¡QUE NO ME TOQUEN!

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3; Sal 85, 1-2. 3-4. 5-6 ; San Marcos 5, 21-43

“Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado”. Acudir a Dios en todo momento es tan necesario como el respirar. ¡Qué importante sería dar un sentido divino a las cosas más normales, o esas otras que nos contrarían cada jornada! El mero hecho de levantarnos por la mañana, o cuando nos importuna el vecino de arriba, o ese esperar la cola del autobús, o el conductor que ha hecho una maniobra que nos exaspera… ¡Pues sí!, todos esos son instantes en los que cabe Dios. Y es que cuando el salmista apela a la atención de Dios, nos está recordando que por mucho que hagamos o valgamos, nada podremos hacer verdaderamente bueno si no es contando con que somos hijos de Dios… “pobres desamparados”, y que necesitan la ayuda de Aquél que lo puede todo. No se trata de falsas humildades, sino del reconocimiento de lo que somos.

“¿Quién me ha tocado?”. Cuántas veces en el metro o en el autobús, por la mañana temprano, y de camino al trabajo o a la escuela, vamos apretujados… y cada uno a lo suyo. Unos leyendo un libro o el periódico, otros con los ojos aún cargados de sueño, y la mayoría con la mirada perdida en sus preocupaciones o en su imaginación. A veces, una parada brusca o una curva cerrada, nos hace perder el equilibrio y molestamos (o nos molestan) al que tenemos al lado. A pesar del correspondiente “perdón” o “disculpe”, a uno en su interior se le escapa: “¡que no me toquen! Somos tan “nuestros” que hay momentos o situaciones que nos fastidian de manera especial. La susceptibilidad que hemos adquirido parece que nos la ganamos a pulso. Sin embargo, nos es algo que podamos llamar, precisamente evangélico. No nos imaginamos al Señor, por ejemplo, con esos remilgos hacia su persona, más bien lo contrario: Él sabe “sintonizar” con el dolor, el sufrimiento o la necesidad de quien tiene junto a sí.

Resulta maravilloso observar, por otra parte, con qué naturalidad responden los discípulos de Jesús a la pregunta de quién le ha tocado. Incluso, podríamos imaginarnos a Pedro buscando al responsable de semejante atropello contra el Señor. Sin embargo, ¡no se enteran! No han adquirido aún la sensibilidad de lo que supone poseer la gracia de Dios “a flor de piel”. Es necesario recordar que, a pesar de nuestra pobreza, y que necesitamos constantemente de la ayuda de Dios, poseemos un tesoro maravilloso: su Gracia. ¡Sí!, en mayúsculas porque es un regalo verdadero que procede de Él. Podríamos reírnos de la conocida frase “que la fuerza te acompañe” de la Guerra de las Galaxias, si alcanzáramos a comprender el poder de la gracia de Dios… aunque sólo fuera con la fe de un grano de mostaza.

“No temas; basta que tengas fe”. Éste es el secreto. Pero la fe no se adquiere ni en los libros, ni en las revistas, ni en las recetas. Viene por otro camino. Aquí sí que es preciso gritar: “¡Que me toquen!”; que la gracia de Dios inunde todos los poros de mi ser y “toque” las durezas que entorpecen mi corazón.

Yo se lo pido a Dios todos los días. Es la mejor manera de llegar a Él. Ya verás cómo en algún momento tendrás la posibilidad, aunque sólo sea rozándolo, de tocar el manto de Jesús (una sonrisa a tiempo, un no protestar ante lo ingrato, un callar ante la crítica injusta,…). Entonces sentirás la fuerza de Dios, y aunque los demás se rían sentirás la caricia de Dios que, volviéndote a tocar, te dirá: “¡ánimo, levántate!”.

A LA HORA DEL SUFRIMIENTO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Malaquías 3, 1-4; Sal 23, 7. 8. 9. 10 ; Hebreos 2, 14-18; San Lucas 2, 22-32

“Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”. Uno de los dramas más grandes de la humanidad es el del sufrimiento. Se trata de un misterio al que se ha intentado dar respuesta de mil maneras a lo largo de los siglos. Nos interrogamos acerca de aquellos que, sin merecerlo, sufren persecución, hambre, injusticia, dolor… o muerte. Incluso, en ocasiones, somos capaces de preguntarnos cómo puede Dios permitir semejantes situaciones. Sin embargo, no hace falta que indaguemos mucho en la vida de Jesús para descubrir que si alguien verdaderamente sufrió fue Él. Entonces, ¿cómo Dios permitió que trataran a su Hijo de semejante manera?

Casi todas las mañanas suelo desayunar en la misma cafetería; y casi todos esos días se acerca una mujer mayor a pedir una limosna. Se aproxima con su viejo cazo de hojalata en el que hay algunas pequeñas monedas, y con la mano temblorosa da las gracias cuando mi amigo Paco le ofrece unos céntimos. Sientes en tu interior una sensación de impotencia, y a la vez no desearías que se te acercara, sobre todo cuando sorbes el café caliente o muerdes la barra de pan con tomate y aceite… Pero también está Mario, un joven delincuente que ha estado varias veces en la cárcel, y que ahora se pasea por nuestra plaza: “¡Hola Padre, hoy me toca!”; y le das el euro correspondiente, o bien, “hoy no llevo, mañana te daré”. Estas escenas se repiten constantemente, y uno se pregunta: ¿qué puedo hacer?, ¿no se lo habrán merecido?, o murmullas un “¡que me dejen en paz!

Es importante ver al Señor y observar de qué manera atendía a todos aquellos que acudían a Él. Es evidente que hizo muchos milagros, curó enfermedades y dio de comer a miles de personas en la multiplicación de los panes y de los peces. Pero, ¿fueron curados todos los hombres?, ¿desapareció el problema del hambre en la tierra?… Más bien, Jesús recordó a sus discípulos que “pobres” los habría siempre. Y el primer ejemplo fue Él mismo: fue considerado como un criminal, sufrió cuarenta azotes menos uno, y murió crucificado de forma ignominiosa.

“Porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Jesús recordará a sus discípulos, una vez hubo resucitado, que era necesario que ocurriese todo eso, y que quizás ahora no lo entenderían, pero llegaría el momento de saberlo. ¿Tú y yo lo hemos comprendido?… ¿Somos capaces de entender la provisionalidad de todo lo que poseemos?

A la hora del sufrimiento nos evitaremos multitud de problemas cuando seamos capaces de aceptar la invitación del Señor: “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados”. No existe otro camino. Así pues, tanto en el dolor ajeno como en el personal la única medida es Cristo: ¡Él ha pasado por ello antes que nosotros!; ¡Él ha asumido nuestra condición hasta dar la vida por ti y por mí!

… Y mañana, cuando Paco vuelva a darle una moneda a esa pobre anciana, o me encuentre una vez más con Mario, sabré que además del sufrimiento humano existe un silencio divino que grita a través de esos rostros: ¡almas!, ¡almas!; Dios tiene sed de almas.

LAS PALABRAS SE GASTAN

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. l5ab y 17 ; Corintios 12, 31-13, 13; San Lucas 4, 21-30

Mientras escribo este comentario una pareja está contrayendo matrimonio en la parroquia. No se si leerán la segunda lectura de este domingo pues la ceremonia es en polaco y, aunque sea sacerdote, no me entero “de la Misa la mitad”. Sea en polaco, en perfecto castellano o en latín clásico, no es sencillo comprender la profundidad de la carta de San Pablo a los Corintios; la palabra amor se usa tanto y tan mal que parece que pierde su sentido, su profundidad, su hondura, es como si por tan repetida se gastase. El amor del que habla el apóstol es el Amor (con mayúsculas) que tiene su medida en el Amor de Cristo que es el amor sin medida.
Las palabras se gastan de usarlas demasiado, el usar palabras con demasiada frecuencia y para excesivas cosas, hace que las perdamos el respeto, el cariño y al final pierdan el sentido, es como el chaval de mi parroquia que para casi todo dice “guay” (que ya lo admite el diccionario) y al final no sabes si cuando te dice “guay” está diciendo estupendo, de cuerdo, fenomenal o simplemente paso. Los habitantes de Cafarnaún también gastaron el nombre de Jesús, le conocían demasiado, le habían visto crecer, habrían jugado con él, le encargarían cosas para el taller de José y, por eso mismo, querían algo espectacular, algo que se saliese de lo normal, le escuchaban atentamente pero esperando que les diese la razón, que se “luciese” especialmente en su pueblo y cuando les niega el espectáculo se sienten defraudados, enfadados y querían despeñarlo por un barranco (en aquél entonces no se andaban con remilgos).
A veces nos puede pasar algo parecido, tenemos el nombre de Jesús muchísimas veces en los labios, usamos el nombre de Dios continuamente y se nos hace tan familiar que, al final, esperamos algo espectacular de él y pasamos por alto el amor continuo de Dios por nosotros. “Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré”, ¡que amor tan grande el de Dios!, desde siempre te ha escogido como hijo, cada día puedes hablar con Él en tu oración personal, puedes recibirlo en la Eucaristía, leer su palabra que se dirige a ti especialmente y sentir la ternura de su perdón en el sacramento de la reconciliación. ¿Qué mas espectacular que ese amor diario de Dios?, si esperas “otras cosas” de Dios te sentirás decepcionado o lo relegarás a un puesto muy secundario en tu vida.
Hoy, domingo, dedícale el tiempo que Él se merece. Trátale como le trataría su madre, nuestra madre, María, con ese amor agradecido que jamás pasa, que disfruta de estar junto al amado, con el que no hay tiempo, ni prisas, ni se espera que haga nada más especial que quererte. Repítetelo hoy y siempre; Sé que Dios me quiere, sé que él es el Amor y que me llama a amar, y entonces descubrirás lo espectacular que Dios hace en cada instante en tu vida.

ESAS ALEGRÍAS TAN BREVES

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50, 12-13. 14-15. 16-17 ; San Marcos 4, 35-41

“Noches alegres, mañanas tristes; borracho mío…¿dónde estuviste?.” Cada vez más personas los domingos por la mañana (o lo que ellos llaman “por la mañana” ,es decir, hacia las dos del mediodía), mascan en su boca la reseca, el resultado de ese “planazo” propuesto el día anterior y que, casualmente, era el mismo de todos los fines de semana, que dejará huellas en sus neuronas y en su hígado, pero no en su corazón. Buscar la alegría parece difícil, siempre va unida al miedo a que se acabe (“poco dura la alegría en casa del pobre”, por seguir con los dichos), a que la alegría sea un momento y que la época de prueba dure bastante más. Por eso se nos proponen alegrías momentáneas, una tras otra, esperando que no se acaben o, por lo menos, que nos hagan más corta la espera entre un momento placentero y otro, entre una copa y otra, una pastilla y otra, un “rollete” y otro. Hay que “vivir el momento”, “Carpe Diem” que nos grita el “Club de los poetas muertos” y un montón de películas en que se exalta el hacer lo quieras, cuando quieras, pero sin consecuencias posteriores, y que además llenan la vida de “no momentos” pues parece que es imposible “vivir intensamente” la rutina del trabajo, el estudio, los ratos con la familia…, y esos ratos se convierten en “no momentos”.
El “Carpe Diem” del rey David fue Betsabé, aprovechó “tanto” el momento que tuvo un hijo pero ¡a qué precio!, al precio de mandar matar a Urias, al precio de la muerte posterior de su hijo, al precio de perder su relación de amistad con Dios que le había designado rey de Israel. Visto desde fuera parece una barbaridad y alguno exclamará ¡Qué Dios tan cruel!, como David exclamó: “¡Vive Dios, que el que ha hecho esto es reo de muerte!” pero al comprender su pecado sólo le queda buscar la misericordia de Dios, tener ante Dios “un corazón puro”, pues comprende que ese “momento” de su vida con Betsabé no es un hecho aislado, David no tenía “no momentos”, toda su vida era delante de Dios que lo había elegido, lo había ungido y le mantenía en su presencia. Por un instante de placer, de falsa felicidad, sufrió la amargura. Sólo él y Natán comprendieron la profundidad de su pecado y, por seguir con los dichos, “en el pecado llevó la penitencia”.
A nosotros nos toca aprovechar el momento, cada momento, como si fuera el último pero sabiendo que en nuestra vida no hay “no momentos”. Cada cosa que hagas, la más espectacular o la más rutinaria, la haces en la presencia de tu Padre Dios que te quiere en cada instante, que ama – como los padres que miran embelesados los primeros pasos de sus hijos- cada uno de tus pensamientos , de tus acciones, de tus sentimientos.
Te parecerá que esto no es posible, que Dios no puede comprender el ajetreo de tu vida diaria, que estás en medio de un mar proceloso, de una tormenta en la que es imposible encontrarte con Dios, pero escúchale en el fondo de tu alma, el Señor dirá a tanta actividad desordenada: “Silencio, cállate!” y te vendrá una gran calma pues estarás con Jesús, como lo estuvo María, como lo han estado los santos.

BECKHAM

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel. 11, 1-4a. 5-10a. 13-17; Sal 50, 3-4. 5-6a. 6bc-7. 10-11; San Marcos 4, 26-34

Me resistía a escribir sobre Beckham y compañeros mártires, pero la actualidad manda, según una reciente encuesta entre 2.500 jóvenes de entre 16 y 24 años, sobre las personas más admiradas de la historia los tres primeros puestos fueron para Beckham el actor Brad Pitt y la estrella del pop Justin Timberlake. Jesucristo ocupa el puesto 123, junto al presidente Bush. El responsable de la encuesta ha declarado que “es un poco deprimente”, ciertamente no le falta razón y habría que suspender laboralmente a todos los profesores de historia del Reino Unido (lugar donde se ha hecho la encuesta), mandar a unos buenos ejercicios espirituales a todos los cristianos del entorno y hacer una campaña publicitaria para anunciar a los jóvenes del lugar que la historia es algo más que los últimos diez años.
El mundo dominado por la imagen hace que nuestra casa sea una inmensa azotea desde la cual, como David el rey, vemos bañándose con una belleza deslumbrante a todos los personajes y personajillos de la actualidad y nuestro corazón se va detrás de ellos, aunque haya que mandar nuestra dignidad de personas y de hijos de Dios a primera línea de fuego para que muera junto con Urias, el hitita.
Es curioso, ante la belleza de Betsabé, David se olvida de las palabras que ayer oíamos de sus labios: “¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para que me hayas hecho llegar hasta aquí?” , y le puede la pasión, se olvida del don recibido y se convierte en señor de la vida y de la muerte para cumplir sus caprichos. Beckham y el resto de los famosos presentan una imagen de inmediatez, de cumplir sus caprichos haciendo lo que les gusta. No aparecen en televisión los momentos en que no le apetece ir a entrenar, los tirones o las agujetas, los fracasos de un partido, las humillaciones de los compañeros, las luchas encarnecidas en casa, los momentos de tensión con los hijos, el tener la vida tasada (aunque sea en muchos millones de euros), es decir, todo lo que se hace una vida “normal” y que no desaparece por dar un buen perfil en televisión. Parecería que no ha tenido que luchar en la vida y por lo tanto no se admira a la persona, sino la comodidad, el buen vivir, lo inmediato.
“El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra”, en esto no hay inmediatez, parece ineficaz sembrar un campo y verlo al día siguiente tan yermo y agostado como el día anterior. Quisiera el sembrador que las semillas creciesen de un día para otro, comprar un día la semilla y vender al día siguiente el grano, pero eso no se consigue ni con los transgénicos.
Admira la paciencia de Dios, no te dejes deslumbrar por el vacío de la belleza de Betsabé, de la parcialidad de la vida de los famosos, del “ahora mismo”, y descubre que lo realmente valioso es el amor permanente de Dios en tu vida, a pesar de tus pecados, de tus decepciones. La Virgen te enseñará a admirarte de las obras que Dios hace en ti, aunque no gane encuestas de popularidad.

EL FELPUDO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel 7, 18-19. 24-29; Sal 131, 1-2. 3-5. 11. 12. 13-14 ; San Marcos 4, 21-25

El otro día fui a cenar a casa de unos buenos amigos por la zona de Carabanchel. A la salida la mujer de uno de ellos se fijó en un felpudo de uno de los vecinos, el típico felpudo marrón, seguramente con las palabras “Bienvenido” o más internacionalmente “Wellcome”. Un felpudo es acogedor, indica que una casa recibe visitas, que te dan la bienvenida al llegar y que desean que estés cómodo el tiempo en que te acojan. Todo eso diría ese felpudo si no llega a ser por un pequeño detalle: una cadena sujetaba el felpudo al interior de la vivienda para impedir que nadie se lo llevase. No sé cuántos felpudos habría comprado ya ese vecino pero por la dichosa cadenita se convertía, en vez de un signo de bienvenida, en un insulto, el “Welcome” se trasformaba en “Serás chorizo, ladronzuelo, amante de lo ajeno”. Daba la impresión de que si llamases a ese timbre te encontrarías con un arco detector de metales por si se te ocurría llevarte una cucharilla al salir.
¿Se pone un felpudo para insultar al visitante?; “¿Se trae un candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama?”. Muchos cristianos parecen querer ocultar su condición de creyentes, ocultan su fe bajo una capa de “mundanidad” que hace que la luz de la fe no brille para los demás. Después, en privado, viven la fe con mayor o menor intensidad. Si en el trabajo sale la conversación sobre la Misa de los domingos se guarda silencio o se niega, como si fuera vergonzante que uno practica su fe. Cuando se habla de los hijos parece que todo el mundo está a favor de la parejita y como un exceso de generosidad, si se critica al Papa, a un Obispo o a los sacerdotes se aumenta la carnaza y se hace el chiste facilón o la grosería pertinente (o impertinente). Luego, esa misma persona, cuando vuelva a casa saludará a su mujer, a sus cuatro hijos e irá a dar catequesis a la parroquia. Parece que nos avergonzamos a veces de nuestra fe, como si fuera mérito nuestro el don recibido, no decimos a nuestro Dios como dijo David “¿Quién soy yo, mi Señor, y qué es mi familia, para qué me hayas hecho llegar hasta aquí?” y, agradecidos del regalo de la fe deberíamos mostrarlo a todos, no esconderlo ni ocultarlo.
Deja que se avergüencen los descreídos, los que no reconocen a Dios como Padre, los que van a trabajar solamente por el dinero sin ofrecer el trabajo a su Señor y colaborar con la redención, que no presuman los que son incapaces de dar la vida por los demás pues no conocen ni quieren conocer a Cristo.
No les juzgues, pero no te sientas en inferioridad de condiciones, no quieras ocultar tu fe pues, si de algo has de presumir, es de ser y vivir como hijo de Dios. María no se avergonzó de su Hijo ni cuando desnudo pendía de una cruz como criminal y blasfemo y por eso sigue iluminando a toda la humanidad. Toma su ejemplo y decídete a ser luz.

EL MONITOR

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel 7, 4-17; Sal 88, 4-5. 27-28. 29-30 ; San Marcos 4, 1-20

El monitor de mi ordenador ha decidido tener vida propia y es él quien decide cuando se apaga, cuando está harto de trabajar y cuál es la hora de dedicarse a otras labores. En estas condiciones es difícil trabajar y, a los que no sabemos mecanografía, escribir sin ver la pantalla es una tarea de chinos (que deben hacer siempre cosas muy laboriosas o complicadas). He estado tentado de copiar y pegar directamente el Evangelio de hoy, ¿para qué hacer un comentario cuando es el mismo Señor quien lo hace?: “¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra …”. Con un par de “clicks” me hubiera ahorrado el estar pendiente del estado de ánimo de mi monitor.
“Escuchad”, así comienza la parábola. ¿Qué complicado nos resulta escuchar hoy en día?, hay tantas cosas, tanto ruido, tantas prisas. Cuando alguna noticia no nos gusta cambiamos de cadena, movemos el dial o ponemos un “CD” de Alejandro Sanz que en el fondo “no es lo mismo”.
“El que tenga oídos para oír, que oiga”, así termina la parábola. “Escuchad” ,“oír”, es necesario para el cristiano tener momentos a lo largo del día para escuchar al Señor. Es cierto que se puede hacer oración en cualquier sitio, en el metro, en el coche, en la cola de la pescadería pero… entonces nos pasa como a mi monitor, la cabeza, la imaginación, los pensamientos se suelen descentrar de la Palabra de Dios y, aunque tengamos intención de rezar se apaga nuestro interés y terminamos pensando en el precio de la merluza, en cuántas estaciones tiene la línea 9 o por qué no irá más rápido el automóvil que nos precede. Tenemos que buscar momentos concretos a lo largo del día para escuchar al Señor y, si puede ser delante del sagrario, mejor que mejor. Hay muchas parroquias que muchas horas del día están cerradas, tal vez tengas que dar tú el paso de comentarle al párroco la posibilidad de abrir unas horas más para facilitar la oración, no debemos dejar que el miedo a los robos haga que le robemos al Señor la adoración y el cariño que merece al quedarse con nosotros en la Eucaristía. Una vez que hemos conseguido el momento y el lugar, a escuchar. Descubrirás que Dios te habla muchas veces al día, que te explica los acontecimientos de tu vida tan claramente como la parábola y que vas dejando que la Palabra de Dios caiga en tierra buena y, sin saber cómo, empieza a dar fruto que jamás imaginaste. Es necesaria la constancia, limpiar el campo de nuestra vida, arrancar las zarzas, retirar las piedras, roturar el campo, tarea que parece inacabable pero… no hay que agobiarse, como es el Señor el que trabaja en nuestra alma es realizable y cuando te quieras dar cuenta empezarás a dar fruto (aunque tú no lo recojas).
Aprovecho que el monitor ha decidido dejarme escribir un rato pero, antes de que se acabe esta racha de buena suerte, déjame aconsejarte que tengas siempre a mano los Evangelios, léelos frecuente y diariamente, para escuchar así la Palabra de Dios, conocerla y entonces- como María- darás fruto.

LAS TELENOVELAS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23, 7. 8. 9. 10 ; San Marcos 3, 31-35

“Romualdo-Félix tengo que decirte una cosa… tu padre es en realidad, … ¡tu hermana pequeña!.” Creo que me falta el gen específico para engancharme a las telenovelas, pero por lo que oigo a mis feligresas tele-adictas cualquier día dirán esta frase en alguna de ellas. Antes se ponían las horas de reunión con mujeres a la hora del fútbol para que tuviesen a los maridos ocupados; ahora que hay fútbol a todas horas hay que estudiar la guía de televisión para que no coincida con ninguna teleserie o programa del corazón (que es casi una misión imposible), ya que perderse unos cuantos capítulos supone rehacer una intrincada trama de relaciones familiares y ponerse al día todo un reto, porque el que era padre no lo es, la madre es la abuela, el primo golfo se ha transformado en heredero de una tía perdida en Brasil y la niña pequeña contrae matrimonio por cuarta vez; o sea que siempre acabas preguntándote, con cara de bobo, quién es quien..
“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?.” No es que nuestro Señor estuviese enganchado a “Esmeralda y Rosalinda” y hubiera perdido el norte, la respuesta la da a continuación para que nosotros no seamos los desorientados: “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.” Esta gran noticia sería suficiente para que saliésemos a la calle danzando felices como David ante el Arca “con todo entusiasmo”. Cumplir la voluntad de Dios no nos convierte simplemente en “buenos”, nos hace familia de Dios, hijos suyos, hermanos de Cristo. Nuestro Dios no es el señor feudal que trata con cierta benevolencia a sus súbditos, es un padre que nos trata como hijos, algo que nunca hubiéramos podido imaginar en nuestras fantasías más delirantes, ni aún en los sueños de grandeza más sublimes, “ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” ¡y lo dice el Hijo de Dios!.
Sin embargo, hay quien se quiere perder los capítulos de esta maravillosa novela de la vida de los hijos de Dios. El pecado nos hace perder esta relación con Dios y sentirnos excluidos de esta maravillosa aventura de seguir a Cristo. Como quien retoma una telenovela tras perderse varios capítulos ya no sabe quién es quién y, sobre todo, no sabe quién es él mismo. Cambia el reparto y el que era hermano de Cristo pasa a ser hermano del diablo, primo de sus pasiones, madre de su orgullo y enemigo acérrimo de su mejor amigo: Dios. El pecado hace que no sea el Espíritu Santo el guionista de nuestra vida porque dejamos que la dirección la lleve un escritor pesimista y frustrado que siempre pergeñará un final trágico para la existencia del protagonista de esa vida que eres tú mismo.
Cristo no es un realizador celoso, en el momento en que te dejes, que se lo pidas con humildad y realices una buena confesión, en cuanto te decidas a cumplir la voluntad de Dios, volverá a tomar las riendas de tu vida, volverás a ser hermano de Cristo, retomarás tu sitio en la historia de tu existir y, después de muchos capítulos, llegará el fin gozoso del abrazo del Padre y el Hijo.
María nunca dejó que otro dirigiese su vida, sólo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo marcó su papel en la vida y jamás rechazó el guión que Dios puso en ella. Pídele consejo y verás como aparece una sonrisa tras las conocidas palabras “THE END.”

LAS LLAVES

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Timoteo 1,1-8; Sal 95, 1-2a. 2b-3. 7-8a. 10 ; San Marcos 3, 22-30

Tres horas, tres, de una a cuatro de la madrugada, tardé en conseguir abrir una cerradura. El otro día llamaron al portero automático de la parroquia a la una de la madrugada. Cuando bajé y atendí a quien llamaba y subía por la escalera interior hacia mi casa me fui dando cuenta de que había cerrado la puerta mecánicamente y las llaves las había dejado dentro. De mi parroquia es fácil salir, las puertas se abren desde el interior sin llaves, no siendo la del templo, pero no es tan sencillo entrar. Una de la mañana, en pijama, sin llaves, sin teléfono, sin calefacción, con la única ayuda del Sagrario en el que dejé el cabreo consiguiente por la situación y manos a la obra a intentar abrir la puerta. En las películas parece fácil y he visto personas que con cualquier cosita te abren una puerta en un santiamén. He descubierto que Dios no me llama por el camino de faltar al séptimo mandamiento: ni con un plástico o un pequeño hierro, ni con un cuchillo que encontré en el cuarto de la limpieza fue posible doblegar la cerradura de la puerta (y no es de seguridad ni blindada ni cosas de esas, es de lo más normalito del mercado). Después de tres horas, cargarme el pomo de la puerta, forzar la madera de alrededor, conseguí abrirla y llegar hasta la cama (y hasta el paquete de tabaco, que también se había quedado dentro) para dormir un poco hasta el día siguiente. ¡Qué impotencia se siente!, si hubiera alguien al otro lado con simplemente llamar al timbre con un pequeño giro de muñeca se habría abierto la puerta y todos tan contentos.
Los escribas del Evangelio parecen dispuestos a no tocar el timbre de ninguna manera. Parece que creen que dentro encontrarán al enemigo o deciden que son mucho más felices en la escalera, pasando frío, que en casa. Jesús les enseña el reino de Dios, les muestra las muchas y fabulosas habitaciones que Dios había prometido a quienes ama, pero no quieren entrar, se sienten en casa ajena y en vez de llamar para que les abran prefieren mudarse a una chabola inmunda o quedarse en la escalera.
La blasfemia contra el Espíritu Santo es no querer llamar al timbre, pensar que Cristo no está dentro y te espera a cualquier hora, creer que no eres lo “suficientemente bueno” para Dios y por lo tanto mudarte de casa, huir del amor de Dios para hacerte tu “rinconcito” y justificarte en lo “exigente y duro” que es Dios sin querer ni tan siquiera acercarte a su puerta pues ya le has prejuzgado: “Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.” Hoy muchos tienen miedo a acercarse a Dios, se justificarán de cualquier manera y defenderán a capa y espada que el mejor sitio del mundo es la escalera y se preguntarán cómo es que no se les había ocurrido antes irse a vivir entre el primer y segundo piso con lo sanísimo que es el frío. Tú y yo tenemos que animarles a “llamar al timbre”, a descubrir que Cristo los está esperando y que les ayudará a cruzar el umbral de la puerta para vivir como hijos en la casa que “nos tiene reservada su Padre.” María, madre buena, ayúdame a que por mi medio nadie se quede fuera, no intente estar tres horas, ni toda la vida, intentando forzar la puerta sino que llamemos al timbre y dejemos que sea Jesús quien nos abra.

C.S.I.

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18, 8. 9. 10. 15; Corintios 12, 12-30; San Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Cuando la vida da suficiente de sí, me gusta ver esta serie de televisión en que los investigadores del laboratorio de criminología resuelven casos a partir de pequeñas pruebas, de indicios que parecen invisibles y de un meticuloso estudio del lugar del crimen en el que interrogan hasta a los chinches. Sin duda ayuda a cuidar las cosas pequeñas y el orden pero también está el personaje – más o menos chulesco-, del director del equipo de investigación que conoce los resultados de todas las pruebas y análisis, intenta saber cómo son los sospechosos y las víctimas y es el que al final une las distintas piezas del puzzle y ofrece la solución del caso.
En algunas predicaciones o explicaciones de la Palabra de Dios me parece estar ante agentes del C.S.I.: hacen autopsia del texto, analizan cada paráfrasis, someten a prueba cada versículo…, como si tratasen con un cadáver, con una palabra muerta. La investigación bíblica es muy importante y nos ayuda a descubrir mejor el sentido y las circunstancias en que se va revelando el designio de Dios; pero no podemos olvidar que la Palabra de Dios es viva y eficaz como “espada de doble filo”, que no es una palabra para “ayer” que nos ayuda a ser más o menos buenos sino que es actual: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.” La Palabra de Dios se cumple en Cristo que es el mismo “ayer, hoy y siempre”, no es palabra muerta que analizar en busca de consejos morales o justificaciones de nuestra propia vida.
Si estás leyendo hoy domingo este comentario seguramente hayas leído antes las lecturas y hayas hecho un rato de oración con ellas, pero cuántas veces al asistir a Misa ha terminado el credo y ya se te ha olvidado cuál era el Evangelio, de qué iban las lecturas o qué hemos contestado en el salmo. No te preocupes, vuelve una vez más sobre ella y aprende a escuchar la Palabra de Dios, haz como el pueblo de Israel que se embebía escuchando la lectura del libro de la Ley, o la sinagoga que “tenía los ojos fijos en él (en Jesús)”, hazte uno más en la escena que relatan las lecturas, escucha a Dios que te habla a ti por medio del Espíritu Santo en la Iglesia, no quieras “pillar” a Dios en un renuncio o justificar tu vida ante Él arrojándole a la cara su Palabra. No es un alegato a la ignorancia, fórmate, estudia y cuanto más, mejor; pero no te vuelvas aséptico ante la Palabra de Dios, no hagas como los cirujanos que tapan completamente al paciente, excepto la zona a intervenir, sin importarles –y hacen bien- si operan a su padre, su hermano o al más feroz enemigo.
“Todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo” y todos regados por el flujo sanguíneo de la Palabra de Dios, el Magisterio y la Tradición de la Iglesia que nos vivifica y nos hace sentirnos todos necesarios. Santa María ayúdame a tomar también en mis brazos la Palabra de Dios que tú meciste y viviste con tanto cariño.

diciembre 2017
L M X J V S D
« Nov    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031