EL DERECHO A EQUIVOCARSE.

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Isaías 48,17-19; Sal 1, 1-2. 3.4 y 6 ; Mateo 11, 16-19

Vivir en una barrio con un amplio desarrollo urbanístico tiene muchas ventajas, aunque también tiene sus inconvenientes. Uno de los inconvenientes son los accesos. Cuando sólo existía un camino de entrada y de salida era sencillo ir y venir (una vez superados los atascos de entrada y salida). Ahora hay tres entradas, dos salidas, cruza una autopista y tiene conexión con dos carreteras de circunvalación. Los atascos siguen siendo los mismos, pero ahora existe la emoción de encontrarte una calle cortada, una dirección prohibida, una zanja en mitad de la calzada, etc. …Viviendo en esta zona es fácil encontrarse otra vez y retomar el buen camino (no siempre), pero como tengas que indicar a alguien de fuera cómo llegar, lo más seguro es que cenes tarde o tengas que salir a su encuentro.
Algo parecido pasa en nuestra vida espiritual. Cuando el ambiente, la sociedad, la familia o uno mismo vive en un ambiente cristiano, se le crea cierto “olfato católico”. Cuando una situación no es cristiana se puede dudar, pero al final se acaba uno situando y volviendo a casa. Sin embargo en muchos lugares hoy existe el desconcierto. No se ha vivido un ambiente centrado en Cristo y tampoco nos fiamos de las señales. Se acaba en callejones cortados, volviendo a un mismo lugar una y otra vez e incluso, si paramos a preguntar, siempre nos encontramos o con el sordo del barrio, al que hay que gritar para que se entere de lo que necesitamos, o con otro que está tan perdido como nosotros (aunque quiera disimularlo).
Con tanto desconcierto es fácil equivocarse. Incluso diría que muchos tienen cierto “derecho” a equivocarse. Con tanto desconcierto preguntas a unos y te dicen “¿ni come ni bebe?…tiene un demonio. ¿Come y bebe? … Es un comilón y borracho”. Y, ¡venga a dar vueltas a la misma calle!. Sería muy triste si nos quedáramos dando vueltas eternamente, pero nos dice Isaías: “Así dice el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues”. No podríamos tener mejor copiloto. Fíate de Él. Te ha dejado a la Iglesia para que te diga cuáles son las señales auténticas, para indicarte cuál es el buen camino. A la Iglesia y a los que están en comunión con ella. No a esos “copilotos”- incapaces de dedicar un momento a hablar con su Señor- que ponen su magisterio por encima del Magisterio; ni a esos “teóricos” que en vez de buscar nuevos caminos y allanar los existentes se empeñan en conducir campo a través hasta despeñarse. El copiloto es el Señor, tu redentor, y le escuchas por medio de la Iglesia.

LO QUE HAY QUE OÍR.

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Isaías 41, 13-20; Sal 144,1y9.10-11.12-13ab; Mateo 11111-15

“El que tenga oídos que oiga”. Así acaba el Evangelio de hoy. Estamos en el ecuador del Adviento, dentro de trece días celebraremos la Navidad. Llevamos doce preparando la venida de Cristo, así que escuchemos: “No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel”. ¡Lo que hay que oír!. Gusanito. Oruga. Definición de gusano: “Nombre vulgar de las larvas vermiformes de muchos insectos, como algunas moscas y coleópteros, y las orugas de los lepidópteros”…”Nombre común que se aplica a animales metazoos, invertebrados, de vida libre o parásitos, de cuerpo blando, segmentado o no y ápodo” (Diccionario de la lengua española). Así nos llama “El Señor, tu Dios”. Desde luego si me lo llama otro podría haber más que palabras. Más de uno se ha batido por menos. Pero hemos decidido escuchar y escucharemos.
“Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios y gente violenta quiere arrebatárselo”. Mira a tu alrededor. Cuánta violencia hay aún hoy contra Cristo y contra la Iglesia. Cuántas informaciones sesgadas. Cuántos ataques contra la persona, templo del Espíritu Santo. Cuántos ataques a la vida de indefensos, nacidos o no. Cuánta “kultura” que degrada la capacidad de conocer y conocerse del hombre. Cuántos portavoces del mal que se apropian indebidamente del apellido modernidad.
Ante todo eso, algunos pensarán en una gran campaña de marketing, un buen lavado de cara, un lifting del Evangelio y de la Iglesia, en definitiva, una ofensiva en lucha declarada contra los enemigos de Dios y su Iglesia. ¡Somos más y mejores! ¡Al abordaje!. Seamos como las imágenes de Santiago matamoros que, espada en mano, cortemos las cabezas de los infieles. Aireemos la porquería de los demás y hundámoslos en su miseria. Tenemos poder: Usémoslo.
Esto pensarán los que tienen una visión terrena de la Iglesia (igual que sus enemigos en el fondo). Cuando nos vengan esos pensamientos, escuchemos al Señor, nuestro Dios, que nos dice: “¡Só ápodo!. (gusano a fin de cuentas) Que no te has enterado de nada, tu fuerza está acostado en un pesebre, colgado en una cruz. El “mayor de los nacidos de mujer” viste una piel de camello y come langostas (de las que saltan). Yo soy “lento a la cólera y rico en piedad”. ¿Quién eres tu para ponerte en mi lugar?. Pero “no temas. Tu redentor es el Santo de Israel. Yo mismo te auxilio para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado. No temas, gusanito de Israel”
Ante tantos ataques a la fe te puedes sentir muy pequeño, una oruga; pero una oruga de Dios. Mira la humillación de María, de Cristo, de los santos y descubrirás la grandeza de Dios. El que tenga oídos que oiga.

LOS “EFECTOS SECUNDARIOS”.

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Isaías 40, 25-31; Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10; Mateo 11,28-30

“Erupciones cutáneas, náusea, dificultad para conciliar el sueño, somnolencia, ansiedad, nerviosismo, debilidad, falta de apetito, temblores, sequedad de la boca, sudoración, disminución del impulso sexual, impotencia o bostezos” éstos son los efectos secundarios de un famoso medicamento antidepresivo que, desde primeros de año, se puede administrar en Estados Unidos a niños de 8 años en adelante. A día de hoy parece que se administra a más de 300.000 niños menores de 12 años.
Sinceramente- con todo el respeto que me merecen los padres con hijos problemáticos- si yo tuviese un hijo con 10 años y me dijesen que está deprimido me pegaría de tortas. A lo mejor le he enseñado la fórmula de la felicidad según unos famosos investigadores: La felicidad es el resultado de la ecuación P + 5E + 3A. Ciertamente eso deprime hasta al más optimista.¿Que el niño no juega?. Antidepresivo al canto. ¿Que juega demasiado?. Otro antidepresivo. ¿Que está un fin de semana con el padre, y al siguiente ha de estar con la madre?. Otra pastillita. ¿Que está más con la vecina que con sus progenitores? Pildorita que te crió. ¿Qué hablarle de tener un hermano le suena a ciencia ficción?. Abre la boquita. ¿Que oye más veces “cuánto me cuestas” que “cuánto te quiero”? Está deprimido. Luego se da el paso natural de una pastillita a otra y… ¿Con quién se juntará mi hijo para aprender a tomar éxtasis?. Los efectos secundarios.
“Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan” nos dice hoy el profeta Isaías. Delante de Dios no somos sino niños, y cada día tomamos más “antidepresivos” espirituales. Me da cierta pena cuando ocurre una catástrofe y acuden una legión de psicólogos a consolar a los familiares de las víctimas. ¿Qué les dirán?. “La muerte es un reflejo del super-yo inherente al tú inconsciente. Haga deporte.” No sé.
“Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. “Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. Sólo el saber que Cristo nos muestra a Dios Padre que nunca se cansa de estar con nosotros, que no se ha reservado ni a su propio Hijo, sino que lo entregó como propiciación por nuestros pecados, que siempre nos perdona; que por muy bueno que pensemos que es, resulta que “ni ojo vio ni oído oyó las maravillas que el Señor tiene reservadas para los que le aman”… Eso, sólo eso, es suficiente para pacificar el alma y tranquilizar el cuerpo. Aquí no hay sitio para la depresión y quien busque sustitutivos es un inconsciente.
Pídele a tu Madre la Virgen- que tiene bastante trabajo en su casa atendiendo cada pena y alegría de sus hijos que no tiene necesidad de buscarse trabajo fuera de casa- que te enseñe a decir de verdad: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Efectos secundarios: Resurrección del cuerpo, alegría, sueño placentero, alma despierta, esperanza, paz de corazón, fortaleza, hambre de Dios, esperanza, anuncio del Evangelio, entrega gozosa, ganas de amar más, fecundidad de vida, sonrisa…

EL CORDERITO.

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Isaías 40, 1-11; Sal 95. 1-2. 3 y 10ac. 11-12. 13-14; Mateo 18, 12-14

“Con este pelo tan duro, jamás se le caerá”- me decía hace unos pocos años el peluquero- y una sonrisa vanidosa afloraba a mis labios. Ahora el que se sonríe es mi peine, que trabaja menos que el sastre de Tarzán. Bendito peluquero. Me horroriza pensar que me hubiese dicho: “Huuu, usted calvo en tres años”. A lo mejor me hubiera preocupado y andaría echándome potingues en el cuero cabelludo y dudando si usar gomina o “Super-glu”. Quizá hubiera mirado con tristeza cada pelo que se quedaba en el cepillo y lo hubiera guardado como mi más precioso tesoro. Pero no, ahora estamos como estamos. Reconozco que, con los años, he acabado reparando poco en mí mismo, y que me da bastante igual lo que piensen los demás. Mucho o poco pelo, tanto da. Además así, tal y como luzco ahora, eres más fácil de identificar: -¿Has visto a ése?. – ¿Quién? –El Calvo. – Ah sí, estaba aquí hace un momento…
< “Grita”. Respondo: “¿Qué debo gritar?” “Toda carne es hierba y su belleza como flor silvestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sople sobre ellos; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre.”>. Hoy ante esto muchos se escandalizarían. Parece que Dios estuviera a punto de hacer un casting para ver quién entra o no en el cielo. Están tan preocupados de mirarse a sí mismos que son incapaces de mirar a los demás y mucho menos a Dios. No escuchan el “Aquí está vuestro Dios”. No sólo me refiero a los que pasan horas en el gimnasio o ante el espejo, sino también a los que son incapaces de reconocer su pecado, los que niegan su alopecia espiritual y quieren parecer justos y buenos ante los demás. Lo peor de ellos es que además se lo acaban creyendo. Si no te sabes pequeño y pecador la Redención te sobra. No puede uno caer en la ingenuidad o la vileza de presumir del pecado cometido, pero tampoco ocultarlo, como hace el avestruz, o creyéndose impecable.
A veces me da por pensar que todo esto ocurre seguramente por salir poco al campo. Leemos en el Evangelio “Suponed que un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una”. Y en seguida uno piensa en el corderito de Norit. Tan blanquito, tan limpio, tan adorable. Es un corderito con cara de buena persona. Si me pidiese quinientos euros se los daría con toda paz; es un corderito del que te puedes fiar. Haz un ejercicio: Este fin de semana sal al campo, busca un rebaño de ovejas y acércate a verlo. De lejos es bonito. Si te aproximas más seguramente te salga un perro y te ladre ( a no ser que tengas la misma cara del corderito de Norit). Una vez que el pastor llame al perro y pierdas el miedo, lo primero que notarás será el olor. El dicho “hueles a oveja” no es creación de Chanel. Luego pisarás los excrementos. Sí, son redonditos, no es una plasta enorme, pero son excrementos, te gusten o no. ¿Y la ovejita? Un campo de parásitos, garrapatas, pulgas y mil bichitos más. La lana, unos pegotes desiguales que rodean calvas más grandes que la mía, llena de barro y suciedad. El corderito de Norit no tiene cabida en ese grupo.
Sin embargo el pastor está orgulloso de su rebaño. Conoce a cada oveja (no sé por qué extraño método) por su nombre, sabe que están sucias, pero las quiere y las cuida.
Así es tu Padre del cielo. No te va a querer por tu cuerpo o tu aspecto o porque seas un “cristiano de anuncio”. Te buscará siempre porque es tu Padre y te quiere. No te creas demasiado digno para codearte con pecadores y te alejes del buen pastor. María te enseñará a comprender que a todos se nos llama por nuestro nombre (aunque con todos los pecados del mundo) y a no separarte del buen pastor, que ha dejado todo por buscarte y encontrarte.

DEJA QUE TE CORRIJAN.

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Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97, 1. 2-3ab. 3c-4; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Infidelidades siempre las habrá, conozco, y me duele mucho, matrimonios que se han roto, como conozco, y me duele tanto o más, compañeros sacerdotes que han dejado su ministerio. No quiero echar la cuenta de unos y otros. ¿Pero por qué lo han hecho? En un primer momento, hasta los propios implicados suelen decir que es culpa de lo mas vistoso: el sexo. El sacerdote no comprendía el celibato, al casado ya no le satisfacía su cónyuge. Sin embargo, cuando profundizas un poco se constata que en un noventa por ciento alto de los casos la infidelidad es sólo una consecuencia de algo más profundo: el sentirse corregido y, por ende, humillado. Surge entonces, impetuoso algo terrible: la soberbia.
Hace algo más de una semana que hemos comenzado el tiempo de Adviento. A lo mejor con el nuevo año litúrgico hiciste unos propósitos, decidiste cambiar. Miras ahora tu vida, es igual o peor que hace unos días. La propia vida te corrige y eso te humilla.
Ahora tú decides. Puedes ir por el camino más vistoso: “Esto no es para mí. No valgo. No soy capaz. Dios no me pedirá esto…” y, puedes, como Adán tras comer el fruto del árbol, tener miedo de Dios y esconderte de Él. Éste sería el camino del cobarde. Seguramente de la pequeña humillación de hoy, si decides tomar este camino, broten las grandes infidelidades del mañana.
Otro camino: el de María Inmaculada. Ella, que tenía la claridad de juicio que da la falta del pecado original, se humilla ante la grandeza de Dios. Pero no es la suya una humildad cheposa y falsa; es la humildad de fiarse plenamente de Dios. La humildad de no comprender “¿Cómo será eso si no conozco varón?” pero, al tiempo, la humildad de fiarse de los caminos de Dios: “hágase en mí, según tu palabra”.
Sigue le camino de tu Madre. Confía. Cierto que “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables”; pero cuando venga Cristo tendrá muchos motivos para reprocharnos algo, ¡tantas cosas!. Eres, somos, reprochables. Dios en la vida nos dará cien mil correcciones pues “Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos”. Serán correcciones de Padre, que pone en pie a su hijo una y mil veces hasta que comienza a andar. Que vigila sus pasos torpes, sus carreras hacia sitios insospechados, sus caídas de bruces. Que le espera hasta la madrugada cuando- jovencito inconsciente- no quiere volver a casa. Y junto al Padre, la Madre que le dice a nuestro Padre Dios: “Ten paciencia, yo sé que le cuesta, pero llegará el día en que todas estas cosas las haga bien”.
Fíate hoy de María, no seas soberbio. Pon en su regazo tus propósitos incumplidos, tus humillaciones, tus fracasos y vuelve otra vez a intentarlo.
(Por cierto, no olvides que si humilla el sentirse corregido es mucho más costoso corregir. A la Segunda persona de la Trinidad le costó nacer en un pesebre, palpar las consecuencias del pecado y morir en la cruz. Te corrige con cariño, no le huyas.)

UNA SONRISA, POR FAVOR.

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Baruc 5, 1-9; Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Cierra los ojos e imagínate la escena que ocurrirá en muchas parroquias este domingo. Los bancos repletos, cinco o seis jóvenes desperdigados, algunos niños con sus padres que luchan por irse a correr por los pasillos. Un hombre de mediana edad que da un pescozón a su hijo adolescente que está distraído mirando las vidrieras. Cuatro o cinco personas que bostezan abiertamente, porque creen que el sacerdote no les está viendo. Dos o tres que vuelven la cabeza cada vez que suena la puerta cuando alguien llega tarde y entra como sin darle importancia. Y sobre todo, imagínate las caras. Esos rostros serios, impenetrables, inexpresivos, carentes de emoción. Unos rostros que mirarían con el mismo interés los baldosines de su cocina o un grupo de preadolescentes viendo una película de Akira Kurosawa. Mientras tanto, desde el ambón (para entendernos: el lugar desde se hacen las lecturas), el salmista proclama: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”, y casi todos (menos los más dormidos y el sordo) contestan con una especie de mugido que amargaría la tarde a la santa compaña: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.
Es una exageración, lo sé, y en casi todas las parroquias se cuidará la liturgia y la participación será “atenta y devota” pero ¿Traslucimos alegría?. Si nos estuviese viendo un no católico pensaría: “¿son realmente felices estos católicos?, “han oído una gran noticia, pero ¿creen realmente en lo que han escuchado y en lo que han contestado: “Palabra de Dios”; “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”?.
¡Basta de cristianos amargados y circunspectos! Alégrate. ¿Que eres un pecador? Por supuesto, como todos los santos, pero pide perdón, llora tu pecado y como decíamos hace una semana: Levántate, alza la cabeza y- como nos recuerda hoy Isaías sobre el anuncio de San Juan Bautista- “todos verán la salvación de Dios”. Hay que recuperar la alegría en la liturgia y para ello hay que recuperar la alegría de nuestra fe. ¿Cómo se oirá en el cielo cada Misa?. ¿Estarán contando nubecitas a ver si acaba pronto?, o tendrán una alegría inmensa al ver que “vuestro amor sigue creciendo más y más”. Se respeta lo que se ama, se respeta a quien se ama. Muchas veces ponemos cara de póquer en la celebración por temor, pero no un temor a Dios, que sería comprensible al ver nuestra indignidad, sino por temor a lo que diga el sacerdote, a lo que piense el vecino, … y ahí no hay lugar más que para el amor propio.
“Despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”. ¿hace cuánto que –con gesto de complicidad- no le guiñas un ojo a Cristo en las manos del sacerdote y le dices: Señor, tú si que cumples, a mi me cuesta, como siempre, pero soy fiel a mi cita contigo. Soy un caradura, pero me quieres”. Lánzate a hablar a Jesús como lo haría su madre- que mañana es su fiesta- con todo cariño. Entonces verás como si resuena alto y claro en el templo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

LO QUIERO Y LO QUIERO YA.

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Isaías 30Y 19-21. 23-26; Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6 ; Mateo 9, 35-10, 1. 6-8

Así gritó un niño en el metro el otro día. El padre venía de recoger a los niños del colegio o de la guardería (que nombre tan feo, suena a trastero). Logró sentarse y sujetar a la niña más pequeña entre sus brazos mientras recibía mas patadas que Beckham. La otra criaturita, un niño de unos cinco años, se tiró en el suelo con una revista de juguetes de algún centro comercial. Señalaba frenéticamente las fotografías de uno y otro juguete y para llamar la atención de su padre (que intentaba escupir de su boca el puño de la niña pequeña) gritó por encima del traqueteo del vagón y levantando la revista: ¡¡¡Lo quiero, y lo quiero ya!!!.
El profeta Isaías nos está presentando en estos días de adviento el Reino de Dios. Leyendo la primera lectura dan ganas de gritarle a Dios Padre como el niño caprichoso: ¡¡¡Lo quiero, y lo quiero ya!!!. “Tus ojos verán a tu Maestro” “Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: ”. ¡Qué gozada!. No es malo que tengas ganas de Dios, que desees encontrarte con Él de todo corazón, que dejes que “vende la herida de su pueblo y cure la llaga de su golpe”. No sólo no es malo es muy bueno y deseable, pero (siempre hay un pero, caramba) no puedes desearlo solo. Si miras con los ojos de Jesús te compadecerás de tantas personas que están “extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor”. Hemos sido comprados a gran precio, la sangre de Cristo en la cruz, y muchos no se han enterado.
El niño caprichoso tendrá que esperar al día de Reyes. Su padre trabajará y se privará de algunos caprichos personales para que su hijo tenga lo que desea, mientras él tal vez nunca se lo agradezca ni se de cuenta, pero la alegría del niño pagará su esfuerzo. Tú y yo no podemos ser niños caprichosos. Vamos a cooperar con nuestro Padre Dios para que todos esperen ansiosos el día del Reino de Dios. Cada momento de oración, cada trabajo ofrecido, cada negación al pecado, cada sacrificio- grande o pequeño- hecho por amor, son tu aportación al regalo que Dios da a toda la humanidad.
¡¡¡Lo quiero, y lo quiero ya!!!. Su madre al llegar a casa le consolará, le hará esperar con alegría el día de Reyes. Nuestra madre del cielo también te dirá ya al oído del corazón: “Sé que lo quieres, pero espera. Sé que lo ansías, pero anúncialo a los otros. Sé que lo deseas, pero haz que los demás lo deseen. Sé que quieres estar conmigo y mi Hijo, y yo quiero que estén todos. No te calles, proclámalo, especialmente a los que no esperan nada de Dios”.

CIEGOS Y LOCOS.

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Isaías 29. 17-24; Sal 26, 1. 4. 13-14; Mateo 7,12.24-27

Algunas veces me dan envidia los ciegos que aparecen en el Evangelio. Se acercan a Jesús implorando a gritos su curación y, una vez recuperada la vista, anuncian con agradecimiento el favor recibido. Desobedientes a veces, pero agradecidos siempre.
Cuando vamos al oculista y nos dice que nos hacen falta gafas puede molestarnos si pensamos que va a afectar negativamente a nuestra imagen, pero cuando te coloca los cristales y te das cuenta que todo lo que creías que veías bien estaba borroso, y notas que existe la profundidad y que los objetos tienen perfiles definidos, parece que estás en un mundo nuevo. Sales a la calle mirando a tu alrededor como si fuese la primera vez que contemplas el mundo que te rodea.
Otra cosa son los locos. No les hará falta visitar a Barraquer pero interpretan el mundo a su manera. Cuando has tenido que visitar algún psiquiátrico y ves a alguna ancianita a la que el paso de los años ha ido asemejando increíblemente con las tortugas Ninja y se cree una “sex-simbol” que provoca pasiones a su alrededor, te da verdadera lástima. Los que en su familia padecen a un enfermo de Alzehimer saben que son agotadores.
Hablando de la fe podríamos pensar que hay muchos “ciegos”. Yo creo que no. El ciego busca. Cualquiera tiene a su disposición, a unos cuantos “clic” de ratón, la posibilidad de conocer todo el Magisterio de la Iglesia, tiene fácil acercarse al Evangelio y tratar de vivirlo. Aunque encuentre dificultades en su ambiente para descubrir a Cristo buscará donde sea necesario, pedirá ayuda, reconocerá su ceguera. Gritará en una buena confesión: “¡Soy ciego!”. Y Cristo le dirá “¿Crees que puedo hacerlo?” y le concederá de nuevo la vista. Verá el mundo de una manera nueva, como si fuese la primera vez, con los ojos de Cristo.
Las cegueras en la fe son quizá menos peligrosas y más reversibles. No así determinadas “locuras”. En este mundo nuestro hay muchos mas “locos”. Interpretan la fe a su manera. Hacen que Dios haga siempre su voluntad (extraña pirueta del Padrenuestro). Lo que no les convence es integrista, la doctrina es intolerancia, la cruz y la mortificación son masoquismo. Para otros “locos” la caridad es modernismo, la conversión es contemporizar, el diálogo es laxitud. Se les distingue fácilmente, sus frases suelen contener los dichosos “para mí”, “en mi opinión” “a mi entender”.
Los “ciegos en la fe” a veces me dan envidia, son capaces de volver a ver, sin acostumbrarse a Dios, de una manera nueva. Los “locos en la fe” me agotan y me aburren, no hay manera de sacarlos de sus “particularismos”.
“Pronto, muy pronto” llegará el Señor (es tan corta una vida larga). Madre mía, si he sido ciego guíame para que ese día “sin tiniebla ni oscuridad verán los ojos de los ciegos”; pero no me dejes ser loco y entonces “los que habían perdido la cabeza comprenderán y los que protestaban aprenderán la enseñanza” y, comprendiendo, no quiera salir de “mi mundo”

QUE GUAPO ESTÁS CALLADITO.

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Isaías 26, 1-6; Sal 117, 1 y 8-9. 19-21. 25-27a ; Mateo 7, 21. 24-27

Es la frase que me viene a la cabeza esta mañana. A las ocho estaré leyendo el Evangelio a una comunidad de religiosas y algún fiel que se acerque a esa hora a la Eucaristía. Según me acerque creo que se me va a atragantar el desayuno y mi único consuelo serán las palabras que en voz baja diré antes de leer el Evangelio “Purifica mi corazón y mis labios, Dios Todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio”. Y es que me da miedo leer el Evangelio de hoy. Menuda “buena noticia”. ¿No podría haber sido Jesús un poco más impersonal, algo más políticamente correcto?. Podría ponerme en la situación del predicador que está por encima del bien y del mal, dedicar la lectura y la predicación a “los demás”. Pero ¿cómo me pongo por encima si aun resuena la primera lectura: “doblegó a los habitantes de la altura y a la ciudad elevada; la humilló, la humilló hasta el suelo, la arrojó al polvo, y la pisan los pies, los pies de los humildes, las pisadas de los pobres”. Así que lo mejor sería quedarse calladito. ¿Cómo voy a leer -sin sonrojarme- “No todo el que dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos”?. ¡¡¡Ay, Señor, Señor!!!.
Pero en el fondo, no es así como debemos acercarnos siempre a la Palabra de Dios. El “temor y temblor” de San Pablo cada vez que dejamos que la Palabra del Salvador del mundo pase por nosotros sin mancharnos ni afectarnos, cada vez que somos necios-construyendo sí- pero sobre arena?. Como Pedro, cada vez que nos asomamos a la Palabra de Dios- y por ende al Magisterio y la Tradición de la Iglesia- deberíamos decir “aléjate de mi, Señor, que soy un pecador”.
Pero poco después de proclamar la Palabra de Dios tomo en mis manos el Cuerpo de Cristo, lo levanto por encima de mi cabeza y siento que, cuando Él esta en mis manos, soy yo el que está en sus manos. Y le digo: Señor, quiero ser parte de ese “pueblo justo que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz porque confía en ti”.
Ayúdame, Señor, a confiar en ti y no en mi. A buscarte cada día de la vida que me quieras conceder. A no acercarme con miedo a la Palabra de Dios ni a impedir que entre en mi vida para transformarla pues no es labor mía; sólo quito los obstáculos para que el Espíritu Santo construya sobre la roca que es Cristo.
“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”, dad gracias al Señor pues nos ha dejado a Santa María para que cuando tengamos miedo de la Palabra de Dios, nos pongamos como niños pequeños en sus brazos, los brazos que acunaron a Cristo, y nos diga cantando al oído: “No tengas miedo, niño tonto, deja que se haga en ti la Palabra de Dios y serás feliz.”

LO MEJOR: EL ACOMPAÑAMIENTO

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Isaías 25,6-10a; Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6; Mateo 15, 29-37

Muchos días tengo que comer solo y cocinar sólo para mí. Cuando esto pasa con frecuencia, uno empieza a tener el complejo del dichoso perrito de Paulov. Se come para saciar a los malditos jugos gástricos que pasan factura hacia el mediodía y se tarda más en fregar un plato que en vaciarlo.
Me da envidia la gente que disfruta comiendo. Son capaces de pasarse horas en la cocina para saciar el hambre o de hacerse unos cuantos kilómetros para degustar la fabada de la abuela. Esos momentos justo antes de comer, en que se colocan la servilleta, miran con ojos codiciosos el plato y se acercan la cuchara humeante a la boca, lo que les provoca una sonrisa de satisfacción plena.
A mí, sin embargo, cuando como solo, me vienen las imágenes de un documental sobre el aparato digestivo, en que se muestra con toda su crudeza a los dientes desgarrando la comida, al estómago como un pequeño contenedor de productos tóxicos y el resto del azaroso camino del solomillo que ha cambiado su nombre por bolo alimenticio.
A veces pienso que no seré capaz de disfrutar de la vida eterna, el banquete celestial. “Aquel día, el Señor de los ejércitos, preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos.”, seguro que dará vueltas por allí el temido solomillo.
No quiero imaginarme a Cristo como un camarero o el cielo como un concurso- cata de vinos. La segunda venida de Cristo no puede ser esperar un catering o el comedor del colegio de aprendices de magos de Harry Potter. A veces me da por imaginar que cuando Cristo da de comer a una multitud les invita a un bocadillo de caballa. ¿Por qué no? Lo mejor del cielo no será qué nos van a dar, si no con quién estamos, “Y arrancará en ese monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones”. Veremos a Cristo, tal cual es, a Santa María nuestra Madre, a los santos, a los que han sido fieles, a los que Dios ama.
Si no piensas en la compañía acabarás haciendo del cielo un documental de National Geographic. No tengas ganas de “salvarte”, así, a secas, eso sería comer para saciar el hambre, dedicar a tu vida espiritual el tiempo justo para que no te molesten los jugos gástricos, incluso quedarte algún día sin comer “que tampoco pasa nada, tengo reservas”. Ten ganas de estar con Cristo, de saludar a la Virgen, de disfrutar de la compañía de los santos, de habitar en la casa del Señor por años sin término, entonces dirás de verdad “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvará; celebremos y gocemos su salvación”. Y Dios no te dará un bocadillo de sardinas, se da Él mismo, que no se deja ganar en generosidad.

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