EL TALLER DE CHAPA Y PINTURA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jeremías 18, 18-20; Sal 30, 5-6. 14. 15-16; san Mateo 20, 17-28

Nuestra ración de humillación diaria (¿A qué sienta bien? es como un poquito de sal en la comida). Mi historia con los coches es compleja, parece que al llegar a los 100.000 Km. se hartan de mí y deciden quemarse, estrellarse o jubilarse (espero que el de ahora me sea más fiel). Una vez, entre coche y coche, me regalaron uno de segunda (o decimoquinta) mano. Era un Renault 5 amarillo que conseguimos que arrancase sin llave (que había desaparecido) a base de apretar una serie de botones que instalamos en el salpicadero, las ventanillas bajaban bien, pero no subían y, además de una serie de curiosos ruidos, que jamás pensé que podía hacer un coche, cada día que pasaba se parecía más al troncomóvil de los Picapiedra pues la chapa del suelo, completamente oxidada, se iba cayendo, lo que facilitaba frenar con el pie y perder un pasajero del asiento trasero. Había que arreglarlo, así que fui a ver a mi amigo “Pepe, el Chapas” que tenía un taller de chapa y pintura. Yo le había visto cortar la chapa de una puerta de un coche con las tijeras como si fuese un recortable de papel de una revista infantil y luego unos cuantos golpes, algún remache, un poco de soldadura y el coche como nuevo. Como lo veía tan sencillo (y yo tengo más estudios que Pepe, por supuesto) me ofrecí a ayudar en el arreglo del suelo de mi coche, ya que no me iba a cobrar sería lo menos que podía hacer. Ni corto ni perezoso me dio un “mono” del taller, pegó cuatro martillazos a una puerta vieja de un coche que dejó completamente plana, me dio las tijeras de cortar chapa y me dijo: “Corta un cuadrado de este tamaño”. Tan feliz, agarré las tijeras y empecé a cortar, era sencillo. Cuando llevaba 25 centímetros de chapa cortada no sentía los dedos, me dolían los antebrazos, sudaba como un cochinillo y pensé que acabaría de cortar cuando hubieran pasado entre cinco a seis años. Pepe me miró, me apartó y en veinte segundos cortó la pieza que era necesaria.
“Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” y como yo, el tonto de la chapa, contestaron los Zebedeos: “lo somos”. Nunca te creas “capacitado” para seguir a Cristo, nunca pienses que “ya lo has conseguido”: si no es por la Gracia de Dios no valemos para nada, y menos para cortar chapa. Cuando pienses que todo está conseguido te pasará como a Jeremías: “¿Es que se paga el bien con el mal, que han cavado una fosa para mí?” , si sólo confías en tus fuerzas te desesperarás, hasta que grites ¡”Señor, sálvame por tu misericordia, que yo confío en ti”!. “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos”, desde fuera puede parecer sencillo, estamos tan acostumbrados a ver cruces que ya no nos llama la atención; pero ponte el “mono” de trabajo, deja que Cristo vea que te esfuerzas y que te pones a servir, y entonces te empujará con cariño y hará el “trabajo” que para ti era imposible, pero no para Él.
“No sabéis lo que pedís”, María, madre mía, ayúdame a entenderlo y a darme cuenta que si estoy al pie de la cruz es por Él, no por mí.

LOS “JESUSÓLOGOS”

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 1,10.16-20; Sal 49, 8-9. 16bc- 17. 21 y 23; san Mateo 23, 1-12

Vamos a humillarnos un poquito más, no te preocupes, la humillación cristiana no es una fabrica de “depres” sino que abre las puertas a la misericordia, a la felicidad, a la verdadera alegría.
No he visto la película de “La pasión” de Mel Gibson aunque creo que iré a verla cuando la estrenen en España, pero ciertamente se han derramado litros y litros de tinta a favor y en contra. Cuando la vea tendré mi opinión y seguramente me la guardaré, pero el otro día leía un titular que decía: “Expertos en Jesús hallan errores en filme de ”. Me hizo gracia la expresión: “Expertos en Jesús”; ¿Qué son? ¿Cómo los llamaremos?… ¿Jesusólogos?. Conozco historiadores que conocen profundamente la historia de Israel en la época de Jesucristo, teólogos que profundizan en la fe y en la persona del Verbo encarnado, hasta “piratas” de las Sagradas Escrituras que te lanzan una cita a la cara en cuanto estás descuidado pero ¿expertos en Jesús?. El experto es el experimentado en algo y la experiencia es el “hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo”. Un médico puede ser experto en partos, haber asistido a cientos, pero nunca será experto en ser madre.
¿Expertos en Jesús? Experiencia de encontrarse con Cristo tenemos que tenerla tú y yo, porque no seguimos a un cadáver, seguimos a Cristo vivo y actuante en la historia, en nuestra vida. “Lavaos, purificaos, apartad de mí vista vuestras malas acciones: cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda. Entonces, venid y litigaremos- dice el Señor”. Quien no se ha encontrado con Cristo se justifica, se convierte en “Jesusólogo”, en arqueólogo de sus intereses, “lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Si de verdad te encuentras con Cristo te encontrarás con “el que vive” y no querrás hacerle la autopsia, le reconocerás como “maestro”, como “Señor” y te encontrarás con tu Padre del cielo.
A lo mejor piensas que es una meta muy alta, que no tienes nada de místico. Me contaron una vez que un Obispo de Madrid, hace muchos años, decía a sus sacerdotes que no se dejasen llamar místicos. Cuando le preguntaban el por qué contestaba que una vez, estando en un monasterio haciendo ejercicios espirituales, vio pasar por el campo a un aldeano que azuzaba a su asno con una vara y le gritaba: “¡Místico anda!., ¡Arre Místico!”. Se acercó el prelado a preguntar cómo le había puesto semejante nombre al pollino a lo que el labriego contestó: “¿A éste?, pues porque mueve mansamente la cabeza hacia un lado, luego hacia al otro y después hace lo que le sale de las narices”.
Madre nuestra, que nosotros no hagamos lo que nos salga de los hocicos (con perdón, quiero decir de los apéndices nasales), que no seamos “místicos borricos” sino que recordemos lo que buscamos esta semana: “el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Así te encontrarás con Cristo.

LA AUTOESTIMA

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Daniel 9,4b-10; Sal 78, 8. 9. 11 y 13 ; san Lucas 6,36-38

Seguimos humillándonos, no te importe, tenemos motivos de sobra.”Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti”. ¿Hace cuánto que no sientes vergüenza?. Me imagino que la psicología me echará en cara el favorecer la vergüenza como un sentimiento positivo o el pensar que la culpabilidad- en bastantes casos- es positiva ya que los psicólogos modernos (es decir, desde mediados del siglo pasado) favorecen la autoestima, la huida de pensamientos “negativos” y el ocultar el sentimiento de culpa. Reconozco que suspendí dos veces psicología (lo que me obligó a estudiarla tres veces), pero aun así no me convenció del todo.
La autoestima. Cuántas horas oyendo hablar de la autoestima, cuántos libros publicados y con qué vocecilla de torno de convento, escuchar conferencias y consejos sobre aprender a quererse. Es muy útil para justificar conciencias, admitir actos y actitudes que nos incomodan “un poco”, pero cuando te encuentras con una vida que está en la basura, que objetivamente no tiene un agarradero donde cogerse, porque día tras día ha ido perdiendo a su familia, a sus amigos e incluso a sí mismo y que ha llegado a ser una sombra de su pasado, de nada me ha servido decirles que se quieran, pues no quisieran su estado ni para su peor enemigo. Esas personas no tienen que quererse, que “auto-estimarse”, lo que tienen que hacer es sentirse queridas no por lo que son sino por quién son. A lo mejor estás pensando en drogadictos terminales, en delincuentes peligrosos, mendigos crónicos y tienes razón, ni ellos pueden quererse en esa situación pero, no nos vayamos tan lejos, piensa en ti que yo ahora pensaré en mí.
Ya voy cumpliendo mis años (no demasiados), descubro vidas de personas que a mi edad ya habían descubierto claramente el amor de Dios, que habían entregado su vida sin reservas, que no buscaban fútiles compensaciones ni justificaciones baratas en “los tiempos”, “las modas” o “las situaciones”. No eran impecables pero descubrían el amor intenso y misericordioso de Dios. Por mi parte, tengo a Dios en mis manos y lo comulgo todos los días pero sigo “enganchado” a mi bienestar con repugnancia a la cruz, recibo el perdón de Dios y lo comunico en nombre de toda la Iglesia, pero sigo intentando robar de los demás prestigios o prebendas, he descubierto el tesoro de mi vocación sacerdotal pero sigo mendigando otros bienes que son males. ¿Cómo voy a estimar todo eso? ¿De qué manera me pondré de rodillas frente al crucifijo y le diré al Señor: “En el fondo me quiero”? Sólo me saldrá del corazón decirle: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados… pues estamos agotados”. No es falta de autoestima ni complejo de culpa, es la realidad: Dios te quiere aunque seas pecador y te quiere santo, “nuestro Dios es compasivo y perdona”, no se enorgullece del pecado de sus hijos, pero seguimos siendo sus hijos.
Desde aquí pregúntate sinceramente: ¿A quién vas a condenar?, ¿A quién vas a juzgar? ¿A quién vas a medir? ¿A quién no vas a perdonar?. María, madre de los dolores, ayúdame a llorar un poco más y a “quererme” un poco menos.

EL HUMILLADERO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26, 1. 7-8a. 8b-9abc. 13-14; Filipenses 3, 17-4, 1; san Lucas 9, 28b-36

Este año muchos haremos el camino de Santiago, es lo propio en Año Santo. A la salida de muchos pueblos y aldeas de Galicia y otras partes de España nos encontraremos con cruces o imágenes de la Virgen talladas en columnas de piedra y muchos, poniendo acento gallego para hacerse los graciosillos, dirán: “El cruceiro”. Ignoro si alguien habrá ido antes colocando monedas brasileñas en todas estas imágenes, que eso es un cruceiro o si el que lo comenta realmente es y habla gallego, pero su nombre en castellano es “el humilladero”.
Esta semana comentando el Evangelio vamos a intentar humillarnos. ¿Una persona se humilla cuando le insultan?, no, en ese caso “le” humillan pero no va unido el que “se” humille, es más, habitualmente cuando a alguien le humillan se crece en soberbia y responde con una pataleta. Creo que uno “se” humilla cuando se encuentra con algo o con alguien que te supera tremendamente, que te admira profundamente, que te remueve por dentro (y a veces por fuera), que te hace comprender tu indignidad de acercarte.
Pedro, Santiago y Juan se humillan ante Jesús transfigurado, se quedan sin habla o no saben lo que dicen, se dan cuanta del don de la gracia que han recibido; a Abrahán le invade un “terror intenso y oscuro” ante la alianza de Dios, eso es humillarse.
Seguimos caminando en esta cuaresma y tenemos que humillarnos ante la cruz de Cristo. Me acuerdo que en mi infancia los buenos religiosos de mi parroquia hicieron (como en tantas parroquias de Madrid) una intensa campaña para que se comulgase en la mano. Era una conquista, se pusieron carteles, se hicieron moniciones, se paraba la celebración antes de comulgar para explicarnos – como las azafatas en los aviones explican las normas de seguridad- la forma “correcta” de comulgar, hasta el punto de que, comulgando en la boca, te sentías casi culpable de ofender al sacerdote que suspiraba y bufaba profundamente al ofrecerte el Cuerpo de Cristo. No tengo nada en contra de la comunión en la mano, pero sí me molestaba que me lo impusieran (mi soberbia es así). Después he pasado por muchas parroquias, el comulgar en la mano se ha convertido en lo corriente y en muchas otras me encuentro (en la mía actualmente, por ejemplo) que se han quitado o nunca se han puesto reclinatorios en los bancos. Así las personas permanecen en pie durante la celebración, muy pocos se arrodillan en la consagración, al entrar en la iglesia se sientan como se sentarían en el cine, esperando que todo empiece y, sobre todo, que acabe. Arrodillarse (siempre que se pueda y la artritis y artrosis se lo permitan a uno) tiene mucho que ver con humillarse. Si vivimos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo que es la Santa Misa sin humillarnos, sin admirarnos ante el amor de Dios, corremos el riesgo de convertirnos en “mirones” de la pasión, en un “paseante” ante la cruz, en “curiosos” de la resurrección. Quien ante la cruz no se humilla, al final, humillado por la cruz, “anda como enemigo de la cruz”, es decir, en una pataleta contra Dios.
Que la Misa sea tu humilladero y entonces descubrirás que “el Señor es tu luz y tu salvación”, que a nada debes temer, que “Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa”. “Manteneos así, en el Señor” con María al pie de la cruz.

LOS QUE MANDAN… Y LOS QUE OBEDECEN

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118, 1-2. 4-5. 7-8 ; san Mateo 5, 43-48

“Hoy te manda el Señor, tu Dios, que cumplas estos mandatos y decretos. Guárdalos y cúmplelos con todo el corazón v con toda el alma.” Parece que uno de los signos más relevantes de la libertad, en nuestros días, es el desacato ante cualquier viso de autoridad. Lo que ocurre es que hemos confundido la antigua distinción entre “potestas” y “autoritas”. Mientras que la primera hace referencia al “ordeno y mando, porque lo digo yo”; la segunda alude a la confianza y respeto que emanaba del maestro, y que los educandos depositaban sin más en su preceptor por la fuerza y seguridad que salían de sus palabras. Da la impresión, por tanto, de que son pocos los que hoy día pueden enseñar con semejantes requisitos, ya que parece imperar con más facilidad el hacer “razonar” con la fuerza, que no con el magisterio del legislador.

También recordamos algunos pasajes del Evangelio, en los que se nos dice que se reconocía en Jesús la autoridad que procedía de sus palabras. La gente se admiraba de su enseñanza porque: “nadie antes había hablado como Él”. Quizás, tendríamos que retrotraernos hasta el mismo Deuteronomio, que nos presenta la primera lectura de hoy, para descubrir tal semejanza. En Cristo se revela el misterio de Dios para que, tú y yo, sepamos, con verdadera certeza, a quién hay que hacer caso. Por eso, la obediencia a Jesús no es un mero sometimiento servil, sino que significa participar del mismo querer divino. Si Dios nos ha dado la existencia, la esclavitud aparece cuando rompemos nuestra alianza y compromiso con Él.

En el orden político y social observamos, en muchas ocasiones, esas actitudes de opresión, manipulación y tiranía que se ejerce sobre las personas. ¡Qué difícil resulta mostrar los acontecimientos, promesas y ofrecimientos desde la verdad!… Es más, parece que la mentira se convierte en aliada de esos mecanismos de conducta que pretenden dirigirlo todo. Se miente a conciencia para obtener resultados, independientemente de las consecuencias. Además, resulta, no sólo tentador, sino eficaz, hacerlo de esta manera. ¿Por qué, entonces, hay tantos que “comulgan” con semejantes “ruedas de molino”?

“Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón”. El Salmo vuelve a repetirnos lo mismo. Por tanto, ya se ve que no se trata de un mero capricho, sino que ponemos en juego nuestra propia vida y el sentido de nuestra existencia. ¡No tengamos vergüenza de abandonarnos en manos Dios, y que otros lo vean!… sólo de esta manera estaremos dando un verdadero testimonio de que Cristo es el camino, la verdad y la vida.

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. La perfección de la que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy, no tiene nada que ver con el “perfeccionismo” que a veces observamos en algunos y, más que ser una virtud, llega a convertirse en una cierta obsesión enfermiza. A lo que nos invita el Señor es a la perfección en el Amor; y de esto, estate seguro, Dios entiende mucho. Si no, ¿quién es capaz de decirnos que amemos a nuestros enemigos y, más tarde, pedir a su Padre, desde la Cruz, que perdone a aquellos que lo han crucificado?… De esta manera obedeció Cristo a su Padre (muriendo por amor); y, de esta forma, hemos de obedecer tú y yo (haciendo morir a nuestra soberbia, para que sólo Cristo viva).

LA INGENUIDAD DE LOS HIJOS DE DIOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ezequiel 18,21-28; Sal 129, 1-2. 3-4. 5-7a. 7bc-8; san Mateo 5, 20-26

“No es justo el proceder del Señor”. Todavía recuerdo, cuando era un crío, las veces que ponía mala cara ante ciertas reprimendas de mi madre. No se me olvidará cómo en mi interior consideraba injusto tal proceder, e incluso, pensaba que cuando fuera mayor, estuviera casado, y tuviera hijos, seguro que les consentiría lo que en esos momentos a mí se me censuraba. Ahora, ni tengo mujer, ni hijos (gracias a Dios, tengo otra paternidad, que es la sacerdotal y, de alguna manera, también se comparten ciertas responsabilidades, sobre todo las que aluden al “crecimiento” espiritual)… pero sí tengo unos cuantos años más. Y lo curioso, es que la consideración hacia mis padres, no es que haya aumentado, sino que, verdaderamente, ha supuesto un salto de “gigante”. Además de la admiración que siento por ellos, estoy convencido de lo poco que supone esta vida para poder compensarles con mi cariño, todo lo que hicieron (y aún siguen haciendo… espero, que por muchos años más) por mí. Y no es que me ciegue el amor de hijo, ni ponga en práctica el refranero popular (“es de bien nacidos el ser agradecidos”), sino que considero de auténtica justicia todo este reconocimiento público, pues en ello también se incluye mi propia vocación, que es lo que más amo en este mundo.

La pregunta, por tanto, parece forzosa: si así es lo que pienso acerca de los que me dieron la vida, ¿cuál será mi agradecimiento hacia Dios? Creo que, en estos momentos, lo mejor sería acabar el comentario, pues, te puedo asegurar, que me siento verdaderamente conmovido… decía aquel Salmo: “¿Cómo podré agradecer al Señor todo el bien que me ha hecho?”. Mi sacerdocio, mi familia, mis amigos… todo, absolutamente todo, lleva el sello inconfundible de lo divino. Y si dijera lo contrario, mentiría.

Por otro lado, cada vez me duele más la cara amarga con que los medios de comunicación se “ceban” con todo lo que haga referencia a la familia, la convivencia con los hijos… y los sacerdotes. Creo que no es justo. Estoy plenamente convencido ( y creo que es la persuasión de multitudes), de que si en la televisión, la radio o la prensa, nos mostraran más ejemplos de las cosas buenas que suceden a nuestro alrededor, la gente, además de ser un poco más optimista, sería mucho más agradecida, y estaría más propensa a realizar el bien… ¡Ésta es la ingenuidad de la infancia espiritual de los que se consideran hijos de Dios!

“Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. Así pues, a pesar de todos los lamentos y reproches que podamos hacer al Señor porque las cosas no salgan a nuestro gusto, habría qué pensar si, en algún momento, nos hemos parado a pensar qué es lo que verdaderamente nos conviene. Supongo que, cuando tenía tres años, el meter los dedos en el enchufe de la corriente eléctrica, suponía para mí algo verdaderamente “esencial e importante”; y no entendía la “manía” de mis padres por enfadarse conmigo cuando me advertían de que no hiciera semejante cosa. Ahora, no creo que la cosa haya cambiado mucho, porque, en ocasiones, también sufrimos ante tantas contrariedades y, pensamos, que debe haber algún culpable que no sea uno mismo.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano”. Una vez más, Jesús nos da la clave para que las cosas vayan mejor… y si alguien llama a esto ingenuidad, entonces es que pocas veces se ha sentido querido de verdad.

NUESTRO QUEHACER EN EL MUNDO

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Ester 14, 1. 3-5. 12-14; Sal 137, 1-2a. 2bc y 3. 7c-8; san Mateo 7, 7-12

“Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león”. En España nos encontramos en campaña electoral. En un par de semanas tendrán lugar las elecciones generales, y todos, con sus mejores galas, se disponen a presentarse como la única alternativa válida para que las cosas vayan mejor… o sigan tan bien como hasta ahora (todo depende del “lado oscuro” en que se encuentre uno). Lo que sí es cierto, es que ha dado ya comienzo un auténtico maratón de viajes, presentaciones y discursos. Toda la geografía española se encuentra “invadida” de carteles, propagandas, anuncios, y todo tipo de parafernalias que acompañan, inexorablemente, esta clase de eventos políticos; con el consiguiente desgaste (además del económico) de palabras, promesas, amenazas, o proféticos desenlaces si no es uno el más votado. Lo curioso de todo esto, es que, una vez transcurrido el frenesí electoral, las cosas volverán a su cauce hasta dentro de cuatro años. Es decir, todos habrán ganado (aunque haya disminuido su cota electoral), todos echarán la culpa a los mismos… y todos habrán cumplido con su deber de políticos comprometidos con su país.

No dudo en absoluto de la obligación ciudadana acerca de lo que supone, moral y cívicamente, el compromiso de “acudir a las urnas”, es más, los católicos nos encontramos con el deber inapelable de buscar, desde lo que supone un verdadero humanismo cristiano, aquellos individuos que, no sólo vayan a representarnos, sino que defiendan los aspectos esenciales de la dignidad humana, la familia, el derecho a la vida, etc.; y siendo uno de la creencia que sea, respete lo más fundamental que corresponde al hombre. Sin embargo, todo esto no es óbice para que reflexionemos acerca, no de nuestro compromiso político, sino de nuestra condición de cristianos frente al mundo.

“Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Si hacemos un recorrido histórico de la Sagrada Escritura, sobre todo en el Antiguo Testamento, veremos constantemente cómo lo humano se encuentra constantemente entretejido con lo divino. Dios establece su Alianza con Israel, y los profetas se dedican, en todo momento, a recordar a los reyes, jueces y sacerdotes del pueblo elegido su dependencia divina, y sus deberes morales. Hoy, por ejemplo, aparece la figura de Ester, mujer de una pieza que, llegando a ser reina, estará dispuesta a dar la propia vida y honra por mantener su fidelidad a Dios. La pregunta, por tanto, es clara: ¿quién está dispuesto en nuestros días a dar testimonio de su condición de hijo de Dios, sin importarle lo que otros puedan pensar?

¡Qué sencillas resultan las palabras del Señor, pero qué difícil el llevarlas a cabo! Después de habernos mostrado Jesús cuál es la actitud de Dios respecto de cualquier ser humano (escuchar, recibir, atender, dar…), como quién no quiere la cosa, el Señor nos da la llave para entender lo que durante tantos siglos profetas y reyes habían estado esperando y deseando: “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Así pues, lo que el mundo espera de nosotros es que tratemos a los otros con la misma dignidad con que esperaríamos nos traten a nosotros, es decir, todo es obra de Dios, y para Él es toda la gloria… ¿entenderán nuestros políticos que la religión (nuestra dependencia necesaria respecto a Dios), es algo más que una cuestión que haya de reservarse al ámbito meramente privado?

JONÁS Y LA MIRADA DE DIOS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Jonás 3, 1 -10; Sal 50, 3-4. 12-13. 18-19; san Lucas 11, 29-32

Jonás debió de ser un personaje contradictorio. Por un lado, le vemos arrumbado por aquellos que le persiguen, y casi le pide a Dios que le quite la vida, pues se ve un profeta fracasado. Por otro lado, es capaz de cometer las hazañas más grandes, recorriendo la ciudad de Nínive, para convencer al propio rey sobre la necesidad de transformar su vida a base de saco y ceniza.

Sin embargo, creo que todos tenemos un poco de Jonás. ¡Cuántas veces nos hemos visto con ganas para “comernos” el mundo!… y, otras, casi vamos por la vida mendigando compasión y lástima, pues parece que todo se ha vuelto en contra nuestra. Y es que el término medio, del que es tan fácil predicar, no es algo de lo que podamos echar mano cuando más nos convenga… “es que es mi carácter”; “es que no me comprenden”; “es que van a por mí”; “es que no me consideran”… es que, es que, es que. El “es que” es la condición con la que justificamos nuestros deseos no cumplidos, pensando siempre, en definitiva, que somos merecedores de algo mejor.

Hemos olvidado, una vez más, que nuestros méritos no se adquieren por el mero voluntarismo, o por la búsqueda de una satisfacción personal. Hay algo mucho más grande, mucho más definitivo, y que ya ha sido alcanzado. ¡Fíjate!, Dios no ha puesto su mirada en ti por lo que valgas o por lo que tengas, simplemente te ha mirado… ¡y punto! Y la mirada de Dios es la misma que la de Cristo, cuando dirigiéndose a aquellos que le exigen un milagro para que demuestre su condición divina, les dice: “Esta generación es una generación perversa”. En un tono más amable, significaría: “¿Es que aún no os enteráis?”. Seguimos empeñados en lo externo, porque tenemos “durezas” en el corazón que nos impiden ver en el interior. Y ahí, precisamente, es donde habla Dios… y nos mira.

Por otro lado, cuando Jesús se pone en el lugar de Jonás en más de una ocasión, es porque, humanamente hablando también, sentiría admiración por él. Y es que leyendo la vida de ese profeta, a pesar de su continuos desvaríos y cambios de opinión, al final perseveró, que es, verdaderamente, lo que cuenta. Porque, cumplir la voluntad de Dios no es seguir una línea recta, matemáticamente ideal: para Dios, más que lo que tenemos, cuenta con lo que somos, que es algo bien distinto. Sólo nos queda, por tanto, fiarnos de Él; confiar, no en nuestras estrechas limitaciones, sino en Su inmenso poder. Y esto no se alcanza con vitaminas, ni con la varita mágica de “Harry Potter”, sino, de la misma manera que los habitantes de Nínive confiaron en la palabra de Jonás, nosotros nos fiamos de lo que nos dice Jesús.

Perdóname, pero no hay otro camino para la conversión a la que se nos invita en la Cuaresma. Si nuestros sacrificios y penitencias no van acompañados de volver, una y otra vez, nuestra mirada al rostro de Cristo, de poco nos servirá tanto esfuerzo. ¿No recuerdas a Marta, yendo de acá para allá, mientras María, su hermana, se dedicaba a mirar y a escuchar a Jesús?… “Ella ha elegido la mejor parte”, dirá el Señor a Marta. Nosotros también tenemos la misma oportunidad en cualquier momento del día… Creo que Jonás llegó a entenderlo, y ya al final le dio igual lo que otros pensaran. Se dejó “atravesar” por la mirada de Dios, y los respetos humanos quedaron sustituidos por cumplir Su voluntad en todo momento.

DE LA METAFÍSICA A LA ORACIÓN DE TODOS LOS DÍAS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Isaías 55, 10-11; Sal 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19; san Mateo 6, 7-15

“Así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. Cuando estudiando teología se nos decía, por primera vez, que el Ser de Dios se identificaba con su Esencia, uno no sabía muy bien a qué se hacía referencia. Y es que, según dicen los sabios, las certezas metafísicas se alcanzan mediante la intuición (es decir, la auténtica penetración intelectual de las cosas) y, por tanto, resulta muy difícil el poner ejemplos concretos. Sin embargo (y ésta es la paradoja), es la propia experiencia la que nos va certificando lo auténtico de esas “certezas”. Me explico (y pido perdón por el “excursus” filosófico). Cuando se es joven, uno está convencido de que, con el tiempo, pondrá por obra sus deseos y sus ilusiones. Conforme pasan los años, aunque esas sanas ambiciones no hayan desaparecido, sí que se van percibiendo las propias limitaciones personales. Es entonces cuando se va advirtiendo la necesidad de un “ser” que, verdaderamente, asuma en sí todas esas potencias en estado actual. Y ése no es otro sino Dios. Por eso, cuando el profeta Isaías pone en boca del Señor que su palabra se identifica con su voluntad, nos está diciendo que, efectivamente, eso se llevará a cabo inexorablemente. Muy distinto a nuestra experiencia humana, en donde lo que prometemos (¡y ocurre tantas veces!) no lo llevamos a efecto.

Hasta aquí la lección, y ahora la moraleja: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Tener la confianza de que Dios nos escucha siempre debería suponer para nosotros el ser unos auténticos “ventajistas”. Creo que nada ni nadie en el mundo cuenta con algo tan eficaz como es la oración del cristiano. El que todos los días, y en el momento que nos parezca más oportuno, tengamos “línea directa” para entablar nuestro diálogo personal con aquél que lo puede todo, es de seres privilegiados. Y no se trata de falsas quimeras, o delirios de grandeza; se trata de algo muy real… tremendamente cierto. Y “lo tremendo” es que entramos en contacto directo con el misterio, que se nos hace tan asequible que casi podemos tocarlo con las manos. Poder dirigirnos a Dios, con la confianza con que nos dirigimos al mejor de nuestros amigos, es algo que a veces descuidamos y olvidamos. Dios no es un ser distante al que haya que solicitarle audiencia o, como ocurre con tantos divos del mundo, al que a duras penas podemos robarle un autógrafo como el mejor de los tesoros. Todo lo contrario, su firma la llevamos inscrita en el alma, y sólo espera, por nuestra parte, que le abramos la puerta de nuestros anhelos y ansiedades para darles respuesta. Sin embargo, ¿cómo ha de ser nuestra oración con Dios?

“Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así…”. El Padrenuestro es la oración por excelencia. Nos hemos imaginado tantas veces a los discípulos de Jesús viéndole cómo se recogía en oración; las noches que, voluntariamente, se apartaba de ellos para pasarlas rezando a su Padre; la necesidad imperiosa de hablar con Dios a solas… Pues bien, esos mismos discípulos le pidieron un día al Señor: “Enséñanos a rezar”. Y Jesús les respondió con el Padrenuestro. Podemos, por tanto, saber a ciencia cierta que, cuando recitamos esa oración, estamos usando el mismo procedimiento que empleó Jesús. ¡No hay otro!

Así pues, te invito a que, todos los días, te pongas en la presencia de Dios, y le invoques tal y como lo hizo el Señor delante de sus apóstoles… la “metafísica” de Isaías, una vez más, alcanzará la certeza que buscamos: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”.

LA SANTIDAD QUE BUSCAS

Escrito por webmaster el . Posteado en Comentario a las Lecturas

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18, 8. 9. 10. 15; san Mateo 25, 31-46

“Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”. Si hay algo que distingue al ser humano de cualquier otra criatura del universo es la de poder alcanzar la santidad. ¿Por qué realizamos semejante aseveración de algo que, para algunos, puede resultar evidente? Quizás porque no sea tan indudable para otros.

El término “santo” del que nos habla hoy el Levítico, en nada se asemeja a una onomástica, o una conmemoración de algún familiar o amigo nuestro. Más bien, hace referencia al uso que se hacía de esta palabra, tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, al calificar de esta manera a los que se consideraban “justos”. Lo curioso es que, si uno acude al diccionario, encontrará toda una serie de sinónimos “simpáticos”, que aluden a la palabra “justo”: equitativo, sereno, imparcial, razonable… Si pudieras observarme en estos momentos, verías en mi gesto esbozar una leve sonrisa, o una mueca un tanto irónica… ¿me entiendes?

Para muchos, la santidad queda reservada para imágenes endosadas en hornacinas, o bien para gente mayor a las que se la califica de beata (por cierto, según las últimas estadísticas, cerca de un tres por ciento de los que se declaran católicos en España, acuden a Misa diariamente, y esto supone más de un millón y medio de personas…). Sin embargo, el verdadero santo no es el que viene reflejado en unos censos, sino que pertenece al orden de las cosas esenciales y éstas, precisamente, no están a la vista de cualquiera.

“La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”. Resulta verdaderamente gratificante que la santidad tenga que ver con el descanso. ¡Qué lejos esta imagen de aquella otra, en la que vemos un rostro desencajado por la ascética y la mortificación y nos quitan las ganas de imitar esas actitudes! Tampoco resultan precisamente muy alentadoras esas otras imágenes acarameladas que desprenden un cierto aroma a naftalina ajada y trasnochada.

¿Cómo es entonces la santidad que Dios nos propone? Si hay una expresión que me encanta de la lectura del Levítico de hoy es ésta: “No andarás con cuentos de aquí para allá…” Así pues, Dios nos pide, antes que nada, el que seamos normales. Entonces, preguntará alguno, ¿para ser santos, por tanto, no hay que hacer cosas raras? Pues, más bien no… ¡Bendita normalidad, y cuánto se la echa de menos en nuestros ambientes!

“Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. La respuesta, una vez más, nos la da el Señor, pues lo característico de la humildad es la sencillez y la normalidad. Aquí, por tanto, se encuentra el quicio de la Ley de Dios y de la santidad.

Y, ¿qué diremos de las ovejas y de las cabras, del castigo eterno o de la vida eterna, que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy…? Permíteme, de nuevo, que esboce una sonrisa (aunque no precisamente sarcástica), pues durante estos días habrá tiempo para hablar de ello.

febrero 2018
L M X J V S D
« Ene    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728