si no estás caminando por la Cuaresma el anuncio más grande que la humanidad entera ha recibido, la noticia más impensable e inconmensurable de todos los tiempos, no te sabrá a nada, preferirás “comer” otra cosa.
Con la Solemnidad de hoy sabemos que no caminamos para nada, que seguimos a Dios hecho hombre y “entonces yo digo:

“ER” GITANILLO, o “PRACTICANDO EL CALÓ”

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Isaías 49,8-15; Sal 144, 8-9. l3cd-14. 17-18; san Juan 5, 17-30

Muchos días, cuando voy de un templo a otro de la parroquia, me cruzo con grupos de gitanillos que juegan en la calle. Alguna vez me miran y preguntan: ¿Tú “erej” cura? Y tras la contestación afirmativa se despiden “adiós cura” y siguen sus juegos.
Un día uno de ellos, moreno como la “jet-set” marbellí, que no llevaba los moquillos colgando pues ya tenía un generoso muestrario en la camiseta y que ese día no tenía con quién jugar y sí ganas de conversación, me abordó y comenzó con la consabida pregunta: “¿tú “erej” cura?”. “¡Claro!”, le contesto y entonces –mientras daba vueltas mi alrededor y gesticulaba ampulosamente- me hace una pregunta para poner a prueba mis conocimientos (escasos, por cierto) de teología: “Si a ti te dan un cuchillo, “pá” donde apuntas, ¿pa´rriba o pa´bajo?”. “No sé –contesté desconcertado- espero que nunca me den un cuchillo, pero si es así me imagino que lo sujetaría hacia arriba, para no dañar a nadie”. “¡Hala, hala, hala, “er cura”! –contestó el chaval- pa´rriba no, que está Dios y si erej cura no querrás acuchillar a Dios, hay que tenel´lo pa´bajo, pal demoño, ca ese sí hay que acuchillal´lo”. El gitanillo estaba escandalizado de mi ignorancia y yo asombrado de la respuesta, así que le prometí que si alguna vez me daban un cuchillo lo mantendría hacia abajo, pero con cuidado de no hacer daño a nadie.
“Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo violaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios”. Estamos en Cuaresma, recordando nuestra iniciación cristiana, nuestro bautismo. Ese día tal vez lejano en el tiempo, pero actual día a día en que fuimos hechos –engendrados de nuevo- Hijos de Dios. Tal vez seamos hijos adoptivos pequeños, mocosos, ignorantes a los ojos de los sabios de este mundo, pero con el cariño inmenso del gitanillo en no ofender de ninguna manera a nuestro Padre Dios, de no poner ningún cuchillo “pa´rriba”.
¡Ser hijos!. “Os lo aseguro: el Hijo (con mayúsculas, la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada en las purísimas entrañas de María), no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre.” ¡Ser hijos!, sí, de adopción, pequeños, mocosos e ignorantes, pero: ¡hijos!. ¿Te das cuenta?. Tú y yo cuántas veces queremos enmendar la plana a Dios, emanciparnos de su amor, pensar que “me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado”, como si fuésemos funcionarios, conocidos, primos terceros o yo qué se qué. Pero: ¡Somos hijos!. “¿es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré.”, te dice tu Padre Dios.
“Os aseguro …” oímos repetidamente en el Evangelio de hoy. Vamos a hacerle caso al Señor, vamos a callar tantas voces sin sentido que nos rodean, vamos a dar crédito al único que puede llenar nuestro corazón, nuestras ansias de vida, lo que somos, quienes somos.
“Os lo aseguro”, nos dirá también nuestra Madre del cielo, vale la pena dar la vida al Señor de la Vida, (volvemos a las mayúsculas), al único juez cuya sentencia será justísima e irrevocable. El cuchillo de mi lengua, de mis criterios, de mis prejuicios, de mis olvidos, de mis desprecios, de mi autosuficiencia, …, siempre “pa´bajo”, nunca “pa´rriba”, hacia Quien sé que me quiere.

RESPETUOSO TEMOR

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Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45, 2-3. 5-6. 8-9 ; san Juan 5, 1-3. 5-16

El casi siempre genial grupo argentino “Les Luthiers” en su “Visita a la universidad de Wilstone” tiene un pasaje en que cuenta: “La atmósfera seria y solemne de las clases ha cambiado mucho últimamente, sin embrago cierto respetuoso temor no ha desaparecido de las aulas, sigue existiendo,… en los profesores.” Algo parecido pasa en nuestras iglesias, cierto respetuoso temor a hablar del infierno no ha desaparecido de las predicaciones, sigue existiendo,… en los sacerdotes.
Treinta y ocho años, unos 13879 días, al borde de una piscina. Viendo día tras día que otro se te adelanta en tirarse a la piscina sanadora, que nadie te ayuda pues cada uno piensa en sí mismo o en su enfermo. ¿Se podría pensar una tortura más dura?, ¿Mayor impotencia y pasar minuto tras minuto sintiéndote inútil y sentirse frustrado cada día cuando viese la zambullida de otro en el agua?. Es difícil pero: “Mira, has quedado sano, no peques más no sea que te ocurra algo peor.” ¿Peor? Sí, convéncete, el pecado es peor que la más dura enfermedad corporal, alejarse de Dios, rechazarlo en nuestra vida es abandonar el torrente de vida y adentrarse “en el mar de la aguas pútridas”, es huir de la alegría para echarse en brazos de la eterna melancolía, de la tristeza embriagadora, del odio eterno a todo y a todos, incluso a sí mismo.
“Cierto respetuoso temor”, hablar de la posibilidad cierta y real de la condenación no es agradable, puede parecer que vamos a “meter miedo” a la gente, que lo importante es “el amor” (dicho con tono melifluo y ñoño), que no es un asunto con el que tengamos que “asustar”. En el fondo el miedo está muchas veces en los predicadores a plantearse realmente que se juegan la vida eterna, es el intento de auto-convencerse de que lo que se silencia no existe, es el tapar tras el gesto displicente, la mueca burlona o el comentario sarcástico, una realidad que tememos y que creemos, como niños pequeños, que si nos tapamos los ojos desaparecerá.
“No sea que te ocurra algo peor”. Ciertamente si fuésemos conscientes de todos los dones que Dios nos da, de las veces que nos ha levantado de nuestra postración y nos ha dicho: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”, seríamos incapaces de ser tan ingratos de olvidarlo y ni imaginarnos el apartarnos de su lado, de hacer nada que Dios no quiera, de tener otro pensamiento, otra alegría, otra ilusión que no sea estar a su lado y anunciarle a todos y en todas partes. Pero eso sólo lo ha conseguido Santa María que no contaba con el lastre del pecado, que tenía el corazón libre para amar completamente a su Dios y Señor. Nosotros, tristemente, participamos del pecado, nos olvidamos de la infinitud de los dones de Dios, de las gracias diarias que recibimos, del amor entrañable, profundísimo y constante de Dios, “las maravillas que hace en la tierra”. Por eso nos viene estupendamente, a nosotros y a los que nos oyen, que les recordemos la fea cara del pecado, como tras lo que se presenta como agradable, deleitoso o más tristemente, indiferente, se encierra la inmundicia, la desolación, la muerte eterna. El infierno existe y tenemos que recordarlo, ya que, si lo callamos, tal vez algún día nos encontremos allí con un ex – amigo que nos escupa a la cara, nos mire con ira y nos pregunte por qué nunca le habíamos hablado de que éramos capaces de abandonar el amor a Dios, que éramos tan libres para elegir y elegimos lo peor. Santa María, reina del cielo que nunca, nunca, me ocurra.

H.L.Q.P.

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Isaías 65, 17-21; Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-12a y 13b ; san Juan 4, 43-54

Doce jóvenes de mi parroquia formaron hace casi un año un grupo de teatro que bauticé con el nombre de H.L.Q.P. (siglas de Hacemos Lo Que Podemos), nombre con el que se han quedado. Después de unos cuantos meses de ensayos más o menos provechosos, de enfados, mosqueos y demás, hace un mes representaron la obra “Al final de la cuerda”, de Alfonso Paso. Cuando veía el último ensayo pensé que no estrenarían la semana siguiente: Los movimientos en el escenario eran torpes, casi siempre daban la espalda al público (respetable, desde luego), se olvidaban el papel e incluso eran incapaces de olvidarlo, pues nunca se lo habían aprendido completamente. Llegó el gran día, el salón de la parroquia rebosaba con 150 espectadores y algunos de pie junto a la pared, los actores y actrices se habían puesto los disfraces por primera vez, las maquilladoras y peluqueras hacían maravillas. A petición de los propios representantes rezamos un avemaría y pasados unos pocos minutos se levantó el telón. Aparecieron las dos primeras actrices en escena y comenzó la obra. Lloré de risa, cada uno estaba en su papel, cuando tuvieron que improvisar lo hicieron con gracia y soltura, los gestos y la entonación eran los precisos y expresivos, el público se metió en la obra y avisaba a los actores de lo que sucedía a sus espaldas cada vez que aparecían moviendo un cadáver (era parte de la obra) de un lado a otro de la casa, rieron y aplaudieron a rabiar. Los integrantes de H.L.Q.P. disfrutaron y ya están ansiosos de preparar la siguiente obra y leerse “Los habitantes de la casa deshabitada” para empezar a aprendérsela.
“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”. Parece que Jesús en Galilea no se sabe su papel, como los actores de la parroquia parece que no lo hace bien, porque aparentemente Jesús no es espectacular, no aprovecha el “tirón” de la gente, parece descolocado de su sitio y parece que, si sigue así, el día del estreno con público será un fracaso. Podía haber ido a casa del funcionario real –tal vez viviese en palacio, junto a Herodes que había oído hablar de Jesús y estaba esperando ver un milagro- haber impuesto las manos al niño tras elevar los ojos al cielo y cogiéndolo de la mano presentarlo ante la multitud que esperaría a la puerta y que le aclamaría como Mesías. Pero no, le basta con un simple: “Anda” dicho al funcionario real y que tal vez nadie más oyó. El funcionario se fió y el resultado, escondido a los ojos de las masas, fue el buscado, por eso, al ver tal maravilla, “creyó él con toda su familia”.
A veces nos pasa algo parecido al celebrar la Santa Misa, pensamos que la Palabra de Dios proclamada no es bastante, que las palabras “Esto es mi cuerpo” y “Este es el cáliz de mi sangre” van a ser poco efectivas, que, no impresionarán bastante, e inventamos. ¡Qué bonita eucaristía tuvimos en una convivencia!, me decía hace poco un joven, “hablamos todos, dimos nuestras opiniones, el prefacio y el canon de la Misa fue muy cercano (y muy inventado añado yo), fue entrañable, me llenó”. ¿Es entrañable estar en el calvario?, ¿Qué comentaríamos –tal vez como curiosos espectadores de la Pasión- a las palabras de Cristo en la cruz?. Dios no es “espectacular”, puede parecer que la obra de la salvación nunca va a llegar a estrenarse, que hace mal los gestos y que será un fracaso si no le enmendamos la plana. Pero la obra de la salvación se realiza en cada Misa que tiene cientos y miles de espectadores del cielo aunque sean pocos los de la tierra, y acaba siempre con una aclamación de admiración por el inmenso amor de Dios a los hombres. Santa María te acompaña en cada Misa, pídele que te ayude a estar mirando con toda la Iglesia a la cruz y no despistándote en invenciones absurdas.

EL DISCO DURO

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Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7 ; Corintios 5, 17-21; san Lucas 15, 1-3. 11-32

Jamás lo pensé, cuando conseguí un ordenador (computadora para Hispanoamérica), con un disco duro de 9,41 GB. pensé: “Esto no lo lleno en mi vida”. Aunque el transcurrir de los años, los nuevos sistemas operativos y programas más potentes me hicieron comprar un segundo disco duro de 40 GB. “Esto ya es eterno, volví a pensar, casi 50 GB., de aquí a la tumba y aún me quedará espacio libre en el disco para mis herederos”. Mientras escribo este comentario ha saltado la alarma que me indica que: “a su disco duro le queda poco espacio libre, libere espacio o no podrá seguir trabajando”, no sé si podré terminar el comentario de hoy, y lo más triste es que todos mis comentarios, trabajos, archivos, fotos, etc., los guardo en copias de seguridad y no en el disco, pero el trabajar con películas y la creación de DVDs ha convertido mi “eternidad de espacio en disco” de la que estaba tan orgulloso, en un rinconcito oscuro del cuarto de las escobas. Habrá que lanzarse con uno de 200 GB. aunque ya no confiaré en que no se llenan nunca.
Hemos superado el primer párrafo sin más avisos estúpidos del ordenador, así que vamos a lo nuestro. “Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación”, hoy en muchas partes se celebra el día del seminario (¡qué tiempos aquellos en que sólo se llevaba la carga de nueve formadores y no de quince mil feligreses!), así que me permitirán que me centre en el sacerdocio. Al sacerdote se le está maltratando mucho últimamente, aparecen ante el mundo todas nuestras miserias, nuestras deficiencias y pecados. Nos meten a todos en el mismo saco de pederastas, reprimidos sexuales, dictadores, “fachorros”, autoritarios y anticuados y no me importa que nos traten así, pues unos y otros llevamos las cargas y sufrimientos de todos los hombres y especialmente de los hermanos sacerdotes y si todo el mundo hablase bien de nosotros sería que lo estaríamos haciendo muy mal. Pero a veces los sacerdotes nos podemos “achantar”, venirnos a menos, avergonzarnos de nuestro estado, no transmitir la alegría de nuestra vocación de entrega de la vida a la Iglesia por Cristo, de recibir el regalo de “el servicio de reconciliar”, de traer a Cristo al altar, de perdonar efectivamente en su nombre, de ayudar en la enfermedad y al bien morir, de proclamar su palabra y tantos momentos gozosos aunque sea cargando con la cruz propia y de los demás.
Desde que soy sacerdote me siento como mi disco duro, cada día que pasa, cada experiencia buena o mala, cada eucaristía celebrada mejor o peor, cada confesión que escucho aunque sea rutinaria, cada salmo del breviario, me va llenando y lo que parecía que ya era bastante para toda la vida te das cuenta de que Dios lo sobrepasa en el amor: cada día disfruto más –aunque nos insulten-, y noto con claridad que esta aventura divina no tiene límites que yo pueda poner porque el amor de Dios no tiene fronteras. Cada momento recibo ese aviso “disco duro lleno del amor de Dios” y voy quitando todo lo que no utilizo o me estorba para que esté sólo Él y con Él toda la humanidad a la que abraza como al hijo pródigo. ¿Tiempo para aburrirme?. Me falta tiempo para vivir más, para servir más, para entregarme más.
Si Dios te pide a ti, a tu hijo, a tu amigo, a tu hermano que se entregue como sacerdote, no pongas obstáculos, encontrarás la felicidad que nunca creías que podrías alcanzar, que tu disco duro también se queda pequeño. Santa María, madre de los sacerdotes, ayúdanos a caminar con la cabeza bien alta por la calle, pues esa cara que mostramos no tiene que ser la nuestra sino la de tu hijo Jesucristo, aunque sea el momento de mostrarse lacerado y magullado en lo alto de la cruz. Hoy una oración por todos los sacerdotes. Me voy al sagrario.

diciembre 2017
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